Elantris (edición ilustrada)

Brandon Sanderson
Brandon Sanderson

Fragmento

Prefacio de Dan Wells

PREFACIO

Conocí a Brandon Sanderson en 1998, cuando ambos trabajábamos en The Leading Edge, la revista de ciencia ficción de nuestra universidad. Pero no llegamos a entablar una verdadera amistad hasta el primer semestre de 1999, cuando resultó que ambos asistíamos a la misma clase de escritura creativa y los dos nos planteábamos en serio dedicarnos a la literatura como oficio. Fundamos un grupo de escritura, invitamos a más gente de la redacción de The Leading Edge y empezamos a leer lo que habían escrito los demás. Mis primeras novelas estaban tan repletas de clichés de la literatura fantástica que venían a ser poco más que fan fiction. Brandon, en cambio, estaba tan obstinado en evitar los lugares comunes que en sus historias a veces no sucedía nada en absoluto.

—Oye, Brandon, ¿cuándo van a aparecer los malos?

—Estos de aquí son los malos.

—No, estos son solo la gente que quiere cerrar la escuela de magia del protagonista. Está claro que aparecerán unos malos de verdad, y entonces la magia del prota será lo único que pueda detenerlos y su escuela salvará el mundo porque él luchó por mantenerla abierta, ¡hurra! Se ve venir de lejos; lo que no entendemos es por qué tarda tanto.

—No va a pasar eso.

—Pues claro que va a pasar. Las novelas de fantasía son así.

—Pero no tienen por qué ser así. A ver, la fantasía puede ser cualquier cosa que quiera, ¿no? Esa es la ventaja de la fantasía. ¿Por qué mi novela fantástica no puede tratar de un tío que no quiere que le cierren su escuela y punto? Además, en esa escuela se aprende magia de arena y la gente lleva brazaletes para duelos que disparan flechas por aire comprimido y come un delicioso tofu hecho de insectos gigantes.

—Eh… Bueno, supongo que podría ser. Pero entonces, ¿de verdad no hay un malo? ¿No va a aparecer en ningún momento?

Y estas eran las conversaciones que teníamos sobre sus historias, una tras otra. Por aquel entonces Brandon ya escribía libros más rápido de lo que el ser humano medio era capaz de leerlos. Al cabo de un tiempo consiguió un agente, el genial Joshua Bilmes, y en el grupo de escritura nos sentimos maravillosamente justificados cuando Joshua se mostró de acuerdo con nosotros: ¿para qué escribir todos esos libros si en ellos no iba a suceder nada? Los comentarios de Joshua nos proporcionaron una frase que seguiríamos utilizando durante años como un mantra sagrado para mantener a raya los excesos de Brandon: «El tejido del universo debe correr peligro».

—Has traído un libro estupendo, Brandon, pero no acaba de darme la sensación de que el tejido del universo corra peligro.

—Claro que no, porque esto es solo la modesta historia de alguien que se siente excluido por su familia.

—Veamos. Para empezar, en realidad esto es una historia gigantesca sobre alguien capaz de crear una armadura mágica con la mente y conjurar comida de la nada, con lo cual cabrea a unos temibles monstruos del vacío, y también da la casualidad de que se siente excluido por su familia. Así que no nos vengas con esas. Y en segundo lugar, y lo más importante de todo, ese agente tan importante y maravilloso que tienes te dijo que el tejido del universo debe correr peligro, y aquí no lo corre. Tienes que empezar a ponerlo en peligro ahora mismo.

—Pero al menos hay unos temibles monstruos del vacío que...

—¡Peligro! ¡Ya!

Lo mejor de estar en un grupo de escritura es que la gente aprende junta. Lo más terrible de estar en un grupo de escritura es que se dicen un montón de idioteces antes de aprender nada. De verdad que me parece increíble que de esos grupos salga algún escritor, en vez de crear solo inseguridades andantes generadas por completo a partir de malos consejos encerrados en cámaras de resonancia. El caso es que los instintos de Brandon eran buenos, y el mantra de Joshua era bueno, y todo el mundo tenía su parte de razón, solo que no sabíamos cómo interpretar nada de aquello.

Al final terminamos resolviéndolo, claro está. Brandon debe una buena parte de su éxito, pongamos la mitad, a su tozudo empeño en que las pequeñas historias humanas contenidas en la trama épica eran por lo que merecía la pena leer dicha historia épica. Nos involucramos con Mistborn porque nos involucramos con Vin, con sus terribles cicatrices emocionales y su adusta certeza de que nadie podrá quererla jamás. Nos importa El Archivo de las Tormentas porque nos importan la depresión de Kaladin, la inseguridad de Shallan y los esfuerzos de Dalinar enfrentándose a la locura. El otro gran factor en el éxito de Brandon —redondeemos y digamos que la otra mitad— es su implacable insistencia en el dramatismo a gran escala, en una historia general que hace peligrar sin contemplaciones el tejido del universo y envuelve e imprime consistencia a esas historias interiores. Brandon se las ingenia para narrar las tramas épicas más grandiosas que se pueden leer por ahí, y les asienta los pies en la tierra con las pequeñas historias más personales.

Llegó un momento en que nuestro grupo de escritura terminó de leer una novela de Brandon y empezó con el primer capítulo de otra nueva: El espíritu de Adonis. Lo tenía todo: las historias íntimas de unos personajes imperfectos, adorables, maravillosos, combinadas a la perfección con una maldición mortal, un ejército destructor de países y un desenlace que alteraba el universo entero, para todo el mundo, de formas que te hacían reír y vitorear y pasar las páginas tan rápido como era humanamente posible. Su único problema era el título.

—No lo pillo. ¿Por qué dices que trata sobre Adonis?

—La ciudad se llama Adonis. ¿Es que... no está claro en el texto?

—No, si eso está clarísimo. Lo que no entiendo es por qué la ciudad se llama Adonis. ¿La historia transcurre en la Tierra? ¿Es Grecia pero no se nota por algún motivo?

—¿Por qué iba a ser Grecia?

—¿Y por qué no iba a...? En fin, Adonis era griego. ¿Tu historia se ambienta en un planeta que la humanidad coloniza en el futuro, como Los jinetes de dragones de Pern, y recicla la antigua…?

—No, no, qué va. No es la Tierra, no es Grecia. A lo mejor tiene alguna similitud visual con la antigua Grecia, pero no es intencionada. Adonis es un lugar que me he inventado, sin ningún equivalente propiamente dicho en el mundo real.

Nos quedamos mirándonos entre nosotros, cada cual tratando de averiguar qué era lo que tan confuso tenía al otro. ¡En nuestra mente tenía todo el sentido del mundo! A veces los grupos de escritura son así. Al final, otra persona del grupo dijo:

—Brandon, eres consciente de que Adonis es un personaje de la mitología griega, ¿verdad?

Brandon se echó a reír.

—¡Madre mía! No, me había olvidado por completo de él. Ya me parecía a mí que el nombre era demasiado bueno para que nadie lo hubiera usado antes, ya. No pasa nada, se lo cambio y ya está.

La semana siguiente Brandon nos envió el segundo capítulo de El espíritu de Elantris, y a los pocos meses desechó la parte del «espíritu» y dejó el título en Elantris. A día de hoy sigue siendo una de mis novelas fantásticas favoritas de todos los tiempos. En mi casa, escondida de los ojos de niños y aficionados fisgones, tengo guardado el que sin duda será algún día el objeto más valioso que poseo: un ejemplar de la primera edición de Elantris, adquirido en su fecha de publicación, con el autógrafo de Brandon y esta sencilla dedicatoria: «Para Dan, el primer libro que firmo en la vida».

Enhorabuena por estos diez años, Brandon. Lo conseguiste. Dentro de muchos siglos, alguna autora principiante y llena de talento pondrá sin querer a su novela fantástica un título basado en tu obra.

Así es como uno sabe que de verdad lo ha logrado.

DAN WELLS

NOTA SOBRE LOS SEONES

Las ilustraciones de Michael Whelan siempre han sido muy especiales para mí, hasta el punto de que considero que fueron sus cubiertas las que me atrajeron al género de la fantasía en mis años mozos. Tuve la suerte de recibir como regalo de Navidad un ejemplar de su libro de ilustraciones, que incluía, además de muchas de mis cubiertas favoritas, una selección de sus maravillosos cuadros.

Aún recuerdo que, de joven, me acurrucaba todas las noches en la cama con mi ejemplar del libro de Michael, elegía uno de aquellos cuadros y me imaginaba la historia que ocultaban. Había una ilustración que era la que más me impactó, titulada Passage: Verge («Paso: Límite»). En ella se ve una especie de portal avejentado ante el que está de pie una mujer, sobre cuya mano flota una esfera resplandeciente, un orbe con una vela en su interior. Esos orbes eran un tema recurrente en la serie de ilustraciones Passage («Paso») a la que pertenecía aquella. La imagen me hizo hilvanar historias en mi mente, imaginando qué eran esas esferas y qué significaba el portal.

Muchos años después escribiría una novela en la que aparecían esferas relucientes, una mujer bendecida con una de ellas como acompañante y el paso de la vida a la muerte y al renacimiento.

BRANDON SANDERSON

Septiembre de 2015

Elantris. Además del título del libro, incluye el mismo diseño geométrico de la cubierta, el aon Ela, compuesto por doce líneas concéntricas en las que se alternan dos curvadas con una recta, formando cuatro grupos. Las líneas terminan en otras líneas que se quiebran en ángulo hacia la izquierda. De estas últimas, las que brotan de líneas curvas son rectas y las que brotan de líneas rectas son curvas. También hay una serie de puntos, equidistantes del centro, formando un patrón dos-uno, intercalados entre las líneas.

Mapa en blanco y negro de aspecto antiguo, creado por Isaac Stewart, que representa el país de Arelon. Limita al norte con el mar de Fjorden, al este con las montañas Atad, al sur con el reino de Duladel y no vemos su frontera occidental. El país está dividido en regiones más o menos rectangulares, aunque son de distintos tamaños y sus fronteras parecen orgánicas, no trazadas con tiralíneas. Todas las regiones tienen nombres de tres letras, como Nae, Kai o Aha, salvo Eshe, que tiene cuatro. El país es más o menos plano, pero tiene una zona de colinas al oeste. Más o menos en su centro está el lago Alonoe, del que nace el río Aredel, que fluye hacia el norte y atraviesa la ciudad de Elantris poco antes de desembocar en el mar. El título del mapa reza: «Por Isadan Sao. Nuevo mapa de Arelon después del Reod».

Mapa de aspecto antiguo en blanco y negro, creado por Isaac Stewart, del continente de Sycla, en el que vemos que Arelon es solo un pequeño país en su zona sudoeste. La mayor nación representada es Fjorden, que ocupa casi toda la costa del mar de Fjorden. Los otros países al sur de dicho mar son Arelon, Duladel, Jindo, Jaador, Hraggen, Svorden, Geant y Hrovell. Al norte del mar de Fjorden hay otra masa de tierra, en su mayoría tapada por el título del mapa, y, aún más al norte, el mar del Norte. Al sur de todos los países mencionados se extiende un desierto. El título del mapa reza: Sycla – Opelon. Trazado por orden de wyrm Wulfden IV, emperador de Fjorden, profeta del shu-dereth, gobernador del Reino Sagrado de Jaddeth y Regente de Toda la Creación. Abajo del todo hay una nota manuscrita, firmada por Nazh, que dice:  Este mapa presenta severas deficiencias, especialmente en el noroeste, pero es lo mejor que pude encontrar dadas las circunstancias, y considerando dónde me abandonaste.

Mapa de aspecto antiguo a doble página, creado por Isaac Stewart, de las ciudades de Elantris (al oeste) y Kae (al este). La ciudad de Elantris, amurallada, tiene forma de reloj de arena, calles de trazado geométrico y caminos que parten de ella en la dirección de los cuatro puntos cardinales. Se extiende sobre el cauce de un amplio río que la atraviesa por debajo. La ciudad de Kae tiene una muralla circular, calles más curvadas y edificios que se extienden más allá del muro. Está situada al sur del río. La leyenda, en la esquina inferior derecha, reza: ELANTRIS, en un tiempo maravillosa y fuente de saber y hoy asilo de caídos y malditos, una llaga gangrenosa a lomos del río Aredel, representada aquí como una vez fue, como recordatorio de los misterios que se perdieron. Al este de Elantris, la CIUDAD DE KAE, sede de reyes, gloriosa en cultura y riqueza. Su puerto recibe mercaderes y nobles. Emerge de las sombras del Reod como una puerta hacia las fecundas tierras del sur.

Segunda parte del mapa descrito anteriormente

Primera parte. La sombra de Elantris. Diseño en blanco y negro para presentar la primera parte de la novela, titulada «La sombra de Elantris». Sobre un fondo como de mármol, las palabras están en letras blancas sobre un recuadro negro que tiene tres símbolos circulares de aon arriba y tres abajo. Los aones representados arriba son: Aon Sheo, una especie de estrella de ocho puntas creada a partir de largos trazos, tanto rectos como curvos. El resultado visual recuerda a varios relojes de arena superpuestos. En su centro hay cuatro pares de puntos muy juntos, en las direcciones noreste, noroeste, sudoeste y sudeste. Aon Ato, figura formada por un reloj de arena superpuesto a cuatro aspas de molino estilizadas, en la dirección de los puntos cardinales, que atraviesan sus lados. Cada aspa está compuesta por una línea recta completada por otra línea curva en sentido antihorario. Aon Omi, una especie de estrella de ocho puntas compuesta por dos cuadrados concéntricos, uno inclinado cuarenta y cinco grados respecto al otro, con un punto en el centro. De los vértices de cada cuadrado parten líneas curvas que recorren sus cuatro lados por el interior. Los aones representados abajo son: Aon Kii, una figura compuesta por un reloj de arena trazado con líneas dobles que contiene cuatro circunferencias entrecruzadas en el centro sobre una quinta circunferencia, con dos puntos visibles cerca del centro al este y al oeste. Aon Kae, una figura hecha de circunferencias y líneas rectas. El pequeño círculo de su centro está cruzado por ocho líneas que forman una estrella. Las cuatro líneas que van en la dirección de los puntos cardinales sirven de diámetro a cuatro circunferencias más grandes, tangentes a la pequeña circunferencia central. Los círculos de la izquierda y la derecha tienen también un segmento vertical a modo de segundo diámetro. Aon Ido, un reloj de arena que tiene inscritas dos figuras horizontales y otras dos verticales, con forma de pez sin cola, entrecruzadas dos a dos. Los peces verticales son tangentes al reloj de arena, pero los peces horizontales lo atraviesan y sus puntas asoman a ambos lados.

Ilustración de Sam Green, que da la impresión de estar hecha a carboncillo negro y lápiz verde. Representa el anguloso y gigantesco portón doble de una oscura muralla, en la que se distinguen columnas y agujas. Una de las hojas del portón está abierta y de ella emana una luz verdosa, del mismo tono que la neblina que se ve sobre los edificios. Hacia esa luz verde parece deslizarse sobre el suelo una mujer desde el lado izquierdo, con largo vestido de cola, cuya melena sale disparada hacia atrás, como repelida por el interior de la ciudad.

Símbolo circular en blanco sobre negro que representa el aon Aon, una figura con forma de ele invertida, o de siete, que tiene un punto dentro.

Capítulo 1

EL PRÍNCIPE Raoden de Arelon despertó temprano esa mañana, completamente ignorante de que había sido condenado para toda la eternidad. Todavía adormilado, Raoden se incorporó, parpadeando con la suave luz de la mañana. Por las ventanas abiertas de su balcón podía ver la enorme ciudad de Elantris en la distancia, sus murallas desnudas cerniéndose sobre la ciudad más pequeña de Kae, donde vivía Raoden. Las murallas de Elantris eran increíblemente altas, pero Raoden distinguía las cimas de las negras torres alzándose tras ellas con los capiteles rotos, una muestra de la majestad caída y oculta tras aquellos muros.

La ciudad abandonada parecía más oscura que de costumbre. Raoden la contempló un instante y luego apartó la mirada. Resultaba imposible ignorar las enormes murallas elantrinas, pero la gente de Kae lo intentaba con todas sus fuerzas. Era doloroso recordar la belleza de la ciudad y preguntarse por qué hacía diez años la bendición de la shaod se había convertido en una maldición.

Raoden sacudió la cabeza y se levantó de la cama. Hacía un calor desacostumbrado para una hora tan temprana, no sintió ni siquiera un poco de fresco cuando se puso la túnica. Luego tiró del cordón de los sirvientes que pendía junto a la cama para indicar que quería el desayuno.

Otra cosa extraña, además, tenía hambre, mucha hambre. Sentía un apetito casi voraz. Nunca le habían gustado los desayunos copiosos, pero esa mañana descubrió que ansiaba que llegara la comida. Finalmente, decidió enviar a alguien a ver por qué tardaba tanto.

—¿Ien? —llamó, en los aposentos a oscuras.

No obtuvo respuesta. Raoden frunció levemente el ceño ante la ausencia del seon. ¿Dónde podría estar Ien?

Se levantó y, al hacerlo, sus ojos volvieron a posarse en Elantris. A la sombra de la gran ciudad, Kae parecía en comparación una aldea insignificante. Elantris era un enorme bloque de ébano. Ya no era una ciudad, solo el cadáver de una. Raoden se estremeció.

Llamaron a la puerta.

—Por fin —dijo Raoden, y se acercó a abrir. La vieja Elao esperaba fuera con una bandeja de fruta y pan caliente.

La bandeja cayó al suelo con estrépito, resbalando de los dedos de la aturdida criada cuando Raoden tendía las manos para tomarla. Raoden se quedó quieto mientras el sonido metálico de la bandeja reverberaba en el silencioso pasillo.

—¡Domi Misericordioso! —susurró Elao, con los ojos desorbitados. Con mano temblorosa agarró el colgante korathi que llevaba al cuello.

Raoden tendió la mano, pero la asustada criada retrocedió un paso y tropezó con un pequeño melón en su prisa por escapar.

—¿Qué? —preguntó Raoden. Entonces se vio la mano. Lo que había estado oculto en las sombras de su habitación a oscuras quedaba ahora iluminado por la fluctuante linterna del pasillo.

Raoden se dio media vuelta, apartando los muebles de su camino mientras se acercaba al espejo de cuerpo entero que había en un extremo de sus aposentos. La luz del amanecer había aumentado lo suficiente para que viera el reflejo que le devolvía la mirada. El reflejo de un extraño.

Sus ojos azules eran los mismos, aunque los tenía desencajados de terror. Su pelo rubio arena, sin embargo, se había vuelto de un débil gris. La piel era lo peor. El rostro del espejo estaba cubierto de enfermizas manchas negras, como hematomas oscuros. Las manchas solo podían significar una cosa.

La shaod lo había alcanzado.

LA PUERTA DE la ciudad de Elantris resonó tras él cerrándose con un estremecedor sonido de punto final. Raoden se desplomó contra ella, aturdido por los acontecimientos del día.

Era como si sus recuerdos pertenecieran a otra persona. Su padre, el rey Iadon, no lo había mirado a los ojos mientras ordenaba a los sacerdotes que prepararan a su hijo y lo arrojaran a Elantris. Eso se hizo rápida y silenciosamente. Iadon no podía permitir que se supiera que el príncipe heredero era un elantrino. Diez años antes, la shaod hubiese convertido a Raoden en un dios. Ahora, en vez de convertir a las personas en deidades de piel plateada, las convertía en enfermizas monstruo­sidades.

Raoden sacudió la cabeza incrédulo. La shaod era algo que afectaba a los demás, a gente lejana. Gente que merecía ser maldecida. No al príncipe heredero de Arelon. No a Raoden.

La ciudad de Elantris se extendía ante él. Sus altas murallas estaban flanqueadas de garitas y soldados, no para mantener a los enemigos fuera de la ciudad, sino para impedir que sus habitantes escaparan. Desde el Reod, con la caída de Elantris, toda persona asaltada por la shaod había sido arrojada a través de sus puertas para que se pudriera. La ciudad se había convertido en una enorme tumba para aquellos cuyos cuerpos se habían olvidado de morir.

Raoden recordaba haber estado en aquellas murallas, contemplando a los temibles habitantes de Elantris igual que los guardias lo miraban a él ahora. La ciudad le había parecido entonces muy lejana, aunque estuviera solo al otro lado. Se había preguntado, filosóficamente, cómo sería recorrer aquellas calles ennegrecidas.

Ahora iba a averiguarlo.

Raoden se apoyó en la puerta un momento, como para obligar a su cuerpo a pasar, para limpiar su carne de suciedad. Agachó la cabeza y dejó escapar un gemido. Le apetecía hacerse un ovillo sobre el sucio empedrado y esperar hasta despertar de aquel sueño. Excepto que sabía que jamás despertaría. Los sacerdotes decían que aquella pesadilla no terminaría nunca.

Pero, en alguna parte de su interior, algo instaba a Raoden a continuar. Sabía que tenía que seguir moviéndose, pues temía que, si se detenía, acabaría por rendirse. La shaod había tomado su cuerpo. No podía permitir que tomara también su mente.

Así, usando su orgullo como un escudo contra la desesperación, el rechazo y (lo más importante) la autocompasión, Raoden alzó la cabeza para mirar su eterno castigo a los ojos.

EN OCASIONES ANTERIORES Raoden había estado en las murallas de Elantris para mirar desde arriba (literal y figuradamente) a sus habitantes y había visto la suciedad que cubría la ciudad. Ahora se hallaba en ella.

Cada superficie (desde las paredes de los edificios a las numerosas grietas del pavimento) estaba cubierta con una capa de mugre. La sustancia viscosa y aceitosa hacía indistinguibles los colores de Elantris, mezclándolos todos en un único tono deprimente, un color que juntaba el pesimismo del negro con los verdes y marrones contaminados del alcantarillado.

Hasta entonces, Raoden había podido ver a unos cuantos habitantes de la ciudad. Ahora podía oírlos también. Una docena de elantrinos yacían dispersos en las fétidas piedras del patio. Muchos estaban sentados sin que les importara, o sin que se dieran cuenta, en charcos de agua oscura, los restos de la tormenta de la noche anterior. Y gemían. La mayoría no decía nada, algunos murmuraban para sí o gemían aquejados de algún dolor desconocido. Una mujer, sin embargo, gritaba al fondo del patio con desgarrada angustia. Guardó silencio al cabo de un momento, sin aliento o sin fuerzas.

Casi todos vestían una especie de harapos, oscuros y sueltos, tan manchados como las calles. No obstante, al mirar de cerca, Raoden reconoció la ropa. Contempló su propio atuendo funerario blanco. Era largo y holgado, con lazos cosidos para formar una túnica suelta. El lino, en los brazos y las piernas, estaba ya manchado de mugre por el roce contra la puerta y las columnas de piedra de la ciudad. Raoden sospechó que pronto sería indistinguible de la vestimenta de los otros elantrinos.

«En esto me convertiré —pensó Raoden—. Ya ha comenzado. Dentro de unas pocas semanas no seré más que un cuerpo rechazado, un cadáver gimiendo en las esquinas».

Un leve movimiento al otro lado del patio distrajo a Raoden de su autocompasión. Algunos elantrinos se acurrucaban en un portal en sombras. No distinguía con claridad sus siluetas, pero parecían estar esperando algo. Podía sentir sus miradas sobre él.

Raoden alzó un brazo para protegerse del sol, y solo entonces recordó la cestita que llevaba en las manos. Contenía la ofrenda ritual korathi que se enviaba para acompañar a los muertos a la próxima vida, o, en este caso, a Elantris. La cesta contenía una hogaza de pan, unas pocas hortalizas, un puñado de grano y un pequeño odre de vino. Las ofrendas en caso de muerte normal eran mucho más abundantes, pero incluso a una víctima de la shaod había que darle algo.

Raoden miró a las figuras del portal mientras su mente repasaba las historias que había oído en el exterior, historias de la brutalidad elantrina. Las figuras en sombras todavía no se habían movido, pero la forma en que lo estudiaban resultaba enervante.

Tras inspirar profundamente, Raoden dio un paso junto a la muralla de la ciudad en dirección a la cara este del patio. Las formas parecían seguir observándolo, pero no lo siguieron. Al cabo de un instante ya no veía el portal y, un segundo más tarde, había llegado con éxito a una de las calles.

Raoden soltó un suspiro, con la sensación de haber escapado de algo, aunque no sabía de qué. Después de unos instantes, se aseguró de que nadie lo seguía y empezó a sentirse como un tonto por haberse asustado. De momento todavía no había podido confirmar los rumores sobre Elantris. Raoden sacudió la cabeza y continuó moviéndose.

El hedor era casi insoportable. La suciedad omnipresente olía a rancio y a putrefacción, como hongos moribundos. Raoden estaba tan molesto por el olor que casi pisó la forma retorcida de un viejo acurrucado junto a la pared de un edificio. El hombre gimió penosamente, extendiendo un brazo flaco. Raoden lo miró y sintió un súbito escalofrío. El «viejo» no tenía más de dieciséis años. La piel cubierta de hollín de la criatura era oscura y estaba llena de manchas, pero su cara era la de un niño, no la de un hombre. Raoden retrocedió involuntariamente un paso.

El muchacho, advirtiendo que su oportunidad pasaría pronto, extendió el brazo con la súbita fuerza de la desesperación.

—¿Comida? —murmuró, la boca medio desdentada—. ¿Por favor? —Entonces el brazo cayó, agotada su fuerza, y el cuerpo volvió a desplomarse contra la fría pared de piedra. Los ojos del muchacho, sin embargo, continuaron mirando a Raoden, llenos de pena y dolor. Raoden había visto mendigos en las ciudades exteriores y probablemente se había dejado engañar por charlatanes innumerables veces. Aquel muchacho, sin embargo, no fingía.

Raoden sacó la hogaza de pan de sus ofrendas y se la tendió al muchacho. La expresión de incredulidad que cruzó el rostro del chico fue, de algún modo, más perturbadora que la desesperación a la que había sustituido. Aquella criatura había renunciado hacía tiempo a la esperanza. Probablemente pedía más por costumbre que porque esperara algo.

Raoden dejó atrás al muchacho girándose para andar por la pequeña calle. Había esperado que la ciudad se volviera menos horrible a medida que se alejara del patio principal, quizá creyendo que la suciedad se debía al relativamente frecuente uso de la zona. Se equivocaba, el callejón estaba tan cubierto de suciedad como el patio, o más.

Un golpe sordo resonó a su espalda. Raoden se giró, sorprendido. Había un grupo de formas oscuras en la boca del callejón, apiñadas en torno a un bulto caído en el suelo. El mendigo. Raoden vio con un escalofrío que cinco hombres devoraban su hogaza de pan, luchando entre sí y haciendo caso omiso de los gritos desesperados del muchacho. Al cabo de un rato, uno de los recién llegados, obviamente molesto, descargó un garrote improvisado sobre el cuello del niño con un crujido que resonó en el pequeño callejón.

Los hombres se terminaron el pan y se volvieron a mirar a Raoden, quien dio un aprensivo paso atrás; parecía que se había precipitado al suponer que no lo habían seguido. Los cinco hombres avanzaron lentamente, y Raoden se dio media vuelta y echó a correr.

Sonidos de persecución resonaban a sus espaldas. Raoden huyó asustado, algo que, como príncipe, nunca había tenido que hacer. Corrió a lo loco, esperando quedarse sin aliento al cabo de poco y que el dolor lo acuciara en el costado, como sucedía a menudo cuando se extralimitaba. No ocurrió ninguna de las dos cosas. Simplemente, empezó a sentirse horriblemente cansado, débil hasta el punto de saber que se desplomaría. Era una sensación turbadora, como si se le escapara la vida lentamente.

Desesperado, Raoden lanzó la cesta ceremonial por encima de su cabeza. El tosco movimiento le hizo perder el equilibrio, y una grieta invisible en el pavimento provocó que trastabillara con torpeza hasta topar contra una masa de madera podrida. La madera (que tal vez fuera en su momento un montón de cajas) se hundió, interrumpiendo su caída.

Raoden se incorporó rápidamente, en un movimiento que esparció pulpa de madera por el callejón húmedo. Sus atacantes, sin embargo, ya no le prestaban atención. Los cinco hombres estaban agachados en la suciedad de la calle, recogiendo hortalizas y grano de las piedras y los oscuros charcos. Raoden sintió que se le revolvía el estómago cuando uno de ellos metió el dedo en una grieta, sacó una masa oscura que era más mugre que maíz y acercó el mejunje a sus labios ansiosos. Una baba salobre corría por la barbilla del individuo, goteando desde una boca que parecía una olla llena de barro hirviendo sobre el fuego.

Un hombre vio que Raoden estaba mirando. La criatura gruñó y tendió la mano para agarrar el garrote casi olvidado que había a su lado. Raoden buscó frenéticamente un arma y encontró un trozo de madera algo menos podrido que el resto. Sostuvo el arma con manos inseguras, tratando de parecer peligroso.

El matón se detuvo. Un segundo más tarde, un grito de alegría llamó su atención, uno de los otros había localizado el pequeño odre de vino. La pelea que se produjo a continuación aparentemente les hizo olvidar a Raoden y los cinco se marcharon pronto, cuatro persiguiendo al que había sido lo bastante afortunado, o tonto, para escapar con el precioso licor.

Raoden se quedó sentado entre los escombros, aturdido.

«Esto es en lo que te convertirás...».

—Parece que se han olvidado de ti, sule —comentó una voz.

Raoden dio un salto girándose hacia el sonido. Un hombre, cuya lisa cabeza calva reflejaba la luz de la mañana, estaba reclinado perezosamente en unos escalones cercanos. Era decididamente elantrino, pero antes de la transformación debía haber pertenecido a otra raza. No era de Arelon, como Raoden. La piel del hombre mostraba las delatoras huellas negras de la shaod, pero en las zonas sanas no era pálida, sino marrón oscuro.

Raoden se puso en guardia, tenso, pero el hombre no mostró indicio alguno del salvajismo primario ni de la decrépita debilidad que Raoden había visto en los otros. Alto y de porte firme, tenía manos anchas y ojos penetrantes. Estudió a Raoden con actitud pensativa.

Raoden suspiró, aliviado.

—Quienquiera que seas, me alegro de verte. Empezaba a pensar que aquí todos se estaban muriendo o estaban locos.

—No podemos estar muriéndonos —respondió el hombre con un bufido—. Ya estamos muertos. ¿Kolo?

—Kolo. —La palabra extranjera le resultaba vagamente familiar, igual que el marcado acento del hombre—. ¿No eres de Arelon?

El hombre negó con la cabeza.

—Soy Galladon, del reino soberano de Duladel. Y más recientemente de Elantris, tierra de lodo, locura y perdición eterna. Encantado de conocerte.

—¿De Duladel? —inquirió Raoden—. Pero si la shaod solo afecta a la gente de Arelon. —Se levantó, sacudiéndose pedazos de madera en diversos estados de descomposición, e hizo una mueca al sentir dolor en un dedo del pie. Estaba cubierto de cieno y el rancio hedor de Elantris emanaba ya también de él.

—Duladel es de sangre mixta, sule. Areleno, fjordell, teo... los encontrarás todos. Yo...

Raoden maldijo en voz baja, interrumpiendo al hombre.

Galladon alzó una ceja.

—¿Qué ocurre, sule? ¿Se te ha clavado una astilla en mal lugar? Aunque supongo que no hay muchos lugares buenos para ello.

—¡Mi dedo! —dijo Raoden, cojeando por el resbaladizo empedrado—. Le pasa algo. Me lo he torcido al caer, pero no se me pasa el dolor.

Galladon meneó tristemente la cabeza.

—Bienvenido a Elantris, sule. Estás muerto, tu cuerpo no se curará como debería.

—¿Qué? —Raoden se desplomó en el suelo junto a los escalones donde estaba Galladon. El dedo continuaba doliéndole tanto como al torcérselo.

—Cada dolor, sule —susurró Galladon—, cada corte, cada roce, cada magulladura y cada daño... permanecerán contigo hasta que te vuelvas loco de sufrimiento. Como te decía, bienvenido a Elantris.

—¿Cómo lo soportáis? —preguntó Raoden, frotándose el dedo, un gesto que le sirvió de bien poco. Era una herida tonta, pero sentía que tenía que luchar para que no se le saltaran las lágrimas.

—No lo soportamos. O tenemos muchísimo cuidado, o acabamos como esos rulos que viste en el patio.

—En el patio... ¡Idos Domi! —Raoden se puso en pie y se encaminó cojeando al patio. Encontró al muchacho mendigo en el mismo sitio, cerca de la desembocadura de la calle. Seguía vivo... en cierto modo.

Los ojos del muchacho miraban al aire sin ver, con las pupilas temblorosas. Movía los labios en silencio, sin que escapara de ellos ningún sonido. Tenía el cuello completamente aplastado y con un enorme tajo por donde asomaban las vértebras y la tráquea. El chico trataba sin éxito de respirar a través de aquel estropicio.

De repente, a Raoden le pareció que su dedo no estaba tan mal.

—Idos Domi... —susurró, volviendo la cabeza con el estómago revuelto. Extendió la mano y se agarró a un edificio para sujetarse, con la cabeza gacha, mientras trataba de no aumentar la suciedad del pavimento.

—A este no le queda mucho —dijo Galladon como si tal cosa, agachado junto al mendigo.

—¿Cuánto...? —empezó a decir Raoden, pero se interrumpió cuando el estómago volvió a amenazarlo. Se sentó de golpe en el lodo y, después de unas cuantas inspiraciones, continuó—. ¿Cuánto tiempo vivirá así?

—Sigues sin comprenderlo, sule —dijo Galladon, con la pena notándose en su acentuada voz—. No está vivo... ninguno de nosotros lo está. Por eso estamos aquí. ¿Kolo? El muchacho permanecerá así para siempre. Esa es, a fin de cuentas, la duración típica de la maldición eterna.

—¿No hay nada que podamos hacer?

Galladon se encogió de hombros.

—Podríamos intentar quemarlo, suponiendo que pudiéramos encender un fuego. Los cuerpos elantrinos arden mejor que los de la gente normal, y algunos opinan que la hoguera es una muerte adecuada para los de nuestra clase.

—Y... —dijo Raoden, todavía incapaz de mirar al muchacho—. Y si lo hacemos, ¿qué le pasará a él... a su alma?

—No tiene alma —contestó Galladon—. O eso nos dicen los sacerdotes. Korathi, derethi, jesker... todos dicen lo mismo. Estamos condenados.

—Eso no responde a mi pregunta. ¿Cesará el dolor si lo quemamos?

Galladon contempló al muchacho. Finalmente se encogió de hombros.

—Algunos dicen que si nos queman, o nos cortan la cabeza, o hacen algo que nos destruya por completo el cuerpo, dejaremos de existir. Otros dicen que el dolor continúa, que nosotros nos convertimos en dolor. Piensan que flotaremos sin pensar, incapaces de sentir nada más que agonía. No me gusta ninguna opción, así que intento mantenerme de una pieza. ¿Kolo?

—Sí —susurró Raoden—. Kolo.

Se dio la vuelta y finalmente hizo acopio de valor para mirar de nuevo al muchacho herido. El enorme tajo le devolvió la mirada. La sangre manaba lentamente de la herida, como si el líquido estuviera retenido en las venas, como agua estancada en un charco.

Con un súbito escalofrío, Raoden se palpó el pecho.

—No me late el corazón —advirtió por primera vez.

Galladon miró a Raoden como si hubiera dicho una completa estupidez.

—Sule, estás muerto. ¿Kolo?

NO QUEMARON AL muchacho. No solo carecían de los elementos adecuados para encender un fuego, sino que Galladon lo prohibió.

—No podemos tomar una decisión así. ¿Y si de verdad no tiene alma? ¿Y si deja de existir cuando quememos su cuerpo? Para muchos, una existencia de agonía es mejor que ninguna existencia.

Así que dejaron al muchacho donde había caído. Galladon lo hizo sin pensárselo dos veces y Raoden lo siguió porque no se le ocurría otra alternativa, aunque sentía el dolor de la culpa más agudamente incluso que el dolor de su dedo.

A Galladon obviamente no le importaba si Raoden lo seguía, se iba en otra dirección o se quedaba mirando una interesante mancha de porquería en la pared. El hombretón de piel oscura regresó por donde habían venido, dejando atrás los ocasionales cuerpos gimoteantes a su suerte, la espalda vuelta hacia Raoden en una postura de completa indiferencia.

Al ver marcharse al dula, Raoden intentó ordenar sus pensamientos. Lo habían educado toda la vida para la política. Años de preparación lo habían entrenado para tomar decisiones rápidas. Y eso hizo en ese momento. Decidió confiar en Galladon.

Había algo en el dula que resultaba agradable de forma innata, algo que Raoden encontraba indefinidamente interesante aunque estuviera cubierto por una pátina de pesimismo tan gruesa como la capa de mugre del suelo. No era solo la lucidez de Galladon, no solo su actitud tranquila. Raoden había visto los ojos del hombre cuando miraba al muchacho doliente. Galladon decía aceptar lo inevitable, pero sentía tristeza por tener que hacerlo así.

El dula encontró su antiguo puesto en los escalones y se sentó de nuevo. Tras tomar aliento con decisión, Raoden se acercó y se plantó expectante delante del hombre.

Galladon alzó la cabeza.

—¿Qué?

—Necesito tu ayuda, Galladon —dijo Raoden, agachándose ante los escalones.

Galladon bufó.

—Esto es Elantris, sule. Aquí no existe eso llamado ayuda. Dolor, locura y un montón de suciedad son las únicas cosas que encontrarás.

—Casi parece que lo crees.

—Estás preguntando en el lugar equivocado, sule.

—Eres la única persona no comatosa que he visto aquí que no me ha atacado —dijo Raoden—. Tus acciones resultan mucho más convincentes que tus palabras.

—Tal vez simplemente no he intentado hacerte daño porque sé que no tienes nada que dar.

—No lo creo.

Galladon se encogió de hombros como diciendo «no me importa lo que creas» y se giró, se apoyó contra el edificio y cerró los ojos.

—¿Tienes hambre, Galladon? —preguntó Raoden en voz baja.

El hombre abrió los ojos de golpe.

—Solía preguntarme cuándo daba de comer el rey Iadon a los elantrinos —musitó Raoden—. Nunca oí decir que trajeran suministros a la ciudad, pero siempre supuse que los enviaban. Al fin y al cabo, los elantrinos siguen con vida. Nunca comprendí. Si la gente de esta ciudad puede subsistir sin que le lata el corazón, entonces probablemente puede subsistir sin comida. Naturalmente, eso no implica que el hambre remita. Me he despertado hambriento esta mañana, y sigo estándolo. Por la mirada de esos hombres que me han atacado, imagino que el hambre solo empeora.

Raoden buscó bajo la túnica manchada y sacó algo fino que alzó para que Galladon lo viera. Un trozo de carne seca. Los ojos de Galladon se abrieron de par en par y su expresión pasó del aburrimiento al interés. Hubo un destello en esos ojos, un poco del mismo salvajismo que Raoden había visto en los otros esa mañana. Más controlado, pero estaba allí. Por primera vez, Raoden advirtió cuánto estaba jugándose en su primera impresión sobre el dula.

—¿De dónde ha salido eso? —preguntó Galladon lentamente.

—Se me ha caído de la cesta cuando los sacerdotes me traían aquí, así que me lo he guardado bajo el fajín. ¿Lo quieres o no?

Galladon tardó un poco en responder.

—¿Qué te hace pensar que no te atacaré y me lo quedaré sin más?

No era una pregunta retórica. Raoden notó que Galladon estaba considerando emprender esa acción. Hasta qué punto era todavía una incógnita.

—Me has llamado «sule», Galladon. ¿Cómo podrías matar a alguien a quien has llamado amigo?

Galladon permaneció sentado, transfigurado por el trocito de carne. Un fino reguero de saliva escapó por una comisura de su boca sin que se diera cuenta. Miró a Raoden, que estaba cada vez más ansioso. Cuando sus ojos se encontraron, algo chispeó en los de Galladon y la tensión se quebró. El dula dejó escapar súbitamente una profunda y sonora carcajada.

—¿Hablas duladen, sule?

—Solo unas pocas palabras —dijo Raoden modestamente.

—¿Un hombre culto? ¡Ricas ofrendas para Elantris hoy! De acuerdo, rulo intrigante, ¿qué quieres?

—Treinta días —respondió Raoden—. Durante treinta días me guiarás y me contarás lo que sabes.

—¿Treinta días? Sule, estás kayana.

—Tal como yo lo veo —dijo Raoden, haciendo ademán de volver a guardarse la carne en el fajín—, la única comida que entra en este lugar lo hace con los recién llegados. Debes pasar mucha hambre con tan pocas ofrendas y tantas bocas que alimentar. El hambre tiene que ser prácticamente enloquecedora.

—Veinte días —dijo Galladon, mostrando de nuevo un atisbo de su anterior intensidad.

—Treinta, Galladon. Si tú no me ayudas, otro lo hará.

Galladon apretó la mandíbula un instante.

—Rulo —murmuró, y luego tendió la mano—. Treinta días. Por fortuna, no planeaba hacer ningún viaje largo durante el mes próximo.

Raoden le lanzó la carne con una risa.

Galladon la capturó al vuelo. Entonces, aunque su mano se acercó por reflejo a su boca, se detuvo. Con un cuidadoso movimiento, se guardó la carne en un bolsillo y se levantó.

—Bien, ¿cómo he de llamarte?

Raoden no respondió de inmediato. «Probablemente sea mejor que por ahora nadie sepa que pertenezco a la realeza».

—Sule me parece bien.

Galladon se echó a reír.

—Ya veo que eres de los que defienden su intimidad. Muy bien. Es hora de llevarte a hacer el recorrido especial.

Símbolo circular en blanco sobre negro que representa el aon Aon, una figura con forma de ele invertida, o de siete, que tiene un punto dentro.

Capítulo 2

SARENE bajó del barco para descubrir que era viuda. Fue una noticia inesperada, por supuesto, pero no tan devastadora como podría haber sido, ya que en realidad ni siquiera había llegado a conocer a su marido. De hecho, cuando Sarene había emprendido el viaje desde su tierra, ella y Raoden tan solo estaban prometidos. Había supuesto que el reino de Arelon esperaría su llegada para poder celebrar la boda. De donde ella venía, al menos, se esperaba que ambos miembros de la pareja estuvieran presentes cuando contraían matrimonio.

—Nunca me gustó esa cláusula del contrato nupcial, mi señora —dijo el acompañante de Sarene, una bola de luz del tamaño de un melón que flotaba a su lado.

Sarene dio unos golpecitos de fastidio en el suelo con el pie mientras veía cómo los sirvientes cargaban su equipaje en un carruaje. El contrato de bodas era un documento monstruoso de cincuenta páginas, y una de sus muchas cláusulas hacía que su compromiso fuera legalmente vinculante si ella o su prometido morían antes de la ceremonia nupcial.

—Es una cláusula bastante común, Ashe —dijo—. De ese modo, el tratado que se deriva de un matrimonio político no se rompe si le sucede algo a uno de los contrayentes. Nunca he visto que la invocaran.

—Hasta hoy —respondió la bola de luz, la voz grave y las palabras bien enunciadas.

—Hasta hoy —admitió Sarene—. ¿Cómo iba yo a saber que el príncipe Raoden no duraría los cinco días que nos ha llevado cruzar el mar de Fjorden? —hizo una pausa y frunció el ceño, pensativa—. Cítame la cláusula, Ashe. Necesito saber qué dice exactamente.

—«Si se diere el caso de que un miembro de la ya mencionada pareja fuera llamado en presencia de Domi el Misericordioso antes del momento previsto para la boda, entonces el compromiso será considerado equivalente al matrimonio en todos los aspectos legales y sociales» —dijo Ashe.

—No hay mucho margen de discusión, ¿verdad?

—Me temo que no, mi señora.

Sarene frunció distraída el ceño, se cruzó de brazos y se golpeteó la mejilla con el dedo índice, contemplando a los sirvientes. Un hombre alto y recio dirigía el trabajo con ojos aburridos y expresión resignada. El hombre, un ayudante de la corte arelena llamado Ketol, era la única recepción que el rey Iadon consideró adecuado enviarle. Ketol había sido el que le había «informado de que lamentablemente» su prometido «había muerto de una súbita enfermedad» durante su viaje. Hizo la declaración en el mismo tono aburrido y falto de interés que empleaba para dirigir a la cuadrilla.

—Así que —aclaró Sarene—, en lo que se refiere a la ley, ahora soy princesa de Arelon.

—Correcto, mi señora.

—Y la viuda de un hombre a quien jamás he conocido.

—Correcto nuevamente. —Sarene sacudió la cabeza.

—Padre va a morirse de risa cuando se entere. Nunca dejará de recordármelo.

Ashe latió levemente, molesto.

—Mi señora, el rey nunca se tomaría a la ligera un hecho tan solemne. La muerte del príncipe Raoden, sin duda, ha causado gran pesar en la familia soberana de Arelon.

—Sí. Tanta pena, de hecho, que ni siquiera han podido hacer el esfuerzo de venir a conocer a su nueva hija.

—Tal vez el rey Iadon habría venido si hubiera tenido noticia de nuestra llegada...

Sarene frunció el ceño, pero el seon tenía razón. Su llegada antes de tiempo, varios días antes de la fiesta principal de los esponsales, se había preparado como una sorpresa para el príncipe Raoden. Ella quería unos días al menos para estar con él en privado y en persona. Su secretismo, sin embargo, había actuado en su contra.

—Dime, Ashe. ¿Cuánto tiempo suelen esperar los arelenos entre la muerte de una persona y su entierro?

—No estoy seguro, mi señora —confesó Ashe—. Me marché de Arelon hace mucho tiempo y viví aquí tan poco que no recuerdo muchos detalles. Sin embargo, según mis estudios las costumbres arelenas suelen ser por regla general similares a las de tu tierra.

Sarene asintió y luego llamó al ayudante del rey Iadon.

—¿Sí, mi señora? —preguntó Ketol en tono perezoso.

—¿Se está celebrando un velatorio por el príncipe? —preguntó Sarene.

—Sí, mi señora —contestó el ayudante—. Ante la capilla korathi. El entierro tendrá lugar esta tarde.

—Quiero ver el ataúd.

Ketol se detuvo.

—Oh... Su Majestad ha pedido que os llevemos ante él inmediatamente...

—Entonces no pasaré mucho tiempo en la tienda funeraria —dijo Sarene, encaminándose a su carruaje.

SARENE OBSERVÓ CON ojo crítico la abarrotada tienda funeraria, esperando mientras Ketol y unos cuantos sirvientes le despejaban el camino para acercarse hasta el ataúd. Tuvo que admitir que todo era irreprochable, las flores, las ofrendas, los sacerdotes korathi orantes. La única rareza era lo abarrotada que estaba la tienda.

—Ciertamente, hay muchas personas aquí —le comentó a Ashe.

—El príncipe era muy apreciado, mi señora —respondió el seon, flotando tras ella—. Según nuestros informes, era la figura pública más popular del país.

Sarene asintió y recorrió el pasillo que Ketol había abierto para ella. El ataúd del príncipe Raoden se hallaba en el mismo centro de la tienda, guardado por un anillo de soldados que dejaban acercarse a las masas solo hasta cierto punto. Mientras avanzaba, Sarene notó verdadero pesar en el rostro de los asistentes.

«Así que es verdad —pensó—. El pueblo lo amaba».

Los soldados le abrieron paso y ella se acercó al ataúd. Estaba tallado con aones, la mayoría símbolos de esperanza y paz, al modo korathi. Todo el féretro de madera estaba rodeado por un anillo de lujosas viandas, una ofrenda hecha en nombre del difunto.

—¿Puedo verlo? —preguntó, volviéndose hacia uno de los sacerdotes korathi, un hombre pequeño de aspecto amable.

—Lo siento, niña —dijo el sacerdote—. Pero la enfermedad del príncipe lo desfiguró desagradablemente. El rey ha pedido que se permita al príncipe dignidad en la muerte.

Sarene asintió, volviéndose hacia el ataúd. No estaba segura de lo que había esperado sentir, de pie ante el hombre muerto con quien se hubiera casado. Se sentía extrañamente... furiosa.

Descartó momentáneamente esa emoción dedicándose en cambio a contemplar la tienda a su alrededor. Casi parecía demasiado formal. Aunque los visitantes estaban obviamente apenados, la tienda, las ofrendas y los decorados parecían estériles.

«Un hombre de la edad y el supuesto vigor de Raoden —pensó—. Muerto de estertores tusivos... Podría ser... pero ciertamente no parece muy probable».

—¿Mi... señora? —preguntó Ashe en voz baja—. ¿Ocurre algo?

Sarene hizo una seña al seon y regresó al carruaje.

—No sé —dijo ella también en voz baja—. Hay algo que no encaja, Ashe.

—Eres de naturaleza recelosa, mi señora —recalcó Ashe.

—¿Por qué no está Iadon velando a su hijo? Ketol ha dicho que celebraba cortes, como si la muerte de su hijo ni siquiera le molestara. —Sarene negó con la cabeza—. Hablé con Raoden justo antes de salir de Teod y parecía bien. Aquí pasa algo extraño, Ashe, y quiero saber qué es.

—Cielos... —dijo Ashe—. ¿Sabes, mi señora? Tu padre me pidió que intentara que no te metieras en líos.

Sarene sonrió.

—Esa sí que es una tarea imposible. Vamos, tenemos que ir a ver a mi nuevo padre.

SARENE SE APOYÓ contra la ventanilla del carruaje, contemplando la ciudad pasar mientras se dirigían a palacio. Guardaba silencio, un solo pensamiento apartaba todo lo demás de su mente.

«¿Qué estoy haciendo aquí?».

Le había hablado a Ashe con aplomo, pero siempre había sido capaz de ocultar sus preocupaciones. Cierto, sentía curiosidad por la muerte del príncipe, pero Sarene se conocía muy bien. En buena parte, esa curiosidad no era otra cosa que un intento por apartar de su mente el sentimiento de inferioridad y torpeza, cualquier cosa antes que reconocer lo que era. Una mujer brusca y larguirucha que casi había dejado atrás la flor de su vida. Tenía veinticinco años, debería haberse casado mucho antes. Raoden había sido su última oportunidad.

«¡Cómo te atreves a morirte así, príncipe de Arelon!», pensó indignada. Sin embargo, lo irónico de la situación no se le escapaba. Era apropiado que ese hombre, uno a quien había creído llegar a apreciar, muriera incluso antes de haberlo conocido. Ahora estaba sola en un país ajeno, atada políticamente a un rey en quien no confiaba. Era una sensación de soledad desalentadora.

«Has estado sola otras veces, Sarene —se recordó—. Lo superarás. Encuentra algo para mantener la mente ocupada. Tienes toda una corte nueva que explorar. Disfrútala».

Con un suspiro, Sarene devolvió su atención a la ciudad. A pesar de tener considerable experiencia en el cuerpo diplomático de su padre, nunca había visitado Arelon. Desde la caída de Elantris, Arelon había estado oficiosamente en cuarentena para la mayoría de los otros reinos. Nadie sabía por qué la ciudad mística había sido maldecida y a todos les preocupaba que la enfermedad elantrina pudiera extenderse.

Sarene se sorprendió, sin embargo, por el lujo que vio en Kae. Las avenidas de la ciudad eran anchas y estaban bien cuidadas. La gente de la calle iba bien vestida, y no vio a un solo mendigo. A un lado, un grupo de sacerdotes korathi con sus túnicas azules caminaba en silencio entre la multitud, guiando a un extraño personaje ataviado de blanco. Ella contempló la procesión preguntándose qué podía ser hasta que el grupo dobló una esquina.

Desde su punto de vista, Kae no aparentaba pasar por ninguna de las penalidades económicas que se suponía que Arelon estaba sufriendo. El carruaje dejó atrás docenas de mansiones rodeadas de verjas, cada una construida en un estilo arquitectónico diferente. Algunas eran enormes, con grandes alas y tejados pintados, siguiendo la moda de Duladel. Otras tenían aspecto de castillo cuyos muros de piedra hubieran sido transportados directamente desde la campiña castrense de Fjorden. Sin embargo, todas las mansiones tenían una cosa en común, riqueza. La gente de aquel país podía estar pasando hambre, pero Kae, sede de la aristocracia de Arelon, no parecía haberse dado cuenta.

Naturalmente, una sombra inquietante seguía planeando sobre la ciudad. La enorme muralla de Elantris se alzaba en la distancia, y Sarene se estremeció al contemplar sus imponentes bloques. Había oído historias sobre Elantris durante la mayor parte de su vida adulta, relatos de la magia que había producido una vez y las monstruosidades que ahora habitaban sus oscuras calles. No importaba lo llamativas que fueran las casas, no importaba lo ricas que fueran las calles, ese único monumento se alzaba como testigo de que no todo iba bien en Arelon.

—Me pregunto por qué viven aquí siquiera.

—¿Mi señora? —dijo Ashe.

—¿Por qué construyó el rey Iadon su palacio en Kae? ¿Por qué eligió una ciudad que está tan cerca de Elantris?

—Sospecho que los motivos son principalmente económicos, mi señora —dijo Ashe—. Solo hay un par de puertos navegables en la costa norte de Arelon, y este es el mejor.

Sarene asintió. La bahía formada por la unión del río Aredel con el océano creaba un puerto envidiable. Pero con todo...

—Tal vez los motivos sean políticos —musitó—. Iadon tomó el poder en tiempos turbulentos... Tal vez piensa que permanecer cerca de la antigua capital le da autoridad.

—Tal vez, mi señora.

«No es que importe demasiado», pensó. Aparentemente, la proximidad a Elantris, o a los elantrinos, no aumentaba las posibilidades de que te alcanzara la shaod.

Se apartó de la ventanilla y miró a Ashe, que flotaba sobre el asiento junto a ella. Todavía tenía que ver a un seon en las calles de Kae, aunque las criaturas, que según se decía eran antiguas creaciones de la magia de Elantris, se suponía que eran más comunes en Arelon que en su tierra. Si entornaba los ojos, apenas podía distinguir al reluciente aon en el centro de la luz de Ashe.

—Al menos el tratado está a salvo —dijo Sarene por fin.

—Suponiendo que te quedes en Arelon, mi señora —comentó Ashe con su voz grave—. Al menos, eso es lo que dice el contrato nupcial. Mientras te quedes aquí y «seas fiel a tu marido», el rey Iadon debe respetar su alianza con Teod.

—Ser fiel a un muerto —murmuró Sarene, y luego suspiró—. Bueno, eso significa que tengo que quedarme, con marido o sin marido.

—Si tú lo dices, mi señora...

—Necesitamos este tratado, Ashe. Fjorden está expandiendo su influencia a un ritmo increíble. Hace cinco años hubiese dicho que no teníamos de qué preocuparnos, que los sacerdotes de Fjorden nunca serían un poder en Arelon. Pero ahora... —Sarene sacudió la cabeza. El colapso de la república duladen había cambiado muchas cosas.

»No deberíamos habernos mantenido tan apartados de Arelon estos últimos diez años, Ashe —dijo—. Probablemente no me encontraría en esta situación si hubiéramos forjado fuertes lazos con el nuevo gobierno areleno hace una década.

—Tu padre tenía miedo de que su revuelo político contagiara Teod —dijo Ashe—. Por no mencionar el Reod... nadie estaba seguro de que lo que había golpeado a los elantrinos no afectara también a la gente normal.

El carruaje aminoró la marcha y Sarene suspiró, zanjando la conversación. Su padre sabía que Fjorden representaba un peligro y comprendía que las antiguas alianzas debían forjarse de nuevo. Por eso estaba ella en Arelon. Ante ellos, las puertas del palacio se abrieron de par en par. Sin amigos o con ellos, había llegado, y Teod dependía de ella. Tenía que preparar a Arelon para la guerra que se avecinaba. Una guerra que se había vuelto inevitable desde el momento en que cayó Elantris.

EL NUEVO PADRE de Sarene, el rey Iadon de Arelon, era un hombre delgado de rostro astuto. Conversaba con varios de sus administradores cuando Sarene entró en la sala del trono, y se quedó de pie, pasando desapercibida durante casi quince minutos antes de que él incluso la saludara con la cabeza. Personalmente, a Sarene no le importaba la espera, eso le daba la oportunidad de observar al hombre a quien había jurado obedecer, pero su dignidad no podía evitar sentirse herida por el tratamiento. Su puesto como princesa de Teod debería haberle valido una recepción que fuera, si no grandiosa, al menos puntual.

Mientras esperaba, se le ocurrió de inmediato una cosa. Iadon no parecía un hombre que llorara la muerte de su hijo y heredero. No había ningún signo de pesar en sus ojos, no se veía la fatiga abotargada que acompaña generalmente a la muerte de un ser querido. De hecho, el aire de la corte parecía notablemente libre de signos de duelo.

«¿Es Iadon entonces un hombre sin corazón? —se preguntó con curiosidad—. ¿O es simplemente alguien que sabe controlar sus emociones?».

Los años pasados en la corte de su padre habían convertido a Sarene en una experta en el carácter de los nobles. Aunque no podía escuchar qué estaba diciendo Iadon —Ketol le había dicho que se quedara al fondo de la sala y esperara a que le dieran permiso para acercarse—, la actitud y los modales del rey demostraban su carácter. Iadon hablaba con firmeza, dando instrucciones directas, deteniéndose de vez en cuando para clavar un fino dedo en su mesa de mapas. Ofrecía todos los indicios de ser un hombre de fuerte personalidad, uno que tenía las ideas claras sobre cómo quería que se hicieran las cosas. No era mala señal. De momento, Sarene decidió que se trataba de un hombre con quien podría trabajar.

El rey Iadon le indicó que se acercara. Ella ocultó con cuidado su malestar por la espera y se aproximó con el aire adecuado de noble sumisión. Él la interrumpió a media reverencia.

—Nadie me había dicho que fueras tan alta —declaró.

—¿Mi señor? —preguntó ella, alzando la cabeza.

—Bueno, supongo que la única persona a quien le habría importado ya no está aquí para verlo. ¡Eshen! —gritó bruscamente, haciendo que una mujer casi invisible que aguardaba al otro lado de la sala diera un respingo para obedecerlo.

—Llévatela a sus aposentos y encárgate de que tenga muchas cosas que la mantengan ocupada. Bordar o lo que sea que os entretiene a las mujeres.

Con eso, el rey se volvió hacia su siguiente cita, un grupo de mercaderes.

Sarene se detuvo en mitad de la reverencia, aturdida por la completa falta de decoro de Iadon. Solo sus años de formación en la corte impidieron que se quedara boquiabierta. Rápida pero retraída, la mujer a quien Iadon había dado la orden —la reina Eshen, la esposa del rey—, se acercó y tomó a Sarene por el brazo. Eshen era baja y delgada, y en su pelo rubio aónico tirando a castaño apenas empezaban a asomar vetas de gris.

—Ven, niña —dijo Eshen con voz aguda—. No debemos hacer perder su tiempo al rey.

Sarene permitió que la condujera por una de las puertas laterales de la sala.

«Domi Misericordioso —murmuró para sí—. ¿Dónde me he metido?».

—... Y TE ENCANTARÁ cuando salgan las rosas. He ordenado a los jardineros que las planten para que puedas olerlas sin tener siquiera que asomarte a la ventana. Ojalá no fueran tan grandes.

Sarene frunció el ceño, confundida.

—¿Las rosas?

—No, querida —continuó la reina, sin apenas detenerse—, las ventanas. No vas a creer lo mucho que brilla el sol cuando entra a través de ellas por la mañana. Les pedí, a los jardineros, quiero decir, que buscaran algunas de color naranja, porque adoro el naranja, pero hasta ahora solo han encontrado algunas amarillo pálido. «Si las quisiera amarillas os habría pedido que plantarais siempreninas», les dije. Tendrías que haberlos visto pedir disculpas... Estoy segura de que tendremos algunas naranjas a finales del año que viene. ¿No crees que sería maravilloso, querida? Naturalmente, las ventanas seguirán siendo demasiado grandes. Tal vez pueda ordenar sellar un par de ellas.

Sarene asintió, fascinada. No por la conversación, sino por la reina. Sarene daba por supuesto que los conferenciantes de la academia de su padre eran hábiles en cuestiones de no decir nada y hablar mucho, pero Eshen los superaba a todos. La reina pasaba de un tema a otro como una mariposa buscando un sitio donde posarse, sin encontrar nunca uno adecuado para una estancia prolongada. Cualquiera de los temas habría sido combustible potencial para una conversación interesante, pero aquella mujer no dejaba que Sarene se aferrara a uno el tiempo suficiente para hacerle justicia.

Sarene inspiró para calmarse, diciéndose que tenía que ser paciente. No podía echarle la culpa a la reina por ser lo que era. Domi enseñaba que todas las personalidades eran dones que disfrutar. La reina era encantadora, a su propio modo disperso. Desgraciadamente, después de conocer tanto al rey como a la reina, Sarene empezaba a sospechar que tendría problemas para encontrar aliados políticos en Arelon.

Algo más molestaba a Sarene... Había algo extraño en la manera en que actuaba Eshen. Nadie podía hablar tanto como la reina, no hacía una sola pausa. Era casi como si la mujer se sintiera incómoda con ella. Entonces, en un momento de iluminación, Sarene comprendió a qué se debía. Eshen hablaba de cualquier tema imaginable excepto del más importante, el difunto príncipe. Sarene entornó los ojos, recelosa. No podía estar segura. Eshen era, al fin y al cabo, una persona muy volátil. Pero parecía que la reina actuaba con demasiada alegría para ser una mujer que acababa de perder a su hijo.

—Aquí está tu habitación, querida. Hemos desempaquetado tus cosas y añadido también algunas. Tienes ropa de todos los colores, incluso amarilla, aunque no se me ocurre por qué querrías vestir ese color. Horrible. No es que tu pelo sea horrible, claro. Rubio no es lo mismo que amarillo, no. Igual que un caballo no es una verdura. No tenemos aún un caballo para ti, pero puedes utilizar cualquiera de los que hay en los establos del rey. Tenemos montones de bellos animales, verás, Duladel está precioso en esta época del año.

—Por supuesto —dijo Sarene, examinando la habitación. Era pequeña, pero se adecuaba a sus gustos. Demasiado espacio podía ser imponente, igual que demasiado poco podía ser agobiante.

—Ahora, necesitarás esta, querida —dijo Eshen, señalando con una pequeña mano un montón de ropa que no estaba colgada como el resto, como si la hubieran traído recientemente. Todos los vestidos del montón compartían un solo atributo.

—¿Negros? —preguntó Sarene.

—Desde luego. Estás... estás de... —Eshen tropezó con las palabras.

—Estoy de luto —comprendió Sarene. Dio unos golpecitos de insatisfacción en el suelo. El negro no era uno de sus colores favoritos.

Eshen asintió.

—Puedes llevar uno de estos en la celebración del funeral de esta tarde. Debería ser una ceremonia bonita. Yo hice los preparativos.

Cuando empezó a hablar de sus flores favoritas de nuevo, el monólogo no tardó en degenerar en un discurso sobre lo mucho que detestaba la cocina de Fjorden. Amablemente, pero con firmeza, Sarene condujo a la mujer a la puerta, asintiendo con educación. En cuanto llegaron al pasillo, Sarene puso la excusa de que estaba fatigada del viaje y acabó con el torrente verbal de la reina cerrando la puerta.

—Esto no va a servirme mucho tiempo —se dijo para sí.

—La reina tiene un gran don para la conversación, mi señora —reconoció una voz profunda.

—¿Qué has averiguado? —preguntó Sarene, acercándose a elegir un vestido de la pila de ropa negra mientras Ashe entraba flotando por la ventana abierta.

—No he encontrado tantos seones como esperaba. Creo recordar que antaño esta ciudad rebosaba de ellos.

—Yo también me he dado cuenta —dijo Sarene, probándose por encima un vestido delante del espejo, y luego descartándolo con una negación de cabeza—. Supongo que ahora las cosas son distintas.

—Sí que lo son. Siguiendo tus instrucciones, he preguntado a los otros seones qué sabían de la inoportuna muerte del príncipe. Por desgracia, mi señora, se mostraron reacios a hablar del tema. Consideran extremadamente aciago que el príncipe muriera justo antes de casarse.

—Sobre todo para él —murmuró Sarene, quitándose la ropa para probarse el vestido—. Ashe, está pasando algo raro. Creo que tal vez alguien ha asesinado al príncipe.

—¿Asesinado, mi señora? —La grave voz de Ashe era de reprobación, y latió levemente al oír el comentario—. ¿Quién haría una cosa así?

—No lo sé, pero... hay algo que no encaja. No parece que la corte esté de duelo. Mira la reina, por ejemplo. No parecía triste cuando me hablaba... Por lo menos cabría esperar que estuviera un poco trastornada por el hecho de que su hijo muriera ayer.

—Hay una explicación sencilla para eso, mi señora. Tal vez no recuerdas que la reina Eshen no es la madre del príncipe Raoden. Raoden nació de la primera esposa de Iadon, que murió hace más de doce años.

—¿Cuándo volvió a casarse?

—Justo después del Reod —dijo Ashe—. Unos meses después de llegar al trono.

Sarene frunció el ceño.

—Sigo sospechando —dijo, estirando la mano torpemente para abrocharse la parte posterior del vestido. Luego se miró en el espejo, estudiando el vestido con ojo crítico—. Bueno, al menos me queda bien... aunque me hace parecer pálida. Tenía miedo de que me llegara hasta las rodillas nada más. Estas mujeres arelenas son todas extrañamente bajas.

—Si tú lo dices, mi señora... —repuso Ashe.

Sabía tan bien como ella que las mujeres arelenas no eran tan bajas. Incluso en Teod, Sarene era una cabeza más alta que la mayoría de las otras. Su padre la llamaba de niña «palo de leky», el nombre del alto y fino poste que marcaba la meta de su deporte favorito. Incluso después de ganar algo de peso durante la adolescencia Sarene seguía siendo innegablemente larguirucha.

—Mi señora —dijo Ashe, interrumpiendo sus pensamientos.

—¿Sí, Ashe?

—Tu padre está desesperado por hablar contigo. Creo que tienes noticias que merece oír.

Sarene asintió, reprimió un suspiro, y Ashe empezó a latir brillante. Un momento después la bola de luz que constituía su esencia se convirtió en una cabeza resplandeciente. El rey Eventeo de Teod.

—¿Ene? —preguntó su padre, mientras los labios de la brillante cabeza se movían. Era un hombre robusto, con una gran cara ovalada y gruesa barbilla.

—Sí, padre. Estoy aquí.

Su padre se encontraba seguramente de pie junto a un seon similar (probablemente Dio), quien habría cambiado para convertirse en un simulacro brillante de la cabeza de Sarene.

—¿Estás nerviosa por la boda? —preguntó Eventeo, ansioso.

—Bueno, respecto a esa boda... —dijo ella lentamente—. Probablemente querrás cancelar tus planes de venir la semana que viene. No habrá mucho que ver.

—¿Qué?

Ashe no se había equivocado, su padre no se rio cuando se enteró de que Raoden había muerto, sino que su voz adquirió un matiz de profunda preocupación, el brillante rostro preocupado. Su inquietud fue en aumento cuando Sarene le explicó que se había impuesto la cláusula de muerte prenupcial.

—Ay, Ene, lo siento —dijo su padre—. Sé lo mucho que esperabas de este matrimonio.

—Tonterías, padre. —Eventeo la conocía demasiado bien—. Ni siquiera lo había visto en persona, ¿cómo podría haber esperado nada?

—No lo habías conocido en persona, pero hablaste con él a través del seon y le escribiste todas esas cartas. Te conozco, Ene, eres una romántica. Nunca hubieras decidido pasar por todo esto si no hubieras estado completamente convencida de que podías amar a Raoden.

Las palabras tenían un regusto de verdad, y de repente la soledad de Sarene regresó. Se había pasado todo el viaje a través del mar de Fjorden en un estado de incrédulo nerviosismo, entusiasmada y a la vez aprensiva por la perspectiva de conocer al hombre que habría de convertirse en su esposo. Más entusiasmada, sin embargo, que aprensiva.

Había estado fuera de Teod en numerosas ocasiones, pero siempre acompañada por otros compatriotas. Aquella vez había viajado sola por delante del resto del séquito nupcial para sorprender a Raoden. Había leído y vuelto a releer tantas veces las cartas del príncipe que había empezado a pensar que lo conocía, y la persona que había construido a partir de esas hojas de papel era alguien complejo, un hombre compasivo a quien deseaba conocer con toda su alma.

Pero ya no lo conocería nunca. Se sentía más que sola, se sentía rechazada... otra vez. Indeseada. Había esperado todos esos años, sufrido junto a un padre paciente que no sabía cómo los hombres de su patria la evitaban, cómo les asustaba su personalidad decidida, incluso arrogante. Al fin, había encontrado a un hombre que estaba dispuesto a estar con ella, y Domi se lo había arrebatado en el último momento.

Sarene finalmente se permitió sentir parte de las emociones que había mantenido bajo férreo control desde que había desembarcado. Se alegraba de que el seon transfiriera solo sus rasgos, pues la hubiera mortificado que su padre viera la lágrima que corría por su mejilla.

—Eso es una tontería, padre —dijo—. Se trataba de un matrimonio puramente político y todos lo sabíamos. Ahora nuestros países tienen algo más en común que el idioma... nuestras familias reales están emparentadas.

—Ay, cariño... —susurró su padre—. Mi pequeña Sarene. Tenía tantas esperanzas de que esto saliera bien... No sabes cuánto rezamos tu madre y yo para que encontraras allí la felicidad. ¡Idos Domi! No deberíamos haber seguido adelante con esto.

—Yo te habría obligado, padre. Necesitamos imperiosamente el tratado con Arelon. Nuestra armada no mantendrá a Fjorden alejado de nuestras costas demasiado tiempo... toda la marina svordisana está bajo el control del wyrn.

—Pequeña Sarene, tan adulta ya —dijo su padre a través del enlace seon.

—Adulta y plenamente capaz de casarse con un cadáver —Sarene se rio débilmente—. Probablemente sea lo mejor. No creo que el príncipe Raoden hubiera resultado ser como lo imaginaba... tendrías que ver a su padre.

—He oído historias. Esperaba que no fueran ciertas.

—Pues sí que lo son —dijo Sarene, dejando que su insatisfacción con el monarca areleno consumiera su pena—. El rey Iadon es el hombre más desagradable que he conocido en mi vida. Apenas me prestó atención antes de despedirme, según sus palabras para «bordar o lo que sea que os entretiene a las mujeres». Si Raoden se parecía en algo a su padre, creo que estoy mejor así.

El silencio se prolongó durante un momento antes de que su padre respondiera.

—Sarene, ¿quieres volver a casa? Puedo anular el contrato si quiero, no importa lo que estipulen las leyes.

La oferta era tentadora... más tentadora de lo que ella estaba dispuesta a admitir. Dudó.

—No, padre —dijo por fin, negando con la cabeza—. Tengo que quedarme. Esto fue idea mía y la muerte de Raoden no cambia el hecho de que necesitamos esta alianza. Además, si regresara a casa incumpliría la tradición. Ambos sabemos que Iadon es ahora mi padre. Sería indecoroso que me acogieras de nuevo en tu casa.

—Yo siempre seré tu padre, Ene. Domi maldiga las costumbres. Teod siempre estará abierta para ti.

—Gracias, padre —respondió Sarene en voz baja—. Necesitaba oír eso. Pero sigo pensando que debería quedarme. Por ahora, al menos. Además, puede ser interesante. Tengo toda una corte nueva llena de gente con la que jugar.

—Ene... —dijo su padre, aprensivo—. Conozco ese tono. ¿Qué estás planeando?

—Nada. Hay unos cuantos asuntos en los que quiero husmear antes de dar por perdido definitivamente este matrimonio.

Hubo unos instantes de silencio, y luego su padre prorrumpió en carcajadas.

—Domi los ampare... No saben qué les hemos enviado. Sé buena con ellos, palo de leky. No quiero recibir una nota del ministro Naolen dentro de un mes diciéndome que el rey Iadon se ha escapado para ingresar en un monasterio korathi y el pueblo areleno te ha nombrado su monarca.

—De acuerdo —dijo Sarene con una sonrisa débil—. Esperaré al menos dos meses, entonces.

Su padre estalló en otra de sus características carcajadas, un sonido que le hizo a Sarene más bien que ninguna de sus palabras de consuelo o ninguno de sus consejos.

—Espera un momento, Ene —dijo su padre cuando dejó de reír—. Déjame que llame a tu madre. Querrá hablar contigo. —Al cabo de un momento, se rio—. Va a quedarse muerta cuando le diga que ya has acabado con el pobre Raoden.

—¡Padre! —dijo Sarene.

Pero él se había marchado ya.

Símbolo circular en blanco sobre negro que representa el aon Aon, una figura con forma de ele invertida, o de siete, que tiene un punto dentro.

Capítulo 3

NADIE del pueblo de Arelon saludó a su salvador cuando llegó. Era una afrenta, pero no una inesperada. El pueblo de Arelon, especialmente aquellos que vivían cerca de la infame ciudad de Elantris, era conocido por sus costumbres impías, incluso heréticas. Hrathen había venido a cambiar eso. Tenía tres meses para convertir todo el reino de Arelon, o el santo Jaddeth (señor de toda la creación) lo destruiría. Por fin había llegado el momento de que Arelon aceptara la verdad de la religión derethi.

Hrathen bajó por la plancha. Más allá de los muelles, con su continuo bullicio de cargas y descargas, se extendía la ciudad de Kae. Un poco más allá, Hrathen distinguió una alta muralla de piedra: la antigua ciudad de Elantris. Al otro extremo de Kae, a la izquierda de Hrathen, el terreno subía hasta convertirse en una alta colina, al pie de lo que serían las montañas Dathreki. Tras él se hallaba el océano.

En general, Hrathen no estaba impresionado. Hacía unas décadas, cuatro ciudades pequeñas rodeaban Elantris, pero solo Kae, la nueva capital de Arelon, seguía habitada. Kae era demasiado desorganizada, demasiado extensa, para ser defendible, y su única fortificación parecía ser un pequeño muro de piedra de metro y medio de altura, más una frontera que otra cosa.

Retirarse a Elantris sería difícil, y solo parcialmente efectivo. Los edificios de Kae proporcionarían una cobertura maravillosa para una fuerza invasora, y unas pocas de las estructuras periféricas de Kae habían sido construidas casi contra la muralla de Elantris. Aquella no era una nación acostumbrada a la guerra. Sin embargo, de todos los reinos del continente syclano, la tierra llamada Opelon por los arelenos, solo Arelon había evitado ser dominada por el imperio fjordell. Naturalmente, eso era algo que Hrathen también cambiaría pronto.

Hrathen se alejó del barco. Su presencia causaba bastante revuelo entre la gente. Los trabajadores detuvieron su trabajo al verlo pasar, mirándolo con asombro. Las conversaciones murieron cuando los ojos cayeron sobre él. Hrathen no se detuvo por nadie, pero eso no importaba, pues la gente se apartaba rápidamente de su camino. Podría haberse debido a sus ojos, pero seguramente se debía más bien a su armadura. Rojo sangre y brillante a la luz del sol, el peto de un sumo sacerdote imperial derethi era impresionante incluso para quien estaba acostumbrado a verlo.

Estaba empezando a pensar que tendría que encontrar él solo el camino a la capilla derethi de la ciudad cuando divisó una mancha roja entre la multitud. La mota pronto se convirtió en una figura achaparrada y calva ataviada con la túnica roja derethi.

—¡Mi señor Hrathen! —llamó el hombre.

Hrathen se detuvo, permitiendo que Fjon, el jefe arteth derethi de Kae, se acercara. Fjon bufó y se secó la frente con un pañuelo de seda.

—Lo siento muchísimo, excelencia. El registro indicaba que veníais en un barco diferente. No he averiguado que no estabais a bordo hasta que casi habían terminado de descargar. Me temo que he tenido que dejar atrás el carruaje, no podía atravesar la multitud.

Hrathen entornó los ojos con fastidio, pero no dijo nada. Fjon continuó farfullando un momento antes de decidir finalmente guiar a Hrathen hacia la capilla derethi, pidiendo de nuevo disculpas por la falta de transporte. Hrathen acompañó a su achaparrado guía con paso medido, insatisfecho. Fjon trotaba a su lado con una sonrisa en los labios, saludando ocasionalmente a la gente que se cruzaba en la calle, vociferando amabilidades. La gente respondía del mismo modo... al menos hasta que veía a Hrathen, con su capa color sangre agitándose tras él y su exagerada armadura tallada con ángulos agudos y líneas cortantes. Entonces todos guardaban silencio, los saludos se marchitaban y los ojos seguían a Hrathen hasta que pasaba de largo. Como debía ser.

La capilla era una alta estructura de piedra rematada con grandes tapices rojos y altas espiras. Al menos allí Hrathen encontró algo de la majestuosidad a la que estaba acostumbrado. Dentro, sin embargo, se enfrentó a una visión perturbadora, una multitud de gente dedicada a una especie de actividad social. Se congregaban, ignorando la sagrada estructura en donde se hallaban, riendo y bromeando. Era demasiado. Hrathen había oído, y creído, los informes. Ahora tenía la confirmación.

—Arteth Fjon, reúne a tus sacerdotes —dijo Hrathen, las primeras palabras que pronunciaba desde su llegada a suelo areleno.

El arteth dio un brinco, como sorprendido de oír finalmente sonidos procedentes de su distinguido visitante.

—Sí, mi señor —dijo, e hizo señas para que la reunión terminara.

Requirió un rato largo y frustrante, pero Hrathen soportó la espera con cara inexpresiva. Cuando la gente se marchó, se acercó a los sacerdotes. Sus pies acorazados resonaban contra el suelo de piedra de la capilla. Habló por fin, dirigiendo sus palabras a Fjon.

—Arteth —dijo, usando el título derethi del hombre—, el barco que me trajo zarpará para Fjorden dentro de una hora. Subirás a bordo.

Fjon se quedó boquiabierto, alarmado.

—¿Qué...?

—¡Habla en fjordell, hombre! —exclamó bruscamente Hra­then—. ¿Diez años entre los paganos arelenos te han corrompido hasta el punto de olvidar tu lengua materna?

—No, no, excelencia —respondió Fjon, pasando del aónico al fjordell—. Pero yo...

—Basta —interrumpió Hrathen de nuevo—. Tengo órdenes del propio wyrn. Has pasado demasiado tiempo en la cultura arelena. Has olvidado tu sagrada llamada y eres incapaz de ver el progreso del imperio de Jaddeth. Estas gentes no necesitan un amigo, necesitan un sacerdote. Un sacerdote derethi. Viéndote confraternizar, podría pensarse que eres korathi. No estamos aquí para amar a la gente, estamos aquí para ayudarla. Te irás.

Fjon se desplomó contra una de las columnas de la sala, con los ojos muy abiertos y los miembros carentes de fuerza.

—Pero ¿quién será el arteth jefe de la capilla en mi ausencia, mi señor? Los otros arteths carecen de experiencia.

—Estos son tiempos de cambios, arteth —dijo Hrathen—. Yo me quedaré en Arelon para dirigir personalmente el trabajo aquí. Y que Jaddeth me conceda el éxito.

HABÍA ESPERADO UN despacho con mejor vista, pero la capilla, aunque majestuosa, no tenía más que una planta. Por fortuna, los terrenos estaban bien cuidados y su despacho, la antigua habitación de Fjon, daba a setos bien recortados y arriates de flores cuidadosamente arreglados.

Ahora que había despejado las paredes de cuadros (paisajes agrícolas, en su mayor parte) y se había desprendido de los numerosos efectos personales de Fjon, el orden de la sala se acercaba al nivel apropiado para un gyorn derethi. Todo lo que necesitaba era unos cuantos tapices y tal vez un escudo o dos.

Asintiendo para sí, Hrathen dedicó su atención al pergamino que tenía sobre la mesa. Sus órdenes. Apenas se atrevía a sostenerlo con sus manos profanas. Leyó mentalmente las palabras una y otra vez, grabando en su alma tanto su forma física como su significado teológico.

—Mi señor... ¿excelencia? —preguntó en fjordell una voz tímida.

Hrathen alzó la cabeza. Fjon entró en la habitación y se arrojó al suelo en la postura de sumisión, rozándolo con la frente. Hrathen se permitió sonreír, sabiendo que el penitente arteth no podía verle la cara. Tal vez hubiese esperanza todavía para Fjon.

—Habla.

—He hecho mal, mi señor. He actuado de manera contraria a los planes de nuestro señor Jaddeth.

—Tu pecado fue la complacencia, arteth. La satisfacción ha destruido más naciones que ningún ejército, y se ha llevado las almas de más hombres que las herejías de Elantris.

—Sí, mi señor.

—Sigues teniendo que marcharte, arteth —dijo Hrathen.

Los hombros del hombre se hundieron levemente.

—¿Entonces no hay esperanza para mí, mi señor?

—Eso que habla es locura arelena, arteth, no orgullo fjordell. —Hrathen agarró al otro sacerdote por el hombro—. ¡Levántate, hermano! —ordenó.

Fjon alzó la cabeza, con la esperanza brillando de nuevo en sus ojos.

—Tu mente puede haberse manchado de pensamientos arelenos, pero tu alma sigue siendo fjordell. Perteneces al pueblo elegido de Jaddeth, todo fjordell tiene un lugar de servicio en su imperio. Regresa a nuestra patria, ingresa en un monasterio para volver a familiarizarte con las cosas que has olvidado y se te encomendará otro modo de servir al imperio.

—Sí, mi señor.

Hrathen apretó con fuerza.

—Comprende esto antes de marchar, arteth. Mi llegada es más una bendición de lo que puedes comprender. No todas las obras de Jaddeth están claras para ti, no trates de averiguar qué piensa nuestro dios. —Guardó silencio mientras calibraba su siguiente movimiento. Al cabo de un instante, se decidió, aquel hombre todavía tenía valor. Hrathen tenía una oportunidad única para revertir de un solo golpe mucha de la perversión de Arelon en el alma de Fjon—. Mira ahí en la mesa, arteth. Lee ese pergamino.

Fjon miró la mesa y sus ojos encontraron el pergamino que allí había. Hrathen le soltó para permitirle acercarse a la mesa y leerlo.

—¡Es el sello oficial del mismísimo wyrn! —dijo Fjon, tomando el pergamino.

—No solo su sello, arteth —dijo Hrathen—. Esa es también su firma. El documento que tienes en las manos fue escrito por Su Santidad en persona. No es solo una carta, es una escritura.

Fjon abrió mucho los ojos y los dedos empezaron a temblarle.

—¿El propio w

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