Introducción
Tú y yo somos estrellas. Brillamos, aunque a veces sintamos que nadie ve nuestra luz. En ocasiones, de hecho, somos nosotras mismas quienes la escondemos por inseguridad o por miedo. Pero ¿te confieso una cosa? Esa chispa nunca se apaga del todo. Por mucho que algunos no la vean, por mucho que la escondas: sigue ahí. En ti. Eternamente. Y, sí, claro que puede hacerse pequeñita en los días más oscuros, pero siempre recuperará su intensidad.
Yo lo sé bien, porque esa chispa es la que me ha acompañado desde que empecé a mostrar mi mundo en redes sociales. Por cierto, si acabas de abrir este libro sin saber muy bien quién soy, me presento:
Soy Astrid Millán, una chica que empezó a compartir su vida en internet y, sin querer, acabó encontrando una forma de conectar con miles de personas que se sentían igual que yo. Aunque durante mucho tiempo tuve un poco de miedo de mostrarme tal y como era. Después descubrí que todo empieza ahí, en ser valiente y aceptarte tal cual eres. 
El secreto es ser tú misma.
Lo sé, ¡no siempre es tan sencillo! Créeme, te entiendo un montón, porque si tuviera que describirme de pequeña con una sola palabra sería «introvertida». Si me conoces, seguro que ahora mismo estarás pensando: «¿¿¿Astrid Millán??? ¿¿¿Introvertida???». Pues sí, y además era tímida y obediente. Parecía caminar por la vida de puntillas, para no hacer ruido, para no llamar la atención.
Yo solita me hacía… invisible.
En la calle, en el colegio.
Pero, ¡ah!, en casa me transformaba. Ese lugar era como un cielo en el que resplandecer sin temor. Allí dentro me atrevía a mostrar ese lado extrovertido y superdivertido que muchos desconocían de mí. Hablaba por los codos, me reía a carcajadas y bailaba a todas horas, pidiéndoles a mis padres una y otra y otra vez que me mirasen:
«¡mirad, papás, mirad cómo me muevo!».
¿Ves? Yo ya me sentía una estrella, pero era incapaz de brillar más allá de mi pequeño cielo.
Supongo que ser demasiado prudente tampoco ayudaba mucho. De verdad, lo era tanto que no podía decir que no a absolutamente nada. Ya, era pequeña, ¡obvio que aún no sabía cómo poner límites! Pero, de todas maneras, eso me llevó a vivir situaciones que ahora recuerdo con una sonrisa algo amarga y triste.
Como aquel recreo en el patio del colegio, cuando tenía cinco años. Dos niñas querían jugar conmigo y cada una me tiraba de una mano. Era como si estuviesen jugando a la soga con mis brazos y yo fuese el premio, ¡literalmente! El caso es que tiraron tan tan fuerte que se me acabó dislocando un codo. Y yo, con tal de no incomodar, de no llamar la atención, me callé. Ni siquiera me quejé o se lo conté a mis profesores. Me mantuve en silencio todo el día hasta que mi madre vino a buscarme y se dio cuenta de que tenía el brazo demasiado recto. Ella me preguntó si estaba bien y solo entonces… hablé.
Sé que aquello no solo era timidez, introversión y prudencia: era una inseguridad profunda porque no quería ser una carga, ser una molestia, ser regañada.
Quizá… ser vista completamente.
Lo que es muy irónico porque soñaba con ser profesora. Para mí, era lo más similar a ser madre de muchos niños. Y es que me maravillaba la idea de estar en un aula con un montón de personitas a las que poder cuidar y enseñar algo nuevo que aprender. Al fin y al cabo, siempre decía que de mayor quería ser «madre».
Nunca se me ha ido ese instinto de proteger y acompañar a los demás.
Es más, si pudiera viajar al pasado, le daría las gracias a aquella mini-Astrid. Bueno, primero la abrazaría en todos esos momentos de inseguridad, cuando sentía que no encajaba o que no estaba haciendo «lo correcto» simplemente por no seguir la corriente. Le prometería al oído:
«Todo saldrá bien. Sigue confiando en ti».
Ella, seguramente, se quedaría embobada viéndome, viéndose en el futuro, porque, de alguna forma, me imaginaba de pequeña tal y como soy ahora. Y, por fin, le diría:
«Muchísimas
gracias
por ser así, por escogerte cuando nadie lo hacía, por no traicionar tus sentimientos».
Pues, pese a mis inseguridades, jamás cambié. Jamás fui influenciable. Si me gustaba una camiseta y mi amiga la criticaba: «¡Es superfea!», me daba igual y me la ponía de todas formas.
Aquella lealtad hacia mí misma construyó la base para ser quien soy en la actualidad. Reconozco que también se quedó en mí la timidez, aunque mucha gente no lo crea. A ver, la he trabajado para que no se note. Y, más importante, para que no me frene.
Porque eso es lo más relevante:
nada ni nadie debe impedirte avanzar.
Por eso, en parte, me he esforzado tanto en ser más atrevida. Te explico: me cambié de colegio hasta cinco veces y las últimas tres fueron por decisión propia. Es curioso, ¿no?, que lo escogiera yo porque me apetecía. Lo vivía con diversión. Cada vez que entraba en un cole distinto sentía que podía ser otra versión de mí misma. No opuesta, ni falsa, sino… libre. Me moría de ganas por conocer a otras personas y que ellas me conocieran desde una perspectiva nueva.
Como si yo fuese una hoja en blanco, lista para escribir un capítulo totalmente inesperado de mi historia.
En definitiva, creo que hoy soy una mezcla de aquella niña prudente que solo bailaba dentro de casa, de aquella adolescente que vivía una aventura detrás de otra y de la joven que ahora ya no teme brillar frente al mundo entero.
Pero ¿qué te comentaba al principio? Ser una misma no es fácil.
Mira, en mi familia siempre ha habido bastante comunicación y, sin embargo, durante mucho tiempo me guardé un secreto: mis redes sociales. No sé exactamente por qué empecé con ellas, pero tenía claro que a mis padres no les iba a gustar porque no les atraía este mundillo. Aun así, seguí mis instintos, esos que siempre me han guiado de un modo u otro. Me gustaba crear, expresarme, y esa atención ajena que rehuía de pequeña. ¡Soy Leo, chicas! ¡Era inevitable que me encantara!
El día en que mis padres se enteraron de que colgaba vídeos en internet, yo ya contaba con 300.000 seguidores. La bola se hizo demasiado grande para continuar ocultándola y… ¿qué ocurrió? Pues que, efectivamente, no les hizo ninguna gracia. Al comienzo, claro. ¡Ahora son mis fans número 1! Me apoyan, me escuchan, se ilusionan conmigo y celebran cada uno de mis triunfos. Y, sobre todo, me ayudan a mantener los pies en la tierra, a recordar de dónde vengo y a conservar mi esencia.
Y si te he contado todo esto es para que empieces a entender la razón por la que he escrito este libro. Para mí es una oportunidad. Un reto emocionante. Un salto de fe. Aunque considero que soy prácticamente igual tanto delante como detrás de las pantallas, no siempre soy la Astrid confiada y enérgica que ves. Yo también tengo mis dudas, mis miedos, mis inseguridades. Yo también me caigo y me rompo. Yo también me levanto y me curo.
Por eso quiero que me conozcas de cerca y que convirtamos este espacio en un refugio donde compartir nuestros sentimientos y ser nosotras mismas sin filtros.
En estas páginas vas a encontrar fragmentos de mi propio camino:
Cómo aprendí a amarme y amar con el corazón limpio.
Cómo aprendí a cuidarme y cuidar con responsabilidad.
Cómo aprendí a abrazar mis emociones y abrazar las del resto.
También de todas las veces que fallé y me fallaron, y cómo todos esos aciertos y errores me han enseñado lo poderoso que es aceptarnos.
Tal vez te veas reflejada en mis vivencias, o tal vez descubras todo lo contrario. Sea como sea, está bien. No pretendo darte lecciones, sino darte la mano. Quiero que hablemos de ti y de mí, como si fuera una conversación entre amigas.
Si alguna vez has dudado de tu valor, si has sentido que no eres suficiente, si te dolió querer y quererte, pero a pesar de ello lo intentaste y sigues intentándolo con todas tus fuerzas: has llegado al lugar correcto. Porque estamos en este mundo para amar,
