Wishbone

Laia Jufresa

Fragmento

cap-3

Suena un gong: una, dos, tres veces. El público se acalla.

Son cientos de personas, de pie en el largo corredor que conecta el museo con el metro: un sitio de paso, donde nadie nunca se detiene, pero donde ahora, de pronto, todos se congelan, como indecisos, como incapaces de decidir qué dirección tomar.

El silencio se abre camino por el pasillo, dejando tras de sí una estela de shh shhs… Tanta gente callándose al unísono, tan pegados unos a otros en las meras entrañas del museo, ya constituye en sí un espectáculo. Pero la gente no se formó por horas para posar como estatuas. Son consumidores, desean ser consumidos. Y después de los tres gongs, el show arranca.

¿O no?

Empieza como una duda. Un cambio tan sutil que nadie está muy seguro de si sí empezó o más bien aún no. Los más familiarizados con la obra de la artista dicen que sí, que sí, ahí: y señalan al piso y se asoman entre los pies de sus vecinos buscando pruebas. Efecto dominó. Cuatrocientos humanos bajando la mirada al suelo cual patos sincronizados. Un anodino suelo de baldosas grises que, es cierto, está cambiando. Lentamente. Es difícil decir cómo o cuándo pasó, pero ahora el suelo es morado. Y comienza a elevarse. El color sube. Los pies se les ponen color vino. Es una inundación lenta y seca. Ochocientas pantorrillas rosas. De un rosa saturado, rosa mexicano: dan ganas de tocarlo. Pero están tan cerca unos de otros que agacharse es imposible, así que nomás alargan el cuello lo más posible. Cuatrocientos flamingos curiosos, encantados.

El color sube. Las rodillas se tiñen de chicle, los muslos de salmón. Entrepiernas durazno y vientres anaranjados. Sus torsos son tabique, óxido, marrón. Pechos rojos. Cuellos rojos. Los rostros también, ahora: rojos. Y ahora también los cuerpos, todos. Todo rojo. Si sonríen, sus dientes son rojos, pero las sonrisas se están desvaneciendo: el rojo no es gracioso. Es rojo sangre, da impresión. La gente se incomoda. El malestar se extiende por la sala. Pensamientos intrusivos sobre órganos vulnerables, sobre músculos expuestos: a todos de pronto les apetece un escudo, una armadura. Ahora lamentan haber venido, haber aceptado entregar sus teléfonos en la puerta. Se apuntaron voluntariamente a este derramamiento de sangre. A este simulacro de masacre. Podrían morir aquí: se les ocurre como un miedo antes que como una frase. Se agitan, alguien grita. Alguien llora. Los guardias, hasta ahora absortos por el espectáculo, se preparan para ponerse manos a la obra si cunde el pánico. El rojo tiembla y brilla. Quema. Aunque cierren los ojos, sigue ahí: innegable. El rojo está dentro de ellos. Quisieran escapar, poder salir. Salir del rojo, del museo, de ellos mismos. Y entonces, de repente, salen. Escapan. Todos. Libres, idos.

Cuatrocientos humanos desaparecen de golpe. Se los tragó la oscuridad. No es esa penumbra a la que los ojos se acostumbran sino una negrura profunda, una ausencia total de luz.

En su pequeña habitación encima de todo, V se tensa. Éste es el momento clave de la obra. Aquí es donde un Colorplay ofrece lo que no puede pedir, da lo que no puede tomar. V acaba de sumergirlos en la ausencia y planea traerlos de vuelta. Un milagro que el público, por desgracia, no ve venir. El silencio se erosiona.

En la oscuridad la gente se desorienta, todos necesitan tocar algo. Agarran el brazo de su compañero, pellizcan el interior de sus propios bolsillos, se aprietan los cachetes con las manos. Aquí estoy, le aseguran las palmas frías al rostro sudoroso. Cuatrocientos humanos enterrados vivos, pero aliviados de estar fuera del rojo, todos ellos, fuera del fuego: idos y volviéndose cenizas. ¿Alguien los recordará? Y entonces se acuerdan.

La oscuridad trajo algunos gritos, pero después de unos segundos el orden se reinstaura. Visitantes de museo. Apreciadores de arte. Seguidores de las normas. Esta parte siempre pone nerviosa a V. ¿Saldrá mal? ¿Aguantarán la pausa? Dura sesenta segundos y el público recibió claras instrucciones de guardar silencio. Era la única regla impresa en la tarjeta que recibieron al entrar en el museo esta noche. Cuando oscurezca, por favor guarda silencio. Un minuto de silencio por los desaparecidos. Por el abismo que cada uno ha dejado tras de sí. Y por quienes luego han caído en esas grietas. ¿Puedes tenerlos a todos en tu mente durante el minuto oscuro? A los muertos y a sus vivos y a los que no están ni vivos ni muertos, sino en medio. Por favor, respeto para todos ellos: silencio.

Silencio largo.

Y luego unas gotas.

El color regresa a cuentagotas.

Al principio son gotas escasas, gotas aleatorias. Blancas. Azuladas. Todo tan suave: un soplo de aire, algo parecido a la esperanza. Más gotas, más veloces: como si de golpe todas las cosas invisibles rompieran a cantar. Gotas de lluvia que van aumentando en volumen, intensidad y frecuencia. Más lluvia más cerca. Un aguacero. Un zumbido, de pronto: un golpe, un rugido. Una catarata.

La gente exclama, algunos ríen. Imágenes reales aparecen proyectadas en las enormes paredes. Una serie de cuevas, un laberinto de cascadas, el todo que desemboca en una enorme vagina de piedra que ruge y explota y espumea. Desde su ventanita, V sonríe.

El rugido del agua da paso a la música. Acordes que acompañan, primero, un periodo azul: un descenso oceánico. Cobalto. Azul marino. Azurita. Medianoche. Interrumpido aquí y allá por algunas criaturas de color ladrillo que se desvanecen hacia un tono blanquecino y regresan al ladrillo. El color de su piel mutando, punzando. Los que lo conocen lo sabrán reconocer: un pulpo. Otro. Otro.

Hay un breve y molesto amarilleamiento de todo que, de nuevo, hace que el público primero se maree y luego se ponga nervioso. Luego viene un momento a la vez tranquilizador e inquietante en el que el pasillo, la gente, todo, se pone sepia. La nostalgia los inunda a todos, y a pesar de que todos nacieron mucho después del tecnicolor. Luego, lentamente, el sepia se despoja de sus matices rojos. Se vuelve beige. Se vuelve arena. De vez en cuando un brote de salvia o de verde oliva. Arena y cactus: el desierto. Y del árido suelo brotan, una a una, sencillas cruces de madera pintadas de rosa brillante: recuerdo de las muchas mujeres asesinadas cada día. Luego, cada cruz empieza a girar y retorcerse, cada vez más rápido, hasta que se disuelven en algo como fantasmas, algo como almas: mariposas furiosas, volando rápido, chocando metódicamente, golpeando al público en el pecho. Luego vuelan lejos. Arriba y lejos.

Cuatrocientas espinas cervicales, con siete vértebras cada una, reaccionan como si se tratara de un mecanismo con resortes: los cuellos se pliegan hacia atrás, los ojos siguen las pinceladas, los torbellinos danzantes reuniéndose en el techo, girando una última vez antes de transformarse. El techo es un campo. Un campo en primavera: le brotan flores de todos los colores. Flores colgando boca abajo como murciélagos, y que parecieran mecerse con la brisa que inmensos ventiladores empiezan a emitir. La multitud reacciona a la invasión del tacto, no pueden evitarlo: levantan las manos como niños pequ

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