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NICK
Llevábamos unas ocho horas de vuelo. A mí me habría gustado viajar en el avión privado de la empresa, pero Gerry lo necesitaba porque tenía una reunión urgente en Shanghái, así que tuve que joderme y me compré dos vuelos en primera. A Noah, en cambio, le seguía ilusionando que comprase billetes en business, como si yo hubiese viajado alguna vez en turista. La empresa había mejorado tanto en los dos últimos años que sabía que mi hijo, los hijos de este e incluso los hijos de sus hijos iban a poder tener un fondo de seguridad para vivir tranquilos sin pasar por penurias económicas. Noah no se había acostumbrado todavía. Es más, cuando quería ponerla al día sobre cuál era el estado de nuestros fondos, me decía que no quería saberlo, que la ponía muy nerviosa.
Mi dulce Noah… En ese instante estaba dormida a mi lado, con la cabeza recostada en mi hombro, y tenía los labios ligeramente hinchados debido a la presión del avión. Me habría encantado inclinarme y morderle el labio inferior, pero sabía que eso la despertaría y entonces empezaría con su perorata sobre si habíamos hecho bien dejando a nuestro hijo Andrew solo en Los Ángeles. Yo le respondería que no estaba solo, sino con sus abuelos, que nos habían hecho un favor para que ambos pudiésemos disfrutar de unas semanas juntos.
No me malinterpretéis: adoro a mi hijo, pero un niño de dos años puede llegar a ser bastante… ¿Cómo lo diría? Absorbente.
Desde que Andy llegó a nuestras vidas, todo cambió. Un bebé requiere de todo tu tiempo, incluso del que ni siquiera tienes. Noah, además, era muy reacia a cederle la educación o el cuidado de nuestro hijo a ninguna niñera, por lo que nuestro tiempo a solas era bastante escaso. Cuando Andy empezó a hablar a media lengua y a andar sin problemas, se convirtió en un terremoto sin fin; no paraba, literalmente.
Al llegar a la cama, Noah se dormía casi al instante y yo me quedaba observándola, deseando poder tenerla solo para mí. Además, también estaban sus estudios, que no había querido dejar de lado y que había terminado con muchísimo esfuerzo. Esto, por supuesto, le había absorbido casi el mismo tiempo que nuestro hijo.
Todo explotó por los aires cuando me preguntó si nos llevábamos a Andy a la luna de miel. Mi negativa fue tan rotunda que tuvimos una discusión de las gordas, de esas que no teníamos desde hacía años, de esas que ya creía que habíamos dejado atrás… Aunque el ambiente venía caldeándose desde hacía tiempo y el echarnos de menos cada vez se hacía más y más insoportable…
Todo empezó cuando llegué de trabajar, después de tener un día bastante de mierda, todo hay que decirlo. No estaba yo de humor como para tener aquella conversación.
Recuerdo que lo primero que oí al abrir la puerta de entrada fueron los gritos histéricos de un bebé que tal vez estuviésemos malcriando demasiado. Cerré la puerta y me dirigí a la cocina. Noah estaba sentada delante de la trona de Andy. La pobre estaba toda manchada con aquella papilla asquerosa que yo insistía en que no le diera más al pobre crío, intentando que dejase de llorar y se comiese la comida.
Andy se retorcía en la silla, rojo como la grana.
Cuando vi que cogía el plato para tirarlo, tuve que intervenir.
—¡Ey! —dije más fuerte de lo que pretendía.
Andrew se bloqueó, me buscó con la mirada y sus grandes ojos azules se fijaron en mí; primero con susto, después con ilusión. Casi me derrito allí mismo, pero supongo que me llevé a casa los problemas del trabajo.
—Eso NO se hace —le dije acercándome a él y quitándole el plato.
Andy pasó de la sonrisa por verme llegar a hacer pucheros que derivaron… Ya os lo podéis imaginar.
Sus gritos se me metieron en el tímpano y no pude evitar maldecir entre dientes.
Noah se alejó del bebé, cogió un trapo y se limpió la cara antes de acercarse a él, cogerlo en brazos y empezar a mecerlo para que se calmara.
—Gracias, Nick. Has sido de gran ayuda.
Cuanto más intentaba Noah calmar al niño, más histérico parecía ponerse.
Nunca lo había visto así, no entendía qué demonios le ocurría. Normalmente era un bebé adorable. También era inquieto, sí, y bastante hiperactivo, pero en ese momento era como si estuviese poseído o algo parecido.
Me acerqué a Noah y fui a quitárselo de los brazos.
—Dámelo —dije con seriedad, cabreándome más a cada segundo que pasaba.
—Estás de mal humor, déjame a mí —me respondió dándome la espalda.
Andrew me observó por encima del hombro de su madre, como si lo hubiese traicionado y no entendiese por qué.
Seguí a Noah al salón, nuestro pequeño saloncito que habíamos decorado con mucha ilusión por parte de ella y muchas ganas de acabar por la mía. No se me daban muy bien esas cosas, yo prefería contratar a una decoradora profesional, pero Noah insistió en que quería que esa casa fuese nuestro hogar y no un catálogo de muebles de revista.
Cuando los gritos de Andrew pasaron a preocuparme y cabrearme, no dudé. Me acerqué a Noah y cogí al crío cuando vi que este le agarraba un mechón de pelo y tiraba con fuerza.
Por ahí no pasaba. Era mi hijo y lo adoraba, pero no pensaba permitir algo así.
Cuando se lo quité, sus llantos se volvieron desgarradores. Igual que le había tirado del pelo a su madre, ahora estiraba los bracitos hacia ella para que lo cogiera.
—Ma-mamiiiiii —decía con la voz cortada y de una forma tan lastimera que me preocupé por si estaba enfermo y no nos habíamos dado cuenta.
—¡Nicholas, dámelo!
La fulminé con la mirada. A veces podía ser tan posesiva con el crío que me enfadaba; no porque me molestase su obsesión con el bebé, sino porque me ponía celoso el amor incondicional que le profesaba. No era racional, lo sé. Esto que os estoy explicando es una parte de mi cerebro totalmente incoherente, un sentimiento nacido del más profundo miedo de sentirme menos para ella que cualquier otra persona.
—Ve a ducharte, yo lo calmo.
—¡Ma-miiiiii! —seguía lamentándose Andy.
—No quiere estar contigo, Nick, lo has asustado cuando le has gritado. Dámelo, por favor.
Me sentí culpable cuando me dijo aquello. Adoraba a mi bebé y no había querido asustarlo, pero la manera desesperada en la que se retorcía contra mi pecho, estirando los brazos hacia ella, me hizo sentir como una mierda.
Al final cedí y se lo tendí.
Cuando Andy enterró la cabecita en el hombro de su madre, con la respiración entrecortada por los sollozos y aferrándose a la camiseta de Noah con toda la fuerza de su manita, me sentí incluso peor.
Noah no me quitó los ojos de encima mientras lo acunaba y le susurraba cosas al oído.
No quería que viese lo abatido que me sentía, así que le di la espalda, subí a nuestra habitación y me metí en la ducha.
Cuando salí, con la toalla anudada en las caderas y el agua chorreándome por la espalda, me la encontré sentada en el sofá del dormitorio. No había ni rastro de Andy por ninguna parte.
Ignoré su presencia y me acerqué hasta la cómoda. Cogí mis pantalones grises de pijama, dejé caer la toalla y me los puse sin ni siquiera echarle un vistazo. No sabía qué me ocurría, pero estaba muy cabreado con ella.
—¿Qué te pasa? —dijo desde el sofá.
La ignoré mientras me pasaba la toalla por la cabeza y la tiraba al suelo de cualquier manera.
Fui a salir del cuarto, pero se interpuso entre la puerta y yo.
—Nick… —dijo colocando su pequeña mano sobre mi pecho desnudo. Sentí un escalofrío cuando su piel rozó la mía.
A veces, podían pasar días sin que nos tocáramos. Cuando yo llegaba a casa, ella estaba ocupada con Andy y, después, agotada. Además, por las mañanas se marchaba temprano a la facultad sin que me diera tiempo a darle siquiera los buenos días.
Bajé la mirada hasta que nuestros ojos se encontraron. Yo furioso, ella calmada.
—No me gusta cuando se pone así.
—Es un bebé, es normal.
Subí la mano hasta su nuca y le aferré la cabellera despacio.
—Solo yo te tiro del pelo, Pecas… Nadie más.
Noah sonrió, divertida por mis palabras.
—No puedes culparlo por haber salido a ti.
Tiré con fuerza obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás y mirarme a los ojos.
—Solo yo.
Noah no dijo nada y se me quedó mirando.
Sin dudarlo ni un instante, me incliné y estampé mi boca contra la suya. No pareció sorprendida por mi arrebato, por mi reclamo. Es más, su mano me acarició los abdominales, el pecho, el cuello, hasta llegar a mi pelo. Mi lengua empezó a trazar círculos contra la suya. Estaba desesperado por hacerle ver que seguía allí, que la necesitaba.
Le solté el cuello y bajé las manos hasta quitarle la camiseta por la cabeza casi de un tirón. Ella me buscó la boca otra vez, parecía tan necesitada como yo y eso me hizo sentir mucho mejor…
La levanté del suelo para no tener que inclinarme para besarla y sus piernas torneadas me apretaron las caderas con fuerza. Mi polla dura se presionó con ímpetu contra su estómago.
—Ocho días… —dije cogiéndole la barbilla—. Ocho días llevo sin hacerte el amor.
Noah abrió los ojos sorprendida.
—¿Tanto?
Mis ojos llamearon al comprender que ella no había estado contando los días, las horas, como había hecho yo.
—¿Tan harta estás de mí que ya ni siquiera me necesitas en la cama?
Noah fue a decir algo, pero la callé con un beso furioso.
Iba a recordarle lo que se había estado perdiendo, y tanto que sí, joder.
Sujetándola con fuerza con el brazo izquierdo, me acerqué hasta la cómoda y, con el derecho, tiré al suelo todo lo que había allí y la senté. Me coloqué entre sus piernas y empecé a devorarla con los labios, con la lengua… Con todo mi ser.
Noah estiró la mano y me acarició por encima de la tela del pijama.
—Joder —dije.
Tenía la intención de apartarla, pero cerré los ojos cuando me sacó la polla y pude sentir su piel rodeando la mía con sus finos y largos dedos.
—Yo también te he echado de menos, Nick —dijo mirándome a los ojos, disfrutando de verme perder el control.
Mentira, no me había echado de menos.
Le aparté la mano. La obligué a reclinarse hacia atrás, todo lo que la pared le permitía, y, con un simple tirón, metí los pulgares en sus pantalones de deporte y se los arranqué.
Llevaba puestas unas braguitas negras de encaje, a juego con el sujetador. Estaba tan sexy que me dolía solo de mirarla.
—Quiero comerte entera.
Noah no dijo nada cuando deslicé sus braguitas hacia abajo y las dejé caer de cualquier manera en el suelo de nuestra habitación. Mi boca fue depositando besos calientes desde su pantorrilla hasta su muslo, para después pasar a la otra pierna. Tenía su sexo a unos centímetros de mi cara y me moría por probarla, por saborearla…
Cuando mi boca llegó hasta ese punto mágico donde le hacía perder el control, me olvidé de todo. Solo quería hacerla disfrutar, hacerla gritar de placer.
Estaba húmeda, tanto que casi me corro solo con rozarla. Empecé despacio, provocándola, acariciándola. Pero al final, al oír esos ruiditos que soltaba, me dejé llevar. La devoré entera, sin tregua. Usé todos mis conocimientos en la materia para volverla completamente loca.
Cuando estalló contra mis labios, me puse de pie y la besé con una locura renovada. La sentí temblar después del orgasmo, pero no fui ni paciente ni delicado. La levanté de la cómoda y la llevé hasta la cama. Me recosté en el colchón y me la senté en el regazo. Noah se dejó caer contra mi pecho, exhausta, al parecer.
—De eso nada, amor —dije pasándole la mano por la espalda, acariciándola de nuevo para que se incorporara unos segundos después—. Me toca a mí.
Noah se enderezó al oír el tono de mi voz y me miró con el deseo aún reflejado en las pupilas dilatadas.
—Házmelo suave y lento, amor. Quiero que dure —le pedí.
Ella se levantó ayudándose de la mano que le tendí y se fue introduciendo mi polla poco a poco. Cerré los ojos deleitándome con el placer de volver a sentirla, tan húmeda, tan caliente, tan mía. De volver a ser uno de nuevo, solo nosotros dos.
Empezó lento, tal y como le pedí, pero el ímpetu de mi respuesta la instó a aumentar el ritmo casi al instante. Me incorporé sin salirme de ella para amasarle los pechos por encima del sujetador y besarla sin descanso.
—Nicholas… —jadeó, era su forma de prevenirme de que llegaría antes que yo.
La hice girar para quedar yo encima y volví a moverme despacio.
—Haz que dure, Noah… Quién sabe cuándo volveremos a tener tiempo para los dos.
No dijo nada, pero sí que noté que me apretaba con fuerza en respuesta.
—No hagas eso… Joder —dije moviéndome más rápido, tan rápido y tan fuerte que tal vez le estaba haciendo hasta daño, aunque no se quejó. Es más, me pidió que no me detuviera.
Fue el polvo perfecto, joder. Me corrí como nunca y ella también, y luego se quedó temblorosa y pegajosa debajo de mí. Giré sobre mí mismo, salí de su interior y la atraje hasta mi pecho. En silencio empecé a acariciarle el pelo mientras me daba cuenta de lo mucho que me afectaba sentirme físicamente alejado de ella y cómo todos aquellos pensamientos negativos parecían haberse desvanecido por completo.
—Te echaba de menos —susurré besándole la coronilla.
Noah no me contestó, se había quedado dormida. Me pasé la mano por la cara e intenté hacer lo mismo. Al rato comprendí que me iba a ser imposible.
Había alguien con quien tenía que hacer las paces.
Me levanté con cuidado para no despertarla y la tapé con una manta para que no cogiera frío.
Salí del dormitorio después de ponerme los pantalones y entré en la habitación de nuestro hijo.
Andy estaba allí, de pie en la cuna, mirando la puerta. Tenía las manos aferradas a los barrotes y el chupete se le movía despacio contra los labios regordetes.
Me miró en silencio con los ojos todavía hinchados de llorar.
No tardé ni medio segundo en cruzar la habitación y cogerlo en brazos. Lo acuné acercándolo a mi pecho y él apoyó la cabecita sobre mi hombro, con su manita recostada contra mi cuello en un puño cerrado pero relajado.
—¿Cómo estás, peque? —le pregunté sentándome en la mecedora y acunándolo con cariño—. Hoy no hemos tenido un buen día, ¿a que no?
Andy no dijo nada y yo pasé a acariciarle la espalda por encima del pijama a rayas azules y blancas.
—Lo siento, hijo —dije al rato, a pesar de que sabía que se había quedado dormido—. Te adoro, pero me vuelvo un poco loco si no tengo mi dosis diaria de tu madre.
Las luces del avión se encendieron para avisar de que en breve nos iban a dar el desayuno. El comandante anunció por los altavoces del avión que llegaríamos a Atenas en dos horas y media. Después nos tocaba coger otro avión de cuarenta minutos a Mykonos. Lo cierto es que contaba los minutos para por fin llegar a nuestro destino. Noah estaba emocionadísima por conocer Grecia y yo por enseñarle ese rincón del mundo donde solo cabía la posibilidad de descansar, relajarse y, sobre todo, hacer el amor.
Había sido fácil organizar la luna de miel con un par de llamadas y la ayuda de mi secretaria. En dos tardes había cerrado las que serían las vacaciones más bonitas de nuestra vida. Por eso mismo no comprendía todo el estrés que le causé a Noah semanas antes de viajar. Era absurdo, ella no había tenido que comerse la cabeza con nada, pero esas dos semanas antes de que nos fuéramos… Madre mía…
—¿De verdad no piensas decirme a dónde vamos a ir? —me preguntó Noah desde la cocina, mientras su embarazadísima amiga y ella cuchicheaban desde hacía por lo menos una hora.
—¡Nop! —dije con una sonrisa de idiota desde el sofá del salón.
Los chicos estábamos jugando a la Play. Lion trajo cervezas y Andy nos acompañaba en nuestra reunión de hombres. Me hubiese gustado que no metiera la manita y toqueteara los botones del joystick cada vez que estaba a punto de darle una paliza a Lion, pero mi hijo hacía lo que le daba la gana. Sentado contra mi pecho, observaba absorto cómo los coches digitales se disputaban el primer puesto en la carrera final del circuito de élite.
—¿Ves ese coche, colega? —dije apuntando la tele con el joystick—. Te compraré uno así cuando cumplas los dieciocho, pero solo si eres tan buen conductor como yo… No vayamos a provocar una masacre.
Andy gruñó aunque no comprendiera nada de lo que le decía y siguió empecinado en quitarme el mando.
Justo cuando estaba a punto de adelantar a Lion en la curva final, una barriga redondeada y prominente apareció delante de la tele y me hizo perder.
—¡Jenna, venga! —dije maldiciendo entre dientes.
—¡Así se hace, nena! —dijo Lion riéndose y dejando el mando en la mesita del café. Cogió a Andy y lo levantó por los aires—. El tito Lion te enseñará a conducir, Andrew, porque tu padre es un fantasma.
Jenna se colocó las manos en las caderas.
—Nicholas Leister, déjate de tantos misterios y dinos a dónde piensas llevar a tu prometida de luna de miel —dijo. Noah se colocó a su lado y me miró con el ceño fruncido.
—De eso nada —dije levantándome a la vez que cogía una lata de cerveza y me metía en la cocina.
Las dos pájaras me siguieron sin titubear.
—¿Cómo pretendes que haga la maleta sin saber a dónde me llevas? —dijo Noah cruzándose también de brazos.
Le di un trago a la cerveza y la observé con una sonrisa en los labios.
—Te daré una pista: quiero tener ese cuerpecito tuyo al descubierto la mayor parte del tiempo.
—¿Eso significa que hará calor? —preguntó arrugando la nariz.
—Muchísimo calor —contesté acercándome a ella y besándola fuerte en la boca.
Jenna puso los ojos en blanco.
—Ya, Nick, pero necesito saber más o menos qué haremos. Tengo que preparar las cosas del niño. Además, me gustaría saber si vamos a tener opción de pedir cuna en la habitación y…
Levanté la mano para que se detuviera.
—No nos vamos a llevar al niño, Noah —dije mirándola como si le hubiesen salido dos cabezas. La misma expresión que vi en sus ojos cuando me escuchó decir aquello.
—¿Cómo que no? —dijo ella levantando el tono.
Miré a Jenna buscando que verificara si mi novia acababa de perder por completo la cabeza y no supe descifrar muy bien cuál era su postura con respecto a lo que acababa de decir.
—Es nuestra luna de miel —expliqué despacio.
Noah miró a Jenna y luego a mí.
—¿Y?
Solté una carcajada que no tenía ni pizca de divertida.
—Vamos a ver, amor. ¿Qué te hace pensar que voy a llevarme a nuestro hijo de dos años a un lugar donde pretendo hacerte el amor una media de tres veces al día?
Las mejillas de Noah se pusieron coloradas y mi comentario solo hizo que se enfadara aún más.
Jenna, detrás de ella, se estaba partiendo el culo. La muy bruja…
—Nunca dijiste que lo fuéramos a dejar aquí. ¡No puedes decidir eso sin mí!
—Pensaba que estaba claro. No creía que hiciese falta comentarlo.
Jenna salió de la cocina y Noah me fulminó con la mirada.
—No voy a dejarlo aquí, Nick.
Levanté las cejas, no daba crédito.
—Claro que
