Profecía

Carissa Véliz

Fragmento

Preludio

Preludio

¿Y si te dijera que lo que ha hecho que te cruzaras con este libro ha sido una profecía? Está escrito para ti. Estaba en tus cartas leerlo, y en las mías escribirlo.

Los libros tienen sus formas de encontrar a sus lectores. Tal vez una predicción algorítmica te identificó como un posible lector e hizo que vieras un anuncio. O tu librero o bibliotecario, que te conocen bien, intuyeron que estas páginas eran para ti. Tal vez eres uno de esos afortunados que tienen una amiga con el don de acertar con el libro adecuado.

Sea como sea que este libro ha llegado a tus manos, hay toda una serie de predicciones tras él: las de la autora, el agente, los editores, los publicistas, los especialistas en marketing y los algoritmos que han intervenido en su trayectoria.

Son las predicciones las que nos han conectado a ti y a mí. Nuestras mentes se encuentran a través de la profecía.

La historia de tu vida no es muy distinta de la de este libro. Innumerables predicciones han determinado tu camino, abriendo y cerrando puertas, empujándote a algunos lugares y bloqueando el acceso a otros, para llevarte a donde te encuentras hoy.

Mientras lees estas líneas, la inteligencia artificial realiza predicciones sobre ti. Los algoritmos deciden si eres apto para un préstamo, un trabajo, un apartamento o un seguro. Determinan lo que ves en internet, quién lee tus publicaciones en las redes sociales y con quién contactas en las apps de citas. Pueden incluso decidir si acabarás arrestado o en la cárcel. Tu propia vida pende del hilo de predicciones. Con un poco de mala suerte, será una predicción lo que te mate. Son las predicciones las que determinan tu puesto en una lista de espera para un trasplante de órganos o si recibes atención médica en una emergencia. El diseño de políticas públicas depende de las predicciones. La guerra y la paz, y si alguien vive o muere, se decide en función de las previsiones sobre la fuerza de un adversario, el impacto de una misión o la identidad de una persona.

Y, sin embargo, nadie te ha pedido permiso para hacer esas conjeturas. No las supervisa ningún organismo gubernamental. Nadie te informa de las profecías que configuran tu destino.

Las profecías son el campo de batalla en el que se disputa el futuro. Son nuestras expectativas las que hacen que el mundo social se incline hacia nuestras predicciones. Cuando alguien pronostica que el mundo será de una determinada manera, está ordenando a los demás a obedecer sus deseos y a que ese mundo se haga realidad. Pese a haber utilizado las predicciones durante miles de años para tomar algunas de las decisiones más importantes de nuestras vidas, hemos dedicado muy poco tiempo a reflexionar sobre las cuestiones más profundas relacionadas con ellas: ¿qué son exactamente? ¿Qué efectos tienen, quién está autorizado a hacerlas y cuándo es apropiado utilizarlas?

La predicción es una parte esencial de lo que nos hace humanos. Lo que nos hace fuertes a pesar de nuestra débil constitución —aparte de unos pulgares contráctiles y el poder del lenguaje— es nuestra capacidad para predecir acontecimientos. Nos otorga una ventaja competitiva que nos ha ayudado a sobrevivir durante cientos de miles de años.

Si somos capaces de prever el comportamiento de otros animales, es más fácil cazarlos. Si podemos pronosticar cómo será la próxima estación, nos resultará más fácil prepararnos para ella. Si podemos predecir el movimiento de las estrellas, podremos utilizar el cielo como reloj, calendario y mapa. No es de extrañar que hayamos depositado tantas esperanzas en la predicción. Nos ha traído hasta aquí. Si diriges una empresa, mucho depende de tu previsión, desde elegir la línea de negocio hasta encontrar la ubicación adecuada y decidir cómo comercializar el producto.

Pero la capacidad de predicción es un arma de doble filo. Puede ser el presagio de nuestro éxito o de nuestra caída. Cuando Creso, rey de Lidia, preguntó al Oráculo de Delfos si debía atacar Persia, el oráculo respondió: «Si cruzas el río, un gran imperio será destruido». Él lo interpretó como un buen presagio e invadió Persia. Y, efectivamente, un gran imperio fue destruido: el suyo.

Somos vulnerables a las predicciones porque somos criaturas ansiosas y deseosas, sedientas de certezas. Uno de nuestros mayores activos es la imaginación, que nos permite soñar con mundos mejores y luchar para conseguirlos, pero esa misma imaginación nos aterroriza, nos quita el sueño y nos lleva a preguntarnos qué nos deparará el futuro. ¿Tendremos trabajo? ¿Seguirá unida y saludable nuestra familia? ¿Prosperará nuestra empresa? ¿Seguiremos viviendo en un país libre? ¿Estallará la guerra? ¿Acabará con nosotros el cambio climático?

Sabemos que a cada instante le suceden cosas terribles a los seres humanos. Hemos visto cómo les han sucedido a nuestros amigos, vecinos o compañeros de trabajo. Tal vez a nosotros mismos nos ha pasado algo terrible y nuestro cuerpo aún lo recuerda. Algunos de nosotros padecemos enfermedades dolorosas y repentinas, hay escuelas y hospitales que son bombardeados, personas vulnerables que sufren violaciones, escritores apuñalados, disidentes y minorías perseguidas, coches y aviones que se estrellan de forma estrepitosa. A veces me da la sensación de que somos como sobres de kétchup andantes y lo único que nos separa de la desintegración es una fina capa de piel permeable. Basta un poco de presión para que explotemos; splat.

El mundo es un lugar despiadado, peligroso y hermoso en el que habitar. A cada paso que damos resuena la misma pregunta: ¿será hoy el día en que todo se derrumbe? Me gusta comenzar mis clases de Filosofía recordando a mis alumnos que, estadísticamente, es probable que sus vidas se colapsen hasta los cimientos en al menos dos ocasiones.

A todos nos inquieta el futuro porque allí es donde pasaremos el resto de nuestras vidas,[1] pero nuestra ansiedad por el mañana nos hace vulnerables a los charlatanes, la tecnología fraudulenta y el autoengaño. Buscamos predicciones porque queremos desesperadamente que nos aseguren que todo va a estar bien, pero, paradójicamente, ponernos en manos de los profetas nos pone más en riesgo y nos hace menos libres. Cuanto mejor comprendemos cómo funcionan las predicciones y más aceptamos la incertidumbre, menos propensos somos a caer en las trampas de los profetas.

Este es un libro que espero sea difícil de clasificar, porque parte de su propósito es mostrar los límites de la clasificación. La predicción es un tema tan extenso que cualquier obra que aspire a hacerle justicia tiene que ser amplia.

Este es un libro sobre tecnología, porque la inteligencia artificial es el nuevo Oráculo de Delfos y los directivos de las tecnológicas son los nuevos profetas. Es también un libro de negocios y de crecimiento personal, porque explora la profecía como industria centrándose en cómo evitar caer en las redes de los falsos profetas en un mundo «basado en datos». Recorre la historia de la predicción, desde los antiguos oráculos hasta el desarrollo de la medición y la probabilidad, para demostrar que a menudo las profecías no son más que juegos de poder encubiertos. Es un tratado político sobre cómo la predicción facilita el control social.

Es un libro sobre el cambio climático y otros grandes retos y cómo abordarlos. Es una defensa de la gran literatura y un repaso a la industria editorial. Es una crítica de lo peor del mundo académico y una defensa de lo mejor que hay en él. Tiene destellos de relato autobiográfico, porque transmite algo de lo que se siente ser profesora en Oxford: un lugar salvaje donde los techos se colapsan y abunda la depredación y la genialidad. Agradezco mucho cuando los autores revelan su procedencia, y no quería ocultar mis huellas inventándome una falsa visión desde ninguna parte.

Este es un libro de filosofía, un análisis de lo que decimos cuando nos pronunciamos sobre el futuro y una reflexión sobre el valor de la virtud, la verdad y la belleza. Es un libro sobre la creatividad y el humor, con algunos chistes maravillosos de genios de la comedia y otros malísimos míos (porque, si fueran todos buenos, no los apreciarías tanto).

Pero, sobre todo, es un libro sobre cómo vivir bien. Sobre cómo la buena vida no es un guion a descubrir o seguir, sino una página en blanco en la cual escribir.

Obertura

¿Qué es una predicción?

Los pronósticos no podrían ser algo más omnipresente y decisivo en nuestras vidas y, sin embargo, se malinterpretan de forma profunda y sistemática: a veces inocentemente, a menudo por negligencia y, en ocasiones también, maliciosamente. Pero ¿qué es exactamente una predicción?

LA VISIÓN SENSATA DE LA PREDICCIÓN

Hacer una predicción consiste en afirmar o estimar que algo sucederá en el futuro. Uso «predicción», «pronóstico» y «profecía» como sinónimos aproximados.

El error más común sobre los pronósticos es lo que llamo la «visión ingenua de la predicción». La visión ingenua concibe las predicciones como búsquedas de la verdad o como una forma de conocimiento. Cuando las empresas tecnológicas venden algoritmos predictivos a gobiernos y empresas, venden también el relato de que las predicciones les ayudarán a comprender mejor a sus ciudadanos o clientes y de que les permitirán anticiparse a los problemas. Lo que la visión ingenua pasa por alto son cinco características cruciales de las predicciones.

Primero: las predicciones son conjeturas.

Las predicciones no son hechos. Los hechos pertenecen al presente y al pasado. Una afirmación sobre el futuro puede ser muchas cosas —una estimación, un deseo, una advertencia—, pero nunca un hecho. Lo que hace que el futuro sea futuro es que aún no está aquí, aún no ha ocurrido. Lo que no ha sucedido no existe, y no hay «hechos» acerca de lo que no existe.

Podrías pensar que este planteamiento es erróneo, ya que, en apariencia, se puede mentir sobre el futuro, y, si se puede mentir, entonces también ha de poder decirse la verdad sobre él. Pero se trata de una ilusión. Podemos mentir sobre lo que creemos en el presente acerca del futuro, pero no sobre el futuro en sí; es decir, podemos equivocarnos sobre el futuro, pero si en el momento de hacer nuestra predicción hablábamos con sinceridad, no estábamos mintiendo.

Eso no significa que todas las predicciones estén desvinculadas de los hechos. Algunos pronósticos están justificados. Cuando el 60 % de las veces que una aplicación del tiempo dice que hay un 60 % de probabilidad de lluvia, llueve, tenemos buenos motivos para confiar en ella. Pero la mayoría de las predicciones que circulan por ahí no se parecen a los pronósticos meteorológicos.

Se supone que nuestro sistema de justicia se basa en lo que la gente merece. No te castigan por algo que no has hecho… en teoría. Se supone que nuestro sistema educativo se basa en el mérito. No te ponen nota por exámenes a los que no te has presentado… en teoría. Se supone que nuestro mercado laboral es justo. No te penalizan por errores que no has cometido… en teoría. Lo que la gente ha hecho o dejado de hacer son hechos, pero, cuando usamos la predicción para tomar decisiones sobre seres humanos, los tratamos en función de conjeturas, no de hechos. Sancionamos no por lo que alguien hizo, sino por lo que creemos que alguien hará. Y ni siquiera damos a las personas la oportunidad de impugnar estas predicciones, porque son inverificables e infalsables: como se refieren al futuro, las predicciones no pueden ser cuestionadas por ser falsas, lo que añade otra injusticia más y permite que los profetas eludan su responsabilidad.[2]

Segundo: las predicciones entrañan deseos.

Lo que deseamos influye en nuestras predicciones. Los estudiosos de la probabilidad han reconocido desde hace tiempo dos aspectos de la predicción: uno subjetivo, o epistémico (del griego epistēmē, «conocimiento» o «comprensión»), relacionado con lo que sabemos; y otro objetivo, relacionado con cómo es el mundo al margen de nuestro conocimiento. Pero han ignorado en gran medida la forma en que nuestros propios deseos moldean nuestros pronósticos.

Cualquier decisión relativa al «riesgo» también implica hechos objetivos y puntos de vista epistémicos. Lo que creemos saber afecta a los riesgos que estamos dispuestos a asumir. Pero no se trata solo de conocimiento. Puede que tú y yo tengamos la misma información sobre dos caballos de carreras y que sea razonable pensar que la competición va a ser muy reñida, de modo que sería arriesgado apostar por cualquiera de los dos. Pero quizá tú tengas mayor apetito de riesgo que yo —porque tienes más dinero, por ejemplo, o porque disfrutas más de la adrenalina—, y eso incrementa tu predisposición a apostar.

Las diferencias a la hora de juzgar y de tolerar el riesgo son esenciales en una sociedad. No habría mercado bursátil sin diversidad en la evaluación del riesgo. Sin personas aventureras, habría menos innovación y menos emprendimiento. Sin personas cautas, el mundo sería más inestable y peligroso.

Lo que falta en nuestro abordaje de la predicción es un tercer aspecto de la probabilidad y la evaluación del riesgo que está relacionado con nuestros deseos, el gran protagonista de este libro: el aspecto deseante de la predicción. Lo más probable cuando pronosticamos qué caballo ganará una carrera es que no seamos observadores neutrales, sino que deseemos que gane el caballo por el que hemos apostado.

Toda persona que monta una empresa piensa que le irá bien (dejando a un lado a los blanqueadores de dinero y a los autosaboteadores). Su predicción en ese caso no es desapasionada. Anhela que la cosa funcione, y puede que lo desee tanto que ese deseo afecte no solo a su evaluación del riesgo, sino al propio resultado. Cuanto más lo desea, más se vuelca en hacer que su empresa prospere y en moldear el mundo a imagen de su deseo.

No soy fan de Nietzsche. Me parece un tipo profundamente perturbado que despreciaba a la humanidad. Pero era tan brillante como atormentado. El concepto nietzscheano de «voluntad de poder» describe la fuerza motriz fundamental que hay detrás de los proyectos humanos, un impulso que influye en nuestras predicciones al hacer que trabajen para satisfacer nuestros deseos.

Nos motiva el ansia de expandir nuestro poder, de superar obs­táculos e imponer nuestra voluntad al mundo que nos rodea. La voluntad de poder se manifiesta de muchas formas, desde la dominación física hasta la expresión creativa y la brillantez intelectual. Es la esencia de la vida, el medio por el que superamos las limitaciones para llegar a ser plenamente nosotros mismos. La voluntad de poder puede ser más apremiante que nuestro deseo de felicidad; es lo que hace que ansiemos la fama, incluso cuando sabemos que la celebridad conduce a la desdicha.

Tu voluntad de poder es tu ansia de vivir. Es tu sed de supervivencia, tu deseo de placer y tu hambre de estatus. Es el calor de la atracción sexual. Es la rabia que sientes cuando alguien se te cruza conduciendo en la carretera. Es la determinación para conseguir que las cosas salgan como tú quieres. Es la adrenalina de la caza. Es el apetito de más.

A veces, sin embargo, nuestro deseo principal no es dominar ni crecer, sino poner fin a nuestro dolor o evitar un dolor futuro. A veces predecimos que las cosas saldrán bien porque no podemos soportar la posibilidad de que no sea así, y otras predecimos que las cosas irán peor de lo que irán en realidad como una forma de precaución.

El deseo de las agencias y empresas meteorológicas de prevenir el enfado del público las lleva a incrementar los porcentajes de probabilidad de lluvia.[3] La mayoría de nosotros no coge el paraguas si ve que dan un 10 % de probabilidad de lluvia, pero, si acaba lloviendo, maldecimos a la app del tiempo por habernos traicionado, de modo que las aplicaciones inflan esas probabilidades para incitarnos a coger el paraguas. De modo similar, cuando se acerca una tormenta, las autoridades responsables tienden a sobrerreaccionar, porque las consecuencias de sobrerreaccionar son preferibles a las de quedarse cortos. En marzo de 2017, el Servicio Meteorológico Nacional de Estados Unidos predijo un gran temporal de nieve en la costa este del país. Se cancelaron miles de vuelos. Pero, cuando la tormenta llegó a la ciudad de Nueva York, cayeron menos de dieciocho centímetros de nieve.[4]

Cabría pensar que, ahora que la inteligencia artificial hace buena parte de las predicciones, podríamos liberarnos de la voluntad de poder de los humanos. Pero los algoritmos se parecen a sus creadores tanto como los perros se parecen a sus dueños. Su apariencia objetiva solo los hace más peligrosos y engañosos. Cuando el equipo de Instagram diseñó herramientas para predecir qué publicaciones se volverían virales, sus miembros ansiaban tanto la interacción de los usuarios que estaban dispuestos a conseguirla a cualquier precio, incluida la salud mental de los adolescentes.[5]

A menudo, los algoritmos son los sicarios que las empresas envían para que ejecuten su voluntad de poder.

Tercero: las predicciones tienen que ver con el poder.

Tener poder es tener la capacidad de motivar a alguien para que piense o haga algo que de otro modo no pensaría ni haría.[6] También es tener la capacidad de imponer la propia voluntad pese a la resistencia, como dijo el sociólogo Max Weber.[7] Tener poder es tener la habilidad de influir en los demás y ejercer fuerza sobre ellos: hacer que la gente haga cosas y hacer cosas a la gente.

Las predicciones son maniobras de poder mucho más que intentos para adquirir conocimiento. Cuando el director ejecutivo de una empresa tecnológica predice que en el futuro la IA hará todo y que la usará todo el mundo en todas partes, está haciendo marketing: está tratando de influir en nosotros para que compremos IA. Cuando el gran boxeador Muhammad Ali predijo en una rueda de prensa en 1971 que vencería a Joe Frazier, no estaba haciendo cálculos de probabilidad, sino intimidando a su oponente. Las predicciones ejercen poder a través de las palabras (son actos de habla en términos filosóficos).

La mayoría de las veces, las predicciones se emplean como jugadas de poder. Y su disfraz de «búsquedas de la verdad» —o, peor aún, de hechos— constituye la coartada perfecta. Los pronósticos parecen inocentes porque se parecen a los hechos y están relacionados con la realidad objetiva (existe un hecho objetivo al que hacen referencia las probabilidades de que llueva). Además, las predicciones otorgan a quien las hace la posibilidad de desligarse de ellas mediante la llamada «negación verosímil» (por ejemplo: «Yo nunca dije que fuera un hecho»; «Que haya ocurrido no significa que yo estuviera equivocado; dije que era poco probable, no que fuera imposible»; «Mi predicción sigue siendo correcta; es cuestión de tiempo para que se cumpla»). Al concebir sus actos en términos de profecías, los autores de crímenes también pueden eludir su responsabilidad. Hannah Arendt describió cómo los nazis explicaban el exterminio del pueblo judío no como algo de lo que fueran moralmente (y penalmente) responsables, sino como el mero cumplimiento de una profecía (que ellos mismos habían formulado).[8]

Las predicciones ejercen poder incluso cuando no se conciben como maniobras de poder. Una predicción meteorológica no tendrá ningún efecto sobre si llueve o no, pero es muy probable que una predicción sobre cualquier cosa relacionada con los seres humanos tengo efectos sobre aquellos acerca de los cuales se formula.

Cuarto: a veces, las predicciones son imposibles.

Un supuesto implícito de la visión ingenua es que todo es predecible y que, si todavía no podemos predecirlo, es solo cuestión de tiempo que podamos, como si se tratara únicamente de superar una barrera científica. Pero hay cosas que son impredecibles. Peor aún: los acontecimientos más trascendentales son imprevisibles. Y si no tenemos claro lo que no es predecible, corremos el riesgo de confiarnos, pensando que sabemos lo que viene, en lugar de ser conscientes de que no lo sabemos.

Quinto: las predicciones pueden ser dañinas.

Las predicciones transforman el mundo porque transforman las expectativas y el comportamiento de las personas. Hacer una predicción implica una elección, y esa elección tiene consecuencias para la gente. Un pronóstico que asegura que una persona o un país fracasarán puede ser la causa de ese fracaso. Llevamos recurriendo a profecías para tomar decisiones de enorme importancia, como iniciar guerras, desde los tiempos anteriores al Oráculo de Delfos. Pero el estudio de la ética de la predicción es un desierto, con contadas excepciones, en su mayoría relacionadas con el campo de la ética médica y la tarea de pronosticar la evolución clínica de los pacientes durante los triajes. Ya va siendo hora de que empecemos a pensar más seriamente no solo en qué son y qué no son las predicciones, sino también en cuándo deberíamos hacer predicciones y cuándo no. Hay cosas que no deberíamos predecir, incluso si pudiéramos.

Ser ciego a los aspectos especulativos, deseantes, poderosos, limitados y dañinos de la predicción es peligroso. Te vuelve incapaz de entender qué es una predicción, cómo se utiliza y qué impacto puede tener. La visión ingenua de la predicción beneficia a quienes hacen profecías y no son ingenuos respecto a ellas, mientras que la visión sensata proporciona información a la ciudadanía y ayuda a equilibrar el terreno de juego. Ya seas un lector curioso o un ciudadano preocupado, te dediques a los negocios o a diseñar políticas públicas, siempre es preferible abordar las predicciones con sensatez y cautela que hacerlo con ingenuidad.

MÉTODOS DE PREDICCIÓN

A veces hacemos predicciones basándonos en corazonadas. A menudo, el instinto sigue mejor la pista de la verdad que el pensamiento lógico consciente. Solemos saber más de lo que creemos saber y confiamos en ese presentimiento como una especie de heurística, de atajo. Los ajedrecistas experimentados pueden saber cuál es la jugada correcta antes de haberla pensado a fondo. Los humanos mostramos una precisión sorprendente a la hora de hacer juicios sociales a partir de breves fragmentos del comportamiento ajeno, un fenómeno que los investigadores llaman thin-slice predictions, predicciones de «corte fino». A los sujetos de un experimento les bastó con ver diez segundos de vídeos sin sonido de diferentes profesores para predecir correctamente las puntuaciones que les habían dado los alumnos que habían estudiado presencialmente con esos profesores durante todo un semestre.[9]

Las corazonadas son la forma que tiene nuestro cuerpo de comunicarnos conocimientos implícitos. Pero es más difícil confiar en la intuición en situaciones abstractas y complejas. En el pasado, cuando nuestras intuiciones no bastaban, recurríamos a chamanes y a oráculos, a la quiromancia, a la astrología y a otras formas de adivinación. Aunque la astrología y los videntes siguen siendo populares, ya no son los canales oficiales a través de los cuales se toman las decisiones importantes.

Hoy es más habitual hacer predicciones informadas —o desorientadas— por datos. Si estás pensando en poner un comercio, por ejemplo, lo más probable es que adquieras alguna base de datos con información demográfica sobre la zona donde quieres abrir. Que sea una calle muy transitada, que haya tiendas cercanas que se complementen con la tuya y poca o ninguna competencia directa en el área son buenos augurios para que tu negocio prospere… en teoría. Porque a veces en los datos falta el más importante, o falta el contexto que cambiaría el significado de esos datos. Puede ocurrir, por ejemplo, que vayan a construir un reactor nuclear en ese barrio, lo cual cambiaría todo.

Los fracasos más estrepitosos suelen ser aquellos que vienen precedidos de las expectativas más altas. El modelo de coche Edsel recibió el nombre del hijo de Henry Ford. Cuando el vehículo entró en producción en 1957, la empresa había dedicado diez años y doscientos cincuenta millones de dólares a desarrollarlo. Ford había llevado a cabo una amplia investigación de mercado y realizado «entrevistas en profundidad» para diseñar el coche perfecto. Calculó ventas de hasta cuatrocientos mil Edsel al año.[10] Lo que la investigación no vio venir fue que, para cuando el coche saliera al mercado, aparecería en escena una nueva tendencia: una preferencia de los consumidores por los coches compactos frente a los de gama media. El Edsel se dejó de fabricar en 1959, tras haber vendido poco más de cien mil unidades en total.[11]

Cada vez más, hacemos predicciones con la ayuda —o el estorbo— de la IA, lo que equivale a usar todavía más datos con una potencia de cálculo cada vez mayor. Casi con seguridad, tu hospital más cercano está usando IA para predecir los momentos de mayor y menor actividad y programar los turnos en consecuencia. El tiempo que esperas en Urgencias cuando tu hijo tiene fiebre en mitad de la noche puede depender de una predicción. Tu supermercado usa IA para predecir cuántos plátanos venderá hoy y si necesita más helado y bebidas frías porque se avecina una ola de calor. Las predicciones ine­xactas pueden verse reflejadas en una estantería vacía, en los productos demasiado maduros que acaban en la basura o en la subida del precio de tu chocolate favorito.

Si diriges una empresa, seguramente estés utilizando predicciones algorítmicas para decidir dónde invertir en bienes inmuebles, a quién contratar, qué clientes están pensando en irse, cómo optimizar tu cadena de suministro y muchas cosas más.

El método que usemos para predecir importa a la hora de establecer la precisión y la legitimidad de dichas predicciones. Pero, para los fines de este libro y las cuestiones principales de las que trata, todos los métodos de predicción comparten lo suficiente como para considerarlos análogos. Si pronosticamos la derrota de nuestro adversario como forma de intimidarlo, no importa demasiado que para ello hayamos recurrido a una vidente, hayamos tirado los dados o hayamos contratado un algoritmo predictivo que cumpla nuestras órdenes. Esto puede importarle a nuestra audiencia, desde luego, a la que nos costará persuadir si empleamos un método de predicción no muy respetado. Pero parte de lo que revela un análisis de la predicción es que los distintos métodos predictivos desempeñan las mismas funciones sociales y políticas: se utilizan para influir en el futuro cambiando las creencias, las expectativas y el comportamiento de las personas. A una persona corriente, la inteligencia artificial puede parecerle algo asombroso y misterioso, y no hay duda de que se trata de un avance impresionante en muchos aspectos, pero lo mismo pensaban los antiguos griegos del Oráculo de Delfos, o los europeos medievales de la astrología. Puede que sea imposible comprender a fondo el funcionamiento interno de la inteligencia artificial (incluso para los profesionales que la diseñan), pero sí es perfectamente posible desvelar su funcionamiento político: cómo es empleada por y para el poder.

En materia de poder y de profecía, los ingenieros informáticos de hoy desempeñan el mismo papel que desempeñaban los oráculos en el mundo antiguo, los astrólogos en la Edad Media o los científicos sociales en el siglo XIX, como verás más adelante.

UN MAPA DEL CAMINO POR DELANTE

Este es un libro de visión amplia, que aspira a contribuir al debate público con una sola idea de fondo: deberías prestar más atención y pensar mucho más detenidamente qué son las predicciones, qué no son y cómo usarlas para forjar el mundo en el que quieres vivir. Cada capítulo añade detalles a la idea principal, pero aspira a ser, por sí mismo, una contribución a la bibliografía sobre el tema. El libro empieza despacio, con una panorámica histórica, y va cogiendo impulso hasta llegar a un gran estallido final o, mejor dicho, a un big crunch, un big rip o un big freeze (según cual sea tu versión favorita de cómo termina el universo).

La primera parte del libro explora las promesas de la predicción.

El capítulo 1 es una breve historia de la predicción, centrada sobre todo en la Grecia y la Roma antiguas. Su aportación principal reside en su análisis de la profecía como moneda del poder. Los motivos de los profetas se vuelven más transparentes una vez que hemos dejado de tener fe en los viejos métodos de pronosticación. Los profetas son comerciantes de predicciones.

El capítulo 2 cuenta la historia de cómo pasamos de las predicciones cualitativas a las cuantitativas. Desvela las ideas filosóficas que hicieron posible esos desarrollos, así como las que nacieron a partir de ellos.

Aquellos lectores a los que no les interese mucho la historia pueden saltarse los dos primeros capítulos, pero se perderán anécdotas de adivinos arrojados por precipicios, videntes que provocan la muerte de emperadores y el asombroso descubrimiento de que los asesinatos y otros actos aparentemente inconexos siguen un patrón predecible en forma de curva de distribución normal: ¿cómo es posible que todos los años podamos predecir aproximadamente cuántos asesinatos se cometerán si esos crímenes los perpetran personas que no están intentando encajar en ningún patrón estadístico?

El capítulo 3 defiende la tesis de que la inteligencia artificial es el nuevo Oráculo de Delfos. La imagen de personajes como Elon Musk, Sam Altman y Eric Schmidt compartiendo mantel con presidentes y primeros ministros recuerda a Nostradamus aconsejando a Catalina de Medici, o a Rasputín asesorando a Nicolás II. Este capítulo vincula las funciones sociales y políticas de los profetas del pasado con las que desempeñan los magnates tecnológicos de hoy.

La segunda parte del libro trata de las trampas de la predicción.

El capítulo 4 se adentra en cómo las predicciones pueden parecerse a la verdad, pero sin llegar a ser hechos. Sostengo que las IA generativas son pitonisas, no buscadoras de la verdad, y que la máquina predictiva definitiva es también la máquina definitiva del embuste (bullshit).

El capítulo 5 investiga la relación entre predicción, vigilancia y profecías autocumplidas (los casos en que nuestra creencia en un resultado futuro moldea nuestras acciones de tal modo que acaba provocando precisamente ese resultado). Este capítulo es el corazón palpitante del libro; su innovación filosófica consiste en argumentar que, aunque las predicciones parecen afirmaciones descriptivas, en realidad son aseveraciones prescriptivas veladas: nos dicen cómo debemos actuar. Son lo que los filósofos llaman «actos de habla». Cuando creemos una predicción y actuamos conforme a ella, es como si obedeciéramos una orden.

El capítulo 6 sondea lo imprevisible. Ofrece una clasificación y un análisis de las fuentes de la imprevisibilidad, o de lo que llamo «problemas predictivos»: que van desde problemas de datos hasta problemas sociales, científicos, fortuitos o irónicos.

La tercera parte del libro nos invita a repensar los usos de la predicción.

El capítulo 7 es una defensa de la verdad, la virtud y la belleza a través de una crítica del altruismo eficaz y el utilitarismo. Los altruistas eficaces se han convertido en los profetas de los profetas tecnológicos. Sostengo que la raíz de lo que falla en el utilitarismo y el altruismo eficaz es su dependencia de la predicción. En ética, los ideales son superiores a las predicciones.

El capítulo 8 defiende la importancia de diseñar la sociedad de manera que sea posible desafiar las probabilidades que pesan en nuestra contra. Cuando las predicciones determinan nuestro destino, perdemos libertad. La democracia necesita incertidumbre para prosperar. Solo cuando no conocemos el resultado de una elección futura tenemos verdadera democracia.

El capítulo 9 nos invita a abrazar lo imprevisible con curiosidad. Los espacios de indeterminación son aquellos en los que florecen la creatividad, el humor y la innovación. Para tener éxito —en la vida, en los negocios y en la democracia— necesitamos sentirnos cómodos con la incertidumbre. La ansiedad por anular la incertidumbre lo más rápido posible nos empuja a ceder nuestro poder a otros, que acaban decidiendo nuestro futuro. El capítulo propugna la filosofía como antídoto contra la profecía. Aunque el estoicismo ha ganado popularidad últimamente entre los círculos tecnológicos y otras esferas, el epicureísmo ofrece mejores respuestas a los desafíos que plantea la predicción, en la medida en que nos anima a ser los autores de nuestra propia vida.

PRIMERA PARTE

La promesa de la predicción

1

Profetas y poder

Una breve historia de las predicciones, o por qué se tiraba a los astrólogos de los acantilados

En Roma, Tiberio fue el primer emperador que tuvo un astrólogo en la corte. Tras caer en desgracia frente a Augusto, su predecesor, fue exiliado a Rodas, donde conoció a Trasilo. El futuro emperador tenía la costumbre de poner a prueba a los astrólogos cuando necesitaba consejo. Si se equivocaban, los mandaba tirar desde un acantilado de vuelta a casa, pero Trasilo le impresionó. Primero predijo que Tiberio sucedería a Augusto como emperador, un comienzo excelente, y a continuación llegó la pregunta de fuego: ¿cómo era el horóscopo de Trasilo ese día?

El astrólogo observó las estrellas y se mostró visiblemente asustado. Ya fuera porque tenía noticia de las crueles costumbres de Tiberio, porque había deducido sus intenciones mediante su lenguaje corporal o porque realmente lo sabía por las estrellas, Trasilo respondió que se encontraba en grave peligro. Un hombre inteligente. Tiberio le dio un abrazo, le felicitó por su destreza adivinatoria y le aseguró que no correría peligro. A partir de entonces, el astrólogo se convirtió en su aliado de confianza. Trasilo le hizo saber a Tiberio que entendía que las predicciones no tienen que ver con el conocimiento, sino con el poder.

La profecía y el poder son almas gemelas. Recorren los mismos vestíbulos, comparten comida con las mismas personas y se intercambian favores económicos. Los profetas son poderosos tanto por lo codiciados que son sus servicios —y, en consecuencia, por lo generosamente remunerados que están— como por la influencia que les otorgan sus predicciones. Pero, de igual modo, los profetas se exponen a la ira del poder, ya que sus predicciones pueden constituir un desafío. Una predicción sobre la derrota en una batalla puede suponer en sí misma una amenaza para la victoria.

Quien tiene poder se expone a riesgos. Los poderosos disfrutan de las vistas desde la cima, pero también se ven obligados a protegerse de quienes compiten por su lugar. A menudo el camino a la cima de los poderosos está sembrado de robo, asesinato y otras formas de avasallamiento, por lo que a su paso dejan un rastro de resentimiento. Ser demasiado poderoso puede ser tan peligroso como no tener poder; los tiranos rara vez mueren de viejos. Dado que los profetas ostentan autoridad, históricamente han compartido también el riesgo que conlleva: una predicción imprudente podría costarles la vida, aunque eso nunca les impidió profetizar y ser muy solicitados.

«Su negocio era el miedo», escribió Toni Morrison sobre un vidente. Thomas Hobbes afirmó que nuestro impulso de mirar hacia el futuro tiene su origen en el «miedo perpetuo». Para nuestra supervivencia, es conveniente tener una idea de las cosas terribles que podrían suceder.

¿Qué estaríamos dispuestos a sacrificar para evitar lo peor? A mí me habría gustado saber que los dos hombres que estaban sentados al otro lado del pasillo iban a robar a punta de pistola a todos los pasajeros del autobús en el que viajaba. Me habría resultado útil saber que una inundación en el piso de arriba, cuyo inquilino estaba de vacaciones, iba a provocar que se derrumbara el techo de mi apartamento una semana antes de venderlo. Y sin duda habría renunciado a casi cualquier cosa por unas cuantas advertencias que llegaron demasiado tarde. ¿A quién no le gustaría recibir una advertencia que le permitiera evitar la siguiente bola de demolición? Podrías tal vez evitar un accidente de coche, o involucrarte con la persona equivocada o ser víctima de un crimen. Si supieras ciertas cosas de antemano, podrías quizá salvar a un ser querido de una muerte prematura. ¿Sientes la ansiedad que te lleva a querer conocer el futuro? ¿Cuánto estarías dispuesto a pagar por una predicción precisa?

Antes de dar una cifra demasiado rápido, conviene tener en cuenta que ver el futuro no solo se relaciona con el miedo, sino también con la esperanza y el deseo. Es bueno para los negocios. ¿No sería útil saber cuál será el próximo barrio en prosperar cuando vayas a comprar una propiedad? Si supieras lo que depara el futuro, podrías comprar acciones de las empresas más lucrativas. Si hubieras invertido 1.000 dólares en la empresa de chips gráficos Nvidia en 1999, tus acciones habrían valido más de 3 millones de dólares en 2025. Si pudieras saber hoy lo que deparará el mañana, podrías comprar el cuadro de un artista desconocido, pero destinado a convertirse en el mejor pintor del siglo. ¿Sientes la lujuria por el conocimiento sobre el futuro?

La predicción es seductora porque el futuro otorga una ventaja competitiva a quien es capaz de vislumbrarlo. Es una fuente de gran poder. Por eso la gente está dispuesta a pagar por ella y por eso es un buen negocio. Los antiguos griegos estaban dispuestos a sacrificar una oveja entera por el vaticinio de Apolo.

Este capítulo muestra el poder de las predicciones a través de un breve repaso histórico, inevitablemente incompleto, centrado sobre todo en las antiguas Grecia y Roma. Los escenarios sociales del mundo antiguo pueden parecer muy lejanos, pero nos han dejado lecciones de las que aún podemos aprender.

BEBIDAS Y PRESAGIOS EN OXFORD

Cualquier motivo es bueno para tomar unas copas en Oxford. Se bebe vino en las cenas de apertura, en las de mitad de curso, en las de clausura, en las fiestas de graduación y antes de todas esas cenas formales en las que los profesores se ponen sus togas negras y las velas iluminan los comedores de los colegios universitarios, que son el alma de la capital académica.

En una de esas ocasiones, entre el cuchicheo de los académicos y unos canapés siempre con mejor aspecto que sabor, me crucé con una de las personas más cultas de Oxford: Richard Ovenden, el bibliotecario de la Bodleian y autor de Quemar libros. Cuando me preguntó si estaba escribiendo algo, aparté la mirada tratando de evadir la pregunta, y murmuré algo vago sobre predicciones. «Vaya, pues estamos a punto de inaugurar una exposición sobre oráculos y presagios en la que investigamos la necesidad universal de dominar la incertidumbre», comentó. No podía ser de otro modo. La Bodleian Library siempre parece tenerle tomado el pulso a los tiempos.

Unas semanas más tarde, fui a ver la exposición e hice fotos de los huesos oraculares de la dinastía Shang en China, el globo celeste egipcio, los almanaques y las cartas del tarot. Los casos clínicos de los astrólogos-médicos de los siglos XVI y XVII en Inglaterra me demostraron, en primer lugar, que la gente pregunta desde hace siglos por las mismas cosas: salud, vida personal, negocios y contexto político. En segundo lugar descubrí que, en casi todos los casos, la predicción es un negocio.

Comencemos pues por donde empiezan la mayoría de las buenas investigaciones sobre asuntos humanos: siguiendo el rastro del dinero.

MERCADERES DE PREDICCIONES O EL NEGOCIO DE LA PROFECÍA

Oráculos

La adivinación no solo es buena para los negocios, sino que es un buen negocio en sí misma. Los profetas son mercaderes de predicciones. El Oráculo de Delfos se encontraba en el monte Parnaso, en la costa norte del golfo de Corinto, a unos 145 kilómetros al noroeste de Atenas, cerca del puerto de Crisa. La primera vez que tenemos noticia del oráculo es en la Odisea, aunque Plutarco, que fue sacerdote en el santuario, constituye una fuente más documentada.

Para llegar al oráculo, había que ascender por el «camino sagrado» hasta el templo de Apolo, recorriendo en sandalias los desgastados escalones de piedra caliza que habían subido innumerables visitantes. El aire de la montaña se hacía más tenue y dulce al ascender, cargado del aroma de las hojas de laurel quemadas y del perfume terroso del tomillo silvestre entre las grietas de las viejas rocas.

Abajo se encontraban los acantilados gemelos de las rocas Fedriades, como dos gigantes guardianes, reflejando el sol de la mañana en sus rostros de un rojo dorado. El sonido del agua del manantial Castalio, donde uno se podía lavar y saciar la sed, entremezclaba su murmullo con las notas de alguien que cantaba versos homéricos en la distancia, acompañado por una lira.

Al acercarse al templo, se pasaba entre hileras de magníficas ofrendas votivas: trípodes con bordes dorados en los que se sentaban los oráculos para predecir el futuro, doncellas de mármol y guerreros de bronce que brillaban bajo la luz del sol que se filtraba a través de los cipreses y los olivos.

Las enormes columnas del templo se elevaban frente al peregrino, con sus superficies aún cubiertas de restos de pintura vibrante: azules, rojos y dorados. El interior era oscuro y fresco. El aire estaba cargado del humo del incienso y un dulce aroma metálico que se elevaba desde una profunda fisura en la tierra; el aliento —se decía— de Pitón, asesinado en aquel lugar por el propio Apolo. Quienes inhalaban el humo se sentían embriagados. Siglos más tarde, el químico Jeffrey Chanton encontraría rastros de etileno en esa sima de la tierra que tal vez fueron la causa de los estados alterados de conciencia, lo que concuerda con el informe de Plutarco sobre un «dulce olor».[12]

El corazón se agitaba al acercarse a la cámara interior donde la Pitia, la sacerdotisa, vestida con una túnica blanca, se sentaba sobre su trípode de bronce, envuelta en vapores sagrados. Originalmente, la Pitia era una joven virgen de una familia respetable, pero, después de que un tal Echecrates el Tesalio violara a una de esas jóvenes, los delfios decidieron que la Pitia sería una anciana obligada al celibato durante su servicio.[13] Los ojos de la anciana eran salvajes y distantes, y veían más allá del velo de la realidad ordinaria. Al peregrino le sudaban las manos mientras esperaba esas palabras que resonarían luego con dobles y triples interpretaciones posibles, profecías que le perseguirían mucho después de descender del monte Apolo.

El oráculo no era solo una experiencia memorable. Era, sobre todo, una empresa comercial. En el homérico Himno a Apolo, el dios prometió a los sacerdotes de su nuevo culto délfico que, si construían un oráculo, nunca les faltaría comida ni comodidades. Un oráculo exitoso ponía un lugar en el mapa y daba de comer a sus habitantes.

Cada visitante de Delfos tenía que proporcionar una oveja para el sacrificio antes de consultar al dios, de la cual los sacerdotes podían elegir luego un trozo de carne. Los primeros sacerdotes de Delfos tenían fama de quedarse con los mejores trozos antes de que nadie más tuviera oportunidad de hacerlo. La piel de la oveja se vendía luego a los curtidores a un buen precio.

Consultar al oráculo era un proceso largo. La sacerdotisa solo trabajaba durante los días en los que se creía que Apolo estaba presente en Delfos para canalizar su sabiduría a la Pitia. Había que pasar por rituales preliminares de purificación, así como por sacrificios. La fila podía ser larga, y alargarse aún más si se colaba algún alto dignatario.

Podía llevar días o semanas obtener una respuesta, lo que resultaba ventajoso para los hoteles y tabernas locales encargados de alojar y alimentar a los visitantes. El ocio creció en torno a los oráculos. Del mismo modo que ir a las cataratas del Niágara puede sorprender al visitante que esperaba un oasis natural y se encuentra con una especie de parque de atracciones, los lugares como Delfos y Dodona, el oráculo helénico más antiguo de todos, no eran precisamente tranquilos refugios espirituales como tal vez podían imaginar los ingenuos.

Los oráculos patrocinaban juegos deportivos que atraían a competidores y espectadores de todo el mundo. Los Juegos Píticos se celebraban cada cuatro años en Delfos. El estadio se desbordaba con miles de espectadores, cuyos gritos emocionados resonaban en las laderas de las montañas mientras los atletas competían en honor a Apolo. En el teatro, los poetas recitaban sus últimas piezas mientras los músicos competían con la cítara. El hipódromo retumbaba con los cascos de los caballos mientras los carros corrían a la par, con las ruedas casi tocándose, y la multitud rugía a cada curva peligrosa. Las coronas de laurel esperaban a los vencedores.

Al caer la tarde, las celebraciones se extendían por las calles, se entonaban los cantos, había bailes y actuaciones improvisadas, mientras el aire se colmaba del aroma a carne asada y vino. Todo el mundo se unía a las festividades sagradas. La conjunción de las dotes atléticas, la excelencia artística y la inspiración divina hacía que los Juegos Píticos solo fueran superados en prestigio por los Olímpicos. Era una gran fiesta muy rentable.[14]

Videntes por cuenta propia

Los videntes que no estaban vinculados a una ciudad en particular también podían llegar a ser bastante ricos, sobre todo si se convertían en celebridades o trabajaban para un rey o una corte. Los adivinos trabajaban por cuenta propia y con frecuencia también eran magos. La magia y la adivinación son muy afines y, durante siglos, se pensó que eran lo mismo. En inglés, la palabra «hechicería» (sorcery) proviene de la palabra latina sors, un juego de adivinación (leer el futuro mediante el lanzamiento de objetos como dados o monedas, o mediante la selección aleatoria de símbolos escritos como cartas). Aunque en muchos lugares del mundo antiguo estaba prohibido dañar a alguien mediante la magia, su empleo era ampliamente aceptado. Antes de la llegada del cristianismo, la magia era simplemente una profesión más.

Pero la adivinación y la magia también van de la mano por razones comerciales; son productos complementarios, como las patatas fritas saladas que provocan sed a los clientes de un bar para que pidan otra cerveza. La adivinación puede predecir el futuro y la magia puede cambiarlo. ¿De qué sirve saber que algo va a suceder si no se puede alterar su curso? En ocasiones los clientes podían intervenir en su destino sin ayuda de la magia, pero al adivino le interesaba recomendar una acción que requiriera sus servicios adicionales.

Los adivinos realizaban un diagnóstico seguido de un tratamiento profiláctico, de forma análoga a como las empresas tecnológicas prescriben más tecnología para hacer frente a los problemas derivados de la tecnología. Las empresas de redes sociales prescriben la inteligencia artificial para moderar los contenidos virulentos creados en buena medida por el diseño de unos algoritmos que dan prioridad a contenidos «atrayentes». Las apps de citas diseñan hoy «compañeros» de IA que generen temas de conversación con la esperanza de mantener el interés en las interacciones entre sus usuarios.

Aunque los oráculos más asentados, como el de Delfos, solían tener más prestigio, no todo el mundo disponía de los recursos para viajar hasta allí y no todas las situaciones podían esperar semanas: había apuestas que hacer, parejas que elegir y planes que trazar.

Una de las razones por las que los oráculos como el de Delfos estaban menos asociados a la magia era que tenían suficiente volumen de negocio como para prosperar con un solo producto. Apolo podía permitirse limitar sus servicios, pero los videntes por cuenta propia necesitaban más trucos para ganarse la vida. Los magos ganaban dinero ofreciendo soluciones que la religión no solía ofrecer. Los magos proporcionaban comodidad, del mismo modo en que lo hace hoy la tecnología.

La simbiosis entre la predicción y la acción rentable se hace evidente en los hechizos que incitaban al mago a consultar de nuevo al dios para obtener una «mejor profecía» si la primera había sido demasiado lúgubre. Los magos eran empresarios y necesitaban ofrecer los servicios que requería su clientela. La mayoría de la gente no quiere noticias que les dejen desesperanzados. Si un adivino podía manipular el futuro a favor de sus clientes, tanto mejor para el negocio.

Curanderos y guerreros

Dos de las actividades colaterales más destacadas de la predicción son y han sido siempre la medicina y la guerra. Tal vez porque en ambos casos la propia vida está en juego y, cuanto más miedo tenemos, más ansiosos estamos de recibir presagios y esperanza.

En las culturas antiguas, los curanderos solían ser también sacerdotes, chamanes o líderes espirituales que empleaban la adivinación como una de sus muchas herramientas. El pronóstico es la segunda tarea más importante de la medicina antigua y moderna, después del tratamiento. Pero es poco probable que el tratamiento sea adecuado si el médico no comprende las causas de la dolencia. El pronóstico implica haber entendido la causalidad, intenta leer los signos del cuerpo y su relación con el entorno. El tratamiento adecuado es, en esencia, la predicción de que cierto remedio curará una enfermedad concreta, y los médicos antiguos utilizaban los sueños, la astrología y otras formas de adivinación para prescribir el tratamiento, aparte de sus conocimientos sobre hierbas y su sentido común.

Las predicciones eran tan importantes en la guerra como en la medicina. Una buena estrategia implicaba una buena predicción. En la antigua Grecia, los adivinos solían estar presentes en los campos de batalla. En la Ilíada, Calcas ofrece consejos proféticos, pero también se une a la batalla. Iamid Tisamenus ganó cinco batallas para los espartanos con la ayuda de la adivinación. El vidente Aristandro asesoró a Alejandro Magno en muchas empresas militares.

Antes de juzgar demasiado rápidamente a los antiguos por recurrir a videntes y astrólogos para obtener consejos médicos y tomar decisiones políticas, conviene tener en cuenta que la adivinación era el método más avanzado de toma de decisiones en aquella época. Es controvertido llamar «ciencia» a este tipo de prácticas antiguas porque el término resulta anacrónico, pero la adivinación era, en cualquier caso, una actividad para la que la gente se formaba y aprendía técnicas, y cuyos objetivos estaban relacionados con la verdad y el poder. Quizá la palabra más apropiada sea el término griego techné, o conocimiento práctico.

La salud y la guerra son también dos esferas en las que nuestros nuevos profetas, los ejecutivos de las empresas tecnológicas, están ganando terreno. En el ámbito de la salud, Alphabet, Apple, Meta y Microsoft proporcionan hoy servicios de infraestructura de datos a los proveedores de atención sanitaria y participan en atención médica domiciliaria, registros sanitarios electrónicos, medidas predictivas para enfermedades infecciosas, dispositivos portátiles para estudios clínicos y muchas otras áreas.[15] En la esfera militar, OpenAI colabora con el Departamento de Defensa de Estados Unidos en el desarrollo de «capacidades de IA de vanguardia para abordar retos críticos de seguridad nacional en […] situaciones de guerra». Amazon, Google, Oracle y Microsoft tienen contratos por valor de miles de millones de dólares con el Pentágono, y Anthropic se ha asociado con Palantir para llevar su bot, Claude, al ejército estadounidense.[16] En una ceremonia celebrada en junio de 2025, cuatro ejecutivos actuales y antiguos de Meta, OpenAI y Palantir, ataviados con uniformes de combate y botas, juraron defender Estados Unidos y fueron nombrados tenientes coroneles de una nueva unidad, el Destacamento 201, diseñada para asesorar al ejército sobre tecnologías de combate.[17] No estamos tan lejos de nuestros antepasados.

LEER LAS SEÑALES

En Sobre la adivinación, el gran orador romano Cicerón escribió: «No conozco a nadie [...] que no considere que las cosas futuras se manifiestan mediante señales, y que es posible que ciertas personas reconozcan esas señales y predigan lo que sucederá». Para que la profecía funcione, hay que creer que el mundo está constituido de tal forma que deja pistas que permiten vislumbrar lo que está por venir. Es preciso, por tanto, un método para leer esas señales.(1)

Tanto si lo definimos como ciencia, técnica, artimaña o una combinación de las tres cosas, el vidente era alguien capaz de leer el libro del mundo, ya fuera en el lienzo del cuerpo, el campo de batalla, el cielo estrellado o los sueños. Todos esos ejemplos formaban parte de la misma capacidad para leer las señales del cosmos a través de sus reflejos en los pequeños detalles cotidianos.

Entre los muchos métodos de adivinación, resultaba clave la lectura de las entrañas de animales muertos. Los antiguos griegos y romanos consideraban las vísceras como la tabla de escritura de los dioses, una metáfora que un vidente se tomó demasiado al pie de la letra al escribir «victoria del rey» con tinta sobre un hígado recién extraído.

La metáfora de leer el cosmos se repite a lo largo de la historia de la predicción y hace que los libros sean particularmente importantes. Los libros, uno de los hilos que tejen la narrativa de esta historia, tienen importancia para nosotros en parte debido a la metáfora que encarnan.

Todas las formas de adivinación eran maneras de leer los signos en el libro del universo. Pero todas esas formas eran también susceptibles de abuso, y en todas ellas se abusó.

ARTISTAS PROFÉTICOS

Donde hay dinero, hay poder, y, donde hay poder, hay abuso de poder. Heródoto nos cuenta que a veces se acusaba a las sacerdotisas del Oráculo de Delfos de aceptar sobornos a cambio de transmitir ciertos mensajes políticos. Y los videntes por cuenta propia eran aún más susceptibles a la corrupción.

El negocio de Abonoteichus bullía de actividad. Corría el año 150 y en el pequeño puerto del mar Negro se había extendido la noticia de que Alejandro (no el Grande, sino uno mucho menos importante) había regresado a casa transformado, ya no era el humilde hijo de carpintero que había partido años atrás. Alejandro el Paflagonio tenía una mirada penetrante y se movía con la seguridad de alguien tocado por el poder divino.

Su primer milagro fue modesto pero eficaz. Una mañana, mientras caminaba por la orilla embarrada, Alejandro «descubrió» un huevo de ganso. Cuando se reunió una multitud, lo rompió para revelar una pequeña serpiente recién nacida. La gente se quedó boquiabierta. Alejandro anunció que no se trataba de una serpiente cualquiera, sino de Glicón, la nueva encarnación del dios sanador Asclepio, que había venido para transmitir sus profecías directamente al pueblo.

Alejandro dijo a los locales que la Sibila, de la que nadie había oído hablar antes, y unas tablillas de bronce que, según él, se habían descubierto en un templo de Apolo, exigían que se estableciera un culto en honor de Asclepio. El encanto del profeta convenció a la gente del lugar.

En el santuario, tras una cortina, Alejandro recibía a los fieles que acudían para conocer su futuro, con Glicón adulto enrollado alrededor de sus hombros. El carisma es muy importante en las profecías porque, para que las predicciones sean poderosas, la gente tiene que creer en ellas, y hay pocos medios tan eficaces para ganarse la confianza de los demás como la confianza en uno mismo. El hecho de que la serpiente realizara la asombrosa hazaña de pronunciar ella misma las predicciones ayudaba bastante.

Lo que los crédulos no podían ver era la elaborada máscara que Alejandro había fabricado para la serpiente. Cuando el animal se enroscaba alrededor de sus hombros, Alejandro tiraba discretamente de unas crines de caballo que hacían que la boca de la máscara se abriera y cerrara. Los espectadores tampoco se daban cuenta, en la penumbra del templo, del ingenio acústico fabricado con una tráquea de grulla que estaba escondido en la pared y a través del cual un ayudante proporcionaba una voz divina a la serpiente.

Alejandro era un estafador y Luciano, un escritor satírico contemporáneo, se propuso desenmascararlo. El profeta había intentado asesinar al escritor por investigar sus métodos, pero el intento de asesinato de Alejandro no hizo más que reavivar la investigación de Luciano y darle un nuevo propósito a su escritura. Un buen consejo: no enfades a un escritor.

A quienes querían hacerle una pregunta a Glicón se les pedía que la escribieran en un pergamino, lo enrollaran y lo sellaran e

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