La espera

Claudia Andrade
Camila Valenzuela

Fragmento

Ser hermano es algo que te define. Para bien o para mal. A veces es una maravilla, sobre todo cuando puedes culparlo de tus huevadas o cuando necesitas ese apoyo moral que tus papás se niegan a darte en ciertas circunstancias (como cuando te mandas un cagazo en el colegio y te miran con ganas de matarte). Las otras veces, que son la mayoría, ser hermano se convierte en tu pesadilla personal, sobre todo si eres el menor (o el último, que es incluso peor) y básicamente eres el perkin de alguien que se siente superior a ti solo por haber nacido unos años antes. Debe ser frustrante para la Dani no lograrlo conmigo; digo, eso de que yo sea su suche. Supongo que es porque somos diferentes, no sé. Igual ahora no importa, porque las cosas han cambiado y, sospecho, han cambiado para siempre.

Aquí nos tiene a todos, locos por ella, como si necesitara de más atención todavía. Una vez se lo dije. «Dani, estás mal, el mundo no gira en torno a ti». Fue una tontera, lo sé, pero a veces me las doy de sabio… Resultado: no me habló en semanas. Lo que pasa es que ella siempre existe, en ese mundo suyo que no entiendo y que no quiero entender tampoco; yo, en cambio, existo a intervalos. Existo cuando con el Peralta hablamos de anime, cuando leo lo que me gusta o cuando escucho mi música (de perno, dice la Dani). Ella tiene su mundo afuera, bullicioso, de palabras, mientras que el mío es puro silencio.

—Te estoy preguntando algo, Diego.

La Gaby me habla, pero la escucho lejana, como si estuviera en otra parte. Desde que se casó con el papá hicimos una especie de trato: no pescarnos mutuamente. Pero cacho que ahora estamos obligados a hacerlo. Por la Dani… Como me la quedo mirando sin decir nada, me saca los audífonos y me trae de vuelta a su mundo, el que, le guste o no, es el mismo mundo de la Dani.

—No te escuché, perdona.

—Con estas cosas nunca escuchas nada. —Me muestra los audífonos como prueba, desafiante. Supongo que siente que eso sirve para algo, para molestarme en esta sala de espera llena de gente extraña que nos mira, que me mira como si fuera otro pendejo metido en su celular, abandonado en su isla—. ¿Le mandaste otro whatsapp?

—¿A quién?

—A tu mamá, a quién más va a ser. ¿Qué tanto haces con esa porquería? —Me pregunta mientras señala el celular como si fuera un arma del mal.

—Sí. Dice que viene en camino. —La corté rápido, para que no siguiera con el escándalo.

—Avisa si vuelve a escribirte. Tenemos que estar atentos cuando llegue. ¿Escuchaste? —Asiento, mientras me pongo nuevamente los audífonos y el mundo vuelve a ser mío.

La Gaby está angustiada, por eso no la culpo de que se desquite conmigo. Es raro verla realmente preocupada por la Dani, porque nunca ha sido así con ella. Ni siquiera cuando se quemó el pelo con el alisador o cuando se enfermó en serio el invierno pasado se preocupó tanto. Siempre pensé que le tenía celos, aunque es una tontería, porque ni yo compito con la Dani. Ni yo, que tengo mucho más derecho a hacerlo. Quizás la responsabilidad sea del papá, que vive en función de la Dani y no se preocupa de nadie más; ni de mí ni de la Gaby. Ni de la Consuelo, mi nueva hermana. Bueno, quizás de ella sí: como es una guagua logró conquistarlo, pero eso solo vino a agravar el problema. La Dani como que enloqueció cuando cachó que ella podría ocupar su lugar. «La usurpadora» le puso, como si su vida fuera una teleserie…

Miro a la Gaby y la veo tan inocente. Supongo que nunca imaginó a lo que se enfrentaría. Cuando nos conoció se le notaba en la cara que tenía la ilusión de que sería como en las películas. Poco le duró la cosa. Recuerdo bien ese día. El papá estaba complicado, no sabía cómo decirnos que tenía polola, se tupió por completo en esa heladería a la que nos invitó; en ese momento el cabro chico era él. Fue hace tres años, uno de esos días calurosos previos a Semana Santa. La Dani andaba yunta de la Nadia en esa época, no como ahora. Mi papá la sacó de uno de sus panoramas para que nos acompañara a tomar helado. «¿Puedo ir con la Nadia?», la escuché preguntar por el celular antes de colgar bruscamente mientras hacía caritas. Me miró, como si recién se diera cuenta de que estaba ahí, y me dijo que el papá seguramente tenía una de sus sorpresitas. «¿Para qué nos invita ahora si vamos a estar todo el fin de semana largo con él? ¡Lo único que falta es que se vaya de viaje y nos deje tirados!». La Dani es injusta a veces, el papá ha estado mucho más con nosotros que la mamá, pero para ella eso no basta. El papá debió haberlo sabido, pero quizás estaba tan locamente enamorado que inventó la excusa del helado lo más rápido que pudo y nos presentó a la Gaby así como así, de golpe. El chocolate con pistacho se desparramó sobre el piso de la heladería cuando la Dani salió corriendo de ahí como vendaval, dejándome, como siempre, solo y mirando al papá con cara de lástima. «Gabriela, perdónala, supongo que debí haberla preparado», le dijo el pobre. Qué idiota, ¿acaso no conoce a la Dani? Y para cagarla más, la Gaby, que en ese entonces era una completa desconocida para mí, se manda la frase del bronce: «No te preocupes, mi amor, es la edad. Hay que darle tiempo». Otra soñadora, pensé yo. Otra que no conoce a mi hermana.

Siempre he pensado que la Gaby debía estar súper enamorada de mi papá como para aguantarnos: a mí por mi afán de ser invisible; a la Dani por estar siempre presente. Su sonrisa forzada se volvió auténtica solo cuando nació la Consuelo, hace un año, días antes de la fiesta de quince de la Dani. Mala cosa. La Gaby andaba en otra porque era primeriza y se puso extremadamente regalona. El papá no sabía qué hacer. La Dani le echaba en cara que solo se preocupaba de la Gaby y no de su cumpleaños. Que los quince eran importantes, que ya tenía a todos invitados, que no pensaba cambiar la fiesta a Pirque, donde vive la mamá, porque queda muy lejos, porque nadie iría y ella no se merecía eso. Yo miraba a la Consuelo, que estaba en una cunita al lado de la Gaby en la pieza de ellos. Dormía, o se hacía la loca con tanto ruido. Mejor así, pensé en ese entonces; tendrás que acostumbrarte a su bulla tal como lo hice yo.

Solo de ver la expresión de la Gaby cuando el papá cedió a hacer el cumpleaños en la casa, me dio pena. Otra derrota. Mientras la Dani movía los dedos como loca para dar el notición de su fiesta por whatsapp, yo escuchaba desde mi pieza cómo ellos peleaban. Prendí la tablet, me puse los audífonos y empecé a leer el manga de la semana con mi música de fondo. Estaba en eso cuando la Dani entró. Nos miramos.

—No te quiero en mi fiesta —me dijo, como si fuera necesario. Aunque tengo solo dos años menos que ella, no tenemos nada en común, salvo la lectura. Pero ahora, con su rebeldía, ni de libros hablamos. Todo se resume en que ella habla y yo la observo en silencio.

—No te preocupes —le dije—, no pensaba colarme. —Estúpidamente, agregué que ojalá no metiera tanta bulla, por la guagua. Casi me mató con la mirada.

—Es una intrusa —me gritó, dando un portazo.

—¿Diego? —Siento que me tocan suavemente el brazo. Es la miss Alejandra, la profe jefe de la Dani. Acaba de volver. Ha estado entre el colegio y la clínica toda la tarde—. ¿Has tenido noticias? —me pregunta. Igual es raro. Podría haber ido donde mi papá pero, al buscarlo por la sala, no lo veo. Quizás salió un rato. Tampoco está la Gaby.

—Ninguna, miss —respondo, mientras bajo el volumen de la música para escucharla mejor.

—¿Y tu papá?

Levanto los hombros con cara de no tengo idea.

—Todo va a salir bien —me dice, como si le hablara a un niño. Estar en octavo básico te hace cabro chico todavía—. Hay que tener confianza —reafirma, ante mi silencio. No sé qué contestarle. Subo y bajo la cabeza como para que vea que la escucho, aunque sus palabras suenan lejanas—. Ahí viene tu papá, necesito entregarle algo. Hablamos más rato, ¿ya?

—Bueno.

Intento sonreír para que se tranquilice y al parecer funciona. Me sonríe de vuelta, con pena, con esa cara de adulto que trata de ponerse en tu lugar pero no puede, porque es adulto y no sabe lo que es tener catorce años y que te sigan viendo como pendejo, como si uno no entendiera la vida, como si hasta ahora uno nunca hubiese sufrido.

La veo abrazar a mi papá y a la Gaby. Le entrega unos papeles a él, supongo que son los del seguro escolar, no sé. Prefiero no mirar, no aguanto verlo así. Le toma la mano a la Gaby, como si en eso encontrara un refugio. En la otra mano tiene el celular. No puede desconectarse de su pega, siempre tan importante. ¿O será por la mamá? Filo. Mi papá es de esos que debe verse de acuerdo al momento: ahora corresponde la preocupación por la hija mayor. Si está disimulando, lo hace perfecto. Me convence.

Me fijo en una esquina donde está la Nadia, la ex mejor amiga de la Dani. Eran inseparables hasta este año, cuando pasó a segundo plano no sé por qué. Quizás mi hermana cachó que la Nadia era incondicional y eso la asustó. A pesar de la distancia, aquí está, esperando como todos a tener noticias de ella, como si no hubiera un abismo entre las dos. También vinieron sus nuevos amigos, la Ignacia y el Eduardo, aunque no están juntos. Los tres son tan diferentes que es como si la Dani tuviera varias personalidades: un amigo para cada ocasión. La Nadia los mira, pero no les habla. Sabe que ella es la antigua, la que quedó atrás.

A diferencia de la Nadia, que está calmada en su asiento, la Ignacia se mueve, inquieta. Ella vio el accidente de la Dani, según le dijo la miss Alejandra a la Gaby. Supongo que por eso está tan perturbada. La Ignacia se parece a la Dani en lo teatrera. ¿Acaso no se da cuenta de que en momentos como estos no hay nada más que hacer que esperar? La Nadia la mira con desprecio. No la culpo. Cuando volvieron de las vacaciones de verano (la Nadia se fue con sus papás a Pichilemu y nosotros a Pucón), la Dani la cambió como si fuera una zapatilla usada. Yo jamás haría algo así. Supongo que entiendo la amistad de manera diferente. Para mí, los amigos son tus compañeros de ruta. Una vez que los escogiste, te los bancas hasta el final. De la misma manera que ellos te aguantan toda tu volá. Así es con el Peralta. Nos conocimos en quinto básico y desde entonces somos inseparables.

Me distraigo al ver que la Nadia se levanta como si hubiera escuchado algo importante. Se acerca a la Ignacia. Se ve enojada. Aunque no escucho qué se dicen, asumo que es algo grave, porque el Eduardo se pone entre ambas, como tratando, inútilmente, de calmarlas. Solo lo logra la miss Alejandra. La Nadia baja la cabeza; la Ignacia, en cambio, sale de la sala de espera. Al rato, el Eduardo la sigue, mientras veo a la Nadia llorar con la profe. Pobre. La entiendo, sé lo que es quedar desplazado. La Dani lo hizo conmigo hace años, cuando se percató de que «mi mundo» no era «su mundo». El papá lo hizo conmigo también, por tratar de darle el gusto en todo a mi hermana, porque se siente culpable no sé de qué. La mamá también lo había hecho, pero no solo conmigo, sino con los dos. Nos abandonó hace años, incluso antes del divorcio. Quizás para ella eso de ser mamá era difícil, porque siempre había algo más importante que nosotros. A veces creo que se siente frustrada porque aún no cumple sus sueños de juventud. Muchos de ellos se rompieron a lo largo de un matrimonio en el que el papá se dedicó a llenarse los bolsillos de plata más que a hacer las cosas bonitas que tanto le gustaban. Son tan distintos que no imagino qué los unió. Más encima con mi abuelo paterno que la odia… no sé cómo lo hicieron para casarse. Lo juro.

La Dani tiene harto de ella. Sobre todo su egoísmo. Creí (muy estúpidamente) que después de la separación la mamá sería diferente, que se preocuparía o fingiría preocuparse más por nosotros, pero no fue así. Prefirió dejarnos con el papá, porque tenía mejor situación económica y porque ella necesitaba de aires cordilleranos para sanarse no sé de qué. Se fue a Pirque con un grupo de amigos, y allá hace su vida, independiente de nosotros. Se siente joven nuevamente y solo nos visita cuando puede, cuando no está en sus momentos de reencuentro con la naturaleza. Por eso voy pocas veces a verla. Además, siempre siento que le da lata que vaya, supongo que perturbo su armonía o qué sé yo. Igual, ya no importa. Mi tranquilidad siempre ha estado con el papá. Será trabajólico y distante, pero se preocupa por nosotros o, al menos, finge hacerlo.

Alguien se sienta a mi lado. Es la Nadia. Tiene la cara más compuesta, aunque se le nota que estuvo llorando. Tiene pañuelitos en su mano, como si esperara el regreso del llanto. Ojalá que no. Sería una lata. No sabría qué decirle.

—¿Cómo estás? —Es la primera en preguntármelo desde que llegamos.

—Urgido —le contesto con honestidad. La Nadia siempre me ha dado confianza.

—Estamos iguales… Ojalá pudiera escuchar música como tú, para distraerme, pero ni eso puedo —me confiesa, no como reproche, lo sé—. Tu papá está súper preocupado porque no llega tu mamá. Lo he escuchado hablando con la tía Gabriela —me comenta, como

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