
En el pasado hubiera gritado.
Habría ido corriendo al baño agarrándome de las paredes frías, pues cada vez que despertaba de un sueño imprevisto intentaba llegar lo más pronto posible al inodoro para expulsar todo lo que hubiera ingerido en el día. Habría estado así un cuarto de hora, quizá media, percibiendo cómo el mundo giraba desenfrenado y me llevaba sin permiso a su ritmo. Ya tendría el sudor frío pegado a mi frente: es así como hacían acto de presencia, pero hoy no están. Simplemente desaparecieron. Y en vez de sentir que nado en corrientes oceánicas, pareciera que floto en una laguna relajada.
Ni una pesadilla. Por ahora.
Ya no es necesario concentrarme en respirar: mi cuerpo inspira y suelta aire de forma automática. Demasiado agradable para ser verdad. Ahora solo siento las sábanas de estampado de murciélagos, que huelen fuertemente a suavizante, pero por fortuna no me dan ganas de vomitar. Ni de cerca. La tela se enrolla por mis muslos junto al cubrecamas de puntos de colores que me tapa hasta la cintura. Si me viera en perspectiva casi parecía una pintura, una de esas de museo a las que muchos no llegan a encontrar significado o las encuentran demasiados rebuscadas y refinadas. Pinturas poco comunes.
Abro los ojos lentamente, como si alguien me estuviera intentando descifrar, pero ni yo lo he podido lograr. Quizá nadie se descifra a sí mismo. Siento mis parpados tan pesados que se me cierran solos al instante, como si las seis horas de sueño no bastaran. Como si siempre necesitara un poco más. De todo.
Un repentino sonido de sartenes y ollas golpeándose me saca de la duermevela y lo siento tan cerca que lo podría masticar. Masticar tan fuerte hasta hacerme añicos los dientes. El pelo se me eriza y revuelve, de seguro por los dedos que pasé inconscientemente durmiendo, y me pongo en cuatro patas, alerta ante la premonición de un supuesto peligro, como si los sartenes fueran mi especie de señal de Batman en el cielo nocturno de Gotham: es hora del combate. Pero yo no combato el crimen, yo lucho contra la vida. Aunque cada día me cueste más.
Aguzo el oído; el estruendo de seguro llega desde la cocina.
Qué raro.
No es común que mi madre esté despierta a estas horas de la mañana, menos haciendo intento de cocinar, con lo mal que se le da. Una vez por poco incendió la cocina mientras trataba de prender el horno para recalentar unas hogazas de pan congelado que compramos en el supermercado. Y una segunda, luego de lograr dar correctamente con la llave de gas y encender las llamas, se le rostizó una baguete hasta quedar como bolitas de carbón. Impotente terminó llorando sobre el holocausto panadero, por lo que si ha vuelto a la lucha solo puede significar dos cosas:
La primera opción es que haya invernado tanto que ya llegamos a las celebraciones de Navidad. Eso sería una gran alegría, pues no hay nada que me ponga más feliz y de buen humor que los pinos adornados con guirnaldas de luces titilantes mientras escuchamos nuestra colección especial de villancicos, que incluye desde las canciones de Michael Bublé, que canta mi madre a todo pulmón, hasta los pegajosos ritmos de «All I Want for Christmas Is You», que yo bailaba a los doce imitando a Hannah Montana.
La alegría se me pasa rápido, porque enfoco la vista en el calendario y veo que continuamos en marzo.
La segunda opción, la cual doy por ganadora por descarte, es que ha llegado «el gran día».
En mi modesta habitación, aún oscura, se ven los pósters fluorescentes de superhéroes que tengo pegados a la pared y las estrellas de gelatina esparcidas por el techo. Si no fuera por este toque personal, los ocho metros cuadrados parecerían la habitación de un anciano. Ni un haz de luz entra por la ventana. La sensación de estar flotando en el centro de un agujero negro (o por lo menos lo que imagino sería estar dentro de uno) me revuelve el estómago tanto como recordar el biquini platinado de mi abuela, que se incrustaba en sus partes íntimas en las tardes de veraneo en la casa de la playa, cuando las preocupaciones no eran más que pensar en qué castillo de arena construiría o si la golosina del día sería una palmera de milhojas o un par de barquillos ahuecados bañados en chocolate.
De pronto un tierno aroma a huevos con queso y orégano me llega a la nariz. Podría saltar de la cama, buscar algo de ropa en el clóset y correr a comer, pero mis huesos se pegan a mis músculos y mis músculos al colchón.
La gravedad perdida vuelve lento.
Escucho pasos que vienen desde el pasillo como una sinfonía desafinada y alguien da un súbito puntapié a mi puerta haciendo una entrada triunfal. Mi madre, tapando su pijama con un delantal a cuadros, enciende la luz con una espátula y por poco me deja ciego.
Se me encoge el estómago.
—¡Feliz cumpleaños! —grita con los brazos extendidos, abarcando casi toda la habitación—. ¡Mi hombre favorito ya cumple dieciocho! —Parece que en cualquier momento soltará una lágrima—. Espero que cumplas cien años más. No, no espero. ¡Te lo exijo!
Le doy las gracias y la abrazo fuerte, aunque todavía siga luciendo como un zombi. Siento en ella una vibración extraña, fuera de lo común. Sus alocados ojos verde esmeralda, que tanto me recuerdan a los del Sombrerero de Alicia, comienzan a mojarse. Me toma el brazo.
—Mi príncipe está tan grande; al paso que vas ya ni me voy a dar cuenta cuando tengas mi edad. —Por fin deja de abrazarme, camina en dirección a la ventana y de reojo mira al suelo—. ¡Ariel, cuándo entenderás que no debes dejar las toallas húmedas en la alfombra luego de bañarte por la noche! Qué asquerosidad. —Mientras cambia de humor decide golpearme con una de mis camisetas de algodón que tiene al alcance de su mano. Debo reconocer que la habitación parece un basural de ropa; no quiero dejarla como un villano de historieta—. Ahora levántate y vamos a desayunar será mejor. —Me dedica una sonrisa y sale por la puerta moviendo su moño alto.
Cuando cierra, salto de la cama y saco del clóset una prenda rosada de lo más vergonzosa; es una sudadera de Wonder Woman de la Edad de Plata que la abuela compró en una tienda de segunda mano. Abro la ventana y dejo que se cuele la primera luz del día junto con un aire que decido no respirar tan profundamente, porque es más que nada una concentración de esmog y polvo. La brisa me pone la piel de gallina, así que decido buscar algo más para ponerme encima. Dentro de una caja con estampados de pájaros encuentro un gran cárdigan de tonos terrosos. Las mangas me quedan como quimono y se me encoje el corazón al sentir el aroma que desprende: es todo menta y tabaco. Abrocho los botones y me acurruco en él.
Mi madre me vuelve a llamar con un grito feroz y salgo apurado de mi habitación vestido con mi particular atuendo. Julieta se pasea por la cocina tarareando una linda melodía, mientras espera que hierva el agua.
—¿No te parece que es mucho? —Me sorprende la abundancia de comida; usualmente no tenemos más que un par de tostadas, infusiones, leche y té, algo normal—. Esto parece una fiesta. —Pone cara de «ignóralo» y levanta el hervidor, que acaba de apagarse. El vapor nos humedece la nariz.
—¡Pesado! Solo quería… sorprenderte.
—Y claro que lo hiciste, pero no era necesario que gastaras todo tu sueldo en mí —digo con ironía mirando una gloriosa bandeja llena de medialunas.
—Tú solo come, sonríe y da las gracias —me ordena mostrando sus pequeños dientes en una sonrisa.
Nos sentamos a la mesa del living y miro a través del ventanal abierto. La capa de esmog parece más densa y se cuela el ruido del tráfico. De pronto un pájaro se posa en la baranda del balcón y mi madre, asustada, lo espanta con un paño de cocina. Cuando regresa a sentarse, siento que suena el timbre.
Mamá me pide que abra; dice que pueden ser los de la pastelería que traen mi torta (panqueque, naranja y chocolate; mi preferida). En cambio, un hombre de ojos profundos como el mar y la estampa de un Backstreet Boy me sonríe desde el umbral. Mis neuronas hacen sinapsis con retraso.
Es el jefe de mi madre.
—¡Feliz cumpleaños, Ariel Simón! —Esteban me da la mano para que pueda estrecharla cuando ya estaba a punto de darle un beso en la cara. No puedo ocultar lo ridículamente gay que me siento. Me incomodo.
—Gracias. —Le aprieto la mano y se la suelto lo más rápido posible—. Y por favor deja de llamarme por mi nombre completo, me recuerda al colegio.
—Claro, y ya no falta nada para que estemos en la universidad —me guiña un ojo y sonríe con demasiada energía—. Espero que no te moleste que haya venido a saludarte tan temprano.
—¿Qué más da? Ya eres parte de la casa. Solo te falta tener una copia de las llaves y dejar el cepillo de dientes en el baño. —La sangre le sube a la cara y temo que en cualquier momento explote—. Es una broma. Pasa.
Esteban se quita su chaqueta, la pone en el respaldo de la silla y se acomoda el cuello de su camisa Polo. Limpia con un pañito sus clásicas gafas Oliver Peoples y me sonríe despreocupadamente.
—Parece que no podrás soplar las velas hasta la tarde —dice mi madre mientras saluda a Esteban con un abrazo—. Alison acaba de enviarme un WhatsApp y me dice que los chicos están retrasados, ya que un horno se echó a perder y los bizcochos no lograron subir de tamaño. —Alison es la dueña de la pastelería que está en la planta baja de nuestro edificio. Se instaló casi en la misma fecha en la que nos mudamos nosotros y desde que se conocieron con mi madre se hicieron buenas amigas... o las mejores—. Prometieron tenerla antes de la una, pero deberás ir a buscarla tú.
Subo los hombros para que vea que no tengo problemas.
—Puedo escaparme de la universidad y venir a buscarla si es necesario. Seguro que Ariel tiene cosas que hacer en su cumpleaños —dice Esteban.
Con mi madre nos miramos un segundo y nos largamos a reír.
—El único panorama que tiene este niño es comer, ir al baño y ver series de superhéroes en Netflix.

Claro que no siempre fui tan solo.
A diferencia de los primeros años de colegio, los últimos no tuve buena relación con mis compañeros, y me aislé.
Al inicio de séptimo básico, fui aceptado en el Instituto Nacional, uno de los denominados «colegios emblemáticos», que estaba plagado de púberes ansiosos de videojuegos y sexo.
Imposible olvidarme del primer día.
Para la tarea de lenguaje, el profesor —que aún recuerdo alto, delgado y con la boca chueca— nos formó en parejas aleatorias para trabajar. A diferencia de lo que pasa siempre, nadie alegó, porque éramos todos nuevos, así que rápidamente nos explicó lo que debíamos hacer: escribir un cuento de dos carillas y entregarlo en el segundo bloque. La creación era absolutamente libre; el único requisito era que los cuentos se debían enmarcar en el género de la ciencia ficción.
Algunos emocionados y otros no tanto, salimos a recreo dándonos empujones por el pasillo.
Javier, un niño gordito y con el pelo pinchudo —que al parecer dormía la noche entera con un gorro de lana para modelarlo—, fue mi pareja. Nos sentamos en las escaleras que daban al baño, yo con mi cuaderno apoyado en las rodillas y él jugando con una vieja pelota de fútbol del Mundial de Francia 98. Le pregunté qué historia le gustaría contar. En mi cabeza ya tenía muchas, pero no lograba decidirme por ninguna.
El sol brillaba con insistencia. Hasta los pájaros estaban escondidos entre las ramas para protegerse del sol.
—Me da igual —respondió con desinterés—. No me presto para esas tonterías de niña.
Sin ponerle más atención, y concentrado solo en la posible nota, terminé por escribir sin su ayuda el cuento. Aunque después de su respuesta, mis ideas se habían vuelto cenizas.
Me devané los sesos durante esa media hora al punto de echar humo por las orejas.
Luego de rechazar la idea de hacerme el enfermo y pedir que me mandaran a casa, la historia llegó a mi cabeza, y de la forma más rara: Al mirar una cicatriz en forma de luna creciente que Javier tenía cerca del párpado, tuve una especie de visión.
Se me abrió un universo.
Por lo que recuerdo, escribí el desenlace antes que el inicio.
El cuento trataba sobre un chico marciano que caía en la Tierra y se sorprendía por lo destruido que estaba el planeta. Los animales no existían, la vida ardía.
A los doce la decadencia del mundo me preocupaba, no como ahora; por desgracia.
—El profe nos está llamando. —Un chico humilde de espinillas recién reventadas nos avisó, mientras se unía a un grupo que corría dando botes a una pelota de básquet por el tercer piso.
Como no quería meterme en problemas, agarré las hojas que había escrito a mano alzada y puse el nombre de Javier antes que el mío. Sin querer, pasé la mano por encima de la tinta y su apellido quedó borroso.
Ya sentados cada uno en su lugar, Juan Carlos, profesor orgulloso de repetir que había egresado de la Universidad Católica, pidió que cada dúo leyera en voz alta.
La primera pareja había escrito una historia acerca de una rata alienígena que conquistaba el mundo, y la segunda, sobre una nave espacial que se perdía en el tiempo. Después vinieron historias similares, que él oía muy atento hasta que escuchaba la palabra «fin» y compartía una opinión siempre lastimera.
Cuando fue nuestro turno, el señor Meneses le pidió a Javier que le explicara a la clase la trama y que describiera al personaje principal del cuento, mientras me ordenaba que me quedara en silencio. La espera se hizo muy larga. Asustado y sin saber ni el título, Javier se quedó mudo. El profesor lo retó enfrente de los cuarenta pares de ojos que nos miraban.
Un dos directo al libro y la primera citación al apoderado.
Tuve miedo de que Javier se molestara conmigo, de que se encargara de hacer mi vida imposible como en esos dramas americanos que mostraban al brabucón ensañándose con el pobre protagonista nerd.
Por la tarde se me acercó y, antes de que dijera algo, ya sentía mi mejilla hinchada. Grité como princesa asustada, pero para mi sorpresa, Javier (luego de hacerme bajar la voz, avergonzado) se disculpó.
Hurgó en su mochila y me entregó una hoja hecha una bola. Había reescrito mi cuento agregándole un segundo personaje: el marciano ya no se encontraba con una tierra desierta, sino que su primer avistamiento era un chico salvaje que fugazmente se convertía en su amigo hasta que el humano terminaba… besando al marciano.
No entendía nada.
Big bang.
—Oye, Ari. ¿Te parece muy mal ese final? —me preguntó animado cuando terminé de leer. Estaba nervioso y callé—. ¿No te molesta que te llame Ari?
Claro que no me molestaba, es más, me gustaba, como todo lo que repentinamente salía de sus labios.
Nos saltamos la clase de Historia, buscamos las galerías de la cancha de básquetbol, y nos escondimos ahí, con nuestros corazones jóvenes latiendo por la adrenalina.
Las semanas de clases nos arrebataron el tiempo, y el tiempo, la vida.
—¿Qué quieres hacer una vez que salgamos del colegio? —me preguntó una tarde tirado sobre su cama, con las luces apagadas.
—Falta mucho. Podría estar muerto para entonces —respondí.
—Qué dramático.
—La vida es un drama.
Se giró a mirarme y me sonrió.
—Solo responde mi pregunta.
No tuve que pensarlo mucho; desde que pasaba día y noche en la pieza de pintura de mi madre que conocía la respuesta.
—Me gustan los colores.
—No solo eres dramático; eres raro. ¿Quieres ser un color? —Se burló mientras negaba con la cabeza—. Si me preguntas, te imagino como un verde—. Lo golpeé con mi puño huesudo aunque me dolió más a mí—. No es un chiste para que me golpees, lo digo porque cuando estoy contigo pienso en la esperanza.
Me paralicé, emocionado como un duende en la fiesta del solsticio.
—¿Dices que doy esperanza? —Lo mejor de estar acostados boca arriba era que no podía ver mi rostro escondido en la oscuridad. Me mordí fuerte el labio hasta que me salió sangre.
—Eres una luz que no sabe que puede brillar. Eso me gusta.
Estábamos en un ambiente de total tranquilidad.
—¿Y tú, Javier? —Cambié el tema, pese a que no había logrado entender muy bien lo que había dicho.
—Traumatólogo, como mi madre.
—¿Qué es eso?
Javier me dijo que era un bruto, que no sabía cómo tenía tan buenas notas con esta falta de cultura general, pero luego se me acercó, acarició mi rodilla y trazó un camino de ahí hacia arriba.
Me excité y lo besé sin pensarlo. Fue un beso casi infantil, sin mayores pretensiones.
Fue la confirmación de lo que siempre supe. Imposible cambiarlo.
Nos tomamos de la mano y nos quedamos mirando al techo pegoteado de estrellas fluorescentes y una que otra marca de zapato que no logré deducir cómo llegó ahí.
Nuestra amistad marchó bien (mejor de lo planeado). Nos seguimos dando besos a escondidas y fue un secreto dulce, hasta que un día nos explotó en la cara, como todas las buenas mentiras.
El señor Meneses nos encontró dándonos un tímido beso en el zócalo, nos agarró del cuello de nuestros blazer azules, nos sermoneó y armó un escándalo. Movió cielo, mar y tierra para que nos expulsaran, argumentando que éramos una aberración para un colegio intachable en el que se habían educado presidentes de la República.
Mamá sacó sus garras. Luchó contra el profesor y logró que el director llegara a una determinación, a lo menos, curiosa: aceptó que uno de los dos se quedara en el instituto, lo cual en ningún caso era justo. No habíamos matado a una persona, estábamos pariendo a la vida un poco de felicidad.
¿Acaso eso era tan malo?
—Yo me iré, dejen que Ariel se quede —dijo Javier cuando nos lo informaron, pronunciando mi nombre completo. Atravesó el umbral de la puerta de la dirección completando mi triángulo de despedidas.
Nunca más supe de él.
No dijo adiós ni hasta pronto, solo se fue.
Con los años lo busqué en Facebook, en Twitter y en las otras redes sociales que conocía. Tenía la esperanza de verlo, preguntarle cómo estaba y que me dijera que era feliz, pero nada; no apareció.
Finalmente me resigné y pretendí que nuestra historia había sido una prolongación de aquel cuento del marciano.
Olvidado en el fondo de mi escritorio.
Clavado en el centro de mi corazón.

Tomamos té y de un momento a otro Julieta parece atragantarse con sus propios pensamientos.
—¡Pero qué tonta soy! Olvidé darte tu regalo —dice y sale disparada a su dormitorio, como si hubiese recibido una descarga eléctrica. Esteban, por su parte, se levanta de la silla y me entrega una bolsa de papel kraft que dejó apoyada en el sillón.
La abro y saco algo que al tacto es suave y delicado.
Hermoso.
Una gran croquera con tapas de cuero y gruesas hojas me deslumbra. Descubro, además, un set de lápices Derwent que me hacen soltar un gritillo de alegría. Correría a abrazar a Esteban, pero me reprimo.
Julieta vuelve de la habitación y se asombra aún más que yo. De ella heredé la pasión por las pinturas y texturas. Antes solía hacer unas ilustraciones que dejaban sin aliento a cualquiera, sobre todo a mi hermana, a la que le hacía acuarelas de Sailor Moon.
—Si hubiera sabido que le traerías algo así, me hubiera ahorrado esta baratija —dice mientras sostiene en su mano un pequeña caja azul, no más grande que su palma.
Me entrega la cajita aterciopelada y me anima a abrirla, mientras toma la croquera y comienza a probar los lápices en la última hoja.
Veo que adentro hay algo pequeño que brilla; es una larga cadena plateada de la que cuelga un relicario circular. Lo abro y aparecen las fotos en blanco y negro de dos niños que, a pesar de la diferencia de edad, parecen mellizos. Sus ojos son un par de piedras brillantes.
—Lo vi y me pareció perfecto para ti.
Me pongo el colgante alrededor del cuello y el relicario con las fotos queda a la altura de mi pecho.
Por un segundo veo una estrella, pero la pierdo.
Como la perdí a ella.

Entre conversaciones, terminamos el desayuno. Recogemos los platos sucios y dejamos la comida sobrante dentro del refrigerador.
Oigo un ring. Luego dos.
Desde el baño, Julieta me grita que atienda el citófono.
—¿Sí?
—Voy subiendo —dice una voz anciana.
Un hombre canoso, que no alcanza el metro sesenta, aparece frente a nuestra puerta sosteniendo una enorme caja con sus brazos de tortuga. Se la recibo antes de que se desmorone y tenga que despegarlo como un chicle del asfalto.
—¡Feliz cumpleaños, señorito Ariel! —me dice don Carlos, uno de los conserjes—. Tome, esto es para usted. Se lo manda la señorita Alison; me dijo que apuró la cosa para que su pastel saliera primero que todos.
—No tenía por qué hacerlo, gracias.
—Espere, espere, no me cierre; esto también es para usted. —De uno de sus bolsillos saca una caja más pequeña. Es plateada con líneas negras.
Los regalos son, definitivamente, lo mejor de cumplir años.
Me desea un feliz día y le agradezco otra vez mientras el pequeño hombre se soba la espalda. Con la pierna cierro la puerta y me apuro para dejar el pastel en la cocina.
De regreso en el comedor, me quedo mirando la caja.
—Qué bonita —susurro. Esteban está distraído mirando su celular, así que no me oye.
En la parte superior, donde suele ir un moño, solo tiene pegada una etiqueta con mi nombre impreso. La abro y descubro que dentro hay una caja más pequeña y una carta.
La saco y me quedo petrificado al leer el nombre del remitente en el sobre.
Mi mundo es consumido por un agujero de gusano.
Esteban levanta la vista de su teléfono y me mira con una ceja levantada. Julieta llega desde la habitación con su cartera lista y su moño bien estirado. Se ve muy diferente de esos días en que se servía una taza de té en pijama y se preparaba para dibujar.
Me habla, pero sus palabras parecen rebotar en mis oídos. Estoy aturdido, como Alicia cuando cae dentro del agujero de conejo.
—¿Ari, qué pasa? —No puedo salir de mi silencio—. ¿Qué es eso?
—Un regalo. Me lo acaba de traer don Carlos —logro responder.
—¿Don Carlos te ha dado un regalo? —dice con alegría—. Qué hombrecillo más increíble.
—No. —Busco las palabras y las encuentro, pero no las puedo pronunciar.
Son palabras vacías, que hace mucho tiempo dejaron de tener significado y sentido para mí.
—El regalo es de Raúl —digo por fin.
—¿Raúl? Ese no es… —comenta Esteban.
—Sí. Es un regalo de mi padre.
2
Tengo el dolor de cabeza más terrible de la vida. Mi boca está seca y siento como si tuviera astillas en la lengua y el paladar. Bebo agua, pero aun así mi saliva sigue viscosa. El departamento está a oscuras, apenas iluminado por las luces del televisor que se proyectan en forma de mosaicos por la pared.
Anne Hathaway escribe en su pequeño diario de vida apoyada sobre un escritorio de madera. Agarro el control remoto y pongo pausa a la película para ir a buscar mi celular. No lo encuentro. Me pongo los anteojos y miro la hora en el reloj en forma de gato que tenemos en el living. Marca las ocho y cuarto.
Julieta llegará en cualquier momento, así que abro el ventanal para que circule el aire y no se ponga a reclamar por el olor a encierro. El ruido de la ciudad sube agudo hasta nuestro piso y un pájaro, tal vez el mismo de la mañana, se para en el balcón. No tengo ánimo de espantarlo. Estoy exhausto a pesar de no haber hecho gran cosa durante el día: las piernas me tiemblan ligeramente y las manos me transpiran como si estuviera en un sauna. Voy a buscar una aspirina a la cocina, pero termino llenando el hervidor para hacerme un té. Necesito con urgencia que algo caliente entre por mi cuerpo.
Ese pensamiento me saca una risa. Si lo hubiera dicho frente a Julieta, habría sido su chiste del día: «Una madre no debe saber las cosas calientes que su hijo necesita que le entren», habría comentado, o algo así. Tener una mamá que dio a luz a los veintitrés es una bendición en estos casos: no se olvida que también fue joven, incluso te apoya en algunas estupideces que se te ocurren (Julieta fue mi cómplice cuando me colé en el hotel Sheraton para pedirle un autógrafo a Hannah Montana). El lado negativo es que una madre joven te puede dejar en vergüenza con facilidad.
Y vaya que lo hace.
Mientras espero que hierva el agua saco unas galletas saladas de la despensa, pero apenas muerdo una, la dejo. No tengo ganas de comer. La luz roja del hervidor se apaga y me pongo de puntitas para sacar una tetera de porcelana de uno de los muebles altos. De reojo veo el reflejo de mi cuerpo, escuálido y estirado, en la puerta del horno.
Vuelvo al sofá con mi tazón de la serie The Flash de la CW que Esteban me compró el año pasado en la Comic Con. Los de Gotham se agotaron en cosa de hora y media.
Recuerdo esa tarde.
—Julieta me dijo que eres fanático de los cómics y en la agencia nos regalaron un par de entradas para esta cosa, ¿quieres ir? —me preguntó Esteban, ante lo cual mi madre soltó una risotada, diciendo que se lo imaginaba disfrazado de He-Man.
—La melena rubia te vendría fantástico —le dijo, y se tapó la cara con las manos para que no viéramos lo muerta de risa que estaba.
Desde séptimo año yo era de los que rellenaba los formularios para participar en los concursos de cosplay: a los doce fui Batman, a los trece Arrow, a los catorce —extrañamente— Aquaman, hasta que a los quince me quedé pegado en Dick Grayson, el primer Robin, y hasta ahí nomás llegué. La vergüenza terminó por aguarme la fiesta.
Así que ya saben cuál fue mi respuesta a su invitación.
Doy play a la película. Anne está triste; quiere ser escritora pero trabaja en un horrible puesto de mesera de un restaurante de mala muerte. Vive con un tipo al que no ama y ama a un tipo que no vive. No es que el tipo esté bajo tierra, sino que está «alejado del sendero del Señor», como habría dicho la abuela con su voz rasposa en una noche fría de invierno mientras preparaba churros con azúcar flor. La película continúa y ese hombre que no vive se desabrocha los puños de la camisa, se sube la manga hasta los codos, se pincha el brazo con una jeringa y cierra los ojos. Es un clásico reflejo del mito de Ícaro, cegado por la fama y el éxito de su carrera.
He visto esta película unas mil doscientas veces, y aunque suene extraño, siento muy cercana la frustración de ese personaje. Tenerlo todo y dejarse caer en la nada porque lo que haces, lo que tienes, no te llena.
Es algo parecido a lo que veo en mi madre.
Julieta respira arte. Ella misma es como un dibujo hecho a mano alzada, pero no logra vivir de su pasión. Me gustaría que se formara, que termina su carrera de Bellas Artes, pero por más que la incentivo, la idea parece lejana.
No es que trabajar como
