
Era el primer día de un nuevo curso en la escuela de magia y me levanté temprano, antes que nadie de mi familia.
—¡Vamos a hacerles el desayuno a todos! —le dije a mi mascota, la dragona Violeta, que revoloteaba en el aire cerca de mi oreja—. ¡Seguro que será una bonita sorpresa!

Violeta dio un pequeño resoplido y soltó unas llamas moradas por el hocico. Yo las apagué rápidamente, sacudiéndolas con un trapo. A mamá no le hacen gracia las quemaduras por la casa.
Empecé a colocar cuencos y platos en la mesa, y puse pan en la tostadora para mamá. En mi familia, cada uno tomamos un desayuno diferente. Mi mamá es una bruja y come todo tipo de cosas asquerosas. Su desayuno favorito es una tostada con arañas espolvoreadas. Papá, por otro lado, es un hada. Le gusta comer yogur de néctar de flores y muchas ensaladas verdes. ¡Le encanta la naturaleza!
La tostada saltó y fui a coger el tarro de arañas crujientes de mamá.
—¡Puaj! —dije mientras volcaba un montón en el pan.

Después eché yogur y pétalos de flores en un cuenco para papá, y luego me puse a preparar mi desayuno y el de Wilbur. Wilbur es mitad hada, igual que yo, aunque no le gusta reconocerlo. Insiste en que es brujo del todo la mayoría del tiempo. A mí no me molesta tanto mi lado de hada, pero desde luego… ¡me siento mucho más bruja! Por eso decidí ir a la «Escuela de magia de la señorita Mala Rueca».
Mientras untaba mantequilla en la tostada de Wilbur, se me fue la vista al tarro de arañas de mamá que estaba en la encimera. Una idea traviesa llegó flotando a mi cabeza.

—¡Vete! —le dije.
Pero la idea no se marchaba. Empecé a sentir un cosquilleo en los dedos de los pies, ante la posibilidad de la travesura. Acerqué a mí el tarro de arañas de mamá y utilicé un tenedor para sacar uno de los bichitos crujientes. Lo dejé caer en la tostada de Wilbur y luego lo empapé rápidamente de mermelada. ¡No se daría cuenta de que estaba allí hasta que lo sintiera crujir en su boca! Solté una risita al imaginar cómo descubriría la araña. Los dos odiamos la comida de bruja.

—¡Hora de desayunar! —grité hacia el piso de arriba.

—¡Qué detalle, hacer el desayuno de todos, Mirabella! —dijo papá, metiendo la cuchara en su yogur con pétalos de rosa. Sonreí con dulzura y miré a Wilbur de reojo.
—¡Ojalá esto sea una señal! —deseó mamá.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
—Pues que es el primer día de un nuevo curso —dijo mamá—. ¡Espero que empieces con buen pie! Este año no quiero más avisos de tu profesora sobre tus travesuras.

—Ah —dije, y sentí cómo las mejillas se me ponían un poquito rosas. Wilbur le dio otro mordisco a su tostada.
CRUNCH.
Tragué saliva. Mamá frunció el ceño. Wilbur paró de masticar un momento y luego la cara se le puso muy blanca. Esc
