
Unos pocos años atrás, Dani le confesó a su amiga que estaba enamorado de ella, y Lyna, que sentía lo mismo, aunque no había tenido el valor de decírselo, le correspondió. Se convirtieron en novios y, un tiempo más tarde, se mudaron juntos.
Sus mascotas también crecieron y lo que comenzó como una pequeña familia de dos personas, un gato y un pato rápidamente creció. Primero se sumó Humita, una huroncita traviesa y escurridiza que se divertía robando calcetines y algunos objetos pequeños para esconderlos en los lugares más insospechados. Después adoptaron una gatita tímida que, con el tiempo, se hizo muy amiga de Gatooo. Su nombre era Mila o, al menos, así la llamaban para llegar a un acuerdo.

Si bien Dani la había bautizado como Milagros, Lyna insistía en que su nombre debía ser Milanesa. En tercer lugar, llegó Croqueta, una gata anciana que amaba comer y dormir. Y, por último, acogieron a Mora, la más juguetona y enérgica de todos los mininos, que disfrutaba correr de un lado al otro dentro de la casa, dejando un rastro de caos a su alrededor.
Lyna y Dani amaban a sus mascotas, y además, el amor entre ellos crecía cada vez más y más. Y, por esa razón, decidieron dar un paso más en su relación.
En el festejo de su aniversario, Lyna le compró a su novio su postre favorito, una deliciosa tarta de queso adornada con una inscripción que decía “te amo”. Lo que él no sabía era que, dentro, había una sorpresa muy especial.
El chico cortó un primer trozo y lo devoró en tan solo segundos. Lyna también se sirvió una porción mientras observaba atentamente lo que hacía Dani, quien tan pronto terminó su último bocado se abalanzó sobre la tarta una vez más. Tomó el cuchillo, pero, al intentar cortar su segunda ración, un objeto extraño se lo impidió.
—¡¿UNA CAJA?! —se quejó Dani, indignado, mientras la sacaba de su postre—. Te han estafado. Esto me quita al menos un cuarto de tarta. Deberías quejarte.
—¿Una caja? Abrila a ver qué tiene —respondió Lyna, conteniendo los nervios y la risa.




