La mujer al borde

Alessandra Ottazzi
Nicole Haaker

Fragmento

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Será cliché,

pero para mi mamá.

Y su mamá.

NICO

A mi nonno y a mi viejo,

que me criaron feminista.

A mi matriarcado,

que nunca dejó que callaran mi voz.

A las de siempre,

porque su amistad me ha salvado

más de una vez.

A todas las mujeres alborde,

donde y cuando sea que este libro

las encuentre.

ALE

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¡BIENVENIDO, QUERIDO HUMANO!

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He tenido muchos apodos en mi vida, pero ninguno tan útil y empoderado como Isadora Lange, seudónimo que mantuve en el mundo virtual.

Antes de iniciar este viaje, quiero agradecerte a ti, querido humano, por acompañarme en esta aventura.

Me llamo Alessandra, tengo 32 años y lo mío siempre fueron las pala-bras, ya sean cantadas, en rima, escritas o dando vueltas por mi cabeza. De niña siempre quise ser cantante, directora de cine o estar en cual-quier tipo de pantalla. Soy la menor de tres hermanas, por lo cual a mi papá siempre le dijeron “chancletero” (aunque yo nunca lo vi usar chan-cleta). Nací y crecí en Lima, y por más que mi relación con mi ciudad sea de amor-odio, vivir al lado del mar no me lo quita nadie. Mi curiosidad siempre me llevó a nuevos hallazgos, momentos incómodos y algunos grandes aprendizajes. Fue en 2014, cansada de la vida limeña, cuando cogí las maletas y me fui a vivir a Barcelona, sin pasaje de retorno. Y en esa ciudad de historias incontables es donde nació La Mujeralborde (porque siempre fui una chica Almodóvar) e Isadora Lange.

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cuya trágica muerte me fascinó desde que la conocí en mis épocas universitarias;

que sobra decir que es un mujerón (y por aquella época estaba obsesionada con American Horror Story).

Isadora,

por Isadora Duncan,

y Lange,

por Jessica Lange,

Isadora Lange nació para hacerme ver más interesante, más desenfa-dada, rebelde, alocada y honesta. Un personaje que hablaba en rima constantemente y siempre tenía un mandamiento para todo. Isadora también me permitió escudarme de las críticas o el escándalo que sig-nificaría decir lo que quería decir en una red social como Instagram. Y aunque el truco me duró un buen tiempo, el día que decidí revelar mi verdadera identidad, a nadie le importó.

Lo que te hace entender que

da igual el mensajero:

lo que importa es el mensaje.

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Esto me lleva a la pregunta que más me han hecho desde que empecé un blog de empoderamiento femenino un 14 de febrero de 2018:

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Si respondiera esta pregunta hace cinco años, sin dudarlo diría: de la lo-cura. ¿De qué más? Siempre me dijeron loca. Loca porque hacía las co-sas a mi manera, vestía como me gustaba, hablaba de temas de los que las mujeres no suelen hablar, y porque nunca tuve mucho filtro para decir lo que quería. Intensa porque todo ese paquete asusta, intimida y hace que las personas o te amen o te eviten. Y aunque aún conservo to-das estas características, con el tiempo me di cuenta de que los únicos que estaban locos eran aquellos que se conformaban con los cuentos que les habían contado acerca de la vida, pero, sobre todo, acerca de lo que significa ser mujer.

Al borde porque a nunca me gustaron las cosas definitivas o perfec-tas o para siempre, como lograr un objetivo para ya estar pensando en el siguiente. Vivir alborde de algo siempre me permitió cuestionar, in-vestigar, aprender e ir definiendo mi más auténtica versión que, como todo en la vida, siempre está en constante evolución.

Mi intensidad me llevó a ir detrás de todo lo que quería lograr, y así fue como me di cuenta de que podía ser una mujeralborde de la locura, pero también del bienestar, del empoderamiento, de la empatía, del fe-minismo, de la inteligencia, de la sororidad, del placer, de la indepen-dencia económica, emocional, y del amor más importante de todos: el amor propio. Y por intensa, necia e impulsiva, también caí a infinitas pis-cinas vacías que me derrumbaron y me dejaron hecha pedacitos. No si fue cuestión del destino, de ser cáncer ascendente leo y luna en aries (aunque siempre me olvido qué coño significa todo eso) o de mi simple locura, pero todas esas caídas significaron poder remoldearme y saber qué cosas no quería seguir cargando en mi mochila de “mujer perfecta”.

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Eso y el hecho de que siempre he sido una persona soñadora y opti-mista. Me gusta ver el mundo desde una gran posibilidad: la de ser li-bres, empáticos, independientes, auténticos y preparados para lograr lo que nos propongamos. Y si algo he aprendido es que todxs tenemos la oportunidad de enfrentarnos al mundo desde dos perspectivas: desde el amor y la gratitud por lo que tenemos o desde el sufrimiento y amar-gura por lo que no tenemos.

Isadora Lange me permitió hacer y comunicar lo que me saliera del coño y ponerle ovarios a la vida, así que fiel a su estilo solo me queda admitir:

¡Por san Judas,

las cosas que tengo para decir!

¿Por qué y para qué escribo este libro?

Desde que tengo uso de razón siempre me hice una pregunta que de-terminaría el resto de mi vida:

“¿Por qué?”

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Lo sé. Era de las niñas que siempre preguntaban:

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Algunas de esas preguntas las trataron de contestar mis familiares de la mejor forma posible; y las otras, como buena niña impaciente millenial que soy, las busqué a mi manera: en la internet. Y sí, que internet tiene mucha información falsa, pero me gusta coleccionar data. Soy de las personas que aman poder decir datos completamente aleatorios e inservibles en una reunión social, sea por propia diversión, por ganar un argumento o por el placer de poner incómodo al resto (intenten decir en una reunión familiar que el orgasmo del chancho dura hasta 30 minutos).

Siempre fui de preguntas complejas, de las que te hacen pensar o, como algunas personas rápidamente me hacían recalcar, densas. Pero si me daban a escoger entre bañarme en la espuma de alguna discoteca juvenil (sí, yo también tomé lo que sea que te sirvieran en esos baldes con miles de pajitas en Noctambul) y filosofar acerca de la vida con un grupo de personas de todos lados del planeta, mi decisión la tenía clara.

Con el tiempo he disfrutado el hecho de aprender algo nuevo. Sea en internet, en un libro, en un viaje, videos, pelis, amantes, a través de mis viejas y nuevas amistades o las mil y una experiencias que toda muje-ralborde puede ir acumulando en el camino. No soy una persona per-fecta ni sabia; de hecho, estoy sumamente lejos de ambos títulos, pero lo que me considero es una persona apasionada y perseverante.

Y dentro de esta perseverancia es que hace algunos años decidí res-ponder a una de las preguntas más complejas que me he hecho:

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¿Qué significa

ser mujer?

A partir de mis experiencias personales y de mi interminable búsqueda de respuestas es que nace este libro, el cual espero que disfrutes y que despierte en ti las ganas de curiosear, de experimentar, y de buscar, a tu manera, tu versión más auténtica.

Feliz lectura.

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¿POR QUÉ

TODO EL MUNDO

ME QUIERE VENDER

AMOR

PROPIO?

La eterna lucha con los estereotipos de belleza y nuestro cuerpo

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Creo que no existe una sola persona en este mundo que no pueda nombrar las cosas que quisiera cambiar de su cuerpo o de mismo. Es ese momento en que la ciencia y la “belleza” no llegan a encontrarse del todo: por un lado, tenemos una “máquina perfecta” hecha a nuestra medida; y, por otro, un “ideal estético” creado y evolucionado a lo largo del tiempo para venerar algunos cuerpos y rechazar otros. Un cuerpo que olvidamos constantemente que es humano y que, si lo crees como yo, es solo el envase que te tocó para transportar tu alma.

Espejito, espejito:

¿es que algún día me va a gustar lo que veo?

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Todos somos almas, energías y espíritus perfectos en cuerpos que, como humanos, son imperfectos porque se dañan, se enferman, en-vejecen y mueren. Y sin em-bargo el cuerpo, capitaneado por nuestra mente y nuestro entorno, siempre estará en un constante debate por pertenecer, por encajar y por olvidar lo que sentimos y somos por priorizar lo que tenemos que ser.

Desde que tengo uso de razón, cada vez que me veía al espejo podía, milimétricamente y cual espía de la CIA, detectar todas las imperfec-ciones de mi cuerpo. Las estrías, la celulitis, la barriga descolgada, las piernas gordas, la piel extra de las mil y un bajadas y subidas de peso que tuve durante mi vida. El rollito al lado de la axila, los pelos negros en las piernas herencia de mi padre, las caderas anchas que destinaron mi fracaso en usar jeans a la cadera durante mi adolescencia, mis brazos gordos de vieja, las manchas y cicatrices de mis torpezas, mi pelo ralito a causa de la alopecia y una lista interminable de cosas que quería eli-minar. De hecho, si yo hubiese tenido al genio de la lámpara le hubiese pedido solo un deseo: ser como las mujeres de las revistas y comerciales que, desde niña, me bombardearon con la idea -y luego la certeza- de que mi cuerpo siempre sería motivo de aceptación o rechazo.

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Pero seamos honestos. De estas cosas no te das cuenta hasta que tie-nes que pasar por la peor etapa de la humanidad: la adolescencia. De hecho, la palabra adolescencia implica una etapa de cambios. Cambios de todo tipo y primeras veces para todxs, lo cual la hace una experien-cia completamente normal: tu primera regla, la invasión de granos en tu cara, el crecimiento de las tetas, la salida de la barba, la aparición de las estrías y la celulitis, la calentura, los pelos por todos lados, los olores, la voz y el no sentirte del todo cómodx con tu cuerpo.

¿Sabías que el 90 % de las mujeres tiene celulitis y que todos en este planeta tenemos pelos, pero solo las mujeres tenemos que hacernos cargo de ellos? Así es, los pelos y la celulitis son cosas normales. Lo que no es normal es la constante comparación de nuestros cuerpos con el resto, con lo que la sociedad dice ser “digno” o con lo que la publici-dad te trata de vender. O, como en mi caso, con los comentarios de mi mamá que, como cualquier mujer de su época, se ocupó de que yo en-cajara en la cajita que me permitiría conseguir novio, empleo, marido y éxito; y eso incluía criticar constantemente mi cuerpo.

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“¿Te vas a comer eso?”

“Mete la barriga”

“Mejor un color más oscuro”

“Deja de comer con los ojos”

“¿Tengo que llevarte otra vez al doctor?”

“Lo hago porque te quiero”

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Mi adolescencia fue apoteósicamente dramática. Me la pasaba odiando y resintiendo mi cuerpo, te-niéndole terror a la balanza y pensando que por mi peso y mi cuerpo no podría ser feliz, nadie se iba a fijar o incluso enamorar de mí.

Yo siempre fui la gorda, la gordita, la rellenita del grupo o como diría mi abuela: “De contex-tura gruesa”. Mi madre, a quien adoro y admi-ro, me llevó por primera vez a un nutricionista a los ocho años, porque pensó que eso solucionaría mi vida. Yo no tenía verdadera noción de ser una niña gorda hasta que me enfrenté a mi primera balanza. A partir de ese momento, mi vida giró en torno a la restricción y, hasta el día de hoy, no puedo ni siquiera oler la gelatina.

Muchas veces, las personas más cercanas son las que hieren más con sus comentarios, sobre todo cuando lo dicen “por tu bien”. Con el tiempo llegas a entender que solo puedes saber qué te hace bien y cómo lograr

ese bienestar.

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En algún momento, a alguien se le ocurrió inventar que la talla ideal del cuerpo femenino era 90-60-90; una medida que lo único que hacía era hacernos sentir inconformes con nuestro cuerpo. Todas mis amigas se medían para saber quién alcanzaba esa belleza, pero a me daba vergüenza estar tan lejos de esas tallas. Nos la pasábamos recortando las fotos de las supermodelos para pegarlas en el refri y así evitar cual-quier tentación que nos alejara de los dichosos números, pero todo era inútil. Tratando de evitar la atención hacia mi cuerpo hice mil y un cosas: usaba tacones para verme más alta y delgada; me asfixia-ba con fajas, incluso en verano; me pintaba el pelo de mil colores; usaba ropa holgada; no comía en todo el día antes de una fiesta, evitaba todos los colores que no eran para “gordas” o sim-plemente evitaba toda salida..., porque ¿para qué?

Todo adolescente ha hecho o ha sufrido de bullying en su vida. Los rechazos y comentarios siempre iban por la misma línea; desde el “Cuidado que se sienta y se rompe”, seguido por el clásico grito de “Terremoto” cuando

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