Introducción
El más grande descubrimiento de mi generación es que un ser humano puede cambiar su vida si cambia su actitud.
William JAMES
Siempre que nos enfrentamos con malas noticias, personas difíciles o decepciones de cualquier tipo, la mayoría de nosotros reaccionamos según ciertos hábitos —en particular ante la adversidad— que no nos hacen muy buen servicio. Reaccionamos de manera exagerada, sacamos las cosas de su justa proporción, nos aferramos a las cosas con demasiada fuerza y nos centramos en los aspectos negativos de la vida. Cuando nos vemos inmovilizados por pequeñas cosas —cuando nos irritamos, nos ponemos de malhumor y nos molestamos con facilidad—, nuestras reacciones (exageradas) no sólo nos hacen sentir frustrados sino que, de hecho, se convierten en un obstáculo para conseguir lo que queremos. Perdemos de vista el cuadro general, nos centramos en lo negativo, y fastidiamos a otras personas que en caso contrario podrían ayudarnos. En pocas palabras, ¡vivimos nuestra existencia como si se tratara de un asunto de una enorme gravedad! A menudo corremos de un lado a otro con aspecto de estar muy ocupados, intentando solucionar problemas, pero en realidad muchas veces somos nosotros mismos quienes creamos esos problemas. Debido a que todo nos parece cuestión de vida o muerte, acabamos dedicando nuestra existencia a solventar un drama tras otro.
Pasado algún tiempo, comenzamos a creer que todo es de verdad una cuestión de vida o muerte. No nos damos cuenta de que la forma de relacionarnos con nuestros problemas tiene muchísimo que ver con la rapidez y eficacia de las soluciones que aplicamos. Como espero que descubrirás dentro de poco, cuando adquieras el hábito de reaccionar ante la vida de modo más tranquilo, los problemas que parecían «insuperables» comenzarán a parecer más fáciles de manejar. E incluso las cosas «grandes» que son realmente estresantes no te alterarán del modo que solían hacerlo.
Por fortuna, existe otra manera de relacionarse con la vida: una forma más suave, más serena, que hace que la existencia parezca más fácil, y más compatible la gente que hay en ella. Esta «otra manera» de vivir implica el reemplazo de los viejos hábitos de «reacción» por unos nuevos hábitos de perspectiva, hábitos que nos permitirán tener una existencia más rica, más satisfactoria.
Me gustaría compartir contigo una historia que me llegó al corazón y reforzó una importante lección: una historia que demuestra el mensaje esencial de este libro. Como verás, los acontecimientos de esta historia plantaron la semilla del título de la obra que estás a punto de leer.
Hace alrededor de un año, un editor extranjero contactó conmigo para pedirme que intentara conseguir una nota de presentación del doctor Wayne Dyer, autor de bestsellers, para una edición extranjera de mi libro You Can Feel Good Again. Le respondí que aunque el doctor Dyer me había proporcionado una nota de esa naturaleza para un libro anterior, no tenía ni idea de si aceptaría o no volver a hacerlo. De todos modos, les dije, lo intentaría.
Como suele ser el caso en el mundo editorial, envié mi solicitud pero no obtuve respuesta. Al pasar un cierto tiempo, llegué a la conclusión de que el doctor Dyer estaba muy ocupado o no deseaba escribir la nota solicitada. Respeté esta decisión y le hice saber al editor que no podríamos utilizar el nombre del doctor para promocionar el libro. Para mí, el caso estaba cerrado.
No obstante, unos seis meses más tarde recibí un ejemplar de la edición extranjera y, para mi sorpresa, ¡justo en la cubierta estaba la antigua nota de presentación que el doctor Dyer había escrito para el libro anterior! A pesar de mis instrucciones precisas en sentido contrario, el editor extranjero había usado el texto anterior y lo había trasladado al nuevo libro. Me sentí extremadamente alterado, y preocupado por la trascendencia de aquello, así como por las posibles consecuencias. Llamé a mi agente literario, quien de inmediato contactó con el editor y exigió que el libro fuese retirado de las librerías.
En el entretanto, decidí escribirle al doctor Dyer para pedirle disculpas, explicarle la situación y las medidas que se habían tomado para rectificar el problema. Después de pasar unas pocas semanas preguntándome cómo podría reaccionar, recibí por correo la siguiente respuesta: «Richard, hay dos reglas para vivir en armonía. 1) No sufras por pequeñeces, y 2) todo son pequeñeces. Deja la nota donde está. Saludos, Wayne».
¡Y eso fue todo! Nada de sermones, nada de amenazas. Nada de sentimientos enojosos y nada de enfrentamientos. A pesar de la falta de ética del uso que se había hecho de su famoso nombre, él respondió con elegancia y humildad; nada de alharacas. Su respuesta demostró la importancia del concepto de «ir a favor de la corriente» y aprender a reaccionar con tranquilidad ante la vida.
Durante más de una década he intentado enseñar a mis clientes a abordar la vida con esta actitud de mayor aceptación. Juntos, nos enfrentamos con toda clase de problemas: estrés, problemas de relación, problemas relacionados con el trabajo, adicciones y frustración en general.
En esta obra, compartiré contigo estrategias muy específicas —cosas que puedes comenzar a hacer hoy mismo— que te ayudarán a reaccionar con mayor serenidad ante la vida. Las estrategias acerca de las que vas a leer son aquellas que han demostrado ser las más eficaces para mis clientes y lectores a lo largo de los años. También representan la manera en que procuro abordar mi propia vida: la línea de menor resistencia. Son estrategias sencillas, aunque poderosas, y serán como una guía que te ayudará a ver las cosas con mayor perspectiva y a tener una vida más relajada. Descubrirás que muchas de estas estrategias no sólo serán aplicables a acontecimientos aislados, sino a muchos de los retos más difíciles de tu vida.
Cuando «no sufras por pequeñeces», tu vida no será perfecta, pero aprenderás a aceptar con mucha menos resistencia lo que la vida tiene para ofrecerte. Como nos enseña la filosofía zen, cuando aprendas a «dejar pasar» los problemas en lugar de resistirte con todas tus fuerzas, tu vida comenzará a fluir. Conseguirás, como sugiere la plegaria de la serenidad, «cambiar las cosas que puedes cambiar, aceptar las que no puedes, y tener sabiduría para ver la diferencia». Confío en que si pones a prueba estas estrategias, aprenderás las dos reglas de la armonía: n.° 1 no sufrir por pequeñeces, y n.° 2 todo son pequeñeces. A medida que incorpores estas ideas a tu vida, comenzarás a hacer de ti una persona más plácida y afectuosa.
1
No sufras por pequeñeces
A menudo nos dejamos alterar por cosas que, al examinarlas con mayor atención, no son realmente tan tremendas. Nos obsesionamos por problemas y preocupaciones pequeños y los sacamos de su justa proporción. Por ejemplo, puede que un desconocido nos cierre el paso en medio del tráfico. En lugar de olvidarnos del asunto y continuar con la jornada sin darle más importancia, nos convencemos de que nuestro enojo está justificado. Representamos un enfrentamiento imaginario dentro de nuestra cabeza. Muchos de nosotros tal vez le hablamos luego del incidente a otra persona, en lugar de dejar el tema.
¿Por qué no nos limitamos, en cambio, a dejar que el conductor sufra su accidente en alguna otra parte? Intenta sentir compasión por esa persona y recuerda lo doloroso que resulta vivir con unas prisas tan tremendas. De este modo, podemos conservar nuestra sensación de bienestar, y evitamos tomarnos de forma personal los problemas de otras personas.
Hay muchos ejemplos similares de «pequeñeces» que surgen cada día en nuestra vida. Tanto si hemos tenido que esperar en una cola, escuchar una crítica injusta, o hacer la parte pesada del trabajo, si aprendemos a no preocuparnos por las cosas pequeñas obtendremos enormes beneficios. Es muchísima la gente que pasa una gran parte de su existencia «sufriendo por pequeñeces» hasta el punto de perder por completo el contacto con la magia y la belleza de la vida. Cuando te comprometas a alcanzar esta meta, descubrirás que tienes muchísima más energía para ser más amable y más bondadoso.
2
Haz las paces con la imperfección
Aún no he conocido a un perfeccionista absoluto cuya vida esté colmada de paz interior. La necesidad de perfección y el deseo de paz interior están en conflicto. Siempre que nos empeñamos en tener una cosa de una cierta manera, mejor de lo que ya es o está, nos hallamos, casi por definición, trabados en una batalla perdida. En lugar de sentirnos contentos y agradecidos por lo que tenemos, nos empeñamos en ver el lado negativo de las cosas y en la necesidad de corregirlo. Cuando nos centramos en lo negativo, significa que estamos insatisfechos, descontentos.
Tanto si es algo relacionado con nosotros mismos —un armario desorganizado, un arañazo en el coche, un logro imperfecto, unos quilos que nos gustaría perder—, como con las «imperfecciones» de otra persona —el aspecto, la conducta de alguien o la vida que lleva—, el simple hecho de centrarnos en la imperfección nos aparta de nuestra meta de ser amables y bondadosos. Esta estrategia no tiene nada que ver con que dejes de hacer las cosas lo mejor que puedas. Lo que se pretende es que aprendas a no centrarte demasiado en las cosas negativas, que comprendas que, aunque las cosas siempre se pueden mejorar, eso no significa que no podamos disfrutar y apreciar lo que tenemos.
La solución reside en detenerte cuando caigas en el hábito de insistir en que las cosas deberían ser diferentes de como son. Con amabilidad, recuérdate que la vida está bien como es. En ausencia de tu juicio crítico, todo estará bien. Cuando comiences a eliminar tu necesidad de perfección en todas las áreas de la vida, empezarás a descubrir la perfección en la vida misma.
3
Abandona la idea de que las personas dulces y relajadas no pueden ser grandes triunfadoras
Una de las principales razones por las que muchos de nosotros estamos siempre en estado de tensión, miedo y competitividad, y pasamos por la existencia como si se tratara de una gigantesca emergencia, es nuestro temor a que si nos volviéramos más plácidos y afectuosos dejaríamos, repentinamente, de alcanzar nuestras metas. Nos volveríamos perezosos y apáticos.
Puedes aquietar este temor por el sistema de ver que, en realidad, es justo lo contrario. El miedo y la precipitación requieren una enorme cantidad de energía y agotan la creatividad y motivación de nuestras vidas. Cuando estás atemorizado o desquiciado estás frenando tu mayor potencial, por no decir tu placer. Cualquier éxito que tengas, lo logras a pesar del miedo, no debido a él.
Yo he tenido la gran fortuna de rodearme de algunas personas muy relajadas, plácidas y afectuosas. Algunas de esas personas son autores de bestsellers, progenitores cariñosos, asesores, expertos en computadoras y altos ejecutivos. Todos ellos se sienten realizados con lo que hacen, y son muy hábiles en su actividad profesional.
He aprendido la importante lección: cuando tienes lo que quieres (paz interior), te ves menos distraído por tus necesidades, deseos y preocupaciones. Y por tanto te resulta más fácil centrarte en tus objetivos, conseguir lo que quieres y tener algo que ofrecer a los demás.
4
Toma conciencia del efecto de bola de nieve de tus pensamientos
Una técnica muy eficaz para transformarte en alguien más plácido, es tomar conciencia de con qué rapidez pueden escapar a tu control los pensamientos negativos y de inseguridad. ¿Te has fijado alguna vez en lo tenso que te pones cuando te encuentras atrapado en tus pensamientos? Y, para rematarlo, cuanto más te concentras en los detalles de lo que te trastorna, peor te sientes. Un pensamiento lleva a otro, y a otro más hasta que, en un momento dado, se apodera de ti una agitación increíble.
Por ejemplo, puede que te despiertes en medio de la noche y recuerdes que tienes que hacer una llamada telefónica al día siguiente. A continuación, en lugar de experimentar alivio por haber recordado algo tan importante, empiezas a pensar en todo lo demás que tienes que hacer mañana. Comienzas a ensayar una probable conversación con tu jefe, y eso te trastorna todavía más. Muy pronto, piensas: «No puedo creer lo ocupado que estoy. Tengo que hacer cincuenta llamadas telefónicas por día. ¿Pero qué vida es ésta?». Y esto continúa y continúa hasta que sientes lástima de ti mismo. En muchos casos no existen límites temporales para la duración de este tipo de «ataque de pensamiento». De hecho, muchos de mis clientes me han dicho que pasan los días y las noches ocupados en esta clase de ensayo mental. Huelga decir que resulta imposible sentirse bien si se tiene la cabeza llena de preocupaciones y cosas molestas.
La solución es reparar en lo que está sucediendo dentro de tu cabeza antes de que los pensamientos tengan oportunidad de adquirir impulso alguno. Cuanto antes te sorprendas en el acto de formar tu bola de nieve mental, más fácil te resultará detener el proceso. En el ejemplo que hemos visto antes, puedes advertir que ese proceso mental se ha puesto en marcha cuando comienzas a repasar la lista de lo que tienes que hacer al día siguiente. Luego, en lugar de obsesionarte con las actividades del día que se avecina, te dices a ti mismo: «Vaya, ya estamos otra vez», y de forma consciente lo cortas de raíz. Detienes ese tren de pensamiento antes de que tenga oportunidad de ponerse en marcha. A continuación puedes concentrarte en lo agradecido que te sientes por recordar la llamada telefónica que tienes que hacer, en lugar de centrarte en lo abrumado que estás. Si te has despertado en mitad de la noche, anótalo en una hoja de papel y vuelve a dormirte. Puede que incluso te interese tener papel y bolígrafo junto a la cama para cuando surjan momentos como éste.
Y, aunque de verdad seas una persona muy ocupada, recuerda que llenándote la cabeza de pensamientos acerca de lo abrumado de trabajo que estás, sólo conseguirás sentirte todavía más estresado de lo que ya estás. Intenta realizar este pequeño ejercicio la próxima vez que comiences a obsesionarte con tu programa de actividades. Te asombrará lo eficaz que puede ser.
5
Desarrolla el sentido de la compasión
Nada nos ayudará más a aumentar nuestro sentido de la perspectiva, que el desarrollo de la compasión hacia los demás. La compasión es un sentimiento de amor. Implica la voluntad de meterse en la piel de otra persona, dejar de centrarse en uno mismo e imaginar los apuros que vive otro ser humano y, de modo simultáneo, sentir cariño por esa persona. Constituye el reconocimiento de que los problemas de los demás, sus sufrimientos y frustraciones, son en todo tan reales como los nuestros propios... y a menudo mucho peores. Al reconocer este hecho e intentar ofrecer ayuda, abrimos nuestros corazones y aumentamos enormemente nuestro sentido de la gratitud.
La compasión es algo que podemos desarrollar mediante la práctica. Implica dos cosas: voluntad y acción. La voluntad no significa otra cosa que acordarse de abrir el corazón a los demás; aprender a ver que hay otras cosas y personas que tienen importancia aparte de ti mismo. La acción es simplemente «lo que haces al respecto». Puedes donar un poco de dinero o de tiempo (o ambas cosas) de modo regular para una causa afín a tus sentimientos. O quizá puedes ofrecerles una hermosa sonrisa y un saludo auténtico a las personas que te encuentras por la calle. No es tan importante lo que hagas, lo que importa es que hagas algo. Como nos recuerda la madre Teresa, «no podemos hacer grandes cosas en esta tierra. Sólo podemos hacer cosas pequeñas con gran amor».
La compasión nos ayuda a desarrollar el sentido de la gratitud, ya que hace que apartemos la atención de todas las cosas pequeñas que la mayoría de nosotros hemos aprendido a tomarnos demasiado en serio. Cuando uno se para a reflexionar acerca del milagro de la vida —el milagro de que seas incluso capaz de leer este libro—, del don de la vista, del amor y de todo el resto, descubre que muchas de las cosas que considera «asuntos importantes», en realidad no son más que «pequeñeces» que transforma en asuntos importantes.
6
Recuerda que cuando mueras, tu «carpeta de cuestiones pendientes» no estará vacía
Muchos de nosotros vivimos nuestra existencia como si el propósito secreto fuese, de alguna manera, lograr acabarlo todo. Nos vamos a dormir tarde, nos levantamos temprano, evitamos divertirnos y hacemos esperar a nuestros seres queridos. Lo triste del caso es que yo he visto a muchas personas que dejan a sus seres amados en un segundo plano durante tanto tiempo, que esos seres amados pierden el interés en mantener la relación. Yo mismo solía hacer eso. A menudo nos convencemos de que nuestra obsesión por la lista de cosas «por hacer» es sólo transitoria, y de que una vez que hayamos cumplido con esa lista estaremos serenos, relajados y felices. Pero, en la realidad, raras veces sucede así. A medida que tachamos cosas, simplemente las reemplazamos por otras nuevas.
Por naturaleza, tu «carpeta de cuestiones pendientes» está destinada a contener las cosas que deben llevarse a cabo: su finalidad no es quedar vacía. Siempre habrá llamadas que hacer, proyectos que acabar y trabajo por rea
