Recuperar nuestro poder individual
Llega un momento en la vida de aquellos destinados a la grandeza en que debemos plantarnos ante el espejo de la importancia y preguntar: si se nos ha dotado del corazón valeroso de un león, ¿por qué vivimos como ratones?
Hemos de fijar la mirada en nuestros ojos cansados y examinar por qué desperdiciamos tanto tiempo dejándonos llevar por cualquier distracción que se presente, por qué nos acobardamos ante la idea de revelar al mundo nuestro verdadero yo, por qué rehuimos el conflicto y por qué nos conformamos con ser insignificantes. Debemos preguntar por qué participamos de un modo tan humilde en la frenética carrera de la sociedad, permitiéndonos entrar en laberintos de mediocridad y conformándonos con migajas cuando la naturaleza ha ofrecido libertad, poder y riqueza ilimitados a los valientes, los perseverantes, los creativos, los independientes; a cada uno de nosotros. Debemos preguntar si nuestros deseos de sentirnos seguros y aceptados por los demás, en realidad no nos convierten en meros esclavos de la opinión popular… y del tedio. Debemos preguntar: ¿cuándo estaremos preparados para ascender a otro nivel de existencia?
Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesario realizar dichas preguntas y anular las creencias y conductas que nos han limitado, asumiendo una vez más los poderes de nuestro yo que Dios y las leyes de la naturaleza nos han otorgado, el respeto y la decencia por la humanidad exigen que declaremos los motivos que nos impulsan a ejercer nuestra fortaleza y a apartarnos de aquellos que obstaculizan nuestra vitalidad, nuestro crecimiento y nuestra felicidad.
Debemos recuperar nuestro poder y nuestra libertad individuales.
Consideramos evidentes estas verdades: que todo hombre y toda mujer son creados iguales, aunque no vivamos la vida de igual manera debido a las diferencias en cuestión de voluntad, motivación, esfuerzo y costumbre. Que nuestro Creador nos dotó de ciertos derechos inalienables, entre los que se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, pero que nos corresponde a cada cual estar alerta y ser disciplinados si deseamos lograr una vida tan vital, libre y feliz. Creemos que el mayor poder del ser humano es la capacidad de pensar de manera independiente por nosotros mismos, de elegir nuestros propios objetivos, afectos y actos. Pues en el corazón de la humanidad habita el instinto natural de gozar de libertad e independencia, la predisposición psicológica de tener autonomía, el imperativo biológico hacia el crecimiento y la dicha espiritual al elegir y avanzar en nuestra propia vida. La principal motivación de la humanidad es ser libre, expresar nuestro verdadero yo y perseguir nuestros sueños sin limitaciones; experimentar lo que podríamos llamar libertad personal.
Para garantizar estos derechos y esta libertad personal, hombres y mujeres con conciencia no deben consentir que el miedo, los convencionalismos ni la voluntad de las masas los controlen. Debemos gobernar nuestras propias vidas, y cuando nuestros pensamientos y actos se vuelven destructivos, tenemos la responsabilidad de cambiarlos o suprimirlos y establecer nuevos hábitos como cimientos para una vida más libre y más feliz. Debemos ejercer nuestro poder, mejorando nuestra forma de pensar y de relacionarnos con el mundo.
Cuando una larga cadena de opresiones autoinfligidas y controles de la sociedad ha reducido nuestra fortaleza e independencia, tenemos el derecho y el deber de desechar esa vida, levantarnos de nuevo y atravesar las puertas de la grandeza libres de responsabilidades.
Hemos sufrido de forma paciente durante tiempo más que suficiente, abrigando la esperanza de que alguien o la suerte nos concediera más oportunidades y más felicidad algún día. Pero nada externo puede salvarnos y este fatídico momento se acerca cuando nos vemos atrapados en este nivel de vida o cuando elegimos ascender a un plano más elevado de conciencia y felicidad. En este mundo enfermo y turbulento hemos de hallar la paz en el interior y volvernos más independientes al crear la vida que merecemos.
Esta será una tarea complicada, ya que el historial de nuestros actos a menudo cuenta una historia de sufrimientos autoinfligidos e infelicidad, originados por nuestro ciego deseo de que personas que apenas conocen nuestro verdadero corazón y poder nos consideren dignos, aceptables y encantadores. Y por eso nos hemos reprimido; nos olvidamos de establecer con lucidez nuestras intenciones y valores y no expresamos nuestros deseos y sueños con demasiada frecuencia. El azar y la mediocridad a menudo prevalecían y los ruidosos y los necesitados dictaban quiénes éramos y qué debíamos hacer; nuestras vidas se convertían en objeto de la tiranía de los tontos. Si podemos ser lo bastante vulnerables y valientes como para reconocer semejantes tropiezos, podríamos ver el potencial que no materializamos; podríamos ver un resplandeciente camino nuevo.
Por lo tanto enderecemos nuestras vidas. Enfrentémonos al espejo y seamos francos. Da igual qué veamos, utilicemos estas verdades humanas y compromisos personales corrientes para reclamar nuestra libertad:
Con demasiada frecuencia nos perdemos en el abismo del desconocimiento. A menudo pasamos por alto la energía y las cosas buenas que nos rodean y la importancia del momento presente. Da la impresión de que prefiriésemos estar en otra parte haciendo otra cosa, como si estuviéramos viviendo en zonas horarias lejanas, con un adelanto o un retraso de horas con respecto al alegre tictac y de la dicha del ahora. Hemos olvidado que el enemigo natural de la vida no es la lejana muerte, sino una falta de interés actual e inmediata por vivir. Si deseamos ser libres y estar vivos con plena autoridad, hemos de decidir aplicar toda la fuerza de nuestra mente consciente a la experiencia presente. Hemos de elegir sentir de nuevo. Hemos de establecer metas en función de quiénes somos, para los roles que deseamos representar, para nuestra manera de relacionarnos con el mundo. Sin un vivo interés, no podemos conectar ni con los demás ni con nosotros mismos, ni podemos cumplir con las exigencias actuales con elegancia. Por eso, proclamamos: NOS ENFRENTAREMOS A LA VIDA CON PRESENCIA Y AUTORIDAD PLENAS.
Hemos cedido el control de nuestra vida cotidiana. En medio de las constantes distracciones, se ha esfumado nuestra disciplina a la hora de perseguir grandes ambiciones. El espacio en blanco de un día libre parece inconmensurable porque una falsa aunque imperiosa necesidad de responder a todas las necesidades de los demás nos ha hipnotizado. Frívolos intereses o falsas emergencias tiran de nosotros desde todos los ángulos, nos apartan del trabajo significativo y a menudo no estamos seguros de cómo compaginar nuestra vida con las necesidades de aquellos a quienes queremos. Con mucha frecuencia nos distanciamos de aquello por lo que más merece la pena luchar; nuestro trabajo rutinario nos ocupa todo el día, pero no es el trabajo de nuestra vida. La mayoría no siente un propósito de vida claro y estimulante; no ansían ese trabajo por la mañana ni orientan su presente a buscarlo. Una vida más dichosa, más llena de fuerza y más satisfactoria aguarda a quienes diseñan su vida de forma deliberada. Por eso, proclamamos: RECUPERAREMOS NUESTRO TIEMPO.
Algo dentro de nosotros sabotea nuestro deseo natural de libertad. Nos pide a gritos que paremos siempre que vamos más allá de lo que nos resulta cómodo; siempre que elegimos ser auténticos y afectuosos en un mundo aterrador; siempre que buscamos cambiar las cosas a costa de nuestra propia posición; siempre que deseamos algo magnífico que exigirá un gran esfuerzo. Nuestros demonios internos nos infectan de preocupación y temor siempre que cabe la posibilidad de que seamos vulnerables, impidiendo así nuestro crecimiento y vitalidad. Nuestro destino está determinado por lo bien que conocemos a nuestros demonios de la duda y la dilación, lo bien que nos defendemos de ellos y las batallas que les ganemos cada día de nuestras vidas. Si carecemos de autodominio somos esclavos del miedo. Con autodominio, la grandeza y la trascendencia son nuestras. Por eso, proclamamos: VENCEREMOS A NUESTROS DEMONIOS.
La mayoría no maduramos tan rápido como somos capaces de hacerlo. Estamos sumidos en una pausa constante; esperamos y esperamos para descubrir quiénes somos, para declarar nuestros sueños, para luchar por lo que queremos, para abrirnos por completo al amor y a la vida. Esperamos a que el coraje individual surja dentro de nosotros o a que la sociedad nos garantice un mal definido permiso para activar nuestro potencial. Hemos olvidado que el coraje es una opción y que ese permiso para avanzar con valentía no lo proporcionan las masas temerosas. La mayoría hemos olvidado que buscar el cambio siempre requiere de un toque de locura. Si actuar antes de que se den las condiciones perfectas o de que recibamos permiso es irracional o imprudente, entonces debemos ser irracionales e imprudentes. Debemos recordar que no somos la suma de nuestras intenciones, sino de nuestros actos. La iniciativa valiente y disciplinada es nuestro salvador; nos permite alzarnos, dar el salto, elevarnos a la cima de la verdadera grandeza. No debemos perder la importancia de este momento cuando nos suplica que empecemos algo grandioso y trascendental. Por eso, proclamamos: AVANZAREMOS CON PASO FIRME.
Estamos exhaustos. A nuestro alrededor vemos caras que parecen envejecidas, cansadas, serias. Oímos conversaciones que suenan cada vez más quedas y resignadas, como susurros de una familia cansada y que se desintegra. La energía emocional del mundo se está marchitando. Se ha desechado el bienestar en favor de la riqueza; se prefiere el éxito a la cordura. En el proceso, algunas personas se han vuelto indiferentes ante la vida y hacia los demás. ¿Dónde está el pulso intenso, eufórico y lleno de energía que cabría esperar de gente elegida y capaz? ¿Por qué no oímos más risas y más vida? ¿Dónde está la furia vibrante y desenfrenada del ser humano plenamente comprometido? ¿Dónde está la gente rebosante de carisma, felicidad y magnetismo? ¿Dónde está el aprecio por la chispa de la vida? Debemos examinar de nuevo nuestra actitud hacia la vida. Nuestro deber supremo debe ser reavivar la magia de la vida. Por eso, proclamamos: CULTIVAREMOS LA ALEGRÍA Y LA GRATITUD.
Cedemos con excesiva facilidad cuando la vida se vuelve difícil. La mayoría sacrifica la individualidad y la integridad sin luchar, aunque la arrogancia nos impide ver dicha verdad. Muchos nos creemos fuertes cuando un buen vistazo a nuestra vida revelaría una pauta de abandonos y retiradas demasiado rápidos, a menudo cuando nuestros seres queridos necesitaban que fuéramos fuertes o en el momento justo en que nuestros sueños estaban al alcance de nuestras manos. Por conveniencia o por la gran sonrisa de la popularidad, divagamos y renunciamos a aquello en lo que de verdad creemos. Pero aquellos que no dejan que la necesidad ni la desesperación pongan en peligro quienes son, poseen cierta nobleza. No debemos sucumbir al impulso de ser débiles o insensibles. En cambio debemos negarnos rotundamente a quebrarnos, eligiendo ese poderoso surgimiento del valor, ese inmenso compromiso con el amor, ese grandioso ascenso al reino del carácter que es congruente con nuestros más elevados valores. La libertad y la victoria pertenecen a aquellos que se mantienen fieles y firmes a pesar de la tentación. Por eso, proclamamos: NO VULNERAREMOS NUESTRA INTEGRIDAD.
No estamos transmitiendo ni recibiendo amor tal y como estábamos destinados a hacer por mandato divino; estamos filtrando el amor en vez de sintiéndolo. Caímos en la histeria predominante que decía «protege tu corazón» y comenzamos a creer que el amor en sí tenía enemigos y había que protegerlo. Cuando nos hacían daño, sentíamos que el amor estaba de algún modo debilitado o dañado. Pero el sufrimiento no tiene nada que ver con el amor y el amor es ajeno al sufrimiento y no se ve afectado por él. Era el ego lo que estaba herido, no el amor. El amor es divino; está en todas partes, es omnipresente, abundante y libre. Es una energía espiritual que, en este mismo instante, fluye a través del universo; a través de nosotros, a través de nuestros enemigos, a través de nuestras familias, a través de millones de almas. Nunca se ha ausentado de nuestras vidas. No está vinculado a nuestros corazones ni a nuestras relaciones y por eso no se puede poseer ni perder. Hemos permitido que nuestra percepción del amor disminuya; eso es todo. Al hacerlo, hemos provocado nuestro propio sufrimiento. Debemos madurar y comprender que liberar nuestra mente de viejos sufrimientos y abrirla una vez más al amor nos dará acceso a la fuerza divina. Estar abierto al mundo a nivel emocional y entregar nuestro corazón sin temor a sufrir ni exigir reciprocidad es el mayor acto de valor humano. Por eso, proclamamos: FOMENTAREMOS EL AMOR.
Una generación tras otra continúa fallando a la hora de mantener los ideales y virtudes de la humanidad. El grave zumbido de la mediocridad y el atroz tono del narcisismo han sustituido a lo que en otro tiempo fue la sociedad cantando al unísono a la virtud, al progreso y al altruismo. Nuestras aptitudes y nuestro propósito colectivo no están dedicados por completo al control personal y a la colaboración social, sino que derrochan voyeurismo y sensacionalismo básico. No tenemos por costumbre destacar un error ni esperamos que nosotros mismos u otros actúen con integridad, brillantez o amor por norma general. Ha habido una falta mundial de liderazgo, que ha generado una población patética, pobreza injustificable, codicia desmedida y un planeta saqueado y atrapado por la guerra. Muchas personas temen exigir más; temen atreverse, como han hecho los grandes líderes del pasado, a incitar con valientes retos a quienes carecen de rumbo a que se levanten y colaboren.
