Un tiempo oscuro
Eran tiempos convulsos, de mucho dolor y poca esperanza. Los más pesimistas aseguraban que se trataba del preámbulo del fin del mundo. Y para completar ese marco desalentador, los prejuicios eran dogmas y dominaban las mentes para justificar tanto las miserias como los atropellos. Se vivía vertiginosamente y se moría de la misma forma. La vida era muy corta y la muerte sobrevenía sin aviso previo, en cualquier instante, en cualquier lugar. Eran tiempos de aquella despiadada costumbre conocida como «guerra». Esta, al asomarse, parece presagiar aquello que el apóstol describió en el Apocalipsis, tornando la zozobra, el horror, la calamidad en una macabra rutina.
Los alucinados aseguraban que las Sagradas Escrituras vaticinaban esta hecatombe y la atribuían a Dios, quien, en su infinita sabiduría, mostraba a los perdidos, a los extraviados, la antesala de las tinieblas para que se redimieran y salvaran sus almas, ya que sus cuerpos y sus mentes habían sido irremediablemente corrompidos. Desde la creación del Universo, decían, el Altísimo había establecido que vendría alguien, antes del final de los tiempos, para someter a quienes hubieran sucumbido al pecado. Así, en esos momentos convulsos, se multiplicaron quienes reclamaron ser aquel elegido, aquel predestinado para cumplir una misión superior, apelando a los miedos más comunes de las almas humanas con discursos plagados de odio, sectarios, racistas, homofóbicos.
Una mayoría silenciosa permitía resignadamente que esos pretendidos iluminados asumieran su supuesta tarea salvadora, sin desconfiar que luego todos pagarían el alto precio del oprobio, el dolor, la destrucción, la muerte. No pocos se refugiaban en la indiferencia, aquel recóndito espacio que asegura no tomar riesgo alguno y permite fingir que no se ve, que no se oye, que no se siente, que nada altera el trajín de los días, que cada amanecer es igual al anterior y también al siguiente, y que el futuro será un presente inalterable, que el pasado se transformará en una sucesión de efímeros recuerdos; aquella distancia que, bajo su revestimiento de indolencia, se sitúa, sin embargo, peligrosamente cerca de la complicidad. Pensaron que no era más que un tránsito: ¿finalmente, el Paraíso no debería venir después del Purgatorio?, ¿acaso las Sagradas Escrituras no revelaban ese destino del ser humano, dispuesto por Dios en el momento mismo en que lo expulsó del Paraíso?, ¿no es preciso redimirse para alcanzar la salvación? Por eso, Dios, en su sacrosanta sabiduría, había creado dos mundos paralelos que las personas debían descubrir y diferenciar a lo largo de este peregrinaje llamado «vida». Solo algunos privilegiados pueden identificar ambos mundos rápidamente y escoger el camino correcto, trazado por el Salvador del mundo. El resto, la mayoría, lo logrará tarde, cuando concluya su recorrido.
Esos mundos son opuestos, aunque se atraen. Constituyen una dualidad que representa el eterno conflicto entre lo bueno y lo malo, la luz y las tinieblas, lo evidente y lo incierto, el cielo y el infierno.
El primero es el mundo de los ojos abiertos, donde todo es nítido, claro, diáfano; donde los preceptos trazados impiden que las personas se aparten del camino correcto y sean presas fáciles del demonio. Allí, todo ha sido escrito según los mandatos divinos, no hay nada que se pueda pretender, y por tanto desear, puesto que todo lo que el Creador ha prohibido se llama «pecado», y este, como bien se sabe, es el camino certero al Infierno.
El segundo es el mundo de los ojos cerrados, es decir, de todo aquello que no se ve pero se sueña, se presiente, se ansía, se desea: la fantasía, la ilusión, la imaginación, la intuición, la sensación; todo lo que, sin estar, existe. Como se trata de todo lo que no se posee, se trata apenas de deseos; y el deseo recibe también el nombre de «pecado». Lo dicen así los libros sagrados, forjados en tiempos remotos por apóstoles y profetas, que interpretaron los designios divinos para que nunca olvidemos nuestro origen, nuestra sumisión al Altísimo, nuestra mortalidad.
Aquellos eran, pues, tiempos convulsos, en los que la vida se podía disipar tan rápidamente como la espuma que forman las olas al reventar contra los acantilados. Pero también eran tiempos en que se hacía historia y se definía el destino de la humanidad. Lo sabían los ancianos, que llevaban aún en sus retinas las penurias y tristezas de la Gran Guerra, y quizá por eso lamentaban más que otros esa nueva tragedia, que finalmente superaría a la anterior, por su mayor secuela de dolor.
Los crédulos querían confiar en que la muerte no es simplemente la luz que se apaga al final de nuestros días, sino el instante precursor de un nuevo comienzo, de la trascendencia, de una vida luminosa, de la eternidad. Los escépticos, por el contrario, pensaban que se trataba del preámbulo que transformaría el todo en nada, después de nuestro paso por el mundo, y que había que vivir intensamente, puesto que el fin sobrevendría prematuramente, en momento incierto: ¿y si se aguarda la felicidad para mañana pero ese mañana no existe?, ¿y si el mañana es apenas una ilusión creada por algún lunático?, ¿y si la vida es realmente tan singular que nunca se repite?, ¿y si a cada paso que damos nunca podremos volver atrás?, ¿y si el infortunio se cruza repentinamente y acaba con nosotros?
Las frecuentes guerras habían borrado todo vestigio de romanticismo, todo intento por construir la vida de manera distinta. La vida se había convertido en una hemorragia inacabable que arrasaba con hombres, mujeres y niños, con pueblos enteros, en nombre de la nación y de la patria. Eran tiempos en los que casi nadie confiaba en el amor; era una quimera, un lastre; podía romper el orden natural de la sociedad, el destino asignado a la gente; pertenecía, sin duda, al mundo de los ojos cerrados, al de los deseos, y no hay nada que acerque más al Infierno que querer lo que no se tiene y no se puede tener. El amor era un obstáculo, una maldición de la que debía huirse de inmediato, como si de una plaga se tratara, en caso de encontrarlo en este corto camino que es la vida. Amar solo traía amargura o equivalía a una cadena que hacía más lentos los pasos o que podía hundir en el mar de la desgracia de manera irremediable. El amor debía ser tan efímero como el tiempo que toma subir cada peldaño hasta alcanzar lo alto de la escalera, el lugar donde acaban nuestros días.
Así, los padres enseñaban a sus hijas a no ilusionarse ni creer en galanteos o promesas sentimentales. Aprendían desde pequeñas que no había que perder el tiempo con suspiros por flores o cartas, con idilios de novela, porque todo eso se convertiría luego en angustia, desventura y desilusión. El secreto más preciado de una vida tranquila y alejada de calamidades era la obediencia serena y la estrategia pausada para conquistar al hombre que las cobijaría. Las mujeres debían ser bondadosas, dóciles y cumplidas, como establecen los preceptos, para poder alcanzar el Paraíso, donde las desventuras llegarían a su fin, y la felicidad y la paz serán eternas e inconmensurables. Los varones, por su parte, aprendían desde pequeños a respetar únicamente a sus madres, a sus hermanas y a algunas pocas mujeres más, alguna de ellas destinada a convertirse en su esposa y madre de sus futuros descendientes, quienes garantizarían una buena comida, una cama limpia y un cuidado adecuado en la enfermedad. Las demás estaban hechas para satisfacer sus ansias. De ese modo había quedado establecido desde que el mundo era mundo, es decir, el de la realidad visible, aunque descarnada y lacerante, el mundo de los ojos bien abiertos. Como siempre, para los hombres con fortuna poco estaba prohibido, pues quien posee riqueza lo posee todo. Sabido es que quienes no tienen riqueza aspiran apenas a un trabajo seguro, un estómago lleno y un lugar para descansar el cuerpo tras una agotadora jornada.
Y como los profetas habían advertido en tiempos inmemoriales, incumplir los designios divinos exponía a verdaderas calamidades, a vidas torturadas, a muertes dolorosas, al escarnio general, a no encontrar nunca la paz del espíritu, a acabar en el ostracismo.
Una niña distinta
A Elvira Josefina Concepción de la Fuente Martínez le habían inculcado todas esas reglas y esas ideas sin ninguna excepción. Como a todas las mujeres de su época, le enseñaron que la vida es breve y que si el amor se presenta, es imperioso escapar, y rápido, para buscar, en cambio, la seguridad de un hombre que proteja, y que eso debía ser así aun a costa de sus sentimientos, aun a pesar de sí misma. Pero tan extensas como su nombre eran sus ansias de volar, de cruzar los límites. Era bonita, desobediente y curiosa. Y estaba dispuesta a conocer lo que había en ese otro mundo, el de los ojos cerrados, aunque el recorrido pudiese llevarla por senderos remotos.
Desde pequeña cuestionó quién hacía las leyes, por qué había que obedecerlas, por qué era preciso navegar siguiendo siempre la corriente. ¿Y si esa corriente fuera una ilusión que distorsiona las pupilas para hacernos ver todo de una sola manera? ¿Y si esa corriente fuera, en realidad, apenas un surco que nos escamotea la verdadera dimensión del mundo? ¿Quién dijo, además, que la mujer había sido hecha solo para procrear y que a ella le estaba negado cualquier atisbo de lo que llamamos «lascivia»? ¿Por qué asumir sumisamente ese rol y considerar los noviazgos como verdaderos trueques para padecer menos en el futuro? ¿Quién señaló que el destino femenino estaba hecho de muchos hijos, poco afecto y abundante resignación? ¿Quién les había dado a los hombres el poder para decidir la suerte de las mujeres?
Todas sus inquietudes y cuestionamientos acerca de la vida quedaron plasmados en su diario personal, un documento del que no se despegó nunca y que mantuvo consigo hasta el final. Dicho documento, sin duda excepcional, nos permite descubrir hoy sus secretos más íntimos y las ideas revolucionarias que, desde muy pequeña, la perfilaron como una persona dispuesta a exigir más y más de la vida, incapaz de resignarse ante la mediocridad, decidida a no aceptar pasmadamente un destino.
Pese a esas tempranas disquisiciones, nunca dejó de considerar su infancia como una etapa extremadamente feliz, y siempre reservó palabras de ternura para su ama española y su institutriz inglesa. En aquella época, las niñas de la alta sociedad contaban con empleadas que las cuidaban o les impartían sus primeras letras antes de asistir al colegio, donde completarían sus estudios primarios y secundarios. Con esas mujeres, excelentes preceptoras, Elvira no solo estuvo amorosamente cuidada, sino que aprendió a hablar y a escribir fluidamente en español y en inglés, aparte del francés en el que se desenvolvía cotidianamente, pues vivía en París.
No obstante, siempre tuvo una buena y estrecha relación con su madre, Dolores Martínez, conocida por todos como Lola, una mujer hermosa y elegante, seductora por los modos aterciopelados con que se dirigía a las personas. Esto no hace menos cierto el hecho de que su madre, al igual que padre, sintiera escaso interés por la vida doméstica, y quizás ello contribuyó a hacer de Elvira una niña extremadamente caprichosa, rebelde y voluntariosa, una actitud típica de los pequeños que, sintiéndose ignorados, buscan atraer atención a cualquier costo.
Su ama, la gallega Ramona Arias Menéndez, había sido también niñera de la madre de Elvira, en las ciudades de Tampa y Nueva York, en los Estados Unidos; y luego, la regordeta mujer se convertiría también en fiel escudera de su hermana Dolores.
«Dicotín, dicotán, de la harina sale el pan, y del huevo, la gallina. ¿Cuántos dedos tengo encima? Si dijeras uno menos, no tendrías tantas penas como tienes que llevar», le cantaba Ramona a Elvira, hasta que la pequeña se quedaba dormida. Y junto con esas rimas, la buena ama la cobijaba con cuentos que transportaban su imaginación hacia lugares y tiempos fascinantes, donde parecían suceder eventos únicos y extraños, tan sorprendentes que habitualmente la hacían soñar con una vida distinta.
Además del estímulo de ama e institutriz, Elvira y Dolores recibieron el de sus padres, que les inculcaron el valor del estudio en una época en que la educación en Francia ya era, gracias a una ley sobre separación entre Iglesia y Estado sancionada en 1905, pública, laica y obligatoria, aunque solo hasta los doce años. Las hermanas asistían, sin embargo, a un colegio regentado por monjas, pues muchas congregaciones católicas continuaron participando en la educación, aunque atendiendo las disposiciones nacionales que prohibieron hablar de religión o de política en las escuelas. Su padre, Edmundo de la Fuente de las Casas, también les transmitió su amor por la música, y para las niñas no era extraño ver su residencia transformada en escenario frecuente de recitales a cargo de artistas amigos. Al mismo tiempo, debían ir a misa todos los domingos, rezar antes de cada comida y pedir la bendición para salir de casa.
Separadas apenas por un año de edad, ambas niñas crecieron protegidas por las criadas, que las acompañaban a la escuela y a cualquier otra actividad hasta bien entradas en la juventud. No era que París fuese en ese momento una ciudad particularmente peligrosa, pero los padres de Elvira y Dolores temían por la seguridad de sus hijas, pues las primeras páginas de los diarios solían estar dominadas por noticias de crímenes violentos. En efecto, por esa época, la prensa francesa parecía estar concentrada más en temas policiales que en los verdaderos peligros que acechaban al país y que quedarían expuestos inmediatamente después. En el mundo de los ojos bien cerrados, esa ceguera no era extraña. Algo similar había ocurrido apenas un par de décadas antes, cuando, a fines de julio de 1914, en momentos en que todo presagiaba la Gran Guerra, los diarios franceses ni siquiera sugerían la amenaza de un conflicto y, en cambio, enfilaban sus baterías hacia los entretelones del asesinato de Gaston Calmette, director del diario Le Figaro, baleado por Henriette Caillaux, la esposa del entonces ministro de Finanzas Joseph Caillaux, tras descubrir unas cartas con sórdido contenido sobre sus amoríos extramaritales.
Por su figura y su gran inteligencia, en la escuela, Elvira fue una alumna destacada, a pesar de que su carácter ríspido la puso en serios aprietos repetidas veces. Desenfadada, vanidosa y por momentos incontrolable, nunca dejaba pasar un insulto ni la oportunidad de cuestionar las normas aplicadas en la escuela, que sentía rígidas. Su singular personalidad se moldeaba poco a poco, a contracorriente de sus preceptores y maestros, pero, a larga, su fortaleza resultaría crucial para enfrentar los acontecimientos que sobrevendrían tiempo después.
Desde sus primeros años se mostró como una niña coqueta, al punto que podía negarse a salir a la calle si no lucía como deseaba, si no se encontraba adecuadamente vestida. Exigía estar bien peinada, con ropa de moda y zapatos pulcros. Por supuesto, sus deseos eran atendidos, y en esa medida, sin duda su niñez y su adolescencia fueron lo que una mujer de cualquier época o lugar consideraría un auténtico cuento de hadas.
Lo cierto es que Elvira siempre fue distinta de las demás, al punto que, considerándolo a la distancia, puede parecer que hubiera nacido en un tiempo diferente al suyo. Nunca fue ni quiso ser como las otras niñas, todas las cuales cumplían sin murmuraciones ni cuestionamientos las normas de la escuela.
Reacia a aceptar cualquier enseñanza sin titubeos, con el tiempo adquirió un gran conocimiento sobre la amplia gama de sanciones que solían imponer las religiosas para apaciguar los ímpetus de las estudiantes rebeldes. Cada vez que Elvira hacía una pregunta controvertida en las clases, ya sabía que le tocaba rezar un rosario más; cada vez que se negaba a comulgar, era el turno de una nueva penitencia. Para ella no había clase ni estudio donde le enseñasen a ser ella misma.
Doña Lola debía acudir con regularidad a escuchar las quejas de las monjas y maestras por las constantes travesuras e insubordinaciones de su inquieta hija. Cuando la falta revestía cierta gravedad, debía ir acompañada incluso por su esposo, don Edmundo, obligado a abandonar sus labores como segundo secretario de la embajada peruana en la capital francesa para recibir un largo sermón de la rígida directora o de alguna indignada maestra.
Elvira siempre dudó de las verdades absolutas y huía inexorablemente del aburrimiento, de los incómodos e hipócritas silencios que la sociedad de entonces imponía, como si de una maldición se tratara. Quería saberlo todo, con una curiosidad inusual para su edad, con la que no era raro que pusiera en grandes aprietos a sus padres, no solo en la escuela, sino también en las almidonadas reuniones diplomáticas que se realizaban en casa o a las que la familia estaba obligada a asistir. No fueron, en efecto, pocas las veces que sus padres pasaron por momentos embarazosos ante las preguntas que Elvira formulaba frente a políticos, embajadores, empresarios y artistas que llegaban a su lujosa mansión situada en la avenue Foch, una exclusiva vía parisina. La residencia estaba bordeada por jardines y exquisitamente decorada de modo que fuera testimonio de la alcurnia de la familia que la habitaba, con nobles y profundas raíces en el Perú, los Estados Unidos, Cuba y España.
Las amigas de su madre le parecían extremadamente frívolas, con sus horas pasadas frente a espejos, acechando la aparición de líneas y arrugas, maquillándose espesamente y recibiendo masajes para intentar prolongar una juventud seguramente ida; con sus largos momentos transcurridos fuera de sus casas, en los cuales algunas se dedicaban a buscar aventuras extraconyugales que reanimaran sus aburridas vidas. Las encontraba envanecidas con las apariencias, y contemplando con horror cómo se marchitaban irremediablemente sus facciones.
Cuando cumplió quince años, durante una cena en su casa a la cual había sido invitado, Elvira no tuvo reparos en incomodar, delante de varias personas, a Joseph Caillaux, para entonces exministro, cuya segunda esposa, que antes había sido su secretaria y luego su amante, disparara, como ya se comentó, contra el director del periódico francés más importante. Con total naturalidad le preguntó si era verdad que llegó a comprarle una lujosa casa frente a la suya para visitarla sin necesidad de realizar un mayor recorrido, como había salido en la prensa.
Sus abochornados padres tuvieron que pedir disculpas al demudado político, y ordenaron a su hija que hiciera lo mismo. Ante su negativa, le exigieron que se retirara a su habitación en medio de las miradas incómodas de toda la concurrencia.
La mansión de la familia De la Fuente Martínez era un palacete de estilo neoclásico, diseñado por el famoso arquitecto francés René Sergent. En su interior había gobelinos franceses, alfombras persas, lámparas venecianas, esculturas y enchapados de mármol de Carrara, muebles de exóticas maderas africanas y cuadros de algunos de los pintores más reconocidos de la época. Una legión de criados formaba la servidumbre, dándole el toque de distinción a la forma de vida que todo diplomático de alta categoría debía ostentar en aquella época.
Salvo el carácter díscolo de Elvira, todo en la residencia parecía de ensueño. Pero la felicidad comenzó a diluirse con el paso de los años, por el resquebrajamiento de la salud de Dolores, la otra hija del matrimonio De la Fuente Martínez. Lolita, como la llamaban, padeció, desde que llegó al mundo, sucesivas y múltiples enfermedades. Al parecer, eso moldeó su carácter, tornándolo retraído, y la relegó, voluntaria o forzosamente, a su dormitorio casi todo el tiempo. Mientras Elvira era sociable, amiguera y conversadora, Lolita permanecía callada, triste, melancólica y ensimismada. Como fuere, ambas hermanas se querían mucho, y a ninguna le faltó nada, ni siquiera cuando la Gran Guerra castigó Europa y la mayoría sufrió desolación, hambre y desesperanza. Los dramas de las hermanas, en cambio, eran breves, y se reducían a no encontrar en su platillo predilecto el ingrediente que les gustaba, a la hora de cenar en el gran comedor de la residencia.
Los registros británicos consignan que Elvira nació en Lima el 22 de abril de 1912, pero no existe una partida de nacimiento que así lo confirme en el Archivo General de la Nación, la Municipalidad de Lima o el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil. Sucede que, en ese entonces, no era obligatorio tal trámite.
Sin embargo, los registros franceses indican datos distintos: que nació el 9 de junio de 1911, en la mansión de su familia en la avenue Foch, en el Distrito XVI de París.
Lo que sí es indudable es que Elvira pasó gran parte de su infancia y adolescencia en la capital de Francia, debido a que su padre fue destacado en la misión diplomática de la embajada del Perú en ese país tras haber servido, previamente, en la legación nacional en Bogotá, Colombia. También existe certeza sobre que fue bautizada al cumplir los dos años en la capilla de la iglesia de Saint Pierre de Chaillot, en el mismo distrito parisino donde residía y en el cual también se situaba la embajada peruana. Esa iglesia fue la misma donde se unieron en matrimonio sus padres, en una ceremonia religiosa que constituyó un importante acontecimiento social y que mereció, como tal, amplia cobertura de la prensa francesa, por la presencia de miembros de la realeza europea entre los invitados. Finalmente los novios eran dos jóvenes guapos y herederos de grandes fortunas tanto en el Perú como en Estados Unidos.
La infancia y adolescencia de Elvira transcurrieron en medio de una ebullición contradictoria. Si bien las diferencias sociales eran grandes, las brechas se difuminaban con el cosmopolitismo de la bohemia francesa. París continuaba siendo el epicentro de los sueños, la capital de la vanguardia europea, de la cultura occidental toda, con artistas e intelectuales que desafiaban al mundo en ese preámbulo de la guerra que resultaría ser la más dolorosa, terrible y sangrienta.
Además de su carácter fuerte, Elvira poseía una belleza generosa que incluía ojos café claro, larga cabellera pelirroja y curvilínea figura, y no pasaba inadvertida por las calles de la Ciudad Luz. En sus primeros años, París era un espacio artificial que desafiaba las supuestas verdades consagradas en el resto del mundo. En los «Años Locos», el esplendor, con su dosis de velocidad y euforia, marcaba la moda, los sueños, las esperanzas de toda una generación. Eran tiempos en que la ciudad y el mundo crecían a toda prisa, transformando para siempre las mentes y las formas de vida en Europa. La angustia pasada durante la Gran Guerra cedía paso al vértigo, ¿porque quién invoca lo infausto cuando se disfruta intensamente la vida y se goza de fortuna? Aquella euforia, sin embargo, habría de acabarse, para ceder el paso a los tiempos oscuros. Pero antes, un hecho fundamental para entender a Elvira: al concluir sus estudios secundarios, con el evidente beneplácito de su familia, siguió el camino de su padre e ingresó a la prestigiosa École Normale Supérieure de Jeunes Filles, ubicada en la rue de Ulm, donde obtuvo, con honores, un diploma en Ciencias Políticas.
Una gran familia
El ingreso de Elvira a la universidad no aplacó la relación con su padre, cada vez más tensa. Don Edmundo, limeño, era descendiente de un linaje que alcanzaba a los primeros conquistadores españoles que llegaron al Perú. Sus padres fueron don Ramón de la Fuente Errea y doña Josefina de las Casas Arauzo del Arroyo, a quienes la indomable muchacha de vida parisina poco conoció.
Don Ramón de la Fuente pertenecía a la élite arequipeña, a una clase ligada a las haciendas, al comercio, y también a la cultura y al arte. Era un hombre severo, curtido por una tradicional formación católica y por las vicisitudes empresariales, que profesaba profundo amor a su familia.
Pese a las raíces arequipeñas de la familia, don Edmundo nació y pasó sus primeros años en Lima, una ciudad extremadamente conservadora, recatada y religiosa. Vivió inicialmente en una casona del Centro de la capital, pero luego se mudó al balneario de Miraflores, donde los De la Fuente poseían una residencia de numerosas y amplias habitaciones, ornamentada con cristales, tapices y obras de arte, un verdadero lujo.
Al igual que Elvira, su padre destacó desde pequeño por su extraordinaria inteligencia y sus dotes para la oratoria, al cursar sus primeros estudios, en Lima. A los veinte años viajó a París para estudiar Derecho y Humanidades, y tiempo después se graduó, con notas sobresaliente, como doctor en Jurisprudencia por la Universidad de La Sorbona. Fue uno de los mejores alumnos de su promoción, lo que le permitió incorporarse al servicio diplomático peruano sin ninguna dificultad. De trazarse las rutas de los viajes que indica su foja de servicios en el Ministerio de Relaciones Exteriores, resultaría un mapamundi que despertaría la admiración de cualquier diplomático. Esa foja muestra, además, que el gobierno peruano reconocía en él a un brillante y diligente profesional, puesto que lo envío a algunas de las misiones nacionales más importantes de esa época.
Así, Colombia fue su destino inicial, entre 1909 y 1910. Era un momento de fricciones limítrofes y por eso, un año después de su partida, a mediados de 1911, fue llamado nuevamente a ese país para resolver los enfrentamientos entre tropas colombianas y peruanas en el punto llamado La Pedrera, situado sobre la orilla izquierda del río Caquetá, afluente del Amazonas. La suerte no favoreció a Colombia, dada la superioridad numérica de los peruanos que, al mando del entonces teniente coronel Óscar R. Benavides, obligaron a sus contrincantes a emprender la retirada. Esta situación, que no pasó a mayores, dio lugar, sin embargo, a la difusión de una idea entre los peruanos de todos los niveles: que Colombia debía ser desalojada de la Amazonía y que había que extender la frontera peruana hasta territorios que, por uso y en virtud de los títulos coloniales, siempre habían pertenecido al país vecino y estaban reconocidos como parte de su territorio.
Con su gran actuación en Colombia, don Edmundo inició una vertiginosa carrera diplomática a lo largo de la cual fue destacado en Francia, Gran Bretaña, Suiza y España. Participó, además, como representante peruano en la formación de la Sociedad de las Naciones, el antecedente de la Organización de las Naciones Unidas, y en la fundación de la Cruz Roja Internacional en Ginebra, Suiza.
Los documentos existentes en el Ministerio de Relaciones Exteriores solo consignan elogios en torno de don Edmundo, lo que prueba su gran talento y su esforzada defensa de los intereses peruanos en diferentes escenarios, donde, en algunos casos, su propia vida estuvo en riesgo.
En una de sus estadías en la capital francesa, don Edmundo asistió a una recepción que ofrecía el embajador de los Estados Unidos con motivo de la independencia de su país, y en esa ocasión conoció a Dolores Martínez Ybor D’Agramonte. Fue amor a primera vista.
Doña Dolores, o Lola, era una mujer hermosa, elegante y risueña, y recelaba de los desconocidos que se le acercaban galantes. Al igual que toda mujer de su tiempo, había sido educada para desconfiar del amor, pues consideraba que los hombres buscaban encantar a las mujeres solo para satisfacer su lujuria. De modo que, esa primera vez, aunque Don Edmundo intentó por todos los medi
