Índice
Isabel la Católica
Mapas
Árbol genealógico de Isabel la Católica
Introducción. La primera gran reina de Europa
1. No existe hombre que tan gran poderío tuviese
2. El Impotente
3. La hija de la reina
4. Dos reyes, dos hermanos
5. Toros
6. La elección de Fernando
7. El matrimonio con Fernando
8. Princesa rebelde
9. Los Borgia
10. Reina
11. ¡Y rey!
12. Nubarrones de guerra
13. Atacada
14. «Aunque muger flaca»
15. El momento decisivo
16. El sometimiento de los grandes
17. Justicia expeditiva
18. Adiós, Beltraneja
19. La Inquisición: populismo y pureza
20. La cruzada
21. «Lo asolaron ciudad por ciudad»
22. «¡Dios salve al rey Boabdil!»
23. Los Tudor
24. La toma de Granada
25. Traspaso de poderes
26. La expulsión de los judíos
27. El valle de lágrimas
28. La carrera hacia Asia
29. Mujeres alegres
30. Una noche infernal
31. Un mundo nuevo
32. Indios, loros y hamacas
33. El reparto del mundo
34. Un continente nuevo
35. Las bodas de los Borgia
36. Todos los tronos de Europa
37. «Aunque clérigos… somos carnales»
38. La flota de Juana
39. «Dos veces casada, murió doncella»
40. «El tercer cuchillo de dolor»
41. El sucio Tíber
42. «Los alemanes los llamamos ratas»
43. ¿El fin del islam?
44. El sultán de Egipto
45. «Como una brava leona»
46. El juicio final
Epílogo. Un destello de gloria
Fotografías
Apéndice. Monedas y valores
Bibliografía
Agradecimientos
Índice alfabético
Notas
Sobre este libro
Sobre el autor
Créditos
A Katharine Blanca Scott, por todo lo que hemos hecho y creado
Ninguna mujer en la historia ha superado sus logros.
HUGH THOMAS, El imperio español. De Colón a Magallanes
Que se trata de un personaje importante, lo sabéis muy bien;
puede que no haya otro igual en toda nuestra historia.
MANUEL FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Isabel la Católica



INTRODUCCIÓN
La primera gran reina de Europa
Segovia, 13 de diciembre de 1474
El espectáculo era impresionante. Gutierre de Cárdenas avanzaba solemne por las calles de Segovia, gélidas y azotadas por el viento, sujetando la espada real por la punta, la empuñadura en alto. Le seguía la nueva monarca, una mujer de veintitrés años, de estatura entre mediana y baja, cabello entre rubio castaño claro y ojos de color azul verdoso, cuyo aire de autoridad quedaba reforzado por el simbolismo amenazador del arma de Cárdenas, un emblema del poder real tan contundente como cualquier corona o cetro. Quienes se habían atrevido a desafiar el frío glacial del invierno segoviano para contemplar la comitiva sabían que tal acto significaba que la joven estaba decidida a impartir justicia e imponer su voluntad mediante la fuerza. Las joyas resplandecientes de Isabel de Castilla evidenciaban la magnificencia real, mientras que la espada de Cárdenas amenazaba con la violencia. Ambas eran emblemas del poder y de la disposición a ejercerlo.[1]
Los espectadores estaban asombrados. El padre y el hermanastro de Isabel, los dos soberanos que habían regido la díscola Castilla durante los últimos setenta años, no se habían distinguido por el ejercicio de la autoridad, sino que habían dejado dichas funciones en manos de otros. Sin embargo, para mayor sorpresa, ahí estaba una mujer que manifestaba su determinación a ejercer el poder sobre ellos. «No faltaron algunos sujetos bien intencionados que murmurasen de lo insólito del hecho», informó un contemporáneo. Los murmuradores no tenían reparos en desafiar el derecho de una mujer a gobernarlos, ni sentían necesidad de mantener la boca cerrada. La débil monarquía de Castilla se había convertido en objeto de burla, desobediencia y rebelión abierta. Durante décadas, los reyes del país habían sido peleles de una parte de los poderosos y engreídos aristócratas terratenientes que se referían a sí mismos como los «grandes». Esa mujer, que decía ser su nueva reina aquel día de diciembre de 1474, ya podía presentarse ataviada con sus mejores joyas, porque solo la acompañaban un reducido número de grandes, eclesiásticos y altos dignatarios. Era una señal de que sus dificultades iban más allá de su condición de mujer y de la fragilidad de la monarquía de Castilla. Isabel no era la única aspirante al trono, ni tampoco la persona que había sido designada como sucesora por el monarca anterior. Aquello era, en definitiva, el golpe preventivo de una usurpadora. Y nadie estaba seguro de que fuera a salirse con la suya.[2]
Castilla era el reino más grande, más fuerte y más poblado de lo que los romanos (y sus sucesores, los visigodos) habían llamado Hispania y de lo que hoy está dividido entre los dos países de la península Ibérica, España y Portugal. Con más de cuatro millones de habitantes, tenía una población considerablemente mayor que Inglaterra y era uno de los países más extensos de Europa occidental. El reino que reclamaba para sí Isabel era el resultado de la lenta conquista, a lo largo de seis siglos, de las tierras ocupadas por los musulmanes, a quienes los cristianos llamaban «moros», que habían cruzado los quince kilómetros que separan España del norte de África en el estrecho de Gibraltar para barrer la Península a principios del siglo VIII. La historia reciente de Castilla no era nada gloriosa y el recuerdo de las reinas que la habían gobernado era lejano y de una reputación pésima.[3] No quedaba nadie con vida que recordara lo que era tener un monarca fuerte, mientras que las luchas intestinas de Castilla y sus vecinos problemáticos —Aragón al este, el reino musulmán de Granada al sur y Portugal al oeste— continuaban absorbiendo gran parte de sus energías. Aunque gestionar las relaciones con estos tres países y con el pequeño, pero a menudo molesto, reino septentrional de Navarra era todo lo que Castilla se podía permitir en cuanto a ambiciones exteriores, la familia real había mirado hacia fuera en busca de cónyuges, pues Isabel podía presumir de madre portuguesa, Isabel de Portugal, y abuela inglesa, Catalina de Lancaster. El vecino del norte, Francia, era una potencia mucho mayor, con la que Castilla procuraba no indisponerse.
Quienes observaban la procesión de Isabel por las frías calles de Segovia no podían saber que estaban presenciando los primeros pasos de una reina destinada a convertirse en la mujer más poderosa que Europa hubiera visto desde la época romana. «Esta reina de España, llamada Isabel, no ha tenido iguales en esta tierra durante quinientos años», afirmaba un visitante asombrado del norte de Europa, admirado por el temor y la lealtad que suscitaba entre los castellanos más humildes y, al mismo tiempo, entre los grandes más poderosos.[4] No exageraba. En Europa apenas habían existido reinas que gobernasen de verdad, y mucho menos con éxito. Después de Isabel, pocas tendrían un impacto tan duradero. Solo Isabel I de Inglaterra, la archiduquesa María Teresa de Austria, Catalina la Grande de Rusia (que superó a una magnífica predecesora, la emperatriz Isabel) y la reina Victoria de Gran Bretaña están a su altura, cada una en su propia época. Todas se enfrentaron al reto de gobernar en un mundo dominado por los hombres y ejercieron reinados largos y transformadores, cuya huella se dejaría sentir durante siglos. Isabel fue la única que reinó en un país que dejaba atrás la turbulenta Edad Media; y aprovechó las ideas y herramientas del primer Renacimiento para comenzar a transformar una nación frágil e indisciplinada en una potencia europea en cuyo núcleo se encontraba una monarquía ambiciosa y de ideas claras.[5] Dicho de otro modo, Isabel fue la primera del aún reducido club de grandes reinas europeas. Para algunos, sigue siendo la más grande: «Ninguna mujer en la historia ha superado sus logros», según el hispanista Hugh Thomas.[6] Estoy de acuerdo, al menos en lo que respecta a las reinas europeas y su impacto en el mundo.
Los logros de Isabel son extraordinarios no solo debido a su condición de mujer, sino que lo son aún más por ello. Su figura surge después de más de un siglo de crisis en Europa. En 1346, las tropas tártaras que sitiaban un fortín genovés en Crimea le habían arrojado con sus catapultas los cadáveres, cubiertos de negros bubones, de víctimas de la peste. Los genoveses se vieron obligados a huir a bordo de sus galeras, en las que llevaron la enfermedad a Europa, o por lo menos así lo sostenía el genovés Gabriele de’ Mussi después de que la peste devastara su ciudad natal, Piacenza. En realidad, la peste negra penetró por muchas otras rutas en Europa, donde mató a un tercio de la población. Esto precipitó la desaparición del feudalismo en gran parte de Europa occidental, privándola de mano de obra y provocando desde revueltas campesinas hasta el abandono de las tierras fértiles.[7] Luego, en 1453, el apuesto y atrevido sultán otomano Mehmet II, de veintiún años, ordenó que llevaran sus galeras por tierra hasta el Cuerno de Oro, para sitiar la Roma de Oriente, Constantinopla, que pronto cayó en sus manos. A continuación, los ejércitos musulmanes ocuparon toda Grecia y gran parte de los Balcanes, en lo que supuso uno de los momentos más bajos de la historia de la Europa occidental y cristiana. En un mundo dominado por la religión y la superstición, a todo esto se le daba una explicación simple y unánimemente aceptada: la ira de Dios, que se había abatido sobre un mundo pecaminoso, hasta el extremo de que algunos creían que se habían cerrado las puertas del Cielo. Los cristianos soñaban desde hacía mucho tiempo con un líder mítico y redentor, el Gran Monarca o Rey León, que recuperaría Jerusalén y convertiría el mundo a la fe verdadera.[8] Ahora, con el islam en auge y enfrentados a una decadencia aparentemente irreversible, la aparición de semejante líder resultaba aún más urgente.
Los castellanos esperaban que el gran salvador de la cristiandad fuera uno de sus reyes, pero sus débiles monarcas eran una fuente de constantes desengaños. Los extranjeros veían a los reinos de España, siempre a la greña, sumidos en una «natural oscuridad»,[9] mientras que Castilla seguía siendo una sociedad volátil e inestable. Una nueva categoría social, los «cristianos nuevos» o «conversos», se encontraba en pleno proceso de asimilación entre brotes frecuentes de violencia. Los conversos eran los hijos y nietos de lo que había sido la comunidad judía más numerosa del mundo, la mayoría de cuyos miembros se habían visto obligados a convertirse hacía ochenta años. En las ciudades, una burguesía en auge, formada por comerciantes de lana, banqueros, mercaderes y oligarcas locales, luchaba por afirmarse. En el resto del país, muchos se esforzaban por alcanzar o mantener los privilegios de clase, encarnados en la nutrida y a veces empobrecida categoría social de los hidalgos, es decir, los «hijos de algo»;[10] pero el poder de verdad aún radicaba en los inmensos latifundios —exentos de impuestos— de los grandes, las órdenes militares y la Iglesia, que constituían también la mayor amenaza para la autoridad real.[11] Sin embargo, en un continente dividido en decenas de reinos, ciudades-Estado, principados y ducados rivales, Castilla era uno de los pocos países con el potencial de alumbrar un líder que pudiera restablecer la fortuna del Occidente cristiano. Sus inmensos rebaños de ovejas merinas, resistentes y productoras de una lana excelente —unos cinco millones de reses—, la habían convertido en lo que un historiador definió como «la Australia de la Edad Media», cuyos vellones viajaban hacia los refinados centros textiles del norte de Europa.[12] En Roma, la capital espiritual de Europa, el sumo pontífice se daba perfecta cuenta de la importancia de esta riqueza, ya que la Península aportaba un tercio de los ingresos del papado.
Nadie hubiera imaginado nunca que el Gran Monarca pudiera ser una mujer, pero Isabel, en alianza con su marido, el rey Fernando de Aragón, hizo más que cualquier otro soberano de su tiempo para revertir el declive de la cristiandad. A pesar de ello, y por muchas razones, Isabel sigue sin ser muy valorada fuera de España. En primer lugar, por el uso de la violencia. Esta herramienta, legítima y necesaria para el ejercicio del poder, resulta perturbadora en manos de una reina, como si usurpara el rol masculino de líder empujada por unas fuerzas oscuras y crueles que anulasen una feminidad supuestamente natural y delicada. Isabel no tenía ningún reparo en emplear la violencia porque creía que, detrás de cada golpe que se asestaba en su nombre, estaba la mano de Dios, como pone de manifiesto con claridad su afán de concluir la Reconquista derrotando al antiguo reino musulmán de Granada. Isabel admiraba a Juana de Arco, pero no intentaba imitarla encabezando sus fuerzas en combate. Eso era cosa de hombres, y ella creía con firmeza en la división de los sexos (y de las clases, las religiones y los grupos étnicos). En eso, y en muchos otros aspectos, era no solo una mujer de su tiempo, sino también ferozmente conservadora. Tampoco sentía la necesidad de fingir ningún tipo de masculinidad, aunque los hombres a menudo creyesen que la única explicación del extraordinario éxito de Isabel era que poseía cualidades masculinas. Así, Isabel I de Inglaterra diría más adelante de sí misma que tenía «el corazón y el estómago de un rey», mientras que Isabel de Castilla prefería mostrarse indignada y asombrada por el hecho de que «una débil mujer» fuese mucho más audaz y beligerante que los hombres que la servían.
La Castilla sobre la que reivindicaba su derecho a reinar debía su nombre a los castillos que salpicaban un reino esculpido durante siglos de guerra y conquista de las tierras musulmanas. La identidad del país se forjó en torno a su papel como nación de cruzados y defensora de la frontera sur de la cristiandad. Las distintas regiones de Castilla debían su existencia a las diferentes etapas de una Reconquista que había comenzado en las montañas que se alzaban sobre la costa cantábrica del norte para extenderse gradualmente por el área más extensa conocida como Castilla la Vieja, que estaba situada al norte de un sistema central de cordilleras y macizos que incluían las sierras de Guadarrama y Gredos. Castilla la Vieja (junto con las tierras donde se inició y cosechó sus primeros éxitos la Reconquista: Asturias, el País Vasco y Galicia) estaba bordeada al norte y al oeste por una costa agreste y peligrosa, que incluía el Finis Terrae (literalmente, «fin del mundo») ibérico, donde los romanos habían contemplado con asombro la puesta del sol más allá del límite occidental del mundo conocido. Esta parte más antigua de sus reinos se estructuraba en torno a una red de hermosas ciudades amuralladas como Segovia, Ávila, Burgos y Valladolid, que se habían enriquecido gracias al comercio de la lana. Cada otoño las ovejas atravesaban el país hacia el sur, pasando por las montañas —por los puertos, en palabras de la propia Isabel—, camino de sus pastos de invierno en la zona conocida como Castilla la Nueva. La capital de esta región era la antigua Toledo, con sus magníficas iglesias, sus mezquitas convertidas en templos cristianos y sus sinagogas, que simbolizaban siglos de convivencia religiosa en España. Más al sur y al oeste se extendían la rica Andalucía, con sus fértiles llanuras, los puertos atlánticos y la ciudad más poblada del reino, Sevilla, su próspera capital. En el extremo oriental se extendía la región fronteriza y poco poblada de Murcia, que proporcionaba a Castilla puertos en el Mediterráneo. Extremadura, en el límite occidental de Castilla con Portugal, también debía mucho de su carácter a su condición de frontera.
En los variados y, a menudo, abruptos paisajes de Castilla, desde el verde y lluvioso noroeste hasta el árido y desértico sudeste, la violencia de Isabel se dirigió contra quienes se opusieron a su golpe para hacerse con el trono, desafiaron la autoridad real o amenazaron la pureza de su reino. La limpieza religiosa y étnica provocó la quema de miles de personas, la expulsión de decenas de miles[13] y la conversión forzosa al cristianismo de muchas más. Los judíos y los musulmanes fueron borrados de la población oficial de Castilla, lo que obligó a muchos a ocultar su verdadera fe. La novedosa Inquisición, un órgano eclesiástico del Estado dirigido por la monarquía, recurría a pruebas endebles y confesiones extraídas bajo tortura para quemar conversos cuya impureza racial era a menudo la única base firme para sospechar de sus creencias. Y fue durante el reinado de Isabel cuando los españoles cristianos de sangre judía se convirtieron formalmente por primera vez en súbditos de segunda categoría. Son actos terribles para la ética de hoy, pero fueron muy aplaudidos en una Europa que veía con desprecio la mezcla de religiones de España. Muchos se preguntaban por qué habían tardado tanto en hacer lo que ellos mismos habían llevado a cabo siglos antes.
La limpieza religiosa o étnica, la esclavitud y la intolerancia no estaban mal vistas. Es más, podían considerarse virtudes. Sin embargo, incluso para los criterios de la época, Isabel resultaba severa. El propio Maquiavelo comentó la «piadosa crueldad» que se practicaba en sus reinos.[14] En público, Isabel perfeccionó un estilo de gobierno distante e impasible, tras el cual se ocultaba, en cambio, una mujer de convicciones férreas y profundas. Solo Fernando y el puñado de frailes adustos y austeros en quienes encontraba orientación moral parecían capaces de conseguir que cambiara de opinión. Aun así, muchas personas le estaban agradecidas, porque esa misma severidad de espíritu proporcionó estabilidad y seguridad a sus vidas cotidianas al protegerlas de la violencia de las turbas, la rapacidad de los grandes y la crueldad gratuita de quienes pisoteaban las leyes de Castilla.
La apariencia serena de Isabel ocultaba no solo una fuerte voluntad, sino también un alto concepto de su lugar en la historia y un deseo de fama perdurable que empujó su ambición mucho más allá de las fronteras tradicionales de Castilla. Las naves del vecino Portugal habían empezado a adentrarse en el Atlántico y las costas meridionales de África. Bajo el patrocinio de Isabel, gracias al talento del excéntrico navegante genovés Cristóbal Colón, Castilla avanzaría hacia poniente para descubrir todo un «Nuevo Mundo» que le aportaría oro, poder y gloria, que cuadruplicaría la extensión geográfica de lo que daría en llamarse la «civilización occidental» y que provocaría un cambio drástico en el reparto mundial del poder. Fue, en muchos sentidos, el milagro que había estado esperando la cristiandad asediada.
Todo esto se logró, en parte, porque Isabel inició la imposición de lo que también se esforzaban por instaurar otros príncipes y monarcas de Europa: un nuevo tipo de poder real que redujese el poder político de los señores feudales para entregárselo a una nueva clase de burócratas reales, fieles y de confianza. Era una transición audaz, inteligente, no revolucionaria, pero de largo alcance, y que apelaba, irónicamente, a la tradición. En su afán por conseguir el máximo de poder para la corona, precursora de las monarquías absolutistas de los siglos posteriores, coincidía por entero con su esposo, Fernando, cuyas posesiones menores de la Corona de Aragón acabaron por otorgarles a los dos el dominio de la mayor parte de la España de la época, aunque su estilo de gobierno fuera mucho más fácil de implantar en Castilla. De hecho, el acto político de mayor calado de Isabel fue forjar con Fernando una alianza excepcional y muy clara para ambos, aunque provocara, entonces como ahora, confusión. «Algunos acaso murmuren, extrañados: “¡Cómo! ¿Hay dos reyes en Castilla?” —se preguntaba un visitante inglés desconcertado, en un texto en francés—. Escribo “reyes” porque el rey lo es en virtud de su matrimonio con la reina y así, “reyes”, es como se llaman a sí mismos y lo escriben en sus cartas.»[15] Incluso a los observadores de la época les resultaba difícil entender este fenómeno único, que algunos explicaban absurdamente describiendo a la reina como la compañera muda y sumisa de Fernando o, todo lo contrario, como una arpía dominante. Sin embargo, el plural mayestático de sus cartas reflejaba la realidad, pues la firma de Isabel era también la de su marido y viceversa, por lo menos en Castilla, ya que las leyes de Aragón la convertían en reina consorte y, en la práctica, su socio auxiliar.
Uno de los mayores problemas para los biógrafos que escriben sobre Isabel es separar el papel del marido y el de la mujer, aunque esto sea a menudo una tarea inútil. Si una de las primeras decisiones trascendentales de Isabel fue casarse con Fernando y otra, compartir el poder de igual a igual, también merece que se le reconozca en parte el mérito de las acciones de su esposo. Los triunfos de Fernando también lo fueron de Isabel (y viceversa) y hay que sumarlos, más que restarlos, a sus logros individuales. Sus fracasos y excesos también deben ser compartidos, pero la clave para entender el reinado de Isabel es que la pareja real pronto comprobó que dos personas cuya relación se basa en la confianza absoluta en la capacidad del otro pueden hacer mucho más que una persona sola. Es el amor al estilo del siglo xv —en lo fundamental, cuestión de respeto— en grado superlativo, que, en el caso de Isabel, estaba acompañado por una pasión posesiva y celosa hacia su esposo que es un rasgo más de su carácter vehemente y obstinado.
Una dificultad añadida para desentrañar la verdad sobre la vida de Isabel es su afición a la propaganda. La reina entendía intuitivamente, como diría Maquiavelo, que «gobernar es hacer creer». Quería asegurarse de que triunfara su versión de la historia, en la que aparece como una figura providencial que, con severo amor de madre redentora, se ocupa de una nación perdida. Para ello, Isabel contaba con un grupo de dóciles cronistas que no solo dependían de ella para su sustento, sino que a menudo tenían que someter su trabajo a la aprobación real. He intentado utilizar estas crónicas de manera juiciosa, teniendo en cuenta los prejuicios de sus autores y sin ignorar el hecho de que fueron a menudo testigos de los momentos más importantes de la carrera de Isabel. En la medida de lo posible, las he contrastado con testimonios más imparciales, contenidos en cartas, escritos de visitantes extranjeros o los áridos, pero reveladores, documentos de los archivos eclesiásticos, estatales y municipales que siguen rastreando los historiadores españoles.
Para muchos católicos, la capacidad de Isabel para limpiar su país —incluida la eliminación de parte de la corrupción eclesiástica que arrojaría a otras gentes en brazos del protestantismo— fue crucial para convertir España en un baluarte contra el luteranismo y la herejía; las cazas de brujas llevadas a cabo tanto por protestantes como por católicos en el resto de Europa, señalan, resultaron tan crueles y más mortíferas que el más aterrador invento de Isabel, la Inquisición española. Todavía hoy sus partidarios más fervientes hacen campaña para su beatificación. Entre los motivos que alegan figura el viaje de Colón a América, una empresa que provocó el exterminio de pueblos enteros, pero que tantos conversos aportó al cristianismo.
La leyenda negra, construida en torno a la Inquisición y reforzada por el desdén protestante y la envidia de los italianos, modeló la imagen de una reina que sentó las bases del primer imperio global del mundo y que preparó al país para convertirlo en la potencia dominante de Europa durante gran parte del siglo XVI. En España tuvo lugar un proceso de signo contrario, de glorificación: Isabel se convirtió en un modelo de todas las virtudes posibles y en un símbolo perfecto para los conservadores católicos y los autoritarios («Inspiradora de la política en África», reza una placa colocada por el régimen franquista en 1951 en el pequeño convento de Madrigal de las Altas Torres, donde Isabel había nacido quinientos años atrás). Esa leyenda negra, junto con el drástico declive posterior de España, han contribuido a marginarla de los relatos hegemónicos de la historiografía europea. El sexocentrismo, por su parte, ha provocado su expulsión de la literatura y la imaginación popular. Isabel podía ser coqueta, pero no tuvo amantes conocidos ni hipotéticos, carnales o de otro tipo. Se mantuvo inequívocamente fiel a su mujeriego esposo, Fernando, luchando con sus celos mientras despreciaba a las mujeres de moral más ligera (que fueron muchas). El fuego de la pasión amorosa o sexual oculta no inflamó en absoluto su reinado. Sus pasiones eran Dios, su marido y su país. Su historia no trata de sexo. Trata de poder.
1
No existe hombre que tan gran poderío tuviese
Casa de la familia Stúñiga, Valladolid, 3 de junio de 1453
El hombre más poderoso de Castilla se levantó al alba, oyó misa y comulgó. A continuación, Álvaro de Luna comió algunas cerezas amargas, que consiguió tragarse con la ayuda de un poco de vino para aflojar la tensa y aprensiva garganta. Fuera, las calles de Valladolid comenzaban a recibir los primeros rayos del recio sol veraniego de Castilla. El noble, de sesenta y tres años, que había gobernado el reino desde tiempo casi inmemorial sabía que aquella era su última comida. Al poco llevaron una mula a la casa donde le tenían preso en esta rica ciudad de plateros y mercaderes. Con una capa negra sobre los hombros y el sombrero puesto, lo condujeron por la concurrida calle conocida como la Costanilla, paralela a un pequeño y fétido afluente del río Esgueva, hacia la plaza mayor. «¡Esta es la justicia que manda hacer el rey a este cruel tirano y usurpador de la corona real, en pena de sus maldades y servicios, mándale degollar!», gritaba el pregonero, que empleó, presa del nerviosismo, la palabra «servicio» en lugar de «deservicio» (es decir, «mal servicio»). La aguda mente de Luna encontró una respuesta rápida y sarcástica: «Bien dices, hijo. Por los servicios me pagan así».[1]
Incluso a tan temprana hora, una gran multitud se agolpaba para contemplar la morbosa comitiva que recorría una de las ciudades principales del reino, que se extendía entre campos de cereales y tierras de pastos en la extensa y despejada meseta central de España. Las ventanas estaban atestadas de espectadores. Durante años Luna gobernó en nombre del verdadero monarca, Juan II, y había acumulado no solo poder, sino también inmensas riquezas. Sus tierras y las de la poderosa orden militar de Santiago, de la que era gran maestre, se extendían a lo largo y ancho de Castilla. Juan lo había adorado y puesto en un pedestal durante su infancia como rey. «No se falla por crónicas que hombre tanto alcançase, ni tan gran poderío toviese, ni tanto amado fuese de su Rey», escribió un cronista contemporáneo llamado el Halconero.[2] Pocos, podría haber añadido, fueron tan odiados por sus enemigos. Estos habían difundido el rumor escandaloso de que la relación entre el rey y el joven que había sido nombrado paje a los dieciocho años, cuando el monarca contaba solo tres, se había convertido en sexual e inadecuada. Tan pronto como Juan alcanzó la mayoría de edad para gobernar, Luna se convirtió en su privado, su favorito, y ejerció el poder en nombre del monarca. Ahora, cuando el privado se dirigía a su muerte, los habitantes de la ciudad contemplaban con emoción y horror la siempre fascinante tragedia de la caída de un gran hombre. Ardían antorchas en dos grandes crucifijos situados a cada lado de un cadalso cubierto de tela negra donde esperaba el verdugo, que no contaba con un hacha o con una espada pesada para dispensar una muerte rápida, sino que había traído un puñal de punta aguda, pero hoja no siempre muy afilada. «Te ruego que mires si traes buen puñal afilado, porque prestamente me despaches», le dijo Luna mientras cruzaba nervioso el cadalso. Había traído su propia cuerda para que le maniataran, pero quiso saber para qué era una escarpia que había en un madero. El verdugo le informó de que era para colgar su cabeza después de degollarlo. «¡Hagan del cuerpo y de la cabeza lo que quieran!», respondió el privado. Le aflojaron el cuello de su jubón azul de chamelote, forrado con la lujosa piel gris de zorro ártico, y se vio obligado a tumbarse sobre el cadalso. El verdugo le pidió perdón y luego le hundió el puñal en el cuello y lo degolló.
Ese dramático día del verano de 1453 había dos Isabelas de la familia real no muy lejos de Valladolid, es probable que en su residencia de reciente construcción, erigida a unos sesenta kilómetros, en la ciudad amurallada de Madrigal de las Altas Torres: un edificio de planta rectangular y sin pretensiones, formado por una serie de construcciones estrechas de dos plantas dispuestas en torno a un gran patio central. De las dos Isabelas, una era la hija del rey Juan y futura reina de Castilla, de solo dos años. La niña, de cabello claro, ojos de un azul verdoso y tez extraordinariamente pálida, era demasiado pequeña para saber lo que ocurría; pero su madre, Isabel de Portugal, estaba encantada con el sangriento espectáculo que se representaba en Valladolid. La reina consorte, que era la segunda esposa de Juan, había ayudado a orquestar la caída del hombre que los había mantenido separados durante gran parte de sus seis años de matrimonio. Otros grandes también estaban complacidos. Habían llegado a odiar a Álvaro de Luna no solo por su poder, sino también por la forma en que lo justificaba como una mera continuación de la supremacía legítima y absoluta del rey sobre el pueblo. No les gustaba que predicara que el rey estaba tan por encima de los propios grandes, porque creían que a ellos también les correspondía dar su opinión acerca del gobierno del reino y recibir una porción mayor de las riquezas de este. El delito de Luna no había sido tanto tener sometido al rey como negarse a compartir. El pueblo llano de Valladolid no sabía qué pensar sobre su muerte. La bandeja de plata que habían puesto ante el cadalso para recoger las aportaciones a sus gastos funerarios pronto se llenó de monedas, con la figura del rey o los símbolos del león y el castillo. El propio Juan no había tenido el valor de quedarse en la ciudad a presenciar la muerte del hombre al que había adorado de niño y en quien había confiado como rey. Se mantuvo al margen, mientras otros cumplían sus órdenes.[3]
El reinado de cuarenta y siete años de Juan había comenzado con la regencia de su fornida madre inglesa, Catalina de Lancaster, en nombre del monarca niño. La hija de Juan de Gante, que medía un metro ochenta y estaba cada vez más obesa, era una comedora y bebedora compulsiva. Su estatura imponente, sus mejillas coloradas, sus andares varoniles y su corpulencia en constante aumento tenían asombrados a todos los que la veían.[4] Los hombres no estaban acostumbrados a mujeres mucho más altas que ellos; pero sus músculos se marchitaron y Catalina murió cuando Juan apenas tenía trece años. Su fallecimiento no hizo más que aumentar la dependencia emocional del niño huérfano respecto de Luna. Las principales aportaciones de Catalina a la dinastía Trastámara de su marido fueron el color típicamente inglés de la piel y los ojos que heredó su nieta.
El padre de Isabel era alto, robusto, inteligente y profundamente culto. «Sabía hablar y entender latín; leía muy bien; placíanle muchos libros e historias. Oía muy de grado los decires rimados e conocía los vicios dellos», dijo de él Fernán Pérez de Guzmán, uno de los muchos poetas de Castilla con talento. Sin embargo, era un rey débil que prefería cazar o escuchar música a los asuntos de gobierno y se sometía a las órdenes de Luna «con más obediencia que nunca un hijo humilde lo fue a un padre». Había que enfrentarse a grandes obstáculos, en especial con el problemático reino vecino de Aragón, donde ahora gobernaba una rama de la familia Trastámara. Aragón ocupaba una gran cuña triangular de la península Ibérica, que abarcaba la mayor parte de la costa oriental y dos grandes ciudades marítimas dedicadas al comercio, Barcelona y Valencia, además de poseer Sicilia y Cerdeña. Su familia real, sobre todo un grupo de jóvenes príncipes hermanos conocidos como infantes de Aragón, reclamaba para sí numerosas tierras en Castilla; pero Castilla era más rica, más populosa y más poderosa. Luna acabó derrotando a los infantes, aunque el de mayor éxito —Juan el Grande, el astuto, despiadado y futuro y longevo rey de Aragón— seguiría importunando a Castilla durante décadas.
Tras la muerte de la primera esposa de Juan II, que le había dejado un hijo único y heredero llamado Enrique, se había convenido un nuevo matrimonio con Isabel de Portugal. La nieta del rey de Portugal, de diecinueve años, causó un gran efecto en los numerosos poetas guerreros de la corte. Era hermosa, dulce y amable. Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana y el más grande poeta de la época, consideraba su «persona y cara» dignas de un fresco de Giotto. Su apariencia tímida ocultaba una firmeza de carácter y una voluntad de participar en la lucha política que Luna llegaría a lamentar. Juan tenía cuarenta y dos años cuando se volvió a casar y la joven que entró en su cama lo entusiasmó; «resultados muy diferentes de los que al principio se prometiera, pues el Monarca, ya próximo a la vejez, se apasionó por la tierna doncella, y empezó a gustar con más libertad del honesto trato de la hermosísima esposa», escribe el mordaz funcionario real Alfonso de Palencia, uno de los grandes cronistas del reinado posterior de Isabel.[5] Hubo quien se preocupó por si este enamoramiento fuera malo para su salud. Aunque estuviera «próximo a la vejez», según se nos informa, disfrutó de una «no interrumpida serie de goces» con su joven esposa. A sus consejeros les preocupaba que ella lo agotara. Esa puede haber sido una de las excusas esgrimidas para mantenerla alejada de Juan. Isabel pasaba la mayor parte del tiempo en el aburrido palacete de Madrigal de las Altas Torres con su corte de damas portuguesas, mientras que los asuntos de Estado obligaban a su marido a desplazarse constantemente. Los inmensos y abiertos horizontes de la meseta de Castilla —la región más alta de Europa después de Suiza— y el paso de multitud de cigüeñas y aves migratorias en ruta desde y hacia África no debían de servir de gran consuelo para una mujer acostumbrada a la frondosidad y el aire marinero de los paisajes de Portugal. La situación llegó al extremo de que la reina solo vio a su marido dos veces en dos años. Fue en Madrigal de las Altas Torres —famosa por su arquitectura mudéjar típicamente ibérica, que combina elementos decorativos y estructurales árabes con formas románicas y góticas— donde nació su hija Isabel el 22 de abril de 1451.[6] El nacimiento de un segundo heredero al trono, después de su hermanastro Enrique, de veintiséis años, se celebró debidamente, pero el sexo de la criatura debió de ser una decepción. Un segundo hijo habría sido mucho mejor para asegurar la continuidad de la dinastía familiar de los Trastámara. Este llegaría al cabo de diecinueve meses, con el nacimiento del hermano de Isabel, Alfonso.
Isabel de Portugal era de alta y noble cuna y era la única persona, aparte de Luna, con acceso privado al rey. «Halló la joven oportunidad para aconsejar en secreto al esposo lo que á la honra del rey y á la seguridad del trono principalmente convenía», observó un cronista real. Cuando al rey le asaltaron las dudas sobre si debía proceder contra su favorito, Isabel lo empujó a seguir adelante y recabó el apoyo de los grandes. Era una demostración del carácter enérgico, orgulloso y tenaz de las mujeres de la familia real portuguesa que servirían de modelo a la pequeña Isabel. La caída de Luna solo supuso un alivio temporal. Al poco Juan cayó enfermo, pero no lo bastante como para renunciar a su pasión por su joven esposa. «Ninguno, sin embargo, se atrevía a avisarle del peligro de muerte con que su mayor desenfreno le amenazaba […] debilitado por los malos humores, esclavo de la sensualidad y diariamente entregado a las caricias de una joven y bella esposa», escribió Palencia.[7]
Debido a su falta de práctica en estos menesteres, el padre de Isabel comprobó que gobernar sus tierras sin Álvaro de Luna era más difícil de lo que esperaba. Puede que Juan disfrutara de más tiempo con su esposa, pero sus energías flaqueaban. Al cabo de un año falleció y Enrique, el hermanastro de Isabel, ascendió al trono. No tenemos constancia de la reacción de la pequeña Isabel, aunque en su testamento Juan tuvo buen cuidado de incluirla en el tercer lugar en la línea de sucesión a la corona, por detrás de Enrique y de su hermano menor Alfonso. Nadie esperaba que llegara a ser reina. En cualquier caso, solo conservaría su puesto en la línea de sucesión hasta que el nuevo rey Enrique tuviera descendencia.
2
El Impotente
Corte real de Castilla, 1454-1461
El semen del rey Enrique IV era decepcionante. Los médicos le habían provocado el orgasmo masturbándolo ellos mismos. El resultado, a su juicio, era «acuoso y estéril», aunque suficiente para intentar la inseminación artificial. Entregaron a la segunda esposa de Enrique, Juana de Portugal, una cánula de oro para que se introdujese en la vagina el semen que había producido su marido, pero no pudo, según informaría años más tarde un médico alemán que viajó a la corte de Castilla, Hieronymus Münzer. Un respetado y rico físico judío llamado Samaya, que había sido médico real durante décadas, supervisó el singular procedimiento. El primer intento de inseminación artificial del que tenemos constancia histórica indica lo desesperado que estaba el hermanastro de Isabel de Castilla por tener un heredero al trono.[1] Sus dificultades en este sentido fueron suficientes para hacerle acreedor de un apodo cruel que servía también de metáfora de su reinado: era Enrique el Impotente.
Cuando nació Isabel, su hermanastro Enrique estaba casado con Blanca, una princesa del reino independiente de Navarra. La sufrida Blanca había salido del tálamo «tal cual nació, de que todos tuvieron gran enojo», escribió más tarde el hijo de un médico real.[2] La tradición exigía que después del acto se exhibieran las sábanas, de modo que la humillación del príncipe, de quince años, y su novia, de dieciséis, fue de dominio público. Los intentos posteriores de mantener relaciones sexuales resultaron igualmente desastrosos, y, al cabo de trece años, se anuló discretamente el matrimonio alegando que no se había consumado después de una vista en la iglesia de la localidad segoviana de Alcazarén en mayo de 1453. «Pueden contraer nuevo matrimonio […] para que el príncipe pueda convertirse en padre y la princesa en madre», señaló el responsable designado por el Vaticano, Luis de Acuña. Enrique culpaba de sus problemas a un «ligamento» o maleficio y sus abogados adujeron que la pareja sufría «impotencia recíproca debida a influencias malignas». También querían que los súbditos del rey supieran que el problema era temporal y específico, y para ello presentaron las pruebas reunidas por un «sacerdote honrado» que había entrevistado a algunas de las supuestas amantes del rey en Segovia, que habían declarado «que el dicho señor príncipe avía avido con cada una dellas tracto e conoscimiento de ome con muger, e así como otro ome potente, e que tenía su verga viril firme e solvía su débito e simiente viril como otro varón». Los enemigos de Enrique murmuraban que debía de ser homosexual. Otros decían que su problema era fisiológico, causado por un pene deforme, pequeño en el arranque y grande en la punta, lo que le hacía difícil mantener la erección. Había sido un joven de aspecto enfermizo y extraño, tal vez porque sus padres eran primos carnales.[3]
Isabel fue alejada aún más de la corte real cuando Enrique llegó al trono en julio de 1454;[4] viajó con su madre, Isabel de Portugal, y con su hermano pequeño Alfonso a la ciudad amurallada de Arévalo, no lejos de Madrigal de las Altas Torres. Allí, en un apacible rincón de Castilla, la joven Isabel pasó siete años felices. La casa de Arévalo, de dos plantas, era más pequeña que el palacio de Madrigal de las Altas Torres, pero de tamaño considerable para una población tan reducida. El horizonte de Arévalo, como en Madrigal, estaba dominado por las murallas, las torres defensivas y los campanarios cuadrados, muchos de ellos de estilo mudéjar, con los ladrillos dispuestos en hermosas formas geométricas o con espacios rectangulares, entre columnas e hileras de ladrillos rojos, rellenos de piedras sin tallar, cantos rodados y barro. Un puente de estilo árabe atravesaba con sus arcos apuntados el río Adaja y sus escarpadas márgenes. Aunque bien provista de agua, la villa se encontraba lejos del mar y sus efectos moderadores del clima, y, asentada sobre los valles de dos ríos, estaba del todo expuesta al duro clima de la meseta. Los inviernos largos y fríos y los veranos cortos y ardientes se sucedían sin apenas solución de continuidad, separados solo por breves otoños y primaveras. Era un lugar tranquilo y con fama de sano, rodeado de campos de cereales, viñedos y pinares, cuidados con primor, y huertas a lo largo de las riberas,[5] «adonde apenas se ha conocido peste ni males contagiosos, a causa de participar de aires muy limpios y puros», escribió un cronista posterior de la ciudad. El aspecto más exótico de Arévalo era el extraordinario peso que tenían en la población los mudéjares (como se denominaba a los musulmanes que vivían en la Castilla cristiana) y los judíos, seguramente una cuarta parte de los habitantes. Estos habían participado con entusiasmo en los festejos organizados en la ciudad con motivo de la llegada al trono de Enrique, el hermanastro de Isabel, con celebraciones previas al clamor general de «¡Castilla, Castilla por el rey don Enrique!». Se suponía que las princesas jóvenes no se mezclaban con esa gente. Los visitantes del norte de Europa que fruncían el ceño ante la insólita mezcla de religiones de Castilla se quejaban de que en algunos lugares los musulmanes apenas se diferenciaban de los cristianos. Los visitantes castellanos, como en otras ciudades con mudéjares, tenían evidentemente las mismas dificultades. Los intentos de hacer que se cortasen el cabello de forma diferente y usaran el símbolo de la media luna azul como señales externas reconocibles parecían haber fracasado. Sin embargo, a los lugareños les resultaba fácil identificar a los Alís, Yusufs, Fátimas e Isaacs de Arévalo, por sus claras diferencias en cuanto a costumbres, danzas, días de culto y el modo de cocinar los alimentos con aceite en lugar de grasa o manteca de cerdo.[6]
Isabel de Portugal quedó muy afectada por la muerte de Juan y cuentan que «se encerró en oscuros aposentos, en un silencio obstinado». Palencia habla de «una especie de locura». Su hija se mostró afectuosa, pero al parecer reaccionó al trastorno de su madre creando una coraza protectora y aferrándose a las certezas simples y ordenadas que le proporcionaban la religión, la tradición y la jerarquía social. La presencia en Arévalo de otra Isabel portuguesa —la abuela viuda de la joven infanta, Isabel de Barcelos— mitigó el dolor y la confusión de crecer con alguien que padecía una depresión tan profunda. Isabel de Barcelos formaba parte de una boyante familia real portuguesa que disfrutaba de los frutos de sus conquistas de ultramar, obtenidos gracias a sus intrépidos exploradores y navegantes. Su yerno castellano la tenía en tan alta estima que había sido una de sus consejeras. Su familia portuguesa era todo lo que la pequeña Isabel aspiraría a ser: noble, conquistadora y devota. Parece que Barcelos fue la mujer más influyente de cuantas cuidaron de Isabel durante su niñez, y que le infundió un sentido inquebrantable de su posición social y una gran confianza en sus capacidades. Fue asimismo en el entorno protegido del modesto palacio de Arévalo, en forma de U, con su patio y su jardín cerrados, donde se forjó un estrecho vínculo fraternal con su compañero de juegos, Alfonso. La medida de la felicidad de Isabel en Arévalo nos la da la amargura con la que más tarde recordaría su marcha.[7]
La joven Isabel estaba rodeada de cortesanos portugueses, pero de su educación se encargó uno de los hombres de Luna, Gonzalo Chacón, otro propagandista de la supremacía real.[8] Tal vez le recordase a la joven los motivos por los que su padre había mandado ejecutar a Luna, que incluían usurpar la «preeminencia real» e ignorar la «superioridad real».[9] También debió de oír las leyendas locales acerca de que Hércules había vivido en Arévalo, donde el héroe contemplaba los claros cielos estrellados de la meseta, o de que en un palacio cercano se habían alojado los reyes godos cristianos de España antes de que los ejércitos musulmanes asolaran el país en el siglo VIII.[10] Los poetas e historiadores de Castilla escribían con nostalgia sobre esos reyes viriles, valientes y desprovistos de todo vicio, afirmaban que descendían del mismísimo Hércules y esperaban el momento en que Dios permitiera que el país recobrase su gloria natural. La caída en desgracia de Castilla había sido un castigo divino por unos pecados que, con los musulmanes ocupando el extenso reino meridional de Granada, aún no habían purgado por completo. Donde Juan II había fracasado, esperaban que Enrique triunfara. Puede que Isabel disfrutase de las historias fantásticas sobre el pasado de Castilla, pero no hubo ningún intento formal de enseñarle historia o leyes por si algún día llegara a reinar. Al fin y al cabo, no era más que una niña. No solo tenía dos hermanos, sino que, en el improbable caso de que heredara la corona de Castilla, lo normal sería que su marido gobernara en su lugar.[11]
Al igual que su padre, Juan II, Enrique encomendó a un privado la tarea de gobernar; en este caso, al rapaz y ambicioso Juan Pacheco, marqués de Villena, que lo dominaba desde niño. Pacheco «consentía la lujuría del príncipe dejándolo precipitarse en cualquier lascivia y encenegarse en las tentaciones del vicio con los viciosos», escribió uno de sus muchos detractores.[12] A Pacheco lo había situado junto al príncipe Enrique don Álvaro de Luna, a quien llegó a imitar en muchos aspectos, al tiempo que también aprendía de sus errores.[13] Mientras que Luna propugnaba una forma primitiva de absolutismo real, en que él actuaba como depositario del poder del monarca, Pacheco decía ser el cabecilla de una facción de nobles que ayudaría al rey a gobernar de forma colegiada y, en teoría, más honrada. Su verdadero interés era el enriquecimiento personal, y para ello recurría sobre todo a herramientas como la intriga, el caos y una política de alianzas variables con los codiciosos nobles.
Pacheco le arregló enseguida un segundo matrimonio a Enrique, cuya nueva esposa fue otra princesa ibérica, Juana de Portugal, que contaba apenas dieciséis años, era famosa por su belleza y, como tantas otras princesas europeas, servía como simple prenda para sellar una alianza, en este caso con su hermano, el rey Alfonso V. Algunos lo vieron como un matrimonio entre la bella y la bestia. Enrique expuso su voluntad de que Juana le diera hijos para añadir mayor autoridad a su dignidad real, pero también tomó la precaución de abolir la ley que hacía de las noches de bodas reales un espectáculo público.[14] Uno de los ingenios de la corte bromeó acerca de que el rey nunca tendría hijos y dijo, entre el regocijo de los cortesanos, «que había tres cosas que no se bajaría a coger si las viese arrojadas en la calle, a saber: la verga de Enrique, la pronunciación del marqués [Pacheco era tartamudo][15] y la gravedad del arzobispo de Sevilla».[16]
Enrique tenía veintiséis años más que su hermanastra Isabel. Era un hombre bondadoso, tímido y culto, aficionado a los romances trágicos.[17] Cantante y músico de talento, coleccionista de animales exóticos y excelente jinete, por su temperamento no estaba capacitado para desempeñar el papel de rey. Nada le gustaba más que esconderse con sus animales o perderse en el interior de un espeso bosque, acompañado de su leal guardia personal de mudéjares. Un accidente sufrido en la infancia lo había dejado con la nariz deforme, aplastada sobre el rostro, pero era alto y atlético y tenía los ojos azules, una barba poblada y una cabellera rubia. Para sus admiradores esto le hacía parecer un león feroz. Para sus enemigos, un mono.[18] Enrique padecía una forma de acromegalia o gigantismo que provocaba que tuviera unas manos y unos pies desproporcionadamente grandes, junto con una cabeza de dimensiones también anómalas y rasgos faciales toscos. Debajo de una amplísima frente brillaban unos ojos extrañamente escrutadores y unas mejillas anchas y firmes que se achataban para dar paso a una larga y abultada barbilla.[19] Era un soberano sin afectaciones ni demasiada autoestima, que rechazaba la pompa cotidiana de la monarquía. «Fue tan cortés, tan mensurado e gracioso, que a ninguno hablando jamás decía de tú, ni consintió que le besasen la mano; hacía poca estima de sí mesmo […]. Fue su vivir e vestir muy honesto, ropas de paños de lana del trage de aquellos sayos luengos y capuces e capas. Las insignias e cerimonias reales muy agenas fueron de su condición», cuenta Diego Enríquez del Castillo, su cronista oficial y admirador. El retrato de un viajero alemán nos lo presenta con una sencilla capa con capucha y botas de montar, dos felinos que podrían ser linces a sus pies y la cabeza cubierta con un gorro rojo. Era, en resumen, un gigante apacible, imponente, pero abrumado por sus defectos físicos y que solo era feliz cuando no se encontraba bajo el escrutinio público. Tampoco estaba muy interesado en sus hermanastros, por lo que Isabel no vio mucho al rey durante sus primeros años de vida.[20]
Pacheco era un privado capaz, aunque egoísta, y Enrique y él empezaron con muy buen pie. La finalización de la guerra de los Cien Años en Francia trajo consigo un aumento del comercio y una ligera bonanza económica tras la renovación de la tradicional alianza entre Castilla y Francia.[21] Enrique también invirtió grandes sumas de dinero en una nueva guerra contra el reino musulmán de Granada, que no era una simple cuestión de honor, sino una oportunidad de expandir los territorios y de incrementar las riquezas de la corona, la pequeña nobleza y las familias de los grandes, además de otorgarle prestigio internacional en una Europa traumatizada por la pérdida de Constantinopla a manos de los turcos musulmanes el año anterior a que Enrique ascendiera al trono.
Su mayor problema era una poderosa y rica facción de los nobles. Unos años antes, mientras aguardaba a que lo degollaran en el cadalso en Valladolid, Álvaro de Luna había visto a uno de los caballeros de Enrique entre la multitud. «Dile al príncipe que dé mejores recompensas a sus siervos de lo que el rey me ha ordenado», afirmó. Enrique hizo exactamente eso y entregó a los grandes y a otros una gran parte de la riqueza real, especialmente los ingresos de las llamadas tierras de realengo y de las ciudades que eran posesión directa de la corona. En la misma medida en que la riqueza y el poder de los nobles iban en aumento, declinaban los suyos. El codicioso Pacheco movía los hilos, se llevaba su parte y se aseguraba de que su familia se situara por encima de las demás. La guerra de Enrique contra Granada, para la que reclutó un gran ejército, era menos arriesgada de lo que muchos hubieran deseado. El rey prefería el desgaste a la guerra abierta y las batallas convencionales. «Como era piadoso, e no cruel, más amigo de la vida de los suyos que derramador de su sangre, decía que […] la vida de los hombres no tenía precio —según Del Castillo—. Quería más expender sus tesoros dañando a los enemigos poco a poco que ver muertes y estragos de sus gentes.»[22] Era una estrategia sensata, pero algunos la consideraban cobarde, sobre todo porque los musulmanes se negaban a pagar los tributos que Castilla solía exigir a Granada.
Mientras tanto, Pacheco y los demás nobles intrigaban constantemente a sus espaldas, fomentando el caos. En los verdes confines septentrionales de su reino, en la lluviosa Galicia y el tempestuoso litoral cantábrico, arciprestes, obispos, nobles e hidalgos luchaban por las tierras o se apoderaban de los dominios reales con total impunidad.[23] Una confusión similar reinaba en los territorios fronterizos del sudeste, en Murcia, mientras que los grandes y los hombres fuertes locales se disputaban el dominio del sur, de Sevilla y de gran parte de Andalucía. Y, donde el poder real era débil y los nobles estaban ocupados peleándose entre sí, prosperaba el delito, la justicia brillaba por su ausencia y el pueblo estaba descontento.
Quienes buscaban motivos para criticar a Enrique los encontraban de sobra, especialmente por su falta de grandeza real. «Cubría su hermosa cabellera con sombreros vulgares, un capuz o un birrete indecoroso —escribe uno de sus principales detractores, el futuro cronista de Isabel, Alfonso de Palencia— […]. Afeaba su alta estatura […] con trajes indignos y calzados aun más descuidados.» No sabemos qué le debían de contar a Isabel acerca de su hermanastro, pero es improbable que su apariencia descuidada le causara un buen efecto a su orgullosa abuela portuguesa. Incluso había rumores sobre la autenticidad de su devoción cristiana y lo acusaron de permitir que sus guardias personales musulmanes arrancaran «de los brazos de sus padres a doncellas y mancebos que luego torpemente corrompían».[24] A las familias musulmanas les gustaba llevarle manjares en sus desplazamientos para complacer al goloso rey. «Salíanle al encuentro con higos, pasas, manteca, leche y miel, que el rey saboreaba con deleite, sentado en el suelo a la usanza morisca, pues en esto, como en todo, se acomodaba a los gustos de aquella gente, y con ello crecían más y más los temores de los nuestros», escribió Palencia con evidente desdén.[25] Los musulmanes de los reinos de Enrique, como los judíos de Castilla, estaban bajo su protección personal, que mantuvo a pesar de la creciente presión popular contra ambos grupos. Un predicador populista llamado fray Alonso de Espina atizaba el odio con historias inventadas sobre el secuestro de niños cristianos a los que los judíos les arrancaban el corazón, los incineraban, los mezclaban con vino y se los bebían.[26] El viejo «libelo o calumnia de sangre» contra los judíos —que usaban la sangre de niños cristianos asesinados en rituales secretos—, que hacía siglos que circulaba por Europa pese a los intentos de algunos papas de ponerle fin, entró así en Castilla.[27] «El diablo tiene mil formas de causar daño, al igual que el judío, su hijo», proclamó Espina.[28]
Los nobles que trataban de provocar problemas también fomentaban los ataques[29] contra la gran comunidad de conversos o cristianos nuevos, que eran en su mayoría descendientes de familias judías que se habían convertido en masa durante los brotes de violencia antijudía de hacía sesenta años. De nuevo, fray Espina[30] atizó las llamas del odio hacia los que algunos, por razones de sangre, todavía veían como miembros de la «raza judía».[31] Otro fraile, Fernando de la Plaza, incluso afirmó haber recogido cien prepucios procedentes de ceremonias clandestinas de circuncisión de conversos.[32] Al reclamárselos el rey, fray Fernando le dijo «que gelo avian depuesto [“declarado”, “atestiguado”] personas de abtoridad. El rey mandó que dixese quién eran las personas. Denegó descillo, por manera que se halló ser mentira», según Castillo.[33] Al crecer la preocupación popular por los criptojudíos, se le pidió al fraile Alfonso de Oropesa que investigara su existencia en el arzobispado de Toledo. Llegó a la conclusión de que los pocos «judaizantes» (los que seguían los ritos y creencias judías) se debían principalmente a la ignorancia, mientras que las quejas eran en gran parte el resultado de la envidia o del interés económico de los autodenominados «cristianos viejos».[34]
Con el paso de los años, la autoridad de Enrique se desintegró y se extendió el caos, a lo que no ayudó la falta de un heredero directo. Y, de pronto, siete años después de haberse casado con Juana de Portugal, su esposa finalmente quedó embarazada. Nadie se mostró sorprendido, al menos en público, por la repentina capacidad del rey para engendrar hijos. Puede que los experimentos de inseminación artificial funcionasen. Castilla lo celebró, pero para su hermanastra Isabel este fue uno de los momentos más traumáticos de su vida. Si Juana daba a luz a un nuevo heredero, Enrique querría tener cerca a todos sus rivales. Isabel y su hermano Alfonso, de diez y siete años, respectivamente, se vieron obligados a marcharse de Arévalo y a incorporarse a la corte de Enrique IV. «Yo no quedé en poder de dicho señor rey mi hermano, salvo de mi madre la reina, de cuyos brazos inhumana y forzosamente fuimos arrancados el señor rey don Al[f]onso, mi hermano, y yo, que a la sazón éramos niños, y así fuimos llevados en poder de la reina doña Johana», se lamentaría Isabel más tarde.[35]
3
La hija de la reina
Segovia, 1461-1464
La reina Juana soltó una palabrota y agarró del pelo a doña Guiomar de Castro, la estrella en ascenso de la corte de Castilla y amante formal de su marido. Con la otra mano, cogió un chapín, el zueco de suela de madera que se ponía para pasear por los patios fangosos y que le añadía unos agradecidos centímetros a su altura normal, y lo estampó en la cabeza de Guiomar. «Le dio muchos golpes […] en la cabeza y espaldas», relata un cronista.[1] Isabel, que entonces tenía diez años, pronto descubriría que la vida en la corte era mucho más agitada que en la placidez y seguridad de Arévalo.
Isabel y Alfonso se habían despedido de su madre y de su abuela a finales de 1461 para recorrer los sesenta kilómetros que separan Arévalo de Segovia en mitad de un invierno gélido.[2] Es imposible saber cómo sobrellevó su madre la separación. En los años venideros Isabel la visitaría siempre que pudiera, pero por el momento la niña, de diez años, estaba en manos de Juana. Más adelante, Isabel recordaría a la reina como una especie de madrastra malvada que maltrató a la joven que acababa de llegar a su corte, aunque el cronista oficial de Enrique, Del Castillo, cuyo papel consistía en glorificar a su rey en la medida de lo posible, afirmase todo lo contrario: que Isabel «con mucho amor é hermandad fue siempre tratada» por la reina.[3]
Segovia era una ciudad mucho mayor que Arévalo, situada en lo alto de un cerro azotado por el viento, con un impresionante acueducto romano que llevaba el agua de una colina a otra sobre hileras de arcos dobles de treinta metros de altura. El cambio de aires, de la ingenuidad infantil y protegida a un mundo de sofisticadas intrigas políticas y sexuales, era radical. La cuñada de Isabel, Juana, había traído consigo al palacio segoviano de San Martín a un grupo de jóvenes y aristocráticas damas portuguesas que eran famosas por su coquetería y sus trajes extravagantes.[4] Según el cronista Palencia:
Nunca se ha visto en ninguna parte un grupo de muchachas tan desprovisto de toda útil disciplina […]. Su traje provocativo excitaba la audacia de los jóvenes, y la aumentaban con palabras aun más provocativas. Era frecuente la risa en su conversación, y constante el vaivén de los medianeros portadores de billetes groseros; día y noche se cultivaba entre ellas la tragonería con más cuidado que en las mismas tabernas. El sueño reclamaba el resto de su tiempo, menos la parte considerable que se reservaba a los afeites y perfumes; y no cuidaban de hacerlo en secreto, sino en público, descubriéndose desde los pezones de los pechos hasta el ombligo y untándose desde los dedos de los pies, los talones y canillas hasta la parte más alta de las ingles y muslos con blanco afeite, para que al caer de sus hacaneas, como con demasiada frecuencia ocurría, brillase en todos sus miembros una blancura uniforme.[5]
No cabe duda de que la misoginia desenfrenada de Palencia y el deseo de destruir la reputación de Enrique IV le hicieron exagerar los escotes y la coquetería de las damas portuguesas adolescentes, pero los observadores neutrales también se mostraban sorprendidos. «La reyna de Castilla está aquí. Trae consigo muchas damas con diversos tocados: la una trae bonet, la otra carmaynola, la otra en cabellos, la otra con sombrero, la otra con una troz de seda, la otra con un almayzar, la otra a la vizcayna, la otra con un pañizuelo. E de ellas hay que traen dagas, de ellas cuchillos victorianos, de ellas cinto, para armar ballesta, de ellas espadas y aun lanzas, y dardos, y capas castellanas; cuanto, señor, yo nunca vi tantos trages de habillamentos», escribió un noble navarro, asombrado.
Isabel pronto descubrió que la vida en la corte de Juana de Portugal, en el robusto, aunque enloquecido, palacio de San Martín, era bulliciosamente competitiva, pero también divertida. A la reina le encantaban las fiestas y creía, como muchos, que en la corte real debían celebrarse a menudo. Eso la convertía en un atractivo contrapeso social a su marido, retraído y misántropo, que reservaba medio palacio para su propia corte. El amor cortés, el juego teatral y ritual de la conquista y el éxtasis que se practicaba en las cortes reales de toda Europa, era una parte esencial del entretenimiento y la intriga. Era, al menos en teoría, una forma segura de diversión. El amor cortés no dependía de la seducción física, sino de rituales sofisticados y declaraciones exageradas de enamoramiento. Era más cuestión de pose que de pasión. Isabel lo vio a menudo y, a pesar de los ataques habituales contra la infame corte de Juana que lanzarían cronistas posteriores a sueldo de aquella, nunca expresó su desagrado o desaprobación. Es célebre la anécdota de que a uno de sus enviados tuvieron que sacarlo de un banquete celebrado en Inglaterra después de que se desmayara al ver a la dama a la que cortejaba. También era un pasatiempo perfectamente honesto para mujeres y hombres casados. El pulso de Isabel se aceleraba al oír las historias de los peligros mortales que afrontaban los caballeros en el combate, pero hacía mucho que los poetas y trovadores contaban también historias de mal de amores y pasiones desesperadas, y cuando, al cabo de unos años, se convirtió en el centro de interés amoroso de la poesía caballeresca española, no se quejó en absoluto.[6]
Isabel aprendió que a los reyes no solo se les permitía jugar al amor cortés, sino que era algo que se esperaba tanto de ellos como de las reinas. En las justas, los jóvenes caballeros pretendían halagar a la reina Juana vistiendo sus colores, enviándole regalos y proclamando su devoción y su disposición a morir en combate por ella o por una de sus damas de compañía. El amor cortés era terreno seguro, también, para el sexualmente inhibido Enrique. Los reyes podían llevar a sus amantes a la cama, pero no era indispensable. Doña Guiomar era la más conocida —pero no la única— de las amantes formales de Enrique. Es verdad que despertó y mantuvo el interés de Enrique, y la relación permitió al rey proyectar una imagen masculina de vigor sexual, aunque no le diera descendientes. El resentido Palencia creía que Enrique atormentaba deliberadamente a la reina con sus amantes, con la esperanza de empujarla en brazos de otra persona que pudiera dejarla embarazada de una criatura que él pudiera proclamar como suya. «Vista la inutilidad de sus excitaciones, volvía a la de D.ª Guiomar, ya opulenta, merced a las rivalidades de falsos amores, juzgando el más poderoso recurso para vencer la resistencia de la reina los celos de aquellas vanas relaciones», afirma Palencia. Es más probable que el inseguro rey hiciera teatro, al igual que cuando había insistido en celebrar tres noches de bodas «formales», en años distintos, con Juana. Fuera como fuese, no tenía nada de extraño. Otros comentaristas más amables consideraban que la relación era de «asaz honra y provecho».[7]
Sin embargo, los límites del amor cortés eran difusos y podían causar problemas. Tal fue el caso de la advenediza y altanera doña Guiomar. Su crimen, a los ojos de Juana, era la falta de respeto que demostraba hacia ella, la reina. Los jóvenes galanes que antes lucían los colores de la reina en las justas y torneos habían comenzado a usar los de Guiomar. Los obsequios y demás prendas de amor cortés eran para Guiomar, no para Juana. «Los pretendientes al favor real preferían al de ella [la reina] el de doña Guiomar», escribió Palencia. Los partidarios de una u otra mujer se peleaban continuamente, y la situación amenazaba con descontrolarse. El privado de Enrique, Pacheco, favorecía a Juana, mientras que otro consejero próximo al rey, el arzobispo de Sevilla, se puso de parte de Guiomar. Palencia veía en todo aquello una quiebra irreparable de la moralidad, y para complacer la crítica mirada de Isabel ofreció la imagen más negra posible de la vida de su hermanastro: «Hacíasela insufrible ver a la favorita objeto de los halagos de la fortuna y de las atenciones de los cortesanos, con menoscabo de su dignidad». Enrique, furioso con su esposa por sus ataques a Guiomar, reaccionó enviando a su altiva amante a una lujosa residencia situada a dos leguas de distancia y cubriéndola de regalos y dinero. «Iba el rey muchas veces a la ver, e holgar con ella», informa Del Castillo.[8]
Convertirse en la amante formal del rey era una jugada maestra para una cortesana ambiciosa como Guiomar, quien luego se casaría con el poderoso duque de Treviño y tendría con él diez hijos (además de la media docena de bastardos que tuvo el duque de sus propias amantes).[9] La otra amante conocida de Enrique, Catalina de Sandoval, se convertiría en abadesa —un puesto que procuraba poder y riqueza—, a pesar de su mala reputación de buscar «libremente el trato de los hombres». En este caso, afirmó Palencia, Enrique la puso al frente de un conocido convento situado fuera de las murallas de la ciudad de Toledo, cuyas monjas eran famosas por su «desenfreno y vida disoluta». La maliciosa imaginación de Palencia añadía detalles escabrosos a su negra propaganda: Enrique no solo envió hombres armados a desalojar a la abadesa reformista que entonces ocupaba el cargo, sino que ordenó también la decapitación de uno de los otros amantes de Catalina —un apuesto joven llamado Alfonso de Córdoba—, lleno de resentimiento por su impotencia.[10]
Mientras que los reyes podían acostarse con sus amantes, a las reinas se les permitían los juegos amorosos solo si reservaban el cuerpo para sus maridos. Incluso Palencia admitió que, por el momento, Juana seguía siendo una reina consorte buena, recatada y fiel. «Reyna gentil e discreta, / en virtudes más perfeta / que cuantas reynan agora», escribió el poeta Gómez Manrique.[11]
El ala de la reina del palacio de Segovia era independiente y estaba separada de la del rey por la casa de fieras, donde se alojaban los feroces leones de Enrique.[12] Isabel apenas veía al rey, ya que el ala de la soberana tenía su propia entrada por un gran arco de granito que daba a una plazoleta. Frente a uno de los lados había una hilera de tiendas que vendían pescado, carne y pan, y las calles cercanas estaban llenas de comercios. Las paredes gruesas mantenían a raya el calor del verano, y en invierno debían de crepitar los hogares mientras los gélidos vientos de la sierra azotaban la ciudad. Desde el punto de vista arquitectónico, Isabel había cambiado los campanarios mudéjares de las iglesias de Arévalo por las formas románicas y macizas de Segovia. La corte de Enrique era nómada, pero los embarazos de Juana conllevaban que en determinadas épocas el rey temiera llevarla consigo, de modo que, durante sus dos primeros años con la reina, Isabel pasó mucho tiempo en Segovia o Madrid.[13]
Al acercarse la fecha en que la reina salía de cuentas, en febrero de 1462, el rey envió una litera para que la trasladara con la máxima delicadeza a su palacio del alcázar en la ciudad de Madrid, que entonces era pequeña y de escasa importancia. Es probable que Isabel también recorriera los casi cien kilómetros de abrupto camino, pues seguía a la corte de la reina prácticamente adondequiera que fuera.[14]
El parto fue difícil. A diferencia de otras cortes europeas en las que las mujeres reales se retiraban a sus aposentos acompañadas de una comitiva enteramente femenina, en Castilla los hombres asistían al alumbramiento. De hecho, Juana estuvo rodeada por una multitud de hombres, que incluía al rey, su favorito Pacheco y varios otros altos dignatarios de la casa real.[15] Enrique, conde de Alva de Liste, la abrazó para que pudiera apoyarse en el momento de ponerse en cuclillas para dar a luz.[16] Después de prolongados esfuerzos, al final nació un bebé que fue motivo de alegría y decepción a la vez: en lugar de un varón, que habría sido un heredero indiscutible, Juana había tenido una niña. En Castilla esto era menos problemático que en otros lugares, donde a las mujeres les estaba prohibido reinar. La niña podría heredar el trono en caso de necesidad, aunque lo normal era que su marido gobernara en su nombre. Sin embargo, después de siete años de matrimonio estéril, el nacimiento también resultó ser un éxito. Enrique había demostrado que podía tener descendencia. Si había engendrado una criatura, era evidente que podía tener más. La corte lo celebró con justas, corridas y juegos de cañas, de origen musulmán, en los que grupos de jinetes montados en caballos al galope se lanzaban largas cañas unos a otros.[17] Ocho días después, la niña fue bautizada con el nombre de Juana, como su madre, en una ceremonia con la pompa de rigor. El poderoso arzobispo de Toledo, señor feudal eclesiástico y peso pesado en política, de la influyente familia de los Carrillo, bautizó a la niña. Isabel estuvo presente; la niña de diez años fue la madrina de su sobrina.[18] «Por todo el reyno se hicieron grandes alegrías», informó Castillo.[19]
Al cabo de tres meses Enrique convocó Cortes en Madrid, formadas por procuradores (representantes) de diecisiete ciudades importantes, junto con la mayoría de los grandes señores, obispos y caballeros, para jurar la aceptación de Juana como heredera. Enrique les ordenó «que luego juréis aquí a la princesa Doña Juana, mi hija primogénita, e la prestéis aquella obediencia e fidelidad, que a los primogénitos de los reyes se suele e se acostumbra a dar, para que quando Dios nuestro Señor dispusiere de mí haya después de mis dias quien herede e reyne en aquestos mis reynos».[20] Isabel y Alfonso fueron los primeros en jurar. Isabel se acercó a su sobrina recién nacida cuando estaba en los brazos del arzobispo de Toledo, pronunció el juramento y besó las diminutas manos de su futura rival. Algunos nobles, entre ellos Pacheco, afirmaron haber jurado en contra de su voluntad. Se firmaron documentos secretos en el mismo sentido, pero sin explicar por qué. Tiempo después, Isabel diría saber exactamente por qué se habían opuesto a prestar juramento, culpando a la reina Juana: «Esto procuró porque ya estaba preñada y, como aquella que sabía la verdad, prevenía para lo advenidero», dijo, refiriéndose a la paternidad supuestamente dudosa del bebé.[21]
Es imposible demostrar o refutar la teoría que dio pie al apodo posterior de Juana, la Beltraneja, al atribuirse su paternidad a Beltrán de la Cueva, el mayordomo de Enrique.[22] Isabel luego amplificó y difundió la teoría, pero existen dos pruebas que revelan que es bastante probable que la niña fuera en verdad hija de Enrique. La más convincente es que Juana volvió a quedar embarazada al cabo de un año. En este caso de un niño, aunque la reina abortó a los seis meses. Una curiosa carta que le envió a Enrique un alto cargo de la casa de Juana, un tal Guinguelle, en la que este le informaba de lo que había sucedido en su ausencia, afirma que los médicos habían jurado que la reina podría volver a quedar embarazada muy pronto. El físico judío Samaya recibió el encargo de cuidar de Juana mientras esta se recuperaba del aborto en Aranda de Duero, en compañía de Isabel y del resto de su corte. Aranda era una villa ceñida de murallas y densamente poblada, a 160 kilómetros al norte de Madrid, cuyas casas se alzaban sobre un laberinto de bodegas excavadas en el terreno que almacenaban lo que ya entonces era, y hoy sigue siendo, uno de los productos más preciados de la ribera del Duero: el recio vino tinto elaborado con las viñas locales, cultivadas en suelos calizos. Samaya hizo un buen trabajo. «Y por cierto, señor, él a curado mucho bien a la señora reyna, que su señoría está mucho sana y dize maestre Samaya que pornía su cabeza, si vuestra alteza hoy viniese, con la merced de Nuestro Señor, que la señora reyna sería luego preñada», decía en su carta Guinguelle.[23] Con su cánula de oro para la inseminación artificial, Samaya quizá había encontrado una manera de ayudar al rey a superar sus problemas físicos o los traumas psicológicos correspondientes. Sea como fuere, el hecho de que la pequeña Juana naciera dentro del matrimonio y de que Enrique no la repudiara nunca como hija biológica bastaba para asegurar su posición jurídica como heredera.[24]
La preocupación por el asunto de la paternidad llegó a Roma, donde un memorial del papa Pío II a su secretario Gobellino, a los dieciocho meses del nacimiento, planteaba todas las posibilidades que se debatían en voz baja en la corte y que Isabel, que a la sazón tenía doce años, también debía de haber oído. «Dijeron que [la reina] se había casado con los mejores auspicios, y que fue fecundada sin perder la virginidad. Hubo quienes afirmaron que el semen derramado en la entrada [de la vagina] había penetrado en ella a los lugares más recónditos. Algunos creyeron había estado con otro siendo ya rey Enrique, quien deseaba ardientemente tener un heredero que se tuviera como suyo porque lo había dado a luz aquella mujer.»[25] Los rumores llegados a Roma proporcionaban a los problemáticos grandes una excusa para la rebelión.[26] Podían alegar que estaban imponiendo una falsa heredera a Castilla. Y tenían el deber de actuar.
4
Dos reyes, dos hermanos
Ávila, 5 de junio de 1465
La rebelión fue escenificada un día de verano frente a los torreones y almenas de la muralla de Ávila, una imponente masa de granito gris, con ochenta y siete robustas torres y más de tres kilómetros de perímetro, que circundaba la ciudad, situada en lo alto de una loma. Habían erigido un tablado de madera y la multitud se congregó a contemplar el espectáculo. Sentaron una efigie del rey, vestida de luto, en un trono falso. Lo rodeaban un puñado de grandes, encabezados por Pacheco, el belicoso arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo, y los Manrique, otro poderoso clan de la nobleza.[1] «Tenía en la cabeza una corona, y un estoque delante de sí, y estaba con un bastón en la mano», informa el cronista Enríquez del Castillo, quien permaneció leal al rey. El arzobispo se acercó al monigote y le arrancó la corona, insistiendo en que ya no merecía tratamiento real. A continuación, Pacheco le arrebató el cetro, mientras otros le quitaban la espada.[2] Enrique había perdido el derecho a reinar o a administrar justicia, dijeron a la multitud. Luego propinaron un puntapié a la silla del rey y lo echaron a patadas del escenario. Algunos espectadores prorrumpieron en lágrimas, mientras el noble Diego López de Zúñiga y otros continuaban profiriendo insultos al juguete roto, al grito de: «¡A tierra, puto!».[3]
Con el pelele de Enrique tendido en el polvo, trajeron al nuevo rey al escenario. Era el hermano de Isabel, Alfonso, un muchacho que solo tenía once años.[4] Demasiado joven para gobernar, era evidente que necesitaría que fueran los grandes quienes se encargaran de hacerlo en su lugar. Levantaron a hombros al chico mientras vociferaban: «¡Castilla por el rey Alfonso!». El país tenía ahora dos reyes. Su declaración daba lugar a la guerra civil.
Isabel no se encontraba ante las murallas de Ávila viendo cómo proclamaban rey a su querido hermano menor en junio de 1465. Todavía estaba con la corte de Enrique y Juana, pero su situación había cambiado. La batalla entre Enrique IV y Alfonso contaba con dos piezas secundarias de la máxima importancia —sus herederas respectivas, Juana e Isabel—, y tenerlas controladas era parte esencial del nuevo juego.
Antes de llegar a la farsa de Ávila, los nobles habían debatido varias excusas posibles para justificar sus ansias de poder. Una de las más absurdas era la propuesta de acusar a Enrique de herejía por haber intentado convertirlos en secreto al islam. Los más sensatos dijeron que era difícil que el Papa, a quien correspondería decidir sobre la acusación, fuera a tomársela en serio. Otros afirmaron que había que acusar a Enrique de romper con la presunta tradición de que los reyes de Castilla fueran elegidos históricamente por la nobleza y por aclamación pública.[5]
Isabel era ahora una pieza importante en el complejo tablero de ajedrez de la política castellana. Había cumplido doce años en 1463, de modo que ya estaba en edad de casarse.[6] Quien la desposara se convertiría en uno de los hombres más poderosos del reino. Al dividirse Castilla en dos bandos, Enrique buscó el apoyo de Portugal, mientras que los nobles sediciosos tenían los ojos puestos en Aragón y en su rey, Juan el Grande. La mejor manera de sellar una alianza era con un matrimonio, especialmente si la novia era de sangre real castellana. En abril de 1464, Isabel fue llevada a un pueblo de la frontera lusa para encontrarse con el hermano de la reina Juana, de treinta y un años, el rey Alfonso V de Portugal. Parece que Isabel le habló en portugués, que había aprendido tanto en casa de su madre como entre las damas de la reina Juana. Su hermosura cautivó a Alfonso «tan fuertemente que quiso hacerla de inmediato su esposa», relató el adulador Palencia.[7]
Los conspiradores acusaron a Enrique de retener a Isabel y a su hermano contra su voluntad. Incluso trataron de secuestrarlos y llevárselos en el alcázar de Madrid, una intentona que fue fácilmente frustrada, al igual que una segunda tentativa al cabo de unos meses. La proclama de la facción rebelde de los nobles dada a conocer en mayo de 1464, en lo que supondría la salva inicial de la rebelión, afirmaba:
Somos ciertos et certificados que algunas personas con damnado propósito tienen apoderado la persona del muy ilustre señor Infante don Alfonso et asimesmo la persona de la muy ilustre señora Infante doña Isabel et non solamente esto mas somos cierto que tienen fablado et acordado et asentado de matar al dicho señor Infante et casar la dicha señora Infante donde non debe ni cumple al bien et honra de la corona real destos regnos et sin acuerdo et consentimiento de los Grandes deste regno segund que se acostumbra quando los semejantes casamientos se fasen: todo esto á fin de dar la sucesión destos regnos á quien de derecho no viene ni le pertenesce.
Los nobles rebeldes exigían que los jóvenes infantes, a los que calificaban de legítimos herederos de la corona, fueran apartados de la reina Juana y puestos bajo su custodia.[8]
El hundimiento de la autoridad real provocó que los supersticiosos castellanos comenzaran a ver malos presagios. Un tornado arrasó el sur de Sevilla, una ciudad dividida entre violentas facciones políticas, derribando edificios y matando a varias personas. Los asustados sevillanos pudieron contemplar en el firmamento lo que parecían filas de soldados dispuestas para la batalla. Muchos vieron su futuro pintado en el cielo tempestuoso que cubría la ciudad más poblada de Castilla. El pueblo llano sabía que, por mucho que los responsables de la rebelión fueran los nobles, serían los humildes los que sufrirían si se desataba el torbellino de la guerra. La inflación acelerada, las epidemias y las malas cosechas empeoraron las cosas. Tenían razón en estar preocupados. La guerra civil acabó por convertirse en realidad en septiembre de 1464, cuando Enrique se retiró tras las gruesas murallas de Segovia.[9]
El bando de Pacheco amplió su memorial de agravios, que ya incluía el restablecimiento de la costumbre de que las noches de bodas reales fueran eventos públicos, con notarios y testigos. Ahora apuntaban a los conversos: acusaban a Enrique de rodearse de herejes. Además, para dar un toque de color a sus quejas, afirmaban que la guardia morisca del rey tenía por costumbre violar a las mujeres y, al mismo tiempo, deleitarse con prácticas homosexuales. También añadían que Enrique había fijado impuestos injustificados, no consultaba con sus nobles, había permitido que se rebajase la ley de la moneda, y su consiguiente depreciación, y no administraba recta justicia. Sobre todo, se quejaban de que era cautivo de su mayordomo, Beltrán de la Cueva. Por primera vez, se atrevían a afirmar abiertamente que el rey era un cornudo y su hija, fruto del adulterio. «A vuestra alteza y a él [Beltrán] es bien manifiesto ella no ser hija de vuestra señoría», decían. Esta primera acusación pública de ilegitimidad de Juana sería la clave para el futuro de Castilla y de Isabel.[10]
Enrique estaba perdiendo un tiempo precioso. El anciano obispo de Cuenca, Lope de Barrientos, había reclutado un gran ejército y le urgió a luchar: «De tanto vos certifico que dende agora quedaréis por el más abatido rey que jamás ovo en España». Sin embargo, en un primer momento Enrique optó por ceder: renunció al derecho de Juana a heredar el trono y declaró sucesor a Alfonso. El niño fue entregado a Pacheco. Isabel, a quien le dijeron que contaría con su propia casa, debió de aferrarse por unos instantes a la promesa de que, además, podría volver junto a su madre en Arévalo; pero de pronto Enrique renegó de su palabra, exigió que le devolvieran a Alfonso y se preparó para la guerra. Isabel tuvo que permanecer en Segovia y sus esperanzas de reunirse con su madre se desvanecieron. Al contrario, quedó bajo la vigilancia de la reina Juana, mientras su hermano, llevado a hombros por los grandes en Ávila, era proclamado rey.[11]
Pacheco pronto trató de sacar provecho personal del caos. Sus mensajeros le dijeron a Enrique que la mejor manera de comprar la lealtad de su familia y sofocar la rebelión era casando a Isabel con su hermano y compañero de revuelta Pedro Girón, un poderoso magnate andaluz y maestre de la orden militar de Calatrava. Girón estaba dispuesto a pagar un buen precio: contribuiría con tres mil lanceros y prestaría a Enrique setenta mil doblas (las monedas de oro de mayor valor de Castilla) y prometió que él y su hermano cambiarían de bando, traerían de vuelta «al príncipe su hermano» y le dejarían en sus manos. Enrique accedió e instó a Girón a «que se viniese lo más presto que pudiese». Era una jugada hábil y arriesgada a la vez: dejaba la corona al alcance de la mano de la familia intrigante y despiadada de Pacheco. Girón partió hacia Segovia con abundante dinero y una gran comitiva pensada para impresionar con su poderío y magnificencia a quienes la vieran.[12] Isabel, que se dio cuenta de que se había convertido en un simple objeto de trueque, iba a ser su premio.
La hermanastra de Enrique no había planteado ninguna objeción a la oferta de matrimonio con el rey de Portugal, probablemente porque casarse con un monarca no le parecía indigno de su condición. Sin embargo, ahora reaccionó con horror y suplicó de rodillas a Dios que la liberara del enlace con Girón. Sus plegarias surtieron efecto. Mientras Girón cabalgaba para reunirse con ella, cayó enfermo y a los diez días murió. Enrique se sentía abatido, pero Isabel, que acababa de cumplir quince años, estaba encantada. La boda portuguesa también cayó en el olvido, ya que el caos reinaba en ambos bandos en una disputa que ninguno de ellos era lo bastante fuerte para ganar. Parece que la experiencia marcó a Isabel, que sacó sus propias conclusiones sobre la conveniencia de que su destino lo decidieran los demás.[13]
Mientras tanto, la guerra civil se prolongaba. Las batallas eran pocas e infrecuentes y, en comparación con otros conflictos parecidos en Europa, las bajas eran muy escasas. Al quedar en entredicho o desaparecer por completo la autoridad real, el reino entró en una espiral de luchas intestinas, en su mayoría de ámbito local. Algunas eran viejas rivalidades que se reavivaban y otras reflejaban el nuevo enfrentamiento entre el rey y los grandes o la creciente intolerancia hacia los conversos, mientras que los pícaros y los nobles ambiciosos robaban o se apoderaban de todo lo que podían. Estallaron disturbios contra los conversos en Toledo, que había sido durante mucho tiempo un foco de rivalidad entre cristianos viejos y nuevos; ambos bandos empuñaron las armas y el fuego devoró parte de la ciudad. Dos líderes conversos fueron ahorcados por la multitud. «Esta es la justicia que manda hacer la comunidad de Toledo […] por cuanto fueron contra la Iglesia, mandándolos colgar de los pies, cabeza abajo: quien la hace, que tal pague», gritaba un pregonero mientras paseaban los cadáveres desnudos por la ciudad. Los nobles iban cambiando de bando y hasta intentaban tener un pie en cada lado, algo en lo que Pacheco era el maestro supremo. «Puesta la planta de un pie sobre el hombro de uno de los reyes y la otra sobre el de otro, nos riega en derredor con orina a todos los secuades de ambas partes», se quejó un noble.[14]
En agosto de 1467, la batalla de Olmedo supuso una victoria pírrica para Enrique. En comparación con los demás enfrentamientos de esta guerra desordenada y a medio gas, fue una gran batalla…, en la que solo murieron cuarenta y cinco soldados. El arzobispo de Toledo, que dirigía el ejército de Alfonso, resultó herido. Al cabo de un mes, Alfonso se tomó la revancha al entrar en Segovia casi sin tener que luchar, después de que unos traidores abrieran las puertas a sus tropas. El palacio de San Martín se estremeció. La asustada reina Juana se precipitó hacia la catedral y luego hacia la seguridad fortificada del poderoso alcázar, una fortaleza de cuento de hadas con torreones puntiagudos que coronaba un espolón inexpugnable que se levantaba en la confluencia de los ríos Eresma y Clamores. Y, a los dieciséis años, Isabel se vio obligada a tomar una decisión importante por cuenta propia casi por primera vez sobre si se iba con Juana o si apoyaba a su hermano contra su hermanastro. No parece que la decisión le resultara demasiado difícil: era fiel en todo a su compañero de infancia de Arévalo y no a su débil, aunque amable, hermanastro, con el que se llevaba veintiséis años. «Contra la voluntad de la dicha reyna yo me quedé en mi palacio por salir de su deshonesta guarda para mi honra y peligrosa para mi vida», se justificaría Isabel más tarde, con el toque justo de dramatismo. Su encuentro con Alfonso, que se presentó más tarde en el palacio de San Martín, fue feliz, según los cronistas: «Con muy alegre cara y gran contento».[15]
El hecho de apoyar a Alfonso era una decisión que iba a cambiar la vida de Isabel, aunque ella no lo supiera, y también una decisión atrevida; nadie sabía cómo iba a terminar la guerra civil, ni quién saldría más perjudicado; pero, por primera vez, Isabel mostró su genio. Estaba dispuesta a irse con su hermano, pero solo con ciertas condiciones, que expuso con claridad meridiana: los consejeros más importantes de Alfonso, entre ellos Pacheco y el arzobispo de Toledo, firmarían un documento en el que debían comprometerse a no obligarla a contraer matrimonio en contra de su voluntad. También exigió que se le permitiera regresar a la casa de su madre en Arévalo.[16] Había vivido con Juana en la corte de Enrique durante seis años, pero el modesto palacio de la reina madre y las torres mudéjares de Arévalo eran su verdadero hogar.
Enrique había perdido Segovia, su ciudad favorita. Era demasiado. Comenzó a negociar una vez más con Pacheco y sus aliados, quienes exigieron que les entregara a la reina Juana. Ese fue el final de la carrera política de la soberana, cuya reacción estuvo muy en consonancia con la reputación de que gozaba: entabló una larga relación con Pedro de Castilla, sobrino del hombre a quien la entregaron, el notoriamente desleal arzobispo de Sevilla, Alfonso de Fonseca. Juana quedó embarazada de su amante Pedro de Castilla y trató de esconder su estado con un corpiño de alambre, pero no le sirvió de nada; tuvo un hijo, Andrés. Y no acabó allí el asunto, porque tuvo un segundo hijo, que se llamaría Apóstol. Este comportamiento tan descaradamente escandaloso serviría de munición para los furibundos ataques de Isabel contra la reputación de su cuñada, pero a Enrique no pareció importarle demasiado y continuó enviando regalos a su esposa, incluidas una vajilla de plata e incluso una cama.[17]
Isabel, por su parte, estaba disfrutando de su regreso a Arévalo. Cuando Alfonso cumplió catorce años el 17 de diciembre de 1467, lo celebraron en casa de su madre, con una pantomima organizada por Isabel en la que esta se disfrazó de musa y pidió a Gómez Manrique, el gran poeta de la corte, que escribiera los versos que ella y sus damas representaron para su hermano. Permanecieron en Arévalo varios meses, pero un brote de peste provocó que Alfonso, Isabel y un contingente de soldados abandonaran precipitadamente la ciudad a finales de junio de 1468.[18]
Se detuvieron a pasar la noche en la aldea de Cardeñosa, donde a Alfonso le sirvieron trucha empanada. Esa noche el hermano de Isabel durmió mal y, a la mañana siguiente, no podía hablar. Isabel permaneció a su lado durante parte de los cuatro días siguientes. Con el paso de las horas y las sangrías de los médicos, quedó claro que su hermano se estaba muriendo. Isabel tuvo tiempo de debatir con Pacheco y con el arzobispo de Toledo lo que debería suceder después. Ella misma escribió en una carta del 4 de julio:
Segvnd lo que todos los físicos dicen, la vida suya por pecados deste reino está en grande peligro que se dubda poder escapar. […] E ya vosotros sabéis que en la ora que Nuestro Señor de su vida otra cosa dispusiese, la subcesión destos reinos e señoríos de Castilla y de León pertenescan a mí commo su legítima heredera y subcesora que soy.[19]
5
Toros
Toros de Guisando, 19 de septiembre de 1468
Era un día fresco y claro en la llanura que se extendía al pie del cerro de Guisando, uno de los primeros y suaves contrafuertes meridionales de la sierra de Gredos, en el centro mismo de Castilla. En medio de lo que, dada la época del año, debía de ser un paisaje de hierbas y matorrales agostados, con los árboles todavía llenos de hojas y una línea de vegetación que seguía el curso serpenteante de un arroyo estrecho y de suave murmullo, se erguían cuatro toros gigantescos de granito. Era un lugar especial. Un puñado de monjes contemplativos de la orden de los jerónimos habían elegido refugiarse del mundo en un pequeño monasterio rústico situado en una frondosa colina de las inmediaciones. Nadie sabía qué hacían allí esos enigmáticos toros de lomo alargado, ni quiénes los habían tallado con tanto esmero y detalle en grandes bloques de granito sin pulir. Su presencia evocaba poderío físico y siglos de historia no escrita. Era un lugar apropiado para que Isabel sellara un acuerdo histórico.
La princesa cabalgaba a lomos de una mula elegantemente adornada, a la que llevaba de las riendas Alfonso Carrillo, quien avanzaba con recelo y desconfianza hacia el rey. El arzobispo de Toledo había acudido con doscientos de sus lanceros. Sin embargo, el encuentro no era bélico, sino que se trataba de traer la paz a un reino que había vivido en un estado de incertidumbre y angustia durante tres años. La reconciliación había sido una decisión personal de Isabel, quien, a pesar de su juventud y dependencia de terceros, exhibía la confianza y la firmeza que a algunos ya les parecían inquietantes en una persona de su sexo y edad.
Enrique llegó con mucha mayor pompa, acompañado de más de mil jinetes. Las fanfarrias de sus trompetistas debieron de hacer que la fauna local huyera despavorida a esconderse en sus madrigueras, guaridas y matorrales, o que bandadas de pájaros se alejaran volando, sobresaltados. La demostración de poder era real, ya que Enrique tenía la capacidad de destruir a Isabel y a sus partidarios. Algunos deseaban que lo hiciera; pero también él prefería la paz, aunque eso significara plegarse a la voluntad de la joven que se acercaba a él en su espléndida mula. Estaba harto de problemas y, de todos modos, hacía tiempo que se esforzaba por evitar conflictos, armados o no. Isabel desmontó. Se acercó a Enrique, se agachó e hizo ademán de besarle la mano. Era una señal pública de obediencia, pensada para que la viese todo el mundo. Enrique, siguiendo tanto la costumbre como un guion previamente acordado, señaló que no era necesario. El mensaje estaba claro. Isabel no iba a disputarle a Enrique la corona, pero tampoco iban a humillarla.[1]
Esta representación pública de septiembre de 1468 tuvo tres actos más que cambiarían la historia de Castilla. En primer lugar, se leyó una carta escrita por Enrique en la que reconocía a Isabel como la legítima heredera de su trono. Enrique pedía a todos los presentes que juraran el reconocimiento de la posición de Isabel como heredera, mientras que el nuncio papal Antonio Giacomo Venier los liberaba de su juramento de lealtad anterior a la Beltraneja. Sus palabras llevaban la autoridad del mismísimo Papa. Todos los presentes prometieron luego lealtad a Enrique. Carrillo, a petición propia, fue el último en hacerlo.[2]
El obstinado arzobispo había intentado disuadir a Isabel de sellar este acuerdo con Enrique y había argüido en su contra hasta la noche anterior. Carrillo era primado de las Españas y un temible sacerdote guerrero que llevaba una capa escarlata brillante con una cruz blanca sobre la armadura cuando llevaba a sus hombres a la batalla. Su arzobispado le otorgaba un enorme poder temporal, con 19.000 vasallos en sus extensas tierras, así como 21 castillos y un ejército de 2.000 hombres. También era un conspirador inveterado y un aliado ocasional del rey Juan el Grande de Aragón. Sin embargo, Isabel se había mantenido firme contra uno de los hombres más poderosos de Castilla y había rechazado el ejército que le ofrecían el arzobispo y el nutrido clan de los Carrillo. Con el fin de atenuar el sentimiento de humillación del arzobispo y de aplacar el mal genio por el que era famoso, después de la misa matutina Isabel firmó un escrito por el que se comprometía a asegurarse de que Enrique y sus hombres no castigaran a Carrillo o a los suyos por su lealtad hacia ella. Esta decisión, y las otras que había tomado durante las negociaciones sobre el acuerdo, dieron a los participantes una primera idea de la fuerte personalidad de la joven a la que el destino había empujado repentinamente a la primera línea de la política de Castilla.[3]
Es posible que Isabel pronunciara una breve plegaria esa mañana durante la misa. Años más tarde, sus propagandistas dirían que fue esta: «Si no tengo derecho, que no haya lugar de pecar por ignorancia, y si lo tengo, dame seso y esfuerzo para, con ayuda de Tu brazo, lo pueda proseguir y alcanzar y dar paz a este reino».[4] El «seso y esfuerzo» nos sirven de guía para entender qué imagen tenía Isabel de sí misma, al menos en retrospectiva. La modestia en lo relativo a sus capacidades no era una de sus preocupaciones principales. El «brazo» al que se refería pertenecía a la entidad que ella pensaba que la había llevado a esta posición: Dios. La ayuda divina o, más bien, la aprobación divina de sus actos se convertiría en una postura habitual en la vida de Isabel. Era la base de su confianza y hacía innecesaria la falsa modestia, o incluso la auténtica. En su cabeza se perfilaba un razonamiento circular muy útil. Si la habían designado futura reina de Castilla, era por voluntad de Dios. Y si Dios la había elegido para que realizara su obra, entonces le bastaba con cumplir sus mandamientos para que él aprobara sus actos, que así recibían la sanción divina. En malas manos, era la fórmula perfecta para la tiranía. El único problema, de hecho, era saber exactamente cuáles eran esos mandamientos. Isabel sabía que el día del juicio que seguiría a la muerte sería real y aterrador. En busca de orientación espiritual, se apartó de los clérigos mundanos como el arzobispo para recurrir, en cambio, a una serie de adustos frailes, varios de los cuales serían también sus confesores, que rechazaban los placeres mundanos y abrazaban las versiones más estrictas de la moral cristiana. Durante sus estancias en Segovia ya había conocido a uno de ellos, el ardiente prior del convento de los dominicos más antiguo de España, el de Santa Cruz. Se llamaba Tomás de Torquemada y tenía las ideas muy claras en cuanto a los males que afligían al reino, entre los que figuraban los judíos, los conversos que según él eran todavía criptojudíos, los adivinos, la simonía eclesiástica y los funcionarios municipales corruptos o ineptos.[5] El reino estaba enfermo, decía, y había que purificarlo, y para esos grandes males hacían falta grande
