Índice
Prólogo
CAPÍTULO 1: PRIMERAS ESCENAS
Por favor, abróchense los cinturones
El inicio de todo
El efecto Lumière
Terror en el Drive-In
Lita y las telenovelas
Un destello en el desierto
CAPÍTULO 2: EN BUSCA DE UNA VOCACIÓN
Hippies en Londres y revolucionarios en París
La novia vestía de negro
Un sueño llamado Hollywood
Día domingo
«¡Todos al suelo, carajo!»
CAPÍTULO 3: ENTRE ESPAÑA Y REPÚBLICA DOMINICANA
Un encuentro con José Donoso
En el cine con García Márquez y Vargas Llosa
Historia de un puñetazo
Una lección de las artes marciales
Paramount Pictures en el Caribe
CAPÍTULO 4: EL SET DE FILMACIÓN
En el burdel con Vargas Llosa y Óscar de la Renta
La maldición de William Friedkin
CAPÍTULO 5: CINE Y TELEVISIÓN EN PERÚ
La torre de Babel
Peligro en las calles: Gamboa
Roger Corman y Misión en los Andes
El debut de Sandra Bullock
Un baño de lodo: la política
CAPÍTULO 6: UN PERUANO SUELTO EN HOLLYWOOD
Sniper: un disparo, una muerte
El especialista: entre los egos de Sylvester Stallone y Sharon Stone
Anaconda: Jennifer López en el Amazonas
CAPÍTULO 7: HACIA UN CINE MÁS PERSONAL
La fiesta del Chivo: los abusos de un dictador
Museos de la imagen
Tatuajes en la memoria: un retrato de la violencia en el Perú
Epílogo: El camino recorrido
Dossier fotográfico
Agradecimientos
Legal
Sobre el autor
Sobre este libro
«This peruvian director is not going to teach me how to fuck! I fuck every day!»
(Actor de Hollywood a propósito de una escena de sexo)
A Micaela, Sebastián y Mateo
Prólogo
La gran estrella, el centro de este libro, es el show business. Yo soy, simplemente, un intermediario. El testigo privilegiado en primera fila de lo que ha sido, en los últimos cincuenta años, esa rama del quehacer humano que a todos fascina y cautiva. Una aventura que me ha llevado por el mundo entero trabajando en sus más diversas manifestaciones: televisión, cine, mega eventos, música y lo que hoy llamamos museos de la imagen.
Hayan tenido o no una gran repercusión, y varias la tuvieron, incluyo aquí las películas o proyectos audiovisuales de distintos géneros en los que trabajé o dirigí, los cuales significaron grandes aventuras y experiencias de vida con mucha adrenalina y emoción, que sin duda merecen ser contadas.
Mis hijos siempre han insistido en que yo debía escribir una crónica de lo que ha sido mi pasión y dedicación de toda una vida (casi 24/7, si incluimos mis largas horas de insomnio), pero nunca había tenido el tiempo para sentarme a planearla y escribirla, hasta que el mundo se detuvo en el año 2020 y decidí empezar.
Lo que debía ser un viaje de trabajo de diez días a República Dominicana, sorpresivamente se convirtió en una cuarentena de varios meses en el resort Club Hemingway de Juan Dolio, una playa paradisíaca, a unos sesenta kilómetros de Santo Domingo. Allí, completamente solo, sin familia ni amigos, decidí hacer caso a mis hijos y emprender esta vuelta al pasado para compartir lo que ha sido mi vida en el mundo del espectáculo: cinco décadas de gran intensidad que, a pesar de sus tensiones y altibajos, no cambiaría por nada. Una montaña rusa que todavía no se detiene y cuyas imágenes imborrables siguen invadiendo mis horas de insomnio. Una montaña rusa en la que debes viajar de pie, pero peleando, porque tu vecino del costado o el de atrás están tratando de clavarte un puñal en la espalda y empujarte al vacío. Es un mundo en el que nadas a través de un mar infestado de tiburones y debes tener el cuchillo en la boca para sobrevivir o morir desangrado. Ha sido intenso en satisfacciones y decepciones, en lealtades y traiciones, pero igual, repito, no cambiaría esta experiencia de vida por nada.
Imágenes y vivencias entrañables que me han quedado como legado de esa vida intensa y diferente en el show business, dentro del cual, por supuesto, el cine ocupa un lugar especial. Imágenes como un amanecer en Machu Picchu, viendo cómo la niebla va cubriendo de magia las milenarias piedras, esperando el momento exacto para gritar «¡acción!» y hacer aparecer, cual fantasma, a un personaje tocando la quena rindiendo homenaje solitario al dios Sol. O avanzar por el denso follaje de un bosque australiano, bajo una lluvia torrencial, para dirigir un largo plano secuencia hasta el momento del disparo mortal de un francotirador. O ir a ciento veinte kilómetros por hora por las calles del distrito de Barranco, filmando una persecución imposible entre Lima y Cusco. O perder los papeles y amenazar a un actor con lanzarlo del helicóptero en pleno vuelo, a varios cientos de metros de altura, porque se había encaprichado con actuar de una manera que no tenía nada que ver con su personaje. O dirigir al alba a un actor japonés de noventa años por las calles desiertas de Tokio, para luego llevarlo al tumulto arrasador de Roppongi y sufrir sus arrebatos de ira e insultos dirigidos hacia mí en un idioma que, felizmente, yo no entendía.
Por supuesto, no todos fueron momentos en que logré lo que quería. La frustración es también una compañera constante en el desafío de hacer cine. Se interponen en tu camino el azar, los presupuestos que no alcanzan para poner en escena lo que tienes en la cabeza o cosas simplemente idiotas que ocurren: después de varias horas de preparación para una puesta en escena muy compleja en la selva amazónica, perdimos la luz ideal porque el actor se emborrachó con una prostituta de Iquitos y no llegó a tiempo. O cuando, en las catacumbas de una antigua iglesia virreinal, de un momento a otro la joven actriz se negó a besar al galán, porque, según confesó, jamás había besado a nadie y se sentía nerviosa. O en Londres, cuando tuve que lidiar con un egocéntrico protagonista que decidió detener la grabación para tener sexo con una chica en el baño del estudio.
Los egos monumentales son un capítulo aparte en la dirección cinematográfica. Aunque se trate de buenos actores o actrices, a veces olvidan que la fama y el atractivo físico, temporal y perecedero, no les da el monopolio de la verdad o la razón, y que esos atributos no sirven de nada si además no hacen lo principal: trabajar en equipo con el director y los profesionales a su alrededor para desarrollar y enriquecer a su personaje, como parte de un propósito esencial que es contar la historia lo mejor posible. Los he tenido de todo tipo y calibre: Sharon Stone quería llegar al set y decidir ella sola toda la puesta en escena por capricho y para tratar de hacer prevalecer su poder. Tomas Milian que, muy avanzada la película y sin ninguna justificación, de pronto quiso darle a su personaje del dictador Trujillo unas aristas homosexuales, algo que rompía con la lógica de la historia y del protagonista. Sylvester Stallone empecinado en cambiar en pleno rodaje el guion para que Sharon Stone no hiciera el amor con otro personaje (Eric Roberts) porque, según él, le quitaba protagonismo: aseguraba que a ella, su «conquista» en la película, no se le podía ver en la cama con otro hombre. Por una cuestión de ego, Stallone pasaba por alto uno de los momentos más importantes de la historia: cuando Sharon Stone, como parte de su venganza, tiene sexo con el hombre que mató a sus padres y de cuyo asesinato ella fue testigo. Quizá la mejor escena de la película y, sin embargo, en esta pequeña disputa Stallone ganó: Warner Brothers nos obligó a sacar esta parte porque el actor amenazó con no hacer publicidad para la película si no la eliminábamos.
Frente a estos egos debes plantarte firme o de lo contrario acaban arrasándote y dirigiendo tu película. ¡El cuchillo siempre en la boca! Hay demasiado dinero en juego y en Hollywood las batallas son diarias. Por supuesto, debes escoger las peleas que puedes perder o que sabes de antemano que vas a perder, porque, más adelante, podrás ganar otras.
***
Estas batallas han sido parte de la vida intensa y aventurera que me ha tocado vivir en el mundo del espectáculo. Un camino accidentado pero apasionante, sin tiempo para aburrirme o dejar de asumir con mucha intensidad todo lo que hago. Porque el trabajo, en mi caso, no termina cuando grito el último «¡corten!» del plan de rodaje.
Insomne, obsesivo con mi oficio y con ciertos aspectos visuales, llevo ese ímpetu a donde quiera que vaya. A pesar de las protestas de mi esposa, no es raro que en un restaurante o en casa de amigos pida cambiar un poco la luz del ambiente, como si todavía estuviera en el set de filmación. Tengo que recordarme constantemente a mí mismo en mis producciones que lo esencial es la historia que cuento, porque tiendo a poner demasiado énfasis en lo visual y en la dirección artística, a veces en detrimento de la historia. Lo visual es el medio con el que desarrollas la narración en el cine, pero lo primero debe estar supeditado al propósito esencial de embarcar a tu audiencia en la historia que cuentas.
De Lima a Hollywood hay 6729 kilómetros. Más que una larga distancia geográfica, era un destino difícil, sobre todo para alguien que viene de un país como Perú, con una trayectoria de producción de cine menos desarrollada que otros países de Latinoamérica. Sin embargo, en cierto momento de mi vida, me propuse seguir ese camino. Y con un poco de suerte y mucha terquedad, logré ser el primer latinoamericano en dirigir en Hollywood tres películas de gran presupuesto, filmes que estuvieron como número uno en la taquilla. Dos de ellas se convirtieron en franquicias que continúan produciendo nuevas versiones. De Sniper, que inicié con Tom Berenger, se han hecho ya ocho secuelas.
Unos años antes, el argentino Luis Puenzo, luego de ganar un Oscar a la mejor película extranjera por La historia oficial, había dirigido Gringo viejo con Gregory Peck y Jane Fonda, pero su pobre desempeño en la taquilla hizo fugaz y poco auspicioso su paso por Estados Unidos.
Hoy, como peruano y latinoamericano amante del cine, veo con orgullo que muy buenos directores como Alfonso Cuarón, Alejandro González Iñárritu, Guillermo del Toro o Pablo Larraín cosechan grandes éxitos y premios Oscar en Hollywood, recorriendo un camino que yo comencé a abrir en 1992, con la aspiración de entrar en esa larga tradición de películas norteamericanas que daban la vuelta al mundo, haciéndonos soñar y vivir, desde temprana edad, fascinantes historias que se veían en los más variados y recónditos lugares del planeta.
Ese Hollywood de memorables personajes bigger than life y de directores como Orson Welles, John Ford, Howard Hawks, Sam Peckinpah, Robert Aldrich; o, más recientemente (a partir de los años 80), Steven Spielberg, William Friedkin, Francis Ford Coppola o Martin Scorsese. Directores que consiguieron imprimir un sello personal en cada una de sus películas y, a la vez, un gran éxito comercial. No es mi caso, no logré en Hollywood hacer un cine más personal, pero sí conseguí ser parte de esa industria que permite que tus películas se miren en el mundo entero. Es emocionante ver billboards o afiches de tus obras en casi todos los idiomas imaginables o colocados en los lugares más apartados de la Tierra. En ese sentido, fue un momento importante cuando recibí mis credenciales como miembro del Directors Guild of America (Sindicato de Directores de América), lo cual me hizo sentir un enorme orgullo al saberme parte de esta gran tradición.
Mi paso por Hollywood me trajo ciertamente muchas alegrías y retos, pero también algunos sinsabores. Uno de ellos ha quedado como uno de los peores momentos de mi vida. Durante la preproducción de El especialista, unos delincuentes en Lima intentaron secuestrar a mis hijos, en esos años todavía unos niños pequeños. Todo ocurrió muy rápido. El chofer de confianza los estaba llevando al colegio cuando de pronto dos vehículos les cerraron el paso. Él se dio cuenta de inmediato que en el interior del otro auto iban personas armadas. Pudo acelerar y escapar, pero los delincuentes los persiguieron por varios minutos hasta que el chofer llegó a una estación de policía, lo cual hizo que los secuestradores desistan. Aunque no llegó a mayores, viví el terror de sentir a mi familia expuesta a una violencia gratuita e irracional, motivada posiblemente por los diarios que anunciaban que el presupuesto de la película que yo dirigía era de cincuenta millones de dólares, algo que posiblemente hizo pensar a los delincuentes que el dinero era mío. El cabecilla de la banda, muy conocido en el mundo del hampa, tenía un hermano que trabajaba como chofer de un vecino nuestro en el edificio en donde vivíamos. Esa persona había sido el informante de nuestros movimientos. No tuve otra alternativa: trasladé a toda la familia a Los Ángeles y luego a Miami en donde se filmaría la película.
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Durante toda una época combinaba mis trabajos de director en Hollywood con el de productor en Perú y otros países de Latinoamérica. Era una experiencia muy extraña: había meses en que pasaba de dirigir una película de decenas de millones de dólares en Estados Unidos, a producir un capítulo de teleserie de quince mil dólares en Perú con mi compañía Iguana Films. Un día estaba ordenando que una grúa Panavision de treinta metros hiciera un enrevesado movimiento de cámara en un set de Warner Brothers o Columbia Pictures en Los Ángeles, y a la semana siguiente estaba en Lima, pidiéndole al director de TV que hiciera su plano secuencia con cámara en mano, porque no había presupuesto para un steadicam, esos soportes estabilizadores para las cámaras cinematográficas.
Sin embargo, más allá de estas notables diferencias, siempre tuve, sea cual fuera el presupuesto o la producción, el compromiso moral con la gente que trabaja bajo mi liderazgo de atender sus requerimientos y darles el trato más justo. Soy muy consciente de que decenas de familias dependen de ellos. Tengo la satisfacción de haber creado varios miles de puestos de trabajo en mi larga trayectoria, y eso continúa.
Todas las ramas del mundo del espectáculo en las que he trabajado me han dado sorpresas y alegrías, algunas más que otras, por supuesto. Las páginas que siguen reflejan esas cinco décadas de experiencias, cada una de las cuales será debidamente contextualizada para comunicar con mayor precisión la magnitud de los desafíos, la amargura de las cosas que no salieron bien, el orgullo de los éxitos y el alcance de mis hallazgos. El común denominador ha sido la constante batalla con las fuerzas del mal que tratan, generalmente por envidia, de destruirte o sacarte del medio.
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Quiero que este libro sea un estímulo para los jóvenes que emprenden la lucha por conseguir sus metas y sueños, pero no es un catálogo de recomendaciones a priori. Contaré mi historia y que sean los lectores quienes saquen sus propias conclusiones.
Si de algo me gradué en el mundo universitario es de drop out, es decir, de alumno desertor. Luego de dos años de estudios generales en la Pontificia Universidad Católica del Perú, de intentar estudiar Literatura en San Marcos y Comunicaciones en la Universidad de Lima y en la Autónoma de Barcelona, el cine me llevó a tomar una decisión radical: dejar la universidad para hacer películas. En esa época, las escuelas de cine eran esencialmente teóricas. Y yo quería salir a la calle a filmar.
Mi formación cinematográfica fue sobre todo autodidacta. Considero crucial el libro de entrevistas El cine según Hitchcock, de François Truffaut, en el cual ambos genios desmenuzan las películas del maestro del suspenso, y también los artículos de quien fue mi ídola indiscutible: Pauline Kael, la crítica de cine de The New Yorker, cuya vasta serie de artículos ha sido recopilada en diversos libros, entre ellos Raising Kane, un profundo y controversial análisis de la obra maestra de Orson Welles: El ciudadano Kane.
Entusiasmado ya por el cine y asiduo asistente a las proyecciones del cineclub de San Marcos en el auditorio del Ministerio de Trabajo, tuve un paso corto (pero muy productivo) como crítico de cine en un medio local. Ahí, más que críticas objetivas sobre las películas que veía, describía la manera en que yo las hubiera filmado. En otras palabras, el que escribía, más que un crítico o un comentarista, era un potencial realizador.
En mis insomnios, en los que me veía dirigiendo películas de grandes presupuestos, me preguntaba con temor: ¿qué diría Pauline Kael sobre mis películas? Nunca lo sabré. Ella dejó de escribir en 1991, dos años antes de Sniper, mi primera película hecha para Hollywood.
En esta industria he sido más un eficaz artesano, un craftsman, un hired gun, que un director con un sello personal. Pero, como dije, tengo la satisfacción de que mis películas llegaron hasta los últimos rincones del planeta, estuvieron en los primeros puestos de las taquillas durante varias semanas y hasta el día de hoy se continúan viendo.
Cuando me preguntan: «¿Hollywood te dejó o tú lo dejaste?», respondo: «Fue un mutuo y amigable disenso». Después del éxito de taquilla de Anaconda (1997), solo me enviaban guiones de depredadores. Mis agentes en la Creative Artists Agency (CAA) trataban de convencerme de que los hiciera. «Esta es distinta», me decían. «No es una culebra que se arrastra, es un monstruo con alas». Pero eran más de lo mismo.
Así que me fui de Hollywood para intentar hacer un cine más personal. Algo me he acercado a esa meta con la película La fiesta del Chivo que hice algunos años atrás y con la última que he producido y dirigido en los Andes del Perú, en Ayacucho: Tatuajes en la memoria, basada en el libro de Lurgio Gavilán, Memorias de un soldado desconocido, y con guion de Mario Vargas Llosa. De esto hablaremos más adelante.
En cuanto a la crítica, puedo decir que el balance ha sido más o menos equilibrado: he tenido críticas terribles, venenosas e incluso con ataques personales, pero también he tenido varios elogios y críticas positivas. En todo caso, es algo que nunca me ha quitado el sueño. Desde muy joven tuve claro que la energía hay que concentrarla en avanzar, en seguir creando sin mirar atrás, en lugar de detenerte para lamerte las heridas o enfocarte en las opiniones negativas que irremediablemente vas a tener. En el show business trabajas para el gran público. Es él quien te odia o el que te ama, y de eso depende que sigas trabajando, no de lo que dicen los críticos, por lo demás, bastante caprichosos (como lo fui yo) e ineptos en su mayoría.
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A lo largo de las miles de horas de televisión que he producido para diversas cadenas del mundo hispano, eventos, obras de teatro, espectáculos, museos y por supuesto películas, siempre he buscado una mística colectiva que haga que la gente vaya a trabajar con alegría, entusiasmo y espíritu positivo. Para mí eso es crucial: crear una atmósfera solidaria y amigable en cada proyecto. Es algo que hace de los rodajes una experiencia entrañable, que no se olvida jamás. Desde mi posición de liderazgo busco esa atmósfera valorando y tratando con respeto y justicia el trabajo de todos, cultivando el humor y la buena onda. Durante mi vida en el show business considero esto igual de importante que el rating o el éxito de taquilla.
Sin embargo, también es crucial saber enfrentar, con firmeza y sangre fría, los constantes embates que surgen en una industria tan feroz como Hollywood. En el cine de gran presupuesto se pierde mucha energía en los tira y afloja con los ejecutivos, por lo general llenos de temores e inseguridades ante la posibilidad de que una película no cumpla con las expectativas. Sus temores son comprensibles, pues Hollywood castiga el fracaso cortando cabezas, pero muchos de ellos llegan al extremo de pensar que están filmando un presupuesto y no una historia.
Esa parte de Hollywood me cansó y por eso decidí virar hacia el cine independiente, intentando cosas más personales.
Un capítulo especial merece mi relación con el legendario Roger Corman, famoso por haber dado sus primeras oportunidades a gente del calibre de Jack Nicholson, Francis Ford Coppola, Charles Bronson, Robert De Niro, Sylvester Stallone, James Cameron, Martin Scorsese, Ron Howard, David Carradine o Joe Dante. Él marcó un antes y un después también en mi carrera. A diferencia de todos esos nombres, que tocaron la puerta de Corman buscando su primera oportunidad, en mi caso fue él quien me tocó la puerta a mí, como contaré más adelante.
Precisamente, mientras revisaba los últimos cambios a este libro, me enteré de su muerte a los noventa y ocho años. Una noticia que me dejó muy apenado. La última película que Corman produjo para Universal Pictures fue Death Race 2050 (2017), la cual filmamos en Perú con mi compañía Iguana Films. A lo largo de tres décadas mantuvimos un vínculo de entrañable amistad, que incluyó también a mi esposa Roxana y a su esposa Julie.
Como conté al inicio, empecé a escribir estas líneas en República Dominicana, en una playa, bajo cuarentena. Cuatro años después, termino este libro en Perú, luego de un arduo viaje interior en el que he revivido experiencias tan lejanas en la memoria como esenciales para mi vida personal y profesional. Lo he escrito no solo para dejar testimonio de mi paso por el mundo del espectáculo, sino también, y ojalá, para inspirar a los más jóvenes a seguir esta ruta tan apasionante. Como verán en mi propia historia, llegar al epicentro de Hollywood no es algo imposible.
Por último, no habría podido culminar este proyecto de retrospección y mucha paciencia si no hubiese sido por el apoyo de mi gran amigo y guionista de cabecera, Pablo Vásquez, con quien hemos realizado diversos proyectos a través de los años y que ahora, para llevar a cabo estas memorias, ha sido una vez más un acompañante tenaz durante las largas jornadas de trabajo.
Ahora sí. Si todos estamos listos, solo resta decir: «Silencio, por favor. Rueda cámara. Rueda sonido. ¡Acción!».
CAPÍTULO 1: PRIMERAS ESCENAS
Por favor, abróchense los cinturones
Era una mañana soleada con la luz entrando a raudales por los antiguos pasadizos y arquerías del Hotel Monasterio, en el Cusco. Susan Ruskin (la actual vicepresidenta ejecutiva del American Film Institute, AFI), mi esposa Roxana Valdivieso y yo, terminábamos de desayunar en las mesas adyacentes al patio central del hotel, acondicionado sobre lo que fue, en el siglo XVII, el seminario San Antonio Abad, construido en 1598 sobre un palacio inca. Al levantar la mirada, me impresionó notar que Verna Harrah venía hacia nosotros con una expresión sombría.
Verna, heredera de un imperio de casinos y hoteles creado por su difunto esposo, William F. Harrah, y quizá entre las dos o tres mujeres más ricas del mundo, había venido con Susan a visitarnos para viajar juntos al Cusco en su jet privado. Hacía poco habíamos terminado de filmar la película Anaconda en la selva amazónica de Brasil, con su empresa Middle Fork Productions para Columbia Pictures. Verna fue la productora ejecutiva y Susan la productora asociada. Era 1996.
La expresión triste y sombría de Verna contrastaba con la alegría y entusiasmo con la que la habíamos visto en Cusco y Machu Picchu los últimos días. Esa mañana, mientras nosotros desayunábamos, ella había insistido en que un chamán le leyera la suerte en las hojas de coca. Esta lectura es una forma de adivinación milenaria de los Andes, la realizan chamanes (maestros) que siguen una tradición familiar ancestral que se transmite de generación en generación. En el barrio de San Blas, donde estábamos, es característico que el chamán mastique las hojas antes de pedir permiso a la Pachamama, la Madre Tierra, para luego levantarlas en distintas direcciones y realizar una ofrenda en quechua, el idioma de los incas. Lo que las hojas cuentan o predicen el chamán se lo comunica a un traductor, quien a su vez se lo dice a la persona que ha pedido la lectura en el idioma respectivo. ¿Tendrían que ver las predicciones del brujo con el ánimo que Verna mostraba ahora?
Durante varios años, ella tuvo que hacerse diálisis constantes por un problema crónico de insuficiencia renal. El destino, o la mano de Dios, le había dado una incalculable fortuna material, pero, al mismo tiempo, una condición médica cuya vulnerabilidad la ponía al borde de la muerte todo el tiempo. Hacía unas semanas, sin embargo, tras meses de estar en lista de espera, le habían transplantado el riñón de un joven neoyorquino muerto en un accidente de tránsito. La operación fue un éxito.
Antes de eso, en la etapa de preproducción de Anaconda, cuando viajábamos constantemente entre Los Ángeles y Nueva York, Verna tenía que llevar en su jet privado todos los aparatos necesarios para sus constantes diálisis.
Aunque era evidente que al verla tan contrariada todos nos preocupamos por lo que le dijo el chamán, quizá algo relacionado con su salud, decidimos no preguntar nada por respeto a su privacidad.
El Hotel Monasterio se encuentra en San Blas, un hermoso barrio cusqueño de calles de piedra lleno de talleres y tiendas de artesanos. Caminamos por sus estrechas y empedradas calles hasta la van que nos llevaría al aeropuerto Velasco Astete. Allí abordamos el jet de Verna, un Cessna Citation X comandado por un piloto veterano de la Fuerza Aérea Norteamericana, condecorado por sus valiosos servicios en la guerra de Vietnam. Para poder apreciar el paisaje, habíamos acordado sobrevolar Machu Picchu y después las Líneas de Nasca antes de enrumbar hacia Lima.
El día anterior fuimos a Machu Picchu por tren, en el famoso vagón Hiram Bingham, pero Verna quería completar la experiencia viendo la ciudadela desde el avión. Visitamos también la feria dominical en el pueblo de Chincheros, el lugar donde se filmó The Last Movie de Dennis Hopper, quien poco antes, en 1969, había rodado la famosa Easy Rider, en ese momento una película marginal protagonizada por Peter Fonda y que terminó inaugurando una nueva era en Hollywood. Mi amigo Daniel Camino fue el productor local de esa película y me contó de primera mano las locuras y excesos, de todo tipo, que cometió el crew de Hopper.
Éramos solo cuatro en un jet con capacidad para doce pasajeros. La azafata nos ofreció champán y brindamos por lo maravilloso del viaje y por futuros proyectos, anticipando la gran cena de despedida que les habíamos organizado para esa noche en Lima. El despegue, que toma cierto tiempo debido a la altura en que se encuentra Cusco, fue espectacular. Pasamos entre montañas cubiertas por casas con techos de tejas ocres y, en pocos minutos, llegamos a Machu Picchu. La vista era impresionante: acababa de llover y se había formado un gigantesco arcoíris en el valle que alberga la ciudadela.
Hace unos seiscientos años, la gran sabiduría arquitectónica de los primeros peruanos hizo posible construir Machu Picchu sobre una montaña, utilizando piedras gigantes que tuvieron que ser arrastradas desde canteras lejanas por miles de súbditos de Pachacútec, el rey inca que ordenó su construcción. Tal vez el gran Pachacútec se había decidido a erigir la fortaleza en ese lugar al ver, en un arcoíris similar, una señal del dios Sol.
Desafiando la altitud mínima permitida, el capitán voló entre Machu Picchu y el Huayna Picchu, el pico que está frente a la ciudadela. Fiel a mis reflejos de director, hice subir el volumen a la música de «El cóndor pasa» que sonaba por los parlantes de la cabina (no la versión de Simon y Garfunkel, sino una de músicos quenistas peruanos) y que yo había sugerido poner, como si se tratase de la banda sonora de una película. La experiencia resultó mágica, difícil de olvidar.
Tras un par de vueltas por el valle, enrumbamos a Nasca. Del paisaje de ceja de selva del Cusco y de las montañas con picos nevados de la sierra central, en menos de treinta minutos, llegamos al paisaje árido de la costa peruana. A juzgar por su expresión más luminosa, el ánimo de Verna había mejorado.
Al inicio del vuelo, Roxana y yo también habíamos sentido un poco de aprensión. Era la primera vez que volábamos juntos desde el nacimiento de nuestros hijos, Sebastián y Mateo. Antes de eso, procurábamos volar en aviones separados para aminorar el riesgo de que un accidente los dejara huérfanos. Aunque a simple vista pudiera parecer exagerado, yo tenía buenos motivos para imaginar un escenario como este.
La posibilidad de un accidente aéreo apareció en mi vida en junio de 1962, cuando mi hermana Wanda falleció al estrellarse el avión de Air France en el que viajaba de regreso a Perú. Ella había estado dos años estudiando y trabajando en París, viviendo en casa de mi primo Mario Vargas Llosa y mi tía Julia Urquidi, quien entonces era su esposa. El accidente, ocurrido en la isla de Pointe-à-Pitre, se llevó la vida de todos los pasajeros y tripulantes, una desgracia que marcó a mi familia para siempre. Jamás olvidaré el momento cuando mi padre colgó el teléfono fijo del pasadizo de nuestra casa, pálido. Había llamado al aeropuerto para confirmar la hora de llegada del vuelo 117 de Air France y le dijeron, a boca de jarro: «El avión ha tenido un accidente y no sabemos nada de los pasajeros». No podía hablar. Temblando, simplemente dijo: «¡Mi hija! ¡Un accidente!». Mi mamá no pudo mantenerse en pie y, minutos después, las radios daban cuenta de la tragedia en la que mi hermana y otras dos peruanas habían perdido la vida.
Era el 22 de junio de 1962. El Boeing 707-320 de Air France había despegado del aeropuerto de Orly en París, llevando a ciento tres pasajeros y diez tripulantes. Las escalas en Lisboa e Islas Azores habían transcurrido sin novedad. El avión se enrumbaba para otra escala en Guadalupe, luego iría a Lima y a Santiago de Chile. Al acercarse al aeropuerto de Pointe-à-Pitre encontraron una fuerte tormenta y baja visibilidad. La baliza de navegación VOR que te indica obstáculos específicos en el trayecto de aproximación al aeropuerto estaba fuera de servicio, por lo que se tuvo que recurrir al sistema NDB, un sistema no direccional y menos preciso. Parece que la violenta tormenta provocó que las lecturas del radiogoniómetro fueran incorrectas y le dictó al piloto un desvío de alrededor de quince kilómetros para el aterrizaje.
Al empezar a descender en esa nueva dirección, en la oscuridad, sacudido por la tormenta, el avión encontró una montaña en el camino. El piloto trató de levantar la nave, pero ya era muy tarde: se estrelló contra el bosque de la montaña llamada Dos d’Âne (Espalda de Asno), a 1400 pies de altura (427 metros), y se incendió. Mario Vargas Llosa, muy joven aún, viajó desde París para identificar el cuerpo de mi hermana. Les dijo a mis padres, al llegar acompañando el féretro para su entierro en Lima, que el cuerpo estaba intacto, no había sido alcanzado por las llamas. Wanda era alegre, muy calmada y serena, irradiaba paz a quienes la rodeaban. En París se había comprometido con un novio peruano. Mario les aseguró a mis padres que el rostro sin vida denotaba la misma serenidad y paz en el sueño eterno. Era el consuelo que ellos querían escuchar. Yo tenía once años, fue muy duro ese primer encuentro con una muerte cercana y ver a mis padres sufrir tan terrible pérdida de la que nunca pudieron recuperarse. Hacía dos años que la habíamos visto por última vez cuando embarcó en un avión de Air France rumbo a París.
Desde entonces me he preguntado: ¿qué tan probable es que dos hermanos mueran, en momentos distintos, por un accidente aéreo? Aunque las estadísticas parecen sugerir que es algo muy remoto, lo cierto es que uno nunca sabe qué nos depara el azar o el destino. Por eso, Roxana y yo optamos por viajar separados, salvo que volemos con los chicos. Pero este era un viaje corto y, haciendo una excepción, decidimos dejar de lado nuestra reticencia. Lo que no sabía es que estaba a punto de preguntarme si no había sido una decisión fatal.
Al sobrevolar las líneas de Nasca, les hice un resumen de las teorías que intentan explicar el origen y la forma en que fueron dibujados los gigantescos geoglifos que adornan la pampa, al sur de Lima. La perfección de los trazos y el hecho de que las figuras solo puedan ser vistas desde el aire han sido y serán un fascinante misterio para la humanidad.
Cuando era más joven, en mi época de periodista, había hecho un reportaje a María Reiche, la matemática alemana que dedicó más de cuarenta años de su vida a estudiar las líneas. Para escribir ese artículo, viajé a Nasca con mi amiga Rina Dibós, miembro de una asociación que ayudaba a conservar las figuras. Recuerdo que llegamos al mediodía y encontramos a María en la pampa. Es una imagen que jamás olvidaré: ella estaba en cuclillas, protegiéndose de las inclemencias del desierto con su vestido que levantaba sobre su cabeza a modo de sombrilla, dejando su calzón a la vista, mientras que con la otra mano escribía sobre una tablilla. A lo largo de los años, el sol abrasador y la intemperie habían dibujado en su rostro, con arrugas y surcos, un símil de las líneas que eran la pasión de su vida. A través de cálculos matemáticos y astronómicos, María Reiche quería descifrar el misterio de estas figuras. Luego nos mostró el daño que hacían los automóviles de los visitantes que pasaban sobre las líneas sin darse cuenta de que las estaban destruyendo.
En la misma avioneta que nos trajo de Lima, volamos con María sobre las líneas para ver los daños que provocaban los carros. De pronto, una camioneta 4x4 apareció sobre la pampa, dejando sus huellas en los dibujos del desierto. La ira que se apoderó de María fue inmensa. Con gritos hizo que el piloto descendiera temerariamente casi al ras de la tierra. Volamos sobre la camioneta para ahuyentarlos y todo se convirtió en una especie de juego de Chicken Out, que terminó con una arremetida frontal, embistiéndolos. Fue un amague que ellos entendieron bien. El susto los hizo regresar rápido a la carretera, pero el daño ya estaba hecho: sobre algunas de las líneas quedaron marcadas las huellas de los neumáticos.
Un tiempo después, gracias al artículo que publicamos y a diversas gestiones, se levantaron torres de observación y cercos perimetrales en algunas zonas, limitando el ingreso de vehículos.
Volviendo al jet de Verna, el experimentado piloto nos permitió ver cada geoglifo de la pampa bajando la velocidad de crucero (presumo) a menos de ochocientos kilómetros por hora, e inclinando el avión en ángulos que normalmente solo son posibles con una avioneta pequeña.
Vimos las figuras gigantes del mono, el hombre búho, la ballena, el colibrí y la araña. Verna, Susan y Roxana estaban boquiabiertas, mientras yo ayudaba a la atmósfera de misterio poniendo en el sistema de audio «Brujos voladores», un tema con instrumentos peruanos milenarios de viento y percusión, creado e interpretado por Manuel Miranda, un extraordinario músico peruano que falleció años después, luego de haber trabajado juntos en muchas oportunidades.
Al inclinarse el avión para iniciar el tercer giro sobre la pampa, sentimos un tremendo ruido, seguido de una vibración tan fuerte, que daba la impresión de que el jet se iba a desintegrar. ¡Parecía que estábamos dentro de una enorme batidora! Obviamente nos asustamos, jamás había sentido un ruido o vibración similar en un avión.
Verna me miró aterrada. En ese momento intuí lo que el chamán podía haber visto en las hojas de coca: la muerte estaba más cerca de lo que pensaba. En medio de la zozobra, no me atreví a mirar a Roxana para que no adivinara lo que pasaba por mi cabeza. Fue cuando habló el piloto: «Por favor, abróchense los cinturones, haremos un aterrizaje de emergencia en la base de la Fuerza Aérea en Pisco, a pocos kilómetros. Mantengan la calma». Al descender empezamos a sentir un olor fétido que invadía el ambiente. ¿Una tubería rota en el baño? ¿El olor a azufre de la muerte que ya se instalaba en el avión? Espantado, al igual que los demás, esperaba en cualquier momento el impacto a novecientos kilómetros por hora contra alguna montaña o la pampa adyacente, lo mismo que había vivido mi hermana en Pointe-à-Pitre en 1962. Contra la estadística, la historia parecía repetirse.
Entonces comprobé por mí mismo que es verdad que, ante la proximidad de la muerte, empezamos a recordar y repasar nuestra vida de una manera vertiginosa.
El inicio de todo
A las tres de la madrugada, un ruido aterrador nos despertó. ¡El río se estaba llevando nuestra casa! Mi padre corría con una linterna despertando a todos y llevándonos a la terraza del segundo piso, pensando que ahí estaríamos a salvo de ser arrastrados por el agua y el lodo.
Yo tenía cinco años, pero recuerdo claramente los gritos de mi madre y mis dos hermanas mayores mientras mi padre me llevaba en brazos a través del ruido y la zozobra. ¿Era una pesadilla o realmente estaba pasando? En ese momento no lo tenía claro. Tampoco sabía si nuestra cabaña aguantaría o si el río terminaría arrastrándonos a todos por la chacra.
En esa época vivíamos en Piura, al norte del Perú. Mi padre tenía en concesión una chacra algodonera y a veces nos quedábamos a dormir en esa cabaña, ubicada al centro del terreno, para que él pudiera supervisar mejor el avance del trabajo.
Aledaño a la chacra corría el río Chira. Esa noche, las lluvias lo habían hecho crecer al punto que rompió un dique de contención y se salió de su cauce, arrasando con todo a su paso. Los cinco veíamos con terror cómo el nivel del agua subía cada vez más, haciendo temblar la casita de quincha y cemento, que se aferraba a los precarios pilares que la conectaban con la tierra.
Mi padre apuntó la linterna para ver a lo lejos. Me impresionó mucho ver que el agua arrastraba los cadáveres de varias de nuestras vacas y mulas. No había forma de comunicarnos con nadie, dependíamos del azar y de la resistencia de la casa. Era muy niño, pero me daba cuenta de que mi propio padre, que todo lo solucionaba, mi héroe a esa edad, estaba paralizado. Extrañas ráfagas de viento y estruendos lejanos, rayos en el cielo nocturno que viajaban desde los cielos de la sierra andina, contribuían a la experiencia de pesadilla que vivimos durante varias horas. Con las aguas enloquecidas venían grandes troncos o bloques de piedra que, al estrellarse con nuestra cabaña, la hacían tambalear, a punto de arrancarla de sus pilares. Habíamos logrado subir al techo con toda la casa sumergida en agua. ¡Y la casa aguantó, felizmente!
Las lluvias bajaron de intensidad y la fuerza del agua fue descendiendo poco a poco mientras comenzaba a amanecer. El cuadro de destrucción era terrible, pero lo que más me impresionó fue observar a los animales muertos, animales que conocía bien y que ahora flotaban con los ojos abiertos y la mirada perdida. Un rato después nos encontró el capataz de la hacienda y, con la ayuda de unos peones, nos rescataron con un bote inflable. «Pensábamos que estarían muertos, don Lucho», gritó el capataz al distinguir nuestras figuras en la semi oscuridad. Nos habíamos salvado de morir, pero la cara de mi padre lo expresaba todo: la cosecha estaba perdida, el agua nos había arruinado.
Años después, en Lima, le pedí que me contara los detalles que yo no recordaba, porque a la distancia de los años transcurridos lo que quedaba en mi memoria eran solo flashes de imágenes, como las viñetas de un storyboard. Los animales muertos e hinchados, la cara de terror de mi madre y mis hermanas, el suelo inundado de la terraza, la superficie del río con agua sucia arrastrando de todo y el sonido, cada vez más fuerte y aterrador, del río lleno de piedras embistiendo la casa.
Luego de esa conversación con mi padre, agregué lo que mi imaginación aportaba y escribí mi primer guion cinematográfico, tomándome algunas licencias. En vez de mi familia, era una parejita de enamorados adolescentes que se habían quedado furtivamente en la cabaña para hacer el amor por primera vez. Entonces, el río se desbordaba, obligándolos a refugiarse en la terraza del segundo piso, poniendo a prueba su amor juvenil. ¿Castigo divino por su audacia sexual o simple mala suerte?
Sin embargo, en este caso, el río se desbordaba porque en medio del cauce un monstruo gigantesco, tipo King Kong, avanzaba a grandes trancos, persiguiendo a la parejita y mirando con lascivia a la chica. Los alcanzaba, se apoderaba de ella, pero el joven galán lograba neutralizarlo porque le lanzaba, cual campeón de jabalina, un trinche en el ojo al monstruo depredador. Luego continuaba la persecución y las peripecias.
En esos años ya me habían contado que en Estados Unidos un productor de películas de bajo presupuesto, llamado Roger Corman, recibía y consideraba guiones offbeat, es decir, marginales, y mucho mejor si eran historias con monstruos depredadores e ingredientes de humor y sexo. Era alguien dispuesto a darle oportunidad de dirigir y actuar a muchos jóvenes principiantes, que a veces se convertían en actores y directores de Hollywood muy famosos.
Así que traduje mi guion al inglés y con mucha dosis de ingenuidad y optimismo lo envié por correo postal a una dirección de Los Ángeles, que aparecía en una antigua revista de cine. La respuesta a mi obra maestra nunca llegó. Nunca tuve noticias siquiera de si lo recibieron. Pero, por esas vueltas del destino, años después el propio Roger Corman aparecería en Lima para hablar conmigo y cambiar mi vida.
Curiosa la manera en que trabaja la mente humana. De la experiencia real de despertarme de niño en medio de una inundación, me queda sobre todo la imagen del King Kong depredador que inventé para el guion. Por supuesto, esa imagen surgió en mi imaginación después de haber visto de niño películas de ese simio gigantesco. De alguna manera, prevalece en mi memoria la fascinación y la atención excluyente que impone la pantalla de cine, a
