Plata como cancha

Christopher Acosta

Fragmento

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Te compro tu silencio

La última vez que entrevisté a César Acuña, me regaló a cámara una de esas frases que luego se vuelven memes. Me encontraba en Trujillo investigando la historia de un cambio masivo de domicilio, que termina sumando al conteo de la ONPE los votos decisivos para la victoria de uno de sus alcaldes. Era 2018. El político estaba coincidentemente en la ciudad inaugurando como padrino una obra pública, y una declaración suya, pensé, podía darle el toque nacional que necesitaba una historia como esa. Pero cuando consigo burlar a su seguridad y ponerle el micrófono al frente, Acuña me desarma: “Yo ya no vivo en Trujillo. Yo vivo en el Perú», me dice. Muy a su manera, era su forma de decir que él ya no estaba para responder asuntos locales. En efecto estaba para cosas mayores. Su poder, por ejemplo, puede dejar a un país sin presidente.

Sigo con especial interés periodístico el ascenso político de Acuña Peralta desde hace unos diez años. Ya para entonces nuestro personaje tenía claro que quería ser presidente, y en esta campaña se juega su último intento por conseguirlo. Nadie puede negar que, convertido en figura nacional, el candidato goza de peso político propio, y que la atribulada historia del país de los últimos años no puede contarse sin que sea mencionado su nombre. Ni su fortuna.

Pero este no es solo un libro de un hombre que quiere ser presidente.

La historia personal de Acuña está compuesta de piezas desperdigadas en diferentes tiempos y ciudades; y este libro juega a armar el rompecabezas. Solo haciendo calzar esas fichas —que a veces Acuña esconde, o incluso compra—, es que aparece ante nuestros ojos, más clara, la figura de alguien que, de sus actos se interpreta, considera que las reglas están hechas para romperse: un “lujo» que solo puede darse quien es consciente que saldrá ileso para contarlo.

Si César Acuña no fuera rico, estaría, muy probablemente, preso.

Solo su fortuna ha sido capaz de crear un sistema de justicia paralelo, en el que sus millones compensan sus atropellos y silencian a sus agraviados. En ese régimen privado, los abogados y las notarías reemplazan a jueces y juzgados; y los acuerdos confidenciales hacen de fallos o sentencias, que se guardan en la más absoluta reserva. Hasta ahora.

El acuerdo secreto por el que acalla al escritor del que se apropia un libro; el pacto entre hermanos para saldar el despojo de una millonaria empresa; el acuerdo notarial para dividir una fortuna con su exesposa; y el esquema del chofer, el guardaespaldas y el hombre de la chequera para inyectar un millón de soles a su campaña, por fuera del radar estatal, son solo algunas de las historias que se cuentan aquí por primera vez. En todas ellas existe un patrón: Acuña agravia, y luego repara a sus víctimas por fuera del ojo público, a cambio de su silencio.

Este libro vuelve también sobre algunas de las investigaciones que he publicado previamente sobre el personaje, solo cuando algún documento, testimonio o nueva pista corroborada le dan nuevo sentido a esas historias. El aprovechamiento político de recursos de la Municipalidad de Trujillo; o el uso de la estructura administrativa de la Universidad César Vallejo, para el trasvase de fondos a Alianza para el Progreso, son aquí retomados. Puesto en perspectiva, y visto en su conjunto, además, el papel de quien limpia cada que Acuña embarra, podrá ser reinterpretado, y probablemente gatille investigación oficial ante el indicio que sobre su papel se presenta.

De más está decir que Plata como cancha no es una biografía autorizada. De aquello Acuña tiene por lo menos un libro mandado a hacer. Esta es, en contraposición, la historia que César no quisiera que se cuente de su vida. Su historia no oficial. Bajo esa premisa se ha solicitado su versión de los hechos solo

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