Pórtico (La Saga de los Heechee 1)

Frederik Pohl

Fragmento

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Créditos

Título original: Gateway

Traducción: Pilar Giralt y M.ª Teresa Segur

1.ª edición: febrero, 2015

© Frederik Pohl, 1976-1977

© Ediciones B, S. A., 2015

para el sello B de Bolsillo

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

DL B 3544-2015

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-960-2

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

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Contenido

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Prólogo

Prólogo

Pórtico (Gateway, 1977) de Frederik Pohl es uno de los libros más premiados de la ciencia ficción e inicio de una serie de gran alcance e interés. Obtuvo los premios Hugo, Nebula, Locus y el John W. Campbell Memorial. Su continuación, Tras el incierto horizonte (Beyond the Blue Eventh Horizon, 1980), fue finalista del Nebula. Los siguientes títulos de la serie son: El encuentro (Heechee Rendezvous, 1984) Los anales de los Heechee (The Annals of the Heechee, 1987), Los exploradores de Pórtico (The Gateway Trip, 1990; colección de relatos) y el relato El muchacho que viviría para siempre (The Boy Who Would Live Forever, 2004), contenido en la antología Horizontes lejanos (Far Horizons) de Robert Silverberg.

En Pórtico, la humanidad descubre una base espacial de los Heechee, una misteriosa especie de extraterrestres. Sus naves, con piloto automático, parten a mundos desconocidos y se convierten en una especie de ruleta rusa para los que quieren probar suerte. El protagonista obtiene con ello una gran fortuna, pero no logra superar el trauma psicológico de haber sido el causante de la desaparición de su esposa. Destaca en esta novela la novedosa idea de la presencia e intervención de un robot (o mejor, de una inteligencia artificial) psicoanalista que encarna en cierta forma la figura de Freud.

En las posteriores novelas, continúa la búsqueda de los Heechee y se descubre el secreto de su huida del universo conocido. También abunda en la serie la utilización de los últimos conceptos de la ciencia y la tecnología como elementos de la trama. En concreto, se usan los agujeros negros como refugios temporales ante la llegada a nuestra galaxia de una peligrosa especie de asesinos.

También cabe destacar la profundización de la idea de las personalidades albergadas en ordenadores, verdadera creación de la inteligencia artificial. Así se reproducen personajes como el secretario del protagonista, basado en el propio Einstein.

Frederik Pohl, es uno de los clásicos autores de la ciencia ficción, Gran Maestro Nebula y miembro de los famosos Futurians que iniciaron el fandom estadounidense en los años treinta, herederos de la mítica Science Fiction League fundada en 1934 por el mismísimo Hugo Gernsback. Sin formación académica, Pohl siempre ha dicho que sus conocimientos enciclopédicos provienen de haber leído de cabo a rabo la Enciclopedia Británica de la que, con los años, pasó a ser uno de sus redactores. Es autor de obras clásicas de la mejor ciencia ficción como Mercaderes del espacio (1953, escrita con Cyril M. Knorbluth), El túnel al final del tiempo (1955, relato largo recogido en la antología Corrientes alternas y del que se hizo una película en Italia en 1969) y una maravillosa e impresionante novela corta desgraciadamente todavía inédita en castellano The Sweet, Sad Queen of the Grazing Isles («La dulce y triste reina de las islas Grazing» recogida en la antologia Pohlstars de 1984). Entre muchas otras obras siempre destacables.

Volviendo a Pórtico, conviene recordar que, entre 1964 y 1966, Joseph Weizenbaum del MIT presentó un programa llamado ELIZA que simulaba un doctor psicoterapista . Se llegó a creer que ese programa superaba el test de Turing y era una muestra evidente de inteligencia artificial. Con toda seguridad fue ese precedente el que llevó a Pohl a imaginar esas inteligencias artificiales que tan importantes son en la saga de los Heechee. En concreto el robot psicoterapista de Pórtico que responde al nombre de Sigfrid von Shrink es, al mismo tiempo, un psicoterapista robotizado en cuyo nombre Pohl utiliza el denominativo «shrink» (el que encoge) que se suele dar en argot popular a los psicoterapistas de la escuela freudiana.

Pero hay más, mucho más en la saga de los Heechee, en especial la misteriosa razón o el terrible peligro que ha hecho que una especie tan poderosa como los Heechee haya decidido huir ante una gravísima amenaza que hace temer por el futuro de toda la galaxia.

Por todo ello, la saga de los Heechee es un clásico fundamental de la ciencia ficción.

Suelo decir que, en la ciencia ficción, nos ha ofrecido cada década una gran saga que perdura años y años caracterizando el género y aportando nuevos enfoques y argumentos inolvidables. Para mí, la serie de la Fundación de Isaac Asimov es la primera de esas series iniciada en este caso en los años cincuenta, la de Dune de Frank Herbert sería la de los años sesenta, mientras que, sin duda ninguna, la serie de los Heechee que se inicia con Pórtico de Frederik Pohl es la serie de los años setenta. Por si están interesados en esa lista de series imprescindibles del género para mí continúa con la serie de Ender iniciada en los años ochenta con El Juego de Ender de Orson Scott Card y la del Criptonomicón y El ciclo barroco de Neal Stephenson correspondiente a los años noventa. Todas ellas han dado un conjunto de novelas destacables e imprescindibles para conocer la mejor ciencia ficción de todos los tiempos esta vez en forma de largas series. Y hay otras, pero no es este el momento de tratar de ello.

En resumen, es imposible reseñar brevemente la riqueza conceptual y narrativa de esta serie de los Hee chee, que sorprende por la habilidad en el manejo y exposición de gran cantidad de ideas avanzadas tanto de la física y de la informática como de las ciencias sociales y la psicología. Una verdadera maravilla de lectura imprescindible. Mis volúmenes preferidos son el primero y el tercero, aunque hay opiniones para todos los gustos.

MIQUEL BARCELÓ

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Me llamo Robinette Broadhead, pese a lo cual soy varón. A mi analista (a quien doy el nombre de Sigfrid von Schrink, aunque no se llama así; carece de nombre por ser una máquina) le hace mucha gracia este hecho:

—¿Por qué te importa tanto que algunas personas crean que es nombre de chica, Bob?

—No me importa.

—Entonces, ¿por qué no dejas de mencionarlo?

Me fastidia cuando no deja de mencionarme lo que yo no dejo de mencionar. Miro hacia el techo, con sus colgantes movibles y sus piñatas, y luego miro la ventana, que en realidad no es una ventana sino un móvil holópico del deaje en Kaena Point; la programación de Sigfrid es bastante ecléptica. Al cabo de un rato le contesto:

—No puedo evitar que mis padres me llamaran así. He intentado escribirlo R-O-B-I-N-E-T, pero entonces todo el mundo lo pronuncia mal.

—Podrías cambiarlo por otro.

—Si lo cambiara —digo, seguro de que en esto tengo razón—, tú me dirías que llego a extremos obsesivos para defender mis dicotomías internas.

—Lo que te diría —replica Sigfrid en uno de sus torpes y mecánicos intentos de humor— es que no debes emplear términos psicoanalíticos técnicos. Te agradecería que te limitaras a decir lo que sientes.

—Lo que siento —digo yo por milésima vez— es felicidad. No tengo problemas. ¿Por qué no habría de sentirme feliz?

Jugamos mucho con esta y otras frases parecidas y a mí no me gusta. Creo que hay un fallo en su programa. Insiste:

—Dímelo, Robbie. ¿Por qué no eres feliz?

No le contesto y él vuelve a la carga:

—Me parece que estás preocupado.

—Mierda, Sigfrid —replico, un poco harto—, siempre dices lo mismo. No estoy preocupado por nada.

Intenta convencerme:

—No hay nada malo en explicar lo que se siente.

Vuelvo a mirar hacia la ventana, enfadado porque me doy cuenta de que tiemblo y no sé por qué.

—Eres un latazo, Sigfrid, ¿lo sabías?

Dice algo, pero yo no le escucho. Me pregunto por qué vengo aquí a perder el tiempo. Si ha habido alguna vez alguien con todos los motivos para ser feliz, ése soy yo. Rico, bastante apuesto, no demasiado viejo, y en cualquier caso, tengo el Certificado Médico Completo, por lo que durante los próximos cincuenta años puedo tener la edad que me plazca. Vivo en la ciudad de Nueva York y bajo la Gran Burbuja, donde no puede permitirse el lujo de vivir nadie que no esté bien forrado y sea, además, una especie de celebridad. Poseo un apartamento de verano con vistas al mar de Tappan y la presa de Palisades. Y las chicas se vuelven locas con mis tres brazaletes de Fuera. No se ve a muchos prospectores en la Tierra, ni siquiera en Nueva York. Todas están deseando que les cuente qué aspecto tiene la Nebulosa de Orión o la Nube Menor Magallánica. (Naturalmente, no he estado en ninguno de los dos sitios. Y no me gusta hablar del único lugar interesante donde sí he estado.)

—Entonces —dice Sigfrid, después de esperar el apropiado número de microsegundos una respuesta a lo último que ha dicho—, si de verdad eres feliz, ¿por qué vienes aquí en busca de ayuda?

Detesto que me haga las mismas preguntas que yo mismo me formulo. No le respondo. Me contorsiono hasta que vuelvo a sentirme cómodo sobre la alfombra de espuma de plástico, ya que presiento que esta sesión va a ser muy larga. Si yo supiera por qué necesito ayuda, ¿acaso la necesitaría?

—Rob, hoy no estás cooperando mucho —dice Sigfrid a través del pequeño altavoz que hay en el extremo superior de la alfombra. A veces utiliza un muñeco de aspecto muy real, que está sentado en un sillón, da golpecitos con un lápiz y me dedica una rápida sonrisa de vez en cuando. Pero yo le he dicho que esto me pone nervioso—. ¿Por qué no me dices lo que piensas?

—No pienso nada en particular.

—Deja vagar a tu mente. Di lo primero que se te ocurra, Bob.

—Estoy recordando... —digo, y me detengo.

—¿Recordando qué, Bob?

—¿El Pórtico?

—Esto parece más una pregunta que una afirmación.

—Quizá lo sea. No puedo evitarlo. Esto es lo que recuerdo: Pórtico.

Tengo muchos motivos para recordar Pórtico. Así fue como gané el dinero, los brazaletes y otras cosas. Recuerdo el día que abandoné Pórtico. Fue, veamos, el día 31 de la Órbita 22, lo cual significa que me fui de allí hace dieciséis años y dos meses. Acababa de salir del hospital y apenas podía esperar a recoger mi paga, subir a bordo de mi nave y despegar.

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Sigfrid me ruega cortésmente:

—Por favor, Robbie, di en voz alta lo que estás pensando.

—Estoy pensando en Shikitei Bakin —contesto.

—Sí, recuerdo que le has mencionado. ¿Qué hay respecto a él?

Guardo silencio. El viejo Shicky Bakin, que no tenía piernas, ocupaba la habitación contigua a la mía, pero no quiero hablar de ello con Sigfrid. Me remuevo sobre mi alfombra circular, pensando en Shicky y tratando de prorrumpir en llanto.

—Pareces trastornado, Bob.

Tampoco respondo a esto. Shicky fue casi la única persona de quien me despedí en Pórtico.

Es curioso; había una gran diferencia en nuestras ocupaciones. Yo era prospector y Shicky basurero. Le pagaban lo suficiente para que cubriera su impuesto de manutención porque hacía diversos trabajos, e incluso en Pórtico alguien tiene que recoger la basura. Pero tarde o temprano sería demasiado viejo y débil para servir de algo. Entonces, si tenía suerte, le empujarían al espacio y moriría. Si no tenía suerte, lo más probable era que le enviaran a un planeta. Allí tampoco tardaría en morir; pero antes tendría la experiencia de vivir unas semanas como un completo inválido.

Sea como fuere, era vecino mío. Todas las mañanas se levantaba y aspiraba minuciosamente hasta el último centímetro cuadrado de su celda. Estaba sucia, porque siempre flotaba mucha porquería sobre Pórtico, pese a los intentos de limpieza. Cuando la tenía completamente limpia, incluso junto a las raíces de los pequeños arbustos que plantaba y modelaba, recogía un puñado de piedras, tapones de botella, trozos de papel —la misma basura que acababa de aspirar tan meticulosamente— y la distribuía con esmero por el espacio recién aseado. ¡Extraño! Yo nunca veía la diferencia, pero Klara decía... Klara decía que ella sí.

—Bob, ¿qué pensabas ahora? —pregunta Sigfrid.

Me enrosco como una pelota fetal y mascullo algo.

—No he entendido lo que acabas de decirme, Robbie.

No digo nada. Me pregunto qué habrá sido de Shicky. Supongo que murió. De pronto siento una gran tristeza por la muerte de Shicky, a tan enorme distancia de Nagoya, y otra vez deseo poder llorar. Pero no puedo. Me revuelvo y retuerzo. Me agito contra la alfombra de espuma hasta que rechinan las correas de sujeción. No sirve de nada. El dolor y la vergüenza no desaparecen. Me siento algo satisfecho conmigo mismo por tratar con tanta energía de liberar los sentimientos, pero he de admitir que no lo consigo y la aburrida entrevista sigue adelante. Sigfrid dice:

—Bob, tardas mucho en contestar. ¿Crees que estás olvidando algo?

—¿Qué clase de pregunta es ésta? —replico virtuosamente—. Y, de ser así, ¿cómo podría saberlo? —Hago una pausa para examinar el interior de mi cerebro y busco en todos sus rincones cerraduras que poder abrir para Sigfrid. Pero no veo ninguna y digo con sensatez—: No creo que sea eso, exactamente. No siento que esté bloqueando nada, sino más bien como si quisiera decir tantas cosas que no sé por cuál decidirme.

—Elige cualquiera de ellas, Rob. Di la primera que se te ocurra.

Esto se me antoja una estupidez. ¿Cómo puedo saber cuál es la primera si están todas bullendo a la vez? ¿Mi padre? ¿Mi madre? ¿Sylvia? ¿Klara? ¿El pobre Shicky, intentando, sin piernas, guardar el equilibrio en el vuelo, agitándose como una golondrina en busca de insectos mientras horada las telarañas del aire de Pórtico?

Rebusco en mi mente los lugares donde sé que duele porque ya me han dolido antes. ¿Lo que sentía a los siete años cuando paseaba arriba y abajo de la avenida de Rock Park delante de los otros niños implorando que alguno se fijara en mí? ¿Lo que sentía cuando salíamos del espacio real y sabíamos que estábamos atrapados, mientras la estrella fantasma surgía de la nada debajo de nosotros como la sonrisa del gato de Cheshire? Oh, tengo cien recuerdos como éstos, y todos duelen. Es decir, pueden doler. Son dolor. Están claramente catalogados como DOLOROSOS en el archivo de mi memoria. Sé dónde encontrarlos y sé qué se siente cuando se les permite emerger a la superficie.

Pero no me duelen si no los dejo salir.

—Estoy esperando, Bob —dice Sigfrid.

—Y yo pensando —replico.

Mientras permanezco echado se me ocurre que llegaré tarde a mi clase de guitarra. Esto me recuerda algo y me contemplo los dedos de la mano izquierda para asegurarme de que las uñas no han crecido demasiado, y deseo que los callos fueran más duros y profundos. No he aprendido a tocar muy bien la guitarra, pero la mayoría de personas son menos críticas y ello me procura satisfacción. Es necesario seguir practicando y recordando. Veamos, pienso, ¿cómo se hace aquella transición del re mayor al do 7?

—Bob —dice Sigfrid—, esta sesión no ha sido muy productiva. Sólo nos quedan unos diez o quince minutos. ¿Por qué no dices lo primero que se te ocurra... ahora mismo?

Rechazo lo primero y digo lo segundo.

—Lo primero que se me ocurre es cómo lloraba mi madre cuando mi padre murió.

—No creo que haya sido esto lo primero que se te ha ocurrido, Bob. Deja que lo adivine. ¿Era algo sobre Klara?

Mi pecho se inflama y cosquillea. Mi respiración se detiene. De improviso veo a Klara delante de mí, igual que antes pese a los dieciséis años transcurridos... Digo:

—De hecho, Sigfrid, creo que es mi madre la persona de quien quiero hablar —y me permito una cortés risita de reconvención.

Sigfrid no exhala jamás un suspiro resignado, pero sabe guardar silencio de un modo que equivale casi a lo mismo.

—Verás —continúo, subrayando cuidadosamente todos los puntos importantes—, después de la muerte de mi padre quiso volver a casarse. No enseguida; no quiero decir que se alegrara de su muerte ni nada parecido. No, le amaba mucho. Pero, claro, ahora lo veo, era una mujer sana y joven... bueno, bastante joven. Veamos, supongo que tendría unos treinta y tres años. Y estoy seguro que, de no ser por mí, se habría vuelto a casar. Tengo remordimientos a propósito de esto. Impedí que lo hiciera. Me enfrenté a ella y le dije: «Mamá, no necesitas a otro hombre. Yo seré el hombre de la familia. Yo cuidaré de ti.» Y lo cierto es que no podía, claro. Sólo tenía cinco años.

—Creo que tenías nueve, Robbie.

—¿De verdad? Déjame pensar. Vaya, Sigfrid, creo que tienes razón... —Y entonces intento tragar una gran gota de saliva que se ha formado de pronto en mi garganta y siento náuseas y toso.

—¡Dilo, Bob! —exclama con insistencia Sigfrid—. ¿Qué quieres decir?

—¡Maldito seas, Sigfrid!

—Adelante, Bob, dilo.

—¿Que diga qué? ¡Por Dios, Sigfrid, me estás sacando de quicio! ¡Esta mierda no sirve de nada a ninguno de los dos!

—Bob, te lo ruego, dime qué te preocupa.

—¡Cierra tu maldita boca de hojalata!

Todo aquel dolor tan cuidadosamente cubierto se está abriendo paso hacia fuera y yo no puedo soportarlo, no puedo luchar contra él.

—Bob, te sugiero que intentes...

Me retuerzo bajo las correas, arrancando trozos del relleno de espuma, vociferando:

—¡Cállate! No quiero oír nada. No puedo luchar contra esto, ¿me comprendes? ¡No puedo! ¡No puedo!

Sigfrid espera con paciencia a que yo deje de llorar, lo cual ocurre de manera bastante súbita. Y entonces, antes de que me pueda decir algo, le hablo con hastío:

—Oh, al diablo, Sigfrid, todo esto no nos lleva a ninguna parte. Creo que deberíamos ponerle fin. Ha de haber otras personas más necesitadas que yo de tus servicios.

—En cuanto a eso, Bob —observa—, mi competencia me permite atender a todas las demandas.

Me estoy secando las lágrimas con las toallas de papel que ha dejado junto a la alfombra y no le contesto.

—De hecho, aún me sobra capacidad —prosigue—. Pero has de ser tú quien juzgue la conveniencia de continuar o no estas sesiones.

—¿Tienes algo de beber en la sala de recuperación? —le pregunto.

—No en el sentido al que te refieres. Me han dicho que hay un bar muy agradable en el último piso de este edificio.

—Está bien —replico—, me pregunto qué estoy haciendo aquí.

Y, quince minutos después, tras confirmar mi cita para la semana próxima, me encuentro bebiendo una taza de té en el cubículo de recuperación de Sigfrid. Escucho para saber si su siguiente paciente ya ha empezado a gritar, pero no oigo nada.

Me lavo la cara, arreglo mi pañuelo de cuello y me aliso el mechón de pelo que me cae sobre la frente. Subo al bar para tomar un trago. El jefe de camareros, que es humano, me conoce y me da asiento orientado al sur, hacia el borde de la Bahía Inferior de la burbuja. Echa una mirada a una chica alta, de piel cobriza y ojos verdes, que está sola, pero yo niego con la cabeza. Bebo con rapidez, admiro las piernas de la muchacha cobriza y, pensando en dónde cenaré, me encamino hacia la clase de guitarra.

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2

2

Durante toda mi vida, desde que tuve uso de razón quise ser prospector. No podía tener más de seis años cuando mis padres me llevaron a una feria en Cheyenne. Bocadillos calientes y palomitas de soja, globos de colores, un circo con perros y caballos, ruedas de la fortuna, juegos, tiovivos. Y había una tienda a presión de lados opacos en cuyo interior, una vez pagado el dólar de entrada, alguien había dispuesto una exhibición de objetos importados de los túneles Heechee en Venus. Abanicos de oraciones y perlas de fuego, auténticos espejos de metal Heechee que podían comprarse por veinticinco dólares la pieza. Mi padre dijo que no eran auténticos, pero para mí lo eran. Sin embargo, no podíamos gastar veinticinco dólares en uno de ellos. Y pensándolo bien, ¿para qué quería yo un espejo? Cara pecosa, dientes salidos hacia fuera, cabellos que yo cepillaba hacia atrás y ataba. Acababan de encontrar Pórtico. Oí hablar de ello a mi padre aquella noche en el aerobús, cuando seguramente pensaba que yo dormía, y el tono ávido de su voz me mantuvo despierto.

De no ser por mi madre y por mí, es posible que mi padre hubiese encontrado la manera de ir. Pero nunca se le presentó la oportunidad. Murió al año siguiente. Todo lo que heredé de él, en cuanto fui lo bastante mayor para desempeñarlo, fue su trabajo.

Ignoro si ustedes han trabajado en las minas de alimentos, pero al menos habrán oído hablar de ellas. No es un lugar muy alegre. Empecé a los doce años, a media jornada y mitad de salario. Cuando cumplí los dieciséis alcancé el puesto de mi padre: taladrador; buena paga, trabajo duro.

Pero ¿qué se puede hacer con la paga? No es suficiente para el Certificado Médico Completo. Ni siquiera es suficiente para sacarte de las minas, sólo llega para hacer de ti una especie de éxito local. Trabajas dos turnos de seis y diez horas. Ocho horas de sueño y otra vez a empezar; la ropa te apesta siempre a pizarra. No puedes fumar excepto en cuartos herméticamente cerrados. La niebla del petróleo se posa por doquier. Las chicas están tan sucias, pringosas y agotadas como tú.

Así que todos hacíamos las mismas cosas, trabajábamos, perseguíamos a las mujeres de los demás y jugábamos a la lotería. Y bebíamos mucho, un mejunje fuerte y barato que destilaban a quince kilómetros de distancia. A veces la etiqueta decía Scotch y otras vodka o bourbon, pero todo procedía de las mismas columnas de fango. Yo no era diferente de los otros... hasta que una vez me tocó la lotería. Y eso me sacó de allí.

Antes de que ocurriera, yo me limitaba a vivir.

Mi madre también trabajaba en las minas. Después de que mi padre muriera en el incendio del pozo, me sacó adelante con ayuda del jardín de infancia de la compañía. Fuimos tirando hasta que yo tuve mi episodio psicopático. Tenía entonces veintiséis años. Me peleé con mi chica y luego, durante una temporada, no podía levantarme de la cama por las mañanas. Así que me encerraron. Pasé un año fuera de circulación y cuando me dejaron salir del manicomio, mi madre había muerto.

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Debo afrontarlo: yo tuve la culpa. No quiero decir que entrara en mis planes sino que ella habría vivido de no haber tenido que preocuparse por mí. No había el dinero suficiente para pagar el tratamiento médico de los dos. Yo necesitaba psicoterapia. Ella necesitaba un pulmón nuevo. No pudo obtenerlo y por eso murió.

Me disgustaba vivir en el mismo apartamento después de su muerte, pero la otra alternativa era el alojamiento de solteros. No me seducía la idea de vivir en tan estrecha comunidad con muchos hombres. Habría podido casarme, claro. No lo hice —Sylvia, la muchacha con quien me había peleado, ya no estaba desde hacía tiempo entre nosotros—, pero no fue porque tuviera algo contra el matrimonio. Tal vez ustedes crean que sí, teniendo en cuenta mi historial psiquiátrico y también el hecho de que había vivido con mi madre hasta que murió. Pero no es cierto. Me habría hecho muy feliz casarme y criar a un hijo.

Pero no en las minas.

Yo no quería dejar a un hijo mío donde mi padre me había dejado a mí.

Taladrar con cargas es un trabajo muy duro. Ahora usan antorchas de vapor con serpentín Heechee y la pizarra se desprende suavemente en láminas, como si se esculpieran cubos de cera. Pero entonces taladrábamos y abríamos con explosivos. Al empezar tu turno bajabas a la galería por la velocísima plancha. La pared, viscosa y maloliente, está a tres centímetros de tu hombro mientras bajas a sesenta kilómetros por hora; he visto mineros con una copa de más vacilar y estirar la mano para apoyarse y retirar un muñón. Entonces saltas del ascensor y andas un kilómetro resbalando y tropezando sobre las tablas hasta que llegas a la faz de laboreo. Taladras. Enciendes la mecha de tus cargas. Enseguida saltas hacia atrás y te guareces en un recodo mientras suenan las explosiones, esperando que hayas calculado bien y que la apestosa y resbaladiza masa no se derrumbe sobre ti. (Si quedas enterrado vivo, puedes aguantar toda una semana bajo la pizarra suelta. Hay gente que lo ha hecho. Cuando no les rescatan hasta después del tercer día lo más probable es que ya no sirvan para nada en toda su vida.) Entonces, si todo ha ido bien, te diriges a la próxima faz, esquivando los cargadores que llegan lentamente sobre los rieles.

Dicen que las máscaras eliminan casi todos los hidrocarburos y el polvo de la roca. No eliminan el hedor, y tampoco estoy seguro de que eliminen los hidrocarburos. Mi madre no fue la única entre los mineros que necesitó un nuevo pulmón; y tampoco fue la única que no pudo pagarlo.

Y luego, cuando tu turno ha terminado, ¿adónde puedes ir?

Vas a un bar. Vas a un dormitorio con una chica. Vas a una sala recreativa a jugar a cartas. Ves la televisión.

No sales mucho al aire libre. No hay razón para ello. Hay un par de pequeños parques, muy bien cuidados, plantados y vueltos a plantar; Rock Park tiene incluso setos y césped. Apuesto algo a que nunca han visto un césped que deba ser lavado, fregado (¡con detergente!) y secado por aire todas las semanas, pues de lo contrario, moriría. Así que casi siempre dejamos los parques a los niños.

Aparte de los parques, sólo hay la superficie de Wyoming, y todo cuanto alcanza la vista se parece a la superficie de la Luna. Nada verde en ninguna parte. Nada vivo. Ni pájaros, ni ardillas ni ninguna clase de animal doméstico. Unos pocos arroyos fangosos y escurridizos que por alguna razón siempre son de un brillante rojo-ocre bajo el petróleo. Nos dicen que en esto somos afortunados, ya que nuestra parte de Wyoming fue minada en vertical. En Colorado minaron a franjas alternadas y fue mucho peor.

Yo siempre lo he encontrado difícil de creer, pero no he ido nunca a comprobarlo.

Y aparte de todo lo demás, hay el olor, la vista y el sonido del trabajo.

Las puestas de sol anaranjadas a través de la neblina. El hedor constante. Durante todo el día y toda la noche hay el estruendo de los hornos extractores, que calientan y muelen la marga para extraerle el kerógeno, y el rumor de la larga fila de transportadores que se llevan la pizarra usada para amontonarla en alguna parte.

Imagínense, hay que calentar la roca para extraer el petróleo. Cuando se calienta, se ensancha como las palomitas de maíz. Y entonces no hay sitio donde meterla. Es imposible comprimirlo y hacerlo caber donde estaba antes; hay demasiada cantidad. Si se excava una montaña de pizarra y se extrae el petróleo, la pizarra hinchada que queda es suficiente para hacer dos montañas.

De modo que se hace esto: se construyen nuevas montañas.

Y el excedente de calor de los extractores calienta los invernaderos, y el petróleo va goteando sobre los invernaderos y las espumaderas lo recogen, lo secan y lo prensan... y nosotros lo comemos para desayunar a la mañana siguiente.

Es gracioso.

¡Antiguamente, el petróleo salía burbujeando de la tierra!

Y a la gente no se le ocurría otra cosa que verterlo en sus automóviles y quemarlo.

Todos los programas de televisión tienen propaganda educativa que nos dice lo importante que es nuestro trabajo y que el mundo entero depende de nosotros para alimentarse. Y es bien cierto. No hay necesidad de que nos lo recuerden siempre. Si no hiciéramos lo que hacemos, se declararía el hambre en Texas y el raquitismo en todos los niños de Oregón. Todos lo sabemos. Contribuimos con cinco billones de calorías diarias a la dieta alimenticia del mundo, la mitad de la ración proteínica de la quinta parte de la población global. Todo sale de las levaduras y bacterias que cultivamos con el petróleo de pizarra de Wyoming, y algunas partes de Utah y Colorado. El mundo entero necesita este alimento. Pero hasta ahora nos ha costado la mayor parte de Wyoming, la mitad de los Apalaches, un buen bocado de la región de arenas de brea de Athabasca... ¿y qué haremos con toda esa gente cuando la última gota de hidrocarburo sea convertida en levadura?

No es ése mi problema, pero así y todo pienso en ello.

Dejó de ser mi problema cuando gané el premio de la lotería al día siguiente de Navidad, el año que cumplí los veintiséis.

El premio fue de doscientos cincuenta mil dólares. Lo suficiente para vivir como un rey durante un año. Lo suficiente para casarse y mantener a una familia, siempre que los dos trabajaran y no fuesen muy derrochadores.

O lo suficiente para un billete de ida a Pórtico.

Llevé el billete de lotería a la agencia de viajes y lo intercambié por un pasaje. Se alegraron de verme; no hacían grandes negocios, sobre todo en estos viajes. Me quedaban unos diez mil dólares cien más, cien menos, no los conté. Compré bebidas para todo mi turno hasta que se fue el último dólar. Entre las cincuenta personas de mi turno y todos los amigos y conocidos que se unieron a la fiesta, tuvimos alcohol para veinticuatro horas.

Entonces, en medio de una típica ventisca de Wyoming, me tambaleé hasta la agencia de viajes.

Cinco meses después me hallaba dando vueltas al asteroide, contemplando por los ojos de buey el crucero brasileño que nos desafiaba; por fin estaba en camino de ser prospector.

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Sigfrid no abandona jamás un tema. Nunca dice: «Bueno, Bob, creo que ya hemos hablado bastante acerca de esto.» Pero a veces, cuando hace mucho rato que estoy acostado sobre la alfombra, reaccionando poco, bromeando o tarareando por la nariz, sugiere:

—Me parece que deberíamos volver a un área diferente, Bob. Hace algún tiempo dijiste algo que podríamos analizar. ¿Te acuerdas de aquella vez, de la última vez que...?

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