
PRÓLOGO
EL PERRO GUARDIÁN Y EL LADRÓN
En 1964, justo cuando los Beatles preparaban su invasión del espectro radiofónico estadounidense, Marshall McLuhan publicó Comprender los medios de comunicación: las extensiones del ser humano y se transformó de académico desconocido a estrella. Profético, aforístico y alucinante, el libro era un producto perfecto de los años sesenta, esa década ya distante de viajes lisérgicos y expediciones lunares, de viajes interiores y exteriores. Comprender los medios de comunicación fue en realidad una profecía, y lo que profetizaba era la disolución de la mente lineal. McLuhan declaraba que los «medios eléctricos» del siglo XX —teléfono, radio, cine, televisión— estaban resquebrajando la tiranía del texto sobre nuestros pensamientos y sentidos. Nuestras mentes aisladas y fragmentadas, encerradas durante siglos en la lectura privada de páginas impresas, se estaban completando de nuevo, fusionándose en el equivalente global de una aldea tribal. Estábamos acercándonos a «la simulación tecnológica de la consciencia, cuando el proceso creativo de conocer será extendido colectiva y corporativamente a la totalidad de la sociedad humana»[1].
Incluso en la cima de su fama, Comprender los medios de comunicación fue un libro más debatido que leído. Hoy se ha convertido en una reliquia cultural, reservada a cursos universitarios sobre comunicación. Pero McLuhan, que tenía tanto de showman como de erudito, era un maestro en el arte de acuñar frases, y una de ellas, surgida de las páginas del libro, pervive en forma de refrán popular: «El medio es el mensaje». Lo que se ha olvidado en nuestra repetición de este aforismo enigmático es que McLuhan no estaba sólo reconociendo (y celebrando) el poder transformador de las nuevas tecnologías de la comunicación. También estaba emitiendo un aviso sobre la amenaza que plantea ese poder, y el riesgo de no prestar atención a esa amenaza. «La tecnología eléctrica está a las puertas —escribió— y estamos entumecidos, sordos, ciegos y mudos sobre su encuentro con la tecnología Gutenberg, aquella sobre y a través de la cual se formó el American way of life»[2].
McLuhan comprendió que siempre que aparece un nuevo medio, la gente queda naturalmente atrapada en la información —el «contenido»— que lleva. Le importan las noticias del periódico, la música de la radio, los programas de la televisión, las palabras pronunciadas por la persona que habla al otro lado del teléfono. La tecnología del medio, por muy deslumbrante que pueda ser, desaparece detrás de todo aquello que fluya por él —datos, entretenimiento, educación, conversación—. Cuando la gente empieza a debatir (como siempre hace) sobre si los efectos del medio son buenos o malos, discuten sobre el contenido. Los entusiastas lo celebran; los escépticos lo denuncian. Los términos de la discusión han sido prácticamente iguales para cada medio informativo nuevo, retrotrayéndose al menos hasta los libros salidos de la imprenta de Gutenberg. Los entusiastas, con motivo, alaban el torrente de contenido nuevo que libera la tecnología, y lo ven como una señal de «democratización» de la cultura. Los escépticos, con motivos igualmente válidos, condenan la pobreza del contenido, observándolo como una señal de «decadencia» de la cultura. El Edén abundante de una parte es la inmensa tierra baldía de la otra.
Internet ha sido el último medio en suscitar este debate. El choque entre entusiastas web y escépticos web, desarrollado durante las dos últimas décadas a través de docenas de libros y artículos, y miles de posts, vídeos y podcasts, se ha polarizado como nunca, con los primeros que anuncian una nueva era dorada de acceso y participación y los segundos que presagian una nueva era oscura de mediocridad y narcisismo. El debate ha sido importante —el contenido sí importa—, pero al bascular sobre ideologías y gustos personales ha llegado a un callejón sin salida. Las opiniones se han vuelto extremistas; los ataques, personales. «¡Luditas!», acusa el entusiasta. «¡Filisteos!», rezonga el escéptico. «¡Casandra!». «¡Pollyanna!».
Lo que no ven ni los entusiastas ni los escépticos es lo que McLuhan sí vio: que, a largo plazo, el contenido de un medio importa menos que el medio en sí mismo a la hora de influir en nuestros actos y pensamientos. Como ventana al mundo, y a nosotros mismos, un medio popular moldea lo que vemos y cómo lo vemos —y con el tiempo, si lo usamos lo suficiente, nos cambia, como individuos y como sociedad—. «Los efectos de la tecnología no se dan en el nivel de las opiniones o los conceptos», escribió McLuhan. Más bien alteran «los patrones de percepción continuamente y sin resistencia»[3]. El showman exagera en aras de enfatizar su argumento, pero el argumento es válido. Los medios proyectan su magia, o su mal, en el propio sistema nervioso.
Nuestro foco en el contenido de un medio puede impedirnos ver estos efectos profundos. Estamos demasiado ocupados, distraídos o abrumados por la programación como para advertir lo que sucede dentro de nuestras cabezas. Al final, acabamos fingiendo que la tecnología en sí misma no tiene mayor importancia. Nos decimos que lo que importa es cómo la utilizamos. La presunción, reconfortante en su arrogancia, es que controlamos. La tecnología sólo es una herramienta, inerte hasta que la tomamos e inerte de nuevo cuando la soltamos.
McLuhan citó un pronunciamiento autocomplaciente de David Sarnoff, el magnate mediático pionero de la radio en la RCA y de la televisión en la NBC. En un discurso en la Universidad de Notre Dame en 1955, Sarnoff desechó las críticas sobre los medios de masas con los que había construido su imperio y su fortuna. Retiró toda culpa sobre los efectos secundarios de las tecnologías y los adjudicó a los oyentes y espectadores: «Somos demasiado propensos a convertir los instrumentos tecnológicos en chivos expiatorios por los pecados de aquellos que los cometen. Los productos de la ciencia moderna no son en sí mismos buenos o malos; es el modo en que se usan el que determina su valor». McLuhan se burlaba de esa idea, reprochando a Sarnoff que hablara con «la voz del sonambulismo actual»[4]. Cada nuevo medio, entendía McLuhan, nos cambia. «Nuestra respuesta convencional a todos los medios, en especial la idea de que lo que cuenta es cómo se los usa, es la postura adormecida del idiota tecnológico», escribió. El contenido de un medio es sólo «el trozo jugoso de carne que lleva el ladrón para distraer al perro guardián de la mente»[5].
Ni siquiera McLuhan podría haber anticipado el banquete que nos ha proporcionado Internet: un plato detrás de otro, cada uno más apetecible que el anterior, sin apenas momentos para recuperar el aliento entre bocado y bocado. A medida que los ordenadores conectados han menguado de tamaño hasta convertirse en iPhones y BlackBerrys, el banquete se ha vuelto móvil, disponible siempre y en cualquier lugar. Está en casa, en el coche, en clase, en la cartera, en nuestro bolsillo. Incluso la gente que sospecha de la influencia irreprimible de la Red pocas veces permite que su preocupación interfiera con el uso y disfrute de la tecnología. El crítico de cine David Thomson observó que «las dudas pueden considerarse débiles ante la certidumbre del medio»[6]. Hablaba sobre el cine y cómo proyecta sus sensaciones y sensibilidades no sólo sobre la pantalla, sino sobre nosotros, la audiencia absorta y complaciente. Su comentario se aplica incluso con mayor fuerza a la Red. La pantalla del ordenador aniquila nuestras dudas con sus recompensas y comodidades. Nos sirve de tal modo que resultaría desagradable advertir que también es nuestra ama.

1. HAL Y YO
Detente, Dave. Detente, por favor… Dave, detente. ¿Puedes parar?». Así suplica la supercomputadora HAL al implacable astronauta Dave Bowman en una secuencia célebre y conmovedora hacia el final de la película 2001: una odisea en el espacio, de Stanley Kubrick. Bowman, a quien la máquina averiada casi ha enviado a una muerte interestelar, está desconectando calmada y fríamente los circuitos de memoria que controlan su cerebro artificial. «Dave, mi mente se está yendo —dice HAL con tristeza—. Puedo sentirlo. Puedo sentirlo».
Yo también puedo sentirlo. Durante los últimos años he tenido la sensación incómoda de que alguien, o algo, ha estado trasteando en mi cerebro, rediseñando el circuito neuronal, reprogramando la memoria. Mi mente no se está yendo —al menos, que yo sepa—, pero está cambiando. No pienso de la forma que solía pensar. Lo siento con mayor fuerza cuando leo. Solía ser muy fácil que me sumergiera en un libro o un artículo largo. Mi mente quedaba atrapada en los recursos de la narrativa o los giros del argumento, y pasaba horas surcando vastas extensiones de prosa. Eso ocurre pocas veces hoy. Ahora mi concentración empieza a disiparse después de una página o dos. Pierdo el sosiego y el hilo, empiezo a pensar qué otra cosa hacer. Me siento como si estuviese siempre arrastrando mi cerebro descentrado de vuelta al texto. La lectura profunda que solía venir naturalmente se ha convertido en un esfuerzo.
Creo que sé lo que pasa. Durante más de una década ya, he pasado mucho tiempo online, buscando y navegando y a veces añadiendo contenido a las grandes bases de datos de Internet. La Web ha sido un regalo del cielo para mí como escritor. Investigaciones que anteriormente requerían días por las estanterías de hemerotecas o bibliotecas pueden hacerse ahora en cuestión de minutos. Unas pocas búsquedas en Google, algunos clics rápidos en hipervínculos, y ya tengo el dato definitivo o la cita provechosa que estaba buscando. No podría ni empezar a contabilizar las horas o los litros de gasolina que me ha ahorrado la Red. Resuelvo la mayoría de mis trámites bancarios y mis compras en la Web. Utilizo mi explorador para pagar facturas, organizar mis reuniones, reservar billetes de avión y habitaciones de hotel, renovar mi carné de conducir, enviar invitaciones y tarjetas de felicitación. Incluso cuando no estoy trabajando, es bastante posible que me encuentre escarbando en la espesura informativa de la Web: leyendo y escribiendo e-mails, analizando titulares y posts, siguiendo actualizaciones de Facebook, viendo vídeos en streaming, descargando música o sencillamente navegando sin prisa de enlace a enlace. La Web se ha convertido en mi medio universal, el conducto para la mayoría de la información que fluye por mis ojos y oídos hacia mi mente. Las ventajas de tener acceso inmediato a una fuente de información tan increíblemente rica y fácilmente escrutable son muchas, y han sido ampliamente descritas y justamente aplaudidas. «Google —dice Heather Pringle, redactora de la revista Archaeology— es un don asombroso para la humanidad, que reúne y concentra información e ideas que antes estaban tan ampliamente diseminadas por el mundo que prácticamente nadie podía beneficiarse de ellas»[7]. Según Clive Thompson, de Wired, «la memoria perfecta del silicio puede ser un don enorme para el pensamiento»[8].
Los beneficios son reales. Pero tienen un precio. Como sugería McLuhan, los medios no son sólo canales de información. Proporcionan la materia del pensamiento, pero también modelan el proceso de pensamiento. Y lo que parece estar haciendo la Web es debilitar mi capacidad de concentración y contemplación. Esté online o no, mi mente espera ahora absorber información de la manera en la que la distribuye la Web: en un flujo veloz de partículas. En el pasado fui un buzo en un mar de palabras. Ahora me deslizo por la superficie como un tipo sobre una moto acuática.
Quizá soy una aberración, un caso extraordinario. Pero no parece que sea el caso. Cuando menciono mis problemas con la lectura a algún amigo, muchos dicen que sufren de aflicciones similares. Cuanto más usan Internet, más tienen que esforzarse para permanecer concentrados en textos largos. Algunos están preocupados por convertirse en despistados crónicos. Bastantes de los blogueros que conozco han mencionado el fenómeno. Scott Karp, que solía trabajar en una revista y ahora escribe un blog sobre medios online, confiesa que ha dejado de leer libros completamente. «Estudié Literatura en la universidad, y era un lector voraz de libros —escribe—. ¿Qué ha pasado?». Especula con la respuesta: «¿Y si toda mi lectura es online no tanto porque ha cambiado el modo en el que leo, es decir, por pura conveniencia, sino porque el modo en el que PIENSO ha cambiado?»[9].
Bruce Friedman, que bloguea sobre el uso de ordenadores en la medicina, también ha descrito cómo Internet está alterando sus hábitos mentales. «He perdido casi completamente la capacidad de leer y absorber un artículo largo en pantalla o en papel», reconoce[10]. Patólogo de la facultad de Medicina de la Universidad de Míchigan, Friedman desarrolló este comentario en una conversación telefónica conmigo. Su pensamiento, dijo, ha adquirido una cualidad stacatto, que refleja el modo en el que capta rápidamente fragmentos cortos de texto desde numerosas fuentes online. «Ya no puedo leer Guerra y paz —admite—. He perdido la capacidad de hacerlo. Incluso un post de más de tres o cuatro párrafos es demasiado para absorber. Lo troceo».
Philip Davis, un doctorando en Comunicación por la Universidad de Cornell que colabora en el blog de la Sociedad de Publicaciones Académicas, recuerda un tiempo, allá por los años noventa, en el que enseñó a una amiga a usar un explorador de Internet. Dice que se quedaba «alucinado» y «hasta irritado» cuando la mujer se detenía para leer el texto en las páginas que se encontraban. «¡No se supone que debes leer las páginas web, sino simplemente hacer clic en las palabras con hipervínculo!», la regañaba. Ahora, escribe Davis, «leo mucho, o al menos debería estar leyendo mucho, pero no lo hago. Acorto. Hago scrolling. Tengo muy poca paciencia para los argumentos largos, trabajados, matizados, a pesar de que acuse a otros de dibujar un mundo demasiado sencillo»[11].
Karp, Friedman y Davis —todos hombres educados con vocación de escribir— se muestran relativamente animados sobre el declive de su capacidad para leer y concentrarse. Después de todo, dicen, los beneficios que obtienen de usar la Web —acceso rápido a montones de información, herramientas potentes de búsqueda y filtrado, una forma fácil de compartir sus opiniones con un público pequeño pero interesado— compensan la pérdida de su capacidad para sentarse tranquilamente y pasar las páginas de un libro o una revista. Friedman me dijo, en un e-mail, que «nunca ha sido tan creativo» como en los últimos tiempos, y que lo atribuye a «su blog y la posibilidad de revisar/escanear “toneladas” de información en la Web». Karp está convencido de que leer muchos fragmentos pequeños e interconectados de información en Internet es una forma más eficiente de expandir su mente que leer «libros de 250 páginas», aunque señala que «no podemos reconocer todavía la superioridad de este proceso interconectado de pensamiento porque estamos midiéndolo a partir de nuestro antiguo proceso lineal de pensamiento»[12]. Davis reflexiona: «Internet puede haber hecho de mí un lector menos paciente, pero creo que en muchos aspectos me ha hecho más inteligente. Más conexiones a documentos, artefactos y personas implican más influencias externas en mi pensamiento y, por tanto, en mi escritura»[13]. Los tres saben que han sacrificado algo importante, pero no regresarían al estado anterior de las cosas.
Para algunas personas, la mera idea de leer un libro se ha vuelto anticuada, incluso algo tonta —como coser tus propias camisas o descuartizar una vaca—. «No leo libros», dice Joe O’Shea, ex presidente del cuerpo de estudiantes en la Universidad de Florida State y beneficiario de la beca Rhodes en 2008. «Acudo a Google, donde puedo absorber información relevante rápidamente». O’Shea, diplomado en Filosofía, no ve razón alguna para atravesar capítulos de texto cuando lleva un minuto o dos escoger los pasajes pertinentes a través de Google Book Search. «Sentarse y leer un libro de cabo a rabo no tiene sentido —afirma—. No es un buen uso de mi tiempo, ya que puedo tener toda la información que quiera con mayor rapidez a través de la Web». Cuando aprendes a ser «un cazador experimentado» en Internet, explica, los libros son superfluos[14].
O’Shea parece ser más la regla que la excepción. En 2008, una firma de investigación y consultoría llamada nGenera publicó un estudio sobre los efectos de Internet en la población joven. La compañía entrevistó a unos seis mil miembros de lo que llama «generación Web» (niños que han crecido usando Internet). «La inmersión digital —escribió el investigador principal— ha afectado incluso al modo en el que absorben información. Ya no leen necesariamente una página de izquierda a derecha y de arriba a abajo. Puede que se salten algunas, buscando información pertinente»[15]. En una charla de una reciente reunión Phi Beta Kappa, la profesora de la Universidad de Duke Katherine Hayles confesó: «Ya no puedo conseguir que mis alumnos lean libros enteros»[16]. Hayles enseña inglés; los estudiantes de los que habla son estudiantes de Literatura.
La gente usa Internet de muchas maneras diferentes. Algunas personas han adoptado ansiosa, incluso compulsivamente, las últimas tecnologías. Mantienen cuentas con una docena, o más, de servicios online, y están suscritas a multitud de feeds de información. Bloguean y etiquetan, mandan mensajes y tweets. A otras no les importa mucho estar a la última, pero de todas formas están online la mayor parte del tiempo, tecleando en su ordenador de sobremesa, su portátil, su teléfono móvil. La Web se ha convertido en una parte esencial de su trabajo, sus estudios o su vida social, y muchas veces de los tres. Todavía hay gente que se conecta sólo algunas veces al día —para comprobar su correo, seguir alguna noticia, investigar sobre algún tema de interés o hacer alguna compra—. Y hay, por supuesto, muchas personas que no utilizan Internet para nada, ya sea porque no pueden permitírselo o porque no quieren. Lo que está claro, sin embargo, es que para la sociedad en su conjunto la Web se ha convertido, en tan sólo los veinte años transcurridos desde que el programador de software Tim Berners-Lee escribiera el código para la World Wide Web, en el medio de comunicación e información preferido. La magnitud de su uso no tiene precedentes, ni siquiera según los estándares de los medios de comunicación de masas del siglo XX. El ámbito de su influencia es igualmente amplio. Por elección o necesidad, hemos abrazado su modo característicamente instantáneo de recopilar y dispensar información.
Pareciera que hemos llegado, como anticipó McLuhan, a un momento crucial en nuestra historia intelectual y cultural, una fase de transición entre dos formas muy diferentes de pensamiento. Lo que estamos entregando a cambio de las riquezas de Internet —y sólo un bruto se negaría a ver esa riqueza— es lo que Karp llama «nuestro viejo proceso lineal de pensamiento». Calmada, concentrada, sin distracciones, la mente lineal está siendo desplazada por una nueva clase de mente que quiere y necesita recibir y diseminar información en estallidos cortos, descoordinados, frecuentemente solapados —cuanto más rápido, mejor—. John Battelle, ex editor de una revista y profesor de Periodismo que dirige ahora una agencia de publicidad online, ha descrito la fascinación intelectual que experimenta cuando navega por páginas web: «Cuando hago bricolaje en tiempo real durante varias horas, “siento” cómo se enciende mi cerebro, “siento” que se vuelve más inteligente»[17]. La mayoría de nosotros ha experimentado sensaciones similares cuando está online. Los sentimientos son intoxicadores, tanto que pueden distraernos de las consecuencias cognitivas más profundas que tiene la Web.
Durante los últimos cinco siglos, desde que la imprenta de Gutenberg hiciese de la lectura un afán popular, la mente lineal y literaria ha estado en el centro del arte, la ciencia y la sociedad. Tan dúctil como sutil, ha sido la mente imaginativa del Renacimiento, la mente racional de la Ilustración, la mente inventora de la Revolución Industrial, incluso la mente subversiva de la modernidad. Puede que pronto sea la mente de ayer.
La computadora HAL 9000 fue alumbrada, o «hecha operativa», como el propio HAL decía con humildad, el 12 de enero de 1992, en una ficticia fábrica de ordenadores de Urbana, Illinois. Yo nací exactamente 33 años antes, en enero de 1959, en otra ciudad del Medio Oeste, Cincinnati, Ohio. Mi vida, como las vidas de la mayoría de los baby boomers y miembros de la generación X, se ha desarrollado como una obra en dos actos. Empezó con la Juventud Analógica y después, tras una revolución rápida pero exhaustiva, entró en la Adultez Digital.
Cuando me vienen imágenes de mis años infantiles, resultan a la vez reconfortantes y ajenas, como primeros planos de una película para todos los públicos de David Lynch. Está el aparatoso teléfono color amarillo mostaza pegado a la pared de nuestra cocina, con su disco de marcado y su cable largo y enrollado. Veo a mi padre manoseando las antenas encima del televisor, intentando en vano hacer desaparecer la niebla que oscurece el partido de los Reds. El periódico de la mañana, enrollado y húmedo, yace en el porche empedrado. Hay un aparato de alta fidelidad en el salón, unas cuantas cubiertas de discos (algunas pertenecientes a álbumes de los Beatles de mis hermanos mayores) diseminadas sobre la alfombra que lo rodea. Y abajo, en la habitación mohosa del sótano, hay libros en las estanterías —muchos libros— con sus lomos multicolores, cada uno con su título y el nombre de un escritor.
En 1977, el año en que apareció La guerra de las galaxias y nació la empresa Apple Computer, me fui a New Hampshire para ir a la Universidad de Dartmouth. No lo sabía cuando hice la matrícula, pero Dartmouth llevaba mucho tiempo siendo líder en informática académica, jugando un papel fundamental al acercar el poder de las máquinas procesadoras de datos a estudiantes y profesores. El presidente de la universidad, John Kemeny, era un respetado científico informático que en 1972 había escrito un libro influyente llamado El hombre y la computadora. También había sido, una década antes de eso, uno de los inventores de BASIC, el primer lenguaje de programación que usara palabras comunes y sintaxis cotidiana. Cerca del centro de los terrenos universitarios, justo detrás de la georgiana Biblioteca Baker, con su campanario imponente, se acurrucaba el Centro de Computación Kiewit, un edificio de hormigón sin atractivo, vagamente futurista, de una sola altura, que alojaba los dos enormes ordenadores General Electric GE-635 que poseía la universidad. Las computadoras utilizaban el revolucionario Sistema de Reparto de Tiempo de Dartmouth, un tipo primario de Red que permitía a docenas de personas usar las computadoras simultáneamente. El reparto de tiempo fue la primera manifestación de lo que hoy llamamos ordenador personal. Hizo posible, como escribió Kemeny en su libro, «una relación verdaderamente simbiótica entre el hombre y la computadora»[18].
Yo estudiaba Literatura y hacía lo imposible por esquivar las clases de matemáticas y ciencias, pero Kiewit ocupaba un lugar estratégico en el campus, a medio camino entre mi habitación y la fraternidad, y los fines de semana pasaba una o dos horas por la tarde ante una terminal del recinto público de escritura a máquina mientras esperaba a que se montara alguna fiesta. No
