Cerebrotes

Clara García Gorro

Fragmento

Prefacio

Prefacio

El cerebro nos fascina. En él viven nuestros pensamientos, recuerdos y emociones, eso que solemos entender por «identidad». Gracias al cerebro percibimos nuestro entorno, nos relacionamos, aprendemos, caminamos y respiramos. Entendemos que es parte esencial de quienes somos y que, a la vez, esto nos sitúa en una posición vulnerable. Una alteración en la estructura o funcionamiento de nuestro cerebro puede cambiar nuestra percepción, estado de ánimo, memoria, comportamiento o capacidad de movernos.

Durante mucho tiempo, la comunidad científica entendió el cerebro adulto como algo inmutable. Sin embargo, hoy sabemos que el cerebro es maleable. Algo que en neurociencia se conoce como plasticidad cerebral o neuroplasticidad.

No recuerdo la primera vez que oí hablar de este tema. Una vez que incorporas un concepto, a menudo es difícil identificar el momento exacto en el que lo aprendiste, a no ser que te produjera una gran sorpresa o emoción. Sí que recuerdo, sin embargo, el entusiasmo que sentí en tercero de Biología cuando en la asignatura de Fisiología Animal entendí por primera vez cómo se comunican las neuronas entre sí.

Años después, esta fascinación por el cerebro y por la psicología me llevó a hacer un doctorado en la Unidad de Cognición y Plasticidad Cerebral de la Universidad de Barcelona. Ahí pasé cinco años investigando con técnicas de neuroimagen una dolencia neurodegenerativa poco frecuente denominada «enfermedad de Huntington». A diferencia de otras enfermedades neurodegenerativas, como el alzhéimer o el párkinson, la enfermedad de Huntington está causada por una alteración en un único gen. Esto significa que si una persona hereda el gen mutado, esta desarrollará la enfermedad. Sin embargo, los estudios sugieren que llevar un estilo de vida intelectualmente activo puede retrasar la edad a la que aparecen los primeros síntomas. Este fue uno de los temas sobre los que investigué durante mi doctorado y que me llevó a interesarme por la plasticidad cerebral.

Quizá por eso, cuando en 2019 abrí mi canal de YouTube, Cerebrotes, el primer vídeo que publiqué trataba precisamente sobre cómo nuestros hábitos pueden moldear nuestro cerebro.

Con este libro me gustaría trasladarte mi fascinación por la neurociencia en general y por la plasticidad cerebral en particular, y proporcionarte algunos consejos prácticos respaldados por estudios científicos sobre hábitos saludables para mantener un cerebro sano. En este libro no encontrarás mensajes de positividad tóxica ni exageraciones sobre lo que es posible conseguir cambiando de actitud. No te diré «si quieres, puedes», porque a veces no podemos, aunque queramos. Tampoco te haré promesas sobre los cambios radicales que observarás si adoptas ciertos hábitos. La plasticidad cerebral es una característica del cerebro a la que podemos intentar sacarle provecho, pero en ningún caso es una panacea. Por lo tanto, no te diré cosas como «destapa tus superpoderes reestructurando tu cerebro».

Mi intención es que entiendas mejor cómo funciona el cerebro y que seas consciente de cómo el mundo que nos rodea y nuestros hábitos pueden influir positiva y negativamente en nuestra salud cerebral. Creo que conocer los datos que hay al respecto y comprender mejor las bases neurocientíficas detrás de tales observaciones puede animarnos a llevar a cabo los cambios que consideremos oportunos.

Este libro tampoco pretende ser un manual de neurociencia para expertos, sino un libro de divulgación científica para personas que sientan curiosidad por el cerebro. No necesitas conocimientos previos de neurociencia, aunque, si los tienes, espero que aun así aprendas cosas nuevas.

A lo largo de las páginas que siguen utilizaré distintas metáforas para que sea más fácil visualizar ciertas ideas. Sin embargo, toda metáfora tiene sus limitaciones, por lo que no serán metáforas perfectas ni siempre se complementarán bien unas con otras.

Una vez aclarado todo esto, ¡empecemos!

SECCIÓN 1

¿Cómo se moldea nuestro cerebro?

1

Qué es la plasticidad cerebral

Los neurocientíficos utilizan el término «plasticidad cerebral» (o «neuroplasticidad») para describir diferentes fenómenos. No existe una definición única, pero, a grandes rasgos, tiene que ver con la capacidad del cerebro de moldearse para adaptarse a su ambiente.

Pero ¿qué tiene que ver el cerebro con el plástico? Cuando hablamos de plasticidad, nos estamos refiriendo a la propiedad que tiene un material para ser moldeado y cambiar de forma. Un material plástico se deforma, pero no vuelve a su forma original (como sí lo haría uno elástico). Ejemplos de materiales plásticos son la arcilla, la plastilina o, efectivamente, los plásticos. En el caso de la arcilla, es plástica cuando tiene la humedad adecuada. Una vez que se termina de trabajar la pieza de arcilla y se deja secar, se volverá rígida y quebradiza. En el caso de los plásticos, solo algunos siguen manteniendo esta propiedad en su estado final, pero han podido llegar a esa forma gracias a su capacidad de moldearse, en muchos casos, a altas temperaturas. Por otro lado, la plastilina es moldeable de por vida, por lo que quizá sea la mejor analogía para hablar del cerebro.

Para hacerlo más visual, podemos imaginarnos un cerebro de plastilina. Cada experiencia que vivimos produciría una impronta en él. Conviene aclarar que estamos hablando en un sentido metafórico. No es que nuestro cerebro vaya deformándose durante nuestra vida (a no ser que sufra un traumatismo). Los cambios a los que nos referimos son de otro tipo. Antes de adentrarnos en los diferentes tipos de neuroplasticidad, vamos a hacer una introducción al cerebro y a recorrer brevemente la historia de la neurociencia para entender cómo hemos llegado hasta nuestra idea actual de plasticidad cerebral.

Para recordar

La plasticidad cerebral es la capacidad que tiene nuestro cerebro de cambiar con la experiencia.

2

Introducción al cerebro

Cuando hablamos de «cerebro», normalmente nos referimos al encéfalo en su conjunto, el cual comprende el cerebro propiamente dicho, el tronco encefálico y el cerebelo. Sin embargo, en el lenguaje popular, el término «encéfalo» no ha calado. Por lo tanto, a no ser que quiera hacer una distinción entre estructuras, en el resto de los capítulos de este libro hablaré de «cerebro» para referirme al conjunto de estructuras que se encuentran en el interior de nuestra bóveda craneal.

Ilustración en blanco y negro de las partes del encéfalo, en la que se muestran el cerebro, cerebelo y tronco encefálico.

Dicho esto, nuestro encéfalo está involucrado en cualquier pensamiento o acción que llevemos a cabo (a excepción de algunos reflejos). Cuando olemos café recién hecho, por ejemplo, es porque dentro de nuestra nariz existen receptores neuronales microscópicos que pueden responder ante partículas del propio café que pasan al aire y mandar esa información al cerebro, el cual identificará el olor basándose en experiencias previas. Si nos gusta el café, es muy probable que ese aroma nos produzca emociones placenteras, para las cuales el cerebro también es fundamental.

Si además de gustarnos su aroma nos gusta el sabor a café, puede que nos planteemos si queremos o no bebernos uno en este momento. Es posible que para tomar esa decisión tengamos en cuenta múltiples factores.

«¿Me da tiempo? Si hay tres personas en la cola de la cafetería y mi tren sale dentro de quince minutos, ¿es demasiado arriesgado pararme a tomar un café? ¿Están siendo rápidos los camareros? Vale, yo creo que me da tiempo. Pero, espera, son las seis de la tarde. ¿Me costará dormir esta noche si me tomo un café ahora? La verdad es que me vendría bien después de un día tan agotador».

Todo esto puede pasar por nuestra mente en unos pocos segundos. Nuestro cerebro necesita evaluar toda esa información y hacer predicciones basándose en experiencias anteriores.

Si finalmente nos decidimos a pedir un café, necesitaremos movernos para ponernos a la cola. De nuevo, sin nuestro encéfalo, no sería posible. Una vez que el cerebro decide que, efectivamente, a pesar de los posibles inconvenientes, quiere ese café y ejecuta la orden de moverse, la información viaja a través de nuestra médula espinal hasta los nervios que inervan nuestros músculos para que estos se contraigan y se relajen de manera que podamos dirigirnos hacia nuestro destino. Además, el cerebelo, en la base de nuestro encéfalo, se encargará de coordinar nuestros movimientos y mantener el equilibrio.

Al ir a pedir el café, necesitaremos pronunciar palabras para que el camarero sepa lo que queremos. Gracias principalmente a las neuronas de una región del cerebro denominada «área de Broca», podremos comunicarnos con nuestro interlocutor.

Una vez que tengamos nuestro ansiado café, podremos apreciar su sabor gracias a los receptores gustativos de las neuronas que existen en nuestra lengua, paladar y otras partes de la boca, que mandarán esa información hasta el cerebro para que la interprete. Gracias a otros receptores sensoriales, además de su sabor, también notaremos su temperatura y aroma. Si es un buen café, seguramente nuestro cerebro nos mande una señal de placer. Y digo seguramente porque, si nuestro estrés por llegar a tiempo al tren nos impide conectar con el momento presente, es posible que no lleguemos a ser demasiado conscientes de su sabor.

Además, si se trata de un café con cafeína, al cabo de menos de una hora es probable que mejore nuestra atención y nuestra capacidad de reacción gracias al efecto estimulante de esta molécula en nuestro sistema nervioso central. Es algo que consigue al unirse a receptores que se encuentran en neuronas en nuestro cerebro.

Por supuesto, durante nuestro periplo cafetero, seguiremos respirando y nuestro corazón continuará latiendo. En ambos casos, estas funciones están moduladas por el tronco encefálico, una estructura que se sitúa entre el cerebro y la médula espinal.

Como vemos, nuestro encéfalo es fundamental en cualquier momento, por trivial que parezca. Nos permite procesar información de nuestro ambiente y de nuestro estado interno y reaccionar en consecuencia. Gracias a nuestro encéfalo, sentimos hambre y saciedad, percibimos los colores y experimentamos dolor y placer.

Toda esta información nos permite mantenernos a salvo. Por lo general, aquellas cosas que nos causan placer suelen haber sido beneficiosas para nuestra supervivencia como especie a lo largo de la evolución. Por el contrario, aquello que nos causa dolor suele ser perjudicial. Por supuesto, es algo que depende mucho del contexto.

Por ejemplo, a los humanos suelen resultarnos placenteros los alimentos con un alto contenido en azúcares. Esto pudo ser beneficioso para que nuestros antepasados buscaran alimentos ricos en energía. Sin embargo, en la actualidad, una gran parte de la población tiene un estilo de vida sedentario, y por otro lado, tiene a su alcance este tipo de alimentos en cualquier momento, lo que puede hacer que consumamos más calorías de las que necesitamos.

Otro ejemplo de cómo el cerebro puede complicarnos la vida hoy en día es la ansiedad que le produce a la mayoría de las personas hablar en público. Como especie social que somos, nuestra supervivencia ha ido unida siempre a la aceptación del grupo. A lo largo de nuestra evolución como homínidos, nos hemos enfrentado a amenazas como depredadores y patógenos, pero también a amenazas a nuestro estatus en el grupo, lo que podía conllevar un menor acceso a alimentos y a potenciales parejas o, en el peor de los casos, la exclusión del grupo. Esto podía suponer una sentencia de muerte, ya que durante gran parte de la historia dependíamos de la protección del grupo para sobrevivir. Esto ha podido llevar a la selección durante el proceso evolutivo de mecanismos que detecten posibles amenazas sociales. Cuando hablamos en público, nos exponemos a que nos juzguen y nos rechacen, algo que nuestro cerebro puede interpretar como un peligro, por mucho que en la actualidad sea poco probable que nuestra supervivencia dependa de lo bien que hagamos nuestra presentación delante de un grupo de personas. Sin embargo, esta es solo una de las posibles explicaciones, ya que, en cuestiones de psicología evolutiva, las hipótesis no se pueden contrastar con experimentos.

A pesar de estos ejemplos en los que nuestro cerebro no ha tenido tiempo de adaptarse al mundo moderno, podemos entender que el cerebro ha evolucionado así porque nos ha ayudado a sobrevivir y a reproducirnos. Por supuesto, en la actualidad tenemos la opción de decidir si queremos o no tener descendencia, pero los mecanismos que facilitan que eso ocurra siguen ahí.

Este «instinto» por sobrevivir y pasar nuestros genes a las futuras generaciones no es algo único de los humanos ni de los animales en general, sino de cualquier ser vivo. Por lo tanto, no es necesario tener un encéfalo para sobrevivir. Las bacterias, los hongos, las plantas y las esponjas carecen de un encéfalo o algo que se le parezca.

Sin embargo, a medida que aparecieron organismos con cuerpos más complejos, se fue haciendo cada vez más difícil regularlos; se cree que esto favoreció que se desarrollaran las neuronas y, con el tiempo, las agrupaciones de neuronas en ganglios neuronales y los encéfalos.

Ahora que tenemos una visión general de la importancia de nuestro encéfalo, profundicemos un poco más en cómo funciona, utilizando una serie de analogías.

La oficina del encéfalo

Nuestro encéfalo está compuesto principalmente por células, como el resto de nuestro cuerpo. En concreto, las principales células que podemos encontrar en él, y en nuestro sistema nervioso en general, son las neuronas y las células de la glía. Las neuronas, también llamadas células nerviosas, son las que se llevan todo el protagonismo. Son un tipo de células muy especializadas que pueden transmitir información de manera precisa, rápida y controlada. Se cree que los primeros organismos que desarrollaron neuronas fueron antepasados de los cnidarios, filo al que pertenecen animales como las medusas, las anémonas y los corales.

Por otro lado, dentro de las células de la glía existen diferentes subtipos; tradicionalmente se ha considerado que su función era meramente de soporte, aunque luego veremos que hacen mucho más que ayudar a las neuronas a sobrevivir.

Aún queda mucho por entender sobre el funcionamiento del encéfalo. Sin embargo, a grandes rasgos, sabemos que existen ciertas regiones y estructuras especializadas en funciones concretas, de manera similar a una empresa que se divide en departamentos con funciones diferentes, pero que colaboran entre sí. Siguiendo con el símil, el encéfalo sería una empresa muy eficiente en la que muchos de sus empleados (las neuronas) se comunicarían a gran velocidad entre sí, tanto dentro de un mismo equipo como entre departamentos.

En el caso de los empleados de una empresa real, se comunicarían normalmente a través del lenguaje oral, ya sea en persona, por teléfono o por videoconferencia, o por escrito, principalmente mediante correos electrónicos.

Pues bien, en el caso del encéfalo y del resto del sistema nervioso, estos empleados que serían las neuronas no circularían libremente por la oficina, sino que tendrían su sitio fijo, y necesitarían estar físicamente muy cerca los unos de los otros para poder comunicarse. Sería algo parecido a lo que hacíamos en nuestra infancia cuando nos mandábamos mensajes mediante bolas de papel que lanzábamos cuando el profesor no miraba.

En el caso de las neuronas, estas metafóricas bolas de papel serían los neurotransmisores, moléculas que se liberan al espacio microscópico que existe entre neuronas que no llegan a tocarse, denominado «espacio sináptico».

Ilusraciín en blanco y negro de los diferentes elementos que forman parte de la comunicación entre neuronas a través de neurotransmisores.

Existen diferentes tipos de neurotransmisores, pero, a diferencia de los mensajes que nos pasábamos en el colegio a través de bolas de papel, los mensajes que pueden comunicar los neurotransmisores no son muy sofisticados, ya que se reducen a un simple «adelante» o «detente».

Cuando una neurona recibe neurotransmisores, hace un cómputo. Si el número de mensajes excitatorios gana al número de inhibitorios, esa neurona generará un impulso nervioso y transmitirá su mensaje correspondiente a las siguientes neuronas.

Otra cosa importante que debe tenerse en cuenta es que no todas las neuronas pueden responder a cualquier neurotransmisor. Necesitan receptores específicos que se unan a esa molécula concreta. En el caso de nuestra empresa imaginaria, es como si los empleados necesitaran guantes que les permitieran agarrar distintos tipos de bola de papel según su forma.

Las neuronas serían los empleados de la empresa encargados de procesar información. En vez de departamentos de logística, finanzas, recursos humanos, marketing o comunicación, podríamos dividir el encéfalo en los departamentos de percepción, atención, memoria, lenguaje, toma de decisiones, habilidades motrices, ritmos circadianos y funciones vitales, por nombrar algunos. Eso si nos fijamos en las funciones, pero también podemos dividir el cerebro en diferentes regiones (lóbulos cerebrales) teniendo en cuenta su anatomía.

Ilustración en banc y negro de los lóbulos cerebrales.

El equivalente en nuestra empresa imaginaria sería tener en cuenta los distintos edificios o módulos del edificio. A menudo, los empleados de un departamento se encuentran en la misma zona del edificio, pero, muchas veces, para llevar a cabo un proyecto es necesario que empleados situados en diferentes plantas, edificios o incluso países colaboren entre sí. Lo mismo ocurre en el cerebro.

Además de las neuronas, en el encéfalo hay otros empleados que se encargan de mantener el encéfalo limpio y seguro, así como de ayudar a las neuronas a nutrirse y comunicarse entre sí. Estos empleados se denominan en su conjunto «células de la glía» o «neuroglia», y se dividen a su vez en tres tipos principales.

Los astrocitos cumplirían las funciones del personal de la cafetería, proporcionando alimentos a las neuronas, y del personal de seguridad, controlando quién entra en el edificio del encéfalo.

La microglía equivaldría al personal de limpieza encargado de aspirar cualquier residuo en la oficina. Además, tanto los astrocitos como la microglía pueden ayudar a las neuronas a formar nuevas conexiones entre ellas.

Por último, los oligodendrocitos ayudan a las neuronas a ser más eficientes, acelerando la comunicación entre los diferentes departamentos, de manera similar a lo que haría el personal administrativo de una empresa. Esto lo consiguen envolviendo las prolongaciones de las neuronas (axones), como si fueran tentáculos de un pulpo. Este recubrimiento recibe el nombre de vaina de mielina y hace que el impulso nervioso se transmita de manera más rápida a lo largo del axón de la neurona.

Aunque las neuronas sean los empleados que se llevan todo el mérito, no hay que olvidar que las labores de mantenimiento de la neuroglia son fundamentales para el correcto funcionamiento de nuestro encéfalo. De hecho, en los últimos años ha cambiado la imagen que se tenía de estas células como pasivas. El número de funciones en las que están implicadas sigue aumentando a medida que avanzan las investigaciones. Un ejemplo de su importancia es que los estudios sugieren que, en enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer, el párkinson o la enfermedad de Huntington, los fallos en las células de la glía podrían ser claves.

Ilstración en blanco y negro del oligodendrocito formando vainas de mielina.

Un jardín de neuronas

La analogía del encéfalo como una oficina nos ayuda a entender cómo diferentes regiones y tipos de células están especializadas en distintas funciones, a la vez que trabajan de manera conjunta con un objetivo común. Sin embargo, si queremos imaginarnos qué aspecto tienen las neuronas y cómo funcionan, tenemos que dejar atrás la imagen de las neuronas como empleados de una empresa y traer una analogía nueva: el jardín.

Existen diversos tipos de neuronas con diferentes formas y tamaños, pero, para simplificar, pondremos de ejemplo la neurona típica en la que solemos pensar cuando visualizamos una de ellas. Se denomina neurona piramidal y se encuentra principalmente en la corteza cerebral, la parte más superficial de nuestro cerebro.

Este tipo de neurona tiene un aspecto similar al de un árbol sin hojas. Las ramas serían las dendritas, las cuales se encargan de recibir los neurotransmisores que liberan las neuronas colindantes. En concreto, los puntos de conexión entre neuronas ocurren en unas pequeñas protrusiones que salen de las dendritas de las neuronas denominadas «espinas dendríticas».

Ilstración en blanco y negro de las partes de una neurona.

Si seguimos bajando por el árbol, llegaremos a la zona de la que salen las ramas antes de llegar al tronco. Esta región sería el «soma» o «cuerpo celular de la neurona», donde se encuentra el núcleo con el material genético, además de la mayoría del resto de los orgánulos. Para las células, son el equivalente de nuestros órganos. Igual que nosotros tenemos corazón, pulmones, hígado, estómago, etc., nuestras células tienen mitocondrias, aparato de Golgi, retículo endoplasmático y otros orgánulos que les permiten sobrevivir y funcionar correctamente.

En la parte inferior del soma, justo donde comenzaría el tronco del árbol, tenemos lo que se conoce como «cono axónico». En ese punto es donde las neuronas realizan el cómputo de señales excitatorias e inhibitorias; si se supera cierto umbral, se producirá un impulso nervioso.

El tronco del árbol sería el axón de la neurona. Cuando una neurona recibe suficientes señales excitatorias, se produce una señal eléctrica que se propaga a través del axón de arriba abajo. Esta señal eléctrica recibe el nombre de potencial de acción o impulso nervioso. Cuando llega a la parte inferior del axón (lo equivalente a las raíces del árbol), los neurotransmisores que estaban guardados en saquitos (vesículas) en la parte inferior de la neurona se liberan al exterior para llegar a las dendritas de la siguiente neurona.

Como estarás viendo, la metáfora del jardín presenta sus limitaciones, ya que tendríamos que imaginarnos árboles flotantes situados a distintos niveles.

Ilstración en blanco y negro de las capas de la corteza cerebral.

Por otro lado, en nuestro jardín, además de neuronas, tendríamos las células de la glía. En el caso de los astrocitos, podríamos imaginarlos como arbustos, aunque en este caso la forma ya no sería tan parecida. Los oligodendrocitos podrían ser una planta trepadora como la hiedra que envolvería los troncos de las neuronas. Y, por último, las células de la microglía serían robots de jardín que circularían cortando la hierba y aspirando a su paso hojas muertas y otros residuos.

Además, para que nuestro jardín esté en condiciones, tendremos que podar los árboles de vez en cuando y abonar el terreno. Esta poda neuronal la realizan tanto los astrocitos como la microglía. De nuevo, aquí la metáfora del jardín se nos queda corta para explicar la complejidad de nuestro cerebro. Como veremos más adelante, esta poda neuronal es un tipo de plasticidad neuronal fundamental en diferentes etapas de nuestra vida. En cuanto al abono para las neuronas, existen diferentes tipos, pero uno de los más relevantes es el BDNF (por sus siglas en inglés), cuyo nombre completo en español sería «factor neurotrófico derivado del cerebro». El BDNF es una molécula clave que ayuda a las neuronas a sobrevivir y a regular su actividad y sus conexiones sinápticas, por lo que también desempeña un papel importante en la neuroplasticidad.

Si ahora nos imaginamos un bosque o una selva, en vez de un jardín, las copas de los árboles que podríamos ver desde un helicóptero serían el equivalente a la corteza cerebral, donde se encuentran la mayor parte de los cuerpos celulares de las neuronas, que formarían lo que se conoce como «sustancia gris». Si nos adentramos en el bosque, nos encontraríamos con los troncos de los árboles. En el cerebro, el conjunto de axones recibe el nombre de «sustancia blanca».

Volando voy

Ahora que entendemos que el encéfalo funciona como una empresa con distintos departamentos que trabajan conjuntamente y visualizamos las neuronas como árboles en miniatura, introduzcamos una tercera analogía: los aeropuertos.

Hemos dicho que las neuronas no pueden moverse libremente por el cerebro como lo haría un empleado por su oficina, sino que tienen su sitio y se comunican con neuronas colindantes. ¿Cómo es posible entonces que los diferentes departamentos del cerebro se comuniquen entre sí? Está claro que una empresa en la que los empleados solo pudieran comunicarse con las personas físicamente más cercanas en la oficina no funcionaría de manera muy eficiente. ¿Qué pasaría si un empleado del departamento de marketing necesitara comunicarse con recursos humanos, pero el departamento más cercano fuera el de finanzas? Necesitaría implicar a otros empleados para pasar su mensaje, haciéndoles perder tiempo y energía en algo que no les compete.

Primero debemos tener en cuenta que existen axones de diferentes longitudes, por lo que los más largos pueden comunicar regiones distantes del cerebro entre sí. Sin embargo, es importante destacar que, aunque cada neurona está conectada con miles de neuronas, no se comunica con cada una de las neuronas del cerebro. Tampoco sería muy eficiente. Para entenderlo mejor, vamos a poner como ejemplo la red de transporte aéreo mundial.

¿Te imaginas que cada aeropuerto estuviera conectado con todos los demás aeropuertos del mundo? La cantidad de aviones, personal y tráfico aéreo necesarios para mantener un sistema así lo haría insostenible. Además, sería un desperdicio de recursos, ya que habría vuelos directos que irían casi vacíos. Por otro lado, ¿te imaginas la situación contraria? Si todos los aeropuertos del mundo estuvieran conectados solo con unos pocos aeropuertos cercanos, habría conexiones para las que tendríamos que coger tantos vuelos que tardaríamos días en llegar a nuestro destino.

Lo que ocurre en la realidad es que existen unos pocos aeropuertos en el mundo que actúan como aeropuertos centrales que se encuentran conectados con muchos otros. Algunos ejemplos son los de Frankfurt, Estambul, Heathrow, Ámsterdam o Chicago. Esto permite conectar puntos muy lejanos entre sí de manera sencilla y sin malgastar recursos. Por ejemplo, una persona que quiera volar desde Atenas hasta San Diego puede hacerlo con tan solo una parada en Múnich o Heathrow. Algo similar ocurre en el cerebro. Existen diferentes regiones cerebrales, denominadas hubs, que se comportan como aeropuertos centrales.

Ilstración en blanco y negro del esquema de una red cerebral simplificada con cinco «hubs».

Se cree que la manera que tiene el cerebro de conectar unas regiones con otras ha evolucionado para minimizar el coste energético y maximizar la eficiencia con la que la información se transfiere. Mantener axones largos sale más caro que mantener axones cortos. Por un lado, al ser más lar

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