Introducción
Inicialmente me formé como paleoecóloga.
Ésta es una afirmación que puede paralizar la conversación en una reunión social, puesto que no mucha gente sabe lo que eso significa (por no hablar de cómo se escribe).
En realidad, se trata de una fascinante rama de la ciencia que utiliza los restos fosilizados de plantas para reconstruir los cambios producidos en la vegetación a lo largo del tiempo en respuesta a las variaciones climáticas, la influencia humana y otros factores medioambientales. Los resultados aportan importantes conocimientos científicos, por ejemplo, sobre los paisajes del pasado y las reacciones de las plantas a los cambios climáticos. Sin embargo, eso implicaba que yo trataba únicamente con fragmentos de plantas que llevaban largo tiempo muertas. Mi trabajo se basaba sobre todo en el uso del microscopio, y a menudo entrañaba examinar material vegetal de miles de años de antigüedad que había perdido su color, forma y olor originarios. Aunque el material vegetal fosilizado puede ser hermoso, especialmente el polen fósil (mis favoritos son el polen de margarita, que semeja un paisaje volcánico; los granos de polen de hierba nudosa, que tienen cráteres como los de la Luna; los puntiagudos ásteres y los triangulares arrayanes), mi interacción cotidiana con plantas vivas apenas se reducía a cuidar de las penosas macetas de albahaca que adornaban el alféizar de la ventana de mi cocina o disfrutar de los árboles que pasaban zumbando a mi lado mientras me dirigía en bicicleta al trabajo.
Mi relación profesional con las plantas se amplió considerablemente cuando me convertí en fundadora y directora del Instituto de Biodiversidad de la Universidad de Oxford. El Instituto —#actualmente integrado en la Red de Biodiversidad de Oxford#— utilizaba la investigación científica para contribuir a aportar pruebas en las que sustentar políticas de protección de la increíble biodiversidad de la tierra. Mi perspectiva adquirió una dimensión global: trabajábamos para entender qué procesos ecológicos y evolutivos crean las condiciones apropiadas para la resiliencia, la persistencia y la prevención de cambios irreversibles en los ecosistemas. Aun así, mi interacción cotidiana con plantas vivas no aumentó de forma significativa.
Todo esto cambió en 2013, cuando me trasladé en comisión de servicios desde Oxford para ser directora científica del Real Jardín Botánico de Kew, en Londres. Durante los cinco años que pasé allí estuve rodeada de plantas vivas: desde el césped y los arriates de los jardines públicos que había frente a la ventana de mi despacho, y los invernaderos con palmeras procedentes de todo el mundo, hasta los jardines japoneses y mediterráneos, junto a muchas otras. Podía recorrer el mundo entero en versión vegetal en una sola pausa para comer. Esas interacciones diarias con las plantas cambiaron mi forma de concebirlas. Empecé a verlas desde una perspectiva completamente distinta de las que entrañaba observar su representación plana en la bibliografía académica o pensar en ellas como grandes ecosistemas abstractos. Formaban un universo paralelo, que me rodeaba por todas partes. Y me sorprendió ver que muchos de los visitantes de los jardines no se limitaban a echar una ojeada a las plantas u observarlas a su paso, sino que se detenían a inhalar su fragancia, a disfrutar de su sombra, o incluso a tocar sus hojas o acariciar su corteza, haciendo caso omiso de los carteles que advertían en tono severo «No tocar» o «No pisar el césped». También yo los ignoraba.
Con el tiempo dejé de buscar los nombres latinos de las plantas durante mis incursiones por los jardines de Kew o de intentar determinar a qué familia pertenecían (lo que no significa que no siga disfrutando con ese nivel de detalle). En su lugar empecé a clasificarlas en mi mente según su altura, la forma de sus hojas, su color, su olor, su textura e incluso el sonido que producían con la brisa. Había dejado de ver las plantas sólo a través de la lente de un microscopio, y, al centrar mi atención en su complejo papel en los ecosistemas, habían cobrado «vida» para mí, afectando a todos mis sentidos.
Otra cosa que noté durante los paseos que daba a la hora de comer fue que me sentía más feliz, más serena y con la mente más despejada. Tanto era así que, incluso cuando más agobiada estaba por la falta de tiempo, seguía encontrando siempre un hueco para pasear por los jardines, ya que hacerlo me provocaba una profunda sensación de bienestar. Y no pude menos de comprobar que, si dedicaba el mismo rato a caminar por la calle, el paseo no surtía el mismo efecto. Había algo relacionado con el entorno por el que caminaba.
No volví a pensar en aquellas observaciones personales hasta que me pidieron que escribiera para un proyecto internacional detallando los beneficios sociales que obtenemos de las plantas. Querían que pusiera ejemplos tangibles de los beneficios para la salud derivados de tener plantas en nuestro entorno cotidiano; por ejemplo, el papel que desempeñan los árboles urbanos en la eliminación de partículas contaminantes del aire, mejorando con ello la calidad de éste.
Mientras rebuscaba en los archivos, no dejaba de encontrar repetidas menciones a cierto estudio que terminó intrigándome. Publicado en 1984 en la revista Science, revelaba el sorprendente hecho de que los pacientes operados de vesícula biliar que veían árboles desde la ventana de su cama en el hospital se recuperaban antes que los que sólo veían paredes de ladrillo.[1] También exhibían un mayor bienestar psíquico postoperatorio y necesitaban menos dosis de analgésicos potentes. Por increíble que parezca, los autores concluían que la mera visión de las plantas puede tener efectos positivos directos en la salud de los pacientes. Este estudio difería de todos los que yo había estado revisando en cuanto que sugería que no era la planta en sí, al influir en el entorno o alterarlo, la que desencadenaba los resultados positivos para la salud, sino que existía, en cambio, una relación más directa entre nuestra forma de experimentar la planta a través de nuestros sentidos (en este caso, viéndola) y el beneficio para la salud resultante de ello.
Se despertó mi curiosidad. Cuanto más investigaba, más estudios publicados descubría que mostraban que, aparte de la vista, el efecto de oler, oír e incluso tocar ciertas plantas puede desencadenar cambios positivos mensurables (y a veces duraderos) en nuestra salud física y mental.
Pero ¿acaso no sabemos desde hace largo tiempo que interactuar con plantas es bueno para nuestro bienestar? Así lo han creído escritores y filósofos de todos los tiempos. Por ejemplo, la escuela estoica, creada por el filósofo griego Zenón de Citio en el siglo IV a. C., postulaba que, para alcanzar un estado «filosófico» (en el que una persona es capaz de centrarse y puede florecer) es necesario sintonizar con la naturaleza. Hacia el siglo VI a. C., Siddharta Gautama estableció como una de las propuestas centrales del budismo que, para alcanzar la iluminación, la meditación debía ajustarse a los ritmos de la naturaleza, siendo los bosques y arboledas los mejores lugares para meditar. La arquitectura gótica cristiana incorporó formas de árboles y ramas extendidas en sus elevadas columnas y bóvedas para atraer la vista de los fieles hacia el cielo a través de la contemplación de imágenes naturales. Y los poetas románticos escribieron acerca de cómo «el poder de la armonía» que se encuentra en la naturaleza podía brindarnos una «tranquila reparación» del «bullicio de los pueblos y ciudades», por decirlo en palabras de Wordsworth.
Más recientemente, Edward O. Wilson, el eminente profesor de ecología de Harvard, argumenta en su libro Biofilia (publicado en 1984) que nuestra intrínseca afinidad con la naturaleza constituye un rasgo evolutivo profundo que contribuye de manera crucial a la salud, la productividad y el bienestar humanos.[2] Wilson postula que necesitamos conservar y restaurar la naturaleza no sólo por los beneficios materiales que puede proporcionar, sino también por la influencia positiva que ciertos aspectos de ella pueden tener en nuestro bienestar.
Sin embargo, en las últimas décadas se han alzado fuertes voces que cuestionan la hipótesis evolutiva.[3] ¿Qué ventaja tendría para nuestros primitivos antepasados estar menos estresados en entornos verdes? Aunque es posible que algunos espacios verdes les brindaran la oportunidad de obtener cobijo y alimento, y, por ende, sufrir menos estrés, es difícil imaginar de qué modo el mero hecho de ver un grupo de exuberantes árboles en un paisaje habría podido aumentar de forma acelerada sus posibilidades de supervivencia. La falta de pruebas científicas inequívocas que demuestren la vinculación entre nuestra percepción de las plantas a través de los sentidos y nuestra salud no ha hecho sino dar alas a tales voces escépticas, que en ocasiones han recurrido a términos despectivos como «abraza árboles» o «seudociencia» para aludir a quienes postulan la existencia de tales vínculos.
Hoy, no obstante, esas voces escépticas se están acallando poco a poco. Ello se debe en gran parte a que diversas innovaciones en el ámbito de la investigación científica están empezando a aportar las hasta ahora escurridizas pruebas de la existencia de un vínculo directo entre la interacción de nuestros sentidos con las plantas y la constatación de una serie de efectos positivos para la salud. Mi investigación no tardó en poner de manifiesto el nacimiento de toda una nueva rama de la ciencia que demuestra la existencia de un vínculo médico de extraordinaria importancia entre la percepción de la naturaleza a través de los sentidos y nuestra salud.
Esta tendencia se ilustra muy bien en la historia del shinrin-yoku, o «baño de bosque», en Japón. El término japonés (森林浴) está compuesto por tres caracteres: el primero (森) hace referencia a un bosque, representado por tres árboles; el segundo (林), a una arboleda, representada por dos; el tercero, que hace referencia al baño (浴), representa una casa con una corriente de agua fluyendo a la izquierda y un valle a la derecha. Shinrin-yoku significa literalmente «sumergirse en la atmósfera del bosque con todos los sentidos». Las resonancias de la propia palabra, como las acciones que describe, parecen inscribirse en una tradición centenaria, si no milenaria, pero en realidad el término se creó en la década de 1980 como eslogan publicitario para atraer a la gente a visitar los numerosos y hermosos bosques de Japón. Pese a la confiada propaganda de los publicistas, en aquel momento había pocos datos científicos que sustentaran la idea de que los baños de bosque pudieran tener realmente beneficios cuantificables para la salud.
Habría que esperar hasta principios de la década de 1990 para que varios equipos de científicos japoneses pusieran a prueba científicamente esta hipótesis.[4] Para ello se realizaron una serie de pruebas médicas y psicológicas a un gran número de sujetos, algunos de los cuales pasaron un tiempo caminando o permaneciendo sentados en un entorno boscoso, mientras que otros pasaron una cantidad de tiempo equivalente haciendo lo mismo en una zona urbana adyacente. Los resultados fueron sorprendentes. Caminar durante quince minutos por un bosque en comparación con un entorno urbano mostraba una reducción de hasta un 16 % del cortisol —#la principal hormona del estrés#— en la saliva de los sujetos, junto con una significativa disminución de la frecuencia del pulso y la presión arterial. También se producía un marcado incremento de la actividad nerviosa parasimpática (que se sabe que aumenta en los momentos de relajación) en los sujetos que caminaban o permanecían sentados en entornos boscosos en comparación con quienes hacían lo propio en zonas urbanas. Además, los participantes declaraban sentirse mentalmente más tranquilos y experimentaban una mejora de su estado de ánimo general cuando estaban en entornos boscosos. Así, gracias a las nuevas evidencias científicas, el shinrin-yoku quedó validado como un fenómeno real.
Desde aquellos primeros experimentos se han multiplicado los estudios que han hallado pruebas científicas similares de los importantes beneficios médicos que pueden obtenerse con los baños de bosque.[5] Y aunque estos experimentos se han llevado a cabo predominantemente en Japón y en China, los beneficios asociados a los baños de bosque también se han demostrado en otras partes de Asia, así como en Europa y Estados Unidos, donde, por ejemplo, se han evidenciado mejoras en el funcionamiento de los sistemas inmunitario, cardiovascular y respiratorio, además de efectos positivos en la depresión, la ansiedad y el estrés.
Pero ¿necesitamos forzosamente estar en un bosque para lograr esos efectos, o podemos conseguir lo mismo deambulando por un parque urbano, paseando por una calle arbolada en nuestra ciudad o pasando el rato en nuestro jardín? Por fortuna, gracias al uso combinado de biobancos e imágenes por satélite, hoy por fin podemos recopilar suficiente información a gran escala para responder a esta pregunta y a otras relacionadas.
Fuera del ámbito médico, el término biobanco es poco conocido. Sin embargo, estos «bancos» probablemente representan algunas de las colecciones de datos más importantes surgidas en las últimas décadas para comprender las tendencias y patrones de la salud humana.
Los biobancos de población son, como su nombre indica, muestras cotejadas de material biológico (sangre, ADN, etcétera) y registros de individuos representativos de toda una población, no sólo de aquellos que han sido seleccionados por padecer una determinada enfermedad. Para ello se invita a las personas a unirse a los biobancos de población y a registrar en ellos sus datos personales, historiales médicos y muestras de tejidos. También existen algunos almacenes de datos que se limitan a cotejar detalles de dominio público (como, por ejemplo, mortalidad y causas de fallecimiento). Como resultado, estos bancos representan una especie de imagen instantánea de la población, que abarca diferentes edades, géneros, grupos socioeconómicos y ubicaciones. Muchos países disponen ya de este tipo de bancos de datos sobre la salud de su población, o los están creando, y su potencial para mejorar nuestra comprensión de los vínculos entre el medio ambiente y la salud humana es enorme.
Los biobancos de población se han desarrollado paralelamente a otra fuente de datos de extraordinaria importancia: los sensores medioambientales instalados en satélites. Estos sensores son capaces de captar datos medioambientales a escala continental con una resolución muy fina (cada píxel cubre un área inferior a treinta metros cuadrados). Un indicador satelital especialmente útil para entender la relación entre la salud y las características del entorno natural es el llamado «índice de vegetación de diferencia normalizada» (o NDVI, por sus siglas en inglés), que mide la salud, o «vigor», y el verdor de la vegetación en un determinado lugar. El NDVI se calcula observando la diferencia entre la cantidad de «luz roja» visible (plantas sanas) y la «luz del infrarrojo cercano» (plantas moribundas) que refleja la vegetación.
Las mediciones del NDVI han revelado algunas de las correlaciones más intrigantes entre el medio ambiente y la salud humana. Por ejemplo, cierto estudio descubrió, que, cuanto más verde es el entorno en el que se encuentra tu casa, menos deprimido estás.[6] Basándose en el NDVI y en datos del biobanco del Reino Unido, este histórico estudio reveló el importante efecto protector de los entornos verdes frente a la depresión, y mostró que, aun teniendo en cuenta factores como la edad, el estatus socioeconómico y las diferencias culturales,
