En sus trece

César Hildebrandt

Fragmento

indice

Índice

Portadilla

Unas breves palabras

Ivo Dutra

Mis dos 11 de setiembre

Espada o miasma

Dios y Benetton

La derrota de la inteligencia

Lo mejor, lo peor, lo de siempre

La propaganda como dios

Fantasmas

La captura de Artemio

No quiero seguir siendo occidental

Cambiazo

Nos han dejado solos

Otra era la opción

Si ser peruano...

Feliz 28, país aburrido

Me llegan las Olimpiadas

Hablando del descuartizador

Recordar es morir

Nadine está jugando sucio

¿Por qué estoy con los caviares?

Telenovelas

El Belaunde que conocí

Viene la feria del Señor de los Milagros, viene

Cerebritos

El fin del mundo

Obedecer puede ser un crimen

Veguita

No tengo Papa

El 17 de marzo Alan se la juega

La muerte les sienta bien

De mal en peor

Pirro en el municipio

Impertinente consejo a Humala en torno al indulto de Fujimori

El hombre que aprendió a callar

Esta es mi tristeza

Reconsiderando a Judas

Los esqueletos del doctor García

Una mirada irreverente sobre Nelson Mandela

Soprano ha muerto. ¡Viva el Perú!

50 años de RPP

Gracias, Martha

Yo maté a Kennedy

Festejos deprimentes

Vacunándonos contra el triunfalismo

Señora Concha

A quien habría que vacar es a usted

Respuesta a Humala

Cuando el desacato es un gesto moral

Maldiciendo utopías

Juego de tronos

Grave asunto

La revuelta que nos merecemos

¡Ganó Nadine!

Enrique Zileri Gibson

País imaginario

Vocecitas

Uno y el universo

Dios y el crimen

El otro y oscuro Haya

Platón

La prensa como amante

Cociente intelectual de los peruanos

Manual para jóvenes ambiciosos

Mario y Patricia

Nadinegate

Noche del periodista

Contradicciones

Denegri y el suicidio

El presidente que merecemos

Sombría modernidad

Odiar no es un pecado

Por qué no votaré por Alberto Fujimori

Votar por la derecha es un suicidio

Camino a otro 5 de abril

Dos hombres importantes

Quererse poco para votar por Keiko

Triunfo del Perú

Rara avis

Todos fuimos fidelistas

Un poquito de presidente

Anticredo

Hipocresía

Igualdad de género

Venganza

Las veces que dijo no

Delgado Parker

Consejos inútiles para el señor presidente

Estamos en peligro

Fútbol y política

Adiós, señor presidente

Segundo debut

Volvió usted a hacerlo, señor Kuczynski

Carta abierta al presidente

Modestas sugerencias para Vizcarra

País inmunodeficiente

¿El triunfo de Sendero?

Muerte de Chachi

A mí que no me vengan

Podre que viene de lejos

Denegri

Mensaje a Keiko Fujimori

El mal gusto y la cursilería

Votar por nadie

Sobre este libro

Sobre el autor

Créditos

trece

Unas breves palabras

El periodismo no sirve de mucho. Las columnas sostienen esa liviandad.

Aquí va un ejemplo. De los muchos textos escritos en estos años para el semanario que lleva mi nombre —groserías del márquetin, demandas de la subsistencia—, pocos son los que resultan legibles con el paso del tiempo. La mayor parte de ellos perece en la fugacidad, en el chisporroteo grasiento de lo banal.

Ahora los leo y me doy cuenta de cuánto reincido en temas y obsesiones. Si los pintores pintan, en el fondo, un solo cuadro y los novelistas escriben la misma novela disfrazada por otros títulos, los columnistas, modestamente, solemos ser víctimas de una persecución parecida. El menú de mi neurosis podría abreviarse de esta manera: me disgusta el mundo tanto como antes, cuando era joven y creía que lo cambiaríamos.

Los consejos de la edad no me han servido de nada. Sigo siendo paciente de la ira y está intacto, más lozano si cabe, mi amor por las causas perdidas.

Vivo en un país que amo y me abate al mismo tiempo, y he visto caer a casi todos los dioses que fueron el hechizo olimpo de mi juventud.

Pero eso no me ha conducido a la melancolía, felizmente. Cada día estoy más convencido de que mi deber es pelear por lo que creo.

¿Creer? Sí, por qué no. No está mal creer que algún día el mundo será verde y que el Perú admitirá el placer de la civilización. No está mal creer que el mundo se deshará de los políticos y reconocerá, a la fuerza, que el planeta merece mejores guías y más ciertos discursos. En el fondo, esa es la pelea. Sin ese horizonte a la vista —remoto, inaccesible, ilusorio— no seguiría en el periodismo: me habría buscado trabajos alimenticios menos extenuantes y bastante más suculentos.

Leo estos textos y digo que valió la pena. Contra lo que muchos creen, no venero el pesimismo. Admito que el Perú alienta todas las tristezas y los desalientos, pero jamás me entregué al lujo de los años sabáticos y las treguas clínicas. Ni siquiera cuando estuve fuera, con las puertas cerradas en el Perú por orden de Fujimori, pude dejar el periodismo, algo que siempre le agradeceré a Luis María Anson.

La peor desgracia del Perú son sus políticos. Y eso es algo que hemos permitido los peruanos. No fue el imperialismo el que nos impuso a Fujimori ni vinieron de fuera los alisios viciosos que nos han hecho renunciar, tantas veces, a la dignidad ciudadana.

No es de extrañar que buena parte de estos textos estén dirigidos al denuesto altisonante de quienes asumieron el poder y nos defraudaron. Me pregunto qué habría sido de mí, como periodista, si hubiese nacido en Lucerna. Sé la respuesta: no habría muerto de aburrimiento. Habría hecho lo posible por averiguar cuánto oro de judíos desposeídos en el holocausto estaba en las bóvedas de los bancos suizos; a quiénes protegían las cuentas cifradas; cómo es que podía entenderse la neutralidad en un continente incinerado por las guerras. En fin, me habría apañado.

Porque el periodismo es eso: tensar la cuerda, retar, obtener, tras arduos trabajos, la enemistad de los que cortan el jamón, los muchachos del big money. A mí que no me vengan con prensa sedante, prensa láudano, chicharrón de prensa, mustios collados. Solo la prensa que irrita al poder se salva de envolver pescado.

Trotski tenía razón: la revolución —no la de él, que era tan tirano como el georgiano bruto que lo mandó matar— será mundial o no será. Y la revolución tendrá que venir el día que buena parte de las zonas costeras quede bajo el agua y la sequía, mezclada con las lluvias aciagas en otros lados del mundo, produzca migraciones colosales y ruinas en cadena de la economía. Si no creyera en que eso se dará, no seguiría en este oficio que el «Cachorro» Seoane definió como el de especialistas en generalidades. Sueño con ese mundo que, a partir de la desgracia, expulse la lepra de sus casas de poder e instaure un gobierno ecuménico dominado por la razón y asistido por la ciencia.

Mientras tanto, escribo. Y trato de no confundirme.

Una vez entrevisté para la televisión a Francisco Umbral, el columnista que probablemente más admiré. Me recibió en un trono de mimbre y puso una voz casi eclesial para decir algunas naderías. Ese genio se había tragado entera la píldora de la fama y era como la personificación fofa de la arrogancia, lo que no desmerecía en nada su talento y brillo de escritor. Quienes me conocen de cerca saben qué lejos estoy de esas delicias de la autocomplacencia y cuánto me castigo cada vez que leo lo que escribo y de qué modo desconfío de las tentaciones de la llamada popularidad. Quizá por eso sigo haciendo columnas. Para ver si alguna vez logro lo que siempre esperé y nunca pude lograr: que la música fuera mi socia. Porque ese fue mi sueño más estúpido: ver a Marais leyendo uno de mis textos menos febles mientras hacía sonar el piso con la punta de un zapato de taco pronunciado.

Octubre de 2018

César Hildebrandt

trece-1

Ivo Dutra

Lima da miedo. El Perú da miedo. Los únicos que no saben que Lima da miedo son los limeños arrogantes que creen vivir en el paraíso. Los únicos que no saben que el Perú da miedo son los peruanos narcisistas que venden la marca Perú mientras los marcas imponen la suya y mientras decenas de turistas son anualmente asaltados en el Cusco o la selva. ¿Quiere usted ir a Trujillo? ¡Ni lo piense! Allí están los talibanes del asalto y el secuestro.

Lo que más miedo me da de Lima es que nos hayamos acostumbrado a su barbarie: su tráfico infernal, sus ruidos borrachos, sus meadores de berma y jardín, sus barrios espantosos, sus alcaldes ladrones, la indignidad de su transporte público, la asidua muerte por bala perdida o microbús hallado en el camino.

Al fotógrafo Ivo Dutra lo matamos entre todos. Si buena parte de los choferes de microbuses supieran que este es un país y no la franquicia del caos que es, no serían los hijos de mala madre que suelen ser, los simios que gustan ser, los irrescatables hijos del desorden que son. Y sus amos, los propietarios del asfalto, los mafiosos empresarios que están detrás, no les exigirían jornadas extenuantes y tiempos de apremio para dar más vueltas por día.

Tengo el dudoso privilegio de no subir hace muchos años a un vehículo de transporte público en Lima. Confesarlo me da vergüenza porque es la admisión de pertenecer a una casta de seleccionados por la fortuna. Creo compensar esta culpa indignándome cada vez que volteo la cabeza y veo a uno de esos depósitos rodantes llenos de gente que se aplasta, se dobla, se apretuja y se deja manosear. Y entonces me pregunto: ¿De dónde viene tanta resignación, qué vientos paracas nos aturdieron, en qué momento machacaron la autoestima de la gente en el Perú? ¿Fueron los incas a mazazos, los españoles a caballazos, las oligarquías a puro golpe?

Eso ya no importa. La etiología de este silencio castrado es irrelevante por ahora. Lo cierto es que vivimos en una ciudad donde la muerte te puede asaltar en una esquina. Porque Lima carece de policías y de ciudadanos. Lima es también, aparte de sus barrios de postal y restaurantes incomparables, el lejano oeste estrambótico donde nos matamos entre indios. Aquí John Wayne tiene brevete y cara de mugre.

Y la policía siempre está en vísperas de su transformación. Y el municipio provincial se muere de miedo. Y la mayor parte de la gente cree que es normal vivir bajo el dominio del terror. Pasamos de Sendero, que era el salvajismo ideológico, a Fujimori y los Colina, que eran la barbarie institucional. Y ahora que no tenemos ni lo uno ni lo otro, pues hemos inventado esta atmósfera amenazante donde se mata por dinero. Parecería que sin el miedo los peruanos no funcionamos. ¿Nos gusta hacer del vivir un deporte extremo?

Hemos matado a Ivo Dutra —unos más que otros, es cierto, pero todos hemos contribuido—. Ivo era un chico que cada día tomaba mejores fotos. Felizmente, para que la lista de mis arrepentimientos no aumente, se lo había dicho un par de semanas atrás. Y eso me lo recordaron sus padres cuando los fui a ver a la clínica. «Mi hijo estaba feliz con sus palabras», me dijo Ana María Camargo, la mamá.

El joven colega, el fotógrafo que ya no era una joven promesa, había entendido perfectamente que la fotografía no acompaña a los textos, que el arte de la imagen convierte muchas veces a un texto en socio menor, que un retrato puede ser una biografía comprimida, que un gesto oportunamente congelado en una foto podría convertirse en peritaje psicológico, que una buena luz hace el día del buen periodismo, que un contraluz hace el misterio y que un buen fotógrafo puede ser Velázquez o Degas según convenga. Lo dice alguien que se educó a trompicones en un periodismo esencialmente gráfico y visual. Lo dice alguien que amó Life y Paris Match y que tiene los libros de los grandes fotógrafos en el mejor estante de su biblioteca.

Mis elogios, en todo caso, se los llevó la muerte. Nada sirve de nada cuando el destino tiene cara de bruto y hambre de sangre. A Ivo lo rompió un microbús conducido por un sujeto que se sabe impune, que se pasó una luz roja por el carril prohibido y que ahora espera que la fiscal se asuste, que la jueza se deje presionar y que la muerte de Ivo sea dígito, centésima, pedacito de curva en la estadística.

Pero esta vez no pasará. Hay tal movimiento de solidaridad con la familia de Ivo, con esta revista que lo albergó y a la que él sirvió tan talentosamente, que estamos seguros de que en esta ocasión empezaremos nuestra tarea civilizadora: cambiar las leyes para que los dueños de las empresas sean penalmente responsables, junto a sus choferes, de lo que suceda; que el municipio provincial decida, de una vez por todas, enfrentarse a estas pandillas del transporte; que las leyes que castiguen los llamados «homicidios no culposos» sean cambiadas en lo que al tránsito se refiera.

La imagen inolvidable no será la de Ivo en el ataúd (me negué a acercarme a la caja que retenía lo que ya no era él). La imagen inolvidable de Ivo Dutra es la de su madre alzando el puño frente al palacio de Justicia.

Esa es la mejor lección de todo este absurdo dolor.

19 de agosto de 2011

trece-2

Mis dos 11 de setiembre

Las torres gemelas desplomadas por el terrorismo que invoca a Alá se han apoderado del 11 de setiembre.

Ese día de 2001, hace una década, las cosas cambiaron para mal. Osama Bin Laden supuso que el golpe encendería la pradera. Lo que pasó fue que el Estado de derecho se perdió, la democracia contrajo cara de chacal, la tortura se hizo oficial, las mentiras secuestraron a la ONU y la guerra salvaje se impuso como doctrina.

Cientos de miles pagaron con sus vidas, sobre todo en Irak, la osadía criminal de Bin Laden, un fanático mentalmente infradotado que le ha hecho más daño al islamismo que todas las Cruzadas juntas. Lo que jamás supo ese señor es cuánto le agradeció lo que hizo la derecha fascistoide que estaba en busca de mudarse a Washington con cama y todo.

De la monstruosa cópula de Bin Laden con el lado más oscuro y corporativo de los republicanos nació, de parto natural, el Tea Party. Y gracias a ese homicida de multitudes nacido en Arabia Saudita, el terrorismo de Estado se acepta hoy casi como una delicadeza diplomática. Allí está la OTAN destrozando la infraestructura de Libia que algún Cheney, francés o germano, habrá de reconstruir por cientos de miles de millones de euros.

Si el mundo unipolar era feo, Bin Laden lo hizo espantoso. Y con la degeneración de China, adicta hoy a la dictadura de la productividad esclavista, y el repliegue penoso de Rusia de todos los frentes, somos más unipolares que nunca. Por lo tanto, tenemos que comernos la ordinariez de la derecha estadounidense como plato único del menú internacional. Al fin y al cabo, Europa es un cochino Berlusconi más un porcino Sarkozy, con su Rodríguez Zapatero convertido en crème brûlée. Y el secretario general es el chino que le lustraba los zapatos a MacArthur en las Filipinas.

Pero el 11 de setiembre de 2011 no es el único que deberíamos recordar con mucho de estremecimiento. El 11 de setiembre que creció y siempre vuelve como mala hierba en mi memoria es el de 1973, cuando la maquinación salida de la Casa Blanca terminó con La Moneda en llamas y Allende suicidándose para no tener que sufrir humillaciones.

Yo tenía 25 años y estaba convencido de que el socialismo en paz, y sin dictadura, podía ser posible. ¿Allí no estaba el ejemplo de Chile?

De pronto, una mañana, como en un poema de Neruda sobre la guerra civil española, todo ardía en Chile. La marina traidora, la aviación presidida por un loco que se creía nazi, los carabineros del general rastrero, todo apuntaba al pecho de Allende, que lo único que había intentado era poner las cosas en orden y hacer que los ricos compartiesen más y que los pobres dejaran de pensar que sus harapos eran destino y su hambre condena.

Pero Nixon, el canalla, y Kissinger, esa bolsa de bosta, tramaron desde el primer día liquidarlo. Para eso contrataron asesinos (los que mataron al general Schneider), bancaron a los camioneros, le pagaron a la Democracia Cristiana, le dieron grandes sumas a El Mercurio, azuzaron a Patria y Libertad, hablaron con cuarteles y cuevas, con ductos y palacios, y sentenciaron a Allende.

Aquella mañana del 11 de setiembre de 1973 estuve desde muy temprano en la embajada de Chile. La cara del embajador, un socialista entrañable, lo decía todo. Esta vez no iban a fracasar. Esta vez matarían toda esperanza.

Y así, de ese musgo sangriento, salieron Pinochet y Milton Friedman, el cardenal Silva Henríquez y la gentuza de Ercilla, las AFP y los sindicatos rotos. Y salió —no lo olvidemos— el modelo liberal de economía.

Jamás lo olvidemos: en Chile fue posible implantar el paraíso empresarial bajo el terror y el crimen. Como en el Perú de Fujimori. Por eso es que a mí me da el ataque de la risa cuando aquí los liberales hablan del «Estado mínimo». Un «Estado máximo» y sin escrúpulos, con el fusil en la mano, les sirvió la mesa de la que comieron hasta hartarse. No les diré «provecho» como hace tanta prensa.

9 de setiembre de 2011

trece-3

Espada o miasma

Hay voces que solicitan despenalizar los delitos de prensa. Eso quiere decir, en suma, que el periodismo demanda un estatuto privilegiado desde el que la difamación puede pasar por opinión, la calumnia por periodismo investigativo y la mentira por verdad. Todo en un solo pack de hipocresía.

A mí que no me vengan con tumultos gremialistas. Lo que hizo Perú.21 en el caso de la candidata a congresista Ana María Solórzano resulta una infamia pura y dura. Porque no solo mintió atribuyéndole a una obstetriz honorable, madre de cinco hijas, el hecho de haber sido cajera de un prostíbulo por varias razones polvoriento, sino que, encima, conectó esa fábula hechiza con una candidata al Congreso de Gana Perú y, para colmo, incluyó a Ollanta Humala, el candidato que el diario había decidido asesinar a articulazos, en el tinglado de una portada cuyo titular era «Dinero sórdido» y cuya insinuación era que el candidato de Gana Perú había sido financiado por la plata venérea de una cadena de burdeles. ¿Se puede ser más ligero? No. Y no se puede porque, como se probó, todo lo contado por Perú.21 era mentira: ni la señora Rosario Amparo Torres Bedregal era «la tía Pocha», la legendaria mami de esa Casa Verde imaginaria construida por el diario anexo a El Comercio, ni había donado dinero alguno para la campaña de Humala en Arequipa. Lo único cierto es que la obstetriz calumniada es tía de la hoy congresista Ana María Solórzano y que Perú.21 elaboró una mentira para ver si así mellaba la candidatura que se oponía a la de Keiko Fujimori. Porque de eso se trataba el asunto: el director de Perú.21 es, con todo el derecho que la democracia le garantiza, un fujimorista nostálgico que suspira cada vez que recuerda sus tiempos de funcionario público de los jugosos 90.

Como se recuerda, el señor Du Bois fue asesor del despacho de economía durante toda la gestión del señor Jorge Camet, que tanto hizo por favorecer a la empresa constructora que él mismo fundara: J. J. Camet (hasta podría decirse que Camet inventó el concepto del autoservicio).

El señor Du Bois, además, fue protagonista de aquella triangulación que permitió sueldos estupendos en la administración pública: el Estado peruano le daba plata al PNUD para que este, sin someterse a las restricciones presupuestarias de la ley, pagara, como un añadido no sujeto a control, las remuneraciones «discretas» de funcionarios como el propio señor Du Bois. Se diría que el señor Du Bois imitó al señor Camet en eso de la autocomplacencia financiera.

Y bien, el señor Du Bois tiene todo el derecho de ser rabiosamente melancólico en relación al shogunato que enriqueció con su talento. A lo que no tiene derecho es a enlodar a una persona y luego buscar el parapeto de «la libertad de prensa». ¿O sea que Magaly sí pero los socialmente encumbrados no?

Cuando se trata de El Comercio y su prole, acude en tropel la colegada fanática y sindicalera (para eso sí se acuerdan de las instituciones) a decirnos que la revolución francesa está en peligro, que la república tiembla y que Émile Zola tiene que volver a poner las cosas en su sitio.

Colegas aburridos de aburrir, sombras del oficio, gacetilleros que encabezan siglas y expiden neblina, se rasgan las túnicas y citan al Sócrates ágrafo que creyeron leer (siendo la verdad que están más cerca del imbécil de Aristófanes que del sabio ateniense) para decirnos que si la sentencia a dos años sin cárcel no se corrige, la injusticia habrá prevalecido.

Yo solo digo, con la modestia que jamás me ha caracterizado, que la abolición de los delitos de prensa —oh tribuno Valle Riestra, qué elocuencia— hará saltar de alegría retroactiva a los hermanitos Winter, al señor Schultz, a los señores Crousillat, al transformer Lúcar, al Pepe Olaya enchairado, al finadito Bressani, al inhallable Eduardo Calmell del Solar. ¡Brindarán, no tengo duda!

También harían fiesta, aunque con champán Nochebuena en este caso, los pandilleros de la prensa chicha que todos los días se revuelcan en el exceso.

Recordemos: aquí el código penal incluyó los llamados delitos de imprenta para ver si así se paraba la orgía (perpetua) de agravios en que se había convertido el oficio de opinar y cronicar. Basta leer a Porras para acercarse al peruano fenómeno del sicariato periodístico que a él tanto le asqueaba. Basta recordar que la agresión injustificable que José Carlos Mariátegui padeció de parte de un grupo de militares se produjo después de que el fundador del socialismo peruano escribiera en Nuestra Época, en junio de 1918, que al ejército solo ingresaban bribones, desalmados o idiotas. ¡Y era Mariátegui! Al respecto, Jorge Basadre escribió: «El artículo de Mariátegui fue tétrico, precipitado e injusto».

Habría que recordar también que aquel sonetista con alma de matón que se llamó Chocano pudo, luego de matar a Edwin Elmore en la puerta de El Comercio, calumniar póstumamente a su víctima con mil injurias en el pasquín La Hoguera. ¡Y era José Santos Chocano, el poeta coronado por Leguía!

Así que a mí no me vengan con que el insulto es rosa y el mordisco clavel. La prensa puede ser —y seguirá pudiendo ser— espada de la verdad —sí, ya sé que la frase es huachafa— o miasma del callejón oscuro. Elija usted. Elija pero no mezcle.

14 de octubre de 2011

trece-4

Dios y Benetton

Como se sabe, soy un agnóstico que estudia para ateo, condición a la que todavía no he llegado porque, en estos asuntos, las certezas rotundas me inspiran miedo. Los ateos creen en su no-dios y experimentan una especie de regocijo perverso pensando en una bola rocosa donde unos seres ínfimos se apasionan por lo que no vale la pena, matan de puro machos, se reproducen con entusiasmo y destruyen lo que logran, incluyendo el escenario de sus afanes.

Al ateo la orfandad ancestral del ser humano, la vacuidad del universo y la inexplicable magnitud de la arbitrariedad le producen la misma satisfacción que siente un matemático cuando resuelve una ecuación difícil. Al agnóstico, en cambio, la viudedad de la Tierra, el silencio laico y químico de las inmensidades, la probada ausencia de una inteligencia patriarcal que nos gobierne lo conducen a una cierta melancolía. Si Dios existe —piensa el agnóstico—, se trata de uno horrendamente cruel y disparatado, de un Dios que ordena filicidios y masacres, de un soberano tenebroso que ríe ante la ejecución de su libreto. Pero los agnósticos sentimos nostalgia de Dios y a veces pensamos lo bueno que habría sido que existiera uno de verdad, uno que no hubiese creado a Calígula para probar, a Atila como experimento, a Hitler como ensayo abortivo. Los agnósticos, básicamente, no creemos en Dios pero nos habría encantado ser desmentidos.

¿Y Jesús? ¿Y Alá? ¿Y Yahvé? Esos tres mitos primarios solo han producido el más sanguinario de los narcisismos. Cuando un cristiano quemaba en la hoguera a sus opositores, o cuando clamó, desde la Iglesia, por el golpe de Estado en Chile, actuaba en nombre de Jesús. Cuando un terrorista islámico vuela un autobús en Tel Aviv, cree que Alá lo ovaciona desde su palco real. Y cuando un judío mata a civiles palestinos desde un F-18 está convencido de que, al igual que hace 5.000 años, su pueblo tiene derechos que ningún otro le puede disputar. Desde luego que los nacionalismos, que son muchas veces máscaras del racismo, han proveído de coartadas a masacres multitudinarias y a guerras de exterminio con millones de víctimas, pero hay que admitir que ni el nazismo ni el chauvinismo homicida de los serbios, por citar dos ejemplos, pregonaron que Dios estaba en su pólvora y guiaba sus bayonetas.

Los tres monoteísmos son mentiras solemnes destinadas a dominar. Los tres monoteísmos han llegado a terminar en la abolición, por decreto divino, «de los otros». La religión y el crimen se frecuentan. Dentro de millones de años —si el planeta exhausto lo permite— quiero creer que una especie de hombres exmamíferos y eximbéciles mirará los fanatismos religiosos con la curiosidad con la que un entomólogo examina a un bicho prehistórico conservado en el ámbar.

Pero si la religión es el miedo convertido en negocio y cosa pública, algo peor son sus operadores. Basta oír a un obispo, a un mulá, a un rabino para imaginar los miedos cavernosos de donde proceden, los dogmas que los invistieron, las hechicerías magníficas a las que se remontan, las groseras inverosimilitudes con que devastan la razón de sus seguidores, el fanatismo asesino que instigan. Porque si alguien cree que las culebras hablan, que los corazones se sacan y se vuelven a poner después de ser lavados y que Dios despide a un rey porque no mató «a todos» los amalecitas, pues ese alguien está lo suficientemente loco como para suponer que, cuando empuñe un arma en una cacería de «los otros», su dios lo acompañará y festejará la sangre derramada. La religión es el ascenso de la locura al poder. De la locura y del odio. La religión es lo que la injusticia necesitaba para aspirar a su perpetuidad.

Dicho todo esto, tengo que expresar mi asqueado repudio por la campaña de Benetton. No hay nada peor para la causa de la lucidez que la irreverencia antirreligiosa de los cretinos. Lo que Benetton ha hecho por la causa del catolicismo no tiene precio. Un Papa gris, tullido de pasado y alma, ha despertado una inmensa corriente de simpatía mundial gracias a Benetton. Mezclar el laicismo con lo más chusco y fucsia de la campaña homosexual es un flaco favor que se le hace a las millones de personas que se oponen a las iglesias desde la experiencia histórica. Y ya es tiempo de decir también cuán grotesco es que quienes han optado por una legítima manera de amar estén siempre recordándonos lo felices que son y lo publicables que resultan. Ya es tiempo de decirles qué patéticos parecen en su afán de notoriedad. Porque con el cuento de que han sido discriminados ahora resultan casi hegemónicos en la agenda de lo políticamente correcto. La verdad es que ese circo ya fatiga.

25 de noviembre de 2011

trece-5

La derrota de la inteligencia

Las decepciones son mayores cuando las esperanzas son más intensas.

A pesar de que la segunda vuelta obligaba a Ollanta Humala a la moderación y a la búsqueda de consensos, era obvio que quienes votaron por él conservaron la expectativa de que un gobierno suyo iba a traer algunos cambios cualitativos. De eso se t

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