¿Por qué fracasó Sendero?

Sebastiao Mendonca

Fragmento

Índice

Índice

Prólogo

Dedicatoria

El origen de este libro

Consideraciones previas

El Perú, un país muy particular

El ascenso de Lima

Cómo nace Sendero Luminoso

¿Por qué Ayacucho?

¿Qué posibilitó el surgimiento y desarrollo de Sendero Luminoso?

El contexto ideológico

El Pensamiento Gonzalo

¿Por qué Sendero Luminoso logró crecer tanto?

El fracaso original

La ilusión del equilibrio estratégico

Mortis causa

La estrategia antiterrorista de Alberto Fujimori

Otras interpretaciones

La izquierda y Sendero Luminoso

Verdades y vacíos de la Comisión de la Verdad y Reconciliación

Conclusiones y reflexiones

Anexo

Agradecimientos

Referencias bibliográficas

Notas

Legal

Sobre el autor

Sobre este libro

Prólogo

Han tenido que pasar más de 30 años luego de la captura de Abimael Guzmán para que aparezca un libro serio y bien documentado sobre la naturaleza de Sendero Luminoso, las condiciones que facilitaron su surgimiento y expansión, el papel de la izquierda, la estrategia que desarrolló y la que finalmente lo derrotó. Un libro lleno de observaciones agudas que iluminan relaciones que no se habían planteado hasta ahora, entre acontecimientos y realidades de distinto orden y que explican claramente y de manera original los hechos.

He argumentado varias veces que la causa de la violencia política no fue la pobreza o la desigualdad prevalecientes en Ayacucho, sino una ideología —el marxismo-leninismo-maoísmo-Pensamiento Gonzalo— que predicaba la lucha armada para conquistar el poder e implantar la dictadura del proletariado (del partido único, en realidad). Una tendencia que generó una maquinaria de guerra y de muerte para lograr sus objetivos, una suerte de religión fanática efectivamente aterradora.

Sebastião Mendonça sostiene en este libro que, detrás de esa ideología, había una ambición de poder desmedida que llevó a Abimael Guzmán a encontrar en el maoísmo el instrumento ideológico que le permitía realizar esa voluntad. Y la demostración de ello sería la manera en que el líder senderista tomó lo que le convenía del maoísmo, pasando por alto elementos centrales de las tesis del líder de la Revolución china o aplicándolas a una realidad que era distinta a la del gigante asiático.

Por ejemplo: para justificar el inicio de la guerra popular, necesitaba caracterizar a la sociedad peruana como semifeudal, como lo era la China cuando Mao insurgió, pese a que, sobre todo luego de la reforma agraria, claramente ya no lo era y que la proporción de la población rural en el Perú era mucho menor que en el país asiático de las décadas de 1930 y 1940. Perú, para 1980, ya era una sociedad predominantemente urbana. Mao justificó además la guerra popular y construyó su estrategia como respuesta a un invasor extranjero, Japón, un contexto distinto al peruano.

Pero el propio libro de Mendonça explica con mucho detalle el peso que tuvo el contexto ideológico de la época en el nacimiento y crecimiento de Sendero Luminoso. Los años formativos de esta organización coincidieron con las prédicas y políticas del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, la divulgación masiva de ideas marxistas en las universidades y el desarrollo de las diversas corrientes de la izquierda. El autor describe cómo, en las décadas de 1960 y 1970, la necesidad de la lucha armada y la violencia para tomar el poder político y realizar los cambios era una «verdad» indiscutible y ampliamente mayoritaria en la izquierda. Compartían esa visión Vanguardia Revolucionaria —varios de cuyos integrantes formaron posteriormente el Partido Unificado Mariateguista (PUM)—, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), los grupos trotskistas (PRT y otros) y los partidos comunistas alineados con China, como Patria Roja. Recusar la violencia en la política era ser «reformista». «Sendero Luminoso era visto por la izquierda como un grupo radical, pero como parte del campo popular», anota Mendonça.

Lo fundamental, pues, más allá de cualquier instrumentalización del maoísmo, fue la impregnación profunda en los medios universitarios, estudiantiles y sindicales de la tesis de la lucha de clases y de que el único medio para implantar el paraíso comunista era la conquista del poder por medio de la lucha armada, conducida por la vanguardia del pueblo, que es el partido. Esa creencia perteneció a una categoría ontológicamente superior a cualquier caracterización de la sociedad, y era lo que movilizaba a los dirigentes y militantes. La ideología marxista-leninista-maoísta es política en sí misma y un método para tomar el poder.

Como describe Mendonça, Sendero Luminoso hizo de la violencia el núcleo de su acción política y de su filosofía social y existencial. «Sus asesinatos y actos terroristas no eran crímenes espantosos sino expresiones de grandeza histórica», realizados por profetas de un nuevo destino histórico, salvadores de la humanidad. La «cuota de sangre» fue el combustible de la revolución. Constituyó un verdadero delirio ideológico-religioso que glorificaba la violencia y la muerte. Además, «la construcción de la imagen de Guzmán como un mito viviente imprimía a los senderistas una creencia profunda en un destino grandioso y victorioso». Sendero operó como una secta religiosa.

Mendonça hace notar que SL no apreció ni explotó para sus fines la fractura entre el mundo andino y el criollo. No tuvo una prédica milenarista, ni etnonacionalista. A mi juicio, eso también fue un derivado de la impronta ideológica clasista que no reconocía ese tipo de división social, a lo que se sumó un factor que el autor identifica claramente: que los dirigentes de Sendero Luminoso no eran proletarios ni campesinos, sino que procedían de las capas altas de la pequeña burguesía y la aristocracia cultural de provincia. No eran indígenas. Eran blancos (algunos, como Abimael Guzmán, costeños) o mistis cuyos padres, en ciertos casos, habían perdido sus haciendas o fundos con la reforma agraria. O, como explica bien el libro, procedían de una élite regional que había perdido poder y posición relativa en la economía nacional en las décadas anteriores, anidando un resentimiento que fue canalizado por las izquierdas y Sendero.

He sostenido que SL replicó en su relación con las «mesnadas» andinas —como las llamaba Guzmán—, de una manera perversa y asesina, el mismo tipo de dominación feudal heredado de sus padres y abuelos (De Althaus, 2011). Es decir, una relación patrón-siervo, en grado extremo, al punto de reprimir con el exterminio a quienes se oponían a las directivas de colectivizar la producción y prohibir su venta. Pero, como explica Mendonça, la pretensión totalitaria de imponer a sangre y fuego modos de producción autárquicos para sostener bases de apoyo solo podía provenir del «elitismo y arrogancia social de la cúpula dirigente» de Sendero Luminoso. Hay una vinculación paradójica entre el origen de clase de los dirigentes senderistas y la adopción de una ideología de clases que, a la postre, solo sirvió para encaminar la revolución contra el segmento más pobre de la sociedad.

Y eso fue, como anota Mendonça, la semilla de la derrota de Sendero Luminoso. Su incapacidad para establecer zonas liberadas en el campo, debido precisamente a la resistencia campesina, lo llevó a trasladar la dirección y los sistemas logísticos a la capital, generando una vulnerabilidad que se hizo patente cuando el Perú por fin logró crear un sistema de inteligencia eficaz: el Grupo Especial de Inteligencia (GEIN). Pero el Estado peruano se demoró demasiado en gestar la estrategia que derrotó a la subversión. Recién en 1989 los militares entendieron que tenían que aliarse con una población que ya desde hacía años rechazaba a esta organización terrorista. Parte de la explicación de esa demora fue, nuevamente, la posición ambigua cuando no favorable de la izquierda frente a ellos.

En efecto, esa estrategia de alianza de los militares con las comunidades se estaba empezando a producir de manera práctica ya desde 1982, cuando las comunidades de Iquicha, hostigadas y expoliadas por Sendero, decidieron organizarse para enfrentarlo y pedir apoyo a los militares. Pero, en un trágico malentendido, en enero de 1983, mataron a ocho periodistas en Uchuraccay, confundiéndolos con una columna senderista. Este suceso abortó el desarrollo de esa estrategia, porque los grupos de izquierda y de derechos humanos denunciaron la acción de paramilitares detrás de esas muertes, satanizaron a las Fuerzas Armadas y las inhibieron de armar y apoyar a las comunidades como ocurrió recién ocho años más tarde.

Mendonça critica precisamente el informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), entre otras cosas, porque no reconoce que «la izquierda adoptó una postura “neutral”, pero de alguna manera más cercana a Sendero Luminoso que a las fuerzas del orden. Esto confundió a la población sobre quiénes eran realmente sus enemigos, frenó un giro político que podría haber beneficiado al país y dificultó el esfuerzo de las fuerzas del orden para acercarse a la población».

Y resume la estrategia victoriosa así: «En términos muy sintéticos, se puede afirmar que SL fue destruido por un movimiento de tenaza conformado por dos grandes fuerzas: 1) la alianza entre el Ejército y las comunidades campesinas en los sectores rurales, y 2) la acción de inteligencia del GEIN en el espacio urbano, particularmente en Lima».

Sendero Luminoso fue derrotado cuando el Estado, los militares y el presidente de la República entendieron que los comuneros no eran enemigos, sino, esencialmente, amigos del Estado y que, en lugar de sospechar de las comunidades, había que aliarse con ellas dándoles armas y ayuda cívica. Fue un cambio muy importante porque en la relación de las fuerzas del orden (así como de la cúpula senderista) con los campesinos quechua hablantes se reprodujo en alguna medida el tipo de relación criollo-indígena de origen colonial, generador de sospecha, desconfianza y represión.

Por eso, el Perú solo pudo derrotar a SL precisamente cuando superó esa tara y consideró a los comuneros como iguales. En ese momento, los campesinos, aliados horizontales de las Fuerzas Armadas y del Estado peruano, se sintieron, en efecto, ciudadanos ya no solo de su comunidad, sino del país. Habían jugado un papel nacional, como lo habían hecho en la campaña de la Breña junto a Cáceres, contra los chilenos, la única campaña en la guerra del Pacífico en la que nuestro país obtuvo victorias y puso en jaque a los chilenos.

Mendonça lo hace notar precisamente: «La CVR no rinde justicia a la gesta sacrificada de estas comunidades, cuya acción forzó a los senderistas a adoptar una postura defensiva en la sierra rural. Tampoco reconoce de manera significativa los méritos de ninguna fuerza o actor social en la derrota del terrorismo, ni siquiera de las organizaciones sociales. Este es un grave error que deja al informe de la CVR en deuda con el país y con las comunidades que arriesgaron todo en defensa de sus territorios y su gente».

Menos aún entendió la CVR que la derrota de Sendero Luminoso solo fue posible cuando, como decimos, se superó la distancia étnica y cultural. Esa alianza horizontal y victoriosa entre el Estado criollo y los comuneros andinos redimió, en cierto sentido, los horrores de la década anterior. Y convirtió en ciudadanos —del Estado Peruano, salvado por ellos— a los campesinos andinos, por lo menos en ese momento, aunque lamentablemente el país no pudo consolidar esa conquista en un reconocimiento permanente y en un activo democrático nacional, pues la CVR optó por cultivar la imagen de los campesinos solo como víctimas, en lugar de encumbrarlos también como ciudadanos vencedores y salvadores del país.

En general, el informe de la CVR no rescató la virtud integradora de la estrategia vencedora ni tampoco el papel de Alberto Fujimori en su aplicación, ni siquiera por el hecho de que el expresidente puso en práctica aquello que era reclamado por la crítica de izquierda y de los entendidos en la década de 1980 y por la propia Comisión: que la lucha tuviera una conducción política, civil y no solo militar. Fujimori condujo personalmente la alianza con las comunidades para darles armas y apoyo social. Y le dio recursos a la Dirección Nacional contra el Terrorismo (Dincote) para ubicar a la cúpula y a Abimael Guzmán. Hizo lo que no habían hecho los presidentes anteriores: asumió en el terreno el liderazgo civil y político de una estrategia inteligente y menos cruenta basada no en el exterminio, sino en la alianza social y la investigación policial.

Para la CVR, sin embargo —como apunta Mendonça—, el conflicto se «militarizó» en la década de 1990, pese al papel decisivo de los comités de autodefensa y de las rondas campesinas (apoyadas por el Estado), al rol clave de la inteligencia policial para capturar las cúpulas y a la conducción del presidente de la República.

Allí residió el déficit principal del informe de la CVR: no ayudó al país a capitalizar para el orgullo nacional, para la democracia y para las políticas públicas una estrategia inteligente que permitió lograr un resultado que parecía imposible y que ningún país de la región con movimientos subversivos menos crueles había logrado. No ayudó a extraer de ella las lecciones y enseñanzas que entraña.

El Perú no ha podido capitalizar dicha estrategia porque quien la aplicó fue Fujimori. La manera lamentable como pretendió perpetuarse en el poder y controlar las instituciones no solo impidió valorar los méritos de la lucha antiterrorista, sino que llevó a que paradójicamente se le acuse de violaciones de derechos humanos y se le condene a una pena excesiva que equivalía casi a una cadena perpetua, en lugar de juzgarlo por sus violaciones constitucionales.

Por eso es que la extraordinaria victoria campesina, militar, policial y judicial sobre SL no se ha convertido del todo en una victoria política e ideológica, al punto que, en 2021, Sendero, reencarnado en el Movimiento por la Amnistía y Derechos Fundamentales (Movadef), pudo manipular a un candidato para llegar al poder y ocupar algunos cargos gubernamentales y congresales.

No solo eso: el ataque terrorista al Perú se convirtió incluso en los textos escolares en «conflicto armado» o «guerra interna», como si Estado y Sendero hubiesen sido dos fuerzas ontológicamente equivalentes, legitimando implícitamente en esa medida el accionar senderista y emerretista. En varios libros de colegio, la cantidad de palabras dedicada a reseñar las violaciones de los derechos humanos cometidos por las Fuerzas Armadas es mayor que la dedicada a las violaciones de Sendero Luminoso o el MRTA.

Pero Mendonça va más allá y sostiene que la premisa de su libro es que, aunque SL fue derrotado en lo militar y lo político, «sigue existiendo un vacío en el terreno de las ideas y las narrativas. Muchas de las nociones que impulsaron el surgimiento y crecimiento de la organización continúan siendo parte del sistema cognitivo de la política nacional. Esto sugiere que, aunque se haya ganado la batalla en el ámbito militar y político, sin una victoria completa en el sistema de creencias de la sociedad, las victorias políticas siempre serán parciales y vulnerables».

Y es cierto. Muchos profesores de la escuela pública y de la universidad aún mantienen un marco ideológico clasista y refractario a la economía de mercado y el sistema capitalista, que es el único capaz de sacar a las mayorías de la pobreza, y por eso constatamos un capitalismo popular en la base social, impregnado de expresiones básicas eventualmente estatistas o anticapitalistas. Está pendiente un trabajo de capacitación de esos maestros en los principios contenidos en el capítulo económico de la Constitución del Perú. La batalla cultural está por darse.

Jaime de Althaus

Dedicatoria

Este texto va dedicado a tres actores:

A las víctimas de la violencia política desatada por el terrorismo de Sendero Luminoso en el Perú, a los campesinos de los Andes y a los habitantes y autoridades de los centros poblados. Su tragedia no debería quedar perdida en el pasado.

Con ellos tenemos todos una deuda de solidaridad.

A los ronderos, militares, policías y demás actores que lucharon contra Sendero Luminoso y dieron sus vidas para protegernos de tan espantosa amenaza, sobre todo al equipo del Grupo Especial de Inteligencia (GEIN), liderado por Benedicto Jiménez, que le propinó a SL una herida mortal. No estaríamos hoy analizando aquellos momentos de la historia del Perú si estas personas e instituciones no hubieran hecho su trabajo y puesto sus responsabilidades ciudadanas por encima de sus propias vidas.

Con ellos tenemos una deuda de gratitud.

A la ciudadanía actual y futura, que recibe y recibirá versiones deformadas de una fase dramática de la historia peruana reciente y que, pese a ello, tendrá la responsabilidad de evitar que algo parecido a Sendero Luminoso vuelva a abatirse sobre el Perú.

Con ella tenemos una deuda de responsabilidad.

El origen de este libro

Muchas de las ideas de estas páginas comenzaron a gestarse hace poco más de cuarenta años. En 1983, llevaba ya una década viviendo en el Perú, junto a mi esposa y dos de mis hijos. Con el crecimiento de Sendero Luminoso, enfrentábamos una decisión crucial: quedarnos o irnos del país. Las noticias informaban sobre atentados y asesinatos perpetrados por los terroristas a diario y yo mismo había estado a unos cien metros de una explosión en el local de Acción Popular, el partido de gobierno de entonces1.

En aquella época, yo ya conocía los escritos militares de Mao Zedong y su concepción de la guerra popular. No compartía sus ideas, pero consideraba que el líder chino entendía bien el proceso estratégico de una guerra prolongada. Antes de llegar y establecerme en el Perú, viajé por varios países de América del Sur y pude observar en forma cercana la violencia desatada por grupos de izquierda durante las décadas de 1960 y 1970.

Para 1983, SL ya mostraba su faceta más despiadada, atacando a campesinos y a quienes se negaban a someterse a su ideología. Desde mi perspectiva sobre estrategias de combate, concluí que, si el movimiento no lograba ganarse la confianza del campesinado ni la constitución de un amplio frente con otros sectores sociales, sus posibilidades de éxito serían mínimas. Además, mi experiencia me decía que los grupos violentos que se instalan en ambientes urbanos terminan siendo derrotados por los servicios de inteligencia.

Analicé las publicaciones de izquierda disponibles en librerías y quioscos de aquella época para comparar las ideas de Sendero Luminoso con las de Mao Zedong. Me quedó claro que las primeras no eran consistentes. Aunque desconocía hasta qué punto podrían crecer los terroristas peruanos, observaba que cada atentado y asesinato solo incrementaban el número de sus enemigos, augurando que estos, con el tiempo, serían mucho más numerosos. Mi conclusión fue que las victorias operacionales de SL eran, en realidad, triunfos pírricos que condenaban su estrategia al fracaso. Como familia decidimos que permaneceríamos en el Perú.

A inicios de 2024, compartí con un amigo mi interpretación sobre el fenómeno de Sendero Luminoso. Lo que yo supuse una conversación de treinta minutos se prolongó por más de dos horas. Al final, este amigo me insistió en que esta interpretación merecía plasmarse en un libro. Acepté la idea porque consideré que hacía falta una perspectiva que no estuviera subordinada a los marcos ideológicos marxistas o influenciada por ellos, los cuales predominaban tanto en los autores que habían abordado el tema como en la visión sesgada de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR). La victoria electoral de Pedro Castillo añadió otra motivación. Los resultados de las elecciones de 2021 evidenciaban que las interpretaciones predominantes no bastaban para proteger al país frente a las amenazas a la continuidad del sistema democrático.

Al trabajar en este proyecto sentí la necesidad de respaldar mi interpretación con datos concretos. Una revisión bibliográfica bastante exhaustiva me proporcionó la información necesaria, mientras que el diálogo con las fuentes me obligó revisitar el pasado y me ofreció una comprensión más profunda del fenómeno. El resultado es este estudio sobre el origen, desarrollo y colapso de Sendero Luminoso. Espero que este libro invite a sus lectores a replantearse sus propias interpretaciones sobre el terrorismo peruano, independientemente de si sus conclusiones son similares o diferentes a las que presento en estas páginas.

Consideraciones previas

El análisis desarrollado en este libro comprende los años de 1980 a 1995 en el Perú, un periodo en que el país estuvo afectado por la guerra provocada por Sendero Luminoso2. Esta investigación no se propone analizar los gobiernos durante el periodo del terrorismo, pero, por razones obvias, considera a quienes gobernaron el país en aquel tiempo y lo que hicieron o dejaron de hacer respecto a este fenómeno.

Lo empecé a escribir tres décadas después del fracaso de SL, un evento que muchos consideraban imposible o muy difícil de lograrse. Lo importante es que el país y sus instituciones pudieron derrotar al peor movimiento terrorista de América Latina en el siglo XX y lo hicieron sin ningún apoyo externo3.

Sin embargo, me preocupa que las nuevas generaciones no tengan claro qué fue aquella agrupación ni las ideas que la alimentaron, y que desconozcan cómo fue posible vencerla y quiénes realizaron tal hazaña. El sacrificio que el país ha pagado para enfrentar y derrotar al terrorismo fue muy grande. Al revisar la literatura predominante, encontramos que las lecciones aprendidas no están a la altura de la lucha realizada, ni de los méritos de sus principales protagonistas.

Lo que este libro presenta como argumento central es que la violencia ocurrida en el Perú a partir de 1980 constituye un caso del uso de la guerra como estrategia de lucha política, como una vía para la conquista del poder en un país que no había vivido conflictos armados serios por casi un siglo.

Podemos decir que el libro se dedica a responder estas doce preguntas:

  1. ¿Cómo era el Perú en los años en que surgió Sendero Luminoso?
  2. ¿Por qué surgió SL, quiénes lo apoyaron y qué origen social tenían sus líderes y militantes?
  3. ¿Cómo y dónde nace SL?
  4. ¿Cómo era el Pensamiento Gonzalo?
  5. ¿Por qué SL duró más de una década y llegó a tener decenas de miles de simpatizantes y militantes?
  6. ¿Qué estaba sucediendo en las zonas rurales cuando SL incrementó sus ataques a Lima en el periodo 1989-1992?
  7. ¿Hasta dónde llegó SL? ¿Cuál fue su fuerza real y qué tan verdadero era su proclamado «equilibrio estratégico»?
  8. ¿Por qué fue posible derrotar a SL? ¿Quiénes y cómo lo hicieron?
  9. ¿Cuál fue la postura de la izquierda hacia SL y qué costos ha tenido para el Perú y para ella misma?
  10. ¿Qué dijo y no dijo el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación sobre SL y sobre quienes derrotaron al terrorismo?
  11. ¿Qué herencias buenas y malas nos han quedado de la experiencia vivida por el país durante la época del terrorismo?
  12. ¿Qué conclusiones y reflexiones podemos sacar de dicha experiencia?

Vivo en el Perú desde 1973 y he realizado muchas decenas de talleres participativos con líderes campesinos y diversos grupos de la población rural y en ciudades andinas (Ayacucho, Puno, Áncash, Cusco, Moquegua, Cajamarca, San Martín, Piura, Lambayeque y otras zonas del país). Esta experiencia me ha permitido recoger percepciones e interpretaciones de estas poblaciones sobre cómo veían y entendían lo que sucedía en su país en aquellos años.

La razón principal para escribir este libro reside en el predominio de interpretaciones con sesgos ideológicos que impiden entender el fenómeno de Sendero Luminoso y las reales condiciones que posibilitaron su surgimiento, su crecimiento y su derrota. Las visiones imperantes, producidas principalmente por intelectuales de izquierda, ocultan elementos centrales sobre por qué el terrorismo surgió en Ayacucho, en las décadas de 1970 y 1980 —y no en las de 1920 y 1950, cuando las supuestas causas indicadas por ellos eran mucho más agudas—, así como las razones por las que se desencadenó una guerra interna el 17 de mayo de 1980, al culminar casi doce años de un Gobierno militar de izquierda y a puertas de un Gobierno democrático, así como los motivos por los que SL resultó siendo un movimiento terrorista tan letal.

La revisión de esta experiencia la hice desde una perspectiva política, pues Sendero Luminoso fue un movimiento de este tipo; sus líderes fueron personas movidas por ambiciones políticas y su organización y acciones tenían como propósito tomar el poder. Las interpretaciones sociológicas, psicológicas o antropológicas del contexto en que se desarrolló SL permiten una primera aproximación, pero no ayudan a comprender a cabalidad la naturaleza del fenómeno, ni eliminan la necesidad del análisis político.

Son los objetivos políticos de Sendero Luminoso el factor primordial que explica su atracción por el maoísmo y la manipulación que hizo de dicha concepción estratégica. Fueron las ambiciones políticas totalitarias de Abimael Guzmán y su corte las que nos permiten descifrar la lógica de la versión criolla que hicieron de los escritos de Mao Zedong: el llamado Pensamiento Gonzalo.

Naturaleza del libro

Estas páginas pretenden formular y responder a las preguntas antes citadas, teniendo en consideración que los lectores, desde sus distintas perspectivas, puedan tener diferentes respuestas e, incluso, distintas interrogantes a las planteadas. Lo particular de este libro es que se basa en datos y no en simpatías prefijadas por una teoría u otra.

Quienes estén interesados en conocer los detalles de la historia del periodo de violencia pueden revisar la bibliografía existente. Hoy es posible encontrar abundante material de distinto tipo sobre el fenómeno. A partir de los hechos ocurridos en aquellos años, este estudio procura echar luces sobre algunos elementos políticos que siguen siendo relevantes. Busca iluminar algunos aspectos que no están del todo claros o que fueron dejados en la sombra, sea por sesgos ideológicos o por intereses políticos de quienes han tratado el tema.

Desde mi perspectiva, muchos intelectuales de izquierda tomaron el caso del terrorismo como una oportunidad para sustentar sus ideologías y, para hacerlo, seleccionaron qué hechos considerar y cuáles descartar. Asumieron la premisa de que el terrorismo fue el resultado, casi mecánico, de la existencia de desigualdades e injusticias sociales que radicalizaron a la población de Ayacucho y de la región andina en general. Es una premisa que, por su simplicidad, atrae no solo a la izquierda, sino a muchos analistas y periodistas independientes y de derecha. Como se verá a lo largo del libro, esta afirmación no es verdadera. Las causas del terrorismo fueron otras.

La explicación del terrorismo como consecuencia de las injusticias sociales les confiere a los intelectuales de estas corrientes de pensamiento la imagen de autoridad moral e intelectual para analizar el fenómeno y juzgar a los demás actores, en especial a aquellos que lucharon y derrotaron al terrorismo. Por ello, a lo largo del libro dialogo con ciertas interpretaciones existentes y las critico, incluso algunas que son referencias dominantes sobre el tema. Sin embargo, mi objetivo no son estas visiones en sí mismas, sino sus implicancias para entender a Sendero Luminoso.

El hecho de que el Perú haya vivido la experiencia del terrorismo no es garantía de que una tragedia de este tipo no vuelva a ocurrir en el país4. Las tragedias pueden servir de alerta y de vacuna, siempre y cuando las sociedades logren aprender bien las lecciones —aunque no hay seguridad alguna de que sea así. Este libro procura contribuir a que las trágicas muertes de miles de personas y el dolor de tantas familias nos transmitan algunas enseñanzas.

Una mirada crítica a los últimos treinta años no garantiza que las lecciones necesarias hayan sido aprendidas. La memoria que se cultiva hoy sirve más a intereses políticos de quienes las lideran, poniendo los intereses del país en segundo plano y ocultando elementos clave para entender la naturaleza del fenómeno senderista y para saber cómo evitar que algo parecido vuelva a ocurrir.

Solo a título de ejemplo de lo poco que hemos aprendido sobre el terrorismo está el hecho de que, en 2021, la población peruana haya elegido para presidente de la República a Pedro Castillo, un sindicalista con claras relaciones con los continuadores de Sendero Luminoso. Su victoria fue posible gracias al apoyo suicida de sectores de izquierda de la clase media y alta limeña. ¿Cómo puede suceder algo así en un país que sufrió tanto en manos del terror?

El significado de la paz

La paz es algo sagrado. Se trata de un derecho fundamental de toda nación y de todo ser humano. Es la expresión del derecho a la vida para toda una colectividad nacional. Ni las diferencias sociales, las utopías y las ideologías ni los discursos políticos pueden justificar su quiebre en un país. Este principio es un pilar fundamental de este libro, un punto de partida indispensable. Lo que busco explicar es por qué SL decidió crear una guerra interna, destruyendo las condiciones de paz que el país disfrutaba.

Quebrar la paz e iniciar una guerra interna es un crimen contra millones de personas. Se trata de un acto más repudiable que invadir una nación pacífica, porque tiene el agravante de ser cometido contra su propio país. Es una traición a la patria y a sus ciudadanos. Iniciar una guerra es activar una maquinaria de violación sistemática de los derechos humanos de la población; esto es lo que hizo Sendero Luminoso en las décadas de 1980 y 1990, y, por ello, merece la más profunda condena5.

Su agresión significó varias decenas de miles de muertes, atrocidades indescriptibles, cientos de miles de refugiados, el aumento de la pobreza para millones de peruanos y la destrucción de decenas de miles de millones de dólares en la infraestructura de un país que aún mantiene serias dificultades económicas.

Quienes vivimos en paz difícilmente logramos imaginar el horror que la guerra significó para las familias que se encontraron en medio de ella. Ni las palabras ni las imágenes logran describir lo que la población de Ayacucho y de otras zonas del país vivió durante la guerra desencadenada por Sendero Luminoso.

No fueron pocos quienes se dejaron influenciar por la narrativa creada por SL y por el discurso que Guzmán generó para justificar sus crímenes. Esas personas razonaban como si las intenciones declaradas en los discursos senderistas cambiaran en algo lo que le estaban haciendo a su país. Debemos tener claro que los discursos no cambian la naturaleza de las acciones humanas, y es por nuestras acciones y omisiones, no por nuestros discursos, que todos debemos ser juzgados.

La ambición totalitaria

«El socialismo es el fantástico hermano menor del casi decrépito despotismo, al que pretende suceder; sus afanes son, pues, reaccionarios en el sentido más profundo, pues apetece una plenitud de poder político como solo el despotismo ha tenido».

Friedrich Nietzsche, Humano, demasiado humano (Fragmentos póstumos)

Abimael Guzmán tenía una obsesión: tomar el poder y ser el dictador de un Estado totalitario. No le interesaba el costo social, solo le importaba el control estatal y político. En la década de 1970, él manifestaba que correrían ríos de sangre para que pudiera llegar a gobernar el país. Salvo su poder, todo era ilusión. Esta obsesión en extremo cruel moldeó el pensamiento, las acciones y el discurso de Sendero Luminoso a lo largo de toda su historia.

Desde su época de simpatizante del Partido Comunista en Arequipa, Guzmán soñaba con la captura del poder por medio de la violencia. En 1964, cuando los comunistas peruanos se dividieron entre moscovitas y pekineses, el futuro líder terrorista tomó partido por la corriente a favor de la violencia que propugnaba Mao (en esos años, quienes ambicionaban tomar el poder por la violencia se autodenominaban revolucionarios).

En 1965, Guzmán fue invitado a China por el Partido Comunista. Pudo conocer una dictadura de partido único en todo su esplendor, liderada por su fundador, Mao Zedong. También hizo contacto con algunas de las ideas que los guiaron hasta la cumbre del poder. Por ejemplo, cómo la guerra prolongada les permitió pasar de una situación de debilidad a una de superioridad.

Guzmán entendió que la experiencia del país asiático podría ser funcional a sus ambiciones políticas. A partir de sus aspiraciones totalitarias, él y su corte optaron por el maoísmo como ideología. La orientación hacia esta corriente fue una decisión política. La evolución de la teoría estratégica de Sendero Luminoso confirmó este hecho con abundante evidencia.

Para cualquier persona informada sobre demografía y economía, es evidente que el Perú de 1970 y la China de 1930 eran dos realidades completamente distintas. Pero esto no le importaba a Guzmán, pues, con la caracterización de la semifeudalidad aplicable al Perú, era posible pensar en la guerra popular como estrategia. Así, con esta idea como guía, se podría usar la violencia para tomar el poder e instalar una dictadura comunista en la que él sería el dictador vitalicio. Lo había hecho Lenin en Rusia, por medio de una insurrección. Mao lo consiguió en China con una guerra popular. Fidel Castro, en Cuba, lo obtuvo a partir de un proceso guerrillero y todos ellos se transformaron en dictadores vitalicios. Esta era la obsesión de Guzmán.

Gráfico de la ambición totalitaria

Así, Sendero Luminoso caracterizó al país como semifeudal y afirmó que la ruta al poder político pasaba por desencadenar una guerra prolongada. Sus miembros estaban profundamente errados en la identificación económica del Perú, pero apostaban por una forma de violencia ideológica que tomó por sorpresa a todo el sistema político e institucional del país. Esto les permitió acumular un poder (principalmente militar, pero también político) que ningún otro partido de izquierda había logrado antes en el Perú.

Guzmán tomó muchas ideas del maoísmo, pero nunca las aplicó a la realidad peruana. Primero, porque Mao jamás escribió una teoría general de la revolución para países en vías de desarrollo, menos aún para un país que no había sido invadido por un ejército extranjero. Segundo, porque no era del interés de Guzmán ser coherente con el líder chino, sino citarlo para dar la impresión de que sus ideas se sustentaban en un cuerpo teórico respetable para los marxistas.

En realidad, Guzmán armó un grupo de ideas sobre cómo él creía que sería factible tomar el poder político en el Perú, comenzando por desencadenar una guerra interna. Utilizó el nombre de Mao y muchas de sus frases para darles una imagen de autoridad intelectual a sus propias ideas. Más adelante, en este libro, explicaré cómo Guzmán y su militancia tomaron algunos elementos de los escritos maoístas y los usaron como sustento de la visión estratégica que decidieron llamar el Pensamiento Gonzalo.

Impulsado por esta ambición totalitaria y fortalecido por la experiencia china, Guzmán creó su partido político y desencadenó una guerra en su propio país. Este enfrentamiento provocó más muertes que la guerra del Pacífico acaecida entre 1879 y 1883. En este periodo de violencia senderista se cometieron decenas de masacres a comunidades campesinas e indígenas, ocurrieron miles de casos de violación de derechos humanos, y de torturas y asesinatos de personas que no eran parte del conflicto.

Conceptos y principios

Para analizar el caso de Sendero Luminoso se han empleado conceptos y principios que sirven de marco interpretativo. Los presento en este tramo inicial del libro para que los lectores puedan establecer semejanzas y diferencias con sus propias formas de pensar.

  1. Sendero Luminoso fue un fenómeno político. Sus líderes eran políticos que ambicionaban el poder supremo sobre la nación y estaban decididos a aplicar la violencia extrema para lograrlo. Sin hacer un análisis de sus líderes como políticos, sus ambiciones de poder, sus creencias políticas, sus estrategias para capturar el Estado, y la sociedad en su conjunto, no se logra entender por qué SL surgió en la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga, entre 1962 y 1980, ni las razones por las que en solo doce años se desarrolló hasta transformarse en una amenaza nacional. Tampoco se podría entender por qué fue derrotado en un período breve y sin ayuda externa justo cuando parecía invencible.
  2. La violencia en la política. Karl Marx fue un defensor abierto del uso de la violencia para fines políticos y acuñó la frase: «La violencia es la partera de la historia». Para los marxistas —y grupos afines—, la sociedad capitalista se impone por medio de la «violencia estructural». Por ello, consideran justo utilizar la violencia para destruir al capitalismo. Esta idea es una de las principales justificaciones para usar las acciones armadas terroristas. En las décadas de 1970 y 1980, el concepto de «violencia estructural» se hizo popular en la izquierda. Si un niño fallecía por la pobreza o falta de acceso a servicios de salud, la izquierda afirmaba que el niño había sido víctima de la violencia estructural implantada por el capitalismo. Con este argumento, Guzmán justificó todos los asesinatos de Sendero Luminoso, diciendo que eran un tercio del número de los niños pobres que mueren en el Perú cada año (Guzmán, 1989). Entonces, según el líder senderista, los grandes genocidas fueron los Gobiernos de Fernando Belaúnde, Alan García y Alberto Fujimori.
  3. El concepto de «violencia estructural» ayudó a que SL pudiera captar a muchos jóvenes de izquierda que, originalmente, no eran violentistas, pero creían en esta falacia. Dicha concepción era compartida —y aún lo es— por

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