La democracia fuerte

Fernán Altuve-Febres

Fragmento

Índice

Índice

I. Presentación

II. Introducción

III. Peruanidad

El Perú es un camino

La fatalidad republicana

El Perú occidental y cristiano

IV. Héroes olvidados

José Vallejo, un héroe peruano del barroco

El capitán Enrique Oppenheimer

Julio C. Guerrero, un peruano general de Bolivia

V. El mar de Grau

El dominio marítimo del Perú

La posición peruana (1947-2000)

El APRA y el mar

La capitulación oceánica

Convemar

VI. Geopolítica

Geopolítica de la latinidad

Iberoamérica ante la Segunda Guerra Fría

El Perú y la tripolaridad

VII. La democracia en América

El nativismo americano

El bicentenario de Orestes Brownson

Los republicanos

VIII. Las democracias latinas de América

Monarquía o república en Brasil

Perú y Brasil, dos pueblos imperiales

La Unión Perú-Boliviana

Ecuador: Estado expansionista

Bolivarianos

Evita

¿Perón izquierdista?

El Perú y la revolución morada

IX. Semblanzas

El centenario de Leo Strauss

El centenario de Julien Freund

El centenario de Gonzalo Fernández de la Mora

Manuel Fraga Iribarne

Recordando a Álvaro d’Ors

El maestro Juan Vallet de Goytisolo

Gómez Dávila y el pensamiento reaccionario

Recuerdos peruanos de Günter Maschke

Juan Velarde Fuertes, príncipe de los economistas

Dalmacio Negro Pavón en Iberoamérica

Alfonso Benavides Correa

Vicente Ugarte del Pino

Marcelino Oreja Aguirre

X. Socialismo, Estado y nación

Von Stein y el socialismo de cátedra

Lassalle y el socialismo de Estado

Niekisch y los nacionalbolcheviques

XI. Los conservadores en el Perú

Los idearios y el poder

Los hombres y sus doctrinas

XII. Las derechas

¿A qué llaman derecha clásica?

La derecha revolucionaria

¿Qué es la Nouvelle Droite?

La derecha burguesa

La derecha popular

Las derechas peruanas

La derecha reformista

XIII. La partidocracia y su historia

Los autoritaristas

El civilismo

Leguía

Los reformistas

La oligarquía

1962

Zorros y turcos

Patriarcas

XIV. El fujimorismo

Resurrexit

Patriótico, reformista y popular

El reto del fujimorismo

Fujimori en la historia peruana

El antifujimorismo

XV. El orden constitucional

Legalidad y legitimidad

La democracia fuerte

El poder constituyente

La constitución histórica

Hacia la reforma constitucional

XVI. El primer poder del Estado

Austeridad presidencial

Castilla, presidente ejemplar

El veto presidencial

Las vicepresidencias

La reelección presidencial

La presidencia provisoria

Un presidencialismo de facto

El Consejo de Estado

Asambleísmo a la peruana

XVII. Opinio iuris

La anarquía judicial

¿Existe Estado de derecho?

El exequatur

Se acata, pero no se cumple

Ars notariae

XVIII. Páginas libres

El ministerio de la Verdad

Hipocresía

Neocorporativismo

La muralla de la paz

Esperando a los bárbaros

XIX. La cruz de Lorena

El ejército del porvenir

La Quinta República

La Constitución europea

XX. Razón y Fe

La archicofradía de la Vera Cruz

El contrato natural

La persecución

Comunión y Liberación

Marcos 9:42

La torre de Babel

XXI. La razón histórica

Perú: primer Estado de América del Sur

El galeón San José

La Orden del Sol

El canciller suicida

La misma historia...

El milagro económico del presidente Cáceres

El presidente mártir

Himno salomónico

XXII. Amazónica

Loreto: estado federal

Fernando Lores, héroe de la Amazonía

Güeppí

XXIII. La desmesura urbana

El leviatán urbano

La cabeza de Goliat

Vamos a cambiar Lima

Collique

El Plan Peruvía

XXIV. Cultura y patrimonio

El arte popular y su conservación

Patrimonio cultural

¿Somos un Estado pluricultural?

Nuestro primer historiador

Los 75 años de la Sociedad Peruana de Historia

Universidades

Fondo

XXV. El placer de los ojos

El barroco peruano

Tres libros sobre el fin del virreinato

Las dictaduras ilustradas

Hotel Dreesen

El arca rusa

Downton Abbey

Índice cronológico

Notas

Legal

Sobre el autor

Sobre este libro

I.
Presentación

Al leer las páginas de la segunda edición de La democracia fuerte de Fernán Altuve-Febres, que a su pedido tengo el honor de presentar, y que reúne sus artículos de prensa publicados entre 1990 y 2026 y algunas conferencias de este periodo, he apreciado entre uno de sus interesantes textos el retrato que él hace del recordado Gonzalo Fernández de la Mora, notable embajador y académico español. Tuve con él, desde mi juventud, una estrecha amistad, a la que sólo su desaparición puso obligado final. Monárquico (más o menos) tradicional, terminó trasladando su adhesión al régimen del general Franco, del cual fue destacado ministro, y que a partir de aquella experiencia pudo formular su singular teoría del «Estado de Obras» que se convirtió en los años setenta en la alternativa española al «Estado del bienestar» que tanto se publicitaba desde la Comunidad Económica Europea. Al final de esa década, al producirse el proceso de la llamada «transición», fundó con otros seis notables la agrupación llamada Alianza Popular, que más adelante se convirtió en el actual Partido Popular, y alcanzando una diputación en las Cortes constituyentes que elaboraron y aprobaron —con su disenso— la Constitución de 1978.

Esta última experiencia política fue decepcionante para Fernández de la Mora y ello le condujo a retirarse de la actividad política para dar su batalla en el campo intelectual en el que también se había destacado. De ahí que muchos, queriendo halagarlo, lo propusieran como un modelo de político-intelectual, o intelectual-político, que quizá aquí el orden de los factores altere el producto. Pero él lo negaba, haciendo siempre patente su disconformidad, con amabilidad, a su interlocutor.

Don Gonzalo no solo rechazaba, en su caso, la relación político-intelectual, sino que tendía a convertirla en verdad universal. De algún modo, a su juicio, la actividad intelectual y la política serían incompatibles. Pero él, como María, la hermana de Marta en la narración evangélica, había elegido al final la mejor parte.

Comprenderá el amable lector, pues, por qué he querido comenzar estas breves líneas con la evocación de un querido amigo, Gonzalo Fernández de la Mora, importante figura, intelectual y política de la derecha española de la segunda mitad del siglo xx, y con quien Fernán Altuve-Febres también tuvo especial amistad en los últimos años de su vida. Y es que, arrastrado por la autoridad de aquel, siempre he tendido a pensar en la enorme dificultad que existe en el mundo de hoy para que las condiciones de intelectual y político coincidan acabadamente en una misma persona, lo que no quiere decir que no haya intelectuales volcados, incluso a veces fascinados, por la política; o políticos atraídos, en ocasiones irremisiblemente, por las letras.

Lo que trato de expresar es mi observación de que en los últimos tiempos se ha producido una marcada división entre el trabajo político y el trabajo intelectual. Una hiperespecialización de estas actividades ha logrado diferenciar los campos político e intelectual hasta el grado en que las aptitudes y actitudes de los intelectuales y de los políticos ya resultan, en principio, no solo distintas, y sino con la mayor frecuencia contrapuestas.

Alcanzado este punto, he de confesar que sólo he visto tambalearse la construcción anterior con el ejemplo de Fernán Altuve-Febres. Desde que lo conocí hace treinta y cinco años, no he dejado de admirar tanto la agudeza de su mirada intelectual como la habilidad de su juicio político. Esto mismo lo observó don Álvaro d’Ors, el gran romanista, estrecho amigo mío, que apreciaba enormemente el ingenio del, a la sazón, jovencísimo profesor peruano, y siempre me hizo notar la cualidad singular de Fernán Altuve-Febres para conjugar una erudición profunda con una enorme sofisticación política que, en muchas ocasiones, le hacía recordar al célebre Manuel Fraga Iribarne.

Es precisamente en este libro que reúne artículos sobre aspectos políticos, jurídicos, culturales, históricos e incluso geopolíticos, término este que al maestro d’Ors —con razón— no le gustaba, donde podemos apreciar la sofisticación del autor que, si bien trata los temas con brevedad, ellos resultan verdaderas esquirlas de ideas donde observamos destellos de extraordinaria brillantez, que anticipan la artillería de los pensamientos contenidos en sus ensayos más amplios.

Creo que esos ensayos requerirían también una obra de compilación con la misma elegancia que el autor y su editor han logrado en este volumen. Por ejemplo, no puedo dejar de mencionar un reciente congreso que organicé en Bogotá, cuyas actas van a ser publicadas pronto en Madrid, donde pude oírle una exposición espléndida sobre la conformación del liberalismo hispanoamericano explicando cómo este no era tanto una expresión del enciclopedismo ilustrado y menos una mutación de la escolástica criolla, sino más bien el fruto de la influencia de la heterodoxia jansenista en el Nuevo Mundo. Este aporte, con otro texto suyo anterior que también tuve la satisfacción de propiciar y editar, en el que actualiza la tesis del presidente colombiano Alfonso López Michelsen sobre los orígenes calvinistas de las repúblicas hispanoamericanas y, de resultas, de las constituciones criollas, me parecen dos de las más novedosas reflexiones que he observado en el actual panorama del pensamiento político iberoamericano.

No conozco a nadie con una lectura política (y tras política) tan fina como la suya de la historia hispanoamericana sintetizada en una frase rotunda y certera: «Para nosotros, los hispanoamericanos, la historia es la filosofía». Y es que las categorías filosóficas, incluso las solo doctrinales, no se pueden calibrar en sus justos términos fuera de su encarnación en la existencia histórica. Me podrían decir que, en algún sentido, esa verdad es aplicable también a la vieja Europa. Naturalmente que sí.

Es aquí donde puedo volver al libro que nos ocupa, pues en él también encontramos sus reflexiones sobre las ideas políticas en general, pero lo que nos parece más valioso son las que formula sobre ideas políticas peruanas. En el primer caso, escribiendo semblanzas de pensadores que han llamado su atención, pero, en el segundo caso, desarrolla una genealogía de las derechas peruanas, en sus momentos relevantes, para finalizar con sus reflexiones sobre el fujimorismo, las cuales tienen la importancia de ser realizadas no solo por un intelectual, sino al mismo tiempo por un protagonista político de aquel fenómeno.

Pero este libro no sería propio de Fernán Altuve-Febres si de alguna manera no se desbordara hacia otros muchos campos, porque la curiosidad intelectual de nuestro hombre no conoce límites. He tenido ocasión de compartir con él, en las dos orillas de nuestro universo común, desde Lisboa y Madrid hasta Santiago de Chile y Asunción, además de Lima y Roma, capital de la Cristiandad, conversaciones que van desde el Barroco y su caracterizado arte hispánico, en el que tragedia y éxtasis se conjugan, a la cinematografía, que le fascina y, en cambio, a mí no me mueve en tan gran manera.

Al repasar estas páginas también se puede observar un gusto discreto por la literatura o la poesía, detalle en el que hasta ahora no había reparado. Pero donde creo que se puede apreciar con mayor nitidez la profundidad intelectual de Altuve-Febres es cuando plantea una reflexión jurídico-política, pues ahí se puede admirar con claridad su capacidad para integrar el desnudo dato histórico en el complejo contexto de las ideas políticas.

Deseo rescatar —para finalizar— las muy agudas reflexiones jurídicas del autor, porque Fernán Altuve-Febres es al mismo tiempo de intelectual y político, un abogado de una habilidad fuera de lo común, que es capaz de poner esa habilidad al servicio de la ciencia del derecho, esto es, de la verdadera jurisprudencia, entendida como el arte de discernir lo justo de lo injusto valiéndose del conocimiento de todas las cosas divinas y humanas. No creo posible mejor elogio para un cultivador del derecho romano que aplicarle la famosa definición de Ulpiano.

Esta habilidad como advocatus nos muestra su sensibilidad dialéctica, la cual está unida a su fuerza retórica, todo lo que lo hace un comunicador de gran eficacia. Altuve-Febres siempre se ha excusado diciéndonos que él, más que un escritor, es un orador y, en efecto, si la dialéctica le lleva a la consideración atenta de los problemas y las razones que avalan las distintas posiciones, la retórica extrema el vigor de las propias, como se aprecia en sus exposiciones orales, siempre además tocadas de un punto de pasión.

Y aunque sigamos dándole la razón a Gonzalo Fernández de la Mora, Fernán seguirá siendo para nosotros una excepción, rara, de verdadero intelectual y político a la vez y de primerísimo orden en ambos campos, como lo demuestra este interesantísimo libro.

MIGUEL AYUSO TORRES

II.
Introducción

La primera edición de La democracia fuerte, publicada en 2005, reunía un conjunto de artículos y algunas conferencias escritas por mí desde el año 1990. Eran textos breves en los que analizaba ideas políticas, jurídicas o filosóficas, así como hechos y personajes históricos que habían captado mi interés a lo largo de los quince años anteriores. Aquella edición, si bien fue muy bien recibida, es de honestidad reconocerlo, tuvo una elaboración muy rápida y presentó algunos defectos de impresión que fueron soslayados por la benevolencia de un público que acogió con generosidad el libro.

A lo largo de estos últimos veinte años, con la primera edición casi por completo desaparecida, ocasionalmente he recibido amistosas sugerencias para realizar una reimpresión. Ahora bien, habiendo transcurrido tantos años y escrito en ellos más artículos, conferencias e incluso habiendo guardado algunos textos inéditos, he considerado que es mucho mejor realizar una segunda edición corrigiendo la anterior y agregando los nuevos aportes.

Respetando el formato que tuvo aquel libro, con doce capítulos que congregaban los textos de entonces, ahora se han añadido doce capítulos más que abarcan nuevas materias o reordenan las anteriores de manera que se haga más clara la identidad de los temas tratados y se expongan los cambios en las reflexiones que he tenido en el tiempo transcurrido. A estos capítulos se les suman esta introducción y el índice cronológico de los artículos que pueden informar al lector de las variaciones de estilo y pensamiento en los textos.

En cuanto a los temas de los capítulos mencionados en «Peruanidad» encontramos tres textos: el primero es un ensayo inédito, el segundo es un ensayo que sirvió de presentación a la primera edición de este libro, y el tercero es una conferencia en un importante congreso universitario.

«Héroes olvidados» trata sobre personajes de la historia militar peruana que no se tienen muy presentes, en tanto que bajo el título de «El mar de Grau» se reúnen los textos que abordan la permanente y dura polémica para impedir la ratificación de la nociva Convención del Mar.

El capítulo titulado «Geopolítica» abarca temas geoestratégicos, mientras que, usando el título del libro de Alexis de Tocqueville, en «La democracia en América» reunimos tres artículos sobre la historia y política norteamericana. De igual manera, usando el título del afamado libro de Francisco García Calderón, en «Las democracias latinas de América» congregamos los artículos que tratan sobre los países de nuestra región.

En el capítulo «Semblanzas» se recogen las vidas y los recuerdos de grandes pensadores o juristas que hemos estudiado en alguna oportunidad, mientras que el apartado «Socialismo, Estado y Nación» reúne tres artículos sobre pensadores poco conocidos del socialismo nacional.

El tema de los conservadores constituye un capítulo por sí mismo y luego de un panorama histórico de las ideas de esta tradición política sigue las rutas biográficas de algunas figuras de estos pensamientos en el Perú, buscando darnos alcances sobre estas corrientes políticas de la historia peruana de los siglos xix y xx.

Por su parte, «Las derechas» trata, dentro de la teoría política, de explicar los distintos tipos de tendencias que se han presentado dentro de las opciones de derecha, en tanto que «La partidocracia y su historia» procura analizar los intentos de articular las ideas políticas en agrupaciones partidarias y su mayor o menor éxito a partir de la sociología propia de la realidad peruana.

En ese mismo sentido, la parte denominada «Fujimorismo» reúne los textos que analizan el fenómeno social y político en que se ha convertido una de las más importantes corrientes políticas peruanas desde el final del siglo xx hasta el primer cuarto del siglo xxi.

En relación con los temas jurídicos, esta obra presenta tres capítulos: «El orden constitucional», con artículos que revisan temas del derecho constitucional, y se diferencia del apartado titulado «El primer poder del Estado», que trata temas específicamente relacionados con el Poder Ejecutivo, en tanto que los temas de derecho en general están congregados bajo el título de «Opinio iuris».

En el capítulo «Páginas libres» podemos encontrar temas diversos que en alguna oportunidad han llamado nuestra atención, seguido del capítulo «La cruz de Lorena» que reúne artículos que estudian o aplican la experiencia del pensamiento y obra del presidente Charles de Gaulle.

Las reflexiones vinculadas a temas éticos, religiosos o eclesiásticos encuentran un espacio propio en el capítulo «Razón y Fe», de la misma forma que los textos que abarcan temas históricos en general los reunimos en «La razón histórica».

Tres capítulos reúnen los textos que tratan temas específicamente peruanos: «Amazónica» pone de manifiesto nuestra preocupación por la defensa de la identidad de esa región, «La desmesura urbana» aborda nuestra preocupación por la ciudad de Lima, y «Cultura y patrimonio» muestra la preocupación por el cuidado de nuestra importante herencia nacional.

En el capítulo «El placer de los ojos» reunimos opiniones sobre libros o algunos textos sobre cine y televisión.

Aquí cabe mencionar que los textos corresponden tanto a artículos como a conferencias y algunos ensayos académicos que guardan relación directa con los temas tratados, pues la mayoría de ellos han quedado fuera para una edición de ensayos escogidos que pudiese publicar en el futuro.

Al finalizar esta breve nota introductoria, deseo agradecer a Jerónimo Pimentel, por su generoso ofrecimiento de editar este libro, así como a Juan Carlos Bondy y Rafael Franciosi, por el cuidado y la atención que han tenido en la revisión de estos textos. Expreso asimismo mi agradecimiento a todas las personas que, con su trabajo y dedicación, han hecho posible esta nueva edición de La democracia fuerte.

III.
Peruanidad

el perú es un camino

Bajo el título Los caminos del Perú el brillante historiador italiano Antonello Gerbi (1904-1976) publicó en la Lima de 1943 un notable ensayo —hoy casi olvidado— en el que nos demostraba haber entendido la esencia geográfica de nuestro país:

El Perú es un camino. Otros países pueden resumirse en un símbolo geográfico. Egipto es un valle, Brasil una selva, la Argentina una pampa, Siberia una estepa, Inglaterra una isla, Panamá un istmo... El Perú es un camino: ninguna otra clasificación geográfica lo expresa tan exactamente1.

Después de esta categórica sentencia, el peruanista florentino continuaba explicándonos mejor su idea, porque si bien existía de antaño:

la clásica clasificación del Perú como archipiélago terrestre [que] contiene, en efecto, una buena parte de verdad, pues núcleos dispersos subsisten en él, separados por distancias y obstáculos inmensos. Mas aquella definición viene a repetir en definitiva que el Perú es un camino2.

Y es que, como muy bien entiende Gerbi, así como el mar da sentido de unidad a un archipiélago oceánico, solo los caminos pueden dar sentido a un «archipiélago terrestre», como ocurre en el Perú. En ese mismo orden de cosas se puede entender la unidad indisoluble que existe entre el camino y el paisaje.

El camino es parte del paisaje, pero tarde o temprano termina superándolo para dar paso a un nuevo paisaje. Ahora bien, si el camino es el mismo, también es algo más. Eso lo podemos apreciar mejor gracias a las sabias reflexiones del filósofo Mariano Iberico (1892-1974), quien nos explica:

Los caminos son, en el espacio, la configuración del destino. Preexisten a nuestra aventura, la incitan, la sirven, pero no la provocan. Los caminos son la materialización de lo posible. Nos conducen a la abolición de la ilusión, pero la restituyen suscitando, por cada realidad que tocamos, un nuevo horizonte de impalpables imágenes. Así los caminos deshacen y rehacen la ilusión del paisaje y son como un puente falaz suspendido sobre el abismo que separa dos grandes mundos del espacio: el «aquí» donde lo real se petrifica y el inalcanzable «más allá» de la imagen3.

Ese más allá es también el paisaje espiritual del Perú, donde quedarán consagradas las imágenes de los arenales de una costa de vida prosaica, las cumbres de una sierra metafísica y los bosques de una selva mágica conformando con todos estos sentidos una unidad de destino en lo universal.

Es a partir de la comprensión de este gran sentido espiritual que el paisaje y el camino se pueden ir revelando al caminante. Y es una verdad que el Perú es un país de andariegos que, desde muy antiguo, vienen y van a lo largo y a lo ancho. Cuando uno puede apreciar la alfarería prehispánica —como la mochica, por ejemplo— no deja de asombrarse de la importancia que en ella tiene la representación humana, siempre en movimiento.

Fue un hambre de movimiento en aquellas arcaicas insularidades humanas la que rompió la constelación tanto de los desiertos de arena como la de los desiertos de piedra del antiguo Perú y, gracias a unas rudimentarias vías iniciales, se llegaría a crear paulatinamente un tejido caminero que alcanzaría su máxima expresión con los incas y su famoso Qhapaq Ñan.

Antes de los incas, los senderos costeños desaparecían constantemente borrados por las tormentas de arena y solo la orilla del mar unificaba los oasis litorales que tenían por telón de fondo a las cumbres nevadas. Mariano Iberico nos da la clave de cómo nació en los costeños la sed de integración diciéndonos:

la costa es el deseo romántico y doloroso de la sierra, y el anhelo que traza los largos caminos y que divisa, más allá de los Andes, en la pura lejanía de la esperanza, el mar4.

Por su parte, los habitantes de los valles interandinos, desde el momento de sus primeras poblaciones, quisieron siempre romper el cerco que conformaba las murallas de las cordilleras, procurando un trueque para sus productos en las tierras colindantes y expandiendo sus clanes o ayllus en minúsculas pero ambiciosas colonizaciones, que, en tiempos incaicos, continuarían con las migraciones oficiales llamadas mitimaes o mitmac.

Lentamente, el algodón de las costas pudo ser intercambiado por las lanas de la sierra y así, de manera paulatina, se conformó una intermitente unidad de comarcas desde las alturas andinas hasta las playas oceánicas. Con el paso del tiempo, fue la interacción en este gran espacio la que fundaría nuestra historia común. Y es que, como nos dice Raúl Porras Barrenechea (1897-1960):

Sin aceptar el determinismo fatalista del medio —la omnipotencia del ambiente que preocupaba al viejo Hipócrates—, no cabe duda de la influencia culminante de este en la vida primitiva de los pueblos y en las orientaciones fundacionales de su cultura, [pues] el hombre primitivo o civilizado es «un pedazo de tierra», y [por ello] la geografía es [...] la historia trazada de antemano y, la historia, la geografía en acción5.

Esa unión de paisajes fue el magnífico textil geográfico que bordaron los incas. Solo así se puede entender la grandeza del Tahuantinsuyo, a lo largo de muchos territorios, de inmensos valles y escarpadas montañas de hasta cinco mil metros de altura, de donde nacían ríos que descendían como hilos de plata hasta profundas quebradas. Gabriela Mistral (1889-1957) nos recita:

Viboreas de las señales

del camino del Inca Huayna,

veteada de ingenierías

y tropeles de alpaca y llama,

de la hebra del indio atónito

y del ¡ay! de la quena mágica.

Donde son valles, son dulzuras;

donde repechas, das el ansia;

donde azurea el altiplano

es la anchura de la alabanza6.

Por esas veredas llenas de tambos y aldeas pasaba el chasqui, que cual heraldo andino llevaba buenas nuevas o tristes noticias. Pasaba el pueblo caminante acompañado de las llamas como mudas colaboradoras de su carga y también pasaba el inca en su portentosa litera, seguido de su caravana de nobles con destino a un lugar que el mundo no olvidaría jamás: Caxamarca.

El encuentro de Cajamarca entre Pizarro y Atahualpa tuvo un precedente central, que fue el encuentro en Toledo (1529) entre Pizarro y el emperador para exponerle las pruebas de su exitosa ruta al mítico Imperio del Sol. Ninguna pluma poética ha rememorado aquella entrevista, pero el pincel de Ángel Lizcano (1846-1929) nos ha dejado una extraordinaria imagen que conmovió a los asistentes de la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid en 1881.

Otro cuadro famoso pintado en Florencia (1867) por Luis Montero (1826-1869) recreó en gran formato los funerales de Atahualpa en Cajamarca, bajo la inspiración de un pasaje de la Historia de la Conquista del Perú (1847) del norteamericano William Prescott (1786-1859), que se convirtió desde su llegada al Perú en el emblema de la pintura histórica nacional.

Después de Cajamarca estas tierras tendrían una nueva fe y nuevos caminos. La fe de Cristo tuvo como su más bella expresión evangelizadora a la «cruz del camino» o también conocida como «cruz del calvario de los Andes», que se difuminó por todas nuestras veredas. El notable poeta Luis Fabio Xammar (1911-1947) la homenajeó con estas palabras:

En la cruz del camino

Ha expirado una senda,

Ha nacido una duda

Y ha brillado una pena7.

Las nuevas rutas conducían a nuevos vecinos, a nuevas villas. Y como dijo Ventura García Calderón (1886-1959) en su Elogio de la llama, esta distinguida señora de las sendas de ayer ve alejarse el tiempo en que fue emperatriz de los senderos que ella creaba cuando:

Antaño las llamas conducían las momias de la sierra a los arenales de [Ancón,

Y algo de esa pompa funeral queda en su ritmo8.

Las nuevas caravanas peruanas vieron aparecer en sus calzadas nuevos camaradas: eran las humildes mulas de los mercaderes y los nobles caballos de los conquistadores de los que José Santos Chocano (1875-1934) dijo:

Los caballos eran fuertes, los caballos eran ágiles.

No, no han sido los guerreros solamente, de corazas y penachos y tizonas

y estandartes los que hicieron la conquista de las selvas y los Andes;

Los caballos andaluces, cuyos nervios

Tienen chispas de la raza voladora de los árabes,

estamparon sus gloriosas herraduras en los secos pedregales,

en los húmedos pantanos,

en los ríos resonantes,

en las nieves silenciosas,

en la pampa, en las sierras, en los bosques y en los valles9.

Así nació el Perú ecuestre, fundado por la «hueste perulera» que trajo el ideal caballeresco a los Andes y también las novelas de caballerías que nos prodigaron quijotes y sanchos criollos, esos que exploraron cumbres, quebradas y florestas de leyenda, y de las que tanto gustaba uno de nuestros más brillantes literatos, Ventura García Calderón, quien nos dice:

Era común dolor de los españoles que ganaron el Nuevo Mundo sentir más las heridas de sus caballos que las suyas. Entonces los lloraban como los hermanos, y pudiera ser que el capellán esboce una plegaria por tan animoso compañero10.

Y agrega:

Pero no todo es batalla y pellejería en los ásperos caminos del Perú. También sirven de lucimiento como una inquieta y viviente peana del héroe. Entonces el caballo se da cuenta que ha llegado la hora de ufanarse, y nadie más jactancioso que ese alazán peruano11.

De las hazañas de estos pegasos criollos salieron mitos dorados para la Europa del Renacimiento. Fueron estas fábulas de los aventureros indianos las que hacían brotar manantiales de oro y las que llenaron de leyendas la imaginación del Viejo Mundo para terminar dando origen a una frase que recorrió el globo: «Vale un Perú». Ella expresaba la imagen de una tierra de prodigios y riqueza.

En otro notable libro El Perú en marcha (1941), nuestro Antonello Gerbi nos recordaba que Torquato Tasso (1544-1595), en sus versos de la Jerusalén libertada, ya hablaba en el Canto XV de E col ricco Perú l’aurea Castiglia, en tanto que el famoso humanista Benito Arias de Montano (1527-1598) podía ver en el Perú una muestra del antiguo Ophir bíblico, y creía que nuestro país había sido fundado por marinos que desertaron de Judea llevándose los tesoros del rey Salomón.

Aquellos cuentos dorados hicieron que Michel de Montaigne (1533-1598) inventara una descripción mítica de los jardines del Cusco e incluso de los caminos incaicos a los cuales atribuía amplias alamedas que jamás existieron. Contrariamente, la realidad caminera de entonces fue descrita por otro notable humanista, el príncipe mestizo Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616), quien, «hablando de los caminos tan ásperos y dificultosos», dice:

que los hay que tienen tres leguas de cuesta o de bajada casi perpendicular y otros de cinco o seis leguas que ponen grima y espanto de solo mirarlos. Las sendas suben en forma de culebra, dando vueltas a una mano y otra y en las plazoletas situadas en lo alto, para que el inca gozase de tender la vista a todas partes, por aquellas sierras altas y bajas, nevadas y por nevar12.

Pero más allá de las grandes dificultades encontradas en aquellas estrechas rutas, la riqueza perulera se impuso hasta en los mismos caminos. No fueron pocos los conquistadores y encomenderos que, en el colmo de la opulencia, ponían a sus caballos herraduras de oro ni tampoco faltaron los linajudos caciques —como la munificente Catalina Huanca— que adoquinaban las calles con lingotes de plata para dar paso piadoso a las grandes procesiones.

Con el establecimiento de los reinos del Perú y la primacía del caballo se modificó el mapa de los caminos. A partir de los senderos andinos que habían conformado originariamente los incas, se fueron descolgando los nuevos caminos reales. Así, se integraron, por el norte, a los valles de Cundinamarca y los llanos, hasta llegar a las riberas del Orinoco. Por el sur, se consolidó la ruta desde Potosí hasta Buenos Aires, pasando por Córdoba del Tucumán, camino por donde los mercaderes de Lima proveían al puerto atlántico, puesto que desde 1594 este último había quedado cerrado para el comercio exterior.

Los siglos xvi y xvii tuvieron a los caminos de los reinos peruanos, tierra de peregrinos y caminantes, como un circuito cerrado en la América del Sur, donde el intercambio de bagajes daba vitalidad a villas, haciendas, comunidades, conventos, ferias y donde los arrieros recorrían un inmenso mercado interior que iba desde Panamá hasta la pampa patagónica.

El historiador y jurista Antonio León Pinelo (1595-1660), en su El paraíso en el Nuevo Mundo, veía en este Perú confinado un precioso regalo del cielo a los católicos reyes de Castilla y un castigo a los demás reyes de Europa por su tibieza religiosa. Pronto tanta envidia regia empezaría a dañar ese escondido Edén sudamericano con dos armas pérfidas: los piratas en el mar y el contrabando en la tierra.

Fue a lo largo de la ruta de Potosí a Buenos Aires que la plata de aquel cerro rico se empezó a diluir en un millonario contrabando que dio nombre al Río de la Plata, por donde sigilosamente se escurrían los lingotes a la villa porteña. Una «aduana seca» en Córdoba (1622) fue ineficaz y para 1656 ya regresaban las mulas a Potosí, a Puno y a Ayacucho cargadas de admirados artefactos prohibidos que llegaban de Inglaterra, de Francia y de Holanda astutamente introducidos en la costa austral desde los dominios portugueses.

En 1713 la nueva monarquía ilustrada trató de paliar el contrabando con un comercio externo controlado mediante el llamado «navío de permiso», pero esta medida también fue ineficaz. Así, a lo largo del siglo xviii la monumental ruta Lima–Buenos Aires vio ensombrecer los privilegios comerciales del Callao y debilitarse al otrora poderoso patriciado mercantil de Lima.

Tal fue la importancia de aquella ruta que una de las más importantes expresiones literarias del virreinato la tiene por escenario de una pícara narración de viaje de un visitador de correos. Nos referimos a El lazarillo de ciegos caminantes. Su autor, Alonso Carrió de la Vandera (1715-1783), al inicio de su relato, nos señala la importancia de los diarios de aquellos caminantes al explicarnos que:

Los viajeros (aquí entro yo), respecto de los historiadores, son lo mismo que los lazarillos, en comparación de los ciegos. Estos solicitan siempre unos hábiles zagales para que dirijan sus pasos y les den aquellas noticias precisas para componer sus canciones [...] Aquellos, como de superior orden, recogen las memorias de los viajeros más distinguidos en la veracidad y el talento13.

El destino final del viaje de Concolorcorvo era la coqueta Lima, que hacia 1740 contaba con hasta cuatro mil carruajes. Entonces se empezó a ver a sus mercaderes y arrieros, monopolistas del transporte de la célebre ruta al Atlántico, muy malhumorados con las ideas ilustradas que pedían una libertad de comercio, que podía afectar su secular primacía en caminos y puertos. Finalmente, la mala medida llegó por partida doble: primero con la creación del Virreinato del Río de la Plata (1776), que se quedaba con el Alto Perú, y después con la aprobación del Reglamento de libre comercio (1778).

Se puede entender por qué un orgulloso cacique y adinerado arriero como Thopa Amaro II se rebeló en 1781 contra un «mal gobierno» que había permitido la pérdida de supremacía de los Andes en favor de las costas porteñas, y de paso estaba arruinando a los antiguos señores de los caminos reales. Desde entonces los puertos de la América del Sur no solo estarían abiertos para la llegada de mercaderías desde los demás pueblos europeos, sino también para el advenimiento de sus nuevas ideas.

A partir de 1810, nuevamente los polvorientos caminos abrirían la puerta de los Andes —desde el Orinoco y el Río de la Plata— para llevar a las huestes criollas hasta las pampas de Ayacucho. Eran los caballos de los libertadores, que el célebre bardo argentino Leopoldo Lugones (1874-1938) honró:

Con arrebato de horda va el corcel formidable.

Enredado a sus crines ruge el viento de Dios.

Sobre el bosque de hierro vibra en llamas un sable

que divide a lo lejos, el firmamento en dos.

La montaña congénere donde el cóndor empluma,

sonreída de aurora despertó a ese tropel

de patria, y la simétrica marea ungió en la espuma

de un brindis gigantesco los flancos del corcel.

La tierra devorada por los cascos se abisma

en el tremendo vértigo que arrastra aquel alud.

Y el himno natal surge del trueno con la misma

voz que estalló en clarines en los campos del Sud.

¡Tufo de potro; aroma de sangre; olor de gloria!

La hueste bebe el triunfo cual sublime alcohol,

y la muerte despliega sobre su trayectoria,

acabada la tierra, la mar de luz del sol14.

Con el nacimiento de las patrias criollas de la América española llegó el brillo de los puertos y el ensombrecimiento de los caminos. Tal vez con mayor certeza podamos decir que cada puerto creó su propia nación mestiza y, con ella, se desgajó la antañona hispanidad. Poco a poco los buques de todas las naciones traían sus mercaderías y las rutas internas ya solo servían para extraer recursos naturales —minerales y abono—, con el fin de ser sacrificados en los altares de la Revolución Industrial. El siglo xix se iniciaba sobre las olas: era el tiempo de importaciones, muelles y velas.

El gran escritor Felipe Pardo y Aliaga (1806-1868) daba cuenta, en su poema Constitución política (1859), de la decadencia de aquellas portentosas rutas virreinales con estas palabras:

caminos tan estrechos y escarpados,

que es preciso llevar la carga en hombros,

y de una peña atados a otra peña,

puentes ¡qué horror! de sogas y leñas15.

Al mediar el siglo xix, el carbón y el hierro nos trajeron un nuevo camino, el de fierro: el ferrocarril. La locomotora se abrió paso ante la mirada de la orgullosa llama y el noble caballo. Ella era el nuevo caballo de fuego y metal que trotando sobre el riel se ufanaba de mostrar al viento su vistosa crin de vapor.

Pero si bien los trenes taladraban los Andes y se deslizaban por los oasis costeños, en los lejanos bosques de la selva no los conocían, pues aquellas tierras solo tenían por caminos a sus curvilíneos ríos. La Amazonía era recorrida en balsas tropicales, las llamadas jangadas, las cuales fueron acogidas por la literatura que las hizo protagonistas de una novela de aventuras de Julio Verne (1828-1905), subtitulada como Ochocientas leguas por el Amazonas. Después, la leyenda de la opulencia del caucho trajo modestos vaporcitos que se perdían en ese inmenso «camino de planeta», como recitaba Pablo Neruda (1904-1973):

Amazonas,

Capital de las sílabas del agua,

padre patriarca, eres

la eternidad secreta

de las fundaciones

te caen ríos como aves, te cubren

los pistilos color de incendio

los grandes troncos muertos te pueblan de perfume

la luna no puede vigilarte ni medirte.

Eres cargado con esperma verde

como un árbol nupcial, eres plateado

por la primavera salvaje,

eres enrojecido de maderas

azul entre la luna de las piedras

vestido de vapor ferruginoso

lento como un camino de planeta16.

El último gran viaje a lomo por los viejos caminos virreinales lo realizó en 1912 el gran historiador José de la Riva-Agüero y Osma (1883-1944). De aquella aventura juvenil quedó un libro fundacional para el Perú, Paisajes peruanos, que, publicado tardíamente en 1955 con un prólogo de Raúl Porras Barrenechea, adquirió el reconocimiento de ser un clásico de nuestras letras.

El siglo xx se inauguró con la irrupción de un nuevo actor en los caminos, el automóvil y sus «caballos de fuerza». Las polvorientas veredas y las empedradas calzadas tendrían que ceder paso a la brea y al asfalto, que reinarían por nuevas rutas capaces de llegar donde los carriles de fierro ya no podían. Era el renacimiento de los caminos; desde entonces, de las carreteras.

Por ello, Antonello Gerbi nos dice:

El Perú había vuelto a encontrar una de sus venas más frescas y profundas de su destino. El Perú se abría ante sí mismo, y la linfa de una nueva vida recorría sus tallos y por los pétalos de su florescencia. Con cintas blancas de autopistas anudaba [...] las cumbres de los Andes [y la] masa amorfa de la selva, [que] amarrada al resto del país no corría el riesgo de irse a la deriva a lo largo del caos laberíntico de sus ríos17.

Tras la llegada al poder de Augusto B. Leguía (1919-1930) y gracias a su política de conscripción vial, la república iniciaría la tercera década del siglo con más del triple de vías de las que existían en 1920. Por su parte, el Gobierno del general Óscar R. Benavides (1933-1939) lograría concluir toda la carretera Panamericana, desde Piura hasta Tacna. El mejor plan vial nacional llegó gracias al Gobierno del presidente Manuel A. Odría (1948-1956), quien dispuso la conservación y el mejoramiento de la vía Panamericana, así como la construcción de carreteras longitudinales y de penetración en todo el país. Este esfuerzo sostenido se completó con la formidable iniciativa de la carretera Marginal de la Selva en el Gobierno de Fernando Belaunde Terry (1963-1968).

Las décadas de 1970 y 1980 resultaron en un bloqueo en la integración vial del país. Ello ocurrió no solo por la grave crisis económica de entonces, sino, sobre todo, por el daño causado por la cruel acción de un grupo terrorista. La gran paradoja fue que aquella secta se autodenominara «Sendero». A partir de la década de 1990 el Perú ha revitalizado sus caminos y ha tratado de ampliar y mejorar su frontera vial.

Lo cierto es que los peruanos somos un pueblo de peregrinos y caminantes, acostumbrados a rutas inciertas y curvas misteriosas que, por ello, nos hemos hecho señores del presente y siervos del porvenir. De ahí que, como cristianos confiados en la Divina Providencia, gustamos del presente y somos desatentos al puritano porvenir. Ante la incertidumbre de las curvas de nuestro camino, podemos recordar al poeta Fernando Pessoa (1888-1935), cuando nos dijo:

Más allá de la curva del camino

tal vez haya un pozo y tal vez un castillo,

o tal vez tan sólo continúe el camino.

No lo sé ni pregunto.

Mientras voy por el camino que hay antes de la curva

sólo miro el camino que hay antes de la curva,

porque no puedo ver más que el camino que hay antes de la curva.

De nada me habría de servir el mirar a otro lado

o hacia lo que no veo.

Impórtenos nada más que el lugar donde estamos.

Hay belleza suficiente en estar aquí y no en otra parte.

Si alguien existe más allá de la curva del camino,

quienes se preocupan por lo que hay más allá de la curva del camino

ahí tienen el camino que es el suyo.

Si ahí hemos de llegar, al llegar lo sabremos.

Por ahora tan sólo sabemos que aquí es donde no estamos.

Aquí no hay más camino que el de antes de la curva, y antes de la curva

el camino que hay no tiene curva alguna.

Texto inédito.

la fatalidad republicana

I

En 1802, la corte virreinal de Lima se engalanó para recibir a un joven prusiano que llegaba a la ciudad rodeado de un aura de sabiduría precoz. El aristócrata alemán había viajado mucho para auscultar con mirada científica el Novus Orbis del que tanto se hablaba en Europa. Pero la estadía limeña del barón Alexander von Humboldt tuvo un aroma de decepción para el viajero, que esperaba encontrar la dorada Ciudad de los Reyes. Tras dejar la vieja capital, dirigió desde Guayaquil una carta a su dilecto amigo Ignacio Checa, fechada el 18 de enero de 1803, donde le dice:

En Lima no he aprendido nada del Perú. Allí nunca se trata de ningún objeto relativo a la felicidad pública del reino. Más separada del Perú está Lima que Londres, y aunque en ninguna parte de la América española se peca de un patriotismo excesivo, no conozco otra ciudad en la cual este sentimiento sea más apagado. Un egoísmo frío gobierna a todas las personas y lo que no perjudica a uno no perjudica a nadie18.

Ciertamente, en la Lima borbónica se había instalado el alma mercantil que también regía en Cádiz, aquella antigua ciudad fundada por los cartagineses con el nombre de Gades, mientras que, a contraparte, en el Perú andino, aún reinaba otro espíritu, un alma de severidad romana, similar a la austeridad del imperium de los incas y de los reyes Habsburgo. Por esto el historiador cusqueño Luis E. Valcárcel señaló en su libro Tempestad en los Andes:

Existieron dos coloniajes: el coloniaje de Lima, pleno de sibaritismo y refinamientos, con un acentuado perfume versallesco —la Perricholi, su símbolo— y el coloniaje del Cuzco, austero hasta la adustez, varonil y laborioso [...] Lima y la costa representan el aduar convertido en urbe, frente a la soledad parámica de sus arenales. El Cuzco y la sierra son la naturaleza, el ruralismo, lo perenne, lo indesarraigable19.

En el siglo xviii el espíritu fenicio de los arenales había corroído silenciosamente los antiguos deberes de una nobleza indiana, creada para servir y no para servirse. El dinero fácil del monopolio comercial del Callao sustentó una aristocracia nominal y vacía que solo quería ser mimada con privilegios sin asumir los deberes de los verdaderos nobles. Este hecho que había observado la aguda mirada del noble prusiano también se le reveló a un patricio criollo, educado para emular el carácter de los quirites romanos, quien vio que el Perú:

encierra dos elementos enemigos de todo régimen justo y liberal: oro y esclavos. El primero lo corrompe todo; el segundo está corrompido por sí mismo. El alma de un siervo rara vez alcanza a apreciar la sana libertad; se enfurece en los tumultos, o se humilla en las cadenas20.

Estas ideas escritas en la Carta de Jamaica (1815) demuestran la fina intuición de Simón Bolívar, que pudo entender con lucidez los reflejos sociales de un país que aún no conocía. Las guerras de la emancipación pusieron fin a la aristocracia criolla, pero no al culto por el oro y los esclavos que se mantuvo en el patriciado mercantil que supervivió a los viejos pergaminos nobiliarios.

Esa misma guerra, como dice Jorge Basadre, convirtió a la hasta entonces remolona plebe en multitud, y en multitud armada tras un jefe guerrero. La dialéctica entre el patriciado fenicio de la ciudad costera y el cesarismo popular del paisaje provinciano constituye el dilema existencial de nuestra vida independiente. La contradicción entre estas dos almas —fenicia y latina— ha sido la causa y el efecto de nuestra endémica debilidad institucional, nuestra piedra de Sísifo y el triunfo de la fatalidad republicana.

II

En los quince años que separan la batalla de Ayacucho (1824) y la batalla de Yungay (1839) que puso fin a la primera guerra con Chile (1836-1839), el dilema esencial consistió en definir si el Perú debía ser una gran confederación o una pequeña república. En aquella incertidumbre solo Andrés de Santa Cruz tuvo la visión de nuestro destino aún no realizado. Por ello, este césar andino quiso restaurar la majestad perdida, al encarnar la prolongación del imperio por otros medios. El poeta José Santos Chocano, en una carta escrita el 1 de febrero de 1912 en el golfo de México, a bordo del buque Preston, le decía al historiador José de la Riva-Agüero y Osma:

¡Solo una vez apareció el hombre; he mentado a Santa Cruz! ¿Y quién hace en el Perú justicia —fuera de usted— a ese hombre de quien Napoleón III se asombraba no hubiese sido Emperador?21

Tras este gran hombre, Santa Cruz, se formó el espíritu romano de los Andes mientras que frente a él se atrincheró el espíritu fenicio de la planicie litoral. La supremacía de esta última delimitó el escenario del debate por la primacía entre la clase de los guerreros y la de los mercaderes, erigida cada una en la encarnación de aquellos espíritus rivales.

Durante la República Autocrática (1845-1895) primaron los centauros guerreros. Las multitudes como plebe urbana o como hueste combativa se enrolaban tras un predestinado que representaba en su persona la totalidad de sus aspiraciones, mientras que los empobrecidos mercaderes solo podían defender sus intereses infiltrándose y rodeando al caudillo de turno. Su labor era la de validos que destilaban sus privilegios y minaban gobiernos.

Por el nombre, podría creerse que esta autocracia fue un régimen de organización y estabilidad en nuestra historia, pero paradójicamente no lo fue porque, a diferencia del Chile de Portales o del Imperio del Brasil, el poder no estuvo cubierto de un manto «impersonal» que permitiese crear una institucionalidad secular. Además, al personalismo, debilidad innata del cesarismo, se sumó otro grave problema: la hostilidad silenciosa del patriciado criollo, que con su intensa rivalidad jaqueaba el poder de los caudillos. Es así como, a partir de 1844, el patriciado inicia su larga marcha hacia la toma total del poder, que concluirá tras la revolución de los gamonales de 1894-1895.

El primer paso importante que dan los mercaderes contra los guerreros, su llamada «gesta de la civilidad» contra el «militarismo», lo lideró Domingo Elías, un potentado que, siendo prefecto de Lima, el 17 de junio de 1844 amotinó a las turbas de la capital durante siete días contra su antiguo protector, el general Manuel Ignacio Vivanco. Curiosamente, este era el caudillo que se había rodeado del más ilustre cenáculo intelectual y quien, además, había auspiciado una mayor participación de los civiles en la política. A esta felonía la historiografía liberal la ha calificado con el título de Semana Magna.

Pero el efecto que tuvo esta primera actuación política del patriciado republicano no fue el esperado, pues el deseado gobierno civil no se concretó y, en vez de ello, se consiguió que el caudillismo moderado de Vivanco fuese desplazado por el severo caudillismo de Ramón Castilla, quien, gracias a la impericia política de los mercaderes, se convirtió en la figura protagónica del cesarismo criollo.

Ahora bien, Castilla siempre aspiró a la institucionalización del poder personal en un régimen perdurable, el «Estado en forma» del que habló Spengler. Su frase: «Los caudillos formarán las instituciones para que las instituciones formen a los caudillos» nos expone este deseo que no se pudo concretar.

El dormido espíritu fenicio de una pobre república convaleciente de la independencia se despertó sediento de lucro y privilegios con el hedor que despedía el oro del guano. A partir de la década de 1850, este espíritu irrumpió como un torrente en las arcas públicas, mientras que la austeridad del espíritu romano —representado por las legiones guerreras y la Iglesia romana— se resistió a una escandalosa orgía de opulencia y usura.

Los mercaderes ahora tenían una buena razón para iniciar una nueva «gesta de la civilidad» que ha sido el eufemismo recurrente para encubrir su codicia de riqueza pública y poder estatal. Otra vez, Domingo Elías apareció promoviendo «libertades», esta vez la abolición de la vieja esclavitud negra, mientras él ya se había convertido en el traficante oficial de los culíes, los nuevos esclavos amarillos que sustituirían la mano de obra barata de la costa. Contra estos negociados inmorales se enfrentó Vivanco y el pueblo de la católica Arequipa. Así fue como el espíritu fenicio causó la fronda jacobina de 1854 y el alma romana reaccionó con la fronda ultramontana de 1856.

Ramón Castilla sobrevivió aquellas dos graves pruebas y al final pudo conciliar en la Constitución de 1860 los intereses de los mercaderes del guano, los dogmas del pontificado católico y los principios de los centuriones de la república, pero este equilibrio constitucional nunca pudo crear un «Estado en forma» porque los espíritus fenicio y romano solo habían celebrado un armisticio y la verdadera Constitución de la República Autocrática quedó redactada en los versos del brillante poeta satírico Felipe Pardo y Aliaga:

Yo a un buen Ejecutivo le diría

Por toda atribución: «Coge un garrote,

Y cuidando sin vil hipocresía

Que tu celo ejemplar todo el mundo note,

Tu justicia, honradez y economía,

Y que nadie esté ocioso, ni alborote,

Haz al pueblo el mejor de los regalos:

Dales cultura y bienestar a palos»22.

La desaparición de Castilla en 1867 debilitó gravemente el equilibrio constitucional alcanzado. Los guerreros que sucedieron al desaparecido mariscal eran caudillos menores, enredados en un sinnúmero de gobiernos que terminaron por quebrar el espíritu romano, mientras que los mercaderes embargados por el dispendio y las malas inversiones necesitaban cada vez más las riquezas del Estado para sostenerse.

Fue entonces cuando surgió la segunda gran figura de la «gesta de la civilidad» contra el «militarismo». Fue Manuel Pardo quien cohesionó y lideró a los insatisfechos mercaderes del guano en su conquista del Estado. Así nació la fronda financiera que en 1872 lanzó a la multitud de desempleados de las obras de los ferrocarriles, los braceros, contra los soldados que se negaron a aceptar el dominio del patriciado mercantil, la «argolla», y quienes, como romanos, pagaron con su sangre el haber tratado de evitar que la patria se convirtiera en una república fenicia.

El espíritu mercenario que instauró el civilismo pardista no solo destruyó al Ejército, sino que debilitó a la patria misma, al exponerla ante la codicia de los vecinos externos, quienes resultaron ser los grandes beneficiarios con la riqueza del salitre tras la victoriosa segunda guerra con Chile (1879-1883). A lo largo de aquella infausta guerra, una verdadera «Ilíada» americana, la multitud se hizo guerrilla en los Andes, y gracias a esta guerra fabiana se reanimó el espíritu romano bajo el caudillaje del general Andrés Avelino Cáceres.

Finalizada la contienda, fue restaurada la Constitución de 1860 redactada por los discípulos del gran líder conservador Bartolomé Herrera, con su promesa de equilibro, y los empobrecidos mercaderes del campo y la ciudad fueron convocados para sumarse a la obra de la reconstrucción nacional. Pero cuando el país había sido saneado de las pesadas reparaciones de la guerra, el alma mercantil en falencia quiso asaltar nuevamente las arcas del Estado y copar el poder para repartirse los pocos dividendos de la convaleciente república.

Entonces el espíritu fenicio —sin liderazgo desde la muerte de Pardo—, necesitado de un adalid para una nueva «gesta de civilidad», convocó a su antiguo enemigo, el antipardista Nicolás de Piérola, con el fin de que comandase la fronda de los gamonales de 1894. Fue así como la riqueza desató a la multitud hecha montoneras contra el máximo héroe de la guerra, el Grau de la tierra: el general Cáceres. Con esta nueva felonía se puso fin a la República Autocrática y se dio origen a la llamada República Aristocrática.

III

La República Aristocrática (1895-1930) se fundó gracias a la coalición mercantil conformada por la opulencia agroexportadora del patriciado costeño y la riqueza de los gamonales andinos, que se enfrentaron a la visión romana de los patriotas.

Víctor Andrés Belaunde, que sigue en su análisis a Joaquín Costa, observó que la nueva realidad originó tres fuerzas sociopolíticas: la plutocracia costeña, la burocracia militar y el caciquismo serrano. La conformación tripartita de estos poderes fácticos respondió a la necesidad señorial de domesticar a la multitud para convertirla en una clase ausente, en una clientela electoral de los patricios. Logrado esto, el caudillaje quedaba huérfano de apoyo popular y así desvanecía la clásica dialéctica donde el cesarismo se enfrentaba al patriciado rampante.

Para un venerable Jorge Basadre, historiador de las élites, esta etapa constituyó un «Estado en forma» con una fuerte institucionalidad, que podía servir de modelo arquetípico para el Perú independiente, pero, contrariamente a esta pretensión, un análisis detallado nos demuestra que este fue un régimen sumamente débil, debido a la lucha interminable de las facciones políticas. Esto fue claro hasta para un personero de la opulencia, como el intelectual Javier Prado Ugarteche, quien entendió lo grave del problema del faccionalismo al afirmar que los partidos:

ponen en pugna las fuerzas y las clases sociales, militares, letrados, señores y plebeyos, pobres y ricos, conducen a la división de los elementos nacionales, al odio irreconciliable entre las clases, a la anarquía y al despotismo, a la debilidad interna y, lo que es peor, a la debilidad externa23.

Oswald Spengler, autor de La decadencia de Occidente y creador del concepto de «Estado en forma», nos explica, en su libro Prusianismo y socialismo, que esta noción no se debe confundir con la de «partidos en forma», que son aquellos grupos de interés que actuaban como miniestados dentro de un seudoestado que no logra tener una forma propia. El mismo Spengler nos dice que en este tipo de países es común encontrar tres tipos de partidos. Uno que se identifica con el capitalismo, que es la fórmula del «socialismo inglés»; otro partido que se acerca al militarismo, que es la forma del «socialismo prusiano»; y un tercer partido jesuita, que es la forma del «socialismo español».

En el Perú el Partido Civil del capitalista Pardo fue inglés, mientras que era prusiano el Partido Constitucional del general Cáceres, como jesuita fue el Partido Demócrata del exseminarista Piérola. El civilismo fenicio había logrado dividir al espíritu romano en dos partidos antagónicos, el de los legionarios de Cáceres y el de los montoneros de Piérola. He ahí la razón de la hegemonía del Partido Civil durante estos años.

Pero estos partidos señoriales, con sus feroces pugnas públicas y sus convenientes acuerdos de gabinete, tampoco pudieron crear la institucionalidad deseada y, por tanto, siempre vivieron en la fragilidad que produce una guerra política perpetua que solo era atemperada por cortos armisticios. El poeta José Santos Chocano criticó la hipocresía de este tipo de régimen al que consideraba inferior al cesarismo, diciéndonos:

Solo hay dos formas de gobierno, el gobierno de la fuerza y el gobierno de la farsa. En nuestra América tropical tiene que escogerse entre el gobierno de la fuerza organizadora o el gobierno de la farsa organizada24.

El sucesivo carrusel de facciones en el poder ya estaba gastado para 1919; por eso un astuto aristócrata provinciano, formado en el cálculo del partido inglés, terminó encarnando la irrupción de la pequeña burguesía contra el viejo patriciado mercantil. Abjuró del espíritu fenicio y trató de recrear un régimen de constitucionalidad fuerte, como el que había buscado el general Cáceres. Se llamaba Augusto B. Leguía y gobernaría por once años.

Víctor Andrés Belaunde califica a esta etapa agónica de la vieja república de partidos como un «cesarismo burocrático», por haberse sostenido en la milicia y el caciquismo parlamentario. En realidad, el cesarismo civil que impuso Leguía trató de superar los defectos del faccionalismo aristocrático con una continuidad personal que no sería posible tras la irrupción de las masas en la escena política y el consecuente establecimiento de una República Democrática.

IV

La República Democrática fue prefigurada por un joven Basadre en 1929, cuando pronunció su discurso «La multitud, la ciudad y el campo» en la inauguración del año académico de la Universidad de San Marcos ante el mismo presidente Leguía. Un año después de la caída de este gobernante, el 22 de agosto de 1930, la multitud, las masas en vías de organización, se hicieron presentes. Ahora bien, la acepción de «democracia» que aquí damos es sociológica y no responde a la idea burguesa de un mero deporte electoral.

La nueva irrupción plebeya reintrodujo a la multitud en el escenario político y con ello quedó abierto el camino de la revitalización de la dialéctica césar-patriciado. El liberado espíritu fenicio que había sido limitado por el cesarismo civil de Leguía tenía que impedir a toda costa que aquella «hora de la espada», augurada espléndidamente por el poeta argentino Leopoldo Lugones durante el centenario de la batalla de Ayacucho (1924), se hiciera realidad.

Hasta aquel momento el Perú había conocido a la muchedumbre, tumultum que de cuando en cuando se enrolaba tras un caudillo carismático, pero aquella quería dejar de ser multitud para convertirse en pueblo, populus. Fue entonces que una oligarquía unánime se disfrazó de patriotismo para enfrentar al pueblo de trabajadores con el pueblo en armas.

La necesidad por representar a ese pueblo en formación generó la rival

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