Viajera (Saga Claire Randall 3) (Saga Outlander 3)

Diana Gabaldon

Fragmento

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Prólogo

Cuando era pequeña nunca quería pisar charcos. No porque temiera mojarme los calcetines o pisar gusanos ahogados; era, en general, una criatura sucia, con una bienaventurada indiferencia hacia cualquier tipo de mugre.

Era porque no creía que aquel espejo liso fuera sólo una fina película de agua sobre la tierra sólida. Estaba persuadida de que era una puerta hacia algún espacio insondable. A veces, al ver las diminutas olas provocadas por mi proximidad, pensaba que el charco era profundísimo, un mar sin fondo en el que se ocultaban la perezosa espiral del tentáculo y el brillo de la escama, con la amenaza de enormes cuerpos y dientes agudos a la deriva, silentes, en las remotas profundidades.

Y, entonces, bajando la vista al reflejo, veía mi propia cara redonda y mi pelo rizado en una extensión azul sin contornos, y pensaba en cambio que el charco era la entrada a otro cielo. Si lo pisaba, caería de inmediato y seguiría cayendo, más y más, en el espacio azul.

Sólo había un momento en que osaba caminar a través de un charco: era en el crepúsculo, cuando asomaban las estrellas vespertinas. Si al mirar en el agua veía allí un alfilerazo luminoso, entonces podía chapotear sin miedo, pues si caía en el charco y en el espacio podría aferrarme a esa estrella, al pasar, y estaría segura.

Aún ahora, cuando veo un charco en mi camino, mi mente se detiene a medias (aunque mis pies no lo hagan) y luego sigue adelante, dejando tras de sí sólo el eco del pensamiento: «¿Y si esta vez cayeras?»

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PRIMERA PARTE

La batalla y los amores de los hombres

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1

El festín de los cuervos

Muchos jefes montañeses lucharon,

muchos hombres valientes cayeron,

la muerte misma se pagó muy cara,

todo por el rey y la ley de Escocia.

«Will Ye No Come Back Again?»

16 de abril de 1746

Estaba muerto. Sin embargo, la nariz le palpitaba dolorosamente, cosa que le resultó extraña, dadas las circunstancias. Aunque depositaba una considerable confianza en el entendimiento y la merced de su Creador, albergaba ese residuo de culpa esencial por la que todos tememos la posibilidad del infierno. Aun así, por lo que había oído hablar sobre el averno, le parecía improbable que los tormentos reservados para sus infortunados habitantes pudieran restringirse a un dolor de nariz.

Por otra parte, aquello no podía ser el Cielo. Para empezar, él no lo merecía. Tampoco tenía pinta de serlo. Y, en tercer lugar, dudaba que una fractura de nariz estuviera incluida entre las recompensas para los bendecidos, y no para los condenados.

Si bien se había imaginado siempre el Purgatorio como un sitio gris, las vagas luces rojizas que lo ocultaban todo le parecían adecuadas. Se le estaba despejando un poco la mente y volvía, con lentitud, su facultad de raciocinio. Bastante fastidiado, se dijo que alguien debería atenderlo y decirle exactamente cuál era su sentencia hasta que hubiera sufrido lo suficiente para purificarse y entrar, por fin, en el Reino de Dios. Lo que no tenía claro era si estaba esperando un demonio o un ángel. No tenía ni idea de cuáles eran los requisitos del Purgatorio; los curas que le dieron clases de pequeño no abordaban ese tema.

Mientras esperaba, comenzó a hacer inventario de cualquier otro tormento que se le exigiera soportar. Tenía numerosos cortes, chichones y cardenales aquí y allá; estaba casi seguro de haberse fracturado otra vez el dedo anular derecho; era difícil protegerlo por el modo en que sobresalía, con la articulación anquilosada. Pero nada de eso era tan malo. ¿Qué más?

Claire. El nombre le apuñaló el corazón con el dolor más atroz que su cuerpo hubiera soportado hasta entonces.

De haber seguido teniendo cuerpo, estaba convencido de que esto habría duplicado la agonía. Cuando la envió de vuelta al círculo de piedras ya sabía que se sentiría así. La angustia existencial era el sentimiento habitual en el Purgatorio, y él ya suponía que el dolor por la separación sería su mayor castigo, suficiente —pensó—, para expiar todo lo que había hecho: incluyendo el asesinato y la traición.

Ignoraba si a la gente del Purgatorio se le permitía rezar, pero igualmente lo intentó. «Señor —oró—, que ella esté a salvo. Ella y la criatura.» Estaba seguro de que Claire habría llegado al círculo; con sólo dos meses de embarazo, aún era ligera de piernas... y terca como ninguna otra mujer que conociese. Pero si había logrado efectuar la peligrosa transición al lugar del que había venido (deslizándose precariamente por los misteriosos estratos que yacían entre el entonces y el ahora, indefensa en el abrazo de la roca), no lo sabría jamás; el mero hecho de pensarlo bastó para hacerle olvidar hasta el palpitar de la nariz.

Al reanudar su interrumpido inventario de males físicos, lo afligió más de lo habitual descubrir que parecía faltarle la pierna izquierda. La sensación se cortaba en la cadera, con una serie de aguijonazos que le hacían cosquillas en la articulación. Suponía que la recuperaría a su debido tiempo, ya fuera cuando llegara al Cielo o, por lo menos, el día del Juicio Final. A fin de cuentas su cuñado Ian se las arreglaba muy bien con la estaca de madera que reemplazaba su pierna perdida.

Con todo, aquello hirió su vanidad. Ah, ahí estaba la cosa: un castigo destinado a curarlo del pecado de vanidad. Apretó mentalmente las mandíbulas, decidido a aceptar lo que viniera con fortaleza y con tanta humildad como fuese posible. Aun así no pudo evitar alargar una mano exploratoria (o lo que fuera que estaba usando como mano) para ver dónde terminaba ahora el miembro.

La mano chocó con algo duro; los dedos se enredaron en pelo húmedo y enmarañado. Se incorporó de golpe y, con algún esfuerzo, rompió la capa de sangre seca que le sellaba los párpados. La memoria volvió en un torrente, haciéndole gruñir en voz alta. Se había equivocado. Estaba en el infierno, sí. Pero, por desgracia, James Fraser no estaba muerto, después de todo.

Tenía el cuerpo de un hombre cruzado sobre el suyo. El peso muerto le aplastaba la pierna izquierda, lo que explicaba la ausencia de sensibilidad. La cabeza, pesada como una bala de cañón, descansaba boca abajo sobre su abdomen; el pelo apelmazado caía, oscuro, sobre el lienzo mojado de su camisa. Dio un tirón brusco, presa del pánico; la cabeza rodó de costado hasta su regazo y un ojo entreabierto miró cegado hacia arriba, tras los protectores mechones de pelo.

Era Jonathan Randall; su fina chaqueta roja de capitán estaba tan oscurecida por la humedad que parecía casi negra. Jamie hizo un torpe esfuerzo por apartar el cadáver, pero se descubrió asombrosamente débil; su mano se estiró sin fuerzas contra el hombro de Randall; el codo del otro brazo cedió de súbito cuando trató de apoyarse. Estaba otra vez tumbado de espaldas, con el cielo gris de la nevisca vertiginosamente arremolinado en lo alto. La cabeza de Jonathan Randall se movía de forma obscena en su vientre, hacia arriba y hacia abajo, al compás de sus jadeos.

Presionó con las manos el suelo pantanoso (el agua se elevó entre sus dedos, fría, empapando la parte posterior de su camisa) y se retorció hacia un lado. El calor había quedado atrapado entre ellos y, cuando se fue liberando poco a poco del peso de aquel cuerpo sin vida, la gélida lluvia azotó su carne expuesta con la potencia de un golpe, y se estremeció con violencia al sentir el repentino abrazo del frío.

Mientras se debatía en el suelo, luchando con los pliegues arrugados de su manta escocesa, le llegaron sonidos por encima del ulular del viento de abril: gritos lejanos y gemidos, como un reclamo de fantasmas en el viento. Y por encima de todo, el bullicioso graznido de los cuervos. Docenas de cuervos, a juzgar por el ruido.

Aquello era extraño, pensó difusamente. Las aves no volaban con semejante tormenta. Con un esfuerzo final, logró liberar la manta de su cuerpo y se cubrió con torpeza con ella. Al estirarse para cubrir las piernas vio que tenía la falda y la pierna izquierda empapadas de sangre. El espectáculo no lo afligió; ofrecía apenas un vago interés por el contraste de las manchas de color rojo oscuro contra el verde agrisado del páramo que lo rodeaba. Los ecos de la batalla se esfumaron de sus oídos y abandonó el campo de Culloden entre el reclamo de los cuervos.

Despertó mucho después, al oír que lo llamaban por su nombre:

—¡Fraser! ¡Jamie Fraser! ¿Estás aquí?

«No —pensó aturdido—. No estoy.» Dondequiera que hubiese estado durante su inconsciencia, era un lugar mejor que aquél. Yacía en un pequeño declive medio anegado de agua. El aguanieve por fin había cesado, pero el viento seguía ululando por el páramo, punzante y gélido. El cielo había oscurecido hasta vestirse de negro casi por completo; debía de aproximarse el ocaso.

—Te digo que lo he visto bajar por aquí. Cerca de un gran matorral de aliagas. —La voz sonaba lejana, apagándose mientras discutía con alguien.

Hubo un susurro cerca de su oído. Al girar la cabeza vio al cuervo en la hierba, a treinta centímetros de distancia: un borrón de plumas negras agitadas por el viento, que lo miraba con un ojo brillante como una cuenta de vidrio. Como si hubiera decidido que él no representaba amenaza alguna, movió el cuello con desenvoltura y hundió el pico afilado y grueso en el ojo de Jonathan Randall.

Jamie se agitó con un grito de asco y un movimiento nervioso que puso al cuervo en fuga dando graznidos de alarma.

—¡Sí! ¡Por allí!

Hubo un chapoteo en el suelo pantanoso, una cara ante él, y la bienvenida sensación de una mano en el hombro.

—¡Está vivo! ¡Ven, MacDonald! Ven, échame una mano. No podrá caminar solo.

Eran cuatro. Lo levantaron con bastante esfuerzo; sus brazos pendían, inertes, sobre los hombros de Ewan Cameron e Iain MacKinnon.

Habría querido decirles que lo dejaran; al despertar había recordado su intención de morir. Pero la dulzura de aquella compañía era irresistible. El descanso había devuelto la sensación a su pierna entumecida, haciéndole comprender la gravedad de la herida. De cualquier modo moriría pronto; gracias a Dios, no tendría que hacerlo solo, en la oscuridad.

—¿Agua?

Notó el borde de la taza en los labios. Se incorporó lo suficiente para beber, con cuidado de no derramarla. Una mano le oprimió la frente durante un segundo y se retiró sin comentarios.

Estaba ardiendo; cuando cerraba los ojos podía sentir las llamas detrás de ellos. El calor le había agrietado los labios y los tenía doloridos, pero los escalofríos que lo recorrían a intervalos eran mucho peores. Por lo menos cuando tenía fiebre podía yacer inmóvil; los escalofríos despertaban los demonios que dormían en su pierna.

Murtagh. Tenía una sensación horrible con respecto a su padrino, pero ningún recuerdo que le diera forma. Murtagh había muerto; sabía que así era, pero ignoraba cómo o por qué lo sabía. La mitad del ejército de las Highlands había muerto, masacrado en el páramo; al menos eso deducía por lo que conversaban los hombres en la granja, aunque por su parte no recordaba la batalla.

No era la primera vez que combatía con un ejército y sabía que esa pérdida de memoria no era extraña entre los soldados, ya lo había visto en otros hombres aunque nunca la hubiera experimentado personalmente. Sabía que los recuerdos volverían y esperaba estar muerto para entonces. Se retorció al pensarlo y el movimiento le provocó una blanca punzada de dolor caliente que le recorrió la pierna y le arrancó un gruñido.

—¿Va todo bien, Jamie? —Ewan, a su lado, se incorporó sobre un codo, con la cara preocupada, pálida a la luz del alba. Un vendaje manchado de sangre le rodeaba la cabeza; tenía marcas herrumbrosas en el cuello de la camisa, por el roce de una bala en el cuero cabelludo.

—Sí, me las arreglo. —Alzó una mano para tocar a Ewan en el hombro, en señal de gratitud. Ewan le dio unas palmaditas y volvió a acostarse.

Los cuervos eran negros, negros como la noche. La oscuridad los había adormecido, pero regresarían al alba. Los cuervos eran pájaros de guerra y habían venido a darse un festín con la carne de los caídos. Jamie pensó que podrían haber sido sus ojos los que picotearan esas crueles aves. Podía sentir la forma de sus globos oculares por debajo de sus párpados, redondos y calientes, sabrosos bocados gelatinosos rodando inquietos de un lado para otro buscando el olvido en vano mientras el sol creciente le teñía los párpados de un rojo oscuro y sanguinolento.

Cuatro de los hombres hablaban en voz baja al lado de la única ventana de la granja.

—¿Tratar de correr? —dijo uno, señalando hacia fuera con un cabezazo—. Por Dios, hombre, el que mejor está apenas puede andar a trompicones. Y seis de nosotros no están en condiciones de dar un paso.

—Si podéis huir, hacedlo —dijo un hombre desde el suelo. Señaló con una mueca su propia pierna, envuelta en los restos de una colcha andrajosa—. No os quedéis por nosotros.

Duncan MacDonald se apartó de la ventana con una sonrisa lúgubre, meneando la cabeza. La luz de la ventana recortaba los rasgos rudos de su rostro, acentuando las arrugas de la fatiga.

—No, esperaremos —dijo—. Para empezar, los ingleses pululan como piojos por aquí; desde la ventana se los ve en bandadas. En estos momentos nadie podría escapar entero de Drumossie.

—Ni siquiera los que huyeron ayer del campo de batalla podrán llegar lejos —intervino MacKinnon con suavidad—. ¿No oísteis las tropas inglesas que pasaban por la noche, a marcha forzada? ¿Creéis que les costaría mucho capturar a nuestro miserable grupo?

Ante eso no hubo respuesta; todos la conocían demasiado bien. Antes de la batalla ya eran muchos los escoceses que apenas podían mantenerse en pie, debilitados como estaban por el frío, la fatiga y el hambre.

Jamie volvió la cara a la pared, rezando por que sus hombres hubieran partido con tiempo suficiente. Lallybroch estaba muy lejos; si lograban distanciarse bastante de Culloden, era improbable que los atraparan. Sin embargo, Claire le había dicho que las tropas de Cumberland asolarían las Highlands, adentrándose mucho por su sed de venganza.

Esta vez, al pensar en ella sólo sintió una oleada de terrible nostalgia. ¡Dios, tenerla allí, sentir sus manos curándole las heridas, refugiar la cabeza en su regazo! Pero ella se había ido; estaba a doscientos años de distancia... ¡Gracias al Señor! Las lágrimas le gotearon lentamente entre los párpados cerrados y a pesar del dolor que sintió al moverse se puso de lado para que los demás no se dieran cuenta.

«Señor, que esté a salvo —rezó—. Ella y la criatura.»

A media tarde, el aire se cargó súbitamente de olor a quemado; entraba por la ventana sin vidrios, más denso que el humo de pólvora negra, picante, con un deje vagamente horrible porque recordaba a la carne asada.

—Están quemando a los muertos —dijo MacDonald. En todo el tiempo que llevaban en la cabaña apenas se había apartado de su asiento junto a la ventana. Él mismo parecía una calavera, con el pelo negro por el carbón y apelmazado por la tierra, recogido hacia atrás para descubrir un rostro en el que asomaban todos los huesos.

Aquí y allá, en el páramo, sonaban chasquidos leves. Disparos de pistola. Los tiros de gracia, administrados por los oficiales ingleses dotados de alguna compasión, antes de que un pobre diablo vestido de tartán fuera arrojado a la pira, con sus camaradas más afortunados. Cuando Jamie levantó la vista, Duncan MacDonald seguía sentado junto a la ventana, pero tenía los ojos cerrados.

A su lado, Ewan Cameron se persignó.

—Quiera Dios que nosotros recibamos la misma misericordia —susurró.

Así fue. Apenas pasado el mediodía de la segunda jornada, unos pies calzados con botas se aproximaron a la granja, y la puerta se abrió sobre silenciosos goznes de cuero.

—Por Dios. —Fue una exclamación sofocada ante la escena que se veía dentro de la casa. La corriente de aire que entró por la puerta agitó el aire fétido sobre cuerpos mugrientos, desharrapados y cubiertos de sangre, tendidos o sentados y encorvados en el suelo de tierra apisonada.

Nadie había mencionado la posibilidad de una resistencia armada; no tenían ánimos y sería inútil. Los jacobitas permanecieron sentados, esperando conocer la voluntad del visitante.

Era un comandante, limpio y reluciente con su uniforme planchado y sus botas lustradas. Tras un momento de vacilación para inspeccionar a los habitantes, entró seguido de cerca por su teniente.

—Soy lord Melton —dijo mirando a su alrededor, como si buscara al líder de aquellos hombres, a quien sería más correcto dirigir sus comentarios.

Después de devolverle la mirada, Duncan MacDonald se levantó con lentitud e inclinó la cabeza.

—Duncan MacDonald, de Glen Richie —dijo—. Y otros —hizo un ademán con la mano— que formaban parte de las fuerzas de Su Majestad, el rey Jacobo.

—Eso imaginaba —dijo el inglés, seco. Era joven, de unos treinta años, pero tenía el porte y la seguridad de un militar avezado. Miró deliberadamente a los hombres, de uno en uno; luego hundió la mano en su chaqueta para sacar un papel plegado—. Aquí tengo una orden de su gracia, el duque de Cumberland —dijo—, autorizando la ejecución inmediata de cualquier hombre que haya participado en la traidora rebelión que acaba de terminar. —Recorrió una vez más con la vista los confines de la cabaña—. ¿Hay aquí alguno que se proclame inocente de traición?

Hubo un levísimo aliento de risa entre los escoceses. ¿Inocentes, con el humo de la batalla todavía ennegreciéndoles la cara? ¿Allí, al borde del matadero?

—No, milord —dijo MacDonald con una ligera sonrisa en los labios—. Traidores, todos. ¿Se nos va a ahorcar, pues?

Melton contrajo la cara en una pequeña mueca de disgusto; luego volvió a su gesto imperturbable. Era un hombre liviano, de huesos finos, a pesar de lo cual llevaba bien la autoridad.

—Serán fusilados —dijo—. Tienen una hora para prepararse. —Vacilando, miró a su teniente, como si temiera parecer demasiado generoso ante el subordinado, pero continuó—: Si alguno de ustedes desea útiles de escritura para redactar una carta, los atenderá el escribiente de mi compañía.

Después de saludar brevemente a MacDonald con la cabeza, giró sobre los talones y se retiró.

Fue una hora lúgubre. Unos pocos aprovecharon el ofrecimiento de pluma y tinta y se pusieron a garabatear con ten­a­cidad sujetando sus papeles contra la inclinada chimenea de madera a falta de una superficie más firme sobre la que poder escribir. Otros oraban en silencio o se limitaban a esperar, sin levantarse.

MacDonald había implorado misericordia para Giles McMartin y Frederick Murray, argumentando que apenas tenían diecisiete años y no se los podía castigar igual que a sus mayores. La solicitud fue denegada; los muchachos permanecían sentados con la espalda contra la pared, pálidos y cogidos de la mano.

Jamie sintió un profundo pesar por ellos... y por los otros que estaban allí, amigos leales y soldados valientes. Por él sólo experimentaba alivio. Ya no tenía por qué preocuparse, ni tenía nada que hacer. Había hecho todo lo que había podido por sus hombres, su mujer y su hijo nonato. Esa miseria física estaba a punto de terminar y se entregaría a esa paz agradecido.

Más por salvar las formas que por necesidad, cerró los ojos para rezar el acto de contrición en francés, como siempre lo hacía: «Mon Dieu, je regrette...» Pero no se arrepentía de nada. Era demasiado tarde para arrepentimientos.

Se preguntó si al morir se encontraría inmediatamente con Claire. O tal vez, como esperaba, estaría condenado por un tiempo a la separación. En cualquier caso la volvería a ver; se aferraba a esa convicción con más firmeza de la que confería a los principios de la Iglesia. Dios se la había entregado y ahora se la devolvería.

Olvidando la oración, empezó a conjurar su rostro tras los párpados: la curva de la mejilla y la sien, esa frente ancha y despejada que siempre lo incitaba a besarla, justo allí, en ese punto suave entre las cejas, en la punta de la nariz, entre los claros ojos ambarinos. Centró toda su atención en la forma de su boca y se imaginó con todo detalle la generosa y dulce curvatura de sus labios, su sabor, el tacto y el placer que encontraba en ellos. Los sonidos de las oraciones, el garabateo de las plumas y los suaves y entrecortados sollozos de Giles McMartin abandonaron sus oídos.

A media tarde regresó Melton, esta vez seguido por seis soldados, además del teniente y el escribiente. Una vez más se detuvo en el umbral de la puerta, pero MacDonald se levantó antes de que pudiera decir nada.

—Yo seré el primero —dijo. Y cruzó la cabaña con paso firme. Sin embargo, cuando inclinó la cabeza para cruzar la puerta, lord Melton le apoyó una mano en la manga.

—¿Quiere darme su nombre completo, señor? Mi subordinado tomará nota.

MacDonald echó un vistazo al escribiente, con una sonrisa amarga pugnando por aparecer en su boca.

—Una lista de trofeos, ¿no? Bien. —Se encogió de hombros irguiendo la espalda—. Duncan William MacLeod MacDonald, de Glen Richie. —Hizo una cortés reverencia a lord Melton—. A su servicio... señor.

Cruzó la puerta. Poco después se oyó un disparo a corta distancia.

A los muchachos se les permitió ir juntos y cruzaron la puerta cogidos con fuerza de la mano. A los demás se los sacó fuera de uno en uno; a cada cual se le preguntó el nombre para que el escribiente pudiera registrarlo. El escribiente estaba sentado en un taburete junto a la puerta con la cabeza inclinada sobre sus papeles y no levantaba la vista cuando los hombres pasaban por su lado.

Cuando llegó el turno de Ewan, Jamie forcejeó para incorporarse sobre los codos y le estrechó la mano con tanta fuerza como pudo.

—Pronto volveremos a vernos —susurró.

A Ewan Cameron le temblaba la mano, pero se limitó a sonreír. Luego se inclinó para besar a Jamie en la boca y salió.

Quedaban los seis que no podían caminar.

—James Alexander Malcolm MacKenzie Fraser —dijo él con lentitud para que el escribiente tuviera tiempo de anotarlo bien—. Señor de Broch Tuarach. —Lo deletreó con paciencia; luego levantó la vista hacia Melton—. Debo pedirle, milord, la cortesía de ayudarme a ponerme en pie.

En vez de responderle, Melton lo miraba fijamente; su expresión de remoto disgusto había dado paso a una mezcla de estupefacción y de algo parecido al horror.

—¿Fraser? —repitió—. ¿De Broch Tuarach?

—Ése soy yo —confirmó Jamie con paciencia. ¿No se daría un poco de prisa aquel hombre? Una cosa era resignarse a ser fusilado y otra muy distinta escuchar cómo mataban a tus amigos; aquello no calmaba los nervios, precisamente. Le temblaron los brazos cuando intentó incorporarse y sus tripas, que no compartían la resignación de sus facultades mentales, se retorcieron emitiendo un espantoso gorgoteo.

—Por todos los diablos —murmuró el inglés. Se inclinó para mirar bien a Jamie, que yacía a la sombra de la pared. Luego hizo una seña a su teniente—. Ayúdenme a llevarlo a la luz —ordenó.

No lo hicieron con suavidad; Jamie gruñó durante el traslado, que le provocó un rayo de dolor desde la pierna izquierda hasta la coronilla. Se quedó aturdido un momento y no escuchó lo que Melton le estaba diciendo.

—¿Es usted el jacobita al que llaman «Jamie el Rojo»? —preguntó éste otra vez, con impaciencia.

Aquello provocó un relampagueo de miedo en Jamie; si se enteraban de que era el conocido Jamie el Rojo, no lo fusilarían. Lo llevarían a Londres para juzgarlo, encadenado, como botín de guerra. Después, la cuerda del verdugo y yacer medio asfixiado en el patíbulo hasta que le abrieran el vientre y le arrancaran las entrañas. Sus tripas despidieron otro gorgoteo largo y resonante; a ellas tampoco les gustaba la idea.

—No —dijo con tanta firmeza como pudo reunir—. Terminemos de una vez, ¿eh?

Sin prestarle atención, Melton se dejó caer sobre las rodillas para desgarrarle el cuello de la camisa. Luego cogió a Jamie por el pelo y le echó la cabeza hacia atrás.

—¡Maldición! —dijo, clavándole un dedo en la garganta justo por encima de la clavícula. Allí había una pequeña cicatriz triangular que parecía ser la causa de la preocupación de su interrogador—. James Fraser, de Broch Tuarach; pelo rojo y una cicatriz triangular en el cuello.

Melton le soltó el pelo y se sentó sobre los talones, frotándose el mentón con aire distraído. Luego, ya tomada la decisión, se volvió hacia el teniente y señaló con un gesto a los cinco hombres que restaban en la cabaña.

—Llévense a los demás —ordenó. Tenía las rubias cejas unidas en una profunda arruga. Se irguió ante Jamie con el ceño fruncido mientras conducían fuera a los otros prisioneros escoceses—. Tengo que pensar —murmuró—. ¡Maldita sea, tengo que pensar!

—Hágalo, si puede —dijo Jamie—. Por mi parte, necesito acostarme.

Lo habían incorporado y tenía la espalda apoyada en la pared más alejada y las piernas estiradas, pero aquella posición era más de lo que podía soportar tras haber estado dos días tendido boca arriba. La estancia se tambaleaba embriagada y veía lucecitas parpadeantes. Se inclinó hacia un lado y se tumbó abrazándose al suelo sucio con los ojos cerrados, esperando a que se le pasara el mareo.

Melton murmuraba por lo bajo y Jamie no llegó a distinguir las palabras; de todas formas y en cualquier caso, no le interesaban mucho. Así, sentado a la luz del sol, se había visto la pierna con claridad por primera vez; estaba casi seguro de que no viviría lo suficiente para que lo ahorcaran.

El rojo intenso de la inflamación se extendía desde la mitad del muslo hacia arriba, mucho más visible que las manchas de sangre seca. La herida en sí estaba purulenta; como ya había disminuido el hedor de los otros hombres, le era posible percibir el olor dulzón del pus. De cualquier modo, una rápida bala en la cabeza parecía mil veces preferible al dolor y el delirio de la muerte causada por la infección. «¿Oírás el disparo?», se preguntó, y se adormeció, con la tierra fresca bajo la mejilla ardiente, delicada y reconfortante como el pecho de una madre.

En verdad no estaba dormido, sino adormilado por el sopor de la fiebre, pero la voz de Melton en su oído lo espabiló bruscamente.

—Grey —dijo la voz—. ¡John William Grey! ¿Recuerdas ese nombre?

—No —dijo él, desorientado por el sueño y la fiebre—. Mira, mátame o vete, ¿quieres? Estoy enfermo.

—Cerca de Carryarrick. —La voz de Melton lo acicateaba con impaciencia—. Un jovencito, un muchacho rubio de unos dieciséis años. Lo encontraste en el bosque.

Jamie bizqueó hacia su torturador. La fiebre le distorsionaba la visión, pero le pareció ver algo vagamente familiar en aquel rostro de finos huesos y ojos grandes, casi de niña.

—Ah —dijo, rescatando una cara de entre el raudal de imágenes que se arremolinaba sin orden ni concierto en su cerebro—, el chiquillo que trató de matarme. Sí, lo recuerdo.

Cerró los ojos de nuevo. Debido a la fiebre, una sensación parecía fundirse con otra. Le había roto el brazo a John William Grey; el recuerdo del delicado hueso bajo su mano se convirtió en el antebrazo de Claire, al arrancarla de entre las piedras. La brisa fresca y brumosa le acarició la cara con los dedos de Claire.

—¡Despierta, maldito seas! —La cabeza se le balanceó sobre el cuello. Melton lo sacudía con impaciencia—. ¡Escúchame!

Jamie abrió los ojos, fatigado.

—¿Sí?

—John William Grey es mi hermano —dijo Melton—. Él me habló de su encuentro contigo. Le perdonaste la vida y te hizo una promesa. ¿Es cierto?

Con gran esfuerzo, Jamie hizo retroceder su mente. Había encontrado al chico dos días antes de la primera batalla de la rebelión, la victoria escocesa de Prestonpans. Los seis meses transcurridos desde entonces parecían un vasto abismo, por las muchas cosas que habían sucedido en aquel tiempo.

—Lo recuerdo, sí. Prometió matarme. No me molestaría que lo hicieras por él.

Se le estaban cayendo los párpados otra vez. ¿Debía permanecer despierto para que lo fusilaran?

—Dijo que tenía una deuda de honor contigo. Y es cierto. —Melton se levantó, sacudiéndose las rodilleras de los pantalones de montar, y se volvió hacia el teniente que observaba el interrogatorio con evidente desconcierto—. Qué situación tan malhadada, Wallace. Este... este jacobita es famoso. ¿No ha oído usted hablar de Jamie el Rojo? ¿El que figura en los car­teles?

El teniente asintió, mirando con curiosidad la silueta desaliñada que yacía a sus pies sobre el polvo. Melton sonrió con amargura.

—No, ahora no parece tan peligroso, ¿verdad? Pero aun así es Jamie Fraser el Rojo. A su gracia le causaría un enorme placer enterarse de que tenemos a un prisionero tan ilustre. Aún no han hallado a Carlos Estuardo, pero unos cuantos jacobitas conocidos serán igualmente gratos para las turbas de Tower Hill.

—¿Debo enviar un mensaje a su gracia? —El teniente alargó la mano hacia la caja de los mensajes.

—¡No! —Melton giró en redondo fulminando con la mirada a su prisionero—. ¡Ahí está el problema! Aparte de ser excelente carne de patíbulo, esta ruina cochambrosa es también el hombre que capturó al menor de mis hermanos, cerca de Preston, y en vez de matarlo, que era lo que el crío merecía, le perdonó la vida y lo devolvió a sus compañeros. De ese modo —añadió entre dientes— mi familia contrajo una maldita deuda de honor.

—Dios mío —dijo el teniente—. Así que no puede usted entregarlo a su gracia, después de todo.

—¡No, maldita sea! ¡No puedo siquiera fusilar a este cretino sin faltar al juramento de mi hermano!

El prisionero abrió un ojo.

—Puedes faltar a él; no se lo diré a nadie —sugirió. Y volvió a cerrarlo rápidamente.

—¡Cállate! —Ya perdidos por completo los estribos, Melton pateó al prisionero, que lanzó un quejido ante el impacto, pero no dijo nada más.

—Podríamos fusilarlo bajo un nombre supuesto —sugirió el teniente por ayudar.

Lord Melton lanzó a su asistente una mirada de fulminante desdén. Luego echó un vistazo a la ventana para calcular la hora.

—Dentro de tres horas habrá oscurecido. Supervisaré el entierro de los otros ejecutados. Busque usted una carreta pequeña y haga que la llenen de heno. Consiga un carretero. Elija a una persona discreta, Wallace, es decir... sobornable. Que esté aquí con el vehículo en cuanto oscurezca.

—Sí, señor. Eh... ¿señor? ¿Qué hacemos con el prisionero? —El teniente señaló con timidez el cuerpo tendido en el suelo.

—¿Que qué hacemos con él? —repitió Melton, brusco—. Débil como está, no puede siquiera arrastrarse, mucho menos caminar. No irá a ninguna parte... al menos hasta que llegue la carreta.

—¿Carreta? —El prisionero mostraba señales de vida. De hecho, bajo el estímulo de la agitación había logrado incorporarse sobre un codo. Sus ojos azules inyectados en sangre brillaron alarmados por entre las puntas de su apelmazado pelo rojo—. ¿Adónde me envías?

Melton se volvió desde la puerta con una mirada de intenso disgusto.

—Eres el señor de Broch Tuarach, ¿no? Bueno, pues allí te envío.

—¡Pero no quiero ir a casa! ¡Quiero que se me fusile!

Los ingleses intercambiaron una mirada.

—Delira —dijo el subordinado con elocuencia.

Melton asintió.

—Dudo que sobreviva al viaje, pero al menos su muerte no caerá sobre mi conciencia.

La puerta se cerró con firmeza tras los ingleses, dejando a Jamie Fraser muy solo... y aún con vida.

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2

Se inicia la búsqueda

Inverness

2 de mayo de 1968

—¡Por supuesto que murió! —La voz de Claire sonaba áspera por la agitación y retumbaba con fuerza en el estudio medio vacío, produciendo ecos entre las estanterías llenas de libros revueltos. Estaba apoyada en la pared revestida de corcho, como una prisionera que esperara al pelotón de fusilamiento, mirando alternativamente a su hija y a Roger Wakefield.

—No creo. —Roger se sentía terriblemente cansado. Después de frotarse la cara con una mano, recogió del escritorio una carpeta que contenía toda la investigación que había hecho desde que Claire y su hija le pidieron ayuda, tres semanas atrás.

Abrió la carpeta y hojeó muy despacio el contenido. Los jacobitas de Culloden. El Alzamiento de 1745. Los valientes escoceses que se habían agrupado bajo el estandarte de Carlos Estuardo, el príncipe, atravesando Escocia como una espada flamígera... sólo para caer en la ruina y la derrota contra el duque de Cumberland, en el páramo gris de Culloden.

—Toma —dijo retirando varias páginas cosidas. La arcaica escritura parecía extraña en la nitidez de la fotocopia—. Aquí tienes la nómina del regimiento de Lovat.

Tendió las hojas a Claire, pero fue Brianna, su hija, quien las cogió y comenzó a volver las páginas, con una leve arruga entre las cejas rojizas.

—Lee este encabezamiento —dijo Roger—. Donde dice «Oficiales».

—Está bien. «Oficiales» —leyó ella en voz alta—: «Simon, amo de Lovat...»

—El Joven Zorro —interrumpió Roger—. El hijo de Lovat. Y cinco nombres más, ¿no?

Brianna lo miró enarcando una ceja, pero continuó con la lectura.

—«William Chisholm Fraser, teniente; George D’Amerd Fraser Shaw, capitán; Duncan Joseph Fraser, teniente; Bayard Murray Fraser, comandante.» —Hizo una pausa para tragar saliva antes de leer el último nombre—. «James Alexander Malcolm MacKenzie Fraser, capitán.» —Bajó los papeles, algo pálida—. Mi padre.

Claire se le acercó para estrecharle el brazo. Ella también estaba pálida.

—Sí —le dijo a Roger—. Sé que fue a Culloden. Cuando me dejó allí... en el círculo de piedra... pensaba volver al campo de Culloden para rescatar a sus hombres, que estaban con Carlos Estuardo. Y sabemos que lo hizo. —Señaló con la cabeza la carpeta del escritorio, limpia e inocente la superficie de papel manila a la luz de la lámpara—. Tú hallaste sus nombres. Pero... pero... Jamie... —Pronunciar el nombre en voz alta parecía conmoverla; cerró los labios con fuerza.

Ahora le tocaba a Brianna dar apoyo a su madre.

—Has dicho que tenía intención de regresar. —Sus ojos alentadores, de un azul oscuro, estaban fijos en la cara de Claire—. Quería sacar a sus hombres del campo y luego volver a la batalla.

La madre asintió, recobrándose un poco.

—Sabía que no eran muchas las posibilidades de escapar; si lo atrapaban los ingleses... Dijo que prefería morir en combate. Ésa era su intención. —Se volvió hacia Roger; sus ojos ambarinos eran inquietantes. Parecían ojos de halcón, como si ella pudiera ver mucho más lejos que la mayoría—. No puedo creer que no muriera allí. ¡Cayeron tantos...! ¡Y él lo quería!

Casi la mitad del ejército de las Highlands había muerto en Culloden, derribado por una ráfaga de cañonazos y fuego de mosquetes. Pero Jamie Fraser, no.

—No —dijo Roger con obstinación—. Ese fragmento del libro de Linklater que os leí... —Alargó la mano hacia un volumen blanco, titulado El príncipe en los brezales—. «Después de la batalla» —leyó—, «dieciocho oficiales jacobitas heridos se refugiaron en una granja, cerca del páramo. Allí penaron durante dos días, con las heridas sin curar. Al terminar ese período los sacaron fuera y los fusilaron. Un hombre llamado Fraser, del regimiento de Lovat, escapó a la matanza. El resto fue sepultado extramuros». ¿Veis? —añadió, mirando con severidad a las dos mujeres por encima del libro—. Un oficial del regimiento de Lovat.

Cogió las hojas de la nómina.

—¡Y aquí están! Sólo seis. Ahora bien: sabemos que el hombre de la granja no puede haber sido Simon el Joven, porque es un personaje histórico muy conocido y estamos bien enterados de lo que le sucedió. Se retiró del campo de batalla con un grupo de sus hombres, sin herida alguna, y marchó hacia el norte, combatiendo, hasta llegar al castillo de Beaufort, cerca de aquí. —Señaló vagamente las luces de la noche de Inverness, que titilaban sin fuerza al otro lado de la enorme ventana—. El hombre que escapó de la granja de Leanach tampoco era uno de los otros cuatro oficiales: William, George, Duncan, Bayard. ¿Por qué? —Sacó otro papel de la carpeta para blandirlo con aire casi triunfal—. ¡Porque todos ellos murieron en Culloden! Los cuatro fueron ejecutados en el campo; sus nombres figuran en una placa de la iglesia de Beauly.

Claire dejó escapar un largo suspiro; después se instaló en el viejo sillón de cuero, detrás del escritorio.

—Por los clavos de Roosevelt —dijo. Se inclinó hacia delante con los ojos cerrados, apoyando los codos en el escritorio, y escondió la cabeza entre las manos; el pelo castaño, denso y rizado, cayó ocultándole la cara. Brianna le puso una mano en la espalda, preocupada. Era una muchacha alta, de huesos grandes, y su larga cabellera roja centelleaba a la luz cálida de la lámpara.

—Si no murió... —empezó vacilando.

Claire levantó bruscamente la cabeza.

—¡Murió, por supuesto! —dijo. Tenía la cara tensa, con pequeñas arrugas visibles alrededor de los ojos—. Por Dios, han pasado doscientos años. ¡Muriera en Culloden o no, ya no existe!

Ante la vehemencia de su madre, Brianna dio un paso atrás y bajó la cabeza; el pelo rojo, como el de su padre, quedó colgando junto a la mejilla.

—Supongo que sí —susurró.

Roger notó que estaba conteniendo las lágrimas. Había una explicación: enterarse en tan poco tiempo de que, primero, el hombre al que había amado y llamado «papá» toda la vida no era su padre; segundo, que su verdadero padre era un escocés que vivió en las Highlands doscientos años atrás; y tercero, que con toda probabilidad había perecido de alguna manera horrible, inconcebiblemente lejos de la esposa y de la hija por quienes se había sacrificado... Eso desquiciaba a cualquiera, se dijo Roger.

Se acercó a Brianna para tocarle el brazo. Ella le lanzó una breve y distraída mirada mientras trataba de sonreír y Roger la rodeó con los brazos. E incluso a pesar de la lástima que sentía por el dolor de la muchacha no pudo evitar pensar en la maravillosa sensación que le provocó abrazar su cuerpo cálido, suave y tierno al mismo tiempo.

Claire seguía sentada ante el escritorio, inmóvil. Los amarillos ojos de halcón tenían ahora un color más suave, por la lejanía del recuerdo. Descansaban mirando sin ver la pared oriental del estudio, aún cubierta desde el suelo hasta el techo de notas y recuerdos dejados por el reverendo Wakefield, el difunto padre adoptivo de Roger.

Roger también clavó los ojos en la pared y vio la invitación a la reunión anual enviada por la Sociedad de la Rosa Blanca, aquellas almas entusiastas y excéntricas que seguían apoyando la causa de la independencia escocesa y se reunían para rendir un nostálgico tributo a Carlos Estuardo y a los héroes de las High­lands que le dieron su apoyo.

El historiador carraspeó un poco.

—Eh... Si Jamie Fraser no murió en Culloden... —dijo.

—Es probable que muriera muy poco después. —Claire lo miró de frente; la serenidad había vuelto a sus ojos color miel—. Tú no tienes ni idea de lo que fue aquello. En las Highlands había hambruna; los hombres que fueron a la batalla llevaban varios días sin comer. Él estaba herido; eso lo sabemos. Aun si escapó, no había nadie... nadie que lo atendiera. —La voz se le rompió al decirlo; en la actualidad era médico; por aquel entonces, veinte años atrás, al salir del círculo de piedras para encontrar su destino junto a James Alexander Malcolm MacKenzie Fraser, era curandera.

Roger era muy consciente de las dos presencias: la muchacha alta y trémula que tenía entre los brazos y la mujer del escritorio, tan quieta y serena. Había viajado a través de las piedras, a través del tiempo; fue sospechosa de espionaje, arrestada por bruja, arrebatada, por unas inconcebibles extrañas circunstancias, de los brazos de Frank Randall, su primer esposo. Y tres años después James Fraser, su segundo esposo, la había enviado de nuevo a través de las piedras, embarazada, en un desesperado esfuerzo por salvarla a ella y al hijo que iba a nacer del inminente desastre que pronto sucedería.

Sin duda alguna, pensó, la mujer había pasado por muchas cosas. Pero Roger era historiador. Tenía la curiosidad insaciable y amoral del erudito, demasiado potente para dejarse restringir por la simple compasión. Y aún había más, también era extrañamente consciente de la tercera figura de aquella tragedia familiar en la que cada vez estaba más involucrado: Jamie Fraser.

—Si no murió en Culloden —comenzó de nuevo, con más firmeza—, tal vez yo pueda averiguar qué le sucedió. ¿Queréis que lo intente?

Esperó, sin aliento, notando a través de la camisa la cálida respiración de Brianna.

Jamie Fraser había tenido una vida y una muerte. Roger se sentía oscuramente obligado a averiguar toda la verdad; las mujeres de Jamie merecían saber todo lo posible sobre él. Para Brianna, ese conocimiento era todo lo que podría tener del padre al que nunca había conocido. Y para Claire... Detrás de la pregunta que había formulado se hallaba la idea que, obviamente, ella no había captado, aturdida como estaba todavía por la impresión: ya había cruzado en dos ocasiones la barrera del tiempo. Era posible que lo hiciera otra vez. Y si Jamie Fraser no había muerto en Culloden...

Él vio que el pensamiento chispeaba en el ámbar turbio de sus ojos mientras contemplaba la idea. Claire tenía la tez pálida, pero en ese momento se puso tan blanca como el mango de marfil del abrecartas que aguardaba delante de ella en el escritorio. Lo rodeó con los dedos y apretó hasta que despuntaron sus huesudos nudillos.

Ella pasó largo rato sin hablar. Su mirada permaneció fija en Brianna por un instante. Luego volvió a la cara de Roger.

—Sí —dijo con un susurro tan suave que él apenas pudo oírla—. Sí. Averígualo por mí, por favor. Averígualo.

9788415631071-7

3

Franca y plena revelación

Inverness

9 de mayo de 1968

El puente sobre el río Ness tenía un denso tránsito peatonal, mucha gente volvía a su casa para tomar el té. Roger caminaba delante de mí, protegiéndome de los empujones con sus anchos hombros.

Me palpitaba con fuerza el corazón contra la cubierta rígida del libro que llevaba apretado contra el pecho. Así era cada vez que me detenía a pensar en lo que estaba haciendo. No estaba segura de cuál de las dos alternativas era peor: descubrir que Jamie había muerto en Culloden o descubrir que había sobrevivido.

Las tablas del puente sonaban a hueco bajo nuestros pies mientras volvíamos a la casona. Me dolían los brazos por el peso de los libros que llevaba; pasaba la carga de un lado al otro.

—¡Cuidado con esa maldita bicicleta, hombre! —gritó Roger apartándome con destreza de un trabajador que, montado en una bicicleta, se había lanzado por el puente y había estado a punto de tirarme contra la barandilla.

—¡Perdón! —fue su grito de disculpa. Y el ciclista sacudió la mano por encima del hombro, mientras la bicicleta serpenteaba entre dos grupos de escolares que volvían a casa a tomar el té. Eché una mirada hacia atrás por si veía a Brianna por el puente, pero no había rastro de ella.

Roger y yo habíamos pasado la tarde en la Sociedad para la Conservación de Antigüedades, y Brianna había ido a la oficina de los Clanes de las Highlands para hacer fotocopias de una lista de documentos recopilados por Roger.

—Eres muy amable al tomarte tantas molestias, Roger —dije elevando la voz para hacerme oír por encima del ruido del puente y el rumor del río.

—No es nada —dijo algo incómodo. Se detuvo a esperar a que yo lo alcanzara—. Soy curioso —añadió con una ligera sonrisa—. Ya sabes cómo somos los historiadores: no podemos dejar pasar un acertijo.

Y sacudió la cabeza para apartarse el pelo oscuro de los ojos, revuelto por el viento, sin utilizar las manos.

Yo sabía cómo eran los historiadores; había convivido con uno durante veinte años. Frank no había querido dejar pasar aquel acertijo, pero tampoco estuvo dispuesto a solucionarlo. De cualquier modo, Frank había muerto dos años atrás y ahora era mi turno; mío y de Brianna.

—¿Has tenido noticias del doctor Linklater? —pregunté mientras bajábamos por el arco del puente. Pese a lo avanzado de la tarde, el sol todavía estaba alto en aquella zona tan septentrional. La luz se colaba por entre las hojas de los limeros que crecían en la orilla del río y proyectaba un brillo rosáceo sobre el cenotafio de granito que se erigía bajo el puente.

Roger negó con la cabeza, entornando los ojos para protegerlos del viento.

—No, pero hace apenas una semana que le escribí. Si no recibo noticias suyas antes del lunes, le llamaré por teléfono. No te preocupes. —Esbozó una sonrisa de medio lado—. Fui muy circunspecto. Sólo le dije que, para un estudio que estaba realizando, necesitaba una lista, si existía alguna, de los oficiales jacobitas que estuvieron en la granja de Leanach después de Culloden. Y le pedí que, si existía alguna información sobre el superviviente de aquella ejecución, me remitiera a las fuentes originales.

—¿Conoces personalmente a Linklater? —pregunté, apoyando los libros de costado en la cadera para aligerar el brazo izquierdo.

—No, pero le escribí en papel con membrete del Balliol College e hice una sutil alusión al señor Cheesewright, mi antiguo mentor; él sí que conoce a Linklater. —Roger me guiñó un ojo de modo reconfortante y me reí.

Tenía los ojos de un centelleante verde luminoso que brillaba al contraste con su piel olivácea. Es posible que la curiosidad fuera el motivo que esgrimía para ayudarnos a desvelar la historia de Jamie, pero yo sabía muy bien que sus intereses iban un poco más lejos, en dirección a Brianna. También sabía que el interés era mutuo. Lo que no sabía era si Roger se habría dado cuenta.

De nuevo en el estudio del difunto reverendo Wakefield, deposité mi brazada de libros en la mesa y, aliviada, me dejé caer en el sillón, junto al hogar, mientras Roger iba a la cocina en busca de un vaso de limonada.

Conforme me lo tomaba se me calmó la respiración; mi pulso, en cambio, seguía inconstante. Contemplé la imponente pila de libros que habíamos traído. ¿Figuraría Jamie en alguno de ellos? Y en ese caso... Me empezaron a sudar las manos contra el vaso frío y decidí ignorar la posibilidad. «No te anticipes demasiado —me aconsejé—. Es mucho mejor esperar a ver qué logramos descubrir.»

Roger estaba investigando los estantes del estudio, en busca de otras posibilidades. El reverendo Wakefield, el difunto padre adoptivo de Roger, había sido un buen aficionado a la historia y un hombre dado a guardar cualquier cosa: cartas, diarios, panfletos y periódicos, y todo tipo de libros antiguos y recientes; lo tenía todo hacinado en las estanterías.

Roger titubeó y por fin dejó caer la mano sobre una pila de libros en la mesa cercana. Eran los de Frank: un logro impresionante, por lo que decían los elogios impresos en las sobrecubiertas.

—¿Has leído éste? —preguntó cogiendo el volumen titulado Los jacobitas.

—No. —Tomé un reconfortante trago de refresco y tosí—. No —repetí—, no pude.

Después de mi retorno me había negado de plano a mirar cualquier material relacionado con el pasado de Escocia, a pesar de que Frank estaba especializado, entre otras cosas, en el siglo XVIII. Sabiendo que Jamie había muerto, enfrentada a la necesidad de vivir sin él, evité cuanto pude traérmelo a la mente. Era inútil (me resultaba imposible quitármelo de la cabeza, la existencia de Brianna era un recordatorio cotidiano), pero aun así no podía leer aquellos libros referidos al príncipe Carlos, aquel joven terrible y fútil, o a sus seguidores.

—Comprendo. Se me ocurrió que podrías saber si había aquí algo útil. —Roger hizo una pausa; el rubor se acentuó en sus pómulos—. Tu... eh... tu marido... Frank, quiero decir —añadió precipitadamente—. ¿Le dijiste... hum... lo de...? —Se le apagó la voz, sofocada por el bochorno.

—¡Claro, por supuesto! —respondí con aspereza—. ¿Qué pensabas? Después de faltar de casa tres años, no era cuestión de entrar en su despacho diciendo: «Hola, querido, ¿qué te gustaría cenar?»

—No, desde luego —murmuró Roger. Se volvió hacia los libros. Tenía el cuello rojo de vergüenza.

—Disculpa —le dije respirando hondo—. Tu pregunta es normal. Sólo que... todavía duele un poco.

Mucho, en realidad. Me sorprendía y horrorizaba descubrir lo mucho que aún me dolía aquella herida. Dejé el vaso en la mesa, junto a mi codo. Si íbamos a seguir con el tema, necesitaría algo más fuerte que un refresco.

—Sí, se lo dije —continué—. Se lo conté todo: lo de las piedras... lo de Jamie. Todo.

Roger tardó un momento en replicar. Luego se volvió, pero sólo a medias, dejándome ver apenas las líneas fuertes y nítidas de su perfil, sin mirarme. Contemplaba los libros de Frank, la foto de la sobrecubierta: Frank, delgado, moreno y apuesto, sonriendo a la posteridad.

—¿Te creyó? —preguntó en voz baja.

Tenía los labios pegajosos por el refresco. Me los lamí antes de responder.

—No. Al principio, no. Creyó que estaba loca. Hasta me hizo visitar a un psiquiatra. —Solté una risa breve, pero el recuerdo me hizo apretar los puños con furia.

—¿Y después? —Roger se volvió hacia mí. El rubor había desaparecido, dejando sólo un eco de curiosidad en los ojos—. ¿Qué pensó?

Inspiré hondo, cerrando los ojos.

—No lo sé.

El pequeño hospital de Inverness tenía un olor extraño, como a desinfectante carbólico y algodón.

No podía pensar y trataba de no sentir. El retorno era mucho más aterrorizador que mi expedición al pasado, pues allí me había protegido la capa de duda e incredulidad en cuanto a dónde me encontraba y qué estaba sucediendo; además, había vivido con la esperanza constante de escapar. Ahora sabía demasiado bien dónde estaba y tenía la certidumbre de que no había manera de escapar. Jamie había muerto.

Los médicos y las enfermeras trataban de hablarme con amabilidad; me daban de comer y me traían bebidas, pero en mí sólo había espacio para la pena y el terror. Les había dicho mi nombre, pero no quise hablar más.

Tendida en la cama blanca y limpia, mantenía los dedos apretados sobre mi vientre vulnerable y los ojos cerrados. Rememoraba una y otra vez las últimas cosas que había visto antes de cruzar entre las piedras (el páramo lluvioso y la cara de Jamie), sabiendo que, si miraba demasiado tiempo el nuevo ambiente que me rodeaba, aquellas imágenes se desvanecerían, reemplazadas por cosas mundanas: las enfermeras, el ramo de flores junto a mi cama... Disimuladamente, apretaba un pulgar contra la base del otro, hallando un oscuro consuelo en la diminuta herida que tenía allí, un pequeño corte con forma de «J». Me la había hecho Jamie a petición mía: el último de sus contactos en mi carne.

Debí de permanecer algún tiempo así; a ratos dormía, soñando con los últimos días del Alzamiento jacobita; volvía a ver al muerto en el bosque, dormido bajo un cobertor de hongos muy azules, y a Dougal MacKenzie, agonizando en el suelo de un desván, en la casa Culloden, y a los hombres harapientos del ejército de las Highlands, durmiendo en las zanjas embarradas, el último descanso antes de la matanza.

Me despertaba gritando o gimiendo, percibiendo el olor a desinfectante y escuchando el susurro de incomprensibles palabras de alivio que se abrían paso por entre los ecos de gaélico que bramaban mis sueños. Y me volvía a dormir aferrándome con fuerza al dolor que guardaba en la palma de la mano.

Y por fin abrí los ojos y Frank estaba allí. Permanecía en pie en el vano de la puerta, alisándose el pelo con una mano. Se le veía desconcertado... y no era de extrañar, pobre hombre.

Me recosté en las almohadas, observándolo sin hablar. Se parecía a sus antepasados, Jonathan y Alex Randall: facciones nítidas y aristocráticas, cabeza bien formada bajo el pelo abundante, oscuro y lacio. Sin embargo, en su cara había una diferencia indefinible con respecto a ellos, más allá de la leve diferencia de facciones. En él no existía la marca del miedo ni de la crueldad; ni la espiritualidad de Alex ni la glacial arrogancia de Jonathan. Su cara delgada parecía inteligente, bondadosa y algo cansada; estaba ojeroso y sin afeitar. Supe, sin que nadie me lo dijera, que había pasado la noche al volante para llegar hasta allí.

—¿Claire? —Se acercó a la cama, hablando vacilante, como si no estuviera seguro de que yo fuera realmente Claire.

Yo tampoco estaba segura, pero asentí.

—Hola, Frank. —Mi voz sonaba ronca y ruda, como si no estuviera acostumbrada al habla.

Él me cogió una mano y yo se la dejé.

—¿Estás... bien? —preguntó tras un minuto, con el ceño fruncido.

—Estoy embarazada. —A mi mente desordenada, ése le parecía el punto más importante. No había pensado en qué le diría a Frank si volvía a verlo, pero en cuanto lo vi ante la puerta eso pareció quedar claro. Le diría que estaba embarazada y él se iría, dejándome sola con mi última imagen de la cara de Jamie, con su ardiente contacto en la mano.

Su cara se puso un poco tensa, pero no me soltó la mano.

—Lo sé. Me lo han dicho. —Aspiró hondo y dejó escapar el aire—. ¿Puedes decirme qué te sucedió, Claire?

Por un momento me quedé en blanco, mas luego me encogí de hombros.

—Supongo que sí —dije.

Con fatiga, ordené mis pensamientos, no quería hablar de eso, pero tenía ciertas obligaciones con aquel hombre. No me sentía culpable, aún no; obligada sí. Había estado casada con él.

—Bueno —le dije—, me enamoré de otro y me casé con él. Lo siento —añadí en respuesta a la expresión de horror que le cruzó la cara—. No lo pude evitar.

Él no esperaba eso. Abrió la boca y volvió a cerrarla. Me apretaba la mano con tanta fuerza que la retiré, haciendo una mueca.

—¿Qué quieres decir? —preguntó con voz áspera—. ¿Dónde has estado, Claire? —Se levantó súbitamente, irguiéndose junto a la cama.

—¿Recuerdas que la última vez que me viste iba al círculo de piedras de Craigh na Dun?

—¿Sí? —Me miraba con una mezcla de enojo y desconfianza.

—Bueno... —Me pasé la lengua por los labios; estaban muy secos—. Lo cierto es que, en ese círculo, entré en una piedra hendida y terminé en 1743.

—¡No te hagas la graciosa, Claire!

—¿Crees que es un chiste? —La idea era tan absurda que me eché a reír, aunque me sentía muy lejos de tomarme las cosas con humor.

—¡Basta!

Dejé de reír. Como por arte de magia, dos enfermeras aparecieron en la puerta; debían de haber estado acechando en el pasillo. Frank se inclinó para apretarme un brazo.

—Escúchame —dijo entre dientes—. Quiero que me digas dónde has estado y qué has estado haciendo.

—Te lo estoy diciendo. ¡Suéltame! —Me incorporé en la cama y tiré de mi brazo para liberarlo—. Ya te lo he dicho: crucé una piedra y acabé doscientos años atrás. Y allí conocí a tu maldito antepasado Jonathan Randall.

Frank parpadeó, completamente desconcertado.

—¿A quién?

—A Jack el Negro. ¡Y era un pervertido, sucio y asqueroso!

Frank se había quedado boquiabierto, al igual que las enfermeras. Oí pasos que venían por el corredor, tras ellas, y voces apresuradas.

—Tuve que casarme con Jamie Fraser para escapar de Jack el Negro, pero después... Jamie... No lo pude evitar, Frank; me enamoré de él y habría seguido a su lado si hubiera podido. Pero él me envió de regreso por lo de Culloden y por el bebé, y... —Me interrumpí; un médico con bata cruzó la puerta, apartando a las enfermeras—. Lo siento, Frank —dije fatigada—. No quería que pasara todo eso. Hice lo posible para regresar, de veras, pero no pude. Y ahora es demasiado tarde.

Contra mi voluntad, las lágrimas se me acumularon en los ojos y empezaron a rodarme por las mejillas. Casi todas por Jamie, por mí misma y por el hijo que esperaba, pero también algunas por Frank. Sorbí por la nariz, tragando con fuerza, en un intento por contenerme, y me incorporé en la cama.

—Mira —dije—, sé que no querrás saber nada más de mí y no te culpo en absoluto. Simplemente... vete, ¿quieres?

Había cambiado de cara. Ya no parecía enfadado, sino inquieto y algo desconcertado. Se sentó junto a la cama, sin prestar atención al médico, que había entrado y me buscaba el pulso.

—No me iré —dijo con mucha suavidad. Y volvió a cogerme la mano, aunque yo trataba de retirarla—. Ese tal... Jamie. ¿Quién era?

Aspiré honda y entrecortadamente.

El médico me había cogido la otra mano y seguía tratando de tomarme el pulso, y sentí un pánico absurdo, como si estuviera retenida entre ellos. Pero peleé contra esa sensación e intenté hablar con normalidad.

—James Alexander Malcolm MacKenzie Fraser —dije espaciando las palabras con formalidad, tal como las había pronunciado Jamie la primera vez que me dijo su nombre completo... el día de nuestra boda. La idea me trajo nuevas lágrimas; me las sequé con el hombro, pues no disponía de las manos—. Era un escocés de las Highlands. Lo ma... mataron... en Cul­loden.

No sirvió de nada: estaba llorando otra vez; las lágrimas no constituían un calmante para el dolor que me desgarraba, sino la única reacción posible ante un sufrimiento insoportable. Me incliné un poco hacia delante, tratando de envolver aquella diminuta e imperceptible vida que tenía en el vientre, lo único que me quedaba de Jamie Fraser.

Frank y el médico intercambiaron una mirada de la que apenas me percaté. Para ellos, naturalmente, Culloden formaba parte de un pasado remoto. Para mí había sucedido apenas dos días antes.

—Quizá deberíamos dejar que la señora Randall descansara un poco —sugirió el médico—. En estos momentos parece estar algo alterada.

Frank nos miró a ambos sin saber qué hacer.

—Bueno, es cierto que parece alterada. Pero quiero averiguar... ¿Qué es esto, Claire?

Al acariciarme la mano había descubierto el anillo de plata en mi dedo anular y se inclinó para examinarlo. Era el anillo que Jamie me había dado en la boda: una ancha banda de plata con el diseño entrelazado de las Highlands, con diminutas flores de cardo estilizadas, grabadas en los eslabones.

—¡No! —exclamé presa de pánico al ver que Frank trataba de quitármelo del dedo. Arranqué la mano y me protegí el puño bajo el seno, cubierto por la mano izquierda, donde aún tenía la alianza de oro que me había regalado Frank—. No, no puedes quitármelo. ¡No te lo voy a permitir! ¡Es mi anillo de casada!

—Mira, Claire...

Lo interrumpió el médico, que se había acercado al lado de la cama donde estaba Frank y se inclinó para murmurarle algo al oído. Capté algunas palabras:

—... no molestar a su esposa justo ahora. La conmoción...

Un momento después, Frank estaba de nuevo en pie, firmemente conducido hacia fuera por el médico, que al pasar hizo una señal a una de las enfermeras.

Apenas sentí el aguijonazo de la aguja hipodérmica, envuelta como estaba en una nueva oleada de pesar. Oí apenas las palabras con que se despedía Frank:

—¡Está bien, Claire, pero me enteraré!

Luego descendió la bendita oscuridad y dormí sin soñar durante mucho rato.

Roger inclinó el botellón, llenando la copa hasta la mitad, y la entregó a Claire con una leve sonrisa.

—La abuela de Fiona decía siempre que el whisky era bueno para todos los males.

—He visto remedios peores. —Ella cogió la copa y le devolvió la sonrisa.

Roger se sirvió un trago y se sentó a su lado, sorbiendo su bebida en silencio.

—Traté de que se fuera, ¿sabes? —dijo ella bajando la copa—. Le dije que lo comprendería si sus sentimientos hacia mí habían cambiado, creyera lo que creyese. Ofrecí concederle el divorcio; que se fuera, que me olvidara, que reiniciara la vida que había comenzado a construir sin mí.

—Y él no quiso —dijo Roger. Al bajar el sol, empezaba a hacer frío en el estudio. Se agachó para encender la vetusta estufa eléctrica—. ¿Por tu embarazo? —adivinó.

Claire le dedicó una rápida mirada. Luego sonrió con ironía.

—Eso es. Dijo que sólo un canalla era capaz de abandonar a una mujer embarazada y sin recursos. Sobre todo si su visión de la realidad parecía algo tenue —añadió sardónica—. Yo no estaba sin recursos, tenía algo de dinero de mi tío Lamb. Pero Frank tampoco era un canalla.

Su mirada se desvió hacia los estantes de libros. Allí estaban las obras históricas de su marido, una detrás de otra, con los lomos centelleantes a la luz de la lámpara.

—Era un hombre muy decente —concluyó con suavidad. Y tomó un sorbo más, cerrando los ojos al elevarse los vapores alcohólicos—. Además, sabía o sospechaba que no podía tener hijos. Un verdadero golpe para un hombre tan dedicado a la historia y a las genealogías, con todas esas ideas dinásticas, ¿no?

—Sí, comprendo —dijo Roger con lentitud—. Pero ¿no sentía...? Es decir... el hijo de otro hombre...

—Tal vez. —Los ojos de ámbar volvieron a mirarlo, algo ablandados por el whisky y las reminiscencias—. Pero como no quería ni podía creer nada de lo que yo dijera sobre Jamie, esencialmente el niño sería hijo de padre desconocido. Si él ignoraba quién era ese hombre (y se convenció de que yo tampoco lo sabía, de que había inventado esas alucinaciones por efecto del choque traumático), entonces nadie diría que la criatura no era suya. Yo no, desde luego —añadió con un dejo de amargura.

Tomó un gran sorbo de whisky, que la hizo lagrimear un poco, y se dio un momento para enjugarse los ojos.

—Pero para asegurarse, me llevó lejos. A Boston —prosiguió—. Le habían ofrecido un buen puesto en Harvard, y allí nadie nos conocía. Allí nació Brianna.

El llanto nervioso me despertó una vez más. Había vuelto a la cama a las seis y media, después de levantarme cinco veces por la noche para atender a la niña. Una legañosa mirada al reloj me reveló que eran las siete. Desde el cuarto de baño surgía una alegre canción: la voz de Frank se elevaba en Rule, Britannia, por encima del ruido del agua que corría.

Permanecí en la cama, con los miembros pesados por el agotamiento, preguntándome si tendría las fuerzas necesarias para soportar el llanto hasta que Frank saliera de la ducha y me trajera a Brianna. Como si el bebé supiera lo que estaba pensando, su llanto subió de tono y se convirtió en un chillido acentuado por espantosas bocanadas de aire. Aparté la ropa de cama y me puse de pie impulsada por la misma clase de pánico que me había acechado en su día durante los ataques aéreos de la guerra.

Crucé pesadamente el pasillo helado hasta la habitación infantil. Brianna, de tres meses, estaba tendida de espaldas, gritando a pleno pulmón. Aturdida por la falta de sueño, tardé un momento en recordar que la había dejado boca abajo.

—¡Querida! ¡Te has dado la vuelta sola! —Aterrorizada por su audacia, Brianna agitó los puñitos rosados y chilló con más fuerza, apretando los ojos.

La levanté deprisa para darle palmaditas en la espalda, murmurando sobre la pelusa roja que le cubría la cabeza.

—¡Oh, mi pequeña preciosa! ¡Qué niña tan inteligente eres!

—¿Qué es eso? ¿Qué ha pasado? —Frank salió del baño secándose la cabeza y con una segunda toalla envuelta en la cadera—. ¿Algún problema con Brianna?

Se nos acercó con cara de preocupación. Al acercarse el nacimiento, los dos habíamos estado nerviosos: Frank, irritable; yo, aterrorizada. No teníamos ni idea de lo que podía suceder entre nosotros al aparecer el vástago de Jamie Fraser. Pero cuando la enfermera cogió a Brianna de su cuna y se la entregó a Frank diciendo: «Aquí está la niña de papá», él mantuvo el rostro inexpresivo, y luego, al mirar la diminuta cara, perfecta como un pimpollo, se maravilló. Al cabo de una semana la niña lo había conquistado, en cuerpo y alma.

Me volví hacia él, sonriendo.

—¡Se ha dado la vuelta! ¡Completamente sola!

—¿De veras? —Refulgía de placer—. ¿No es demasiado pronto para que haga eso?

—Sí. Según el doctor Spock, no debería haberlo hecho hasta el mes que viene, por lo menos.

—Bueno, ¿qué sabe ese doctor Spock? Ven aquí, preciosa mía; dale un beso a papá por ser tan precoz.

Levantó el cuerpecito suave, envuelto en su camisón rosado, y le dio un beso en el botón que pasaba por nariz. Brianna estornudó y los dos reímos.

Entonces fui consciente de que era mi primera carcajada en todo un año. Más aún: era la primera vez que me reía con Frank.

Él también lo notó; sus ojos se encontraron con los míos por encima de la cabeza de Brianna. Eran de un suave color avellana y en ese momento estaban llenos de ternura. Le sonreí, algo trémula, alerta por el hecho de que él estaba casi desnudo, con gotas de agua deslizándose por los hombros delgados y brillando en la piel morena y suave del pecho.

Los dos percibimos a la vez el olor a quemado. Eso nos arrancó de la bienaventuranza doméstica.

—¡El café! —Frank puso a Bree en mis brazos, sin ninguna ceremonia, y salió disparado hacia la cocina, dejando ambas toallas hechas un bulto a mis pies. Lo seguí con más lentitud, llevando a Bree apoyada en el hombro y sonreí al ver la estela anómalamente blanca que sus nalgas desnudas dejaron tras su carrera hacia la cocina.

Estaba de pie ante el fregadero, desnudo, entre una nube de vapor maloliente que surgía de la cafetera chamuscada.

—¿Qué te parece un té? —sugerí, acomodando con destreza a Brianna en mi cadera con un brazo, mientras revolvía en el aparador—. Por desgracia se han acabado las hojas de Orange Pekoe; sólo queda alguna bolsita de Lipton.

Frank hizo una mueca; inglés hasta los tuétanos como era, habría preferido lamer el agua del inodoro antes que tomar té de bolsitas. Había sido la señora Grossman —la mujer que venía a limpiar cada semana— quien se había dejado las bolsitas de Lipton; ella opinaba que hacer el té con hojas sueltas era sucio y repugnante.

—No, puedo tomar una taza de café camino de la universidad. A propósito: ¿recuerdas que esta noche vendrán a cenar el decano y su esposa? La señora Hinchcliffe trae un regalo para Brianna.

—Está bien —dije sin entusiasmo. Ya había tratado con los Hinchcliffe y no estaba muy deseosa de repetir la experiencia. Pero tenía que hacer el esfuerzo. Suspiré mentalmente, me cambié al bebé de lado y rebusqué un lápiz en el cajón para hacer la lista de la compra.

Brianna hundió la nariz en la pechera de mi bata roja, emitiendo pequeños gruñidos voraces.

—No puede ser que tengas hambre otra vez —dije a su coronilla—. Te he dado de mamar no hace ni dos horas. —Pero mis pechos empezaron a gotear en respuesta a su búsqueda y ya me estaba sentando y desabrochándome la parte delantera del camisón.

—La señora Hinchcliffe dice que no es conveniente alimentar a un bebé cada vez que llora —observó Frank—. Si no se les enseña a respetar los horarios, se malcrían.

No era la primera vez que oía las opiniones de la señora Hinchcliffe sobre crianza infantil.

—Bueno, pues será una malcriada, ¿no? —repliqué con frialdad y sin mirarlo. La boquita rosada se cerró con fiereza y Brianna empezó a mamar con despreocupado apetito. La señora Hinchcliffe también opinaba que dar el pecho era vulgar y antihigiénico. Pero yo había visto innumerables bebés alimentándose con satisfacción de los pechos de sus madres y no opinaba lo mismo.

Frank suspiró sin insistir. Al poco dejó las manoplas y se dirigió hacia la puerta.

—Bueno —dijo, incómodo—. Volveré a eso de las seis. ¿Quieres que traiga algo para ahorrarte una salida?

Le dediqué una breve sonrisa.

—No, puedo arreglarme.

—Ah, bueno.

Vaciló un instante mientras yo acomodaba a Bree en mi regazo, con la cabeza en el hueco de mi brazo; la curva de su cabeza repetía la de mi pecho. Al apartar la vista de la niña descubrí que él me estaba observando apasionadamente, con la mirada fija en la redondez del seno semidescubierto.

Yo también lo recorrí con la vista. Al detectar un comienzo de excitación sexual, incliné la cabeza sobre la pequeña para ocultar mi rubor.

—Adiós —murmuré sin mirarlo.

Se quedó inmóvil un momento; luego se inclinó hacia delante y me dio un beso en la mejilla; el calor de su cuerpo desnudo me inquietaba.

—Adiós, Claire —dijo suavemente—. Hasta la noche.

Como no volvió a la cocina antes de salir, pude terminar de dar el pecho a Brianna y traté de poner algo de orden en mis propios sentimientos.

Desde mi retorno no había visto desnudo a Frank, pues se vestía siempre en el baño o en el vestidor. Hasta esa mañana tampoco había tratado de besarme. Como el embarazo fue de los que los ginecólogos denominan «de alto riesgo», él no habría podido compartir mi cama aun en el caso de que yo hubiera estado dispuesta... y no lo estaba.

Tendría que haberlo visto venir, pero no me di cuenta. Abstraída como estaba por la más absoluta tristeza primero, y luego por el letargo físico de mi inminente maternidad, había alejado de mí cualquier pensamiento que no tuviera que ver con mi incipiente barriga. Tras el nacimiento de Brianna pasaba los días de toma en toma, buscando los pocos momentos de paz que hallaba abrazando su inconsciente cuerpo y aliviando mis pensamientos y recuerdos entregándome al sencillo placer de tocarla y sostenerla entre los brazos.

Frank también abrazaba y jugaba con el bebé, y se quedaba dormido en su enorme sillón con la niña tumbada sobre su desgarbada figura. Brianna pegaba la rosada mejilla a su pecho y juntos roncaban en apacible compañía. Pero él y yo no nos tocábamos ni hablábamos de otra cosa que no tuviera que ver con la organización doméstica, a excepción de Brianna.

La niña era nuestro interés compartido, un punto a través del cual podíamos contactar de inmediato, pero manteniendo la mínima distancia. Al parecer, esa distancia mínima ya era excesiva para Frank.

Yo podía hacerlo... físicamente al menos. La semana anterior, con un guiño y una palmada en el trasero, el médico me había asegurado, después de la revisión, que podía reanudar «las relaciones» con mi esposo cuando quisiera.

Sabía que Frank no se había mantenido célibe desde mi desaparición. Aún no llegaba a los cincuenta años; era delgado, moreno y musculoso, un hombre muy apuesto. En las fiestas, las mujeres se arremolinaban a su alrededor como abejas en torno a la miel, emitiendo pequeños murmullos de excitación sexual.

Cuando se celebró la fiesta del departamento vi a una chica de pelo castaño que me llamó especialmente la atención. Se quedó en una esquina y no dejó de mirar a Frank con tristeza por encima de su copa. Luego se puso a llorar y, cuando ya estaba del todo borracha, dos amigas la acompañaron a casa después de lanzarnos sus miradas envenenadas a Frank y a mí, que aguardaba a su lado en silencio marcando tripa en mi floreado vestido premamá.

Pero él había sido discreto. Siempre pasaba la noche en casa y cuidaba de no presentarse con manchas de pintalabios en el cuello de la camisa. Así que ahora tenía intenciones de lanzarse a fondo. Al parecer tenía cierto derecho; ¿acaso no era mi deber, puesto que yo era nuevamente su esposa?

Sólo había un pequeño problema. Cuando yo despertaba por la noche, no era a Frank a quien buscaba. No era su terso y ágil cuerpo el que se colaba en mis sueños y me enardecía hasta despertarme húmeda y jadeante con el corazón acelerado por el recuerdo turbio de una caricia. Pero a ese nombre ya no volvería a tocarlo nunca más.

—Jamie —susurré—. Oh, Jamie.

Mis lágrimas chisporrotearon en la luz matinal, adornando la pelusa roja de Brianna como perlas y diamantes esparcidos.

No fue un buen día. Brianna tenía un feo sarpullido a causa de los pañales y estaba irritable. Había que levantarla sin parar. Mamaba y alborotaba alternativamente; a intervalos vomitaba, dejando manchas mojadas y pastosas en toda mi ropa. Antes de las once ya me había cambiado tres veces la blusa.

El pesado sostén de lactancia me molestaba en las axilas y tenía los pezones fríos y agrietados. En medio de mi laboriosa limpieza de la casa, la caldera murió con ruido sibilante bajo las tablas del suelo.

—No, la semana que viene no puede ser —dije por teléfono al taller de reparación de calderas. Miré hacia la ventana, donde la fría niebla de febrero amenazaba con filtrarse bajo el antepecho para devorarnos—. Aquí dentro estamos apenas a cinco grados y tengo una niña de tres meses.

La niña en cuestión estaba sentada en su sillita envuelta en mantas y berreaba como un gato escaldado. Ignoré los graznidos de la persona que me hablaba desde el otro extremo de la línea telefónica y coloqué el auricular junto a la boca abierta de Brianna durante algunos segundos.

—¿La oye llorar? —pregunté mientras me volvía a acercar el teléfono a la oreja.

—Está bien, señora —dijo una voz resignada al otro lado de la línea—. Iré esta tarde, entre las doce y las seis.

—¿Entre las doce y las seis? ¿No puede indicarme una hora más precisa? Tengo que ir al mercado —protesté.

—La suya no es la única caldera rota de la ciudad, señora —dijo la voz con decisión. Y colgó. Miré el reloj: eran las once y media. No conseguiría comprar todo lo que necesitaba y estar de vuelta en media hora. Hacer la compra con un bebé tan pequeño era como una expedición de noventa minutos al corazón de Borneo, para la que se precisaba una enorme cantidad de equipación y un gran desgaste energético.

Apretando los dientes, llamé al costoso mercado que hacía entregas a domicilio y pedí lo necesario para preparar la cena. Luego levanté a la niña, que en aquel momento tenía el color de una berenjena y olía notoriamente mal.

—Esto tiene muy mal aspecto, cariño. Te sentirás mucho mejor si lo quitamos, ¿verdad? —le dije tratando de hablarle con un tono tranquilizador mientras limpiaba la pasta marronosa de su brillante culito rojo.

Ella arqueó la espalda en un intento de alejarse del paño frío y gritó un poco más. Una capa de vaselina y el décimo pañal limpio del día. El servicio de reparto de pañales no pasaba hasta el día siguiente y la casa apestaba a amoníaco.

—Bueno, tesoro, bueno, bueno. —Me la apoyé en el hombro para darle palmaditas, pero los chillidos continuaban. No se la podía criticar, pobrecita; tenía el trasero casi en carne viva. Lo ideal hubiera sido tumbarla desnuda sobre una toalla, pero sin calefacción era imposible. Tanto ella como yo llevábamos jerséis y pesados abrigos de invierno, prendas que convertían las frecuentes tomas en momentos todavía más incómodos de lo habitual: tardaba varios minutos en sacarme el pecho mientras el bebé gritaba.

Como Brianna no podía dormir más de diez minutos seguidos, yo tampoco podía. Nos adormecimos hacia las cuatro, y un cuarto de hora después nos despertó la estruendosa llegada del hombre que venía a reparar la caldera: golpeó la puerta sin molestarse en soltar su enorme llave inglesa.

Sosteniendo a la niña con un brazo, comencé a preparar la cena con la mano libre, acompañada por los chillidos en mi oreja y los ruidos violentos que venían del sótano.

—No le prometo nada, señora, pero por ahora tendrá calefacción. —El hombre de la caldera apareció de pronto, limpiándose una mancha de grasa de la frente arrugada. Se inclinó hacia delante para observar a Brianna, que aguardaba más o menos apacible sobre mi hombro y se succionaba el pulgar ruidosamente—. ¿Está bueno el dedo, preciosa? —le preguntó—. Dicen que no debería dejar que se chupe el dedo, ¿sabe? —me informó incorporándose—. Luego les salen los dientes torcidos y necesitan ortodoncia.

—¿Ah, sí? —le contesté entre dientes—. ¿Cuánto le debo?

Media hora después, el pollo yacía en su fuente, relleno y pringado, rodeado de ajo picado, ramitas de romero y cáscaras de limón. Después de echar un chorrito de limón sobre la piel untada de manteca, pude ponerlo en el horno e iniciar la tarea de vestirnos. La cocina parecía el escenario de un asalto, con los armarios abiertos y todas las superficies horizontales sembradas de cacharros. Cerré violentamente un par de aparadores y, por fin, la puerta de la cocina, confiando en que eso mantuviese fuera a la señora Hinchcliffe si los buenos modales no bastaban.

Frank había comprado un vestido nuevo para Brianna. Era un bonito traje rosado, aunque eché un vistazo dubitativo a las capas de encaje que rodeaban el cuello. Parecían algo ásperas pero también delicadas.

—Bueno, démosle una oportunidad —le dije—. Papá quiere que estés muy bonita. Tratemos de no vomitarlo, ¿eh?

Brianna me respondió cerrando los ojos, poniéndose tensa y gruñendo mientras fabricaba otra plasta.

—¡Muy bonito! —le dije con sinceridad. Eso significaba que tendría que cambiar la sábana de la cuna, pero por lo menos el sarpullido de sus nalgas no empeoraría. Una vez solucionado el desastre y después de cambiarle el pañal, estiré bien el vestido rosa y me entretuve en limpiarle los mocos y las babas de la cara antes de pasarle la ropa por encima de la cabeza.

Ella parpadeó con unos gorgoritos tentadores. Por darle gusto, bajé la cabeza y le hice pedorretas en el ombligo, ante lo cual se retorció de gozo. Lo hicimos varias veces más antes de iniciar el penoso trabajo de introducirla en el vestido rosado.

A Brianna no le gustó; comenzó a quejarse en cuanto se lo pasé por la cabeza. Cuando le pasé los bracitos regordetes por las mangas abombadas, echó la cabeza atrás dando un grito penetrante.

—¿Qué pasa? —pregunté sobresaltada. A esas alturas conocía todos sus gritos y qué significaban, poco más o menos. Pero ése era nuevo; estaba cargado de miedo y dolor—. ¿Qué pasa, cariño?

Ahora chillaba furiosamente, con lágrimas corriéndole por la cara. La volteé a toda prisa y le di unas palmadas en la espalda pensando que podría tener un repentino ataque de cólico, pero no se estaba retorciendo. Lo que sí hacía era forcejear con violencia, y cuando le di la vuelta para levantarla vi una larga línea roja en la tierna cara interior del brazo que agitaba. En el vestido había quedado un alfiler y yo acababa de abrirle la piel al subirle la manga.

—¡Oh, cariño! ¡Oh, perdona! ¡Mamá lo siente mucho!

Bañada en lágrimas, retiré el alfiler. Me la pegué al cuerpo y le di unas tranquilizadoras palmaditas en la espalda mientras intentaba calmar mi propio sentimiento de aterrada culpabilidad. Era evidente que yo no pretendía hacerle daño, pero ella no lo sabía.

—Oh, cariño —murmuré—. Ya ha pasado. Sí, mama te quiere mucho, no pasa nada. —¿Por qué no había pensado en comprobar que no hubiera ningún alfiler? Y en cualquier caso, ¿qué clase de maníaco dobla la ropa de bebé utilizando alfileres?

Vacilando entre la furia y la aflicción, le puse el vestido a la niña, le limpié la barbilla y la llevé al dormitorio donde la acosté en una de las camas gemelas, la mía, para ponerme a la carrera una falda decente y una blusa limpia.

El timbre sonó cuando me estaba subiendo las medias. Tenía un agujero en el talón, pero ya no había tiempo para solucionarlo. Metí los pies en unos ajustados zapatos de lagarto y, tras recoger a Brianna, fui a abrir.

Era Frank, tan cargado de paquetes que no podía usar la llave. Con una sola mano, lo alivié de la mayor parte y lo amontoné todo en la mesa del vestíbulo.

—¿La cena ya está lista, querida? He traído un mantel y servilletas nuevas; he pensado que el juego viejo está algo raído. Y aquí está el vino, por supuesto.

Alzó la botella con una sonrisa; luego se inclinó para mirarme y dejó de sonreír. Miraba con desaprobación mi pelo de­saliñado y mi blusa, recién manchada por un vómito de leche.

—Por Dios, Claire —dijo—, ¿no has podido arreglarte un poco? Después de todo, estás en casa todo el día sin otra cosa que hacer. ¿No podías tomarte unos minutos para...?

—No —dije en voz bien alta.

Planté en sus brazos a Brianna, que lloriqueaba otra vez, nerviosa por el cansancio.

—No —repetí.

Cogí la botella de vino de su mano.

—¡NO! —chillé golpeando el suelo con un pie.

Elevé la botella con un gesto amplio. Agachó la cabeza, pero fue el marco de la puerta lo que golpeé. Volaron salpicaduras purpúreas de Beaujolais y las astillas de vidrio centellearon a la luz de la entrada.

Tiré la botella rota entre las azaleas y salí corriendo en medio de la niebla helada, sin abrigo. En el extremo del camino me crucé con los asombrados Hinchcliffe, que llegaban con media hora de anticipación, presumiblemente con la esperanza de sorprenderme en alguna deficiencia doméstica. Ojalá disfrutaran la cena.

Conduje sin rumbo entre la niebla, con la calefacción del coche a todo trapo, hasta que empecé a quedarme sin gasolina. No quería volver a casa; todavía no. ¿Una de esas cafeterías que están abiertas toda la noche? Entonces caí en la cuenta de que era viernes por la noche y de que iban a dar las doce. Después de todo, tenía un sitio al que ir. Viré hacia atrás, hacia el barrio residencial donde vivíamos, rumbo a la iglesia de San Finbar.

A esa hora la capilla estaba cerrada para evitar el vandalismo y los robos. Justo debajo del pomo de la puerta había un panel con cinco timbres a los que podían recurrir los devotos tardíos. Estaban numerados del uno al cinco. Al presionar tres de ellos combinados correctamente, el cierre se abría y permitía la entrada.

Caminé en silencio hasta el fondo de la capilla hasta el libro de visitas que aguardaba a los pies de san Finbar para dejar constancia de mi visita.

—¿San Finbar? —había dicho Frank incrédulo—. Ese santo no existe. No es posible.

—Existe —dije con un dejo de presunción—. Fue un obispo irlandés del siglo XII.

—Ah, irlandés —replicó, despectivo—. Así se explica. Lo que no puedo entender —añadió tratando de actuar con tacto— es... eh... bueno, ¿por qué?

—¿Por qué, qué?

—¿Por qué eso de la Adoración Perpetua? Nunca has sido devota, no más que yo. No vas a misa ni nada de eso. El padre Beggs me pregunta por ti todas las semanas.

Negué con la cabeza.

—No sabría explicártelo, Frank. Simplemente... es algo que necesito hacer. —Lo miré incapaz de expresarme de manera adecuada—. Allí hay... paz —concluí.

Él abrió la boca como si fuera a decir algo más, pero me volvió la espalda meneando la cabeza.

Había paz, sí. El aparcamiento de la iglesia estaba desierto, sin contar el coche del único adorador que estaría de turno a aquella hora. El anónimo color negro de su coche brillaba bajo las luces de las farolas. Una vez dentro escribí mi nombre en el libro y me encaminé hacia delante tosiendo con tacto para advertir de mi presencia al adorador de las once sin tener que recurrir a la grosería de dirigirme a él directamente. Me arrodillé detrás de él; era un hombre corpulento, con un chubasquero amarillo. Al poco rato se levantó y, tras hacer una genuflexión ante el altar, se dirigió hacia la puerta, saludándome brevemente con la cabeza al pasar.

La puerta siseó al cerrarse y yo me quedé sola con el Sacramento del altar que aguardaba junto al cegador brillo dorado de la custodia. Sobre el altar había dos enormes cirios. Eran tersos y de color blanco, y ardían con regularidad en la quietud del aire, sin apenas un parpadeo. Cerré los ojos escuchando el silencio.

Todo lo que había sucedido durante el día me pasaba por la mente, en un desencajado torrente de ideas y sensaciones. No llevaba abrigo y temblaba del frío que había cogido durante el corto camino que había desde el aparcamiento, pero poco a poco fui entrando en calor de nuevo y relajé los puños apretados sobre el regazo. Por fin, como solía ocurrirme allí, dejé de pensar. Lo que no sabía era si se debía a la congelación del tiempo en presencia de la eternidad o a la rendición a una fatiga crónica. Pero la culpabilidad que sentía por Frank se alivió, la intensa tristeza que me provocaba el recuerdo de Jamie aminoró, e incluso el continuo peso que la maternidad suponía para todas mis emociones disminuyó hasta quedar reducido al nivel del ruido de fondo, que no era más alto que los lentos latidos de mi corazón, regulares y relajantes en la oscura paz de la capilla.

—Oh, Señor —susurré—, encomiendo a tu misericordia el alma de tu servidor James.

«Y la mía —añadí en silencio—. Y la mía.»

Permanecí sentada, sin moverme, observando el tembloroso brillo de las llamas de los cirios reflejado en la dorada superficie de la custodia, hasta que oí los pasos suaves del siguiente adorador, que se acercaban por el pasillo y cesaban tras el pesado crujido de la genuflexión. Venían cada hora, día y noche. El Bendito Sacramento no debía quedarse solo.

Me quedé algunos minutos más, luego me desplacé hasta el final del banco e hice un leve gesto de asentimiento con la cabeza en dirección al altar. Mientras me dirigía hacia la parte trasera de la capilla, vi una silueta en la última fila, a la sombra de la estatua de san Antonio. Al acercarme, se movió; luego se puso en pie y salió a mi encuentro.

—¿Qué haces aquí? —siseé.

Frank señaló con la cabeza al nuevo adorador, que ya estaba arrodillado, y me cogió por el codo para guiarme al exterior.

Esperé a que se cerrara la puerta de la capilla antes de girar para mirarlo de frente.

—¿Qué significa esto? —exclamé, colérica—. ¿Por qué has venido a buscarme?

—Estaba preocupado por ti. —Señaló el estacionamiento vacío, donde su gran Buick se había arrimado, protector, a mi pequeño Ford—. Es peligroso que una mujer ande sola a estas horas por esta parte de la ciudad. He venido para acompañarte a casa. Nada más.

No mencionó a los Hinchcliffe ni habló de la cena. Mi enfado cedió un poco.

—Ah. ¿Y qué has hecho con Brianna?

—He pedido a nuestra vecina, la anciana señora Munsing, que estuviera alerta por si lloraba. Pero parecía dormir profundamente; no creo que se despierte. Ven, hace frío fuera.

Y lo hacía. La gélida brisa de la bahía se arremolinaba en blancos espirales alrededor de los postes de las farolas y temblé bajo la fina tela de mi blusa.

—Nos veremos en casa —dije.

Cuando entré para ver a Brianna, me abrazó la calidez de la habitación infantil. Aún dormía, pero se la notaba algo inquieta. Volvía su cabeza rojiza de un lado a otro y buscaba a tientas con su diminuta boca; boqueaba como un pez.

—Empieza a tener hambre —susurré a Frank, que se había acercado por atrás y la miraba con afecto por encima de mi hombro—. Será mejor que le dé el pecho antes de acostarme, así dormirá hasta más tarde.

—Voy a traerte algo caliente.

Mientras yo levantaba el bulto cálido y somnoliento, él desa­pareció por la puerta de la cocina.

Había vaciado un solo pecho, pero estaba ahíta. La boca floja se separó lentamente del pezón rodeada de leche y la despeinada cabecita volvió a caer sobre mi brazo. Por mucho que le hablara o la sacudiera con suavidad, no despertó lo suficiente para mamar del otro pecho; así que la arropé en la cuna, y le di palmaditas en la espalda hasta que emitió un eructo satisfecho desde la almohada, seguido por la respiración pesada de la satisfacción absoluta.

—Esta noche ya no despertará, ¿verdad? —Frank la cubrió con la manta decorada con conejitos amarillos.

—Sí. —Me senté en la mecedora, demasiado exhausta, física y mentalmente, para levantarme otra vez. Frank se detuvo a mi lado y me puso una mano liviana en el hombro.

—¿Así que él ha muerto? —preguntó con suavidad.

«Te dije que sí», iba a responder. Pero me interrumpí y cerré la boca. Me limité a asentir con la cabeza, meciéndome despacio con la vista fija en la cuna oscura y su diminuta ocupante.

Aún tenía el seno derecho dolorosamente henchido de leche. Por muy cansada que estuviera, no podría dormir hasta que lo vaciara. Con un suspiro de resignación, alargué la mano hacia el sacaleches, un artefacto de goma, feo y ridículo. Utilizarlo era indecoroso e incómodo, pero era mejor que despertar una hora después con un dolor espantoso y empapada de leche.

Despedí a Frank con un ademán.

—Anda, acuéstate. Tardaré sólo unos minutos, pero tengo que...

En vez de responderme o retirarse, me quitó el sacaleches de la mano para dejarlo en la mesa. Como si se moviera por voluntad propia y sin que él la guiara, su mano se elevó por el cálido y oscuro aire de la habitación infantil y se posó con suavidad sobre la curva de mi pecho hinchado. Luego, inclinando la cabeza, fijó con suavidad los labios a mi pezón. Lancé un gemido, sintiendo el escozor casi doloroso de la leche que corría por los pequeños conductos. Le puse una mano en la nuca para apretarlo un poco más a mí.

—Con más fuerza —susurré. Su boca sorbía suavemente y presionaba con delicadeza; no se parecía en nada a las implacables y duras encías de un bebé, que se sellaban como la lúgubre muerte, exigentes y drenantes, y sólo soltaban la generosa fuente a merced de su gula.

Frank se arrodilló ante mí; su boca, un suplicante. ¿Era así como se sentía Dios?, me pregunté después de ver cómo los adoradores se postraban ante él. ¿Él también estaría lleno de ternura y compasión? La bruma de la fatiga me hizo sentir como si todo ocurriera a cámara lenta, como si estuviéramos debajo del agua. Las manos de Frank se movían tan despacio como las algas marinas, meciéndose en la corriente, desplazándose por mi piel con una caricia tan delicada como el roce de esas algas, levantándome con la fuerza de una ola y posándome en la orilla de la alfombra de la habitación infantil. Cerré los ojos y me dejé llevar por la marea.

La puerta principal de la vieja casona se abrió con un chirrido de goznes herrumbrosos, anunciando el regreso de Brianna Randall. Roger se levantó de inmediato para salir al vestíbulo, atraído por las voces de las muchachas.

—Medio kilo de la mejor manteca. Eso es lo que me has encargado pedir y lo he hecho, pero ¿es que hay mantecas mejores o peores? —Brianna estaba entregando unos paquetes a Fiona, riendo mientras hablaba.

—Bueno, si se la has comprado al viejo Wicklow, ésta será de las peores, diga él lo que diga —la interrumpió Fiona—. ¡Ah, has traído la canela, estupendo! Entonces voy a hacer panecillos de canela. ¿Quieres ver cómo los preparo?

—Sí, pero antes quiero la cena. ¡Estoy muerta de hambre! —Brianna se puso de puntillas, olfateando esperanzada hacia la cocina—. ¿Qué tenemos para cenar? ¿Asaduras?

—¡Asaduras! Por Dios, ¡en primavera no se comen entrañas, sassenach tonta! Se comen en el otoño, cuando se matan las ovejas.

—¿Yo soy una sassenach? —Brianna parecía encantada con el término.

—Por supuesto, boba. Pero me gustas, a pesar de todo.

Fiona reía con la cabeza levantada hacia Brianna, que le pasaba casi treinta centímetros. La menuda escocesa tenía diecinueve años; era bonita, simpática y algo regordeta; a su lado, Brianna parecía una talla medieval, por su seriedad y sus huesos fuertes. Con su nariz larga y recta y la cabellera refulgiendo como oro rojizo bajo el globo de vidrio que pendía del techo, habría podido salir de un manuscrito iluminado, tan vívida como para soportar un milenio sin cambios.

Roger se dio cuenta de que Claire estaba de pie a su lado. Miraba a su hija con una expresión en la que se mezclaban el amor, el orgullo y algo más: ¿recuerdos, tal vez? Con una leve sorpresa, pensó que también Jamie Fraser habría tenido no sólo la llamativa estatura y el pelo vikingo que había legado a su hija, sino también, probablemente, la misma presencia física.

Era notable, se dijo. Ella no hacía ni decía nada para salirse de lo normal; sin embargo, resultaba innegable que Brianna atraía a la gente. Existía en ella cierto atractivo casi magnético, por el que todos se sentían impulsados a acercarse al fulgor de su aura.

Él se sentía atraído. Brianna se volvió y le sonrió y, sin haber reparado siquiera en que se había movido, se encontró lo bastante cerca como para ver las delicadas pecas que salpicaban sus pómulos y percibir el olor a tabaco de pipa que se había quedado enredado en su pelo tras su tarde de tiendas.

—Hola —le dijo sonriendo—. ¿Has tenido suerte en la oficina de los Clanes o has estado muy ocupada haciendo de pinche?

—¿Pinche? —Los ojos de Brianna se rasgaron en azules triángulos divertidos—. ¡Pinche! Primero me llaman sassenach; ahora, pinche. ¿Cómo te llaman los escoceses cuando quieren ser amables?

—Prrreciosa —respondió él, arrastrando exageradamente la erre a la manera escocesa y haciendo reír a las chicas.

—Pareces un terrier escocés malhumorado —comentó Claire—. ¿Has encontrado algo en la biblioteca de los Clanes, Bree?

—Un montón de cosas —respondió la muchacha revolviendo las fotocopias que había dejado en la mesa del vestíbulo—. Me las he arreglado para leer la mayor parte mientras hacían las copias. La más interesante es ésta.

Sacó una hoja del fajo y la entregó a Roger. Era un extracto de cierto libro sobre leyendas de las Highlands, un artículo encabezado «Salto del Tonel».

—¿Leyendas? —se extrañó Claire, mirando por encima del hombro de Roger—. ¿Es eso lo que necesitamos?

—Podría ser —respondió él con aire distraído y la atención dividida, pues estaba leyendo la página de pasada—. Por lo que se refiere a las Highlands de Escocia, la mayor parte de la historia es oral, más o menos hasta mediados del siglo XIX. Eso significa que no se distinguía entre los relatos basados en personas reales, en personajes históricos y los cuentos sobre cosas míticas, como caballos acuáticos, fantasmas y hazañas antiguas. A menudo, los eruditos que tomaban notas de los relatos no sabían con certeza de qué estaban hablando; unas veces era una combinación de mito y realidad; otras se podía notar que lo descrito era un hecho histórico.

»Esto, por ejemplo —pasó el papel a Claire—, parece un hecho real. Explica cómo se originó el nombre de cierta formación rocosa de las Highlands.

Claire se sujetó el pelo tras la oreja e inclinó la cabeza para leer, bizqueando a la luz escasa del techo. Fiona, demasiado acostumbrada como estaba a los documentos antiguos y las aburridas anécdotas históricas como para sentir ningún interés, se marchó a la cocina a preparar la cena.

—«Salto del Tonel» —leyó Claire—. «Esta extraña formación, situada a cierta distancia de un arroyo, se denomina así por un señor jacobita y su sirviente. El señor, uno de los pocos afortunados que logró escapar del desastre de Culloden, regresó a duras penas a su casa, pero se vio obligado a permanecer casi siete años oculto en una cueva de sus tierras, mientras los ingleses recorrían las Highlands en busca de los fugitivos partidarios de Carlos Estuardo. Los arrendatarios del señor guardaron lealmente el secreto de su presencia y le llevaban comida y provisiones a su escondrijo. Siempre ponían cuidado en referirse al fugitivo llamándolo sólo “el Gorropardo” para no delatarlo a las patrullas inglesas que acostumbraban a patrullar el distrito. Cierto día, un zagal que llevaba un tonel de cerveza a la cueva del señor se encontró en la senda con un grupo de dragones ingleses. Al negarse valerosamente a responder a las preguntas de los soldados y a entregar su carga, el niño fue atacado por uno de los dragones y dejó caer el tonel, que bajó rebotando por la empinada colina, hasta el arroyo de abajo.»

Levantó la vista del papel, mirando a su hija con una ceja enarcada.

—¿Por qué esto? Sabemos... o creemos saber —corrigió con una irónica inclinación de cabeza dirigida a Roger— que Jamie escapó de Culloden, pero no fue el único. ¿Qué te hace pensar que este señor pudo haber sido Jamie?

—Lo de Gorropardo, por supuesto —respondió Brianna, como si la pregunta la sorprendiera.

—¿Qué? —Roger la miró intrigado—. ¿Qué pasa con el Gorropardo?

A modo de respuesta, Brianna asió un mechón de su denso pelo rojo y lo sacudió bajo la nariz del historiador.

—¡Gorropardo! —repitió impaciente—. Un gorro de color castaño opaco, ¿entiendes? Usaba constantemente un gorro, porque podían reconocerlo por su pelo rojo. ¿No dices que los ingleses lo llamaban «Jamie el Rojo»? Sabían que era pelirrojo. ¡Tenía que esconder la cabeza!

Roger la miró fijamente, enmudecido. Su enérgica melena se descolgaba suelta sobre sus hombros y desprendía una fogosa luz.

—Podrías estar en lo cierto —reconoció Claire. El entusiasmo hacía que le brillaran los ojos al mirar a su hija—. Era como el tuyo. Jamie tenía el pelo igual que el tuyo, Bree. —Alargó una mano para acariciar con delicadeza la cabellera de Brianna. La muchacha suavizó la expresión al mirar a su madre.

—Lo sé —dijo—. No dejaba de pensarlo mientras leía. Trataba de verlo, ¿comprendes? —Se interrumpió con un carraspeo, como si se hubiera atragantado con algo—. Lo veía allí, escondido en los brezales, con el sol reflejándose en su pelo. Tú dijiste que había sido un proscrito. Se me ocurrió... se me ocurrió que debía de saber muy bien cómo esconderse. Si lo buscaban para matarlo —concluyó con suavidad.

—Correcto. —Roger habló con energía para dispersar la sombra que nublaba los ojos de Brianna—. Has hecho un estupendo trabajo de deducción. Pero tal vez podamos comprobarlo si trabajamos un poco más. Si localizamos en un mapa el Salto del Tonel...

—¿Por qué clase de estúpida me tomas? —replicó Brianna, desdeñosa—. Ya lo he pensado. —La sombra había desaparecido, reemplazada por una expresión ufana—. Por eso he vuelto tan tarde; he hecho que el empleado sacara todos los mapas de las Highlands que tenían allí.

Retiró otra hoja fotocopiada de la pila y señaló con el dedo cerca del encabezamiento con actitud triunfante.

—¿Ves? Es tan pequeña que no aparece en la mayoría de los mapas, pero en éste figuraba. Justo aquí; aquí está la aldea de Broch Mordha, que según mamá está cerca de la finca Lallybroch. Y aquí... —Movió el dedo medio centímetro para señalar una línea de letras microscópicas—. ¿Ves? Volvió a su finca, Lallybroch, y allí se escondió.

—Como no tengo una lupa a mano —dijo Roger enderezando la espalda—, estoy dispuesto a creer que ahí pone «Salto del Tonel» si me das tu palabra. —Miró a Brianna con una amplia sonrisa—. Mis felicitaciones. Creo que lo has encontrado... hasta aquí, al menos.

Brianna sonrió, con un brillo sospechoso en los ojos.

—Sí —dijo suavemente. Y tocó las dos hojas de papel—. Mi padre.

Claire le estrechó la mano.

—Si tienes el pelo de tu padre, me alegra ver que tienes el cerebro de tu madre —dijo sonriendo—. Vamos a celebrar tu descubrimiento con la cena de Fiona.

—Buen trabajo —dijo Roger a Brianna, mientras seguían a Claire hacia el comedor. Le apoyó una mano en la cintura—. Puedes estar muy orgullosa.

—Gracias —replicó ella con una breve sonrisa. Pero la expresión pensativa regresó casi de inmediato a la curva de sus labios.

—¿Qué pasa? —preguntó Roger con delicadeza, deteniéndose en el vestíbulo.

—En realidad, nada. —Ella se volvió a mirarlo, con una arruga visible entre las cejas rojizas—. Sólo que... estaba pensando, tratando de imaginar. ¿Cómo crees que fue aquello para él? Pasar siete años en una cueva... ¿Y qué le pasaría después?

Movido por un impulso, Roger se inclinó para depositar un leve beso entre sus cejas.

—No lo sé, querida —dijo—. Pero tal vez podamos averiguarlo.

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SEGUNDA PARTE

Lallybroch

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4

El Gorropardo

Lallybroch

Noviembre de 1752

Una vez al mes, cuando alguno de los niños le llevaba el mensaje de que no había peligro, bajaba a casa para afeitarse. Siempre por la noche, caminando con los pasos suaves del zorro en la oscuridad. Era necesario un pequeño gesto hacia el concepto de civilización.

Se deslizaba como una sombra por la puerta de la cocina, donde le recibían la sonrisa de Ian o el beso de su hermana; entonces se iniciaba la transformación. El cuenco de agua caliente y la navaja recién afilada ya estaban esperándolo en la mesa, con lo que quedara de jabón. De vez en cuando era jabón de verdad, si el primo Jared había enviado un poco desde Francia; con más frecuencia, sebo a medio procesar que irritaba los ojos por la fuerza de la lejía.

Sentía iniciarse el cambio con el primer aroma de la cocina, tan fuerte y rico después de los olores del lago, el páramo y la leña, atenuados por el viento. Pero sólo al concluir con el rito del afeitado se sentía humano de la cabeza a los pies una vez más.

Habían aprendido a no esperar que hablara antes de afeitarse; las palabras no surgían fácilmente tras un mes de soledad. Y no era porque no tuviese nada que decir. Más bien se debía a que las palabras que llevaba dentro se le quedaban atascadas en la garganta y peleaban entre ellas por salir en el poco tiempo del que disponía. Necesitaba esos minutos de cuidadoso aseo para elegir qué quería decir primero y a quién. Había noticias que pedir y escuchar: sobre las patrullas inglesas en el distrito, la política, los arrestos y juicios en Londres y Edimburgo... Pero eso podía esperar. Era mejor hablar con Ian sobre la finca y con Jenny sobre los niños. Si parecía no haber peligro, hacían bajar a los niños para que saludaran a su tío con abrazos somnolientos y besos húmedos, antes de volver tambaleándose a sus camas.

—Pronto será un hombre —había sido su primer tema de conversación en septiembre, señalando con la cabeza al hijo mayor de Jenny, el que llevaba su nombre. El niño, que tenía diez años, permanecía sentado a la mesa, algo cohibido y muy consciente de la dignidad de ser, por el momento, el hombre de la casa.

—Sí, con lo que necesito otro de esos seres por el que preo­cuparme —replicó agriamente su hermana. Pero tocó a su hijo en el hombro al pasar con un orgullo que desmentía sus palabras.

—¿No has tenido noticias de Ian? —Su cuñado había sido arrestado por cuarta vez, tres semanas antes, y llevado a Inverness bajo la sospecha de simpatizar con los jacobitas.

Jenny negó con la cabeza, mientras ponía ante él un plato cubierto. El denso y cálido aroma del pastel de perdices se coló por entre los agujeros de la corteza y lo hizo salivar con tal intensidad que tuvo que tragar saliva antes de hablar.

—No hay por qué preocuparse —dijo, sirviéndole pastel de perdices en el plato. Su voz era serena, pero se acentuó la pequeña arruga vertical entre sus cejas—. He mandado a Fergus para que les enseñe la escritura de transferencia y la constancia de que Ian fue licenciado de su regimiento. Lo enviarán a casa en cuanto entiendan que no es el señor de Lallybroch y que no conseguirán nada acusándolo. —Después de echar una mirada a su hijo, alargó la mano hacia la jarra de cerveza—. Les será difícil demostrar la acusación de traición en un niño.

Su voz era lúgubre, pero encerraba un deje de satisfacción al pensar en la confusión de la corte inglesa. La escritura de transferencia, salpicada de lluvia, demostraba que el título de Lallybroch había pasado del James adulto al menor; cada vez que aparecía en los tribunales, burlaba los intentos de la Corona por apoderarse de la finca como propiedad de un traidor jacobita.

La sentiría desaparecer poco a poco en cuanto se marchara, esa fina apariencia de humanidad; la mayor parte se desvanecería tras cada paso que diera para alejarse de la granja. A veces conseguía llevarse la ilusión de calidez y familia hasta la cueva donde se escondía, pero otras veces desaparecía casi de inmediato arrancada por una ráfaga de aire gélido con un olor a quemado apestoso y punzante.

Los ingleses habían incendiado tres sembrados más allá del campo alto. Arrancaron de sus hogares a Hugh Kirby y a Geoff Murray para fusilarlos en sus propias casas, sin preguntas ni acusaciones formales. Al joven Joe Fraser le había advertido su esposa, que vio llegar a los ingleses, y pasó tres semanas viviendo con Jamie en la cueva, hasta que los soldados estuvieron bien lejos del distrito... llevándose a Ian consigo.

En octubre habló con los chicos mayores: Fergus, el francesito que había sacado de un burdel de París, y Rabbie MacNab, el hijo de la doncella y gran amigo de Fergus.

Se deslizó la cuchilla por una mejilla muy despacio y siguió por el contorno de la mandíbula, luego limpió la hoja jabonosa contra el filo del aguamanil. Mientras se afeitaba advirtió, con el rabillo del ojo, la fascinada envidia de Rabbie MacNab. Se volvió un poco y vio que los tres muchachos, Rabbie, Fergus y el pequeño Jamie, lo observaban con atención, algo boquiabiertos.

—¿Nunca habéis visto afeitarse a nadie? —preguntó enarcando una ceja.

Rabbie y Fergus intercambiaron una mirada; la respuesta corrió por cuenta del pequeño Jamie, propietario titular de la finca.

—Oh, bueno... sí, tío —dijo enrojeciendo—. Pero... es decir... —tartamudeó un poco, poniéndose aún más rojo—. Ahora papá no está... y aunque esté en casa no siempre lo vemos afeitarse... y además, tú tienes tanto pelo en la cara, tío, después de todo un mes... Es que nos alegramos mucho de verte otra vez y...

Súbitamente, Jamie cayó en la cuenta de que, para los muchachitos, él debía de parecer un personaje muy romántico. Vivir solo en una cueva, salir a cazar en la oscuridad, bajar en la bruma de la noche, sucio, barbudo y con el pelo revuelto... A esa edad, ser forajido y vivir escondido en el monte, en una cueva húmeda, podía parecer una aventura fascinante. A los quince, a los dieciséis y a los diez años no tenían conciencia de lo que eran la culpa, la amarga soledad, o el peso de una responsabilidad que no se aliviaba con ningún entretenimiento.

Podían entender el miedo, hasta cierto punto. El miedo a la captura, a la muerte. Pero no el miedo a la soledad, al propio temperamento, a la locura. El constante y crónico miedo de lo que su presencia podría suponer para ellos. Y si en algún instante valoraban ese riesgo, enseguida lo escondían tras la despreocupada presunción de la inmortalidad que cabía esperar de cualquier chico de su edad.

—Bueno, sí —dijo al tiempo que se volvía con aire indiferente hacia el espejo aprovechando una pausa en el tartamudeo del joven Jamie—. El hombre nace para sufrir y afeitarse. Una de las plagas de Adán.

—¿De Adán? —Fergus puso cara de desconcierto mientras los otros fingían tener alguna idea de lo que Jamie decía. De Fergus nadie esperaba que lo supiera todo, porque era francés.

—Ah, sí. —Jamie metió el labio superior bajo los dientes para raspar delicadamente debajo de la nariz—. Al principio, cuando Dios creó al hombre, la barbilla de Adán era tan lampiña como la de Eva. Y los dos tenían el cuerpo tan suave como un recién nacido —añadió mientras veía cómo su sobrino echaba un vistazo a la entrepierna de Rabbie. Éste aún no tenía barba, pero el tenue bozo del labio superior revelaba crecimientos en otras partes—. Mas cuando el ángel de la espada flamígera los expulsó del Edén, no bien hubieron cruzado las puertas del jardín, el pelo comenzó a crecer y a escocer en la barbilla de Adán. Y desde entonces el hombre está condenado a afeitarse. —Terminó su propia barbilla con un garboso movimiento final y se inclinó teatralmente ante su público.

—Pero ¿y el otro pelo? ¿Por qué? —quiso saber Rabbie—. ¡Ahí no te afeitas!

El pequeño Jamie soltó una risita aguda, otra vez sonrojado.

—Menos mal —observó su tocayo—. Haría falta una mano muy firme. Eso sí: no habría necesidad de espejo —añadió entre un coro de risas.

—¿Y las señoras? —preguntó Fergus. Al decir «señoras» se le quebró la voz en un graznido de rana que hizo reír aún más a los otros dos—. Les filles también tienen pelo allí y no se afeitan... por lo general, al menos —añadió pensando, obviamente, en algunas de las cosas que había visto en el burdel.

Jamie oyó los pasos de su hermana en el pasillo.

—Bueno, eso no es ninguna maldición —explicó a su absorto público mientras cogía el aguamanil y tiraba su contenido con cuidado por la ventana abierta—. Dios lo creó para consolar a los hombres. Si alguna vez tenéis el privilegio de ver a una mujer desnuda, caballeros —dijo mirando por encima del hombro en dirección a la puerta y bajando la voz con actitud confidente—, observaréis que el pelo de esa zona crece en forma de flecha señalando la dirección correcta para que los pobres hombres igno­rantes puedan encontrar el camino de vuelta a casa.

Se volvió con solemnidad dejando las carcajadas y risitas a su espalda y le asaltó una repentina vergüenza al ver a su hermana, que se acercaba por el pasillo con el paso lento y bamboleante del embarazo avanzado. Traía la bandeja de la cena sobre su vientre hinchado. ¿Cómo había podido degradarla de aquella forma sólo para poder compartir una broma grosera y un momento de camaradería con los chicos?

—¡Silencio! —ordenó a los niños, que interrumpieron bruscamente las risas y se lo quedaron mirando sorprendidos. Y se adelantó deprisa para coger la bandeja y ponerla en la mesa.

Era un plato apetitoso, hecho con tocino y carne de cabra; vio que la prominente nuez de Adán subía y bajaba en la garganta de Fergus al sentir el aroma. Sabía que ellos guardaban la mejor comida para él; era obvio, por lo demacrado de las caras que rodeaban la mesa. Cada vez que él bajaba traía toda la carne que lograba conseguir: conejos o gallos silvestres cazados con trampa y algunos huevos de chorlito; pero nunca era suficiente para aquella casa, cuya hospitalidad debía cubrir las necesidades, no sólo de los suyos y los criados, sino también de las familias de Kirby y Murray, ambos asesinados. Al menos hasta la primavera, las viudas y los huérfanos de sus arrendatarios debían permanecer allí y a él le correspondía hacer lo posible por alimentarlos.

—Siéntate a mi lado —dijo a Jenny cogiéndola del brazo para traerla suavemente hasta el banco puesto junto a él.

Su hermana se sorprendió. Estaba acostumbrada a servirle cuando venía, pero se sentó encantada. Era tarde y estaba cansada; Jamie ya había visto las manchas oscuras que tenía bajo los ojos. Con gran firmeza, cortó un buen trozo de carne y puso el plato ante ella.

—¡Pero si eso es todo para ti! —protestó ella—. Yo ya he comido.

—No lo suficiente. Necesitas más... por el bebé —añadió inspirado. Si no comía por sí misma, lo haría por la criatura.

Su hermana vaciló un momento y, sonriéndole, cogió la cuchara y empezó a comer.

Corría el mes de noviembre; el frío se filtraba por la camisa delgada y los pantalones de montar que llevaba puestos. Atento al rastro, apenas lo notó. El cielo estaba aborregado, pero la luna llena daba abundante luz.

No llovía, gracias a Dios; con el ruido del agua al caer era imposible oír nada, y el aroma penetrante de las plantas mojadas disfrazaba el olor de los animales. Su olfato se había vuelto casi penosamente agudo en los largos meses pasados a la intemperie; a veces, cuando entraba en la casa, los olores parecían capaces de derribarlo.

No estaba lo bastante cerca como para percibir el olor almizclado del ciervo, pero sí escuchó el revelador crujido provocado por su pequeño sobresalto cuando el animal le olió a él. Se habría quedado helado, sería una de las sombras que susurraban por la ladera a su alrededor bajo las nubes pasajeras.

Giró con toda la lentitud posible hacia el sitio donde sus oídos le habían indicado que estaba el venado. Tenía el arco en la mano y una flecha lista. Podría disparar una sola vez, si acaso, cuando el animal huyera.

¡Allí! El corazón se le subió a la garganta al ver los cuernos, agudos y negros por encima de las aliagas. Afirmó el cuerpo, aspiró hondo y dio un paso adelante.

El bramido de un ciervo siempre era sorprendentemente alto, lo bastante como para ahuyentar a sus perseguidores. Pero ese perseguidor estaba preparado. Él no se sobresaltó ni fue tras él. Jamie se quedó quieto apuntando con su flecha y siguiendo con un ojo la trayectoria de los brincos del ciervo, esperando el momento, aguardando para disparar, y entonces la cuerda del arco le golpeó la muñeca con fuerza.

Fue un disparo limpio, por fortuna se clavó justo detrás de la paleta. A duras penas habría tenido fuerzas para perseguir a un ciervo adulto herido. Había caído en un lugar despejado, tras una mata de aliagas, con las piernas tiesas, en la forma extrañamente indefensa en que lo hacen los ungulados moribundos. La luna llena iluminaba su ojo vidrioso; su amable y oscura mirada quedó oculta y el misterio de su muerte se escondió tras una cortina plateada.

Jamie sacó el cuchillo del cinturón y se arrodilló junto al venado, mientras decía a toda prisa la oración que le había enseñado el viejo John Murray, el padre de Ian. Su propio padre esbozó una mueca al escucharla y Jamie supuso que quizá no fuera dirigida al mismo Dios al que le rezaban en la iglesia los domingos. Pero su padre no dijo nada y él murmuró aquellas palabras sin apenas comprender lo que estaba diciendo debido a la excitación nerviosa de sentir la mano de John posada con firmeza sobre la suya presionando la hoja del cuchillo por vez primera en un pellejo peludo y la carne caliente.

Ahora, con la seguridad que le daba la práctica, levantó el hocico pegajoso con una mano y, con la otra, cortó el cuello del animal.

La sangre brotó caliente en dos o tres borbotones sobre la mano en la que sostenía el cuchillo, y luego el chorro fue mermando hasta convertirse en un hilillo de sangre continuo que vaciaba el cadáver a través de las gruesas venas abiertas de la garganta. Si se hubiera parado a pensarlo, quizá no lo habría hecho, pero el hambre, el mareo y el helor de la noche le habían llevado más allá de la razón. Ahuecó las manos, las colocó bajo el chorro de sangre y se llevó su contenido humeante a la boca.

La luna brillaba oscura en sus manos ahuecadas y goteantes y fue como si absorbiera la sustancia del ciervo en lugar de beberla. La sangre sabía a sal y plata y el calor que desprendía era el suyo propio. Cuando bebió no se sorprendió del frío o el calor, sólo existía su intenso sabor, el embriagador aroma a metal caliente y el repentino murmullo de sus tripas ante la cercanía del alimento.

Cerró los ojos e inspiró. El aire húmedo y frío regresó colándose por entre el cálido hedor del cadáver y sus sentidos. Tragó una vez, luego se frotó la cara con el reverso de la mano, se limpió las palmas en la hierba y se puso manos a la obra.

Luego, el brusco esfuerzo de mover y destripar la res, el largo tajo donde se mezclaban fuerza y delicadeza para abrir el cuero entre las patas sin penetrar en el saco que encerraba las entrañas. Metió las manos en la res, profanando la intimidad caliente y húmeda, e hizo otro esfuerzo para retirar el saco viscoso, que brillaba entre sus manos a la luz de la luna. Un tajo arriba, otro abajo. Y la masa quedó libre, en la transformación de magia negra que convertía a un venado en carne.

Era un animal pequeño, aunque su cornamenta ya tenía puntas. Con un poco de suerte podría cargarlo él solo, en vez de dejarlo a merced de los zorros y los tejones hasta que pudiera traer ayuda para trasladarlo. Metió un hombro bajo una de las patas y se incorporó con lentitud, gruñendo por el esfuerzo, hasta acomodar firmemente el peso en la espalda.

La luna proyectó su sombra jorobada y fantástica en una roca mientras emprendía su lenta y desgarbada retirada colina abajo. La cornamenta del ciervo cabeceaba sobre su hombro confiriéndole al perfil de su sombra la apariencia de un hombre con cuernos. Se estremeció un poco al pensarlo, recordando historias de aquelarres en las que el dios astado se presentaba para beberse la sangre de una cabra o un gallo sacrificados.

Sentía náuseas y estaba bastante mareado. Cada vez le afectaba más la desorientación, la fragmentación de sí mismo entre el día y la noche. Durante el día era sólo una criatura de la razón que escapaba de su húmeda inmovilidad mediante una disciplinada y terca retirada por las vías del pensamiento y la meditación, buscando refugio en las páginas de los libros. Pero al salir la luna, toda razón se disipaba sucumbiendo de inmediato a las sensaciones; emergía, como una bestia de su guarida, al aire fresco para correr por las colinas oscuras y cazar bajo las estrellas, impulsado por la noche, ebrio de sangre e influjo lunar.

Miraba al suelo mientras caminaba; tenía la suficiente visión nocturna como para no perder pie a pesar de la pesada carga que llevaba sobre los hombros. El ciervo estaba flácido y empezaba a enfriarse; su entumecido y suave pelaje le rascaba la nuca. Jamie sentía cómo su propio sudor se enfriaba al contacto con la brisa, casi como si compartiera el destino de su presa.

Sólo cuando surgieron a la vista las luces de Lallybroch dejó, por fin, que el manto de humanidad cayera sobre él, que mente y cuerpo volvieran a unirse, mientras se preparaba para saludar a su familia.

9788415631071-10

5

Nos dan un niño

Tres semanas después aún no había noticias de Ian. En realidad, no tenía noticias de ninguna clase. Fergus llevaba varios días sin ir a la cueva, por lo que Jamie se consumía de preocupación por saber cómo iba todo en la casa. Cuando menos el venado ya habría desaparecido, con tantas bocas que alimentar, y la huerta rendía muy poco en aquella época del año.

Su preocupación era tanta que se arriesgó a hacer una visita temprana; después de revisar sus trampas, bajó de las colinas justo antes del crepúsculo. Por si acaso, tuvo la prudencia de ponerse el gorro tejido con tosca lana parda que le protegería el pelo de cualquier rayo revelador del sol poniente. Su estatura, por sí sola, podía provocar sospechas, pero no dar certidumbre, y tenía plena confianza en la fuerza de sus piernas para escapar si tenía la mala suerte de encontrarse con una patrulla inglesa. Las liebres de los brezales no podían medirse con Jamie Fraser si estaba sobre aviso.

Al acercarse notó que la casa estaba extrañamente silenciosa. Faltaba el bullicio habitual de los niños: los cinco de Jenny y los seis de los arrendatarios, por no mencionar a Fergus y a Rabbie MacNab, que distaban mucho de haber dejado atrás la edad de perseguirse por los establos, chillando como posesos.

Se detuvo ante la puerta de la cocina, sintiendo la casa extrañamente desierta a su alrededor. Se encontraba en el vestíbulo trasero, con la despensa a un lado, el fregadero al otro y la parte principal de la cocina justo delante. Permaneció inmóvil, aguzando todos los sentidos, escuchando mientras inhalaba los abrumadores aromas de la casa. Había alguien allí: un leve rasgueo, seguido por un tintineo suave y regular, surgía a través de la puerta recubierta de paño que retenía el calor en la cocina, impidiendo que se filtrara hacia la helada despensa trasera.

Reconfortado por el ruido doméstico, abrió la puerta con cautela, pero sin miedo. Jenny, sola y embarazada, estaba de pie ante la mesa, batiendo algo en un cuenco amarillo.

—¿Qué haces aquí? ¿Dónde está la señora Coker?

Su hermana soltó la cuchara con un grito sobresaltado.

—¡Jamie! —Apretó una mano contra el pecho y cerró los ojos, pálida—. ¡Por Dios! ¡Casi me matas del susto! —Abrió los ojos, de color azul oscuro como los de él, y le clavó una mirada penetrante—. ¿Qué estás haciendo aquí, Virgen santa? No te esperaba hasta dentro de una semana.

—Hace días que Fergus no sube a la colina; estaba preocupado —dijo simplemente.

—Eres un tesoro, Jamie.

Su cara estaba recobrando el color. Con una sonrisa, se acercó a su hermano para abrazarlo. Era una maniobra complicada con el futuro bebé en medio, pero seguía siendo agradable. Jamie posó un momento la mejilla sobre la impecable oscuridad de su cabeza e inspiró su complejo aroma a cera de vela y canela, jabón de sebo y lana. Había un ingrediente inusual en su olor aquella tarde; Jamie pensaba que su hermana empezaba a oler a leche.

—¿Dónde están todos? —preguntó, soltándola de mala gana.

—Bueno, la señora Coker ha muerto —respondió acentuando la leve arruga entre sus cejas.

—¿Sí? —Jamie se persignó con suavidad—. Lo lamento. —La señora Coker había sido criada primero y ama de llaves después, desde la boda de sus padres, más de cuarenta años atrás—. ¿Cuándo?

—Ayer por la mañana. No fue inesperado, pobrecita, y se fue apaciblemente. En su propia cama, como quería, con el padre McMurtry orando junto a ella.

Jamie echó una mirada reflexiva hacia la puerta que conducía a las habitaciones del servicio.

—¿Aún está aquí?

La hermana negó con la cabeza.

—No. Le dije a su hijo que debían velarla aquí, en la casa, pero los Coker pensaron que, estando las cosas como están —abarcó con un mohín la ausencia de Ian, el acecho de los ingleses, los arrendatarios refugiados, la falta de comida y la presencia de Jamie en la cueva—, era mejor hacerlo en Broch Mordha, en casa de su hermana. Han ido todos allí. Yo dije que no estaba en condiciones de acompañarlos —añadió con una sonrisa pícara—. Pero en realidad necesitaba unas horas de paz y silencio.

—Y aquí vengo yo, a interrumpir tu paz —dijo Jamie, melancólico—. ¿Quieres que me vaya?

—No, cabeza de chorlito —dijo la hermana afablemente—. Siéntate mientras sigo preparando la cena.

—¿Qué hay para comer? —preguntó olfateando con aire esperanzado.

—Depende de lo que hayas traído —replicó Jenny. Se movió con andar pesado por la cocina, retirando cosas de los armarios, y se detuvo a revolver el gran caldero que pendía sobre el fuego, del que surgía un vapor tenue.

—Si has traído carne, la comeremos. Si no, será cebada hervida y carne en conserva.

Puso mala cara; le resultaba muy desagradable la idea de comer cebada hervida y jarrete, los últimos restos de la carcasa que habían comprado hacía dos meses.

—Menos mal que he tenido suerte —dijo él. Volcó su bolsa y dejó caer los tres conejos en la mesa, un bulto inerme de pelaje gris y orejas caídas—. Y zarzamoras —añadió volcando el contenido de su gorro pardo, manchado por dentro de rico jugo rojo.

A Jenny se le iluminaron los ojos.

—Pastel de liebre —declaró—. No hay grosellas, pero las zarzamoras servirán. Y, gracias a Dios, queda suficiente manteca.

Tras ver un leve movimiento entre el pelaje gris, golpeó la mesa con la mano, reduciendo a la nada al minúsculo intruso.

—Llévatelos fuera para desollarlos, Jamie, si no quieres que la cocina se llene de pulgas.

Al volver con los animales desollados, Jamie vio que la masa para el pastel estaba muy avanzada; Jenny tenía manchas de harina en el vestido.

—Córtalos en lonjas y aplasta los huesos, ¿quieres, Jamie? —dijo consultando con el entrecejo arrugado las Recetas de cocina y pastelería de la señora McClintock, que tenía abierto en la mesa junto al molde para el pastel.

—¿No puedes preparar un pastel de liebre sin mirar ese librillo? —preguntó él, al tiempo que cogía la gran maza de madera de su sitio sobre la alacena. Esbozó una mueca al sopesarla con la palma. Se parecía mucho a la que le había roto la mano derecha varios años atrás en una prisión inglesa, y le asaltó una repentina y gráfica imagen de los huesos hechos añicos en un pastel de liebre, astillados y agrietados, goteando sangre salada y dulce tuétano sobre la carne.

—Claro que puedo —respondió su hermana, distraída, mientras hojeaba el volumen—. Pero cuando te faltan la mitad de las cosas necesarias para preparar una receta, a veces aquí encuentras algo que puedes usar. —Frunció el ceño clavando los ojos en la página—. Normalmente prepararía la salsa con clarete, pero sólo nos queda uno de los toneles de Jared en el hoyo del cura y no quiero tocarlo. Podría hacernos falta.

Él no necesitó preguntarle para qué. Un tonel de clarete podía engrasar los engranajes para que liberaran a Ian o, al menos, para conseguir noticias suyas. Echó una mirada furtiva a la enorme tripa redonda de Jenny. No era propio de hombres hablar de esas cosas, pero a sus ojos, que no andaban escasos de experiencia, parecía estar muy a punto. Distraído, se inclinó hacia el caldero para sumergir el cuchillo en el líquido hirviente; luego lo secó.

—¿Por qué has hecho eso, Jamie? —Jenny lo estaba mirando. Se le habían escapado algunos mechones de pelo del lazo y sintió una punzada al ver el brillo de una cana entre el ébano.

—Ah —dijo él, aparentando indiferencia mientras cogía uno de los animales—. Claire me enseñó a lavar los cuchillos en agua hirviendo antes de tocar los alimentos con ellos.

Más que verlo, sintió que ella enarcaba las cejas. Únicamente una vez le había preguntado por Claire, cuando volvió de Cul­loden, consciente sólo a medias y casi muerto de fiebre. «Se ha ido —había sido su respuesta, apartando la cara—. No vuelvas a mencionármela.» Leal como siempre, Jenny no lo hacía y él tampoco. Ignoraba por qué acababa de pronunciar su nombre, a menos que fuera por los sueños.

Los tenía a menudo y de distintas clases, y siempre lo dejaban intranquilo al día siguiente, como si por un momento Claire hubiera estado lo bastante cerca como para tocarla y luego hubiera desaparecido de nuevo. Habría podido jurar que a veces despertaba con el olor de ella en el cuerpo, almizclado e intenso, siempre sazonado con un fresco aroma a hojas y hierbas verdes. Más de una vez había vertido su simiente mientras soñaba, cosa que lo dejaba algo avergonzado e intranquilo. Para distracción de ambos, señaló el vientre de Jenny.

—¿Cuánto falta? —preguntó ceñudo mirando su incipiente tripa—. Pareces una gaita: un toque y ¡puf! —Chasqueó los dedos para ilustrar sus palabras.

—¿Sí? Ojalá fuera tan fácil. —Arqueó la espalda, frotándose la cintura, y su vientre se proyectó de una manera alarmante. Él se apretó contra la pared para dejarle espacio—. Será en cualquier momento, supongo. Nunca se sabe con exactitud.

Cogió una taza para medir la harina y notó que en la bolsa quedaba muy poca.

—Cuando empiece, mándame llamar a la cueva —dijo súbitamente—. Bajaré, con casacas rojas o sin ellos.

Jenny dejó de revolver para mirarlo.

—¿Para qué?

—Bueno, Ian no está aquí —señaló Jamie cogiendo uno de los conejos desollados. Con la destreza de la práctica, desarticuló pulcramente un muslo y, con tres rápidos golpes de maza, la carne pálida quedó aplanada, lista para el pastel.

—De poco me serviría tenerlo aquí —musitó ella—. Ya se ocupó de su parte hace nueve meses. —Mirando a su hermano con la nariz fruncida, cogió el plato con la manteca—. Mmfm.

Se sentó para seguir con su trabajo, cosa que puso su barriga a la altura de los ojos de Jamie. Su contenido, despierto y activo, se mecía de un lado a otro con inquietud moviendo el delantal mientras ella se estiraba. Jamie no pudo resistir la tentación de apoyar levemente la mano en aquella curva monstruosa para percibir las poderosas patadas del habitante, impaciente por abandonar su encierro.

—Mándame a Fergus cuando llegue el momento —repitió Jamie.

Ella lo miró con exasperación y le apartó la mano con un golpe de cuchara.

—¿No acabo de decirte que no te necesito? Por Dios, hombre, demasiadas preocupaciones tengo ya, con la casa llena de gente, apenas lo indispensable para alimentarla, Ian preso en Inverness y los casacas rojas rondando las ventanas cada vez que me doy la vuelta. ¿Debo preocuparme también por el riesgo de que te atrapen?

—Por mí no te preocupes. Sé cuidarme —aseguró sin mirarla y centrando su atención en la articulación que estaba cortando.

—Bueno, si sabes cuidarte, quédate en la colina. —Deslizó la mirada por su larga y recta nariz y lo observó por encima de la orilla del cuenco—. Ya he tenido seis hijos. ¿No te parece que a estas alturas puedo arreglármelas?

—Contigo no se puede discutir —la acusó.

—No —replicó ella de inmediato—. Así que te quedarás allí.

—Vendré.

Jenny entornó los ojos y le lanzó una larga e intensa mirada.

—Debes de ser el tonto más testarudo de Escocia.

Por la cara de su hermano se extendió una dilatada sonrisa cuando la miró.

—Puede que sí —dijo dándole unas palmaditas en el vientre henchido—. Y puede que no. Pero voy a venir. Cuando llegue el momento, envíame a Fergus.

Tres días después, poco antes del amanecer, Fergus subió la cuesta hasta la cueva, jadeando y perdiendo la senda en la oscuridad. Hizo tanto ruido entre las aliagas que Jamie lo oyó mucho antes de que llegara.

—Milord... —comenzó sin aliento al aparecer en el extremo de la senda.

Pero Jamie ya lo había dejado atrás y bajaba apresuradamente hacia la casa, echándose el manto por los hombros.

—Pero, milord... —se oyó la voz del chico tras él, jadeante y asustado—. Los soldados...

—¿Soldados? —Jamie se detuvo en seco y se volvió esperando con impaciencia a que el francés bajara la pendiente—. ¿Qué soldados? —preguntó mientras Fergus resbalaba en los últimos metros.

—Dragones ingleses, milord. Milady me manda decirle que no abandone la cueva bajo ningún concepto. Uno de los hombres los vio ayer, acampados cerca de Dunmaglas.

—Malditos sean.

—Sí, milord. —Fergus se sentó en una piedra para abanicarse, su estrecho torso palpitaba aceleradamente.

Jamie vacilaba, irresoluto. Todos sus instintos se negaban a volver a la cueva. Tenía la sangre caliente de la excitación que le había causado la aparición de Fergus y se rebelaba contra la idea de arrastrarse de vuelta a su escondite con sumisión como un gusano buscando refugio bajo su roca.

—Hum... —murmuró mirando a Fergus.

La luz cambiante estaba empezando a recortar la esbelta silueta del muchacho contra la negrura de la aliaga, pero su rostro seguía siendo un borrón pálido tiznado con un par de manchas más oscuras que indicaban la ubicación exacta de sus ojos. En él se agitaba cierta sospecha. ¿Por qué su hermana le mandaba a Fergus a una hora tan extraña? Si hubiera sido tan urgente advertirle sobre los dragones, habría sido más seguro enviar al chico durante la noche, y si no era tan urgente, ¿por qué no esperar a la noche siguiente? La respuesta era obvia: temía no estar en condiciones de enviarle el mensaje a la noche siguiente.

—¿Cómo está mi hermana? —preguntó.

—¡Oh, bien, milord, muy bien! —El caluroso tono de la afirmación confirmó las sospechas de Jamie.

—Está a punto de tener el niño, ¿no? —preguntó.

—¡No, milord, claro que no!

Jamie plantó una mano en el hombro de Fergus. Los huesos parecían pequeños y frágiles bajo sus dedos; recordó, incómodo, los conejos que había troceado

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