A principios de 1946, poco tiempo después de la Segunda Guerra Mundial, me marché de San Francisco en un barco de tropas que transportaba a cientos de soldados. Recuerdo nuestra llegada a Manila, cómo avanzábamos lentamente por el enorme puerto en el que los mástiles y las chimeneas de muchos barcos hundidos se elevaban sobre la superficie del agua, marrón por el óxido que brotaba como la sangre. La ciudad estaba medio en ruinas, pero bullía de vida, y todavía flotaba un olor extraño y nauseabundo en algunas fortificaciones semejantes a cuevas en las que habían muerto los defensores japoneses.
Me destinaron a una unidad de transporte de tropas. Volamos a Okinawa, donde el único edificio que quedaba de pie en Naha, la capital, era la oficina de correos. Luego fuimos a Tokio, que olía a madera quemada y a servicios sanitarios rudimentarios. También estaba asolado.
De allí me mandaron a Hawái. Durante los dos años siguientes volé por el Pacífico en aviones que avanzaban tan despacio que parecían estar parados. Tenía una pitillera de plata con los nombres de los lugares donde había estado: Melbourne, Sídney, Kwajalein, Guadalcanal, Nueva Caledonia, Guam, etcétera. Una lista que me impresionaba, aunque estaba lejos de ser especial, pues todo el mundo había estado en todas partes.
En Shanghái nos alojamos en una de las casas propiedad de Chiang Kai-Shek. En el cuarto de baño principal, además de un bidet había una silla de barbero. Estábamos en plena guerra civil entre nacionalistas y comunistas. La inflación inundó China, y todos los días los periódicos publicaban un nuevo tipo de cambio del yuan en dólares estadounidenses, una cifra de siete dígitos que de la noche a la mañana se había multiplicado por cincuenta mil. En el comedor del hotel los manteles eran blancos y los camareros servían fresas recién recolectadas. En la polvorienta plaza de fuera había un montón de rickshaws que parecían abandonados. No importaba la hora del día o de la noche, en cuanto te detenías en lo alto de las escaleras del hotel había movimiento, vago al principio, luego más focalizado, y de entre los hombres que habían estado durmiendo debajo de sus rickshaws, el que habías contratado por un dólar al día cuyo nombre jamás conocerías, se levantaba y se acercaba trotando entre los largos palos, listo para llevarte a donde quisieras, incluso fuera de la ciudad.
Si de todo ello nació mi afición por viajar, ya no lo sé; supongo que plantó una semilla. Durante mucho tiempo aproveché cualquier oportunidad que implicara viajar. Un par de años después fui a Europa por primera vez. Se abrieron las puertas al mundo.
¡Estar en otro país! ¡Caer bajo el hechizo de un nombre! ¡Buenos Aires, Tahití, Pago Pago! Tal vez Pago Pago no, pues resultó ser una sola calle de tiendas tristes y un híbrido de comisaría y tienda de bebidas alcohólicas. Volamos a una isla periférica bastante pequeña, un largo trayecto a través de mar abierto. Por fin asoma, en forma de montaña baja y redondeada, pero aparentemente sin un lugar donde aterrizar. En el último momento surge de entre las palmeras una pista, de menos de trescientos metros de longitud. Con un golpe sordo y metálico tocamos tierra. Debajo de los árboles hay gente esperando: pasajeros con sus pertenencias en cajas de cartón. Algunos son estudiantes que vuelven a Estados Unidos.
Vamos a lugares de los que hemos oído hablar. Yo fui a Tánger después de leer a Paul Bowles. No vi su Tánger, por supuesto; vi una ciudad insalubre; hasta la arena de la playa parecía sucia.
Un mundo aparte es el tren a Escocia, que cruza Inglaterra a una velocidad asombrosa. Gaviotas sobre los campos verdes. Hombres pescando en los canales. Ciento sesenta kilómetros por hora, el acero chirriando, el firme de las vías liso como el cristal, senderos que se suceden a toda velocidad. La Inglaterra azul en el crepúsculo invernal. Muros bajos de piedra ennegrecida. La luz de nuestras ventanillas que escapa a través de los árboles, los terraplenes y los laterales de las casas repentinas, luego campos arados, oscuros y tranquilos como el mar. Ventanas solitarias iluminadas. Coches en una carretera nocturna, regresando poco a poco. Nos deslizamos hacia ciudades oscuras. En el cielo apacible y evanescente brilla una sola estrella.
Una italiana rica que conocí me dijo que siempre viajaba con el mismo grupo de amigos. Eran divertidos, por supuesto. Si no, ¿qué sentido habría tenido? Pero viajar a menudo implica estar solo, y unas veces es agradable y otras no. Si eres capaz de superar la angustia que de tanto en tanto te invade, puede que tengas la oportunidad de ver algunas cosas interesantes, quizá las mismas que llevan a ver a los turistas en autocares, pero purificadas, por así decir, por la soledad. En cualquier caso, no te quedes en la habitación del hotel. Ése es el único lugar donde eres vulnerable.
Más allá de las rocas se extiende un mar profundo y lechoso. Las olas rompen en el arrecife. Una joven desnuda de cintura para arriba se está metiendo en el mar; es esbelta y morena, y el agua hace brillar su desnudez. La vida pagana. El sueño ancestral de la felicidad. Las palmeras dan fruta y sombra. La vida se simplifica. En el servicio dominical los hombres llevan lava-lavas con americana blanca, camisa y corbata. Las mujeres lucen vestidos blancos, y algunas zapatos de tacón alto. Baten sus abanicos tejidos al ritmo lento de los cánticos que vocifera el coro. Por la ventana se ve la blanca hilera de olas grandes y el centelleo del sol sobre el denso mar verde.
En Burdeos el hotel se encontraba en una calleja, y el vestíbulo estaba lleno de revistas viejas y olor a comida, pero me dieron una habitación espaciosa y bien amueblada: chimenea de mármol, espejos, un escritorio y sillas, y un cuarto de baño que parecía un pabellón. Las campanas de la iglesia tocaban débilmente los cuartos. De noche había pulgas.
Fuimos en coche hasta Medoc. Hermosos viñedos, edificios blanqueados por el sol. En Margaux, en la avenida flanqueada por árboles, las largas hileras verdes de las vides se extienden en todas direcciones: prosperidad inquebrantable, riqueza milenaria. Las fincas son como naciones, como grandes barcos en alta mar.
¿Es cierto? ¿Existe algún lugar paradisíaco? ¿Un hotel con solera? ¿El Rainmaker? ¿Antes de que llegaran las multitudes? ¿Antes de que el dinero nos ahogara? El mundo anterior a nosotros que conocieron los escritores. Stevenson en la mansión de grandes porches y vistas al mar. Pirandello en Sicilia, donde está enterrado, más allá de la casa, sobre un promontorio desde el que se ve África a lo lejos. Tal vez en los viajes siempre está esa idea junguiana de algo ya impreso en nosotros que buscamos inconscientemente. A veces no tan inconscientemente.
NADA QUE DECLARAR
No esperaba que me parasen, desde luego. La gente cruzaba sin más la Aduana. Yo llevaba una bolsa de viaje y una declaración donde la casilla de bienes adquiridos en el extranjero estaba vacía. El guardia la examinó.
—¿Cuánto tiempo ha estado fuera?
—Ocho días.
Él siguió leyendo.
—¿No ha visitado otro país que Francia?
—Bueno, vine por Inglaterra.
—Eso no consta aquí.
—Sólo estuve unas horas —respondí—. Cogí el tren.
