La distancia que nos separa

Renato Cisneros

Fragmento

distanciaquenossepara-1

Índice

Prefacio por Guillermo Arriaga

Nota del autor

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

Legal

Sobre el autor

Sobre este libro

Prefacio
por Guillermo Arriaga

Primer acto

Me invitaron a la Feria del Libro de Lima en 2017 para presentar mi novela El Salvaje. Un honor que invitaran a nuestro libro a participar (digo nuestro, porque hacer un libro requiere de muchas personas: editoras, tipógrafos, correctores de estilo, diseñadoras, almacenistas, libreras, choferes, encargadas de relaciones públicas, directivos editoriales, etc.). En un día libre, decidí pasear por Lima y visitar algunas librerías en busca de autores peruanos que no conociera. Recorrí cuatro o cinco y en cada una pedí que me recomendaran algún autor. Como viajo con maleta de mano, solo quería llevarme unos pocos libros. En cada librería resaltó un nombre: Renato Cisneros y su novela La distancia que nos separa. En la última librería decidí adquirirlo. Si con tanto énfasis unos y otros me lo recomendaban, por algo sería. No lo leí de inmediato. Aguardé el viaje de regreso en avión para comenzarlo.

Segundo acto

Desconocía por completo quién era Renato y me rehusé a ojear la contraportada para mantener incólume mi virginal aproximación a la novela. Empecé a leer. Me bastaron tres o cuatro páginas para descubrir que me enfrentaba a un escritor de verdad, de esos que uno anhela encontrar cuando llega a un libro desconocido. Me provocó estupefacción la brillantez de su prosa. ¿Por qué no me había topado antes con su obra? ¿En qué momento se rompieron los vasos comunicantes entre los diversos países de América Latina que los libros de un peruano de este calibre no habían llegado a México o, al menos, no se había corrido la voz entre los lectores? ¿Qué provocó que la porosa frontera literaria de la época del «boom» de pronto se tornó en un territorio con aduanas invisibles? ¿Por qué un autor como Renato no se entronizó en el panorama literario mexicano?

Tercer acto

Leí en trance. Página por página, Renato desenterraba de lo profundo del lenguaje una frase pulida, poética, deslumbrante, que con brillo otorgaba a lo narrado una cualidad nueva, ese es un talento otorgado a unos cuantos, entre los cuales, para mi mala fortuna, no me hallo. Es tan descomunal ese talento que no provoca envidia, sino verdadera admiración. Los escritores que lo intentan y no poseen ese don terminan por pergeñar frases manidas, cursis, risibles. La poesía en la prosa no es fácil y no debe estorbar, debe ser una herramienta más del narrador para construir el andamiaje. Si la metáfora o el símil no es orgánico con lo que se cuenta, termina por convertirse en una piedra colorida que desentona o, peor aún, en un caramelo con muchas calorías, pero sin ningún valor nutricional. No es el caso de Renato. No hallé en estas frases nada empalagoso, al contrario, son contundentes, filosas, capaces de diseccionar una situación como un bisturí preciso. Dejo a su juicio un par, convencido de que concordarán conmigo:

«A menudo culpamos a nuestros padres por defectos que creemos suyos sin pensar que quizá sean fallas geológicas, fallas de origen: úlceras que han atravesado siglos y generaciones sin que nadie haya hecho nada por extirparlas o curarlas; podridas estrellas de mar que llevan centurias adheridas a una peña, que no pueden divisarse, pero que están ahí, en algún fondo, reclamando nuestro tacto».

«Así como un padre nunca está preparado para enterrar a un hijo, un hijo nunca está preparado para desenterrar a un padre. Para la mayoría de los huérfanos no es fácil desenterrar ni buscar. Remover una tumba, una biografía, les parece un sacrilegio imperdonable, un acto chueco, profano, una innoble traición a la paz que requieren los muertos».

Cuarto acto

La novela habla de un hombre para mí por completo desconocido: Luis Federico Cisneros Vizquerra, el Gaucho Cisneros, el padre de Renato. No sabía yo que la novela trataba de un ser ciclópeo, un mastodonte perteneciente a una especie que, rogamos varios, se halle en franco periodo de extinción: el militar que gobierna y reprime con mano de hierro. Son vastos los claroscuros que el hijo relata de su padre. Imposible que no fuera así. En la historiografía higienizante ese tipo de hombres son villanos, seres provenientes de la oscuridad maligna, a los que, de una manera u otra, hay que depurar de ese álbum fotográfico familiar que es la Historia. Pero para eso existen los hijos y, más aún, cuando el hijo es escritor. Para devolverle a la figura los matices, el cariz de humanidad, no en el afán de repintar la pared descascarada de su imagen, sino para mostrar que detrás de cada mácula existió otro color, otro tapiz, y que un hombre o una mujer jamás podrán ser juzgados solo por una perspectiva, que en toda biografía, aunque esté salpicada de sangre o de autoritarismo, brotan destellos. Al inicio, la novela relata la historia del joven Luis Federico Cisneros que, por azares, crece en la Argentina (a lo que debe su apodo), y que, cuando llega el momento de decidir profesión, decide enrolarse en la academia militar que en ese país, lo cuenta Renato, forjaba a los cadetes en la escuela alemana/prusiana. El joven peruano es enamoradizo, y a pesar de que abraza con fervor la disciplina y el rigor castrense, es en el fondo un romántico. Las mujeres son el venero subterráneo que irriga la vida privada del Gaucho Cisneros. Ama a una, se casa con ella para luego amar a otra y luego a otra. Se desperdigan hijos en el camino, tres con la esposa «oficial» y luego otros tres con la «amante» (con la cual se casa de mentiras para acallar rumores insidiosos). A esta última camada pertenece Renato, y a lo largo de la novela vemos sus intentos, a veces victoriosos, a veces frustrados, por unirse a sus hermanos en esa membrana viscosa que es el padre en común. Vemos cómo el Gaucho Cisneros regresa al Perú para ingresar a su Ejército hasta que se encumbra, poco a poco, en los puestos más altos: ministro del Interior, ministro de Defensa, y cómo, desde esos puestos, ejerce el poder, en ocasiones de manera atrabiliaria, en otras con calma. En sus páginas, Renato relata el horror de las filias de su padre: Videla, Viola, Galtieri, a quienes no solo profesa admiración irrestricta, sino con quienes goza de una antigua amistad que se remonta a su época de cadetes. Le parece que estos feroces represores argentinos merecen respeto: gracias a ellos la nación no se despeña hacia el caos y el desorden. Igual admiración le suscita la figura de Pinochet, a quien le adjudica la paz de la cual goza Chile (saltándose los millares de desaparecidos, de niños robados, de torturas dispensadas a granel, de gente ejecutada a sangre fría tanto en Argentina como en Chile). Renato se balancea como equilibrista en su esfuerzo por compaginar la imagen del padre que ama con la del declarado fan de los más tenebrosos seres. Sabe, en el fondo, que —como en su padre— en esos hombres debe titilar alguna luz que ilumine alguna faceta de ternura, bondad o amor, así sean escasas. Quien lea La distancia que nos separa se preguntará cómo puede un hijo deglutir verdades de ese kilometraje, verdades/ácido, verdades/gasolina, verdades/bala. Y para eso escribió Renato esta novela, para levantar el tapete de su biografía como hijo (con ingenuidad, él cree que hace la de su padre) y mostrar toda esa basura y esas telarañas que fueron barridas para ocultarlas a la vista. Aquí, se alza el tapete.

Quinto acto

A pesar del hipnótico poder que la novela ejercía sobre mí, dejé de leerla a la mitad. No porque no me gustara, mucho menos porque «hiriera mi sensibilidad», ese lema baboso que sobreponen sobre algunos videos para advertirme que puedo resultar lastimado si los veo. Las novelas están, entre muchas otras cosas, para herir. La dejé porque escribía yo una novela donde aparecía un hombre tan elefantiásico como su padre y no quería ser influido por la prosa de Renato. De hecho, cuando escribo me resisto a leer, porque quiero que sea la vida la que dicte mis páginas, no el estilo de otros escritores. El suspenderla no evitó que buscara el número de teléfono de Renato y lo llamara: «Hola, Renato, mi nombre es Guillermo Arriaga, con seguridad no sabes quién soy, pero también soy escritor y quiero decirte que leí la mitad de tu novela y me parece extraordinaria. Solo deseaba expresarte eso y que, si te place, quisiera ser tu amigo». Resulta que sí tenía idea de quién era yo y, en honor a esa amistad, me pidió escribir unas líneas, estas que ahora tecleo, para celebrar los diez años de la publicación de la novela. Ahora sí la leí completa, embebido en sus líneas y honrado de que me haya elegido para este festejo.

Nota del autor

En los diez años transcurridos desde que se publicó esta novela, mi vida ha dado un gran vuelco. Vine a radicar a España, me casé, me convertí en padre de dos niñas, perdí un hermano, publiqué otros libros, aprendí a trabajar por mi cuenta.

También el Perú cambió. El país que dejé en julio de 2015 (apenas un día después de presentar La distancia que nos separa en la Feria del Libro de Lima), un país en el que los Gobiernos mantenían la extravagante costumbre de durar cinco años, se convirtió en una caricatura que no da risa, un agujero negro del que cada vez más gente considera imperioso marcharse.

Incluso la figura de mi padre ha cambiado. A medida que me hago mayor, lo evoco sin el apasionamiento de antes, más próximo que distante, reconociendo cómo van manifestándose en mí algunos de los rasgos de su carácter, no necesariamente los mejores. A veces, cuando en casa pierdo la paciencia y lanzo un grito, no es mi voz, sino la suya, atronadora, la que se impone. Y como su herencia me trasciende, hay días en que puedo reconocer su mirada severa, imperturbable, en los ojos de mi hija mayor cuando se enoja.

Son casi treinta los años que han pasado desde que murió, pero siempre vuelve. Ya me he acostumbrado a recibir uno o dos correos por año de gente que me escribe para proporcionarme alguna información para mí desconocida sobre el Gaucho Cisneros, sobre cosas que hizo, gestos que tuvo, órdenes que dio. Eso es lo único que no ha cambiado en diez años. Desde que publiqué La distancia..., sigo descubriendo capas de ese hombre inescrutable que fue mi padre.

Nunca he contado, por ejemplo, que durante la investigación que acarreó esta novela llegó a mis oídos un comentario que encontré muy relevante: mi padre y Julio Ramón Ribeyro se habían conocido en París en 1978, año en que al general Cisneros Vizquerra lo designaron, muy a su pesar, agregado militar a la Embajada del Perú en Francia, donde Ribeyro trabajaba o había trabajado. Inferí entonces que ambos personajes habían compartido al menos una reunión social, así que, en mi intención de darle mayor verosimilitud a la narración de ese posible único encuentro, decidí comunicarme con la viuda del escritor, Alida Cordero, con la esperanza de que ella me proporcionara detalles, pormenores. Me preguntaba si Ribeyro, que registraba todo en su diario personal, habría escrito algo alusivo a su conversación con ese general polémico del que ya había escuchado hablar. ¿Cuántas veces coincidieron en esa época? ¿Llegaron a tener amistad? ¿Puede el exilio hacer amigos a un hombres tan distintos como ese escritor y ese militar?

Desde París, doña Alida me contestó el teléfono amablemente y, luego de decirme que, en efecto, recordaba a mi padre, me pidió volverla a llamar setenta y dos horas más tarde, así le daba tiempo de revisar si entre los apuntes publicados o inéditos de su esposo figuraba alguna mención al Gaucho. A los tres días la contacté nuevamente. Para mi mala suerte, su respuesta fue negativa. «He buscado, pero no encontré nada», me comentó. Decidí, pues, para efectos de este libro, mencionar el único hecho del que estaba seguro (el Gaucho y Ribeyro se habían visto las caras) e imaginar que habían compartido algunas caminatas por las inmediaciones de la embajada peruana en París.

Tiempo después, el 12 de julio de 2015, con la novela ya terminada e impresa, a seis días de su presentación, recibí el mensaje de un señor llamado Javier Pérez Valdivia, a quien hasta el día de hoy no tengo el gusto de conocer personalmente. Por la información consignada en su perfil, sé que Pérez Valdivia es un profesor chalaco que ha trabajado o aún trabaja en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y en la Federico Villarreal.

El inicio de su correo me dejó frío. «Asumo que has leído el diario personal de Ribeyro donde se refiere a tu padre por partida doble». ¿Qué? No podía ser. ¿Sería un timo? ¿La broma pesada de un aguafiestas? ¿Cómo era posible que haya pasado por alto esos textos de Ribeyro?

Pasada la amargura, sin embargo, vino la esperanza. Mi inesperado informante aseguraba la existencia de unos textos, pero eso no quería decir que existiesen. Podría haberse equivocado o leído mal, tal vez no trataban de mi padre, sino de otro señor Cisneros, o tal vez esos párrafos sí hablaban de mi padre, pero quizá no eran sustanciosos ni reveladores.

Me quise convencer, en fin, de que no había perdido un material valioso, pero para quitarme la espina decidí tomar al toro por las astas. Salí a la calle, abordé el primer taxi que encontré y le pedí al conductor que me llevara a El Virrey de Miraflores. Una vez en la librería, busqué el tercer tomo de La tentación del fracaso y me senté a revisarlo discretamente en una esquina.

Ahí estaban. Página 231 y 232.

Dos notas de Julio Ramón Ribeyro sobre el Gaucho, sin nombrarlo. Dos notas que leí con sobresaltos. Dos notas iluminadoras, para el escritor que soy, brutales para el hijo que no puedo dejar de ser.

24 o 25 de agosto de 1978

Ni sé a cuánto del mes estamos. Solo sé que dentro de unos días cumpliré 49 años. Excursión sabatina a las disquerías para regresar a mi habitual carga de música barroca. Escucho un concierto para violín de Tartini, mientras se cuece el arroz. Anoche lectura hasta tarde del diario de K. Mansfield, la edición integral. Ayer carta a mi hermano y a Milla. Querellas con mi gato, por su insaciable apetito y sus meadas. Comprobación de que el años pasa y no he escrito prácticamente nada. Deseo de copiar mis diarios a partir del 60, pero no encuentro por ningún lado los originales. Debería anotar la conversación de hace unos días con X., ex ministro del Interior del Perú, en casa de Y., diplomático. Solo los tres y sus esposas. Una de mis raras salidas sociales, por interés en conocer al personaje. Creo que es la primera vez que hablo con un ministro del Interior, alguien que se ocupa de la represión, del orden, de la seguridad del Estado. Personaje complejo, contradictorio, siniestro en algunos aspectos. ¿Cómo se puede, me pregunto, aceptar un cargo de esa naturaleza y asumir la responsabilidad del encarcelamiento, la deportación, la tortura llegado el caso? No cabe dentro de mí tal grado de frialdad o deshumanización, no sé cómo llamarlo, de alguien que pone la razón de Estado por encima de escrúpulos y problemas de conciencia. Reflexionar acerca de si se trata de una alta forma de sacrificio o de una predisposición al ejercicio de la violencia.

«Siniestro en algunos aspectos». Volví a pasar los ojos sobre esa línea una y otra vez. Qué aspectos eran esos que Julio Ramón encontraba siniestros. Sin duda se oyeron mutuamente. Eran solo seis personas en aquella reunión y Ribeyro tenía interés en conocer al Gaucho. Le puso atención, no fue indiferente. Una de las cosas que, como lector, siempre me ha fascinado de Ribeyro es su sensibilidad para leer al otro, lo acertado de su mirada a la hora de radiografiar a los demás. Aquí ese otro es mi padre, y Ribeyro lo asocia con términos como «deshumanización», «frialdad», «represión». ¿Cómo procesar esos términos cuando salen de la mente de un hombre que admiras para referirse a un hombre que amas? La pregunta no dejaba de rondarme la cabeza cuando encaré el segundo texto.

27 de agosto de 1978

De mi conversación con el ex-ministro del Interior, retengo sólo esto: en un momento, bajo los efectos del tercer o cuarto trago, dice: «Yo he autorizado la tortura de... (por desgracia no retuve el nombre, era algo así como Fernández o Gonzáles), pero gracias a ello pudimos recuperar 350 kilos de dinamita, que iban a ser empleados en actos terroristas». La justificación en sí no me interesa, ya soltó lo que nunca debería haber dicho. La carne se me puso en ese momento de gallina y preferí cambiar de conversación. Me preguntaba ¿cómo era posible que este señor simpático, ameno, cortés, acompañado de una esposa joven y guapa, tan cordial y que pide que lo tuteen, pueda admitir con naturalidad un acto de esa naturaleza? No cabía dentro de mí. Pero, entonces, ¿es verdad? ¿La tortura es decidida así, por un hombre, uno solo, que se echa este crimen sobre su conciencia? ¿Y que además lo justifica y por ello mismo lo convierte en un no-crimen? La única explicación que le veo a su proceder es que la ejecución material del acto está tan alejada de él, gracias a una serie de intermediarios, que su responsabilidad se desvanece en el trayecto. Porque, claro, no es él el torturador. Tiene que haberle dado la orden a un adjunto, que la transmitió a un ayudante y éste a su vez a un subalterno, hasta llegar así al agente directo de la tortura, tipo de hombre cuya entraña no puedo imaginar puesto que, a pesar de obedecer órdenes (su justificación) es quien está en contacto directo con el dolor, la técnica del dolor y el espectáculo del dolor. ¿Cómo se puede llegar a eso? A alto nivel se invoca la razón de Estado; en el más bajo, la orden recibida. Vanas excusas, pero que funcionan y ponen al descubierto nuestra satánica, pobre naturaleza.

Durante la última etapa de mi investigación me apliqué en averiguar si mi padre había mandado torturar o matar a algún adversario político, dirigente subversivo u opositor incómodo. Necesitaba saberlo. Había, por supuesto, algo de ingenuidad en la premisa con que partía puesto que, de haber actuado de esa manera, el Gaucho lo habría hecho de manera verbal, sin ninguna documentación que pudiera incriminarlo.

Por eso, cuando leí este apunte de Ribeyro, se me congeló el corazón. ¿Era verdad? ¿Mi padre, azuzado por unos whiskies, había admitido ante Julio Ramón ese procedimiento macabro? Me impactó, claro, aunque no me extrañó. Mi padre ya era general de división, no estaba cómodo con su cargo en París, hubiese querido continuar trabajando en Lima, pero se había vuelto una ficha muy molesta para el presidente Morales Bermúdez, de modo que sí, puedo imaginarlo diciendo eso con cierta rabia contenida, como queriendo ilustrar, a miles de kilómetros del Perú, en una reunión con un embajador y un escritor, la clase de poder e influencia que era capaz de ejercer.

Por otra parte, la justificación del Gaucho, que no interesa a Ribeyro, sí me interesa a mí, pues se inscribe en la lógica costo-beneficio que buena parte de la sociedad peruana aún consentiría en caso de entrar nuevamente en una guerra interna. Qué más da torturar a un hombre si con eso salvo la vida de trescientos. Un razonamiento pragmático que no deja de ser tétrico, pues toda tortura de Estado, aún aplicada a un solo individuo, es una derrota moral y pone en evidencia —como bien reflexiona JRR— la cadena de mando detrás de la barbarie. Y a pesar de que acepto que esas palabras pudieron salir de boca de mi padre esa noche en la embajada, por momentos pienso que quizá fue un rapto de arrogancia, ganas suyas de querer intimidar a sus interlocutores. O quizá no. Quizá lo dijo porque fue verdad, y entonces detrás del general astuto había un sujeto capaz de rebajar su inteligencia para disponer una orden así de brutal.

Esa tarde, después de mi visita a El Virrey, le pregunté a mi madre si recordaba esa reunión en París con Ribeyro. Me dijo resueltamente que no. «Íbamos a tantas reuniones», añadió con algo de nostalgia por aquella vida pasada. A continuación le leí esas páginas de La tentación del fracaso. No reaccionó de buena gana, frunció el ceño y dijo que eso de la «tortura» era mentira. Eso sí, se mostró muy de acuerdo con el autor en la descripción que hizo de ella («una esposa joven y guapa»).

Desde que recibí aquel mensaje del señor Pérez Valdivia, pensé en incorporar este apartado en alguna de las siguientes ediciones de La distancia que nos separa. ¿Por qué? No sé bien. Quizá porque respeto el testimonio de Ribeyro y porque en esos apuntes ofrece un tipo de retrato circunstancial muy difícil de hallar. Recién con esta edición conmemorativa he visto la pertinencia de introducirlo.

También creo pertinente dedicar unas líneas a la foto que acompaña la portada del libro que el lector tiene entre las manos. En agosto de 2017, a pocos días de convertirme en padre, la periodista Fernanda Huapaya, entonces redactora de El Comercio, me escribió un mail diciéndome: «Hemos encontrado una foto de tu papá en el diario, pero no estamos seguros de si eres tú quien sale con él. Te la mando para que nos confirmes». Recibí el archivo mientras viajaba en el metro de Madrid. Ni bien lo abrí, sentí un mazazo. Era una imagen que nunca antes había visto. Estaba seguro de conocer todas las fotos en que aparecíamos mi padre y yo, pero esta me resultaba completamente nueva. Nueva, dramática, reveladora. Para cuando pude quitarle los ojos de encima, ya me había pasado tres estaciones.

La foto data del 29 de julio de 1982. Fue captada en el Presbítero Maestro durante el entierro de mi abuela paterna, Esperanza Vizquerra. Mi padre era ministro de Guerra en ese momento. A su izquierda, con terno claro, aparece su hermano mayor, mi entrañable tío Luis Jaime. El otro niño es Nacho, mi primo, entonces futuro bajista de La Liga del Sueño. A la izquierda de mi padre, diciéndole algo al oído, se ve a mi querido hermano Luis Fernán. Más atrás se distingue a Manuel Ulloa y al general Hermann Hamann. Por las expresiones acentuadas de congoja, parece ser el momento preciso en que el féretro de mi abuela es depositado en el nicho. Se siente en la imagen el clima pesado del cementerio, la tensión, el olor a difunto.

Lo que más me impacta, desde luego, es la gestualidad de mi padre. No abundan en nuestro archivo familiar fotos donde él se muestre cariñoso conmigo. Las hay, pero no suman más de cuatro. Por eso me produjo tanta intriga la súbita aparición de esta postal llegada directamente del pasado (en días, además, en que todos mis pensamientos estaban puestos en la paternidad que pronto me tocaría experimentar).

A primera vista, la actitud de mi padre en la foto es la de quien consuela a su hijo. Sin embargo, esa mano izquierda tendida sobre mi cabeza está llena de connotaciones. Es una mano dócil que bendice, que calma, que transfiere algún tipo de legado, y en simultáneo es una mano autoritaria que limita, que aparta, que parece decir quédate ahí, no crezcas más, no salgas de tu papel de hijo. Más arriba, la mano derecha, a la vez que compone un ademán de confidencia, también invita a pensar en el silencio, en el secreto, en las que cosas que un adulto aprende a callar.

Todas esas, claro, son especulaciones retrospectivas. Solo una cosa en la fotografía es cierta: el Gaucho acaba de perder a su madre, está devastado y su reacción instintiva es proteger a su tribu, en particular a ese hijo de siete años que entrelaza las manos mientras mira desconcertado a la cámara (¿de quién?) y ve cómo la muerte ronda su entorno por primera vez.

Hay imágenes que no requieren interpretación alguna; otras, en cambio, reclaman una profunda arqueología sentimental. Esta es una de esas fotos. Mientras más la veo, más preguntas me hago acerca de ese señor que aparece allí, vestido impecablemente de negro.

Muchas veces me han preguntado si creo haber «matado a mi padre» con La distancia que nos separa. Siempre respondo que más bien lo resucité, convirtiéndolo en un personaje literario. Y aun cuando a lo largo de estos años he adquirido cierta autonomía respecto de su figura, la verdad es que sigo siendo hijo del Gaucho. En la realidad. Y en la ficción. En la vida. Y en la muerte.

Madrid, julio de 2025

A mis hermanos, que tuvieron un padre que se llamaba como el mío.

«Soy hombre de tristes palabras. ¿De qué tenía yo tanta, tanta culpa? Si mi padre siempre ponía ausencia: y el río ponía perpetuidad».

«La tercera orilla del río»

João Guimarães Rosa

1

No voy a contar aquí la historia de la mujer que tuvo siete hijos con un sacerdote. Basta con decir que se llamaba Nicolasa Cisneros y era mi tatarabuela. El cura del que se enamoró, Gregorio Cartagena, fue un importante obispo de Huánuco, en la Sierra del Perú, en los años previos y posteriores a la independencia. Durante las cuatro décadas que duró la relación, ambos hicieron lo posible por evitar las repercusiones del escándalo. Como Gregorio no podía o no quería reconocer legalmente a sus descendientes, se hizo pasar por un pariente lejano, un amigo de la familia, para mantenerse cerca y verlos crecer. Nicolasa reforzó la mentira rellenando las actas de bautizo con información falsa; así fue como inventó a Roberto Benjamín, su supuesto marido, un fantasma que fungió de esposo y padre legal, aunque ficticio. El día que los hijos se dieron cuenta de que el tal Roberto nunca había existido y de que el cura Gregorio era su padre biológico, quisieron romper con su pasado, con su origen bastardo, y adoptaron el apellido materno como único. En adelante, Benjamín sería solo su segundo nombre.

Tampoco diré nada del último de esos hijos ilegítimos, Luis Benjamín Cisneros, mi bisabuelo. Nada salvo que sus amigos del colegio lo apodaban el Poeta. Y que era tan vehemente que a los diecisiete años se empecinó en conquistar a Carolina Colichón, la amante del presidente Ramón Castilla. Lo logró, por cierto. A los veintiuno, ya tenía con ella tres hijas naturales. Los cinco vivían escondidos en un cuartucho del centro de Lima por temor a las represalias. Una madrugada, persuadido por su madre, que descubrió de golpe la vida atormentada que llevaba, Luis Benjamín abandonó el Perú y se embarcó para viajar a París, donde se dedicaría a escribir novelas románticas y cartas culposas. Dos décadas más tarde, de regreso a Lima, convertido en diplomático, se casó con una jovencita de catorce años y volvió a ser padre. Tuvo cinco hijos más. El penúltimo, Fernán, fue mi abuelo.

Fernán se hizo periodista y a los veintitrés fue contratado como redactor de La Prensa. Solo dos años después asumió la conducción del periódico luego de que la dictadura de Augusto Leguía encarcelara a todos los miembros del directorio. Él mismo sufrió el acoso del régimen y en 1921 fue desterrado a Panamá, aunque acabó exiliándose en Buenos Aires. Para entonces, ya tenía cinco hijos con su esposa, Hermelinda Diez Canseco, y uno, recién nacido, con su amante, Esperanza Vizquerra, mi abuela. Ambas mujeres lo siguieron hasta la Argentina, donde Fernán se las ingenió para mantener a las dos familias, evitando todo contacto entre ellas.

Pero esta novela tampoco trata sobre él. O tal vez sí, pero no es la intención. Esta novela es acerca de mi padre, el general de División del Ejército del Perú, Luis Federico Cisneros Vizquerra, el Gaucho Cisneros, el tercer hijo de Fernán y Esperanza, nacido en Buenos Aires el 23 de enero de 1926, muerto en Lima el 15 de julio de 1995 a causa de un cáncer de próstata. Es una novela acerca de él o de alguien muy parecido a él, escrita por mí o por alguien muy parecido a mí. Una novela no biográfica. No histórica. No documental. Una novela consciente de que la realidad ocurre una sola vez y que cualquier reproducción que se haga de ella está condenada a la adulteración, a la distorsión, al simulacro.

He intentado varias veces encaminar este libro sin éxito. Todo lo escrito ha sido inevitablemente arrastrado a la papelera. No sabía cómo darle textura al cuantioso material recopilado durante años. Tampoco es que ahora lo sepa con claridad, pero expectorar estos primeros párrafos me ancla, me engancha, me da una firmeza inesperada. Las dudas no han sido despejadas, pero noto como si en el fondo tintineara la luz granulada de una convicción. De lo único que ahora estoy seguro es de que no escribiré una novela sobre la vida de mi padre, sino más bien sobre la muerte de mi padre: sobre lo que esa muerte desencadenó y puso en evidencia.

Para eso tengo que volver a abril del año 2006.

A lo que estaba pasando conmigo durante esos días. Llevaba meses rehuyéndole al psicoanálisis. La disolución de mi noviazgo con Pierina Arbulú, tras cinco años de relación, dos de convivencia, me tenía devastado. Me costaba admitir que la depresión demandaba un tratamiento. Iba y venía del periódico en el que trabajaba. Entraba y salía del departamento. Me levantaba, pensaba, dormía. Sobre todo, pensaba. Y casi no comía.

Un amigo me contactó con Elías Colmenares, un psicoanalista que atendía en una casa de dos pisos ubicada en el paseo de la Fuente, calle transversal a 28 de Julio, en Miraflores. Viviendo a solo tres cuadras de allí, acepté buscarlo por razones puramente geográficas. O esa fue mi excusa. El día que lo vi por primera vez, Elías acababa de cumplir cincuenta años. Un hombre de pómulos anchos y rosados. Sobre su nariz, bajo el negro derrotero de las cejas, sobresalían unos ojos vivaces de color azulino como de enjuague bucal. Pasamos a un cuarto, cerró la puerta, nos sentamos.

Pese a estar lleno de tics hiperactivos, Colmenares transmitía la serenidad de un océano. Su lenguaje, variado y confortable, se parecía a la habitación donde atendía: un retrato de Lacan, un diván de terciopelo amarillo, marionetas de Freud, Warhol y Dalí colgadas del techo, una maceta de gladiolos, un cactus, réplicas de grabados de Picasso, un tablero de ajedrez que enfrentaba a dos ejércitos de gárgolas de madera, un tarro de chupetes, lámparas en miniatura, libros turísticos de Atenas, Praga, Roma, novelas de Kundera y García Márquez, vinilos de Dylan y Van Morrison. Según los detalles que llamaran la atención del paciente, ese lugar podía parecer el santuario de un adulto inquieto o el refugio de un adolescente cohibido. Durante las dos primeras sesiones, fui el único que abrió la boca. Elías me invitó a explicar las razones de mi visita y me sentí en la obligación moral de reseñar la relación con Pierina. Casi no hablé de otra cosa. Ni de mi familia ni de mi soporífero trabajo. Referí brevemente la muerte de mi padre, pero me concentré en Pierina; en el modo en que ella había entrado y salido de mi vida, afectándola, partiéndola en dos, como una bala que atraviesa un cuerpo y destruye a su paso órganos vitales. Desde el sofá de cuero que erigía su trono, Colmenares me miraba, asentía con la cabeza, carraspeaba, completaba con espíritu docente las frases que yo era incapaz de terminar. Recién en la tercera sesión se produjo la primera conversación real. Yo monologaba sobre lo terriblemente celoso que me había vuelto en los últimos meses con Pierina, y me culpaba de haber propiciado el rompimiento con múltiples hostigamientos, controles, persecuciones. Dejé de ser un novio para convertirme en un agente policiaco, reconocía, sin mirar a Colmenares, con la cabeza enterrada entre los dibujos geométricos de la alfombra terracota que cubría el parqué. Mi propia narración me exasperaba, me llevaba a reconstruir las peleas que desgastaron el noviazgo, los silencios que dolían más que los insultos, los insultos que dolían más que los portazos, los portazos que se repetían como campanadas. De pronto, se hizo una quietud que me dio la impresión de durar años. Colmenares la quebró cambiando sorpresivamente el tema.

—Dime algo. Tus padres. ¿Cómo se conocieron? —intervino.

—¿No estábamos hablando de otra cosa? —reaccioné entrelazando los dedos de las manos sobre el regazo.

—Creo que el cambio puede sernos útil —insistió Colmenares, cruzando una pierna por encima de la otra.

—A ver, uf, no sé, déjame pensar —resoplé. Desvié la mirada hacia arriba, como rebuscando en el aire información que debía encontrarse en mi memoria—. Se conocieron en el Ministerio de Economía cuando todavía se llamaba Ministerio de Hacienda.

—¿Podrías ser más específico? ¿En qué condiciones? ¿Quién los presentó?

—Mi mamá era secretaria del despacho del ministro Morales Bermúdez. Mi papá era su viceministro o asesor. Supongo que fue Morales quien los presentó. En ese tiempo mi papá todavía estaba casado con su primera esposa.

—¿Cómo se llama ella?

—Se llamaba Lucila. Lucila Mendiola.

—¿Se llamaba? ¿Acaso ya murió?

—Sí, hace unos años.

—¿La conociste?

—Casi nada. La vi dos veces: en el velorio de mi abuela paterna, Esperanza, y en el velorio de mi papá.

—¿Recuerdas cómo era?

—Una mujer de temperamento difícil. Venía de una familia muy influyente de Sullana. Allá conoció a mi papá. Dicen que cuando cayó enfermo por una apendicitis, ella lo cuidó con mucha dedicación y él se sintió tan agradecido que se casó con ella por una mezcla de amor y sentido del deber. No sé bien. Se casaron y tuvieron tres hijos. Mis tres hermanos mayores.

—¿Quiénes dicen eso?

—Mi mamá, mis tíos.

—Continúa.

—Con los años comenzaron sus problemas. Cuando mi madre apareció en la vida de mi papá, su matrimonio con Lucila ya estaba deshecho. Sin embargo, ella se negó a firmar el divorcio las innumerables veces que mi padre se lo pidió. Mis papás optaron por casarse fuera del Perú, en Estados Unidos, en un juzgado de San Francisco.

—¿Y por qué Lucila no querría haberle dado el divorcio?

—Rencor, despecho, orgullo, algo de eso, imagino. Al ver que su esposo estaba enamorado de otra mujer, una más joven, debe haberse sentido, no sé, humillada o burlada. Estoy especulando. Lo cierto es que no dio su brazo a torcer. Para nosotros se convirtió en la villana, la bruja de la historia. A lo mejor pensó que podía retener a mi papá si no firmaba la separación, pero se equivocó. Lucila nunca le perdonó que se fuera de su casa, que la dejara, que dejara a sus hijos. Creo que subestimó lo que él sentía por mi mamá; quizá creyó que se trataba de una aventura más, un capricho de milico mujeriego. No calculó que se atrevería a marcharse, menos aún que volvería a casarse y tendría tres hijos más.

—Si no firmaron el divorcio, eso quiere decir que Lucila murió siendo la esposa oficial…

—La esposa legal, digamos.

—Y entonces, ¿cómo así tus padres pudieron casarse? ¿Por qué en San Francisco?

—No sé. Lo único que tengo claro es que un pariente embajador les facilitó el asunto. Fue un tema de oportunidad. Pudo haber sido Canadá, Panamá o cualquier país. Igual fue una ceremonia muy chica, rápida, ejecutiva. Cero invitados.

—¿Y testigos?

—También cero. No sé. No estoy seguro.

—¿Alguna vez has visto una foto de ese matrimonio?

—Nunca.

—Pero ¿sabes si existen fotos de ese día?

—Hasta donde sé, no. No hay fotos.

—¿Y el acta?

—¡¿El acta?! No tengo ni la menor idea. Nunca se me ocurrió pedirles a mis papás su acta matrimonial. ¿La gente hace eso?

—Quiero decir, ¿no hay ningún registro de ese casamiento?

—Qué más quieres que te diga, Elías. Jamás vi una foto. Ni siquiera había pensado en eso.

Elías Colmenares descruzó la pierna e inclinó el cuerpo para sentarse en el filo del sofá.

—Ahí hay un nexo. ¿Ubicas? —preguntó.

—¿Cuál nexo?

—Revisa: eres producto de un matrimonio que nació en medio de la inseguridad, que se formalizó a trompicones, lejos, bajo las leyes de otro país, quizá hasta en otro idioma, sin testigos, sin anuncios, casi a escondidas. El perfecto matrimonio que tendrían dos prófugos. Un matrimonio sin evidencias. No hay archivos, fotos, nada que acredite lo que ocurrió en ese juzgado. Lo que intento decirte es que el matrimonio de tus papás tiene la apariencia de un mito. Eres hijo de un mito. En buena cuenta todos lo somos. Eso que has contado seguramente sucedió, pero no hay constancia. Producto de ello, en tu inconsciente hay algo así como una raíz de incertidumbre. ¿No era eso, incertidumbre, lo que dices que sentías cada vez que revisabas el correo electrónico de Pierina?

—Déjame ver si entendí. ¿O sea que fui celoso porque nunca vi una foto del matrimonio de mis papás? ¿Ese es tu punto? —pregunté.

—No. El punto es que hay una conexión, simbólica si quieres, entre lo que le ocurrió a tu padre y lo que sientes que te está pasando.

—¿Por qué a mi padre y no a mi madre? Ella también estuvo ahí, también participó, aceptó cosas.

—Pero fue tu padre, no tu madre, quien tomó la decisión de construir un segundo matrimonio sobre arenas movedizas. Fíjate, aun cuando el sujeto surge en el mundo por el deseo materno, se estructura a sí mismo a partir de la identificación y la transferencia con la figura paterna. Es el padre el que determina su identidad. Del vientre de la madre se incorpora a la cultura gracias al padre. Es el padre quien lo encamina, quien lo dota de lenguaje. La madre genera en el sujeto el amor, la confianza, pero el padre le da las herramientas para ocupar un lugar en el mundo. ¿Ubicas?

Por momentos me molestaba que Colmenares hablara de mis padres como si los conociera más que yo, pero su lógica me pareció contundente. Me hizo pasar de escéptico a anonadado. Era como si de repente me hubiese revelado un conocimiento que estaba alojado en mi interior sin que yo lo supiera. En ese momento no fui consciente de todo lo que estaba erosionándose y agrupándose en mi mente, solo recuerdo que me sentí fatigado, harto. Tuve algo parecido a un cólico mental. Lo que acababa de escuchar me suscitó una descarga, un remezón que —presentía— se convertiría en un punto de quiebre. Concluida la sesión, ya en la calle, demorando mi regreso al departamento, repasé la tesis de Elías y pensé cuántos otros nexos existirían entre mi vida y la vida no explorada de mi padre. Sentí pánico. Lo que me tranquilizó fue notar que el recuerdo aprensivo de Pierina súbitamente dejaba de estrangularme. El fantasma de mi exnovia no había sido fumigado, pero sí desplazado por el tamaño de esta nueva tarea. Porque eso fue lo que sentí a continuación: que tenía una tarea. No sabía en qué consistía, pero estaba dispuesto a averiguarlo.

2

Un mediodía de 1929, durante el recreo del colegio San Marón de Buenos Aires, Juvenal Cisneros, nueve años, derrota a un compañero en una trivia de preguntas y respuestas de matemáticas. El otro muchacho lo acusa de hacer trampa y le da un empujón. Juvenal reacciona, rápidamente se van a las manos. Es una tontería que pronto deja de serlo. Alguien los separa y, en medio del altercado, el muchacho, amargo por haber perdido, se aleja gritando: «¡Por lo menos yo no comparto a mi papá como tú!». Minutos más tarde, cuando los ánimos se han apaciguado y todos los chiquillos regresan a las aulas, Juvenal sigue oyendo esas palabras. De hecho, las seguiría oyendo el resto de su vida. «Por lo menos yo no comparto a mi papá como tú». A la mañana siguiente, se levanta y decide seguir a su padre. Los cachuelos como profesor y su trabajo de periodista en La Nación le han permitido a Fernán conseguir una casa más decente. Atrás quedaron los hotelitos y casuchas de los primeros años del exilio: el departamentito en Suipacha 400; el cuarto con baño común en Cerrito 330; el corralón de Paraguay 2200. Ahora viven en el departamento 20 del número 865 de la calle Esmeralda, en el interior de una antigua quinta color adobe, con un hall de ingreso de mayólicas frías y cañerías expuestas. Juvenal le dice a su madre, Esperanza, que tiene que estar antes en el colegio y desciende por las escaleras de mármol cuarteado. Cruza la reja del frontis de la quinta y divisa a su padre en la esquina. Avanza detrás de él a lo largo de una, tres, seis, siete, diez cuadras, tratando de no perderlo. Va por la avenida Córdoba, cruza Maipú, Florida, San Martín, Reconquista. Pronto se va por Corrientes, en la calle Sarmiento y avanza hasta Rivadavia. No sabe muy bien qué hace allí ni qué quiere encontrar. Le parece insensato y sin embargo urgente echarse a andar detrás de la silueta de ese hombre que ahora se le antoja más misterioso que nunca. ¿Será acaso verdad lo que insinuó ese chico? ¿Con quién más comparto a mi padre? Si él tuviera algún secreto, ¿acaso no me lo diría? Claro que sí, se responde Juvenal, mientras apura el paso a espaldas de esa mancha azul que se desplaza por la acera sin prisa. Juvenal lo ve detenerse delante del vidrio de un comercio, acaso contemplando un po

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos