Ya estabas de vacaciones, en esos meses de lluvia pero también de días claros, en que podrías hacer lo que te viniese en gana. No más profesor Vásquez con sus ecuaciones interminables, ni viejo Calle con sus historias de megaterios, ni las tremebundas clases del cura Wharton, autor del único y vergonzoso 07 de toda tu vida de estudiante. No más, en fin, las soporíferas enseñanzas de Pantacha Camarena, patrono de todos los chancones del Perú. Tres meses de libertad y de proyectos. Por algo tu madre te dijo, a la hora de la cena: «Feliz, ¿no?». «Por supuesto, mamá». «No tan dichoso, porque a lo mejor tiene un curso aplazado por ahí», observó tu tía Marisa, aguafiestas como siempre. «Yo estudié con ahínco…». «En todo caso tu señora madre tiene algunas tareas adicionales que encomendarte…». «¿Qué tareas?». «Nada que te alarme, hijo». «No pienso ir a las novenas con la tía Grimanesa, como el año pasado, y que conste…». «Deja en paz a doña Grimanesa», dijo tu madre, «porque la pobre ya no está para eso». «¿Ya no te gusta ir a la iglesia, sobrino?», inquirió meliflua tía Marisa, recordando sin duda la cara aburrida y furiosa con que acompañabas, por orden de tu progenitora, a esa viejísima parienta. «Je, je», se rió Abelardo. Tu madre anunció: «Además de ayudar en la casa, y hacer compras y barrer los patios, como siempre, hay para ti otras cosas más gratas. Serás alumno de Mercedes Chávarri». «¿Quién es? ¿Una profesora de matemáticas?». «No creo que sepa de números, porque otra sería su suerte», comentó tu tía. «Entonces, ¿de quién se trata?». «Ella toca el piano y da lecciones, ¿no te he dicho?». «Creo que sí…». «Y como te gusta la música…». «Pero mamá, ¿y las clases contigo?». «Sabes bien que es ya muy poco lo que te puedo enseñar, mientras que Mercedes ha tenido maestros en Lima y es una profesional. Y como he ahorrado unos centavos con ayuda de tu hermano…». Magnífica noticia, en verdad, y que no habías esperado. «No olvidemos», observó tu tía Marisa, «que Merceditas recibió de niña algunas lecciones de papá, de modo que no es tá mal que, en reciprocidad, seas ahora su discípulo». «El abuelo era organista…». «Pero también sabía tocar el piano», precisó tu madre. «Además», añadió tu tía, «ella es toda una belleza y una joya su marido». «Es una buena persona, y la escuché tocar en una velada y lo hizo muy bien», comentó Abelardo. «Y su esposo también es músico, tenor por más señas, y canta que es un primor, sobre todo por las noches…». «Ah, ya sé», dijiste, acordándote del bueno de Carlitos Baylón, al que conocías de vista. «Y a propósito», dijo tu madre, «¿a qué se dedica, exactamente, ese caballero?». «Unas veces», respondió Abelardo, «se presenta como “maestro constructor”, y otras como “arquitecto”». «Pero, ¿vive de eso?». «Se encarga de pequeños trabajos…». «Y es el engreído de su señora esposa, a quien Dios y su santa madre protejan», dijo tu tía. «¿Por qué lo echas todo a risa?», protestaste. «Pero volviendo a lo inmediato, di Laura qué más va a hacer este joven, para que esté debida y oportunamente informado». «También tendrá que acompañarme al mercado los domingos». «Gratísima obligación, sobrino». «Oh, no le quitemos al muchacho la alegría de las vacaciones…». «No se trata de eso, hermana…». «Consíganme un trabajo, madre, y así no tendrás que dedicar tanto tiempo a la costura». «Veré por ahí», dijo Abelardo, «pero no es fácil en estos tiempos». «Podrías ayudar en el taller, jovencito», dijo tu tía. «Espero que no sea necesario», señaló tu madre. «Pasando a otra cosa», dijo tu hermano, «repetiremos la experiencia pedagógica del año pasado». «¿A qué te refieres?». «Hacer que leas, y para eso he escogido unos títulos que ojalá sean de tu agrado». «¿Qué más puedes pedir, sobrino?». «Yo no he pedido nada, tía». Ella sonrió y dijo: «En todo caso, habrá materia para las misteriosas libretas que vas llenando con anotaciones día a día, si los ojos no me engañan». «Eso es asunto suyo, Marisa». Abelardo pretendió no haber escuchado y prosiguió: «Se trata, para comenzar, de la Ilíada, obra que también le di a leer a Laurita cuando tenía tu misma edad, o sea quince años». «Pronto voy a cumplir dieciséis». No era mucho trabajo, después de todo, y las lecciones de música podían resultar estupendas si doña Mercedes era tan buena como aseguraban. Y en cuanto a la lectura, en buena hora, mientras no te endilgaran cosas aburridas. Habló tu madre: «Pero ahora di, Claudio, qué tienes en mente». «Pues darle mucho a la música, y descansar, salir con los amigos, ir de paseo y esas cosas. Y escribir a mi hermana, y ver qué haremos cuando llegue». «Pero Laurita vendrá solo por unos días». «Lo sé». «¿Y qué más?». «Y claro que me interesan mucho las clases de piano, aun que esa señora sea muy fea». «No dije que fuera fea, sino una belleza», precisó tu tía. «Y podré estudiar con ella nuevas sonatas de Mozart». «No sé si le gustará Mozart», dijo tu madre, «pero en lo de acompañar aires de ópera, lo hace de maravilla». «¿Y nunca toca música ligera esa talentosa dama?», quiso saber tu tía. «No, Mercedes ha sido muy estricta, y nunca he sabido que tocara un tango o un bolero…». «Pero supongo, mamá, que tú y yo seguiremos recogiendo y transcribiendo huaynos, para no abandonar lo que comenzamos en las vacaciones de julio, ¿no?». «Lo tengo presente, hijo». «Acuérdate que ha pasado tiempo desde la última vez en que lo hicimos…». «Pero fue por tus exámenes y por el trabajo acumulado en el taller…». «Este caballero y su señora madre viven en dos mundos musicales muy diferentes», dijo tu tía. «Me parece muy bien», dijo Abelardo, «ese esfuerzo de recopilar nuestra música». «A mí también, lo cual no me impide ver otras facetas del asunto», aclaró Marisa. «¿Qué facetas?». «Lo hacemos porque nos gusta, y no porque pretendamos imitar a un Valle Riestra o un Alomía Robles», explicó tu madre. «Uno nunca sabe, hermana». Tú guardabas silencio, mientras tanto, y tratabas de imaginar cómo serían las sesiones con doña Mercedes Chávarri, cuya figura ya recordabas. Sí, esa señora vieja de cara melancólica, que tu madre te había presentado hacía buen tiempo. Te sacó de tu distracción la voz de tu tía: «Oye, creo que tu mamá omitió algo…». «¿Qué?». «Nos olvidamos de nuestras tías, las viejitas de los Heros». «Apenas si las conozco, y ya me parece bastante con haber soportado a doña Grimanesa el año pasado. Y además tengo que visitar a tía Rosita». «Tu tía Rosa goza de buena salud, a Dios gracias», dijo Marisa, «y por suerte tiene la vida holgada y sin preocupaciones. Y cada vez que vas a su casa vuelves con un regalo. En cuanto a tía Grimanesa, está ahora en su mundo y nadie le importa un comino, y menos tú. Esas ancianas, en cambio, van de mal en peor, y deben sentirse muy solas». «¿Y qué debo hacer?». «Visitarlas de vez en cuando, que nosotras nos encargaremos del resto». «No te pesará, porque son personas fuera de lo común», comentó Abelardo. «Ya hablaremos», dijo tu madre levantándose de la mesa y retirándose a la cocina. «Personas muy especiales», reiteró tu hermano. «¿Y tengo que conversar con ellas? ¿Acaso no fue suficiente con los trisagios de doña Grimanesa?». «Olvida eso, por favor, y piensa que las señoritas de los Heros nos necesitan», apuntó tu tía. «Pero, ¿no podría hacer otra cosa en cambio?». «Ya te dijimos que son nuestras parientas, que su padre fue bueno con el abuelo, y que debes compartir la obligación que tenemos». «¿Y Abelardo?». «Él vela por ellas en otra forma». Habías ido alguna vez con tu madre a casa de las señoritas de los Heros, y sabías que eran personas bondadosas, pero eran ya muy viejas, así que no te hacía mucha gracia el asunto, aunque se tratara de un deber de gratitud. ¿Qué diría Felipe si se enteraba? ¿Cómo comparar a esas ancianas con doña Zoraida, la guapa tía de la que tanto se ufanaba tu amigo? Tu tía salió del comedor, y Abelardo creyó conveniente cambiar de tema: «¿Y qué hay de tus amigos?». «No veré a Alfonso, porque se fue con su papá a Casapalca, pero sí a Tito, Felipe y Julepe». «Oye, no respondiste a la pregunta de tu tía». «¿Cómo?». «¿No tendrás un curso aplazado por ahí?». «No creo», contestaste, deseoso de ocultar tu fracaso con Wharton hasta el mes de marzo, cuando tuvieses que dar nuevamente examen. Viste sin embargo la expresión escéptica de tu hermano, y decidiste preparar el terreno: «Bueno, a lo mejor me han jalado en religión…». «¿Por qué?». «Me parece que al cura no le gustó lo que dije en un examen, en que el tema era el Juicio Final». «Un tema muy de acuerdo con su célebre sermón de hace dos años…». «¿Cómo lo voy a olvidar, si a cada paso amenazaba a los fieles con ese terrorífico “¡Morirás!”?». «¿Y qué decía la tía Grimanesa?». «Escuchaba nomás, toda compungida». «Bueno, supongo que por eso Dios te habrá perdonado unos pecados». No te gustó la ironía, y te referiste a otra cosa: «Y a propósito de esa lectura…». «Como sin duda recuerdas, la Ilíada es un poema épico de los antiguos griegos, con muchos héroes y batallas…». «Camarena nos habló al respecto…». «Olvida lo que dijo Pantacha, porque de seguro no entendió ni jota». A la verdad hubieras preferido una novela de aventuras, como las de Salgari y Julio Verne, pero no reclamaste. «Y también», prosiguió Abelardo, «veremos si esta vez le tomas gusto al ajedrez». «No, no creo». «Federico Yepes y mi amigo Mitrídates podrían ayudarte». «No sirvo para eso, pero sí me gustaría conversar con Mitrídates, por lo que nos has contado». «Es un tipo muy interesante». «Pero no quiero saber nada con don Federico, porque su mano de cuero me aterra…». «A nosotros nos parece un viejo inofensivo». «A mí no». Y tu hermano se puso a hablar del pequeño grupo de ajedrecistas que se reunía en la oficina del administrador del cine-teatro Jauja, también aficionado. Retornó en eso tu madre, y dijo: «Abelardo, no te olvides de pasar un día de estos por casa de don Fox, porque veo muy húmedos los cimientos de la pared medianera, y como las lluvias se han adelantado, a lo mejor se viene abajo…». «Lo haré, madre». «Yo también iré», dijiste, «para ver de cerca su casa, tan rara, con ese mirador y esos balconcitos». «Y verás también sus ataúdes, y cómo los fabrica», dijo tu tía Marisa, que a su vez regresaba con una bandeja de platos y cubiertos limpios. «¿Tenías que recordarlo, tía?». «Pero, ¿no es su trabajo?». «No viene a cuento ahora», protestó tu madre. «En todo caso», dijo Abelardo, «todos sabemos que si Fox vive de la muerte ajena, predica el amor a la vida». «No envíes a tu hijo menor», dijo tu tía dirigiéndose a tu madre, «porque a lo mejor se convierte en acólito del carpintero, y se pone después a hablar como él de la pureza, de la trasmigración de los seres y otras candideces…». «Eso no me interesa, sino su casa, y no tengo ninguna intención de ser su acólito». «Bueno», dijo Abelardo levantándose, «voy a salir a la calle». Antes de marcharse, sin embargo, te anunció: «Puse en tu mesa el ejemplar de la Ilíada, así que puedes comenzar». «Por allí anda una Elena, y eso le va interesar a este muchacho…», dijo tu tía. Abelardo la miró con cierta insistencia, y se despidió. «¿Y qué Elena es esa?», preguntó tu madre. «¿No te acuerdas, hermana? ¿No escuchaste la leyenda que nos contaba doña Rosita Chumpitaz, allá en nuestros tiempos de colegio?». «Ah, Elena de Troya…». «A ella me refiero, y ya que este joven se va deleitar con esa antigualla, no estaría de más que tú y yo nos acordáramos de la leyenda…». Tú sospechaste que por ahí se aludía a otra Elena, bella y prohibida, que tenía embobada a la juventud de Jauja, incluido tu hermano, pero no dijiste nada y te dedicaste a cumplir los quehaceres que te correspondían. Después te fuiste a reunir con tu madre, que se había sentado a descansar en un sillón de la sala, como todas las noches. «¿Y qué me enseñará la señora Chávarri?». «No sé, aunque me imagino que te hará seguir un método, pues ella aprendió lo que sabe de una manera regular, y no como yo, que después de las lecciones de papá, y unas pocas del padre Hoffner, me las arreglé sola». «Pero a mí me gusta cómo tocas». «Gracias…». «Por ejemplo esas dos sonatas de Mozart». «Tal vez no lo hago tan mal porque son fáciles, y porque me encantan, pero no dejo de ser una aficionada muy modesta, y tú lo sabes». «No pienso así». «Y yo no quiero que suceda lo mismo contigo». «Y a propósito, ¿cuánto va a cobrar esa señora?». «Una cantidad muy módica, por la amistad, así que no te preocupes». Te quedaste en silencio por un momento, y luego precisaste: «Pero que quede claro, por favor, que seguiremos con nuestro proyecto de poner en notación musical huaynos y yaravíes, y de intentar su arreglo para piano…». «Ya te dije que sí». «Aunque digan que no es un instrumento adecuado para nuestra música…». «¿Y acaso lo son, si te pones a pensar, el violín, el acordeón o lo que en otras partes llaman pampa-piano, para no hablar del clarinete?». «No lo digo por mí». «Y, ¿acaso no es el piano uno de los instrumentos más ricos, según los entendidos? ¿Y no es eso lo que hacían maestros como Valle Riestra o Valderrama?». Un poco sorprendido por la vehemencia con que había hablado, dijiste: «Ya me has explicado, y desde luego que pienso como tú». «Sí, hijo, vamos a continuar». «No hemos trabajado estas dos o tres últimas semanas». «No hay apuro, y así acabaremos esa versión de la jija y de la huanca-danza de Sincos, que hemos comenzado». «Y ese huayno que está de moda, Caminito de Huancayo». Hubo una pausa, y observaste: «Tía Marisa tiene razón cuando dice que vamos y venimos de un mundo musical a otro, como hacía el abuelo». «Así es». Una vez más te quejaste: «Lástima no más que ya sea un poco tarde para mí, en lo que se refiere a la música». «No creo que sea así, hijo, aunque lo ideal habría sido comenzar más joven». «En todo caso lo que quiero es tocar para mi gusto, y nada más». «Ya solo eso está muy bien», respondió con dulzura tu madre. Y añadió: «Ven, vamos a practicar un poco». «Toca tú, que yo te escucharé». Se sentó pues en el taburete y abrió el teclado. Esbozó por un espacio unos arpegios, y le pediste: «¿Podrías tocar ese adagio de Beethoven?». Ella accedió, y luego de unos instantes de recogimiento inició la melodía serena y cantabile de ese movimiento, aprendido en su adolescencia. Puso en la ejecución una suavidad que no habrías de escuchar a lo largo de los años, ni aun en ejecutantes mucho mejor preparados, como si ella alcanzara en esa noche uno de sus momentos de mayor expresividad. Después, en brusca transición, empezó con el yaraví que le gustaba tanto, Huk urpichatam, pero cambió de parecer y buscó en el estante de las partituras y tomó Puna triste, de Alejandro Valderrama, en el ejemplar que su autor había dedicado a tu padre, quien lo había conocido en Cerro de Pasco. Por un rato tu madre se ejercitó en la parte instrumental, y después ambos, tú y ella, se arriesgaron a entonar la letra, aunque no fueran muy brillantes los resultados. Cuánto te gustaban los versos: Noble dolor / que a mi vida desespera; / tu amor se fue con mi vida, / corazón, / pues tu amor mi vida era. Y aunque esas palabras no tuvieran nada que ver contigo, ¿cómo no acordarte, aunque solo fuera por un instante, de Leonor Uscovilca, la jovencita de quien estabas enamorado, y que a esa hora dormiría feliz en su casa, entre eucaliptos y quinhuales, allá en su pueblo? Pensaste en ella, y te fue difícil alejar su imagen. Acabó la pieza, y tu madre no quiso continuar a pesar de tus ruegos, y se retiró, como embargada por una súbita emoción. Fuiste tú quien cerró el teclado y apagaste las luces. Mas no te dirigiste a tu cuarto sino al patio, y te sentaste en uno de los sillones que había en el corredor, en esa noche nublada y silenciosa de diciembre.
19 de diciembre de 1946
«Libretas misteriosas», dijo tía Marisa. Mi madre finge no verlas y Abelardo no pregunta nada desde la vez en que le dije: «No me gusta hablar de ellas, pero si desean saberlo, anoto allí de todo, como en un diario, incluso las historias que se me ocurren, y que te mostraré en su momento». Y así fue en las vacaciones de julio, y le parecieron bien, y por eso y por otras razones piensa que yo podría llegar a ser un escritor. Libretas, pues, que se amontonan en el cajón de mi mesa. Tía Marisa dijo en cambio, en otra ocasión: «Tú vas a ser notario, Claudio, por esa manía de andar registrándolo todo». «Y ¿cómo sabes que lo registro todo?», le pregunté. Y ella se rió y dijo: «¿Y qué cosa escribes, entonces, a cada rato? Serías un buen notario, muchacho, y mejor sin duda que don Facundo Pérez, que de puro viejo confunde testamentos y contratos de alquiler, y hasta le quitarías la clientela al doctor Salazar». ¿Notario yo? ¿Adónde se ha visto un notario músico y poeta? Porque no se puede negar que tengo mis ribetes de poeta, aunque no escriba versos sino cuentos. Pero no le falta razón a mi tía, desde su punto de vista. Claudio Alaya Manrique, Notario, pero no público sino secreto, para mayor gloria de Jauja. ¿Por qué no?
22 de diciembre
Faltan tres días para Navidad. Cuando chico, yo y Laurita, y antes Marcelina, armábamos el Nacimiento, e íbamos después a la Misa de Gallo. Hoy Laurita no está, y Marcelina se fue hace muchos años. Ahora soy yo quien se encarga de todo. ¿Por qué no aprovechar, entonces, y poner en práctica una idea que tenía mi hermana, y que me parece muy bien?
Volvías a hojear esa mañana el ejemplar de la Ilíada que te había prestado Abelardo, en una edición española en prosa y sin ilustraciones. No era mucho lo que recordabas de las clases de Historia Universal sobre los griegos, pero no habías olvidado el episodio de la guerra de Troya. Incluso el profesor de lenguaje y literatura leyó algunos pasajes, y tratabas de ubicarlos en el volumen cuando tu tía Marisa te interrumpió: «Te buscan tus amigos». Y allí estaban en efecto, asomando por el zaguán, Tito, Felipe, Julepe. Los tres miraron con recelo el libro que tenías en tus manos, preguntándose sin duda si aún te duraba la fiebre estudiosa de diciembre. «¿Todavía chancas?», averiguó con mala cara Julepe, enemigo jurado de toda lectura. «¿Y ustedes creen que solo se abre un libro para chancar?», te amoscaste. «No te amargues, ni le hagas caso», dijo Felipe, «porque venimos a conversar sobre las cosas que haremos en estas vacaciones». Los invitaste a pasar. Miraron con curiosidad el patio, pues habían entrado pocas veces, y Julepe comentó: «Es una casa vieja, pero tiene muchas habitaciones, ¿no?». «Sí, es vieja». «¿Y los altos?». «No los usamos, porque nos han dicho que podrían caerse. Allí estaba el cuarto de trabajo de mi papá». «Era maestro, ¿no?». «Así es. Vamos al jardín, que está al fondo». «Oye, ¿y por qué allí? ¿Por qué no entramos primero a tu sala?», pidió Felipe. Y tuviste que acceder, aunque de mala gana, porque esa habitación constituía para ti, en razón del piano, algo así como un espacio personal y reservado. Los tres se quedaron asombrados, incluso Tito, viendo el instrumento, con sus candelabros dorados, y los dos lienzos antiguos en las paredes, y los libros de música en el estante lateral, todo ello muy en contraste con la modesta fachada del inmueble. Julepe se puso a curiosear por la habitación, seguido por sus socios. «¡Arza, qué cosas!», exclamó. «No nos habías contado del piano…», se quejó Tito. «Yo si sabía», dijo Felipe, «pero no pensé que fuera así». «¿No fue tu abuelo organista en la iglesia?». «Sí, sí fue». «Así que eres nieto de sacristán», dijo Julepe, entre ingenuo y venenoso, y pensando seguramente en Epifanio Orihuela, que reunía las dos condiciones en la Iglesia Matriz. «Sacristán no, sino organista». «Es un piano imponente», dijo Tito, dejando a un lado la observación de Julepe. ¿Qué podías decir? Te sentías orgulloso, pero no te gustaba que tus compañeros de aventuras, buenos chicos pero bastante silvestres, se enterasen de tus aficiones. «No nos habías dicho tampoco que ustedes tenían cuadros como los de la iglesia», dijo Julepe, «con esos marcos que deben costar mucha plata». «No es cuestión de plata, pues son cosas que dejaron los antepasados, que eran muy devotos». «Pero el piano…». «Lo compró mi abuelo, de segunda mano». «¿Ah sí? Y eso que solo era sacristán». «No, organista». «Pero tendría plata, ¿no?». «Oye Julepe», se incomodó Felipe, «tu taita, con su molino, los camiones y la panadería, tiene mucho más dinero que todos nosotros juntos, así que no hables». «Pero no tenemos piano». «¡No, pero si quisieran se podrían comprar veinte!», explotó Tito, poco paciente en general con las candideces de Julepe. Era conveniente atajar las veladas insinuaciones de tu amigo, así que precisaste: «Mira Julepe, mi mamá es costurera y en ocasiones maestra de labores; mi tía, también es maestra, como fue mi viejo; y mi hermano es empleado de la Biblioteca Municipal. Así que no digas esas cosas». «Pero, ¿acaso te da vergüenza?», fingió sorprenderse Julepe. «No, si no que nos molesta que en todo veas dinero…», terció Felipe. Julio Leandro Pérez, a su vez, se fastidió: «Y tú tampoco hables, porque no solo tienes un papá rico, con esos negocios que maneja, sino esa tía, la señora Zoraida, que es aun más rica». «Muy rica», dijo Tito en otro sentido. «Y tú tampoco, Tito», prosiguió Julepe, «porque con un par de juicios tu viejo se compra cinco pianos. ¿Quién no sabe que los abogados ganan lo que quieren, y más aun si trabajan en la Copper?». «¡Ya, basta!», te impacientaste. «En todo caso», dijo todavía Julepe, «mi viejo tendrá sus cobres, pero es tacaño, así que siempre ando fregado». Todos se rieron y se cambió de tema. «¿Y qué sabes tocar?», quiso saber Felipe, que estaba mejor informado de tus asuntos y había oído decir que tu madre era muy amante de la música. «Muy poco, pero no creo que les guste a ustedes». «Será música de iglesia, ¡bah!», se horrorizó Julepe. «Algo parecido», dijiste, para acallar esa curiosidad. Tuviste éxito, y los tres se dirigieron contigo al traspatio, tan acogedor, con sus árboles y flores. «¡Caramba, no sabíamos que tenías alisos y quinhuales, como en un cerco!», exclamó Felipe, y los tres se tumbaron en el césped, y tú con ellos. Se sentía ya, en verdad, que habían comenzado las vacaciones. «A ver», dijo Julepe, «¿qué planes hay para estos meses? Yo tengo dos cursos jalados, pero me quedará tiempo para un montón de cosas. Y además, no voy a chancar desde ahora». Tito informó: «Yo no tengo ninguno, y mi viejo me ha dicho que, aparte de uno que otro viaje a La Oroya para ayudarlo, puedo hacer lo que me dé la gana…». «Así podrás aprender cómo se maneja un pleito», comentó Felipe, «y meterle juicio a medio mundo». «Ya he dicho que no voy a ser abogado, sino médico, y además no tengo ganas de armar líos a nadie». «¿Y tú, Felipe?», preguntaste. «Voy a colaborar con mi papá, y tendré que ayudar también a mi mamá, y de vez en cuando visitaré a mi tía Zoraida». «¿Vas a ir a su casa?», averiguó Tito, muy interesado. Y no era para menos, con lo vistosa y tentadora que era la viuda, a pesar de sus treinta y tantos años. «¿Y dónde la voy a visitar, si no es en su casa?».Zoraida Awapara, descendiente de árabes y originaria de Ayacucho, y que se casó con el opulento Recaredo Ramos, dueño de un fundo en las remotas pampas de Llacuarí, y de tres o cuatro casas que la viuda administraba con avara eficiencia, más atenta a los centavos que a los suspiros de sus admiradores. Julepe dijo: «He oído decir que tu tía es de las que escuchan las prédicas del viejo Fox Caro, el señor de los ataúdes». «Viejito chiflado», apuntó Tito. «Será chiflado, pero es un anciano muy tranquilo…», protestaste. «¿Y no podría visitar yo también a tu tía?», se ofreció Julepe, famoso por su concupiscencia. «¿Tú? ¿Y quién te ha dicho que a mi tía le va a gustar que vayas a verla?». «¿Y por qué no?». «A mí no, en todo caso, y eso es lo que importa». «Eres egoísta…», se dolió Julepe, encandilado todavía por esa posibilidad. «Ya no aguantas más, amigo, así que deberías buscar mujer y casarte». «Tú Claudio sigue nomás con tu piano y con tus libros, porque te falta mucho para ser como yo, ¡un hombre!». «Debieras decir un burro», corrigió Tito. No fue fácil sosegar a Julepe, quien sería bonachón pero tenía sus arranques de cólera, y entonces no parecía un muchacho de diecisiete años sino un mocetón de veinte. «Y tú, ¿qué harás, Claudio?», te preguntaron. «Bueno, tengo que ayudar aquí en casa». «Ya que eres músico», murmuró Julepe, todavía rencoroso, «¿por qué no cantas unos responsos en el cementerio? Total, solo necesitarías ponerte unas gafas de ciego, porque la cara de viejo ya la tienes. Así te ganarías unos soles…». «No estaría mal», contestaste, «y prometo que cantaré con mucho sentimiento en el día de tu entierro». Se rieron todos, incluso Julio Leandro Pérez, conocido en todas partes como Julepe. Era clara y limpia la mañana, en el jardín zumbaban las abejas, y de rato en rato revoloteaba un picaflor. Pensaste por un momento en Leonor, en sus ojos negros, sus trenzas, su falda escolar y su blusa blanca. Leonor, allá en Yauli, sin acordarse de ti, absorta en sus afanes de jovencita de catorce años. No, qué les ibas a hablar de ella a tus amigos, que todo lo tomaban a broma y tenían prejuicios contra las chicas del campo, las cholitas, como decían. Como no les hablabas tampoco de música ni de libros, ni de tus proyectos para el futuro. Leonor, amor en ciernes, secretísimo. No dijiste nada, y preferiste pensar en otra cosa. «¿Y cuándo viene tu hermana Laurita?», preguntó Felipe. «No sé, quizás antes de carnavales». «¿Ah sí?», se interesó Julepe. «Laurita ya está en la universidad, idiota», aclaró Tito, «así que no te hagas ideas». «En la universidad no», rectificaste, «sino en la Escuela de Bellas Artes, y será profesora de dibujo, pero se interesa también en la pintura». «¿Eso se estudia?», se sorprendió Pérez. «¡Este no tiene remedio!», se impacientó otra vez Tito. «En otras palabras», precisó Felipe, «un motivo más para que no se te ocurran ciertas cosas». «Jo, jo», se rió Julepe, que a veces podía ser menos tonto de lo que parecía, «pero si no tengo porvenir por ahí, lo tengo por el lado de tu familia y hasta podría llegar a ser tu tío, ¿eh?». «No, porque para mi tía Zoraida serías menos que su perro, y menos que la pulga de su perro. ¡Zonzonazo!». «Podría ser tu tío, y me pasaría todo el día en la cama con tu tía, dale que dale…». «Hablas y hablas, y no fuiste capaz de contestarle a Palomeque cuando te corrió de su peluquería», anotó Tito. «Esa es una historia que inventó Claudio». «Yo no inventé nada, Julepe, pues tú mismo me contaste que Palomeque te quiso capar ». Y Felipe comenzó a tararear la ya conocida tonadilla: «A esconderte, a esconderte, / maligno rapaz…», pero no pudo continuar porque le asaltó un acceso de risa. «¿A mí? ¿Caparme ese vejete? ¡Ustedes están locos, y más loco todavía el que inventó el chisme!». «Chisme no, sino cuento, que es como decir historia», dijo Tito. «Yo no he inventado nada, y si quieren vamos a preguntárselo a Palomeque», protestaste. «Ya, dejemos en paz a Julepe y a las tijeras de Palomino, pues bien sabemos que todo fue verdad», sentenció Felipe. «Lo que pasa es que Claudio cuenta las cosas a su manera, y se olvidó de decir que Palomeque no solo amenazó, sino que de veras le metió un corte a Julito», señaló Tito. «¡Carajo, ahorita les enseño mis melones y verán que estoy completo!», se enojó el aludido, echando mano a su bragueta. «¡Aguanta, idiota, que a lo mejor viene por aquí la señora Laura!», le atajó Tito. A Felipe le dio un terrible ataque de risa que molestó aun más a Julepe, frustrado en su intento exhibicionista. Poco a poco volvió la paz, sin embargo, y se reanudó la charla. «Podríamos ir a Hualá, y ver a unas cholas bañándose en el río», sugirió Felipe, acordándose de cierta experiencia pasada. «Pero tú hablaste, me parece, de una señora joven que tiene la costumbre de bañarse en su jardín, y a la que podríamos aguaitar», contestaste. «Eso fue una ocurrencia, nada más», replicó Felipe, no sin lanzarte una rápida y furiosa mirada por indiscreto. «¿Qué fulana es esa?», quiso saber de inmediato Julepe. «Fue un decir, repito, así que busca por otra parte si quieres dar gusto a la vista». «A la vista y a la mano». «Yo no tengo hermanas ni primas, ni siquiera vecinas, así que tengo que buscar por el lado de los amigos. Pero todos ustedes son unos egoístas, y tú el primero, Felipe». «Lo que pasa», dijo Tito, «es que Felipe tiene un poco reseca la memoria, pero si tú te gastas unos cobres y nos convidas algo rico y refrescante, de seguro que se acuerda y nos dice de quién se trata». «Sí, a lo mejor me acuerdo…», confirmó Felipe. Julepe volvió a lamentarse: «¿No dije que mi viejo es un tacaño, y que apenas si me da propina una vez al mes?». «Será tacaño», dijo Tito, «pero tú eres todavía más». «Eso dices tú». «No, porque sabemos por ti mismo que de vez en cuando mueles unas arrobas de trigo a las placeras de Julcán, y te embolsicas la plata». «¿Eso dije?». «Claro». «En todo caso no es gran cosa, y en un cine y un par de pasteles se me acaba todo», se dolió Pérez. «Bueno, si no nos invitas no verás a ninguna fulana, y menos calata», concluiste. Y Julepe, que por cierto era más cicatero que lujurioso, guardó silencio. No lo hubiera hecho, de seguro, si hubiera sospechado como tú que la dama en cuestión era nada menos que Zoraida Awapara. Sí, pues a ella se aplicaban los sibilinos términos que había empleado su sobrino hacía una semana. Habló en fin Julepe, resignado: «Después de todo aguaitar calatas es pecado, y si uno peca se va al infierno». «El cura Wharton en persona…», dijo Felipe. Tú callaste, temeroso de que se difundiera aun más y comentaran la noticia —humillante noticia— de que el cura te había aplazado en su curso, y que la causa era tu mal inspirada página sobre el Juicio Final. Julepe volvió a hablar, tocando una ramita de claveles, y llevado sabe Dios por qué pensamientos: «A mi mamá le gustan las flores, y a veces le ayudo, y las más bonitas las vendemos…». «Palomeque es también aficionado a las flores…». Julepe fijó en Felipe una torva mirada, y Tito dijo: «Así que Palomino es rapabarbas, costurero de moñas y enjalmas, florista, poeta…». No te gustó el comentario y dijiste: «¿Qué tiene que ver él con la poesía? Será todo eso, pero ¿poeta?». «Hum, me olvidaba que tú también cojeas de esa pata». «Yo no escribo versos, y no creo tampoco que ese pedante lo haga…». «Bueno, tal vez no se te da por los versos, pero sí tejes no sé qué historias». «Eso de la capadera lo inventaste tú, como inventaste la historia del heliotropo», volvió a la carga la presunta víctima, «y que quede claro que Palomeque no me amenazó, y menos todavía me tocó ni un pelo». «Pelo no, pero sí otra cosa…». No ardió Troya, por suerte, y Julio Leandro Pérez se limitó finalmente a un desdeñoso «¡Digan lo que quieran…!». Felipe se tendió sobre la hierba, diciendo: «¡Pero qué bien se está aquí!». Y en efecto, era tan fresco el día y tan diáfanos los colores. Habría tormenta al acabar la tarde. Volviste a pensar en Leonor, amor lejano. «Oye, ¿te estás durmiendo?», te interrumpió Felipe. «No», dijiste, «es la luz, el calor». «Bueno, te preguntaba si esta casa del costado es la del señor Caro…». «Así es». «Viejito tan raro», comentó Tito, «que lo mismo le puede echar un sermón a un cristiano que venderle un ataúd o un canasto de bollos». «Su señora doña Juanita es la panadera, no él». «Dicen también que es violinista, y que toca sentado entre los cajones, a la espera de que alguien se muera». «Eso es falso», dijiste. «Ahora que se acerca la Navidad, deberías morderte la lengua, Tito», le aconsejó Felipe. «Vendrán otra vez las pallas, bailando la huaylijía». «Unas cholitas tan ricas…», se entusiasmó Julepe. Te imaginaste su ingreso a la ciudad, a medianoche, con sus azucenas de papel y la música de la tinya y de las flautas. «Tan ricas, que voy a ver cómo me meto a bailar de pastor en un conjunto», anunció Felipe, refiriéndose al único personaje masculino en la danza. «Tú no eres de Huertas ni de Santa Ana, como ellas, y el mayordomo te botará», dijo Julepe. Y tus amigos siguieron hablando así de pallas y de ir a tomar un baño en el río Yacus, y de aguaitar a las lavanderas y a sus hijas, pero tú no los escuchaste, figurándote que entre las bailantes —adolescentes de faldellín, monillo y cabellera suelta— pudiera estar Leonor. Y estabas en eso cuando los tres decidieron que era tiempo de marcharse, y se pusieron de pie. «Oye», te dijo Felipe, «no nos has enseñado tu cuarto». «¿Mi cuarto?». «Tienes uno para ti solo, ¿no?». «Uno pequeño, que está al otro lado». «¿Y?». «Será otro día, porque hay que pasar por el taller de mi mamá, y ella está muy ocupada». «¿Y los planes?», se acordó Julepe. «¿Qué planes?». «¡Cómo! ¿No hemos venido para ver qué hacemos en las vacaciones?». «Oh, será otra vez», dijo Felipe. Sus amigotes no insistieron. Los acompañaste hasta el zaguán, donde se despidieron de prisa, como si de súbito les hubiese aguijoneado el hambre de mediodía. Se marcharon, pues, y como ya estaba listo el almuerzo, no pudiste volver al jardín, como hubiera sido tu deseo, y tuviste que sentarte a la mesa. Tu tía Marisa ya había regresado, luego de la clausura del año escolar en su escuelita de Paca. «Ese Julepe es un atrevido», dijo. «¿Por qué, tía?». «La otra vez vi, en la feria, que una chica le daba un sopapo, porque de seguro le había metido la mano». «Un poco ingenuo, quizá, pero no mal chico», dijo tu madre. «Es un poco mayor que ustedes», anotó Abelardo mirándote, «y debe andar con la cabeza caliente». «Acaba de cumplir los diecisiete». «En cambio Felipe», dijo tía Marisa, «tiene cara de ser mucho más avispado, y no sería raro que terminara de político». «Y Tito», señaló tu hermano, «tiene una cara seria y saluda muy amable, pero se me ocurre que debe tener la lengua ligera». «Y yo, ¿cómo soy?». «Avispado no», dijo tía Marisa, mirándote con ironía, «pero tampoco zonzo, y algo enamoradizo…». Abelardo se echó a reír y añadió: «Y un poco soñador, flojo y rumiando siempre no sé qué historias». «Y buen músico…», agregó tu madre. «Debe estar enamoriscado», prosiguió tu tía, «y por eso suspira en el piano y silba yaravíes y se asoma al balcón por las noches, y escribe en esas libretas». «No estoy enamorado», mentiste, «y ojalá fuera un buen músico. Acepto que soy flojo, y que me gusta imaginar cosas…». «Una manera, sobrino mío, de decir que tienes tu poquitín de mentiroso, ¿no?». «A propósito de mentiras», dijo Abelardo, sin dejar lugar para que te defendieras, «voy a contarles cómo andan las cosas en Lima…». Y llevó la conversación hacia temas políticos, y muy en especial hacia las barbaridades que decían y perpetraban los ministros apristas. Tú escuchaste por un espacio, pero luego tus pensamientos volvieron a esa muchachita de falda azul y blusa blanca. Leonor, ¿cuándo la volverías a ver?
Sentada junto a la candela, atizando la leña, Marcelina hablaba. Y tú a su lado, sentado en una silla, mirando el fogón. Por momentos llegaba de muy lejos el rumor del río Mantaro, en esa noche de lluvia. Y Marcelina dijo: «Eran dos serpientes, una negra como la noche, y otra blanca como el día, con alas las dos, y que estaban en el fondo de las aguas que por entonces cubrían el valle. Eran los amarus, y allí se revolvían y peleaban, y una vez subieron en su batalla hasta el cielo, y tanto que, muy molesto, Ticse Wiracocha les lanzó el rayo. Y entonces el amaru negro se escondió en la laguna de Yanamarca, y el otro, el blanco, en una de las siete lagunas de Janchiscocha. Y después se levantó el tulumanyá, o sea el arco iris, y el mundo se tranquilizó, pero la flor de la lluvia y de la escarcha, la sullawayta, había desaparecido. Y por eso se espaciaron las lluvias, y las plantas se marchitaron y el mundo se volvió triste y callado. Mas algún día regresará, y entonces tornarán a caer los aguaceros como antes, y los amarus podrán recobrar su libertad. Y volverá también la alegría». Contó así Marcelina, y solo se oyó entonces el viento y el rumor del río, allá a lo lejos, y la leña que ardía en la bicharra.
«Esta vez», dijiste, «nuestro Nacimiento va a ser diferente». «¿Cómo diferente?», preguntó tu tía. «No es una idea mía, sino de Laurita, que pensaba armarlo con unas piritas que mi papá trajo de Huarón, y con un poco de ichu y ramas de quinhual y figuras de Aco». «Dudo que le vaya gustar a tu mamá». «Cuando vuelva de la calle ya todo estará listo». «Así que, como quien dice, “hechos consumados”». «Y pondré también la casita de cerámica que mi papá compró en San Pedro de Cajas…». Tu tía recordó: «Tu padre hizo uno con esa casita, aunque él no era creyente, por complacer a tu madre. Hace ya tanto tiempo…». «¿Cuántos años han pasado desde que murió? ¿Nueve?». «No, diez». «Bueno, ¿qué dices…?». «Haz como quieras, pero si tu mamá protesta, tendrás que rehacerlo todo. Y pon atención, porque en una noche como esta los jovencitos de tu edad vuelven a ser, por un momento, los mocosos de antes». Y tía Marisa salió de la sala. Era siempre así, bromista, a menudo irónica, pero a su modo también comprensiva. No era difícil explicarse por qué había preferido quedarse soltera, y por qué se sentía tan a gusto como maestra en la escuelita de Paca, a pesar de que muchas veces tenía que ir a pie. Ahora, de vacaciones, ayudaba en la casa y en la costura a tu madre, y leía y se interesaba en las noticias de los diarios y de la radio. Amiga de mucha gente, y al mismo tiempo solitaria. ¿Era creyente, en verdad? Bueno, se persignaba ante el cuadro de la Virgen del Carmen y ante el Nacimiento, pero no asistía a misa, y le gustaban los chistes a costa de las beatas y beatos del pueblo, y muy en especial de Domitila Quiñones, famosa por sus arrestos varoniles. ¡Cómo se reían Abelardo y Laurita! Se fue pues a su cuarto, y tú titubeaste en llevar adelante el proyecto que tenías en mente, que desde luego sería algo más que una simple traducción de lo imaginado por Laurita. Te decidiste, en fin, a riesgo de trabajar dos veces. Fuiste en busca de esos fragmentos de mineral, que sabías que eran de galena, cinabrio sólido, cuarzo y azurita, en los que se alternaban las facetas planas, brillantes como espejos, y los lados ásperos y oscuros. Nombres raros que habías escuchado en boca de tu hermano y de Alfonso, quien había vivido por un tiempo en Colquijirca. Trajiste asimismo el pequeño atado de ichu que habías comprado en la feria. Estudiaste por un momento el espacio disponible. Comenzaste luego a trabajar, a la claridad de la lámpara, aun más pálida por el mal estado de la pequeña central eléctrica que daba corriente a Jauja. Se trataba de un Nacimiento todo de ichu y de piritas, en una noche sin luna ni estrellas, pero alumbrada por un fuego extraño. Un Nacimiento pagano, por así decir, en un escenario como el de las lagunas de Janchiscocha, y que en cierta manera se aproximaba a una composición abstracta, si esta noción te hubiera sido conocida. Se fue alzando así, poco a poco, una montaña toda de minerales y roca, entre simbólicos y apretados haces de paja brava. Sombría masa a cuyo pie se encontraban, a un costado, la pequeña casa de arcilla, con su tejado rojo y sus puertas cerradas, y al otro, como un lago, una lámina de feldespato. Tu madre había salido a visitar a las señoritas de los Heros, a las que a veces tu tía Marisa llamaba, con una mezcla de afecto y buen humor, las «tías locas». Esas damas ya tan viejas que tú también tendrías que visitar. Abelardo, por su parte, estaría con los ajedrecistas de su club, jugando con el viejo Federico Yepes, el de la mano ortopédica, o con Mitrídates, el encargado del mortuorio del hospital. Y si no allí, conversando con su enamorada, la guapa Florencia Iturriaga, apodada por algunos «la bella», pues lo era en verdad, mas también una cabeza un poco hueca. «Ay, Florencita es solo para mirar, porque si abre la boca es una beba», había dicho alguna vez tu tía Marisa. Cuán diferente esa otra belleza del Sanatorio Olavegoya, a quien se podía admirar los domingos por la mañana en la Plaza de Armas, a la salida de misa, sonriente y elegante, Elena Oyanguren. Pero era mejor no pensar en ella, y aprovechar esa posibilidad de construir el más original Nacimiento de toda la historia de Jauja. Y fueron pasando así los cuartos de hora, mientras acomodabas los elementos del escenario, los personajes, y ensayabas nuevos ángulos y te detenías en los detalles de ese paisaje fantástico. No había lugar allí para Niño alguno, ni para una Sagrada Familia, y menos para el buey y el burro de la piedad popular, ni tampoco para los toques pintorescos y anec-dóticos que tanto agradaban a tus paisanos. Y embargado como estabas en esa tarea y en tus imaginaciones, no advertiste que en cierto momento retornaba tu madre y se detenía a observarte desde la puerta. «Hola», dijo. «Ah, estabas aquí». «¿Qué haces, hijo?». «El Nacimiento, pero a la manera que pensaba Laurita». «¿Y cómo lo quería?». «Diferente, muy diferente, con estas piedras metálicas, todo muy andino, y sin pastoras, carneritos ni patos de celuloide…». Tu madre pareció no comprender. «Sí, mamá, algo muy distinto». Ella puso a un lado su bolso y se sentó en una silla a mirar, desconcertada. Por un momento guardó silencio. Seguramente adivinaba cuál era en líneas generales tu intención, es decir la de Laurita, pero le sería difícil renunciar a la imagen tradicional, por lo vinculada que estaba con sus recuerdos de familia. Cedería por darte gusto, pero echaría de menos el arreglo a que estaba acostumbrada. Te decidiste por una especie de transacción, y anunciaste: «Bueno, es una idea, pero quizá será mejor poner siempre junto al Niño las figuritas de animales y los adornos». «Está bien», dijo ella, pero algo te indicó en el tono de su voz que se había dado cuenta de que no querías defraudarla. «Está bien…», repitió, indecisa. Se la veía cansada, incluso deprimida. «¿Cómo están las tías?», preguntaste. «Las veo más deterioradas, realmente, y sus pensamientos giran cada vez más en torno al pasado, y la pobre Felícitas tiene mucho trabajo en atenderlas». Te detuviste, y ella continuó: «Y pensar que antes, hace ya tantos años, eran tan guapas y tan ricas…». «¿Tú las conociste desde niña?». «Sí, pero cuando vivían ya en Jauja, y mi papá y mi mamá me contaban de Yanasmayo, que así se llamaba la hacienda, y de don José María, el padre, hombre tan cortés, tan fino…». «¿Y no se casaron nunca?». «No, a pesar de la belleza de Euristela, la mayor, y de que Ismena era también muy agraciada». «Son raros sus nombres…». «No me parece». «Y hermosos». «Tuvieron mucho dinero, y hoy viven en la pobreza». «Y ¿por qué las llaman ustedes “las tías locas”?». «Yo no las llamo así, y si alguna vez lo hice, lo lamento de veras. Fue Marisa quien comenzó, ya sabes cómo es». «Pero algo habrá en las tías…». «La vejez, como dije, y los sinsabores les han afectado un poco la razón, y muy en especial la memoria de las cosas recientes…». No insististe y fuiste en busca de las figuras y adornos del Nacimiento, que tan bien conocías desde tu infancia. Luego, con todo ese material en tus manos, y en aras de una avenencia, retomaste elementos de un arreglo tradicional, manteniendo sí la primacía de las piritas. Tu madre te vio hacer, y ella también se arrodilló junto a ti y te ayudó. Se acordaba, sin duda, de los tiempos en que sus tres hijos eran pequeños, y también, por cierto, de su propia niñez. Tan en silencio y como abstraída. Ella misma fue a traer el Niño de piedra, antiguo y con una pequeña diadema de plata, y que se conservaba en la familia desde tiempo inmemorial. Un Niño huérfano, pues nunca tuvo un San José ni Virgen María, y ocupó siempre solo, en un montoncito de paja, el centro del conjunto. Fue puesto allí, y tu madre encendió las tres velas del candelabro tradicional. Se volvió a sentar. Seguía triste y sin ánimo para llamar a Marisa y contarle cómo había sido la visita. «¿Iremos a la Misa de Gallo?», indagaste. «No, me siento muy cansada…».Y no lo harían, por supuesto, tu tía, y menos aun Abelardo. Y si bien tú recordabas con afecto los villancicos que cantaba el coro de Epifanio Orihuela en la Iglesia Matriz, y las campanas al vuelo en la noche del 24, preferías reservarte para la huaylijía. Ese coro danzante, misterioso, que venía desde el pueblo de Santa Ana, en lo más remoto de la noche, y se desplazaba jubiloso por las calles de la ciudad, para ir a bailar en el atrio del templo después de la misa. Lo aguardarías para verlo desde la ventana del piso alto. Te volviste hacia tu madre: «Y a papá, ¿le gustaba la Navidad?». «Sentía cariño por la fiesta, pero nada más, porque no era creyente». No, no lo era, y más bien militó en un movimiento anarquista de los años veinte, para luego seguir una línea socialista, según te había explicado con mucha paciencia Abelardo. «Y cuando tú eras niña, ¿cómo era la Navidad?». «Hacíamos un Nacimiento con este mismo Niño, y después íbamos a la Misa de Gallo y papá tocaba el órgano y dirigía un pequeño coro de chicos que cantaba villancicos, unos antiguos y otros que él componía, y también el Laudate Dominum que conoces». «¿Y bailaban las pallas de Santa Ana, como ahora?». «No solo de Santa Ana, sino también de Julcán y de Molinos». Imaginaste, por un momento, esos conjuntos de muchachas, con los cabellos sueltos, bailando todas en Santa Isabel y en la Plaza de Armas. Y Leonor, ¿habría participado ya en la danza? ¿Qué haría a esa hora? ¿Armaría quizás un Nacimiento en su casa? ¿Escucharía desde su patio el rumor de los quinhuales, y vería el resplandor de los relámpagos distantes por el lado del este, tan frecuentes en esa época del año? Quisiste saber: «¿Y tú no saliste nunca de palla?». «Sí, una vez en Ataura, por invitación de Alberto Mateo, y fue muy hermoso». Te quedaste en silencio, tratando de representarte a tu madre de muchacha, con faldellín y pañuelo de seda, en la plaza de Ataura. Te turbó esa imagen y retornaste a la de Leonor, y después, sin que supieras por qué, a la de Elena Oyanguren, con sus trajes de fina seda, paseando lánguida y exótica por la plaza de Jauja. «Era así, entonces, en la Pascua de tu infancia…», dijiste, retomando el hilo anterior. «Y después, el día 25, íbamos de nuevo a la iglesia y cantábamos con mucha emoción los villancicos que papá hacía cantar, y por la tarde visitábamos a los parientes y recibíamos a otros aquí en casa». Sí, las dos niñas acompañando a Baltazar José Manrique, antiguo organista de la Iglesia Matriz, y Marta Josefina González, tu abuela, nacida en Aramachay y vestida siempre de lliclla y de pollera. «¿Y tocabas ya el piano?». «Como te conté, el piano lo compró papá cuando yo tenía once años, de una familia que vino por razones de salud y tuvo que marcharse de un momento a otro, y que por eso pidió un precio muy módico». «Fue una suerte, ¿no?». «Me entusiasmé y comencé a aprender, aunque no es mucho lo que he logrado». Ya te había contado, más de una vez, cómo fue esa mañana en que unos cargadores llevaron el piano a casa, y cuán grande fue su deslumbramiento y su alegría. El piano vertical en cuya tapa se leía ese nombre, para ti cien veces prestigioso, de Luis Freundt. El mismo instrumento que ahora, al otro lado de la sala, aguardaba que terminases tu tarea y fueras a deslizar tus dedos por el teclado. «Y mi papá, ¿qué dijo al enterarse de que sabías tocar?». «No se entusiasmó, porque no tenía mucho oído musical que digamos, pero respetó siempre mi afición, y más de una vez me compró partituras en Lima y Cerro de Pasco». «¿En Cerro de Pasco?» . «Sí, de familias antiguas de mineros venidas a menos, a las que conoció cuando trabajó ahí, o que le consiguió su amigo, el señor Valderrama». «¿Y era ya tu amiga la señora Mercedes Chávarri?». «Sí, porque mi papá le había ayudado, pero era una amistad un poco lejana, ya que ella se educó en Lima y nosotras aquí en Jauja». «¿Y su padre?». «Era un señor rico que tenía un comercio, pero que luego, hace unos treinta años, no sé por qué, terminó en quiebra». «Y ella tuvo profesores, como dijiste, mientras que tú…». «Bueno, me ayudó papá, como sabes, y también el padre Hoffner, pero solo con un par de clases. Papá murió, y lo demás lo aprendí por mi cuenta. Mas no me quejo y estoy contenta, y contenta de que a ti también te guste la música…». «¿Y Abelardo?». «No, él no mostró mayor interés, ni Laurita tampoco, porque su vocación es otra». ¿Y tía Marisa?». «No, menos aun». «¿Qué pasa conmigo?», preguntó tu parienta, quien entraba en la sala y había oído mencionar su nombre. «Claudio me preguntó si alguna vez te interesaste en el piano». «No, porque soy dura de orejas, al menos si me comparo con mi hermana; yo sirvo para otras cosas». Y tu tía añadió, abriendo los brazos y señalando tu obra: «¿Es esto lo que pensabas, o renunciaste a tu apabullante proyecto?». «No era apabullante, y no era tampoco mío». «Bueno, sea como fuera tenemos ya un Nacimiento, con ese Niño solterón…». «¡Marisa!», la reconvino riendo tu madre, quien luego se levantó y agregó: «Tan novedoso y algo extraño, pero a su modo bonito. Ya llega Abelardo, a ver qué opina…». Tu hermano contempló por un momento y en silencio el resultado de tus esfuerzos. «¿Qué te parece?». «No está mal como experimento». «La idea era de Laurita», explicaste. «Original e interesante», añadió. «Bueno», dijo tu madre, «ya es hora de cenar, y luego rezaremos y cantaremos». Y pasaron todos a la cocina, y todos ayudaron a preparar el chocolate y a servir los bizcochuelos y golosinas de costumbre. Se conversó de todo en la mesa, en especial de Laurita, y se recordó la Nochebuena del año anterior, y se habló también de los abuelos, de Marcelina, de los villancicos de Epifanio Orihuela, tan diferentes. Acabada la cena, y levantada la mesa, volvieron todos a la sala. Te tocó a ti buscar la partitura manuscrita del Laudate Dominum, compuesto por el abuelo en 1909, según indicaba una anotación, y que nunca salió del ámbito familiar. Fue tu madre quien, como todos los años, se encargó de su ejecución, y los demás miembros de la familia entonaron el breve texto latino que decía: Laudate Dominum in sanctis ejus: laudate eum in firmamento virtutis ejus… Laudate eum in tympano, et choro: laudate eum in chordis, et organo. Corta composición cuyo sentido conocían ustedes de modo muy general, y que fue seguida por una breve plegaria que tu madre rezó en voz baja, acompañada por su hermana. Abelardo cruzó los brazos y se mantuvo en silencio, y tú hiciste lo mismo, pues ya no alentaba en ti la misma e ingenua fe de tu niñez, aunque tratabas de que no lo notase tu progenitora. «Este joven», dijo luego Abelardo, «ha plasmado bastante bien la idea de Laurita, de un Nacimiento todo de elementos esenciales, y, más que nada, de metal, ichu y roca». «¡Cuánto echo de menos a Laurita!», se dolió tu madre. «Fui al correo, pero no había carta», dijo Abelardo. «Tal vez mañana, o pasado mañana, recibiremos noticias…». «Laurita vendrá seguramente para el 20 de enero, y en todo caso para carnavales», señaló tía Marisa. Así estaba concertado, y si tu hermana había escrito una carta, habría dos o tres páginas para ti, con esa letra grande y armoniosa que por sí sola suscitaba un sentimiento de luz y alegría. Mas no pusiste ya mucha atención en la plática, porque tus pensamientos estaban en la danza de las muchachas que no tardaría en entrar a Jauja por la alameda. En esa danza, y en Leonor, en esa noche de fiesta.
Estás ahí, en el pequeño balcón de la habitación que sirvió a tu padre de cuarto de trabajo, y antes que él a tu abuelo. Has subido sin decir nada a nadie, porque prefieres mantener solo para ti esa espera y la visión de esas muchachas. Las danzantes de la huaylijía, a la luz de los faroles que portan los acompañantes, y a la luz también, tan atenuada, del alumbrado público. Ha sido así el año anterior y el precedente. Tú, con el poncho de Abelardo, la bufanda y ese gorro que te pones cuando sales al campo. Y en cierto modo es como estar en el campo, en esta noche de diciembre. Corre un aire húmedo, que se interrumpe por momentos y retorna con el rumor distante que recoge del río Mantaro, pues es un viento del sur. El balcón da hacia ese lado, un poco al sesgo, y también hacia el oeste, pero alcanzas a percibir los resplandores que provienen de los relámpagos de una tempestad que cae a lo lejos, en las vertientes de la montaña. Esas tormentas de que te habló una vez Teófilo Aquino, el viejo chacarero que venía de tiempo en tiempo trayendo fruta, coca, aguardiente, y que visitaba la casa pues conoció a tu abuelo. ¿Qué habrá sido de él? Miras esos resplandores, y te dices que acaso los verá también Leonor desde su casa, allá en ese paraje de Yauli. Piensas también en el Nacimiento que has montado, en torno al cual se alzan, invisibles, las nieves de Lasontay, de Huaracayo y del Marayrasu, y las cumbres del Arparumi y de Huajlas, y donde se hallan las siete lagunas de Janchiscocha. Un rumor cadencioso, lejano, pone fin a tus divagaciones. Se aproxima ya el conjunto de las danzantes. Se escucha el sonido de los pincullos y de las quenas, y el compás marcado por las sonajas de latón del pastor que escolta a las pallas, y por las azucenas que portan las muchachas, como arbolillos de luz y de colores. Te inclinas, con las manos asidas a la baranda, y todo tu ser se absorbe en esa música. Transcurren los minutos. Están ya muy cerca, y en efecto no tardan en pasar por la esquina los grupos de chiquillos que van por delante, y el pastor, luego, con la máscara que apenas si puedes adivinar a la distancia. Las jóvenes, en fin, en dos columnas, todas con los cabellos sueltos. Sus azucenas como ramos sonorosos. Vienen luego los tocadores de pincullos, y el hombre de la tinya, los acompañantes. Cortejo que acaso tampoco celebra el Nacimiento cristiano, sino algo muy diferente. El despertar, quizá, del amaru blanco y del amaru negro, las sierpes aladas que vuelven de su sueño de siglos y emergen en pos de la flor del rocío y de la nieve, la sullawayta. Tal es, quizás, el acontecimiento que sin saberlo celebran las muchachas. Se van, en fin, por la calle que conduce a la plaza, y es como si tú también te hubieras sumado al conjunto. Desde el balcón, inmóvil, miras la calle apenas iluminada. Danzas también, en cierta manera, y en tu embriaguez se mezclan alegría, temor, angustia. Tú también festejas la periódica resurrección de los amarus, que algún día se convertirán para siempre en lluvia, en luz, en arco iris. Sigues ahí, feliz y como abrasado por la antorcha danzante y cantora que se aleja. Se van, y no tarda en callar la música, a lo lejos, pues llegan al templo. Continúa la brisa intermitente. De rato en rato cruzan el cielo esos resplandores. Sigues ahí, como si te replegaras otra vez en ti mismo, en ese ardor que se expande en ti, muy dentro de ti, como que tiene sus raíces en tus sueños y terrores más antiguos, y, aun más allá, en los orígenes del mundo. En esa hondura del tiempo y de la noche…
26 de diciembre
Noche y día la he buscado…, dice ese yaraví. Y es cierto que yo también te he buscado, Leonor, y por eso te reconocí en cuanto te vi esa mañana, y aunque no lo supiera, en ese mismo momento comencé a quererte. Huk urpichatam…Y después, cuando hablamos por primera vez, me contaste que de niña habías vivido en Janchiscocha, ese lugar tan lejano y de mágico nombre. El sitio de las siete lagunas, donde se refugió, según Marcelina, el amaru blanco de las alas llameantes, que a veces se asoma a la orilla, con la esperanza de ver por fin a lo lejos la flor del rocío y de la escarcha, la sullawayta. Quizá tú has visto a ese animal mítico, como en sueños, alzarse del agua al amanecer, o en las noches, como un cometa.
Tú eres esa flor blanca, hermosa…
«Y antes, mucho antes, ¿también las llamaban ustedes las “tías locas”?». «Ya te dije que yo no las llamo así», dijo con suavidad tu madre. «Tú no, pero tu señorita hermana sí». «Un desliz, que ya no me debes reprochar», se disculpó tu tía. «Pero ¿por qué?». «Porque siempre me parecieron un poco raras, y tan solitarias». «Siempre han sido así», corroboró tu madre. «Y entonces, si tengo que visitarlas, ¿de qué les voy a hablar?». «No te preocupes, sobrino, que ellas correrán con la parla, y tú escúchalas nomás y asiente a todo». «¿Asentir?». «Sí, pon cara de que entiendes y estás de acuerdo». Eso de que fuesen raras y solitarias hacía la cosa interesante. «Bueno, ¿y cómo voy a llamarlas?». «¿Cómo hacías la vez que fuiste con tu mamá a su casa?». «No me acuerdo, porque ya hace mucho tiempo». «Lo mejor será que les digas “tía” y “tía”, simplemente». «Pero cada una tiene su nombre, ¿no?». Tía Marisa sofocó una risita, que no te gustó. «Tu tía», explicó con paciencia tu madre, «se deja llevar a veces por su carácter bromista, pero no con mala intención…». «Se me ocurrió una mala idea, por lo que me doy golpes de pecho», se disculpó nuevamente su hermana. «No bastó entonces con lo de “locas”…». «No seas venenoso, pequeño», replicó tu tía. «Puedes decir también “tía Euristela”, y “tía Ismena”». Esos dos nombres parecían ser también griegos, como los de la Ilíada. Los habías escuchado muy poco en casa, pues se decía, hasta donde recordabas, «las tías», «las tías de los Heros», o «las tías locas», y para referirse a una en particular, «la mayor», o «la menor». Te sacó de tus cavilaciones tu tía Marisa: «No te compliques la vida con esos anticuados nombres». «A mí me gustan», dijiste. «Oye Laura, tu hijo tiene la manía de cavilar y pasmarse ante los nombres, ¿por qué será?». «No me sorprendería», dijo tu madre siguiendo un hilo propio de pensamiento, «que les tomara cariño a las viejitas, y se convirtiera en su asiduo visitante». «Podría ser», dijiste, «aunque debiera ser suficiente con lo que soporté a tía Grimanesa, en esa cuaresma inacabable». «Pero, ¿acaso no tuviste el privilegio de escuchar los sermones del insigne Wharton?». «Y por su culpa soñé con los fuegos del infierno». «Eso no nos contaste». «¡Cura canalla!». «Eres muy quejumbroso, sobrino». «¿Qué muchacho no se lamentaría si tuviera que pasar sus vacaciones entre ancianas?». «¡Hombre, no exageres!». Se produjo un silencio, al cabo del cual dijiste: «Iré a ver a esas damas, pero tú, tía Marisa, deberías seguir el ejemplo de tía Rosita, y regalarme de vez en cuando una moneda de nueve décimos, si no tienes una libra de oro por ahí». «Laura», dijo tu tía, «este joven se está volviendo muy interesado, y será mejor que me vaya a planchar toda esa ropa que me está esperando». Y sin más se retiró del taller de costura, donde tenía lugar la charla. Aprovechaste para volver al tema de los nombres: «Así que son Ismena y Euristela…». «Euristela la mayor y la más alta, e Ismena la menor y la más baja». «¿Y por qué se llaman así?». «Fue cosa de sus padres, ¿no?». «Si yo tuviera hijas, les pondría esos nombres». «Espera a que te cases, y verás entonces qué opina tu señora esposa». «¿Y cómo es que son nuestras parientas?». «En realidad vienen a ser tías lejanas, y en tu caso tías abuelas, por la rama de los Aranzábal, ya que como sabes mi papá era Manrique Aranzábal». «¿Es esa toda la relación?». «El señor de los Heros era muy afable con él, a pesar de la enorme diferencia de fortuna y de posición». «¿Y qué más sabes de ellas?». «Bueno, que la casa-hacienda de Yanasmayo, que como sabes está bien lejos de aquí, se incendió una noche, y que el señor de los Heros no se recobró nunca, ni sus hijas tampoco». «¿Y luego?». «Él murió, y ellas perdieron después la propiedad de sus tierras en un juicio, y por eso fue que se vinieron a vivir en la casita que hoy ocupan con Felícitas, en el jirón Salaverry». «Ese nombre de Yanasmayo…». «Es el de un pequeño río que corre por ahí, y quiere decir río negro». «Lo sé, pero, ¿por qué se llamará así?». «Me han contado que sus aguas son muy claras pero el fondo muy oscuro, por unos hongos o líquenes que hacen que la corriente se vea casi negra». Y tu madre prosiguió: «Y ahí junto a la hacienda está el cerro de Raupi…». «¿Raupi? ¿Allí donde hay unas ruinas impresionantes?». «Así es». «Abelardo me habló de ellas». «Me dijeron también que antes la propiedad se llamaba Amarucancha, pero que le mudaron el nombre. Amaru, como sabes…». «Sí, Marcelina me contaba las historias de los dos amarus que vivían en un lago enorme, aquí en el valle». «¿Ah sí…?». «Me contaba esas historias, madre, y cómo esos animales fabulosos se peleaban, y que ambos están a la espera de la sullawayta, flor del rocío y de la escarcha, y también de la alegría». «¿Todo eso te contaba?». «Sí, y lo hacía de maravilla». «No lo dudo, pero yo le pedí que no te hablara de condenados ni de umantajtas, y a la verdad tampoco me gustaban esos cuentos de sierpes con alas». «Historias muy hermosas». «No lo dudo, hijo, pero que más de una vez te quitaron el sueño, como que por entonces tendrías no más de ocho años…». Hubo un silencio, y retornaste al tema inicial: «Deben tener muchos recuerdos las ancianas». «Por supuesto, pero lo que dicen, cuando se refieren a esos tiempos, es muy deshilvanado». «Y nosotros, ¿no seremos también un poco locos?». «A lo mejor», dijo tu madre con dulzura. Quisiste saber luego: «¿Y de qué viven?». «Tenían sin duda una renta, porque la casita estaba siempre muy arreglada, muy limpia. Me acuerdo de la sala, con sus cortinas de tul, los muebles de Viena, una lámpara de Bohemia, los tapetes y zahumadores de plata, un mantón de Manila, y en el sofá dos mantas de lana de vicuña, y unas tazas de porcelana en una vitrina. No queda ya casi nada de todo eso». «Se han vuelto cada vez más pobres». «Así es, y las dos señoritas van perdiendo poco a poco la memoria, y por momentos desvarían…». «¿Y las cosas de la hacienda?». «Todo se perdió, según tengo entendido». «Pero, ¿de qué están enfermas?». «Bueno, de vejez, pero supongo también que de nostalgia, de soledad, de melancolía». «¿Y qué dice el médico?». «Abelardo ha llevado hace unas semanas al doctor Morales, quien les recetó unas inyecciones, que les aplicó ese amigo de tu hermano, que entiende algo de medicina». «¿Mitrídates?». «Sí, él». «Es un hombre bueno», dijiste. «¿Lo conoces?». «Lo he visto varias veces, y Abelardo me ha hablado de él». «Ah…». Tu madre se absorbió por un momento en su tarea, y tú pensaste en la soledad de las viejas damas, y en la tierra alta y remota de Yanasmayo, llamada antes Amarucancha, no lejos de las ruinas de Raupi. En esa puna severa, con una vista espléndida, según parecía, de las cumbres nevadas de Huaracayo y, aun más lejos, de Lasuntay. Irías un día, como irías también a Janchiscocha, allí donde pasó dos o tres años de su infancia Leonor Uscovilca. Habló tu madre: «Bueno, creo que ahora tendrás mayor interés en visitar a nuestras tías, ¿verdad?». «Así es, madre». «Ah, muy bien», se alegró tu tía Marisa, de retorno a la habitación. Te rectificaste, por política: «Es decir, quiero ir, pero también me gustaría no hacerlo». «A tu edad se quieren las cosas más opuestas». «Eso pasa no solo con los jóvenes», dijo tu madre. «¿Lo dices por mí, querida hermana?», inquirió la tía, con belicosa sonrisa. «Lo digo en general». «Ah, es mejor, y toma nota tú, pequeño». «No me gusta que me llames “pequeño”, pues no lo soy, y tampoco ningún retrasado». «Claro que no, y tampoco un angelito», replicó tu tía. No hubieras insistido, pero te picó el tonito con que se expresó, de modo que lanzaste un ataque bajo la apariencia de volver al punto de partida: «Suena gracioso, ¿no?, eso de “tías locas”». «No sé si es gracioso», contestó la hermana de tu madre, «pero no vayas a pensar que todas las tías tienen problemas». «Tú no», dijiste con hipócrita expresión, «pero de todo hay en este mundo». «Y tampoco esa otra parienta nuestra, que tan buena es contigo». «Es linda tía Rosa, con su auto de hace cien años y su loro Teodorico». «Sea como fuere, jovencito, ella es de lo más cuerdo en esta vida». «¿Y qué me dices de la tía Grimanesa, y qué de una tía de Felipe, que se desnuda bajo la lluvia». «¿Qué?», exclamaron asombradas las dos mujeres. Habías metido la pata, y optaste por desviar la atención: «Eso debe ser invención de un mal hablado, pero no me negarán que a la tía Grimanesa le falla la cabeza, y lo mismo a la señora Abadesa de la Barra, que todos los sábados les da una cuera a sus nietos, como antes hacía con sus hijos, por las fechorías que pudieran haber cometido durante la semana». «¿Quién lo dice?». «Y no olvidemos tampoco a la tía de Juvenal Pérez, que según he oído se vestía no hace mucho de soldado». «¡Oye, qué antología!», se escandalizó tu madre. Precisó, luego: «La tía Grimanesa tiene casi cien años, y a esa edad tiene el derecho de olvidarse de todo lo que quiera». «Y si se olvida de mí, mucho mejor». «En cuanto a esa otra señora, la de las cueras, está sin duda un poco chiflada, pero no creo que por gusto les dé tandas a sus descendientes». «¿Ah sí?». «Y Ana María Pérez, por su parte, tuvo unas calenturas de niña y quedó trastornada. Y lo que dices de una tía de Felipe, debe ser, como señalas, un puro cuento». «Un cuento que a lo mejor es tuyo», dijo tu tía Marisa, apuntándote con un dedo. Y agregó: «Y a propósito, ¿cómo se llama esa interesante dama?». «No sé, porque no me lo ha dicho», respondiste, «y en todo caso no soy yo quien ha hablado de “tías locas”, y ni siquiera de “medio locas”». «¡Oh!», se cansó Marisa, «este caballero tiene algo contra todas las tías, incluso las más respetables, como si no hubiera “tíos”, y algunos de ellos locos de remate». «Ya es hora de preparar el almuerzo», dijo tu madre, levantándose, «y tú, hijo, ve cuanto antes a saludar y a distraer con tu visita a las ancianas». Y con eso se acabó la plática y tú te fuiste a tu cuarto a reflexionar en las viejas y especiales tías que te había deparado el destino.
27 de diciembre
Abelardo me habló el año pasado de Raupi, un cerro muy alto a un costado del camino a Tarma. Un sitio muy desolado. Y allí en la cima hay unas ruinas, en forma de torrecillas, todas con unas ventanas, donde estaban las calaveras y los huesos de los muertos. Me impresionó mucho, y quedamos en que iríamos a conocerlas cuando pasara la época de lluvias. «Iremos en junio o julio», dijo. Pero luego en esos meses estuvo muy ocupado y no se pudo. Y ahora resulta que al pie de ese cerro, precisamente, está la hacienda donde vivían las tías de los Heros, y que se llamaba Yanasmayo. Nombre que según mi madre se debe a un río cercano, cuyas aguas parecen de un metal oscuro. Anoche soñé con un río así, con aguas que corrían como un fuego negro, en una noche inmensa. Y en mi sueño yo tenía temor, mucho temor, porque allí donde nacía el río, en una cueva, estaba el amaru negro. Allí en lo oscuro, con las alas plegadas.
Toda esa tarde estuviste arreglando tu cuarto. Es decir, sacudiste el polvo, colocaste de otro modo los muebles y guardaste mejor las pocas prendas que formaban tu vestuario. Todavía quedaban en un anaquel del estante unos juguetes, que hacía tiempo debieron ir a otra parte, así que los pusiste en el baúl. Modificaste el orden en que se hallaban tus libros, regalo en su mayor parte de Abelardo, de modo que, por ejemplo, Amadís de Gaula y Las mil y una noches, en versión juvenil, los cuentos de Valdelomar y Nuestros héroes, pasaron a ocupar un lugar más prominente. Eran pocos, pero al menos tenías algunos, y podías disponer además de los volúmenes que había dejado tu papá, y de los que te prestaban Abelardo y tía Marisa. Tu madre, por su parte, te había obsequiado los suyos, entre los que figuraba una biografía de Schubert y un delicioso Almacén de las señoritas, de principios de siglo y con un sinfín de anécdotas. A todo lo cual se sumaba ahora, en tu velador, la edición de la Ilíada que, aunque no era tuya era ya como si lo fuera, y en la cual habías subrayado ya algunos pasajes. Contabas también, por otra parte, y hasta cierto punto, con la Biblioteca Municipal, en manos de tu hermano desde hacía dos años. «Yo creo que Claudio va a ser un ratón de biblioteca», decía por eso tu tía Marisa, olvidando al primogénito. Pero no eras un lector constante, sino por temporadas y por autores, como cuando se te dio por leer todas las novelas de Salgari y de Julio Verne que pudiste encontrar, o esa tremebunda serie de crímenes de las Causas célebres, en siete tomos, que un pariente dejó antaño en casa. Y por eso no te sentías ofendido cuando tus amigos comentaban que, además de hablar como viejo, tenías también gustos de viejo, y entre ellos, por supuesto, el de leer, especialmente lo que Felipe describía como «novelones». Acabaste pues con el arreglo de todas esas cosas, y te sentaste en la mecedora. De pronto te imaginaste a Leonor en la habitación. Sí, a ella, con su falda azul y su chompa blanca, y mirando alrededor y asombrándose. Se acercaría a la ventana y contemplaría los tejados, y más allá los cerros del oeste, dominados por la doble y severa cresta del Huajlas. «Se ve a lo lejos, ¿no?», diría admirada, porque de seguro desde su vivienda, entre alisos y quinhuales, no se tenía una vista semejante. Después se volvería hacia ti, y tú pondrías tu mano sobre su mano, ahí sobre el alféizar. Visión intensa, casi tangible, pero también fugaz, que te dejó una sensación de frustración, de vacío. Volviste a mirar hacia el Huajlas, con sus paredes verticales de un azul-violeta oscuro. Al cabo de un momento buscaste una de tus libretas, esa de cubierta verde, en una de cuyas páginas leíste: Sentada junto a la candela, atizando la leña, Marcelina me contaba… ¿Cuándo habías escrito eso? ¿Te complacías ya, mucho antes de lo ordinario, en los recuerdos? Quizá, pero lo cierto es que a partir de tu encuentro con Leonor Uscovilca, y de su especial vínculo con Janchiscocha, había resurgido en ti con especial fuerza el recuerdo de los mitos y leyendas que te narraba Marcelina. Esa muchacha de Cayán, de rostro casi asiático por los ojos almendrados, los pómulos salientes y la tez obscura —«tez de cierzo y puna», como había dicho Abelardo. Cerraste la libreta y te quedaste inmóvil por un espacio, porque te pareció sentir de pronto el olor a leña y tierra húmeda en esas noches lejanas. Sacudiste la cabeza, en fin, para proseguir con el doméstico quehacer en que te habías empeñado. Te topaste así con el retrato de Baltazar José Manrique, tu abuelo materno, nacido en el pequeño pueblo de Santa María, arriba de Apata. Un hombre ya de edad, con los cabellos largos y canosos, bigote gris, frente alta, mirada pensativa. Él solo, de pie junto a un pedestal, contra un cortinaje. Y en otra foto más pequeña, erguido junto a su mujer, la menuda y recia Marta Josefina González, madre de tu madre, de faldellín y lliclla, que miraba muy seria hacia la cámara. Contemplaste sus rostros. Abuelo al que no conociste nunca, pero al que te sentías tan próximo, y como si con él hubiera tenido principio no solo la familia, sino también lo más significativo de la existencia. El viejo señor que pasó cuatro años de su juventud en el convento de Ocopa, como donado, y que se inició con tanto interés en la música que se ganó el aprecio del español Lorenzo Monteverde, joven corista por entonces, y músico que pronto viajaría a perfeccionarse a Europa, y la estimación también del padre superior. Mas no era vocación de Baltazar la vida religiosa, y por eso, y por obligaciones familiares, debió regresar a la vida secular, para instalarse en Jauja y asumir el cargo de organista, o, como él mismo decía con buen humor —pues nunca hubo esa dignidad—, «maestro de capilla» en la Iglesia Matriz. Contrajo luego matrimonio con tu abuela, y llevó una sosegada existencia. Componía villancicos y cantos religiosos, y disfrutaba de la música de Mozart tanto como con los yaravíes y mulizas de Jauja, y también de Ayacucho y del Cuzco. ¿No acogió como huésped a un señor Robles, Alomía Robles, que iba por toda la sierra recogiendo música andina, y después a una pareja de músicos franceses, de los que aún se acordaba tu madre, y que recorrían el Perú con la misma intención, y a los que ayudó en lo que pudo? ¿Y no recibió después y se puso a órdenes de los padres franceses de la Inmaculada, que tomaron a su cargo la parroquia de Santa Fe de Hatun Xauxa? Guardabas en tu cuarto, precisamente, unas transcripciones de puño y letra de tu antepasado, con anotaciones, y una copia de su Laudate Dominum, que tú y tu madre sabían de memoria. Las tenías contigo, por amor y respeto a su recuerdo, pero también como anuncio y principio de un camino. Baltazar José Manrique, conocedor por cierto de los más íntimos secretos del viejo órgano de Zaragoza, cuyos fuelles debieron accionar más de una vez tu madre, tía Marisa, la tía Aurora. Tocaría ese instrumento, allí donde ahora se encontraba el órgano nuevo, mucho más grande y que no llegó a conocer, y desde donde vería ingresar al templo y escuchar misa a Euristela y a Ismena, jóvenes y bellas, y a don José María de los Heros, en las grandes ocasiones de comienzos de siglo. Sí, seguramente. Devolviste, pues, a su sitio las dos fotografías, te aproximaste a la repisa y tomaste la wishkata de Jauja de colores rutilantes que te obsequió tu madre y que antes fue suya. Esa manta que usabas en Ataura, cuando la finca estaba aún en manos de la familia y participabas en la cosecha de trigo. Ayudabas a amontonar la paja con una horqueta, para que los caballos siguieran dando vueltas pisando y desgranando las espigas, en las tardes de trilla. Tú y Alfonso, inseparables amigos, animando con guapidos a los animales y colaborando con el viejo don Mateo, señor y guía de esa cuadrilla de zainos. Alfonso, con quien montabas en pelo, a la hora en que el ganado de su familia retornaba del pastoreo. Edad feliz, en verdad, en que se alternaban a intervalos la siembra y el cultivo, la cosecha del maíz y la del trigo. Regresaste la wishkata a su sitio. Y a propósito, ¿no había una foto de tu padre, en el álbum de tu progenitora, en que exhibía una sobre los hombros, en una «traída de monte» en carnavales? Una «traída» en que fue madrina una hermana del señor Olave, y en que bailaron tus padres. Tenías otra foto en tu mesita, en que ellos aparecían en la plazuela de San Francisco en Lima, con Abelardo aún niño. Curioso lugar para una imagen como esa, si se tenía en cuenta que el maestro Eduardo Alaya era ya por esos tiempos fervoroso lector de Mariátegui y de Lenin, según te había explicado tu hermano. Te dijiste que deberías tener en tu velador una foto de Leonor, pero solo la sacarías del cajón por las noches, pues querías conservar tu amor en secreto, porque así te parecía más hermoso. Y si hubiera sido por ti, habrías tenido también, aunque en lugar menos conspicuo, otra de Elena Oyanguren, a quien ya te gustaba llamar «la de los blancos velos», como la Elena de la Ilíada. Y justamente cuando te disponías a arreglar el cajoncillo de ese mueble, te topaste con la libreta de tapas azules, en una de cuyas páginas habías anotado, hacía muchos meses: Hoy vi en la plaza a una muchacha elegante, y de cabellos largos y de color castaño. Muy guapa, en ese traje de color claro, y con dos amigas. Son pacientes del sanatorio, aunque no se les vea delgadas ni muy pálidas. Una mujer muy hermosa. Pasó por mi lado con sus compañeras, y escuché que un transeúnte le comentaba a su acompañante, refiriéndose a la forastera: «Se llama Elena Oyanguren». Cerraste el cuadernito y te sentaste al borde de la cama. ¿La hija de Leda en Jauja? ¿Se trataría de su reencarnación, si se prestaba fe a las ideas de Fox Caro? Y pensando en esa joven mujer y en su belleza distante y lánguida, no escuchaste que te llamaba tu madre, y debió ella venir, y como la puerta estaba entreabierta, se asomó y preguntó: «¿Qué haces, hijo?». Y tú te volviste hacia ella, sorprendido, y dijiste escondiendo el cuadernillo: «Estuve arreglando mi cuarto». «¿Solo eso?». «Y pensando…». Y ella comentó: «Piensas demasiado, Claudio. Ven, que ha venido a buscarte Felipe».
30 de diciembre
No creí que me apasionara tanto la Ilíada. Me sé ya de memoria varios pasajes. Es un mundo tan claro, tan lleno de luz. Bueno, hay partes aburridas y otras que no entiendo, pero simplemente las dejo de lado y avanzo, y me demoro en las que me gustan. Todo sucede como delante y a la vista de uno, en un día luminoso y sin fin. La figura de Héctor me emociona hasta las lágrimas. Mundo lejanísimo, viviente…
Fue un día de agosto en que habías ido a comprar pan y viste por primera vez su figura delgada, de chompa blanca y falda azul, y que sentada en una banca de la plazuela revisaba un cuaderno. A su lado tenía un portaviandas, un maletín escolar y un pequeño bulto. Pasaste a su lado y ella levantó los ojos y te miró. Continuó leyendo, luego, mientras tú volvías la cabeza. Te detuviste por un rato en la esquina de los jirones Grau y Arica, para retener mejor esa imagen de rasgos finos y trenzas negras. Sería un poco menor que tú, y estaría quizás en sexto año de primaria, en un pueblo de esa parte del valle, Hualá o Yauli. ¿Qué hacía en Jauja a esa hora? ¿A quién esperaba? Hubieras deseado quedarte por más tiempo, pero no era posible porque se hacía tarde y te esperaban en casa. Te apuraste, pues, y soportaste en silencio la mirada disgustada de tu madre. Te marchaste después al colegio, pero no pudiste prestar atención a los profesores, y tampoco a la parla de Julepe y Felipe en la hora de recreo. Tu mente estaba embargada por la imagen de esa chica de ojos levemente achinados, que aprovechaba la espera para preparar un examen en una banca de Santa Isabel. Y su figura volvió a tu mente, después, cuando abordaste en casa el movimiento inicial de la sonata de Mozart que por entonces te interesaba. ¿Cómo se llamaría? ¿Por qué te había atraído de esa manera? ¿Sería el principio del amor? Y no es que te fuera desconocido un sentimiento como este, pues tenías muy presente el entusiasmo con que charlabas con Valentina, la hermana de Alfonso, no hacía mucho, ni la deliciosa excitación con que jugabas al vóley con Isabel, en casa de Justa Castillo, comadre de tu tía. Pero la breve experiencia que habías vivido esa mañana había sido especial y diferente. Pronto comprobaste que la chica no estudiaba en Jauja, y que venía los domingos, casi siempre con su madre o con un tío, para efectuar compras en la feria, y que ese jueves por la mañana había sido una excepción. Y fue así como tomaste la costumbre de aguardarla en esos días, y de seguirla a prudente distancia. Te enteraste también, por casualidad, de que se llamaba Leonor Uscovilca, y que vivía en Yauli, ese pueblo entre alisos y quinhuales, al pie de los cerros que se alzan hasta las alturas de Pacllacancha y de Ricrán, en el camino a Janchiscocha. Más aun, un sábado por la mañana saliste de paseo en esa dirección, con el pretexto de estrenar un cordel y un anzuelo en el río que pasaba por aquel sitio, en el cual, según se decía, había truchas. Mas no fuiste a pescar, por supuesto, sino a aguaitar la escuela de niñas. A la hora de recreo la chica salió con sus compañeras y se pusieron a jugar con una pelota. Sí, estaba en el último año de primaria, quizá porque en los pueblos se entraba un poco más tarde a la escuela. Ella te reconoció, según supiste después, pero no lo demostró, aunque no dejó de observarte con disimulo. La seguiste luego, a prudente distancia, a la hora de la salida. Iba con un hermanito de ocho o nueve años, y tomó por un sendero. Su casa estaba situada al otro lado de un riachuelo, junto a unos árboles. No te detuviste más que un momento, temeroso de que te sorprendieran sus padres, y emprendiste el retorno. Volviste después a ese paraje a fines de septiembre, no sin algunos contratiempos, porque unos campesinos te tomaron por un ladronzuelo. En esta oportunidad viste a Leonor parada en su puerta, vestida con una pollera verde y monillo crema, que hacía su silueta aun más delgada. Te vio y respondió con un gesto al adiós que le hiciste a la distancia. ¡Día memorable! No fue difícil abordarla en Jauja, el domingo siguiente, en un momento en que se separó de su madre. «Hola», dijiste. «Hola», respondió con naturalidad. «Yo soy Claudio». Ella te correspondió con una sonrisa, pero no mencionó su nombre. «Te llamas Leonor». «¿Cómo lo sabes?». «Le escuché a tu mamá, la otra vez, que te llamaba así». «Ah…». No rechazó tu compañía y fuiste con ella a buscar unas cintas de lana que necesitaba, mientras su madre realizaba otra diligencia. Te contó, entre tanto, que tenía un medio hermano, Esteban, bastante mayor, que a veces realizaba trabajos en Jauja, y al cual le había traído esa mañana su almuerzo y un encargo de la familia. Su padre trabajaba en las minas de Morococha. Te contó también que pensaba trasladarse a Jauja al año siguiente y estudiar el primer año de secundaria en el Colegio del Carmen, y que tomaría pensión entonces en casa de una parienta que vivía en el jirón Sucre. «¿Y tú en qué año estás? ¿Cómo te llamas?», quiso saber. Y debiste repetir tu nombre, y hablarle de tu familia, de tus estudios. «¿Y cuántos años tienes?», le preguntaste. «En junio cumpliré quince años. ¿Y tú?». «Yo, en mayo, dieciséis». «Quién como tú, que vas a entrar ya a cuarto de media, mientras que yo me retrasé». Hubo un silencio, como si cada cual reflexionara al respecto. Le preguntaste luego, de improviso: «¿Y conoces Janchiscocha?». «Sí», respondió sorprendida. «Está en las alturas de tu pueblo». «Ya lo sé». «A mí me hablaba de Janchiscocha una muchacha que tuvimos en casa, Marcelina, que le ayudaba a mi mamá, y que era de un pueblecito que se llama Cayán». «Eso está antes de Ricrán». «Así nos dijo». «Mi papá trabajó en la mina de Janchiscocha hace años, y nosotros fuimos con él y vivimos en el campamento». «¿Ah sí?», te asombraste. «Estuvimos como año y medio». «Serías una niña por entonces…». «Era un trabajo peligroso, y nos volvimos a Yauli». «Así que en Janchiscocha…». «Ahora esa mina está cerrada». «Pero te acuerdas de las lagunas, ¿no?». «Sí». Te miró intrigada, y quiso saber: «¿Y por qué preguntas? ¿Acaso has estado allí?». «No, pero Marcelina me contaba unos cuentos que me impresionaron mucho, y en especial uno que hablaba de los amarus, unas serpientes con alas, una negra y otra blanca, que en antiguos tiempos vivían bajo las aguas aquí en el valle, y que la blanca se encuentra ahora en una de esas lagunas». «A mí también me contaron». «Y me hablaba también de una flor maravillosa, que esos seres fabulosos buscan y necesitan, y que es la flor del rocío y de la escarcha». «Lo sé». «¿Nunca viste nada en esas lagunas?». «No, pero mi tía Luscinda decía que a veces se podía ver, en la madrugada, una luz que salía del agua, allá en la laguna de Tipicocha, y que quizá con un poco de suerte uno podría encontrar esa flor, que en quechua decimos sullawayta». «¿Un resplandor?». «Sí, pero yo nunca vi nada». «Tú eres como esa flor». Ella se rió, admirada: «¡Qué cosas dices!». «De veras…». «¡Qué extraño que hables de Janchiscocha, si no has estado nunca allí, y también de esa flor, que otros dicen de la lluvia y de la nieve!». «Marcelina decía a veces del “rocío”, y otras de la “escarcha”, de la “lluvia”, de la “nieve”». «¿Ah sí?». «Pero lo importante, según oí a otra persona, es que la sullawayta asegura las lluvias para la sementera, y que por eso y otros motivos trae la alegría a todos». Leonor guardó silencio por un espacio, no sin mirarte una vez más, con la curiosidad de hacía un momento. «Bueno», dijo de pronto, «será hasta otra vez». Y sin más te tendió la mano. «¿Te vas ya?». «Mi mamá me estará esperando». Sorprendido, no atinaste a retenerla, y viste cómo se alejaba. ¿Por qué una despedida tan abrupta? ¿No quería ser vista por alguien? Pensativo, regresaste a casa. Fueron largos los días de esa semana, y no alcanzaron a tranquilizarte la música ni las ocurrencias de los amigos, ni aun las nuevas referencias de Felipe a su apetitosa tía. Y así, hasta el domingo siguiente, en que Leonor acudió sola a la feria, para luego reunirse con su tío. Pudiste, pues, conversar otra vez con ella, y por más tiempo. Sentías al mismo tiempo alegría y temor, excitación y timidez, una terrible timidez. Hablaste de un montón de cosas —del colegio, de tu familia, de tu infancia—, que ella escuchó con atención. Te referiste de nuevo a Janchiscocha y al misterio de sus lagunas. Y aprovechaste una pausa para decir: «Te quiero…». Fue algo tan intempestivo, que tú mismo te sorprendiste. Te miró asombrada, y como no te contestó, repetiste: «Te quiero». Respondió al fin, con suavidad: «¿Y lo dices así, tan de repente?». «No sé, fue un impulso…». Te observó con buen humor, y dijo: «Ya lo sabía». «¿Ah sí?». «¿No me has estado siguiendo los domingos, y no has ido a mi pueblo por dos veces?». Bueno, era algo por demás evidente, aun para una jovencita de su edad. Quisiste saber: «Y tú, ¿no tienes nada qué decir…?». «No, yo no…». «Pero, ¿por qué?». «No, ahora no». «¿Y más adelante?». «Bueno, tal vez…». Después de todo había tomado tu declaración con tranquilidad, e incluso, si se miraban bien las cosas, con una d
