1
La cálida voz de mi madre me despertó la mañana de Navidad. Era casi una costumbre que, al tiempo que yo abría los ojos y me quejaba entre bostezos, ella se sentara en el borde de la cama para acariciarme la cabeza mientras me susurraba alguna canción. Esa noche no había pasado tanto frío como las anteriores, aunque me desvelé varias veces. Todo estaba oscuro y el único ruido de la casa era el tictac del reloj. Pero enseguida volvía a dormirme, accionando un mecanismo automático con la promesa de que sorprendería a Papá Noel dejándome el regalo debajo del árbol. A las seis y media, con su puntualidad característica, el canto de los gallos me despertó por segunda vez y comencé a revolverme debajo del edredón, pero volví a dormirme una hora más, hasta que mamá me agarró las axilas y, de un tirón, me incorporó sobre la cama. Todavía algo aturdido me dijo que fuese al salón. Entonces, como si me hubiesen echado un cubo de agua helada sobre la cara, abrí los ojos de par en par y esbocé una sonrisa. ¡Mi regalo! Me puse en pie y empecé a saltar sobre el colchón. Mis padres me lo tenían prohibido porque decían que me iba cargar el somier y las patas de madera, pero ese día no me importaba. Sentía que con cada salto llegaba un poco más arriba. Mi madre no decía nada, tan solo se limitaba a recoger cuidadosamente las almohadas y las mantas que se deslizaban al suelo. De un último impulso caí sobre la moqueta. Estaba fría. Por debajo del pijama una brisa de aire helado me puso la piel de gallina. Pero no importaba, había llegado el momento. Me metí la blusa en los pantalones y me los subí por encima del ombligo. Al tirar de las mangas del pijama para cubrirme los brazos, vi lo pequeño que me quedaba. Mis nueve años ya no cabían en él. En aquel momento deseé haber pedido uno nuevo, pero ya no podía ser. Ese año detallé en mi carta, con una precisión casi milimétrica qué era lo que quería.
Me fascinaban los soldados. Puede que fuera porque en mi pueblo había una base militar y me pasaba el día avistando militares, camiones y coches blindados del ejército rumano. De vez en cuando se escuchaban disparos de cañón y las montañas resonaban con fiereza. Pedí una bolsita con cien soldaditos de plástico. Verdes y grises. Y cien, ni uno más ni uno menos. En mi mente ya me veía organizando todas las batallas que imaginara. Tenía absolutamente claro que siempre sería el general de los verdes porque los soldados de mi pueblo iban de ese color. Le conté a Papá Noel que, además, cuando fuese mayor, quería ser militar y que los juguetes podrían ayudarme a aprender tácticas de combate y a familiarizarme con el entorno marcial. También le avisé de que había sacado buenas notas, que no me había metido en líos en todo el año y que siempre que mis padres me requerían para algo, obedecía. Le había dicho todo esto porque en el pueblo éramos pocos los niños a quienes se nos regalaba lo que pedíamos. Incluso éramos pocos a quienes se nos regalaba algo parecido a lo que pedíamos. Hasta aquel momento yo nunca había querido nada en particular y tenía la tranquila sensación de que Papá Noel siempre había acertado.
El árbol de Navidad desprendía su olor característico por todo el salón. Lo había elegido yo mismo a principios de diciembre, antes de que cayesen las primeras nevadas, cuando subí con mi padre a la magura[1] para buscar uno. Ese año había sido el primero en el que papá me había dejado llevar el hacha durante unos minutos. Me sentía muy orgulloso y estaba deseando contárselo a mis amigos, sobre todo a Eduard. Casi toda la colina estaba llena de vecinos que iban a hacer lo mismo que nosotros. Mi padre los saludaba e intercambiaba unas pocas palabras sobre el tiempo con algunos. Desde todos los rincones se escuchaba cómo las hachas impactaban en los troncos. Una y otra vez. Yo escogí un pino mediano. No medía más de dos metros y estaba repleto de ramas. Tenía una estructura perfecta. Era como un triángulo isósceles. Parecía estar hecho a medida para nuestro pequeño salón. Mi padre no tardó mucho rato en tirarlo abajo. Como no podíamos arrastrarlo por la colina, lo ayudé a llevarlo sobre los hombros, aunque yo cargaba con la punta, que era la parte que menos pesaba. Cuando lo metimos en la casa vimos que habíamos acertado porque encajaba a la perfección. Mi madre ya tenía preparadas sus cajas con todo tipo de decoraciones. Había bolas rojas, amarillas, azules, doradas y plateadas. Además, lo envolveríamos con una tira de luces que brillaban mucho y le colgaríamos bombones y chocolatinas. Me pasé varias horas haciendo agujeritos en los envoltorios y pasando un hilo para poder atarlas a las ramas. Fue duro resistirme a la tentación de comérmelos, pero lo hice por el placer de devorarlos poco a poco a lo largo de las fiestas, aunque me comí alguno a escondidas y volví a cerrar el envoltorio de plástico para que mis padres no se diesen cuenta. Ojalá tuviéramos una cámara para hacerle una fotografía, pensé. El resultado era una amalgama de colores sin ningún sentido. Algunas de las bombillitas no se encendían y le daban un aspecto un tanto bochornoso y cutre, pero a nosotros no nos importaba.
Esa mañana vi apoyada en el tronco una bolsa de plástico con un pequeño lazo rojo atado a los bordes. Visualicé los hombrecitos diminutos esperándome. Estaba feliz y excitado. La agarré y rompí la atadura de un tirón. No quise mirar lo que había dentro, pero por el peso calculé que perfectamente podía ser lo que había pedido. Ojalá, ojalá, ojalá, repetía mi cabeza. Estuve a punto de rezar un padrenuestro. Pero no lo hice. Sentía el tacto del plástico en mis yemas y en el antebrazo, hundí la mano dentro de la bolsa y dejé de pensar completamente. Agarré un par de calcetines y, algo sorprendido, los saqué. Entonces abrí las asas todo lo que pude y vi dos plátanos y un huevo Kinder. Nada de soldados verdes. Nada de soldados grises. La dejé caer al suelo, poco a poco, hasta quedar arrugada junto a las hojas de pino muertas y a lo más vivo de la miseria.
2
La vida era complicada para un niño en un mundo de adultos, quiero decir, uno en el que a los niños no se les permitía serlo en cuanto tomaban conciencia del entorno en el que vivían; un mundo que no reía.
Después de descubrir mis regalos, mi madre asomó por la puerta del salón. Su rostro esbozó la sonrisa más triste que había visto en mi vida. Yo me sentía decepcionado con Papá Noel, y en aquel instante pensé que mi madre también. Me acerqué a ella y, sin mediar palabra, rodeé su cintura con mis pequeños brazos y sentí cómo sus manos subían y bajaban por mi espalda, consolándome. No entendía qué había hecho mal para que Papá Noel no hubiera tenido en cuenta mi carta. Mi madre no decía nada, tal vez era su forma de protegerme. Pero sus ojos hablaban, gritaban a su manera que no habían podido darme más, que ese era el límite de lo que teníamos. Le devolví la sonrisa y, con los regalos en la mano, seguí abrazado a su cuerpo. Pensé en compartirlos con ella y con mi padre, me daba mucha pena que a ellos no les hubiese dejado nada.
Papá llegaría a casa por la tarde. Llevaba fuera desde el día anterior, pues su turno era de veinticuatro horas. Trabajaba como portero en una empresa de fabricación de coches llamada ARO. Me hubiese gustado mucho que hubiera podido estar con nosotros esa mañana. Mi padre era muy estricto, pero siempre se las ingeniaba para ponerme feliz cuando me veía triste. Seguro que se le habría ocurrido algo para solucionar lo que más tarde calificaría como «un terrible error de Santa Claus».
Mami dedicó su mañana a limpiar la casa, a lavar los platos amontonados en la cocina, a recoger la colada y ponerla a secar sobre el respaldo de algunas sillas del salón. La ropa estaba tan helada que parecía que no se iba a descongelar nunca. Después se puso a planchar. No me gustaba verla planchar, me daba miedo porque la plancha de hierro me parecía peligrosa. Una vez me había quemado con ella y todavía tenía una marca en el brazo. Para que la ropa quedase bien, mi madre tenía que apretar con mucha presión y siempre acababa sudando y agotada, como si viniese de subir y bajar la colina un par de veces. A media mañana me avisó de que tenía que irse a casa de uno de los jefes más importantes de mi padre, un señor al que todo el mundo llamaba domn-director, para ayudar a su mujer a preparar una cena muy importante. Según esta le había dicho, parecía que el día de Navidad era una magnífica ocasión para hacer negocios y su marido iba a recibir a varios clientes de Bucarest, unos políticos importantes y también unos americanos. Era todo un acontecimiento porque en el pueblo nunca se había visto un extranjero. Incluso había contratado a Maria Ciobanu y a Ion Dolanescu para cantar canciones populares rumanas. Las ancianas del pueblo no paraban de repetirlo cada día con una mezcla de envidia y admiración. Mamá me advirtió antes de marcharse de que me quedara tranquilo en casa y, especialmente, de que no saliese hasta que no llegara mi padre. Me animó a terminar Los viajes de Gulliver, el libro que nos habían mandado leer en el colegio, y a ir adelantando las redacciones de Lengua que debía entregar el primer día de clase. También me recordó que había metido leña suficiente en la estufa de su habitación y que aguantaría varias horas. Era la única estufa que había en la casa y me encantaba llegar empapado de nieve y pegar mi cuerpo a la terracota hasta que entraba en calor.
Se despidió dándome un beso en los labios y revolviéndome el pelo. Luego la vi perdiéndose a lo lejos a través de la ventana que daba al jardín delantero de la casa. En cuanto se fue me puse en pie, solté el libro, agarré mi abrigo, me calcé las botas de nieve, y, vestido con el pijama, salí al patio. Al abrir la puerta el sol me dio en la cara y agradecí tener que cerrar los ojos por un momento. Me hubiese gustado quedarme así un buen rato, pero volví a la tierra al escuchar la voz chillona de mi mejor amigo, Eduard. Estaba asomado a la ventana de su casa. Casi en un arrebato, me preguntó qué me había traído y, sin dejarme responder, me sacó una mano por la ventana y me enseñó un mando. Yo no le contesté nada, pero sonreí con una complicidad que le hizo creer que yo también tenía mi deseado regalo. El coche teledirigido de policía que pidió en su carta sí le había llegado. Lo agitaba de lado a lado. Estaba muy feliz y no paraba de chillarme que subiese. Esa mañana Eduard también estaba solo. Sus padres eran propietarios de dos de las tiendas que había en el pueblo. Una de ellas inicialmente era una panadería, pero creció hasta que decidieron convertirla también en una pâtisserie, donde hacían unos hojaldres rellenos de queso que se volvieron famosos en casi toda la región, hasta tal punto que la gente de Bucarest venía expresamente para probarlos. La otra era de alimentación, aunque a partir de cierta hora se convertía en una taberna donde solo vendían aguardiente de pera y vino de uva roja. En el pueblo se bebía mucho y la única distracción, aparte de la televisión, era echar las tardes jugando a barbut[2] con los otros vecinos.
Salté la valla como de costumbre, dejé las botas tiradas en la entrada, solté el abrigo sobre la moqueta de su salón y subí a su habitación. Mi madre siempre me decía que era una falta de respeto no descalzarte si entrabas en el hogar de alguien. La casa de Eduard era mucho más grande que la mía y además tenía dos plantas. No solía ir muy a menudo pues su madre, doña Carmen, decía que ensuciábamos y alborotábamos. Lo que más me impresionaba era el gran tapete con el pavo real que cubría una de las paredes de la entrada. En la planta de abajo, en el salón, había un enorme sofá de piel negra, junto a una televisión con una pantalla mucho más amplia que la que yo tenía y una mesita de cristal con los bordes dorados sobre la que descansaba un cenicero que, de vez en cuando, ensuciaba el padre de Eduard con alguna colilla. También tenían una vitrina de madera pintada de negro, en la que había talladas varias figuras extrañas. Dentro guardaban unas copas con los bordes dorados y unos platos enormes y relucientes que sacaban solamente en ocasiones especiales. También tenían un despacho, aunque ahí nunca entré porque estaba prohibido. En las escaleras, a lo largo de la pared blanca, había colgados varios cuadros con unos paisajes horrorosos y unos pequeños y antiguos retratos de sus abuelos. En el suelo de mármol se extendía una moqueta roja que estaba sujeta por unos tornillos dorados. Los escalones terminaban delante de una fotografía de mi amigo, vestido de elfo. Había tres habitaciones, aunque yo solamente podía entrar en la de Eduard. También tenían un baño azul con una bañera tan grande como en las películas, aunque algo amarilla por los bordes. No había muchas casas así en mi pueblo.
Eduard me atropelló con el coche nada más verme. Iba hacia adelante, hacia atrás e incluso giraba a los lados. Si activabas un botón, sonaba la sirena y, ciertamente, el ruido era demasiado molesto para que sus padres lo aguantasen mucho tiempo. Jugamos con él durante bastante rato, pero poco a poco nuestra emoción inicial se fue apagando como una vela. Pusimos los dibujos de Cartoon Network, pero también dejamos de prestarles mucha atención, así que mi amigo me dijo que llevase mis soldaditos para hacer una batalla. Él tenía una caja llena. Sin que se me notara la decepción, le comenté que mi madre me había prohibido sacarlos de casa por si los perdía. Hizo una mueca y esparció todo su cajón por el suelo. Cientos de ellos. Nos tiramos un buen rato montando campos de batalla que destrozábamos en pocos segundos. Seguíamos en pijama y no teníamos ninguna intención de cambiarnos. Jugábamos y reíamos. A las dos de la tarde tenía que volver a casa porque mi padre regresaría y debía estar ahí, tal y como me advirtió mamá. Me despedí de Eduard con una palmada en el hombro y bajé corriendo las escaleras. Doña Carmen también estaría a punto de llegar y no quería que me viese. Salté la valla y me encontré a mi perra, Cassandra, tumbada sobre el felpudo del pequeño escalón de mi puerta. Tenía pinta de estar hambrienta y eso me recordó que yo también tenía la barriga vacía. Pero me puse a hacer mis tareas y se me olvidó.
Me terminé el libro, hice dos composiciones y las corregí varias veces. Fuera iba cayendo la tarde y el sol iba desapareciendo detrás de los valles, pero mamá no llegaba. En esos meses anochecía alrededor de las cinco y me gustaba ver cómo la oscuridad se acercaba poco a poco. No entendía qué pasaba exactamente con el sol, aunque me imaginaba que también se iba a dormir. El fuego de la estufa se había apagado y la casa estaba cada vez más fría. Volví a ponerme el abrigo y me calcé el par de calcetines que había recibido esa mañana. Ciertamente eran bastante gruesos. Volví a sentir hambre y empecé a fantasear con unas ricas patatas fritas con sal y dos huevos cocidos recién hechos, con un poco de queso ahumado frito. Incluso me hubiera conformado con unas manzanas con pan. Sentía en el paladar el sabor de la yema y el de la corteza roja. Me relamí los labios varias veces, pero no llegaba nadie a casa y sabía que no podía hacer nada, salvo esperar. Tenía terminantemente prohibido acercarme a la bombona de gas que prendía la estufa de la cocina. Se suponía que mi padre tenía que haber vuelto sobre las tres, pero no había ni rastro de él y tampoco de mamá. Aun así esperé hasta que no pude más. Entonces recordé los plátanos. Y el huevo de chocolate. Aquel día de Navidad devoré las frutas hasta rebañar la cáscara con los dientes y sentir el sabor ácido y amargo en la boca. Luego partí el huevo en pequeños trozos, blancos y negros, y me lo fui comiendo poco a poco, para que durara más. Escuché ruido fuera, volví a mirar por la ventana y divisé a la familia de mi amigo Eduard sentándose en la mesa. Depués seguí esperando.
3
Los preparativos de la cena se alargaron mucho más de lo esperado. A última hora, varios clientes importantes de Bucarest avisaron de que iban a asistir a la fiesta. El viaje era largo y todo tenía que estar a punto. Mesas grandes y largas, vasos impolutos, botellas de buen vino y de aguardiente tan suave como la seda, comida tradicional, postres típicos y una hoguera enorme en el jardín para que los hombres pudiesen hablar de negocios al final de la velada. Antes de acabar su turno, un coche había ido a recoger a mi padre para llevarlo a casa de sus jefes. Tenía que encargarse de matar dos cerdos y preparar la carne. En mi pueblo, la matanza era algo típico de las Navidades y papá era de los pocos hombres que se atrevía con ella.
Todos estaban a disposición de lo que se les indicase. ARO era una de las empresas con más trabajadores de la región y daba empleo a medio pueblo. Llevaban fabricando coches 4×4 desde la época comunista y habían adquirido mucha fama a raíz de que uno de sus modelos ganase el rally París Dakar. Mucha gente presumía de que ellos habían trabajado en la construcción del coche vencedor. Recuerdo que domn-director solía decir con ironía y prepotencia: «Si trabajáis os irá bien a todos, pero mejor me irá a mí».
Ya de noche pude ver desde mi ventana la comitiva de vehículos que iba adentrándose en el pueblo. Había desde Mercedes hasta Dacias. Incluso vi una limusina. Era la primera vez en mi vida que veía una. No tenía ni idea de quién era la persona que iba dentro, pero estaba seguro de que sería alguien importante. Me avergoncé un poco del mal estado de la carretera.
No sé exactamente la hora a la que volvieron a casa mis padres, pero yo estaba a punto de quedarme dormido. Recuerdo que cuando entraron olían a humo y parecían muy cansados. Cargaban varias bolsas llenas de embutidos que mi padre habría transportado en su vieja bicicleta Ukraina. Mi madre y yo sospechábamos que le tenía tanto cariño que se había convertido en el cuarto miembro de nuestra familia. Me encontraron tumbado en la cama, pequeñito, hecho un ovillo, tiritando, combatiendo el frío como podía con el abrigo, los guantes, un gorro grueso y varios pares de calcetines. Les devolví una mirada inocente y apenas pude articular palabra. La estufa llevaba fría varias horas. Mi madre, rápidamente, se acercó a la cama y con el dorso de su mano me tocó la cara. «Estás helado», exclamó. Le indicó a mi padre con el dedo que sacase otra manta del armario y me la puso encima. Luego él salió de la casa en busca de leña. La guardábamos en un pequeño depósito que había al lado de la cocina. Ambas estaban separadas de la casa. Enseguida volvió con una brazada de madera seca, cortada en días anteriores, y el pequeño bidón de gasolina. Si bien me encantaba esa combinación de olores, en aquel momento tenía tanto frío que sentía que no podía respirar. Se arrodilló delante de la puertecita de hierro y la abrió. Me miró y me dijo que me acercase lo máximo posible para sentir el calor del fuego cuanto antes. Metió toda la leña que había traído, sacó varias cerillas y le prendió fuego al líquido que había rociado previamente. Papá se sentó a mi lado y me abrazó. Probablemente ese sea uno de los primeros abrazos que recuerdo de él. Luego metió las palmas de mis manos entre las suyas y empezó a soplar y a frotar para calentarlas. Mi madre estaba sentada en la cama, tratando también de entrar en calor, pero se levantó para acercarse al armario y coger su chaqueta de lana. Acto seguido, escuché cómo salía por la puerta; probablemente fuera a la cocina. Se llevó con ella las bolsas que habían traído. La mano fuerte de mi padre me frotó el cuerpo rápidamente en ademán de calentarme hasta que mis labios perdieron el color morado y dejé de tiritar. El calor pegaba tan fuerte como un guantazo y cuando me preguntó si estaba mejor afirmé con la cabeza.
Nuestra cocina era un pequeño cuarto cuyas paredes de ladrillo estaban tapadas con unas enormes placas de contrachapado que mi padre colocó como pudo en el verano. Tenía lo básico. Varias sillas de madera, una pequeña mesa pegada a la pared que, a menudo, estaba llena de migas de pan, un armario con varios cajones donde guardábamos los cubiertos y los manteles de las ocasiones especiales y, justo al lado de la pequeña ventana rectangular, una estufa donde calentábamos la comida y el agua. En un rincón, sobre un soporte de plástico, mami tenía colocados los platos, las cazuelas, algunos cazos y todos los demás artilugios necesarios para cocinar. Cuando volvió de allí yo estaba mucho más relajado. Tati —así llamaba a papá en esa época— seguía a mi lado. Me había llevado una sopa caliente y un té de limón. «Come», me dijo mientras me tocaba la barbilla y sonreía cariñosamente. Me incorporé y, si bien mis padres me tenían terminantemente prohibido comer en la cama, esa vez hicieron una excepción. Cerré los ojos y sentí cómo la sopa me ardía en la punta de la lengua. Eché un poco de pan y la removí. Mis padres volvieron a salir de la habitación. Escuchaba sus voces en la cocina mientras me comía los trozos desechos. Fuera, la sombra más profunda ya había caído sobre el valle. Esa noche la luna estaba llena. El eco de la montaña transportaba el sonido de la música que anunciaba el banquete al que ni mis padres ni yo habíamos sido invitados. Las pinceladas de nieve que se divisaban levemente entre la oscuridad le daban al paisaje un aspecto cercano, aunque triste. La luz dejaba las primeras caricias sobre el pico de los árboles y todo indicaba que en las siguientes horas el valle iba a volver a llenarse de blanco. Incorporado sobre la cama, apurando las últimas migas del plato, miré por la ventana y pensé si alguna vez llegaría el día en el que perdiera de vista todo lo que tenía delante: esos árboles, esa naturaleza tan salvaje, la libertad de los pájaros en primavera... Me preguntaba si la gente rica también se fijaba en las mismas cosas en las que nos fijábamos los pobres. Entonces mi madre entró al cuarto y me preguntó si quería un poco de ensalada de boeuf.[3] Le contesté que no mientras le tendía el plato de sopa vacío. Ella me sonrió mientras volvía a salir. Clavé la mirada en un poste de luz que había en el pico más alto de una colina y deseé que hubiese alguien ahí, en ese mismo instante, mirando mi ventana, preguntándose quién había al otro lado.
4
Mi madre era la persona más importante de mi vida. Pasábamos mucho tiempo juntos y siempre aprendía algo nuevo de ella. No tenía un puesto fijo de trabajo como tati, sino que acudía cuando alguna vecina la llamaba para algo relacionado con la cocina. Mamá hacía unas comidas excelentes y todo el mundo halagaba sus platos. A veces era eso mismo lo que nos aseguraba poder comer algo que no fuesen patatas o pan con mermelada. Le solían dar las sobras. Era una mujer muy generosa, tanto que se sentía casi culpable cuando las vecinas le daban por pago alguna cosa de más. Muchas veces la escuchaba contarle a mi padre que prefería que le diesen dinero en lugar de comida, pero que nunca tendría la indecencia de pedirlo. Trataba de contentar a todo el mundo, cosa que en el pueblo era muy complicada, pero ella lo conseguía estando siempre atenta a los detalles. Era una amante de los detalles. Por ejemplo, tenía una lista con los cumpleaños de aquellas mujeres que le daban trabajo y, cuando llegaba el día, se presentaba, de buena mañana, en sus casas, con algún pastel de manzana o de arándanos. Adoraba preparar postres porque decía que alegraban el carácter de todo el mundo.
Era una persona callada y nunca andaba con chismes. Tal vez por eso mismo era una lectora tan descomunal. No le interesaba lo que había fuera porque el mundo que llevaba dentro era demasiado extenso. Devoraba novelas como nunca he visto hacer a nadie. Cada noche venía a mi cama, encendía el candelabro que colgaba encima del cabecero junto a una imagen de Cristo y se ponía a leer hasta asegurarse de que me quedaba completamente dormido. Mamá decía que no tenía un libro favorito, más bien tenía momentos favoritos en los que leía. Y ese era uno de ellos. Cerraba los ojos mientras escuchaba cómo su nariz respiraba letras, sus labios susurraban palabras y sus dedos frágiles pasaban páginas y páginas. Papá siempre le decía que, si había una mujer capaz de dedicarse a leer todo lo que le quedaba de vida, era ella.
Sin embargo, lo que más me gustaba de mi madre eran sus manos: cálidas, blancas, tiernas como los pasteles que preparaba. A veces se posaban en mi espalda, me estrujaban y podía sentir toda la bondad que desprendían. Cuando me acariciaba el pelo, sus uñas me provocaban las cosquillas más placenteras de mi vida y entonces me invadía una extraña sensación de pertenencia, como si sus finos y largos dedos me hubiesen cubierto entero, desde los pies hasta el último pelo, como un caparazón. Cerraba los ojos y volvía a estar dentro de su regazo, donde todo era calor e inocencia. De alguna forma, mi madre vivía en un mundo para el que no estaba hecha, porque en el pueblo la sensibilidad se miraba con ojos acusadores.
Era curioso, porque tati se enamoró de ella desde que siendo muy joven. Eran compañeros en el liceo y participaban en todos los desfiles que los comunistas organizaban durante el gobierno de Ceausescu. El líder era lo único que importaba en aquellos días negros, pero mi padre encontró en mamá un clavo al que agarrarse. Desde el momento en el que la vio supo que se iban a casar. Siempre me he imaginado la escena como si fuese una película americana de las que emitían cada domingo en PRO TV y que solíamos ver los tres juntos, tumbados en la cama en nuestra vieja tele.
Lo primero que le dijeron sus padres fue que con una mujer como ella no iba a llegar a ningún lado, porque prefería leer un libro a agarrar una guadaña o sembrar la tierra. Mi abuela tenía otros planes para la vida de mi padre y no cesaba en el oficio de buscarle esposa. No quería que se casase con una mujer de clase baja. Y tenían razón, claro, pero a papá lo que le gustaba de ella era eso, que mi madre era una mujer diferente a las demás. Por eso, nada más terminar los estudios y antes de enrolarse en el servicio militar, le pidió matrimonio. Se presentó en una de sus citas con un ramo de flores —siempre impares, porque decían que el número par trae mala suerte y solamente se da cuando alguien ha muerto—, e hizo lo que llevaba tiempo deseando. La sentía un poco suya y cada vez que estaba en sus brazos no le importaba nada más. Como si fuese un libro. Mi madre tampoco dudó ni un instante, estaba enamorada y le dijo que sí. Se casaron un mes de abril. Papá se había dejado bigote en el ejército y mi madre lo obligó a afeitarse después de la boda. En la pared de su cuarto había una fotografía enmarcada donde se ve a mi padre con su arma y su largo mostacho negro. Sonríe y el bigote le tapa parte de los dientes. Cuando fallecieron mis abuelos paternos, algunos años después de su boda, se llevaron a la tumba todo el ajuar que correspondía a mi padre. Las vasijas de oro, los colgantes, las perlas de mi abuela... Vendieron su casa, donando el dinero a la Iglesia. Solamente le dejaron en propiedad la casa en la que vivíamos. Mis padres siempre recordaban cómo, después de tener su sí, mi padre fue a pedir su mano a casa de mis abuelos maternos y se quedó en blanco. Enseguida, mi madre rompió el hielo, aunque todos sabían a lo que había acudido. Siendo mi madre su única hija y sabiendo que mi padre tendría una casa, mis abuelos maternos decidieron dar el visto bueno al matrimonio.
Como era de esperar, los padres de mi padre no asistieron a la boda. Pero eso no importó. Mis padres guardaban varias fotografías, también en blanco y negro, de aquel día. Se pueden ver muchos invitados, aunque cada vez que las miraba no reconocía a ninguno. Había amigos, compañeros de liceo, primos lejanos y tías a las que llevaban años sin ver. Había una foto hecha enfrente de la iglesia del pueblo en la que se ve a mi madre debajo de una imagen de san Miguel arcángel, con la cara cubierta por un velo largo con flores bordadas. Tati estaba a su lado, agarrándole la mano, orgulloso y contento, con una pose algo infantil y vistiendo un traje negro con rayas en cuyo bolsillo asoma un pañuelo con una rosa, también bordada. Siempre que las veíamos, mami repetía que esa casualidad floral no fue intencionada, más bien al contrario. Mi padre llevaba clavada una aguja, cerca del hombro, que sostenía un billete de un millón de leis. La tradición decía que era una buena señal de prosperidad. Además, ese día llovió tanto que pensaron que el pueblo acabaría inundado. Las viejas recordaron que ese era el augurio de la felicidad y del dinero. Ninguno de los dos guardó nada más de aquel acontecimiento, salvo el recuerdo. El traje de mi madre era alquilado y mi padre tuvo que vender el suyo.
Aún siguen queriéndose como el primer día. Lo sé porque siempre recuerdan los momentos felices y creo que el amor es eso, estar juntos en la salud, en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza. Sobre todo, en la pobreza.
5
Había nevado y el pueblo estaba precioso. Era sábado y todo se encontraba muy tranquilo. De vez en cuando pasaba algún gitano con su carroza gritando a pleno pulmón que vendía unos buenos troncos de aliso. Hasta las seis de la tarde en casa estaba prohibido tener la luz encendida, pero ese día hicimos una excepción. Mi madre se metió en la cocina desde las primeras horas. Mientras tanto tati se encargó de cortar leña para la noche y yo limpié las ramitas de pino del árbol de Navidad que habían caído al suelo a lo largo del día. Además, mi madre había calentado agua y, como todos los sábados, me lavé las manos hasta los codos. También la nuca, la cara y los pies. El jabón de lagarto se me escurría constantemente por lo grande que era. Luego tiré en la fina capa de nieve el agua de la artesa de madera y me quedé observando cómo se fundía lentamente. Cuando abrí la puerta me salía humo de las manos y me puse a abrir la boca y a soltar el aire como si estuviese fumando; me encantaba. Cuando mi madre terminó de cocinar, volvió a la casa y dijo que ese día cenaríamos en el salón porque en la cocina hacía demasiado frío. Los tablones que papá puso no aislaban lo suficiente y el aire entraba por los bordes de la ventana. Ni siquiera el fogón bastaba para mantenernos calientes. Además, era una ocasión especial. Mamá guardaba los platos y los vasos buenos en los armarios que había en la vitrina del salón. Estaba tan golpeada y desgastada que siempre me preguntaba cuánto tiempo aguantaría en pie. Le acerqué un taburete y empezó a pasármelos de uno en uno. Los dejé cuidadosamente sobre la mesa. Había sido el regalo de boda que sus padres le habían hecho. Una buena vajilla. Mi padre había extendido el mantel rojo que, si bien algo desgastado, le daba a la sala un toque navideño. Mientras colocamos los cubiertos, mi madre salió hacia la cocina para volver con la comida. La había tapado con varios paños pequeños, pero el olor era inconfundible. Mamá olía a libros y a comida, sobre todo en esas fechas.
Nos sentamos a la mesa y papá subió el volumen de la tele porque quería escuchar el partido. Disfrutaba mucho picándome con el fútbo
