La pitonisa y el idiota

Jonas Jonasson

Fragmento

2011

2011

En el momento en que da comienzo esta historia, Barack Obama es presidente de los Estados Unidos de América; Ban Ki-moon, secretario general de la Organización de las Naciones Unidas; y a Angela Merkel todavía le queda una década al frente de la cancillería alemana, cargo que ocupa desde hace ya seis años.

Rusia tiene un presidente cuyo nombre sólo recuerdan unos pocos porque todo el mundo sabe que, en realidad, quien dirige el país es el presidente del Gobierno, Vladimir Putin.

La Primavera Árabe se expande por el norte de África apoyada por cientos de miles de personas hastiadas de la corrupción y la pseudodemocracia que creen que un cambio es posible.

Un sismo en el océano Pacífico provoca una ola tan alta como un edificio de cinco plantas que arrasa la costa de Japón y destruye todo a su paso, incluida la central nuclear de Fukushima.

Azerbaiyán se proclama ganador del Festival de Eurovisión ante varios cientos de millones de telespectadores; una minucia, en comparación con los dos mil millones que poco antes habían seguido la boda del príncipe Guillermo y Kate Middleton. Mientras tanto, Estados Unidos localiza y ejecuta a Osama bin Laden lejos de las miradas.

Durante este mismo año, el interminable conflicto fronterizo entre Tailandia y Camboya se intensifica para luego aplacarse temporalmente. En Suecia gobierna el primer ministro Reinfeldt, jefe del partido conservador, quien, tras adoptar como propias varias reivindicaciones de la izquierda, ha ganado dos elecciones consecutivas.

En ese mismo país, un joven corto de entendederas llamado Johan se queda solo en el mundo después de que su hermano mayor, Fredrik, se haya marchado para iniciar su carrera diplomática en Roma. Su madre murió hace mucho tiempo y, en cuanto a su padre, ahora mismo se pasea de la mano de su novio por las playas de Montevideo.

Comenzaremos este relato con el corto de entendederas. En cualquier caso, será cuestión de tiempo que el mundo entero acabe involucrado en la historia, incluidos Obama, Ban Ki-moon y la Rusia de Putin.

¡Buen provecho!

JONAS JONASSON

PRIMERA PARTE

Antes del fin del mundo

1

Verano de 2011

Johan era amable, servicial y... no necesariamente dotado en todos los campos.

Había muchas cosas que no comprendía; por ejemplo, que no tenía el mejor hermano mayor del mundo.

Sólo se llevaban dos años, pero él admiraba a Fredrik como un hijo admira a su padre, el padre que ellos nunca tuvieron.

O mejor dicho, que los abandonó antes de que Johan naciera y que a lo largo de todos aquellos años sólo había aparecido en contadas ocasiones; la última, en el funeral de su madre. Mientras los tres tomaban un café después del entierro, el padre les había comunicado que les donaría su vivienda de doce habitaciones más trastero en la calle más bonita de Estocolmo; después, le había dicho a Fredrik que estaba orgulloso de él y a Johan que quizá todo se arreglase algún día.

Y luego había vuelto a marcharse.

Los hermanos se parecían físicamente, pero tenían personalidades diametralmente opuestas. El mayor había decidido seguir los pasos de su padre ausente y formarse en la carrera diplomática con la vista puesta en llegar a ser embajador; el menor había intentado ser cartero... y había fracasado. Entonces, como no servía para nada más, su hermano le había encargado que mantuviera en buen estado la vivienda de doce habitaciones más trastero mientras él ascendía en el escalafón del Ministerio de Asuntos Exteriores.

Así, por las tardes, Fredrik se sentaba en el sillón de la biblioteca con unos documentos importantísimos, le pedía a Johan que le sirviera un whisky y decidía, en función de su apetito, a qué hora debía servirse la cena.

—Esta noche a las 19.15 en punto —podía ordenarle a su hermano—. Y ahora, largo de aquí.

Johan se sentía orgulloso de ser útil. En general, estaba contento y, del mismo modo que a veces le costaba razonar, también le encantaba probar sabores y aromas nuevos.

Fredrik rara vez estaba conforme con lo que él le preparaba, o más bien nunca, pero ¿por qué iba a estarlo? Su hermano era un incapaz y, además, él tenía el don de la crítica constructiva.

—¡Menos orégano en la salsa, so idiota! —le decía, por ejemplo.

También era quisquilloso con la etiqueta.

—No se sirve un pinot noir en una copa de burdeos, ¿cuántas veces tengo que repetírtelo?

Bastaba con una.

La cocina era territorio de Johan desde los doce años, época en que su madre se encontraba ya demasiado enferma para levantarse de la cama. Había fallecido seis años después de una enfermedad cuyo nombre en latín él no conseguía retener.

Al principio, servir a su hermano mayor había sido un juego de niños que se había prolongado hasta la edad adulta.

Fredrik llamaba a este juego «el amo y el criado». Uno era el amo y el otro el sirviente. Si el lacayo no cumplía una orden u olvidaba responder: «Sí, amo» o «No, amo», intercambiaban los papeles y el juego continuaba.

Fredrik era el mejor en todo, excepto en eso: se olvidaba todo el tiempo de la respuesta de rigor y, por tanto, casi nunca le tocaba servir a su hermano. Cuando le llegó la hora de marcharse del país, lo cual pondría la vida de ambos patas arriba, Johan llevaba quince años seguidos siendo el criado, con brevísimas interrupciones.

—Lo que pasa es que eres demasiado astuto para mí —le dijo a su hermano menor—. Ahora baja al sótano a buscar mis dos maletas y luego plánchame las camisas y prepárame el equipaje, pero no te olvides del solomillo que está en el horno. Habíamos dicho con gorgonzola, ¿no? Empiezo a tener hambre.

—Sí, amo... sí, amo... no, amo... sí, amo.

¿Olvidarse del solomillo? Jamás en la vida. Bastaba con ser precisos con la temperatura: asar a 110 grados, sacar la pieza cuando la temperatura interna bajara a 50 grados y luego dejarla reposar hasta los 54,5 grados. Eso le daba once minutos para acabar de poner la mesa.

La perspectiva de su primera misión como diplomático en el extranjero mantenía a Fredrik muy ocupado. Johan, por su parte, se había resignado (con un nudo en la garganta) a quedarse solo en los suntuosos aposentos de Strandvägen. Pero el mayor tenía demasiado buen corazón para permitirlo, era obvio: prefirió vender la vivienda de doce habitaciones más trastero y, con el dinero de la transacción, comprarle a su hermanito una autocaravana ¡con cocina ultraequipada! Además, le entregó una tarjeta de débito con el NIP 1-2-3-5, escogido por él mismo...

—... para que hasta tú puedas acordarte —le dijo, y luego añadió—: El banco no ha aceptado 1-2-3-4.

—1, 2, 3, 4 —repitió Johan.

—¡Nooo! 1, 2, 3, 5, ¡so tonto!

Fredrik le comunicó que le había ingresado cincuenta mil coronas y que de ahí en adelante debería arreglárselas él solo.

—Sí, amo —respondió el benjamín, nervioso ante la idea de lo desconocido, aunque agradecido por aquella ayuda económica.

Por si no fuera suficiente, Fredrik también había vendido los bienes que habían pertenecido a la familia Löwenhult desde tiempos inmemoriales: un piano de cola, ocho alfombras persas, otras tantas pinturas renacentistas, piezas de porcelana, cómodas, arañas de cristal, armarios y espejos. La casa de ventas declaró que el conjunto era «absolutamente extraordinario», pero Johan se encallaba con las palabras difíciles. Fredrik le explicó que los ingresos cubrirían el coste del billete de avión a Roma.

Por el momento, todo estaba solucionado, o casi: faltaba que Fredrik le diera instrucciones sobre cómo utilizar la autocaravana. Antes que nada, necesitaría electricidad para recargar la batería; si no, no podría utilizar la cocina. En los alrededores de Estocolmo había áreas de estacionamiento prácticamente por todas partes, pero él ya le había reservado una parcela («tela de cara») en Fisksätra. Lo menos que podía hacer como agradecimiento, le dijo, era acercarlo al aeropuerto.

Antes de ponerse en marcha, el futuro diplomático decidió que era mejor que él condujera.

A Johan, que había pasado diez minutos examinando el volante, la idea le pareció sensata: conducir era tan difícil como todo lo demás.

En cuanto llegaron a la entrada de la terminal internacional, Fredrik pronunció unas cuantas palabras incomprensibles para Johan, luego se despidió y le deseó buena suerte, antes de largarse con sus maletas.

El joven, que se sabía bueno para nada, se vio por primera vez abandonado a su propia suerte. Para empezar, decidió conducir hasta Fisksätra para aprender cómo funcionaba el vehículo. Un detalle nada desdeñable era que la autocaravana cambiaba sola de marcha, así que sólo había que manejar dos pedales, en vez de tres. Johan creía que se las podría arreglar, bastaba con no pensar en otras cosas mientras conducía.

Ésa fue precisamente la razón por la que se olvidó de cambiar de carril en la autovía, cogió la salida equivocada y acabó por error delante de un centro comercial.

—¡Ah, estupendo!

La cocinita de su vehículo estaba ya perfectamente abastecida cuando por fin logró dar con el camino hasta la parcela de camping, al sudeste de la capital.

«La tela de cara», había comentado Fredrik. Seguro que era cierto pero, aun así Johan se permitió pensar que aquel lugar parecía de gama bastante baja. Tenía más o menos la superficie de un campo de fútbol y más barro que hierba; unos cuantos postes eléctricos dispersos y un cartel donde aparecía la lista de todas las prohibiciones. A Johan no le dio tiempo a leerlas, lo importante en ese momento era concentrarse en aparcar correctamente.

El lugar estaba desierto, con la excepción de una caravana solitaria en la otra punta del terreno, al borde de una pendiente. Johan pensó para sus adentros que lo normal era que, en pleno verano, la gente estuviera más bien en la carretera.

No debería haberlo hecho: el acelerador de por sí ya requería bastante atención, y también el pedal de al lado, por no hablar del volante: debía girarlo para esquivar la caravana... y frenar.

Pero qué difícil era todo. A continuación vino precisamente el golpe de mala suerte.

El único ocupante de la parcela se encontraba justo en el lugar donde no habría debido, y se le acercaba, a pesar de que estaba totalmente quieto. Johan comprendió entonces que, en realidad, era su autocaravana la que seguía en movimiento.

Los dos pedales eran idénticos. Acelerador a la derecha, freno a la izquierda. Pero la cuestión era: ¿dónde estaba la derecha? ¿Y la izquierda?

De repente, después de haber logrado recorrer todos aquellos kilómetros desde el aeropuerto, sólo se le ocurría una palabra para describir la situación: «Emergencia.»

¡Tenía que frenar! Error.

La autocaravana salió disparada hacia delante.

Segundo intento, esta vez con éxito.

Aun así, el vehículo chocó con la parte de atrás de la única otra caravana que había en toda la parcela, aunque la colisión se limitó a un mero empujoncito: Johan había conseguido detenerse.

No obstante, la otra caravana se puso en movimiento, inició el descenso y fue ganando velocidad. Un metro, dos, cinco; tal vez diez, antes de que un árbol se interpusiera en su camino.

—Qué mala pata —soltó Johan.

Aunque podía decirse que, en realidad, no.

2

Viernes 26 de agosto de 2011 Quedan doce días

La pitonisa del apocalipsis estaba instalando un gancho en el techo de su caravana. Tenía pensamientos lúgubres y una cuerda atada al cuello.

Sólo le quedaba una última cosa por hacer: volcar el taburete de una patada; al fin y al cabo, nadie le hacía caso, y sólo faltaban doce días para el fin del mundo. Mejor ahorrárselos.

Había contado y recontado, y calculado una vez más. Era profesora de instituto, pero ese trabajo sólo le servía para ganarse el sustento y pagar el alquiler mientras se dedicaba a sus investigaciones en astrofísica. Los alumnos que su profesión llevaba aparejados eran un mal necesario. Cuando sus cálculos le habían revelado la fecha del fin del mundo, había acudido a la Real Academia de las Ciencias. Llevaba nueve años trabajando en una ecuación en sesenta y cuatro pasos y esperaba su confirmación. Tampoco es que fuera algo importante, mucho menos para la continuación de su carrera. Lo único que buscaba era el reconocimiento.

La Academia no había contestado a sus correos electrónicos ni a sus cartas. Cuando llamó por teléfono, transfirieron su llamada tantas veces que acabó volviendo de nuevo a la casilla de salida. No le quedó más remedio que hacerles una visita sin avisar y pedir hablar con el presidente, o el secretario general, o con cualquiera que no fuera el conserje. En respuesta, el personal de la Academia llamó a la policía, que, sin embargo, tenía cosas mejores que hacer. Fue el propio conserje quien tomó cartas en el asunto y la acompañó hasta la salida bajando por una larga escalera en la que se cruzaron con una veintena de estudiantes. Algunos parecieron asustarse cuando el conserje pasó por su lado agarrando a la intrusa con firmeza por el brazo. Otros pusieron cara de asombro. Pero lo que ella recordaba con más claridad eran las sonrisas un tanto condescendientes de unos estudiantes que tenían una cosa en común: pronto todos iban a morir.

¡Todo el mundo iba a morir! Y sin que nadie se enterara de lo que ella sabía.

¿Qué sentido tenía todo aquello? ¿Qué sentido tenía todo, sin más?

La pitonisa calculó el número de días que llevaba vividos: si incluía aquél, en total eran 11.052. Y todos y cada uno de esos días, hasta donde ella recordaba, los había vivido en una deprimente soledad. Nadie la había comprendido nunca, nadie la había querido. ¿Y había querido ella a alguien, aparte de a Malte Magnusson, aquel chico de sonrisa bonita y modales amables, cuando estaba en el instituto?

Una sonrisa bonita. Eso era, básicamente, todo lo que él le había dado. Eso y la sutil sensación de que quizá deseaba algo más, pero le faltaba el coraje.

Menuda historia de amor.

Habían pasado seis años y luego nueve más, dedicados a los cálculos que por fin había acabado. El resultado era irrefutable: con un margen de error de unos minutos, podía anunciar cuándo desaparecería la atmósfera. Ni siquiera se tomó la molestia de dimitir, se limitó a dejar de ir a trabajar. Estaba segura de que sus alumnos no tendrían objeción.

Dejó de pagar el alquiler. Su intención no era ahorrar dinero, ¿de qué le serviría cuando el planeta entero estuviera cubierto de hielo? No tendría ningún sentido.

Sin embargo, la habían desahuciado mucho antes de lo que esperaba, y fuera hacía frío, sobre todo de noche. Gracias a un anuncio en el periódico, había encontrado la caravana y la había comprado a plazos. Necesitaba pasar una inspección técnica para obtener el permiso de circulación.

«¿Una inspección técnica?», pensó. Sabiendo lo que ella sabía, ya nada tenía sentido.

La fecha límite iba acercándose. Veinte días más. Qué asco de día. Diecinueve días más. Qué asco de día. Dieciocho días más...

¿Para qué seguir viviendo, si hasta el último momento todo iba a ser prácticamente lo mismo? ¿Por qué no poner fin a la espera? ¿No sería eso una pequeña victoria? ¿No privaría así al universo, en cierto modo, de su último instante de mierda?

Cuando acabó de asimilar aquella idea, se sintió más tranquila. Compró un gancho, una cuerda y un taburete. Al cabo de unos segundos, alcanzaría la eternidad doce días antes que el resto del mundo.

Pero de repente, una sacudida hizo temblar su caravana.

Una idea terrible se le pasó por la cabeza: ¿se había equivocado en sus cálculos?

El gancho se soltó del techo y resbaló hasta el fregadero, la caravana se puso en movimiento.

No, aquello era otra cosa.

La pitonisa vaciló, cayó del taburete y aterrizó suavemente encima del sofá.

La caravana continuó su recorrido segundos antes de que un árbol la detuviera.

Ella se levantó y salió tambaleándose por la puerta inclinada con la cuerda alrededor del cuello.

En el lugar donde unos instantes antes se encontraba su caravana, había ahora mismo un hombre de su edad y, detrás de él, una autocaravana.

—Pero ¿esto qué es? —le espetó ella—. ¿Ya no puede una ni ahorcarse tranquilamente?

Johan le presentó sus sinceras disculpas: no había sido su intención molestarla. Era sólo que le costaba distinguir el acelerador del freno. Los pedales estaban uno al lado del otro, tenían la misma forma y el mismo color.

—¿El mismo color? —se sorprendió la mujer.

Nunca se había parado a pensar en el aspecto que podían tener los pedales de un automóvil.

—¿Ahorcarse? —dijo Johan en cuanto asimiló lo que acababa de oír.

La pitonisa le echó en cara que no sabía conducir y le replicó que lo otro no era asunto suyo.

—Ahora tendrá usted que remolcar mi caravana para que yo pueda empezar de nuevo. Nos hará falta una cuerda.

Johan señaló, indeciso, la que colgaba del cuello de su interlocutora.

—Una más larga, so idiota.

Él estaba acostumbrado a que lo trataran así: siempre había sido el Idiota, desde que tenía uso de razón. El primero en emplear aquel mote tal vez había sido su hermano mayor, o, si no, alguien en el colegio, o puede que las dos cosas. Fredrik era dos años mayor y, en cierto modo, él había preparado el terreno hablándole a todo el mundo de las lagunas de su hermano pequeño, de su incapacidad para encontrar su aula, para decir la hora...

Por si fuera poco, la situación se complicó cuando él intentó remolcar la caravana de la mujer suicida hasta una superficie plana. Habían tensado la cuerda de remolque entre los dos vehículos, pero cuando uno tiene serios problemas para distinguir el freno del acelerador, no es de extrañar que las cosas salgan como salieron.

La mujer se colocó a un lado e intentó dirigir las maniobras.

—Despacio, ahora. No, espere. Más lento. Avance poco a poco.

Eran demasiadas instrucciones a la vez. Johan pisó con fuerza un pedal cualquiera... y el otro todavía con más fuerza, para compensar.

La cuerda se desató y la caravana de la pitonisa, que había ascendido hasta la mitad de la pendiente, inició de nuevo el descenso sin que aquel pobre árbol lograra esta vez interrumpir su recorrido. No se detuvo hasta ochenta metros más abajo, contra una pared rocosa que, a diferencia de las de su entorno, se había negado a hundirse bajo una capa de hielo de varios kilómetros de grosor quince mil años antes y se había erigido allí, sin finalidad alguna, hasta aquel día en el que convirtió una caravana ya de por sí decrépita en un montón de chatarra.

—Ay —comentó Johan.

¿Qué otra cosa podía decir?

Por un instante, la pitonisa contempló su vivienda, o más bien lo que quedaba de ella, y luego se volvió hacia el culpable:

—¡Era mi casa!

Pese a todo, Johan le veía una ventaja a aquel percance:

—En la que tenía pensado ahorcarse.

—¿Y? En mi casa yo hago lo que quiero.

El incompetente miró al fondo del barranco. Lo que hasta poco antes había sido una caravana ahora recordaba a los restos de un naufragio.

—¿La limpiamos juntos?

Se consideraba al menos capaz de eso.

—Pero ¿no ha visto en qué estado ha quedado? No es un fregado lo que le hace falta, más bien un desguace, ¡o un enterrador!

Dicho lo cual, la pitonisa recordó lo que estaba a punto de hacer.

—¿Tendría por casualidad un gancho para prestarme?

Johan siempre reaccionaba con un poco de retraso.

—Es lo menos que puedo... —En ese momento, una bombillita empezó a encenderse en su cerebro—. ¿Para qué lo quiere?

—¿Y usted qué cree?

La bombilla se encendió del todo.

—Ahora que lo pienso, no me quedan ganchos. En vez de eso, ¿puedo invitarla a tomar algo?

La pitonisa se resignó.

—Que sea algo fuerte.

—¿Un chablis Tête d’Or, domaine Billaud-Simon de una cosecha excelente?

—He dicho fuerte.

Por muy corto de entendederas que fuera, Johan también era rápido cuando había que actuar. Antes de que la desconocida tuviera tiempo de precipitarse de nuevo en su yo más lúgubre, ya había dispuesto dos sillas de camping, una mesa plegable con un mantel de cuadros rojos y blancos, dos vasos, una botella de Highland Park y un plato de dátiles con queso de cabra enrollados en crujiente beicon y espolvoreados con almendras tostadas con sal; un tentempié que había improvisado para el viaje de Fredrik y que éste había rechazado con un suspiro.

—El whisky tiene los mismos años que yo —especificó Johan mientras le servía un vaso a su invitada suicida.

—Pues eso me basta —replicó la mujer apurándolo de un trago.

—Guau —se asombró él.

—Veo que no le falta vocabulario.

—¿Eso cree?

La ironía se le daba igual de bien que la conducción.

La pitonisa cogió la botella y se sirvió de nuevo. Esta vez bebió de forma un poco más prudente, sin mediar palabra, antes de alargar la mano hacia los dátiles. Al cabo de un instante, pareció sentirse algo mejor, o por lo menos no sentirse tan mal. Él no entendía por qué quería matarse. Por educación, ya le había dado dos buenos sorbos al whisky, y empezaba a notar los efectos. Tal vez por aquel motivo, reunió el valor necesario para hacerle la pregunta.

La mujer le llevaba una copa de ventaja. Tal vez por aquel motivo, le respondió. O a lo mejor simplemente necesitaba explicárselo a sí misma.

Fuera lo que fuese, empezó a hablar, sentada en su silla de camping en un terreno embarrado a las afueras de Estocolmo. Al principio fueron sólo unas pocas palabras, luego unas cuantas más. Le contó que siempre se había sentido distinta.

—¿Torpe?

¿Habría encontrado a su alma gemela?

—No.

Siempre había sido buena estudiante, pero no tenía amigos: pasaba el tiempo a solas con sus propios pensamientos.

Johan se paró a pensar que él tampoco había tenido amigos, pero era la primera vez: nunca antes se le había ocurrido. Sólo se juntaba con su hermano Fredrik, que de algún modo se encargaba de pensar por los dos.

La mujer continuó.

En el instituto, el hecho de ser distinta se había vuelto todavía más evidente. Mientras que Victoria, Malin y Maria se metamorfoseaban en adolescentes que se pintaban los ojos, vestían a la moda, fumaban a escondidas y bebían vino tinto mezclado con Coca-Cola, ella se había quedado sola con su rebeca de lana. Tal vez fuera por eso, o tal vez por el hecho de que la madre naturaleza no había querido que sus pechos se desarrollaran al mismo ritmo que los de sus compañeras... o a lo mejor porque ellas hacían trampa. Aquella idea se le había pasado por la cabeza, pero la traía sin cuidado. El universo estaba expuesto a la observación humana en un diámetro de 93.000 millones de años luz, y se extendía muchísimo más allá, hasta una distancia infinita. Desde ese punto de vista, ¿por qué concederles ninguna importancia a dos bolsitas de arroz que rellenaban un sujetador inútil?

—¿De arroz? —se sorprendió Johan mientras se preguntaba de qué variedad de arroz podía tratarse.

La única compañía de la pitonisa en aquella época habían sido sus libros de texto de física y matemáticas, y sus novelas rosas, cuya trama siempre se desarrollaba en un contexto hospitalario. Habría preferido los romances de laboratorio, pero no había encontrado nada de ese género.

—Yo lo que más hacía era ver películas —comentó él.

Entre clase y clase, ataviada con su rebeca de lana, les hacía los deberes a Victoria y a Malin, y aguantaba que la insultaran a modo de agradecimiento:

—«¿Todavía no has acabado, imbécil?»

La futura pitonisa se disculpaba por la espera y por sus dudas respecto a la respuesta número doce.

—Pero las once restantes son buenas.

Victoria le arrancaba el libro de las manos.

—Fea y además lenta. De verdad, ¿para qué sirves?

Una pregunta existencial que iba mucho más allá del entendimiento de la joven Victoria, pero que a la futura pitonisa le llegaba a lo más hondo del alma. Sin atreverse a apartar la mirada de la fila de taquillas que tenía delante, se preguntaba en voz alta:

—Eso es, ¿para qué servimos? ¿Y qué somos? Nada más que ínfimas y diminutas partículas en la inmensidad del universo.

Aquello era demasiado para Victoria y Malin, y por descontado para Maria, o para cualquier otra persona.

—Venga, Vic, vamos a echar un piti antes de la clase de inglés. Esta imbécil me da yuyu.

Johan llegó a la conclusión de que, si quería escuchar toda la historia, tenía que mantener un determinado nivel de Highland Park en el vaso de la mujer. Por cierto, se preguntaba cómo se llamaría, pero ya se enteraría a su debido tiempo.

—¿Le apetece otro dátil, o quizá unos cacahuetes tostados?

La pitonisa no respondió. Dio al whisky un trago más generoso de lo previsto y continuó: realmente necesitaba sacarse todo aquello de dentro.

Todo el mundo tiene sueños, hasta una chica que rara vez viste otra cosa que no sea una rebeca, lleva ortodoncia y carece de curvas y de dotes sociales. El sueño de aquella chica se llamaba Malte. Era mono, pero sobre todo amable. En una ocasión le había recogido el libro de matemáticas y se lo había tendido diciéndole: «Toma.» Luego, le había rozado el hombro mirándola fijamente a los ojos... y esbozando aquella sonrisa.

¿Era la señal de que quería algo más? Ella había agachado la cabeza, aterrorizada, y cuando se atrevió a alzarla de nuevo, él ya había desaparecido.

Nada lo había obligado a tocarle el hombro, y sin embargo lo había hecho. ¿Era posible que él fuera tan tímido como ella? Corrían los años noventa, y en aquella época las chicas también podían invitar a los chicos a la fiesta de fin de curso. ¿Y si a él le apetecía, pero no tenía el valor de pedírselo? No era uno de los adolescentes más populares de la clase porque, como ella,hacía los deberes.Entre ellos había algo,sobre todo durante las clases: la sensación de que sólo ellos dos estaban presentes. A cuatro filas de distancia, pero qué más daba.

La futura pitonisa había experimentado una profunda conmoción. Se había desatado una lucha entre lo que ella quería ser y en lo que se había convertido. En su mundo, aquello equivalía a elegir entre flotar libremente en el espacio o dejarse aspirar irremediablemente por un agujero negro.

—El amor —soltó Johan de repente sin saber muy bien lo que quería decir.

La chica había comprado, en una pastelería, un corazón bañado en gelatina roja que le habían envuelto en una cajita transparente con un lazo. En la tarjetita, que iba unida por un cordón dorado, había escrito: «¿Quieres ir conmigo a la fiesta?»

Después, el regalo se había quedado dentro de su taquilla esperando a que su propietaria encontrara la ocasión perfecta... y el valor para dárselo.

Un día, por casualidad, se había cruzado con Malte por el pasillo. Iba con unos cuantos amigos, pero él estaba al margen del grupo, como si no acabara de sentirse a gusto entre ellos. ¿De verdad estaba lanzándole miradas fugaces cuando los demás no prestaban atención?

¿Qué sucedería si la pandilla se dispersaba y Malte se quedaba rezagado unos instantes y ella se acercaba lo bastante rápido; o él, puestos a escoger?

Absorta como estaba ante la ocasión que parecía estar presentándosele, no había reparado en Victoria, que llegaba por el otro lado.

—Conque ésas tenemos, ¿eh? ¿Ahora nos fijamos en los tíos? ¿No era que sólo te ponían los libros?

Victoria se partió de la risa hasta que se fijó en la caja que había dentro de la taquilla. Sacó el corazón y, sin más, le dio un mordisco.

Ningún crimen contra la humanidad podría haber sido más terrible.

Los chicos habían desaparecido al fondo del pasillo, Malte se había quedado atrás. ¿Estaba mirando de nuevo en dirección a ella u observaba más bien a Victoria, con la boca llena de pastel?

Él se había alejado, el corazón había desaparecido, y con él, su oportunidad.

Johan no estaba seguro de que la desconocida necesitara más combustible. Parecía tan triste. ¿Y si le pedía otra vez un gancho?

—¿Y qué pasó después? —le preguntó dubitativo.

—Ponme otro —respondió ella.

Después, se dejó aspirar por el agujero negro. Se entregó por completo a la física, y en los años siguientes tan sólo rompió con la rutina en una ocasión: se vio obligada a cambiar de rebeca cuando sus curvas por fin aparecieron.

Su objetivo era una cátedra universitaria, tal vez en la Academia de las Ciencias, pero había tenido que conformarse con una plaza de profesora de instituto. Por lo menos era de física.

El trabajo habría sido soportable si no hubiera tenido alumnos. Para ella no existía nada peor: no querían ni escuchar ni aprender.

Johan también había sido alumno y, al darse cuenta de que era incapaz de aprender, no se había tomado la molestia de escuchar. Habría sido una pérdida de tiempo. En vez de eso, se entretenía mentalmente inventándose recetas.

No obstante, no creía que molestase a sus profesores, pese a que un día su tutor le había endilgado el calificativo que todos acabarían empleando. Lo había llamado a la pizarra para que escribiera «bicicleta», pero él había optado por «e-sc-ú-t-e-r», que le parecía más rápido que una bici, y más práctico. Era obvio que no había entendido bien el ejercicio porque el profesor, suspirando, le había dicho: «Vuelve a tu pupitre, so idiota.»

—Ahora lo recuerdo —añadió Johan—. Yo también era un caso perdido... muy a menudo.

Petra, demasiado absorta en sus propios pensamientos, prosiguió con su perorata.

Durante casi una década, había dedicado todo su tiempo libre y una parte nada desdeñable de su horario laboral a sus investigaciones personales. Todo había comenzado como una mera hipótesis que pronto había acabado demostrada.

—Utiliza usted unas palabras con las que no me siento cómodo —la interrumpió Johan.

La pitonisa afirmó entonces que, utilizara las palabras que utilizase, la atmósfera iba a desaparecer.

—¿Quién?

—La atmósfera: se disipará en el espacio y las temperaturas caerán en picado hasta los −273,15 grados en un segundo.

—¿Dónde?

—En todas partes.

—¿Tanto dentro como fuera?

—¿Cómo decía usted que lo apodaban?

Johan trató de imaginarse cuánto eran, o más bien cuánto no eran, −273,15 grados.

—¿Y eso cuándo va a pasar?

—Dentro de dos miércoles a las 21.20, minuto arriba minuto abajo. No he podido dilucidar con claridad cómo se mantendrá la proporción entre resistencia mecánica y densidad en el transcurso de esos últimos instantes. Descarté esa parte de mi investigación cuando caí en la cuenta de que no me daría tiempo a acabar esos cálculos.

—«Resistencia», «inmensidad»... —repitió él pensativo.

—No «inmensidad»: «densidad».

3

Viernes 26 de agosto de 2011 Quedan doce días

La oscuridad cayó sobre la parcela, desierta salvo por una autocaravana y las huellas de una caravana que ya no estaba allí. El whisky de treinta años casi se había acabado, los dátiles con queso de cabra y beicon habían sido devorados. Johan entró en el vehículo en busca de dos mantas, cubrió con una los hombros de su nueva amiga (así era como él quería verla) y se arrebujó en la otra.

—Entonces, sólo quedan doce días. Y pensar que estoy aquí sentado con una auténtica pitonisa del apocalipsis...

—Dentro de poco, sólo once.

Dos tercios de la botella habían ido a parar al estómago de la invitada, pero la cantidad que Johan había bebido bastaba para ponerlo filosófico.

—Once o doce días... pero ¿por qué ahorcarte por eso? ¿No deberías hacer lo contrario? —le preguntó él abriendo los brazos como un Cristo—. ¿No es justo ahora, durante los pocos instantes que te quedan, cuando hay que abrazar al mundo?

La pitonisa no compartía su entusiasmo.

—Tú puedes abrazar a quien quieras. Por lo que a mí respecta, los próximos once días serán igual de lamentables que los 11.052 precedentes. A ver, dime tú qué interés podría tener eso.

—¿Qué pasó hace 11.052 días?

—Que nací.

—¡Ah!

La joven prosiguió:

—No soporto la idea de que todo vaya a detenerse antes de que yo haya logrado nada.

—¿Logrado qué?

—Nada, acabo de decirlo.

—¿Por ejemplo?

—¡Soy profe de instituto! O mejor dicho lo era, antes de pasar de todo. Nadie me escucha cuando hablo, no he conseguido ninguna cátedra, mi vida amorosa es la nada más absoluta, nunca le he dicho «te quiero» a nadie... aunque tampoco es que eso hubiera cambiado mucho las cosas.

—A mí puedes decírmelo si quieres.

—Ya, muy gracioso.

Pero aquello la ablandó.

—En cualquier caso, el whisky era excelente, y el piscolabis también. ¡¿Cómo has conseguido cocinar eso en una autocaravana?!

—Me gusta cocinar, y las tareas domésticas.

¿Había esbozado ella una sonrisa al servirse las últimas gotas del líquido ámbar?

—Fantástica combinación. ¿Tienes otro nombre además de Idiota?

—¡Pues claro!

En ese momento sonrió con franqueza.

—Déjame que lo reformule: ¿cómo te llamas?

—Me llamo Johan Valdemar Löwenhult, pero prefiero Johan a secas. ¿Y tú?

—Yo me llamo Petra Rocklund. Prefiero Petra.

—Encantado de conocerte, Petra.

Alzó el vaso vacío hacia su invitada.

—Tampoco hay que pasarse —respondió ella.

Luego, embriagada y extenuada, la pitonisa se arrellanó en su silla y cerró los ojos.

¿Iba a quedarse dormida? Johan empezó a preocuparse: no podía dejarla a la intemperie. Por la noche haría demasiado frío hasta con dos mantas. Pero tampoco podía arrastrar dentro de la autocaravana a una mujer dormida y casi desconocida sin su consentimiento.

—¡Petra! ¡Eh!

Una profunda inspiración.

—No puedes... ¿Petra? ¿Quieres que te enseñe a hacer los dátiles con queso?

No funcionaba.

—¡Petra!

¿Qué hacer?

—Petra, quiero...

Ella pegó un respingo: el amor, o más bien su ausencia, parecía importarle.

—¿A quién quieres?

—A las esquinas de las calles.

Sus párpados se abrieron.

—¿Cómo puede alguien querer a las esquinas de las calles?

¡Había vuelto en sí! Ahora la cuestión era no perderla otra vez.

—«Querer» quizá sea un poco exagerado, pero las aprecio mucho. Me viene de la época en que era cartero, o a lo mejor de antes. Cuando uno está en la esquina de una calle, mira en una dirección y luego en la otra, y duda: ¿cuál elegir? Como si su vida dependiera de ello. Hay cierta belleza en eso. Es difícil de explicar.

Su invitada no parecía contentísima de que la hubieran despertado para hablar de la poesía de un cruce.

—Me refería al amor que se siente por alguien.

Johan reflexionó de nuevo.

—En ese caso, mi respuesta es: a Fredrik, mi hermano. Me ha enseñado todo lo que sé.

Ella echó un vistazo a la autocaravana.

—¿A conducir, por ejemplo?

—No, eso no: de eso se encargó el profesor de la autoescuela, y en las últimas clases se puso francamente grosero. Ahora que lo pienso, no soy sólo lamentable, sino también un negado en mecánica. ¿Y tú? ¿Quién es tu gran amor? ¿Malte?

Al recordar sus años de instituto, la invadió de nuevo el agotamiento y volvió a cerrar los ojos.

—¡No, no, Petra, por favor! Tengo una buena cama para invitados en la autocaravana. Ven, que te la presto. —Ante la falta de reacción, añadió—: A lo mejor tengo hasta un gancho de sobra por algún lado. Vamos a buscarlo juntos.

¡Ah, bueno! Petra abrió los ojos y se levantó lentamente. Permitió incluso que su nuevo conocido la sostuviera para subir los pocos escalones de la entrada a la autocaravana. Una vez dentro, sus últimas palabras, antes de volver a caer rendida con la ropa puesta, fueron:

—Ahora estoy demasiado cansada para ahorcarme. Lo dejaremos para mañana.

4

Sábado 27 de agosto de 2011 Quedan once días

El mantel de la noche anterior había dado paso a uno nuevo. En el menú del desayuno: panecillos recién hechos y queso curado; salchichas, huevos revueltos con ajo y tomates cherry asados a las finas hierbas; yogur, muesli y frambuesas.

Estaba sirviendo el zumo de naranja recién exprimido cuando Petra se asomó a la puerta de la autocaravana con el pelo alborotado y la ropa arrugada.

—¿Dónde estoy, y dónde está mi carav...?

Se interrumpió al ver a su anfitrión.

—Ah, sí, es verdad.

—¡Buenos días! Siéntate, por favor. ¿Café de filtro o capuchino?

Ella se arrastró hasta la misma silla de camping de la víspera y se sentó pesadamente. Observó la mesa del desayuno.

—Estás satisfecho con la vida. Te gustan las tareas domésticas, trabajaste de cartero, viajas en autocaravana sin saber conducir y cocinas como... en fin, no sé. ¿Es ajo eso que huelo?

—Sí: en los huevos revueltos.¿Café de filtro o capuchino?

—Capuchino, por favor.

—También hay caviar de Kalix, pero no pegaba con lo que he preparado, así que pensaba guardarlo para más tarde. Pero si quieres un poco... y me prometes que no te suicidarás hoy...

Petra seguía sin tener las ideas muy claras.

—¿Era eso lo que quería hacer ayer? Ah, sí, ya me acuerdo.

—Se dieron unas circunstancias felices y otras menos felices que te lo impidieron. Desayuna, yo te traigo el café. Tengo noticias para ti.

La joven estaba demasiado somnolienta y aturdida como para rebelarse; y demasiado hambrienta. Comió en silencio, salvo por un par de suspiros de satisfacción. Le hicieron falta cinco minutos más para abrir la boca por algo que no fuera comida.

—¿Noticias, has dicho? ¿Me has encontrado otra caravana, o al menos un gancho?

—¡Mejor que eso! He localizado a Malte.

Petra soltó el tenedor, que aterrizó en el barro.

—Deja —dijo él levantándose—. Te traigo uno limpio.

—¡Siéntate!

Regresó a su asiento como un perro bien amaestrado.

—¿Has localizado a Malte? ¿Cómo lo has hecho? ¿Dónde está? —preguntó ella mirando a su alrededor.

—Aquí no. Pero es que, verás, fui cartero. Ya te lo he dicho, ¿no? No duró mucho, pero antes tuve que hacer un curso. Y Malte no es nombre muy corriente... Con Magnusson de apellido, es rarísimo. En toda Suecia no hay más que un Malte Magnusson que tenga más o menos la misma edad que yo te echo. Vive a quince minutos de aquí. Si conduzco yo, puede que veinte. Treinta, si me equivoco de cami

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