Presentación
Un voyeur en el arte y el deseo
Decía Piglia que si uno recuerda la situación en que leyó un libro, aunque no recuerde bien el contenido, quiere decir que el libro fue muy importante para uno.
Quizá haya tenido razón. La primera vez que leí El copista fue hace veinte años y todavía recuerdo que me dispuse a disfrutarlo aprovechando unas vacaciones de verano, en una cómoda reposera y bajo un molle de hojas susurrantes. Suelo olvidar todo libro que he leído y es más seguro aún que también olvide las circunstancias de su lectura, pero dejo constancia de que con la primera novela de Teresa Ruiz Rosas siempre me acompañó la sensación de un descubrimiento refrescante.
La mañana de un lunes 3 de febrero —yo la sitúo entre 1986 y 1992—, una hermosa y privilegiada actriz de veintitantos años llamada Marisa Mantilla visita a Amancio Castro, un grisáceo copista de partituras musicales que vive en el populoso barrio limeño del Rímac y que ya ha pasado de los cuarenta. El motivo es funcional y vanidoso a la vez: la actriz desea demostrarle a su amante, un celebrado compositor peruano de música culta, que puede solucionarle el enorme problema de encontrar a su inubicable copista a pocos días del estreno de un concierto fundamental para su carrera.
¿Cómo puede un encuentro ocasional entre personajes tan distintos derivar en una aventura erótica de ribetes tóxicos y con un final que cambiará sus vidas para siempre? ¿Cómo se evaden exitosamente en la ficción esos abismos tan profundos en la realidad peruana como los que producen el color de la piel y el lugar de nacimiento?
Para coronar su artificio, presumo que Teresa Ruiz Rosas echó mano tanto del vasto conocimiento de artes y humanidades que acumuló desde su infancia en Arequipa, como de una mirada y oídos que nunca han dudado en posarse en los lugares más insospechados; así como de un despliegue de recursos literarios que incluyen desde la caja china hasta la verosimilitud que provocan las epístolas. Sin embargo, es la construcción literaria de sus protagonistas lo que más ha contribuido a la memorabilidad de esta novela y a que sus páginas sean devoradas.
Empecemos por la psicología de ambos: la manifestación del ansia y el voyeurismo que escalan hasta el esperpento —un voyeurismo que los lectores compartimos al espiar sus testimonios— no serían creíbles si la autora no hubiera tenido en cuenta que ser deseado es, en sí, un deseo capital en todo aquel que ha nacido. Este axioma es puesto en acción a través de Marisa, una actriz que condensa en una sola mirada, la de Amancio, la admiración de una audiencia infinita; y a través de Amancio, que en circunstancias normales sufriría la invisibilidad que su país le otorga a los rasgos mestizos, y que en esta aventura tiene la rara oportunidad de acceder a la belleza inalcanzable que el canon le ha impuesto.
Sin embargo, son las voces puestas al servicio de este planteamiento psicológico las que logran la maravilla de sorprendernos y hacer verosímil el hechizo que se despliega como una puesta en escena para ambos. Si algo ha resonado en mí desde aquella lectura estival que hiciera hace tanto tiempo, ha sido la personificación de Amancio a través de su palabra escrita, esa oralidad traspasada por él al papel que lo tangibiliza en su estupor, en su respeto y aversión al maestro que lanzó los dados sin saberlo, y en esa mezcla de refinamiento musical y lenguaje de barrio que han hecho de él un personaje tan matizado como memorable.
Mi segunda lectura, ahora, ha sido más justa con Marisa: su pavoroso destino nos es entregad
