Índice de personajes y breve descripción
de sus circunstancias
LA FAMILIA CERULLO (LA FAMILIA DEL ZAPATERO):
Fernando Cerullo, zapatero, padre de Lila. Cuando su hija terminó los estudios de primaria, la sacó de la escuela.
Nunzia Cerullo, madre de Lila. Comprende a su hija pero no tiene autoridad suficiente para apoyarla frente al padre.
Raffaella Cerullo, llamada Lina o Lila. Nació en agosto de 1944. Cuando desaparece de Nápoles sin dejar rastro, tiene sesenta y seis años. Alumna brillante, a los diez años escribe un relato titulado El hada azul. Tras obtener el diploma de la escuela primaria, abandona los estudios y aprende el oficio de zapatero. Se casa muy joven con Stefano Carracci y dirige con éxito primero la charcutería del barrio nuevo, después la zapatería de la piazza dei Martiri. En unas vacaciones en Ischia se enamora de Nino Sarratore, por el que abandona a su marido. Después del naufragio de la convivencia con Nino y el nacimiento de su hijo Gennaro, Lila abandona definitivamente a Stefano al enterarse de que este espera un hijo de Ada Cappuccio. Junto con Enzo Scanno se muda a San Giovanni a Teduccio y se pone a trabajar en la fábrica de embutidos de Bruno Soccavo.
Rino Cerullo, hermano mayor de Lila, también zapatero. Con Fernando, su padre, y gracias a Lila y al dinero de Stefano Carracci, monta la fábrica de zapatos Cerullo. Se casa con Pinuccia Carracci, hermana de Stefano, con la que tiene un hijo, Ferdinando, llamado Dino. El primogénito de Lila se llama Rino como él.
Otros hijos.
LA FAMILIA GRECO (LA FAMILIA DEL CONSERJE):
Elena Greco, llamada Lenuccia o Lenù. Nacida en agosto de 1944, es la autora de esta larga historia que estamos leyendo. Elena se pone a escribirla en cuanto se entera de la desaparición de Lina Cerullo, su amiga de la infancia, a la que solo ella llama Lila. Al terminar la primaria, Elena sigue estudiando con éxito creciente. En el curso preuniversitario su aptitud para los estudios y la protección de la profesora Galiani le permiten salir indemne del enfrentamiento con el profesor de religión por el papel del Espíritu Santo. Por invitación de Nino Sarratore, del que está enamorada en secreto desde muy niña, y con la inestimable ayuda de Lila escribirá un artículo sobre ese enfrentamiento que, al final, no será publicado en la revista con la que Nino colabora. Los brillantes estudios de Elena culminan en la licenciatura en la Escuela Normal de Pisa, donde conoce a Pietro Airota, con quien se compromete, y la publicación de una novela en la que recrea la vida en el barrio y sus experiencias adolescentes en Ischia.
Peppe, Gianni y Elisa, hermanos menores de Elena.
El padre trabaja de conserje en el ayuntamiento.
La madre es ama de casa. Su paso claudicante obsesiona a Elena.
LA FAMILIA CARRACCI (LA FAMILIA DE DON ACHILLE):
Don Achille Carracci, el ogro de los cuentos, usurero, traficaba en el mercado negro. Murió asesinado.
Maria Carracci, esposa de don Achille, madre de Stefano, Pinuccia y Alfonso. Trabaja en la charcutería de la familia.
Stefano Carracci, hijo del difunto don Achille, marido de Lila. Administra los bienes acumulados por su padre y, con el tiempo, se convierte en un comerciante de éxito gracias a dos charcuterías bien orientadas y a la zapatería de la piazza dei Martiri, que abre con los hermanos Solara. Insatisfecho por su atormentado matrimonio con Lila, comienza una relación con Ada Cappuccio, con la que más tarde se va a vivir cuando se queda embarazada y Lila se muda a San Giovanni a Teduccio.
Pinuccia, hija de don Achille. Primero trabaja en la charcutería de la familia y luego en la zapatería. Se casa con Rino, hermano de Lila, con el que tiene un hijo, Ferdinando, llamado Dino.
Alfonso, hijo de don Achille. Es compañero de pupitre de Elena. Está comprometido con Marisa Sarratore y pasa a ser el encargado de la zapatería de la piazza dei Martiri.
LA FAMILIA PELUSO (LA FAMILIA DEL CARPINTERO):
Alfredo Peluso, carpintero. Comunista. Tras ser acusado de haber matado a don Achille, fue condenado y acabó en la cárcel, donde murió.
Giuseppina Peluso, esposa de Alfredo. Obrera de la manufactura de tabaco, se dedicaba a sus hijos y a su marido que estaba en la cárcel. Al morir él, se suicidó.
Pasquale Peluso, hijo mayor de Alfredo y Giuseppina, albañil, militante comunista. Fue el primero en percatarse de la belleza de Lila y en declararle su amor. Detesta a los Solara. Es novio de Ada Cappuccio.
Carmela Peluso, también se hace llamar Carmen, hermana de Pasquale, es dependienta en una mercería pero Lila no tarda en contratarla en la nueva charcutería de Stefano. Tras un largo noviazgo con Enzo Scanno, este la deja sin ninguna explicación al terminar el servicio militar. Carmela se compromete enseguida con el empleado de la gasolinera de la avenida.
Otros hijos.
LA FAMILIA CAPPUCCIO (LA FAMILIA DE LA VIUDA LOCA):
Melina es viuda y pariente de Nunzia Cerullo. Friega las escaleras de los edificios del barrio viejo. Fue amante de Donato Sarratore, el padre de Nino. Los Sarratore se marcharon del barrio precisamente a causa de esa relación y Melina casi se vuelve loca.
El marido de Melina descargaba cajas en el mercado hortofrutícola y murió en extrañas circunstancias.
Ada Cappuccio, hija de Melina. Desde niña ayudó a su madre a fregar escaleras. Gracias a Lila, la contratan como dependienta en la charcutería del barrio viejo. Comprometida durante años con Pasquale Peluso, se convierte en la amante de Stefano Carracci y al quedarse embarazada se va a vivir con él. De su relación nace Maria.
Antonio Cappuccio, su hermano, mecánico. Fue novio de Elena y está muy celoso de Nino Sarratore. La idea de tener que marcharse a hacer el servicio militar lo preocupa profundamente, pero cuando Elena recurre a los hermanos Solara para conseguir que se libre, se siente tan humillado que pone fin al noviazgo. En el servicio militar sufre un agotamiento nervioso y lo licencian anticipadamente. Al regresar al barrio, empujado por la miseria, se pone al servicio de Michele Solara, que en un momento dado lo envía a Alemania con un encargo largo y misterioso.
Otros hijos.
LA FAMILIA SARRATORE (LA FAMILIA DEL FERROVIARIO-POETA):
Donato Sarratore, ferroviario, poeta, periodista. Muy mujeriego, fue amante de Melina Cappuccio. Cuando Elena se va de vacaciones a Ischia, y es huésped en la misma casa donde se alojan los Sarratore, se ve obligada a abandonar la isla a toda prisa para evitar el acoso sexual de Donato. Sin embargo, el verano siguiente, Elena se entrega a él en la playa, impulsada por el dolor que le produce la relación de Nino y Lila. Para exorcizar esta experiencia degradante, Elena la cuenta en el libro que después le publican.
Lidia Sarratore, esposa de Donato.
Nino Sarratore, el mayor de los cinco hijos de Donato y Lidia. Detesta al padre. Es un alumno muy brillante y mantiene una larga relación clandestina con Lila que desemboca en una brevísima convivencia cuando ella se queda embarazada.
Marisa Sarratore, hermana de Nino. Está comprometida con Alfonso Carracci.
Pino, Clelia y Ciro Sarratore, los hijos más pequeños de Donato y Lidia.
LA FAMILIA SCANNO (LA FAMILIA DEL VERDULERO):
Nicola Scanno, verdulero, murió a causa de una pulmonía.
Assunta Scanno, esposa de Nicola, murió de cáncer.
Enzo Scanno, hijo de Nicola y Assunta, también verdulero. Desde niña, Lila le tiene simpatía. Enzo mantuvo un largo noviazgo con Carmen Peluso, a la que deja sin ninguna explicación cuando regresa del servicio militar. Mientras hace la mili se pone a estudiar por libre y obtiene el diploma de perito industrial. Cuando Lila decide abandonar definitivamente a Stefano, Enzo se hace cargo de ella y de su hijo Gennaro, y los lleva a vivir a San Giovanni a Teducci.
Otros hijos.
LA FAMILIA SOLARA (LA FAMILIA DEL PROPIETARIO DEL BAR-PASTELERÍA DEL MISMO NOMBRE):
Silvio Solara, dueño del bar-pastelería, monárquico-fascista, camorrista relacionado con los negocios ilegales del barrio. Obstaculizó la creación de la fábrica de zapatos Cerullo.
Manuela Solara, esposa de Silvio, usurera, su libro rojo es muy temido en el barrio.
Marcello y Michele Solara, hijos de Silvio y Manuela. Bravucones, prepotentes, todas las chicas del barrio los adoran, menos Lila, claro está. Marcello se enamora de Lila pero ella lo rechaza. Michele, apenas unos años menor que Marcello, es más frío, más inteligente, más violento. Es novio de Gigliola, la hija del pastelero, pero con el tiempo llega a sentir una morbosa obsesión por Lila.
LA FAMILIA SPAGNUOLO (LA FAMILIA DEL PASTELERO):
El señor Spagnuolo, pastelero del bar-pastelería Solara.
Rosa Spagnuolo, esposa del pastelero.
Gigliola Spagnuolo, hija del pastelero, novia de Michele Solara.
Otros hijos.
LA FAMILIA AIROTA:
Guido Airota, profesor de literatura griega.
Adele, su mujer. Colabora en una editorial de Milán que publica la novela de Elena.
Mariarosa Airota, la hija mayor, profesora de historia del arte en Milán.
Pietro Airota, compañero de universidad de Elena y su novio, tiene por delante una brillante carrera universitaria.
LOS MAESTROS:
Ferraro, maestro y bibliotecario. Desde que Lila y Elena eran niñas, Ferraro las premió por su voracidad lectora.
La Oliviero, maestra. Fue la primera en darse cuenta del potencial de Lila y Elena. A los diez años, Lila escribió un cuento titulado El hada azul. A Elena le gustó mucho el cuento y se lo dio a la Oliviero para que lo leyese. Pero la maestra, enfadada porque los padres de Lila decidieron que su hija no cursara el bachillerato elemental, nunca dio su opinión sobre el cuento. Es más, dejó de ocuparse de Lila y se concentró únicamente en los resultados de Elena. Fallece como consecuencia de una larga enfermedad poco después de la licenciatura de Elena.
Gerace, profesor de bachillerato superior.
La Galiani, profesora del curso preuniversitario. Docente muy culta, comunista. No tarda en sentirse deslumbrada por la inteligencia de Elena. Le presta libros, la protege en su enfrentamiento con el profesor de religión, la invita a su casa a una fiesta que dan sus hijos. Su relación se enfría cuando Nino deja a Nadia, arrastrado por la pasión que siente por Lila.
OTROS PERSONAJES:
Gino, hijo del farmacéutico, primer novio de Elena.
Nella Incardo, prima de la maestra Oliviero. Vive en Barano, Ischia, y en verano alquila algunas habitaciones de su casa a la familia Sarratore. Hospedó a Elena durante unas vacaciones en la playa.
Armando, estudiante de medicina, hijo de la profesora Galiani.
Nadia, estudiante, hija de la profesora Galiani y novia de Nino, que rompe con ella en una carta que le envía desde Ischia cuando se enamora de Lila.
Bruno Soccavo, amigo de Nino Sarratore e hijo de un rico industrial de San Giovanni a Teduccio. Le da trabajo a Lila en la fábrica de embutidos de su familia.
Franco Mari, estudiante y novio de Elena en los primeros años de universidad.
Tiempo intermedio
1
Vi a Lila por última vez hace cinco años, en el invierno de 2005. Paseábamos muy de mañana por la avenida y, como nos ocurría desde hacía mucho tiempo, no conseguíamos sentirnos cómodas. Recuerdo que solo hablaba yo, ella canturreaba, saludaba a la gente que ni siquiera le contestaba, las raras veces en que me interrumpía se limitaba a pronunciar frases exclamativas, sin nexo evidente con lo que yo decía. A lo largo de los años habían pasado demasiadas cosas feas, algunas horribles, y para recuperar la confianza tendríamos que habernos confesado pensamientos secretos, pero yo no tenía fuerzas para encontrar las palabras, y a ella, que tal vez sí las tenía, no le apetecía, no le veía la utilidad.
Pese a todo, la quería mucho y cuando iba a Nápoles siempre intentaba verla, aunque debo reconocer que me daba un poco de miedo. Había cambiado mucho. La vejez se había cebado en ambas, pero mientras yo luchaba contra la tendencia a ganar peso, ella no cambiaba, estaba siempre en los huesos. Se cortaba ella misma el pelo, lo llevaba corto y muy canoso, no por decisión propia sino por dejadez. La cara muy ajada recordaba cada vez más a la de su padre. Reía con una risa nerviosa, casi un chillido, y hablaba en voz demasiado alta. Gesticulaba sin parar, dando al gesto una determinación tan feroz que era como si quisiera partir en dos los edificios, la calle, los transeúntes, a mí misma.
Estábamos llegando a la altura de la escuela primaria cuando un hombre joven que no conocía nos adelantó jadeando y le gritó que en un parterre, junto a la iglesia, habían encontrado el cadáver de una mujer. Apuramos el paso hacia los jardincillos, Lila me arrastró hacia el corrillo de curiosos abriéndose paso a empellones. La mujer, tendida de lado, era extraordinariamente gorda y vestía un impermeable pasado de moda color verde oscuro. Lila la reconoció enseguida, yo no: era nuestra amiga de la infancia Gigliola Spagnuolo, la ex mujer de Michele Solara.
No la veía desde hacía unos veinte años. La cara hermosa se había consumido, los tobillos se habían hecho enormes. El pelo, antes moreno, era ahora rojo fuego, largo como lo llevaba de jovencita, pero ralo y esparcido sobre la tierra removida. Llevaba un zapato muy gastado de tacón bajo en un pie; el otro pie estaba embutido en un calcetín de lana gris, agujereado en el dedo gordo, y el zapato se encontraba a un metro de distancia, como si lo hubiese perdido al patear por el dolor o el susto. Me eché a llorar, Lila me miró con fastidio.
Sentadas en un banco cercano, esperamos en silencio que se llevaran a Gigliola. Por ahora no se sabía qué le había ocurrido, ni cómo había muerto. Nos fuimos a casa de Lila, el antiguo y pequeño apartamento de sus padres en el que ahora vivía con su hijo Rino. Hablamos de nuestra amiga, Lila echó pestes de ella, la vida que había llevado, sus pretensiones, sus perfidias. Ahora era yo la que no conseguía escuchar, pensaba en aquella cara de perfil sobre la tierra, en lo ralo del pelo largo, en las zonas calvas blanquísimas del cráneo. Cuántos de los que habían sido niños con nosotras ya habían muerto, desaparecido de la faz de la tierra a causa de enfermedades, porque la nervadura no había resistido la lija del sufrimiento, porque su sangre había sido derramada. Nos quedamos un rato en la cocina, con desgana, sin que ninguna de las dos se decidiera a recoger, después volvimos a salir.
El sol del precioso día invernal daba a las cosas un aspecto sereno. El barrio viejo, a diferencia de nosotras, seguía idéntico. Resistían las casas bajas y grises, el patio de nuestros juegos, la avenida, las bocas negras del túnel y la violencia. Pero había cambiado el paisaje de alrededor. La verdosa extensión de los pantanos había desaparecido, la vieja fábrica de conservas estaba destruida. En su lugar, se veían los destellos de los rascacielos de cristal, en otros tiempos signo de un futuro radiante en el que nadie había creído nunca. Con el paso de los años, había registrado todos los cambios, a veces con curiosidad, aunque con frecuencia distraída. De niña había imaginado que más allá del barrio, Nápoles ofrecía maravillas. El rascacielos de la estación central, por ejemplo, me había impresionado mucho décadas antes, porque se levantaba planta tras planta, un esqueleto de edificio que entonces se nos antojaba altísimo, al lado de la audaz estación del ferrocarril. Cómo me sorprendía cuando pasaba por la piazza Garibaldi. Fíjate qué alto es, le decía a Lila, a Carmen, a Pasquale, a Ada, a Antonio, a todos los compañeros de entonces con los que me aventuraba a ir en dirección al mar, hasta el límite de los barrios ricos. Allá arriba, pensaba, viven los ángeles y seguramente disfrutan de toda la ciudad. Cómo me hubiera gustado escalarlo, subir hasta arriba del todo. Era nuestro rascacielos, a pesar de que se encontraba fuera del barrio, algo que veíamos crecer día tras día. Pero las obras se interrumpieron. Cuando regresaba a casa desde Pisa, el rascacielos de la estación, más que el símbolo de una comunidad que se renovaba, me parecía un nuevo nido de ineficiencia.
Por aquella época me convencí de que no había mucha diferencia entre el barrio y Nápoles, el malestar se deslizaba de uno a la otra sin solución de continuidad. Siempre que regresaba me encontraba con una ciudad cada vez más de mírame y no me toques, que no aguantaba los cambios de estación, el calor, el frío y, sobre todo, los temporales. Cuando no se inundaba la estación de la piazza Garibaldi, se venía abajo la Galería enfrente del museo o se producía un desprendimiento y nos quedábamos sin luz. Guardaba en mi memoria calles oscuras plagadas de peligros, el tráfico cada vez más caótico, el empedrado en mal estado, charcos enormes. Las alcantarillas sobrecargadas se desbordaban, soltaban chorros. Como ríos de lava, las aguas residuales, las inmundicias y las bacterias bajaban de las colinas cubiertas de obras flamantes y frágiles para descargar en el mar o erosionar el mundo de abajo. La gente moría a causa de la desidia, de la corrupción, de los atropellos; sin embargo, cuando llegaban las elecciones, daba su apoyo entusiasta a los políticos que le hacían la vida insoportable. En cuanto bajaba del tren, me movía con cautela por los lugares donde me había criado, procurando hablar siempre en dialecto como para dejar bien claro «soy de los vuestros, no me hagáis daño».
Cuando obtuve la licenciatura, cuando escribí a vuelapluma un relato que, de forma por completo inesperada, en pocos meses, se convirtió en libro, las cosas del mundo del que venía me parecieron aún más desmejoradas. Mientras que en Pisa, en Milán, me sentía bien, por momentos incluso feliz, cada vez que regresaba a mi ciudad temía que algo imprevisto me impidiera escapar de ella, que me arrebataran las cosas que había conquistado. No podría volver con Pietro, con quien iba a casarme pronto; me impedirían acceder al espacio pulcro de la editorial; no podría disfrutar ya de las atenciones de Adele, mi futura suegra, una madre como nunca había sido la mía. Ya en el pasado la ciudad me había parecido abarrotada, toda ella una muchedumbre de la piazza Garibaldi a la Forcella, en la Duchesca, en Lavinaio, en el Rettifilo. A finales de los años sesenta tuve la sensación de que la multitud había aumentado y de que la intolerancia, la agresividad, se extendían incontroladas. Una mañana fui hasta la via Mezzocannone, donde años antes había trabajado de dependienta en una librería. Había ido por curiosidad, para ver de nuevo el lugar donde me había deslomado, sobre todo para echar un vistazo a la universidad en la que nunca había entrado. Quería compararla con la de Pisa, con la Escuela Normal, esperaba incluso encontrarme con los hijos de la profesora Galiani —Armando, Nadia— y jactarme de mis logros. Pero la calle, los espacios universitarios me llenaron de angustia, estaban repletos de estudiantes napolitanos y de la provincia y de todo el sur, jóvenes bien vestidos, bulliciosos, seguros de sí mismos, y muchachos de modales toscos y a la vez serviles. Se amontonaban en las entradas, dentro de las aulas, delante de las secretarías donde se formaban largas colas a menudo pendencieras. Tres o cuatro se liaron a bofetadas sin previo aviso a unos pasos de mí, como si les hubiese bastado con verse para llegar a una explosión de insultos y golpes, una furia de machos que gritaba sus ansias de sangre en un dialecto que hasta a mí me costaba entender. Huí de allí, como si algo amenazante me hubiese rozado en un lugar que imaginaba seguro, habitado solo de buenas razones.
En una palabra, cada año me parecía peor. En aquella época de lluvias, la ciudad había vuelto a quebrarse, un edificio entero se había inclinado de lado como una persona que se apoya en el brazo de un viejo sillón y el brazo cede. Muertos, heridos. Y gritos, palizas, cartas bomba. Era como si la ciudad guardase en sus vísceras una furia que no conseguía salir y por eso la erosionaba, o estallaba en pústulas en la superficie, henchidas de veneno contra todos, niños, adultos, ancianos, gente de otras ciudades, norteamericanos de la OTAN, turistas de todas las nacionalidades, los mismos napolitanos. ¿Cómo se podía resistir en aquel lugar de desorden y peligro, en los suburbios, en el centro, en las colinas, al pie del Vesubio? Qué fea impresión me había causado San Giovanni a Teduccio, el viaje para llegar hasta allí. Qué fea impresión me había causado la fábrica donde trabajaba Lila, y la propia Lila, Lila con su hijo pequeño, Lila que vivía en un edificio miserable con Enzo aunque no durmieran juntos. Me había contado que él quería estudiar el funcionamiento de los ordenadores y ella intentaba ayudarlo. Se me había quedado grabada su voz que trataba de borrar San Giovanni, los embutidos, el olor de la fábrica, su condición, citándome con fingida pericia siglas como: Centro de Cibernética de la Universidad Estatal de Milán, Centro Soviético para la Aplicación de los Ordenadores a las Ciencias Sociales. Quería hacerme creer que no tardaría en crearse un centro así también en Nápoles. Y pensé: En Milán, a lo mejor, en la Unión Soviética seguramente, pero no aquí, aquí son locuras de tu imaginación desbocada a las que también estás arrastrando al pobre y leal Enzo. Mejor irse. Marcharse definitivamente, lejos de la vida que habíamos experimentado desde el nacimiento. Establecerse en territorios bien organizados donde de verdad todo era posible. Y me largué, vaya si me largué. Aunque para descubrir en las décadas siguientes que me había equivocado, que se trataba de una cadena con eslabones cada vez más grandes: el barrio remitía a la ciudad, la ciudad a Italia, Italia a Europa, Europa a todo el planeta. Hoy lo veo así: no es el barrio el que está enfermo, no es Nápoles, sino el planeta, es el universo, o los universos. La habilidad consiste en ocultar u ocultarse el verdadero estado de las cosas.
De eso hablé aquella tarde con Lila, en el invierno de 2005, con énfasis y a manera de enmienda. Quería reconocerle que ella lo había entendido todo desde niña, sin haber salido nunca de Nápoles. Pero me avergoncé casi enseguida, noté en mis palabras el pesimismo irascible del que envejece, el tono que, lo sabía, ella detestaba. De hecho me enseñó los dientes envejecidos esbozando una sonrisa que era una mueca nerviosa y dijo:
—¿Te las das de sabihonda, sueltas sentencias? ¿Qué intenciones tienes? ¿Quieres escribir sobre nosotros? ¿Quieres escribir sobre mí?
—No.
—Di la verdad.
—Sería demasiado complicado.
—Pero lo has pensado, lo estás pensando.
—Lo cierto es que sí.
—Debes dejarme en paz, Lenù. Debes dejarnos en paz a todos. Nosotros debemos desaparecer, no nos merecemos nada, ni Gigliola ni yo, nadie.
—Eso no es verdad.
Puso una cara fea, de descontento y me escrutó con las pupilas que apenas se le veían, los labios entrecerrados.
—Está bien —dijo—, escribe si tanto te empeñas, escribe sobre Gigliola, sobre quien te dé la gana. Pero sobre mí no, ni se te ocurra, prométemelo.
—No escribiré sobre nadie, tampoco sobre ti.
—Cuidado que te vigilo.
—¿Sí?
—Voy a entrar en tu ordenador, te leeré los archivos, los borraré.
—Anda ya.
—¿Crees que no soy capaz?
—Sé que eres capaz. Pero sé protegerme.
Se rió a su antigua manera malvada.
—De mí no.
2
Nunca se me olvidarán aquellas tres palabras, fue lo último que me dijo: «De mí no». Ya llevo varias semanas escribiendo de firme, sin perder tiempo en releer lo escrito. Si Lila sigue viva —fantaseo mientras bebo el café a sorbos y contemplo el Po golpear contra los pilares del puente Principessa Isabella—, no sabrá resistirse, vendrá a curiosear en mi ordenador, leerá, y como es una vieja maniática se enojará por mi desobediencia, querrá entrometerse, corregirá, añadirá, se olvidará de su afán por desaparecer. Después enjuago la taza, vuelvo al escritorio, retomo la escritura a partir de aquella fría primavera en Milán, de aquella noche en la librería, desde la que han pasado más de cuarenta años, cuando el hombre de las gafas gruesas habló con sarcasmo de mí y de mi libro delante de todos, y yo contesté temblando, de forma confusa. Hasta que de repente se levantó Nino Sarratore, casi irreconocible por la barba descuidada, negrísima, y atacó con dureza a quien me había atacado. A partir de ese momento todo mi ser empezó a gritar en silencio su nombre —cuánto hacía que no lo veía, cuatro, cinco años— y pese a estar helada por los nervios noté que me ruborizaba.
En cuanto Nino terminó su intervención, el hombre pidió la réplica con gesto contenido. Estaba claro que se lo había tomado a mal, pero me sentía demasiado alborotada por emociones violentas para comprender enseguida el porqué. Naturalmente me había dado cuenta de que la intervención de Nino había desplazado el discurso de la literatura a la política, y de forma agresiva, casi irrespetuosa. Sin embargo, en ese momento no le di demasiada importancia a la cuestión, no lograba perdonarme el no haber sabido resistir al enfrentamiento, el haberme mostrado incoherente frente a un público muy culto. Y eso que yo era buena. En el curso preuniversitario había reaccionado a la condición de desventaja tratando de ser como la profesora Galiani, me había apropiado de sus tonos, de su lenguaje. En Pisa, aquel modelo de mujer no había sido suficiente, allí tuve que vérmelas con personas muy combativas. Franco, Pietro, todos los estudiantes que destacaban y, por supuesto, los profesores prestigiosos de la Normal, se expresaban con un lenguaje complejo, escribían con cuidadísimo artificio, tenían una habilidad categorizadora, una claridad lógica, que la Galiani no poseía. Pero me ejercité para ser como ellos. A menudo lo había conseguido, me había parecido que dominaba las palabras hasta el punto de eliminar para siempre las incongruencias de estar en el mundo, la aparición de las emociones, los discursos angustiados. En una palabra, sabía recurrir a una forma de hablar y escribir que, mediante un vocabulario muy selecto, un estilo amplio y meditado, la disposición insistente de los razonamientos y una pulcritud formal que no debía faltar nunca, apuntaba a aniquilar al interlocutor hasta el punto de quitarle las ganas de objetar. Pero aquella noche las cosas no habían salido como debían. Primero Adele y sus amigos, a los que imaginaba de finísimas lecturas, y después el hombre de las gafas gruesas, me habían intimidado. Había vuelto a ser la chiquilla voluntariosa que venía del barrio, la hija del conserje con acento dialectal del sur, que no salía de su asombro al comprobar que había ido a parar a aquel sitio para interpretar el papel de la escritora joven y culta. Y así perdí confianza y me expresé sin convicción, desordenadamente. Sin contar a Nino. Su aparición me quitó por completo el control, y la calidad de su intervención en mi defensa me confirmó que, de repente, había perdido mis habilidades. Proveníamos de ambientes no muy diferentes, los dos nos habíamos esforzado por conquistar ese lenguaje. Sin embargo, él no solo lo había utilizado con naturalidad, volviéndolo con facilidad contra su interlocutor, sino que, a intervalos, cuando le parecía necesario, se permitió incluso sembrar intencionadamente el desorden en aquel italiano refinado, usando un descarado desprecio que no tardó en hacer notar lo obsoleto y quizá también lo ridículo del tono profesoral del hombre de las gafas gruesas. Así, cuando vi que este último quería volver a hablar, pensé: Se ha enfadado mucho y si antes ha hablado mal de mi libro, ahora hablará todavía peor para humillar a Nino porque lo ha defendido.
Pero el hombre parecía centrado en otra cosa, no volvió a referirse a mi novela, no me involucró más. Se concentró en algunas fórmulas que Nino había utilizado marginalmente, pero que había repetido varias veces: expresiones como «soberbia propia de barones», «literatura antiautoritaria». Solo entonces comprendí que su enfado se debía a la tensión política del discurso. No le había gustado aquel léxico y lo subrayó quebrando la voz profunda con un imprevisto falsete sarcástico: «¿De manera que la audacia del conocimiento se define hoy como soberbia, de manera que la literatura se ha convertido en antiautoritaria?». A continuación se lanzó a jugar agudamente con la palabra «autoridad», gracias a Dios —dijo—, una barrera contra los jóvenes poco cultivados que van soltando sentencias sobre todo y al buen tuntún, recurriendo a las tonterías aprendidas en a saber qué curso alternativo de la Estatal. Y habló largo y tendido sobre el tema, dirigiéndose al público, nunca directamente a Nino o a mí. Hacia el final, se concentró primero en el anciano crítico sentado a mi lado y luego directamente en Adele, quizá desde el principio verdadero objetivo de la polémica. No tengo nada contra los jóvenes, dijo a modo de síntesis, sino contra los adultos titulados que, por interés, están siempre dispuestos a aprovechar la estupidez del momento. Y con eso se calló al fin e hizo ademán de marcharse con suaves pero enérgicos disculpe, permiso, gracias.
Los presentes se levantaron y lo dejaron pasar, hostiles y sin embargo deferentes. A esas alturas me quedó definitivamente claro que era un hombre de prestigio, un prestigio de una magnitud que hasta la propia Adele respondió a su colérico gesto de saludo con un cordial: Gracias, hasta la vista. Quizá por eso Nino sorprendió un poco a todos cuando, de forma imperativa y a la vez burlona, dando a entender que sabía con quién se la jugaba, lo llamó con el título de profesor, «Profesor, adónde va, no se me escape» y, acto seguido, gracias a la agilidad de sus largas piernas, le cortó la salida, se enfrentó a él, le dijo frases en esa nueva lengua suya que, desde donde yo estaba, oí a medias y entendí a medias, pero que debían de ser como cables de acero bajo un sol intenso. El hombre escuchó inmóvil, sin impaciencia, luego hizo un gesto con la mano que significaba apártate y se dirigió hacia la salida.
3
Aturdida, me levanté de la mesa; no conseguía asimilar que Nino estuviera realmente allí, en Milán, en aquella salita. Y sin embargo, allí estaba, venía hacia mí sonriendo, pero con paso mesurado, sin prisa. Nos estrechamos la mano, la suya estaba muy caliente, la mía, helada, y nos dijimos cuánto nos alegrábamos de vernos después de tanto tiempo. Saber que por fin había pasado lo peor de la velada y que ahora él estaba frente a mí, en carne y hueso, atenuó mi mal humor pero no mi inquietud. Se lo presenté al crítico que había elogiado generosamente mi libro, le dije que era un amigo de Nápoles, que habíamos hecho juntos el curso preuniversitario. A pesar de haber recibido también alguna estocada de Nino, el profesor fue amable, lo elogió por la forma en que había tratado a aquel tipo, se refirió a Nápoles con simpatía, se dirigió a él como a un alumno brillante al que hay que animar. Nino contó que vivía en Milán desde hacía años, se dedicaba a la geografía económica, pertenecía —y sonrió— a la categoría más miserable de la pirámide académica, es decir, la de los ayudantes. Lo hizo de un modo cautivador, sin el tono enfurruñado que utilizaba de muchacho, y tuve la impresión de que llevaba una armadura más ligera que aquella otra que me había fascinado en el curso preuniversitario, como si se hubiese desprendido de pesos excesivos para poder batirse más rápidamente y con elegancia. Noté con alivio que no llevaba alianza.
Entretanto algunas de las amigas de Adele se habían acercado para que les firmase el libro, algo que me emocionó, era la primera vez que me ocurría. Vacilé; no quería perder de vista a Nino ni un solo instante, pero al mismo tiempo quería atenuar la impresión de mocetona torpe que debía de haberles causado. Lo dejé con el profesor anciano —se llamaba Tarratano— y atendí con cortesía a mis lectoras. Quería darme prisa, pero los ejemplares eran nuevos, olían a imprenta, muy distintos de los libros raídos y malolientes que Lila y yo sacábamos de la biblioteca del barrio, y no tuve valor de emborronarlos a la ligera con el bolígrafo. Hice gala de mi mejor letra, la de la época de la maestra Oliviero, me inventé unas dedicatorias elaboradas que causaron cierta impaciencia en las señoras que esperaban. Lo hice con el corazón desbocado, vigilando a Nino. Temblaba de solo pensar que se fuera.
No lo hizo. Adele se había acercado a él y a Tarratano, y Nino se dirigía a ella con deferencia y desenvoltura a la vez. Me acordé de cuando hablaba con la profesora Galiani en los pasillos del instituto, y no tardé nada en unir mentalmente al alumno brillante de entonces con el hombre joven de ahora. Descarté, sin dudarlo, como una desviación inútil que nos había hecho sufrir a todos, al estudiante universitario de Ischia, al amante de mi amiga casada, al muchacho perdido que se escondía en el retrete de la tienda de la piazza dei Martiri y que era el padre de Gennaro, un niño al que jamás había visto. La irrupción de Lila lo había desviado, para qué negarlo, pero —en aquel momento me pareció evidente— no había sido más que un paréntesis. Por más intensa que hubiese sido aquella experiencia, por más que lo hubiese marcado profundamente, había terminado. Nino se había reencontrado a sí mismo y me alegré. Pensé: Debo contarle a Lila que lo he visto, que está bien. Después cambié de idea: No, no se lo contaré.
Cuando terminé con las dedicatorias, la salita estaba casi vacía. Adele me cogió una mano con delicadeza, me alabó mucho por la forma en que había hablado de mi libro y por cómo había contestado a la pésima intervención —así la definió— del hombre de las gafas gruesas. Al ver que yo negaba haberlo hecho bien (me constaba que no era cierto), pidió a Nino y a Tarratano que se pronunciaran; naturalmente, los dos se deshicieron en elogios. Nino llegó a decir, mientras me miraba serio: «No se imaginan ustedes cómo era esta chica ya en el bachillerato superior, inteligente, culta, muy valiente y hermosa». Mientras yo notaba que me ardían las mejillas, se puso a hablar con una gracia irónica sobre mi conflicto de años antes con el profesor de religión. Adele lo escuchaba, riendo a menudo. En nuestra familia, dijo, nos dimos cuenta enseguida de las cualidades de Elena, y luego anunció que había reservado mesa para cenar en un sitio cerca de allí. Me alarmé, murmuré incómoda que estaba cansada y no tenía hambre, insinué que como hacía mucho que no nos veíamos, me habría gustado mucho dar un breve paseo con Nino antes de irme a dormir. Sabía que era una descortesía por mi parte, la cena era una ocasión para agasajarme y agradecer a Tarratano el apoyo dado al libro, pero no supe contenerme. Adele me miró un instante con expresión irónica, replicó que, por supuesto, mi amigo también estaba invitado y, misteriosa, como para resarcirme del sacrificio que yo hacía, añadió: Te tengo reservada una sorpresa. Miré a Nino con inquietud: ¿Aceptaría la invitación? Dijo que no quería molestar, echó un vistazo al reloj, aceptó.
4
Salimos de la librería. Adele se adelantó discretamente con Tarratano, Nino y yo los seguimos. No tardé en comprobar que no sabía qué decirle, temía que cada palabra fuera equivocada. Se encargó él de evitar el silencio. Elogió otra vez mi libro, se puso a hablar con mucho aprecio de los Airota (los definió como «la más respetable de las familias de Italia que valen algo»), dijo que conocía a Mariarosa («siempre está en primera línea, hace dos semanas tuvimos una discusión impresionante»), me felicitó porque acababa de enterarse por Adele que estaba comprometida con Pietro; me dejó de piedra cuando dijo conocer su libro sobre los ritos báquicos; pero sobre todo habló con deferencia del cabeza de familia, el profesor Guido Airota, «un hombre verdaderamente excepcional». Me molestó un poco que ya supiera lo de mi compromiso y me incomodó que el elogio de mi libro sirviera de introducción al elogio mucho más encendido de toda la familia de Pietro, del libro de Pietro. Lo interrumpí, le pregunté sobre él, pero se mostró vago, se refirió de pasada a un librito a punto de publicarse que definió como aburrido pero de lectura obligada. Insistí, le pregunté si le habían resultado difíciles los primeros años en Milán. Me contestó con frases genéricas sobre los problemas que se tienen cuando se viene del sur sin un céntimo en el bolsillo. Y de improviso me preguntó:
—¿Has vuelto a vivir a Nápoles?
—Por ahora sí.
—¿En el barrio?
—Sí.
—Yo he roto definitivamente con mi padre y ya no veo a nadie de mi familia.
—Qué lástima.
—Es mejor así. Lo único que siento es no tener noticias de Lina.
Por un instante pensé que me había equivocado, que Lila nunca había salido de su vida, que no había venido a la librería por mí sino solo para saber de ella. Después me dije: Si de veras hubiera querido noticias de Lila, en todos estos años habría encontrado la manera de informarse, y reaccioné impulsivamente, con el tono rotundo de quien quiere cerrar un tema deprisa:
—Ha dejado a su marido y vive con otro.
—¿Qué ha tenido, un niño o una niña?
—Un niño.
—Lina es valiente, incluso demasiado —dijo, con una mueca de descontento—. Pero no sabe adaptarse a la realidad, es incapaz de aceptar a los demás y aceptarse a sí misma. Quererla fue una experiencia difícil.
—¿En qué sentido?
—No sabe qué es la entrega.
—¿No exageras un poco?
—No, está mal hecha, en la cabeza y en todo, también en el sexo.
Aquellas últimas palabras —«también en el sexo»— me impresionaron más que las otras. ¿De modo que Nino tenía un juicio negativo sobre su relación con Lila? ¿De modo que, turbándome, acababa de decirme que aquella opinión incluía también la esfera sexual? Por un instante miré fijamente las siluetas oscuras de Adele y su amigo que caminaban delante de nosotros. La turbación se transformó en inquietud, percibí que «también en el sexo» era un preámbulo, que él quería ser aún más explícito. Años atrás, poco después de casarse, Stefano se había franqueado conmigo, me contó sus problemas con Lila, pero lo había hecho sin referirse nunca al sexo, en el barrio nadie lo habría hecho al hablar de la mujer a la que quería. Era impensable, por ejemplo, que Pasquale me hablara de la sexualidad de Ada o, peor aún, que Antonio hablara con Carmen o Gigliola de mi sexualidad. Era algo que se hacía entre hombres —con vulgaridad, cuando a nosotras, las chicas, no nos apreciaban o dejaban de apreciarnos—, pero entre hombres y mujeres, no. Intuí que Nino, el nuevo Nino, consideraba del todo normal tratar conmigo el tema de las relaciones sexuales que había tenido con mi amiga. Me sentí incómoda, me eché atrás. De esto, pensé, tampoco debo hablarle nunca a Lila; entretanto dije con fingida desenvoltura: Agua pasada, no nos pongamos tristes, hablemos de ti, ¿en qué trabajas, qué perspectivas tienes en la universidad, dónde vives, vives solo? Pero seguramente puse demasiado entusiasmo, debió de notar que me había escabullido a toda prisa. Sonrió irónico, iba a responderme. Pero habíamos llegado al restaurante, entramos.
5
Adele distribuyó los sitios: yo al lado de Nino y enfrente de Tarratano, ella al lado de Tarratano y enfrente de Nino. Pedimos, y, mientras, la conversación derivó hacia el hombre de las gafas gruesas, un profesor de literatura italiana —según entendí— asiduo colaborador del Corriere della Sera, democristiano. Esta vez ni Adele ni su amigo se mordieron la lengua. Fuera del ritual de la librería, al referirse a aquel tipo echaron pestes y alabaron a Nino por la forma en que le había hecho frente y lo había desarmado. Se divirtieron sobre todo recordando las palabras con las que él lo había atacado cuando abandonaba la sala, frases que ellos habían oído y yo no. Le preguntaron la formulación exacta, Nino evitó responder, dijo que no se acordaba. Después las palabras fueron saliendo, quizá reinventadas para la ocasión, algo así como «con tal de salvaguardar la autoridad en cada una de sus formas, usted estaría dispuesto a suspender la democracia». A partir de ese momento solo hablaron ellos tres, con creciente fervor, de los servicios secretos, de Grecia, de las torturas en las cárceles de aquel país, de Vietnam, de la inesperada aparición del movimiento estudiantil no solo en Italia sino en Europa y el mundo, de un artículo del profesor Airota aparecido en la revista Il Ponte —con el que Nino dijo estar de acuerdo palabra por palabra— sobre el estado de la investigación y la enseñanza en la universidad.
—Le diré a mi hija que le ha gustado —comentó Adela—. A Mariarosa le pareció malo.
—Mariarosa solo se apasiona con aquellas cosas que el mundo no puede dar.
—Así es, exactamente así.
Yo no sabía nada de aquel artículo de mi futuro suegro. Aquello hizo que me sintiera incómoda, me quedé escuchando en silencio. Primero los exámenes, luego la tesis de final de carrera, luego el libro y su publicación apresurada habían absorbido gran parte de mi tiempo. Estaba informada de los acontecimientos mundiales solo por encima y poco o nada había oído hablar sobre estudiantes, manifestaciones, enfrentamientos, heridos, detenciones, sangre. Como ya no estaba en la universidad, cuanto sabía realmente sobre aquel caos eran los refunfuños de Pietro, que se quejaba de lo que en sus cartas definía como «idioteca pisana». En consecuencia notaba a mi alrededor un escenario de trazos confusos. Trazos que, por el contrario, mis comensales parecían saber descifrar con precisión extrema, Nino mejor que los otros. Estaba a su lado, escuchaba, nuestros brazos se rozaban, solo un contacto a través de la tela que, sin embargo, me emocionaba. Había conservado su inclinación por las cifras: desgranaba datos sobre los inscritos en la universidad, ya eran multitud, y sobre la capacidad real de los edificios, sobre las horas efectivamente trabajadas por los barones, sobre cuántos, más que dedicarse a investigar y enseñar, se sentaban en el Parlamento o en los consejos de administración o se dedicaban a asesorías muy bien remuneradas y al ejercicio privado de la profesión. Adele asentía, su amigo también, a veces intervenían para hablar de personas que nunca había oído nombrar. Me sentí excluida. La celebración por mi libro ya no ocupaba el primer lugar en sus pensamientos, mi suegra parecía haber olvidado la sorpresa que me había anunciado. Susurré una disculpa y me levanté, Adele hizo un gesto distraído, Nino siguió hablando con pasión. Tarratano debió de pensar que me aburría y, solícito, dijo con voz casi inaudible:
—No tarde, me interesa mucho su opinión.
—No tengo opinión —contesté con media sonrisa.
—Una escritora —dijo sonriendo a su vez— siempre debe inventarse una.
—Tal vez no sea escritora.
—Sí que lo es.
Fui al lavabo. Nino siempre había tenido la capacidad de mostrarme mi atraso en cuanto abría la boca. Tengo que ponerme a estudiar, pensé, ¿cómo he podido descuidarme tanto? Claro, si me lo propongo, con las palabras sé simular algo de competencia, algo de pasión. Pero no puedo seguir así, he aprendido demasiadas cosas que no sirven y muy poco de las que sirven. Desde que terminó mi historia con Franco, he perdido la poca curiosidad que sentía por el mundo que él me transmitió. Y el compromiso con Pietro no me ha ayudado, lo que a él no le interesa ha dejado de interesarme a mí. Qué distinto es Pietro de su padre, de su hermana, de su madre. Y, sobre todo, qué distinto es de Nino. De haber sido por él, tampoco habría escrito mi novela. La aceptó casi con fastidio, como una infracción a las normas académicas. Tal vez esté exagerando y solo sea culpa mía. Soy una muchacha limitada, consigo concentrarme en una sola cosa a la vez y excluyo todo lo demás. Pero ahora cambiaré. En cuanto termine esta cena aburrida me llevaré a Nino conmigo, lo obligaré a pasear toda la noche, le preguntaré qué libros debo leer, qué películas debo ver, qué música debo escuchar. Lo cogeré del brazo y le diré: Tengo frío. Propósitos confusos, proposiciones incompletas. Me oculté a mí misma la inquietud que sentía, solo me dije: Podría ser la única ocasión que tenemos, mañana me iré, no lo veré más.
Entretanto me miraba en el espejo con rabia. Tenía cara de cansada, los granitos en la barbilla y las ojeras violáceas anunciaban la regla. Soy fea y bajita, tengo demasiado pecho. Debería haber comprendido hace mucho que nunca le he gustado, no es casualidad que prefiriera a Lila. Pero ¿con qué resultado? «Está mal hecha también en el sexo», dijo. Hice mal en escaparme por la tangente. Debí mostrar curiosidad, dejarlo continuar. Si vuelve a sacar el tema seré más desinhibida, le diré: ¿Cuándo una chica está mal hecha en el sexo? Te lo pregunto, le comentaré riendo, para corregirme yo también, llegado el caso. Suponiendo que eso pueda corregirse, quién sabe. Recordé con asco lo ocurrido con su padre en la playa dei Maronti. Pensé en cuando hacía el amor con Franco en la camita de su cuarto de Pisa. ¿Y si en aquellas ocasiones había hecho algo mal que fue notado pero que me fue ocultado? Y si esa misma noche, vamos a suponer, me diera por acostarme con Nino, ¿volvería a equivocarme, hasta tal punto que él pensaría: Está mal hecha como Lila, y hablaría de ello a mis espaldas con sus amigas de la Estatal, puede que incluso con Mariarosa?
Me di cuenta de lo desagradable de aquellas palabras, tendría que habérselas reprochado. De aquellas relaciones equivocadas, debería haberle dicho, de una experiencia sobre la que ahora emites un juicio negativo, nació un hijo, el pequeño Gennaro, que es muy inteligente; no está bien que hables así, la cuestión no puede reducirse a quien está mal hecha o bien hecha, Lila se arruinó por ti. Y decidí: cuando me quite de encima a Adele y a su amigo, cuando me acompañe al hotel, volveré sobre el tema y se lo diré.
Salí del lavabo. Regresé a la sala, descubrí que en mi ausencia la situación había cambiado. En cuanto mi suegra me vio, agitó una mano y alegre, con las mejillas encendidas, anunció: Por fin ha llegado la sorpresa. La sorpresa era Pietro, estaba sentado a su lado.
6
Mi novio se levantó de un salto, me abrazó. Nunca le había contado nada de Nino. Le había mencionado a Antonio, pocas palabras, y algo le había dicho de mi relación con Franco que, por lo demás, era bien conocida en el ambiente estudiantil pisano. A Nino no lo había nombrado siquiera. Era una historia que me hacía daño, tenía momentos penosos de los que me avergonzaba. Contarla suponía confesar que amaba desde siempre a una persona como jamás lo amaría a él. Y darle un orden, un sentido, suponía hablar de Lila, de Ischia, tal vez llegar hasta el punto de reconocer que el episodio de sexo con un hombre maduro, tal como figuraba en mi libro, se inspiraba en una experiencia real en la playa dei Maronti, una decisión de muchachita desesperada que ahora, al cabo de tanto tiempo, me parecía algo repugnante. Así que asuntos míos, me había guardado mis secretos. Si Pietro se hubiese enterado, habría comprendido fácilmente el motivo del descontento con el que lo recibía.
Se sentó otra vez a la cabecera de la mesa, entre su madre y Nino. Se zampó el filete, bebió vino, pero me miraba alarmado, notaba mi mal humor. Seguramente se sentía culpable por no haber llegado a tiempo y por haberse perdido un acontecimiento importante de mi vida, porque su desinterés podía interpretarse como un signo de que no me amaba, porque me había dejado entre extraños sin el consuelo de su afecto. Difícil decirle que mi cara triste, mi mutismo, tenían su explicación precisamente en el hecho de que no hubiese estado ausente hasta el final, de que se hubiese entrometido entre Nino y yo.
Por otra parte, esto último me hacía aún más infeliz. Estaba sentado a mi lado pero no me dirigía la palabra. Parecía contento de la llegada de Pietro. Le servía vino, le ofrecía sus cigarrillos, le encendía uno, y ahora los dos exhalaban humo con los labios apretados, hablaban del pesado viaje en coche de Pisa a Milán, del placer de conducir. Me impresionó qué diferentes eran: Nino, enjuto, bamboleante, la voz alta y cordial; Pietro, fornido, con su cómica madeja de pelo enredado sobre la frente enorme, las carnosas mejillas despellejadas por la navaja de afeitar, la voz normalmente baja. Parecían felices de haberse conocido, algo bastante anómalo en Pietro, siempre distante. Nino lo asediaba, se mostraba realmente interesado por sus estudios («He leído en alguna parte un artículo en el que contrapones la leche y la miel al vino y a cualquier otra forma de ebriedad»), lo animaba a hablarle del ello, y mi novio, que, en general, tendía a no decir nada sobre esos temas, cedía, corregía con afabilidad, se abría. Cuando Pietro empezaba a tomar confianza, intervino Adele.
—Basta de charla —le dijo a su hijo—. ¿Y la sorpresa para Elena?
La miré insegura. ¿Había más sorpresas? ¿No bastaba que Pietro hubiese conducido durante horas sin parar para llegar al menos a la cena en mi honor? Pensé en mi novio con curiosidad, exhibía el gesto enfurruñado que le conocía y que ponía cuando las circunstancias lo obligaban a hablar bien de sí mismo en público. Me anunció, casi con un susurro, que ya era profesor titular, un jovencísimo profesor titular con cátedra en Florencia. Así, como por arte de magia, como era habitual en él. No presumía nunca de su pericia, yo sabía poco o nada de cuánto lo apreciaban como estudioso, me ocultaba las pruebas durísimas a las que se sometía. Y ahora, soltaba así aquella noticia, con desprecio, como obligado por su madre, como si para él no significase gran cosa. Sin embargo, suponía un notable prestigio para alguien tan joven, suponía seguridad económica, suponía marcharse de Pisa, suponía sustraerse a un ambiente político y cultural que, no sé por qué, lo exasperaba desde hacía meses. Sobre todo suponía que en otoño, a más tardar a principios del año siguiente, nos casaríamos y yo me iría de Nápoles. Nadie apuntó a esto último, todos se limitaron a darnos la enhorabuena tanto a Pietro como a mí. También Nino, que enseguida echó un vistazo al reloj, soltó algunas frases ácidas sobre las carreras universitarias y exclamó que lo sentía mucho pero que debía marcharse.
Nos levantamos todos. No sabía qué hacer, busqué inútilmente su mirada, sentí dentro de mí una gran pena. Fin de la velada, ocasión perdida, deseos frustrados. Ya en la calle esperé que me diera un número de teléfono, una dirección. Se limitó a estrecharme la mano y a desearme lo mejor de lo mejor. A partir de ese momento tuve la impresión de que con cada uno de sus movimientos me excluía a propósito. A modo de despedida esbocé una media sonrisa agitando la mano en el aire como si empuñara una estilográfica. Era una súplica, significaba: Sabes dónde vivo, escríbeme, te lo ruego. Pero ya me había dado la espalda.
7
Le di las gracias a Adele y a su amigo por las molestias que se habían tomado por mí y mi libro. Los dos se deshicieron en sinceros elogios a Nino, hablándome como si yo hubiese contribuido a criarlo y a que llegara a ser tan simpático e inteligente. Pietro no dijo nada, se limitó a hacer un gesto un tanto nervioso cuando su madre le rogó que regresara temprano, pues ambos se alojaban en casa de Mariarosa. Me apresuré a decirle: No hace falta que me acompañes, ve con tu madre. A nadie se le ocurrió pensar que lo decía en serio, que estaba triste y prefería estar sola.
Durante todo el trayecto me mostré arisca. Me quejé de que Florencia no me gustaba, y no era cierto. Me quejé y dije que no quería seguir escribiendo, que quería enseñar, y no era cierto. Me quejé de que estaba cansada, de que tenía mucho sueño, y no era cierto. Y no acabó ahí la cosa, cuando Pietro me anunció sin rodeos que quería conocer a mis padres, le grité: Estás loco, a mi familia la dejas en paz, no tienes nada que ver con ellos y ellos no tienen nada que ver contigo. Entonces me preguntó asustado:
—¿Ya no quieres que nos casemos?
Estuve a punto de contestarle: No, no quiero, pero me mordí la lengua a tiempo, sabía que eso tampoco era cierto. Con un hilo de voz le dije: Perdóname, estoy deprimida, claro que quiero casarme contigo, y lo aferré de la mano, entrelacé mis dedos con los suyos. Era un hombre inteligente, extraordinariamente culto y bueno. Lo quería, no era mi intención hacerlo sufrir. Sin embargo, precisamente cuando le estrechaba la mano, precisamente cuando le confirmaba que quería casarme con él, supe con claridad que si aquella noche no se hubiese presentado en el restaurante, habría intentado acostarme con Nino.
Me costó hacerme esa confesión. Sin duda era una mala acción que Pietro no se merecía y, pese a ello, la habría cometido de buena gana y sin remordimientos. Habría encontrado la manera de atraer a Nino después de todos los años transcurridos, de la primaria al preuniversitario, hasta la época de Ischia y de la piazza dei Martiri. Me habría acostado con él, aunque aquella frase que había dicho sobre Lila no me había gustado y me angustiaba. Me habría acostado con él y nunca se lo habría contado a Pietro. A lo mejor se lo habría contado a Lila, pero a saber cuándo, en todo caso cuando fuéramos viejas, cuando imaginaba que ni a ella ni a mí ya nada podía importarnos. El tiempo, como en todo, era decisivo. Nino habría durado una sola noche, me habría dejado por la mañana. Pese a que lo conocía de toda la vida, estaba lleno de fantasías, conservarlo para siempre habría sido imposible, venía de la infancia, estaba construido con deseos infantiles, carecía de concreción, no se asomaba al futuro. En cambio Pietro era de ahora, macizo, una piedra de lindero. Delimitaba una tierra muy nueva para mí, una tierra de buenas razones, gobernada por normas recibidas de su familia que daban sentido a todas las cosas. Regían grandes ideales, el culto al buen nombre, cuestiones de principio. Nada de lo relacionado con los Airota era casualidad. Casarse, por ejemplo, suponía contribuir a una batalla laica. Los padres de Pietro se habían casado solo por lo civil y Pietro, que, por lo que yo sabía, tenía una vasta cultura religiosa, y tal vez por eso mismo nunca se habría casado por la iglesia,
