El círculo de mujeres de la doctora Tan

Lisa See

Fragmento

 g-1

Nota de la autora

 

 

 

Esta historia da comienzo en 1469, en el quinto año del reinado del emperador Chenghua, cuando Tan Yunxian tenía ocho años. El título de su libro se ha traducido de diferentes maneras: Los dichos de una doctora, Miscelánea de casos de una doctora y Comentarios de una médica.

El primer sistema para transcribir el chino al alfabeto latino fue obra de Matteo Ricci y Michele Ruggieri entre 1583 y 1588, mucho después de los acontecimientos que relata esta novela. He utilizado por tanto el sistema pinyin de transliteración de palabras chinas, adoptado por la República Popular China en 1979 e internacionalmente en 1982.

Por último, es posible que los lectores no estén familiarizados con las tradiciones de la medicina china, y no pretendo declararme a favor ni en contra de ellas, pero confío en que tengan en cuenta el panorama general de la época en la que se desarrolla la historia.

Colón no avistó las Américas hasta treinta y un años después del nacimiento de Tan Yunxian, mientras que el asentamiento inglés de Jamestown no se fundó hasta cincuenta y un años después de su muerte.

La tradición médica occidental de la época en la que Tan Yunxian ejercía explicaba la enfermedad como un desequilibrio o una corrupción de los cuatro humores (sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra, que se consideraban los principales líquidos del cuerpo), o como un castigo por los pecados cometidos por el paciente. La mayoría de las medicinas occidentales se formulaban a partir de alcohol y hierbas, y las sangrías con sanguijuelas eran habituales.

 

Prefacio a

Miscelánea de casos de una doctora

 

 

Nuestra antiquísima tierra ha sido la cuna de muchos médicos famosos, entre los cuales ha habido algunas mujeres. Es un honor para nuestro linaje familiar que mi prima, la señora Tan Yunxian, haya escrito un libro de casos en los que se utiliza el vínculo entre la emoción y el pensamiento para salvar vidas. El insigne médico Sun Simiao escribió: «Las mujeres son diez veces más difíciles de tratar que un hombre.» Y no es así tan sólo por una cuestión de yin y yang o del mundo exterior de los hombres y las cámaras interiores donde residen las mujeres. Es porque las mujeres se quedan embarazadas, dan a luz y sufren pérdidas de sangre cada mes. También padecen por tener temperamentos y emociones distintos a los de los hombres. Mi prima ha destacado en el tratamiento de mujeres porque también ella ha compartido las pérdidas y los gozos que entraña ser mujer en esta tierra.

 

RU LUAN

Licenciado metropolitano

con honores por Orden Imperial

Gran mandarín de la Jurisprudencia Judicial

Prefecto de los Lanceros Reales

 

PRIMERA PARTE

 

 

La primera infancia

 

 

Año quinto del reinado

del emperador Chenghua (1469)

 

La vida es...

 

 

 

—Ya sea mil años atrás en el pasado o dentro de mil años en el futuro, y no importa dónde vivas ni cuán rica o pobre seas, las fases de la vida de una mujer son siempre las mismas —dice la señora Respetable—. Eres una niña pequeña, de modo que aún estás en los años de la primera infancia. Cuando cumplas los quince, entrarás en los años del cabello recogido. La forma en la que te peinemos anunciará al mundo que ya estás preparada para el matrimonio. —Me sonríe—. Dime, hija mía, ¿qué viene después?

—Los años de arroz y sal —respondo diligentemente, aunque tengo la cabeza en otro sitio.

Mi madre y yo nos sentamos en taburetes de porcelana bajo la galería porticada que da al patio de nuestra casa. Estamos en la temporada del monzón, y en el trozo de cielo que alcanzo a ver hay espesos nubarrones que vuelven el aire húmedo y sofocante. Dos naranjos en miniatura crecen uno junto al otro en macetas a juego. Otras contienen orquídeas cymbidium, con los tallos inclinándose bajo el peso de las flo­res. Amenaza lluvia, pero por ahora los pájaros gorjean en el ginkgo, lo que da un toque de frescor al día de verano, y alcanzo a oler el mar, que sólo he visto en los cuadros.

Aun así, esa fragancia no oculta el desagradable olor que desprenden los pies vendados de la señora Respetable.

—Tu cabeza está en otra parte. —Su voz suena tan frágil como sugiere su cuerpo—. Debes prestar atención. —Alarga la mano para coger una de las mías—. ¿Hoy sientes dolor? —Cuando asiento, añade—: El recuerdo de la agonía que pasaste cuando te vendaron los pies nunca desaparecerá del todo. Desde ahora hasta el momento de tu muerte habrá días en los que te visitará la angustia: si has pasado demasiado rato de pie o has caminado mucho, si el tiempo está a punto de cambiar, si no te cuidas bien los pies. —Me aprieta la mano con gesto compasivo—. Cuando te palpiten o te mortifiquen, recuerda que tu sufrimiento será algún día una prueba de amor para tu marido. Concentrarte en otra cosa te distraerá del dolor.

Mi madre es sabia, y por eso en casa todos nosotros, incluidos mi hermano Yifeng y yo, la llamamos señora Respetable, el título honorífico que ostenta como esposa de alguien de alto rango como mi padre. Pero si ella es capaz de ver que ando distraída, yo también me doy cuenta de que a ella le pasa lo mismo. Nos llega el sonido del canto de una mujer. La señorita Zhao, concubina de mi padre, debe de estar entreteniéndolos a él y a sus invitados.

—Sabes concentrarte... cuando quieres —dice mi madre al fin—. Esa capacidad, la de estar totalmente absortas, es lo que nos salva. —Hace una pausa cuando unas risas masculinas, con la voz de mi padre distinguiéndose en el apreciativo coro, se arremolinan a nuestro alrededor como si fueran niebla. Luego pregunta—: ¿Continuamos?

Tomo aliento.

—Los tiempos de arroz y sal son la etapa más importante en la vida de una mujer. Es entonces cuando estaré volcada en mis deberes como esposa y madre.

—Como lo estoy yo ahora. —La señora Respetable inclina la cabeza con gesto grácil, haciendo que los adornos de oro y jade que cuelgan de su moño tintineen suavemente. Qué pálida se ve, qué elegante—. Cada día debe empezar temprano. Me levanto antes del amanecer, me lavo la cara, me enjuago la boca con té aromático, me ocupo de mis pies y me arreglo el pelo y el maquillaje. Luego voy a la cocina para asegurarme de que los sirvientes hayan encendido el fuego y comenzado a preparar la comida de la mañana.

Me suelta la mano y exhala un suspiro, como agotada por el esfuerzo de hacer salir tantas palabras de su boca. Respira hondo antes de continuar.

—Memorizar estas responsabilidades es fundamental para tu educación, pero también puedes aprender observando cómo superviso las tareas que deben llevarse a cabo cada día: traer combustible y agua, enviar a una criada de pies grandes al mercado, asegurarte de que la ropa, incluida la de la señorita Zhao, esté lavada... Y tantas otras cosas esenciales para gestionar una casa. A ver, ¿qué más?

Ya lleva cuatro años instruyéndome de esta forma, y sé qué respuesta espera de mí:

—Aprender a bordar, a tocar la cítara y a memorizar dichos de las Analectas para mujeres...

—Y también otros textos, porque así, cuando te toque ir a la casa de tu marido, tendrás bien presente cuanto debes hacer y cuanto debes evitar. —Se remueve en su taburete—. Con el tiempo, llegarás a la fase del recogimiento, cuando te sentarás en silencio. ¿Sabes qué significa eso?

Tal vez sea porque siento dolor físico, pero pensar en la tristeza y la soledad que supone esa etapa de recogimiento me llena los ojos de lágrimas.

—Eso llegará cuando ya no pueda traer hijos al mundo.

—Y se prolongará hasta la viudez. Serás «la que todavía no ha muerto», a la espera de que la muerte te reúna con tu marido. Esto es...

Llega una criada con un pequeño refrigerio en una bandeja, de modo que mi madre y yo podamos continuar con nuestros estudios sin detenernos a almorzar. Dos horas más tarde, la señora Respetable me pide que repita las reglas que hemos repasado.

—Al caminar, no debo volver la cabeza —recito sin protestar—. Al hablar, no debo abrir mucho la boca. Cuando esté de pie, no he de hacer ruido con la falda. Cuando esté contenta, no he de mostrar mi alegría con carcajadas. Cuando esté enfadada, nunca debo levantar la voz. Aplacaré todo deseo de aventurarme más allá de las cámaras interiores, pues esas habitaciones son sólo para mujeres.

—Muy bien —me felicita ella—. Recuerda siempre tu lugar en el mundo. Si sigues estas reglas, te habrás ganado la condición de verdadero ser humano. —Cierra los ojos. Ella también siente dolor, pero es demasiado señora para hablar de ello.

Un chillido de mi hermano pequeño interrumpe nuestra charla. Yifeng corre por el patio. Su madre, la señorita Zhao, libre ya de sus obligaciones, se desliza tras él. También lleva los pies vendados, y sus pasos son tan pequeños que da la impresión de flotar como...

—Como un fantasma —susurra mi madre como si me leyera el pensamiento.

Yifeng se arroja sobre mi madre, entierra la cara en su regazo y se ríe. La señorita Zhao quizá sea su madre biológica, pero la señora Respetable no sólo es su madre ritual, sino que lo ha adoptado formalmente como hijo. Eso significa que Yifeng hará ofrendas y llevará a cabo todos los ritos y ceremonias cuando mi madre y nuestro padre se hayan convertido en antepasados en el Más Allá.

Mi madre sube a Yifeng a su regazo y le cepilla las suelas de los zapatos para que no dejen suciedad ni polvo en su vestido de seda.

—Eso es todo, señorita Zhao.

—Señora Respetable... —La concubina le dirige una cortés inclinación de cabeza y abandona el patio sin hacer ruido.

Mi madre se centra entonces en la sesión de lecciones de la tarde, que Yifeng y yo compartimos. Pasaremos todos los días aprendiendo juntos hasta que él llegue a su séptimo año, cuando el Libro de los ritos dispone que los niños y las niñas no se sienten en la misma alfombra ni coman en la misma mesa. En ese momento Yifeng abandonará nuestra compañía y se trasladará a la biblioteca para pasar las horas con tutores privados, e iniciará su preparación para presentarse a los exámenes imperiales.

—La armonía debe mantenerse en un hogar, pero todo el mundo sabe cuánto cuesta conseguirla —comienza la señora Respetable—. Al fin y al cabo, el carácter escrito de «problema» está compuesto por el carácter de «techo» con los caracteres de «dos mujeres» debajo de él, mientras que el carácter de «una mujer» bajo un techo significa...

—«Paz» —respondo.

—Bien. Un cerdo bajo un techo significa...

—«Prisión.»

—No existe ningún carácter escrito con un hombre bajo un techo. Seamos animales o mujeres, somos las posesiones de un hombre. Las mujeres existimos para proporcionarle herederos y alimentarlo, vestirlo y divertirlo. Nunca lo ol­vides.

Mientras mi hermano recita poemas sencillos, yo trabajo en mi bordado. Confío en ser capaz de ocultar mi decepción. Sé que la señorita Zhao no ha sido la única que entretenía a mi padre y a sus amigos; también se estaba exhibiendo a Yifeng. Ahora, cuando mi hermano olvida un verso, la señora Respetable me mira para que lo complete por él. De ese modo, yo aprendo lo mismo que mi hermano. Soy mayor, así que memorizo mucho mejor. Incluso cuando pienso y cuando hablo se me da bien utilizar palabras e imágenes de poemas. Hoy, sin embargo, me tropiezo con un verso. La señora Respetable frunce los labios.

—No harás los exámenes imperiales ni serás una erudita como tu hermano —señala—, pero algún día te convertirás en madre de hijos varones. Para poder ayudarlos en sus futuros estudios, debes aprender ahora.

Me duele decepcionarla porque, si tengo un buen día, puedo recitar poemas enteros del Libro de las odas y leer en voz alta del Clásico de la piedad filial para niñas. Hoy no es uno de esos días.

Cuando cae la tarde, mi madre anuncia que es hora de trasladarnos al estudio. Yifeng y yo seguimos a la señora Respetable a una distancia prudencial. Los pliegues de su vestido ondean, y la brisa le levanta las mangas, como en un cuadro. El aire se mueve lo suficiente como para que nos inunde el olor que desprenden sus pies vendados. Con el tiempo, de mis propios pies emanará un aroma especial que fascinará a mi esposo, como a mi madre le gusta recordarme si lloro cuando me los venda. Hoy, el olor de los pies de mi madre dista mucho de ser agradable. Trago saliva mientras me recorre una oleada de náuseas.

No tengo recuerdos de haber estado nunca fuera del recinto de nuestra residencia, y es posible que no cruce la puerta principal hasta que entre en mis años del cabello recogido y me lleven a casa de mi marido ya desposada, pero no me importa. Me encanta nuestra casa, sobre todo el estudio, con sus paredes encaladas, sus muebles sencillos y sus estanterías llenas de libros y pergaminos manuscritos. Mi madre se sienta a un lado de la mesa; mi hermano y yo, frente a ella. Mi madre observa cómo trituro la tinta en la piedra y la mezclo con agua para conseguir la densidad y el tono negro perfectos. Sujeto el pincel con una mano y, con la otra, me subo la manga para que no se manche. La señora Respetable nos dice que cada trazo de caligrafía debe ser fluido, pero osado. A mi lado, Yifeng se esfuerza al máximo, aunque sus caracteres son poco firmes. Al fijarme en su trabajo, cometo mi segundo error del día: en lugar de un trazo que se vaya afinando como el final de una ceja, hago un borrón en el papel. Levanto el pincel, pero mantengo la cabeza gacha, con la mirada fija en el desastre que he hecho y esperando a que mi madre diga algo.

El silencio continúa y alzó la vista. Ella mira por la ventana, ajena a mí, a mi error o a los trazos temblorosos de Yifeng. Cuando está así, sabemos que piensa en mis dos hermanos mayores, que murieron el mismo día, hace cinco años, a causa de la enfermedad de las flores celestiales: la viruela. Si hubieran sobrevivido, tendrían diez y doce años. Y si estuvieran vivos, mi padre no habría traído a la señorita Zhao, yo no tendría a Yifeng como hermano menor y mi madre no tendría un hijo ritual.

Entra mi criada, Amapola, y la señora Respetable hace una pequeña inclinación de cabeza. Sin inspeccionar mi trabajo, dice:

—Es suficiente por hoy. Amapola, por favor, ocúpate de que los niños se cambien y luego llévalos a la biblioteca para que vean a su padre.

Amapola lleva a mi hermano con la señorita Zhao, y después las dos seguimos hasta mi habitación. Mi padre compró a Amapola para mí con motivo de mi nacimiento. Tiene quince años y los pies grandes, los ojos muy separados y un talante obediente. Duerme en el suelo, a los pies de mi cama, y siempre me consuela cuando me despierta una pesadilla. Me ayuda a vestirme, a lavarme y a comer. No sé de dónde procede Amapola, pero formará parte de mi dote, lo que significa que estaremos juntas hasta que una de las dos muera.

Tras haberme pasado sentada casi todo el día, estoy inquieta, pero Amapola no piensa tolerarlo.

—Yunxian, eres peor que tu hermano —me regaña—. Quédate quieta para que pueda cepillarte el pelo.

—Pero...

Levanta un dedo.

—¡No! —Me lanza una mirada severa, que enseguida se transforma en una sonrisa. Siempre me mima, en realidad—. Venga, cuéntame qué has aprendido hoy.

Eso hago, lo mejor que puedo, recitando la cantinela ha­bitual:

—Cuando me case, serviré con todo respeto a mi suegro. No lo miraré cuando me hable, y nunca me dirigiré a él. Escucharé y obedeceré.

Amapola inspira ruidosamente para mostrarme su aprobación, pero mi cabeza está dándole vueltas a algo que la señora Respetable ha dicho antes: «Recuerda siempre tu lugar en el mundo.» Nací en la familia Tan. Mi nombre de pila es Yunxian, que significa «Virtud Leal». La medicina ha estado presente en mi familia durante generaciones, pero mi padre eligió un camino diferente. Es un erudito imperial de nivel juren, un «hombre recomendado» que ha aprobado los exámenes provinciales. Trabaja como prefecto aquí, en Laizhou, cerca del mar pero a cientos de li del hogar ancestral de nuestra familia en Wuxi. Desde antes de que yo naciera está estudiando para presentarse al siguiente nivel de los exámenes imperiales, el más alto, que se convoca cada tres años. El adivino ya ha elegido una fecha para que padre viaje a la capital, donde completará sus últimos estudios antes de que comiencen las pruebas. Si tiene éxito, el emperador en persona leerá su tesis, anunciará que ha alcanzado el nivel de jinshi —un «erudito presentado»— y le otorgará su título. No sé qué cambios sufrirán nuestras vidas si eso llega a ocurrir, salvo que nuestra familia habrá ascendido otro peldaño en la escala de la vida.

¿Qué más puedo decir sobre mi lugar en el mundo? A mis ocho años, soy lo bastante pequeña para llevar todavía mi pelo negro en moñetes sujetos con cintas. La señora Respetable me ha dicho que mi cutis es tan fino como la pulpa de un melocotón blanco, pero eso no puede ser cierto porque hace que Amapola me aplique ungüentos en las tres marcas de viruela —una en lo alto de la frente y otras dos, muy juntas, en la mejilla derecha—, que son recordatorios visibles de que sobreviví a la enfermedad, a diferencia de mis hermanos. Mis pies compensan esos defectos. Son perfectos. Hoy llevo un par de zapatitos de seda con bordados de flores y murciélagos hechos por mi madre para atraer la buena suerte.

Amapola me da un codazo.

—¿Y tus relaciones con tu futura suegra?

—Sí, sí —digo, volviendo a centrarme en mi criada—. Cuando ella se siente, yo permaneceré de pie. Me levantaré temprano, pero no haré ningún ruido que pueda perturbar su sueño. Le prepararé y le serviré el té...

Amapola me da una palmada en el trasero, satisfecha de que esté lista para presentarme ante mi padre.

—Ya está bien. Ahora, démonos prisa. No queremos causarle molestias al señor.

Regresamos sobre nuestros pasos y recogemos a Yifeng en la habitación que comparte con la señorita Zhao. Los tres caminamos de la mano. Finalmente ha empezado a llover, pero estamos protegidos por la galería porticada. Las gotas que caen sobre el tejado producen un sonido reconfortante, y el aire ya parece más limpio, más ligero, a medida que se va disipando la humedad.

En la biblioteca, mis padres están sentados uno junto al otro en unas sillas talladas con sencillez. Hay una mesa de altar arrimada contra la pared blanca detrás de ellos. Una orquídea de verano florece en una maceta de bronce. La señora Respetable tiene las manos cruzadas sobre el regazo. Apoya los pies en un escabel de brocado, y sus zapatos, tan pequeños como los míos, asoman bajo el vestido. La señora Respetable siempre está pálida, pero hoy su piel parece casi translúcida. Un leve rastro de sudor le brilla en la frente y en el labio superior.

Se diría que a mi padre no le afecta el olor que desprenden los pies de mi madre. Está sentado con las piernas abiertas y las manos sobre los muslos, con todos los dedos apuntando hacia dentro menos los pulgares, que miran hacia fuera. Viste la larga túnica propia de su rango, con los remates de las mangas y los dobladillos profusamente bordados. Un distintivo mandarín cuadrado, también con muchos bordados, le cubre el pecho y revela cuál es su grado en el seno del sistema imperial de funcionarios. Indica con un gesto a Yifeng que se acerque a él. Amapola le suelta la manita y el niño echa a correr como un rayo y se sube de un salto al regazo de nuestro padre. Yo nunca haría algo así. Perdí la capacidad de correr cuando me vendaron los pies, pero, aunque pudiera, sería inapropiado que actuara con tanta temeridad. Mi padre se echa a reír. Mi madre sonríe. Amapola me da un apretón de mano tranquilizador.

Al cabo de cinco minutos, la visita termina. Mi padre no me ha dirigido ni una sola palabra. No me siento dolida; los dos nos hemos comportado como es debido, y puedo estar orgullosa de que así sea. Amapola vuelve a asir la mano de Yifeng. Estamos a punto de irnos cuando mi madre se levanta de repente. Se balancea como un tallo joven de bambú bajo un viento primaveral. Mi padre la mira inquisitivamente, pero antes de que pueda pronunciar palabra, ella se desploma en el suelo. Excepto por las manos, que yacen extendidas y flácidas, y por el rostro, blanco como la luna llena, parece un montón de ropa desechada.

Amapola lanza un grito. Mi padre salta de la silla, coge a mi madre en brazos y se la lleva fuera. Mientras trota por la galería porticada, va llamando a voces a otros criados. Acuden de todas partes, entre ellos un hombre y un niño de unos doce años. Para mí, son sólo el quinto y el sexto varón que he visto en mi vida. Deben de vivir aquí, pero yo he estado aislada en las cámaras interiores, donde me han protegido de los ojos de niños y hombres, excepto de mi padre, Yifeng y los dos hermanos a los que apenas recuerdo.

—¡Coged mi caballo para ir en busca del doctor! —ordena mi padre—. ¡Traed agua caliente! ¡No! ¡Traed agua fría! ¡Y compresas! ¡Y que venga la señorita Zhao!

El viejo y el chico salen corriendo, al igual que la cocinera y su asistenta. Cuando padre llega a la habitación de mi madre, el resto de las criadas y yo lo seguimos al interior. El lecho conyugal de la señora Respetable es grande y espacioso —como una casita, con sus tres habitaciones pequeñas— para ofrecer la máxima intimidad. Un arco de media luna conduce a la plataforma para dormir. Mi padre acuesta a la señora Respetable sobre la colcha, le pone los brazos junto a los costados y le alisa el vestido para que la seda le cubra los pies. Luego le recompone los zarcillos de pelo que se han soltado de su moño y se los coloca detrás de las orejas.

—Despierta, esposa mía... —suplica. Nunca lo había oído hablar con tanta ternura, ni siquiera cuando se dirige a Yifeng. Mira atrás hacia el resto de nosotras, apiñadas en la primera antecámara del lecho conyugal—. ¿Dónde está la señorita Zhao? ¡Traedla!

Un par de criadas echan a correr, mientras otras entran con cubos de agua caliente y fría.

Por fin llega la señorita Zhao. Toca en el hombro a mi padre.

—Será mejor que te vayas. —Se vuelve hacia las criadas—. Todas vosotras también, excepto Yunxian.

Mi padre me mira. Veo en su expresión algo nuevo, pero no sé muy bien qué es.

—Quizá debería llevarme a la niña —le dice a su concubina.

—Déjala aquí. Tiene que aprender. —La señorita Zhao le pone una mano en la espalda—. Avísanos cuando llegue el médico.

Cuando todos han salido de la habitación, la señorita Zhao me mira fijamente, otra cosa que no me había pasado nunca.

—Sospechaba que iba a ocurrir algo así —me dice—. Confiemos en que, al desmayarse, la señora Respetable nos haya proporcionado tiempo para ayudarla.

—Pero ¿qué es lo que pasa? —pregunto con timidez.

—Me han dicho que tu madre puso muchísimo cuidado en tu vendado de pies, hasta tal punto que decidió hacerlo con sus propias manos. Pasa demasiado a menudo que una madre se pone sentimental cuando su hija llora, pero no fue así en el caso de la señora Respetable. Ella lo hizo todo como es debido, y ni una sola vez se te infectaron los pies. Ahora sabes cómo cuidártelos...

—Amapola me ayuda...

—Pero entiendes que hacen falta cuidados constantes.

—Hay que desenvolver los pies cada cuatro días —empiezo a recitar, consciente de que esas reglas no son menos importantes que las que rigen las etapas de mi vida o las relativas a cómo comportarme con mi futura suegra—. Hay que lavarlos, cortar las uñas y lijar los puntos donde un hueso pueda atravesar la piel.

—Ya se trate de las uñas o de una esquirla de hueso, si la piel se rasga, debes dedicar un cuidado especial a mantener limpia la herida. De lo contrario, se producirá una infección. Si la ignoras, el pie vendado, al no tener contacto con el aire fresco, comenzará a supurar. Hay madres que corren ese riesgo cuando envuelven los pies de sus hijas.

Parte del orgullo que me hacen sentir mis pies se desvanece cuando añade:

—La persona que vendó mis pies permitió que eso sucediera y luego pudo arrancarme los dedos muertos. Por eso mis pies son tan pequeños, algo que tu padre aprecia.

No creo que sea un buen momento para ponerse a alardear, pero no puedo decirle eso a la señorita Zhao.

—Lo que quiero decir es que la infección puede enconarse —continúa—, y si una madre no está atenta, es probable que su hija muera. Pero las niñas no son las únicas que pueden perecer. Las mujeres adultas que no cuidan adecuadamente sus pies también pueden sucumbir.

Y dicho esto, la señorita Zhao tira hacia arriba del faldón de la señora Respetable para mostrar las medias calzas bordadas que cubren el antiestético bulto del talón doblado y el empeine aplastado. Se supone que este bulto de carne inútil y poco atractiva debe permanecer oculto, y verlo me recuerda algo que la señora Respetable me decía durante mi vendaje: «Nuestros pies no se encogen ni desaparecen. Nos limitamos a mover y manipular los huesos para crear la ilusión de unos lotos dorados.»

La señorita Zhao desata una media calza y tira de ella para dejar al descubierto los ríos de rojo encendido que recorren la pierna de mi madre. Aún me sorprende más el aspecto de su pantorrilla: fina como una cuerda, mucho más esbelta e informe que la mía. Alargo la mano para tocar eso que tan extraño me resulta, pero la señorita Zhao me agarra de la muñeca y tira de mí hacia atrás. Luego coge uno de los pies de mi madre, que en su mano se ve diminuto.

—Nuestras piernas se vuelven escuálidas porque nuestros pies no pueden soportar el peso de lo que hay debajo de la piel —explica la señorita Zhao—. No es eso lo que ha de preo­cuparnos. El problema es que tu madre tiene una infección.

Me cuesta encontrarles sentido a esas palabras. La señora Respetable es muy diligente en todo lo que hace, incluso en el cuidado de su propio cuerpo. Ella nunca ignoraría sus pies.

—Voy a desenvolverlo —dice la señorita Zhao—. ¿Preparada?

Cuando asiento con la cabeza, la señorita Zhao le quita la zapatilla y me la da. El olor empeora. La concubina traga saliva y empieza a desenrollar los tres metros de tela de gasa. Con cada capa que retira, el olor a descomposición se vuelve más fuerte. Cuando la señorita Zhao se acerca más a la piel, la tela que desprende está manchada de amarillo y verde. Finalmente, el pie queda desnudo. Una esquirla dentada de hueso sobresale del lado izquierdo del empeine. Liberado de las ataduras —y no consigo imaginar el dolor que debía de sentir mi madre—, el pie revela su hinchazón.

—Trae el cubo.

Hago lo que me dice. La señorita Zhao desplaza con suavidad la pierna de mi madre para que cuelgue del costado de la cama y le mete el pie en el agua. Mi madre se revuelve, pero no se despierta.

—Ve al tocador de la señora Respetable y tráeme sus un­güentos y polvos.

Hago lo que me dice. La concubina de mi padre vierte en el agua un poco del mismo astringente que Amapola usa para mis pies. Está hecho de raíz de morera molida, tanino e incienso. Para cuando llega el médico, la señorita Zhao y yo hemos secado con pequeños toques el pie de mi madre y espolvoreado alumbre entre los dedos y sobre la herida. También le hemos colocado el pie sobre una almohada. Mi madre se ha agitado cada vez que la hemos movido, pero aún no ha abierto los ojos.

—Quédate aquí —dice la señorita Zhao—. Hablaré con tu padre para ver cómo quiere proceder. Un médico varón no puede ver ni tocar a una paciente mujer. Se necesita un intermediario. A menudo se elige al esposo, pero yo me ofreceré voluntaria.

En cuanto se va, los ojos de mi madre se abren de golpe.

—No quiero a esa mujer en mi habitación —dice con un suspiro—. Sal ahí fuera. Dile a tu padre que ella no puede ser la intermediaria.

Salgo a la galería. Sigue lloviendo y aspiro a bocanadas el aire fresco. Aun así, el olor de la carne putrefacta de mi madre se aferra a mi garganta. Mi padre y la señorita Zhao están hablando con un hombre que debe de ser el médico. Acabo de ver a mi séptimo hombre. Lleva una larga túnica de color azul oscuro y su pelo gris acaricia la curva de sus hombros encorvados. Me da miedo acercarme, pero debo hacerlo. Voy hasta mi padre, le tiro de la manga y le digo:

—La señora Respetable está despierta y ha pedido que sea yo la intermediaria.

El hombre que supongo que es el médico dice:

—Prefecto Tan, sería apropiado que fueras tú quien cumpliese con este deber. —Pero cuando los ojos de mi padre se llenan de lágrimas, se vuelve hacia la señorita Zhao—. Sospecho que tienes cierta experiencia con las dolencias que afligen a las mujeres.

Sólo soy una niña, pero debo honrar los deseos de mi madre.

—La Señora Respetable quiere...

Mi padre da un fuerte palmoteo para impedirme decir una palabra más. En silencio, sopesa las opciones. Luego habla.

—Doctor Ho, utilizarás a mi hija. —Mi padre me mira—. Repetirás exactamente lo que el doctor le diga a tu madre y lo que tu madre le diga al doctor, ¿entendido?

Asiento con gesto solemne. Su decisión refleja su amor por mi madre, estoy segura.

Los adultos intercambian unas palabras y la señorita Zhao se lleva a mi padre.

El médico me hace una serie de preguntas, que yo traslado a la señora Respetable. Ella responde:

—No, no he comido nada picante. Puedes decirle que duermo bien. No sufro de emociones excesivas.

Voy y vengo entre el lecho de mi madre y la galería porticada, donde está el doctor Ho. Las preguntas, y las respuestas, parecen tener poco que ver con la infección de mi madre. Que ella no revele los detalles de la misma me desconcierta.

Cuando el médico queda satisfecho, escribe una receta. Acto seguido, se manda a la criada a la botica en busca de las hierbas para el remedio. La cocinera prepara la decocción y, unas horas más tarde, cuando está lista, la llevan a la habitación de mi madre. Le acerco la taza a los labios y ella toma unos sorbos antes de recostarse de nuevo en la almohada.

—Es tarde —dice con un hilo de voz—. Deberías irte a la cama.

—Deja que me quede aquí. Puedo sostenerte la taza.

Ella gira la cabeza para mirar los paneles de madera que cubren la pared trasera del gran lecho matrimonial. Presiona un panel con los dedos, haciendo que se mueva perezosamente en su marco.

—Me habré terminado la taza para cuando te hayas lavado la cara.

Me voy a mi habitación, me pongo la túnica y las zapatillas de dormir, me acuesto y me acurruco entre el colchón relleno de plumas de ganso y una colcha de algodón. Estoy agotada por todo lo que he visto y no tardo en quedarme dormida. No sé cuánto tiempo ha pasado cuando me despierta de golpe el ruido de gente que corre. En la penumbra, veo cómo Amapola se incorpora y bosteza antes de encender la lámpara de aceite. La llama chisporroteante proyecta sombras bailarinas en las paredes. Nos vestimos a toda prisa y salimos a la galería. Ha dejado de llover, pero está oscuro. Los pájaros que cantan en los árboles me revelan que está a punto de amanecer.

Justo cuando llegamos a la habitación de la señora Respetable, la cocinera sale corriendo y gira tan rápido que casi choca con nosotras. Pierdo el equilibrio y me tambaleo sobre mis pies vendados. Apoyo una mano en la pared para estabilizarme. Cuando la mujer me ve, se seca las lágrimas con el dorso de las manos.

—Lo siento mucho... Lo siento mucho...

La casa se ha convertido en un caos cuando la señorita Zhao cruza el patio seguida por el doctor Ho. Sin detenerse, entran en la habitación de la señora Respetable. Procedo a hacer lo mismo, y la cocinera me dice:

—No entres ahí.

Pero la esquivo y cruzo el umbral. Jamás podré olvidar aquel olor.

Han colgado una cortina en la entrada de la tercera cámara del lecho matrimonial de mi madre. Mi padre está sentado en un taburete ante ella. El brazo desnudo de mi madre descansa en su regazo, con la palma hacia el techo. El doctor Ho le dice a mi padre que envuelva la muñeca de la señora Respetable en un pañuelo de lino. Una vez que mi padre concluye esa tarea, el doctor da un paso al frente y posa tres dedos sobre la tela. Cierra los ojos para concentrarse, pero ¿cómo puede notar algo a través del pañuelo?

Aparto la mirada y vislumbro la taza que le sostuve a mi madre la noche anterior. El corazón se me encoge en el pecho al percatarme de que no llegó a tomar otro sorbo.

Durante los dos días siguientes, en toda la casa reina una gran actividad. Las criadas vienen y van. Se preparan más infusiones «vigorizantes». Una vez más, me envían con las preguntas del doctor Ho y vuelvo con las respuestas de la señora Respetable. Nada ayuda, mi madre sigue debilitándose. Cuando le toco la mano o la mejilla, noto un calor abrasador. Su pie, todavía apoyado sobre la almohada, ha crecido hasta alcanzar el tamaño de un melón; o, mejor dicho, el tamaño un melón agrietado que rezuma fluidos malolientes. Una característica apreciada de un pie perfectamente vendado es la hendidura que se forma cuando los dedos se curvan hacia atrás para encontrarse con el talón. Lo ideal es que esa ranura sea tan pronunciada como para que se pueda meter en ella una moneda de plata grande. Ahora, de esa hendidura gotea una sustancia viscosa y sanguinolenta, mientras que las vetas rojas han seguido ascendiendo por la pierna. A medida que pasan las horas, la señora Respetable parece cada vez menos interesada en las palabras que llueven sobre ella y vuelve el rostro hacia la pared trasera de su lecho cerrado. Me permiten permanecer de pie a su lado para consolarla y hacerle saber que no está sola.

Murmura nombres: «Mamá. Padre...» Cuando llora por mis hermanos muertos, me llevo el dedo índice a las cicatrices de las flores celestiales en mi cara.

La cuarta noche entran mi padre, la señorita Zhao y Yi­feng. Las lágrimas emborronan las mejillas empolvadas de la señorita Zhao. Incluso cuando su rostro expresa tristeza, sigue siendo hermosa. Mi padre se muerde la cara interior de las mejillas, conteniendo sus emociones. Yifeng es demasiado pequeño para entender lo que está pasando y galopa hacia la cama. Mi padre lo coge en brazos antes de que pueda molestar a nuestra madre. La señora Respetable levanta un brazo y toca la bota de mi hermano.

—Acuérdate de mí, hijo. Hazme ofrendas.

Cuando el trío se marcha, sólo quedamos la señora Respetable, nuestras dos criadas y yo. Las llamas de las lámparas arden muy bajas. El suave tintineo de la lluvia sobre el tejado llena la estancia. La respiración de mi madre se vuelve más lenta: un suspiro, seguido por una larga pausa; un suspiro, seguido por una larga pausa. Una vez más, los nombres de quienes ya no están brotan de sus labios. No sé si los está buscando o si responde a sus llamadas desde su morada en el Más Allá.

De repente, se vuelve hacia mí y abre mucho los ojos. Por primera vez en horas, está presente del todo.

—Acércate. —Me tiende la mano, se la cojo y me inclino para escucharla—. Lamento que la vida sea como un rayo de sol que cruza una grieta en la pared y que no vaya a vivir para verte convertida en esposa y madre. No experimentaremos el dolor de las despedidas ni los gozos de los reencuentros. No podré ayudarte cuando sufras decepciones ni alegrarme contigo en los momentos de buena fortuna.

Vuelve a cerrar los ojos y deja caer de nuevo la cabeza lejos de mí. No me suelta la mano. Y no sólo eso, sino que me la aprieta mientras murmura los nombres de los muertos, y yo también se la aprieto.

—La vida es sufrimiento —susurra. Es su última frase coherente. Poco después gime—: Mamá, mamá, mamá... —Y murmura el nombre de mi hermano—: Yifeng. Yifeng. ¡Ven! —A mí no me llama.

Estoy exhausta, pero continúo a su lado a pesar del dolor que siento en los pies. Por cansada que esté, quiero compartir su padecimiento. De madre a hija. De la vida a la muerte.

En la oscuridad más profunda de la noche, la señora Respetable exhala su último aliento, tras haber llegado a los veintiocho años. Me siento casi abrumada por sentimientos de impotencia y culpa. Debería haber «sido» más. Debería haber sido un hijo varón de la propia sangre de la señora Respetable por el que mereciera la pena vivir.

Debería haber sido capaz de hacer más para ayudarla.

 

Un alto umbral

 

 

 

La señora Respetable apenas ha empezado a reposar en la tierra cuando llega el día tan esperado de la partida de mi padre a Pekín, para llevar a cabo los últimos preparativos antes de presentarse al siguiente nivel de los exámenes imperiales. La señorita Zhao, Yifeng, Amapola y yo iremos a vivir con mis abuelos paternos en Wuxi. Mi padre ha dispuesto que la mayor parte del viaje se haga por agua, y ha contratado a dos guardaespaldas para protegernos. Me dejan elegir una de las pertenencias de mi madre, y me decido por sus zapatos rojos de novia. Varios miembros del servicio embalan entre lágrimas nuestros muebles, la ropa y otros enseres domésticos, que se cargan en carros tirados por mulas. A la criada personal de mi madre la venden a un comerciante de sal. La cocinera y su asistenta se quedarán hasta que nos hayan servido la última comida, pero mi padre las ha vendido a... ¿a quién?, ¿de dónde? No me lo han dicho. Estamos de luto. No recito poemas ni las reglas que han de seguir las niñas. No practico mi caligrafía ni toco la cítara. Me limito a sentarme con la señorita Zhao para que supervise mi bordado. Por la noche, en la cama, después de que Amapola se duerma, abrazo los zapatos de mi madre y lloro.

La señorita Zhao, Amapola, mi hermano y yo partimos seis mañanas después de la marcha de mi padre. La señorita Zhao nos da a Yifeng y a mí unos trozos de jengibre confitado para que los chupemos.

—Os ayudará con la enfermedad del movimiento —dice.

Cruzamos el umbral y salimos a la calle. Una parte de mí siente dolor al abandonar el único lugar en el que he vivido, pero otra se afana por ver qué hay al otro lado de la puerta. Resulta que no hay gran cosa. La señorita Zhao y mi hermano entran en un palanquín, se cierra la puerta y cuatro hombres se los llevan. Un guardaespaldas abre la puerta del segundo palanquín. Amapola me da un suave empujón. Subo.

—Te seguiré a pie —dice.

El palanquín da una sacudida cuando los hombres lo levantan y nos ponemos en marcha. Que yo recuerde, es la primera vez que voy dentro de un palanquín. No hay ventanas que me permitan ver el exterior, y el aire del interior está viciado y caliente. La caja se mece y se bambolea, respondiendo al paso de cada uno de los porteadores. Se me revuelve el estómago de inmediato y chupo con más fuerza el jengibre. No tengo dónde posar la mirada. Fuera, oigo los gritos de los vendedores llamando a los clientes, el crujido de las ruedas de los carros, los rebuznos quejumbrosos de un burro. Los olores se cuelan en el palanquín. Algunos los reconozco: comida cocinada en braseros abiertos, aguas residuales y algo que huele como las chaquetas de piel acolchadas que llevamos en invierno. Me mareo aún más.

El palanquín se detiene en seco y desciende hasta el suelo. La puerta se abre y Amapola extiende una mano para ayudarme a salir. Lo que veo es más de lo que mis ojos pueden asimilar o absorber: hay muchísima gente, y están haciendo... de todo. Debo de haberme quedado boquiabierta, porque la señorita Zhao mueve la mano ante mi cara y me dice:

—Tu madre hubiera preferido que mantuvieras la vista fija en el suelo. Por favor, actúa como es debido para honrarla. Ahora, ven. Sígueme.

Me guía a través del bullicio del muelle. Con los ojos entornados, sólo alcanzo a ver la falda vaporosa de la señorita Zhao, los zapatos negros de Yifeng y los

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