Todo va a ir bien

Jojo Moyes

Fragmento

1. Lila

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Lila

En la mesilla de noche de Lila hay una fotografía enmarcada que aún no ha tenido ánimos de quitar, o quizá es que no quiere. Son cuatro caras muy juntas delante de un gigantesco acuario durante unas vacaciones en algún país extranjero, ahora mismo no recuerda cuál, con un banco de enormes peces de rayas iridiscentes que miran inexpresivos desde detrás del cristal. Violet tiene la nariz levantada y los párpados bajados en una mueca que le da aspecto de figura de cera grotesca; Celie lleva camiseta de rayas y también hace una mueca, aunque, dado que en la foto debe de tener trece años, algo más tímida; Lila sonríe coqueta, como confiando que aquella va a ser una encantadora foto de familia a pesar de todas las pruebas en contra, y Dan posa con una sonrisa que no acaba de llegarle a los ojos, una expresión enigmática y una mano en el hombro de Violet.

Esta última instantánea familiar es lo primero y lo último que ve Lila cuando se despierta y cuando se acuesta, y, aunque sabe que debería guardarla en algún sitio para que no le estropee el día, por algún motivo que no logra entender es incapaz de meterla en el cajón. A veces, cuando no puede dormir y la luz de luna proyecta franjas en el techo de su dormitorio, la mira y piensa con tristeza en la familia que podría tener, en fotografías de vacaciones que ya no vivirá: fines de semana lluviosos en Cornualles, playas exóticas con todos vestidos de blanco, una alegre graduación delante de una universidad de ladrillo rojo, quizá posando orgullosos en la boda de Celie. Son imágenes fantasmales, efímeras de una vida que se ha evaporado ante sus ojos.

Y a veces también considera la posibilidad de coger un pegote de Blu Tack y embadurnar con él la cara de Dan.

Lila está peleándose con un atasco especialmente resistente en el váter del primer piso cuando llama Anoushka. Dan y ella compraron esta casa dos años atrás —una espaciosa vivienda «con personalidad» (en la jerga inmobiliaria equivale a «nadie más quiere comprarla») y a reformar en una zona arbolada del norte de Londres— y Lila se había enamorado de los baños en suite de varias décadas de antigüedad y decorados en tonos menta y frambuesa. Tanto ellos como su empapelado le habían resultado encantadores y pintorescos. Dan y ella habían recorrido cada habitación e imaginado el aspecto que tendría la casa cuando estuviera terminada. Aunque, si se paraba a pensarlo, en realidad había sido ella la que había paseado e imaginado mientras Dan se limitaba a decir «Ajá, ajá» en tono indiferente y sin apartar la vista de su teléfono.

El día inmediatamente posterior a que les dieran las llaves, los encantadores y delicados cuartos de baño habían decidido enseñar su verdadera cara en forma de malévola sucesión de atascos y humedades. En el cuarto de baño rosa, el que usaban las niñas, hay ahora un desatascador y una percha retorcida junto a la cisterna, dispuestos para que Lila (porque al parecer es tarea suya) acometa lo que sea que haya decido encajarse en las profundidades de la taza.

—¡Lila, querida! ¿Cómo estás?

La voz de Anoushka suena amortiguada y Lila consigue oír: «No, Gracie, sin claveles. Son unas flores de lo más ordinarias. No, gerberas ni hablar. Las odia».

Lila se inclina y usa la nariz para poner el altavoz en su teléfono. Le da una arcada cuando el nivel del agua supera el borde de su guante de goma.

—¡Muy bien, estupendamente! —dice—. ¿Tú qué tal?

—Pues aquí, dándolo todo por mis maravillosos autores, como siempre. Te va a llegar otro cheque por las liquidaciones. Debería habértelo mandado la semana pasada, pero Gracie está embarazada y se pasa el día vomitando, tal cual. En serio, he tenido que tirar tres de las papeleras de la oficina. Eran un peligro para la salud.

En el piso de abajo, el perro, Truant, ladra impaciente. Es un perro que ladra a todo lo que se le pone por delante: ardillas del jardín, palomas, basureros, visitas, el aire.

—Ah, pues qué alegría. —Lila cierra los ojos y hunde más la percha en la taza—. Lo del embarazo, digo. No los vómitos.

—Pues no sé qué decirte, querida. Para mí es un verdadero incordio. No entiendo por qué no hacen más que tener hijos estas chicas. La oficina parece un desfile de asistentes. Empiezo a preguntarme si no habrá algo en el circuito del aire acondicionado. Bueno, ¿y cómo están esas preciosidades de hijas que tienes?

—Fenomenal. Están fenomenal —dice Lila.

No están fenomenal. Celie se echó a llorar durante el desayuno después de ver algo en Instagram, al parecer, y, cuando Lila le preguntó qué pasaba, Celie contestó que no lo iba a entender y se fue al colegio sin despedirse. Violet la miró con furia silenciosa cuando Lila le dijo que sí, en efecto, tenía que ir a casa de su padre el jueves —era la noche que le tocaban las niñas— y a continuación se bajó sin hacer ruido del taburete e hizo todo el camino al colegio sin dirigirle la palabra.

—Pues muy bien —dice Anoushka en ese tono distraído que delata que no se habría enterado si Lila hubiera dicho que ambas hijas habían sido decapitadas esa misma mañana—. A ver, quería hablarte del manuscrito.

Lila saca la percha de la taza del váter. El nivel del agua sigue justo por debajo del asiento. Se quita los guantes de goma y se recuesta en el armario. Oye que Truant sigue ladrando y se pregunta si tendrá que llevar otra botella de vino a los vecinos. En los últimos tres meses ya les ha llevado siete solo para que no la odien.

—¿Cuándo vas a tener algo para mandarme? El mes pasado parecías muy segura.

Lila infla las mejillas.

—Eh…, estoy en ello.

Hay un breve silencio.

—A ver, querida, no quiero ponerme seria —dice Anoushka con voz seria—. La reconstrucción funcionó estupendamente. Y el mal comportamiento de Dan fue un empujón maravilloso para tus ventas, supongo que al menos por eso debemos estarle agradecidas. Pero no nos interesa perder visibilidad. No nos interesa esperar tanto al próximo libro que parezca que estamos lanzando una ópera prima.

—Te…, te lo voy a mandar muy pronto.

—¿Cómo de pronto?

Lila pasea la vista por el cuarto de baño.

—¿Dentro de seis semanas?

—Mejor tres. No tiene que estar perfecto, querida. Solo necesito hacerme una idea de lo que estás escribiendo. ¿Va a ser por fin una guía para ser soltera y feliz?

—Eh…, sí.

—¿Con un montón de consejos sobre cómo vivir bien sin tener pareja? ¿Historias divertidas sobre citas? ¿Anécdotas sobre sexo caliente entre solteros?

—Sí, sí. Con todo eso.

—Qué ganas. Estoy impaciente. ¡Me haré la ilusión de que llevo una vida emocionante gracias a tus aventuras! Por el amor de Dios, Gracie, en la papelera nueva no. Tengo que dejarte, Lila… ¡Espero tu correo! ¡Besos a todas!

Lila cuelga el teléfono y mira la taza del váter suplicando al agua que baje. Oye a Bill por las escaleras. Se detiene en el rellano y coge aliento antes de subir el siguiente escalón. La madre de Lila y él vivían en un chalé de una planta de la década de 1950 a diez minutos andando de allí —con pocos muebles, mucha luz y líneas limpias— y los múltiples pisos y el desorden de esta casa destartalada constituyen un desafío diario para él.

—¿Niña querida?

—¿Sí? —Lila pone cara animada y alegre.

—Odio ser portador de malas noticias, pero los vecinos han venido otra vez a quejarse del perro. Y el techo de la cocina ha empezado a rezumar algo con muy mala pinta.

El fontanero de urgencia había sorbido entre dientes, levantado cuatro tablones del suelo y al parecer descubierto la gotera en la tubería de desagüe. Había vaciado la cisterna, informado a Lila de que necesitaba cambiar toda la instalación —«Aunque imagino que estará deseando renovar ese baño. Tiene más años que mis abuelos»—, se había bebido dos tazas de té con azúcar y cobrado trescientas ochenta libras. Lila ha empezado a llamarlo el impuesto Mercedes. En cuanto un técnico ve el sobrevalorado deportivo vintage acechando en la entrada, añade automáticamente un recargo del veinticinco por ciento a la factura que traía preparada.

—Entonces ¿eso es lo que causaba el atasco? —había preguntado Lila mientras metía el número pin de su tarjeta de crédito e intentaba no pensar en cómo descabalaría ese gasto su presupuesto mensual.

—Qué va. Debe de ser otra cosa —había contestado el fontanero—. Aunque evidentemente, ya no lo pueden usar. Y hay que cambiar todas las cañerías. Y ya de paso, yo cambiaría el suelo de tarima. Se hunde con solo empujar con el dedo.

Bill le había puesto una mano encallecida en el hombro a Lila antes de cerrar la puerta cuando el hombre salió.

—Todo va a ir bien —dijo con un pequeño apretón. Eso para Bill equivalía a un profunda muestra de apoyo emocional—. Ya sabes que te puedo echar una mano.

—No hace falta —dijo Lila con una gran sonrisa—. Lo tengo bajo control. No te preocupes.

Bill había suspirado levemente y a continuación se había marchado a su habitación con la espalda muy erguida.

Bill llevaba nueve meses viviendo con ellas; se mudó poco después de la muerte de la madre de Lila. Siendo como era Bill, no se lo habían encontrado llorando histérico o matándose de hambre o con la casa hecha un desastre. Simplemente se había encerrado en sí mismo, transformándose en una versión cada vez más pequeña del orgulloso diseñador de muebles que Lila había conocido los treinta últimos años, hasta ser una mera sombra. «Es que la echo de menos», decía cuando Lila se presentaba a tomar el té y se ponía a hacer cosas en un intento por inyectar algo de energía a las excesivamente silenciosas habitaciones.

—Ya lo sé, Bill —contestaba Lila—. Yo también la echo de menos.

Lo cierto era que Lila tampoco terminaba de levantar cabeza. El anuncio de Dan de que la dejaba había sido una conmoción. Después, cuando por fin supo de la existencia de Marja, comprendió que la marcha de Dan no había sido más que una pequeña sacudida, algo que apenas la había rozado comparado con aquello. Había estado seis meses casi sin dormir, con la cabeza convertida en un remolino tóxico de piezas de puzle que por fin encajaban, de recriminaciones, de miedo y de furia contenida, de dar vueltas a un millón de discusiones no mantenidas, esas que Dan siempre se las arreglaba para evitar: «Delante de las niñas no, por favor, Lila».

Y entonces, solo meses después, incluso esto había pasado a segundo plano con la súbita muerte de Francesca. De modo que, cuando Lila le sugirió a Bill que se mudara una temporada a su casa, ambos se aseguraron mutuamente que en realidad era para ayudar con las niñas, para echar una mano en casa mientras ella se acostumbraba a ser madre soltera. Bill conservó el chalet y la mayoría de los días se iba a trabajar al pulcro cobertizo que tenía allí en el jardín, donde arreglaba sillas de vecinos o lijaba balaústres nuevos para que las hijas de Lila no se cayeran por entre los huecos de la barandilla de la escalera. Ninguno de los dos hablaba de cuándo volvería a su casa. Tampoco es que tener a Bill con ella interfiriera en la vida de Lila (¿qué vida?), y su amable presencia prestaba a lo que quedaba de familia una muy necesitada sensación de estabilidad y continuidad. Un ancla para aquella barquita de remos que cabeceaba sin rumbo y que la mayoría de los días daba sensación de estar agujereada e inestable, como si de repente y sin previo aviso se encontrara a la deriva y en alta mar.

Lila va andando al colegio. Es la primera semana de clase después de las vacaciones y Bill se ha ofrecido a ir, pero necesita aumentar su recuento de pasos (las piernas interminables y la cintura aún definida de Marja no se le van de la cabeza). Además, salir de casa para recoger a Violet le da una excusa para no sentirse culpable por no haber escrito aún una sola línea.

Los dos saben por qué Bill se ofrece: Lila odia ir a recoger a su hija al colegio. Llevarla por la mañana no le importa, todo el mundo va con prisa, puede dejar a Violet y marcharse corriendo. Pero recogerla le resulta demasiado doloroso: la intensa vergüenza que le produce sentirse el centro de las miradas mientras espera con las otras madres a la puerta del colegio. Cuando ocurrió todo, hubo un mes de ladear cabezas —«Estás de broma. Dios, qué horror. Lo siento muchísimo»— o quizá, a su espalda, de: «La verdad es que tampoco se le puede culpar a él, ¿no?». Y, por supuesto, la horrible broma cósmica del momento en que ocurrió todo: justo dos semanas después de publicarse La reconstrucción, acompañada de un montón de entrevistas promocionales con consejos para reavivar un matrimonio que languidece víctima de las exigencias del trabajo y de los hijos.

Dos días después de irse Dan, destrozada, Lila había ido al colegio y se había encontrado a tres madres leyendo el artículo de Elle, irónicamente titulado «Cómo blindé mi matrimonio». Philippa Graham, esa bruja recauchutada, se lo había encondido deprisa detrás de la espalda al ver a Lila y había pestañeado con inocencia fingida mientras sus dos acólitas, cuyos nombres Lila nunca lograba recordar, contenían la risa a duras penas. «Ojalá vuestros maridos estén ahora mismo contrayendo una enfermedad venérea resistente a los antibióticos por acostarse con chicos profesionales del sexo menores de edad», había pensado Lila mientras se preparaba con una sonrisa para recibir a Violet arrastrando su mochila.

Durante semanas había sido consciente del murmullo de fascinación consternada en el patio, de las cabezas que se giraban y de los comentarios entre dientes. Había mantenido la cabeza alta a pesar de que la piel le escocía y le dolía la mandíbula de mantener la rígida y leve sonrisa que llevaba adherida a la cara como si fuera permafrost. Su madre se había hecho cargo de las invitaciones para jugar, explicando tanto a las niñas como a las madres de las amigas de estas, cuando las recogía en su pequeño Citroën, que Lila tenía mucho trabajo y que la próxima vez no faltaría. Pero ahora su madre no estaba.

Con el habitual pellizco en el estómago, Lila se sube el cuello del abrigo y se sitúa lejos de los grupitos dispersos de madres, niñeras y algún que otro padre solitario y se pone a mirar su teléfono y a simular estar concentradísima en un correo verdaderamente crucial. Es el protocolo estos días. Eso o llevarse a Truant, que ladra histérico si alguien se acerca a menos de veinte metros.

«Mañana —piensa—. Mañana no habrá interrupciones. Me sentaré en mi mesa a las nueve y cuarto de la mañana, cuando vuelva de dejar a Violet, y no me moveré hasta haber escrito dos mil palabras». Decide no pensar en que es la misma promesa que lleva haciéndose por lo menos tres veces a la semana en los últimos seis meses.

—¡Lo sabía!

Un grito de alegría sale del grupo de madres cerca del banco pintado de los colores del arcoíris, junto a los columpios. Lila ve a Marja entre ellas, diciéndoles alguna cosa mientras Philippa le aprieta el brazo y sonríe de oreja a oreja. Lleva un abrigo largo de cachemir color camel y deportivas, y el pelo rubio en un recogido desenfadado y elegante sujeto con un gran pasador de carey.

—Porque en casa de Nina no bebiste alcohol, ¿a que no? ¡Tengo un sexto sentido para estas cosas! —Philippa ríe. Le está poniendo la mano a Marja en la barriga cuando ve a Lila y vuelve a cabeza con gesto teatral. Dice moviendo los labios—: Ay, Dios. Perdón.

Marja gira también la cabeza. Se está poniendo colorada.

Lila nota en los huesos lo que está pasando antes de que a su cerebro le dé tiempo a procesarlo. Se pone a mirar fijamente la pantalla de su teléfono con el corazón desbocado. «No. No. No puede ser. No después de todo lo que dijo Dan. No nos haría esto». Pero el rubor en las mejillas de Marja no da lugar a dudas.

Lila tiene náuseas. Está mareada. No sabe qué hacer. El cuerpo le pide recostarse contra un árbol que hay a pocos metros, pero no quiere que las otras madres la vean hacer algo así. Nota la presión ardiente de sus miradas, de manera que se pega el teléfono a la oreja y finge tener una conversación. «¡Sí, sí, soy yo, sí! ¡Qué alegría oírte! Genial, ¿qué tal estás?». Sigue hablando sin ser consciente de lo que dice y se gira para no ver a nadie, con la cabeza a punto de explotar.

Se sobresalta cuando Violet le tira de la mano.

—¡Cariño! —Se quita el teléfono de la oreja y ve que su hija viene acompañada de la señora Tugendhat—. ¿Todo bien? —dice en tono alegre y con voz demasiado aguda y demasiado alta.

—¿Por qué hablas por teléfono sola? —dice Violet mirando la pantalla con el ceño fruncido.

—Han colgado —se apresura a decir Lila.

Tiene la sensación de que va a estallar. Nota una presión dentro de ella que es demasiado grande para que un cuerpo la contenga.

La señora Tugendhat lleva una chaqueta de punto exageradamente peluda con mangas murciélago y una insignia de cartulina hecha a mano en la solapa con las palabras «Feliz cumpleaños» escritas en rotulador verde indeleble.

—Estaba hablando con Violet de la obra de fin de año. ¿Le ha dicho que va a ser la narradora?

—¡Genial! ¡Estupendo! —dice Lila con una sonrisa forzada.

—Preferimos no hacer un Belén viviente…, ahora somos pluriconfesionales. Y sé que todavía falta mucho… Bueno, en realidad no tanto, cuatro meses, pero ya sabe cuánto se tarda en organizar estas cosas.

—¡Desde luego! —dice Lila.

—Estás rara —añade Violet.

—Y usted es nuestra Madre de la Industria del Entretenimiento titular desde que Frances dejó Emmerdale. Aunque tampoco es que tuviera un papel fijo. Así que a Violet se le ha ocurrido que podría ocuparse.

—¿Ocuparme?

—Del vestuario para los protagonistas.

—El vestuario —repite Lila sin reaccionar.

—Es una adaptación de Peter Pan.

Marja se está alejando del grupo de madres. Se cierra el abrigo camel a la altura de la cintura y mira a Lila por el rabillo del ojo y con una expresión incómoda. Su hijo, Hugo, le tira del brazo cuando cruzan la verja.

—¡Por supuesto! —dice Lila.

Ha empezado a notar un zumbido en la parte posterior de la cabeza. Casi no le deja oír nada. Piensa que es posible que tenga lágrimas en los ojos porque lo ve todo extrañamente vidrioso.

—¿De verdad? Qué maravilla. Violet no estaba segura de que fuera a decir que sí.

—No le gusta venir al colegio —dice Violet.

Lila se obliga a prestar atención a su hija.

—¿Cómo? Pero ¡qué dices, Violet! ¡Si me encanta venir! ¡Es el mejor momento del día!

—La semana pasada le pagaste cuatro libras a Celie para que viniera ella.

—No, no. Le di cuatro libras a Celie porque las necesitaba. Lo de venir al colegio no tenía nada que ver.

—Mentira. Le dijiste que preferirías comerte los pies y Celie dijo que venía ella si le dabas dinero para comprarse un café con malvavisco de Costa, y tú dijiste: «Vale, muy bien», y…

La sonrisa de la señora Tugendhat empieza a desdibujarse.

—Ya está bien, Violet. De acuerdo, señora Tugendhat. A eso. Lo que ha dicho. ¡Por supuesto que me ocupo!

Algo le pasa a su mano derecha. No hace más que agitarla para dar énfasis. Es como si se hubiera independizado del resto del cuerpo.

La señora Tugendhat sonríe.

—Bueno, pues seguramente empezaremos después de las vacaciones de octubre, así le dará tiempo de tener el vestuario, ¿sí?

—¡Sí! —dice Lila—. ¡Sí! Tenemos que irnos, llevamos un poco de prisa. Pero… hablamos. Hablamos sin falta. ¡Feliz… cumpleaños!

Señala el pecho de la señora Tugendhat y a continuación da media vuelta y echa a andar calle abajo.

—¿Por qué vamos por aquí? —pregunta Violet corriendo para alcanzarla—. Siempre vamos por Frobisher Street.

Marja se ha ido por Frobisher Street. Lila presiente que se morirá si tiene que ver una vez más ese pelo rubio cuidadosamente despeinado.

—Me…, me apetecía cambiar —dice.

—Estás muy rara —dice Violet. Se para y saca de su mochila una bolsa de chips de tubérculos que ha debido de meterle Bill en sustitución de una de patatas Monster Munch. Está intentando que lleven una dieta más saludable. Violet afloja el paso para comer, lo que obliga a Lila a caminar más despacio también—. Mamá.

—¿Sí?

—¿Sabes que Felix tiene gusanos en el culo? En el recreo se metió un dedo para sacar uno y enseñárnoslo. Se le enroscaba en la uña.

Lila se para y digiere esta información. En circunstancias normales, habría gritado. Pero ahora mismo le parece lo menos horrible que ha oído en todo el día. Mira a su hija.

—¿Lo tocaste?

—Puaj. No —dice Violet antes de meterse otra chip en la boca—. Le dije que a partir de hoy iba a estar siempre a quince kilómetros de él. Y de los otros chicos también. Son asquerosos.

Lila se pasa despacio la palma por la cara y deja escapar un suspiro largo y tembloroso.

—No cambies nunca, Violet —dice cuando recupera el habla—. Eres muchísimo más sensata de lo que he sido yo nunca.

2

Desde la marcha de Dan y la muerte de su madre, Lila ha desarrollado una serie de estrategias para sobrevivir a cada día. Cuando se despierta, a alrededor de las seis de la mañana, se toma un antidepresivo, citalopram, con un vaso de agua, se viste antes de que le dé tiempo a pensar y sale a pasear una hora con Truant. Camina hasta el Heath, en cuyos senderos embarrados los paseadores de perros más madrugadores se cruzan con bebedores de café solitarios y corredores con cara adusta y auriculares puestos. Pasea mientras escucha audiolibros o pódcast parlanchines y anodinos, cualquier cosa que le impida estar a solas con sus pensamientos.

Al volver, despierta a las niñas, las soborna y las convence de que se levanten de la cama y se preparen para ir al colegio, tratando de no tomarse como algo personal los gruñidos y los gritos de desesperación por un calcetín o un teléfono desaparecidos. Desde que Bill vive con ellas, se ocupa él del desayuno e insiste en que las chicas tomen gachas con frutos rojos y semillas variadas en lugar de las tartaletas de tostadora y los bagels revenidos con mermelada que les daba Lila. Bill es riguroso con la alimentación y se pasa el día hablando de aceites de pescado y de las propiedades depurativas de las lentejas, sin hacer caso de los ojos en blanco de las chicas ni de la avidez con la que miran la caja de Choco Pops. Por las noches prepara comidas nutricionales que incluyen hortalizas poco conocidas e intenta no parecer dolido cuando las chicas murmuran que preferirían un sándwich de jamón y queso fundido.

Cuando vuelve de dejar a las niñas, Lila se sienta en lo que llaman irónicamente su despacho, una habitación en el último piso todavía llena de cajas de libros medio rotas que nunca llegaron a abrirse, y acomete las gestiones más urgentes del día. Esto, con los consiguientes cálculos económicos, suele dejarla tan agotada que a menudo tiene que echarse una siesta en el sofá cama; de vez en cuando se tumba en la alfombra con un pódcast de meditación que la tranquilice, intentando que no la desconcentren los ladridos de Truant en el piso de abajo. Procura comer de forma regular para que no le baje el nivel de azúcar y, con él, el estado de ánimo. Cuando se despierta de la siesta, se toma una taza de té para espabilarse y a continuación sale a hacer la compra. Para entonces ya suele ser la hora de recoger a Violet, momento en el cual se convierte de nuevo en «mamá», una persona, por tanto, en alguien sin tiempo para pensamientos invasivos e inmersa en una guerra doméstica sin cuartel contra el desorden, la ropa sucia, los deberes y las exigencias diarias de cada una de sus hijas hasta que es hora de irse a la cama. Entonces se toma dos antihistamínicos (el médico se niega a seguir recetándole sus pastillas para dormir; al parecer, ahora se consideran un «fármaco sucio») o, en ocasiones, se fuma medio porro asomada a la ventana. Por fin, cuando medio intuye que el sueño empieza a rondarla igual que un caballo asustadizo, se pone un pódcast de meditación para dormir —en el que actores de voz suave y monótona leen historias aburridas— y reza por no despertarse en por lo menos dos horas.

No quiere pensar en su exmarido y en su indefectiblemente impecable nueva pareja. No quiere pensar en la casa inmaculada que tiene Marja calle arriba, con su selección minimalista de elegantes objetos y una mesa de centro de Noguchi. No quiere pensar en su madre muerta, quien, de haber estado allí, habría hecho mucho más llevadero todo este desastre.

Algunos días, Lila tiene la sensación de estar en una batalla constante contra todo: el contenido furioso y escurridizo de su cerebro, sus hormonas cambiantes e impredecibles, la báscula, su exmarido, los intentos de su casa por caérsele encima, el mundo en general.

Cuando las chicas se levantan de la mesa esa noche y dejan a Bill mirando con expresión de reproche los cuencos sin terminar de estofado de venado y cebada perlada («Es una comida sanísima, alta en proteínas y baja en grasas»), Lila cae en la cuenta, con un pellizco en el estómago, de que acaba de abrirse un frente nuevo: el hijo que va a tener Dan. Ese niño será medio hermano de sus hijas, una presencia constante en la vida de todos. Tendrá los mismos derechos a lo que tiene que ofrecer su padre: dinero, tiempo, amor. Ese niño, más que nada, hace más real el hecho de que Dan no va a volver, por poco probable que creyera Lila que fuera eso. Ese niño será otra cosa más a la que tendrá que enfrentarse Lila, es posible que a diario, durante los próximos dieciocho años. Y solo de pensarlo le entran ganas de meterse los nudillos en la cuenca de los ojos.

Dan llama a las ocho y cuarto. Sin duda cuando hace ya por lo menos una hora que Hugo, el dócil hijo de seis años de Marja, se ha ido obedientemente a la cama, bañado, con el pijama y los dientes limpios. Violet, en cambio, está con las piernas colgando por entre los barrotes de la barandilla de la escalera, cantando una canción rap que, según el recuento de Lila, incluye once alusiones distintas a órganos genitales.

—Lila.

Siente el mordisco automático en el estómago que le provoca oír su voz. Respira antes de contestar.

—Estaba esperando tu llamada.

—Marja está muy disgustada. —Dan suspira—. Mira, ninguno queríamos que te enteraras así.

—De manera que Marja está disgustada, vaya por Dios. —Las palabras salen de la boca de Lila antes de que le dé tiempo a contenerlas—. Pobrecita.

Hay un breve silencio antes de que hable Dan.

—A ver, está de dieciocho semanas. Pensamos que era mejor esperar a después de las vacaciones de verano para…

—Pero las madres del colegio sí pueden saberlo.

—No porque se lo dijera Marja. Esa dichosa mujer… ¿cómo se llama? Lo adivinó. Y Marja fue incapaz de mentir, así que…

—Sí, claro. Porque una mentira es lo último que queremos en esta situación. ¿Cuándo tienes pensado decírselo a las niñas?

Dan vacila. Lila lo imagina pasándose la mano por la coronilla, su gesto acostumbrado cada vez que algo le resulta difícil.

—Pues…, a ver. Habíamos pensado… Había pensado que igual se lo toman mejor si se lo cuentas tú.

—Uy, eso sí que no. —Lila se levanta de la mesa y va hasta el fregadero—. De eso nada, Dan. Esto te toca a ti. Te toca a ti decirles a tus hijas que las vas a reemplazar.

—¿Qué quieres decir con lo de que las voy a reemplazar?

—Bueno, ya te has ido a hacer de papá de otro niño. ¿Cómo quieres que lo interpreten si no?

—Sabes que eso no es así.

—¿Ah, no? Eras su padre. Ahora te dedicas a llevar al hijo de otra persona al colegio por las mañanas. A cenar con él todas las noches.

—Sigo siendo su padre, joder. Si pudiera, cenaría con ellas todas las noches.

—Pero no si eso implica vivir con nosotras, claro.

—Lila, ¿por qué te pones así?

—Así, ¿cómo? Yo no he hecho nada. Tú eres el que se largó. Tú eres el que empezó a acostarse con una vecina. El que se dedica a criar al niño de otra persona y solo ve a sus hijas dos días a la semana. —Se odia por su tono de voz, por las palabras que sa­len de su boca, pero no puede contenerse—. Y también el que decidió tener otro puñetero hijo con una mujer doce años más joven. Un hijo que, si no recuerdo mal, me dejaste claro que no íbamos a tener por mucho que yo lo quisiera ¡porque no dabas abasto con las dos que teníamos ya!

Llegado este punto, algo la empuja a volver la cabeza. Celie está junto a la nevera. Tiene un envase de zumo de naranja en la mano y mira fijamente a su madre.

—¿Celie?

Celie está pálida. Deja el envase y sale corriendo de la cocina.

—¿Qué? —dice Dan—. ¿Qué pasa?

—¡Celie! —grita Lila. A continuación dice al teléfono—: Luego te llamo.

La puerta del cuarto de Celie está cerrada con pestillo y tiene la música a todo volumen. Lila intenta abrirla, la aporrea, pero por toda respuesta obtiene un «Déjame». Vacila un momento, sin saber qué hacer, y luego se desliza hasta sentarse en el suelo con la espalda pegada a la puerta y escucha el ritmo machacón de la música.

Empieza a entrarle una ristra de mensajes de Dan. No tiene energías para leerlos ahora mismo, pero sí ve:

Te empeñas en hacer las cosas más difíciles que

como he dicho ninguno queremos causar a las niñas

y con el tiempo aprenderán a querer a su

Activa el modo «No molestar» en su teléfono y se concentra en controlar la respiración.

Por fin la música baja de volumen.

—Me voy a quedar aquí hasta que quieras hablar conmigo, cariño —dice Lila en voz lo bastante alta para que Celie la oiga. Sus palabras resuenan en el silencio—. No me pienso mover. Y ya sabes lo pesada que puedo llegar a ser.

Otro largo silencio.

—Tengo un termo, un saco de dormir y chocolatinas de menta. Si hace falta, puedo resistir hasta el jueves.

Por fin oye pisadas acercándose a la puerta. Escucha a Celie descorrer el pestillo y alejarse. Lila se pone de pie con un esfuerzo y la entorna. Su hija adolescente está tumbada en la cama con la larga melena negra desplegada teatralmente alrededor de la cabeza y los pies con los calcetines apoyados en la pared.

—Le odio.

—No le odias. Es tu padre —dice Lila mientras piensa: «Pero yo sí le odio».

—Es patético. ¿Sabías que ella ha publicado el resultado del test de embarazo en Instagram?

—¿Cómo?

Celie levanta su teléfono. Y ahí está, una fotografía de la varita de plástico blanco con una raya azul y un «OMG» en texto que pasa en bucle por debajo.

—Menos mal que no se lo iban a contar a nadie. —Lila devuelve el teléfono a su hija, se sienta en la cama y le pone una mano en la pierna—. Lo siento mucho, cariño. Siento muchísimo que tengas que pasar por esto. —Traga saliva—. Y siento no…, no llevarlo demasiado bien siempre.

Celie se enjuga furiosa una lágrima y repite el gesto cuando se ve el dedo sucio de rímel.

—No es culpa tuya.

—Pues desde luego tuya tampoco.

Celie la mira de reojo.

—¿Cuándo te has enterado?

Lila menea la cabeza.

—He oído a una de las madres del colegio hablando hoy con Marja. Por eso ha llamado papá. Siento que hayas tenido que oír la conversación.

Celie niega con la cabeza.

—Yo ya lo sabía.

—¿Cómo que lo sabías?

—Tiene vitaminas prenatales en el cuarto de baño. Desde hace meses. ¿Para qué las tomas si no vas a tener un niño?

Lila siente un nuevo mordisco. Así que esto es algo planeado. Cierra los ojos un momento, aprieta los dientes, relaja la mandíbula y dice:

—Bueno, igual cuando nazca le coges mucho cariño. Igual es una novedad preciosa y descubres que tener una familia ampliada es una maravilla. Todo se solucionará, Celie. De hecho, estoy segura de que te va a encantar tener un hermanito o una hermanita. Alguien más que te adore. Como hacemos todos los demás.

Hay un breve silencio.

—Por Dios, mamá, qué mala actriz eres.

Lila la mira.

—¿En serio?

—Se te da de pena disimular.

Se quedan calladas. Lila suspira.

—A ver, vale. Durante un tiempo se nos hará raro. A todos. Pero sé que vuestro padre os quiere mucho. Y estas cosas tienden a salir bien.

Celie se arrima a ella y le aprieta la mano. Enseguida se aparta, pero es suficiente.

—¿Estás bien, mamá? —pregunta al cabo de un instante.

—Estoy perfectamente —dice Lila con firmeza—. Os tengo a vosotras dos. La única familia que siempre he querido.

—Y a Bill.

—Y a Bill. ¿Qué haríamos sin Bill?

—Aunque nos obliga a comer unas cosas asquerosas. Mamá, ¿puedes decirle algo de las lentejas? Ayer me tiré un pedo superfuerte en la clase de geografía de por la mañana y te juro que todo el mundo supo que había sido yo.

—Hablaré con él.

Lila va a su dormitorio y se toma un segundo citalopram antes de bajar. La doctora insistió muchísimo en que no superara la dosis recomendada, pero el exmarido de esta doctora no se ha dedicado a dejar embarazada a la mitad de la población del norte de Londres. Así que Lila se toma un segundo citalopram.

—¿Todo bien?

Bill está fregando los platos y la suave música clásica de Radio 3 llena el silencio de la cocina. Por mucho que Lila le diga que ya los fregará ella luego, empezará a ponerse nervioso mientras ella ve la televisión y se ausentará sin hacer ruido del cuarto de estar para reaparecer media hora después con un trapo de cocina húmedo y una expresión de silencioso alivio. A Bill le gusta el orden. Durante los últimos meses, Lila ha comprendido que necesita sentirse útil, aunque también opina que, a sus setenta y ocho años, debería descansar más. Ahora se vuelve hacia Lila con el trapo en el hombro.

—Muy bien —dice esta. Y prosigue en tono despreocupado—: Dan va a tener un hijo. Con la Amante Joven y Flexible.

Bill tarda un momento en digerir la noticia.

—Lo siento mucho —dice con su tono seco propio de habitante de casa señorial.

Hay un breve silencio. A continuación añade:

—La verdad es que no sé qué decirte. Tu madre sí habría sabido. —Se acerca a Lila y esta piensa que va a abrazarla. Pero entonces Bill vacila, le pone una mano en el brazo y se lo aprieta—. Es un necio, Lila —dice con voz amable.

—Ya lo sé. —Lila traga saliva.

—Y se arrepentirá en cuanto empiecen las noches en vela y los pañales —afirma Bill—. La dentición. Las rabietas. Todo ese desorden y caos.

«A mí me encantaba ese caos —piensa Lila con tristeza—. Me encantaba vivir en ese follón continuo, con mis bebés churretosas, la casa llena de juguetes de plástico y de cestos de ropa sucia. Quería tener cinco hijos. Una minitribu. Y una casa en el campo llena de perros y botas embarradas y cestillos con leña recogida en el bosque».

—Desde luego —dice.

Cuando levanta la cabeza, Bill la está mirando. Acto seguido baja la vista a sus zapatos relucientes. Bill siempre lleva zapatos relucientes. Lila no está segura de haberlo visto alguna vez sin una camisa perfectamente planchada y zapatos brillantes.

—Ahora que lo pienso, tu madre habría dicho que es un capullo —dice Bill de pronto.

Lila abre mucho los ojos. Piensa un momento y responde:

—Es muy probable.

—Un puto capullo gilipollas. Seguramente.

Bill jamás dice palabrotas, y oír estas palabras salir de su boca es tan inesperado que los dos se miran y Lila deja escapar una risa breve de sorpresa. Le sigue otra, y un hipido. La risa de Lila se convierte en una especie de sollozo. Se tapa la cara con las dos manos.

—Es una detrás de otra, Bill —dice llorando—. Joder, si es que no se acaba nunca.

Bill le aprieta el hombro.

—Se acabará. Ya se acabado, de hecho. Ya han pasado las tres cosas.

Lila se sorbe la nariz.

—¿Desde cuándo eres supersticioso?

—Desde que no saludé a una urraca solitaria y al día siguiente a tu madre la atropelló un autobús.[1]

—¿En serio?

—Bueno, tengo que echarle la culpa a algo. —Bill espera a que Lila haya dejado de llorar—. Vas a estar bien, niña querida —susurra.

—Vamos a estar bien —repite Lila, y se retira el pelo de los ojos. Se sorbe la nariz y se seca las lágrimas—. ¿Tengo buen aspecto?

—Por supuesto.

Lila le estudia la cara y hace una mueca.

—Por Dios, Bill, disimular se te da todavía peor que a mí.

3

Estas son las cosas que he aprendido en mis quince años de matrimonio: no pasa nada si no sientes adoración todos los días. En algún momento vamos a gruñir por calcetines desparejados, olvidar pasar la ITV, llevar seis semanas sin sexo. Tal y como dice la gran Esther Perel, amar es un proceso. Es un verbo. Todos los matrimonios tienen picos y valles, y con los años adquieres perspectiva y comprendes que el tuyo participa de los altibajos de tu particular, especial y única vida sentimental. Un matrimonio puede contener multitud de emociones en un solo día. Te puedes despertar junto a un hombre que ronca y tener ganas de ahogarlo con una almohada y, a las once de esa misma mañana, estar deseando que la limpiadora se marche para abalanzarte sobre él y pasar una hora deliciosa en la cama. En el transcurso de media hora, puedes sentir cariño, irritación, deseo y gratitud. El secreto es comprender este proceso, estos altibajos y no asustarte de tus emociones. Porque mientras estéis juntos en esto, mientras seáis un equipo, sabrás, en lo más profundo de tu ser, que todo forma parte de esa gloriosa experiencia en que consiste ser humano. Dan es mi equipo y estamos juntos en esto, y no pasa un día sin que dé las gracias por esta certeza.

A veces Lila recuerda este párrafo, que un periódico nacional publicó a modo de adelanto de su libro justo catorce días antes de que Dan la dejara, y entonces tiene ganas de hacerse una bola pequeñita y dura, como una cochinilla de humedad atrapada en un lavabo.

Cuando lo escribió estaba convencidísima. Recuerda estar en casa redactando la última frase y rebosando amor por su marido, por su vida (a menudo experimentaba este sentimiento cuando escribía sobre el Dan ficticio, alguien mucho menos complicado que el real). Dan solía menear la cabeza con expresión de afecto cada vez que Lila hablaba de su padre; le tenía prohibido repetir su acostumbrado mantra: «Al final, todos te abandonan».

La primera vez que Lila la pronunció, llevaban poco tiempo y, reacia a comprometerse, estaba aterrada por la continua insistencia de Dan en tener una relación seria. Dan le cogió una mano y le dijo: «Tienes que reescribir esa historia. Que tu padre se portara como un capullo no significa que todos los hombres vayan a hacer lo mismo». Aquel había sido un momento trascendental y durante un tiempo lo consideraron la piedra angular de su matrimonio.

Ahora Lila piensa que lo más probable es que fueran más o menos felices durante los diez primeros años, exceptuando los malabarismos que exigía ser padres y las competiciones por quién de los dos estaba más cansado cuando las niñas eran muy pequeñas. Desde luego recuerda, durante unas vacaciones familiares en las que escribía su libro, estar sentada en la playa mirando a sus hijas jugar en el agua con su madre (Francesca era una entusiasta del mar) y sentirse, mientras se abrazaba las rodillas enarenadas, increíblemente afortunada. Era como estar alojada en el corazón de algo bueno, fuerte y sólido. Su madre salpicando a sus nietas, Bill animándola desde debajo de su sombrero playero, sus preciosas niñas riendo, su marido. Estabilidad económica, una casa nueva, sol y olas centelleantes. Lila había tenido la sensación de que la vida le sonreía.

Y entonces —¡giro argumental!— Dan se fue. Y, menos de un año después, también su madre.

Lleva veinte minutos rumiando esto, con los auriculares antirruido puestos y mirando por la ventana, cuando repara en que al final del jardín delantero hay un hombre mirando hacia arriba. Lila lo observa con el ceño fruncido y espera a que se vaya. Pero lo que hace el hombre es dar dos pasos a la derecha, apoyar una mano en el tronco del árbol de la entrada y poner cara pensativa. Viste un plumas, vaqueros algo sucios y gorro de lana. Lila no le ve la cara. Siente una pequeña punzada de inquietud: dos semanas antes le robaron el coche al vecino del camino de acceso. Quiere que el hombre se ponga a hablar por teléfono, se vaya, haga algo que le permita decidir que no es un ladrón ni alguien planeando algo siniestro. Pero allí sigue, mirando la casa con expresión meditativa. Lila continúa sentada hasta que no aguanta más y entonces se quita los auriculares y baja corriendo, cuatro, cinco pisos, le pone la correa a Truant para no salir sola y abre la puerta principal. El hombre se vuelve para mirarla.

—Este camino es propiedad privada —dice Lila lo bastante alto para que el hombre la oiga.

Este no contesta, se limita a seguir mirándola mientras Truant emite una sucesión de ladridos apremiantes y ensordecedores. De pronto Lila recuerda que sigue en pijama y bata y que son las once de la mañana. Se había prohibido vestirse antes de escribir mil palabras en un intento por obligarse a trabajar. Ahora le parece una pésima idea.

—¿Cómo? —grita el hombre.

—¡Que es un acceso privado! ¡Márchese!

El hombre arruga un poco el ceño.

—Solo estoy mirando su árbol.

Qué excusa tan ridícula.

—Pues no lo haga.

—¿El qué? ¿Mirar su árbol?

—Exacto.

Truant tira de la correa, gruñe y salta. Lila lo adora por este despliegue de agresividad.

El hombre parece impertérrito. Levanta las cejas.

—Si me quedo en la acera, ¿puedo mirar el árbol?

Retrocede dos pasos, salta a la vista que está ligeramente divertido. A Lila le hace sentir furiosa e impotente al mismo tiempo la seguridad despreocupada de este hombre, el hecho de que parezca saber lo nerviosa que la está poniendo la situación.

—¡Que deje de mirar mi árbol! ¡No mire mi casa! ¡Váyase!

—Pues sí que es usted amable.

—No tengo por qué ser amable. Solo por ser mujer no estoy obligada a ser amable. Está usted en mi jardín delantero sin haber sido invitado. Así que no, no tengo por qué ser amable.

Le ha salido una voz aguda y los ladridos de Truant son ensordecedores. Por el rabillo del ojo, Lila ve moverse las cortinas de la ventana mirador de la casa de al lado. Sin duda el incidente pasará a engrosar su lista de fechorías vecinales. Levanta una mano pidiendo disculpas y la cortina se cierra.

—Bonito coche —dice el hombre admirando el Mercedes.

Lila se compró un coche deportivo porque le pareció algo que habría hecho su madre: impulsivo y optimista. Lo compró en un concesionario especializado porque en la primera tienda de coches a la que llamó no le devolvieron las llamadas. Y eligió el modelo de gama superior y precio más alto que le permitió la herencia de Francesca —un Mercedes-Benz 380 SL de 1985— porque el elegantemente trajeado comercial del concesionario en el que había terminado no la creía con nivel adquisitivo suficiente para permitírselo. («Bueno —había dicho con ironía Eleanor, la amiga de toda la vida de Lila, cuando esta se lo contó—, pues ahora ya le habrá quedado claro»).

—Tiene rastreador —grita Lila.

—¿Qué? —El hombre no la oye con la algarabía.

—¡Que tiene rastreador! ¡Y sistema de alarma!

El hombre frunce el ceño.

—¿Cree que le voy a robar el coche?

—No, no creo que me vaya a robar el coche. Porque la policía lo rastrearía y acabaría usted en la cárcel. Solo le estoy informando de que no es una opción. Y, por cierto, en la casa no hay dinero. Por si se lo estaba preguntando.

El hombre se mira las zapatillas deportivas con el ceño fruncido y a continuación a Lila.

—Así que ha salido solo para decirme que no puedo mirar su árbol, que no puedo robarle el Mercedes porque iría a la cárcel y que no tiene dinero.

Tal y como lo ha dicho, suena ridículo, lo que irrita todavía más a Lila.

—Pues más o menos. Igual si no se dedicara usted a allanar jardines delanteros no haría falta decirle nada.

—La verdad es que estoy en su jardín delantero porque he quedado con Bill.

—¿Cómo?

—He quedado con Bill. Quiere que arregle el jardín. Pero no ha contestado nadie al timbre, así que supongo que no está.

Lila se queda cortada.

—Ah —dice, y justo en ese momento Truant, claramente furioso por este prolongado allanamiento, empieza a retorcer la correa, dudando entre abalanzarse contra el hombre o salir huyendo. Lila forcejea con él en un intento por tranquilizarlo, pero salta a la vista que su tono de voz lo ha ido poniendo cada vez más nervioso y no quiere estarse quieto—. Bill ha ido a su casa. —Lila tiene que repetirlo a gritos porque la primera vez el ruido ahoga sus palabras—. ¡Su casa! Está bajando por esta misma calle. Escuche, perdóneme. Pase y le llamo. Está claro que se ha olvidado.

Pero el hombre da dos pasos atrás hasta llegar la acera.

—No se preocupe, ya lo llamo yo.

Y echa a andar calle abajo mientras se saca el teléfono del bolsillo.

—No me extraña que saliera corriendo. Desde que Dan se fue, estás en plan… matona.

—¿Cómo que matona?

—La mayor parte del tiempo vas por ahí con cara de querer asesinar a alguien.

Lila mira el tenedor que ha estado agitando mientras le contaba a Eleanor la historia del intruso del jardín que resultó no serlo y lo baja despacio.

—De eso nada. No parezco ninguna matona.

Eleanor no trabaja esta semana, lo que quiere decir que va perfectamente maquillada. Cuando tiene trabajo —es peluquera y maquilladora de televisión— dice que pasa de arreglarse ella también. Lila la mira y se pregunta si Eleanor no está envejeciendo mejor que ella. La encuentra… radiante.

—Bueno…

—Me estás diciendo que tengo pinta de trastornada.

—No. —Eleanor pincha un trozo de sushi y se lo mete en la boca usando un único palillo—. Lo que te digo, como amiga tuya de toda la vida que soy, es que últimamente…. tienes la mecha algo corta. —Cuando ve la cara de abatimiento de Lila, añade—: Algo comprensible teniendo en cuenta por lo que has pasado y todo eso. Pero yo reservaría esa actitud para Dan. No te interesa dar malas vibraciones a la gente en general.

—¿De qué vibraciones me hablas?

—Pues de que siempre tienes esta cara.

Eleanor entorna los párpados y mira a Lila con expresión implacable. Lila empuja su plato.

—¿Se supone que esa soy yo?

—Bueno, más o menos. También sacas la mandíbula. Pero creo que a mí no me sale.

—Ah, vaya. Pues muchas gracias.

—Te lo digo con cariño, Lils. Y hay un montón de gente que se merece esa vibra, empezando por Dan. Pero un humilde jardinero que se ha puesto a mirar un árbol mientras espera a tu anciano padrastro quizá no tanto. ¿Qué tal si pruebas esto?

Sonríe despacio y de forma exagerada.

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