¿Sabéis esos pintores de la China y Japón antiguos que se pasaban la vida pintando la niebla en movimiento sobre las montañas, el mar, el bambú? Bueno, pues cuando era niña vivimos un tiempo en un paisaje así, y siempre he pensado que una casa vieja en las montañas brumosas es un lugar ideal para meditar sobre el pasado, sobre una existencia de desarraigo. ¿Quién es propietario de qué? ¿Quién pertenece a dónde? Se trataba de un territorio fronterizo del Himalaya complicado en una época de agitación política, lo que daba pie a preguntas elementales.
Un año, la lluvia entró en la casa por una gotera en el techo y transformó las figuras del álbum familiar en fantasmas.
Mi abuelo desapareció. De pequeño, se sentaba bajo una farola y se aprendía de memoria el diccionario de inglés. Se embarcó hacia Inglaterra con una beca; regresó como juez; viajó de pueblo en pueblo para celebrar juicios bajo los árboles; impartió justicia bajo el sistema colonial, fundamentalmente injusto.
En una fotografía como la de mi abuelo —el rostro como una máscara, envuelto en una capa y con peluca blanca— se percibía ese instante en el que la vida puede convertirse en novela y la novela en vida, pero cuando me senté a escribir El legado de la pérdida, vivía en Estados Unidos y fue otro territorio sin fronteras el que captó mi atención: la ciudad de Nueva York, donde historias dignas de epopeyas heroicas o volúmenes de mitología embaucadora brotaban de la boca de los taxistas, de los chicos que trabajaban de ilegales en la panadería donde yo compraba mis galletas, que habían viajado de Pakistán a Irán, Turquía, Grecia, Haití, Guatemala, México y finalmente Estados Unidos escondidos entre plátanos en un camión de plátanos. Historias que, como las fotografías de mi pasado, tenían la fuerza poderosa de la ficción.
Cuando llegué allí por primera vez para estudiar, me pareció muy extraño que, en uno de los países más ricos del mundo, me sostuviera exactamente la misma pobreza que en la India, y que la pobreza de todo el mundo en desarrollo se concentrara y se mezclara en las cocinas de los sótanos de los Baby Bistros y Queen of Tarts de Nueva York.
El paisaje podía ser diferente, pero las preguntas se superponían. Eran preguntas sobre la mano de obra migrante, quién era rico y poderoso, quién pobre e impotente. Eran preguntas sobre el origen étnico, la representación en el gobierno, el sentido de pertenencia.
Como en esas antiguas pinturas en rollo, de bruma y neblina, que dejan entrever una vasta escena a través de claros, me inspiré para escribir estampas sobre lugares distantes entre sí, pero que aun así formaban parte de un relato más amplio, de maneras que no eran inmediatamente evidentes. Empecé a ver una conexión entre mi nuevo hogar y el que había dejado atrás, entre la India y el mundo occidental, los ricos y los pobres, los poderosos y los impotentes. Empecé a escribir sobre viajes de un pasado remoto, a partir de los cuales algunos de nosotros no volvimos a encontrar un lugar en nuestro paisaje. Rastreé el viaje de mi abuelo hasta que se entrelazó con el mío. Escribí sobre personas que, aun rodeadas de multitudes en un planeta abarrotado, podían sentirse tan solas, en el fondo, como hombres o mujeres que envejecen en casas desvaídas, en montañas agrestes y brumosas.
Después de todo, también hay belleza en no pertenecer, en una escena donde la niebla cae como un dragón, se disuelve y vuelve ridículo el trazado de las fronteras.
KIRAN DESAI, 2007
EL LEGADO DE LA PÉRDIDA
A mi madre, con tantísimo cariño
Escrituras de luz embisten la sombra, más prodigiosas que meteoros.
La alta ciudad inconocible arrecia sobre el campo.
Seguro de mi vida y de mi muerte, miro los ambiciosos y quisiera entenderlos.
Su día es ávido como el lazo en el aire.
Su noche es tregua de la ira en el hierro, pronto en acometer. Hablan de humanidad.
Mi humanidad está en sentir que somos voces de una misma penuria.
Hablan de patria.
Mi patria es un latido de guitarra, unos retratos y una vieja espada, la oración evidente del sauzal en los atardeceres.
El tiempo está viviéndome.
Más silencioso que mi sombra, cruzo el tropel de su levantada codicia.
Ellos son imprescindibles, únicos, merecedores del mañana. Mi nombre es alguien y cualquiera.
Paso con lentitud, como quien viene de tan lejos que no espera llegar.
JORGE LUIS BORGES , «Jactancia de quietud»
1
Todo el día los colores habían sido los del crepúsculo, la niebla cruzando como una criatura acuática los grandes flancos de montañas imbuidas de sombras y profundidades oceánicas. Fugazmente visible por encima de la bruma, el Kanchenjunga era una cumbre lejana tallada en hielo que recogía la última luz, un penacho de nieve lanzada a las alturas por las tormentas en su cima.
Sai, sentada en la galería, leía un artículo sobre calamares gigantes en un National Geographic atrasado. De vez en cuando alzaba la vista hacia el Kanchenjunga y observaba su cautivadora fosforescencia con un escalofrío. El juez, sentado en el rincón opuesto con su tablero de ajedrez, jugaba contra sí mismo. Embutida bajo su silla, donde se sentía segura, estaba la perra Canija, que roncaba ligeramente en sueños. Una única bombilla pelada colgaba del techo. Hacía frío, pero dentro de la casa hacía aún más frío, la oscuridad y la helada contenidas por muros de piedra de varios palmos de grosor.
Allí, al fondo, en la cavernosa cocina, estaba el cocinero, que intentaba encender la madera húmeda. Hurgó entre la leña con cautela por miedo a la comunidad de escorpiones que vivían, amaban y se reproducían en el montón. Una vez había encontrado una madre, rolliza de veneno, con catorce criaturas sobre el lomo.
Al final el fuego prendió. Colocó encima el hervidor, tan cubierto de abolladuras y desconchones como si lo hubiera desenterrado un equipo de arqueólogos, y esperó a que hirviese. Las paredes estaban chamuscadas y empapadas, con ristras de ajos colgadas de sus embarrados tallos a las vigas chamuscadas, matitas de hollín arracimadas en el techo cual murciélagos. Las llamas proyectaban un mosaico naranja brillante sobre la cara del cocinero, y su cuerpo se fue caldeando, pero una perniciosa corriente de aire torturaba sus rodillas artríticas.
Al salir por la chimenea, el humo se entreveraba con la neblina que iba cobrando velocidad, propagándose cada vez más densa y oscureciéndolo todo por partes: media colina, luego la otra media. Los árboles se convertían en siluetas, surgían fugaces y volvían a quedar sumergidos. Poco a poco la bruma lo sustituyó todo, objetos sólidos con sombra, y no quedó nada que no pareciera moldeado o inspirado por ella. El aliento de Sai surgía de su nariz en vaharadas, y el diagrama de un calamar gigante elaborado a partir de retazos de información y sueños de científicos se sumió por completo en las tinieblas.
Cerró la revista y salió al jardín. El bosque era antiguo y espeso en el lindero del jardín; los matorrales de bambú ascendían diez metros hacia la penumbra; los árboles eran gigantes recubiertos de musgo, deformes y aquejados de juanetes, envueltos en los tentáculos que eran las raíces de las orquídeas. La caricia de la neblina en su pelo parecía humana, y cuando extendió los dedos, la bruma los apresó suavemente en sus fauces. Pensó en Gyan, el tutor de matemáticas, que debería haber llegado hacía una hora con su libro de álgebra.
Pero ya eran las cuatro y media. Ella supuso que se debía a la neblina cada vez más densa.
Cuando volvió la mirada, la casa se había esfumado; cuando ascendió los peldaños de regreso a la galería, el jardín se desvaneció. El juez se había dormido y el efecto de la gravedad sobre sus músculos laxos, que prolongaba la línea de su boca y le cargaba las mejillas, permitió a Sai ver exactamente el aspecto que tendría si estuviera muerto.
—¿Dónde está el té? —reclamó él apenas se hubo despertado—. Se retrasa —añadió, refiriéndose al cocinero con el té, no a Gyan.
—Ya voy yo —se ofreció ella.
El gris se había filtrado dentro también, aposentándose sobre la vajilla de plata, husmeando los rincones y tornando en nube el espejo del pasillo. Sai, camino de la cocina, se vio fugazmente a sí misma a punto de quedar cubierta y se inclinó para dejar la huella de sus labios sobre la superficie, un beso de estrella de cine perfectamente definido. «Hola», dijo, medio para sí misma, medio para alguien más.
Ningún ser humano había visto nunca un calamar gigante vivo, y aunque tenían los ojos del tamaño de manzanas para abarcar la oscuridad del océano, la suya era una soledad tan profunda que bien podían no encontrar a ningún otro de su tribu. La melancolía de su situación invadió a Sai.
¿Cabría sentir la satisfacción con la misma intensidad que la pérdida? De forma romántica, decidió que el amor debía radicar en el espacio entre deseo y satisfacción, en la carencia, no en la saciedad. El amor era el ansia, la anticipación, la retirada, todo lo que lo rodeaba salvo la emoción en sí.
El agua hirvió y el cocinero levantó el hervidor y la vertió en la tetera.
—Es terrible —dijo—. Cómo me duelen los huesos, qué daño me hacen las articulaciones; más me valdría estar muerto. Si no fuera por Biju... —Biju era su hijo en América. Trabajaba en Don Pollo, ¿o era El Tomate Caliente? ¿O Pollo Frito Alí Babá? Su padre no podía recordar, entender ni pronunciar los nombres, y Biju cambiaba de empleo continuamente, como un fugitivo; sin papeles.
—Sí, hay mucha niebla —dijo Sai—. No creo que venga el tutor. —Ordenó como piezas de un rompecabezas platillos, tazas, tetera, leche, azúcar, colador y galletas Marie and Delite de modo que cupieran en la bandeja—. Ya lo llevo yo.
—Cuidado, cuidado —la regañó él, que la siguió con un cuenco esmaltado lleno de leche para Canija.
Al ver que Sai aparecía como flotando, precedida por el tintineo inquieto de las cucharillas sobre la lámina de estaño combada, Canija levantó la cabeza. «¿La hora del té?», dijeron sus ojos al tiempo que su rabo cobraba vida.
—¿Cómo es que no hay nada para comer? —preguntó el juez, irritado, levantando la nariz de un barullo de peones en el centro del tablero.
Miró entonces el azucarero sobre la bandeja: sucios gránulos destellantes con aspecto de mica. Las galletas parecían de cartón y había huellas de dedos en el blanco de los platillos. El té nunca se servía como era debido, pero él exigía al menos algo de tarta o un bollo, mostachones o palitos de queso. Algo dulce y algo salado. Aquello era una parodia y contradecía el concepto mismo de la hora del té.
—Sólo galletas —dijo Sai al ver su expresión—. El panadero se ha ido a la boda de su hija.
—No quiero galletas.
Sai lanzó un suspiro.
—¿Cómo se atreve a ir a una boda? —prosiguió el juez—. ¿Es ésa la forma de llevar un negocio? Vaya necio. ¿Por qué no puede preparar algo el cocinero?
—Ya no hay gas ni queroseno.
—¿Por qué demonios no puede cocinar con madera? Todos los viejos cocineros son capaces de preparar tartas perfectamente envolviendo en ascuas una caja de hojalata. ¿Crees que antes tenían estufas de gas, estufas de queroseno? Lo que pasa es que ahora están hechos unos vagos.
El cocinero sirvió a toda prisa los restos del pudin de chocolate calentados al fuego en una sartén, y a medida que el juez se comía el delicioso charquito marrón, su rostro fue adquiriendo un aspecto de pastosa y reticente satisfacción.
Bebieron a sorbos y comieron, la existencia entera sobrepasada por la inexistencia, la puerta que no llevaba a ninguna parte, y observaron cómo el té derramaba copiosas volutas de vapor cual ribetes, observaron cómo su propio aliento se mezclaba con la niebla que lentamente serpeaba y serpeaba.
Nadie reparó en los muchachos que se acercaban sigilosos entre la hierba, ni siquiera Canija, hasta que estaban prácticamente en las escaleras. Tampoco es que tuviera mayor importancia, ya que no había cerrojos para impedirles el paso ni nadie en las inmediaciones a quien llamar salvo el tío Potty al otro lado del barranco del jhora, que a esas horas estaría borracho en el suelo, tendido inmóvil, pero sintiéndose oscilar de un lado a otro. «No te preocupes por mí, cariño —le decía siempre a Sai tras una borrachera, abriendo un ojo igual que un búho—, me quedaré un rato tumbado aquí mismo y descansaré un poco...»
Habían atravesado el bosque a pie, vestidos con cazadoras de cuero del mercado negro de Katmandú, pantalones caqui, pañuelos: la moda universal de la guerrilla. Uno de los chicos llevaba un arma.
Crónicas posteriores acusarían a China, Pakistán y Nepal, pero en esa parte del mundo, como en cualquier otra, había suficientes armas en circulación para un movimiento empobrecido con un ejército de chusma. Buscaban cualquier cosa que pudieran encontrar: cuchillos kukris y de cocina, hachas, palas, cualquier clase de arma de fuego.
Habían venido por los rifles de caza del juez.
A pesar de su misión y su ropa, no resultaban convincentes. El mayor de ellos aparentaba menos de veinte años, y al primer ladrido de Canija gritaron como un montón de colegialas y retrocedieron escaleras abajo para refugiarse tras los arbustos desdibujados por la niebla. «¿Muerde, tío? ¡Dios santo!», dijeron, temblorosos bajo las prendas de camuflaje.
Canija empezó a hacer lo que siempre hacía cuando se encontraba con desconocidos: mostró a los intrusos un trasero que meneaba furiosamente y volvió la cabeza sonriente, con un semblante mezcla de ilusión y timidez.
El juez, que aborrecía verla humillarse de esa manera, alargó la mano hacia ella, gesto que Canija aprovechó para hundir el morro en sus brazos.
Los muchachos volvieron a subir las escaleras, incómodos, y el juez cobró conciencia de que esa incomodidad era peligrosa, ya que si los chicos hubieran dado una imagen de seguridad inquebrantable, tal vez se habrían mostrado menos inclinados a hacer uso de sus músculos.
El que llevaba el rifle dijo algo que el juez no alcanzó a entender.
—¿No nepalí? —le espetó, y sus labios esbozaron una mueca que daba a entender lo que pensaba al respecto, pero continuó en hindi—. ¿Armas?
—Aquí no tenemos armas.
—Tráigalas.
—Deben de haberos informado mal.
—Ya está bien de nakhra. Tráigalas.
—Os ordeno que os vayáis de mi propiedad de inmediato —repuso el juez.
—Traiga las armas.
—Voy a llamar a la policía.
Era una amenaza ridícula, pues no había teléfono.
Profirieron una carcajada de película y luego, también como si estuvieran en una película, el chico del rifle encañonó a Canija.
—Venga, tráigalas, o mataremos al perro primero, a usted el segundo y al cocinero el tercero; a las damas en último lugar —añadió con una sonrisa dirigida a Sai.
—Voy a por ellas —se ofreció ella aterrada, y volcó la bandeja a su paso.
El juez se sentó con Canija en el regazo. Las armas eran de sus tiempos en la Administración Pública india. Un fusil BSA de cinco disparos, un rifle Springfield del calibre 30 y un rifle Holland & Holland de dos cañones. Ni siquiera estaban guardados bajo llave, sino expuestos al final del pasillo encima de una hilera de polvorientos patos de reclamo pintados de verde y marrón.
—Bah, todos oxidados. ¿Por qué no los cuida? —Pero estaban contentos y su bravuconería salió a relucir—. Tomaremos el té con ustedes.
—¿El té? —repitió Sai paralizada de terror.
—Té y algo de picar. ¿Así tratan siempre a sus invitados? ¿Quieren enviarnos otra vez al frío sin nada que nos haga entrar en calor?
Se miraron entre sí, luego a ella, le dieron un buen repaso y cruzaron guiños.
Sai se sintió intensa, pavorosamente mujer.
Como es natural, todos los chicos estaban familiarizados con escenas de películas en las que héroe y heroína, arropados con mullidas prendas de abrigo, tomaban el té servido en juegos de plata por elegantes criados. Luego llegaba suavemente la niebla, como ocurría en la realidad, y cantaban y bailaban, lanzándose miraditas furtivas en algún bonito complejo turístico. Así era el clásico cine ambientado en Kulu Manali o, en los días anteriores al terrorismo, en Cachemira, antes de que los hombres armados surgieran dando saltos entre la niebla y se impusiera la necesidad de hacer otra clase de cine.
El cocinero estaba escondido debajo de la mesa del comedor y lo sacaron a rastras.
—Ai aaa, ai aaa. —Juntó las palmas en un gesto de súplica—. Por favor, por favor, soy un pobre hombre, por favor. —Levantó los brazos y se encogió como si esperara recibir un golpe.
—Él no ha hecho nada, dejadlo —dijo Sai, que detestaba verlo humillado y aún más ver que el único camino abierto ante él era humillarse todavía más.
—Por favor sólo vivo para ver a mi hijo por favor no me maten por favor soy un pobre hombre perdónenme la vida.
Sus frases se habían ido perfeccionando a lo largo de los siglos, transmitidas de generación en generación, pues los pobres necesitaban ciertas frases; el argumento siempre era el mismo: no tenían otra opción que suplicar piedad. El cocinero sabía instintivamente cómo llorar.
Las conocidas frases permitieron a los muchachos adoptar con mayor naturalidad su papel, que él les había puesto en bandeja de plata.
—¿Quién quiere matarte? —le dijeron—. Tenemos hambre, eso es todo. Venga, tu sahib te ayudará. Vamos —le dijeron al juez—, usted ya sabe cómo debe hacerse. —El juez no se movió, así que el chico volvió a apuntar a Canija.
El juez cogió la perra y la puso detrás de él.
—Qué buen corazón, sahib. También debería mostrar esta faceta suya para con sus invitados. Venga, ponga la mesa.
El juez se encontró en la cocina, donde no había estado nunca, ni una sola vez, con Canija bamboleándose a sus pies; Sai y el cocinero, demasiado atemorizados para observarlo, desviaban la mirada.
Les pasó por la cabeza que quizá murieran todos con el juez en la cocina. El mundo estaba patas arriba y podía ocurrir cualquier cosa.
—¿No hay nada para comer?
—Sólo galletas —dijo Sai por segunda vez en lo que iba de día.
—La! ¿Qué clase de sahib es usted? —le espetó el cabecilla al juez—. ¡No hay nada de picar! Pues haga algo. ¿Cree que podemos seguir adelante con el estómago vacío?
Sin dejar de lamentarse y suplicar clemencia, el cocinero frió pakoras, lanzando al aceite hirviente la mezcla para rebozar. El fuerte crepitar que producía fue un apropiado fondo sonoro para la situación.
El juez hurgó en busca de un mantel en un cajón lleno de cortinas, sábanas y trapos amarillentos. Sai, con manos temblorosas, dejó reposar el té en una cazuela y lo coló, aunque no tenía la menor idea de cómo preparar el té de esa manera, al estilo indio. Sólo lo sabía hacer al estilo inglés.
Los muchachos llevaron a cabo un registro de la casa con cierto interés. La atmósfera, según observaron, era de intensa soledad. Unos cuantos muebles desvencijados y adornados con el trazo cuneiforme de las termitas permanecían aislados en las sombras, junto con algunas sillas plegables baratas. Arrugaron la nariz ante el hedor a ratón cazado característico de un lugar pequeño, aunque el techo tenía la altura de un monumento público y las estancias eran espaciosas al estilo de la antigua opulencia, con las ventanas dispuestas para que se vieran los paisajes nevados. Escudriñaron un diploma emitido por la Universidad de Cambridge que casi se había desvanecido en una superposición de manchas pardas extendidas por las paredes, abombadas debido a la humedad y ondeantes cual velas. La puerta de una despensa con el suelo hundido se había cerrado para siempre. Las provisiones que contenía y lo que parecía un número excesivo de latas de atún vacías yacían apiladas encima de una rota mesa de ping-pong en la cocina, de la que sólo se utilizaba un rincón, ya que originariamente se había concebido para los paniaguados que trabajaban como esclavos, y no para el único criado que quedaba.
—La casa necesita muchas reparaciones —advirtieron los muchachos.
—El té está muy suave —dijeron al estilo de las suegras—. Y no tienen bastante sal —comentaron sobre las pakoras.
Mojaron las galletas Marie and Delite en el té y sorbieron ruidosamente la caliente infusión. En los dormitorios encontraron dos baúles y los llenaron de arroz, lentejas, azúcar, té, aceite, cerillas, jabón Lux y crema hidratante Pond’s. Uno de ellos aseguró a Sai:
—Sólo artículos necesarios para el movimiento. —Un grito de otro llamó la atención de los demás sobre un armario cerrado—. Denos la llave.
El juez cogió la llave oculta tras los ejemplares del National Geographic que, de joven, cuando imaginaba otra clase de vida, había llevado a un taller para encuadernar en cuero y con los años en números dorados.
Abrieron el armario y encontraron botellas de Grand Marnier, jerez amontillado y Talisker. El contenido de algunas botellas se había evaporado por completo y el de otras se había convertido en vinagre, pero los chicos igual las echaron al baúl.
—¿Cigarrillos?
No había. Eso los enfureció, y aunque no quedaba agua en las cisternas, defecaron en los váteres y los dejaron apestosos. Ahora ya estaban listos para marcharse.
—Diga: «Jai gorkha» —instaron al juez—. Gorkhaland para los gorkhas.
—Jai gorkha.
—Diga: «Soy un bobo.»
—Soy un bobo.
—Más alto. No le oigo, huzoor. Dígalo más alto.
Lo repitió con la misma voz huera.
—Jai gorkha —dijo el cocinero. Y Sai:
—Gorkhaland para los gorkhas. —Aunque no les habían pedido que dijeran nada.
—Soy un bobo —añadió el cocinero.
Entre risillas, los muchachos descendieron de la galería camino de la niebla con los dos baúles a cuestas. Uno de ellos rezaba con letras blancas en una placa de hojalata negra: «Sr. J. P. Patel, SS Strathnaver.» En el otro se leía: «Srta. S. Mistry, Convento de St. Augustine.» Se fueron tan repentinamente como habían llegado.
—Se han marchado, se han marchado —dijo Sai. Canija intentó responder a pesar del miedo que aún colmaba sus ojos, y procuró mover el rabo, aunque se le recogía una y otra vez entre las piernas.
El cocinero prorrumpió en un sonoro lamento:
—Humara kya hoga, hai hai, humara kya hoga. —Dejó que su voz remontara el vuelo—. Hai, hai, ¿qué será de nosotros?
—Cállate —le dijo el juez, y pensó: Estos malditos sirvientes nacidos y criados para gritar...
Él se sentó muy erguido, su expresión tensa para evitar que se le distorsionara, aferrado a los brazos del sillón para mantener a raya un violento temblor, y aunque era consciente de que intentaba detener un espasmo que procedía de su interior, tenía la misma sensación que si fuera el mundo el que lo zarandeaba con una fuerza arrolladora frente a la que intentaba defenderse. En la mesa del comedor estaba el mantel que había extendido, blanco con un dibujo de parras interrumpido por una mancha granate donde, muchos años atrás, había derramado una copa de oporto al intentar arrojársela a su mujer por masticar de una manera que le asqueaba.
—Qué lento —se habían mofado los muchachos—. ¡Menuda gente! No tenéis vergüenza... No podéis hacer nada por vosotros mismos.
Tanto Sai como el cocinero habían apartado la vista del juez y su humillación, e incluso ahora sus miradas evitaban el mantel y se fijaban en el otro extremo de la estancia, pues si llegaban a mirar el mantel, nadie sabía cómo podía castigarlos. Era algo terrible, la humillación de un hombre orgulloso. Quizá matara al testigo.
El cocinero descorrió las cortinas; su vulnerabilidad pareció quedar realzada por el vidrio, como si estuvieran suspendidos y expuestos en el bosque y la noche, con el bosque y la noche cubriéndolos con sus mantos pesados y oscuros. Canija vio su reflejo antes de que se retirara la tela, lo confundió con un chacal y dio un salto. Luego se volvió, vio su sombra en la pared y saltó de nuevo.
Era febrero de 1986. Sai tenía diecisiete años y su romance con Gyan, el tutor de matemáticas, no había llegado al año siquiera.
La siguiente vez que los periódicos superaron el bloqueo en las comunicaciones, anunciaron:
En Bombay, un grupo llamado «Hell No» iba a actuar en el Hyatt International.
En Delhi, delegados del mundo entero estaban asistiendo a una feria tecnológica de estufas de gas alimentadas con excrementos de vaca.
En Kalimpong, en el nordeste del Himalaya —donde vivían el juez jubilado y su cocinero, Sai y Canija—, había rumores de un renovado descontento en las colinas, insurgencia en ciernes, hombres y armas. Esta vez eran los indios nepalíes, hartos de ser tratados como minoría en un lugar donde eran mayoría. Querían su propio país, o al menos su propio Estado, para administrar sus propios asuntos. Aquí, donde la India se desdibujaba en Bután y Sikkim, y el ejército se dedicaba a internarse y retroceder, manteniendo los tanques listos con pintura caqui por si a los chinos les entraba hambre de territorio más allá del Tíbet, el mapa siempre había sido un desbarajuste. Los periódicos parecían resignados. Había habido una buena cantidad de guerras, traiciones y trueques; entre Nepal, Inglaterra, el Tíbet, la India, Sikkim, Bután; Darjeeling hurtada de allí, Kalimpong arrancada de allá... a pesar, ay, a pesar de la niebla que bajaba a la carga como un dragón y disolvía, deshacía, convertía en algo ridículo el trazado de fronteras.
2
Al día siguiente, el juez envió al cocinero a la comisaría a pesar de sus protestas, basadas en la misma sabiduría ancestral que lo había llevado a decir a los intrusos que aquélla no era una idea sensata.
La policía siempre traía mala suerte, ya que si los había sobornado el ladrón no hacían nada, y en caso contrario era peor, pues los asaltantes podían vengarse. Aquellos muchachos ahora tenían armas que tal vez limpiaran de óxido, cargaran con balas y... ¡dispararan! De una manera u otra, la policía intentaría sacar tajada. El cocinero pensó en las doscientas cincuenta rupias que había obtenido de vender al tío Potty su chhang minuciosamente destilado, que con tanto éxito lograba tumbar de espaldas al viejo solterón en un estado de absoluta ebriedad. La noche anterior había escondido el dinero en un bolsillo de su camisa de muda, pero eso no le pareció bastante seguro. La había atado bien alto a un travesaño de su choza de barro y bambú a los pies de los terrenos del juez, pero luego, al ver que los ratones correteaban por las vigas, le preocupó que se la comieran. Al final puso el dinero en una lata y la escondió en el garaje, debajo del coche que ya no iba a ninguna parte. Se acordó de su hijo, Biju.
En Cho Oyu necesitaban contar con un joven.
En su mensaje tembloroso, expuesto como si lo impulsara a fuerza de retorcerse las manos, intentó hacer hincapié en que él sólo era el mensajero. No tenía nada que ver con el asunto y era de la opinión de que no merecía la pena importunar a la policía; habría preferido hacer caso omiso del robo y, de hecho, de todo el altercado y de cualquier otra cosa que pudiera resultar ofensiva. Era un hombre sin la menor autoridad, con apenas educación suficiente para leer y escribir, había trabajado como un burro toda su vida, sólo esperaba evitar meterse en problemas, vivía únicamente para ver a su hijo.
Por desgracia, los agentes lo interrogaron con dureza al tiempo que le mostraban bien a las claras su desdén. En tanto que criado, estaba muy por debajo de ellos, pero el robo de armas a un miembro jubilado de la judicatura no podía pasarse por alto y estaban obligados a informar al subjefe de policía.
Esa misma tarde, la policía llegó a Cho Oyu en una fila de jeeps color sapo que asomó a través de la temblorosa estática de un aguanieve menuda e inquieta. Dejaron los paraguas abiertos en una hilera en la galería, pero el viento los desordenó y empezaron a rodar de aquí para allá: en su mayoría paraguas negros de los que goteaba un tinte negro, pero también uno rosa sintético hecho en Taiwán y recubierto de flores.
Interrogaron al juez y redactaron un informe para confirmar una denuncia por robo y allanamiento.
—¿Hicieron alguna amenaza, señor?
—Le pidieron que pusiera la mesa y les sirviera el té —dijo el cocinero con total seriedad.
Los policías se echaron a reír.
La boca del juez era una adusta línea recta.
—Ve a sentarte en la cocina. Bar bar karta rehta hai.
La policía espolvoreó las superficies con polvo para detectar huellas dactilares y puso un tarro de galletas de melamina con huellas de pulgar grasientas de pakora en una bolsa de plástico.
Midieron las huellas en los peldaños de la galería y descubrieron indicios de pies de tallas diversas.
—Uno muy grande, señor, con una zapatilla deportiva Bata.
Principalmente porque el domicilio del juez había sido motivo de curiosidad en el bazar, los policías, al igual que los ladrones de armas, aprovecharon la oportunidad para echar un buen vistazo indiscreto.
Y, al igual que a los ladrones, no les impresionó lo que vieron. Contemplaron el declive de la riqueza con satisfacción, y un agente propinó una patada a un inestable sistema de tuberías proveniente del cauce del jhora, vendado en algunos puntos con trapos empapados. Alumbró con su linterna la cisterna del váter y descubrió que el mecanismo de descarga de agua estaba asegurado con gomas elásticas y astillas de bambú.
—¿Qué pruebas esperan encontrar en el cuarto de baño? —le preguntó Sai, que, avergonzada, lo seguía de un lado a otro.
La casa la había construido mucho tiempo atrás un escocés, lector apasionado de los relatos de aquel período: Los Alpes indios y cómo los cruzamos, de una pionera. La tierra del Lama. El rikshaw fantasma. Mi hogar en Mercara. La pantera negra de Singrauli. Su auténtico espíritu lo había llamado y luego le había informado que él también era valiente e intrépido, y se negaba a que no le concedieran el derecho a la aventura. Como siempre, el precio de esta actitud tan romántica fue alto y lo pagaron otros. Los porteadores habían acarreado cantos rodados desde el lecho del río —las piernas cada vez más estevadas, las costillas curvándose hasta formar cuevas, las espaldas vencidas, los rostros lentamente inclinados para mirar siempre el suelo— hasta aquel lugar escogido por unas vistas que podían elevar el corazón humano a alturas espirituales. Luego llegaron las cañerías, las tejas y las tuberías, las elegantes verjas de hierro forjado que penderían cual encaje entre las lomas, el maniquí de la costurera, que la policía descubrió al subir estrepitosamente al ático —bum bum, el vigor de sus movimientos hizo que la última taza Meissen que quedaba castañeteara sobre su platito igual que unos dientes—. Un millar de arañas fenecidas yacían dispersas cual flores marchitas en el suelo del ático, y por encima de ellas, en la parte inferior del tejado de hojalata agujereado, esquivando goteras, su prole contemplaba a los policías tal como contemplaba a sus propios antepasados: con una ausencia de compasión gigantesca, del tamaño de un platillo.
Los agentes recogieron sus paraguas y fueron a paso firme hacia la choza del cocinero, con sumo cuidado, con sumo recelo. Todo el mundo sabía que la mayoría de las veces los sirvientes estaban metidos en el ajo cuando se trataba de robos.
Dejaron atrás el garaje, el coche estropeado, el morro contra la tierra, hierba por el suelo, su último trayecto realizado a Darjeeling para que el juez viera a su único amigo, Bose, olvidado hacía ya mucho tiempo. Pasaron por delante de una parcelita curiosamente bien cuidada detrás de la cisterna, donde el aguanieve había derramado y removido un platillo de leche y un montoncito de mithai. Ese rincón sin malas hierbas se remontaba a una ocasión en que el cocinero, vencido por un huevo podrido y arrastrado a la desesperación, había defecado detrás de la casa en vez de en su lugar habitual al otro extremo del jardín, enfureciendo con ello a dos serpientes, mia-bibi, marido y mujer, que vivían en un agujero cercano.
El cocinero relató el drama a los policías.
—No me mordieron, pero misteriosamente mi cuerpo se hinchó hasta alcanzar diez veces mi tamaño. Fui al templo y me dijeron que debía pedir perdón a las serpientes. Así que hice una cobra de arcilla y la puse detrás de la cisterna, limpié el área circundante con estiércol de vaca e hice puja, una ofrenda. La hinchazón remitió de inmediato.
Los policías asintieron.
—Rézales y siempre te protegerán. Si lo haces, no te morderán nunca.
—Sí —convino el cocinero—, no muerden, ninguna de las dos, y nunca roban pollos ni huevos. En invierno no se las ve mucho, pero en otras circunstancias salen continuamente y comprueban que todo esté en su sitio. Van de ronda por la propiedad. Íbamos a convertir esta zona en un jardín, pero se la dejamos a ellas. Van siguiendo la verja que rodea todo Cho Oyu y de regreso a su casa.
—¿Qué clase de serpientes son?
—Cobras negras, así de gordas —dijo, y señaló el tarro de melamina que llevaba la policía en una bolsa de plástico—. Marido y mujer.
Pero las serpientes no los habían protegido del robo... Un agente apartó de su mente aquel pensamiento impío. Luego rodearon el área respetuosamente, no fuera a ser que los siguieran las serpientes o sus familiares ofendidos.
El respeto en el semblante de los policías desapareció apenas llegaron a la choza del cocinero, cubierta por una feroz maraña de hierba mora. Allí se sintieron cómodos para dar rienda suelta a su desprecio. Volvieron del revés su estrecho catre y dejaron sus pertenencias amontonadas sin ton ni son.
A Sai le dolió en lo más hondo ver lo poco que poseía: unas cuantas prendas de ropa colgadas de una cuerda, una sola cuchilla de afeitar y una esquirla de jabón pardo barato, una manta de Kulu que una vez le perteneciera a ella, y una caja de cartón duro con cierres metálicos otrora propiedad del juez y que ahora contenía los documentos del cocinero: las recomendaciones que le habían ayudado a conseguir su empleo con el juez, las cartas de Biju, documentos de un caso judicial dirimido en su pueblo, allá en Uttar Pradesh, sobre cinco mangos que habían pasado a ser propiedad de su hermano. En el bolsillo elástico de satén del interior de la caja había un reloj estropeado cuya reparación le hubiera salido muy cara, aunque era demasiado precioso para tirarlo; tal vez pudiera empeñar las piezas, que estaban recogidas en un sobre. La ruedecilla de la cuerda salió despedida hacia la hierba cuando la policía lo abrió.
Dos fotografías colgaban en la pared: una de sí mismo y su esposa el día de su boda, la otra de Biju vestido para marcharse de casa. Eran fotografías de pobre, de esos que no pueden permitirse el riesgo de desperdiciar una foto, pues mientras en el mundo entero la gente posa hoy en día con un abandono nunca conocido por la raza humana, la pareja y el hijo mostraban una rigidez de radiografía.
En cierta ocasión, Sai le había sacado una foto al cocinero con la cámara del tío Potty, lo había cogido desprevenido mientras picaba cebolla, y se había sorprendido al ver que él se sentía profundamente traicionado. Se apresuró a ponerse sus mejores galas, una camisa y unos pantalones limpios, y luego se colocó delante de los National Geographic encuadernados en cuero, un telón de fondo que consideró adecuado.
Sai se preguntó si había querido a su mujer.
Había fallecido diecisiete años antes, cuando Biju tenía cinco, al caer de un árbol mientras recogía hojas para alimentar a la cabra. Un accidente, dijeron, y no había nadie a quien culpar; no era más que el destino con esa tendencia a abastecer a los desfavorecidos con una mayor cuota de accidentes sin culpables. Biju era su único hijo.
—¡Qué crío tan travieso! —solía exclamar el cocinero con alegría—. Pero en general tenía buen carácter. En nuestro pueblo, la mayoría de los perros muerde, y algunos tienen colmillos del tamaño de estacas, pero cuando pasaba Biju ningún animal lo atacaba. Y no había serpiente que le picase cuando salía a segar hierba para la vaca. Tiene una personalidad así —decía el cocinero, rebosante de orgullo—. Nada le da miedo. Incluso cuando era muy pequeño cogía ratones por la cola y levantaba ranas por el cuello...
En aquella foto a Biju no se le veía intrépido sino que parecía petrificado, como sus padres. Estaba flanqueado por un magnetófono y una botella de Campa Cola a modo de atrezzo, con un lago pintado como telón de fondo, y a ambos lados, más allá del lienzo pintado, había campos pardos y retazos de vecinos: un brazo y el dedo de un pie, cabello y una mueca, la puntilla de una cola de gallina, a pesar de que el fotógrafo había intentado sacar a los figurantes del
