La niña alemana

Armando Lucas Correa

Fragmento

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Hannah

Berlín, 1939

Voy a cumplir doce años y ya lo he decidido: mataré a mis padres.

Me acuesto y espero que se duerman. Papá cerrará con llave todas las ventanas dobles, correrá las cortinas de terciopelo verde bronce y repetirá las mismas frases de cada noche después de la cena, que en los últimos días se ha convertido en un plato humeante de sopa desabrida.

—No hay nada más que hacer. Ya no podemos seguir aquí; tenemos que irnos.

Mamá comienza a gritarle. La voz se le quebranta mientras lo culpa y camina desesperada por toda la casa —el único espacio que conoce desde hace más de cuatro meses—, hasta que su cuerpo se agota, abraza a papá y deja de gemir.

Esperaré un par de horas. No puede haber resistencia. Papá está resignado, lo sé. Se dejará ir. Será más difícil con mamá, pero con los somníferos que toma, caerá en un sueño profundo, bañada en su esencia de jazmines y geranios. Cada día aumenta la dosis. Las últimas noches sus propios gritos la han despertado. Cuando corro a ver qué pasa, por la puerta entreabierta solo distingo a mamá desconsolada en los brazos de papá, como una niña que se recupera de una terrible pesadilla. Su peor pesadilla es estar despierta.

Mi llanto ya nadie lo escucha. Soy fuerte, dice papá. Puedo sobrevivir lo que me venga. Mamá, no: se está consumiendo de dolor.

Ella es ahora la bebé de una casa donde ya no entra la luz del día. Hace cuatro meses que llora todas las noches, desde que la ciudad se cubrió de cristales rotos y se impregnó de un olor a polvo, metal y humo que se ha hecho perenne.

Entonces comenzaron a planificar nuestra huida. Decidieron que abandonaríamos la casa donde nací, me sacaron de una escuela donde ya no me quieren y papá me regaló mi segunda cámara fotográfica.

—Para que dejes huellas, como el hilo de Ariadna para salir del laberinto —susurró.

Me atreví a pensar que lo mejor sería deshacerme de ellos.

Una posibilidad era diluirle aspirinas en la comida a papá, desaparecerle las pastillas de dormir a mamá. Ella no hubiera sobrevivido una semana.

El problema era la incertidumbre. No sabía qué cantidad de aspirinas debía consumir papá para sufrir una úlcera mortal, una hemorragia interna. O cuánto tiempo podría ella realmente estar sin dormir. Una variante sangrienta sería imposible: no puedo ver sangre; comienzo a sudar frío y me desmayo. Así que lo mejor será que terminen sus días por asfixia. Ahogarlos con una enorme almohada de plumas. Mamá ha dejado bien claro que su sueño siempre ha sido que la muerte la sorprenda mientras duerme. No me gustan las despedidas, me aclara mirándome a los ojos, y si no la atiendo me toma por el brazo y me sacude con las escasas fuerzas que le quedan.

Una noche me desperté sobresaltada, pensando que mi crimen se había consumado. Vi los cuerpos inertes de mis padres y no pude derramar una sola lágrima. Me sentí libre. Ya nadie podría obligarme a mudarme a un barrio sucio, a dejar mis libros, mis fotografías, a vivir con la zozobra de poder ser envenenada por mis propios padres.

Comencé a temblar. Grité «¡Papá!», pero nadie vino a rescatarme. «¡Mamá!» No había vuelta atrás. En qué me había convertido. No sabía cómo deshacerme de sus cuerpos. ¿Cuánto tiempo durarían sin descomponerse?

Pensarán que fue un suicidio. Nadie lo dudaría: desde hace cuatro meses que no dejan de sufrir. Para los demás yo sería una huérfana; para mí, una asesina.

Mi crimen estaba registrado en el diccionario. Lo encontré. Qué palabra tan horrenda. Solo de pronunciarla me provocaba escalofríos: parricida. Traté de repetirla y no pude. Era una asesina.

Qué fácil es identificar mi delito, mi culpa, mi agonía. ¿Cómo llamar al que mata a sus hijos? Es un crimen tan atroz que no hay término para identificarlo en el diccionario: podrán salirse con la suya, y yo tendré que llevar el peso de la muerte y una palabra nauseabunda sobre mis espaldas. Uno puede matar a sus padres, a sus hermanos, pero no a sus hijos.

Doy vueltas por las habitaciones, que cada vez veo más pequeñas y oscuras, de una casa que pronto no será nuestra. Miro hacia el techo inalcanzable, atravieso los pasillos donde descansan las imágenes de una familia que ha ido desapareciendo. La luz de la lámpara de la biblioteca de papá, con su pantalla de cristal nevado, llega al pasillo donde me mantengo inmóvil, desorientada, y veo mis manos teñirse de dorado.

Abro los ojos, y sigo en la misma habitación, rodeada de libros gastados y muñecas con las que nunca jugaré. Cierro los ojos y presiento que falta poco para nuestra huida a bordo de un enorme trasatlántico, desde un puerto de este país al que nunca pertenecimos.

Al final, no los maté. No fue necesario. Mis padres cargaron con la culpa: me obligaron a lanzarme con ellos al abismo.

El olor de la casa se ha vuelto intolerable. No entiendo cómo mamá puede vivir entre estas paredes tapizadas de una seda verde musgo que traga la poca luz durante esta época del año. Es el olor del encierro.

Nos queda menos tiempo de vida. Lo sé, lo intuyo. Ya no pasaremos el verano en Berlín.

Mamá tiene los escaparates llenos de naftalina para preservar su presente, y ese olor punzante ha impregnado la casa. No sé qué quiere conservar, si todo lo vamos a perder.

—Hueles como las viejas de la Grosse Hamburger Strasse —me echa en cara Leo, mi único amigo. Solo él se atreve a mirarme de frente sin deseos de escupirme.

Desde que vino a casa con su padre, Herr Martin, Leo y yo nos hemos vuelto inseparables. Papá los in-
vitó a cenar con nosotros a su regreso de un mes de reclusión, el día que se lo llevaron de la universidad aquella noche terrible de noviembre y no supimos más de él hasta que lo liberaron.

Las primaveras en Berlín son frías y lluviosas. Hoy papá se fue temprano y no se llevó su abrigo. Las últimas veces que ha salido, no espera por el elevador y baja por la escalera que cruje a su paso, algo que a mí no me permiten hacer. No lo hace porque esté apurado: es que no quiere toparse con nadie del edificio. Las cinco familias que ocupan cada uno de los pisos bajo el nuestro, esperan nuestra partida. Los que eran amigos han dejado de serlo. Los que antes agradecían a papá o trataban de codearse con mamá y sus amigas, celebraban su buen gusto al vestir o pedían consejos de cómo combinar una cartera de color atrevido con unos zapatos a la moda, ahora nos desprecian y están a punto de denunciarnos.

En cuanto a mamá, pasa un día más sin salir. Todas las mañanas, al levantarse, se recoge la hermosa cabellera que sus amigas envidiaban cuando aparecía en el salón de té del Hotel Adlon, y se pone sus pendientes de rubíes. Papá la llama la Divina por la manera en que le fascina el cine, su único contacto con lo mundano. Nunca perdía un estreno de la verdadera Divina en el Palast.

—Ella es más alemana que nadie —insistía al hablar de la Divina, que en realidad era sueca. Pero en aquellos años el cine era mudo: a quién le importaba dónde había nacido la estrella—. Nosotros la descubrimos. Siempre supimos que sería adorada. La celebramos antes que nadie, por eso fue que Hollywood se fijó en ella. Y en su primera película sonora habló en perfecto alemán: «Whisky — aber nicht zu knapp!»

A veces volvían del cine y mamá aún lloraba:

—Me encantan los finales tristes... en el cine —dejaba bien claro—. La comedia no se hizo para mí.

Se desvanecía en los brazos de papá, se llevaba una mano a la frente, con la otra sostenía la cola de seda de un vestido que caía en cascada, inclinaba la cabeza hacia atrás y comenzaba a hablar en francés.

—Armand, Armand... —repetía, lánguida y con un fuerte acento, como el de la Divina.

Y papá la llamaba «mi Camille».

—Espère, mon ami, et sois bien certain d’une chose, c’est que, quoi qu’il arrive, ta Marguerite te restera —le respondía ella entre carcajadas—. Es que Dumas suena terrible en alemán.

Mamá ya no sale a ninguna parte.

—Demasiadas vidrieras rotas —es su pretexto desde el terrible pogromo de noviembre.

Aquel día papá se quedó sin trabajo. Lo detuvieron en su oficina, se lo llevaron a la estación de la Grolmanstrasse, incomunicado por un delito que nunca entendimos. Allí compartió una celda sin ventanas con Herr Martin, el papá de Leo. Ahora se reúne con él a diario y mamá se preocupa aún más, como si estuvieran tramando una huida para la que ella aún no está lista.

En realidad, es el miedo lo que no le permite abandonar la que suponía su impenetrable fortaleza. Vive en un constante sobresalto. Antes visitaba el elegante salón del Hotel Kaiserhof, unas cuadras al sur, pero ahora lo frecuentan los que nos odian, los que se creen puros, aquellos a quienes Leo llama Ogros.

En una época, ella se vanagloriaba de Berlín. Si iba de compras a París, siempre se alojaba en el Ritz; y si acompañaba a papá a una conferencia o a un concierto en Viena, en el Imperial.

—Pero nosotros tenemos el Adlon, nuestro Gran Hotel en la Unter den Linden. La Divina se hospedó allí y lo inmortalizó en el cine.

Ahora, se asoma a la ventana e intenta encontrar una explicación a lo que le sucede. Dónde quedaron sus años felices. A qué ha sido condenada, y por qué. Siente que paga culpas de otros: de sus padres, de sus abuelos, de cada uno de sus ancestros por los siglos de los siglos.

—Soy alemana, Hannah. Soy una Strauss. Soy Alma Strauss. ¿Acaso no es suficiente, Hannah? —y me lo repite un día en alemán, otro en español, otro en inglés, otro en francés. Como si alguien la estuviera escuchando, como para que quedara bien claro su mensaje en cada uno de los idiomas que conoce a la perfección.

Quedé en encontrarme con Leo para ir a tomar fotografías. Nos citamos todas las tardes en el café de Frau Falkenhorst, en el patio interior del Hackesche Höfe. Siempre que nos ve, la dueña nos llama «bandidos» con una sonrisa, y eso nos gusta. Si uno de los dos tarda más de la cuenta, el primero en llegar ordena un chocolate caliente.

A veces nos citamos en el café de la salida de la estación Alexanderplatz, con estantes llenos de bombones envueltos en papel plateado. Cuando necesita verme con urgencia, Leo me espera en el puesto de periódicos cercano a mi edificio para evitar tropezarse con alguno de nuestros vecinos que, a pesar de ser también nuestros inquilinos, nos evitan.

Para no contradecir a los adultos, renuncio a las escaleras alfombradas cada vez más llenas de polvo y tomo el elevador, que se detiene en el tercer piso.

—Hola, Frau Hofmeister —digo, y le sonrío a Gretel, con quien he jugado toda la vida. Gretel está triste, hace poco perdió a su cachorro, blanco y hermoso. Qué pena me da.

Tenemos la misma edad, pero yo soy mucho más alta. La niña baja la mirada y Frau Hofmeister se atreve a decirle:

—Vamos por la escalera. ¿Cuándo se van a ir? Nos ponen a todos en una situación tan embarazosa...

Como si yo no escuchara, como si solo mi sombra estuviera encerrada en el elevador. Como si no existiera. Es lo que ella quiere, que no exista.

Los Dittmar, los Hartmann, los Brauer y los Schultes viven en nuestro edificio. Nosotros se lo alquilamos. Le pertenece a mamá desde antes de que naciera. Son ellos los que tendrían que irse. No son de aquí. Nosotros sí. Somos más alemanes que ellos.

La puerta del elevador se cierra, comienza a bajar y veo aún los pies de Gretel.

—Gente sucia —escucho.

¿Entendí bien? Papá, quisiera saber qué hicieron ustedes para que tenga yo que cargar con esto. ¿Qué crimen cometimos? No estoy sucia, no quiero que me vean sucia. Salgo del elevador y me escondo debajo de la escalera para no encontrarme de nuevo con ellas.

Las veo salir, Gretel aún va cabizbaja. Mira hacia atrás, me busca, quizás quiere pedirme disculpas, pero su madre la empuja.

—¿Qué miras? —le grita.

De vuelta a casa, corro por las escaleras, haciendo ruido y llorando. Sí, llorando de rabia, de impotencia, de no poder decirle a Frau Hofmeister que ella está más sucia que yo. Si le molestamos, que se vaya del edificio, que es nuestro edificio. Quiero dar golpes contra las paredes, romper la valiosa cámara que papá me regaló. Entro a la casa y mamá no entiende por qué estoy furiosa.

—¡Hannah! ¡Hannah! —me llama, pero prefiero ignorarla.

Entro al baño frío, doy un portazo y abro la ducha. Sigo llorando; o más bien quiero dejar de llorar y no puedo. Me meto con ropa y zapatos en la bañera esmaltada de blanco impecable, y mamá no cesa de llamarme hasta que finalmente me deja en paz. Solo oigo el ruido del agua casi hirviente caer sobre mí y dejo que penetre en mis ojos hasta hacerlos arder, en mis oídos, en mi nariz, en mi boca.

Comienzo a quitarme la ropa y los zapatos, ahora más pesados por el agua y por mi suciedad. Me enjabono, me unto las perfumadas sales de baño de mamá que me irritan la piel y comienzo a frotarme con una toalla blanca para quitarme el más mínimo rastro de impureza. Mi piel está roja, tan roja como si la fuera a perder. Pongo el agua más caliente aún, hasta que no resisto y al salir, me desplomo en el suelo de baldosas frías, blancas y negras.

Por suerte se me agotaron las lágrimas. Me seco, maltratando esta piel que no deseo y que ojalá comience a mudar después del calor al que la he sometido.

Frente al espejo nublado reviso cada poro: la cara, las manos, los pies, las orejas, todo, para ver si queda algún vestigio de impureza. Quisiera saber ahora quién es la que está sucia.

Me escondo, temblorosa, en una esquina. Me reduzco, me siento como un rollo de carne y hueso. Es ese el único refugio que encuentro. Al final, sé que por mucho que me bañe, que me queme la piel, me corte el cabello, me saque los ojos, me quede sorda, me vista, hable o me llame diferente, siempre me verán sucia.

No sería mala idea llamar a la puerta de la distinguida Frau Hofmeister, le diré que me revise, que vea que no tengo ni una minúscula mancha en la piel, que no es necesario que aleje a Gretel de mí, que no soy una mala influencia para su niña, tan rubia, perfecta e inmaculada como yo.

Voy a mi cuarto y me visto de blanco y rosa, lo más puro que encuentro en mi armario. Busco a mamá y la abrazo porque sé que ella me entiende, pero ella se queda en casa, sin confrontar a nadie. Ha creado una coraza en su habitación, protegida a su vez por las gruesas columnas del apartamento, dentro de un edificio de enormes bloques y ventanas dobles.

Tengo que apurarme. Leo ya debe estar en la estación, yendo de un lugar a otro, saltando, esquivando a quienes corren para no perder el tren.

Al menos, sé que él me ve limpia.

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Anna

Nueva York, 2014

El día que papá desapareció, mamá estaba embarazada de mí. Tenía solo tres meses. Hubiera tenido oportunidad de deshacerse del bebé, pero no lo hizo. Nunca perdió la esperanza de que papá regresara: no aceptó el certificado de defunción, ni el seguro de vida, ni la pensión.

—Muéstrenme una prueba, un rastro de su ADN y entonces hablamos —esa era su respuesta.

Quizás porque él siempre había sido un desconocido para ella —era un hombre escurridizo, solitario, de pocas palabras—, pensaba que de un momento a otro podría regresar.

Papá se fue sin sospechar que yo iba a nacer.

—Si hubiera sabido que tenía una hija en camino, estaría aquí con nosotras —me ha recordado mamá cada septiembre durante los últimos seis años.

El día que no regresó, iba a preparar una cena íntima para darle la noticia en nuestro comedor junto a la ventana, desde donde se ven los árboles del parque de Morningside iluminados por las farolas de bronce. Puso la mesa, porque se negaba a aceptar la posibilidad de su desaparición. Nunca abrió la botella de vino tinto. Los platos quedaron dispuestos sobre el mantel por varios días. La comida terminó en la basura. Esa noche se fue a la cama sin cenar, sin llorar, sin cerrar los ojos.

Cuando me lo cuenta, baja la cabeza. Si fuera por ella, aún estarían los platos y la botella en la mesa, y quién sabe si también la comida podrida o seca.

—Él va a regresar —solía decir.

En varias ocasiones hablaron de tener hijos. Lo veían como una lejana posibilidad, una ilusión a la que nunca habían renunciado.

Lo que sí tenían bien claro era que, al llegar los hijos, el varón debería llamarse Max y la hembra, Anna. Fue su única exigencia.

—Es una deuda con mi familia —le explicaba.

Llevaban cinco años juntos y ella nunca pudo lograr que hablara de su época en Cuba, de su familia.

—Todos están muertos —insistía.

Hasta hoy se ha quedado con esa espina:

—Tu padre es un enigma. Pero es el enigma que más he amado en mi vida.

Buscarlo fue la vía para aliviar su pena. Descifrarlo ha sido su condena.

Algunas noches, al acostarme, me imagino que no desapareció, que está perdido, que se fue en un largo viaje en barco, que le está dando la vuelta al mundo, que pronto va a regresar.

Conservo su pequeña cámara digital. Al principio, me pasaba horas revisando las imágenes que quedaron en la memoria. No había un solo retrato de mamá. Para qué, si la tenía ahí, a su lado. Siempre desde el estrecho balcón de la sala, había muchas fotos de la salida del sol. Días lluviosos, claros, oscuros o con neblina; días naranjas, días azules, días violetas. Días blanqueados por la nieve. Siempre el sol. El amanecer en una línea del horizonte definida por edificios de diferentes tamaños de un Harlem silencioso, chimeneas con humo pálido y el East River entre dos islas. Y otra vez el sol, dorado, esplendoroso, unas veces tibio, otras frío, desde nuestra puerta de cristal doble.

Mamá me ha dicho que la vida es un rompecabezas. Ella se levanta, intenta colocar la ficha correcta, busca todas las posibles combinaciones para crear paisajes remotos. Yo vivo descomponiéndolos para descifrar de dónde vengo.

Construyo mis propios rompecabezas con fotos que imprimo en casa de las imágenes que he encontrado en la cámara de papá. Ella ha convertido su habitación, con una ventana que da al patio interior del edificio y que mantiene cerrada, en su refugio, hundida entre sábanas grises y almohadones que se la tragan.

Vivimos solas, y desde el día que descubrí lo que en realidad le había sucedido a papá, y que ella comprendió que podía valerme por mí misma, se encerró en su cuarto y yo me convertí en su niñera.

En sueños, la he visto quedarse profundamente dormida con las píldoras que toma antes de acostarse para apaciguar su dolor y no despertarse más. A veces, suplico en silencio, sin que yo misma pueda oírme o recordarlo, que se quede dormida para que el dolor desaparezca de una vez. No resisto verla sufrir.

Todos los días le llevo el café negro, sin azúcar, antes de irme a la escuela. En las noches, se sienta a cenar conmigo como un fantasma al que le cuento historias inventadas de mis clases. Ella me escucha, se lleva una cucharada a la boca, sonríe y me mira, para hacerme ver que me agradece que aún esté ahí con ella, que le prepare una sopa que traga por compromiso.

Sé que en cualquier momento ella puede desaparecer. Y yo, ¿adónde iría?

Todas las tardes, cuando el autobús de la escuela se detiene de regreso en la entrada del edificio, lo primero que hago es recoger el correo. Después preparo la cena para las dos, termino mis deberes de la escuela, reviso si hay cuentas que pagar y se las entrego a mamá.

Hoy recibimos un sobre grande amarillo, blanco y rojo. En el remitente aparece una dirección de Canadá, y está dirigido a mamá. Lo dejo sobre la mesa del comedor.

Me voy a la cama y comienzo a leer el libro que me asignaron en la escuela y recuerdo que no he abierto aún el grueso sobre que advierte, con mayúsculas rojas, que no debe ser plegado.

Toco con insistencia en la puerta del cuarto de mamá. «¿A esta hora?», pensará. Finge dormir. Silencio. Insisto.

Las noches son sagradas para ella: intenta conciliar el sueño, revive lo que dejó de hacer, o lo que hubiera sido su vida si el destino pudiera anunciarse o borrarse de un solo golpe.

—Nos llegó un paquete. Creo que debemos abrirlo juntas —le digo, pero no recibo respuesta.

Me quedo junto a la puerta y la abro con suavidad, para no incomodarla. Las luces están apagadas. Ella dormita, perdida en el colchón que se hunde con un cuerpo cada vez más liviano. Me aseguro de que respira, que aún existe.

—¿No podemos dejarlo para mañana? —murmura, pero yo no me muevo.

Vuelve a cerrar los ojos, los abre y me ve aún de pie junto a la puerta, en silueta contra la luz del pasillo que le encandila la vista, habituada a la penumbra.

—¿Quién lo mandó? —pregunta, pero no lo sé.

Le insisto en que debe venir conmigo, que levantarse le hará bien.

Finalmente la convenzo y se incorpora, insegura. Se recoge el pelo negro y lacio que no se ha cortado en varios meses, y se sostiene de mi brazo. Vamos a la mesa del comedor para descubrir qué nos han enviado. Acaso sea un regalo por mi cumpleaños. Alguien ha recordado que pronto voy a cumplir doce, que ya soy grande, que existo.

Con cara de «por qué me haces levantarme y me sacas de mi rutina», se sienta con lentitud.

Al ver el remitente, toma el sobre en sus manos, se lo coloca en el pecho, abre bien los ojos y me comunica con solemnidad:

—Es de la familia de tu padre.

¿Cómo? ¡Pero si papá no tenía familia! Vino solo a este mundo y así desapareció, sin nadie a su lado. Sus padres murieron en un accidente aéreo cuando él tenía nueve años, recordé. Predestinado para la tragedia, como una vez dijera mamá.

Lo había criado Hannah, una tía anciana que debe haber muerto también. No sabíamos si se comuni-
caban por teléfono, por cartas o por correo electrónico. Su única familia. Me llamaron Anna en honor a ella.

El paquete había llegado a través de Canadá, pero en realidad venía de La Habana, la capital de una isla del Caribe en la que nació papá. Lo abrimos y nos dimos cuenta que contenía un segundo sobre. «Para Anna, de Hannah», aparecía escrito afuera, con grandes letras temblorosas. Esto no es un regalo. Deben ser documentos o quién sabe. Puede que no tenga siquiera que ver con mi cumpleaños. O quizás sea de la última persona que vio a papá y que ahora ha tomado la decisión de enviarnos sus pertenencias. Doce años más tarde.

La emoción me intranquilizaba. No dejaba de moverme, me levantaba y me sentaba. Iba hasta la esquina del comedor y volvía. Jugaba con un mechón de pelo y le daba vueltas y vueltas hasta enredarlo. Era como si papá hubiese regresado.

Abrió el sobre, y dentro encontramos solo hojas de contactos fotográficos de color sepia y varios negativos en blanco y negro muy bien conservados, junto a una revista —¿en alemán?— de marzo de 1939. En la portada, la imagen de una niña rubia sonriente, de perfil.

—La niña alemana —traduce el nombre de la revista—. Se parece a ti —me dice, enigmática.

Ahora podría comenzar un nuevo rompecabezas con estas fotografías. Me iba a dar gusto con todas esas imágenes llegadas de la isla donde nació papá. Realmente estaba feliz con el hallazgo, aunque me había hecho la ilusión de encontrar el reloj de papá, una reliquia que heredó de su abuelo Max y que aún funcionaba; o su anillo de compromiso de oro blanco; o sus lentes montados al aire: los detalles que recuerdo de él gracias a la foto que conservo conmigo, que duerme a mi lado cada noche bajo una almohada que fue suya.

El paquete no tenía que ver con papá. No con su muerte, al menos.

No reconocíamos a nadie. Era difícil ver las imágenes tan pequeñas y borrosas, impresas en hojas que parecían rescatadas de un naufragio. Papá podría estar en las fotos. No, imposible.

—Estas fotos tienen setenta años, o más —me aclaró—. Creo que ni tu abuelo había nacido en esa fecha.

—Tenemos que mandar a imprimirlas mañana mismo —le pido, controlando mi entusiasmo para no alterarla. Ella no deja de observar las misteriosas imágenes, aquellos rostros del pasado que pretendía de-
sentrañar.

—Anna, esto es de antes de la guerra —confirma con una gravedad que me asusta. Y me confunde aún más: ¿de qué guerra habla?

Seguimos ojeando los negativos y encontramos una vieja postal descolorida. La tomó en sus manos con extremo cuidado, como si temiera deshacerla con un simple suspiro.

Por un lado, un barco. Por el otro, una dedicatoria.

Mi corazón empieza a correr. Esta era seguramente una clave, pero la postal estaba fechada el 23 de mayo de 1939. No creo que tenga que ver con la desaparición de papá. Comienza a manipular este tesoro con manos de arqueóloga, casi a punto de buscar un par de guantes de seda para evitar que los negativos se dañaran. Por primera vez, en mucho tiempo, se ve animada.

—Es hora de saber quién es papá —le digo en presente, como hace ella cada vez que se refiere a él y fijo la mirada en el rostro de la niña alemana.

Tengo la certeza de que mi padre no va a regresar, de que lo perdí para siempre un martes, una mañana soleada, un día de septiembre. Pero quiero saber más de él. No tengo a nadie más, solo una madre que vive encerrada en un cuarto sin luz, dejándose arrastrar por pensamientos oscuros que no comparte con nadie. A veces no hay respuestas y hay que conformarse, lo sé, pero no entiendo por qué, cuando se casaron, no averiguó más sobre papá, no intentó conocerlo mejor. A estas alturas, es muy tarde. Es que así es mamá.

Pero ahora tenemos un proyecto. Al menos, yo lo tengo. Y en realidad, creo que estamos muy cerca de encontrar la pista que nos faltaba.

Regresa a su cuarto y yo quiero sacarla de su letargo. Me quedo con esta reliquia que nos manda un familiar lejano a quien ahora estoy desesperada por conocer. Apoyo la pequeña tarjeta contra la lámpara de mi mesita de noche y bajo la intensidad de la luz. Me acuesto, me cubro y contemplo la imagen hasta quedarme dormida.

La postal muestra un crucero con la insignia ST. LOUIS Hamburg-Amerika Linie. La dedicatoria estaba escrita en alemán: «Alles Gute zum Geburtstag Hannah.» Firmaba, «Der Kapitän».

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Hannah

Berlín, 1939

Al abrir desde adentro la enorme puerta de madera oscura, hago sonar sin querer el aldabón de bronce, que rompe el silencio de un espacio donde ya no me siento protegida. Me preparo para el bullicio intermitente de la Französische Strasse, llena de banderas rojas, blancas y negras. La gente camina y tropieza. Ya nadie pide disculpas. Todo el mundo se mueve como en fuga.

Llego al Hackesche Höfe, que hace cinco años pertenecía a Herr Michael, un amigo de papá. Los Ogros se lo quitaron y él se tuvo que marchar de la ciudad. Leo me espera, como cada mediodía, en la puerta del café de Frau Falkenhorst, en el patio interior del edificio. Ahí está, con su cara de niño malcriado, listo para protestar porque me he demorado tanto.

Saco la cámara y comienzo a fotografiarlo. Él posa y se ríe. La puerta del café se abre y sale un hombre con la nariz rojiza, y con él, un aire cálido con olor a cerveza y tabaco. De solo acercarme a Leo me invade su aliento de chocolate.

—Tenemos que irnos de aquí —dice, y yo asiento con una sonrisa—. No, Hannah. Tenemos que irnos de aquí —repite, y marca el «aquí» alargando la «i».

Ahora lo comprendo: no queremos seguir viviendo entre banderas, militares y empujones. Me voy contigo adonde sea, pienso, y nos lanzamos a correr.

Vamos en contra del viento, de las banderas, de los autos, y yo corro tras las zancadas de Leo, que sabe cómo escabullirse entre la multitud de los que se creen puros e invencibles. Hay momentos en que, si estoy con Leo, no escucho el ruido de los altavoces ni los gritos y las canciones de quienes marchan en una enfermiza sincronía. No es posible ser más feliz, aun sabiendo que mi felicidad no va a durar más de un minuto.

Atravesamos el puente, con el Berliner Stadtschloss y la catedral detrás, para contemplar las aguas del Spree y recostarnos sobre la baranda. El río es tan oscuro como los muros de los edificios que lo rodean. Ahora mi mente comienza a vagar y me muevo al mismo ritmo de la corriente. Siento que podría lanzarme y seguir su cauce, volverme aún más impura. Pero hoy estoy limpia, sé que lo estoy. Nadie se atreverá a escupirme. Hoy soy como cualquiera de ellos. Al menos, por fuera.

En las imágenes, las aguas del río tienden a salir plateadas y el puente, al final, es como una sombra. Me detengo en el centro, encima del arco pequeño, cuando escucho a Leo llamarme exasperado.

—¡Hannah!

¿Por qué tiene que sacarme de mi ensueño? No hay nada en este instante más importante que poder aislarme, ignorar lo que me rodea y pensar que no tenemos que irnos a ninguna parte.

—¡Un hombre te está tomando fotos!

Veo entonces al tipo flaco, larguirucho y de barriga incipiente, empuñando una Leica con la que intenta enfocarme. Me muevo, corro, cambio de posición para hacerle más difícil el trabajo. Debe ser un Ogro que nos va a delatar. O un impuro de los que trabajan para la estación de policía de la Iranische Strasse y se dedican a denunciarnos.

—Te fotografió a ti también, Leo. No puede haber sido a mí sola. ¿Qué quiere? ¿Tampoco podemos estar en nuestro puente?

Mamá insiste en que no deambulemos por la ciudad, llena como está de groseros vigilantes. Ya nadie se siente obligado a usar una máscara para ofenderte. Somos el delito; ellos son la razón, el deber, el cumplimiento. Los Ogros nos agreden, nos gritan insultos, y debemos quedarnos callados, en silencio, mientras nos patean.

Seguramente han descubierto nuestra mancha, nuestras impurezas, y nos reportan. Le sonrío al hombre de la Leica, que tiene una boca enorme. Un líquido transparente y viscoso le chorrea de la nariz. Se limpia con el dorso de la mano y oprime varias veces más el obturador de la cámara. Toma todas la fotos que quieras. Envíame a la cárcel.

—Vamos a quitarle la cámara y lanzarla al río —me dice Leo al oído.

No dejo de observar a aquel hombre insignificante que me dirige una sonrisa y casi se arroja a mis pies en busca del ángulo perfecto. Me dan deseos de escupirlo. Miro con asco su nariz húmeda, tan grande como la de las caricaturas de los impuros que salen en la primera plana del Der Stürmer, el periódico que nos odia y que ahora se ha puesto de moda. Sí, debe ser de los que sueñan con ser aceptados por los Ogros. Un impuro-basura, como Leo acostumbra a llamarlos.

Comienzo a temblar, Leo corre y me arrastra tras él como una muñeca de trapo. Y escucho que el impuro-basura comienza a hacer gestos con sus manos e intenta alcanzarnos.

—¡Niña! ¡Niña! ¡Tu nombre! ¡Necesito tu nombre! —grita.

Piensa que me voy a detener, que le voy a dar mi nombre, mi apellido, mi edad, mi dirección.

Nos perdemos en el tráfico. Cruzamos la calle, pasa un tranvía repleto y vemos al hombre aún en el puente. Nos reímos, y él se atreve incluso a decirnos adiós.

Nos encaminamos al café de Georg Hirsch, en la Schönhauser Allee, para comprar algo dulce. Leo siempre tiene hambre. Dejamos el puente atrás y ya se me hacía la boca agua al imaginarme los pfeffernüsse frescos, aunque no estuviéramos en días de fiesta. De esas galletas dulces, mis preferidas eran las glaseadas en polvo de azúcar con esencia de anís. Las de Leo, las bañadas en canela. Nos manchábamos los dedos y la nariz de blanco y hacíamos el saludo de los Ogros, que Leo transformaba en una señal de «Pare» al inclinar la mano hacia arriba, formando una L con el brazo. Esas ocurrencias de Leo, diría mi madre.

Ya muy cerca del café más dulce de Berlín, donde acostumbrábamos a bañarnos en polvo de azúcar y a pasar las tardes sin temer que nos denunciaran, nos quedamos paralizados en la esquina: ¡las vidrieras del café de

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