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Encuentra al sabatario en su garita de portero. Está leyendo el periódico a la luz amortiguada de una lámpara cubierta con un pañuelo; lleva unas gafas de montura metálica, reparadas con un trozo de cinta. Se las quita con parsimonia, pliega las patillas, las guarda en el bolsillo y luego mira a Erzsébet. No pregunta nada. Pasea la vista por la penumbra de la garita. Le indica que salgan a la oscuridad de la escalera. Una vez allí, sin verse las caras, hablan en voz muy baja. Erzsébet va directa al grano, como en un sueño. No da detalles, ni se presenta.
—¿Puede aceptar a una persona?
El hombre guarda silencio. El aliento le huele a ajo, probablemente acaba de cenar.
—Es difícil —contesta.
No pregunta de quién se trata, ni por qué, ni quién es Erzsébet, tampoco se opone ni promete nada. Y esa profesionalidad, esa imparcialidad lacónica tranquiliza a la joven. El miedo que le atenaza el corazón desde hace horas se desvanece al oír esa voz. Sabe que no ha venido en vano, y que no ha sido casual que se acordara de pronto del sabatario; la inunda una sensación cálida, como una oleada de felicidad. Los enamorados experimentan algo similar cuando les recorre el cuerpo una corriente de confianza. Ahora sabe que cada cosa tiene su razón de ser.
Siente los latidos del corazón y su cuerpo abraza una esperanza repentina. Aquel judío perseguido tuvo buenas razones para mencionarle al sabatario. Cada cosa tiene su razón de ser... Siente una felicidad cálida, plena de humildad y esperanza, como si fuera la primera vez que entiende el significado de la palabra «creer». Existe algo más que el conocimiento, la experiencia, lo que enseña la observación de la realidad y la ciencia... algo más. Y ahora ese algo está aquí.
¿Qué es? Pues este hombre, el sabatario, un ser taciturno e inmóvil en la oscuridad, del cual Erzsébet sabe lo que piensa en este preciso instante, cree saber lo que siente, conocer sus ideas. ¿Qué clase de persona es? ¿Un devoto sectario, un fanático religioso que obedece una orden de Cristo? ¿O es algo más, algo diferente? ¿Un hombre en el cual las Sagradas Escrituras —las palabras supremas que permiten al hombre responder a sí mismo y al mundo— se han traducido en actos? Un hombre a punto de ahogarse debe de observar de igual manera el titubeo de la mano tendida hacia él... De hecho, el sabatario aún calla.
—Muy difícil... —repite al fin, con voz grave y apenas audible—. Cada día más difícil.
Erzsébet contiene la respiración. ¿Qué puede decir? ¿Qué puede pedir? ¿Qué prometer? Hubo un tiempo en que la gente aceptaba correr cualquier riesgo a cambio de dinero y joyas... Pero esa época ya ha pasado. Y el sabatario además no es de ese tipo de personas, está segura. El riesgo es demasiado alto, ya no valen ni los argumentos ni la persuasión, quien en estos tiempos acepte esconder a alguien se lo juega todo... y por eso mismo no puede pedírsele nada.
—¿Es un hombre? —pregunta de repente el sabatario.
—Un hombre, sí —responde la joven casi en un suspiro.
El sabatario enciende una linterna. Dirige el crudo haz de luz al rostro de Erzsébet. Ella lo soporta entornando los párpados. Él examina su rostro atenta y minuciosamente, como si le sobrara tiempo y supiera que en momentos así ésa es la única forma de comunicar, de intercambiar ideas, porque las palabras sobran y no son de fiar. Transcurre medio minuto, puede que más. Luego apaga la linterna.
—Usted vive enfrente —dice con lentitud—. Usted es... —Y pronuncia el nombre de la joven.
—¿Cómo lo sabe? —pregunta ella con la boca seca.
Pese a que están a oscuras, le parece que el hombre se encoge de hombros.
—Lo sé —responde impasible—. La veo todas las madrugadas. Me lo dijeron... —Y a continuación, casi con aspereza, inquiere—: ¿A quién quiere traer?
—A mi padre —contesta ella, ya tranquila. Y de nuevo le parece ver que el hombre asiente con la cabeza, como si hubiera recibido la respuesta esperada.
Vuelven en silencio a la garita. El portero cierra la puerta acristalada y le señala una silla. Erzsébet se sienta. Él toma asiento ante ella, se inclina sobre el periódico y se pone a liar un cigarrillo.
—¿Dónde está ahora? —pregunta como de pasada. Cuando la joven se dispone a contestar, la interrumpe—: No estoy preguntándole la dirección. Jamás la revele. A nadie, tampoco a mí. Sólo quiero saber si está lejos. ¿Diez minutos? ¿Media hora?...
Erzsébet calcula mentalmente.
—A un cuarto de hora —contesta.
El hombre observa el reloj de cuco colgado de la pared.
—Las nueve y cuarto —dice—. Si pudiera traerlo ahora mismo...
Ella se levanta, dispuesta a intentarlo.
—Espere. No vengan aquí. En la calle de al lado el hojalatero tiene una entrada por el sótano —explica el hombre—. ¿Lo ha entendido? —añade con aire severo—. Repítamelo.
Erzsébet recita la lección.
—Bien, veo que lo ha entendido. —Y en un tono delicado y con una tristeza impotente que la joven nunca había oído en boca de nadie, el portero añade—: Esto es muy difícil, señorita. Es que ya hay cinco personas abajo. Al viejo tendré que emparedarlo con los demás. Es la única forma.
Erzsébet comprende que el «viejo» es su padre, y que el sabatario quiere meterlo en un sótano tapiado, con otras cinco personas sepultadas en vida.
—Es la única manera —repite el hombre en voz baja, moviendo la cabeza con resignación—. Por desgracia, los hermanos pasan a menudo por aquí.
No, claro, no se refiere a los sabatarios, sino a los «hermanos» cruces flechadas.
—¿Lo acepta, pues? —se limita a decir ella.
—Sí.
Salen a la escalera y se separan en la entrada.
Así sucedió. Su padre fue aceptado. ¿Por qué? En las siguientes semanas la joven tendrá oportunidad de meditar sobre la cuestión mientras permanezca refugiada en el edificio de enfrente. Entre bombardeos, explosiones de obuses y granadas, tendrá la posibilidad y el tiempo de pensar en lo que sucede en el sótano tapiado de la casa de enfrente donde malviven seis personas, en un espacio similar a una despensa, casi sin aire, sin luz, sin retrete ni cama, y en el que a diario una mano, la del sabatario, introduce agua y un cubo con comida, habas o patatas, a veces pan, por un estrecho resquicio. Pero imaginárselo ya no la perturba.
Ahora le preocupa algo diferente. Cuando el edificio, los muros y el suelo de hormigón del sótano se estremecen, ¿qué sucede en el alma del sabatario? ¿Qué pasa en el alma de un hombre cuando se ha perdido lo que convierte a los seres humanos en tales? De un hombre que se mantiene fiel al pacto escrito y tácito de la humanidad, a la ley de la caridad, en un mundo que reniega de toda ley humana y que se autodestruye con furia demencial.
Una especie de fuego fatuo amarillento flota ante los ojos de la gente y la atrae entre las fosas, en medio de los cadáveres, hacia los restos del botín... Erzsébet le había preguntado al sabatario si quería dinero. Para la manutención, había aclarado. El hombre hizo cálculos, moviendo los labios en silencio, y luego declaró en tono seco: «No hace falta. Basta con lo que hay.»
De modo que tiene algo de dinero para las habas, los guisantes y las patatas con que alimenta a sus protegidos. Se trata de un hombre lacónico e impasible. Nada sentimental. Nada lo conmueve. Frente a la miseria humana, se muestra tan sereno como un enfermero veterano que en silencio y casi indiferente se mueve entre moribundos, sin una lágrima, sin ceder a la angustia o la rabia. Ve la miseria, la persecución, el peligro mortal y la ayuda como situaciones naturales para un ser humano, hechos normales y obvios. Así son los hombres: matan, roban y se esconden... Erzsébet no percibió mayor compasión en sus palabras, ni en sus gestos. Cuando llegó con su padre al sótano, el sabatario ya estaba allí con una palanca, extrayendo con cuidado ladrillos de la parte inferior de una pared y calibrando al padre con los ojos expertos de un sastre que toma medidas.
—Sólo sacaré dos filas de ladrillos —se limita a anunciar—. Usted se pondrá boca abajo y entrará a rastras.
El padre así lo hace y su torso desaparece poco a poco por el estrecho orificio del muro, seguido de las largas y delgadas pantorrillas. Erzsébet y el sabatario se quedan mirando cómo el hombre, un cuerpo humano aterido, desaparece en aquella extraña prisión. La joven piensa que su padre, que se ha pasado la vida observando las estrellas, ha acabado arrastrándose por el suelo pringoso de un sótano... Pero luego mira al sabatario y se siente avergonzada, porque ante aquel rostro indiferente y tranquilo la retórica de su pensamiento se le antoja falsa y patética.
Recolocan los ladrillos extraídos; Erzsébet va pasándole la argamasa, que el sabatario extiende con manos expertas. En pocos minutos termina el trabajo de albañilería y pone delante del escondrijo unos bidones de gasolina vacíos.
—Todo dependerá —dice entonces— de si los hermanos entran desde el sótano vecino. Es lo que suelen hacer cuando están en apuros. Van de sótano en sótano, derribando las paredes.
Erzsébet comprende que, en efecto, todo depende de eso, no de las estrellas ni de que a su padre el destino lo haya obligado a arrastrarse por un suelo mugriento.
Así sucedió, así de simple fue... ¿Qué se esconde en un hombre como el sabatario? No pide dinero, no hace promesas, no reza, no odia, no quiere nada, no tiene planes a largo plazo. Simplemente actúa cuando los demás tienen miedo de hacerlo, ayuda a alguien cuando los demás sólo se mueven a impulsos de fiero egoísmo y quejica instinto de supervivencia. ¿Creerá en algo? ¿Será religioso? Tal vez. Pero quizá sea sólo un hombre en cuyo sistema nervioso, en cuya alma, opere una especie de ley estructural, una especie de impulso vital al que nada puede oponerse. Cientos de miles de personas no prestan ayuda ninguna; él sí. Pero el secreto de esta única persona no puede descifrarse.
Erzsébet vuelve al derruido edificio de enfrente, sube al tercer piso, al cuarto de los criados de la casa donde últimamente ha encontrado cobijo, se tumba sin desvestirse en la fría habitación, en la cama de hierro, y permanece en la oscura estancia con los ojos abiertos. Escuchando las descargas de artillería.
Esta noche los cañones suenan distintos: con más ritmo, más seguidos. Aquel ruido lejano y mecánico que hasta entonces señalaba los impactos, se funde ahora en uno solo, como si una actividad casual y esporádica se hubiera transformado en una empresa premeditada, planificada con rigor y ejecutada con celo. Ayer, anteayer, hace una semana, las bombas y las granadas caían como si un gigante caprichoso estuviera divirtiéndose con ese pasatiempo atroz. Pero ahora el estruendo suena distinto: como una inmensa máquina que, tras los atascos iniciales, funciona ya a plena potencia.
Ese gigante es el ejército ruso, una inmensa maquinaria cuyos engranajes son los cañones, los aviones, los lanzaminas, la artillería del Segundo Ejército Ucraniano; éstos son sus principales componentes. Y ahora la maquinaria funciona a pleno rendimiento, monótona e implacable. Es un estruendo que ya no aterroriza a nadie. Resulta tan natural como el ruido del turno de noche en una fábrica. Esas máquinas y el contingente de hombres que las manejan y operan, limpian y alimentan, partieron hace meses de las llanuras rusas, cruzaron los Cárpatos, avanzaron lentamente por la llanura húngara, a veces se detuvieron, cerraron filas, atacaron, avanzaron y retrocedieron unos kilómetros.
Entretanto, en Budapest, la «ciudad en el frente», los periódicos seguían publicándose, se contaban chismes, una actriz puso un aviso porque había perdido su abrigo de zorro azul, un periodista desenmascaró las manipulaciones de un político, el padre de Erzsébet vivía tranquilo en el escondrijo provisional mientras trabajaba en sus notas. Una noche Erzsébet fue al teatro a ver Cándida, de Shaw, y la producción le resultó aceptable. En los restaurantes las mesas estaban listas, en los locales de mayor calidad ponían servilletas limpias y servían platos aceptables, ni siquiera caros, sólo que la comida estaba tibia, porque el suministro de gas no funcionaba bien, los trenes con carbón ya no llegaban a la ciudad, parcialmente cercada... Por las mañanas los figones estaban llenos y en los escaparates de las tiendas se veían incluso artículos navideños, objetos de artesanía popular transilvana, espumillón brillante.
La gente caminaba entre cañones, se metía bajo los soportales cuando caían bombas sin previo aviso. Respecto a los tranvías, se detenían y esperaban a que terminara el ataque. Los pasajeros se echaban al suelo junto al vehículo, boca abajo en la calzada, o se quedaban sentados en el vagón, sin saber si una muerte caprichosa acabaría con ellos. A los muertos los cubrían con papel de estraza hasta que aparecía algún representante de la autoridad y disponía el levantamiento del cadáver. Nadie usaba ya sábanas para envolver a los muertos, porque eran muy caras.
Así transcurrían las cosas desde hacía semanas. Y dentro de poco será Navidad. En los sótanos, los vecinos han montado fogones comunes y cocinan. A la gente le ha dado por comer y prepara cenas de tres platos, y dado que ya no existe el estraperlo ni las autoridades se ocupan del abastecimiento, ha llegado la hora de recurrir a las reservas: hay carne en abundancia, costillas fritas en manteca, ocas y patos, jamones enteros, vino y pálinka en abundancia. Pero, a pesar de esta extensa comilona en muchas zonas de la ciudad, las cazuelas de otros muchos están vacías: barrios enteros malviven con tibios potajes de habas.
Erzsébet está tumbada en la cama, en el helado cuarto del servicio; hace pocos días una onda expansiva reventó el cristal de la ventana, así que no vale la pena poner la calefacción. Sin embargo, no tiene frío, antes bien, su cuerpo genera calor. Piensa en el sabatario, en la oscura ciudad, en el puente de las Cadenas, en las ametralladoras de la fuente de colores, en su padre arrastrándose para escurrirse por el agujero de aquella pared, en las estrellas que por algún tiempo él no verá, en cómo le hablaba Tibor de la «fuerza moral para librarse del Mal», con mirada encendida, labios temblorosos y pálidos, y cómo al final, rabioso y desesperado, se había marchado al extranjero, abandonándola.
Me ha abandonado, ésa es la verdad, piensa la joven. Me ha dejado con mi padre, a quien buscan los alemanes y los otros, esos que aseguran ser húngaros porque hablan húngaro y llevan un brazalete con el escudo de Árpád, la monarquía fundadora del Estado húngaro. Pero también llevan metralletas y asesinan indiscriminadamente, y a mi padre también lo matarán si tienen la oportunidad, y a mí... Y de nuevo se acuerda de la expresión «fuerza moral para librarse del Mal».
Es el tipo de frase con que los hombres envuelven algo que íntimamente no saben resolver. Los hombres gustan de estas expresiones. Pero ella ya sabe que no son más que palabras. La realidad es otra cosa.
La realidad es que cuando piensa en Tibor, incluso hoy, un año después, siente en su cuerpo una extraña confianza. No es algo ligado a un sentimiento o un estado de ánimo, sino una sensación física de confianza. Confía con todo el cuerpo en aquel hombre triste y pálido que ha huido al extranjero dejándola entre bombas y asesinos, con su padre. No hay nada capaz de apagar esa confianza. Eso la mantiene viva. Cierra los ojos y la confianza circula por su cuerpo como una corriente eléctrica. Él se ha ido porque la gente ha enloquecido, porque hay odio entre las personas, porque lo arruinan y destruyen todo; ésta es una parte de la vida, la otra es la confianza que siente al pensar en Tibor.
De pronto se calma. De vez en cuando el edificio tiembla a consecuencia de una explosión cercana; pero Erzsébet sigue tranquila. Su padre está tumbado boca abajo en el sótano del edificio vecino, a buen resguardo. Por la noche, hombres armados recorren los refugios, iluminan con linternas las caras de la gente que duerme apretujada, a veces agarran y sacan a alguno, hombre o mujer. «¡Judío!», gritan, y se lo llevan para fusilarlo ante la puerta. Luego regresan y roban todo lo que encuentran. Portan brazaletes con el escudo de Árpád. Hablan húngaro; unos pocos, alemán...
Pero Erzsébet rebosa confianza. Su padre sobrevivirá y Tibor volverá, regresará a ella. Volverá haya o no fronteras. Y si no hay puentes, cruzará el río a nado o a pie por el hielo; pero volverá. Ya no durará mucho... ¿El qué? Pues lo que ha empezado. ¿El asedio o la guerra? Erzsébet repara en que estas palabras no se refieren a lo esencial.
El asedio y la guerra no son más que consecuencias. Pero lo que no puede durar mucho, lo que acabará pronto, lo que realmente resulta insoportable y por eso no podrá durar para siempre, es el odio. Ese destello en la mirada de la gente. El odio con que se miran en los refugios oscuros y en las calles aún más oscuras, o durante el día, por encima de los cadáveres cubiertos con papel de estraza. Esa mirada en que arde una luz tenebrosa, la misma que est
