Serie Julio César: El ascenso (edición estuche con: Roma soy yo | Maldita Roma | Los tres mundos)

Santiago Posteguillo

Fragmento

Dramatis personae

Dramatis personae

Julio César (Cayo Julio César): abogado y tribuno militar

Familia de Julio César

Aurelia: madre de Julio César

Cornelia: esposa de Julio César

Cota (Aurelio Cota): tío de Julio César por línea materna

Julia la Mayor: hermana de Julio César

Julia la Menor: hermana de Julio César

Julio César padre

Marco Antonio Gnipho: tutor de Julio César

Líderes y senadores optimates

Cicerón (Marco Tulio Cicerón): abogado y senador

Craso (Marco Licinio Craso): joven senador

Dolabela (Cneo Cornelio Dolabela): senador y gobernador

Lúculo (Lucio Licinio Lúculo): proquaestor en Oriente

Metelo (Quinto Cecilio Metelo Pío): líder de los optimates

Pompeyo (Cneo Pompeyo): juez y senador

Sila (Lucio Cornelio Sila): dictador de Roma

Termo (Minucio Termo): propretor en Lesbos

Líderes y senadores populares

Cinna (Lucio Cornelio Cinna): líder de los populares, senador y cónsul, padre de Cornelia

Fimbria (Cayo Flavio Fimbria): legatus

Flaco (Valerio Flaco): cónsul

Glaucia (Cayo Servilio Glaucia): tribuno de la plebe y pretor

Labieno (Tito Labieno): amigo personal de César, tribuno militar

Mario (Cayo Mario): líder de los populares, siete veces cónsul, tío de Julio César por línea paterna

Saturnino (Lucio Apuleyo Saturnino): tribuno de la plebe

Sertorio (Quinto Sertorio): líder de los populares, hombre de confianza de Cayo Mario

Rufo (Sulpicio Rufo): tribuno de la plebe

Ciudadanos macedonios

Aéropo: padre de Myrtale, noble

Arquelao: joven noble

Myrtale: joven noble, hija de Aéropo

Orestes: anciano noble

Pérdicas: joven noble, prometido de Myrtale

Líderes militares en la isla de Lesbos

Anaxágoras: sátrapa de Mitilene

Pítaco: segundo en el mando de Mitilene

Teófanes: líder de la aristocracia local de Mitilene

Otros personajes

Acilio Glabrión, yerno de Sila

Annia: madre de Cornelia

Cayo Volcacio Tulo: centurión

Claudio Marcelo: alto oficial romano

Cornelio Fagites: centurión romano

Emilia, hijastra de Sila

Hortensio: abogado

Marco: ingeniero romano

Metrobio: actor

Mitrídates IV: rey del Ponto, enemigo acérrimo de Roma en Oriente

Mucia: comerciante de especias y otras sustancias en Roma

Sexto: capitán de barco

Sórex: actor

Un médico griego

Valeria: esposa de Sila

Vetus: ingeniero romano

Teutobod: rey de los teutones

Y praecones, esto es, funcionarios de justicia, esclavas, esclavos, atrienses, legionarios, oficiales romanos, oficiales pónticos, ajustadores de clepsidras, ciudadanos romanos anónimos, etcétera.

Principium

La mujer hablaba a su bebé mientras lo acunaba:

—Recuerda siempre esta historia de tu origen, de tu principio, del comienzo de la gens Julia, de la familia de tu padre. Yo, tu madre, vengo de una estirpe antigua, la gens Aurelia, cuyo nombre conecta con el del sol, pero a mi sangre se une la de tu padre, que, a diferencia del dinero amasado por corruptelas y violencias de las otras familias, es la gens más noble y la más especial de toda Roma: la diosa Venus yació con el pastor Anquises y de ahí surgió Eneas. Luego, Eneas tuvo que huir de una Troya en llamas, incendiada por los griegos. Escapó de la ciudad con su padre, su esposa Creúsa y su hijo Ascanio, a quien nosotros en Roma llamamos Julo. El padre, Anquises, y la esposa de Eneas, Creúsa, fallecieron durante el largo periplo que los condujo desde la lejana Asia hasta Italia. Aquí, Julo, el hijo de Eneas, fundó Alba Longa. Años más tarde, la hermosa princesa Rea Silvia de Alba Longa, descendiente directa de Julo, sería poseída por el mismísimo dios Marte y de esa unión nacieron Rómulo y Remo. Rómulo fundó Roma y de ahí hasta ahora. Tu familia entronca directamente con Julo, de donde toma el nombre de gens Julia. En este mundo que aguarda tus primeros pasos, están los patricios, la mayoría senadores, y, de entre ellos, algunos muy ricos que han alimentado sus inmensas fortunas en los últimos años de crecimiento de Roma, y, por esa razón, se creen elegidos y especiales, como si estuvieran señalados por los dioses. Se sienten con derecho a todo y por encima de los ciudadanos, del pueblo de Roma, y también por encima de los socii, nuestros aliados en Italia. Estos senadores viles se llaman a sí mismos optimates, los mejores, pero, hijo mío, sólo tu familia desciende directamente de Julo, del hijo de Eneas, sólo tú eres sangre de la sangre de Venus y Marte. Sólo tú eres especial. Sólo tú, mi pequeño. Sólo tú. Y ruego a Venus y a Marte que te protejan y que te guíen tanto en la paz como en la guerra. Porque vas a vivir guerras, hijo mío. Ése es tu destino. Ojalá seas, entonces, tan fuerte como Marte, tan victorioso como Venus. Recuérdalo siempre, hijo mío: Roma eres tú.

Y Aurelia repitió al oído de su hijo de apenas unos meses aquella historia una y otra vez como si fuera una oración, y así, sin darse cuenta, aquellas palabras entraron en la mente del pequeño y lo acompañaron durante años. Y las palabras de Aurelia permearon en su interior y quedaron en su recuerdo, grabadas, como talladas en piedra, forjando, para siempre, el destino de Julio César.

Prooemium

Mediterráneo occidental
Siglos II y I a. C.

Roma crecía sin límite.

Desde la caída del Imperio cartaginés, Roma se había constituido en la potencia dominante que controlaba todo el Mediterráneo occidental. Y no sólo eso, sino que además de dirigir los destinos de Hispania, Sicilia, Cerdeña, varias regiones del norte de África y toda Italia, empezaba a mirar con ansia hacia el norte, hacia la Galia Cisalpina, por un lado, y hacia oriente, hacia Grecia y Macedonia, por otro.

Aquel gigantesco crecimiento enriquecía las arcas del Estado romano, pero el reparto de tanta opulencia y de tantas nuevas tierras no era igualitario: un pequeño grupo de familias aristocráticas, reunidas en torno al Senado, acumulaban terrenos y dinero año tras año, mientras que a la inmensa mayoría de los habitantes de Roma y a los campesinos de las poblaciones vecinas apenas se les invitaba a aquel descomunal festín de riqueza y poder: las tierras quedaban en manos de unos pocos senadores latifundistas, a la par que el oro y la plata y los esclavos terminaban también en manos de aquellas mismas familias patricias senatoriales.

Tanta desigualdad encendió el conflicto interno: la Asamblea del pueblo romano, liderada por sus máximos representantes, los tribunos de la plebe, se enfrentó contra el Senado reclamando un reparto más equitativo de poder y dinero. Aparecieron hombres audaces que exigieron justicia y redistribución de tierras. Tiberio Sempronio Graco fue uno de ellos. Hijo de Cornelia y, por tanto, nieto de Escipión el Africano, fue elegido tribuno de la plebe y promovió una ley de reparto de la tierra en el año 133 a. C., pero el Senado envió decenas de sicarios a emboscarlo en la explanada del Capitolio y fue asesinado a plena luz del día a mazazos. Su cuerpo fue arrojado al Tíber, sin recibir sepultura alguna. Su hermano, Cayo Sempronio Graco, elegido también tribuno de la plebe, volvió a intentar poner en marcha las reformas que Tiberio promoviera doce años antes. Fue en ese momento cuando el Senado promulgó por primera vez un senatus consultum ultimum, mediante el cual los senadores daban a sus dos líderes, los cónsules de Roma, autoridad para detener y ejecutar a Cayo Graco y a cualquier otro tribuno de la plebe que promoviera semejantes reformas de reparto de tierras. En el 121 a. C., rodeado por sicarios dirigidos por los cónsules y el Senado, Cayo Graco pidió a un esclavo que lo matara para no caer muerto en manos de sus enemigos.

Los partidarios de las reformas se agruparon en torno al partido de los denominados «populares», que defendían las propuestas de los malogrados Graco, mientras que los senadores más conservadores se asociaron en lo que se dio en denominar como el partido de los optimates, es decir, «los mejores», pues se consideraban superiores al resto. Roma estaba dividida, oficialmente, en dos bandos irreconciliables. A estos dos grupos se añadía un tercero en discordia, los socii: los habitantes de las ciudades aliadas de Roma en Italia, que veían cómo las decisiones que afectaban a su futuro las tomaban senadores o ciudadanos romanos sin tenerlos a ellos en cuenta. Este tercer grupo empezó a reclamar la ciudadanía romana y con ella el derecho a voto para poder así tomar parte en aquellas decisiones que tanto los afectaban.

La Asamblea de Roma terminaría eligiendo nuevos tribunos de la plebe que, una y otra vez, intentarían poner en marcha las reformas promovidas por los Gracos años atrás. Pero todos serían aniquilados por sicarios armados y a sueldo de los senadores. Roma estaba partida en tres: populares, optimates y socii. Apareció entonces un joven romano, patricio de origen, pero sensible a las reclamaciones de los populares y de los socii, que se percató de que había un cuarto grupo en liza, al que nadie prestaba atención aún: los provinciales, los habitantes de las nuevas provincias que Roma iba anexionándose desde Hispania hasta Grecia y Macedonia, desde los Alpes hasta África.

Este joven pensaba que las cosas tendrían que cambiar de una vez por todas, pero él apenas tenía veintitrés años y estaba solo. De hecho, muy pocos repararon en él hasta un juicio que tuvo lugar en el año 77 a. C., donde este hombre aceptó intervenir como fiscal acusador, pese a su juventud.

El acusado, por corruptio mientras ejercía de gobernador en la provincia de Macedonia, era el todopoderoso optimas senator Cneo Cornelio Dolabela, brazo derecho del líder supremo de los senadores optimates, Lucio Cornelio Sila.

El tribunal —compuesto por otros senadores, según las leyes de Sila que habían abolido la separación entre justicia y Senado— estaba predispuesto a exonerar a Dolabela, quien, además, había contratado a los dos mejores abogados defensores de la época: Hortensio y Aurelio Cota. Por eso nadie había aceptado ser fiscal en una causa perdida desde su inicio. Sólo un loco o un iluso podía aceptar ejercer la acusación en semejantes circunstancias.

Dolabela se echó a reír cuando por fin le dijeron quién iba a ser el acusador, y continuó celebrando fiestas y banquetes, relajado y seguro de sí mismo, a la espera de un juicio que sabía ya ganado.

El nombre del joven e inexperto fiscal era Cayo Julio César.

EL JUICIO I

PETITIO

En la petitio, una persona libre solicita a un abogado que acepte o bien ser su defensor o bien su fiscal en una causa en Roma. En el caso de un no romano, éste debía encontrar a un ciudadano romano que aceptara ser su abogado, en particular si deseaba enjuiciar a alguien poseedor de la ciudadanía romana.

I

La decisión de César

Domus de la familia Julia, barrio de la Subura
Roma, 77 a. C.

—Todos los que lo han intentado están muertos. Caminas directo al desastre. No debes, no puedes aceptar lo que te proponen. Es suicida. —Tito Labieno hablaba con vehemencia, con la pasión del amigo que intenta persuadir a alguien de que no cometa el error más grande de su vida—. No se puede cambiar el mundo, Cayo, y este juicio va de eso precisamente. ¿He de recordarte el nombre de todos los que han muerto intentando ese cambio y enfrentándose a los senadores? Ellos siempre han mandado y van a seguir haciéndolo. No hay opción para cambiar nada. Se trata más bien de unirnos a los que mandan o alejarnos de ellos, pero nunca, ¿me oyes, Cayo?, nunca enfrentarse a los senadores optimates. Eso es la muerte. Y lo sabes.

César escuchaba atento a su amigo de infancia. Sabía que le hablaba con honestidad. Él, de momento, no decía nada.

Cornelia, la joven esposa de César, de diecinueve años, asistía a la escena en pie, en el centro del atrio de la domus. De hecho, él daba vueltas en torno a ella mientras ponderaba el consejo de Labieno y rumiaba ensimismado qué respuesta dar a los macedonios que habían venido a solicitar su ayuda.

A Labieno el silencio de César lo inquietaba. Empezaba a temer que sus palabras no bastasen para persuadirlo. Por eso, al verlo girar alrededor de Cornelia —todo un símbolo de lo central que para César era su esposa—, se aferró a ese amor que él le profesaba y que era de todos conocido, y recurrió a ella:

—Cornelia, por Hércules, tú amas a tu esposo. Dile que por ti, que por su madre, que por su familia, rechace esta locura. Dolabela es intocable. Cayo casi muere al oponerse a Sila, pero si se enfrenta de modo directo en un juicio contra su brazo derecho, tu marido es hombre muerto. ¡Por todos los dioses, dile algo!

Cornelia parpadeaba mientras escuchaba a Labieno.

En ese momento, se oyó un llanto. La pequeña Julia, hija de César y Cornelia, de apenas cinco años, apareció en el atrio seguida de cerca por una esclava.

—Lo siento, mi ama, lo siento —se disculpaba la esclava—. Es muy rápida.

—Mamá, mamá... —gritaba la niña, y se aferró a las rodillas de su madre.

La irrupción de la pequeña Julia rescató a su madre de tener que pronunciarse sobre lo que Labieno le demandaba.

—Ahora regreso —dijo Cornelia mientras cogía de la mano a su hija y se la llevaba del lugar.

César, con el semblante serio, asintió mirando a su esposa.

—Papá —dijo la niña al pasar cerca de él.

Cayo Julio César sonrió a su hija.

Cornelia tiró de ella y desapareció junto con la esclava por un extremo del atrio.

Labieno se encontró solo en su tarea de intentar persuadir a su amigo de que desistiera de aceptar aquel encargo envenenado, pero no por ello pensaba rendirse. Así que continuó hablando, pese a que los representantes de la provincia de Macedonia que querían contratar al joven Julio César como abogado seguían allí mismo. Pérdicas, Arquelao y Aéropo eran sus nombres. Éstos se sentían incómodos ante aquellas palabras de Tito Labieno, pero no se atrevían a interrumpir el debate entre dos ciudadanos romanos.

—Escúchame bien, Cayo —proseguía Labieno pese a las hostiles miradas de los macedonios—, si aceptas, te masacrarán en el juicio, primero, y luego te asesinarán en cualquier calle oscura o a plena luz del día en el foro. No sería la primera vez. Desde la muerte de tu tío Mario y la victoria absoluta de Sila, los senadores optimates cada vez actúan con más osadía. Se sienten más fuertes que nunca. Son más fuertes que nunca. Pero, escucha bien lo que te digo, incluso si ocurriera el improbable desenlace de que el tribunal fallara a tu favor, te estarías enfrentando a Cota, a tu propio tío, al hermano de tu madre, a quien Dolabela ya ha contratado como defensor. ¿Es eso lo que quieres? ¿Obligar a tu madre a que se vea forzada a decidir, a elegir entre su propio hermano o su hijo?

Ante esas palabras, Julio César alzó levemente las manos, como si rogara a su amigo que callara, bajó la mirada y se quedó observando el mosaico resquebrajado del suelo de la domus de su familia. Eran del orden patricio, pero últimamente el dinero no abundaba como debiera, no desde la caída de su otro tío, del gran Cayo Mario. Sila les había confiscado numerosos bienes a la familia Julia por haber sido seguidores y promotores de la facción popular en Roma. No tenían dinero ni para reparar aquel maldito mosaico agrietado. Pero aquello no era lo que preocupaba al joven César.

—Ésa es la clave —dijo al fin.

En ese instante reapareció Cornelia y, en silencio, con sigilo, recuperó su posición junto a su esposo en el centro del atrio. La niña ya estaba de nuevo atendida por las esclavas. Julia estaba llorosa: había estado mala, pero ya parecía ir recuperándose. Cornelia sabía que la pequeña detectaba la tensión en la casa y eso la afectaba. Dicen que los niños perciben el desastre cuando éste acecha. ¿Sería cierto? La mujer de César vio sus pensamientos interrumpidos por la voz serena y firme de su esposo.

—¿Está bien Julia?

—Está bien. No tiene ya fiebre. No te preocupes por ella —respondió Cornelia con rapidez y precisión, siempre atenta a apoyarle. No era momento de intranquilizarlo sin necesidad. Había asuntos en juego más relevantes que los berrinches de una niña.

—¿Cuál es la clave? —retomó Labieno la conversación donde se había interrumpido: había dicho tantas cosas para intentar convencer a su amigo de que no se involucrara en aquel juicio contra Dolabela, que ahora no sabía a qué podía estar refiriéndose César.

—Mi madre —contestó Julio, y pronunció su nombre en alto, despacio, como si ponderara con cada letra la gran autoridad que para él seguía teniendo su madre en sus decisiones—: Aurelia. ¿Qué es lo que ella consideraría mejor: que acepte ser el acusador en un juicio en el que mi tío Cota es abogado de la defensa y, en consecuencia, como bien dices, se genere así un enfrentamiento en la familia o, que, por el contrario, no acepte, no me inmiscuya en el asunto pese a que por dentro me hierva la sangre? Dolabela fue uno de los miserables aliados de Sila. Y si sólo la mitad de lo que cuentan es cierto —añadió señalando a los macedonios—, ha perpetrado crímenes horribles, delitos aún más execrables en un senador que debería dar ejemplo con su comportamiento; crímenes, a fin de cuentas, por los que debería pagar un alto precio. Dolabela es, en definitiva, uno de nuestros enemigos. ¿He de dejarlo escapar ahora que lo puedo someter a juicio público, después de tanto daño como nos ha hecho él apoyando y aprovechándose de las confiscaciones de bienes a las que nos sometió Sila?

—No eres lo bastante fuerte para enfrentarte a tu tío Cota y a Hortensio, que tienen mucha experiencia como abogados defensores; y a los jueces, que estarán comprados, sobornados, con toda seguridad —opuso Labieno con sentido común.

La compra de jueces era habitual en Roma cuando el acusado era un senador poderoso y rico. Y más desde que, con la reforma judicial de Sila, los tribunales que encausaban a senadores también los formaban senadores. Dolabela había sido cónsul, había sido merecedor de un triunfo por derrotar a los tracios y había amasado una gran fortuna a la sombra de las proscripciones del dictador Sila y, a lo que se veía, según decían los representantes macedonios allí presentes, había incrementado aún más su inmensa fortuna malversando fondos públicos y cobrando a los habitantes de toda aquella rica provincia romana tributos que él mismo inventaba. Y el dinero era el que ganaba siempre en los juicios en Roma. Dolabela era un senador demasiado rico como para que otros patres conscripti[1] se atrevieran a condenarlo. La magnitud de los crímenes no importaba. Que hubiera perpetrado más delitos, más allá de robar dinero, daba igual.

—Cornelia, por todos los dioses, por lo que más quieras, ayúdame a impedir que tu esposo cometa esta locura —apeló Labieno de nuevo, mirando a Cornelia.

Se hizo el silencio.

Ahora no entró ninguna niña ni hubo interrupción alguna que pudiera rescatarla de manifestarse con claridad sobre el asunto que se debatía. Labieno sabía que la opinión de Cornelia, pese a su juventud, era importante para César.

Ella bajó la mirada y se quedó observando la cicatriz del gemelo izquierdo de Labieno, una herida que lo unía a su esposo para siempre y por la que le debía lealtad infinita. A ella no le gustaba contravenir a Labieno en nada, pero el criterio de su esposo, lo que pensara César, al fin, estaba siempre por encima de cualquier otra cosa.

—Lo que decida mi esposo... —empezó—, lo que decida mi esposo será lo correcto. Y yo estaré con él. Como siempre —lo miró a los ojos—, y como él siempre ha estado conmigo.

Los dos hombres sabían que Cornelia aludía a un pasado cercano donde el amor de César por ella se puso a prueba de forma cruel e inclemente, y en donde él demostró de qué madera estaban hechas sus entrañas.

—Lo que tú decidas —repitió ella, y fijó la vista en el suelo. No pensaba intervenir más.

César agradeció que Cornelia no le pusiera las cosas más difíciles. La amaba tanto que ella podría influir en un sentido o en otro.

Su neutralidad le daba libertad de acción. Estaba claro que, después de lo pasado con Sila, ella ya no necesitaba más pruebas de amor por su parte.

Por otro lado, lo que decía su amigo tenía toda la lógica del mundo: aceptar la propuesta de los macedonios era suicida y además conducía a un enfrentamiento en el seno de la familia. Suspiró.

—Llamemos a tu madre —dijo entonces Labieno, que veía cómo, por fin, empezaba a dudar.

—¡No! —replicó César con vehemencia.

El otro se detuvo.

—Si hay algo que tengo claro, es que mi madre querría que tomara mi decisión a solas —se explicó César—. Tal y como ha sugerido Cornelia ahora mismo. Mi madre... siempre me enseñó a ser independiente, da igual cuánto la estime y cuánto valore sus consejos. Desde hace tiempo quiere que las decisiones importantes las tome solo, y así será en esta ocasión.

Labieno negó con la cabeza, aunque, en su fuero interno, buen conocedor de las costumbres y caracteres de todos los miembros de la familia de su amigo, intuía también que eso era exactamente lo que la muy respetada Aurelia habría dicho en caso de que la convocaran allí en aquel preciso instante; justo como había afirmado Cornelia: César debía decidir por sí mismo. Era como si aquella matrona hubiera querido forjar en su joven hijo un líder nato, alguien que no se detuviera ante nada y ante nadie. Y era como si la joven esposa hubiese aceptado ese rasgo como algo inherente e inseparable de la figura de su marido. Pero aquello, para Labieno, sólo podía conducir al desastre...

Julio César miró a los macedonios.

—¿Por qué yo?

Los representantes de la provincia oriental se miraron entre sí, hasta que Aéropo, el más veterano, se decidió a responder:

—Sabemos que el joven Julio César se enfrentó al terrible dictador Sila cuando muchos se sometieron a sus desmanes, y también a Dolabela, a quien acusamos de robar el dinero de nuestros compatriotas y de otros ultrajes aún más abyectos... —Aquí tuvo que tragar saliva para no entrar de nuevo en asuntos que tocaban muy de cerca a su propia hija Myrtale—. Ultrajes... que ya hemos referido. Como decía, Dolabela fue amigo del peligroso Sila. Nos han dicho que en ocasiones fue su brazo derecho, en la guerra o en la represión de sus opositores en Roma. Sólo alguien que no temió a Sila en el pasado será capaz de enfrentarse a Dolabela y su dinero, sus artimañas y su crueldad presentes. Por eso hemos venido a rogar al joven Julio César que acepte ser él, y no otro, nuestro abogado, nuestro acusador. Según las leyes de Roma, sólo un ciudadano romano puede llevar a juicio a otro ciudadano romano. Y no creo que encontremos muchos otros ciudadanos romanos que osen asumir el riesgo de encararse con alguien como el exgobernador y excónsul Cneo Cornelio Dolabela y...

En ese momento, Labieno interrumpió al emisario macedonio:

—Lo admito, Cayo, este hombre tiene razón en algunas cosas, pero en cuestiones terribles: Dolabela es, en efecto, cruel, es peligroso, tiene mucho dinero y no dudará en usarlo comprando al tribunal o pagando sicarios que acaben contigo si las cosas se ponen mal para él durante el juicio. Y sí, te enfrentaste a Sila y casi te costó la vida. La diosa Fortuna estuvo contigo entonces, aunque no creo que sea inteligente vivir de nuevo al límite y que tengas que averiguar si los dioses, una vez más, van a salvarte o a abandonarte. Sé que crees que Venus y Marte te protegen, pero, te lo ruego, no los pongas de nuevo a prueba.

Cayo Julio César inspiró hondo mientras asentía varias veces y miraba, alternativamente, a su amigo Labieno y a los enviados macedonios.

Contuvo la respiración.

Bajó la mirada.

Puso los brazos en jarras.

Asintió una vez más mirando al suelo.

Alzó los ojos y los fijó en los macedonios:

—Acepto ser vuestro abogado. Seré el fiscal en ese juicio.

Labieno negó con la cabeza.

Cornelia cerró los ojos y rogó en silencio que los dioses protegiesen de veras a su esposo.

Los macedonios se inclinaron en señal de reconocimiento, se despidieron educadamente, no sin antes depositar sobre una mesa que había en el atrio de la domus un pesado saco de monedas, como primer pago por los servicios de su fiscal, y salieron dejando atrás a los dos amigos y la joven esposa. No es que los macedonios tuvieran prisa, más bien temían que Julio César se pensara mejor lo que acababa de decir y se echara atrás. Preferían salir de allí a toda velocidad con el compromiso de aquel ciudadano de Roma de ser su acusador contra el todopoderoso Dolabela. Seguían muy persuadidos, como todos en la gran ciudad del Tíber, de que el juicio se perdería, pero al menos estaba en marcha un intento de venganza. Si no funcionaba, ya tenían otro plan pensado: Dolabela, lo tenían claro, iba a morir por todo lo que les había hecho. Lo que no sabían era a cuántos se llevaría el excónsul por delante: quizá a todos ellos, incluido el joven fiscal que había aceptado iniciar el juicio. Les daba igual. Los macedonios iban a muerte. En su ingenuidad no calibraban bien la fortaleza descomunal de su enemigo.

En el atrio de la domus de la familia Julia en el centro de la Subura, Labieno suspiraba sumido en el más absoluto desaliento.

Julio César volvía a mirar al suelo. La decisión estaba tomada, pero, aun así, no dejaba de preguntarse cómo iba a reaccionar su madre. Eso era lo único que le preocupaba en aquel instante. Pensaba en todo aquello que le relató su madre de lo que ocurrió cuando él apenas tenía unos meses. ¿Se repetiría la historia con él ahora como víctima del eterno pulso entre optimates y populares? ¿Terminaría él igual que los demás?

Sintió entonces los brazos suaves de su mujer abrazándolo por la espalda.

César cerró los ojos y se dejó abrazar.

Lo necesitaba.

Memoria prima [2]

AURELIA

Madre de César

II

Senatus consultum ultimum

Domus de la familia Julia, Roma,

99 a. C., veintidós años antes del juicio contra Dolabela

Era periodo de elecciones; era, en consecuencia, periodo de violencia.

La brutalidad, la muerte y la locura parecían campar a sus anchas cuando se acercaba el momento de reelegir a los hombres que debían ocupar los cargos más importantes de la República: cónsules, tribunos de la plebe y pretores.

Aurelia tenía en sus brazos a Cayo Julio César, su hijo de apenas unos meses. El niño había estado tranquilo toda la tarde, pero con los gritos que llegaban desde el atrio, se despertó y empezó a llorar. Aquello enfureció a Aurelia. Al pequeño le costaba dormir. Era un niño muy inquieto y la joven matrona estaba convencida de que hacían falta calma y sosiego para conciliar el sueño. Por eso, cuando conseguía dormirlo, la encolerizaba que lo despertaran a gritos. Ella sabía de las elecciones y de las tensiones políticas incontroladas en las que estaba sumida Roma, pero para Aurelia la única prioridad en aquel momento era el descanso de su joven vástago.

—Cógelo —ordenó Aurelia al tiempo que, con cuidado, entregaba el pequeño a la esclava nodriza—. Intenta tranquilizarlo mientras yo hago que esos salvajes guarden silencio o que, al menos, dejen de vociferar como locos.

Aurelia caminó decidida por los pasillos de la domus de la familia Julia, su familia ahora, desde que se desposó con Cayo Julio César padre, hacía unos años. Estaba airada y había pensado irrumpir en el atrio clamando a los dioses y encarándose con su esposo y sus amigos por gritar, cuando distinguió con nitidez la voz de su cuñado Cayo Mario.

Se detuvo un instante.

Mario había sido elegido seis veces cónsul, cinco de forma consecutiva pese a que las leyes no favorecían semejante opción, y a Aurelia le llamó la atención que, por primera vez desde que lo conocía, Mario hablara con... miedo. Para que alguien seis veces cónsul, victorioso en decenas de confrontaciones y batallas contra los bárbaros que acechaban Roma, hablara con miedo..., algo grave debía estar pasando.

Inmóvil al final del pasillo, junto a la entrada al atrio, aguzó el oído.

—Saturnino y Glaucia se han vuelto locos —decía el veterano cónsul.

Aurelia apretó los labios. Saturnino y Glaucia eran los tribunos de la plebe del momento. Asintió para sí. Tribunos fuera de control... Eso siempre terminaba en un enfrentamiento mortal con el Senado, en revueltas, disturbios y sangre por todas las calles de Roma.

Inspiró hondo y entró en el atrio.

No saludó, aunque era su deber. Fue su forma de mostrar su enfado, pero no clamó a los dioses ni elevó el tono. De hecho, la idea era que todos hablaran con voz más calmada.

—¿Por qué dices que Saturnino y Glaucia han perdido la razón? —preguntó directamente a Mario al tiempo que se ponía al lado de su esposo y lo cogía del brazo un instante a modo de saludo—. Habéis despertado al niño con vuestros gritos. Espero que sea por algo serio que se interrumpe el sueño de mi hijo y no por una más de las tantas discusiones políticas que sostenéis habitualmente.

—No es una discusión más, Aurelia —replicó él mirándola con cierto aire de desaprobación, al ver que su esposa no saludaba con el debido respeto.

—Cayo Mario sabe que aquí es siempre apreciado —dijo ella de inmediato como respuesta a la mirada de su marido—, y como buen militar que es, estoy segura de que valora que vaya al grano, ¿no es así, clarissime vir y cónsul de Roma? —apostilló con una leve sonrisa dirigida a su cuñado.

A Mario, en efecto, siempre le parecía bien evitar rodeos en la conversación. Victorioso en las guerras contra Yugurta en África y contra los cimbrios y teutones en el norte, le gustaba aquella mujer con la que se había desposado su cuñado. Aurelia era atractiva, era inteligente y estaba seguro de que podría haber sido un gran legatus de las legiones si no hubiera sido mujer.

—No hace falta que te incomodes por la forma de ser de tu esposa, Cayo. Aquí, sin duda, ya nos conocemos todos —dijo afable el cónsul, para, acto seguido, mirar fijamente a Aurelia—. Pero no, no se trata de una discusión como las otras: Saturnino y Glaucia han pagado a sicarios para que asesinen a Memio, el segundo candidato a cónsul de los optimates.

—Han usado violencia contra violencia —replicó Aurelia mientras se reclinaba en un triclinium y hacía señas a Mario y a su esposo para que la imitaran.

Tras ver que los dos hombres obedecían, miró hacia el esclavo atriense de la domus para indicarle que deseaba agasajar al invitado con comida y vino. Más allá del interés por aquella conversación, Aurelia confiaba en que recostarse, comer y beber sosegara el ánimo de los hombres y, al hablar más tranquilos, su hijo César pudiera por fin dormir.

—Violencia contra violencia, eso es cierto, pero el Senado es siempre más fuerte si se trata de violencia —se explicó Cayo Mario.

—Bueno, pues tendrán que ser Saturnino y Glaucia los que se preocupen por haber promovido el asesinato de Memio, ¿no? —dijo Aurelia antes de invitar a Mario a beber de las copas que los esclavos traían a toda prisa.

Aurelia era una domina generosa si se la atendía bien, pero podía desatar su furia en forma de latigazos que el atriense repartía con brutalidad si algún esclavo no cumplía su cometido con diligencia.

Mario bebió un largo trago de vino e inspiró profundamente, pues tenía mucho que contar y poco tiempo para hacerlo: debía tomar una decisión de vida o muerte ya mismo. Le gustaba departir con Cayo Julio César padre. Su cuñado era un hombre discreto, no ambicioso, algo poco frecuente en Roma, que escuchaba y daba consejos siempre interesantes. Y Aurelia, su esposa, también lo hacía sentir cómodo. En tiempos de traiciones políticas constantes, encontrar una casa donde poder hablar con sosiego, donde ser escuchado y sentirse apoyado, era un bálsamo que Mario apreciaba sobremanera. Dejó la copa. Vio la cara interrogante de Aurelia. Decidió resumir la situación para que ella se incorporara también a ese diálogo con pleno conocimiento de lo que estaba ocurriendo en Roma:

—A mi regreso del norte, tras derrotar a los cimbrios y teutones me encontré acorralado en el Senado. Mis victorias en el norte y mi triunfo anterior en África les han hecho temerme, y los optimates del Senado, que lo dominan, buscaban aislarme. Me alié entonces, como sabéis, con los populares Saturnino y Glaucia, también acosados por el propio Senado. En el pacto que establecimos nos ayudamos a controlar puestos claves de la República, y así Glaucia fue elegido pretor; Saturnino, tribuno de la plebe; y yo, cónsul por sexta vez. Saturnino y Glaucia me apoyaron además aprobando una ley agraria que permitía que fueran los veteranos de mis legiones en África y la guerra del norte quienes recibieran tierras de cultivo, unos al norte del Po y otros en la propia África. Eso generó resquemor en el Senado, pero también entre los socii de nuestras ciudades aliadas en Italia, pues consideraban que los terrenos al norte del Po les pertenecían en tanto que ellos los ocupaban antes de las invasiones de cimbrios y teutones. Saturnino, Glaucia y yo mismo, coordinados, conseguimos apaciguar a los itálicos concediéndoles ingresar en las nuevas colonias de Sicilia y Macedonia, pero eso, a su vez, puso muy nerviosos a los ciudadanos romanos, que percibían que entrar en esas colonias era parte del derecho de ciudadanía. Para aplacar entonces los ánimos de la plebe romana, acordamos, de nuevo los tres, Glaucia, Saturnino y yo, iniciar repartos de trigo a precio subvencionado entre toda la ciudadanía romana, algo que, como los repartos de tierras y colonias, inquieta y mucho a los senadores. Tengo a mis veteranos de guerra, que con tanto valor y esfuerzo defendieron Roma de los ataques bárbaros, premiados y satisfechos; tengo a la plebe tranquila y a los itálicos, a los socii, calmados. Hemos conseguido un complejo equilibrio donde todos salimos ganando.

—Todos menos los senadores optimates —apuntó Aurelia con buen criterio.

Mario asintió y sonrió al ver lo rápido que su cuñada podía leer la política romana.

—Todos menos los optimates, así es —confirmó el cónsul—. Los optimates sólo ven en todo esto un reparto mayor de la riqueza, sean tierras o trigo o derechos, pero como teníamos al pueblo y a los itálicos con nosotros, aún dudaban en volver a atacar como han hecho en el pasado, como cuando desde el Senado se promovieron las muertes de los Gracos, justo tras los tiempos de Escipión el Africano. Sin embargo, Saturnino y Glaucia han confundido esta contención del Senado con debilidad y ahora que tenemos las elecciones al consulado han instigado el asesinato de Memio...

—El candidato optimas —recordó Aurelia.

—El candidato optimas —asintió Cayo Mario, y retomó su relato—: Ante esta violencia, el Senado se ha decidido a actuar y no sólo veo sus bandas de sicarios tomando posiciones por toda la ciudad, sino que han emitido un senatus consultum ultimum.

Se hizo un silencio. Cayo Julio César padre permanecía muy serio, sin probar bocado. Cayo Mario, por su parte, aprovechó aquella pausa para coger un poco de queso. No estaba seguro de cuándo iba a tener tiempo para comer algo en las próximas horas y sabía, por experiencia, que era mejor entrar en combate con el hambre saciada.

—Cuando se ordenó desde el Senado la ejecución de Cayo Graco, uno de los primeros tribunos de la plebe que se les enfrentó, ¿no aprobaron los senadores también un senatus consultum ultimum? —preguntó Aurelia.

—Así es —dijo Cayo Julio César padre.

Mario seguía comiendo y César padre, que tenía aún más información que su esposa, había interpretado bien por qué lo hacía.

—Y en este caso —continuó Aurelia—, el nuevo decreto es para... ¿acabar con Glaucia y Saturnino?

—Así es —repitió César padre.

Mario comía.

—Pero cuando el Senado emite un senatus consultum ultimum suele encomendar a alguien la ejecución de lo que se ordena en ese decreto, ¿no es así? —volvió a preguntar ella.

—En efecto —confirmó su esposo.

—¿Y a quién ha señalado el Senado como ejecutor de sus instrucciones? —inquirió entonces Aurelia.

Esta vez él no respondió y se limitó a mirar a su cuñado.

Cayo Mario dejó de masticar. Engulló de golpe el queso y el pan que tenía en la boca.

—Sí, a mí, en tanto que cónsul de Roma —certificó.

—Buscan dividiros —comentó Aurelia en voz baja pero audible en un atrio ahora muy silencioso—. Ellos han sido tus aliados.

—Lo han sido —admitió Mario—, pero lo de asesinar a Memio lo han decidido sin consultarme.

—Ya —aceptó ella. Cierto era que había sido una decisión muy importante que debería haber sido consensuada entre todos—. No te consultaron la acción contra Memio porque muy probablemente tú te habrías opuesto.

—Con toda seguridad —respondió Mario—. Más allá de la cuestión moral de promover un asesinato, porque, además, es un error en este pulso brutal: Saturnino y Glaucia interpretan que el Senado está vencido, cuando yo creo que simplemente está midiendo sus tiempos, calculando cómo y cuándo contraatacar para volver a hacerse con el poder completo, situando en el tribunado de la plebe y en la pretura a hombres de su confianza que no promuevan estos repartos de tierras, riqueza o derechos y así, por fin, aislarme del todo antes de asestarme el golpe definitivo. Golpe metafórico o real. Ahora, Roma entera está tomada por los sicarios del Senado. Yo aún me puedo mover porque voy escoltado por mis veteranos de guerra y porque el Senado habrá dado instrucciones de que no me toquen a la espera de ver por qué bando me decanto: si sigo al lado de Saturnino y Glaucia y los protejo, o si me paso al bando de los optimates y doy cumplimiento al senatus consultum ultimum. Y por eso estoy aquí, porque lo que decida va a afectar a toda mi familia y vosotros, desde que me casé con Julia, sois también mi familia. Si no hago caso al Senado, sus sicarios irán a por mí y, quizá, a por mis familiares y a por mis amigos... y no tengo suficientes hombres para protegeros a todos.

Se hizo un nuevo y muy tenso silencio.

—Es Sila —Mario reinició la conversación, pero miraba al suelo, como si hablara para sí mismo—. Está maniobrando y lo hace con habilidad. No pensé que se atrevería a tanto, pero ahora lo veo claro: quiere erigirse en líder de los optimates y está haciendo mérito ante Metelo y los suyos, que siempre andan buscando nuevos senadores con suficiente energía para enfrentarse a mí.

—Pero Sila combatió contigo —interpuso Aurelia—, en África, como quaestor, creo recordar, y luego también bajo tus órdenes contra los bárbaros del norte, ¿no es así?

Mario la miró.

—Sí, cierto. Recuerdas bien. Y era buen militar y muy astuto ante los enemigos, pero luego se empeñaba en arrogarse todo el mérito. Se volvió desagradable para muchos de mis hombres de confianza y para mí mismo. Por eso le negué mi apoyo cuando quiso presentarse a pretor y, en su lugar, animé a Glaucia para que se presentara a ese cargo, mientras yo lo hacía al consulado y Saturnino se presentaba al tribunado de la plebe. Desde entonces, Sila agita cuanto puede las aguas más turbulentas del Senado contra mí. Aun así, no pensé que fuera capaz de promover un senatus consultum ultimum. Es muy calculador.

—La violencia de Saturnino y Glaucia habrá despertado su lado más brutal —comentó Aurelia—, y responde con ese decreto mortal al asesinato del optimas Memio por parte de Saturnino y Glaucia.

—Sin duda. —Mario bajó de nuevo la mirada y continuó otra vez como ensimismado—: Pero hay algo más... —Guardó un silencio que no quebraron sus anfitriones mientras él ordenaba sus ideas—. ¡Por Júpiter! —exclamó al fin el cónsul—: Es ese joven Dolabela. Ahora lo veo claro.

—¿Dolabela? —preguntaron a la vez Aurelia y su esposo. Aquel nombre les resultaba nuevo.

—Es normal que no lo conozcáis —les aclaró Mario—: Cneo Cornelio Dolabela no ha hecho nada meritorio. Su padre sí, pero él nada aún. Tiene un cursus honorum gris: no ha destacado por nada ni ocupado cargo alguno de relevancia, pero se mueve bien en el Senado y lo he visto con frecuencia sentado al lado de Sila, hablándole al oído y animándolo en sus diatribas ante la Curia. Es eso: Dolabela está alimentando el ego de Sila, empujándolo a dar el paso que no se atrevía a tomar por sí mismo y empezar su camino hacia el liderato de los optimates. Los Metelos han dominado el partido conservador los últimos años, pero están cansados y muchos los ven incapaces de enfrentarse a mí. Sila ha promovido el senatus ultimum consultum contra Saturnino y Glaucia para ponerme en la complicada tesitura en la que me encuentro. Así se venga de mí. Sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarme a él, pero no pensé que fuera a suceder tan pronto.

Mario calló otra vez.

Cayo Julio César padre tampoco decía nada. No sabía bien qué aconsejar.

—Entonces... ¿has tomado tu decisión? —inquirió Aurelia, pero rápidamente se corrigió y convirtió su pregunta en una afirmación—: La has tomado, por eso estás aquí. Has venido a advertirnos.

—Así es —confirmó Mario asintiendo repetidas veces—. Voy a arrestar a Saturnino y a Glaucia: el senatus consultum ultimum y la gravedad de su crimen, el asesinato de un candidato a cónsul, no me dejan otra alternativa. Pero no los voy a ejecutar. Los arrestaré, los pondré bajo la vigilancia de mis veteranos y negociaré que se celebre un juicio. No sé aún cómo saldrá todo. Vienen tiempos tumultuosos: debéis velar por vosotros. Mientras pueda, dejaré hombres apostados en vuestra calle.

Se levantó.

—Gracias, Mario —dijo Cayo Julio César padre—. Por pensar en nosotros.

—Tened cuidado —respondió el cónsul mientras se encaminaba hacia la puerta acompañado por sus anfitriones—. Yo me enfrentaré a Sila. En parte me corresponde porque fue bajo mi mando que su popularidad se acrecentó. Me toca ahora frenar su ambición desbocada, pero ese Dolabela que lo incita, que lo anima..., es más joven, de otra generación. Me pregunto quién será el que se enfrente a él cuando ni Sila ni yo estemos ya entre los vivos.

En ese instante se oyó un llanto.

—Es tu sobrino —dijo Aurelia—, Cayo Julio César. Voy a ocuparme de él.

Mario se limitó a sonreír. En aquel momento nadie trazó ninguna conexión.

III

El tribuno del pueblo

Colina Capitolina, Roma
99 a. C., esa misma noche

—¡Eres un traidor! —aulló Lucio Apuleyo Saturnino mientras lo rodeaban los veteranos de África que el cónsul había traído consigo para ejecutar el senatus consultum ultimum.

Mario podría haber recurrido a los triumviri nocturni, la policía nocturna de la ciudad, que le debían fidelidad en calidad de cónsul mientras daba cumplimiento a un decreto senatorial, pero en aquellos tiempos de lealtades cambiantes sólo confiaba en sus veteranos. Además, sus hombres eran más capaces de enfrentarse a la brutalidad de la noche romana que la milicia nocturna.

Así, los experimentados soldados de Mario, curtidos en decenas de batallas contra númidas, cimbrios, teutones y otros pueblos rudos y guerreros, doblegaron con rapidez la resistencia de los fieles a Saturnino, apostados por las calles que daban acceso al templo de Júpiter, donde se había refugiado el tribuno de la plebe. Los sicarios de Saturnino eran buenos para golpear hasta la muerte a un hombre desarmado en una calle oscura, como habían hecho con el senador Memio, pero de poco valían ante exlegionarios de combate acostumbrados a la ferocidad de la guerra.

—No soy un traidor, soy un superviviente, Lucio, eso es lo que soy y, por Cástor y Pólux, no estoy loco como tú y Glaucia —replicó Cayo Mario mientras lo cogía del brazo para conducirlo bajo arresto fuera del templo de Júpiter.

—Te ayudé a conseguir esas tierras que querías para tus veteranos, para esos mismos que te acompañan como perros de presa... ¿De este modo me lo pagas?

—Y yo os ayudé a ti y a Glaucia a ser elegidos en vuestros cargos de tribuno y de pretor, respectivamente —objetó Mario echando a andar—. Los tres nos hemos beneficiado en nuestra alianza, pero matar a un senador, candidato de los optimates al cargo de cónsul, es algo inaceptable. Una cosa es arrebatarles algunas tierras a los senadores, ampliar los derechos de los itálicos o forzar al Tesoro público a subvencionar trigo para todos los ciudadanos de Roma, pero entrar en combate mortal contra los senadores ni es inteligente ni era parte del plan.

—Eres uno más de ellos —le espetó Saturnino con desprecio.

Cayo Mario estaba acostumbrado a los insultos de unos y otros. Al moverse entre dos aguas, entre los intereses de los populares, por un lado, y de los optimates, por otro, un grupo o el contrario terminaba siempre acusándolo de ser el origen de todos los males de Roma. Él prefería un millón de veces cualquier campo de batalla, ya fuera en los desiertos de África o en los bosques del norte, a las cruentas batallas urbanas de la ciudad de Roma, contiendas brutales, de violencia ilimitada en medio de una confrontación en la que él, más soldado que político, nunca se terminaba de sentir cómodo.

Abandonaron la colina Capitolina e iniciaron el descenso hacia el foro, dejando atrás los cadáveres de los hombres del tribuno de la plebe masacrados por los veteranos de Mario. Nada más llegar al foro, ambos —Saturnino, bajo arresto, y Mario, su captor— pudieron sentir las miradas de decenas de sicarios más, pero éstos a sueldo de los senadores: asesinos que los vigilaban desde las esquinas más oscuras de una Roma nocturna, sin apenas antorchas, que se antojaba más peligrosa que el bosque germano más hostil a las legiones.

—No lo entiendes —empezó entonces Mario hablando en voz baja al tribuno, siempre sin detener la marcha—. O te arrestaba yo o habrían enviado a otro mucho menos propicio a tu causa. Conmigo tendrás un juicio justo. Sin mí, ya estarías muerto a manos de estos miserables que nos observan por todas partes.

—¿Un juicio justo? ¿En Roma? —replicó Saturnino entre cínico y perplejo.

—De acuerdo, por Hércules —aceptó Mario—. Eso no existe, pero mientras se organiza el juicio, ganamos un tiempo precioso y podremos negociar una salida.

Saturnino negó con la cabeza.

—Incluso admitiendo que quisieras ayudarme, el Senado no negocia nunca. Sólo tú, que jamás te has desenvuelto bien en política, no lo entiendes. El Senado encaja derrotas, como las que les hemos infligido con las leyes agrarias, la de las colonias para los itálicos y la del reparto de trigo subvencionado; o bien, el Senado ataca. No hay término medio. Y ahora está atacando. Yo me equivoqué al pensar que se sentían más débiles de lo que quizá son, pero, clarissime vir, los optimates del Senado no negocian ni negociarán nunca. O son aniquilados o aniquilarán a sus opositores, como llevan haciendo desde el tiempo de los Gracos. ¿Acaso te crees a salvo por cumplir el decreto de arrestarme? Acabarán primero conmigo, luego con Glaucia y, no lo dudes, al final, irán a por ti. Quieren un Senado sólo de optimates. No quieren senadores que negocien con el pueblo o con los itálicos. No quieren senadores populares en la Curia. Lo quieren todo para ellos: esclavos, tierras, poder.

La diatriba de Saturnino, más sólida de lo que Mario esperaba escuchar de alguien tan acorralado como el tribuno, lo hizo callar. Anduvieron así durante unos tensos minutos más, que a ambos se les hicieron eternos, atemorizados como estaban ante la posibilidad de cualquier emboscada antes de llegar al foro.

Mario sabía de la combatividad de sus hombres, pero también era conocedor de que los hombres contratados por los optimates eran asesinos mucho más brutales que los que había contratado Saturnino: entre los sicarios del Senado habría antiguos gladiadores y también veteranos de guerra más leales o mejor pagados por senadores como los Metelos, o quién sabe si el propio Sila, Dolabela y otros.

—¿Dónde me llevas? —preguntó Saturnino—. ¿Directamente a la roca Tarpeya? ¿O preferirás arrojarme al Tullianum para que me pudra y muera de hambre en esa miserable cárcel? ¿Soy tu nuevo Yugurta?

La alusión al rey africano derrotado por Mario, que fue arrastrado por las calles de Roma durante la celebración del triunfo y luego encerrado en la prisión junto al foro, mostraba a las claras lo poco que Saturnino se fiaba de que el cónsul intentase darle una oportunidad de sobrevivir al senatus consultum ultimum.

—Te llevo a la Curia Hostilia —respondió—, no al Tullianum.

—La casa del Senado... Muy hábil, lo acepto —admitió Saturnino al fin, con una sonrisa que dejaba entrever drama y tristeza; quizá Mario sí quisiera ayudarlo—, pero dudo que eso los detenga. Son capaces de quemar el edificio conmigo dentro si así se deshacen del tribuno de la plebe más hostil a su poder desde Cayo Graco.

—No, no creo que den permiso a sus sicarios para que incendien el edificio del Senado —objetó Mario con convencimiento—. En todo esto hay símbolos importantes para ellos. El edificio de la Curia es uno: quemar su propia sede sería un mal augurio y, a los ojos de todos, un acto demasiado desesperado que los haría parecer débiles, temerosos, dispuestos a cualquier cosa por defenderse. Creo que te quemarían en cualquier otro sitio, incluidos los templos, da igual el dios. Sólo se detendrán si te llevo al templo de Vesta o al Senado. Entrar en el templo de Vesta sería sacrilegio; por eso, la Curia Hostilia es la única opción segura para ti esta noche.

Se detuvieron frente a las recias puertas de bronce. Pese a la oscuridad nocturna, las antorchas de los veteranos del cónsul iluminaban lo suficiente como para poder ver la gran pintura que decoraba una de las paredes del Comitium frente al edificio de la Curia Hostilia. Mario la contempló unos instantes: el inmenso mural mostraba escenas de la victoria del legendario Valerio Máximo Mesala contra los cartagineses y Hierón II en Sicilia durante la primera guerra púnica. Una gigantesca muestra del poder de Roma hacia fuera, hacia otros pueblos y territorios, mientras que su interior se agrietaba; como una enorme pieza de fruta de apariencia lustrosa pero podrida por dentro.

El cónsul suspiró y negó con la cabeza.

—¡Abridlas! —ordenó Mario, y los suyos obedecieron—. ¡Quédate aquí, por Hércules! —le dijo a Saturnino al despedirse—. Mis hombres te protegerán. Conseguiré un juicio para ti y para Glaucia, e incluso que os perdonen la vida y anulen el senatus consultum ultimum.

—No hay nada con lo que negociar —opuso el tribuno de la plebe, totalmente desesperanzado—. Es luchar o morir, y si tú...

—Tenemos a Metelo —lo interrumpió Mario.

—¡Eso jamás, maldito! —gritó Saturnino con rabia, con odio—. ¡Jamás, por Júpiter!

—¡Cerrad las puertas! —aulló Mario por toda respuesta, y sus veteranos empujaron las pesadas hojas de bronce.

Aún clamando a los dioses y maldiciendo a Mario, Saturnino quedó preso en el edificio del Senado, transformada así la Curia Hostilia en una improvisada cárcel en el centro de Roma. A solas en el interior apenas iluminado por un par de antorchas que los hombres del cónsul habían encendido para no dejarlo a oscuras, al tribuno de la plebe le pareció irónico que el mismo lugar donde se había votado su pena de muerte fuese ahora el único refugio seguro para él en toda Roma.

IV

Una negociación imposible

Domus de la familia Julia, Roma
99 a. C., esa misma noche

Cayo Mario retornó con el rostro muy serio.

En el atrio de la casa lo recibieron de nuevo Julio César padre y su esposa Aurelia, así como Aurelio Cota, el hermano de Aurelia, que se les había sumado en aquella jornada de violencia donde lo mejor era que las familias estuviesen lo más unidas posible.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó César padre mientras invitaba al recién llegado a acomodarse otra vez en un triclinium.

Mario negó con la cabeza.

—No hay ya tiempo ni de copas ni de descanso; esta noche no. Sólo he venido a deciros cómo está todo y que aseguréis las puertas y ventanas. Que nadie salga esta noche. Va a correr la sangre. Intentaré que no termine todo en una matanza, pero no sé si podré conseguirlo.

—No podrás pararlo —le espetó Cota con cierto aire de superioridad, con ese tono que usan los que piensan que ya habían advertido en repetidas ocasiones sobre las perversas consecuencias de las acciones emprendidas, y que, en el momento del desastre, se recrean en ese placer humillante del «ya te lo dije».

Cayo Mario ignoró el tono con el que Cota acababa de hacer aquel comentario y a su displicencia opuso un plan de acción bien meditado.

—Tengo a Saturnino detenido en la Curia Hostilia, rodeado por mis veteranos. He dejado a Sertorio al mando, un hombre leal y valiente. A Glaucia no he logrado encontrarlo aún, pero tengo hombres buscándolo; el muy estúpido debe de creerse más seguro oculto que bajo mi custodia. Exigiré un juicio para ambos, acusados de ordenar supuestamente el asesinato de Memio. Y no sólo eso: voy a negociar hasta que les conmuten la pena de muerte por el exilio. Lo del juicio es sólo para ganar tiempo.

Aurelia vio que, una vez más, su hermano pretendía intervenir con cierto descaro, y a ella no le parecía correcto aquel tono con quien había sido seis veces cónsul, había defendido las fronteras de Roma contra Yugurta, contra cimbrios y teutones y había conseguido que se pagara a los soldados con regularidad y que se distribuyera trigo para todo el pueblo. Un hombre así merecía, por lo menos, respeto, incluso si para lograr muchas de aquellas cosas se había asociado con personajes cuestionables como Saturnino o Glaucia. Los optimates tampoco eran mucho mejores. De hecho, los senadores conservadores parecían carecer de todo escrúpulo.

Por eso se decidió Aurelia a intervenir y plantear la pregunta que seguramente iba a hacer su propio hermano; esperaba que, viniendo de ella y en un tono más modulado, no resultara ofensiva para Cayo Mario, a fin de cuentas su cuñado, que además estaba teniendo la deferencia de compartir con ellos los complejos movimientos de la política romana de aquella turbia noche.

—¿Y qué puedes ofrecerles para que se avengan a negociar? A los optimates, quiero decir —indicó con suavidad a la vez que le tendía un vaso con vino que ella misma había escanciado mientras él hablaba.

Pese a que había dicho que no había tiempo ni para bebida, Mario aceptó la copa y bebió un sorbo.

—Gracias. —Se la devolvió.

Ella dejó la copa en una bandeja sobre una mesa. Un esclavo la retiró raudo y se desvaneció entre las sombras que proyectaban las antorchas.

—Voy a ofrecerles a los optimates el regreso de su líder, Quinto Cecilio Metelo Numídico. Ahora mismo parto de aquí para parlamentar con su hijo. El retorno del exilio al que fue obligado su padre es algo que su hijo tendrá en estima.

César padre asintió. Cota no dijo nada.

Cayo Mario se despidió, dio media vuelta y al instante se alejaba por las negras calles de una Roma a punto de estallar, escoltado por un regimiento de sus veteranos de guerra.

—No conseguirá nada —sentenció Cota en el atrio de la domus.

—Es posible —aceptó su hermana—, pero agradecería que en casa de mi esposo, en una casa de la gens Julia, te muestres como lo que eres, un invitado y, en consecuencia, te abstengas de incomodar a otros invitados. Te aprecio y te quiero, hermano mío. Y sé que hablas con sabiduría muchas veces, y también que Mario, que es el mejor en el campo de batalla, puede no serlo en política, pero lo está intentando. Lo está intentando. E intentar las cosas es, en sí mismo, un mérito.

Aurelio Cota guardó primero silencio, luego miró a su cuñado.

—Espero no haberte molestado, Cayo Julio César. Como mi hermana dice, a veces puedo hablar de una forma demasiado vehemente.

—No hay nada que perdonar, pero, por Hércules, comparto con Aurelia que debemos ser atentos con Mario. Siempre se ha mostrado próximo a nosotros.

—Eso es precisamente lo que temo —apuntó entonces Cota—. Su amistad ahora puede sernos muy inconveniente. Preveo que el Senado va a recuperar todo el terreno perdido estos últimos años de dominio del propio Mario, Saturnino, Glaucia y otros populares. Los optimates más conservadores están contraatacando e irán a por todas. Llevaban tiempo esperando una excusa, y el asesinato de Memio se la ha proporcionado. Ahora no se detendrán ante nada. Ni ante nadie. Ni siquiera ante Mario; da igual cuántas veces haya sido cónsul.

Se hizo otro silencio.

Incómodo.

Tenso.

—Debería irme a mi casa —dijo al fin Cota, que no se sentía bienvenido por el hecho de decir algo tan real pero tan duro como la verdad.

—De eso nada, hermano —lo sorprendió Aurelia, rauda—. Ésta es también tu casa. Sólo te he rogado que te muestres amable con otros invitados, y aunque discrepes de Mario en casi todo, aceptarás al menos que acierta al afirmar que la ciudad es muy peligrosa esta noche.

Cota asintió.

—Entonces soy yo ahora la que te ruega que te quedes aquí hasta el alba —añadió Aurelia, y lo hizo mirando a su esposo.

Julio César padre confirmó la invitación.

—Es lo más seguro en estos momentos.

—Mandaré que nos sirvan cena y comeremos los tres juntos —dijo Aurelia—. Si hay algo que necesitamos para salir adelante, ahora que Roma se revuelve contra sí misma, es permanecer unidos. No admito enfrentamientos en el seno de la familia.

En el atrio de otra domus de la Subura, Roma

—¡Noooo, malditos, nooo!

Glaucia, pretor de Roma, aliado de Saturnino y Mario en su pugna por la redistribución de la tierra frente a los senadores optimates, aullaba mientras los sicarios pagados por el Senado lo arrastraban fuera de su casa. Se había refugiado en la domus de un amigo en cuanto le llegaron noticias de la aprobación del senatus consultum ultimum contra él y Saturnino. Su primer impulso fue intentar salir de la ciudad, pero ya había cientos de sicarios a sueldo de los optimates más conservadores —como los Metelos, el joven y temible Sila o alguno de sus advenedizos más sangrientos, como Dolabela— vigilando las calles. Para cuando se enteró de la decisión del Senado, la fuga era ya del todo imposible.

Por eso se atrincheró en casa de un amigo que pensó que no tendrían vigilado.

Se equivocaba.

Su amigo le abrió las puertas, antes de abandonar él mismo la casa con el resto de la familia. Acto seguido, lo traicionó y reveló a los sicarios que lo buscaban dónde podían encontrarlo, en un intento por alejar de sí y de los suyos la venganza de los senadores.

Un fuerte travesaño de pino trababa la puerta de gruesas hojas de madera, pero de poco sirvió ante los troncos que los sicarios del Senado usaron como arietes. La puerta crujió al esquebrajarse y cedió al empuje violento de los asesinos.

—¡Nooo, malditos...! —aullaba Glaucia mientras lo rodeaban.

Los sicarios, armados con dagas que esgrimían ante su víctima con amenazadoras puntas astifinas, miraron al que los dirigía.

Lucio Cornelio Sila entró en el atrio.

Identificó a su presa con rapidez. Los Metelos habían repartido la cacería de la noche: a él le había tocado Glaucia, el pretor; a Dolabela, Saturnino, el tribuno de la plebe.

A Sila le gustaba cumplir con presteza los encargos de los optimates. Si quería que lo respetasen cada vez más, tenía que impresionarlos con su eficacia mortal. No sólo en el campo de batalla contra los bárbaros, donde ya había dado muestras de pericia, sino también aquí, en Roma.

—Matadlo —dijo Sila en voz baja, como un susurro.

Las órdenes más mortales, pronunciadas en el más discreto de los tonos, suenan aún más letales, más implacables, como surgidas desde más allá de la rabia y el odio, como meditadas, ponderadas y sólo pendientes de ejecución.

—¡Nooo, por favor! ¡Nooo..., por todos los dioses...! —gritaba Glaucia incluso mientras lo apuñalaban una y otra vez.

Decenas de veces.

Con esmero.

Con paciencia.

Con la reiteración del asesinato bien pagado.

Domus de Metelo hijo

Quinto Cecilio Metelo hijo[3] recibió en su casa al cónsul de Roma en medio de aquella noche negra y roja.

—¿Qué d-d-deseas? ¿Por q-q-qué vienes a importunarnos, enemigo de la familia Metela? —le espetó con despecho.

No tartamudeaba por nervios, sino porque ése era un defecto de infancia que nunca había podido eliminar. Una debilidad que lo había alejado de dar discursos en público y que lo limitaba notablemente para la vida pública. Pero ser hijo de Metelo Numídico, el gran líder de los optimates, en ese momento en forzoso exilio, lo mantenía en posiciones de relevancia entre los conservadores más allá de su torpe habla.

Estaban en medio de otro atrio atestado de hombres armados: era la tónica de aquella jornada nocturna.

Cayo Mario había entrado con seis de los suyos. El hecho de que le hubieran dejado pasar con aquella pequeña escolta personal armada sólo revelaba que Metelo hijo disponía de suficientes hombres en su casa como para que media docena de veteranos de guerra le supusiera una amenaza. Lo tuvo en consideración. En cualquier caso, no había venido a luchar, sino a negociar. Una negociación imposible, según le había dicho una y otra vez Aurelio Cota. ¿Estaría en lo cierto? Iba a salir de dudas muy pronto.

—Dejemos de lado todas nuestras antiguas diferencias, Metelo.

Cayo Mario intentó echar tierra sobre la rivalidad que él mismo había sostenido con el padre de su interlocutor por el mando de la guerra de África, contienda que Mario terminó con éxito, muy a pesar de los Metelos, que se habían tomado aquella guerra como algo personal, un patrimonio intransferible de su familia. Mario no sólo consiguió el mando de las tropas romanas de África, sino que además se permitió el logro de una victoria absoluta, trayéndose al propio rey africano Yugurta y paseándolo encadenado por las calles de Roma durante su triunfo: una exhibición que a los Metelos se les atragantó para siempre. Esa victoria, ese rey encadenado, ese triunfo tenía que haber sido de Quinto Cecilio Metelo Numídico.

—Si hubiera t-t-tenido en mente nuestras disputas del p-p-pasado, cónsul, ni siquiera te habría p-p-permitido entrar a ti solo —respondió Metelo hijo con una serenidad fría, extraña, ¿calculada?

Mario miró a su alrededor. Decenas de hombres armados a la luz de las antorchas, y muchos más en las sombras, fuera de la luminosidad de las llamas titilantes.

—Sé que Saturnino y Glaucia han ido demasiado lejos, pero detengámonos antes de que toda Roma se transforme en un mar de sangre...

—A veces la sangre p-p-purifica —lo interrumpió Metelo, y añadió una frase en griego que Mario no pudo entender bien—: Ὅλως εἰ τό τῶν ἡμέτερων ἐχθρῶν αἷμα ἐστίν.[4]

Varios de los presentes, que sí hablaban griego, le rieron la gracia al dueño de la inmensa domus.

Mario estaba acostumbrado a que los Metelos hicieran escarnio de su poco conocimiento de la lengua griega. Lo consideraban un lerdo, un inculto y un torpe, aunque afortunado en el combate. El veterano cónsul sabía que sostener en público que era un militar de suerte y no de ingenio era algo absurdo: había acumulado demasiadas victorias contra los africanos, los cimbrios y los teutones como para que ni la plebe ni los propios senadores enemigos pudieran pensar, de veras, que cabía achacarlo todo al favor de la diosa Fortuna. Pero, en cualquier caso, le incomodaba que se rieran a su costa por no saber bien griego. Aquella debilidad cultural siempre le granjeó insultos y burlas de las que no sabía bien cómo zafarse. Lo suyo era ver cómo disponer las legiones en el campo de batalla. Por eso ignoró aquel comentario despectivo y fue directo al punto clave de la negociación que quería abrir con el líder actual de los optimates.

—El regreso de tu padre del exilio a cambio de un pacto que preserve la vida del tribuno Saturnino y del pretor Glaucia —propuso Mario.

Las risas terminaron.

Se hizo el silencio. Todos miraban a Metelo hijo.

Quinto Cecilio Metelo padre, conocido como Numídico, se exilió antes que votar a favor de las leyes que proponía Saturnino en el Senado. Pero el tribuno, el pretor Glaucia y otros líderes populares aprovecharon su partida para despojarle de muchas propiedades, expulsarlo formalmente del Senado y quitarle incluso la ciudadanía romana.

—La vuelta de mi p-p-padre... —repitió meditabundo Metelo hijo—. ¿Con la recuperación de p-p-propiedades, su reinstauración en la C-c-curia y la reposición de su ciudadanía con t-t-todos los d-d-derechos?

—Con todos los derechos —aceptó Mario sin dudarlo un instante.

Se hizo un nuevo silencio muy denso por lo poblado que estaba el atrio a la luz de las antorchas y entre las amplias zonas en penumbra. El silencio en un lugar desierto es pacífico, pero el silencio en medio de un nutrido grupo de hombres armados y tensos se alza espeso, inquietante, pesado.

Metelo estalló en una carcajada que cortó en seco a los pocos segundos.

—No estás en p-p-posición de negociar nada, c-c-cónsul. Hay un senatus c-c-consultum ultimum aprobado y tú te has de limitar a obedecer. Además...

Pero Metelo hijo no terminaba la frase...

—¿Además? —preguntó Mario, sorprendido del poco interés por negociar que mostraba Metelo hijo. Confiaba en que la idea de pactar un regreso de su padre, con la restauración de propiedades, derechos y ciudadanía, le interesase y, sin embargo...

—Además, llegas tarde para... t-t-todo. Glaucia y Saturnino serán ejecutados, p-p-por tu p-p-propia mano, si quieres salvar tu p-p-posición, o por la de nuestros hombres, si no. Luego tomaremos el control de Roma, nosotros, los optimates, y el Senado aprobará d-d-devolver a mi p-p-padre la ciudadanía, sus p-p-propiedades y su puesto en la Curia. No te necesito p-p-para nada. De hecho... —estiró el cuello para mirar por encima del hombro de Mario—, si no me equivoco, Glaucia ya debe de estar muerto. ¿No es así, Lucio?

Cayo Mario se giró y descubrió a un recién llegado Lucio Cornelio Sila con una túnica manchada de sangre. Sila había ayudado a Mario en su momento, en la guerra de África, para atrapar al mismísimo rey Yugurta, pero ahora su empeño estaba sólo en hacer méritos ante los Metelos en particular, y ante los optimates en general. Aquello le confirmaba que Sila se decantaba por completo —ya desde aquella noche, si no lo había hecho antes— por el bando senatorial más conservador.

—En efecto —confirmó Sila, desafiando a Mario con la mirada—. Glaucia ya es historia. —Hizo el gesto de sacudirse las manchas de sangre de su toga.

—Sabía que estarías metido en todo esto —dijo Mario con desprecio—, pero no pensé que fueras a ser ejecutor directo.

—Oh, no, por Júpiter —protestó divertido Sila—. Yo no mancho mi daga con la sangre de alguien tan rastrero como Glaucia. Pero el pretor no paraba de moverse mientras mis hombres lo apuñalaban y la sangre salpicaba en todas direcciones. Una lástima de manchas, pero el espectáculo ha merecido la pena.

Mario quiso replicar, pero Metelo volvió a intervenir:

—¿Y Saturnino? Por Hércules, ése es el p-p-peor de los dos. ¿Qué sabemos de él?

Sila se dirigió a Metelo:

—Dolabela se encarga.

Mario no conocía de Dolabela más que su ambición. No lo consideraba capaz de nada relevante ni en la guerra ni en la paz, ni para lo bueno ni para lo malo, esto es, más allá de animar a la defección de Sila de las filas del propio Mario. Por eso el veterano cónsul se permitió una pequeña burla. Lo necesitaba. Se habían mofado de él, de su poco conocimiento del griego, de su supuesta incapacidad para negociar, de no ser alguien no ya a quien admirar, sino, al menos, respetar o temer. Por eso decidió devolver la carcajada recibida con otra sonora risotada por su parte.

—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Por Júpiter Óptimo Máximo, ahora soy yo quien ríe y quien ríe a gusto! —Y se explicó, pues en la explicación estaba el divertimento—: Sí, Saturnino es el líder que buscáis, a quien queréis que ejecute, pero habrá un juicio y en ese juicio se hablará de todo: de los excesos y quizá crímenes del propio Saturnino, mas también de los excesos y crímenes del Senado. Veremos entonces qué decide el pueblo. Veremos si tenéis hombres suficientes para controlar Roma, con mis veteranos y toda la plebe en vuestra contra. A Saturnino lo tengo arrestado en el edificio de la Curia, y no seréis vosotros los que prendáis fuego a la casa del Senado. Tengo a mi mejor oficial, Sertorio, al frente de mis mejores veteranos en sus puertas. ¿Seguro que no queréis negociar?

Metelo miró a Sila. Y en la mirada había rabia. Un juicio público, por mucho que pudieran amañarlo, no les interesaba. En efecto, como anticipaba Mario, en el proceso tal vez se airearían demasiadas cuestiones sobre el Senado que podían sublevar a la plebe. La situación podía hacerse incontrolable. No, el plan era ejecutar a Glaucia y Saturnino aquella noche y que Mario tuviera que intervenir en las ejecuciones de una forma u otra. Destruida la triple alianza del tribunado de la plebe, la pretura y el consulado, descabezado el bando de los populares, no habría revueltas importantes y, poco a poco, ellos, los optimates, recuperarían el control de todo el poder. Pero con Saturnino custodiado por los hombres de Mario en el interior de un Senado blindado por sus veteranos...

Sila digirió la mirada recelosa de Metelo para, acto seguido, lentamente, volverse hacia Mario. Cayo Mario: Mario, cincuenta y ocho años, seis consulados y un triunfo; él, Sila, treinta y nueve años y sin apenas méritos reconocidos y derrotado en las últimas elecciones a pretor por la alianza de Mario con Saturnino y Glaucia, viendo cómo pasaban las estaciones y su cursus honorum seguía estancado, no, frenado por un Mario que lo detestaba. ¿Iba una vez más a salirse con la suya? Para nada. Esta vez no. El viejo cónsul estaba cometiendo una grave equivocación: infravaloraba la natural brillantez de Dolabela para el terror. Hasta la fecha sólo se había manifestado en asuntos menores, de esos que no llaman la atención de cónsules, tribunos o pretores, pero que lo informaban a uno de la auténtica naturaleza perversa de un ser. Sila sabía que se hallaba en uno de esos momentos de inflexión de la vida, donde alguien inicia su declive mientras otro inicia su ascenso: esa noche Mario era el que bajaba y él quien ascendía. Dejó de mirar a Mario y volvió a encarar los ojos de Metelo. Le habló con seguridad, sin margen para la duda:

—Dolabela resolverá lo de Saturnino. Está... —Buscó con meticulosidad el adjetivo adecuado—: Sí, Dolabela está... motivado.

Metelo captó de inmediato la sutileza de Sila: el padre de Dolabela había caído muerto hacía apenas unos meses en una reyerta nocturna contra partidarios de Saturnino. Sí, sin duda, Dolabela hijo estaría muy motivado para ejecutar al instigador del asesinato de su padre.

—Pero no q-q-quemará el edificio del Senado, ¿verdad? —inquirió Metelo.

—No —respondió Sila con aplomo—. Dolabela dará con una solución.

Cayo Mario miraba al suelo, en silencio. También acababa de caer en las recientes motivaciones personales de Dolabela. Sí, eso podía azuzar la rabia de su hijo. Tenía que retornar al foro y asistir a Sertorio en la defensa de la Curia Hostilia.

Metelo clavó la mirada en el veterano cónsul. Llegó incluso a pensar en ordenar su muerte allí mismo, en ese instante, pero los senadores no lo habían aprobado y muchos de ellos aún respetaban a Mario. Su legendaria victoria en Aquae Sextiae contra los teutones, algo que salvó a Roma de sufrir una invasión quizá tan terrible como la de Aníbal, continuaba en el recuerdo de muchos patres conscripti. Era mejor seguir las leyes y aniquilar a los enemigos uno a uno. A Mario ya le llegaría su última noche. Corroerían su prestigio día a día. Pronto. Caería del árbol de la ambición como tantos otros, como fruta madura. Glaucia ya estaba ejecutado. A Saturnino le faltaba poco, era cuestión de Dolabela. Mario... en su momento.

—Creo q-q-que es hora de que el c-c-cónsul salga de mi c-c-casa —dijo Metelo, y añadió una frase lapidaria—: Arx Tarpeia Capitolii proxima.[5]

Cayo Mario no dijo nada, pero entendió con claridad la amenaza. Sí, «la roca Tarpeya está cerca del Capitolio». La alusión a que aún estando en la cúspide del poder, representada por el templo de Júpiter en lo alto de la colina Capitolina, era posible acabar despeñado por la roca Tarpeya, que ciertamente estaba muy cerca del Capitolio y el foro y desde donde se ejecutaba a muchos criminales en Roma. El cónsul no respondió, pero tomó nota de aquella advertencia. Tampoco se despidió. Dio media vuelta y, rodeado por sus hombres, abandonó la casa del senador Metelo. En su mente, sólo pensaba en llegar cuanto antes al Senado. Seguía teniendo plena confianza en la destreza de Sertorio para custodiar a Saturnino, pero la mirada felina y rabiosa de Sila proclamando que ese miserable de Dolabela resolvería el asunto le hizo emprender el camino de regreso al foro, por segunda vez aquella noche, mientras las dudas le arañaban la frente. Tenía la sensación de que algo terrible estaba a punto de suceder.

V

Justicia pétrea

Foro de Roma, aledaños del edificio del Senado
99 a. C., esa misma noche

Cneo Cornelio Dolabela, rodeado por más de un centenar de asesinos contratados por los optimates, caminaba decidido hacia la Curia Hostilia. Iba muy serio, muy callado, muy silencioso. Todos sus hombres lo miraban. Todos sabían que tras las puertas de bronce aguardaba Saturnino, que el Senado había ordenado su arresto y ejecución inmediata mediante un senatus consultum ultimum, y que para Dolabela aquello no era una cuestión legal, sino, además, algo personal. Y a los asesinos les gustaba la venganza.

—Mario ha agrupado a sus veteranos en la entrada —dijo uno de los sicarios mientras se distribuían frente a los hombres del cónsul, y miró de reojo a su líder, que se había detenido a pocos pasos del oficial al mando de aquella unidad militar: Sertorio.

Dolabela lo conocía. Sila le había hablado de él. Era valiente y eficaz; Cayo Mario no había dejado a cualquiera en el foro.

No dijo nada.

Por ahora.

Miraba con detenimiento todo.

La venganza no es cuestión de prisa. Es cuestión de determinación, de espera y de asestar un único y certero golpe en el momento adecuado. Ni un segundo antes, ni un segundo después.

Frente a las puertas de bronce de la Curia

Quinto Sertorio los vio llegar por decenas. Un numeroso grupo de sicarios armados por el Senado descendía como un torrente de agua por la vieja Vía Sacra hasta detenerse justo delante de la Curia Hostilia. Su líder, el joven senador Cneo Cornelio Dolabela, se acababa de detener justo frente a él.

Apenas a unos pasos.

Se acercó.

Estaba a cinco pasos, cuatro, tres, dos.

—Suficiente. —Sertorio llevó la mano derecha a la empuñadura de su gladio e hizo ademán de desenfundarlo.

Dolabela se detuvo. Sonrió.

Durante unos segundos, nadie dijo nada.

El líder de los sicarios del Senado se limitó a mantener la dura mirada de aquel veterano oficial de las legiones de Mario.

—Marchaos, tú y tus hombres —dijo al fin Dolabela—. Ahorrémonos sangre.

—Mis instrucciones son permanecer aquí hasta el regreso del cónsul Mario —replicó Sertorio—. Y yo siempre cumplo mis órdenes.

—Entiendo —dijo Dolabela tras una tensa pausa, y sonrió de nuevo antes de añadir dos palabras—: De acuerdo.

Dio media vuelta y se reintegró en las filas de sus sicarios.

Sertorio había servido en varias campañas militares bajo el mando de Cayo Mario. Las amenazas, verbalizadas o silenciosas, no lo atemorizaban. Calculó rápido: los sicarios eran unos cien hombres armados. Él tenía ahora mismo a su lado, frente a las puertas, a treinta exlegionarios bien preparados y veteranos de guerra. Suficientes para plantar cara y, en función de la pujanza de aquellos sicarios, o mejor dicho, de lo mucho o poco que se les hubiera pagado, ganar el combate.

Sacó de debajo de su uniforme su viejo silbato de campaña. Había llegado a ser tribuno militar y hasta legatus con toda una legión bajo su mando: tocaba rememorar su época de centurión. Le gustaba aquello. Le recordaba su juventud.

Se lo acercó a la boca mientras era él ahora quien se permitía una sonrisa.

Con el silbato en posición, sopló con todas sus fuerzas...

Domus de la familia Julia

—No puedo creer que realmente pienses que todo lo que intenta Cayo Mario está mal, que haber atenuado algunas de las injusticias de Roma sea un error. —Aurelia hablaba sentada, mientras acunaba a César hijo en sus brazos.

Cota suspiró.

—No, hermana, claro que no pienso eso. Pero creo que es imposible cambiar esas injusticias que mencionas. Por supuesto que pienso que deberían cambiarse leyes, distribuir más la tierra entre los ciudadanos de Roma, atender las demandas de los socii, de nuestras ciudades aliadas y tantas otras cosas... pero no es el momento. Los optimates siguen siendo fuertes, demasiado fuertes. De hecho, son... invencibles. Nadie que se les haya enfrentado ha sobrevivido nunca. Ni siquiera alguien como Mario, seis veces cónsul, podrá con ellos.

César padre, también presente en la conversación, no intervino. A su pesar, compartía la negativa visión de su cuñado con respecto a lo que estaba pasando aquella noche. Cota negó con la cabeza.

—No creo que haya nacido nadie aún que pueda, algún día, enfrentarse a todos esos senadores... y ganar.

Aurelia no respondió y se limitó a seguir acunando suavemente a César hijo.

Calles de Roma

Cayo Mario salió de la residencia de los Metelos convencido de que todo estaba mucho más complicado de lo que había imaginado. Tal y como había advertido Cota, los Metelos no se avenían ni a negociar el retorno de su viejo líder, Numídico, lo cual mostraba a todas luces que se sentían mucho más fuertes que los populares. Los optimates estaban contraatacando y lo iban a hacer hasta el final. Glaucia ya estaba muerto. Al menos tenía a Saturnino bien protegido en el edificio de la Curia, aunque una sensación de urgencia lo invadía. Había dejado a Sertorio, su mejor hombre, al mando de la defensa de la Curia Hostilia, pero podía verse superado por un número excesivo de sicarios imposible de contener.

Mario aceleró el paso.

Domus de la familia Julia

La nodriza acudió a llevarse al niño a su cuna, y los esclavos trajeron la cena. Carne guisada con esencias de oriente compradas en las tabernae del foro, quesos de cabra de diferentes maduraciones, vino en abundancia y pasas y frutos secos de postre. Una comida sabrosa y rica, pero sin lujos desmedidos, que, por otro lado, tampoco podían permitirse.

—Y si crees, hermano, que los senadores optimates son demasiado fuertes —dijo Aurelia retornando al principio de la conversación con la que se inició la cena—, ¿cuándo crees que dejarán de serlo? ¿Alguna vez?

Julio César padre sacudió la cabeza al tiempo que suspiraba. La insistencia de su esposa de hablar tanto de política lo cansaba, pero, para su sorpresa, su cuñado respondió con gravedad y auténtico interés a la pregunta planteada.

—Quizá con el paso del tiempo, en unos años. En unos años podremos hacer cambios. —Cota no sonaba rotundo, sólo esperanzado, pero aquel anuncio hizo que Julio César padre dejara de masticar y que la propia Aurelia dejase de beber.

Foro de Roma

El silbato de Sertorio aún resonaba en el foro.

A su llamada, de cada lado del edificio de la Curia emergieron veinte veteranos de guerra más que se situaron junto a los treinta de los que ya disponía Sertorio frente a las puertas del Senado. Ahora eran setenta legionarios veteranos armados y dispuestos al combate contra los cien sicarios enviados por los optimates.

Cneo Cornelio Dolabela borró de su faz la sonrisa que había exhibido apenas hacía un momento. Las cuentas ya no le salían tan claras. Sabía que los hombres de Sertorio eran soldados de las campañas de Cayo Mario contra númidas en África y teutones en el norte. Esto es, hombres curtidos en la lucha y que no se iban a arredrar ni a ceder incluso aunque consiguieran reunir más sicarios. El propio Dolabela había participado en alguna campaña militar y era un hombre rudo, pero sabía que la mayoría de los que lo seguían aquella noche eran malhechores acostumbrados a someter, asesinar y robar aprovechando la sorpresa, la superioridad de número y la oscuridad. En una lucha cuerpo a cuerpo contra veteranos, terminarían cediendo. Se retiró unos pasos.

Sertorio se sintió más seguro. Mario le había encomendado la misión de proteger la Curia aquella noche y, de ese modo, salvaguardar la vida del tribuno Saturnino mientras su superior negociaba una salida al conflicto entre el Senado y el tribunado de la plebe y evitaba así un nuevo derramamiento de sangre. Se dijo que estaba cumpliendo bien su cometido.

Por su parte, Cneo Cornelio Dolabela seguía escrutando en profundo silencio la organizada defensa de sus enemigos: el ataque frontal era una pérdida de tiempo..., ¿o no?

—¿Qué hacemos? —preguntó uno de los sicarios.

—Ha desprotegido sus flancos. —Dolabela no hablaba para nadie, sólo para sí mismo—. El oficial al mando ha concentrado todos sus hombres frente a la puerta, el único punto de acceso a la Curia Hostilia. Un edificio impenetrable y sin ventanas bajas. La luz llega al interior a través de las puertas, cuando éstas se abren de par en par, y de unas pequeñas ventanas más altas.

—Podríamos intentar entrar por esas ventanas —apuntó el sicario.

—No, no podemos —le replicó Dolabela—, porque el Senado puso gruesas rejas de hierro tras los últimos disturbios para que el edificio fuera inexpugnable.

—Podríamos incendiarlo con flechas lanzadas hacia el tejado. Las vigas son de madera —propuso otro de los asesinos de los optimates, siempre buscando alternativas al combate frontal que preferían evitar.

Dolabela inclinó la cabeza mientras valoraba la opción.

—Mejor no —comentó—. Por un lado, el edificio tiene demasiado valor simbólico y, por otro, esas vigas de madera están recubiertas de una techumbre de tejas de arcilla que protegen la Curia de la lluvia. Las flechas se apagarían sin generar grandes daños... —Y aquí se detuvo.

—Entonces, ¿qué hacemos? —insistían en preguntarle. A los sicarios, lo de vérselas cuerpo a cuerpo con los legionarios seguía sin gustarles. Querían otro plan.

—Tejas... —masculló Dolabela entre dientes.

Lo vio claro y volvió a sonreír. A continuación, hizo un gesto a varios de sus hombres de confianza y éstos se aproximaron para escuchar sus instrucciones. Dolabela habló en voz baja. En cuanto terminó de transmitir sus órdenes, sólo uno de los que se habían acercado partió de la explanada del foro y se alejó por la Vía Sacra. El resto permaneció allí y tomó posiciones al frente de los diversos grupos de sicarios encarando las tropas que el cónsul Mario había dejado custodiando la Curia Hostilia.

Sertorio tuvo claro que el enfrentamiento era inevitable. Inminente.

Se encogió de hombros.

Una batalla más o menos en su vida poco importaba.

—¡Escudos en alto, por Hércules! ¡Desenfundad gladios! —aulló el recio oficial a sus veteranos.

En cuanto los sicarios vieron cómo los legionarios maniobraban perfectamente coordinados, retrocedieron unos pasos de manera instintiva.

—¡Deteneos! —ordenó Dolabela.

Ya veía que sus hombres no estaban demasiado dispuestos a luchar contra aquellas tropas experimentadas, pero sabía que el oficial al mando no podía alejar mucho a sus hombres de la puerta del Senado, de modo que bastaba con permanecer allí, a una distancia prudencial para tener distraídos a Sertorio y sus setenta veteranos.

Interior de la Curia

Lucio Apuleyo Saturnino caminaba de un lado a otro de la sala, apenas iluminada por un par de antorchas. Las sombras alargadas y trémulas que proyectaban se arrastraban como lemures del pasado, recuerdo vivo de los condenados a muerte, tantas eran las veces que los senadores se habían reunido en ese mismo escenario para promover ejecuciones de sus opositores, de aquellos que, como él mismo, trataban de cambiar el statu quo reduciendo el poder de los patres conscripti y ampliando el del pueblo.

—Malditos... —masculló Saturnino mientras deambulaba entre las sombras.

De pronto, se oyó el silbato militar y el tumulto de voces: las del oficial que Mario había dejado defendiendo la puerta del Senado y las de los sicarios enviados para matarlo.

—No os tengo miedo —musitó en voz baja encarando las puertas de bronce.

Luego miró al suelo.

Intentaba encontrar alguna solución. Mario era un iluso: incluso si los optimates aceptaran negociar, ya nunca permitirían que él y Glaucia salieran con vida de aquel enfrentamiento. Tendría que escapar. Sí, eso era lo indicado. Si Mario conseguía al menos pactar una negociación, él debía aprovechar cualquier descuido, quizá al amanecer, cuando vinieran a por él para iniciar el juicio contra su persona, y echar a correr. Contaba con muchos partidarios en la ciudad. Quizá también acudirían al juicio. Si se montaba una algarada, sería posible escabullirse. En todo caso, tendría que intentarlo. Quedarse a ver el resultado final del juicio era de locos: la sentencia de muerte contra él y Glaucia ya estaba dictada, y aunque los optimates aceptaran un juicio público, todo sería una pantomima, como tantas otras veces.

De súbito, se oyó otro ruido. Un ruido extraño, que venía de lo alto.

Saturnino miró al techo oscuro de la Curia.

Más ruidos. Como pisadas.

Era como si anduviesen por el tejado.

Foro de Roma, frente al edificio de la Curia

Sertorio estaba relajado. Atento a los movimientos de los sicarios, pero tranquilo al saber la situación controlada. Temió que hubieran sido capaces de reunir más hombres, pero, por el momento, no había ni rastro de ellos y los que estaban ni se atrevían a acercárseles...

—¡Tribuno!

Sertorio se dio la vuelta hacia el legionario que reclamaba su atención recordándole su antiguo rango militar, y vio que tanto aquel veterano como otros miraban hacia lo alto del edificio. En medio de la noche no se podía ver bien qué pasaba allí arriba, pero como tanto los sicarios como ellos mismos habían traído antorchas y, en manos de unos y otros, quedaban repartidas por toda la explanada del foro, Sertorio al fin consiguió vislumbrar unas sombras en movimiento por el tejado de la Curia.

—¡Por Hércules! —exclamó perplejo.

En lo alto del tejado de la Curia

Dolabela tenía treinta años y le sobraban unos cuantos kilos. No era ágil, aunque había conseguido trepar a lo alto del edificio por una de las escalas que habían puesto sus hombres. Se movía con tiento por la superficie inclinada, pero quería supervisarlo todo desde arriba. No se fiaba de nadie, ni nadie más tenía su firme determinación. Para empezar, tal y como había supuesto, Sertorio, escaso de hombres, había dejado sin vigilancia el resto de los muros de la Curia para concentrar a todos sus legionarios en la puerta. Algo razonable, pero que dejaba a alguien con arrestos una oportunidad que él no estaba dispuesto a desaprovechar: ordenó a sus sicarios que trajeran mazas, escalas y sierras. Ellos lo miraron extrañados, aunque nadie discutió sus órdenes y al poco tiempo lo reunieron todo. Escalas para trepar a edificios ya llevaban, pues en las confrontaciones nocturnas en Roma eran una buena arma que convenía tener a mano, y más en noches como aquélla, en la que los altercados y enfrentamientos iban a extenderse por toda la ciudad. También llevaban mazas, que valían para todo: para derribar muros, puertas o reventar cabezas. Lo de las sierras no lo tenían pensado, pero saquearon algunas de las tabernae del foro, y alguno de aquellos comercios que vendían todo tipo de utensilios, y se hicieron con las más grandes.

Ahora, en lo alto del edificio de la Curia, Dolabela seguía impartiendo sus instrucciones.

—¡Quitad las tejas! —aulló.

Y algunos de los sicarios empezaron a arrojarlas al suelo, a las calles aledañas al edificio.

—¡No, imbéciles! —les espetó Dolabela, desairado—. ¡Quitadlas y acumuladlas en un lado! ¡Luego serrad varias vigas de la estructura de madera del tejado! ¡Necesitamos un buen agujero!

Nadie terminaba de entender bien a qué venía todo aquello, pero sabían que dentro de la Curia estaba su presa, el tribuno de la plebe, y que un agujero en el tejado los acercaba a su objetivo. Hasta ahí llegaban. Más no.

Interior de la Curia

Saturnino oyó los golpes de una maza al estrellarse contra el techo al que miraba. Algunos sicarios habían trepado por el muro y estaban reventando las tejas de la cubierta. De pronto, varios trozos de yeso y ladrillos partidos cayeron desde lo alto y se estrellaron contra el gran mosaico del centro de la Curia haciendo añicos las teselas.

Todo fue muy rápido.

Lo que empezó como una grieta en la cubierta se transformó en un amplio agujero en cuestión de segundos. Saturnino pensó que los sicarios se descolgarían en ese momento con una cuerda atada a alguno de los grandes travesaños que hacían de vigas de la estructura del tejado, pero claro, eso les impediría huir con rapidez si los legionarios abrían las puertas y entraban para asistirlo... No entendió cuál era el propósito exacto de todo aquello hasta que, inesperadamente, una teja se estrelló a sus pies. Y luego otra. Pero no le habían alcanzado.

No había lugar alguno donde ponerse a cubierto. Sólo aquel inmenso espacio de gradas vacías. Pensó en ponerse en las gradas más pegadas a la pared, pero éstas eran también las más altas y, en consecuencia, las más próximas al techo, lo que lo convertiría en un objetivo más cercano para sus enemigos.

Deambulaba por la sala sin saber qué hacer.

Más tejas se estrellaron contra el suelo, a su alrededor.

En lo alto del tejado de la Curia

—¡Por Júpiter! ¡Es difícil apuntar por entre las vigas! —gritó uno de los sicarios.

—Las sierras —dijo Dolabela sin inmutarse.

Todos entendieron y, al instante, estaban atacando dos vigas enteras.

Los sicarios eran buenos asesinos, pero no buenos operarios de la construcción, y uno de ellos cometió la estupidez de situarse en el centro de una de las vigas que estaban serrando sus compañeros mientras se esforzaba en lanzar tejas contra el tribuno de la plebe.

—¡Aaaahh! —aulló al sentir cómo la viga cedía y él se iba abajo junto con el enorme travesaño. La viga reventó el mosaico del suelo del edificio, y la sangre del sicario, muerto en el impacto, salpicó de rojo varios pasos a su alrededor.

—¡No seáis imbéciles! —repitió Dolabela a sus hombres—. ¡No os pongáis sobre las vigas que cortamos!

Se hicieron a un lado.

Al poco, un segundo travesaño se desplomaba hacia el interior de la Curia. Ahora disponían de un enorme agujero desde el que era mucho más fácil apuntar.

—Ahora —ordenó Dolabela.

Tenían muchas tejas en las manos. El bombardeo iba a reiniciarse.

Interior de la Curia

Saturnino aún no se había repuesto de su sorpresa y horror al ver cómo uno de los asesinos caía desde lo alto con una de las vigas del tejado, cuando, al poco, se desgajaba un segundo travesaño y, al instante, una teja estallaba de nuevo a sus pies.

—¡Aaaggh! —gritó al sentir cómo otra le rasgaba la piel del hombro derecho—. ¡Malditos! ¡Miserables!

Antes de que pudiera reaccionar, se vio envuelto en una lluvia de tejas que caían por todas partes. Se alejó veloz del centro de la sala, hacia las puertas de bronce, y empezó a golpearlas al tiempo que vociferaba:

—¡Abrid, abrid o estos locos me matarán aquí mismo!

Las tejas chocaban contra el mismísimo bronce de las hojas de la entrada de la Curia y reventaban en mil pedazos en medio de sonoros clangs en la inmensa sala vacía.

En lo alto del tejado de la Curia

Dolabela oyó gritar al tribuno de la plebe para que abrieran las puertas y lo sacaran de allí. Aquello ya lo tenía previsto.

—Que ataquen ahora —ordenó a uno de sus hombres, y éste, rápido, transmitió la instrucción acercándose al borde del edificio para aullarla desde lo alto a los sicarios que seguían a pie de calle.

Uno de éstos partió hacia el frontal del Senado con la orden.

Frente a las puertas de bronce de la Curia

Sertorio arrugó la frente cuando oyó los gritos de Saturnino desde el interior.

—¡Van a masacrarlo a pedradas! —exclamó uno de los legionarios—. ¡Parece que le arrojan las tejas del techo!

La orden que Sertorio había recibido del cónsul era no abrir las puertas en toda la noche, pero tenía claro que lo que Cayo Mario deseaba, por encima de cualquier otra instrucción, era salvaguardar la vida del tribuno de la plebe, de modo que si tenía que quebrantar esa orden inicial, lo haría. A punto estaba cuando oyó el grito de los sicarios que se lanzaban contra ellos:

—¡Al ataque, ahora!

Sertorio se volvió hacia la explanada. Los sicarios atacaban. El veterano oficial no tuvo tiempo de ordenar que abrieran las puertas y, aun cuando lo hubiera hecho, en aquel momento necesitaba a todos sus veteranos para repeler el ataque lanzado desde el foro y habría tenido que dar la contraorden. Sabía que era una maniobra de distracción, pero o se centraban en repeler el ataque o los suyos morirían.

Interior de la Curia

Crac.

Fue un golpe seco, sin la sonoridad de los estallidos de las tejas contra el metal de las puertas. Sin eco, sin fuerza aparente, pero certero. Justo en la cabeza.

A Saturnino se le nubló la vista. Una teja le había partido el cráneo por la nuca.

Aun así no perdió la consciencia y fue cayendo lentamente, sus manos abiertas arañando con las uñas el bronce de las puertas del Senado convertido en su prisión, en su particular roca Tarpeya, el lugar de su ejecución. Aquel mismo Senado contra el que se había rebelado, como hicieron los hermanos Graco en el pasado o tantos otros tribunos de la plebe antes que él, lo engullía ahora de manera inevitable. Saturnino, ya cadáver, era simplemente otro tribuno aniquilado por el Senado, muerto en su edificio, en su vientre de dragón eterno.

Clang, clang, clang.

Más tejas que se estrellaban a su alrededor y chocaban contra el metal.

Y, de pronto, golpes ahogados. Eran las tejas que impactaban contra su cuerpo ya tendido en el suelo: en la espalda, en la cabeza de nuevo, en los hombros, en las piernas, en las manos...

Una lluvia incesante de proyectiles mortíferos.

Una lapidación en toda regla.

Implacable.

Inclemente.

Pétrea.

En lo alto del tejado de la Curia

—Ya está —dijo uno de los sicarios—. Es suficiente. Vámonos ahora, por Júpiter. Rápido.

Dolabela lo miró con desprecio y todos permanecieron en sus posiciones. Era el senador quien mandaba, el que pagaba, el que decidía. A todos les parecía que el tribuno de la plebe estaba muerto y bien muerto, pero nadie se movió a la espera de la reacción de su líder.

—Soy yo quien dice cuándo es o no suficiente —dijo Dolabela mirando al asesino a sueldo que se había atrevido a dar la misión por cumplida.

El sicario agachó la cabeza en señal de sumisión.

—¿Qué hacemos, clarissime vir? —preguntó uno de los asesinos.

—Arrojadle el resto de tejas que hemos desgajado.

Sus hombres se apresuraron a dar cumplimiento a aquella orden.

Decenas de grandes tejas fueron lanzadas aún contra el cuerpo inerte del tribuno de la plebe, hasta que su cadáver desapareció de la vista, completamente enterrado bajo aquella masa de arcilla dura hecha añicos, en una enorme pila de tejas rotas.

—Basta —dijo Dolabela—. Ahora sí está claro nuestro mensaje a Roma.

Foro de Roma

—¡Pinchad, pinchad, pinchad! —vociferaba Sertorio una y otra vez.

Sus hombres, enardecidos por su contagiosa furia y por mor de defenderse de sus atacantes, arremetían los gladios entre los escudos con potencia bestial en busca de carne humana que destrozar.

Varios sicarios cayeron heridos, algunos muertos, por el empuje de los veteranos de guerra. A los asesinos del Senado les duró poco la garra y se replegaron con rapidez abandonando a los heridos a su suerte.

—¡Quietos! ¡Por Hércules, no os alejéis! —Sertorio seguía dando instrucciones, controlando los movimientos de los legionarios.

Sabía que el cuerpo les pedía perseguir a sus atacantes y aumentar la carnicería, pero la prioridad era vigilar el edificio de la Curia, preservar la vida de...

De golpe, se dio cuenta del tiempo pasado en aquella refriega.

—¡Rápido! ¡Abrid las puertas!

Sus hombres se replegaron junto a la entrada del edificio del Senado y una docena dejó escudos, enfundó gladios y se aprestó a abrir las puertas de bronce.

Sertorio observaba todo mudo, en tensión. Con los sicarios en retirada, el silencio había retornado al espacio central del foro. No se oían ya gritos dentro de la Curia. Eso no era bueno.

Las pesadas hojas se separaron por la fuerza de sus hombres y, al tiempo que dejaban entrever el interior de la Curia, se vislumbró un brazo ensangrentado de Lucio Apuleyo Saturnino, quien, por lo demás, estaba cubierto de una auténtica montaña de tejas hechas añicos letales. Un reguero de sangre asomaba por debajo de aquella improvisada tumba.

Justo entonces llegó Cayo Mario desde la Vía Sacra para situarse junto a Sertorio. No necesitó explicaciones, no las pidió tampoco. Era tarde para eso. El maldito Metelo tenía razón: aquella noche llegaba tarde a todo.

En ese momento, por el lateral del edificio de la Curia Hostilia, Mario distinguió la figura del senador Cneo Cornelio Dolabela, que avanzaba rodeado por sus hombres, su faz dura iluminada por la luz de las antorchas de sus sicarios.

Las miradas de Mario y Dolabela se cruzaron.

Fue como un desafío.

Sin embargo, Mario se sentía ya viejo, Dolabela le pillaba mayor. Tendría que ser otro quien se enfrentase a él. Pero ¿quién? ¿Cuándo?

VI

La sangre de Eneas

Domus de la familia Julia, Roma
99 a. C., esa misma noche

—¿Por qué estás tan seguro de que las cosas tendrán que cambiar en Roma? —inquirió Aurelia mirando fijamente a su hermano—. Esta noche Cayo Mario va a intentar negociar una fórmula para salvar al tribuno de la plebe, a Saturnino, y al pretor Glaucia, y tú le has dicho que esa negociación está condenada al fracaso. Pero, ahora, a la vez, defiendes que en unos años algo debilitará a los senadores optimates.

—Algo de fuera —precisó Cota.

—¿Qué o quiénes? —insistió Aurelia, que no se resignaba a recibir una respuesta ambigua.

—Los socii —respondió Cota, y bebió un trago antes de explayarse—: Todos, desde siempre, desde los Gracos, han intentado cambiar las cosas promoviendo una redistribución de la riqueza concentrados en el enfrentamiento entre la plebe y el Senado, pero las ciudades aliadas y su reivindicación del derecho de ciudadanía romana será lo que lo desestabilice todo, lo que puede inclinar el fiel de la balanza en el favor de unos o de otros. Si unimos el pueblo a los socii, eso puede aunar tanta fuerza que los senadores tengan que ceder. Pero ahora aún no. Hemos de esperar a que las ciudades aliadas se muevan. Hemos de esperar a una guerra. A esa guerra. Mario de algún modo lo intuye, por eso en su triple alianza con el tribuno de la plebe, la pretura y él mismo desde el consulado, incluyeron algunas cesiones a las ciudades aliadas. Pero los pactos con estas ciudades han de ir más allá. La extensión de la ciudadanía romana fuera de los muros de Roma es la clave.

Julio César padre enarcó las cejas en señal de asombro y cierta incredulidad.

Aurelia frunció el ceño mientras un esclavo le rellenaba la copa de vino.

Golpes en la puerta.

La voz de Cayo Mario, llamándolos.

Habían pasado un par de horas desde su partida.

A instancias de Julio César padre, los esclavos abrieron las puertas y el veterano cónsul entró, pero no pasó al atrio. Apenas cruzó el umbral dijo lo que tenía que decir:

—Se han reído de mí, los Metelos. Cota llevaba razón: primero han asesinado a Glaucia y luego han lapidado a Saturnino en la Curia, con las tejas del techo, y me han atacado en las calles. Sólo Sertorio, unos pocos más de mis veteranos y yo hemos sobrevivido. Los optimates van a por la venganza completa por el asesinato de su candidato a cónsul. Atrincheraos, no salgáis. Dolabela lidera la caza. ¡No salgáis! —insistió, y dicho esto dio media vuelta y retornó a la oscuridad sangrienta de las calles de una Roma asesina.

En medio de aquella locura, Aurelia no dijo nada y también se giró y se refugió en la pequeña habitación donde estaba su hijo, dejando que Cayo Julio César padre y su hermano Cota se encargaran de supervisar que los esclavos cerraran bien puertas y ventanas y que reforzaran cualquier posible acceso a la casa, para que nadie pudiera entrar en ella aquella noche.

—Dame al niño —dijo a la esclava, nada más entrar en la estancia.

La nodriza se lo entregó con cuidado a su madre y, muy prudente, se retiró con rapidez.

Aurelia se sentó en un solium con almohadones que estaba junto a la cuna del bebé y empezó a mecer a Cayo Julio César hijo, al tiempo que iniciaba un relato que ya había repetido en otras ocasiones, allí, a solas, cuando se quedaba en la única compañía de su pequeño.

—Recuerda siempre esta historia de tu origen, de tu principio, del comienzo de la gens Julia, de tu familia, la gens más noble y más especial de toda Roma: la diosa Venus yació con el pastor Anquises y de allí surgió Eneas. El hijo de Eneas se llamó Julo y de ahí desciendes tú. Eres heredero de los héroes de Troya...

EL JUICIO II

DIVINATIO

En la divinatio, el tribunal decide quién de todos los acusadores que se presentan es aceptado para personarse en la causa como acusación principal, esto es, como fiscal del juicio.

VII

Un oponente inesperado

Vía Sacra, foro de Roma
77 a. C.

César y Labieno caminaban con paso firme sobre las losas de piedra de aquella avenida central de la ciudad.

César andaba meditabundo, los ojos clavados en el suelo que pisaban: su madre había aceptado que él se postulara como acusador del senador corrupto Dolabela por petición de los macedonios, pero intuía que Aurelia había aprobado aquella decisión suya con una mezcla de orgullo y preocupación. Orgullo porque, aún joven, ya estuviera dispuesto a enfrentarse a uno de los más terribles líderes optimates de todos los tiempos. Preocupación porque las posibilidades de victoria eran... escasas, ¿nulas?

Un muchacho con cara de miedo se les acercó y habló al oído de Labieno. Este último había pagado los servicios de un nutrido grupo de villanos y gente de baja estofa con el fin de reunir información sobre lo que se comentaba en las tabernas y en cualquier otro mentidero donde fluían las noticias antes de que éstas se hicieran públicas entre los edificios del foro.

—Quiero saber cualquier cosa relacionada con la causa contra Dolabela —había dicho a sus informantes.

—¿Cualquier cosa? —había preguntado uno de aquellos jovenzuelos acostumbrados a moverse entre la escoria de la ciudad.

—Cualquier cosa —le confirmó Labieno categórico, al tiempo que le entregaba varios denarios de plata.

Tito Labieno quería ayudar como fuera a su amigo César, a quien tanto sentía que debía, y todo dispendio le parecía poco.

Ahora, de camino a la basílica Sempronia, cuando oyó lo que el joven mensajero de los bajos fondos tenía que decirle, Labieno lo miró con incredulidad. Para su desazón, la faz seria del joven denotaba que lo que afirmaba, muy probablemente, era cierto: los problemas para su amigo en aquel juicio empezaban incluso antes de que se iniciara la causa.

—¿Qué ocurre? —le preguntó César ante su silencio y su semblante agrio.

Labieno respondió sin rodeos, como si decirlo todo de golpe mitigara el daño.

—En las tabernas del puerto dicen que Cicerón se va a presentar a la divinatio para competir contigo en la elección como acusador principal del caso contra Dolabela.

—¿Cicerón? —repitió César sin detenerse—. ¿Marco Tulio Cicerón?

—El mismo.

César no pudo evitarlo y lanzó una carcajada nerviosa.

—Por todos los dioses —continuó una vez controló aquella risa del todo inapropiada para su amigo—: Y nos preocupaban los abogados de Dolabela: mi tío Aurelio Cota y Hortensio. ¿No te das cuenta de la parte cómica o, mejor dicho, tragicómica de todo el asunto? Ahora lo más probable es que ni siquiera sea fiscal de la causa que yo mismo he promovido a petición de los macedonios. Cicerón lleva varios juicios ganados en el foro, con brillantez. Es joven, pero mayor que yo. ¿Qué tendrá?, ¿treinta años? Yo apenas veintitrés. Él ya ha acumulado experiencia en causas públicas y su oratoria es conocida por todos. Estoy acabado aun antes de empezar. —Volvió a reír.

Sin embargo, Labieno le conocía demasiado bien como para aceptar que César daba la divinatio por perdida. Lo observó, en cuanto dejó de reír para exorcizar sus nervios, y detectó aquella mirada felina que había visto en combate en las murallas de Mitilene. La leve cojera que padecía le trajo el recuerdo de aquellos momentos donde todo estuvo a punto de perderse... Pero, ahora, lo que incomodaba al propio Labieno era no entender por qué Cicerón se inmiscuía en aquel juicio.

—No, no creo que sea para nada una maniobra de Dolabela para sacarme de la acusación —comentó César sin dejar de andar, como si leyera los pensamientos de su amigo—: Cicerón busca fama, prestigio, como todos. Ha ganado varias causas y éste es un juicio por corrupción contra el todopoderoso Dolabela. Cicerón no se ha alineado aún ni con los optimates que protegen a Dolabela, ni con los populares que se enfrentaron a su terrible jefe Sila, como hizo mi tío o como sigue haciendo Sertorio en Hispania.

—O como hiciste tú —lo interrumpió Labieno.

—No —opuso César con rapidez—. Lo mío con Sila no fue enfrentamiento. Fue pura locura.

Ahora rieron los dos.

César retomó la cuestión:

—Cicerón va por libre, aún. Tendrá que definirse algún día, por un bando o por otro. Ninguno de los abogados consagrados de Roma quiere ser fiscal contra Dolabela, los macedonios recurrieron a mí y yo formulé la acusación. Cicerón quiere subirse al carro de esta causa, si lograse una condena por corrupción contra Dolabela se ganaría el respeto de unos y otros, optimates y populares.

—Pero es un juicio casi perdido, eso nos dicen todos —objetó Labieno, aún insatisfecho con aquellas explicaciones sobre la súbita aparición de Cicerón en la divinatio.

—Juicio perdido a los ojos de todos para alguien tan inexperto como yo, pero en manos de un hábil orador como Cicerón... ¿quién sabe? Busca prestigio, nombre, respeto... —insistió César—. Siempre puede retirarse al final del juicio o ser más blando que yo en la acusación final contra Dolabela y granjearse así un pacto con los optimates. Algo que ellos saben que yo nunca aceptaré.

—Entonces..., pase lo que pase, el tribunal lo elegirá a él como fiscal, para poder pactar una acusación más suave.

César calló unos instantes.

—Sí, así es —confirmó al fin el joven abogado, rompiendo aquel breve pero denso silencio—. A no ser que...

César no terminó la frase. Estaban entrando ya en la basílica Sempronia.

—Tú formulaste la acusación inicial —recordó Labieno en una última reflexión mientras accedían al interior del edificio—. Hablarás primero.

—Hablaré primero —ratificó César.

Basílica Sempronia, Roma

Y en efecto, Cayo Julio César habló primero.

Todo fue rápido y, a la vez, extraño para Labieno y para muchos de los asistentes. Para el tribunal no. Para el tribunal, la intervención de César fue la esperada. Y tomaron nota.

Tras su intervención sólo hubo murmullos y ningún aplauso.

Labieno puso la mano sobre el brazo de su amigo en cuanto éste se sentó.

—Has estado bien.

—No, por Hércules, no he estado bien —replicó César, categórico—. Mientes mal. Tito, eres un gran amigo, pero mientes mal.

—Has dicho las cosas que habíamos hablado, sin dejarte ninguna —insistió Labieno intentando reconfortarle.

Era cierto que había estado poco hábil en la forma de expresarse y que se había trabado más de una vez en su discurso, pero no había dejado de aportar todos los datos que habían preparado la noche anterior.

—No, no insistas —añadió César en su línea negativa mientras buscaba con la mirada a su madre entre el público que atestaba la basílica Sempronia.

El juicio contra Dolabela, el brazo derecho del todopoderoso Sila, había concitado la atención de toda Roma. En la ciudad no se hablaba de otra cosa. Hasta la rebelión popular de Sertorio en Hispania había pasado a un segundo plano en las conversaciones de taberna. Entre vino y vino a orillas del Tíber, se seguía hablando del líder popular en Hispania y del senador Quinto Cecilio Metelo hijo, llamado Pío, líder optimas enviado a las provincias hispanas para poner fin a la rebelión sertoriana. Sólo que si ahora se seguía hablando del veterano Metelo, de ya cincuenta y tres años, era porque los patres conscripti, aprovechando que había regresado de Hispania por unas semanas para asistir al funeral de su anciana madre, lo habían nombrado presidente del tribunal en la causa contra Dolabela.

Había sido el propio Dolabela el que le había rogado que retrasara su regreso a Hispania para que presidiera el tribunal de aquella causa. Dolabela no quería correr riesgo alguno, le gustaba tenerlo todo controlado. Metelo aún recordaba el episodio de la lapidación de aquel maldito tribuno de la plebe. ¿Cómo se llamaba?, no podía acordarse. Los nombres de los tribunos de la plebe en rebelión contra el Senado no merecían hueco en la memoria, según la mente fría y dura de Metelo.

En todo caso, nombrar como máxima autoridad en el juicio a un senador tan próximo al fallecido Sila, de quien Dolabela había sido mano derecha, mostraba a las claras que el Senado no pensaba dejar margen alguno para que la acusación, la condujera quien la condujese, llegara a buen puerto.

César encontró la mirada penetrante de su madre en una esquina de la basílica, a su derecha. Pudo leer la decepción en su rostro: el primer discurso público de su hijo, en quien tanta confianza tenía depositada, había sido un total fracaso.

Aquello le dolió a Cayo Julio César. Si había algo que nunca habría deseado era defraudar a su madre, pero, por otro lado, si ni siquiera ella se había dado cuenta de su estrategia, entonces quizá el tribunal, liderado por el autoritario Metelo y plagado de senadores optimates a favor del acusado Dolabela, tampoco se habría dado cuenta de lo que él estaba haciendo.

César siguió escudriñando a su alrededor: su esposa, Cornelia, justo detrás de su madre Aurelia, miraba al suelo. Estaba claramente preocupada. Más cerca, a su izquierda, se hallaba su contrincante inesperado en aquella divinatio: Marco Tulio Cicerón y, junto a él, el viejo griego Arquias, su maestro en oratoria. Lo iban a destrozar. Sin duda alguna, necesitaría de la ayuda de Marte y Venus y del ingenio de Minerva para salir con vida política del juicio contra Dolabela. Incluso para salir simplemente con vida.

Dolabela. César lo buscó con la mirada y lo encontró cómodamente sentado en una amplia butaca justo por detrás de donde estaba Cicerón. Dolabela necesitaba de una cathedra bien grande para poder descargar sobre ella su más que voluminosa envergadura. Poco o nada quedaba de aquel joven senador que trepó al tejado de la Curia Hostilia para lapidar al tribuno Saturnino una brutal noche que tanto su tío Cayo Mario como su propia madre, Aurelia, le habían relatado en más de una ocasión. Allí estaba ahora Dolabela, orondo, satisfecho de sí mismo, sonriente, comentando con los amigos que lo rodeaban la torpe intervención que él, aspirante a fiscal de la causa, acababa de hacer.

César bajó la mirada. Sabía que hasta Cayo Mario, desde el inframundo, se sentiría decepcionado por su burda intervención de abogado primerizo e inexperto. Volvió a levantar los ojos y encarar a Dolabela. El viejo senador seguía ignorándolo. La indiferencia era el mayor desprecio y eso era lo que el acusado mostraba hacia él.

El joven sonrió para sí. Él se había preparado para un combate largo, no para un juicio sencillo y rápido. Aún no era momento de descubrirse. Aún no.

El presidente del tribunal, Quinto Cecilio Metelo hijo, miró hacia el otro acusador: era el turno de Cicerón. No hizo falta que hablara, y eso Metelo, que seguía con sus problemas de tartamudez, lo agradeció. No le gustaba exhibir en público su defecto de dicción.

Marco Tulio Cicerón se levantó despacio y, también con lentitud calculada, buscando que se hiciera el pleno silencio mientras andaba, se situó en el centro de la basílica, frente al presidente y los cincuenta y dos jueces que habían de dirimir cuál de entre ellos dos, Julio César o él mismo, debía ser designado como fiscal principal de la causa contra Dolabela.

Al fin, la bien modulada voz de Cicerón, treinta años, en la plenitud de su vigor, inundó la gran sala como si hechizara a todos los que lo escuchaban. Y, para orgullo de su maestro Arquias, sin un solo titubeo, sin una palabra mal pronunciada, sin una sola nota de duda en cada una de sus bien elaboradas frases. Es decir, todo lo opuesto a lo que acababa de hacer su contrincante, Julio César.

—Respetados patres conscripti, iudices, gracias por darme esta oportunidad de explicarme ante vuestra sabiduría y experiencia —palabra esta última que Cicerón pronunció con particular parsimonia, como si quiera subrayar el valor intrínseco de su significado—. Gracias, por permitirme que ilustre por qué una causa como la que nos ocupa debe estar en manos experimentadas —de nuevo recalcó el término— y no en las de un joven, vehemente, sin duda —aquí se giró hacia César—, impulsivo y, no lo cuestiono, bienintencionado, pero muy joven y del todo inexperto fiscal.

Julio César mantuvo la mirada de su oponente sin parpadear, sin moverse un ápice. Labieno tenía ganas de levantarse y partirle la cara de un puñetazo a Cicerón, pero era evidente que tal acción no ayudaría en nada a su amigo.

A todos les había sorprendido su intromisión en aquel juicio, que se postulase también como acusador contra Dolabela, pero Cicerón llevaba un tiempo buscando popularidad en las basílicas de justicia y un juicio por corrupción contra la mano derecha del que fue el todopoderoso Sila era un grandioso escaparate hacia la popularidad. Si se ganaba, claro. Fuera como fuera, allí estaba en el uso de la palabra. Y en muy buen y hábil uso.

—Inexperto, sí, pues, y éstos son datos contrastados e irrefutables, no sujetos ni a valoración ni a interpretación ni a tergiversación alguna, tan común en ocasiones entre estas paredes cuando un abogado y un fiscal retuercen la realidad con medias verdades, cuando no con mentiras completas. Y es que, ¿en cuántos juicios públicos, con iudices, en una basílica romana, ha intervenido el joven Cayo Julio César?

Hizo una pausa retórica.

—Lo de joven lo ha dicho como insulto —susurró Labieno.

—Lo sé —le confirmó César también en un susurro, pero sin dejar de mirar a Cicerón. Era bueno, muy bueno. No podía interrumpirlo. No en aquel momento de la divinatio. Lo único que podía hacer era escuchar... y aprender.

—Yo os lo diré —continuó Cicerón—: en ninguno. Nuestro joven e impetuoso colega Julio César no ha participado en un solo juicio con anterioridad al día de hoy, y se postula hoy sin pensarlo, sin tener en consideración la complejidad de esta causa, porque no le atribuyo a Julio César aquí ni maldad ni perversión, sino pura inconsciencia, propia, no me cabe duda, de su juventud. —En este punto se volvió de nuevo hacia su oponente, que permanecía en silencio, en su sella, sentado, mirándolo sin parpadear—. Pero quizá, eso sí, haya un ansia poderosa de conseguir notoriedad que empuja a este inexperto abogado a adentrarse en un mar de aguas demasiado profundas en donde, con toda seguridad, haría naufragar sus argumentos y los derechos que pretende defender de los macedonios. —Se volvió un instante hacia ellos, hacia Pérdicas, Aéropo, Arquelao y otros provinciales allí presentes, pero de inmediato se giró para encarar los serios rostros de los cincuenta y dos jueces—. En definitiva y, por dar término a esta cuestión: Cayo Julio César no ha intervenido nunca antes en ningún juicio público, mientras que yo, Marco Tulio Cicerón, he participado ya en tres, tres causas que, además, una tras otra, he ganado: cuando defendí a Publio Quinctio, a Roscio Amerino y a Quinto Roscio. Todos casos de extrema complejidad, de diversa índole y cuyas victorias dan fe de mi capacidad para desenvolverme con solvencia entre los entresijos de la justicia, con clarividencia y, a la luz de los resultados, con eficacia e imparcialidad, pues, en cada caso, los iudices me dieron la razón y cada una de estas causas se sentenció según mis argumentos y no los del abogado oponente.

Cicerón calló un momento. Puso los brazos en jarras y miró al suelo.

César lo observaba con atención: su contrincante dominaba la escena, no sólo eran sus palabras, era la forma de moverse por la sala, los silencios medidos, las pausas, la mirada. Y eso no era nada en comparación con lo que le esperaba. En el supuesto caso de que él fuera seleccionado como acusador y no Cicerón, luego se tendría que enfrentar con los abogados de Dolabela, su tío Aurelio Cota y el muy hábil Hortensio. César los vio: ambos estaban sentados justo detrás de Dolabela, muy concentrados, escuchando a Cicerón con gravedad. Unos rostros serios que en nada se parecían a las caras relajadas y casi divertidas que habían mostrado durante su torpe discurso inicial. Su tío se había ahorrado humillarle abiertamente —era evidente que no quería hacer sangre con él en el juicio, al menos, si no era necesario—, pero Hortensio había llegado a reírse cuando César confundió alguna palabra o tuvo que repetir una frase mal formulada al citar los nombres de los testigos que tenía ya reunidos y asegurados para el futuro juicio.

Pero su contrincante seguía...

Cicerón levantó la mirada y la fijó en los macedonios, a quienes se permitía asistir al juicio, aunque sin derecho a participar más que a través del acusador seleccionado por el tribunal en aquella sesión preliminar. Los miró serio: el asunto de la inexperiencia del otro aspirante a fiscal había quedado claro, pero César había sostenido un argumento que podía pesar en la mente de los jueces y a esa cuestión iba a referirse. En un primer momento, pensó en dejarla para el final, pero había concebido un desenlace mucho más demoledor para su discurso contra el joven César. Ahora iría a por el asunto de los macedonios, de los provinciales agraviados...

Cicerón se giró, brazos aún en jarras, hacia el tribunal.

—Los macedonios, es verdad, se dirigieron al joven César y no a mí para que él y no otro ciudadano de Roma actuara como fiscal, como acusador, en este caso. Y parece razonable que se deba tener en cuenta la opinión de quienes han promovido la causa, de quienes se sienten perjudicados por las posibles acciones de Cneo Cornelio Dolabela en su provincia durante sus años como gobernador. Y ellos seleccionaron al joven César, prefieren a este joven abogado como su acusador principal.

—Ojalá dejara de repetir lo de «joven» —murmuró Labieno al oído de su amigo.

—Sí, pero escuchemos ahora bien —respondió también en voz baja César—. Quiero ver si encuentra forma alguna de desarmar el hecho objetivo de que los macedonios me quieren como acusador. Él mismo acaba de reconocer que es algo que el propio tribunal ha de tener en cuenta.

—Sí, ése ha sido uno de los puntos más fuertes de tu discurso —confirmó Labieno—. Lo evitará. Pasará a otra cosa...

Cicerón seguía mirando al tribunal. Inclinó un poco la cabeza. Retomó su parlamento:

—Los macedonios, sí, desean al joven César como fiscal, pero ¿qué saben los macedonios de nuestro sistema jurídico, de sus complejidades y entresijos? Lo único que los macedonios saben con certeza, como la mayoría de los habitantes de una de nuestras provincias, es que, al no ser ellos ciudadanos romanos, han de recurrir a uno de pleno derecho para que formule por ellos la acusación cuando a quien quieren llevar a juicio es, precisamente, otro ciudadano romano. Sólo saben eso: que ellos, sin tener la ciudadanía romana no pueden promover de forma directa una causa contra el senador y reciente gobernador Dolabela. Por eso han recurrido al joven César, el primero que han encontrado dispuesto a atenderlos y promover esta causa. Pero los macedonios, además de desconocer lo intrincado de nuestro derecho (algo que, en consecuencia, obliga a que quien articule su causa en esta basílica tenga mucha experiencia previa), no han reparado en que podía haber otros ciudadanos romanos mucho más preparados para servirles mejor en su reclamación. Y aquí se me plantea una cuestión prácticamente moral: ¿qué debe hacer en estas circunstancias un tribunal: aceptar el deseo de quienes se sienten agraviados y favorecer como acusador a aquel que ellos han seleccionado, o acaso los jueces de esta quaestio perpetua, de este tribunal especializado, deben, por el contrario, corregir el evidente error de cálculo de estos provinciales que, llevados por el ansia, reconocieron como acusador al primero que aceptó llevar su causa? ¿No sería más correcto que el tribunal, con frialdad, con su experiencia y sabiduría, elija no a quien los macedonios han solicitado como acusador, sino a aquel que el propio tribunal crea que va a defender mejor los derechos de los propios macedonios? Sí, ésta es una cuestión moral que dejo a la consideración de la sabiduría de los cincuenta y dos iudices y el pretor presidente que, no tengo dudas, sabrán ver con clarividencia qué es lo que debe hacerse sin que ni yo ni nadie formulemos más valoraciones a este respecto.

Cicerón inspiró aire.

Relajó los brazos y volvió a caminar por el centro de la basílica mientras retomaba la palabra.

—Pero sí hay un asunto que me preocupa sobremanera y sobre el cual sí me siento en la obligación de llamar la atención de todos los miembros de este tribunal: ya he aludido a la complejidad de nuestro sistema judicial, pero hay una complejidad mayor que aún me inquieta más. Ésta es una causa cuyas ramificaciones sociales y políticas pueden llevarnos a reacciones aquí en la sala, en el foro y en toda la ciudad, reacciones radicales de unos y de otros: se juzga al clarissime vir Cneo Cornelio Dolabela, senador, claramente proclive en su momento a Sila y sus seguidores que, por otro lado, se enfrentaron con el tribunado de la plebe y con el pueblo en general. Si unos, los senadores más conservadores, percibieran que se conduce la acusación con artimañas y no con argumentos, pruebas y testimonios legítimos, podría provocar una reacción incluso violenta por parte de algunos de estos optimates; por el contrario, si la plebe percibiera que la acusación se lleva a cabo con mano torpe, sin diligencia y esmero adecuados, puede ser el pueblo el que termine promoviendo tumultos y desórdenes por las calles de Roma.

»Veo rostros de cierta sorpresa ante mis palabras, entre el público, en la faz de mi oponente y hasta entre algunos miembros del propio tribunal. Pero no creo que deba recordar a todos los presentes los últimos años de la política en Roma, donde la violencia, los asesinatos y hasta la guerra han asolado con frecuencia y brutalidad inusitadas nuestras calles. Todavía no está tan lejos la guerra contra los marsos y contra otros aliados que querían la ciudadanía romana, ni tan remotos quedan los asesinatos de senadores optimates por un lado, ni de tribunos de la plebe por otro, como para que no los tengamos todos en mente. Las ramificaciones de esta compleja causa podrían encender la llama de una violencia dormida pero latente en nuestra sociedad que, a buen seguro, nadie quiere reavivar. La defensa del acusado recae, por su propia decisión y derecho, pues el acusado tiene la potestad de elegir libremente sus abogados, en Aurelio Cota y en Hortensio, dos de los mejores juristas activos de nuestra ciudad, y eso, más allá de que supongan posibles contrincantes difíciles de derrotar dialécticamente o mediante pruebas y testimonios, me tranquiliza porque sé que, desde el lado de la defensa, todas estas consideraciones que acabo de verbalizar se tendrán en cuenta. Pero —y de nuevo se volvió hacia César— ¿sería prudente dejar en manos tan inexpertas como las de Cayo Julio César un juicio que puede despertar la locura, la sinrazón y la violencia de unos u otros, cuando no de ambos bandos políticos, que ahora parecen coexistir con cierto sosiego?

Esbozó una sonrisa sarcástica y se giró ciento ochenta grados para encarar otra vez al tribunal.

—Y, si no, como ejemplo ahí tenemos cómo el candidato a fiscal ha presentado sus testimonios principales: un sacerdote del templo de Afrodita en Tesalónica y nada más y nada menos que todo un ingeniero ciudadano romano de prestigio. Todo perfecto, salvo por el pequeño detalle de que el joven César ha equivocado el momento procesal en el que estamos y, cabalgando como si esto fuera una carrera de cuadrigas del Circo Máximo y no un proceso bien estructurado, se ha adelantado a la prima actio, a la primera sesión del juicio, hablando de testigos cuando aún no viene al caso. —Caminó entonces hacia el público levantando los brazos—. Quizá nuestro joven proyecto de fiscal debería dirigirse, pues, a los carceres del hipódromo y desahogar su gran energía en una venturosa carrera de carros.

Y dejó caer los brazos iniciando una leve carcajada a la que gran parte de los asistentes, plebeyos, senadores y hasta jueces se unieron con facilidad.

César engulló aquella afrenta de Cicerón. Recordó los consejos de su tío Mario. Recordó la batalla de Aquae Sextiae y cómo Mario esperó y esperó para devolver el golpe a los teutones mientras todos lo incitaban a la acción cuando él aún pensaba que no era el momento. Se aferró a aquel ejemplo y calló. Había empleado un ardid para conseguir su objetivo en aquella sesión, en aquella divinatio donde debía decidirse quién sería el acusador contra Dolabela y, pese a todo el destrozo hecho por Cicerón contra su candidatura a fiscal del juicio, su ardid seguía en marcha... en silencio, sigiloso, constante.

—Sí, el asunto no deja de tener su parte cómica —continuó Cicerón como si tuviera que hacer esfuerzos para controlar la risa—, si no fuera porque este arranque de premura, esta ansia de anticipar ya testimonios contra el acusado no es sino un anuncio de las propias ansias descontroladas de nuestro joven César por llevar este juicio a un desenlace ya predeterminado por él y no por la acumulación de datos y testimonios, sino por cuestiones personales, algo que ahora explicaré con detalle. Pero insisto, más allá de las risas, esta torpeza muestra que este juicio de derivadas tan sensibles en lo político y social no puede quedar, en modo alguno, en manos tan inexpertas e impulsivas, no ya sólo por el bien de los supuestamente agraviados, de los macedonios, sino, por encima de todo, por el bienestar del Estado romano.

»Y, por último, vuelvo a las ansias de Cayo Julio César por llegar corriendo al final de un juicio que ni siquiera ha empezado, ansias que surgen por su marcada falta de imparcialidad, y la imparcialidad es absolutamente necesaria en cualquier causa judicial. Tal es así que tenemos habilitado en nuestro derecho una reiectio, donde ya sea el joven César o yo mismo el fiscal elegido, así como los defensores de Dolabela, esto es, Aurelio Cota y Hortensio, podremos recusar a aquellos miembros del tribunal que consideremos que por motivos diversos puedan no ser jueces imparciales en este procedimiento. Reiectio que el joven aspirante a acusador también se ha saltado al empezar a hablar ya de testigos. Pero yo no, yo sigo el orden de un juicio romano de forma escrupulosa.

»Veamos, hablaba de recusaciones: muchas veces éstas vienen fundamentadas en la implicación de alguno de los jueces con el acusado por razones de parentesco familiar o por compartir intereses económicos o negocios con él. Del mismo modo, es tarea inequívoca del tribunal en este punto del procedimiento establecer que no existan esas incompatibilidades entre el fiscal designado para la causa y el propio acusado. En mi caso, nada me une a Cneo Cornelio Dolabela que no sea mi ciudadanía romana. Ni tengo negocios con él ni relación familiar alguna. Pero... ¿ocurre lo mismo con el joven César?

Marco Tulio Cicerón hizo la pausa final antes de lanzar su último ataque: el definitivo.

—Me temo que Cayo Julio César jamás podrá ser parte objetiva ni imparcial en este juicio. Nuestro joven abogado es el sobrino de Cayo Mario, líder de la causa popular durante años, mientras que Dolabela, el acusado, fue, todos lo sabemos, el brazo derecho de Sila, líder de la causa optimas. Y si este claro enfrentamiento político latente no bastase para inhabilitar a Julio César como fiscal en esta causa —aquí dejó de usar el apelativo «joven», como si sintiera que ya no necesitaba remarcar su inexperiencia ante el peso de los argumentos que estaba empleando—, por si eso fuera poco, a esto se añade el hecho de que Julio César está casado con Cornelia, hija de Cinna, brazo armado y brutal de Cayo Mario. Sila, jefe de Dolabela, instó en reiteradas ocasiones una persecución contra Julio César por este matrimonio y lo conminó a... —Barrió el aire con la mano—. Pero no quiero aburrir al tribunal refiriendo lo que todos sabemos. La cuestión es que Julio César no se presenta aquí, pues, como fiscal de los macedonios en un juicio por malversación y extorsión contra un gobernador romano, sino que Julio César se presenta aquí en busca de una inquietante y desmedida venganza personal.

Silencio.

Cicerón suspiró largamente.

—Y un juicio en una basílica de Roma ante el digno tribunal de una quaestio perpetua de malversación y extorsión no es lugar para venganzas personales. Cayo Julio César no puede ser, no debe ser designado fiscal de este juicio. Su inexperiencia, sus errores ya cometidos en el procedimiento, sus relaciones de parentesco y su tendencia política hacen de él no un fiscal, sino un sicario enviado por los más radicales para cobrarse aún más sangre por diferencias políticas. Y no es este lugar para venganzas ni para sangre, repito, sino para leyes, legitimidad y justicia.

Cicerón calló y bajó los brazos en el último momento. Exhausto, agotado por el esfuerzo, por la vehemencia de sus últimas palabras. Un aplauso atronador emergió de todos los rincones de la basílica. Estaba claro quién había ganado la divinatio. Y estaba claro quién la había perdido.

VIII

Una elección sorprendente

Basílica Sempronia, Roma
77 a. C., esa misma tarde

Estaba claro a los ojos de todos los asistentes, pero era el tribunal quien decidía. Y la decisión del tribunal fue, digamos, especial.

Los cincuenta y dos jueces habían abandonado la gran sala central de la basílica, tras revelar su decisión unánime, y la plebe estaba saliendo por las diferentes puertas. Los jueces senatoriales se habían marchado satisfechos, con la seguridad de haber adelantado mucho trabajo al seleccionar al joven e inexperto Julio César como acusador principal de la causa promovida contra Dolabela. De hecho, partían de la basílica relajados y sonrientes en muchos casos. El pueblo, sin embargo, se sentía una vez más confuso: Cicerón habría construido un relato mucho más sólido de la acusación contra el corrupto clarissime vir Dolabela, uno más de aquellos veteranos senadores de Sila que tanto se habían enriquecido, conocido era por todos, de formas perversas. Pero las percepciones de la plebe, por muy potentes que fueran, de nada servían en un juicio. Pruebas y buenos discursos, eso era lo único a lo que se atendrían los jueces para dictar sentencia en un sentido o en otro. ¿O no? Pues el dictamen de selección de fiscal había sido sorprendente para todos. A la plebe le quedaba aferrarse al hecho de que quizá César fuera ese digno sucesor de Mario y, de un modo u otro, acertara a cobrarse la venganza de la que había sido acusado. La plebe odiaba a Dolabela, pero también pesaba en el ánimo del pueblo el hecho evidente de que el fiscal designado era, sin duda, el más inexperto de los dos posibles. Los más astutos de la plebe intuían la manipulación política senatorial para asegurarse un juicio con un fiscal torpe, pero otros simplemente salían del edificio en medio de un aturdimiento general por todo lo escuchado y la decisión inesperada y no sabían a qué atenerse. Al menos, Julio César había mencionado que tenía testigos dispuestos a declarar contra Dolabela. Eso era algo. Eso les daba esperanza.

Cicerón, que había recibido la sorprendente decisión del tribunal con entereza y sin mostrar rabia pese a su lógica decepción, recogió todas sus notas con rapidez.

César, siempre asistido por Labieno, era más lento.

—No, Tito —decía el recién nombrado fiscal del caso—. Pongamos los papiros con notas contra Dolabela en este cesto, y los papiros con los argumentos que creemos que esgrimirán sus defensores en este otro.

Intentaba suplir su torpeza retórica con, al menos, orden y un archivo sistemático de todas las anotaciones que había hecho con relación al juicio. La decisión de los jueces lo había animado enormemente. Su estrategia secreta había tenido éxito.

—No lo hemos hecho tan mal —celebró con una media sonrisa.

—¿Hemos? —Tito Labieno se sorprendió ante aquel plural inclusivo.

—Sin tu ayuda, no habría conseguido que me seleccionasen como acusador principal —afirmó César rotundo.

Labieno sonrió.

—Mucho te debo; apenas he empezado a pagar la deuda que tengo contigo.

César sabía que Labieno hacía referencia a lo ocurrido en el asedio de Mitilene.

—Entre amigos no hay deudas —replicó mientras seguía ordenando los numerosos papiros desplegados aún sobre la mesa.

Labieno se limitó a sonreír de nuevo. Sabía que su amigo era así, pero él sí sentía que le debía mucho, todo, a Julio César.

—Un día lograré que estés orgulloso de mí, de veras, no sólo porque te ayude a ordenar unos pocos papeles o porque intente darte ideas para acusar a ese miserable de Dolabela —añadió Labieno.

César iba a responder cuando Cicerón, que pasaba al lado de ambos, se detuvo un instante y se dirigió a ellos:

—Espero que mejores en la reiectio y en el resto de fases del juicio, pero, sinceramente, no creo que dures ni medio día frente a Hortensio y Cota. Supongo que comprendes por qué te ha seleccionado el tribunal como acusador principal y no a mí.

Julio César dejó pasar unos segundos. Él, más que nadie, era consciente de que su discurso no había sido el mejor desde un punto de vista formal, pero se vio obligado a responder ante el ataque de Cicerón.

—Quizá tú te hayas expresado con más brillantez, pero yo he argumentado mejor, y he anunciado a testigos —replicó categórico, justificando su selección como justa, como ganada en buena lid—. Te has esforzado en hacer broma con ese hecho, pero yo creo que el tribunal puede haber pensado que ya estoy muy avanzado en la acusación y que anticipar estos testimonios no ha sido un error, sino una inteligente estrategia.

Fue ahora Cicerón quien sonrió, aunque de una forma cínica, al tiempo que negaba con la cabeza.

—O sea, que no lo sabes, que no tienes ni la menor idea de por qué te ha seleccionado el tribunal. Por Hércules, Hortensio y Cota lo van a tener aún más fácil de lo que pensaba y, desde luego, tu cursus honorum, tu carrera política, si aspirabas a una, va a terminar en esta basílica el día en el que se celebre este juicio, un juicio que será el más breve de cuantos han existido, por tu torpeza supina.

Labieno se interpuso entre uno y otro con ademán violento y Cicerón dio un paso atrás. Un par de sus asistentes se pusieron también delante de él para encararse con Labieno. Julio César cogió por el brazo a su amigo y lo hizo retroceder, pero una cosa era no emplear la violencia y otra permitir que Cicerón lo insultara en público, en medio de la basílica Sempronia.

—Me han seleccionado porque han visto que he reunido más testimonios y pruebas contra Dolabela que tú, eso es todo —opuso desafiante—. Tú has hablado de política y de parentescos familiares.

A un gesto de Cicerón, sus asistentes se hicieron a un lado.

—No, hombre, no: lo que has hecho es decirle al jurado todo lo que tienes reunido contra Dolabela. No te has guardado nada, como había hecho yo, y ahora saben que nada de lo que has presentado es lo bastante contundente, que Hortensio y Cota podrán rebatirlo con cierta facilidad. Les has enseñado todo lo que tienes y nada te has quedado para sorprenderlos. No tienes ni idea de a quién te enfrentas. Dolabela es implacable. Ojalá esos testigos tuyos lleguen vivos al día del juicio.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó sorprendido César.

—Tu nivel de ingenuidad me abruma —sentenció Cicerón—. He querido decir exactamente lo que he dicho: ojalá consigas presentar vivos a ese ingeniero y a ese sacerdote ante este tribunal. ¿He de explicarte, a ti que has sufrido la brutalidad de Sila y los suyos, como Dolabela, en tus propias carnes, cómo juegan estos senadores cuando se trata de defender sus intereses?

Julio César guardó silencio. Quizá, después de todo, no había hecho bien en desvelar los nombres de sus testigos principales con tanta antelación, pero la noche anterior sintió que tenía tan poco con lo que argumentar que, en aquel momento, mencionar ambos testimonios pareció la mejor de las ideas. Para dar sensación ante la plebe de que estaba preparando bien el caso.

—Y sí, hasta tú mismo lo admites: tu expresión ha sido torpe, la propia de un advenedizo, de un principiante que nunca se ha fajado en estas luchas retóricas. —Cicerón se acercó aún más a Julio César—: Te han elegido porque eres, de largo, el peor de los dos: el peor orador y, además, alguien que no sabe medir qué debe decir en cada momento. Eres previsible e inexperto. Y el jurado, los cincuenta y dos iudices, han elegido al rival más débil para su amigo el senador Dolabela. Te han seleccionado, Cayo Julio César, porque eres el peor acusador posible.

El silencio se podía sentir como una nube densa que los envolvía.

La basílica había quedado desierta a excepción de César, Labieno, Cicerón y sus dos asistentes.

—Callas, luego piensas —apostilló Cicerón—. Bueno, por todos los dioses, igual aún hay esperanza. —Inspiró hondo antes de retomar su discurso—: Mira, joven César, voy a darte un único consejo. Te lo voy a dar porque no me gustan los Dolabelas de este mundo, porque creo que hay que acabar con la corrupción que socava las entrañas del Estado romano y que amenaza con llevárselo todo por delante. Y tú, si eres inteligente, sabrás interpretar mis palabras y, quizá, con la ayuda de la diosa Fortuna, Minerva y otras deidades, de forma totalmente inesperada, consigas al menos poner algo nerviosos a los defensores de Dolabela.

—No necesitamos consejos del perdedor de la divinatio —apuntó Labieno con desdén. No aguantaba más ese trato de desprecio constante que Cicerón se permitía con su amigo.

Pero fue el propio César el que levantó la mano y le hizo callar.

—¿Cuál es ese consejo? —preguntó el recién elegido fiscal.

Cicerón miró primero a Labieno.

—Éste es el consejo no de un perdedor, sino del ganador de tres juicios ya. —Y entonces dirigió sus ojos a César—. No seas acusador, a nadie le gustan los fiscales. Has de ser defensor.

Y con aquellas palabras en apariencia contradictorias, Marco Tulio Cicerón dio media vuelta y se alejó del lugar escoltado por sus asistentes.

—Eso es absurdo —dijo Labieno—: Hortensio y Cota son los defensores de la causa y tú el fiscal. No tiene sentido lo que ha dicho. ¿Tú entiendes qué ha querido decirnos? Se burla de nosotros. Eso es todo.

—No, no sé qué ha querido decirnos —admitió César—, pero es cierto que Cicerón odia la corrupción, como tú y como yo, y es posible que haya enjundia en sus palabras —añadió pensativo mirando al suelo—. No se está burlando.

—Pero un fiscal no puede ser defensor —insistió Labieno—. Es imposible. Es...

—Es como un acertijo —lo interrumpió César, aún con la mirada fija en el suelo de mármol de la basílica, y añadió en voz baja—: Hay que ser, pues, un fiscal defensor...

—¿Las dos cosas a la vez?

—Las dos cosas a la vez —confirmó César, alzando por fin la mirada.

—¿Y eso cómo se hace?

—No tengo ni la más remota idea.

Domus de la familia Julia
Esa noche

Estaban en su habitación.

Estaban abrazados.

Julio César boca arriba, con la espalda apoyada sobre varias almohadas de modo que quedaba casi sentado. Cornelia, acurrucada a su lado, pasaba sus delgados brazos por el cuello de su esposo. Él sentía sobre la piel la caricia de las palmas suaves de sus manos.

—Los jueces me han elegido como fiscal porque soy el peor —dijo Julio César.

—Te han elegido porque creen que eres el peor —matizó Cornelia hablando al pecho desnudo de su marido, y subrayó lo dicho con un beso dulce sobre el esternón.

Él sonrió, por el gesto de amor y por su apoyo.

—Siempre eres tierna conmigo, y siempre encuentras palabras que me animan. Estuvo bien jugarse la vida por ti.

—Me alegro de que pienses eso —comentó ella, su mejilla sobre el pecho de él—. Sufrí mucho aquellos meses. Lo habrías tenido todo tan fácil si te hubieras... —Cicerón no había entrado en detalles en el juicio y ella tampoco quiso hacerlo ahora—. Te habría sido todo más fácil, si hubieras hecho... lo que te exigía Sila. Y sin embargo, nunca me... abandonaste. Lo mínimo que puedo hacer es ser la mejor esposa posible para ti, aquí —movió sus piernas desnudas por la cama de sábanas abiertas— y en todo lo que haces. Los jueces creen que eres peor que Cicerón, pero eso es sólo lo que ellos piensan. De ti depende, y sólo de ti, esposo mío, que tengan razón o no. Y yo creo que se equivocan. De hecho, tienes algo a tu favor con lo que ellos no cuentan.

César la miró intrigado.

—¿Qué?

Ella levantó el rostro y lo miró a los ojos.

—Tú no eres tan malo, no eres tan torpe con las palabras —le dijo ella con seguridad—. Has fingido serlo.

César callaba.

De pronto, ella también. Sabía que había tocado un punto sensible, un ardid secreto de su esposo. Temió que él se enfadara con ella, por decirlo, por haberse percatado de su estrategia.

—Sí, he fingido ser peor orador de lo que soy —admitió él, al fin—. ¿Crees que alguien más se ha dado cuenta?

—Tu madre sospecha, pero no dirá nada a nadie, claro. Tus hermanas no se han dado cuenta. Están realmente abatidas por tu poca destreza hoy, aunque contentas de que te seleccionaran pese a todo. Creo que tu tío tampoco se ha percatado: Cota te infravalora. Y a los jueces, ciertamente, los has engañado.

César escuchaba muy atento. Cornelia había hecho un análisis pormenorizado de todas las reacciones relevantes. Siempre había pensado que su esposa era inteligente, pero aún hoy había veces en que su perspicacia lo asombraba.

Ella volvía a hablar:

—Los puedes sorprender, los vas a sorprender: esperan la peor de las acusaciones y no será así. Sé que lo preparas todo bien, sé que se asustarán. Pero eso me da miedo porque...

Cornelia bajó la mirada de nuevo y se acurrucó aún más apretando su pequeño cuerpo delgado al musculado torso de su esposo.

—¿Por qué temes que los sorprenda? Eso sería bueno.

Ella negó con la cabeza levemente, pero, al estar tan pegada a él, César percibió el gesto con nitidez y supo interpretarlo.

—Porque su miedo hará que penda de nuevo sobre ti una sentencia de muerte —se explicó ella—. Pero esta vez será una sentencia sin anuncio, sin legalidad, sólo buscarán que alguno de sus sicarios te dé muerte en alguna calle oscura.

Él calló.

Compartieron el silencio durante un tiempo largo que, no obstante, a ambos les pareció breve, abrazados como estaban, sintiendo el pálpito del corazón de cada uno.

César parpadeó varias veces. Era cierto que todos los que habían intentado cambiar las cosas, como ya le vaticinó Labieno, estaban muertos. Era real que acusar a un senador optimas solía terminar en sangre para el fiscal que hacía bien su trabajo. Dolabela representaba ese viejo mundo donde unos pocos senadores inmensamente ricos lo controlaban todo frente a una plebe empobrecida, unos itálicos sin ciudadanía romana que perdían el control de sus tierras y unos provinciales que veían, una y otra vez, que los juicios en Roma nunca sentenciaban en contra de gobernadores corruptos que los hubieran expoliado. Pero todo eso debía cambiar. Si Roma quería supervivir a su propio éxito, debía reorganizarse y, en ese proceso, esa corrupción sin límites tenía que ser cercenada de raíz.

—¿De veras crees que puedo hacerlo bien y sorprenderlos?

—Sí —musitó ella, como si ahora lamentara haberle animado tanto.

Callaron otro rato.

—¿Puedo servir a mi esposo de otra forma? —preguntó Cornelia al fin, tratando de desviar el curso de sus pensamientos, hacia ella, por ejemplo, para que dejara de cavilar sobre cómo sorprender a sus contrarios en el juicio, algo que preveía como peligroso. De hecho, que su marido perdiera ese juicio sería lo mejor que podía pasar. Era la llave de su supervivencia.

—¿Te parece bien hacerlo otra vez?

—Me parece bien —confirmó ella, borrando sus pensamientos sobre si César debía ganar o perder el juicio.

Él comenzó a acariciar la piel de Cornelia. Y empezó por los pies. No tenía prisa. Sólo sentir aquel contacto suave en sus manos le resultaba intensamente placentero. Ascendió por las piernas. Ella cerró los ojos. César la acariciaba mientras sonreía: ni Cornelia se había dado cuenta. Siguió palpando con ternura: los muslos. Él no era un torpe orador. En efecto, tal y como había detectado Cornelia, sólo lo había fingido. Y había conseguido su objetivo: había sido designado por un tribunal corrupto que buscaba el peor fiscal posible. César volvió a rememorar las palabras que le dijo su tío Mario, años atrás, en aquella taberna, tras una pelea con otros muchachos en el Campo de Marte: «Puedes fingirte cobarde y no serlo, puedes fingirte torpe y no serlo. Lo único importante es la victoria final. Da igual que te llamen cobarde. No entres en combate hasta que creas que puedes ganar. Luego, pasado el tiempo, sólo se recuerda eso: al ganador. Todo lo que pasó antes queda borrado. Recuérdalo, muchacho, y no vuelvas a pelear si no puedes ganar».

Sí, había seguido aquel consejo y le había salido bien. Había jugado a no atacar.

Sus manos llegaron al sexo de su esposa. Cornelia se estremeció, pero no se movió ni un ápice. Se dejaba hacer. Entregada, segura, enamorada.

César recordaba las palabras de su tío y le encajaban, pero no entendía el consejo de Cicerón al final de la divinatio: ¿cómo se podía ser abogado defensor en una causa en la que estabas designado como fiscal?

Pero su miembro está erecto. Su esposa, jadeante.

Hay otros asuntos de los que ocuparse.

César se sitúa, con cuidado, sobre el cuerpo hermoso de Cornelia.

Domus de Cneo Cornelio Dolabela
En ese mismo instante

Las dos esclavas estaban a sus pies. Muy quietas. Temían que su amo se despertara y volviera a azotarlas. Desde hacía un tiempo, ésa parecía ser la única forma en que su señor obtenía placer. A una de ellas le sangraba la espalda, pero contenía hasta los gemidos.

Dolabela yacía con su gigantesca panza hacia arriba. No estaba dormido, simplemente recuperaba el aliento. Cada vez le costaba más moverse. Hasta dar latigazos lo cansaba. Pero se sentía feliz. La divinatio había ido muy bien. En apariencia. Sus abogados devorarían a ese imbécil de Julio César. La cuestión era qué hacer con el impertinente sobrino de Cayo Mario después del juicio. Quizá los deseos de Sila, darle muerte, debieran de ser por fin cumplidos.

Sonrió. Aquella idea le gustaba.

De pronto, una duda se filtró en su cabeza: ¿y si las advertencias que hizo Sila, en numerosas ocasiones, sobre el hecho de que ese joven Julio César fuera realmente peligroso resultasen acertadas? Ese muchacho era inexperto en la basílica, pero se había mostrado audaz en el pasado, en más de una situación. No, pensándolo bien, no se sentía tan tranquilo con la resolución de la divinatio. Se sentía incómodo. Necesitaba desahogarse. Otra vez.

Se incorporó.

Las esclavas temblaban.

Domus de la familia Julia
Media hora más tarde

Julio César se arquea sobre su esposa y exhala un bufido de placer puro. Cornelia lo abraza con fuerza mientras siente cómo estalla dentro de ella y quiere decirle algo al oído, pero el éxtasis la inunda también y queda muda unos instantes. Se lo dice poco después, en cuanto recupera el aliento, aún abrazados y con él unido a ella.

—Estoy segura de que eres el mejor aquí, en mí, y fuera, en la basílica. El mejor.

Despacio, con cuidado extremo de no hacerle daño, él sale de ella y se tumba de nuevo boca arriba. Cierra los ojos.

Los dos respiran con más sosiego tras la agitación. La prima vigilia va a empezar. La noche los envuelve. La oscuridad cae sobre una Roma gigante y los esclavos encienden las antorchas del pasillo: las sombras ahora tiemblan a la luz del fuego. Por supuesto, ninguno de ellos osa entrar en la estancia de sus amos.

César abre los ojos súbitamente.

—¡Claro! ¡Por Júpiter! —exclama, pero en voz baja, como si no quisiera airear su descubrimiento, sólo compartirlo con su esposa—. Ya sé lo que quería decir Cicerón esta tarde en la basílica, y tiene todo el sentido. —Se da la vuelta hacia ella, pero Cornelia no responde. Está dormida, plácida, agotada por la pasión, feliz por el amor compartido.

César sonríe. La besa tiernamente en una mejilla, se incorpora, tira de las sábanas, cubre los cuerpos de ambos y luego la abraza, tumbándose de nuevo a su lado.

—Seré defensor, Cornelia, y no fiscal —continúa él en un susurro, a sabiendas de que ella ya no lo escucha, pero como si sintiera la necesidad de decírselo de todas maneras—. Y tiene todo el sentido. Ese Cicerón es inteligente. He de combinar su idea con los consejos de Cayo Mario.

César cierra los ojos.

Cayo Mario. Su tío. Su recuerdo.

César duerme.

Memoria secunda

CAYO MARIO

Tío de César
Siete veces cónsul

IX

El regreso de Mario

Campo de Marte, Roma

90 a. C., trece años antes del juicio contra Dolabela

—¡Venga, levanta, cobarde! —gritaban varios muchachos a uno que, encogido en el suelo, sangraba por la cara y un brazo.

—¡Cobarde, traidor! —lo insultaban otros mientras iba formándose un corro cada vez mayor de niños y jóvenes en la ladera del Campo de Marte, el lugar adonde acudían los jóvenes nobles romanos a adiestrarse militarmente y familiarizarse con la lucha, la monta a caballo y el uso de las armas.

Una pelea allí no llamaba la atención de las patrullas de la milicia urbana. Podía ser un combate de entrenamiento.

Pero no.

El joven del suelo era aún un niño de apenas nueve años.

Recibió un puntapié en el hígado.

—¡Venga, Julio César, levanta y pelea! ¿No desciendes de los dioses?

Reían y seguían gritando a su alrededor y acusándolo de traidor. No ya por él, sino por ser... Nuevos golpes en el costado y en la cara quebraron hasta sus pensamientos.

Sin pensar demasiado, Tito se metió en la pelea, que no lo era, pues aquello era más bien un linchamiento. Lo hizo porque le parecía mal, porque le parecía cruel, porque detestaba la injusticia. Tampoco llegaba a los diez años. Noble, aunque pobre aliado para las urgencias de César en aquel momento.

—¡Dejadlo, miserables! —les espetó Tito Labieno.

A los que atacaban les sorprendió que alguien fuera tan tonto de ponerse de su parte. Ellos eran muchos más. El corro lo formaba ya una cincuentena de muchachos, aunque los que habían iniciado el tumulto eran sólo tres.

Tito Labieno lo había observado todo desde el principio y, sin calcular estrategia ni posibilidades, estampó un puñetazo en el rostro de uno de los tres líderes y, veloz, otro en el estómago de un segundo. Eso generó duda en el resto. Pero el tercero de los que habían atacado a César se sabía fuerte rodeado por muchos que pensaban como él: César pertenecía a la estirpe de los traidores al Senado, a Roma. Una nueva guerra había estallado, la ciudad estaba en peligro y la lealtad de César y los suyos era muy dudosa para todos aquellos niños, hijos de senadores optimates, que habían oído todo tipo de comentarios contra la familia Julia. Era sólo cuestión de tiempo que se revolvieran contra el joven que los acompañaba a todos en los adiestramientos militares.

—También te daremos tu merecido a ti, por Júpiter —dijo con rabia el tercero de los que llevaban la voz cantante en aquel linchamiento.

—Ni siquiera es de los nuestros —espetó otro del corro de muchachos, aludiendo al hecho de que Tito Labieno no era hijo de patricios, sino perteneciente a la clase ecuestre que, por jerarquía, desde la conservadora perspectiva de los optimates que controlaban Roma en aquel momento, estaba por debajo de los patricios.

Labieno tragó saliva.

Apretó los puños y se dispuso a defenderse y encajar los golpes.

En ésas, Julio César, con un corte en la ceja y otro en un brazo, se levantó y se puso a su lado.

—Gracias —dijo en voz baja.

No hubo tiempo para más conversación entre los dos muchachos. Al instante todos se abalanzaron sobre ellos como salvajes.

Se formó un caos de brazos y piernas y golpes, bofetones y hasta mordiscos.

—¿Qué pasa aquí?

Era la voz grave de un adulto. De alguien veterano.

Quien nace con autoridad nunca tiene por qué repetir una pregunta.

La muchachada embebida de violencia se detuvo y todos se separaron. Unos se lamían las heridas, otros se palpaban la cabeza para asegurarse de que aún la tenían en su sitio. César mantenía una mano en el costado. Era lo que más le dolía, aunque notaba sangre por el rostro. Labieno se masajeaba un hombro; estaba convencido de que lo habían mordido, pero la ropa había evitado mayores daños.

Cayo Mario esperaba aún respuesta.

La figura corpulenta del hasta ese momento seis veces cónsul de Roma, rodeado por su guardia personal de las guerras de África y del norte contra los teutones y cimbrios, se recortaba como un gigante contra el horizonte del sol del mediodía.

Todos los muchachos habían reconocido a Mario sin margen de duda: pese a las diferencias que mantenía con los optimates, Roma continuaba llena de estatuas del líder de la facción popular. A sus enemigos les habría gustado destruirlas, pero no se habían atrevido. Ni siquiera aprovechando su larga ausencia de la ciudad. Esto es, no se habían atrevido... por ahora.

César, por su parte, veía a diario un busto de mármol de su tío en el atrio de su propia casa. Y, le parecía curioso, en carne y hueso Cayo Mario aún imponía más. Sería por su porte, por sus ademanes decididos o su voz. O por esa escolta de aguerridos veteranos militares armados que lo escoltaban. O por todo junto.

Era la primera vez que veía a su tío en persona. Mario llevaba toda la infancia de su sobrino fuera de Roma, en un exilio medio forzado por los optimates tras los violentos acontecimientos de casi diez años atrás: el asesinato del candidato a cónsul Memio, cometido por los populares, la ejecución de Glaucia y la lapidación de Saturnino a manos de los optimates. Aquella brutal noche, Cayo Mario había abandonado Roma y ésta había quedado en manos de los senadores más conservadores.

Pero ahora Mario había regresado.

De hecho, la reyerta estaba relacionada con aquel suceso. En Roma sólo se hablaba de eso y de la traición de las ciudades aliadas.

—Una pelea, clarissime vir —explicó Julio César, para dar cumplida respuesta a la pregunta planteada, pero sin aportar más datos ni sobre el motivo ni sobre su desarrollo.

Cayo Mario paseó la mirada lentamente por el corro de muchachos. Todos agachaban la cabeza al sentir los ojos del aguerrido excónsul observándolos.

El hombre intuía una mezcla de desprecio y miedo en todos ellos. Más de lo segundo que de lo primero. En todos, esto es, menos en el chico que había respondido y en el otro que lo había ayudado. Ausente de la ciudad los últimos años, él no sabía quién era su sobrino, aunque en las facciones del primero de ellos —en su rostro, por cierto, ensangrentado—, a Mario le parecía reconocer rasgos de su cuñada Aurelia. No dio nada por sentado.

—¿Quién es Cayo Julio César? —preguntó.

Un breve silencio.

El propio César estaba asimilando que, lógicamente, su tío no lo había visto crecer y no podía reconocerlo.

—Soy... yo, clarissime vir —dijo al fin el muchacho.

Mario volvió a pasear la mirada por todos los muchachos mientras pensaba: «De modo que el resto estaba linchando a mi sobrino». Suspiró. No necesitaba que nadie le explicara el motivo de la pelea. Había hecho bien en acudir con celeridad al Campo de Marte.

—Ven, sígueme —le dijo a César.

Éste se volvió un segundo hacia Tito Labieno. Sabía su nombre, lo había visto entrenarse en el Campo de Marte pero apenas habían intercambiado palabra antes.

—Gracias —le repitió a modo de despedida.

Labieno iba a responder cuando la voz grave de Cayo Mario retumbó una vez más en la ladera de aquella colina:

—Tú, como te llames, ven también. O estos salvajes la emprenderán de nuevo a golpes contigo.

Los hijos de los optimates tuvieron que tragarse el insulto sin decir nada.

Tito miró a César, miró al excónsul, asintió a este último y obedeció sin rechistar.

Al instante, los dos muchachos caminaban tras la estela de Cayo Mario rodeados por todos sus veteranos de guerra.

X

La única victoria que importa

Por las calles de Roma
90 a. C., ese mismo día

Caminaban a paso rápido y pronto llegaron al Foro Boario y de ahí giraron hacia el río.

Ni el joven César ni Labieno entendían adónde iban.

Los hombres de la escolta del excónsul, sí.

Llegaron a las tabernas del puerto fluvial de Roma y Cayo Mario irrumpió en la más grande y más atestada de todas ellas, mientras sus hombres le abrían paso por si algún borracho despistado no sabía apartarse a tiempo.

Mario se detuvo junto a la mejor mesa, la que estaba bajo un ventanal desde el que se veía partir los barcos hacia Ostia degustando un buen vino. La ocupaban varios marineros en espera de zarpar, pero al reconocer al recién llegado y su escolta de exlegionarios veteranos en decenas de batallas optaron por levantarse raudos, agachar la cabeza y desaparecer tras pagar unas monedas al posadero.

—Sentaos —les dijo Mario a su sobrino y a Labieno.

El tabernero se acercó a la mesa.

—¡Los dioses sean alabados! ¡Y qué honor, qué honor para mi casa! —exclamaba genuinamente feliz.

Como muchos del pueblo de Roma, adoraban a Cayo Mario. Siempre que la ciudad había estado en peligro, él la había salvado. Y ahora que Roma volvía a estar amenazada, Mario, el gran Mario, el vencedor de la guerra de África y de las guerras del norte contra los cimbrios y teutones, había regresado. Ahora todo se resolvería.

—Menos palabras, posadero —le dijo Mario con seriedad pero sin enfado—, y más comida y bebida. Ya sabes lo que quiero.

—Sí, por supuesto, por supuesto... —dudó al ver a los dos niños que lo acompañaban—. ¿Vino y queso para todos?

Mario comprendió las dudas del tabernero. Miró a los muchachos y les preguntó con voz potente:

—El posadero quiere saber si sois hombres o niños.

Los dos chicos se miraron: ninguno de los dos vestía aún la toga viril, propia de los ciudadanos romanos varones, pero se volvieron entonces hacia el excónsul y respondieron, en voz baja, dubitativa, pero al unísono:

—Hombres, clarissime vir.

Tragaron saliva.

El veterano excónsul podía ver aún la bulla, el amuleto que probaba que un romano era aún niño, colgando del cuello de ambos, pero dio un puñetazo en la mesa, echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír en una sonora carcajada a la que se unieron los hombres de su guardia militar y muchos de los presentes y hasta el propio tabernero.

El excónsul frenó entonces en seco su carcajada y miró a los que seguían riéndose, sentados en las mesas próximas.

—¿Os burláis de mi sobrino? —los interpeló.

Todos callaron de golpe.

Mario clavó los ojos de nuevo en César y Labieno.

—Esta mañana habéis luchado como hombres. Como hombres estúpidos, pero como hombres. La sangre de vuestras heridas así lo atestigua. —Se dirigió al tabernero—: Ya lo has oído: son hombres. Vino y queso para los tres. Y para mis veteranos también.

El tabernero asintió y partió a por su mejor licor y su mejor comida.

Mario levantó el brazo izquierdo sin dejar de mirar a los muchachos.

Uno de los veteranos de la escolta se aproximó a él.

—Que venga un médico, rápido —ordenó.

El militar se llevó el puño al pecho.

—Sí, clarissime vir —dijo antes de partir veloz a dar cumplimiento a la orden recibida.

—Esas heridas hay que tratarlas —explicó Mario a los dos jóvenes mientras se concentraba en examinar el rostro de su sobrino—. En particular, he de cuidarme de que tu madre no te vea en esas condiciones o no me salvarán de su ira ni todas las legiones de Roma. Tu madre, enfadada, es peor que una horda de teutones salvajes armados hasta los dientes, muchacho. Tu madre, airada, es capaz de cualquier cosa.

Parecía una broma, pero esta vez Cayo Mario no se rio.

César tampoco. Su madre era muy dulce cuando quería serlo, pero también tenía un carácter de hierro.

—No somos estúpidos —replicó César retomando el insulto que les había dedicado su tío hacía unos segundos, al atribuir a su valor una falta de inteligencia.

—Ah, por Hércules —exclamó Mario—. Mi sobrino ha heredado la determinación, incluso la osadía de su madre. ¿Me estás diciendo que he mentido o que he dicho una tontería?

—No, pero... —Al joven César no le salían las palabras, sentía la garganta seca.

El tabernero regresó con una jarra de vino y un plato repleto de cuñas de queso bien curado y tres vasos de terra sigillata, los mejores que tenía. Sólo para las grandes ocasiones. Iba a servir, pero el excónsul hizo un gesto con la mano para que se fuera al instante, así que el posadero dio media vuelta y se marchó.

Cayo Mario tomó la jarra, escanció abundante vino en los tres vasos.

—Bebe —le dijo a su sobrino—. Está claro que lo necesitas. A ver si así te fluye el habla.

El joven César se llevó el vaso a los labios y bebió un par de tragos. No mucho, lo bastante para notar el escozor del alcohol en la garganta, pero insuficiente para sentir humedad de nuevo en la boca.

Labieno hizo lo propio.

—A ver —continuó Cayo Mario inclinando su cuerpo sobre la mesa—: Dos contra cuántos, ¿veinte? Había más, pero creo que, linchándoos, unos veinte. Eso es de idiotas. ¿Cuántas batallas crees que habría ganado yo con esa estrategia vuestra? —Se enderezó, se llevó el vaso a la boca y, de un trago largo, lo vació y lo dejó caer sobre la madera con un golpe seco. Seguía mirándolos—: Nunca entres en batalla si el enemigo te aventaja diez veces en número. Esto lo saben hasta los cretinos contra los que os habéis peleado esta mañana.

—Te insultaban —se justificó César.

—Lo imagino. La mayoría de esos chicos son hijos de senadores optimates, enemigos míos.

—¿Qué se suponía que debía hacer? —insistió su sobrino, que se consideraba plenamente justificado para meterse en una pelea incluso si estaba en una inferioridad numérica total.

Cayo Mario volvió a inclinar su poderoso torso sobre la mesa, acercándose así a sus jóvenes interlocutores.

—Tendrías que haberte retirado y esperar hasta una mejor ocasión para lanzar tu ataque. —Se reincorporó y volvió a servirse vino en el vaso.

Los de los chicos aún tenían bastante licor.

—Al menos... —dudó César, pero al final siguió defendiéndose—: Al menos... saben que soy valiente.

Mario lo miró de reojo mientras sostenía el vaso de vino en el aire.

—Sí, sobrino: tus enemigos saben que eres valiente... y estúpido. Y tu amigo también. ¿Por qué te metiste tú en la pelea? ¿Y cuál es tu nombre?

—Mi nombre es Tito, Tito Labieno, clarissime vir. Y yo me metí en la pelea porque... porque me parecía injusto que lo lincharan entre todos.

—Ah, muy bien: otro valiente estúpido. Normal que os juntéis.

César estaba rojo de ira por el desprecio con el que su tío los trataba. No era el único. Iban a hablar, heridos los dos muchachos en su amor propio, pero la palma abierta y en alto del excónsul los detuvo. Mario echó otro largo trago, aunque esta vez no vació el vaso.

—De mí también han pensado alguna vez que era un cobarde. Lo pensaron centenares, no, más, miles de legionarios bajo mi mando, pero no por ello entré en combate en una situación donde sólo habríamos sido derrotados. Yo, César, Labieno —los miró a los dos alternativamente inclinándose de nuevo sobre la mesa—, me tragué mi orgullo, esperé la ocasión adecuada y conseguí la victoria final, que, aprendedlo bien, en una guerra es la única victoria que cuenta: la última.

Los muchachos lo miraban con cierta incredulidad. No por el hecho de que hubiera ganado una guerra. Eso ya lo sabían ellos y todos en Roma. Aquel hombre había ganado no una, sino dos guerras, y muchas batallas campales. Y no sólo eso: había reformado la estructura completa del ejército romano y modernizado las legiones. Los jóvenes dudaban que un solo legionario pudiera haber pensado que el hasta entonces seis veces cónsul de Roma Cayo Mario era cobarde.

El excónsul parecía leerles la mente.

—¡Sertorio! —exclamó Mario.

Uno de los militares que le acompañaban se acercó a la mesa.

—Diles a estos dos cuándo pensaron todos, cuándo pensasteis todos que yo era un cobarde.

Sertorio carraspeó. Aquello que ocurrió en el pasado cuando, en efecto, todos pensaron que Mario se había vuelto cobarde, nunca se había verbalizado entre ellos.

—Venga, Sertorio —insistió Mario—. Estoy intentando educar a mi sobrino y no tengo mucho tiempo. Se está fraguando una tercera guerra y me reclaman en el frente, así que ¡habla, por Júpiter!

Sertorio inspiró aire y rogó a los dioses dar con la respuesta acertada y no equivocarse:

—Fue antes de la batalla de Aquae Sextiae, clarissime vir.

Se hizo un silencio en toda la taberna.

Todos escuchaban atentos.

—Eso es —confirmó Cayo Mario—, antes de Aquae Sextiae. Durante días, muchacho, todos mis hombres pensaron que yo, tu tío Cayo Mario, era un cobarde. Y ¿sabes una cosa?

César negó con la cabeza. Tanto él como su compañero Labieno tenían los ojos fijos en el veterano líder militar y político de Roma. Nadie había sido nunca seis veces cónsul. Les hablaba una leyenda viva de Roma.

Cayo Mario volvió a inclinarse sobre la mesa y les susurró:

—No importa lo que piensen de ti, ¿me entiendes? —Miró hacia Labieno y lo incluyó—: ¿Me entendéis? Uno no es un cobarde por lo que piensen de él. La cobardía se lleva dentro. Yo nunca he sido cobarde. En el campo de batalla siempre he sido... inteligente. —Suspiró y se echó hacia atrás en su silla—. En política no tanto. Pero ésa es otra historia diferente. Ahora os voy a contar cuándo y por qué mis hombres me llamaron cobarde, a mis espaldas, sin atreverse a decírmelo a la cara, pero lo pensaban, y cuándo y cómo conseguí una gran victoria para Roma, porque soy un líder, y un cónsul de Roma ha de saber cuándo tragarse su orgullo y pensar sólo en el beneficio del Estado y en lo único que importa: la victoria final. Os voy a contar la batalla de Aquae Sextiae.

XI

Memoria in memoria

La cólera de los dioses

Roma, 105 a. C.

Veintiocho años antes del juicio contra Dolabela

Cinco años antes del nacimiento de César

Iban a enterrarlos.

Vivos.

—¡No! ¡Noooo! —aullaban los hombres.

—¡Compasión, compasión! —suplicaban las mujeres.

Eran dos parejas de esclavos. Una de origen galo y otra procedente de Grecia.

Los arrastraban por todo el Foro Boario, pasando por entre los puestos de ganado en venta. Tenían que conducir a aquellos cuatro infelices hasta el agujero excavado en el suelo, en el centro mismo del mercado. Sí, iban a enterrarlos vivos, como se hacía con una virgen vestal cuando incumplía sus sagrados votos de castidad: las enterraban vivas para aplacar la cólera de los dioses. Y siempre tenían la sensación de que aquello funcionaba, pero las vestales se habían mostrado muy escrupulosas en su comportamiento todo aquel tiempo. Los desastres bélicos de Noreya, Burdigala y Arausio no eran achacables a sacrilegio alguno por parte de las sacerdotisas del fuego sagrado de Vesta. Aun así, Roma estaba al borde del abismo. Los ambrones, cimbrios y, sobre todo, los temibles teutones campaban a sus anchas por el sur de la Galia saqueando territorios aliados de Roma. Los ejércitos consulares se habían visto derrotados, uno tras otro, en tres batallas terribles. La República no encajaba una serie tan prolongada de reveses desde que Aníbal se decidió a atacar Roma, cuando destrozó las legiones en Tesino, Trebia, Trasimeno y, por fin, en la atroz Cannae. Y tras esa última derrota, donde varias legiones fueron aniquiladas, los romanos recurrieron, in extremis, desesperados, presa del pánico, a los sacrificios humanos. Desde entonces no lo habían hecho. Pero tras morder el polvo en Noreya y Burdigala, la derrota en Arausio de un ejército equivalente a casi diez legiones, sumando legionarios, aliados y auxiliares, los había aterrorizado. Nada se interponía entre las hordas bárbaras del norte y la ciudad de Roma. Además, parte de lo que quedaba de fuerza militar estaba desplazada a África para dar término a la larga guerra contra Yugurta.

Las dos parejas de esclavos seguían luchando, suplicando por su vida.

Pero el miedo romano fue implacable.

Los arrojaron de golpe, sin el miramiento que se tenía con una vestal, a la que se le permitía descender por una escalera al fondo de la que debía ser su tumba. En el caso de los esclavos galos y griegos, los arrojaron desde lo alto del agujero excavado en el Foro Boario.

En la caída se alzaron los gritos de hombres y mujeres. Ellos se quebraron huesos; la mujer gala se abrió una brecha en la cabeza y corrió a acurrucarse en una esquina de la tumba abierta en el corazón trastornado de Roma, mientras la sangre se deslizaba por su rostro; la otra, indemne pero con magulladuras, recorría aquel rectángulo excavado en las entrañas de Roma palpando nerviosa las paredes en busca de algo donde agarrarse para intentar salir.

—¡Nooo! ¡Por todos los dioses! —suplicó el esclavo galo mientras se palpaba la pierna derecha, donde sentía los huesos rotos.

Los habían seleccionado arbitrariamente, mediante un sorteo fatídico en el que no se había tenido en cuenta ni su comportamiento ni su religión ni su origen.

Oyeron el ruido pesado y denso del arrastrar de una gigantesca losa por el suelo, por encima de ellos. El cielo se oscurecía.

Al poco, los cuatro esclavos, heridos y aterrados, se encontraron entre las sombras. Y, de pronto, ni eso. Sólo un espacio negro que los engullía y que, como un eco, les devolvía el ruido de sus sollozos. Acababan de ser enterrados en vida para, supuestamente, aplacar la cólera de los dioses.

XII

Memoria in memoria

¿Un nuevo Escipión?

Territorios en disputa con los cimbrios y teutones, sur de la Galia

105-103 a. C.

Quizá los dioses romanos se apiadaron de la ciudad del Tíber.

¿Les satisfizo aquel brutal sacrificio?

Difícil saberlo. En cualquier caso, los cimbrios, los teutones y el resto de los pueblos bárbaros del norte no marcharon directamente sobre Roma tras Arausio. Se entretuvieron por el sur de la Galia, e incluso algunos hicieron incursiones por Hispania. Eso les dio un tiempo precioso a los romanos para reorganizarse. Y, como cada vez que las circunstancias ponían a Roma al límite de su resistencia, el Senado eligió al que consideraba mejor de entre todos ellos para comandar un nuevo ejército: frente a Aníbal, Roma presentó a Escipión el Africano. Ahora necesitaba a un nuevo Escipión.

Cayo Mario era el mejor militar del momento: había puesto fin a la larga guerra africana contra Yugurta y se le reclamó en Roma, donde fue designado como cónsul con el mandato de reclutar un nuevo ejército y acudir al norte para restablecer la seguridad de aquella frontera. Había aprendido a combatir bajo las órdenes de Escipión Emiliano en Numancia, nieto por adopción de Escipión el Africano. Mario no era un Escipión, pero sí lo más parecido que tenían al legendario líder que derrotó a Aníbal.

Reunió un ejército consular con dos legiones de seis mil legionarios regulares más dos alae, a las que añadió miles de auxiliares reclutados entre los más pobres de la ciudad de Roma. Para ello tuvo que torcer todas las normas y regulaciones de reclutamiento: un soldado romano debía ser propietario, en mayor o menor medida, y reunir él, con sus propios fondos, el material necesario para el combate; desde armas y escudo hasta corazas y menaje para la vida diaria en campamento. Pero Mario sabía que no había suficientes hombres en Roma que, después de siete años de guerra en África, estuvieran en condiciones de aportar todo ese material, mientras que desarrapados y gente de la plebe de Roma sin dinero había mucha. Miles de personas que no tenían nada y, en consecuencia, nada tenían que perder y sí, en cambio, mucho que ganar combatiendo si se les ofrecían los medios para ello y algo revolucionario: un sueldo que se denominó salarium, en la medida en que muchas veces se pagaría a los legionarios con sal, esencial para conservar alimentos. También habría dinero contante y sonante: se trataba de dar una paga regular a los legionarios y los auxiliares, dinero más allá del reparto de un posible botín en caso de victoria. Aquello representaba una oportunidad inédita para muchos y muchos fueron los que acudieron a la llamada del cónsul Cayo Mario. Hasta treinta y cinco mil hombres armados consiguió reunir, y con ellos se desplazó al norte.

El Senado veía con inquietud las revolucionarias maniobras de Mario para el reclutamiento con esa forma de saltarse las leyes para incorporar a parte de la plebe de Roma al combate. Las circunstancias eran límite. Tenían que interponer una fuerza armada entre los cimbrios y teutones que campaban a sus anchas por el sur de la Galia, y una Roma que estaba totalmente desprotegida. Los optimates, que dominaban el Senado, dejaron hacer a Mario, pero le asignaron a Sila, uno de los más conservadores de entre ellos, como legatus de una legión. Debían tener vigilado al jefe supremo de aquel ejército inédito, diferente. Aquél era el primer ejército profesional de Roma. ¿Hacia dónde conduciría todo aquello?

La desconfianza entre Mario y Sila ya era patente para todos.

El cónsul se hizo acompañar por oficiales veteranos de sus años en África, gente en la que pudiera confiar a ciegas, como Sertorio y otros.

Y empezó la campaña del norte.

Y todo fue extraño.

Mario no sólo había pensado en cambiar la forma en la que se pagaba al ejército, sino también su adiestramiento. Los legionarios cobraban dinero regularmente, pero vieron endurecidas sus condiciones en los campamentos establecidos en la Galia. Mario recordó la disciplina impuesta por Escipión Emiliano en el asedio de Numancia en el que participó. Y, además, había vivido la larga guerra de África. Había aprendido que el adiestramiento era clave, de modo que lo intensificó, así como las labores de fortificación de cualquier campamento, y también se redujo el número de calones, esclavos o sirvientes, de los que los legionarios pudieran disponer. La idea de Mario era hacer de sus legionarios auténticas máquinas de guerra. En los largos desplazamientos los obligaba a trasladar un peso descomunal en material bélico y utensilios de carpintería, herrería, menaje, etcétera. Cada soldado se veía forzado a cargar con decenas de kilos a su espalda. Pronto, en Roma hablaban de que Mario no quería legionarios, sino mulas de carga. De manera despectiva, los optimates comenzaron a denominar a sus legionarios «las mulas de Mario». Y reían. Otros, como Metelo Numídico y su hijo Metelo, el tartamudo, lo observaban todo con desconfianza creciente, pero confundidos.

Aun así, el cónsul hizo caso omiso a aquellos comentarios. Sólo tenía claro que sus hombres cobrarían un salario regularmente y que se lo iban a ganar.

Él mismo se estableció con sus tropas en la desembocadura del Ródano.

Los cimbrios y los teutones no atacaban.

Pasó el año entero sin un combate de entidad.

El Senado aceptó prorrogar el consulado de Mario durante el año 104 a. C.

Todos esperaban que el cónsul, por fin, ordenara el avance de sus tropas, pero Mario no lo hizo. Se atrincheró en el sur del Ródano y ordenó a sus soldados que excavaran un canal que hiciera navegable el delta del río para los barcos de aprovisionamiento que llegaban de Roma. El canal, una obra descomunal y agotadora para los legionarios que trabajaron en ella durante meses, se denominó Fossa Mariana. Con aquel canal, Mario consiguió mantener a sus hombres en forma —por los duros trabajos necesarios para acometer semejante obra— y disponer de una fuente de abastecimiento segura, rápida y directa con Roma que ni los cimbrios ni los teutones, carentes de flota, podían cortar.

Sin embargo, pasó el año completo y ni los bárbaros atacaban el campamento de Mario ni el cónsul ordenaba una incursión de envergadura contra los territorios dominados por los cimbrios y los teutones. Los bárbaros observaban, como lo hacían los senadores de Roma. Y nadie entendía aquella eterna dilación a la que Mario estaba sometiendo a todos.

Los soldados empezaban a impacientarse y a pensar si realmente su cónsul, su líder, deseaba dirigir aquella guerra. Los oficiales veteranos de África que conocían bien a Mario y sabían de su mente calculadora confiaban en su jefe supremo. Aceptaban que tendría sus razones para aquella larga espera.

Llegó el año 103.

La situación seguía siendo la misma y el Senado, apretando los dientes y con rabia, prorrogó el mando de Mario para lo que era ya un tercer consulado consecutivo. Sila continuaba en su ejército, vigilando e informando a los optimates, ahora en calidad de tribuno y no de legatus. Mario le había reducido sus atribuciones. No se fiaba de él y Sila lo sabía, pero no sólo eso: Sila comenzaba a intuir un gran fracaso en toda aquella operación, por eso, cuando pasó aquel tercer año nuevamente sin combates de entidad, el propio Sila decidió abandonar el ejército del norte y retornar a Roma. No quería formar parte de lo que, estaba seguro, iba a ser un fiasco militar descomunal. Prefería marcar distancias con aquella campaña y marcarlas a tiempo también con un Cayo Mario con el que no es que no coincidiera políticamente, sino de quien dudaba ya como líder militar.

Como dudaban ya muchos legionarios.

Llegó el año 102.

Ante las crecientes dudas de los legionarios, un día Sertorio se atrevió a plantear a Mario la desconfianza, cada vez mayor, de muchos a la hora de conducir aquella campaña.

—Escipión Emiliano se tomó más de un año para rendir la ciudad de Numancia. Una sola ciudad. Y nadie le discutió su estrategia. Nosotros nos hallamos ante los inmensos ejércitos de varios pueblos bárbaros que amenazan la propia existencia de Roma. Me parece razonable tomarme el tiempo, los años, incluso, que sean oportunos para acabar con esta amenaza.

No dijo más.

Sertorio dio por buena aquella explicación.

Pero... ¿cómo se veían las cosas en el Senado de Roma?

Senado de Roma
102 a. C.

Sila se levantó ante la Curia. Dolabela estaba a su lado y lo miraba con admiración. Los Metelos, padre e hijo, lo escuchaban atentos. La cuestión de si renovar o no el mando de Mario para un cuarto consulado estaba sobre la mesa.

Patres conscripti, amigos todos, senadores: delicada sigue siendo la situación del norte e inaudito sería renovar a alguien por cuarta vez como cónsul de Roma, pero yo me pregunto: ¿ganaremos algo cambiando a estas alturas de líder? Mario es quien ha diseñado la defensa de nuestra frontera norte. Todos estamos hartos de su inacción real, pero los bárbaros resolverán esto por sí mismos: sin duda alguna, este próximo año, cimbrios y teutones avanzarán hacia Roma y eso forzará la acción de Mario que, quiera o no, no tendrá más remedio que responder a los avances del enemigo con un ataque por su parte. Sus maniobras de dilación llegarán a su fin este año. Sugiero que no sea otro el que se vea obligado a asumir un mando en una fortificación que no conoce, con unas tropas que no ha adiestrado él y en una región inhóspita. Promuevo la moción de que Cayo Mario sea renovado en el cargo de cónsul un año más.

Se votó a favor.

—¿Realmente piensas que es lo mejor? —le preguntó el viejo Metelo al final de la reunión del Senado. Junto a él estaba su hijo y, al lado del interpelado Sila, su brazo derecho en Roma: Dolabela.

—Sí, estoy seguro de que es lo mejor para nosotros. Para los optimates —precisó Sila.

—¿Qué quieres decir exactamente, muchacho? No me hables con acertijos —se permitió exigir el veterano Metelo padre, líder de los conservadores.

Sila los miró y, muy serio, dio una respuesta elaborada:

—Los legionarios desconfían de Mario. Cuando los bárbaros se muevan, cuando ataquen, las legiones no confiarán en su líder y Mario será masacrado. Esto es malo para Roma, pero ideal para nosotros: los bárbaros nos van a hacer el trabajo sucio de eliminar a Mario y a su ejército de desarrapados de la plebe. Nos veremos obligados a reclutar nuevas tropas, pero podemos traer parte de las que tenemos en África o en Hispania y defendernos. Será duro, pero será sin Mario. La facción popular quedará descabezada y las leyes de Roma las dictaremos nosotros, sin oposición de un pueblo que estará aterrado ante el avance de cimbrios y teutones hacia la ciudad; y serán leyes que defiendan nuestros intereses, que pasarán a ser los únicos en liza.

Todos aceptaron la evaluación de Sila.

Fue el único y el último error de cálculo que Sila haría en su vida con respecto a Mario.

Campamento general de Cayo Mario junto a la Fossa Mariana Desembocadura del Ródano

102 a. C.

Mario acababa de recibir la noticia de que se le renovaba un año más en el cargo. Sabía que sería la última prórroga si no había un avance notorio y no se expulsaba a los cimbrios y teutones de la región del Ródano. Pero seguía sin tener prisa.

Llegaron más mensajeros.

Sertorio entró en el praetorium del cónsul.

—Los bárbaros se mueven, clarissime vir.

—¿Cimbrios o teutones? —preguntó Mario, sentado tras su mesa repleta de mapas y de copas de vino vacías.

Sertorio tragó saliva antes de dar detalles:

—Los cimbrios parecen quietos aún, pero, mi cónsul, los ambrones y los teutones avanzan hacia aquí. Las patrullas acaban de llegar. Son miles de bárbaros. Decenas de miles.

Cayo Mario asintió sin dejar de examinar los mapas. Al fin, levantó la mirada.

—Cuando sean visibles desde lo alto de las empalizadas del campamento, avisadme. Hasta entonces no me molestéis.

Y se limitó a servirse él mismo una nueva copa de vino de una jarra que tenía a su derecha en otra mesa más pequeña.

Sertorio lo vio escanciando el licor despacio. Fue ése el momento en el que pensó que quizá lo que decían los legionarios fuera cierto: el cónsul ya no era el de África, el que había derrotado las huestes de Yugurta. El cónsul era ahora un hombre viejo, de cincuenta y cinco años, débil... y cobarde. No era, para nada, un nuevo Escipión.

XIII

Memoria in memoria

Los bárbaros gigantes

Καὶ Κίμβροις μὲν ἐγίνετο πλείων ἡ διατριβὴ καὶ μέλλησις, Τεύτονες δὲ καὶ Ἄμβρωνες ἄραντες εὐθὺς καὶ διελθόντες τὴν ἐν μέσῳ χώραν, ἐφαίνοντο πλήθει τ’ἄπειροι καὶ δυσπρόσοπτοι τὰ εἴδη φθόγγον τε καὶ θόρυβον οὐχ ἑτέροις ὅμοιοι. Περιβαλόμενοι δὲ τοῦ πεδίου μέγα καὶ στρατοπεδεύσαντες, προὐκαλοῦντο τὸν Μάριον εἰς μάχην.

Fue preciso para los cimbrios prepararse y detenerse más; pero los teutones y ambrones, partiendo aceleradamente y atravesando el país que mediaba, se presentaron en un gran número, feroces en los semblantes, en el griterío y alboroto, no parecidos a ningunos otros. Ocuparon gran parte de la llanura, y, acampando, provocaron a Mario a la batalla.

PLUTARCO,

Vidas paralelas, Mario, XV

Campamento general de Cayo Mario junto a la Fossa Mariana Desembocadura del Ródano

Primavera del 102 a. C.

La inmensa llanura que se extendía por delante del campamento general romano estaba atestada de ambrones y teutones armados. Se mirara hacia donde se mirara, no importara donde uno quisiera fijar la vista, sólo se divisaban enemigos de Roma.

Mario lo observaba todo desde lo alto del vallum. Esos que veía moverse desafiantes por el territorio que consideraban suyo, sin miedo alguno a la presencia de aquella gran fortificación romana, eran los que habían derrotado hasta en tres ocasiones, a veces con la colaboración de otros pueblos bárbaros, a los ejércitos consulares. La reiterada serie de fracasos militares —las derrotas de Noreya, Burdigala y, sobre todo, Arausio— había logrado que entre los legionarios creciera un rumor sobre el hecho de que aquellos bárbaros no eran como otros, sino que se trataba de enemigos formidables, prácticamente colosos, bestias casi indestructibles, seres de otro mundo de dimensiones enormes e invencibles, gigantes que podían con cualquier ejército que osara enfrentarse a ellos.

El cónsul meditaba en silencio. Un rumor puede ser más poderoso que un ejército. Tenía que destruir primero aquella mentira, antes de poder lanzar a sus legiones contra aquellos guerreros que campaban a sus anchas por la desembocadura del Ródano.

Empezó a descender hacia el campamento mientras daba instrucciones a Sertorio y otros oficiales.

—Quiero que todos pasen por el vallum y los vean —dijo Mario.

Los tribunos se miraron entre sí.

—¿Quiénes son «todos», clarissime vir? —inquirió Sertorio en nombre del resto de los oficiales—. Y que vean... ¿qué exactamente, mi cónsul?

Habían llegado ya al suelo, pero seguían junto a la inmensa empalizada levantada por las legiones de Roma para fortificar el campamento.

Cayo Mario los miró en silencio.

No comprendían.

Señaló hacia el mar de tiendas de las tropas legionarias y auxiliares del ejército consular.

—Todos es todos —insistió, antes de añadir para dejarlo claro—: Quiero que todos y cada uno de los legionarios y soldados auxiliares suba al vallum y vea con sus propios ojos que entre esos malditos bárbaros no hay ni un solo gigante, ni un solo ser ciclópeo o mítico. Quiero que todos y cada uno de los hombres bajo mi mando tengan claro que sólo nos enfrentamos a otros hombres: armados, como nosotros, pero más desorganizados y peor dirigidos. Eso es lo que quiero decir con «todos» y eso es lo que quiero que vean.

Los tribunos asintieron. Habían entendido, por fin, y más aún de lo que el cónsul había puesto en palabras: habían entendido que Mario quería acabar con el rumor sobre la legendaria fuerza de los ambrones y los teutones. Y a todos les pareció una idea brillante.

Sertorio vio alejarse al cónsul rodeado por su escolta. Quizá Cayo Mario se hacía mayor, se hacía débil y, quizá, no fuera un nuevo Escipión, pero seguía siendo astuto. Había esperanza aún en la victoria.

XIV

Un médico para el joven César

Una taberna junto al Tíber, Roma
90 a. C.

—Así, muchacho, conseguí revertir ese miedo que mis hombres tenían a esos supuestos gigantes bárbaros —se explicaba Cayo Mario con una amplia sonrisa en el rostro mientras escanciaba más vino para él, para su sobrino y para su amigo Labieno—. Cuando mis hombres vieron por sí mismos que sólo tenían otros hombres ante ellos, la actitud de los legionarios cambió... —Se quedó pensativo—. Quizá cambió en exceso...

—Ha llegado el médico, clarissime vir —anunció Sertorio aprovechando el silencio en el que había quedado el veterano senador.

—¿Quién? —preguntó Mario aún con aire distraído. Sertorio iba a repetir su anuncio, pero Mario, al fin, sacudió la cabeza como si se quitara de encima recuerdos de un pasado intenso—. Ah, sí: el médico. ¿Es bueno? A mi sobrino no lo puede tratar cualquier desconocido que se haga pasar por uno de esos médicos griegos que sí parecen saber de verdad cómo curar heridas.

—Es el médico del valetudinarium de las legiones que estuvieron desplazadas en África y luego en el norte, en la campaña que estaba el clarissime vir relatando a su sobrino.

—¡Aaah! —exclamó Mario con apreciación y casi contento—: ¿El bueno de Anaxágoras sigue vivo?

—Aquí estoy, clarissime vir —dijo un anciano con apariencia docta, limpia y venerable ante quien se apartaban todos los veteranos del excónsul.

Mario no se levantó. Alguien que había sido seis veces cónsul no se levanta ante nadie, pero asintió con la cabeza en señal de aprecio y reconocimiento, lo cual, en él, ya era mucho.

—Es bueno saber que sigues entre nosotros.

—El tribuno ha sabido dónde localizarme, clarissime vir.

—Valerio Flaco siempre es eficaz.

El aludido se puso muy firme. El excónsul no era proclive a alabanza alguna.

—A mi sobrino le han sacudido bien... y a su amigo.

—Ya veo, clarissime vir. —El anciano se acercó a los muchachos por un lado de la mesa y puso la mano en la barbilla de los chicos, primero de uno, después del otro, haciendo que girasen el cuello para observar bien los moratones y los cortes en ambos lados de sus rostros.

—Supongo que no morirán, pero prefiero llevar a mi sobrino de regreso con su madre con una apariencia más aseada que la que luce ahora. El muy estúpido se metió en una batalla que no podía ganar.

El joven César arrugó la frente e iba a protestar, pero Anaxágoras volvió a girarle el rostro para examinar con más detalle el impacto de los golpes, y justo entonces su tío habló de nuevo:

—Sí, muchacho. Lo mires como lo mires, has hecho una torpeza, una estupidez. Algo que, no obstante, cuando no te juegas más que tu cuello, es sólo eso: una imbecilidad. Pero si entras en una batalla que no puedes ganar al mando de treinta mil hombres, no eres estúpido: eres un asesino... de tu propia gente. Y tú quieres, aspiras a comandar legiones, ¿verdad?

El médico apartó los vasos de vino de los muchachos, sus pacientes, para poner sobre la mesa sus utensilios. Había algún corte que coser. También pidió agua caliente y paños limpios al posadero.

—Verdad —confirmó el joven César, que sin duda anhelaba emular a su tío. Algo fuera de su alcance, pero al menos tenía la determinación de seguir sus pasos hasta donde fuese posible, aunque sólo lograra ser cónsul por un año. Y sí, comandar un ejército y hacerlo de forma victoriosa era, como para cualquier chiquillo en Roma, un objetivo vital, casi un sueño. Muy pocos llegaban a cónsul.

—Pues aprende a tragarte el orgullo cuando te llamen cobarde y no estés en disposición de devolver la humillación. No la olvides, muchacho, guarda el insulto recibido en tu interior y acarícialo durante días, semanas, meses o años si es preciso. Para que no se diluya con el tiempo, para que te duela como el primer día en el que te lo dijeron, pero espera al momento adecuado, al día perfecto para devolver la humillación pero no con otro insulto, sino con sangre, con un golpe certero y mortal que, simplemente, aniquile a tu enemigo.

Se hizo el silencio.

Sólo se oía el paño del médico raspando la piel herida de César y algún gemido de dolor ahogado del joven, que no quería quejarse en público, ante su tío y rodeado como estaba de veteranos de guerra.

XV

Memoria in memoria

Teutobod

Desembocadura del Ródano
Primavera del 102 a. C.

Los bárbaros se establecieron por toda la llanura. Por delante, más próximos al campamento romano, estaban todos los hombres armados. Por detrás, miles de mujeres y niños y carros con víveres y todo tipo de pertrechos que portaban en su largo viaje hacia el sur. Un trayecto en el que pensaban llevarse por delante a cualquiera que se interpusiese en su camino.

Podrían seguir ruta hacia Italia. Nada los obligaba a acercarse tanto a aquel campamento romano. De hecho, muchos oficiales del monarca Teutobod, rey de los teutones, no entendían por qué su líder había querido detenerse justo allí, frente a la fortificación romana.

—Están junto al mar —decían algunos en el consejo real, en la tienda central de su inmenso campamento—. No han salido a importunarnos. Podemos seguir avanzando y dejarlos atrás.

Muchos asentían, pero miraban al rey con respeto, esperando algún tipo de comentario por su parte. Teutobod se había ganado la admiración de todos por las derrotas infligidas a los romanos y porque los había conducido ya durante varios años por toda la Galia sin que nada ni nadie pudiera pararlos. Por eso sus acciones y decisiones, incluso si no las entendían, les infundían respeto.

—No podemos avanzar dejando un enemigo bien equipado y armado a nuestra espalda —dijo el rey sin levantarse de su amplia butaca en el centro de la tienda. Todos callaron—. ¿Y si, por ejemplo, nos encontráramos al avanzar hacia Roma con otro ejército por delante? ¿No estaríamos entonces atrapados entre dos enemigos? No. Es mejor destrozar primero al oponente que tenemos aquí y luego seguir hacia delante. Además, una nueva derrota, que sería la cuarta de Roma en pocos años, sembraría el pánico, y dudo que sean capaces de reunir más soldados con la valentía suficiente como para enfrentársenos de nuevo. Si acabamos con este ejército romano aquí y ahora, nuestro camino hasta Roma será un desfile militar.

Un oficial asintió. Y otro. Y, al poco, todos daban la razón a su rey.

—Pero... —se atrevió a decir uno de los nobles convocados al consejo del rey, aunque no osó terminar su frase.

—Habla, el rey te escucha —dijo Teutobod.

El interpelado se inclinó en señal de sumisión y, sólo después de dejar clara su obediencia, terminó lo que quería decir:

—Pero ¿cómo haremos, mi rey, para que se enfrenten a nosotros? Llevamos aquí ya dos días y no han hecho maniobra alguna que indique que deseen salir de su campamento para combatir.

Teutobod asintió con la cabeza.

—Los provocaremos —respondió tajante.

Otros cónsules de Roma ya habían mordido el anzuelo de un desafío. ¿Por qué el nuevo líder romano iba a ser diferente?

Campamento general romano junto a la Fossa Mariana
En lo alto del vallum

Los legionarios comprobaron con sus propios ojos que los teutones y el resto de los bárbaros que los acompañaban no eran gigantes, tal y como había deseado Cayo Mario. Hasta ahí todo bien. Pero entonces las tropas romanas pasaron del miedo a enfrentárseles a un ansia desmedida por entablar batalla con el enemigo. Hasta cierto punto, sus ganas de combatir tenían fundamento para ellos: si no, ¿para qué se habían estado adiestrando militarmente sin descanso los últimos años? Y, ¿acaso su campamento no constituía el único ejército interpuesto entre aquellos teutones y la ciudad de Roma? ¿No era su misión detener el avance de aquellos bárbaros? No eran gigantes. Eso les había quedado claro. Entonces, ¿por qué no iniciar la batalla ya, antes de que decidieran alejarse en dirección a Roma?

Cayo Mario observaba, siempre desde lo alto del vallum, las embestidas de diversos contingentes de teutones que se lanzaban contra el campamento romano.

—No parecen ir en serio —se atrevió a conjeturar Sertorio, que estaba junto al cónsul y el grupo de tribunos que lo acompañaban en su inspección de los movimientos enemigos.

—No, no van en serio —confirmó Mario—. Saben que tenemos demasiadas fortificaciones como para poder alcanzar siquiera el vallum. Están los lilia y los sudes. Con esos fosos y trampas, con esas estacas clavadas en la tierra esperándolos y los diferentes terraplenes defensivos que hemos levantado, no llegarán hasta la empalizada suficientes bárbaros como para poder asaltar el campamento. Y lo saben. No pueden buscar las trampas o abrir pasos entre los terraplenes, porque nuestros arqueros los acribillarían mientras intentaran hacer esos trabajos. Su rey busca otra cosa...

Y así era: en su aproximación hacia el vallum, los teutones y los ambrones tenían que sortear trampas excavadas en la tierra repletas de estacas donde terminaban empalados muchos de ellos, o evitar en su avance la multitud de sudes diseminados por el suelo, que se clavaban ya fuera en guerreros o animales enemigos impidiendo su progresión y causando multitud de heridos. Era como intentar llegar a la empalizada sorteando gigantescos agujeros ocultos y un mar de abrojos mortales.

Adicionalmente, si algunos bárbaros conseguían acercarse demasiado al vallum, los recibían las andanadas de flechas o pila, según las instrucciones del cónsul, arrojados con furia desde la fortificación romana. Las legiones repelían con saña cada intento teutón de alcanzar la empalizada principal del campamento.

—Entonces... —inició Sertorio dubitativamente.

—¿Entonces? —repitió Cayo Mario, invitando a su hombre de confianza a expresar sus pensamientos en voz alta.

—Entonces... el rey teutón está sacrificando a sus hombres... ¿para nada?

Mario guardó silencio un rato mientras observaba las arremetidas infructuosas de los teutones contra los fosos, trampas y fortificaciones romanas.

—Para nada no —respondió al fin el cónsul—. Busca una reacción por nuestra parte.

De hecho, los numerosos ataques teutones repelidos envalentonaron aún más el ánimo de las tropas de Roma. Los envigorizó enormemente. Demasiado, para el gusto de Mario. Sus oficiales empezaron a sugerir aprovechar el buen ánimo de los legionarios para iniciar una salida y lanzarse contra el enemigo.

—No —fue la lacónica respuesta de Mario cada vez que algún tribuno hacía una sugerencia en ese sentido.

Pasó un día entero.

Cayo Mario contuvo las ansias de sus oficiales y de los legionarios.

Al día siguiente, los teutones, cansados de perder hombres y ver que eso no provocaba la salida de los romanos, comenzaron a exhibir a algunos de sus guerreros: aquellos de apariencia más feroz retaban a los defensores del campamento a que enviaran a hombres similares para batirse en duelos singulares.

La provocación surtió efecto en la tropa romana y entre su oficialidad: varios centuriones se presentaron en el vallum, frente al cónsul, y se ofrecieron para salir a luchar cuerpo a cuerpo contra aquellos fornidos guerreros teutones, pero Cayo Mario volvió a mostrarse categórico en su negativa a responder a las provocaciones del enemigo:

—No, no desperdiciaré ni uno solo de mis oficiales en estos desafíos que no resolverán nada.

El silencio se hizo espeso en el cónclave de tribunos militares que rodeaba al cónsul. En la lucha contra el enemigo, no todo era resolver la guerra, sino que estaba también la cuestión del honor de las tropas. ¿O estaban equivocados y Cayo Mario sabía más?

Fuera como fuera, éste no permitió que nadie saliera del campamento para enfrentarse a los desafiantes oficiales teutones.

Fue entonces cuando los bárbaros empezaron a mofarse de los romanos. Se esforzaron incluso en conseguir que alguno de sus esclavos que sabía latín les dijera cómo se decía «cobardes», «miedosos», «pusilánimes» o simplemente «mujeres», para poder gritarlo a pleno pulmón frente a las estupefactas tropas romanas, que desde la empalizada no podían hacer otra cosa que obedecer la orden del cónsul y tragarse todas aquellas burlas.

Los teutones enseñaron el culo a los romanos.

Y los bárbaros se rieron.

Cayo Mario, impasible, asistía a aquella humillación muy serio, pero sin dar su brazo a torcer.

—Quizá una pequeña salida de unas pocas cohortes, sólo para mostrar que no aceptamos estas humillaciones —sugirió Sertorio—, sería suficiente para apaciguar los ánimos de nuestras tropas.

—No. O salimos todos o ninguno —opuso el cónsul—. Si no salimos todos, el contingente que lo haga se verá en una sustancial inferioridad numérica y será aniquilado. En cualquier caso, no combatiré con el río a mi espalda. Eso es una trampa mortal. Eso es lo que pasó en Arausio, y allí los bárbaros masacraron varias legiones.

Silencio.

Más gritos de los teutones y más burlas y risas desde las líneas enemigas.

Romani, quid uestris mulieribus mittere uultis? Quoniam illae nostrae mox erunt![6] —repitieron varios guerreros teutones a pleno pulmón y tan cerca como pudieron del vallum.

Aquellas palabras dolieron muy en especial a los legionarios, pero Mario permaneció inflexible en su determinación de no exponer ni una sola cohorte a una salida del campamento que él juzgaba inútil y suicida en aquel instante. O, lo que es lo mismo, una pérdida absurda de hombres que, seguramente, necesitaría más adelante.

Cayó la noche.

El cónclave de oficiales se disolvió.

Mario se encaminó hacia su tienda.

—Con todo el respeto, vir eminentissimus —empezó Sertorio.

—Dime, tribuno.

—Si... si ésta no es una buena posición de ataque, ¿por qué hemos establecido aquí el campamento?

La pregunta era pertinente.

—Porque ésta era y es una buena posición para estar bien abastecidos por mar desde Roma, sin que los teutones puedan interrumpir nuestros suministros en modo alguno —se explicó el cónsul—. Pero, en efecto, no es nuestra posición de combate. En Noreya y Burdigala nuestras tropas fueron emboscadas, y en Arausio las forzaron a combatir con el río a la espalda. No repetiré los errores de otros cónsules. Combatiremos donde y cuando yo crea que debemos combatir. Tengo el mando único y no admito disensos en esto. El enfrentamiento entre los dos cónsules de los dos ejércitos consulares en Arausio tampoco ayudó, por eso pedí el mando único de este ejército al Senado, y por eso lucharemos sólo donde y cuando yo crea que debemos hacerlo.

—Sí, clarissime vir.

Ἐπορεύοντο δ’ἐγγύς, πυνθανόμενοι τῶν Ῥωμαίων μετὰ γέλωτος, εἴ τι πρὸς τὰς γυναῖκας ἐπιστέλλοιεν· αὐτοὶ γὰρ ἔσεσθαι ταχέως παρ’αὐταῖς.

Iban [los teutones] siempre muy cerca, preguntando por mofa a los Romanos si mandaban algo para sus mujeres, porque pronto estarían a la vista de ellas.

PLUTARCO,

Vidas paralelas, Mario, XVIII, 2

XVI

Memoria in memoria

El desafío del rey

Campamento general romano junto a la Fossa Mariana
102 a. C.

Era el tercer día de provocaciones frente al campamento romano.

Despertaron al cónsul al alba.

Los teutones habían preparado la provocación final.

—¿De qué se trata esta vez? —preguntó Cayo Mario mientras un par de calones militares le ajustaban las correas de su coraza.

Pero ni Sertorio ni el resto de los tribunos se atrevieron a dar explicaciones precisas.

—Insisten... en lo de los combates singulares, clarissime vir —dijo al fin Sertorio ante la inquisitiva mirada de su superior, aunque la indefinición en la respuesta le hizo ver a Mario que lo de aquella mañana era algo diferente.

No preguntó. Le pareció muy evidente el deseo de su tribuno de máxima confianza de que fuera él mismo, el propio Mario, quien valorase la situación desde lo alto de la empalizada.

Cuando llegaron al pie del vallum, Mario vio a centenares de legionarios encaramados a lo alto de la fortificación mirando hacia la llanura. Por un momento, el cónsul se permitió una broma en secreto: ¿habrían dejado los teutones un gran caballo de madera y se habrían ido? Bastaría, entonces, con quemar el caballo con todos los teutones dentro. Pero en cuanto llegó a lo alto de la empalizada, el cónsul se olvidó de aquellas referencias a la Ilíada: adelantado al resto del ejército bárbaro había un único guerrero engalanado con una coraza plateada y resplandeciente bajo el sol del alba; empuñaba una larga espada y exhibía un escudo ovalado verde con remaches dorados de oro que brillaban tanto o más que la coraza. Sólo alguien de muy alto rango entre aquellos bárbaros podía hacer alarde de armas de ataque y defensa tan sobresalientes.

—¿Quién es? —preguntó el cónsul sin dejar de mirar hacia aquel hombre de aspecto tan feroz como imponente.

—Dice ser... su rey —precisó Sertorio.

Cayo Mario asintió. Intuía de qué iba todo aquello, y no le gustaba. Pensó en ordenar que todos los hombres, excepto los centinelas, descendieran de la empalizada. Hacía unos días había invitado a sus legionarios a encaramarse a lo alto del vallum para que vieran que luchaban sólo contra hombres, pero ahora daría cualquier cosa por que no viesen ya nada más. El que decía ser rey teutón empezó a hablar, a vociferar su desafío. Y entonces el cónsul deseó que sus hombres tampoco oyesen. Pero ya era tarde para eso. Era evidente que Sertorio y los otros oficiales habían ido a buscarlo al praetorium porque el rey teutón había proclamado ya su reto varias veces. Y en un latín que, aunque con fuerte acento germano, resultaba muy comprensible para los legionarios:

Ego, Teutobod, Teutonorum rex, deposco romanum consulem Caium Marium ad singularem pugnam. Si uirtutem habet et socors non est![7]

Dicho estaba.

Todos los legionarios de lo alto de la empalizada lo habían oído alto y claro, y ya lo estaban comentando con sus compañeros arracimados al pie del vallum. Pronto, todo el ejército romano supo del desafío del rey teutón a su cónsul, a su líder militar. ¿Iba a permanecer el clarissime vir, el jefe de las legiones romanas desplazadas al norte, impasible ante semejante reto?

Cayo Mario, inmóvil, en silencio, en lo alto del vallum, continuaba callado, como una estatua de mármol.

El rey teutón repitió su desafío una vez más. No quería que el cónsul romano tuviera la excusa cobarde de no haber oído bien o de no haber entendido. En cuanto pronunció de nuevo su reto, Teutobod miró al esclavo romano que había traducido lo que el monarca estaba diciendo. El esclavo asintió, aseverando que el rey germano había hablado de forma comprensible con su latín memorizado durante la noche.

Teutobod paseó entonces la mirada por las huestes de Roma que lo observaban protegidos tras aquella empalizada defensiva. Se percató de que las cabezas de los legionarios se giraban hacia un punto concreto del vallum, donde una figura corpulenta, sin casco pero con coraza reluciente, con el pelo gris y rodeado de varios oficiales, permanecía quieto, atento a él, a Teutobod. El rey germano tuvo claro que aquél era el cónsul enemigo.

Cayo Mario, por su parte, pensaba.

Y le hervía la sangre. ¿Por qué no admitirlo? Le ardía el ansia por salir y luchar, la misma que consumía a todos sus hombres desde hacía días. Noreya, Burdigala, Arausio. Tres derrotas brutales. Decenas de miles de legionarios muertos. El poder de Roma sacudido, humillado, casi aniquilado. Todo su ser clamaba venganza.

Identificada la posición de Cayo Mario, el rey teutón dio varios pasos en diagonal para situarse justo enfrente del cónsul, más cerca de la empalizada, pero aún a una distancia prudencial donde tenía bien calculado que no le alcanzaría un dardo enemigo.

Desde allí pronunció su desafío por última vez. En esta ocasión mirando directamente a la figura inmóvil del jefe romano.

Ego, Teutobod, Teutonorum rex, deposco romanum consulem Caium Marium ad singularem pugnam! Si uirtutem habet et socors non est!

Cayo Mario podía sentir los ojos de sus oficiales, de sus legionarios, de los esclavos de los soldados, de todos, clavados en él. Sabía que tenía que hacer algo y sabía lo que sus entrañas le pedían. Pero era muy consciente también de lo que su mente militar de guerrero invencible le ordenaba. La disciplina, bien entendida, empieza por uno mismo. Si esto hubiera ocurrido quince años antes, aún se habría puesto el casco, ajustado bien la coraza y desenvainado la espada. Mas el tiempo no pasaba en balde. Tenía cincuenta y cinco años, experiencia infinita, pero ni sus reflejos eran los de antes ni su fuerza la misma. Escudriñaba con intensidad al rey teutón: ¿qué edad tenía aquel monarca del norte: treinta a lo sumo? Se le veía joven, fuerte, viril, de movimientos rápidos y ágiles, brazos musculados y torso poderoso, en el cénit de su vida en cuanto a potencia física. Cayo Mario tragó saliva: el combate, si lo disputaba, estaba perdido para él. No había que ser un genio para darse cuenta de ello. Pero tenía que hacer algo. No podía dejar el desafío sin respuesta.

—Sertorio... —dijo al fin.

—Sí, clarissime vir —replicó el interpelado con rapidez. Cualquier cosa menos el silencio de su líder era bien recibida.

—Llama a Enobarbo —ordenó Mario.

Sertorio no terminaba de entender.

—¿A Enobarbo? —inquirió confuso—. ¿El adiestrador militar?

Cayo Mario no estaba acostumbrado a dar explicaciones, sino órdenes. Se giró lentamente y dedicó una mirada de clara molestia ante la pregunta. No hizo falta que dijera nada más.

Sertorio se inclinó y partió raudo a por el adiestrador más feroz y capaz de las legiones romanas del norte: Enobarbo era centurión, primus pilus, tenía treinta y cuatro años, y varias condecoraciones al valor por diversas hazañas en combate. Era, de largo, el mejor en la lucha cuerpo a cuerpo y por eso era el centurión al mando de todos los adiestradores militares del ejército consular de la Fossa Mariana.

Al poco tiempo, por un pasillo que formaban los legionarios, se vio avanzar a Enobarbo hasta llegar a la empalizada, siempre tras los pasos del tribuno Sertorio, y, por fin, ascender a la misma hasta presentarse ante el cónsul.

—Coraza, casco, espada y escudo. Ármate, Enobarbo —le ordenó el cónsul—. Tú responderás por mí al desafío del rey teutón.

Se hizo un silencio sepulcral en el cónclave de oficiales. Un silencio en el que se podía mascar la decepción y el desacuerdo con aquella orden, pero un silencio que ninguno se atrevió a quebrar.

El adiestrador asintió, dio media vuelta y fue en busca de su coraza, casco y armas. Al poco, la puerta principal de la empalizada se abría y Enobarbo, espada en ristre y escudo en alto, emergió por ella dispuesto a combatir hasta dar muerte al rey enemigo.

Teutobod vio avanzar a aquel oficial romano armado, fuerte como él, maduro pero no viejo, como él, y dispuesto al combate personal, como él, pero que no era el cónsul, que no era el jefe del ejército enemigo.

Enobarbo se plantó en una marcha rápida, casi al trote, frente a su oponente y, a pocos pasos del monarca germano, se detuvo.

Teutobod miró al adiestrador romano primero y, a continuación, volvió los ojos hacia lo alto de la empalizada desde donde el cónsul lo observaba todo.

El rey teutón negó varias veces con la cabeza, escupió en el suelo, arrojó con rabia su propia espada y escudo, que emitieron un sonoro clang al chocar contra la tierra de la Galia, y gritó un insulto en latín que no necesitó aprender del esclavo intérprete, pues era el término con el que los teutones solían hacer referencia a un soldado romano:

Socors! Socors! Socors![8] —exclamó tres veces mirando al vallum.

Dio media vuelta y empezó a caminar de regreso a las filas de sus guerreros alzando los brazos en señal de victoria, sin dejar de repetir aquel insulto una y otra vez:

Socors! Socors! Socors!

El esclavo que lo había acompañado y un par de guerreros teutones que estaban cerca recogieron las armas del rey y se alejaron del lugar a toda prisa.

Enobarbo se quedó solo. Dudaba en qué hacer. Miró hacia la empalizada, hacia el cónsul, que permanecía inmóvil. El adiestrador comprendió que nada había ya que lo mantuviese fuera de la empalizada, así que dio media vuelta y retornó sobre sus pasos hacia la puerta del campamento romano.

Aquella mañana no hubo combate singular entre el rey teutón y el cónsul de Roma.

Es de noche, a la luz de las hogueras en las que los legionarios cocinaban la cena, se oía, en un murmullo casi imperceptible pero constante, una única palabra: socors, socors, socors...

La tristeza y la decepción más grande parecía haberse apoderado de todos.

En su tienda, Cayo Mario bebía a solas una copa de vino con el sabor agrio de la cobardía en el paladar. ¿O con el sabor agridulce de la sabiduría?

Sertorio entró para preguntar cuál sería la contraseña para los centinelas y patrullas nocturnas de vigilancia frente a posibles ataques por sorpresa del enemigo.

—Victoria —dijo Cayo Mario.

Sertorio no pudo evitar una medio sonrisa de gesto torcido que intentó ocultar volviéndose hacia un lado, pero que el cónsul percibió con nitidez.

—Tú también piensas que soy un cobarde, ¿verdad?

Sertorio se quedó callado.

—Tu silencio es muy revelador y suficiente respuesta, tribuno —apostilló Mario—. Déjame solo, pues solo es como me siento.

El tribuno abandonó la tienda y se quedó inmóvil nada más salir. Sentía que, de algún modo, había traicionado a su superior en el mando. Negó con la cabeza y, por fin, echó a andar para comunicar la contraseña nocturna a los oficiales de guardia.

En el interior de la tienda, Cayo Mario se sirvió una segunda copa de vino que le supo aún peor que la primera: incluso su más fiel oficial pensaba que era un cobarde. Qué pronto se olvidan las victorias del pasado reciente, qué poca memoria la de los legionarios o la de los centuriones y tribunos. Sí, todos pensaban que era un cobarde: sus hombres, pero también los teutones y, en particular ahora, el rey enemigo. A partir de ese día, Teutobod iba a menospreciarlo, de eso estaba bien seguro.

Esto es: Teutobod infravaloraría su capacidad de ataque.

Pero todo a su debido tiempo.

Cayo Mario sonrió mientras se servía una tercera copa.

Un día no muy lejano sorprendería al monarca. Pero aún no. Primero atacarían los teutones.

El veterano cónsul de Roma se tomó de un trago aquella tercera copa de vino. Ésta le supo mejor.

XVII

Memoria in memoria

El ataque del ejército teutón

Desembocadura del Ródano, sur de la Galia
102 a. C.

Llanura frente al campamento romano

Tal y como imaginaba el cónsul de Roma, Teutobod no tardó en desatar su furia: al día siguiente los teutones arremetieron contra las defensas del campamento romano con todas sus fuerzas. No fue un ataque particularmente planificado. La enorme confianza adquirida en las últimas semanas de insultos y humillaciones a un enemigo pusilánime le hizo pensar al rey del norte que, a fin de cuentas, ante él sólo se alzaba otro ejército como los que ya había derrotado en Noreya, Burdigala y Arausio y, adicionalmente, algo que lo favorecía aún más: saltaba a la vista que lo comandaba un cobarde.

Campamento romano

En el interior de las fortificaciones, Cayo Mario acudió de nuevo al vallum para supervisar la defensa.

—No es una escaramuza —le comentó Sertorio en voz baja al oído—. Viene con todo. No se trata de otra provocación. Le da igual que salgamos o no: quiere entrar y destrozarnos, clarissime vir.

—Sí, eso quiere y, en efecto, viene con todo y a por todo —ratificó Mario, siempre sereno, siempre impasible, pese a que decenas de miles de teutones y miles de sus aliados avanzaban hacia la empalizada.

Sin embargo, los romanos se habían pasado meses reforzando todas las defensas de la fortificación por orden específica del cónsul: habían excavado aún más zanjas y fosos hasta la extenuación, cubierto muchos de ellos con matojos secos tras clavar más estacas afiladas en su base. Habían afianzado la empalizada y reforzado con torres de vigilancia, que ahora tenían atestadas de arqueros auxiliares, cualquier punto que pudiera ser más débil ante un ataque. Al tiempo que, por todo el vallum, los legionarios tenían en sus manos miles de pila preparados para ser arrojados a una orden del cónsul. Todos seguían enrabietados y decepcionados con su jefe supremo, pero ahora los bárbaros venían con todo y lo que procedía era estar atentos a las órdenes. Ahora el cónsul no podría limitarse a quedarse quieto. Tendría que ordenarles que arrojaran dardos y lanzas y cuanto tuvieran a mano al enemigo. Y, por todos los dioses que cada uno de los legionarios ardía en ansias de matar y matar a esos bárbaros malditos que tanto se habían mofado de ellos, aunque tuviera que ser, de momento, así desde la distancia. Por otro lado, los soldados romanos no perdían la esperanza de que, en medio de aquel brutal ataque, el cónsul ordenara por fin una salida de las tropas para luchar cuerpo a cuerpo contra el enemigo.

Ejército teutón

Los teutones avanzaban desordenadamente pero con gran empuje hacia la empalizada del campamento romano.

Empezaron las bajas entre los bárbaros. Muchos caían en las zanjas y en los fosos ocultos por matojos. Los aullidos de los primeros enemigos que caían muertos llegaban hasta los oídos de los legionarios armados hasta los dientes en lo alto de la empalizada.

Teutobod se acercaba hacia el vallum romano, nunca en primera línea, pero sí entre los destacamentos más avanzados de su inmenso ejército de invasión. Pronto se dio cuenta de las numerosas bajas que estaban causando las trampas preparadas por los romanos. Ya tenía previsto que iba a perder hombres. Sabía de todos aquellos fosos y agujeros mortales por los ataques de provocación de los días anteriores y estaba dispuesto a asumir un número importante de muertos, siempre y cuando el ataque progresara. Además, su rabia, su amor propio herido por el desplante del cónsul romano ante su desafío el día anterior, y sus ansias de acabar con aquel campamento lo antes posible, para poder iniciar la marcha hacia Roma sin enemigos a su espalda, le impidieron replantearse el avance. A fin de cuentas, tenía muchos hombres, miles y miles de guerreros, muchos más que los romanos: podía permitirse unas cuantas bajas. Incluso muchas. Pero eso sí: él se detuvo a una distancia prudencial del vallum. No pensaba arriesgarse personalmente. Una cosa era luchar en combate singular cuerpo a cuerpo con el líder enemigo y otra encontrar una muerte estúpida por una flecha lanzada desde las fortificaciones.

Los teutones caían a decenas primero, luego a centenares, pero evitando las zanjas y las fosas donde otros compañeros ya habían quedado atrapados, dejando las trampas al descubierto, consiguieron alcanzar la empalizada.

Campamento romano

Mario lo observaba todo en silencio.

—¡Largad! ¡A discreción! ¡Por todos los dioses! —exclamó en ese momento desde lo alto de la empalizada.

Sertorio y el resto de los oficiales recibieron como un bálsamo la orden del cónsul; por un segundo habían llegado a pensar que su líder militar ni siquiera iba a abrir la boca en todo el combate.

Los auxiliares de Roma empezaron a disparar flechas desde las torres de la empalizada y los legionarios arrojaban centenares de pila contra las primeras líneas de teutones que se aproximaban a la base.

Las muertes entre los bárbaros comenzaron a ser incontables.

Sertorio miró al cónsul sin decir nada, pero la admiración había reemplazado a la decepción habitual en los últimos días: la contención del cónsul había logrado sacar de sus casillas al rey teutón hasta tal punto que Teutobod había dado inicio a un ataque en franca desventaja para los suyos.

Ejército teutón

Pese a todos los guerreros que caían, Teutobod se resistía a detener su ataque brutal. Ya había derribado las defensas de otros campamentos romanos. En el cuerpo a cuerpo, sus hombres siempre se habían mostrado superiores a los de Roma. Era cuestión de llegar a esa lucha en lo alto de la empalizada y, a partir de ahí, la victoria sería suya.

Campamento romano

Los primeros teutones empezaron a escalar el vallum con escalas de cuerda que arrojaban desde la base. Los legionarios se afanaban en cortar las cuerdas de aquellas escalas portátiles, pero los teutones se arracimaban en la base de la empalizada y eran tantos y tantas las escalas, que comenzaban a trepar muchos de ellos pese a la lluvia de flechas y jabalinas romanas.

—Los honderos —dijo Cayo Mario con voz serena, y eso que justo donde él se encontraba estaban trepando algunos teutones y sus oficiales ya desenvainaban sus gladios para detenerlos en cuanto éstos llegaran a lo alto.

En la base del vallum, por el lado romano, centenares de honderos hicieron girar sus hondas y el silbido inconfundible de sus glans plumbea al salir disparadas y sobrevolar las cabezas de los legionarios inundó el aire. Los proyectiles de plomo se unieron a los dardos y los pila sustituyendo los de aquellos legionarios que ya se veían forzados a combatir cuerpo a cuerpo. Con ello el cónsul consiguió que la lluvia mortífera de hierro y plomo sobre el enemigo no decayera en ningún momento.

Ejército teutón

Teutobod lo contemplaba todo desde su posición de privilegio, a cierta distancia de los proyectiles enemigos. Caían muchos de sus hombres, pero muchos también estaban ya combatiendo en lo alto de la empalizada.

Campamento romano

—Quizá el cónsul debería retirarse a un lugar más seguro —dijo Sertorio.

Mario se giró lentamente y le lanzó una mirada despectiva ante aquella sugerencia.

El tribuno se inclinó, se llevó el puño al pecho, desenvainó la espada y se puso junto al cónsul. Los primeros teutones alcanzaban lo alto de la empalizada en aquel punto.

El cuerpo a cuerpo por el control del vallum fue descarnado, implacable, sin piedad por ningún bando. Aquí los teutones habían vencido siempre en los últimos años, pero Mario había preparado a sus hombres durante los últimos tiempos: los había entrenado como bestias y como luchadores, los había forzado a combatir entre sí en jornadas sin descanso con los mejores adiestradores militares. No eran los de Mario legionarios al uso romano habitual. Eso era otra de las cosas que Mario había cambiado. Los teutones se vieron sorprendidos por una resistencia desconocida en la lucha cuerpo a cuerpo. La mayoría de los bárbaros fueron repelidos con saña. Los arqueros auxiliares seguían arrojando flechas sin descanso desde las torres y los honderos no cesaban de arrojar más y más proyectiles.

El número de bajas entre los teutones no dejaba de crecer.

Incontables legionarios caían heridos o incluso muertos en lo alto de la empalizada, pero en una cifra incomparablemente inferior a la de las bajas enemigas.

Los pocos teutones que conseguían sobrepasar la empalizada se veían al segundo rodeados por centurias romanas y masacrados de manera indiscriminada. Habían recibido orden de no hacer prisionero alguno. Mario no estaba pensando en aquel momento ni en un botín de guerra ni en acumular futuros posibles esclavos. Sólo pensaba en eliminar el peligro teutón que amenazaba Roma. Muchos que se autoproclaman líderes confunden lo superfluo con lo esencial, no se ocupan de lo que es en verdad importante y conducen a todos al fracaso absoluto. En aquel instante, hacer esclavos era secundario. Centrarse en derrotar de una vez por todas a los teutones era lo único clave.

Ejército teutón

El rey germano bajó la mirada y escupió al suelo. Miró hacia atrás: disponía de más de dos tercios de su ejército intacto y, si ordenaba una retirada ahora, todavía podría salvar una parte importante del tercio que estaba combatiendo en la empalizada. Había perdido muchos guerreros, pero no era una pérdida que le impidiera seguir con sus planes de invadir Italia. Aún no. Continuar en aquel ataque que tanto desgaste les estaba produciendo a las tropas para conseguir tan poco o nada empezaba a parecerle absurdo.

Su inteligencia se sobrepuso a su rabia.

—Ordenad la retirada —dijo a sus oficiales.

Dio media vuelta y echó a andar hacia su propio campamento.

Campamento romano

Sertorio atravesó con su spatha a un teutón que se acercaba al cónsul. Cayo Mario tenía la respiración agitada, pero mantenía la compostura. Ya había echado la mano a la empuñadura de su propio gladio y estaba dispuesto a desenfundar cuando, en ese preciso instante, los cuernos celtas anunciaron a todos los teutones que el rey había ordenado la retirada. Sertorio se ensañó con un teutón que se distrajo al oír los cuernos de su rey y le dio muerte con varias estocadas rápidas antes de empujarlo desde lo alto de la empalizada hacia el exterior. El resto de los oficiales hacía lo propio con algunos otros teutones que habían alcanzado la parte superior del vallum pero que se quedaban aislados, sin apoyo de sus compañeros, ya en retirada.

En un rato todo había pasado.

Mario podía ver desde su posición el mar de cadáveres que los teutones habían abandonado tras de sí en su frustrado intento por asaltar el campamento romano. Habían retirado los heridos, pero a los muertos los dejaron atrás sin más. El cónsul sentía las miradas de los oficiales fijas en él. Sabía lo que pensaban: que era el momento de ordenar una salida y atacar a los teutones aprovechando el enardecimiento de los hombres tras repeler con éxito aquella salvaje acometida del enemigo. Pero Cayo Mario se limitó a dar instrucciones para que se establecieran los turnos de vigilancia preceptivos en todas las torres y se repartiera abundante agua y una ración doble de comida en la cena. Nada de vino aquella noche para nadie. No los quería ebrios en caso de que hubiera una segunda ofensiva de los teutones.

Se retiró a su tienda.

No hubo un nuevo ataque.

Sertorio, en lo alto de una de las torres de vigilancia, miró unos segundos hacia el ejército teutón en retirada, antes de fijar los ojos en la tienda del cónsul. Pese a la decepción de muchos legionarios por no haber salido al contraataque, el tribuno tenía la sensación de estar aprendiendo mucho, no ya sobre cómo ganar una batalla, sino sobre cómo ganar una guerra.

XVIII

Memoria in memoria

A por Roma

Desembocadura del Ródano, sur de la Galia
102 a. C.

Campamento teutón

En la tienda del monarca había tenido lugar un debate entre sus consejeros: unos abogaban por un nuevo avance contra las defensas romanas al alba. Otros habían hablado de intentar incendiar la empalizada. Nadie pensaba en lo que pensaba el rey.

—Nos marchamos —dijo Teutobod, lacónico, mirando al suelo, el ceño fruncido. Alzó la mirada y leyó la duda en algunos oficiales—: Tener a nuestra espalda, en nuestro avance hacia Roma, a un potente ejército romano dirigido por un valeroso cónsul era algo que no podíamos permitirnos. Pero dejar tras nosotros a un líder cobarde con unas tropas asustadizas que no se atreven a salir de su escondrijo no es algo que deba preocuparnos. Luchando tras una empalizada nunca lograrán detenernos. Nos marchamos. Al alba.

Los oficiales asintieron.

Las palabras de su rey tenían sentido: si todo lo que sabía hacer ese cónsul romano era defender un campamento, eso no era preocupante. Eso, de hecho, no era nada que impidiese su marcha sobre Roma.

Campamento romano

Una vez más, con el nuevo amanecer, Mario fue requerido por los tribunos para que observara los movimientos de los teutones desde el vallum.

—Se van —comentó Sertorio—. Del todo. Se llevan sus bagajes y todos los carros.

Así era. Los bárbaros abandonaban las proximidades de la Fossa Mariana y se alejaban definitivamente de la desembocadura del río Ródano en dirección este, hacia Italia, en paralelo a la costa del Mare Internum, rumbo a Roma. En una casi infinita hilera de tropas y acémilas, los bárbaros avanzaban a buen paso, con la mayoría de los guerreros por delante, los carros de víveres y suministros militares a continuación y, por último, cerrando aquella serpiente teutona interminable, los carros con las mujeres y los niños, escoltados por algunas unidades más de guerreros.

Era algo previsible: o volvían a atacar o se marchaban. No eran muy de asedios los teutones. O más bien, el único asedio que querían acometer no era otro que el de Roma misma. Ahí sí estaban dispuestos a estar las semanas o meses que hiciera falta.

Mario permanecía en su silencio habitual. Una vez más, los tribunos desearían que ordenara ahora una salida, aprovechando que el enemigo había puesto en movimiento no sólo a los guerreros, sino también a sus mujeres y niños, y eso los hacía más vulnerables.

Pero el cónsul no dijo nada.

Algunos guerreros teutones, los que pasaban más cerca del vallum romano, hacían desplantes, gestos obscenos y lanzaban gritos e insultos en su lengua, que los romanos no entendían pero que podían imaginar. Por orden del rey Teutobod, algunos guerreros se aproximaban a las torres de los centinelas romanos y allí repetían todos los mensajes que habían aprendido a decir en latín sobre cómo iban a ultrajar a las mujeres de los legionarios romanos en cuanto se hicieran con Roma. Lo gritaban y se reían y luego se alejaban.

Y los legionarios escupían al suelo, tragaban saliva y rabia y miraban a su cónsul que, como siempre, impasible, no hacía nada.

Por eso, por lo acostumbrados que estaban todos —legionarios y oficiales romanos— a que el cónsul no reaccionara, sorprendieron tanto las instrucciones que dio Cayo Mario:

—Que los legionarios recojan lo estrictamente necesario para una marcha larga de varios días —ordenó mientras descendía del vallum por las escaleras de madera—: armamento, escudo, utensilios de uso diario y herramientas para cavar. Partimos en... —Miró al sol: aún era temprano, no quería que los teutones lo vieran salir del campamento, aún no, pero tenía que aprovechar el resto del día para que la columna enemiga no les sacara demasiada ventaja—. Salimos en dos horas —zanjó.

Los tribunos no daban crédito.

Por fin, el cónsul reaccionaba y, después de meses y meses apostados en la desembocadura del Ródano, iban a ponerse en movimiento.

—Tú, a mi tienda —añadió mirando a Sertorio.

El interpelado siguió al cónsul al praetorium.

Nada más entrar, Mario desdobló un mapa de la zona sur de la Galia que tenía sobre la mesa y señaló un punto: la ciudad Estado de Masalia,[9] a unas sesenta millas hacia el este.

—Pasarán por aquí, pero quiero adelantarlos antes —empezó a explicar el cónsul—. Éste es el punto donde quiero interponerme en su camino: Aquae Sextiae. Puede que ataquen o no esa colonia, pero es aquí donde quiero que lleguemos antes que ellos y es en una de sus colinas donde estableceremos el campamento. Estaremos lejos del río, lejos del agua; esto nos traerá problemas de suministros. Para un asedio, para resistir semanas como hemos hecho aquí, sería mal sitio: pero ahí no pienso esperar. Ahí lanzaré a las legiones contra ellos. Los teutones, los ambrones y sus aliados irán hasta allí por la ruta central y son tantos que lo ocuparán todo —continuaba hablando y señalando en el mapa ante un estupefacto Sertorio, que no daba crédito a todo lo que el cónsul tenía ya planeado, seguramente desde hacía meses—. Tendremos que desviarnos y adelantar a la columna enemiga o por el interior o por la costa, pero campo a través. Será más duro. ¿Los legionarios podrán hacerlo?

—Podrán —confirmó Sertorio—. Se han mantenido muy activos excavando las zanjas y fosos de las defensas todos estos meses. Están fuertes y deseosos de luchar. Si se les informa que nos desviamos de la ruta central, la más cómoda, para adelantar al enemigo e interponernos en su camino para luchar contra ellos, estoy seguro de que sus sandalias volarán sobre la tierra de la Galia.

—Pues que los legionarios sepan que ése es nuestro objetivo. Por Júpiter, sin duda, como dices, eso los motivará.

Con eso, Cayo Mario suspiró y se sentó.

Sertorio comprendió que el cónsul no deseaba más su presencia y partió raudo a transmitir las palabras de su líder al resto de los oficiales. El Mario de antaño, el que derrotaba ejércitos enteros en África, había vuelto.

Campamento teutón, al anochecer

Las patrullas teutonas informaban a su rey. No había margen para duda alguna: los romanos, contra todo pronóstico, habían salido de su campamento y los seguían.

—No me preocupan —dijo Teutobod a sus consejeros, y argumentó con bastante lógica—: Siempre que nos hemos encontrado con ellos en campo abierto los hemos derrotado. Si nos atacan, daremos la vuelta y nos encararemos con su ejército. Mantendremos patrullas para estar informados de sus movimientos. El único sitio donde los romanos han resistido nuestro empuje ha sido en aquel maldito campamento en el que se habían atrincherado en la desembocadura del gran río. Que hayan salido es buena noticia. Están desesperados porque nos encaminamos hacia Roma. Parece que recordarles lo que pensamos hacer con sus mujeres por fin ha surtido efecto.

Y se echó a reír con la cabeza hacia atrás.

Todos sus consejeros y oficiales lo acompañaron en aquella carcajada cargada de burla y desprecio y divertimento. Pues en eso se habían convertido para los teutones durante los últimos años los ejércitos consulares romanos: un divertimento.

Ejército consular romano, en ruta a Masalia

Los legionarios de Mario avanzaban magnis itineribus, a marchas forzadas, como si de auténticas mulas se tratara, llevando cada soldado su armamento y todos los utensilios de uso diario y hasta herramientas para levantar defensas. El duro adiestramiento al que los había sometido el cónsul durante los últimos años, intensificado durante los últimos meses, se estaba probando útil. Muy pronto alcanzaron la casi infinita columna teutona con sus guerreros, mujeres y niños, bagajes, carros y acémilas de todo tipo. La inmensa polvareda que levantaba el ejército teutón y todos cuantos los acompañaban, fueran familiares u otros guerreros aliados como los ambrones, facilitaba el avistamiento a varias millas de distancia.

Al segundo día el cónsul se dirigió a sus oficiales:

—Hacia el interior. Todos. Nos desviamos. Hay que adelantarlos hoy.

La marcha se hizo entonces extenuante. Al no seguir la ruta transitada por los teutones, la más fácil, el avance para los romanos llegó a convertirse en un auténtico suplicio, pero los legionarios tenían la promesa del cónsul de que con eso se interpondrían entre los teutones y Roma, y les había anticipado que en esta ocasión combatirían y no se atrincherarían sine die tras fortificaciones o empalizadas.

Motivados por el ansia de luchar y hacer sentir al enemigo que ellos eran cualquier cosa menos socors, los legionarios romanos adelantaron al ejército teutón.

XIX

La reunión del Senado

Una taberna junto al Tíber, Roma
90 a. C.

—Aquí es cuando se pone esto interesante, muchachos —dijo Cayo Mario con una amplia sonrisa de satisfacción en la boca: estaba llegando a su parte favorita del relato.

De hecho, se veía al veterano excónsul tan entusiasmado con la narración que nadie se atrevía a interrumpirlo, pero habían entrado en la taberna varios mensajeros procedentes del edificio de la Curia, en el foro.

Sertorio se decidió al fin, y se aproximó a la mesa donde su superior departía con su sobrino y su joven amigo.

clarissime vir —dijo el tribuno.

Cayo Mario siguió narrando los prolegómenos de la batalla de Aquae Sextiae sin prestar atención alguna a nada que no fueran los ojos de César y Labieno, cautivados por su relato bélico.

clarissime vir! —insistió Sertorio alzando la voz.

Mario interrumpió su larga narración y se giró con gesto de fastidio y cierta incredulidad: aquel tribuno era su más fiel oficial.

—Lo siento, clarissime vir —repitió Sertorio en un tono más contenido—, pero han llegado ya varios mensajeros desde el foro: el Senado va a reunirse y esperan a Cayo Mario. Es el propio Metelo quien firma uno de los mensajes, y los otros son de Sila y Dolabela.

—Y en su mensaje, ¿Metelo escribe bien las palabras o también las parte a trozos y las repite como cuando habla? —se mofó Mario del veterano senador conservador. Los optimates siempre se reían de su escaso conocimiento del griego, bien estaba que él se riera de la tartamudez de su enemigo político.

De forma instintiva, Sertorio se puso a releer los mensajes en busca del de Metelo, como si en efecto fuera a comprobarlo.

—¡Da igual cómo esté escrito! —gritó Mario de malas maneras y sin siquiera volverse a mirar al tribuno—. ¡Que esperen todos! ¡Que esperen todos y en especial el maldito Metelo y sus secuaces Sila y Dolabela! ¿No ves que aquí estoy haciendo algo importante? ¿No ves que intento enseñarle una lección a mi sobrino? ¿No ves que intento inculcarle algo de sentido común y, ya puestos, algo de estrategia militar, en su cabeza llena de pájaros y en su pecho henchido de ansias de una justicia que cree poder conseguir sin pensar antes las cosas dos veces?

Se hizo un silencio sepulcral en toda la taberna.

Sertorio calló, se puso firme y agachó la cabeza.

Mario inspiró largo y profundo al tiempo que se reclinaba hacia atrás en su silla. César y Labieno permanecían inmóviles.

—Sertorio, eres mi mejor hombre. —Mario posó las palmas de las manos sobre la mesa y espiró el aire de los pulmones lentamente, buscando tranquilizarse. Volvió a hablar, aún dando la espalda a Sertorio—. No he debido levantarte la voz de ese modo. El mensaje es importante y era tu obligación transmitírmelo. Hecho está. Pero he de acabar este relato. Luego dejaremos a mi sobrino en su casa y acudiremos al foro. El Senado puede esperar un poco al único de entre ellos que ha sido seis veces cónsul. Seis, por el momento —se volvió por fin hacia el tribuno—. Me necesitan. Les duele, pero me necesitan como cuando los teutones acechaban Roma desde el norte y los detuvimos en Aquae Sextiae.

—Sí, clarissime vir —aceptó Sertorio—. Esperarán, sin duda.

—Bien, veamos... ¿Por dónde iba? —se preguntó Mario a la vez que fruncía el ceño y encaraba de nuevo a los dos muchachos, fijando los ojos ahora en su vaso de vino vacío.

—El ejército consular acababa de adelantar a los teutones —apuntó César con rapidez.

—Eso es, eso es, muchacho —asintió su tío—. Muy bien. Estás atento. En efecto: adelantamos aquella inmensa columna de teutones y ambrones. Sólo los dioses saben cuántos miles serían...

XX

Memoria in memoria

Aquae Sextiae

En las proximidades de la colonia romana de Aquae Sextiae
Verano del 102 a. C.

Campamento romano

Eran decenas de miles de legionarios. Entre soldados regulares y auxiliares llegaban a los treinta mil. Aun así, estaban en notable inferioridad numérica con respecto al inmenso ejército teutón invasor que avanzaba hacia Roma. Pese a las bajas sufridas en el ataque que lanzó Teutobod contra la fortaleza de la Fossa Mariana, los bárbaros triplicaban a los romanos.

Desde lo alto de la colina donde había ordenado levantar el campamento, rodeado por decenas, centenares de legionarios que acarreaban troncos para construir la nueva empalizada defensiva, Cayo Mario escudriñaba en el horizonte del atardecer la gigantesca horda de enemigos que también montaban las tiendas para pasar la noche. Los teutones no parecían predispuestos a alzar defensas para protegerse. Confiaban en su superioridad numérica y en que él, Mario, no se había mostrado proclive a ordenar ataque alguno.

El cónsul suspiró. No les faltaba razón a los teutones para sentirse seguros: un ataque nocturno, aunque fuera por sorpresa, no sería más que una batalla de desgaste para los dos ejércitos, y sabía que él tenía menos capacidad de desgaste. El rey teutón se había permitido el lujo de perder mil o dos mil guerreros en las ofensivas que lanzó contra el campamento romano en la desembocadura del Ródano. Y podía permitirse perder otros mil, dos mil o tres mil guerreros más en un combate nocturno que no decidiría nada. Pero para Mario, perder tres mil legionarios era inaceptable salvo que fuese en el combate clave y decisivo. Sólo en ese caso, sólo en esa circunstancia.

—¡Agua! —exclamó el cónsul.

Pronto, uno de los calones del ejército le trajo un vaso de agua que acababa de servir de un odre medio vacío. El hecho de que el recipiente estuviera casi sin líquido no pasó desapercibido para el líder del ejército romano. De hecho, mientras entregaba el vaso al esclavo, se encontró con la mirada de Sertorio, muy seria, fija en él.

—Lo sé —dijo Mario—. Estamos lejos del río, lejos del agua, y nos queda poca. Hay que enviar aguadores al valle y que traigan todos los odres de las legiones repletos de agua. Que salgan de inmediato.

Sertorio se dirigió a varios centuriones y transmitió las órdenes del cónsul, luego se acercó a su superior y le preguntó en voz baja, con humildad pero con ese tinte de preocupación en la voz fácilmente detectable para el veterano Cayo Mario:

—Los oficiales, los legionarios... Todos se preguntan ¿por qué hemos acampado tan lejos del agua, clarissime vir?

El cónsul no se volvió hacia su subordinado para responder. Habló sin dejar de mirar hacia el campamento teutón:

—Me gusta ver —dijo—. Desde lo alto de esta colina veo bien.

Campamento teutón

Los teutones habían establecido su campamento en medio de la llanura junto al curso del río que cruzaba el valle. La colonia de Aquae Sextiae quedaba apenas a unas millas de distancia. Teutobod tenía previsto que sus hombres la arrasaran, pero había estado reflexionando sobre lo ocurrido en los ataques de la desembocadura del Ródano: había perdido guerreros sin conseguir eliminar a su enemigo, al cónsul romano. Quizá lo había amedrentado y, al tiempo, había fortalecido la moral de sus propios guerreros, pero el monarca teutón había decidido no perder más hombres en ataques que no fueran relevantes: quería llegar con el grueso de su ejército intacto a Italia y allí sí, una vez ya en la península itálica, ordenaría una gran campaña de pillaje y saqueos de todas las poblaciones que se encontraran en su camino para que el terror que generaran llegase a oídos de los habitantes de la mismísima Roma.

En aquel momento, sin embargo, no era eso lo que tenía en mente. Teutobod miraba al campamento romano en lo alto de aquella colina y arrugaba la frente.

—¿Por qué allí? —preguntó a los consejeros y oficiales de su séquito que lo rodeaban—. ¿Por qué ha situado sus tropas tan lejos del agua?

Pero nadie supo dar una respuesta lógica al rey.

Todos volvieron los ojos hacia el campamento romano. Pronto les resultaron visibles las unidades de aguadores en su camino desde lo alto de aquella colina hacia el valle, hacia el río.

—Van ahora a por agua, mi rey —dijo uno de los oficiales poniendo palabras a lo que era evidente para todos.

Teutobod se sorbió los mocos. Aquel clima cálido lo confundía: calor por el día, siempre sudando, luego ese frescor nocturno. Estaba constipado constantemente. Nada grave. Sólo ese goteo incesante por la nariz.

—Estaría bien impedirles a los romanos que se abastezcan del agua que necesitan —apuntó otro oficial teutón.

Teutobod asintió con la cabeza: podía estar bien aquella idea, pero no quería enviar a ninguno de sus guerreros. Se giró hacia un flanco del campamento, a cierta distancia del emplazamiento principal teutón, donde uno de los pueblos que se les había unido en aquel viaje hacia Italia acampaba con sus mujeres y niños.

—Que vayan los ambrones —ordenó el rey—. En el Ródano no ayudaron mucho. Que trabajen ahora. Que hagan algo más que comer, beber y fornicar.

Teutobod vio a sus oficiales partir hacia el campamento de los ambrones.

—Sí, que los romanos pasen sed —añadió con una amplia sonrisa en el rostro.

Centro del valle de Aquae Sextiae [10]

Los aguadores romanos estaban llenando centenares de odres de agua en el río, y ése era sólo el primero de una serie de viajes que debían hacer para rellenar todos los recipientes de los que disponían las legiones. La idea era tener suficiente líquido puro y fresco para varios días, pues si se iniciaba una batalla, durante el transcurso de la misma, estando en lo alto de la colina, iba a resultar del todo imposible recoger agua. Al contrario de lo que les pasaba a los teutones, que estaban acampados junto a aquel gran arroyo de agua clara. Los aguadores, como el resto de los legionarios, no entendían por qué el cónsul había elegido la colina para montar el campamento. ¿Sólo porque fuera un buen emplazamiento para observar el valle? No les parecía justificación suficiente.

En esos pensamientos andaban todos, cuando vieron aproximarse una columna de guerreros enemigos. Venían desde un extremo del valle diferente de donde estaban los teutones. Era un regimiento, muy numeroso, de algún otro pueblo bárbaro que se desplazaba junto con los teutones en busca de nuevas tierras.

—Son los ambrones —dijo uno de los aguadores romanos.

—Hay que pedir refuerzos —comentó otro.

Rápidamente enviaron mensajeros al campamento general en lo alto de aquella maldita colina en la que lo había emplazado el cónsul.

Columna de guerreros ambrones

Caminaban despacio. Acababan de darse un auténtico festín para reponerse de los largos días de marcha, toda vez que parecía que el rey teutón había decidido descansar un par de jornadas en la ruta hacia Roma en aquel valle llano, con clima cálido y abundante agua.

Los ambrones no sólo habían comido a dos carrillos. También habían bebido con displicencia. La proximidad de unos romanos cobardes a su espalda no los inquietaba lo más mínimo. Ya habían comprobado cómo aquel ejército romano de lo único que era capaz era de esconderse tras una empalizada y atrincherarse allí durante días, semanas, meses. Por eso, cuando recibieron la orden del monarca teutón de atacar a los aguadores de aquel ejército pusilánime, no se lo pensaron mucho y, con barrigas repletas y cabezas ebrias, echaron a andar hacia el río bien pertrechados con sus espadas, escudos y lanzas. Puede que los romanos demostraran cierta resistencia defendiendo su maldita empalizada en el Ródano, pero en campo abierto no habían exhibido destreza alguna. Aquello iba a ser un paseo.

Centro del valle

Los pocos legionarios que habían acompañado a los aguadores se interpusieron en el camino de los ambrones. Tenían que defender a sus compañeros, que seguían rellenando los odres de agua.

Los ambrones empezaron a gritar como salvajes al tiempo que iniciaban una corta carrera que, pronto, convirtieron en un trote pausado de panzas henchidas.

—¡Lanzad! ¡Por Júpiter, ahora! —ordenaron al unísono varios centuriones en cuanto calcularon que los enemigos estaban a la distancia adecuada.

Una andanada de pila sobrevoló el valle y cayó a plomo sobre unos ambrones lentos, que se vieron sorprendidos por la rápida reacción de las escasas tropas romanas que protegían a sus aguadores. Escasas pero eficaces, atentas, bien entrenadas y disciplinadas.

—¡Aaagggh!

Varias decenas de guerreros ambrones cayeron heridos, algunos muertos, atravesados por las lanzas enemigas.

No obstante, aquel revés no detuvo su avance sino que los enfureció de veras. Hasta entonces se acercaban como si aquello fuera un desfile que iba a terminar asustando a unos cobardes romanos diseminados por el río; ahora, con la sangre de sus hermanos sobre la hierba del valle, aquel encuentro se convertía en una cuestión personal. A los ambrones ya poco les importaban las órdenes recibidas por parte del rey teutón. Ahora atacaban para vengar a sus amigos muertos o heridos.

El choque fue explosivo y, aunque los romanos recibieron a los ambrones en perfecta formación —escudos firmes, gladios asomando por entre las armas defensivas para pinchar a los enemigos—, no fue suficiente.

Eran pocos.

Los ambrones, muchos más, se abrieron paso de pura rabia y por su superioridad numérica, empujando, clavando sus espadas y hachas en cualquier punto donde veían un hueco entre escudo y escudo enemigo.

—¡Retirada! —ordenaron los centuriones, que tenían claro que era imposible mantener las líneas.

El cónsul los había instruido para que se replegaran cuando una posición estaba perdida. Había que salvar legionarios...

Pero en ese momento aparecieron varias cohortes de refuerzo enviadas desde lo alto de la colina. La retirada, así, no fue una desbandada sin orden, sino más bien un reemplazo en la primera línea de combate romana, de unas tropas superadas por la embestida inicial enemiga, por otros legionarios que llegaban fuertes y frescos a aquella lucha casi improvisada.

Los centuriones se ocupaban de reorganizar la primera línea de combate, mientras otros oficiales se dirigían a los aguadores:

—¡Llevad el agua al campamento y regresad con más odres! ¡No detengáis vuestro trabajo en modo alguno!

Sólo transmitían las órdenes recibidas del tribuno Sertorio, quien, a su vez, había comunicado a los oficiales aquello que le había ordenado el cónsul.

Campamento romano

En una torre ya levantada como defensa de la puerta del campamento, Cayo Mario observaba la lucha entre sus tropas y la horda de ambrones enviada por Teutobod para impedirles cargar agua.

—La contienda está igualada —apuntó Sertorio—, pero si enviáramos más refuerzos de los que hemos enviado, podríamos destrozar esa columna de ambrones y hacerlos huir hasta su campamento. Incluso podríamos incendiar sus carros, si todo sale bien.

Mario evaluaba las circunstancias en las que se estaba desarrollando aquel combate. Sabía que ésa no era la batalla decisiva, no mientras los teutones, que suponían el grueso del ejército enemigo, se mantuvieran al margen de la lucha. Por otro lado, el campamento de los ambrones estaba a una cierta distancia del de los teutones, y el rey Teutobod, por el momento, no parecía dar instrucción alguna a sus hombres, ocupados como estaban en labores de montaje de sus propias tiendas, cocinando o incluso descansando, como si lo que sucedía en el río no fuera con ellos.

—Envía cinco cohortes más —aceptó Mario. Aquello era media legión, una fuerza notable que estaba dispuesto a arriesgar en aquella partida, mientras los teutones no se movieran de su campamento—. Si Teutobod da muestras de intervenir, se retirarán todos de regreso al campamento general, aquí, en la colina. —Se giró para mirar directamente a los ojos a su subordinado—. ¿Están claras mis instrucciones?

—Sí, clarissime vir, pero... —Sertorio quería precisión.

—¿Pero?

—Si los ambrones huyen, ¿podemos acorralarlos en su propio campamento?

Mario inspiró hondo.

—En su campamento —asintió—, pero nada de acercarse al campamento principal teutón. ¿Entendido?

—Entendido —ratificó Sertorio.

—Bien. Dirige tú estas cohortes personalmente. No me fío de nadie más para ordenar una retirada según mis instrucciones si los teutones se implican en este enfrentamiento. Aquí hay demasiados tribunos a los que les hierve con rapidez la sangre, pero sin cabeza ni inteligencia. Tú, sin embargo, tienes el corazón caliente y la cabeza fría.

Era la primera vez que el cónsul le mostraba un aprecio de semejante nivel.

Sertorio se llevó el puño al pecho y se dispuso a dirigir el ataque de las cohortes que iban a descender al río, teniendo muy presentes en todo momento las instrucciones recibidas. No volvería a poner en duda que el cónsul tomaba cada decisión por un motivo. Que ellos no lo entendieran no quería decir que el motivo no existiera.

Centro del valle [11]

Los ambrones se batían con energía. La digestión se les había atragantado y algunos luchaban con manifiesta torpeza tras haber ingerido también demasiado alcohol, pero la rabia por los compañeros muertos los hacía combatir con inusitada violencia y los romanos que habían reemplazado a los primeros legionarios ya empezaban a dar muestras de agotamiento. Los ambrones percibieron aquella debilidad y se fajaban en la lucha aún con más empeño hasta que, de pronto, casi por sorpresa para ellos —pues los ambrones sólo tenían ojos para aquella primera línea de combate—, comenzaron a llegar más y más romanos.

Las fuerzas se igualaron.

Una vez que todas las cohortes a su mando se incorporaron a la batalla, Sertorio puso orden en las líneas romanas y estableció el metódico sistema de turnos en la primera línea de lucha. De esta forma, ningún legionario pasaba demasiado tiempo en pugna directa con el enemigo, y llegaban sin tregua legionarios de refresco al punto donde el combate era más encarnizado. Los ambrones seguían batiéndose con pundonor, pero sin cabeza ni orden y, al poco tiempo, se replegaban sin casi darse cuenta. Los romanos empujaban con los escudos, ganaban espacio y alejaban a los ambrones del río.

Así las cosas, los centenares de aguadores romanos podían cargar los odres con agua sin ser molestados mientras veían cómo el combate se distanciaba de su posición.

Sertorio se movía próximo a la primera línea, sin dejar de dar instrucciones a unos y a otros. La cercanía del tribuno militar contagiaba valor y temple a los centuriones, al resto de los oficiales y a toda la tropa.

Los ambrones iniciaron un repliegue, muchos de ellos heridos por los gladios de los legionarios.

Al poco, la retirada se convirtió en una huida a la desesperada.

Era momento de decisiones.

Sertorio miró hacia la colina, hacia la torre de vigilancia desde la que el cónsul lo observaba todo. No vio gesto alguno que indicara que debían replegarse y tenía el consentimiento del propio Mario para iniciar una persecución del enemigo mientras éstos no se acercaran a los teutones.

Miró entonces hacia el valle: los ambrones corrían directos a su propio campamento.

—¡Seguidme! —ordenó el tribuno militar.

La instrucción sorprendió a unos legionarios que estaban acostumbrados desde hacía meses a defender posiciones, y hacerlo muy bien, pero no a atacar, y mucho menos a perseguir a un enemigo en desbandada. Pero ansias no les faltaban. Algunos centuriones se volvieron a mirar hacia atrás, por encima del hombro, buscando la figura del cónsul: y allí estaba, en la torre de vigilancia de la puerta del campamento en construcción, sin hacer ademán ni gesto alguno. Las trompas de los buccinatores no sonaban para ordenar un repliegue ordenado. Ese silencio de los trompeteros de las legiones era el silencio del propio cónsul y ése era un silencio que otorgaba legitimidad absoluta a la orden del tribuno Sertorio.

Las cohortes avanzaron en persecución de los ambrones. En breve entraron en su campamento, donde los bárbaros ni siquiera plantaron batalla, sino que, dejando a sus mujeres y niños y carros desprotegidos, siguieron en desbandada alejándose del lugar. Algunos en dirección al campamento del rey teutón, otros hacia el bosque cercano.

Sertorio estaba a punto de ordenar perseguir a muchos de los que huían hacia los árboles, pero entonces se encontró con un imprevisto: las mujeres de los ambrones defendían el campamento frente al avance romano, y lo defendían sin apenas armas, haciendo uso de cualquier cosa que les pudiera valer para luchar, ya fueran utensilios de cocina o labranza o la simple fuerza de sus brazos. Los niños las acompañaban. Unos lloraban, otros mordían a los romanos. Los legionarios reaccionaron con saña y empezó un desigual combate donde las mujeres y los niños fueron masacrados sin piedad. No sin trabajo o esfuerzo, pues las mujeres en particular opusieron una resistencia feroz. Aun así, los romanos recordaban los insultos y las mofas de los bárbaros diciéndoles cómo iban a ultrajar a sus propias mujeres romanas en cuanto llegaran a la ciudad del Tíber. Aquellas burlas recientes no ayudaron a despertar piedad alguna en los hombres comandados por Sertorio, y el tribuno no estaba por la labor de detener la masacre. No podía perseguir a los ambrones que se habían refugiado en el campamento teutón y penetrar en el bosque no parecía una buena idea.

—¡Incendiad los carros! —ordenó.

En cuestión de minutos, el campamento de los ambrones era pasto de unas llamas incandescentes que lo consumían todo y acorralaban a unas mujeres valerosas que combatían hasta el último aliento.

Sertorio vio a algunos de sus hombres arrastrando a alguna de las mujeres bárbaras supervivientes hacia una hondonada de la llanura, con intenciones claras. El tribuno miró hacia el bosque: allí habían huido los guerreros que debían haberlas defendido. Algunos niños, hijos de las atrapadas por sus hombres, lloraban cerca de la escena. Sertorio se aproximó al lugar.

—Dejadlas marchar —dijo sin gritar. De la misma forma que había observado que el cónsul daba órdenes. Sin alzar la voz un ápice. Sin siquiera repetir sus palabras.

Los legionarios, ávidos de forzar a las mujeres de los guerreros que se habían reído de ellos hacía unos días, no parecían dispuestos a desprenderse así como así de sus presas, pero, ante la mirada gélida del tribuno, aflojaron su agarre y eso bastó para que las mujeres se zafaran de sus captores y echaran a correr sin parar.

El campamento estaba en llamas.

Todo había sido muy rápido.

—Nos replegamos —dijo entonces Sertorio.

Y los hombres le obedecieron.

Campamento teutón

—¿No hacemos nada? —había preguntado uno de los consejeros del monarca germano segundos antes de que los romanos prendieran fuego a los carros de los ambrones.

Teutobod miró a su alrededor: sus hombres estaban aún montando tiendas o comiendo. No estaban preparados para un combate. Los propios ambrones habían acudido al enfrentamiento contra los romanos sin haberse preparado bien y todo había acabado en desastre. Podía dar orden de atacar a todo su ejército, pero sin duda eso terminaría o en una rápida retirada de los romanos o en la incorporación de todas sus legiones a una batalla campal que él no había planeado. No lo vio claro.

—¿No hacemos nada, mi rey? —repitió otro de los consejeros teutones.

Teutobod había improvisado mandando a los ambrones a importunar a los aguadores romanos y he ahí el resultado. No era momento de improvisar más.

—Unos guerreros que no luchan por defender a sus mujeres y niños no merecen nuestra ayuda —respondió, al fin, el rey germano.

Bebió un trago de agua. De ese mismo río, de esa misma agua por la que los ambrones habían acabado todos muertos. El monarca echó al suelo el agua que le quedaba en el cuenco, luego se aclaró la garganta, escupió y dio la espalda a los carros incendiados, a los cadáveres de hombres, mujeres y niños.

Miró hacia la torre de vigilancia donde estaba el cónsul de Roma observándolo todo y, aunque no podía verlo con la suficiente nitidez por la distancia, tuvo la sensación de que el líder romano tenía los ojos clavados en él.

Campamento romano

Sertorio, uniforme manchado de sangre, sudor en la frente, algo jadeante, se presentó ante el cónsul en lo alto de la torre de vigilancia.

—Incendiamos el campamento —explicó—, pero no me pareció prudente perseguir a los guerreros que huían hacia al bosque ni, por supuesto, los que se refugiaron con los teutones.

—Lo has hecho bien —aceptó Cayo Mario siempre parco en palabras, volviéndose de nuevo a mirar hacia el mar de tiendas que seguían levantando allí abajo. Pudo ver cómo el rey germano se alejaba y dejaba de observar el incendio que consumía lo que hasta entonces había sido el campamento de los ambrones.

—Deberíamos repartir vino entre los legionarios que han participado en esta victoria —propuso otro de los tribunos.

Sertorio no. Él callaba, aún estaba recuperando el aliento.

—Mejor repartirlo entre todos los legionarios —sugirió otro de los oficiales—. Eso los animará.

Cayo Mario seguía escrutando los movimientos del rey teutón. Todos respetaban el silencio del cónsul y esperaban su respuesta a aquellas propuestas.

—No es momento de festejos —dijo al fin sin siquiera mirar a los oficiales—. Hemos tenido suerte de que los ambrones hayan decidido combatir con sus guerreros borrachos en lugar de con sus mujeres. Si les hubieran cedido las armas, según lo que he visto desde aquí, todo nos habría sido más difícil.

Los tribunos parpadearon. Ninguno había pensado en algo tan absurdo: mujeres luchando. Aunque cierto era que ellas habían mostrado más valentía que sus hombres.

Cayo Mario se dio la vuelta y echó a andar para descender de la torre mientras daba las últimas instrucciones a quienes lo seguían de cerca:

—Nada de vino. Cena y a dormir. Arriba al alba, desayuno y a reforzar todas las fortificaciones.

Al pie de la torre, Mario inició la ruta que lo conducía al praetorium de campaña, entre las tiendas legionarias.

—Ya habéis oído —dijo Sertorio a los demás tribunos, que partieron a difundir las órdenes recibidas.

Él apretó el paso para alcanzar al cónsul. Una vez a su lado, le planteó una pregunta:

—La batalla clave, la definitiva, es la que falta, ¿verdad, clarissime vir?

—Verdad —respondió Cayo Mario sin aflojar la marcha.

Sertorio percibió que su superior no tenía ganas de conversación y se detuvo. Se quedó observando cómo el cónsul se alejaba, caminando solo, erguido, difuminándose su silueta entre los legionarios, que se levantaban al verlo pasar frente a sus tiendas.

XXI

Memoria in memoria

Las legiones del pueblo

Valle junto a Aquae Sextiae, sur de la Galia
102 a. C.

Teutobod volvió a emplear tácticas para desconcertar o provocar a los romanos: si en la Fossa Mariana había hecho que sus hombres insultaran a los legionarios, en esta ocasión lo que hacía era que grupos de guerreros teutones se acercaran a las fortificaciones romanas por la noche y entrechocaran espadas y escudos generando tal ruido que importunara el sueño de sus enemigos.

Cayo Mario respondió con la misma estrategia y envió algunas unidades en patrullas nocturnas para molestar también el sueño de los teutones.

Parecía que todo estaba destinado a transformarse en una nueva, larga y lenta espera, pero un atardecer todo se aceleró.

Campamento romano

El cónsul citó a todos los tribunos en la tienda del praetorium de campaña, en lo alto de la colina.

Fue escueto. Fue directo. Fue preciso.

—Esta noche una cena abundante, pero sin excesos ni nada de vino. Mañana, desayuno antes del alba, y que los hombres beban o leche o agua. No quiero legionarios sedientos a la salida del sol. —Desplegó un papiro donde había dibujado a grandes trazos un mapa de la colina, el río, el campamento romano y el teutón, y sobre el plano terminó de dar las instrucciones que había meditado en los últimos días—: Esta noche quiero el doble de patrullas nocturnas haciendo ruido alrededor del campamento teutón. Y, por otro lado, Claudio Marcelo —miró al aludido, uno de los tribunos más veteranos junto con Sertorio—, cogerás tres mil legionarios y os situaréis en este encinar próximo. —Señaló un punto al final de la ladera de la colina donde estaban acampados—. Llévate también animales de carga, mulas y a la mayoría de los calones. Lo ideal sería darte más hombres, pero necesito el grueso de las tropas en lo alto de la colina. Tú aparecerás en mitad de la batalla, cuando los teutones inicien algún repliegue, y has de aparentar que no sois tres mil, sino muchos más. Por eso te llevarás los animales y a los esclavos. Mézclalos entre tus hombres. Eso dará apariencia de una fuerza aún más numerosa. ¿Entendido?

Claudio Marcelo asintió mientras intentaba digerir la sorpresa. Como la mayoría de los oficiales, no daba crédito a lo que estaba oyendo: el cónsul estaba dando instrucciones para una batalla campal. Por fin.

A Sertorio, sin embargo, aquello no le sorprendió. Desde lo de los ambrones, tenía claro que el cónsul estaba contando los días para lanzar su ataque.

—Bien, por todos los dioses —continuó Cayo Mario—. Mañana al alba dispondremos todas las tropas, excepto los hombres que se lleva Claudio Marcelo, en triplex acies, con las cohortes distribuidas en una inmensa cuadrícula: una cohorte ocupa un cuadrado y el siguiente queda vacío, y esta distribución se alterna en la siguiente fila.

El cónsul sabía que sus hombres conocían perfectamente la formación clásica en triplex acies, un inmenso damero de unidades militares dispuestas como en un juego de mesa a intervalos vacíos, que pasaban a ocuparse en la siguiente fila de cohortes. Como en el moderno juego de las damas. Sí, Mario sabía que sus hombres conocían la formación de la que hablaba, pero no quería malentendido alguno y no daría nada por hecho. Era la batalla decisiva y todo tenía que disponerse según lo había pensado durante los últimos... ¿días, semanas, meses? No. Años.

Mario había soñado con aquella batalla desde que estudió las grandes derrotas de los otros ejércitos consulares en Noreya, Burdigala y Arausio.

—Al alba —prosiguió—, con los primeros rayos del sol, formadas las tropas frente al campamento ocupando la ladera, lanzaremos nuestras turmae de caballería contra el enemigo. Los jinetes hostigarán a los teutones hasta que su rey ordene perseguirlos. Entonces los teutones tendrán que cruzar el río y ascender por la ladera para enfrentarse a las legiones, que abrirán pasillos para que la caballería se sitúe por detrás. Y ahí, en ese momento, empezará la batalla.

El cónsul calló. Miraba el mapa.

—¿Alguna pregunta? —dijo al cabo.

Todo parecía muy claro. Sertorio guardaba silencio mientras repasaba todo lo que había escuchado.

Fue Claudio Marcelo quien se atrevió a plantear una cuestión que a todos, de un modo u otro, les preocupaba:

—Los teutones nos aventajan en número —apuntó—. Incluso tras la aniquilación de la mayoría de los ambrones, nos superan con creces.

El cónsul asintió, pero fue contundente en la respuesta:

—Por eso combatimos en la posición alta de la ladera, por eso el río queda a sus espaldas y no a las nuestras, por eso la emboscada que tú realizarás a media batalla. Y nadie dijo que esto fuera a ser fácil. ¿No querías combatir desde hace meses? Pues ha llegado el día.

Campamento teutón, al amanecer del día siguiente

Teutobod había dormido mal. Los romanos se habían puesto particularmente molestos aquella noche. Pero no era lo único inesperado que hacían.

—¡Ahí están, mi rey! —exclamó uno de sus consejeros señalando hacia la ladera de la montaña.

Todo el ejército romano estaba fuera de su campamento en perfecta formación de combate y diseminado a lo largo de la pendiente que ascendía hasta lo alto de la colina en la que se habían establecido. Y eso no era todo: la caballería enemiga cabalgaba hacia ellos y no parecía que fuera con otra intención sino la de atacar.

Teutobod miró a su alrededor: muchos de sus guerreros aún estaban desayunando. Nadie esperaba un ataque de envergadura por parte de los romanos, pero la caballería enemiga se aproximaba. No era muy numerosa, aunque había que hacerles frente.

—Que se preparen todos los guerreros —ordenó el rey.

Al poco, a los grupos de vigilancia que Teutobod había dispuesto alrededor del campamento, se les fueron uniendo el resto de los hombres con sus escudos, espadas, hachas y lanzas. Muchos no habían podido aún desayunar. Estaban con hambre y, al igual que su rey, no habían dormido todo lo bien que les habría gustado por culpa de las ruidosas patrullas nocturnas romanas que aquella noche parecían haberse empleado con más saña que otras a la hora de hacer ruido.

Campamento romano [12]

Las turmae de caballería regresaban al galope hacia las apretadas filas romanas. Habían estado luchando contra los teutones hasta que el grueso de los germanos se organizó y se lanzó en bloque contra ellos. Los jinetes se sabían demasiado pocos como para prolongar aquella lucha tan desigual y, además, tenían instrucciones de los tribunos de limitarse a hostigar al enemigo hasta que éste iniciara una persecución. Así, ante el avance del inmenso ejército teutón, los decuriones de la caballería romana ordenaron el repliegue hacia la ladera donde estaban las legiones. Cruzaron el río al galope y al galope ascendieron la colina.

Cayo Mario descendió de lo alto de la torre de vigilancia desde donde lo observaba todo y desde donde sus oficiales pensaban que dirigiría la batalla. Bajó con rapidez las escaleras en cuanto vio que la caballería retornaba hacia el campamento seguida por el avance del inmenso ejército teutón.

El cónsul, con paso acelerado, seguido por Sertorio y el resto de tribunos militares, salió del campamento por la puerta principal, dejó atrás la empalizada defensiva y se dirigió hacia las cohortes de retaguardia del ejército consular desplegado en la ladera de aquella amplia colina.

—¡Abrid pasillos! —ordenó Mario.

Y los tribunos y los centuriones repitieron la orden.

Las cohortes, distribuidas como las damas en un tablero, se alinearon de forma que quedaban amplios pasillos entre cada unidad. Por uno de esos espacios abiertos, el central, se adentró el cónsul en dirección a la vanguardia del ejército. Entre tanto, por los corredores abiertos en los flancos se adentraban las unidades de caballería para situarse en la retaguardia hasta que el líder de los romanos las requiriese en vanguardia de nuevo.

Al poco, Cayo Mario se situaba al frente, en primera línea de combate. Para sorpresa de todos. Era algo inusual, casi inaudito, algo que no ocurría desde el tiempo de los Escipiones.

El cónsul miró hacia el enemigo: se acercaba, pero al paso, lentamente. Tenía tiempo para arengar a los suyos.

Cayo Mario empezó a pasearse por delante de las cohortes de vanguardia.

—¡Cerrad pasillos! —ordenó.

Las cohortes maniobraron para retornar a la disposición de unidades militares como las fichas en un tablero de ludus latrunculorum. De ese modo ya no quedaba espacio alguno por donde pudiera romper el frontal de ataque romano. Esto es, a no ser que opusiera un empuje tan descomunal que quebrara varias legiones de Roma en perfecta formación. Pero todo era posible, eso había pasado. En Arausio. Y podía volver a pasar.

Los teutones avanzaban por la llanura.

—¡Legionarios de Roma! —Mario alzó los brazos para captar toda la atención de sus hombres.

Su voz resonó atronadora en aquella ladera. La pendiente no sólo facilitaba que los legionarios de las cohortes de posición media y de retaguardia pudieran ver a su líder, sino que además hacía de teatro natural, de modo que las palabras del cónsul se oían por toda la colina.

Sertorio miraba a Mario desde detrás, a su espalda, sorprendido. Aún no sabía de qué iba todo aquello. Quizá el cónsul arengara a los legionarios y luego retornara a la retaguardia para dirigir la batalla desde una posición segura...

—¡Legionarios de Roma! —insistió el cónsul para asegurarse de tener a todos atentos a sus palabras—. ¡Me gustaría deciros que sois lo mejor de Roma, los más queridos por el Senado, los más adorados por todas y cada una de las instituciones de nuestra República! ¡Me gustaría poder deciros eso, pero os estaría mintiendo!

Calló un instante.

Los treinta mil legionarios guardaban silencio absoluto y en medio de ese silencio las pisadas de los más de sesenta mil teutones que avanzaban contra ellos retumbaban en el eco de la colina como tambores de una batalla que se anuncia inminente, inexorable, inapelable. Y en la que no las tenían todas consigo: eran menos, y otros ejércitos romanos similares habían sido derrotados en las tres últimas batallas. Tenían inmensas ganas de combatir, pero también, de pronto..., sentían miedo.

—¡No, no sois lo mejor de Roma! —continuó el cónsul—. ¡Ni siquiera sois lo mediocre de Roma o lo intermedio o lo poco valioso! ¡Sois algo mucho peor: sois la escoria de Roma! ¡Sois lo peor de lo peor!

Sertorio frunció el ceño. Y lo mismo hicieron los tribunos que estaban junto al cónsul.

Los legionarios permanecían muy quietos: no entendían bien de qué iba aquello. Imaginaban que el cónsul quería animarlos para la lucha y esperaban cualquier cosa en ese sentido, pero desde luego no esperaban insultos. Sertorio bajó la mirada y negó con la cabeza sin decir nada: no era aquélla la forma de arengar a unos soldados que debían batirse hasta derramar la última gota de su sangre. ¿Había perdido el cónsul la razón?

—¡Sí, sois la escoria de Roma, los más pobres, aquellos con los que Roma nunca cuenta, aquellos cuyos votos nunca valen para el Senado! ¡Sois aquellos a los que nunca quiso armar porque las leyes exigían que sólo los propietarios llevaran armas de combate y participaran en una guerra! ¡Sois aquellos que siempre habéis estado excluidos de la defensa de Roma y, por tanto, también de la gloria de sus victorias y, por supuesto, del reparto de la riqueza! ¡No sois nada más que miseria! ¡Para Roma, no valéis nada! ¡Para Roma, ni siquiera existís! ¡Roma no confía en vosotros, Roma sólo espera vuestra derrota y vuestro fracaso! ¡El Senado de la ciudad ya estará pensando en reclutar otro ejército de los de antes, de propietarios más o menos ricos, con más o menos recursos! ¡Para los poderosos de Roma no contáis ni contaréis nunca! ¡Para los poderosos de Roma estáis acabados aun antes de empezar la batalla!

Ahora eran todos los legionarios los que tragaban saliva para engullir la rabia que crecía en sus pechos ávidos de venganza contra todos aquellos que los despreciaban. Los teutones se habían reído de ellos en la Fossa Mariana, y ahora aquellas palabras del cónsul. Pero lo que les decía aquel veterano senador les calaba muy hondo porque, en el fondo, todos sabían que, pese a lo doloroso de aquellas palabras, todas ellas eran ciertas: ésa era la primera vez en más de un siglo, desde tiempos de Aníbal, en que Roma recurría a los pobres de la ciudad para armar un ejército.

Cayo Mario levantó de nuevo los brazos.

Los pensamientos de los legionarios se detuvieron. Deseaban escuchar. Estaban furiosos contra todo y contra todos, pero no tenían ganas de combatir y dar la vida por aquella Roma que no los quería.

—¡No, el Senado no confía en vosotros! —prosiguió Mario—. Pero ¿sabéis quién sí confía en vosotros? ¡¿Sabéis quién sí tiene fe en vuestra fuerza, en vuestro temple, en vuestros años de adiestramiento sin descanso?! ¡¿Sabéis quién sí está dispuesto a combatir con vosotros, a morir con vosotros, a vencer con vosotros?!

El cónsul volvió a callar, paseándose ahora en silencio por delante de las filas de la vanguardia de su ejército.

Los teutones avanzaban. Habían llegado al río del centro de la llanura y empezaban a cruzarlo.

Sertorio, que estaba pendiente, por un lado, del discurso de su superior y, por otro, de los movimientos del enemigo, se acercó al cónsul y le habló en voz baja al oído:

—El enemigo está cruzando el río.

Mario asintió sin mirarlo. Su atención estaba en los rostros de los legionarios.

—¿Quién confía en nosotros? —preguntó al fin uno de los soldados romanos.

Mario asintió de nuevo, ahora de forma más evidente, mostrando su satisfacción ante aquella pregunta lanzada desde las filas de su ejército.

—¡Yo, Cayo Mario, cónsul de Roma, vencedor de la guerra de África, quien derrotó a Yugurta! ¡Yo confío en vosotros y en vuestra fuerza y en vuestro temple! ¡Yo, Cayo Mario, decidí que el Estado debía armaros a todos vosotros y daros a todos las mismas armas, creando un ejército de cohortes iguales en fuerza! ¡Yo, Cayo Mario, soy quien tiene toda la fe puesta en vosotros! Me diréis: si tanta confianza tienes en nosotros, ¿cómo es que nunca nos dejaste entrar en combate contra los teutones, contra esos mismos enemigos que se nos acercan, tantas veces como nos provocaron en la desembocadura del Ródano? Os diré por qué: porque allí era un buen sitio para aprovisionarnos y adiestraros durante un tiempo y vigilar el paso del enemigo hacia Roma, pero aquél no era el lugar para el combate final. ¡Lo es éste! —Señaló los flancos de la ladera que terminaban en barrancos boscosos infranqueables—. ¡Aquí no nos pueden rodear, así que da igual que nos doblen en número: el frente de batalla es el mismo para los dos ejércitos! ¡En el Ródano, el río habría quedado a nuestra espalda, como pasó a nuestras tropas en Arausio, pero ahora quedará a la espalda de nuestros enemigos! ¿No teníais sed, no queríais agua? ¡Pues empujad hoy a los teutones hacia abajo por esta ladera, forzadlos a volver al río que están atravesando ahora y bebed luego en él su agua mezclada con la sangre roja de nuestros enemigos! ¡Masacrad a los teutones de una vez por todas! ¿Por qué no os dejé combatir en el Ródano? ¡No porque pensara que no podíais conseguir una victoria, sólo por vuestro valor y vuestra fuerza, sino porque la victoria no estaba clara! Y ¿sabéis una cosa? ¡Los pobres, la escoria de Roma, no tienen derecho a segundas oportunidades! ¡Los senadores sí, los cónsules como yo también, pero a vosotros nadie en Roma os va a conceder una segunda oportunidad! ¡Vosotros, la escoria de la ciudad, los desarrapados, los que nadie mira en la calle de camino hacia el foro o hacia el mercado, no tendréis una segunda oportunidad si fracasáis! ¡Vosotros, la miseria de Roma, sólo tenéis una oportunidad! ¡Ésta es vuestra oportunidad: esta ladera, esta colina, ese río, esos barrancos en los flancos, esas armas que portáis, estos años de adiestramiento sin descanso son vuestra única oportunidad!

Cayo Mario paró un instante. Necesitaba respirar y recuperar el aliento, pero estaba encendido, incendiado, hablaba con el corazón, con las entrañas... Continuó:

—Me diréis entonces: «¿Y por qué vamos a luchar por esa ciudad que no nos quiere?». ¡Yo os diré por qué! ¡Porque no es cierto que Roma no os quiera! ¡Es el Senado quien no confía en vosotros, son los patres conscripti en su mayoría los que os desprecian! ¡Sobre todo esos que se hacen llamar a sí mismos optimates, como si sólo ellos fueran los mejores! ¡Pero vosotros en Roma tenéis mujeres e hijos que, como vosotros, tampoco parecen contar nunca para nadie! ¡Y a esas mujeres e hijos, los teutones también los ultrajarán junto con las mujeres y los hijos de los ricos y poderosos, tal y como los propios teutones nos han dicho una y mil veces mofándose de nosotros por no salir de nuestro campamento en el Ródano! ¡Pero yo no confío... no confío para nada en el próximo ejército que puedan reclutar los senadores! ¡Porque será de nuevo blando y sin adiestramiento, y no tendrá ni la fuerza ni la rabia ni el temple necesarios para enfrentarse, detener y masacrar a esos salvajes que avanzan ahora hacia nosotros y que, mañana, si nosotros fallamos, avanzarán sin oposición hacia Roma, hacia vuestras mujeres e hijos!

Mario sudaba del puro esfuerzo de hablar a gritos para que lo oyeran en aquel gigantesco teatro natural de aquella ladera atestada de legionarios.

Sertorio, que ya había visto el sentido del discurso del cónsul, estaba preocupado por el avance de los enemigos y volvió a hablarle al oído desde detrás:

—Los teutones han cruzado el río y comienzan a ascender la ladera, clarissime vir.

Mario volvió a asentir.

—Que me ajusten la coraza —dijo—. Siento las cuerdas muy flojas.

Sertorio hizo una señal y un calon se acercó y tiró de las cintas de la parte posterior de la coraza del cónsul para que la protección pectoral estuviera bien pegada a su cuerpo y no se moviera si entraba en combate.

Fue entonces cuando el tribuno empezó a tener claro que el cónsul no se había situado en primera línea sólo para dar un discurso que, por otra parte, ya no le parecía ninguna locura. Podía ver a los legionarios con las miradas brillantes, enardecidos por las palabras de su líder.

—Avísame cuando estén a mil pasos —añadió Cayo Mario sin mirar al tribuno, encarando siempre a los legionarios.

Avanzó un par de pasos y se acercó algo más a las cohortes de vanguardia. Paseó la mirada por todas las unidades militares bajo su mando: las que tenía más próximas, pero también las que estaban más alejadas, en lo alto de la ladera. Y a todos se dirigió por última vez antes de la batalla:

—¿Estáis dispuestos a luchar por vuestras mujeres e hijos, por vuestros hermanos, por los miles de vosotros más que pueblan las calles de Roma, por todos esos desahuciados por el Senado, por todas esas mujeres y niños y amigos que sí creen en vosotros, que sí tienen fe en vosotros? ¿Estáis dispuestos a luchar por mí, que os he armado, que os he adiestrado y que os ofrezco ésta, vuestra única oportunidad? ¿Estáis dispuestos a luchar no sólo por derrotar a los bárbaros, sino por cambiar la historia de Roma? ¿Estáis dispuestos a combatir para demostrar que estas legiones, las auténticas legiones del pueblo de Roma, son más fuertes, más poderosas, más indestructibles que cualquier otra jamás soñada? ¿Estáis dispuestos a luchar por ser partícipes de la gloria de la victoria? ¡Respondedme, porque yo sí estoy dispuesto a luchar con vosotros, a vuestro lado, en la vanguardia de vuestro ejército! ¡Yo sí estoy dispuesto a luchar con vosotros, a morir con vosotros y también a vencer con vosotros! ¿Estáis dispuestos, maldita sea? ¡Por todos los dioses, respondeeeeed!

Fue un grito salvaje el que lanzó el cónsul con su última palabra. Un aullido que no podía quedar sin respuesta.

—¡Sí, lo estamos! ¡Sí, lo estamos! ¡Lo estamos! —empezaron a aullar unos legionarios en vanguardia, y pronto todos los soldados de todas las cohortes se les unieron en un griterío ensordecedor de treinta mil voces que descendía por la llanura y que llegó a oídos de los propios teutones.

Un clamor que iba a cambiar para siempre la historia de Roma.

XXII

Memoria in memoria

La batalla final

Valle junto a Aquae Sextiae, sur de la Galia
102 a. C.

Vanguardia del ejército teutón

El rey Teutobod no iba en primera línea. Avanzaba con el resto de su inmenso ejército hacia aquella colina, pero situado en el centro de sus tropas. Hasta él llegaron los aullidos de las legiones.

Algunos oficiales que rodeaban al rey se sorprendieron ante la furia de aquel grito del enemigo romano. Teutobod detectó un atisbo de duda en sus oficiales.

—Los doblamos en número —dijo—, y ya los hemos derrotado en varias ocasiones. Se les va a ir la poca fuerza que tienen por la boca de tanto grito...

Se echó a reír, y con él se inició una gigantesca carcajada a la que se adhirieron primero sus consejeros y después todos y cada uno de sus guerreros. La risa les vino bien porque, por un momento, el aullido de las legiones los había preocupado.

Vanguardia romana

La carcajada preñada de desprecio y burla sin fin llegó a los oídos de los legionarios de Roma. Y éstos enmudecieron. Fue como un jarro de agua fría que los devolviera a la realidad después del trance en el que habían entrado al oír al cónsul.

Pero Cayo Mario ya había dicho lo que tenía decir y sabía que sus hombres ya estaban lo suficientemente enardecidos como para que su ardor se apagara sólo por una endiablada risa del enemigo que se aproximaba. Y, sin embargo, quizá unas últimas palabras...

—A mil pasos —dijo Sertorio.

—Bien —aceptó el cónsul en voz baja, y elevando su voz atronadora hasta que retumbó por toda la ladera, se dirigió de nuevo a sus hombres—: ¡Sí, se ríen de vosotros como llevan años riéndose de todos vosotros los senadores de Roma, pero hoy, legionarios, hoy es el día en el que vais a hacer callar todas las risas, todas las burlas y todas las carcajadas dirigidas contra vosotros! ¡Hoy es el día de vuestro principio, del nacimiento de las nuevas legiones de Roma! ¡Hoy es vuestro día! ¡Por vuestras mujeres e hijos! ¡Por vuestros amigos y por el pueblo de Roma! ¡Por los dioses! —Desenfundó su espada y la alzó apuntando al cielo—. ¡Por vosotros! ¡Muerte o victoria! ¡Muerte o victoria!

Y las legiones de Roma aullaron al tiempo:

—¡Muerte o victoria! ¡Muerte o victoria!

Ahora sí, por fin, el cónsul se dio media vuelta y encaró a los teutones que ascendían pesadamente por la ladera. Algo lentos pero enfervorizados, dispuestos a terminar con aquella batalla antes incluso de que el sol llegara a lo alto de su viaje celeste. Mario habló a su tribuno de mayor confianza:

—Si nos rodean los teutones, a mí, a nosotros, y no hay posibilidad de escape, mátame. ¿Me has entendido? Me clavas tu propia espada y me das muerte. Un cónsul de Roma cae en combate, pero nunca es apresado. Un cónsul de verdad, no. ¿Me has entendido, tribuno?

Sertorio asintió perplejo ante la insistencia de Cayo Mario.

—Sí, he entendido, clarissime vir —ratificó—: Si nos rodean, asistiré al cónsul en su devotio.

El tribuno había usado la palabra que técnicamente definía el suicidio de un alto mando militar romano en caso de derrota; había entendido las instrucciones recibidas.

—Muy bien, sea: vamos ya a por esos malditos teutones —apostilló Mario.

Hacía tiempo que no entraba en combate directo. Lo hizo en África, pero, en aquel instante, su mente fue mucho más atrás, a los años de su juventud: recordó la época bajo el mando de Escipión Emiliano en el asedio de Numancia y masculló para sí:

—Esto va a ser como en Iberia. Muy duro, muy difícil, muy grande.

Cayo Mario se paseaba marcialmente, a buen paso, por delante de las cohortes de vanguardia.

—¡No avancéis, aún no! —gritaba, y todos los centuriones repetían sus órdenes.

—Están a seiscientos pasos, clarissime vir —informó Sertorio, siempre caminando junto al cónsul, mirando ora hacia la hueste teutona, ora hacia las cohortes de Roma.

—Que se acerquen más. Cuánto más se acerquen, más pronunciada será la pendiente y más nos favorecerá en el choque luchar de arriba hacia abajo.

Sertorio asintió, pero no podía evitar sentir el pálpito de su corazón en los oídos. Nunca antes había visto una horda de bárbaros tan descomunal acercándose inexorablemente.

—Sí, clarissime vir —aceptó el tribuno y, acto seguido, añadió—: Están a quinientos cincuenta pasos.

—¡Preparad pila! —aulló entonces el cónsul.

Los legionarios asieron sus jabalinas.

—Quinientos pasos, clarissime vir.

—Ya sé que soy cónsul y senador, mal que les pese a esos miserables de los optimates de Roma, no hace falta que me lo recuerdes a cada instante. Dime sólo los pasos. Tú calculas mejor. Tienes mejor la vista que yo.

Sertorio iba a responder, pero calló y se limitó a asentir.

Los teutones lanzaban gritos guturales como si fueran bestias del inframundo. Querían asustar. Y lo conseguían.

—Cuatrocientos pasos —dijo el tribuno.

Cayo Mario se volvió hacia las cohortes de vanguardia.

—¡Esperad a mi señal antes de lanzar! ¡El que arroje antes un pilum se las verá personalmente conmigo después de la batalla! —apostilló antes de añadir para sí entre dientes—: Si seguimos vivos.

—Trescientos pasos.

Mario se giró de nuevo encarando ahora a los teutones, que continuaban su imparable ascenso por la ladera en busca de las legiones romanas.

—¡Doscientos pasos! —tuvo que gritar Sertorio para ser oído por encima de los aullidos del enemigo, ya muy próximo, a punto de embestir las legiones—. ¡Ciento cincuenta pasos! —Se pasó la mano por la barbilla sudorosa.

Cayo Mario levantó los brazos.

Todo iba a ocurrir muy seguido, casi de golpe, pero cuanto más cerca, más bárbaros caerían. A la vez, había que calibrar que los legionarios tuvieran tiempo suficiente para plantarse firmemente en sus posiciones con los escudos de modo que pudieran resistir el empuje de los enemigos que se les acercaban...

—¡Cien pasos, clarissime vir! —pronunció a pleno pulmón Sertorio, a quien le salió el tratamiento de respeto a su superior de forma natural. Era como un ruego, como si implorara que el cónsul diera la orden.

Cayo Mario bajó ambos brazos a la vez.[13]

Miles de legionarios arrojaron sus pila. El cielo se tornó en una sombría nube de hierro y madera.

Crac, crac, crac, crac...

Como el granizo de la tormenta más violenta, las jabalinas romanas descendieron sobre las primeras líneas de los teutones. Decenas murieron de inmediato, centenares cayeron heridos. Eso detuvo su ascenso un instante. Estaban apenas a treinta pasos. La breve confusión ante la andanada fue el tiempo del que dispusieron los legionarios para prepararse con sus escudos antes de recibir el empuje de los teutones.

—¡Desenfundad, desenfundad, por todos los dioses! —ordenó Cayo Mario, que retrocedió unos pocos pasos, siempre acompañado por Sertorio, para integrarse en la primera línea de combate de las cohortes de vanguardia.

Los teutones pasaban por encima de los cadáveres y de los heridos de su propio ejército, pisándolos si era preciso, para no detener su avance. La lluvia de pila les había causado bajas, muchas, pero ahora eran como una fiera herida y venían a morder, a destrozar, a aniquilar.

El choque con los escudos de las cohortes romanas fue bestial.

—¡Pinchad, pinchad, pinchad! —aullaron el cónsul y los tribunos y los centuriones. Y los legionarios introducían los gladios por entre las rendijas que quedaban entre escudo y escudo y pinchaban, empujaban con la empuñadura con saña, buscando que las puntas de sus gladios quebraran pechos, brazos, piernas y, a ser posible, corazones o vientres, donde los pinchazos eran mortales.

Los teutones venían con ira, sí, pero habían recorrido varias millas desde su campamento, habían cruzado el río y habían emprendido un largo ascenso por aquella ladera, todo sin descanso alguno y, muchos de ellos, sin comida siquiera en el estómago. Les faltó fuelle, y la primera línea romana, aunque sufrió bajas, se encontró de pronto con que podía ganar algo de terreno. Además, la pendiente siempre jugaba a favor de los romanos, porque los legionarios empujaban hacia abajo, mientras que los cansados teutones tenían que empujar hacia arriba. La fuerza de cada legionario se incrementaba gracias a la inclinación de la ladera, mientras que la de cada teutón se debilitaba.

No obstante, Mario quería aún más dominio en la primera línea de combate.

—¡Primer reemplazo! —ordenó.

Los legionarios de primera fila se detuvieron, retrocedieron un par de pasos y los reemplazaron sus compañeros, que estaba detrás y entraban frescos en el combate.

Mario se vio junto a Sertorio, con espacio libre a su alrededor, sin tener que seguir pinchando o empujando con el escudo contra el enemigo, que era desplazado por la fuerza y disciplina militar de los legionarios. Su spatha, algo más larga que un gladio legionario, goteaba sangre por la punta. Cayo Mario había hecho su trabajo en primera línea como cualquier otro, y eso lo habían visto los legionarios y los había enardecido aún más. Su cónsul no sólo dirigía la batalla, sino que combatía junto a ellos, codo con codo. Literalmente. De pronto, Cayo Mario sintió algo húmedo por la sien.

—El cónsul tiene un corte en la frente —dijo Sertorio—. ¡Llamad al medicus!

—Quiero reemplazos rápidos e ir avanzando hacia abajo a lo largo de toda la ladera —comentó sin prestar atención a su herida.

—Así se hará, clarissime vir.

—Y que traigan agua para todos los legionarios que vengan de la primera línea, para que beban todo lo que necesiten. Da igual si la gastamos toda hoy. Hoy es el día, el único día que importa. ¿Me entiendes? Hoy nos jugamos todo.

Los oficiales asentían y salían en distintas direcciones para organizar la estrategia.

Los romanos, con reemplazos rápidos y bien coordinados por las muchas horas de adiestramiento, mantenían una primera línea con hombres descansados y bien adiestrados. Y pese a tener numerosas bajas por la virulencia con la que los teutones continuaban atacando, iban empujando a los bárbaros hacia el río. Poco a poco, con mucha dificultad pero de un modo constante, aquel progreso ladera abajo les dio una enorme esperanza en la victoria. Puede que fueran la supuesta escoria de Roma, pero iban a ganar, iban a cambiar la historia y ya nadie se reiría de ellos nunca más.

Las palabras del cónsul aún vibraban en sus oídos mientras seguían matando teutones, empujándolos más y más abajo de la pendiente y avanzando hacia el río.

Encinar, a medio camino entre el campamento romano y el teutón en un flanco de la llanura

Oculto entre los árboles con sus hombres armados, Marcelo, siguiendo las instrucciones del cónsul, había visto pasar a todo el ejército teutón sin hacer nada para impedirlo. Su misión era otra.

Podía ver ahora cómo los bárbaros retrocedían poco a poco, replegándose frente al empuje de las cohortes comandadas personalmente por el cónsul.

—Aún están lejos —dijo Marcelo a sus oficiales—, pero que los hombres y las bestias vayan preparándose. Pronto nos tocará a nosotros.

Centro del ejército teutón

Teutobod contemplaba cómo sus guerreros trataban de doblegar a las cohortes romanas. No le gustaba aquello, aunque se negaba a creer que, al final, la fuerza de sus soldados y su superioridad numérica no se impusieran. Eran muchos más. Podía permitirse perder unos cuantos miles. Pero quizá, después de todo, no fuera mala idea ir replegándose hacia la llanura. Aquella ladera favorecía a los romanos, por la pendiente y porque era como un callejón sin salida y con barrancos laterales que les impedían usar su superioridad numérica para envolver al enemigo. Había tardado en darse cuenta de todo ello, mas estaba a tiempo de corregir errores. Sí, ceder terreno poco a poco podía ser una buena estrategia. Tenía claro que el ataque de la caballería romana al alba había sido un cebo que había mordido, un señuelo que los había conducido a la boca del lobo romano, pero ahora sacaría de allí a sus hombres ordenadamente y, una vez en la llanura, los reorganizaría, rodearía a los romanos por los flancos en cuanto cruzasen el río al ir tras él, y cuando el agua quedara a las espaldas de los legionarios los masacraría por tres frentes a la vez y los empujaría hasta el río como pasó en Arausio. Aquel arroyo no era el Ródano, aunque ciertamente resultaba una incomodidad cruzarlo o luchar con él a la espalda. La victoria sería suya. Otra vez. Sólo que costaría un poco más. Podía hacerse e iba a hacerlo.

—¡Por Odín! ¡Que se sigan replegando, más rápido pero de forma ordenada!

Vanguardia del ejército romano

—Se ha dado cuenta —dijo Cayo Mario observando el repliegue de los teutones—. El rey teutón ha entendido que se le ha tendido una trampa.

—¿Y qué hacemos, clarissime vir? —preguntó Sertorio.

—Seguimos adelante con el plan.

—¿Y cruzamos el río?

—Todo según lo planeado —insistió el cónsul—. Quiere salirse de la trampa. Falta que lo consiga. Hoy somos nosotros los cazadores y él la presa. Y cuando Cayo Mario sale de caza, Cayo Mario regresa con buenas piezas capturadas.

En la llanura

Calor.

El sol estaba ascendiendo al sur de la Galia y cada vez calentaba más la llanura. Los teutones, poco acostumbrados a combatir junto a un Mediterráneo húmedo y cálido, sudaban a mares y perdían fuelle en el combate, y el repliegue, que debía ser lento y ordenado, se volvía por momentos una desbandada de carreras rápidas donde muchos bárbaros intentaban llegar cuanto antes al río. Buscaban refrescarse en las aguas, beber y alejarse también de las legiones romanas que avanzaban sin parar hacia ellos.

Teutobod se desgañitaba dando órdenes para controlar la retirada de sus hombres. Las cosas no marchaban bien, pero tenía la confianza puesta en dos factores y aumentaba a medida que descendían de la ladera: en la llanura, los flancos del enemigo quedarían descubiertos al salirse de los barrancos y su superioridad numérica se haría valer, por fin, al poder rodear a los romanos por los flancos. Ése era su plan, y sabía que era una buena estrategia. Una fórmula ganadora.

Muchos ya habían cruzado el río y Teutobod estaba reposicionando sus fuerzas con un frente de batalla mucho más extenso que el que iban a proponer como frente de combate las legiones, para así, de ese modo, desbordar a las cohortes romanas por ambos extremos, cuando de pronto...

—¿Qué es eso? —preguntaron a gritos algunos oficiales germanos.

Teutobod miró a su retaguardia y observó cómo de entre el bosque de encinas emergía una segunda fuerza militar enemiga de caballería e infantería: se lanzaba sobre su ejército, que aún estaba reorganizándose.

—¡Es un segundo ejército! —gritaban ahora soldados y consejeros teutones por igual—. ¡Los romanos han traído un segundo ejército!

Y así, sin pararse a analizar con más detalle qué fuerza exactamente se les acercaba por la retaguardia, al ver que las legiones del cónsul cruzaban ya el río y se lanzaban contra ellos, cundió el pánico total: los teutones se sentían rodeados por dos ejércitos romanos, repelidos en su ataque frontal en la ladera, cansados, sedientos y desorganizados. Empezaron a huir.

Teutobod miraba con atención a aquel supuesto segundo ejército y se percató de que no eran ni tantos romanos ni tan bien pertrechados: parecía una hueste extraña de caballería y hombres a pie, no legionarios regulares, sino auxiliares, o como si hubieran armado a esclavos. Y entre los animales se veían algunos con jinete, pero también otros sin jinete alguno.

—Es una estratagema, sólo eso —dijo. Y lo gritó—: ¡Deteneos, por Odín, no es un segundo ejército!

Sin embargo, el miedo había prendido en los corazones de los bárbaros. Primero los romanos habían masacrado a los ambrones, luego los habían forzado a retirarse de la ladera y ahora los atacaban con nuevas unidades de las que nada sabían. Eran demasiadas dificultades e imprevistos. La huida les parecía la mejor opción.

Ejército romano

—Que las legiones ataquen a los que aún están saliendo del río —ordenó Cayo Mario con decisión—. Y que la caballería descienda de la ladera, nos supere por los flancos y salga a la caza y captura de los que huyen. Que apoyen a Marcelo y sus hombres.

—Sí, clarissime vir —aceptó Sertorio, y transmitió aquellas instrucciones con rapidez.

En la llanura

Teutobod, desesperado, intentaba reconducir la situación, pero medio ejército huía en desbandada, perseguidos por la caballería romana que descendía de la ladera y por la unidad militar que había aparecido desde el bosque. No eran tantos los perseguidores, pero sus guerreros, al huir sin mirar atrás, eran presa fácil y caían masacrados a centenares.

El rey teutón miró hacia el río. Allí la situación no era mejor: sus hombres, descorazonados, apenas oponían resistencia a unas legiones bien disciplinadas que seguían avanzando al tiempo que mataban y mataban. Algunos de sus hombres empezaron a arrojar las armas y a pedir clemencia. Eso enervó al rey hasta tal punto que se plantó, por primera vez desde el inicio de la batalla, en el frente mismo de lucha, pero aquella muestra de pundonor ya llegaba demasiado tarde. A su alrededor, el valor de Teutobod consiguió que algunos de sus hombres, por vergüenza, retomaran las armas, se unieran a su monarca y plantaran cara a las cohortes romanas, pero las legiones siguieron con sus relevos en primera línea, siempre con hombres frescos en el combate cuerpo a cuerpo. El rey teutón fue quedándose cada vez con menos hombres, luego se vio rodeado de heridos y muertos y, por fin, se halló combatiendo solo contra la primera línea de las legiones romanas.

No pudo resistir aquel empuje de las nuevas legiones. Aquellas tropas no luchaban como las de Arausio u otras batallas recientes. Teutobod no podía entender qué había cambiado en el espíritu de las legiones romanas. Estaba superado por todo y abandonado por todos.

—¡Aggghh! —aulló cuando lo hirieron con un gladio, con dos.

En ese instante un centurión reconoció la coraza y el casco del rey enemigo y ordenó a los legionarios que detuvieran su ataque, que lo rodearan y que vigilaran al monarca herido, caído y derrotado hasta que el cónsul de Roma llegara a aquel lugar y decidiera qué debía hacerse con él.

Entre tanto, la masacre de teutones era generalizada: en el río, donde las legiones seguían matando y haciendo prisioneros, y en la llanura, donde la caballería y las tropas de Marcelo continuaban aniquilando enemigos como si fueran conejos asustados. Los teutones se habían acostumbrado a guerrear en batallas donde desde el principio hasta el final habían llevado las de ganar, y para nada estaban preparados, ni mental ni físicamente, para un combate que se les torció desde el principio.

Los cadáveres se acumulaban.

La masacre fue descomunal.

Varias cohortes llegaron al campamento enemigo y se encontraron, como en el caso de los ambrones, a las mujeres luchando por su vida, con valentía pero sin recursos, intentando salvar a los niños. Muchas fueron asesinadas, y otras tantas capturadas como futuras esclavas. Y lo mismo pasó con los niños.

La derrota teutona era absoluta.

—Es una victoria total, clarissime vir —dijo Sertorio al recibir al cónsul junto al rey teutón herido en el suelo, rodeado por centenares de legionarios que observaban la escena henchidos de orgullo.

—Una gran victoria, así es —admitió Cayo Mario, y bajo la mirada atenta del propio tribuno y del resto de los oficiales y de todos los legionarios, avanzó hasta situarse junto al rey abatido y se acuclilló frente a él—. Ahora, dime, rey de los teutones: ¿quién es el cobarde?

Teutobod se limitó a lanzar un bufido de dolor impregnado de sangre que le salía por la boca y de desprecio que brotaba de su corazón.

Cayo Mario sonrió un momento.

Luego se puso en pie y se separó unos pasos del agonizante rey.

—¿Lo matamos? —preguntó Sertorio.

Cayo Mario se volvió hacia el monarca enemigo: estaba desangrándose lentamente, aún tardaría horas en morir si no lo ejecutaban.

—No, no lo matamos —respondió—. Se ha estado riendo de todos nosotros durante dos años, bien está que nos riamos todos de él unas horas.

Sertorio asintió, complacido.

—¡Y que repartan vino para todos los legionarios en cuanto se termine de rendir a los que intentan escapar! —añadió el cónsul alzando la voz para que todos sus hombres lo oyeran—. ¡Hoy sí es día de celebración y de beber! ¡Y los que lo deseen, pueden beber junto al rey enemigo abatido!

Vítores y aclamaciones emergieron por todas partes. Cayo Mario se alejó entonces del lugar y se encaminó al pequeño promontorio desde donde se podía divisar mejor lo que estaba pasando. Sertorio lo acompañó por si había órdenes que transmitir al resto de los oficiales. Desde aquel punto observaron cómo muchos teutones seguían rindiéndose y cómo la caza a los que huían aún continuaba en los confines de la llanura.

—Que Marcelo no se adentre en el bosque en persecución de los que puedan huir —ordenó el cónsul—. No quiero perder a ningún hombre en alguna emboscada improvisada por los que huyen.

Sertorio miró a los oficiales que los acompañaban y no tuvo necesidad de repetirlo: varios partieron a transmitir las órdenes a Claudio Marcelo.

Cayo Mario miraba hacia el río: estaba rojo por la sangre de los miles de teutones atravesados por los gladios y los pila romanos.

—¿Sabes lo que significa el nombre «teutones», según los galos? —preguntó a Sertorio.

—No, no lo sé, clarissime vir.

Teuto quiere decir «tribu» y ona, «agua». Para los galos, los teutones son la tribu de las aguas, porque supuestamente vienen de mares lejanos, allá en el desconocido norte. ¿No te parece curioso?

Sertorio no comprendía bien a qué se refería el cónsul.

—Los teutones, la tribu de las aguas —aclaró Cayo Mario, señalando el río teñido de rojo sangre—, han perecido en las aguas. Vinieron de las aguas y en ellas han sucumbido.

En ese momento, un oficial llegó a lo alto del promontorio: traía novedades.

—Marcelo ha sido informado —dijo el oficial—. Y el rey teutón... ya no respira.

Cayo Mario cabeceó ligeramente. Acababa de aniquilar a Teutobod, que a punto había estado de convertirse en un segundo Aníbal, pero para el veterano cónsul aquella muerte sólo merecía un pequeño gesto.

La sencillez con la que el cónsul acogió la noticia de la muerte de aquel mortífero enemigo engrandeció su figura ante Sertorio y sus hombres.

Imperator, imperator, imperator! —exclamaban las legiones de Roma.

Habían llegado a pensar que el cónsul que los dirigía era un cobarde, pero ahora lo vitoreaban como imperator.

Las noticias de la gran victoria llegaron pronto al Senado.

También aquellos vítores, que ensalzaban a Cayo Mario por encima de cualquier otro.

XXIII

Una nueva guerra

Una taberna junto al Tíber, Roma
90 a. C.

—A veces, muchacho —continuaba Cayo Mario mirando muy fijamente a los ojos a su sobrino—, una guerra no se gana el día de la batalla decisiva. Ese día se gana esa batalla, que, ciertamente, es muy importante, pero la guerra la ganaste todos esos otros días en los que tus enemigos te provocaron para que entraras en combate donde ellos querían, cuando ellos querían, pero que era cuando y donde a ti no te convenía. ¿Me comprendes bien?

César asintió mientras tomaba buena nota de cada palabra.

—Y no importa que te insulten. Puedes fingirte cobarde y no serlo, puedes fingirte torpe y no serlo. Lo único importante es la victoria final. Da igual que te llamen cobarde. No entres en combate hasta que creas que puedes ganar. Luego, pasado el tiempo, sólo se recuerda eso: al ganador. Todo lo que pasó antes queda borrado. Recuérdalo, muchacho, y no vuelvas a pelear si no puedes ganar.

—Sí... —respondió César, e iba a añadir «señor», pero cambió de palabra, como con miedo—, ¿tío?

Nada más decirlo, César vio cómo Sertorio y el resto de los oficiales abrían los ojos y se quedaban inmóviles, conteniendo la respiración. Las palabras de Mario parecieron retumbar en el silencio de aquella taberna junto al Tíber:

—¿Me has llamado tío? —El veterano senador se volvió hacia sus hombres y lo repitió en voz bien alta, por si alguno no lo había oído—: Me ha llamado tío.

César tragó saliva.

Mario se giró de nuevo para encarar a su sobrino, sentado frente a él, tan pálido que parecía que fuera a desmayarse. César sentía que todo el vino que había bebido se le había subido a la cabeza de golpe.

Entonces, de pronto, Cayo Mario se echó a reír. Una carcajada tan potente como limpia. Una risa de felicidad.

César se relajó, Labieno también y lo mismo Sertorio y el resto de los oficiales que acompañaban a su líder.

Mario se inclinó por encima de la mesa y le habló a su sobrino:

—Tú puedes llamarme tío —le dijo a César. Miró entonces a Labieno—. Tú no, pero si estás con mi sobrino, me caes bien.

Tito Labieno asintió con la cabeza.

—Gracias..., clarissime vir —musitó.

Cayo Mario se relajó de nuevo en la silla que ocupaba y suspiró.

Volvió a hablar, pero esta vez miraba su vaso de vino vacío, y no estaba claro si hablaba para su sobrino, para todos los presentes o para nadie, como si sólo pronunciara en alto sus propios pensamientos.

—Te he contado lo de los teutones, faltaría lo de los cimbrios y la batalla de Vercelae, pero el Senado me espera. Y un día he de contarte lo de Numancia; mucho aprendí allí: veinte años de guerra y cuatrocientos de asedio. Duros de pelar aquellos numantinos. El Senado —repitió, calló un instante y, por fin, prosiguió, si cabe aún más ensimismado y meditabundo—: Me han llamado por una nueva guerra. Los optimates sólo me llaman cuando tienen miedo: antes por la guerra de África, luego por los teutones y cimbrios, ahora por la rebelión de las ciudades aliadas. Si nos hubieran hecho caso a mí y a Glaucia y a Saturnino hace diez años, si les hubiéramos concedido algunos derechos a los socii, a nuestras ciudades aliadas en Italia, como la ciudadanía y el derecho de voto, al menos en los asuntos que les competen a ellos, este levantamiento de los marsos no habría tenido lugar. O si hubieran hecho caso a Druso, que volvía a intentar resolver sus reclamaciones por la vía de la negociación. Pero los optimates mataron a Glaucia y a Saturnino, me obligaron a exiliarme y ahora han matado a Druso. Los marsos y los socii no han tenido muchas alternativas diferentes a la guerra.

—¿Vas a luchar por los optimates frente a los socii? —preguntó César entre sorprendido y decepcionado.

—No, muchacho, voy a defender Roma. Luego queda lo de cambiar Roma y que sea, por fin, la Roma de todos, de senadores optimates y populares, caballeros, plebeyos y socii. Pero antes hay que defenderla. Cuando hay una crisis grave, no es momento de disputas políticas. Primero hay que resolver la crisis, luego ya habrá tiempo de política. Sólo los malvados o los imbéciles ponen la política por delante en tiempos de grave crisis. Es como ocurrió en Atenas con aquella peste tan grave... —Aquí se detuvo y pareció despertar como de un trance. Miró una vez más a su sobrino—. Se ríen de mí, los optimates, porque no pronuncio bien el griego, y es cierto, pero leerlo lo leo, muchacho. ¿Sabes lo que cuenta Tucídides sobre la guerra entre Esparta y Atenas y la terrible peste que asoló a esta segunda?

César había leído bastantes textos griegos, pero sobre todo teatro, que le parecía más entretenido que los densos papiros sobre historia antigua.

—No, no lo sé —respondió.

Mario se inclinó otra vez hacia delante y Sertorio no pudo evitar un gesto de impaciencia. A él no le parecía que hacer esperar tanto al Senado fuera buena idea, teniendo en cuenta cómo estaban de tensos los ánimos en Roma. Una Roma que él ya había vivido en olas anteriores de violencia desatada, como cuando no pudo evitar la lapidación de Saturnino dentro del edificio del propio Senado.

El veterano senador notó su urgencia y levantó la mano izquierda para que Sertorio no dijera nada. Quería terminar de contar lo de Grecia.

—Atenas estaba en guerra con Esparta, una guerra terrible y, en medio de aquel enfrentamiento, se desató además una espantosa enfermedad, una auténtica epidemia que asoló la ciudad atestada de gente que se había refugiado tras los muros de Atenas huyendo de los espartanos —se explicó Mario con mucha intensidad—. El líder de los atenienses al comienzo de esa guerra era Pericles. ¿Lo conoces, muchacho?

—Lo conozco —confirmó César—, pero no sé mucho de él.

—Gran militar y gran político. Mejor político que tu tío, seguro. —Se rio—. La cuestión es que él sabía que se tenía que resolver el asunto de la epidemia, pero él mismo falleció por causa de aquella enfermedad que, dicen, les llegó a los atenienses desde el mar. En algún barco. Mas lo importante, lo que viene al caso con lo que ocurre ahora en Roma, es que Pericles fue reemplazado en el gobierno de Atenas por políticos infinitamente inferiores, torpes, poco inteligentes, mal preparados y que en lugar de gobernar buscando el bien público, el bien del conjunto de la ciudad y sus habitantes, esto es, luchar contra la epidemia y conducir bien la guerra, buscaron sólo la popularidad rápida. ¿A qué condujo la falta de visión y la estupidez de todos esos políticos? A que Atenas perdiera un tercio de su población en la epidemia, a que perdiera la guerra contra Esparta y a que, en definitiva, ya nunca fuera la ciudad que fue. Es un patrón que se repite en la historia, muchacho. De manera cíclica. Sin aparente remedio.

—¿Cuál exactamente? —inquirió César, que estaba intentando asimilar todo aquello aunque se le hacía algo trabajoso.

—Políticos egoístas, corruptos y con frecuencia imbéciles, que se aprovechan de una grave crisis bélica o generada por una gran enfermedad, que buscan aprovecharse de esas terribles circunstancias para, o bien llegar al poder, o bien mantenerse en él sin importarles lo más mínimo las consecuencias que su ambición personal pueda tener en la población que gobiernan —sentenció Cayo Mario con solemnidad—. Algunos incluso juegan a alargar las crisis, ya sean guerras o enfermedades, si creen que esto les puede favorecer. Aquí, en Roma, ahora, es como si se repitiera la historia: los senadores optimates piensan más en cómo controlar el poder que en el bien público. Pero Roma tiene la suerte de que yo, Cayo Mario, pienso más en el bien de todos, en resolver la crisis, antes que en mí mismo. Si fuera como ellos, como los optimates, me sentaría de brazos cruzados y no haría nada mientras los marsos y otros pueblos se alzan en armas contra nosotros y destrozan nuestras defensas. Y esperaría a que llegara la desesperación absoluta para hacerme con todo el poder en Roma. Sin embargo, yo no soy como los optimates. Yo pienso en evitar el mayor número de víctimas en esta guerra y en hacer frente a la crisis lo antes posible. Por eso iré al Senado, dominado por esos egoístas y malos políticos, para ponerme, no a su disposición, sino a disposición de Roma y sus habitantes. Yo, sobrino, lucharé por Roma. Siempre por el pueblo de Roma y sus intereses, antes que por los de los senadores o los míos propios. Ésa es la diferencia entre tu tío y los optimates y ésa, muchacho, debe ser también siempre la diferencia entre tú y ellos. El Senado me ha llamado porque saben que en la guerra, aunque les duela reconocerlo, soy el mejor. Y aceptaré luchar a su lado en este conflicto, pero no por ellos, sino por el bien de Roma. ¿Me entiendes?

—Entiendo, tío —ratificó César—. Pero ¿por qué te odian tanto? ¿Por las victorias?

—No, no sólo es eso, muchacho, es porque yo demostré que la plebe de Roma, armada y adiestrada, es invencible. Por eso me odian, por eso me temen. Lo demostré en Aquae Sextiae. Y por eso fueron a por mí tras mis victorias contra los teutones y los ambrones y los cimbrios. Me alié con Saturnino y Glaucia, pero ya te habrá contado tu madre lo que pasó, en los tiempos en los que tú acababas de nacer. Todos muertos. Sólo yo sobrevivo. Y odian que siga existiendo. En cuanto la guerra contra los marsos y socii termine, los optimates, como siempre, se revolverán contra mí.

Dicho esto y para alivio de Sertorio, Mario se levantó por fin para despedirse del muchacho. El senador se dirigió a su tribuno de mayor confianza:

—Que una docena de hombres escolten a mi sobrino y a su amigo hasta sus casas.

Sertorio asintió.

Ya en pie, Cayo Mario se volvió de nuevo hacia los muchachos que, por respeto, también se habían levantado.

—Y lo siento mucho, muchísimo —le dijo a su sobrino con la faz casi triste.

—¿El qué? —preguntó el joven, que no lo entendía.

—Ser tu tío —respondió Mario muy serio.

—¿Por qué dices eso? —inquirió César, aún sin comprender el sentido de aquellas palabras—. Yo estoy muy orgulloso de ser tu sobrino.

Mario suspiró antes de explicarse largo y tendido. Seguramente aquéllas iban a ser las últimas palabras que dirigiera al joven César en mucho tiempo. Apoyó las manos en la mesa y le habló en voz baja, de modo que sólo su sobrino y Labieno pudieron escuchar lo que decía:

—No entiendes la auténtica dimensión del problema al que te enfrentas, muchacho. Tus enemigos, que son los míos, te perdonarán cualquier cosa menos una: Sila no te perdonará nunca que seas mi sobrino, y Dolabela, su mano derecha, su perro de presa, aún menos. Lo siento, muchacho, tendrás que vivir con ello. Tendrás que intentar sobrevivir a ello. —Calló un instante y miró a Labieno y, otra vez, a su sobrino—. Aunque hoy has conseguido una pequeña gran victoria.

—¿Una victoria? ¿Yo?

—Hoy has hecho un amigo. Tú has conocido hoy a quien quizá sea lo que Cayo Lelio fue para Escipión. Me precio de conocer bien el carácter de las personas. —Miró a Labieno, que tenía los ojos abiertos y no parpadeaba—. No, este amigo tuyo no te traicionará nunca. Ahora he de irme. Recuerda: cuídate de Sila y, si puedes, nunca te enfrentes a Dolabela. Crece rápido. Hazte fuerte rápido, muchacho. No tienes un segundo que perder.

Cayo Mario se separó de la mesa, dio media vuelta y echó a andar seguido por Sertorio y rodeado por sus oficiales y veteranos de guerra. Como si de una cohorte se tratara, a paso marcial, abandonaron todos la taberna y en ella sólo quedaron el posadero, el joven César, su amigo Labieno y doce antiguos legionarios que debían escoltarlos hasta sus casas.

—Nunca seré tan grande como él —masculló César entre dientes—. Nunca.

Οἱ δὲ ταῦτά τε πάντα ἐς τοὐναντίον ἔπραξαν καὶ ἄλλα ἔξω τοῦ πολέμου δοκοῦντα εἶναι κατὰ τὰς ἰδίας φιλοτιμίας καὶ ἴδια κέρδη κακῶς ἔς τε σφᾶς αὐτοὺς καὶ τοὺς ξυμμάχους ἐπολίτευσαν, ἃ κατορθούμενα μὲν τοῖς ἰδιώταις τιμὴ καὶ ὠφελία μᾶλλον ἦν, σφαλέντα δὲ τῇ πόλει ἐς τὸν πόλεμον βλάβη καθίστατο.

En cuanto a las otras cosas no tocantes a la guerra, los que tenían el gobierno obraban cada cual según su ambición con gran perjuicio de la ciudad y de ellos mismos, porque sus empresas eran tales que, cuando salían bien, redundaban en honra y provecho de los particulares antes que del común; y, si salían mal, el daño y pérdida eran para la ciudad.

TUCÍDIDES,

Historia de la guerra del Peloponeso, II, 65, 7

(Sobre los gobernantes de Atenas tras la muerte de Pericles en medio de una pandemia por fiebre tifoidea durante la guerra contra Esparta)

EL JUICIO III

INQUISITIO

Periodo que se concede al accusator y a la defensa para la preparación del juicio mediante la reunión de pruebas y testigos.

XXIV

Los testigos

Domus de la familia Julia, Roma
77 a. C.

—Ya sé lo que quería decir Cicerón con lo que nos comentó al final de la divinatio. —César hablaba encendido, entusiasmado. Su amigo Labieno lo escuchaba con interés pero con una sombra en la faz que él, en medio de su ilusión por el descubrimiento, aún no había detectado—. Hay que ser defensor, sin duda, eso es lo popular. Ser accusator, o delator, como también se denomina, es impopular; es como ese niño pequeño que se chiva de otros ante los adultos. Acusar es como de chivato, como de envidia. Al acusar a un senador, como vamos a hacer con Dolabela, lo que perseguimos es acabar con su carrera política, arrinconarlo, apartarlo de la vida pública, humillarlo, desprestigiarlo.

Labieno, contagiado por la pasión de César, olvidó por un momento las malas noticias que traía y se involucró en la conversación que su amigo le planteaba:

—Pero, en verdad, Dolabela es un senador corrupto que hay que desprestigiar, que dejar en evidencia y cuya carrera política debemos frenar. O será un nuevo Sila. Incluso peor que él.

—Sí, por supuesto, amigo mío —reconoció César—. Ése es nuestro objetivo. Y Cicerón debe de pensar lo mismo, pero estoy seguro de que él se refiere a cómo conseguir ese objetivo sin parecer perversos nosotros mismos: acusar nos hace impopulares; defender, sin embargo, es lo que se ve como heroico, como ponerse de parte del débil en un juicio. Con Dolabela sabemos que nada de eso es cierto, que él es el fuerte, el poderoso, y hasta sabemos que en el entramado del juicio controla al tribunal, a los senadores, muchos de ellos corruptos como él, todos optimates conservadores, y que si nos han dado cuatro meses para la inquisitio no es porque quieran facilitarnos la tarea de reunir pruebas contra Dolabela, sino porque simplemente quieren dar tiempo a Metelo, a su líder, a que retorne de Hispania y que él sea el presidente de este tribunal. Seguro que es una petición de Dolabela a los optimates. No quiere dejar ningún cabo suelto. Metelo anda en la guerra contra Sertorio, ¿recuerdas?, el brazo derecho de mi tío Mario, que se ha atrincherado en Hispania y sigue en rebelión militar contra esta República controlada por los optimates.

Labieno asintió. Recordaba perfectamente a Sertorio: un valiente de las legiones de Mario. Su oficial más valeroso.

—Y a mí me han seleccionado como accusator, en lugar de a Cicerón, porque están seguros de que soy infinitamente peor que él y, desde luego, más inexperto. Y Dolabela, además, ha contratado a mi tío Cota y a Hortensio, los mejores abogados de Roma. Es el fuerte, pero ante el pueblo, en la basílica, es el reus, el acusado: es como si fuera el débil, y yo, su acusador, el que lo delata, quien lo difama quizá. No, no es ésa la imagen que me puede hacer popular, que nos puede hacer populares ante la plebe. No, esto no puede ser, por Júpiter: hemos de encontrar la forma de aparecer ante el pueblo de Roma como si yo fuera un defensor de una causa justa y noble.

—Es justo y noble dejar en evidencia a un corrupto e intentar apartarlo del poder.

—Sí, pero seguimos siendo acusadores en ese enfoque. Hay que ser defensores, defensores de algo o alguien. Yo, Cayo Julio César, me presentaré en la basílica como el defensor de los macedonios, de personas rectas que acatan la autoridad de Roma, que, pese a tener un gobernador injusto, no se han rebelado contra Roma, aun teniendo motivaciones razonables para haber promovido un levantamiento. Personas que, antes bien, han decidido aceptar las leyes romanas, nuestras leyes, que asumen como propias y merecen, pues, una defensa justa. Yo seré su abogado defensor, acusaré a Dolabela, lo despedazaré en el juicio, pero no serán actos de ataque, sino la defensa de quienes han sido ultrajados. ¿Lo entiendes?

Labieno asintió despacio, mientras paseaba por el atrio de la casa de la familia Julia en Roma.

—Sí, lo veo claro. Y tiene mucho sentido —admitió, pero su rostro volvió a ensombrecerse—. Lástima que cada vez tengas menos herramientas para esa defensa que quieres hacer —apostilló con gravedad.

—¿Qué quieres decir? ¿Y a qué viene ese rostro sombrío?

Labieno detuvo su caminar por el atrio y lo miró a los ojos.

—Soy portador de muy malas noticias.

—Dime —lo invitó César tomando asiento en un solium.

—Vetus, el ingeniero que tenía que testificar en nuestro favor, ese al que contrató Dolabela para, supuestamente, reparar la Vía Egnatia y que iba a explicar cómo nunca recibió dinero alguno de los impuestos que Dolabela creó para sufragar las obras en la calzada...

—Dinero que se quedó Dolabela, sí —lo interrumpió César con impaciencia—. Su testimonio es vital para nosotros. ¿Qué pasa con él?

Labieno respondió rápido. No tenía sentido retrasar las malas noticias.

—Ha aparecido muerto hoy mismo en su casa.

—¿Cómo?

—Apuñalado.

Labieno extrajo de debajo de su toga una daga astifina con la empuñadura pintada de rojo y negro y la dejó sobre una mesa. El puñal aún tenía manchas de sangre.

—Lo asesinaron con esto.

César torció el gesto y mostró una sonrisa sarcástica.

—¡Por Júpiter! Ni siquiera se han molestado en que pareciera un accidente.

—Ni siquiera —confirmó Labieno—, pero eso no es todo. He recibido un mensaje de los macedonios, del que responde al nombre de Pérdicas. Tú estabas ausente estos días, en tu villa del campo, y han recurrido a mí: el sacerdote del templo de Afrodita en Tesalónica, que había aceptado venir hasta Roma para declarar en el juicio, también ha aparecido muerto hace unos días en el interior del mismísimo templo.

—¿En Macedonia?

—En Macedonia.

—Hasta allí llegan los agentes de Dolabela... —comentó César entre dientes en medio de su asombro, pero quería más datos—. ¿Apuñalado también?

—También. Todo demasiada coincidencia: tus dos testigos más importantes, los de mayor crédito, muertos apenas unas semanas después de que anunciaras en la divinatio sus nombres para fortalecer ante el tribunal que tú eras el posible accusator con mejores testigos.

César calló unos instantes. Menos mal que no desveló en la divinatio todos sus testigos.

—Anunciar sus nombres fue un grave error por mi parte —murmuró al fin—. Lo hice a conciencia, igual que a conciencia fingí ser bastante más torpe de lo que quizá pueda ser como orador, para que me seleccionaran como acusador al pensar que soy un auténtico desastre. Ya supuse que usarían en nuestra contra el anuncio de esos testigos, pero he de admitir que pensé que se limitarían a aprovechar la información que les anticipaba para que los defensores de Dolabela prepararan mejor los interrogatorios al ingeniero y al sacerdote, o para que prepararan testigos alternativos que desprestigiasen sus declaraciones. Nunca pensé que fueran a matarlos.

Hubo otro silencio.

—Esto va en serio —dijo entonces Labieno.

—Esto va muy en serio —remarcó César mientras recordaba las numerosas veces en las que su tío Mario lo advirtió de la brutalidad de Dolabela y del peligro que podría suponer enfrentarse a él. Ahora, de pronto, todas aquellas advertencias parecían resonar en su cabeza.

Los dos amigos permanecieron callados un rato. César, sumido en sus pensamientos; Labieno, buscando una solución a la muerte de aquellos testigos. Solución que no encontraba de ningún modo.

Ambos estaban desolados.

—¿Qué piensas hacer? —le preguntó al fin Labieno.

—Bueno, nos queda un testimonio que no mencioné en la divinatio.

—No bastará —replicó su amigo con tristeza y franqueza a la vez—. Es el testimonio de una mujer. Sabes que Hortensio y Cota la destrozarán. Es muy joven. No soportará la presión. Y, aunque la soporte, el interrogatorio frivolizará con lo que le hizo Dolabela.

—Lo sé —aceptó César—. Pero el testimonio de esa muchacha, Myrtale, es impactante: es hija de un aristócrata de Tesalónica, no es una esclava. Removerá conciencias. En todo caso, no será suficiente. Hay que protegerla, y también conseguir testigos que reemplacen a los asesinados por las gentes de Dolabela. ¿Los macedonios aún custodian a Myrtale?

—La muchacha no sale nunca de la casa en la que están —respondió Labieno—, y esos macedonios están armados hasta los dientes. Tendrían que matarlos a todos antes de tocar a la chica.

—Bien. Entonces, nosotros nos ocuparemos de la otra cuestión. Nos han dado cuatro meses para nuestra inquisitio —continuó César con aplomo, recuperando energía después del impacto de las noticias iniciales—. Como te decía, lo han hecho para dar margen al regreso de Metelo y que presida el tribunal, pero pienso aprovechar cada minuto de estos cuatro meses. Ahí han cometido un error.

—¿Darte este tiempo?

—Darme este tiempo y haber asesinado al ingeniero y al sacerdote tan pronto. Si los hubieran asesinado al final de este periodo de investigación, nos habríamos quedado sin testigos ni margen de maniobra.

—Pero los han matado ya —comentó Labieno, que empezaba a entender por dónde iba su amigo.

—Exacto, por Hércules, y eso nos da tiempo para buscar nuevos testigos.

—¿Nuevos testigos?

—Eso es. —César lo miró con los ojos encendidos—. ¿Quieres acompañarme en un viaje?

—¿Un viaje a dónde?

Él lo tenía muy claro:

—A Macedonia.

XXV

La Vía Egnatia[14]

Península itálica, en ruta hacia Macedonia
77 a. C.

Cuatro meses eran un margen suficiente pero limitado si se deseaba llegar hasta Tesalónica y volver a tiempo para la siguiente sesión del juicio: la reiectio. Por eso, César y Labieno partieron a la mañana siguiente de esa charla y tomaron la Vía Apia en dirección sur para llegar al puerto de Bríndisi. Cabalgaron. Lo importante era llegar a toda velocidad. Con ellos se llevaron unos cuantos esclavos y un grupo de exgladiadores a sueldo como escolta. Viajar siempre era peligroso. También los acompañaba un veterano ingeniero de Roma, Marco de nombre.

—¿Para qué lo traes con nosotros? —preguntó Labieno nada más iniciar viaje por la Vía Apia en dirección sur.

—Te dije que necesitamos nuevos testigos —le respondió César—. Ese ingeniero, su testimonio, sustituirá al del hombre que supuestamente contrató Dolabela para reparar la Vía Egnatia. Necesitamos que un ingeniero certifique con sus palabras que el estado de la vía demuestra que no se ha invertido en ella ni un sestercio en años.

Labieno asintió, pero había algo que no encajaba.

—¿Y cómo lo has persuadido para que testifique, para que se meta en esta locura? A estas alturas ya sabrá lo que ha pasado con su compañero de profesión.

—Las proscripciones de Sila, cuando confiscó propiedades a sus enemigos políticos apoyado por Dolabela, dejaron sin dinero a sus principales contratistas. Desde entonces todo han sido penurias para él. Digamos que Marco tiene ganas de devolverle el golpe a Dolabela. Y lo que es perder, ya ha perdido mucho.

Labieno seguía viendo el brillo en los ojos de su joven amigo. César, por algún motivo que a él se le escapaba, aún pensaba que se podía condenar a Dolabela en un juicio en Roma, pese a que el tribunal estuviera comprado, el presidente puesto a dedo por los optimates y aunque los abogados defensores fueran los mejores del momento. Y lo cierto es que el entusiasmo de César era, simplemente, contagioso.

Llegaron a Bríndisi.

Embarcaron en la primera trirreme que encontraron disponible y pusieron rumbo al puerto de Dyrrachium,[15] ya en las costas macedonias, al otro lado del Mare Superum.[16]

—¿Vas a recusar a algún juez del tribunal? —preguntó Labieno mientras navegaban hacia el norte, con el viento del mar en el rostro. Eso tocaba en la siguiente fase del juicio: la reiectio, el momento en que accusator y abogado podían retirar del tribunal a alguno de sus miembros—. ¿Has pensado en ello?

—Sólo hay un juez a quien quiera recusar —respondió César—. Todos son senadores favorables a la causa de Dolabela, pero el más fuerte, el más poderoso, a quien esperan, es a ese a quien debemos quitar de en medio.

—¿A Metelo? —inquirió Labieno realmente sorprendido—. ¿A quien van a designar presidente del tribunal?

—A Metelo, sí —repitió César categórico.

—¿Y cómo piensas hacerlo?

—No lo sé. He de hablar antes con alguien.

—¿Con quién?

—Con mi madre. Es la persona más inteligente que conozco en Roma. En lo de la reiectio quiero su consejo.

A Labieno no le sorprendió aquella respuesta. Sabía de la admiración de César por su madre, como era conocedor del buen criterio e inteligencia de la propia Aurelia. Aun así, le pareció que su amigo ponía demasiadas esperanzas en el consejo de una mujer, pero prefirió no verbalizar sus dudas al respecto. Los dos se quedaron en silencio mirando hacia el horizonte del mar en busca de divisar las costas macedonias.

Cuando se puso el sol, descendieron al camarote en la bodega del barco a descansar un rato, y al alba acudieron sus esclavos a despertarlos.

—Se ve la costa, mi señor —dijo uno de ellos a César.

Desembarcaron en Dyrrachium e iniciaron, una vez más a caballo, la revisión de la Vía Egnat

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