LA CHICA ESTÁ DELANTE DE UN PRECIPICIO, agarrándose al borde con los dedos de los pies. Un abismo oscuro se abre ante sus ojos. Un par de piedrecitas caen barranco abajo hasta desaparecer entre las sombras. Antes había algo en esta gran fosa, una torre o tal vez un templo; no se acuerda muy bien de qué era. Mira hacia abajo, hacia el pozo infinito que tiene delante, y, sin saber por qué, se da cuenta de que en su día este lugar había sido muy importante. Un lugar seguro.
Un santuario.
Quiere retroceder, alejarse de este foso escarpado. Es peligroso quedarse aquí, balanceándose en el borde a un paso de la nada. Pero le resulta imposible moverse. Tiene los pies clavados en la tierra. De pronto, el suelo arenoso se agita bajo sus pies: el abismo se está abriendo. Muy pronto, el borde en el que se balancea cederá y la oscuridad se la tragará.
«¿Tan malo sería?».
Le duele la cabeza. Es un dolor distante, casi como si estuviera sintiéndolo otra persona. Es un pálpito mortecino que empieza en la frente, se extiende por las sienes y desciende hacia la mandíbula. Se imagina su cabeza como si fuera un huevo que ha empezado a cascarse y cuyas fisuras se van extendiendo por toda la superficie. Se frota la cara con las manos e intenta concentrarse.
Recuerda vagamente que alguien la golpeó contra el suelo peñascoso. Una y otra vez, agarrándola por el tobillo con una fuerza insuperable. Y su cabeza impactó contra las rocas despiadadas. Pero es como si le hubiera ocurrido a otra persona. Ese recuerdo, como el dolor, parece muy lejano.
La oscuridad está en silencio. No tendrá que recordar la derrota o el dolor consiguiente o lo que se perdió cuando ese pozo sin fondo se abrió en la tierra. Si avanza solo un paso hacia el borde y cae en el abismo, podrá olvidarse de todo, para siempre.
Pero algo la retiene. En lo más profundo de su ser, algo le dice que no debería huir del dolor. Debería enfrentarse a él. Seguir luchando.
De repente, en la oscuridad que se extiende bajo sus pies, ve titilar un brillo de un azul cobalto, un rescoldo de luz solitario: su corazón se estremece. Le recuerda a aquello que tanto luchó por proteger y por qué se siente tan dolorida. Al principio la luz no es más que un punto, como una estrella solitaria en el cielo nocturno. Luego se va expandiendo, va ascendiendo hacia ella, como si fuera un cometa, y, al alcanzar el borde del abismo, vacila.
Y entonces la muchacha lo ve, flotando ante sí, tan radiante como la última vez, con esos rizos negros siempre revueltos y esos ojos de un verde esmeralda que no aparta de ella: es exactamente como lo recordaba. Le sonríe, con su habitual aire despreocupado, y alza una mano.
—Tranquila, Marina —le dice—. Ya no tienes que seguir luchando.
Al oír el sonido de su voz, todos sus músculos se relajan y, de pronto, la oscuridad que se extiende ante ella ya no le parece tan amenazadora. Permite que uno de sus pies se asome al abismo. Ahora el dolor de cabeza le resulta más llevadero. Le parece más lejano.
—Eso es —le dice él—. Ven conmigo.
Está a punto de cogerle la mano, pero hay algo que no le cuadra. Aparta la mirada de sus ojos, de su sonrisa, y entonces ve la cicatriz: una gruesa franja de un tejido hinchado de un color púrpura. Ella retira la mano y casi pierde pie.
—¡Esto no es real! —grita, recuperando la voz, mientras planta, resuelta, ambos pies en el suelo rocoso y se aparta de la oscuridad.
La sonrisa del muchacho del cabello rizado se desvanece y da paso a una expresión cruel y mezquina, una expresión que nunca había visto en él.
—Si esto no es real, ¿por qué no puedes despertar? —le pregunta él.
No lo sabe. Está allí atrapada, en el borde del precipicio, delante de ese muchacho moreno al que había querido en el pasado, pero ahora comprende que en realidad no es él, sino el hombre que la ha conducido hasta allí, el mismo que la golpeó con tanta violencia y que luego destruyó el lugar que tanto amaba. Y ahora está profanando sus recuerdos. Cierra los ojos.
—Oh, por supuesto que me despertaré, cabronazo. Y entonces vendré a por ti.
El muchacho la fulmina con la mirada y trata de adoptar una expresión divertida; pero ella se da cuenta de que está enfadado. No le ha funcionado la jugada perversa.
—Habría sido muy plácido, idiota. Te habrías limitado a caer en la oscuridad. Te estaba ofreciendo clemencia. —Empieza a hundirse de nuevo en el abismo, dejándola a solas en el borde, mientras sus palabras llegan hasta ella—. Ahora lo único que te espera es más dolor.
—Pues que así sea.

El muchacho de un solo ojo está sentado en una celda de almohadones. Se rodea con los brazos. Claro que no tiene elección: lleva puesta una camisa de fuerza. Su único ojo contempla con sopor las paredes blancas, acolchadas y blandas. La puerta no tiene pomo; no parece que haya modo de escapar. Le pica la nariz y hunde el rostro en el hombro para rascársela.
Cuando levanta la mirada, descubre una sombra en la pared. Alguien está de pie justo detrás de él. El muchacho de un solo ojo se encoge al sentir que dos manos robustas se posan en sus hombros y los estrechan con suavidad. Oye una voz profunda junto a su oído.
—Podría perdonarte —le dice el visitante—. Tus fracasos, tu insubordinación. En cierto modo fue culpa mía. Para empezar, no debería haberte mandado con esa gente. Ni haberte pedido que te infiltraras. Es normal que desarrollaras cierto... apego.
—Querido Líder —afirma el muchacho de un solo ojo con una entonación burlona, mientras forcejea tratando de liberarse de su camisa de fuerza—, has venido para salvarme.
—Eso es —confirma el hombre como si fuera un padre orgulloso, haciendo caso omiso del tono sarcástico del muchacho—. Todo podría volver a ser como antes. Como siempre te había prometido. Podríamos dirigirlo todo juntos. Fíjate en lo que te han hecho, en cómo te han tratado. Con el poder que tú tienes y dejas que te encierren como a un animal...
—Me he quedado dormido, ¿verdad? —se pregunta el muchacho de un solo ojo, impasible—. Estoy soñando.
—Sí, pero nuestra reconciliación será muy real. —Las manos robustas abandonan los hombros del muchacho y se disponen a desabrochar la camisa de fuerza—. Solo quiero una minucia a cambio. Una demostración de tu lealtad. Simplemente dime dónde puedo encontrarlos. Dónde puedo encontrarte. Mi gente (nuestra gente) estará allí incluso antes de que te despiertes. Te liberarán y te devolverán el honor.
El muchacho de un solo ojo no presta mucha atención a la propuesta del hombre. La camisa de fuerza cede cuando las hebillas se desabrochan. Se concentra y recuerda que todo esto no es más que un sueño.
—Te deshiciste de mí como si fuera basura —dice—. ¿Por qué yo? ¿Por qué ahora?
—Me he dado cuenta de que fue un error —responde el visitante entre dientes. Es la primera vez que el muchacho de un solo ojo oye una disculpa de labios de ese hombre—. Eres mi mano derecha. Eres fuerte.
El muchacho de un solo ojo resopla. Sabe que eso es mentira. El hombre ha acudido a él porque cree que es débil. Cree que puede manipularlo. Pone a prueba su fragilidad.
Pero todo esto solo es un sueño. El sueño del muchacho de un solo ojo. Así que es él quien pone las reglas.
—¿Qué me dices? —le pregunta el hombre, rozando con su aliento caliente la oreja del muchacho—. ¿Adónde te llevaron?
—No lo sé —le responde él con sinceridad. No sabe dónde se encuentra la celda acolchada en la que está encerrado. Los demás se aseguraron de que no lo supiera—. En cuanto a... ¿Cómo lo has llamado? ¡Reconciliación! Tengo una contraoferta.
Imagina su arma preferida, una cuchilla puntiaguda que siempre llevaba sujeta en la parte interior de la muñeca y que de pronto se materializa. El muchacho de un solo ojo activa el mecanismo para que la hoja se despliegue y la punta mortífera del arma atraviesa la tela de su camisa de fuerza. Luego el chico da un giro para clavar la cuchilla en el corazón del hombre.
Pero ya se ha ido. El muchacho de un solo ojo suelta un gruñido de decepción: le habría gustado vengarse. Aprovecha para estirar los brazos. Cuando se despierte, estará en el mismo lugar, inmovilizado de nuevo. No le importa estar en esa celda acolchada. Es cómoda y no hay nadie que lo moleste. Podría quedarse allí al menos por algún tiempo. Pensar un poco. Recomponerse.
En cuanto esté listo, sin embargo, el muchacho de un solo ojo se pondrá en marcha y escapará de allí.

El chico cruza el campo de fútbol. Acaba de empezar el invierno, y el césped, seco, marrón, cruje bajo sus pies. Las gradas metálicas, a derecha e izquierda, están desiertas. El aire huele a fuego y una ráfaga de viento cargada de cenizas le acaricia las mejillas.
El muchacho dirige la mirada hacia el marcador. Las bombillas naranjas parpadean varias veces y se encienden, como si la electricidad fuera y viniera.
Más allá del marcador, ve el instituto o, al menos, lo que queda de él. El tejado se ha venido abajo como consecuencia del impacto de un misil y todas las ventanas están rotas. En medio del campo, apenas a unos pasos del muchacho, hay un par de pupitres retorcidos: debió de arrojarlos allí la fuerza de la explosión que destruyó la escuela, y sus relucientes superficies de plástico están medio enterradas en el suelo, como si fueran tumbas.
Y allí está la nave, suspendida encima de la ciudad, vagando por la línea del horizonte como un monumental escarabajo de metal gris.
El muchacho no siente más que resignación. Guarda muy buenos recuerdos de este lugar. Antes de que todo se fuera a la mierda, había sido feliz aquí. Ahora, no obstante, ya no le importa lo que le ocurra a este sitio.
Baja la mirada y se da cuenta de que tiene en la mano una página del anuario. Es su foto. Pelo liso y rubio, pómulos perfectos, ojos azules, y una sonrisa que parece que te invite a una broma privada. Se le encoge el estómago al verla, al recordar lo que ocurrió.
—No tiene por qué ser así.
El muchacho se da la vuelta enseguida al oír una voz melódica y tranquila, totalmente fuera de lugar en este entorno de destrucción. Un hombre se le acerca desde el otro lado del campo. Va vestido modestamente, con chaqueta marrón, jersey, pantalones de color caqui y mocasines. De no ser por su porte soberano, habría jurado que se trataba de un profesor de matemáticas.
—¿Quién eres? —le pregunta el muchacho, alarmado.
El hombre se detiene a algunos metros y levanta las manos, dando a entender que no busca problemas.
—Esa de ahí es mi nave —responde con calma.
El muchacho aprieta los puños. El hombre no se parece en nada al monstruo que vio en México, pero, a pesar de ello, aquí, en el sueño, sabe que lo que dice es verdad.
Así que va a por él. ¿Cuántas veces ha cruzado este campo como una bala dispuesto a enfrentarse a un jugador del otro equipo? La excitación de correr por este césped muerto le levanta los ánimos. Le asesta un puñetazo, con todas sus fuerzas, en la mandíbula, y luego lo embiste con el hombro.
El hombre se desploma en el suelo y se queda tumbado de espaldas. El muchacho se le acerca, con el puño levantado, mientras agarra la foto con la otra mano.
Ahora no sabe qué hacer. Esperaba más de esta pelea.
—Me lo merecía —reconoce el hombre mirándolo directamente a la cara con los ojos llorosos—. Sé lo que le pasó a tu amiga y lo... lo siento.
El muchacho retrocede un paso.
—La... la mataste tú —le dice—. Y ¿dices que lo sientes?
—¡No era esa mi intención! ¡Nunca lo fue! —exclama el hombre, suplicante—. No fui yo quien la puso en peligro. Pero da igual, siento mucho que resultara herida.
—Está muerta —suspira el muchacho—. No herida. Muerta.
—Nuestras concepciones de lo que es estar muerto... son muy diferentes.
Ahora el muchacho le presta atención.
—¿Qué quieres decir?
—Todo este horror y este dolor solo seguirán si continuamos luchando. No es así como me gusta hacer las cosas. No es lo que quiero. —El hombre prosigue—: ¿Alguna vez te has parado a pensar lo que pretendo? ¿No te has planteado nunca que tal vez no sea tan malo?
El hombre no ha tratado de levantarse. El muchacho tiene la sensación de controlar la situación. Y le gusta. Y entonces se da cuenta de que el césped está cambiando. Está volviendo a la vida: desde los pies del hombre, empieza a extenderse un color verde esmeralda. De hecho, incluso le parece que el sol brilla con más fuerza.
—Quiero que nuestras vidas, todas nuestras vidas, mejoren. Quiero que superemos estos fútiles malentendidos —insiste el hombre—. Antes que nada soy un sabio. Me he pasado la vida estudiando los milagros del universo. Seguro que habrás oído hablar de mí. Probablemente te habrán contado un montón de mentiras, pero hay algo que es cierto: he vivido siglos. ¿Qué es la muerte para un hombre como yo? Solo un inconveniente temporal.
Sin darse cuenta, el muchacho ha empezado a frotar con dedos ansiosos el pedazo de papel que tiene en la mano. Su pulgar se pasea una y otra vez por la mandíbula de la muchacha. El hombre sonríe y asiente con la cabeza al ver la página rasgada del anuario.
—¿Por qué...? ¿Por qué debería creerte? —consigue preguntar el muchacho con pesar.
—Si dejamos de luchar, si me escuchas un rato, lo verás. —Parece muy sincero—. Tendremos paz. Y la recuperarás.
—¿La recuperaré? —pregunta el muchacho, asombrado, sintiendo una oleada de esperanza en el pecho.
—Puedo hacerla volver —asegura el hombre—. Ahora poseo el mismo poder que le devolvió la vida a tu amiga Ella. Ya no quiero seguir luchando. Deja que te la devuelva. Deja que os demuestre a todos lo mucho que he cambiado.
El muchacho baja la mirada hacia la foto que tiene en la mano y se da cuenta de que ha cambiado. Se está moviendo. La chica rubia golpea el interior de la fotografía con los puños, como si estuviera atrapada tras un panel de cristal. El muchacho puede leerle los labios. Le está suplicando que la ayude.
El hombre alarga la mano. Quiere que el muchacho lo ayude a levantarse.
—¿Qué me dices? ¿Quieres que terminemos con todo esto juntos?

ESTA HABITACIÓN ME RECUERDA A LOS LUGARES EN LOS que Henri y yo nos alojábamos en los primeros años. Viejos hoteles de carretera que llevaban sin reformar desde las década de los setenta. Las paredes están forradas de madera y la moqueta es de una felpa color verde oliva. Junto a una de las paredes, hay una cómoda con los cajones llenos de prendas de ropa de hombre y de mujer de tallas diversas, todas anticuadas y de marca desconocida. La habitación no tiene televisor, pero sí un aparato de radio antiquísimo con un reloj incorporado, uno de esos con números de papel que cambian a cada minuto con un ruido seco.
4:33 A. M.
4:34 A. M.
4:35 A. M.
Estoy sentado en el Patience Creek Bed & Breakfast, escuchando pasar el tiempo.
Enfrente de la cama hay colgado un cuadro que parece una ventana. No hay ninguna ventana de verdad, porque la habitación está bajo tierra, así que supongo que los decoradores hicieron lo que pudieron. La imagen representada en la falsa ventana es soleada y alegre: el viento agita un campo de hierba verde y, a lo lejos, la silueta borrosa de una mujer se sujeta el sombrero que lleva en la cabeza.
No sé por qué quisieron darle este aire a la habitación. Tal vez pretendían inspirar una sensación de normalidad. Si ese es el caso, no lo consiguieron, porque en este ambiente todas las emociones tóxicas que uno esperaría tener estando a solas en un motel cutre como este —soledad, desesperación, fracaso— parecen intensificarse.
Y yo tengo montones de ellas.
Hay algo en esta habitación que no tienen otros antros fuera de la interestatal. ¿La pintura que hay colgada en la pared? Puede correrse a un lado: debajo, esconde un panel de pantallas que recogen información de todos los alrededores del Patience Creek Bed & Breakfast. Hay una cámara enfocada hacia la puerta de la pintoresca cabaña que corona estas extensas instalaciones subterráneas; otra hacia la inesperada llanura de césped impecable y tierra dura con las dimensiones justas para permitir el aterrizaje de un avión mediano, y aún otra decena de cámaras que vigilan la propiedad y todo lo que se extiende bajo tierra. Este lugar lo construyeron personas paranoicas que decidieron prepararse para una potencial invasión, una situación apocalíptica.
Se esperaban rusos, no mogadorianos. De todos modos, creo que su paranoia valió la pena.
Por debajo del modesto bed and breakfast, situado unos cuarenta kilómetros al sur de Detroit, cerca de la costa del lago Erie, hay cuatro niveles subterráneos tan secretos que casi han caído en el olvido. Las instalaciones de Patience Creek las construyó la CIA durante la guerra fría con el objetivo de tener un refugio en el que resistir un invierno nuclear. Después de veinticinco años de abandono, acabaron en mal estado, y, por lo que dicen nuestros anfitriones del Gobierno de Estados Unidos, las personas que sabían de su existencia están muertas o retiradas, lo cual significa que nadie llegó a filtrar la existencia de este lugar a los miembros de ProMog. Por suerte para nosotros, un general llamado Clarence Lawson, que se incorporó de nuevo a la vida activa cuando las naves mogo aparecieron en el horizonte, se acordó de que existía este refugio.
El presidente de Estados Unidos y los Jefes del Estado Mayor que han quedado no están aquí. Se encuentran en algún lugar seguro, probablemente móvil: ni siquiera nos han desvelado su localización a nosotros, sus aliados extraterrestres. Alguno de sus consejeros debe de haber decidido que el presidente no estaría seguro teniéndonos cerca, así que aquí estamos, con el general Lawson, que es el único que habla con él. En la conversación que mantuvo conmigo, el presidente me aseguró que quería que trabajáramos codo con codo, que podíamos contar con todo su apoyo en nuestra lucha contra Setrákus Ra.
En realidad dijo muchas cosas. Ahora ya no recuerdo bien los detalles. Estaba como aturdido cuando hablé con él y no escuché con atención. Me pareció un hombre agradable. Pero ahora eso da igual.
Solo quiero terminar con esto.
Llevo despierto desde entonces... Bueno, en realidad no sé muy bien desde cuándo. Soy consciente de que debería tratar de dormir, pero cada vez que cierro los ojos veo el rostro de Sarah. Veo su cara ese primer día en el instituto Paradise, medio oculta detrás de la cámara y luego sonriéndome después de haberme hecho una foto. Y entonces mi imaginación se desata, y vuelvo a ver su rostro hermoso, esta vez blanco como el papel, cubierto de sangre, sin vida, tal como debe de estar ahora mismo. No puedo quitarme esta imagen de la cabeza. Al abrir los ojos, siento un nudo en el estómago y tengo la necesidad de encogerme, de envolver ese dolor con mi cuerpo.
Y prefiero seguir despierto. Así han sido estas últimas horas en este lugar desconocido, solo, tratando de agotarme al máximo para poder dormir como..., bueno, como los muertos.
Práctica. Esta es mi única esperanza.
Me siento en la cama y contemplo mi imagen en el espejo que hay colgado encima de la cómoda. Tengo el pelo un poco más largo y las ojeras muy marcadas. Pero nada de eso tiene importancia ahora mismo. Me miro fijamente en el espejo...
Y entonces desaparezco.
Vuelvo a aparecer. Tomo aire.
Soy invisible de nuevo. Esta vez lo hago durar más. Todo lo que puedo. Me quedo mirando el espacio vacío que se refleja en el espejo, el lugar que debería ocupar mi cuerpo, y escucho el movimiento de los números de papel del reloj.
El Ximic debería permitirme copiar todos los legados con los que me he tropezado. Luego solo es cuestión de aprender a usarlos, lo cual no es fácil, incluso tratándose de legados que me salen de manera natural. La capacidad sanadora de Marina, la invisibilidad de Seis, la mirada petrificante de Daniela: estas son las capacidades que he aprendido a usar hasta ahora. Y voy a aprender más, todas las que pueda. Pienso practicar esos nuevos legados hasta que me salgan con tanta naturalidad como mi Lumen. Y entonces voy a repetir el proceso.
A pesar de tener todo este poder, solo ansío una cosa.
La destrucción de todos los mogadorianos de la Tierra. Incluido Setrákus Ra. Especialmente la suya, suponiendo que aún esté vivo. Seis está bastante convencida de que acabó con él en México, pero yo no me lo creeré hasta que los mogos se rindan o hasta que vea su cuerpo. Hay una parte de mí que desea que ese malnacido aún siga ahí fuera para poder ser yo quien acabe con él.
¿Un final feliz? En absoluto. Fui tonto al considerar siquiera esa posibilidad.
Pittacus Lore, el último, aquel cuyo cuerpo encontramos escondido en el refugio de Malcolm Goode, también tenía Ximic, pero no hizo bastante. No consiguió detener a los mogadorianos cuando decidieron invadir Lorien. Y, hace ya algunos siglos, cuando tuvo la oportunidad de matar a Setrákus Ra, tampoco supo aprovecharla.
Pero la historia no se repetirá.
Oigo pasos en el pasillo. Se detienen justo detrás de la puerta de mi habitación.
La puerta está blindada y los recién llegados hablan en voz baja, pero mis sentidos aguzados me permiten oír todo lo que dicen. Son Daniela y Sam.
—Quizá simplemente deberíamos dejarlo descansar —aventura ella.
No estoy acostumbrado a que hable en un tono tan suave. Daniela suele ser una persona áspera y exaltada. En apenas unos días, ha dejado atrás su antigua vida y se ha unido a nuestra lucha. Aunque tampoco le quedaba otra opción, porque los mogos se lo quitaron todo.
Un humano más que se ha incorporado a nuestras filas.
—No lo conoces. Seguro que no ha podido pegar ojo —responde Sam, con voz ronca.
Sentado en esta habitación anticuada, me he puesto a recordar el pasado, a revisar todo el daño que he hecho, y he pensado en lo distinta que sería la vida de Sam si, en lugar de instalarnos en Paradise, Henri y yo nos hubiéramos decidido por Cleveland o Akron. ¿Habría tenido legados? Sin él yo estaría aún peor que ahora, incluso tal vez muerto. Eso seguro.
Sin embargo, Sarah aún seguiría viva si no nos hubiéramos conocido.
—Bueno, no me refiero a que esté echando una siesta. Ese tío es un superhéroe alienígena; debe de dormir como mucho tres horas, colgado del techo —le responde Daniela.
—Duerme lo mismo que yo.
—Vale, lo que tú digas. El caso es que puede que necesite un poco de espacio, ¿no crees? ¿Para pensar en sus cosas? Ya vendrá a buscarnos cuando esté listo. Cuando...
—No. Seguro que querría saberlo —ataja Sam llamando a la puerta con timidez.
Salto de la cama en un abrir y cerrar de ojos y me planto detrás de la puerta. Sam, por supuesto, tiene razón. Pase lo que pase, quiero saberlo. Necesito distraerme. Preciso algo que me anime a seguir adelante.
Cuando abro la puerta, Sam parpadea y mira a través de mí.
—¿John?
Tardo unos segundos en caer en la cuenta de que aún soy invisible. Cuando aparezco ante ellos de la nada, Daniela retrocede un paso, tambaleante.
—¡Joder!
Sam apenas arquea las cejas. Tiene los ojos enrojecidos. Creo que está demasiado agotado para sorprenderse.
—Lo siento —digo—. Estaba practicando mi invisibilidad.
—Los demás llegarán dentro de unos diez minutos —me informa—. Sé que quieres estar allí cuando aterricen.
Asiento con la cabeza y cierro la puerta detrás de mí.
La ilusión del pequeño hotel rural desaparece en cuanto abandono mi habitación. En el pasillo que hay fuera, que parece más bien un túnel, en realidad no hay más que paredes blancas y frías luces halógenas. Me recuerda a las instalaciones subterráneas de Ashwood Estates, salvo por el detalle de que este lugar lo construyeron manos humanas.
—Tengo un reproductor de vídeo en mi habitación —dice Daniela, tratando de darnos conversación mientras los tres recorremos otro de los pasillos de este complejo laberíntico, idéntico a todos los demás. Al ver que ni Sam ni yo respondemos, sigue insistiendo—: ¿Vosotros tenéis un reproductor de vídeo? Esa cosa es una locura, ¿verdad? Hacía años que no veía uno.
Sam me mira antes de responder.
—Yo he encontrado una Game Boy debajo de mi colchón.
—¿En serio? ¿Quieres que te la cambie por el reproductor de vídeo?
—No tiene batería.
—Da igual.
Oigo el zumbido lejano de los generadores, el ruido de las herramientas y los gruñidos de los hombres que están trabajando. La única pega de que Patience Creek sea un lugar tan desconocido es que sus sistemas no están precisamente a la última. Por razones de seguridad, el general Lawson ha decidido llevar a cabo una renovación básica. Con todo lo que está ocurriendo, no hay tiempo de llamar a profesionales civiles. Aun así, hay al menos cien ingenieros del ejército trabajando a contrarreloj para poner este lugar al día. Ayer por la noche, cuando llegamos, vi que el padre de Sam, Malcolm, ya estaba aquí, ayudando a varios electricistas a instalar parte del equipo tecnológico mogadoriano que recuperamos de Ashwood Estates. Para el ejército, Malcolm es un experto en extraterrestres.
La conversación de Sam y Daniela se interrumpe de repente y enseguida me doy cuenta de que el motivo soy yo. Me he pasado todo el camino en silencio, mirando al infinito, y estoy bastante seguro de que he sido inexpresivo. Ya no saben cómo hablarme.
—John, me gustaría... —Sam me pone la mano en el hombro. Estoy seguro de que quiere decirme algo sobre Sarah. Sé que lo que le ocurrió también le ha dolido mucho. Crecieron juntos. Pero ahora mismo no me apetece nada tener esta conversación. No quiero llorar su muerte hasta que todo esto haya pasado.
Fuerzo una sonrisa.
—¿Os han dado alguna cinta para poner en ese reproductor de vídeo? —le pregunto a Daniela, cambiando de tema con torpeza.
—WrestleMania III —responde, haciendo una mueca.
—Vale, ya pasaré a recogerlo luego, Danny —dice Nueve, muy sonriente. Acaba de aparecer por uno de los incontables pasillos.
De todos nosotros, Nueve es el que parece menos cansado. Hace solo un día que tuvo esa pelea terrible con Cinco en Nueva York. Yo le curé y parece que su fortaleza sobrehumana ha hecho el resto. Nueve nos da una sonora palmada en la espalda a Sam y a mí, y se une a nosotros en nuestro paseo pasillo abajo. Por supuesto, actúa como si todo fuera bien, y, la verdad, lo prefiero así.
Al pasar, echo un vistazo al corredor del que ha salido Nueve: hay cuatro soldados armados hasta los dientes haciendo guardia.
—¿Todo arreglado? —le pregunto.
—Sí, Johnny —responde Nueve—. En este lugar hay varias estancias destartaladas, incluida una con las paredes acolchadas de arriba abajo. El gordinflón está entre cojines, atrapado en una camisa de fuerza, así que no va a ir a ninguna parte.
—Genial —dice Sam.
Asiento con la cabeza, satisfecho. Cinco es un psicópata y se merece estar encerrado entre cuatro paredes. Pero si quiero ser práctico y ganar esta guerra, no estoy seguro de que pueda permitirme el lujo de tenerlo encerrado por mucho tiempo.
Al doblar una esquina, la puerta del ascensor aparece ante nosotros. Justo encima, las luces halógenas parpadean, crepitantes. Sam se lleva los dedos al puente de la nariz.
—Nueve, no sabes lo mucho que echo de menos tu ático —le dice—. Ha sido el único escondite que hemos tenido con una iluminación agradable.
—Sí, yo también lo echo de menos —responde Nueve, con una nota de nostalgia en la voz.
—Este lugar me provoca dolor de cabeza. Además de ese vídeo, deberían haberme dado uno de esos chismes para atenuar la luz.
Oímos un chisporroteo encima de nuestras cabezas y una de las bombillas se apaga. De pronto, la iluminación del pasillo es mucho más tolerable. Todos se detienen para levantar la mirada. Todos salvo yo.
—Vaya... Justo cuando lo hemos pedido... ¡Qué raro! —dice Daniela.
—Pero es mejor así, ¿no? —repone Sam, dejando escapar un suspiro.
Presiono el botón para llamar al ascensor. Los demás se apiñan a mi alrededor.
—Entonces... van a... Bueno... ¿Van a traerla de vuelta aquí? —pregunta Nueve bajando la voz, con toda la delicadeza de la que es capaz.
—Sí —respondo, pensando en la nave lórica que desciende hacia Patience Creek, cargada de amigos, aliados y el amor perdido de mi vida.
—Qué bien —dice Nueve, llevándose la mano a la boca antes de toser—. Bueno, no tan bien. Pero al menos podemos despedirnos.
—Lo hemos entendido, Nueve —dice Sam con dulzura—. Él ya sabe lo que quieres decir.
Me limito a asentir con la cabeza, incapaz de añadir nada más. Las puertas del ascensor se abren delante de nosotros y, cuando eso ocurre, las palabras se escapan entre mis labios.
—Esta es la última vez —musito sin volver la cabeza para mirar a los demás. Pronunciar estas palabras es como masticar hielo—. Estoy harto de despedirme de personas a las que quiero. Estoy harto de tanto drama. Harto de llorar las muertes de seres queridos. A partir de hoy no pararemos de matar hasta que ganemos.

POR ENCIMA DE MI CABEZA CHIRRÍAN PIEZAS DE METAL retorcidas mientras restos de escombros y cenizas me golpean la cara: diría que el viento sopla a unos ciento sesenta kilómetros por hora. Y yo le respondo con todo lo que puedo. Entre mis piernas se cuelan descargas de cañones. Las ignoro. Una pieza dentada procedente de la explosión de un Skimmer mogadoriano aterriza en el suelo junto a mí. Si hubiera caído solo unos centímetros más cerca, me habría atravesado.
Hago caso omiso también. Si hace falta, moriré aquí.
Setrákus Ra enfila tambaleante la rampa hacia su nave, por encima del abismo vacío en el que solía levantarse el Santuario. No puedo permitir que embarque de nuevo en el Anubis. Utilizo mi telequinesia para salir despedida: no me importan las consecuencias. Le arrojo todo lo que encuentro a mi alcance y lo obligo a retroceder. Siento su poder forcejeando con el mío, como dos mareas invisibles chocando la una con la otra, arrojando en el aire una lluvia de pedazos de metal, piedras y metralla.
—Muere, muere, muere...
Sarah Hart está a mi lado. Me grita algo al oído, pero el estruendo de la lucha ahoga su voz. Me agarra del hombro y empieza a zarandearme.
—Muere, muere, muere...
—¡Seis!
Suelto un grito ahogado y me despierto. No es Sarah quien me zarandea, cogiéndome del hombro, sino Lexa, nuestra piloto, sentada a los mandos de la nave. Apenas puedo distinguir el campo tranquilo que pasa a toda velocidad bajo nuestros pies, al otro lado del parabrisas. Reflejada en el panel de control, veo la expresión de preocupación del rostro de Lexa.
—¿Qué pasa? —le pregunto, aún atontada, mientras aparto con delicadeza su mano.
—Estabas hablando en sueños —me responde, concentrándose de nuevo en la trayectoria del avión que aparece en la pantalla que tiene delante.
Tengo los pies apoyados en el panel de control, y las rodillas, pegadas al pecho. Se me han dormido los dedos de los pies. Los dejo caer al suelo, me incorporo en la silla y escruto la oscuridad del exterior. En cuanto lo hago, el campo desaparece y es sustituido por el azul oscuro del agua del lago Erie.
—¿Cuánto nos falta para llegar a las coordenadas que Malcolm nos mandó? —le pregunto a Lexa.
—Estamos cerca —responde—. A unos diez minutos.
—Y ¿estás segura de que los hemos despistado?
—Totalmente, Seis. Me he librado del último de los Skimmers cuando sobrevolábamos Texas. El Anubis se ha marchado mucho antes. Parece que no quería seguir con la persecución.
Me froto la cara y me paso las manos por mis cabellos enmarañados y mugrientos. El Anubis ha dejado de perseguirnos. ¿Por qué? ¿Porque han tenido que salir corriendo a reunirse con Setrákus Ra? ¿Se estará muriendo? ¿O quizás esté muerto ya?
Sé que le he herido. He visto que la pieza de metal le atravesaba el pecho a ese cabronazo. No creo que nadie pueda sobrevivir a una herida de ese calibre. Pero se trata de Setrákus Ra. Quién sabe lo deprisa que puede curarse o qué tecnología tiene a su alcance para recuperar la salud. Pero lo he visto. Sé que le he dado.
—Tiene que estar muerto —digo para mí—. Tiene que estarlo.
Me desabrocho el cinturón y me levanto del asiento del copiloto. Lexa me agarra del brazo antes de que pueda salir de la cabina de mando.
—Seis, has hecho lo que tenías que hacer —asegura con firmeza—. Lo que te ha parecido mejor. No importa lo que ocurra; tanto si Setrákus Ra está muerto o vivo...
—Si está vivo, entonces la muerte de Sarah no ha servido de nada —replico.
—De nada no —corrige Lexa—. Te ha sacado de allí. Te ha salvado.
—Debería haberse salvado ella.
—Sarah no pensaba lo mismo. Ella... Mira, yo apenas la conocía, pero me parece que sabía lo que estaba en juego. Sabía que nos enfrentábamos a una guerra. Y en la guerra se hacen muchos sacrificios. Hay bajas.
—Para nosotros es muy fácil decirlo. Estamos vivos. —Me muerdo el labio y me zafo de ella—. ¿Crees...? Joder, Lexa, ¿realmente crees que esta verborrea pragmática va a ponerles las cosas más fáciles a los demás? ¿A John?
—¿Acaso algo ha sido fácil para alguno de vosotros? —me pregunta ella, mirándome fijamente—. ¿Por qué tendría que serlo ahora? Esto es el fin, Seis. De un modo u otro, nos acercamos al fin. Tú haz lo que tengas que hacer: luego ya habrá tiempo de que te sientas mal por ello.
Salgo de la cabina con las palabras de Lexa resonándome en los oídos. Quiero enfadarme. ¿Quién se cree que es para decirme cómo tengo que actuar? Los mogos nunca han ido tras ella. Estuvo años escondida y ni siquiera trató de ponerse en contacto con nosotros. Y si ahora ha salido a la luz, es porque se ha dado cuenta de que nuestra situación era ya desesperada, que estábamos con el agua al cuello. Y me dice cómo debo sentirme.
Pero el caso es que tiene razón. La tiene, porque no cambiaría nada de lo que he hecho. Volvería a disparar a Setrákus Ra incluso sabiendo lo que iba a ocurrirle a Sarah. Estaban en juego millones de vidas.
Tenía que hacerlo.
Alguien ha utilizado las paredes táctiles para hacer emerger las camas que se escondían bajo el suelo de la cabina principal. Son las mismas en las que dormimos todos esos años, durante nuestro primer viaje a la Tierra. Grabé mi número en la mía.
Y el cuerpo inerte de Sarah reposa en esa precisamente. Está claro que el universo tiene un sentido del humor un poco negro.
Mark está sentado junto a ella, con el mentón pegado al pecho, dormido. Tiene la cara hinchada y está cubierto de sangre, como la mayoría de nosotros. No se ha apartado de Sarah desde que pasó todo. La verdad es que me alegro de que esté dormido. No habría podido soportar otra de las miradas acusadoras que ha ido lanzando a diestro y siniestro. Comprendo que esté enfadado y dolido, pero aun así estoy impaciente por salir de esta nave diminuta y alejarme de él.
Bernie Kosar está echado en el suelo, al lado de Mark. Cuando me ve salir de la cabina de mando, enseguida se pone en pie, en silencio. El beagle se me acerca y me acaricia la pierna con el hocico mientras suelta un gemido apenas audible. Alargo el brazo y le rasco, distraída, la parte trasera de las orejas.
—Gracias, chico —le susurro, y BK suelta otro gemido, callado.
Avanzo hacia la parte trasera. Ella está acurrucada en una de las camas, con el rostro vuelto hacia la pared. Me quedo mirándola unos instantes, lo suficiente para asegurarme de que aún respira. Fue la primera persona que vi morir ayer, pero, de algún modo, se las arregló para volver a la vida. Cuando se arrojó a esa columna de energía lórica, en el Santuario, rompió el hechizo con el que Setrákus Ra la había subyugado. Al parecer, bañarse en un halo de energía lórica justo antes de morir tiene efectos secundarios. Así que Ella volvió a nosotros... Bueno, la verdad es que no estoy muy segura de ello.
Al fondo de la nave, encuentro a Adam sentado en el borde de otra de las camas. Al ver sus ojeras marcadas y la palidez de su piel, me doy cuenta de que no ha dormido nada: ha estado vigilando a Marina. Está asegurada con correas en la misma cama en la que Adam se ha sentado, con los ojos cerrados, el rostro magullado y restos de sangre seca en las fosas nasales. Setrákus Ra la arrojó contra el suelo una y otra vez y, desde entonces, no ha vuelto a recuperar la conciencia. Pero está aguantando... Esperemos que John sea capaz de curarle lo que tenga, sea lo que sea.
Adam consigue esbozar una sonrisa cuando me siento enfrente de él. Otro de nuestros amigos heridos yace en sus brazos. Dust casi ha perdido la vida en el Santuario. A pesar de que sigue estando ansioso y muy débil, ha recuperado parte de su movilidad y ha conseguido adoptar la forma de un cachorro de lobo. No es exactamente feroz, pero ya ha dado un paso hacia la dirección correcta.
—Eh, doctor —le digo a Adam en voz baja.
Él suelta un resoplido.
—Te sorprenderías si supieras la poca educación médica que recibimos los mogadorianos. No es una prioridad cuando tienes a tu disposición tantos soldados como necesites. —Adam vuelve la cabeza hacia Marina y añade—: Pero tiene el pulso fuerte. Incluso yo me doy cuenta de eso.
Asiento con la cabeza. Es exactamente lo que quería oír. Inclino el cuerpo hacia él y le rasco el hocico a Dust. Una de sus patas traseras empieza a agitarse como respuesta, aunque no sé si es por placer o como consecuencia de los efectos del electrochoque.
—Tiene mejor aspecto —le digo a Adam.
—Sí, dentro de nada ya estará aullándole a la luna —me responde, lanzándome una ojeada—. ¿Y tú? ¿Cómo te encuentras?
—Muy mal.
—Siento no haber podido hacer más —me dice. Cuando la batalla en el Santuario ha llegado a su fin, Adam y Mark han llevado a Marina a bordo de la nave de Lexa antes de que Setrákus Ra pudiera terminar con ella. Por eso Sarah y yo hemos tenido que enfrentarnos solos a Setrákus Ra.
—Ya has hecho mucho. Has salvado a Marina. La has traído aquí. Yo...
Sin pretenderlo, le lanzo una mirada a Sarah. Adam se aclara la garganta para atraer de nuevo mi atención. Me mira a los ojos, fijamente.
—No fue culpa tuya —me asegura.
—Por mucho que me lo repitan, no me ayuda.
—Aun así, es preciso decirlo. —Ahora es Adam quien aparta la mirada. Se vuelve poco a poco hacia el cuerpo acurrucado de Ella y frunce el ceño—. Espero que lo hayas matado, Seis. Claro que, conociéndote, si hubieras sabido cuáles iban a ser las consecuencias, te habrías retenido.
No lo interrumpo, a pesar de que no estoy segura de que lo que ha dicho sobre mí sea verdad. Es extraño tener la esperanza de haber matado a Setrákus Ra y, al mismo tiempo, sentirme culpable por lo que le ocurrió a Sarah. Pero lo peor es el miedo solapado de no haber conseguido nada positivo. Soy un desastre.
—En ese sentido, todos vosotros me inspiráis mucho respeto —prosigue Adam—. Es como si la mayoría de los miembros de la Guardia hubierais crecido aprendiendo lo que son la auténtica fortaleza y la compasión. Es justo lo contrario de mi gente. Yo... yo hubiera continuado independientemente de las consecuencias.
En el Santuario, Adam ha creído que tenía a Setrákus Ra a su merced por un instante. Eso fue antes de que Ella rompiera el hechizo que encadenaba su vida a la del perverso de su abuelo. Y Adam se ha abalanzado a la yugular de Setrákus Ra para estrangularlo, incluso sabiendo que eso iba a matar a Ella.
—Vosotros —continúa Adam al cabo de un instante— tenéis en cuenta los costes, lloráis vuestras perdidas, tratáis de hacer lo que es correcto. Es algo que envidio. La capacidad de saber lo que está bien sin... sin tener que luchar contra vuestra naturaleza.
—Te pareces más a nosotros de lo que crees —le digo.
—Me gustaría creer que es así —responde Adam—. Pero a veces no lo sé.
—Todos tenemos cosas de las que arrepentirnos —le aseguro—. No tiene que ver con la naturaleza. Es cuestión de seguir adelante y tratar de ser mejor cada día.
Adam abre la boca para responder, pero no consigue pronunciar palabra: está pendiente de algo que ocurre a mis espaldas. De repente, percibo que una luz tenue y azulada resplandece detrás de mí.
Al volverme, veo que Ella se ha sentado en la cama. La energía lórica todavía crepita en todo su cuerpo y sus ojos marrones son ahora dos esferas azul cobalto. Cuando habla, su voz resuena del mismo modo que lo hizo cuando Legado habló a través de ella.
—No tienes por qué sentirte culpable —le dice a Adam—. Sabía lo que ibas a hacer en cuanto me he apeado del Anubis. Yo te apoyaba.
Adam se la queda mirando.
—Ni... ni siquiera sabía lo que iba a hacer cuando te has bajado del Anubis.
—Oh, sí lo sabías.
Adam aparta la mirada: está claro que lo incomodan los ojos de Ella.
Tal vez se sienta aliviado ahora que sabe que Ella lo ha perdonado por lo que ha pasado en el Santuario, pero, si es así, no lo demuestra.
—Y Seis, también. —Ella se vuelve hacia mí y dice—: Cuando ha abandonado este mundo, Sarah ha pensado en muchas cosas. Sobre todo en John y en su familia, pero también en ti, Seis. Y para ella ha sido un gran alivio que estuvieras aquí para cuidar de John y de todos nosotros.
—¿Estabas metida en su cabeza cuando ha muerto? —le pregunto, tratando aún de comprender su nuevo legado.
Ella se lleva los dedos al puente de la nariz y cierra los ojos. De repente, el interior de la nave se queda en una ligera oscuridad.
—Todavía me estoy acostumbrando a lo que puedo hacer. A veces es difícil... desconectar.
—¿Eso es todo en lo que Sarah estaba pensando?
Es Mark quien formula la pregunta. No sé cuánto rato lleva despierto, escuchando nuestra conversación. Mira a Ella con un aire de esperanza apremiante, y su labio inferior empieza a temblar. Ella lo observa con frialdad. Me pregunto si su cableado emocional habrá quedado afectado después de su encuentro con la Entidad, la encarnación viviente de Lorien.
—¿Qué es lo que quieres preguntarme, Mark? —le dice Ella con calma.
