Z, la ciudad perdida

David Grann

Fragmento

cap-1

PREFACIO

Saqué el mapa del bolsillo trasero. Estaba mojado y arrugado; las líneas que había trazado para destacar mi ruta se habían desdibujado. Examiné detenidamente las marcas que había hecho con la esperanza de que me sacaran del Amazonas en lugar de internarme aún más en él.

La letra «Z» seguía apreciándose en el centro del mapa. Aun así, no parecía tanto una señal indicadora como una mofa, un testimonio más de mi locura.

Siempre me había considerado un reportero con una visión objetiva de los hechos que no se implicaba de forma personal en las historias que narraba. Mientras que otros a menudo parecen sucumbir a sus sueños y obsesiones descabellados, yo intentaba ser un testigo imparcial. Y me había convencido de que esa era la razón por la que había recorrido más de dieciséis mil kilómetros, desde Nueva York, pasando por Londres, hasta el río Xingu, uno de los afluentes más largos del Amazonas, por la que había dedicado meses a estudiar centenares de páginas de diarios y cartas de la época victoriana, y por la que había dejado a mi esposa y a mi hijo de un año y había contratado un seguro de vida adicional.

Me dije que tan solo había ido a documentarme sobre cómo generaciones de científicos y aventureros se obsesionaron hasta morir en el intento con resolver lo que con frecuencia se ha llamado «el mayor misterio de la exploración del siglo XX»: el paradero de la ciudad perdida de Z. Se creía que esta ciudad ancestral, con su red de caminos, puentes y templos, estaba oculta en el Amazonas, la selva más grande del mundo. En una era de aviones y satélites, la región sigue siendo uno de los últimos espacios sin cartografiar del planeta. A lo largo de centenares de años ha obsesionado a geógrafos, arqueólogos, fundadores de imperios, cazadores de tesoros y filósofos. Cuando los europeos llegaron por primera vez a Sudamérica, en los albores del siglo XVI, tenían la certeza de que la selva albergaba el fastuoso reino de El Dorado. Miles de personas murieron durante la búsqueda. En tiempos más recientes, muchos científicos han decidido que una civilización tan compleja no pudo haber surgido en un entorno tan hostil, donde la tierra es demasiado pobre para cultivos, los mosquitos son portadores de enfermedades letales y los depredadores acechan bajo la espesura de los árboles.

Por lo general, la región se ha considerado una selva primigenia, un lugar en el que, como dijo Thomas Hobbes al describir el estado de la naturaleza, «no hay Artes, no hay Letras, no hay Sociedad, y, lo peor de todo, existe un temor constante y el peligro de sufrir una muerte violenta».[1] Las condiciones despiadadas del Amazonas han alimentado una de las teorías más extendidas sobre el desarrollo humano: el determinismo ambiental. Según esta teoría, aunque algunos de los primeros seres humanos hubieran conseguido subsistir en las condiciones ambientales más duras del planeta, difícilmente habrían evolucionado, salvo unas pocas tribus primitivas. La sociedad, en otras palabras, es prisionera de la geografía. De modo que si Z fuera hallada en un entorno en apariencia tan inhabitable, probablemente supondría mucho más que el hallazgo de un tesoro dorado, mucho más que una curiosidad intelectual: tal como declaró un periódico en 1925, supondría «escribir un nuevo capítulo de la historia de la humanidad».[2]

Durante casi un siglo, numerosos exploradores han sacrificado incluso su vida para encontrar la Ciudad de Z. La búsqueda de esta civilización, y de los incontables hombres que desaparecieron en el intento, ha eclipsado las novelas épicas de Arthur Conan Doyle y H. Rider Haggard, quienes también se sintieron atraídos por la búsqueda de Z en la vida real. En ocasiones tuve que recordarme que todo lo relacionado con esta historia era verídico: una estrella de cine había sido realmente secuestrada por los indígenas; se habían hallado tribus caníbales, restos de civilizaciones antiguas, mapas secretos y espías; exploradores que habían muerto de hambre, o debido a enfermedades, a ataques de animales salvajes o a heridas producidas por flechas envenenadas. El concepto que se había tenido de las Américas antes de que Cristóbal Colón desembarcara en el Nuevo Mundo se encontraba a medio camino entre la aventura y la muerte.

En aquel momento, mientras examinaba mi maltrecho mapa, nada de eso importaba. Alcé la mirada hacia la maraña de árboles, lianas y enredaderas que me rodeaban y hacia las moscas y los mosquitos que me dejaban regueros de sangre en la piel. Había perdido la guía. No me quedaba comida ni agua. Guardé el mapa en mi bolsillo y seguí caminando hacia delante, intentando encontrar la salida mientras las ramas me azotaban la cara. Entonces vi que algo se movía entre los árboles.

—¿Quién anda ahí? —grité.

No hubo respuesta. Una silueta revoloteó entre las ramas, y después otra. Se acercaban, y por primera vez me pregunté: «¿Qué demonios hago aquí?».

cap-2

1

Volveremos

Un día frío de enero de 1925, un caballero alto y distinguido cruzaba a toda prisa el puerto de Hoboken, New Jersey, en dirección al Vauban, un transatlántico de ciento cincuenta y seis metros de eslora que estaba a punto de zarpar rumbo a Río de Janeiro. Tenía cincuenta y siete años, medía un metro ochenta y sus brazos eran largos y fibrados. Aunque su cabello empezaba a clarear y su bigote mostraba algunas briznas blancas, su forma física era tan buena que podía caminar durante días sin apenas descansar ni comer. Tenía nariz de boxeador y había algo de feroz en su aspecto, sobre todo en la mirada. Los ojos, muy juntos, asomaban bajo unos espesos mechones de pelo. Nadie, ni siquiera su familia, parecía estar de acuerdo sobre su color: algunos creían que eran azules; otros, grises. No obstante, prácticamente todo aquel que se cruzaba con él quedaba impactado por su intensidad; de hecho, incluso había quien los llamaba «los ojos de un visionario». El hombre había sido fotografiado a menudo con botas de montar, un sombrero Stetson y un rifle colgado del hombro, pero incluso con traje y corbata y sin su habitual barba desaliñada, la gente del embarcadero lo reconoció. Era el coronel Percy Harrison Fawcett, y su nombre se conocía en todo el mundo.

Era el último de los grandes exploradores de la época victoriana que se aventuraron a internarse en zonas sin cartografiar con poco más que un machete, una brújula y una determinación que rozaba lo divino.[1] Durante cerca de dos décadas, las historias de sus aventuras habían cautivado la imaginación del público: cómo había sobrevivido en la selva sudamericana sin ningún contacto con el mundo exterior; cómo le habían tendido una emboscada miembros de una tribu hostil, muchos de los cuales nunca antes habían visto a un hombre blanco; cómo había luchado contra pirañas, anguilas eléctricas, jaguares, cocodrilos, murciélagos y anacondas —una estuvo a punto de aplastarle—; y cómo había conseguido salir con la ayuda de mapas de regiones de las que ninguna expedición anterior había regresado. Se había hecho célebre con el nombre «el David Livingstone del Amazonas», y parecía tener una capacidad de resistencia tal que algunos colegas lo consideraban inmortal. Un explorador estadounidense lo describió como «un hombre de voluntad inquebrantable, recursos infinitos y audaz»;[2] otro dijo que «nadie poseía su resistencia caminando durante largos recorridos ni su excepcional olfato como explorador».[3] La revista especializada londinense Geographical Journal, prestigiosa publicación en el ámbito de la geografía, observó en 1953 que «Fawcett marcó el final de una era. Podría considerársele incluso el último de los exploradores que trabajaba en solitario. Los tiempos del avión, de la radio y de la expedición moderna, organizada y generosamente financiada aún no habían llegado. Fawcett simbolizaba la heroica historia de un hombre contra la selva».[4]

En 1916, la Royal Geographical Society (RGS) le había concedido, con la aprobación del rey Jorge V, una medalla de oro «por sus contribuciones a la cartografía de Sudamérica». Y cada pocos años, cuando surgía de la jungla, escuálido y astroso, docenas de científicos y lumbreras se agolpaban en la recepción de la sede de la Royal Society para escuchar sus palabras. Entre ellos se encontraba sir Arthur Conan Doyle,[5] quien según mucha gente se había inspirado en las experiencias de Fawcett al escribir su libro El mundo perdido, de 1912, en el que varios exploradores «desaparecen en lo desconocido»[6] de Sudamérica y encuentran, en una meseta remota, una tierra donde los dinosaurios se han salvado de la extinción.

Aquel día de enero, mientras se dirigía hacia la plancha de acceso al barco, Fawcett se asemejaba inquietantemente a uno de los protagonistas de la obra de Conan Doyle: lord John Roxton.

Había algo de Napoleón III, algo de Don Quijote, pero también algo que era la esencia del caballero hacendado inglés […]. Tiene una voz afable y unos modales discretos, pero tras sus ojos acecha la capacidad de desatar una ira furibunda y una determinación implacable, tanto más peligrosas por permanecer contenidas.[7]

Ninguna de sus anteriores expediciones podía compararse con lo que estaba a punto de emprender, y Fawcett apenas podía ocultar su impaciencia al sumarse a la cola de pasajeros que embarcaban en el Vauban. El transatlántico, publicitado como «el mejor del mundo», formaba parte de la elitista clase «V» de Lamport & Holt.[8] Los alemanes habían hundido varios transatlánticos de la compañía durante la Primera Guerra Mundial, pero este había sobrevivido, con su casco negro veteado de sal, sus elegantes cubiertas blancas y su chimenea de rayas, que despedía nubes de humo al cielo. Los pasajeros llegaban al muelle en automóviles, la mayoría Ford, modelo T. Allí los estibadores ayudaban a cargar el equipaje en la bodega del buque. Muchos de los hombres que subían a bordo llevaban corbatas de seda y bombines; las mujeres lucían abrigos de pieles y sombreros emplumados, como dispuestas a asistir a un acontecimiento de la alta sociedad, algo que, en ciertos aspectos, estaban haciendo: las listas de los pasajeros de los transatlánticos de lujo se publicaban en los ecos de sociedad y eran escrutadas por las jovencitas en busca de solteros cotizados.

Fawcett avanzó con su equipo. Sus baúles iban atestados de armas, comida enlatada, leche en polvo, bengalas y machetes artesanales. También llevaba instrumental topográfico: un sextante y un cronómetro para determinar la latitud y la longitud, un barómetro aneroide para calcular la presión atmosférica, y una brújula de glicerina que le cabía en el bolsillo. Fawcett había escogido cada uno de estos objetos basándose en años de experiencia; incluso la ropa que llevaba consigo estaba hecha de gabardina ligera e irrompible. Había visto morir a hombres a consecuencia de descuidos aparentemente triviales: una mosquitera rota, una bota demasiado ceñida…

Fawcett partía rumbo al Amazonas, una jungla casi tan extensa como Estados Unidos, para llevar a cabo lo que él denominaba «el gran hallazgo del siglo»:[9] una civilización perdida. Para entonces, la mayor parte del mundo había sido ya explorada y el velo de su encanto, alzado, pero el Amazonas seguía siendo tan misterioso como la cara oculta de la luna. Tal como apuntó sir John Scott Keltie, antiguo secretario de la Royal Geographical Society y uno de los geógrafos más prestigiosos de su tiempo, «lo que allí hay nadie lo sabe».[10]

Desde que Francisco de Orellana y su ejército de conquistadores españoles descendieron por el río Amazonas en 1542, quizá ningún lugar del planeta haya exaltado tanto la imaginación ni embaucado a tantos hombres arrastrándolos a la muerte. Gaspar de Carvajal, un fraile dominico que acompañó a Orellana, comparó a las guerreras de la jungla con las míticas amazonas griegas. Medio siglo después, sir Walter Raleigh afirmó que los indígenas tenían «los ojos en los hombros y las bocas en mitad del pecho»,[11] una leyenda que Shakespeare trasladó a Otelo:

Y los caníbales que se comen entre sí,

los antropófagos, y hombres cuyas cabezas

crecen bajo los hombros.

Lo que se sabía acerca de la región —con serpientes tan largas como árboles, roedores del tamaño de un cerdo— resultaba tan inverosímil que nada parecía excesivamente fantasioso. Y la imagen más fascinante de todas era la de El Dorado. Raleigh aseguró que aquel reino, del que los conquistadores habían oído hablar a los indígenas, abundaba tanto en oro que sus habitantes lo trituraban para convertirlo en polvo y luego lo soplaban

«mediante cañas huecas sobre sus cuerpos desnudos hasta que estos quedaban completamente brillantes, de pies a cabeza».[12]

Sin embargo, todas las expediciones que habían ido en busca de El Dorado acabaron en tragedia. Carvajal, cuyo ejército había estado buscando el reino, escribió en su diario: «Alcanzamos un [estado de] privación tan grande que solo comíamos cuero, cinturones y suelas de zapatos, aderezándolo con ciertas hierbas, por lo que nuestra debilidad era tal que no podíamos mantenernos en pie».[13] Unos cuatro mil hombres murieron en esa expedición, debido a la inanición o a las enfermedades, y a manos de los indígenas que defendían su territorio con flechas embadurnadas con veneno. Otras partidas que también iban en busca de El Dorado recurrieron al canibalismo. Muchos exploradores enloquecieron. En 1561, Lope de Aguirre lideró a sus hombres en una destrucción sanguinaria, gritando: «¿Acaso cree Dios que, solo porque llueva, no voy a […] destruir el mundo?».[14] Aguirre incluso apuñaló a su propia hija, susurrándole: «Encomiéndate a Dios, hija mía, pues estoy a punto de matarte».[15] Antes de que la Corona española enviara fuerzas para detenerle, Aguirre advirtió en una carta: «Os juro, Majestad, con mi palabra como cristiano, que si cien mil hombres vinieran, ninguno de ellos escaparía. Pues los informes son falsos: no hay nada en ese río salvo desesperación».[16] Los hombres de Aguirre finalmente se sublevaron y le mataron; su cuerpo fue descuartizado y las autoridades españolas exhibieron la cabeza de la «Ira de Dios» en una jaula de metal. Sin embargo, durante tres siglos más, numerosas expediciones siguieron buscando, hasta que, tras un elevadísimo coste en muertes y sufrimientos dignos de Joseph Conrad, la mayoría de los arqueólogos concluyeron que El Dorado no era más que una ilusión.

Fawcett, no obstante, estaba seguro de que el Amazonas albergaba un reino fabuloso. Él no era un mercenario ni un chiflado más; se trataba de un hombre de ciencia, que había recabado durante años pruebas que sustentaban su teoría: había desenterrado artefactos, estudiado petroglifos y entrevistado a miembros de diferentes tribus. Y tras librar feroces batallas contra los escépticos, la expedición de Fawcett había sido financiada por las instituciones científicas más respetadas, entre ellas la Royal Geographical Society, la American Geographical Society y el Museum of the American Indian. Los periódicos aseguraban que pronto asombraría al mundo. El Atlanta Constitution declaró: «Se trata quizá de la aventura más arriesgada y sin duda la más espectacular de su clase jamás emprendida por un científico de renombre con el respaldo de cuerpos científicos conservadores».[17]

Fawcett afirmaba que un pueblo ancestral, notablemente evolucionado, existía aún en la Amazonia brasileña y que su civilización era tan antigua y sofisticada que cambiaría radicalmente la visión que se tenía en Occidente de las Américas. Había bautizado a este mundo perdido con el nombre de Ciudad de Z, y así la describió: «El núcleo central, al que llamo Z (nuestro principal objetivo), se encuentra en un valle […] de unos dieciséis kilómetros de anchura, y la ciudad se halla sobre un promontorio, en el centro del valle, conectada por una calzada de adoquines. Las casas son bajas y carecen de ventanas, y hay un templo piramidal».[18]

En el muelle de Hoboken, en la ribera del río Hudson opuesta a Manhattan, los periodistas hacían preguntas a voz en grito con la esperanza de conocer la ubicación de Z. En una época en la que aún perduraban los recuerdos de los horrores producidos por la tecnología durante la Primera Guerra Mundial, y en plena expansión de la urbanización y de la industria, pocos acontecimientos cautivaban de tal modo al público. Un periódico se mostró exultante: «Desde los tiempos en que Ponce de León cruzó la ignota Florida en busca de la Fuente de la Eterna Juventud […] no se había planificado una aventura más fascinante».[19]

Fawcett acogió con agrado aquel «alboroto» que se había formado en torno a él, según lo describió más tarde en una carta a un amigo, pero fue prudente en sus respuestas. Sabía que su principal rival, Alexander Hamilton Rice, un médico estadounidense multimillonario que disponía de innumerables recursos, estaba internándose ya en la jungla con un despliegue de medios sin precedentes. La perspectiva de que el doctor Rice encontrara Z aterraba a Fawcett. Varios años antes, Fawcett había presenciado cómo un colega de la Royal Geographical Society, Robert Falcon Scott, había partido con el objetivo de convertirse en el primer explorador en llegar al Polo Sur. Cuando llegó, descubrió, poco antes de morir congelado, que su rival noruego, Roald Amundsen, le había superado en treinta y tres días. En una carta reciente a la Royal Geographical Society, Fawcett había escrito: «No puedo decir todo lo que sé, ni ser preciso con la ubicación, pues estas cosas se filtran, y no hay nada tan amargo para el pionero como ver la culminación de su trabajo con antelación».[20]

Temía asimismo que si revelaba detalles de su ruta, otros intentarían encontrar Z o ir en su rescate, lo cual acarrearía sin duda incontables muertes. Una expedición de mil cuatrocientos hombres armados había desaparecido tiempo atrás en aquella misma región. Un boletín informativo telegrafiado por todo el globo anunciaba: «Expedición de Fawcett […] para penetrar en tierra de la que nadie ha regresado». Y Fawcett, que estaba decidido a llegar hasta las regiones más inaccesibles, no tenía intención, contrariamente a otros exploradores, de navegar los ríos: tenía previsto atajar por la jungla a pie. La Royal Geographical Society había advertido de que Fawcett «es seguramente el único geógrafo vivo que puede abordar con éxito»[21] una expedición de esas características y que «nadie más que él está capacitado para llevarla a cabo».[22] Antes de partir de Inglaterra, Fawcett confesó a su hijo menor: «Si con toda mi experiencia no lo conseguimos, poca esperanza hay para otros».[23]

Mientras los reporteros vociferaban a su alrededor, Fawcett explicó que solo una expedición reducida tendría alguna posibilidad de sobrevivir. Podría alimentarse de los frutos de la tierra y no constituir una amenaza para los indígenas hostiles. La expedición, según afirmó, «no será un equipo de exploración que goce de todo tipo de comodidades, con un ejército de porteadores, guías y animales de carga. Esas expediciones tan pesadas no llegan a ninguna parte; se rezagan en la periferia de la civilización y disfrutan de las ventajas de una misión tan publicitada. De todos modos, allí donde comienza la verdadera jungla inexplorada ya no puede contarse con los porteadores, que temen a los salvajes. No es posible llevar animales por la falta de pasto y por las picaduras de los insectos y los murciélagos. No hay guías, pues nadie conoce el terreno. Es necesario reducir el equipo al mínimo imprescindible, cargándolo uno mismo, y confiando en que será capaz de subsistir trabando amistad con las diferentes tribus con que se encuentre».[24] Y después añadió: «Tendremos que sufrir toda clase de dolencias […]. Tendremos que desarrollar una fortaleza mental, además de la física, pues en esas condiciones los hombres suelen desmoronarse bajo el yugo de sus pensamientos y sucumbir antes que sus cuerpos».[25]

Fawcett tan solo había escogido a dos personas para que lo acompañaran: su hijo de veintiún años, Jack, y el mejor amigo de este, Raleigh Rimell. Aunque ninguno de los dos había ido antes de expedición, Fawcett creía que eran idóneos para la misión: duros y leales, y, dada la estrecha amistad entre ambos, era poco probable que, tras meses de aislamiento y sufrimientos, llegaran a «hostigarse y molestarse»[26] —o, como ocurría con frecuencia en esta clase de expediciones, amotinarse—. Jack era, según lo describió su hermano Brian, «la viva imagen de su padre»:[27] alto, de una fuerza temible y ascético. Al igual que su padre, no fumaba ni bebía. Brian observó que «el metro noventa [de Jack] era puro hueso y músculo, y que los tres principales agentes de la degeneración corporal (el alcohol, el tabaco y la vida disoluta) le resultaban repugnantes».[28] El coronel Fawcett, que seguía un estricto código victoriano, lo describió de un modo algo diferente: «Es […] absolutamente virgen de cuerpo y mente».[29]

Jack, que desde niño deseaba acompañar a su padre en una expedición, llevaba años preparándose: alzando pesas, observando una estricta dieta, estudiando portugués y aprendiendo a navegar guiándose por las estrellas. Aun así, apenas había sufrido privaciones, y su rostro, de tez luminosa, con el bigote bien recortado y el pelo castaño y pulcro, no mostraba la dureza que se reflejaba en la expresión de su padre. Con su ropa moderna y elegante, más que un científico parecía una estrella de cine, precisamente en lo que confiaba convertirse a su triunfal regreso.

Raleigh, si bien más bajo que Jack, medía cerca de un metro ochenta y era musculoso (un «físico excelente»,[30] dijo Fawcett a la RGS). Su padre había sido cirujano de la Marina Real y había muerto de cáncer en 1917, cuando Raleigh contaba quince años. De pelo moreno, con pronunciadas entradas y mostacho de jugador de apuestas de embarcación fluvial, Raleigh era de naturaleza jocosa y traviesa. «Había nacido para ser payaso —comentó Brian Fawcett—, el contrapeso perfecto al serio de Jack.»[31] Los dos muchachos habían sido inseparables desde que ambos rondaban por los campos circundantes a Seaton, Devonshire, donde habían crecido, montando en bicicleta y disparando rifles al aire. En una carta a uno de los confidentes de Fawcett, Jack escribió: «Ahora tenemos a Raleigh Rimell a bordo, que es igual de entusiasta que yo […]. Es el único amigo íntimo que he tenido en la vida. Le conocí antes de cumplir los siete años y, más o menos, hemos estado juntos desde entonces. Es honrado y decente en todos los sentidos de la palabra, y nos conocemos el uno al otro como la palma de la mano».[32]

Al subir al barco, Jack y Raleigh, rebosantes de entusiasmo, se encontraron con docenas de camareros, ataviados con uniformes blancos almidonados y correteando por los pasillos con telegramas y cestas de frutas con tarjetas en las que se deseaba un buen viaje. Uno de ellos, evitando cuidadosamente las dependencias de popa, donde se alojaban los pasajeros de tercera clase, guió a los exploradores hasta los camarotes de primera, situados en el centro de la embarcación, lejos del traqueteo de las hélices. Las comodidades que ofrecía el barco en nada se parecían a las pésimas condiciones que Fawcett había tenido que sufrir en su primer viaje a Sudamérica, dos décadas antes, o cuando Charles Dickens, al cruzar el Atlántico en 1842, había descrito su camarote como «un cajón totalmente impracticable, absolutamente inútil y profundamente ridículo».[33] El comedor, añadía Dickens, semejaba una «carroza fúnebre con ventanas».[34] En aquel barco todo estaba pensado para alojar a una nueva generación de turistas, «simples viajeros», según los consideraba Fawcett con desprecio, con muy pocas nociones de «los lugares que hoy requieren cierto grado de resistencia y se cobran muchas vidas, con el físico necesario para enfrentarse a peligros». Los camarotes de primera clase disponían de camas y agua corriente, de ojos de buey que dejaban entrar la luz del sol y aire fresco, y ventiladores eléctricos en el techo. El folleto del barco pregonaba la «ventilación perfecta garantizada por modernos aparatos eléctricos» del Vauban, que ayudaban a «contrarrestar la impresión de que un viaje a y por los trópicos conlleva sin remedio incomodidades».[35]

Fawcett, como muchos otros exploradores de la época victoriana, era un diletante profesional: además de geógrafo y arqueólogo sedicente, también era un artista con talento (sus dibujos en tinta han sido expuestos en la Royal Academy) y constructor naval (había patentado la ichthoid curve, que añadía nudos a la velocidad de la embarcación). Pese a su interés por el mar, escribió a su esposa Nina, su defensora más incondicional y su portavoz siempre que él estaba ausente, que tanto el Vauban como la travesía le resultaron «más bien pesados»:[36] lo que realmente deseaba era estar en la selva.

Mientras tanto, Jack y Raleigh estaban ansiosos por explorar el lujoso interior del barco. Al doblar una esquina había un salón con techos abovedados y columnas de mármol. Al doblar otra, un comedor con mesas tapizadas con manteles blancos y atendidas por camareros con corbata negra que servían costillares de cordero y vino con decantadores mientras la orquesta tocaba. El barco disponía incluso de un gimnasio, donde ambos podían entrenarse para su misión.

Jack y Raleigh ya no eran dos jóvenes desconocidos: eran, como los habían aclamado los periódicos, «valientes», «ingleses de voluntad inquebrantable» que se parecían a sir Lancelot. Conocieron a dignatarios, que los invitaban a sentarse a sus mesas, y a mujeres que fumaban largos cigarrillos y les dirigían lo que el coronel Fawcett denominaba «miradas de descarada audacia». Jack no sabía muy bien cómo comportarse en presencia de mujeres: para él, al parecer, eran tan misteriosas y distantes como Z. Por el contrario, Raleigh pronto empezó a flirtear con una chica, sin duda alardeando de sus inminentes aventuras.

Fawcett sabía que para Jack y Raleigh la expedición aún no era más que una hazaña que no rebasaba los límites de la imaginación. En Nueva York, ambos jóvenes disfrutaron entusiasmados de una constante diversión: las veladas en el hotel Waldorf-Astoria, en cuyo Salón Dorado, la última noche, dignatarios y científicos de la ciudad se reunieron para celebrar una fiesta y desearles un buen viaje; los brindis en el Camp Fire Club y el National Arts Club; la parada en Ellis Island (un alto funcionario de inmigración observó que ninguno de los invitados a la fiesta era «ateo», «polígamo», «anarquista» ni «deforme»), y las salas de cine, que Jack frecuentó día y noche.

Mientras que Fawcett había desarrollado una resistencia física y mental a lo largo de años de exploración, Jack y Raleigh tendrían que hacerlo sin ninguna preparación previa. Pero Fawcett no albergaba la menor duda de que lo conseguirían. En sus diarios escribió que «Jack está perfectamente capacitado para ello». Y predijo: «Es lo bastante joven para adaptarse a cualquier situación, y varios meses sobre el terreno le endurecerán lo necesario. Si sale a mí, no contraerá ninguna de las muchas dolencias y enfermedades […], y, en caso de emergencia, creo que conservará el coraje».[37] Fawcett expresó la misma confianza en Raleigh, quien admiraba a Jack casi con la misma intensidad con que este admiraba a su padre. «Raleigh le seguirá a donde sea»,[38] comentó.

La tripulación del barco empezó a gritar: «¡Listos para zarpar!». El silbato del capitán reverberó en el puerto, y la nave crujió y cabeceó al retroceder desde el muelle. Fawcett contempló el perfil de Manhattan, con la Metropolitan Life Insurance Tower, durante un tiempo el edificio más alto del planeta, y el Woolworth Building, que le había sobrepasado en altitud; las luces de la metrópoli refulgían como si alguien hubiese reunido todas las estrellas en aquel lugar. Con Jack y Raleigh junto a él, Fawcett gritó a los periodistas que había en el embarcadero: «¡Volveremos, y traeremos lo que vamos a buscar!».[39]

cap-3

2

La desaparición

Con qué facilidad puede engañar el Amazonas.

El río más poderoso del mundo, más poderoso que el Nilo y el Ganges, más que el Mississippi y que todos los ríos de China empieza siendo apenas un arroyo. En los Andes, por encima de los cinco mil quinientos metros, entre nieve y nubes, emerge por una grieta rocosa, apenas un reguero de agua cristalina. En ese punto no se diferencia de otros muchos arroyos que surcan la cordillera andina, algunos de los cuales se derraman en cascadas por la vertiente occidental hacia el Pacífico, que se encuentra a unos cien kilómetros. Otros, como el Amazonas, bajan por la vertiente oriental en un viaje aparentemente imposible hasta el océano Atlántico, recorriendo una distancia mayor que la que separa Nueva York de París. A tanta altura, el aire es demasiado frío para que haya selva y depredadores. No obstante, es en ese lugar donde nace el Amazonas, alimentado por el deshielo y la lluvia, para luego ser arrastrado precipicios abajo por la fuerza de la gravedad.[1]

Desde sus fuentes, el río desciende bruscamente. A medida que va ganando velocidad, se suman a él centenares de arroyos, la mayoría tan pequeños que incluso carecen de nombre. Unos dos mil doscientos metros más abajo, la corriente accede a un valle donde se ven los primeros indicios de verde. Enseguida, otros riachuelos algo más caudalosos convergen en él. En su agitado trayecto hacia las llanuras más bajas, el río tiene aún que recorrer cerca de cinco mil kilómetros más hasta alcanzar el océano. Es imparable. También lo es la selva, que, debido al calor ecuatorial y a las lluvias torrenciales, poco a poco va engullendo las riberas. Esta masa selvática, que se expande en el horizonte, alberga la mayor variedad de especies del mundo. Y, por primera vez, el río aparece en toda su grandeza: es el Amazonas.

Pese a ello, no es lo que parece. Serpenteando hacia el este, el Amazonas penetra en una región inmensa en forma de cuenca poco profunda y, dado que fluye por la base de la misma, cerca del cuarenta por ciento de las aguas de Sudamérica —procedentes de ríos de países tan lejanos como Colombia, Venezuela, Bolivia y Ecuador— se vierten en él. Y así, va volviéndose más poderoso. Con una profundidad que en ciertos puntos supera los noventa metros, ya no necesita precipitarse; va conquistando terreno marcando su propio ritmo. En su sinuoso recorrido, deja atrás el río Negro y el Madeira; el Tapajós y el Xingu, dos de los afluentes meridionales de mayor envergadura, y la isla Marajó, más grande que Suiza, hasta que, finalmente, tras atravesar cerca de seis mil kilómetros y recoger agua de mil afluentes, el Amazonas alcanza su desembocadura de trescientos veinte kilómetros de anchura y se derrama en el Atlántico. Lo que empezó como un arroyo expele en el océano doscientos quince millones de litros por segundo, un vertido sesenta veces mayor que el del Nilo. Las aguas dulces del Amazonas se internan en el océano hasta tal distancia que, en el año 1500, Vicente Pinzón, un capitán español que había acompañado con anterioridad a Colón en sus travesías, descubrió el río cuando navegaba a muchas millas de la costa de Brasil. Lo llamó Mar Dulce.

Resulta difícil explorar esta región en cualquier circunstancia, pero, en noviembre, la llegada de las lluvias la torna infranqueable. Las olas —junto con el macareo de la marea, de unos veinticuatro kilómetros por hora, conocido como pororoca, o «gran rugido»— estallan contra la orilla. En Belém, el caudal del Amazonas a menudo se eleva tres metros y medio; en Iquitos, seis; en Óbidos, diez y medio. En el caso del Madeira, el afluente más largo del Amazonas, el cauce puede aumentar incluso más, superando los veinte metros. Tras meses de inundación, muchos ríos estallan sobre sus riberas y se derraman por la selva, arrancando de cuajo plantas y rocas, y transformando la región sur de la cuenca prácticamente en una isla interior, lo que era en su inicio hace millones de años. Luego el sol aparece y agosta la zona. La tierra se agrieta como si se hubiese producido un terremoto. Las ciénagas se evaporan y las pirañas quedan varadas en pantanos desecados, devorándose las unas a las otras. Las ciénagas se transforman en prados; las islas, en lomas.

Así se manifiesta la estación seca cuando llega a la cuenca meridional del Amazonas. Según recuerdan los habitantes de la zona, así ha sido siempre. Y esas eran las condiciones en junio de 1996, cuando una expedición de científicos y aventureros brasileños pusieron rumbo a la selva. Buscaban indicios sobre lo sucedido al coronel Percy Fawcett, que había desaparecido junto con su hijo Jack y Raleigh Rimell hacía más de setenta años.

La expedición[2] estaba liderada por un banquero brasileño de cuarenta y dos años, llamado James Lynch. Después de que un periodista le contara la historia de Fawcett, Lynch leyó todo cuanto encontró sobre el tema. Así supo que la desaparición del coronel, acaecida en 1925, había conmocionado al mundo; un hecho que se contaba «entre las desapariciones más célebres de la era moderna»,[3] tal y como la había descrito un observador de la época. Durante cinco meses, Fawcett había enviado despachos que, arrugados y sucios, eran transportados a través de la selva por corredores indígenas, y, en lo que parecía una proeza rayana en lo mágico, enviados después por medio de telégrafos e impresos en prácticamente todos los continentes. En un temprano ejemplo de lo que luego serían los reportajes y documentales actuales que tanto interés despiertan, ese lejano acontecimiento fascinaba por igual a africanos, asiáticos, europeos, australianos y americanos. La expedición, según afirmaba un periódico, «cautivó la imaginación de todos los niños que, en algún momento, habían soñado con tierras ignotas».[4]

Sin embargo, un buen día los despachos cesaron. En su búsqueda de información, Lynch descubrió que Fawcett había advertido de la posibilidad de estar unos meses incomunicado, pero transcurrió un año, luego dos, y con el tiempo la fascinación del público fue aumentando. ¿Estarían Fawcett y los dos jóvenes retenidos como rehenes por los indios? ¿Habrían muerto de hambre? ¿Se habrían quedado deslumbrados con Z y por ello se negaban a regresar? Se producían debates por múltiples salones y tabernas clandestinas; en las más altas esferas gubernamentales se intercambiaban cablegramas. Este misterio dio lugar a radionovelas, novelas (se cree que en Un puñado de polvo, de Evelyn Waugh, hay una clara influencia de la saga Fawcett),[5] poemas, documentales, películas, sellos postales, cuentos infantiles, cómics, baladas, obras de teatro, novelas gráficas y exposiciones en museos. En 1933, un autor de literatura de viajes exclamó: «En torno a esta cuestión se ha generado suficiente leyenda para dar lugar a una rama de folclore nueva e independiente».[6] Fawcett se había granjeado un lugar en los anales de la exploración, no por lo que había desvelado al mundo sino por lo que ocultaba. Había hecho la promesa de llevar a cabo «el gran descubrimiento del siglo»; en lugar de eso, había dado vida al «mayor misterio del siglo XX en el ámbito de la exploración».

Lynch también descubrió, para su asombro, que infinidad de científicos, exploradores y aventureros se habían internado en la selva con la determinación de encontrar a los integrantes de la partida de Fawcett, vivos o muertos, y regresar con pruebas que confirmasen la existencia de Z. En febrero de 1955, el The New York Times afirmó que la desaparición de Fawcett había propiciado más búsquedas «que las organizadas a lo largo de los siglos para dar con el fabuloso El Dorado».[7] Algunas de estas expediciones habían perecido a causa del hambre; otras, a manos de tribus. Luego llegaron aquellos aventureros que partieron en busca de Fawcett y acabaron desapareciendo, al igual que él, en la selva a la que los viajeros habían bautizado hacía mucho tiempo como el «infierno verde». Dado que muchos de estos buscadores no publicitaron sus viajes, no existen estadísticas fidedignas del número de personas que han muerto en el intento. Una estimación reciente, no obstante, eleva el total a un centenar.

Lynch no parecía dado a dejarse llevar por las fantasías. Alto, esbelto, de ojos azules y tez pálida muy sensible al sol, trabajaba en el Chase Bank de São Paulo. Estaba casado y tenía dos hijos. Pero, cuando contaba treinta años, empezó a sentir ciertas inquietudes: desaparecía durante días recorriendo a pie la selva del Amazonas. Pronto pasó a participar en competiciones de riesgo extenuantes: en una ocasión, caminó setenta y dos horas seguidas, sin dormir, y cruzó un cañón haciendo equilibrios sobre una soga. «La idea era agotarse física y mentalmente, y ver cómo reaccionaba uno en esas circunstancias —dijo, y añadió—: Algunas personas se desmoronaban, pero a mí siempre me pareció estimulante.»

Lynch era más que un aventurero. Se sentía atraído tanto por la investigación intelectual como por las proezas físicas, y confiaba en arrojar luz con sus indagaciones sobre temas poco conocidos. Con frecuencia pasaba meses encerrado en la biblioteca investigando sobre algún tema. Se había aventurado, por ejemplo, a buscar las fuentes del Amazonas y había encontrado una colonia de menonitas que vivían en el desierto boliviano. Pero nunca había topado con un caso como el del coronel Fawcett.

Las partidas expedicionarias anteriores no solo no habían hallado pista alguna sobre lo ocurrido a Fawcett —todas habían desaparecido, convirtiéndose ellas mismas en un misterio—, sino que tampoco ninguna había desentrañado lo que Lynch consideraba el mayor enigma de todos: Z. De hecho, Lynch descubrió que, a diferencia de otros exploradores desaparecidos —como Amelia Earhart, que desapareció en 1937 mientras intentaba dar la vuelta al mundo pilotando un avión—, Fawcett había imposibilitado el rastreo de su ruta. La había mantenido tan en secreto que incluso ocultó detalles cruciales a su esposa, Nina, según confesó ella misma. Lynch estudió antiguos artículos periodísticos, pero apenas halló en ellos claves tangibles. Más tarde encontró una copia (con la esquina de algunas páginas doblada) de Exploration Fawcett [A través de la selva amazónica], una recopilación de escritos del explorador editados por su otro hijo, Brian, y publicados en 1953. (Ernest Hemingway conservaba un ejemplar en su biblioteca personal.) El libro resultó contener uno de los pocos indicios del trayecto definitivo del coronel, pues citaba como palabras de Fawcett: «Nuestra ruta partirá del Dead Horse Camp [Campamento del Caballo Muerto], a 11º43’ sur y 54º35’ oeste, donde mi caballo murió en 1921».[8] Aunque las coordenadas indicaban tan solo el punto de partida, Lynch las introdujo en su GPS. Este señalizó un punto situado en la cuenca meridional del Amazonas, en el Mato Grosso —cuyo nombre significa «bosque denso»—, un estado brasileño más grande que Francia y Gran Bretaña juntas. Llegar al Dead Horse Camp requeriría cruzar parte de la jungla más inaccesible del Amazonas, e implicaría a la vez acceder a territorios controlados por tribus indígenas que se habían instalado en la espesura de la selva y custodiaban sus tierras con fiereza.

El desafío parecía insalvable. Pero, mientras examinaba atentamente hojas de cálculo en el trabajo, Lynch se preguntaba: «¿Y si realmente existe Z? ¿Y si la selva hubiese ocultado un lugar como ese?». Incluso hoy, el gobierno brasileño calcula que existen más de sesenta tribus indígenas que no han tenido contacto alguno con foráneos.[9] «Estos bosques son […] casi el único lugar de la tierra donde los pueblos indígenas pueden sobrevivir aislados del resto de la humanidad»,[10] escribió John Hemming, el célebre historiador, gran conocedor de los indígenas de Brasil y antiguo director de la Royal Geographical Society. Sydney Possuelo, que estaba al cargo del organismo brasileño creado para proteger a las tribus indígenas, ha comentado al respecto de estas últimas: «Nadie sabe a ciencia cierta quiénes son, dónde están, cuántos son y qué lenguas hablan».[11] En 2006, en Colombia, miembros de una tribu nómada llamada nukak-makú emergieron del Amazonas y anunciaron que estaban dispuestos a integrarse en el mundo moderno, aunque ignoraban que Colombia era un país y preguntaron si los aviones que los sobrevolaban viajaban por una carretera invisible.[12]

Una noche, Lynch, incapaz de conciliar el sueño, fue a su estudio, que estaba repleto de mapas y reliquias de sus expediciones anteriores. En uno de los documentos que poseía sobre Fawcett, encontró la advertencia que el coronel había hecho a su hijo: «Si con toda mi experiencia no lo conseguimos, no habrá mucha esperanza para los demás». Lejos de desalentar a Lynch, estas palabras le convencieron. «Tengo que ir», dijo a su esposa.

Pronto consiguió un compañero, René Delmotte, un ingeniero brasileño a quien había conocido en una competición de riesgo. Durante meses, los dos hombres estudiaron imágenes de satélite del Amazonas, con el fin de afinar su ruta. Lynch se proveyó del mejor equipamiento: jeeps equipados con turbocompresores y neumáticos antipinchazos, walkie-talkies, equipos de radio de onda corta y generadores. Al igual que Fawcett, Lynch tenía experiencia en el diseño de barcos, y junto con un constructor naval fabricó dos embarcaciones de aluminio de siete metros y medio lo bastante planas para navegar por ciénagas y marismas. Preparó asimismo un botiquín que contenía decenas de antídotos contra picaduras de serpiente.

Con el mismo esmero escogió a los miembros de su partida. Reclutó a dos mecánicos que, en caso de necesidad, sabrían reparar el equipamiento y a dos veteranos conductores todo-terreno. Alistó también al doctor Daniel Muñoz, un afamado antropólogo forense, que en 1985, había contribuido a identificar los restos de Josef Mengele, el fugitivo nazi, y que ayudaría a confirmar los orígenes de cualquier objeto que encontraran del equipo de Fawcet: la hebilla de un cinturón, un fragmento de hueso, una bala.

Aunque anteriormente Fawcett ya había advertido que todas las expediciones de gran envergadura habían «acabado en desastre»,[13] la partida pronto creció hasta incluir a dieciséis hombres. Con todo, había aún otra persona que quería ir: James Jr., el hijo de dieciséis años de Lynch. Atlético y más musculoso que su padre, con una poblada mata de pelo castaño y grandes ojos del mismo color, había participado en una expedición anterior y se había desenvuelto bien. De modo que Lynch accedió, al igual que Fawcett, a llevar consigo a su hijo.

El equipo se reunió en Cuiabá, capital del Mato Grosso, que se extiende a lo largo del extremo meridional de la cuenca del Amazonas. Lynch repartió camisetas en las que había estampado el dibujo de unas huellas que se dirigían hacia la selva. En Inglaterra, el Daily Mail publicó un artículo sobre la expedición con el título «¿Estamos a punto de resolver el eterno misterio del coronel Percy Fawcett?». Durante días, el grupo se desplazó en jeep por la cuenca del Amazonas, recorriendo carreteras sin asfaltar repletas de surcos y zarzas. La vegetación empezó a volverse más densa, y James Jr. apretaba la cara contra la ventanilla. Tras limpiar el vaho del vidrio, veía las frondosas copas de los árboles desplegándose en lo alto, los resquicios por los que se filtraban haces de luz del sol que dejaban ver de pronto las alas amarillas de unas mariposas y guacamayos. En una ocasión vio una serpiente de dos metros, semioculta en el barro, con una honda depresión entre los ojos. «Es una jararaca», le informó su padre. Era una víbora lora, una de las serpientes más venenosas del continente americano. (La mordedura de una jararaca hace que la víctima sangre por los ojos y se vaya convirtiendo, según describe un biólogo, en «un cadáver palmo a palmo».)[14] Lynch esquivó a la serpiente con un volantazo y el rugido del motor ahuyentó a otros animales, incluso a los monos aulladores, que treparon hasta las copas de los árboles; tan solo los mosquitos parecían seguir impertérritos mientras rondaban los vehículos al igual que centinelas.

Tras varias paradas para montar el campamento y pernoctar, la expedición siguió un sendero que la condujo hasta un claro situado junto al río Xingu. Una vez allí

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