1
smbrrra cunndo
stsssen smbrrr cunnndo
ljjjossstcunndo
Esos sonidos surgían de la niebla.
2
Algunas veces, los sonidos, como el dolor, se desvanecían y entonces quedaba sólo aquella bruma. Recordaba la oscuridad, la sólida oscuridad que la había precedido. ¿Eso significaba que estaba mejorando? ¿Hágase la luz, aunque esté brumosa? Pero la luz era buena… Así una y otra vez… ¿Existían esos sonidos en la oscuridad? No encontraba respuesta a esas preguntas. ¿Tenía sentido hacérselas? Tampoco a esto podía responder.
El dolor se hallaba en alguna parte bajo aquellos rumores. Al este del sol y al sur de sus oídos. Eso era cuanto sabía.
Por un tiempo que le pareció muy largo, y lo fue porque el dolor y la neblina tormentosa eran la única realidad, esos sonidos constituyeron todo su mundo. Ignoraba quién era y dónde se encontraba. No le importaba ni lo uno ni lo otro. Deseaba estar muerto, aunque, en aquella dolorosa bruma que ocupaba su mente como una nube tormentosa de verano, no sabía que lo deseaba.
A medida que pasaba el tiempo, se iba percatando de que había cíclicos períodos indoloros. Por primera vez desde su salida de aquella oscuridad total que precedió a la bruma, surgió un pensamiento independiente de su situación actual. Se trataba de un pilote roto que sobresalía de la arena en Revere Beach, adonde sus padres solían llevarlo de niño. Él siempre insistía en que extendiesen la toalla donde pudiera observar aquel pilote que le parecía la zarpa de un monstruo enterrado. Le gustaba sentarse y ver cómo la marea subía hasta cubrirlo. Horas más tarde, cuando se habían consumido los bocadillos, la ensalada de patata y las últimas gotas de Kool-Aid del gran termo del padre, poco antes de que la madre advirtiese que era hora de recoger y marcharse a casa, el extremo superior corroído del pilote volvía otra vez a aparecer. Al principio sólo se vislumbraba un instante entre las olas, luego iba destacándose cada vez más. Cuando las sobras habían sido depositadas en el gran cubo con el típico rótulo de CONSERVA LIMPIA TU PLAYA, los juguetes de Paulie estaban ya guardados…
«Paulie soy yo, y esta noche mamá me pondrá aceite Johnson’s en las quemaduras del sol», pensó dentro del ojo de tormenta en el que ahora vivía.
… y las toallas se habían plegado otra vez, el pilote se veía ya casi por completo con sus lados oscuros cubiertos de limo y rodeados de una espuma jabonosa. Era la marea, según su padre le explicaba; pero él sabía que era el pilote. La marea iba y venía; el pilote permanecía, aunque algunas veces no se viera. Sin pilote, no había marea.
Este recuerdo giraba y giraba, enloquecedor, como una mosca pertinaz. En las tinieblas, luchaba por comprender su significado; pero los sonidos le interrumpían una y otra vez.
ljjjosss tu cunndo
rrrrrrojjjo todo
smbrrra cunnndo
En ciertas ocasiones, los sonidos se detenían. Otras, se detenía él.
Su primer recuerdo claro de su ahora, el que estaba fuera de la bruma tormentosa, fue el haberse detenido, el haberse percatado súbitamente de que ya no podía dar un paso más. Y eso estaba bien, muy bien, magnífico. Podía soportar el dolor hasta cierto punto; pero todo tiene un límite, y se alegró de haberse retirado del juego.
Entonces surgió una boca unida a la suya, una boca inequívocamente de mujer a pesar de sus labios duros y secos, y la boca de esa mujer sopló sobre la suya y atravesó su garganta inflándole los pulmones, y cuando los labios se retiraron, olió a su salvadora por primera vez, recibió la corriente que ella le había introducido a la fuerza del mismo modo en que un hombre puede introducir una parte de sí mismo en el cuerpo de una mujer que no lo desea. Era un hedor horrible, mezcla de galletas de vainilla con helado de chocolate, salsa de pollo y mantequilla de cacahuete derretida.
Escuchó una voz que gritaba:
–¡Respira, maldita sea! ¡Respira, Paul!
Aquellos labios volvieron a apretarse contra los suyos. Otra vez el aliento entró a través de su garganta. Era semejante a la húmeda ráfaga de viento que sigue al paso rápido de los vagones del metro arrastrando hojas de periódico y envolturas de golosinas… Los labios se retiraron y él pensó: «Por el amor de Dios, no dejes que se te escape por la nariz.» Pero no pudo evitarlo…
–¡Respira, jodido bastardo! –chillaba la voz invisible.
Pensó: «Haré cualquier cosa, pero por favor no vuelva a echarme su aliento; no me infecte.» Pero los labios de aquella mujer ya estaban de nuevo sobre los suyos, labios tan secos y muertos como tiras de cuero salado. Y otra vez ella volvió a violarlo con su hálito apestoso.
Cuando ella retiró sus labios, él no dejó que se le escapase el aire, sino que lo retuvo mediante una profunda inhalación. Luego lo exhaló. Esperó a que su pecho subiese naturalmente como lo había hecho durante toda su vida sin necesidad de ayuda. Pero no lo logró, aspiró otra vez una bocanada profunda y entonces sí… volvió a respirar por su cuenta y con toda la rapidez que pudo para librarse del olor y el sabor de la mujer.
Nunca hasta entonces le había sabido tan bien el aire normal.
Empezó a sumergirse otra vez en la bruma; pero, antes de que el mundo oscurecido desapareciese por completo, oyó la voz de la mujer:
–¡Vaya! Estuvo cerca.
«No lo bastante cerca», pensó él, y se durmió.
Soñó con el pilote; lo veía tan real que le parecía poder alargar la mano y tocar su curva y resquebrajada superficie verdinegra.
Cuando volvió a la semiconsciencia, pudo relacionar el pilote con su situación actual. La imagen pareció flotar hacia sus manos. El dolor no era cíclico (ésa fue la lección de un sueño que era, realmente, un recuerdo) sino que parecía ir y venir. Como el pilote, unas veces cubierto y otras visible, pero siempre presente.
Cuando el dolor no le acosaba a través de la gris bruma, se sentía calladamente agradecido, pero ya no se engañaba: el dolor seguía allí esperando volver. Y no había un pilote, sino dos, y eran una misma cosa con el dolor, una parte de sí mismo. Supo, mucho antes de tener conciencia de ello, que los pilotes derruidos eran sus propias piernas destrozadas.
Pero tendría que pasar mucho tiempo antes de que consiguiese romper la seca espuma de saliva que había sellado sus labios. Cuando lo logró al fin, murmuró:
–¿Dónde estoy?
La mujer se hallaba sentada en el borde de la cama con un libro en las manos. El nombre del autor era Paul Sheldon. Lo reconoció sin sorpresa, pues era su nombre.
–Sidewinder, Colorado –contestó ella–. Me llamo Annie Wilkes, y soy…
–Ya lo sé –la interrumpió–. Usted es mi fan número uno.
–Sí –asintió sonriendo–, eso es exactamente lo que soy.
3
Oscuridad. Luego el dolor de la bruma. Después, la certeza de que, aunque el dolor era constante, algunas veces quedaba mitigado como por un transitorio acuerdo de alivio. El primer recuerdo real: detenerse, verse violado por el aliento apestoso de aquella mujer… y devuelto a la vida por aquella violación.
Siguiente recuerdo real: los dedos de la maldita mujer metiéndole en la boca algo parecido a cápsulas Contac sólo que, como no había agua, no pudo tragarlas y se deshacían en su boca, dejándole un gusto amargo semejante al de la aspirina. Le hubiese gustado escupir, pero sabía que era mejor no hacerlo, porque ese gusto amargo era el que provocaba la marea alta que cubría el pilote. «Pilotes y más pilotes. No… sólo hay dos», pensó en silencio.
Se convenció de que habían desaparecido.
El dolor volvía a intervalos sucesivos; luego parecía desgastarse, como debió de hacerlo el pilote de Revere Beach, porque nada es eterno, aunque de niño él se hubiese burlado de semejante herejía. Las cosas del mundo exterior empezaron a chocar violentamente hasta que la realidad objetiva, con toda su carga de recuerdos, experiencias y prejuicios, pudo restablecerse. Él era Paul Sheldon, autor de novelas de dos tipos: buenas y best-sellers. Se había casado y divorciado dos veces. Fumaba demasiado, o lo hacía antes de todo aquello, fuese lo que fuese «todo aquello». Le había ocurrido algo terrible, pero aún estaba vivo. Aquella bruma oscura empezó a disiparse cada vez más aprisa. Aún había de pasar un tiempo antes de que su fan número uno trajese su vieja Royal de mueca sonriente y voz de Ducky Daddles, pero Paul comprendió mucho antes que estaba metido en un problema de todos los demonios.
4
La parte de su mente capaz de percibir la vio antes de que él supiese que la había visto y seguramente la comprendió mucho antes de que supiese que la estaba comprendiendo. ¿Por qué, si no, asociaba esa mujer a imágenes tan tétricas y ominosas? Le recordaba los ídolos venerados por supersticiosas tribus africanas que aparecían en las novelas de H. Rider Haggard; le hacía pensar en piedras; y le obligaba a meditar sobre el destino de la muerte.
La imagen de Annie Wilkes como la de una divinidad africana salida de Ella o de Las minas del rey Salomón, resultaba a un tiempo ridícula y extremadamente acertada. Era una mujer corpulenta que, aparte de su abultado pecho, voluminoso pero inhóspito, que cubría una rebeca gris, parecía carecer de toda curva femenina. No había ninguna redondez en sus caderas ni en sus nalgas, ni siquiera en las pantorrillas que asomaban bajo la sucesión interminable de faldas de lana que acostumbraba llevar. Para hacer los trabajos del exterior, se retiraba a su misterioso cuarto y se ponía un pantalón. Su cuerpo era grande, pero no generoso. Daba la sensación de estar hecho de peñascos, sin orificios acogedores, ni siquiera espacios abiertos ni zonas flexibles.
Le producía una impresión perturbadora de solidez, como si no tuviese vasos sanguíneos, ni siquiera órganos internos, y estuviera hecha de una pieza, una Annie Wilkes maciza de pies a cabeza. Cada vez se convencía más de que sus ojos, que parecían dotados de movimiento, estaban en realidad pintados en la cara y que sólo se movían como los ojos inertes de esos retratos que parecen seguir a quien los mira a cualquier parte de la habitación. Tenía la impresión de que si trataba de meterle los dedos por la nariz, no avanzaría más de dos centímetros antes de encontrar un obstáculo desagradablemente blando. Hasta su rebeca gris, sus esperpénticas faldas y los gastados pantalones que utilizaba en sus trabajos exteriores parecían formar parte de un cuerpo sólido, fibroso y sin fisuras. Por tanto, no era sorprendente que aquella mujer pareciera un ser grotesco extraído de una novela exótica. Y como tal, provocaba una inquietud que se intensificaba gradualmente, hasta llegar al terror.
No obstante, eso no era del todo justo. No sólo infundía terror, sino que también le proporcionaba las pastillas que traían la marea y cubrían los pilotes.
Los pilotes eran la marea. Annie Wilkes encarnaba la presencia lunar que se los metía en la boca. Le traía dos comprimidos cada seis horas, anunciándose al principio sólo a través de un par de dedos que se introducían en su boca. Aprendió muy pronto a chupar ávidamente aquellos dedos a pesar del gusto amargo. Luego apareció con su rebeca y una de aquellas faldas ridículas, casi siempre con la edición de bolsillo de una de sus novelas bajo el brazo. Por la noche se le aparecía con una bata rosa deshilachada y la cara embadurnada de una especie de crema. Sin necesidad de ver el tarro, adivinaba cuál era su ingrediente esencial: el olor repugnante de la lanolina lo delataba. Lo sacaba del sopor espeso de sus sueños. Las cápsulas en la mano y la luna granujienta de su rostro eran definitivas para despertarlo.
Al cabo de un tiempo, cuando el miedo se hizo demasiado intenso para ignorarlo, descubrió con qué lo estaba alimentando. Era un analgésico llamado Novril con una fuerte base de codeína. La razón por la cual no tenía que llevarle el orinal con frecuencia no consistía en la dieta de líquidos y gelatinas con que lo mantenía (al principio, cuando envuelto en la bruma, lo había alimentado por vía intravenosa), sino en el estreñimiento que causaba el Novril. Otro efecto secundario, de naturaleza algo más seria, era las dificultades respiratorias que causaba en pacientes sensibles. No era el caso de Paul, a pesar de haber sido un fumador empedernido durante casi dieciocho años; sin embargo, le había ocasionado problemas al menos en una ocasión. Fue cuando le practicó el boca a boca. Podría haber sido un mero accidente, pero más adelante llegó a sospechar que ella había estado a punto de matarlo con una sobredosis del maldito producto. Ignoraba lo que estaba haciendo; aunque ella estaba convencida. Ésa era otra de las cosas de Annie que le asustaban.
Unos diez días después de haber salido de la bruma oscura, descubrió otras tres cosas casi al mismo tiempo. La primera, que Annie poseía una gran cantidad de Novril; en realidad, tenía muchísimas clases de droga. La segunda, que se hallaba «enganchado» al Novril. La tercera, que Annie Wilkes estaba bastante loca.
5
La oscuridad había precedido al dolor y a la bruma tormentosa. Empezó a recordar lo que había sucedido a medida que ella se lo explicaba. Eso fue poco después de formular la típica pregunta de alguien que acaba de despertar, a la que ella respondió comunicándole que se encontraba en la pequeña ciudad de Sidewinder, Colorado, agregando después que había leído sus ocho novelas al menos dos veces y que sus favoritas, las de la saga de Misery, las había leído cuatro, cinco, e incluso seis veces. Todo cuanto deseaba era que él pudiese escribirlas más deprisa. Dijo que apenas podía creer que su paciente fuese el verdadero Paul Sheldon a pesar de haber visto su identificación en la cartera.
–Por cierto, ¿dónde está mi cartera? –le preguntó.
–No se preocupe, la tengo yo –contestó ella, y su sonrisa se apagó de repente, transformándose en una mueca desagradable, pues era como descubrir una profunda grieta en la tierra, casi oculta bajo flores estivales en medio de un prado sonriente–. ¿Cree que le he quitado algo?
–No, por supuesto que no. Lo que ocurre es que… Bueno… «El resto de mi vida está en esa cartera –pensó–. Mi vida fuera de esta habitación. Lejos del dolor. Ajena a esta forma mortecina de transcurrir el tiempo, que se estira como el chicle que un niño se saca de la boca cuando está aburrido. Porque así es una hora antes de que llegue la cápsula.»
–¿Qué ocurre, señor mío? –le apremió a seguir.
Él observaba, alarmado, cómo la estrecha mirada se le oscurecía. La grieta se extendía como si se estuviese produciendo un terremoto bajo sus cejas. Podía oír el gemido agudo y persistente del viento en el exterior e imaginó de repente que la mujer lo cogía y se lo cargaba al hombro como un saco lanzado sobre un muro de piedra, sacándolo a la intemperie y tirándolo a un agujero en la nieve. Allí moriría congelado, pero antes sus piernas latirían inútilmente.
–Lo que ocurre es que mi padre solía decir que no quitase el ojo de la cartera –respondió, sorprendido por la facilidad con que había mentido.
Su padre se había dedicado a no prestarle más atención de la estrictamente necesaria y, hasta donde podía recordar, sólo le había ofrecido un consejo en su vida. En su decimocuarto cumpleaños, le había regalado un preservativo Red Devil metido en un sobrecito plateado. «Guárdate eso en la cartera –dijo Robert Sheldon–, y si te excitas mientras te morreas en el cine, tómate un segundo antes de que se te vaya el santo al cielo para meterte esto. Ya hay demasiados bastardos en el mundo y no quiero que tengas que enrolarte en el Ejército a los dieciséis años.»
–Me dijo tantas veces que no le quitase el ojo de encima a la cartera que se me quedó grabado para siempre –continuó Paul–. Si la he ofendido, lo siento de veras.
La mujer se relajó. La grieta se cerró. Las flores de verano cabecearon otra vez alegremente. Pensó que podría introducir la mano a través de esa sonrisa sin encontrar otra cosa que una blanda oscuridad.
–No me ha ofendido. Está en un lugar seguro. Espere, tengo algo para usted.
Se fue y regresó con un humeante plato de sopa en el que flotaban algunas verduras. Era suave, pero sólido. No pudo comer mucho, aunque sí más de lo que supuso que comería.
Mientras tomaba la sopa, ella le explicó lo que había pasado y él fue recordándolo todo. Pensó que, al menos, era bueno saber cómo había acabado con las piernas destrozadas. Pero se estaba enterando de un modo que le resultaba desagradable; era como si él fuese el personaje de una narración o de una obra de teatro, un personaje cuya historia no se cuenta como tal, sino que se recrea como ficción.
Ella había ido en el jeep a Sidewinder a comprar alimentos para el ganado y unas cuantas provisiones… y por supuesto, a mirar los libros nuevos en Wilson’s Drug Center. Eso había ocurrido el miércoles de hacía casi dos semanas y las novedades editoriales siempre llegaban los martes.
–Estaba realmente pensando en usted –dijo, metiéndole en la boca cucharadas de sopa y limpiándole luego lo que le caía por las comisuras–. Eso es lo que convierte el asunto en una notable coincidencia, ¿no le parece? Yo esperaba que El hijo de Misery saliera finalmente en edición de bolsillo; pero no tuve esa suerte.
Explicó que se aproximaba una tormenta, pero que hasta el mediodía el parte meteorológico había pronosticado confiadamente que se desviaría hacia el Sur, hacia Nuevo México y Sangre de Cristo.
–Sí –corroboró él, recordándolo–, dijeron que iba a desviarse. Por eso salí…
Trató de mover las piernas y el resultado fue una horrible laguna de dolor que le arrancó un quejido.
–No haga eso –le aconsejó ella–. Si hace hablar a sus piernas, luego no se le callarán… y ya no puedo darle más cápsulas hasta dentro de dos horas. Creo que ya le he suministrado demasiadas.
«¿Por qué no estoy en un hospital?» Ésta era la pregunta que quería hacer, pero no estaba seguro de que fuese la que tanto él como ella querían escuchar. Todavía no…
–Cuando llegué a la tienda de piensos, Tony Roberts me dijo que sería mejor que regresara enseguida si quería llegar antes de que cayese la tormenta, y yo le dije…
–¿A qué distancia estamos de esa ciudad? –la interrumpió.
–A varios kilómetros –le respondió vagamente mirando hacia la ventana.
Hubo una extraña pausa y Paul se asustó de lo que veía en su rostro: la vacuidad negra de una grieta oculta en un prado alpino, una oscuridad en la que no crecían las flores y en la que una caída sería casi eterna antes de llegar al fondo. Era la cara de una mujer temporalmente desligada de sus principios y de los hitos de su vida, una mujer que no sólo había olvidado los recuerdos que estaba contando, sino la existencia misma del recuerdo. Él visitó años atrás un manicomio, cuando se estaba documentando para escribir Misery, el primero de los cuatro libros que constituían su principal fuente de ingresos desde hacía ocho años, y allí había visto esa mirada o, con más precisión, esa «no mirada». La palabra que definía aquel estado era «catatonía», pero lo que más le había horrorizado no tenía una definición precisa, era más bien una vaga comparación. En aquel momento, le pareció que los pensamientos de la mujer se habían convertido en lo que él imaginaba que era su ser físico: sólido, fibroso, compacto, sin articulaciones.
De pronto, poco a poco, su rostro se aclaró. Los recuerdos parecieron volver a él lentamente.
Sí, su memoria parecía recuperarse de un largo período de inactividad, como un aparato eléctrico calentándose después de mucho tiempo, como una tostadora o tal vez como una manta eléctrica.
–Le dije a Tony que la tormenta giraría al Sur.
Al principio hablaba despacio, pero las palabras fueron alcanzando una cadencia normal, llenándose del brillo de la conversación. Para entonces, él ya estaba alerta. Todo cuanto ella decía era bastante extraño, no tenía mucho sentido. Escuchar a Annie era como escuchar una canción mal interpretada.
–Pero él cambió de parecer. «Bueno (dije yo), será mejor que me largue de aquí.» Entonces, él dijo: «Yo me quedaría en la ciudad, señorita Wilkes. Acaban de informar por la radio que va a ser una gran tormenta y que nadie está preparado.» Pero yo tenía que regresar porque no dispongo de nadie que alimente a los animales. Los vecinos más cercanos son los Roydman, y se encuentran a varios kilómetros de distancia. Además, a los Roydman no les caigo bien.
Mientras decía la última frase le dirigió una mirada de complicidad y, como él no respondió, golpeó la cuchara contra el borde del plato en un gesto perentorio.
–¿Ha terminado?
–Sí, no puedo más, gracias. Estaba muy bueno. ¿Tiene mucho ganado?
«Porque, si lo tiene –estaba pensando–, eso significa que alguien le debe ayudar.» Un empleado, al menos. La palabra exacta era «ayuda». Sí, ahí estaba la clave, y él había notado que no llevaba alianza.
–No mucho –le respondió–. Media docena de gallinas, dos vacas y Misery.
Él parpadeó y la mujer se echó a reír.
–Pensará que no ha sido muy correcto poner a una marrana el nombre de esa hermosa y valiente mujer que usted creó. Pero ése es su nombre. Yo… no tenía intención de faltarle al respeto. –Meditó un momento y luego añadió–: Es muy cariñosa. –Arrugó la nariz y por unos instantes pareció transformarse en un auténtico cerdo emitiendo ruidos guturales–: Ggnn, ggnn, ggnn…
Paul la miró con los ojos muy abiertos.
Ella no lo notó. Se había perdido otra vez con la mirada pensativa y sombría. No tenían más luz que la de la lámpara de la mesita de noche, reflejándose en ellos tenuemente.
Al fin, ella reemprendió el relato:
–Llevaba unos ocho kilómetros recorridos cuando empezó a nevar. Fue muy rápido. Aquí arriba la nieve cae de golpe. Avancé lentamente con las luces encendidas y entonces vi su coche volcado a un lado de la carretera. –Lo miró reprobadora–. Usted no llevaba las luces encendidas…
–Me cogió por sorpresa –dijo, acordándose en ese momento de que la tempestad se le había echado encima de pronto. Lo que todavía no recordaba era que estaba borracho.
–Paré –siguió la mujer–. De haber sido en una cuesta, quizá no lo hubiese hecho. Ya sé que no es muy cristiano, pero había unos ocho centímetros de nieve y ni con un jeep se puede estar seguro en esas condiciones. Es más fácil decirse a sí misma: «Bueno, a lo mejor salieron y alguien los recogió…», o algo así. Pero estaba en lo alto de la tercera colina después de la casa de los Roydman y es un llano bastante largo; así que aparqué y en cuanto salí escuché gemidos. Era usted, Paul.
Le sonrió con una extraña expresión maternal.
Por primera vez, el pensamiento afloró con claridad a la mente de Paul: «Estoy en peligro. Esta mujer está loca.»
6
Durante unos veinte minutos ella siguió hablando, sentada junto a él en lo que podía ser la habitación de huéspedes. Mientras el organismo de Paul asimilaba la sopa, el dolor volvió a surgir en sus piernas. Se esforzó inútilmente por concentrarse en lo que ella decía. Su mente se había dividido. Por un lado escuchaba el relato de cómo su salvadora lo había arrastrado sacándole de su Camaro del setenta y cuatro.
Pero el dolor latía cada vez con más fuerza, como un par de viejos pilotes resquebrajados que empezaban a insinuarse entre las elevaciones de la marea baja. Por otro lado se veía en el Hotel Boulderado terminando su última novela que, afortunadamente, no contaba en su reparto con Misery Castain.
Había razones de toda índole para no volver a escribir sobre Misery, pero una, férrea e inmutable, pesaba sobre las demás. Misery por fin estaba muerta. Había muerto cinco páginas antes del final de El hijo de Misery. Todo el mundo debió de llorar en la casa cuando aquello ocurrió, aunque las lágrimas que corrieron por las mejillas de Paul habían surgido de una risa histérica.
Al terminar el nuevo libro, una novela contemporánea sobre un ladrón de coches, se había acordado de escribir el último párrafo de El hijo de Misery: «Así que Ian y Geoffrey abandonaron juntos el jardín de la iglesia sosteniéndose mutuamente en su dolor, decididos a encontrar de nuevo el sentido de sus vidas.» Mientras escribía, se reía de tal manera que cometió diversos errores. Había tenido que retroceder varias veces. Por suerte, contaba con la cinta correctora de la IBM. Al escribir la palabra «FIN», empezó a dar saltos por la habitación del Hotel Boulderado gritando: «¡Libre! ¡Por fin libre! ¡Dios todopoderoso, ya soy libre! ¡Esa perra estúpida está en la tumba!»
La nueva novela se llamaba Automóviles veloces, y al terminarla no se había reído. Se quedó un momento frente a la máquina pensando: «Tal vez acabas de ganar el American Book Award, amigo mío.» Entonces había cogido…
–Una magulladura en la sien derecha; pero no parecía nada serio. Eran sus piernas… Me di cuenta enseguida, aunque ya oscurecía, de que sus piernas no estaban…
… el teléfono y había llamado al servicio de habitación para pedir una botella de Dom Pérignon. Recordó cómo la había esperado caminando de un lado a otro en aquella habitación en la que había terminado todos sus libros desde 1974. Recordó haber dado cincuenta dólares de propina al camarero y haberle preguntado por el parte meteorológico. Recordó cómo el camarero, aturdido, complacido y sonriente, le había explicado que la tormenta que se dirigía hacia ellos en esos momentos, se desviaría al Sur, hacia Nuevo México. Recordó la sensación helada de la botella y el discreto sonido del corcho al liberarse. Recordó el gusto seco y áspero de la primera copa y la búsqueda en su maleta del pasaje a Nueva York. Recordó que de repente, bajo el entusiasmo del momento, había decidido…
–… que mejor era traerle a casa enseguida. No fue fácil subirlo al camión, pero soy una mujer corpulenta, como habrá notado, y tenía un montón de mantas en la parte trasera. Así que lo metí y lo tapé; en aquel momento, a pesar de la oscuridad y todo eso, pensé que su cara me resultaba familiar. Creí que a lo mejor…
… sacar su viejo Camaro del aparcamiento y, en vez de meterse en el avión, conducir hacia el Oeste. ¿Qué demonios había en Nueva York? Sólo una casa vacía y fría, inhóspita, tal vez desvalijada. «¡Que se joda! –pensó bebiendo champán–. ¡Vete al Oeste, jovencito, al Oeste!» La idea era tan alocada que tenía sentido. Sólo se llevó una muda de ropa y su…
–… encontré su maleta y también la llevé al camión; pero no vi nada más y tenía miedo de que usted muriese, así que puse en marcha la vieja Bessie y…
… manuscrito de Automóviles veloces y se lanzó a la carretera hacia Las Vegas o Reno, o tal vez hasta la ciudad de Los Ángeles. Al principio, aquella idea le pareció un poco estúpida, era como un viaje que quizá habría emprendido el joven de veinticuatro años que era cuando vendió su primera novela; sin embargo, tal vez no era apropiado para un hombre con dos más sobre su cuadragésimo aniversario. Tras algunas copas más de champán la idea ya no se le antojó descabellada. Le pareció honrosa. Parecía una especie de gran odisea a alguna parte, un modo de familiarizarse de nuevo con la realidad después del tránsito a través del terreno ficticio de su novela. Así que se había metido…
–… ¡como una luz que se apaga! ¡Estaba segura de que moriría…! ¡Quiero decir, que estaba bastante segura! Así que saqué la cartera del bolsillo de su pantalón, busqué su carné de conducir y vi su nombre, Paul Sheldon. Al principio pensé: «Debe de ser una coincidencia», pero la fotografía del carné también se parecía a usted. Me sobresalté y tuve que sentarme ante la mesa de la cocina. Creí que me iba a desmayar. Al cabo de un rato, empecé a pensar que tal vez la fotografía también era una coincidencia. Ya sabe, esas instantáneas nunca se parecen al original; pero hallé por casualidad un carné de la Asociación de Escritores y otro del PEN. Por tanto, supe que usted estaba…
… en un apuro cuando la nieve empezó a caer; pero se detuvo en el Bar Boulderado y le dio a George veinte dólares más para que le proporcionara otra botella de Dom, que bebió mientras se deslizaba por la I-70 hacia las Rocosas bajo un cielo plomizo; se desvió de la autopista al este del túnel Eisenhower porque las carreteras aparecían desiertas y secas. La tormenta se dirigía al Sur y además, aquel maldito túnel lo ponía nervioso. Había estado escuchando una vieja cassette de Bo Diddley y no puso la radio hasta que el Camaro empezó a patinar seriamente y se dio cuenta de que no se trataba de una simple borrasca, sino de una auténtica tormenta que no se estaba desviando al Sur, sino que se dirigía directamente hacia él y que estaba a punto de complicarle la existencia…
Pero había bebido lo suficiente para creer que podía salir del asunto conduciendo. Así que, en vez de parar en Cana y buscar refugio, había seguido adelante. Recordaba que la tarde se había convertido en una lente cromada de un gris desvaído. El efecto del champán había empezado a desvanecerse y recordó el momento en que se inclinó hacia adelante para coger sus cigarrillos… De pronto, el coche dio un último patinazo e intentó contrarrestarlo sin conseguirlo. Luego notó un golpe sordo y pesado y el mundo se volvió patas arriba. Él…
–… gritó. Y cuando le oí gritar, supe que viviría. Los moribundos casi nunca gritan. Carecen de la energía necesaria. Lo sé… Decidí que yo le haría vivir. Así que le administré un calmante. Luego se durmió. Cuando se despertó y volvió a gritar, le administré otro. Tuvo fiebre durante un tiempo; pero también acabé con eso. Le di Keflex. Estuvo a punto de morir un par de veces. Créame, puede estar seguro. –La mujer se levantó–. Ahora tiene que descansar, Paul. Ha de recuperar sus fuerzas.
–Me duelen las piernas.
–Sí, ya lo sé. Dentro de una hora le daré otro calmante.
–Ahora, por favor.
Le avergonzaba suplicar, pero no podía evitarlo. La marea había bajado y los pilotes destrozados aparecían al descubierto, reales, cual objetos que no pueden evitarse.
–¡Dentro de una hora! –respondió con firmeza, y se dirigió a la puerta con la cuchara y el plato de sopa.
–¡Espere!
Se volvió mirándole con una expresión severa y maternal. No le gustó. No le gustó en absoluto.
–¿Dice que han pasado dos semanas?
De nuevo pareció confusa y molesta. Más adelante descubriría que su sentido del tiempo era muy relativo.
–Más o menos.
–¿Estaba inconsciente?
–Casi siempre.
–¿Qué comía?
Lo escrutó.
–Intravenoso –dijo brevemente.
–¿Intravenoso? –inquirió.
Ella tomó su sorpresa por ignorancia.
–Le alimenté por vía intravenosa –le dijo–, a través de unos tubos. Por eso tiene esas señales en los brazos. –Lo miró con ojos fríos y escrutadores–. Me debe la vida, Paul. Espero que lo recuerde. Confío en que lo tenga en cuenta.
Luego se marchó.
7
Por fin había pasado la maldita hora.
Estaba tendido en la cama sudando y temblando al mismo tiempo. De la otra habitación llegaban los sonidos de Hawkeye y Hot Lips y luego el presentador de discos de la WKRP, la loca y salvaje emisora de Cincinnati. Surgió la voz de un locutor alabando los cuchillos Ginsu, dando un número de teléfono e induciendo a los oyentes de Colorado que suspirasen por un juego de cuchillos Ginsu. Las telefonistas estaban a la espera.
Paul Sheldon también estaba esperando.
Annie volvió con dos cápsulas y un vaso de agua en cuanto el reloj de la habitación contigua dio las ocho.
Se incorporó ansioso, apoyándose en los codos, mientras ella se sentaba en la cama.
–Ya he conseguido su libro. Hace dos días que lo tengo –le dijo.
El hielo repiqueteaba en el vaso. Era un sonido enloquecedor.
–El hijo de Misery… –prosiguió la mujer–. Me encanta… Es tan bueno como los otros. ¡Mejor! ¡Es el mejor!
–Gracias –logró decir, mientras sentía el sudor cubriendo su frente–. Por favor, mis piernas… me duelen mucho…
–Yo sabía que se iba a casar con Ian –dijo con una sonrisa estúpida–, y creo que Ian y Geoffrey volverán a ser amigos con el tiempo. ¿Lo serán? –E inmediatamente añadió–: No, no me lo diga. Ya lo descubriré por mí misma. Quiero que dure mucho. El tiempo se me hace interminable hasta que aparece otra nueva novela…
El dolor latía en sus piernas y le apretaba el escroto como una argolla de acero. Se había palpado la zona y le parecía que la pelvis estaba intacta, aunque tenía una sensación extraña. De las rodillas para abajo, tenía la impresión de que estaba entero; pero no quería mirar. A través de la ropa de la cama podía ver las formas abultadas y retorcidas. Eso era suficiente.
–Por favor, señorita Wilkes, el dolor…
–Llámeme Annie. Todos mis amigos me llaman así.
Le entregó el vaso. Estaba frío y empañado. No le dio las cápsulas, que en sus manos representaban la marea. Ella era la luna que había traído aquella marea bajo la que se ocultaban los pilotes.
Por fin, acercó las cápsulas a la boca y él la abrió de inmediato… Entonces, ella las retiró.
–Me tomé la libertad de mirar en su bolsa de viaje. No le importa, ¿verdad?
–No, claro que no. La medicina…
Las gotas frías de sudor que cubrían su frente se multiplicaron. ¿Iba a gritar?
–He visto que contiene un manuscrito. –Tenía las cápsulas en la mano derecha y se las pasó lentamente a la izquierda. Él las seguía con los ojos–. Se titula Automóviles veloces. No es una novela de Misery, ya lo sé. –Lo miró con un cierto reproche, pero al igual que antes, era una mirada llena de amor, maternal–. No había automóviles en el siglo diecinueve, ni veloces ni lentos. –Se rió de su chiste–. También me tomé la libertad de hojearlo. No le importa, ¿verdad?
–Por favor –gimió–, no me importa; pero por favor…
Abrió la mano izquierda. Las cápsulas rodaron, vacilaron y luego cayeron en la palma derecha con un ruido apagado.
–¿Y si lo leo? ¿Le importa que lo lea?
–No. –Sus huesos estaban destrozados, sus piernas llenas de vidrios rotos–. No. –Esbozó algo que esperaba pareciese una sonrisa–. No, claro que no.
–Porque jamás se me ocurriría hacer una cosa así sin su permiso –dijo con vehemencia–. Le respeto mucho. En realidad, Paul, le amo.
De pronto se sonrojó de un modo alarmante. Una de las cápsulas cayó encima de la colcha. Paul estiró el brazo para cogerla, pero ella fue más rápida. Él gimió, pero la mujer no se dio por enterada. Tras apoderarse de la cápsula, volvió a perderse en su vaguedad mirando a través de la ventana.
–Amo su mente, su creatividad –continuó–, es lo que he querido decir.
Desesperado, sin poder pensar en otra cosa, le respondió:
–Lo sé. Usted es mi admiradora número uno.
–¡Eso es! –gritó–. Eso es exactamente. Y a usted no le importaría que yo lo leyese con ese espíritu, ¿no es cierto? El espíritu de… una admiradora. Aunque sus demás libros no me gustan tanto como las historias de Misery…
–No –le dijo, y cerró los ojos pensando: «Si quiere, haga gorros de papel con las hojas de ese manuscrito; pero por favor…, me estoy muriendo…»
–Usted es un buen hombre –dijo dulcemente–. Sabía que tenía que serlo. Con sólo leer sus libros, lo adiviné. Un hombre capaz de crear a Misery Chastain, imaginarla y darle su aliento vital, no podía ser de otro modo.
De repente, se encontró con sus dedos en la boca, horriblemente íntimos, asquerosamente bienvenidos. Chupó las cápsulas que sostenían y las tragó antes de poder acercarse torpemente a la boca el vaso de agua, derramándola.
–Como un bebé –comentó la mujer; pero él no podía verla porque aún tenía los ojos cerrados y sentía en ellos el ardor de las lágrimas–. En fin, tengo tanto que preguntar… Hay tantas cosas que quiero saber…
Cuando se levantó, los muelles de la cama crujieron.
–Vamos a ser muy felices –le dijo.
Aunque un golpe de horror pareció desgarrarle el pecho, Paul no abrió los ojos.
8
Cuando llegó la marea su ser se fue a la deriva. En otra habitación se oyó el televisor durante un rato y luego cesó. Algunas veces sonaba el reloj y trataba de contar las campanadas.
La mujer había dicho que le había alimentado por vía intravenosa.
Se incorporó sobre un codo. Tanteó buscando la lámpara y finalmente pudo encenderla. Se miró los brazos y en el pliegue interior de los codos vio sombras desvaídas moradas y amarillas. En el centro de cada mancha, había un agujero lleno de sangre seca.
Volvió a tumbarse mirando el techo, escuchando el viento. Estaba en la cima de la Gran Divisoria, en el corazón del invierno, en compañía de una mujer trastornada que lo había alimentado por vía intravenosa cuando se hallaba inconsciente, una mujer que parecía tener una provisión inagotable de medicamentos y que no le había dicho a nadie que él se encontraba allí.
Esas cosas eran importantes, pero empezó a darse cuenta de que había algo que lo era mucho más: la marea estaba bajando otra vez. Aguardó a que sonase el timbre del despertador en el piso de arriba. Aún tardaría un poco, pero ya podía comenzar la espera. Estaba loca, pero él la necesitaba.
«Estoy metido en un buen lío», pensó, mirando el techo mientras su frente volvía a inundarse de gotas de sudor.
9
A la mañana siguiente trajo más sopa y le dijo que había leído cuarenta páginas de lo que ella llamaba su «libro manuscrito». Agregó que no le parecía tan bueno como los demás.
–Es difícil de seguir. Retrocede constantemente hacia el pasado.
–Técnica –le respondió escueto. En aquel momento el dolor le había abandonado y pudo pensar en lo que ella decía–. Técnica, eso es todo. El tema… el tema impone la forma. –Suponía vagamente que quizá le interesarían esos trucos del oficio, que tal vez llegarían a fascinarla, como lo habían hecho, años atrás, a los participantes en talleres de escritores, cuando él daba conferencias–. Verá, la mente del chico es confusa, así que…
–¡Sí! Está muy confundido, y eso lo hace menos interesante. No es que carezca por completo de interés. Usted no podría crear un personaje que no lo tuviera. Pero es menos interesante. ¡Y las palabrotas! Salen a cada momento. No tiene… –Se detuvo para pensar mientras le daba la sopa y le limpiaba la que se derramaba. Parecía una mecanógrafa experimentada que escribe sin mirar. En ese momento él comprendió que aquella mujer había sido enfermera, pero no médico, porque un médico no tendría práctica en dar sopa.
«Si el meteorólogo que pronosticó la dirección de aquella tormenta hubiese hecho su trabajo la mitad de bien de lo que Annie Wilkes hace el suyo, yo no estaría en este puñetero lío», pensó amargamente.
–¡No tiene nobleza! –gritó de repente, y estuvo a punto de derramar la sopa de buey en la pálida cara del paciente.
–Sí –dijo con tolerancia–, entiendo lo que quiere decir, Annie. Es cierto que Tony Bonasaro no tiene nobleza. Es un chico de barrio que trata de salir de un mal ambiente, ¿comprende? Y esas palabrotas…, todo el mundo las utiliza en…
–¡No es cierto! –le interrumpió con una mirada imperativa–. ¿Qué cree que hago yo cuando voy a la tienda de piensos en la ciudad? ¿Qué imagina que digo? «¡Eh!, Tony, dame una bolsa de ese jodido pienso para cerdos, una puñetera bolsa de maíz forrajero y un poco de esa mierda para los hongos de los oídos.»
Le miró. Su rostro parecía dispuesto a desatar una terrible tormenta. Él se echó hacia atrás, asustado. El plato de sopa temblaba en las manos de la mujer. Una gota cayó en la colcha, luego dos.
–¿Cree que voy al banco y le digo al señor Bollinger: «Aquí tiene este cheque de los cojones y más vale que me dé cincuenta putos dólares lo más rápido que pueda, coño»? ¿Usted cree que cuando me sentaron en el banquillo en Den…?
Un torrente de sopa inundó la colcha. Ella lo miró atónita y torció el gesto como una sábana sucia.
–Mire, mire lo que me ha hecho hacer.
–Lo siento.
–¡Sí, claro! ¡Seguro que lo siente! –gritó, estrellando el plato contra un rincón y haciéndolo pedazos. La sopa salpicó toda la pared. Él tragó saliva.
Después, la mujer pareció tranquilizarse. Siguió allí sentada durante media hora mientras el corazón de Paul Sheldon parecía haber dejado de latir.
Se fue recobrando poco a poco y de repente sonrió entre dientes.
–Qué genio tengo.
–Lo lamento –se disculpó él con la garganta reseca.
–Lo supongo.
La expresión de su rostro se apagó de nuevo y se quedó mirando la pared, enfurruñada. Paul creyó que volvería a extraviarse en su interior, pero la enfermera suspiró y liberó la cama de su peso.
–En los libros de Misery no debe utilizar esas palabras porque nadie las empleaba en aquella época. No se habían inventado. Los tiempos brutales exigen palabras brutales, pero aquellos tiempos eran mejores. Usted debe seguir con sus historias de Misery, Paul. Se lo digo sinceramente, como su admiradora número uno. –Se dirigió a la puerta y se volvió a mirarlo–. Pondré otra vez en la bolsa su manuscrito y terminaré El hijo de Misery. Puede que cuando lo acabe vuelva al otro.
–No lo haga si la enfurece –le dijo él, tratando de sonreír–. No quisiera verla enfadada. En cierto modo, dependo de usted, ¿sabe?
Ella no le devolvió la sonrisa.
–Sí, así es, depende de mí. ¿No es cierto, Paul?
Luego se marchó.
10
La marea se alejó. Los pilotes regresaron. Volvió a esperar que sonase el reloj. Dio dos campanadas. Estaba reclinado en las almohadas mirando la puerta cuando ella entró. Llevaba un delantal sobre la rebeca y otro sobre la falda. En una mano portaba un cubo.
–Supongo que quiere su jodida medicina –dijo.
–Sí, por favor.
Trató de congraciarse con ella por medio de una sonrisa y otra vez se sintió avergonzado, grotesco, extraño.
–Aquí está –le informó–; pero antes he de limpiar ese desastre del rincón que usted armó. Tendrá que esperar a que haya terminado.
Tendido en la cama, con las piernas rotas dibujando extrañas formas bajo la colcha y un sudor frío cubriéndole la cara, miraba cómo la mujer se dirigía al rincón, depositaba el cubo en el suelo, recogía los trozos del plato, se los llevaba, volvía y se arrodillaba junto al cubo, zambullía en él la mano, sacaba un estropajo, lo escurría y empezaba a frotar los restos de sopa pegados en la pared. De pronto empezó a temblar, y el temblor intensificaba el dolor, pero no podía evitarlo. Ella se volvió y lo vio temblando bajo las sábanas empapadas. Luego le dedicó una sonrisa socarrona e irónica que lo enfureció.
–Se ha secado, ¿lo ve? –dijo mirando otra vez al rincón–. Me temo que voy a tardar un poco, Paul.
Frotó sin parar. La mancha iba desapareciendo poco a poco, pero ella siguió mojando el trapo, escurriéndolo, frotando y repitiendo una y otra vez el mismo proceso. No podía verle la cara, pero la idea, la certeza de que podía seguir frotando la pared durante horas, le atormentaba.
Al fin, antes de que el reloj marcara las dos y cuarto, ella se levantó, tiró el estropajo en el agua y se llevó el cubo de la habitación sin decir palabra. Y él permaneció allí, escuchando el crujido de la madera bajo los pasos estólidos y pesados de la mujer, oyendo cómo tiraba el agua del cubo y llenaba otro. Era increíble e insoportable. Empezó a llorar en silencio. La marea nunca se había retirado tanto. Sólo veía ciénagas medio secas y aquellos pilotes proyectando sus eternas sombras retorcidas.
Ella volvió y se detuvo un momento en el umbral de la puerta observando su cara húmeda con la misma mezcla de severidad y amor maternal. Entonces sus ojos se desviaron hacia el rincón donde ya no había rastro alguno de sopa.
–Ahora tengo que enjuagar –dijo–, de lo contrario, el jabón dejará una mancha. Tengo mucho trabajo, ¿sabe? Pero el hecho de vivir sola no justifica el eludirlo. Mi madre tenía un lema, Paul, que yo he adoptado: el que es sucio una vez, nunca será limpio.
–Por favor –gimió–, por favor, el dolor… me estoy muriendo.
–No, no se está muriendo.
–Gritaré –dijo quejándose con fuerza, aunque sabía que semejante esfuerzo le causaría un dolor terrible–. No podré evitarlo.
Pero consiguió evitarlo. Observó cómo ella seguía escurriendo y aclarando. Al fin, cuando el reloj de la supuesta sala empezó a dar las tres, la mujer se levantó y cogió el cubo.
«Ahora se largará, tirará el agua y tal vez no volverá durante horas porque aún no ha terminado de castigarme», pensó.
Pero en lugar de marcharse, se acercó a la cama, metió una mano en el bolsillo del delantal, y no sacó dos cápsulas, sino tres.
–Aquí están –dijo con ternura.
Él se las metió en la boca y al levantar los ojos vio que le acercaba el cubo amarillo de plástico, cuya imagen invadió su campo visual como una luna que se precipitase sobre su cara. Un agua grisácea cayó sobre la colcha.
–Trágueselas con esto –dijo, y su voz aún era tierna.
Se quedó mirándola con ojos desorbitados.
–¡Hágalo! Ya sé que puede tragárselas sin agua, pero créame si le digo que puedo hacer que las vomite de inmediato. Después de todo, sólo es un poco de agua sucia. No le hará daño.
Se inclinó hacia él como un monolito. Vio el estropajo revolviéndose lentamente en las oscuras profundidades del cubo como un animal ahogado. Contempló la costra de jabón flotando. Una parte de él gimió, pero nunca vaciló. Bebió deprisa, tragando las cápsulas y recordando las ocasiones en que su madre le obligaba a cepillarse los dientes con jabón.
Su vientre emitió un sonido espeso.
–Yo no las vomitaría, Paul. No habrá más hasta las nueve de la noche.
Por un momento le observó con una mirada plana y vacía, y después su cara se iluminó y sonrió.
–No volverá a enojarme, ¿verdad?
–No –le susurró.
¿Enojar a la luna que traía la marea? ¡Qué idea tan terrible…!
–Le amo –dijo ella, y le besó en la mejilla.
Se marchó sin mirar atrás, cargando el cubo como una robusta campesina llevaría un balde de leche, ligeramente separado del cuerpo, sin prestarle atención para que no se derrame.
Se echó hacia atrás, sintiendo en la boca un regusto amargo a porquería, yeso y jabón.
«No vomitaré…, no vomitaré…, no vomitaré…», se repitió.
Por fin, las náuseas empezaron a desvanecerse y se dio cuenta de que se estaba durmiendo. Había conseguido retener el medicamento durante el tiempo necesario para que hiciese efecto. Lo había logrado.
Por esta vez…
11
Soñó con que era devorado por un pájaro. No era un sueño agradable. Hubo un disparo y pensó: «¡Vamos, vamos! ¡Mátelo! ¡Mate a esa maldita cosa!»
Luego despertó sabiendo que se trataba de Annie Wilkes cerrando la puerta de atrás. Había salido a hacer sus tareas. Oyó el crujido lúgubre de sus pasos en la nieve. Pasó ante la ventana llevando un anorak con la capucha levantada. Su respiración era dificultosa y cambiaba la expresión de su cara. No lo miró al pasar, tal vez por estar concentrada en el trabajo de la granja, alimentando a los animales, limpiando los establos, lanzando quizá algunas piedras. Él no se pondría a tiro. El cielo se oscurecía amoratándose. Llegaba el ocaso. Debían de ser las cinco y media o las seis.
La marea estaba alta y podía volver a dormir. Quería hacerlo; pero tenía que meditar sobre aquella extraña situación mientras fuese capaz de algo semejante al pensamiento racional.
Sabía que, aunque debía pensar en aquella situación para librarse de ella, no quería hacerlo, y eso era sin duda lo peor. Desechaba el pensamiento como un niño que rechaza la comida aunque sabe que no podrá levantarse de la mesa hasta que la haya terminado.
Se negaba a pensar en ello ya que era bastante duro tener que vivirlo; porque cada vez que lo intentaba surgían imágenes desagradables: aquella maldita mujer y sus frecuentes lapsus mentales, la manía de relacionarla con ídolos y piedras, como una luna que había estado a punto de estrellarse contra su cara. Pensar en todo eso no iba a cambiar la situación. Era mucho peor que no pensar. Pero cada vez que su mente se centraba en Annie Wilkes y contemplaba la situación en que él se hallaba, esos pensamientos se imponían a todos los demás. El corazón aceleraba su ritmo por el miedo que sentía y también, en parte, por la vergüenza. Veía sus labios en el borde del cubo, el agua sucia con el estropajo y la película de jabón flotando en la superficie; contemplaba todo eso y, a pesar de ello, bebía sin dudarlo un momento. Jamás se lo contaría a nadie, suponiendo que alguna vez lograra salir de allí. Quizá trataría de engañarse a sí mismo sobre lo que había ocurrido, pero nunca lo conseguiría.
A pesar de todo, quería seguir viviendo.
«Piensa en ello, maldición. ¿Es que eres tan cobarde que no puedes ni siquiera intentarlo?», se preguntó.
De pronto, tuvo un pensamiento extraño y furioso: «Mi nueva obra no le gusta porque ella es demasiado estúpida para entender lo que pretende.»
Aquella ocurrencia no sólo era extraña. En su actual situación, lo que ella pensase sobre Automóviles veloces no tenía importancia. Pero analizar las cosas que había dicho abría un nuevo camino, pues sentir furia contra ella era mejor que sentirse atemorizado por ella. Así que empezó a pensar en el asunto con un cierto entusiasmo.
¿Demasiado estúpida? Era más bien demasiado obstinada. No sólo se negaba a cambiar, sino que rechazaba el concepto mismo de cambio.
Sí. Ella podía estar loca; pero ¿acaso el análisis que hacía de su obra difería de la de cientos de miles de personas en todo el país, el noventa por ciento de los cuales eran mujeres, que estaban impacientes por que se publicase cada nuevo episodio de quinientas páginas sobre la turbulenta vida de una inclusera que había llegado a casarse con un aristócrata? No, en absoluto. Ellos sólo querían Misery, Misery y más Misery. Cada vez que se había concedido un par de años para escribir otras novelas (lo que él consideraba su obra seria), al principio con certeza, luego con esperanza y finalmente con negra desesperación, había recibido un alud de protestas de esas mujeres. Muchas de ellas se consideraban «su fan número uno». El tono de las cartas que le enviaban iba de la perplejidad, que de algún modo era lo que más dolía, al reproche y a la abierta indignación. El
