Treinta años después
Hace tres décadas que no piso el bar de Makarova. Es demasiado tiempo, pero siempre sostuve que debe evitarse volver a lugares donde se fue feliz. Después de todo, aquellos extraños días, o esas páginas entonces aún extrañas para mí, cambiaron mucho mi vida. Y, aunque en todo este tiempo apenas supe de sus protagonistas principales o secundarios, cuando recibí la invitación sentí una punzada de melancolía. Y desde luego, mucha curiosidad:
«Tres cortes se dieron en la carne pagana, y el filo para la ballena blanca adquirió su temple.» Te esperamos donde siempre.
Firmado: La Hermandad de Arponeros de Nantucket
El papel de la nota era de un —deliberado, es la palabra exacta— azul pálido con fina cuadrícula bajo las palabras escritas con tinta negra, en una caligrafía pequeña y picuda. En el ángulo superior izquierdo advertí la curiosa marca de agua, más que previsible, de los hermanos Ceniza, que en la vida real —suponiendo diferencia entre una y otra— se llamaron hermanos Raso, con taller de encuadernación en la calle Moratín de Madrid. Elemental, naturalmente. Al fin y al cabo me llamo Boris Balkan y una vez traduje La Cartuja de Parma. También tuve la oportunidad de contar, a modo de esquivo Watson, la historia folletinesca de El club Dumas.
Aún tenía tiempo, así que decidí dar un paseo hasta el bar. Antes de cerrar la puerta y teclear el código de seguridad eché un último vistazo a la biblioteca en sombras. Todo parecía equívocamente normal. Los libros se alineaban en los estantes y Rafael Sabatini me observaba guasón desde la fotografía enmarcada de mi escritorio. «Nació con el don de la risa», recordé, y eso me llevó a la tarde lejana en que conocí a Lucas Corso, sentado ahí mismo con sus gafas torcidas, su gabán enorme, los zapatos sin lustrar y aquel aire de tipo desamparado, de ésos a quienes los hombres ofrecen tabaco, los camareros invitan a una copa extra y las mujeres sienten deseos de adoptar en el acto sin imaginar que, cuando obtenga lo que desea, apenas tendrás tiempo de verlo alejarse galopando en la distancia, con nuevas muescas en su navaja.
Sonreí, recordando a Corso. Esa tarde que tantas cosas cambió, el cazador de libros venía con el manuscrito de Dumas bajo el brazo y una sonrisa novelesca; no la de Scaramouche, consciente de que el mundo estaba loco y tal era su único patrimonio, sino la de uno de esos detectives de Hammett o Chandler: una especie de lobo despiadado y flaco. Me pregunté qué habría sido de él en todos estos años. Tal vez, concluí, tuvo la suerte de encontrar por fin el Audubon o el Poliphilo que lo hicieran millonario, aunque incluso así me costaba imaginar a Corso envejeciendo en la rutina de cine en familia los sábados y barbacoa con amigos los domingos. Por desgracia el tiempo no siempre reconoce a los suyos, ahora casi nadie lee, los millonarios como Varo Borja no gastan su dinero en incunables, y las librerías elegantes de la rue Bonaparte de París hace tiempo que se transformaron en Starbucks con free wifi. El mundo de ahora no parece lugar apropiado para los bibliófilos mercenarios como Lucas Corso.
Crucé la calle hacia el Retiro. Muy cerca, en uno de los elegantes edificios de miradores emplomados con vistas al parque, solía vivir Liana Taillefer: aquella seductora Milady posmoderna que nos tuvo a todos en tensión durante nuestra tormentosa historia dumasiana. Alguien me dijo que ahora empleaba la herencia de su difunto esposo en autopublicarse novelas policiacas escritas sin talento, pero con mucho público y presentación mediática en festivales literarios organizados a golpe de cheque, bótox y minifalda sobre un cuerpo esculpido en clínicas de Marbella.
Como si un pensamiento condujese a otro y éste al mundo real, o tal vez fuese al contrario, un automóvil Jaguar negro pasó despacio junto a la acera, deteniéndose unos metros más allá con los intermitentes encendidos. Moría la tarde, y la creciente oscuridad convertía en una silueta imprecisa a quien lo ocupara. De pronto se abrió la portezuela, bajó el conductor y cruzó delante de mí, sin mirarme, perdiéndose en el interior de uno de los edificios. Era moreno, con bigote, y una cicatriz pálida y familiar le surcaba una mejilla de arriba abajo. No puede ser, pensé sorprendido, que me esté siguiendo el mismísimo Rochefort. Me detuve para echar un rápido vistazo al interior del coche. En el asiento trasero, una anciana con aspecto de miss Marple esotérica charlaba con un caballero elegante, delgado, con aspecto de librero del Chiado lisboeta. Me miraron un momento y sonrieron, enigmáticos. No estaba en los sótanos de Meung en una noche lúgubre, pero sentí un escalofrío. Que me condene, pensé, si no son la baronesa Ungern y el bibliófilo Victor Fargas. Se complica la trama, pensé recordando el maldito Libro de las Nueve Puertas del Reino de las Sombras, al impresor Torchia, Venecia y las hogueras de la Inquisición. También, naturalmente, a ella: Irene Adler. La Mujer, querido Watson. El mismísimo diablo enamorado, que ahora tendría unos espléndidos cuarenta años largos y seguiría mirando a los hombres y a los héroes como sólo saben mirar los ángeles caídos.
A modo de advertencia, o estímulo, experimenté una sensación de cosquilleo idéntica a la que siento cada vez que visito la librería anticuaria de mi querido Luis Bardón. Miré el reloj y aceleré el paso con extraña alegría mientras recordaba las palabras del viejo Azorín: «Entre todas las alegrías, la absurda es la más alegre». Con eso en la cabeza y a punto de llegar al bar de Makarova, caí en la cuenta de que el otro miembro de la Hermandad de Arponeros de Nantucket tendría que acudir a la cita: Flavio La Ponte, el coqueto y pulcro amigo de Corso, siempre atento a las mujeres guapas y las frases breves en la conversación, con mucho punto y seguido. Tan inclinado, siempre, a seducir a la clientela femenina en la trastienda de su librería de la calle Mayor, donde guardaba los clásicos eróticos. Treinta años después, pensé, La Ponte estará calvo, felizmente casado y será padre de tres niños rubios y bajitos como él. Sic transit.
Ya a pocos pasos del bar de Makarova, me detuve presa de un temor súbito. ¿Y si todos han cambiado tanto que no los reconozco? ¿Y si ese mundo para mí felicísimo de El club Dumas no ha resistido el paso del tiempo que todo lo destruye, y la vejez de los héroes se ha transformado en una cadena melancólica de anécdotas pasadas, hipotecas y matrimonios desgraciados húmedos de cerveza?
¡Al diablo!, concluí —y nunca mejor dicho—. He recorrido un camino muy largo y no voy a renunciar a saber lo que somos treinta años después, y sobre todo a recordar lo que fuimos. Si es verdad que la vida nunca termina las historias con recursos de novela gótica, lo cierto es que en ese momento me daba exactamente igual el tiempo transcurrido y los estragos ocasionados. ¿Acaso por envejecer pierden las novelas su misterio, o los seres humanos su biografía?
*
Al filo de la madrugada, Makarova nos invitó a irnos de allí. Todavía nos demoramos un poco, como si temiéramos perdernos unos a otros de nuevo y para siempre. Al cabo, después de pagar yo las tres últimas rondas, nos despedimos hasta la próxima vez. Había valido la pena y prometimos repetir. Llegué a casa sin sueño y me pareció una ocasión perfecta para concluir con el viejo rito, así que bajé a la bodega para rescatar la botella que compré durante aquel lejano viaje por los castillos del Loira, cuando El club Dumas aún estaba por contar, y que conservaba intacta desde hacía más de treinta años. Tal vez aún se pueda beber, me dije. Retiré el polvo acumulado, cogí una de las elegantes copas templadas en la fábrica de cristal Replinger de Bohemia, y vertí en ella el contenido agitándolo en suaves círculos, con mucho cuidado. El sabor del vino de Anjou, espeso, férreo y antiguo como el mar de Ulises, me arrancó una sonrisa feliz. Hay vinos, libros y mujeres misteriosas como el diablo enamorado, que están destinados a mejorar con el paso de los años.
ARTURO PÉREZ-REVERTE
A Cala, que me puso en el campo de batalla
El fogonazo de luz proyectó la silueta del ahorcado en la pared. Colgaba inmóvil de una lámpara en el centro del salón, y a medida que el fotógrafo se movía a su alrededor, accionando la cámara, la sombra provocada por el flash se recortaba sucesivamente sobre cuadros, vitrinas con porcelanas, estanterías con libros, cortinas abiertas sobre grandes ventanales tras los que caía la lluvia.
El juez instructor era joven. Tenía el pelo escaso, revuelto y aún mojado, como la gabardina que conservaba sobre los hombros mientras dictaba las diligencias al secretario que escribía sentado en el sofá, con la máquina portátil sobre una silla. El tecleo punteaba la voz monótona del juez y los comentarios en voz baja de los policías moviéndose por la habitación:
—… En pijama, con un batín por encima. El cordón de esa prenda causó la muerte por ahorcamiento. El cadáver tiene las manos atadas en la parte anterior del cuerpo con una corbata. Su pie izquierdo conserva puesta una zapatilla y el otro se encuentra desnudo…
El juez tocó el pie calzado del muerto y el cuerpo giró un poco, despacio, al extremo del tenso cordón de seda que unía su cuello con el anclaje de la lámpara en el techo. El movimiento fue de izquierda a derecha, y después en sentido inverso y con más corto recorrido hasta centrarse de nuevo en la postura original, como una aguja imantada que recobrase el norte tras breve oscilación. Al apartarse, el juez se ladeó para esquivar a un policía uniformado que, bajo el cadáver, buscaba huellas digitales. Había un jarrón roto en el suelo y un libro abierto por una página subrayada con lápiz rojo. El libro era un viejo ejemplar de El vizconde de Bragelonne, una edición barata encuadernada en tela. Inclinándose sobre el hombro del agente, el juez le echó un vistazo al texto marcado:
«—Me han vendido —murmuró—. ¡Todo se sabe!
—Todo se sabe al fin —repuso Porthos, que nada sabía.»
Hizo que el secretario tomase nota de aquello, ordenó incluir el libro en el sumario, y fue a reunirse con un hombre alto que fumaba junto al alféizar de una ventana abierta.
—¿Qué le parece? —preguntó al llegar a su lado.
El hombre alto llevaba la placa de policía colgada en un bolsillo de su chaqueta de cuero. Tardó en responder el tiempo necesario para apurar la colilla que tenía entre los dedos, antes de arrojarla por la ventana sin mirar atrás.
—Cuando es blanca y viene embotellada, suele tratarse de leche —respondió por fin, críptico, mas no tanto como para que el juez no apuntara una sonrisa; a diferencia del policía, él sí miraba la calle, donde seguía lloviendo con fuerza. Alguien abrió una puerta al otro lado de la habitación, y la ráfaga de aire le trajo gotas de agua contra el rostro.
—Cierren esa puerta —ordenó sin volverse. Después le habló al policía—: Hay homicidios que se disfrazan de suicidios.
—Y viceversa —matizó tranquilo el otro.
—¿Qué opina de las manos y la corbata?
—A veces temen arrepentirse a última hora… De otro modo las tendría atadas a la espalda.
—Eso no cambia las cosas —opuso el juez—. El cordón es fino y resistente. Una vez perdido pie, ni con las manos libres tenía la menor oportunidad.
—Todo es posible. Con la autopsia sabremos más.
El juez volvió a echarle otra ojeada al cadáver. El agente de las huellas digitales se levantaba con el libro en las manos.
—Es curioso lo de esa página.
El policía alto se encogió de hombros.
—Yo leo poco —dijo—. Pero el tal Porthos era uno de esos personajes, ¿no?… Athos, Porthos, Aramis y d'Artagnan —contaba con el pulgar sobre los dedos de una mano y al concluir se detuvo, pensativo—. Tiene gracia. Siempre me he preguntado por qué se les llama los tres mosqueteros, si en realidad eran cuatro.
I. El vino de Anjou
El lector debe prepararse para asistir a las más siniestras escenas.
E. Sue. Los misterios de París
Me llamo Boris Balkan y una vez traduje La Cartuja de Parma. Por lo demás, las críticas y recensiones que escribo salen en suplementos y revistas de media Europa, organizo cursos sobre escritores contemporáneos en las universidades de verano, y tengo algunos libros editados sobre novela popular del XIX. Nada espectacular, me temo; sobre todo en estos tiempos donde los suicidios se disfrazan de homicidios, las novelas son escritas por el médico de Rogelio Ackroyd, y demasiada gente se empeña en publicar doscientas páginas sobre las apasionantes vivencias que experimenta mirándose al espejo.
Pero ciñámonos a la historia.
Conocí a Lucas Corso cuando vino a verme con El vino de Anjou bajo el brazo. Corso era un mercenario de la bibliofilia; un cazador de libros por cuenta ajena. Eso incluye los dedos sucios y el verbo fácil, buenos reflejos, paciencia y mucha suerte. También una memoria prodigiosa, capaz de recordar en qué rincón polvoriento de una tienda de viejo duerme ese ejemplar por el que pagan una fortuna. Su clientela era selecta y reducida: una veintena de libreros de Milán, París, Londres, Barcelona o Lausana, de los que sólo venden por catálogo, invierten sobre seguro y nunca manejan más de medio centenar de títulos a la vez; aristócratas del incunable para quienes pergamino en lugar de vitela, o tres centímetros más en el margen de página, suponen miles de dólares. Chacales de Gutenberg, pirañas de las ferias de anticuario, sanguijuelas de almoneda, son capaces de vender a su madre por una edición príncipe; pero reciben a los clientes en salones con sofá de cuero, vistas al Duomo o al lago Constanza, y nunca se manchan las manos, ni la conciencia. Para eso están los tipos como Corso.
Se descolgó del hombro una bolsa de lona y la puso en el suelo, junto a sus zapatos Oxford sin lustrar, antes de quedarse mirando el retrato enmarcado de Rafael Sabatini que tengo sobre la mesa de despacho, junto a la estilográfica que utilizo para corregir artículos y pruebas de imprenta. Eso me gustó, pues las visitas suelen dedicarle poca atención; lo toman por un viejo pariente. Yo acechaba su reacción y observé que sonreía a medias al sentarse: una mueca juvenil, de conejo al cabo de la calle; de esas que captan de inmediato la benevolencia incondicional del público en cualquier película de dibujos animados. Con el tiempo supe que también era capaz de sonreír como un lobo despiadado y flaco, y que podía componer uno u otro gesto según lo exigieran las circunstancias; pero eso fue mucho más tarde. En aquel momento resultaba convincente, así que resolví arriesgar un santo y seña:
—Nació con el don de la risa —cité, señalando el retrato—… y con la sensación de que el mundo estaba loco…
Lo vi mover despacio la cabeza, con gesto lento y afirmativo, y experimenté por él una simpatía cómplice que, a pesar de todo cuanto ocurrió después, aún conservo. Había sacado de alguna parte, escamoteando el paquete, un cigarrillo sin filtro tan arrugado como su viejo gabán y sus pantalones de pana. Le daba vueltas entre los dedos, observándome a través de las gafas de montura de acero torcidas sobre la nariz; con el pelo, que le encanecía un poco, despeinado sobre la frente. La otra mano la mantenía, del mismo modo que si empuñase una pistola oculta, en uno de los bolsillos: fosos enormes deformados por libros, catálogos, papeles y —también lo supe más tarde— una petaca llena de ginebra Bols.
—… Y ése fue todo su patrimonio —completó sin dificultad la cita, antes de arrellanarse en la butaca y sonreír de nuevo—. Aunque, si he de serle sincero, me gusta más El capitán Blood.
Levanté la estilográfica en el aire para amonestarlo, severo.
—Hace mal. Scaramouche es a Sabatini lo que Los tres mosqueteros a Dumas —hice un breve gesto de homenaje en dirección al retrato—. Nació con el don de la risa… No hay en la historia del folletín de aventuras dos primeras líneas comparables a ésas.
—Quizá sea cierto —concedió tras aparente reflexión, y entonces puso el manuscrito sobre la mesa, en su carpeta protectora con fundas de plástico, una por página—. Y es una coincidencia que haya mencionado a Dumas.
Empujó la carpeta hasta mí, volviéndola de modo que yo pudiese leer su contenido. Todas las hojas estaban escritas en francés por una sola cara y había dos clases de papel: uno blanco, ya amarillento por el tiempo, y otro azul pálido con fina cuadrícula, envejecido también por los años. A cada color correspondía una escritura distinta, aunque la del papel azul —trazada con tinta negra— figuraba en las hojas blancas a modo de anotaciones posteriores a la redacción original, cuya caligrafía era más pequeña y picuda. Había quince hojas en total, y once eran azules.
—Curioso —levanté la vista hacia Corso; me observaba con tranquilas ojeadas que iban de la carpeta a mí y de mí a la carpeta—. ¿Dónde ha encontrado esto?
Se rascó una ceja, calculando sin duda hasta qué punto la información que iba a pedirme lo obligaba a corresponder con ese tipo de detalles. El resultado fue una tercera mueca, esta vez de conejo inocente. Corso era un profesional.
—Por ahí. Un cliente de un cliente.
—Comprendo.
Hizo una corta pausa, cauto. Además de precaución y reserva, cautela significa astucia. Y eso lo sabíamos ambos.
—Claro que —añadió— le diré nombres si usted me los pide.
Respondí que no era necesario y eso pareció tranquilizarlo. Se ajustó las gafas con un dedo antes de pedir mi opinión sobre lo que tenía en las manos. Sin responder en seguida, pasé las páginas del manuscrito hasta llegar a la primera. El encabezamiento estaba en mayúsculas, con trazos más gruesos: LE VIN D'ANJOU.
Leí en voz alta las primeras líneas:
Après de nouvelles presque désespérées du roi, le bruit de sa convalescence commençait à se répandre dans le camp…
No pude evitar una sonrisa. Corso hizo un gesto de asentimiento, invitándome a pronunciar veredicto.
—Sin la menor duda —dije— esto es de Alejandro Dumas, padre. El vino de Anjou: capítulo cuarenta y tantos, creo recordar, de Los tres mosqueteros.
—Cuarenta y dos —confirmó Corso—. Capítulo cuarenta y dos.
—¿Es el original?… ¿El auténtico manuscrito de Dumas?
—Para eso estoy aquí. Para que me lo diga.
Encogí un poco los hombros, a fin de eludir una responsabilidad que sonaba excesiva.
—¿Por qué yo?
Era una pregunta estúpida, de las que sólo sirven para ganar tiempo. A Corso debió de parecerle falsa modestia, porque reprimió una mueca de impaciencia.
—Usted es un experto —repuso, algo seco—. Y además de ser el crítico literario más influyente de este país, lo sabe todo sobre novela popular del XIX.
—Olvida a Stendhal.
—No lo olvido. Leí su traducción de La Cartuja de Parma.
—Vaya. Me halaga usted.
—No crea. Prefiero la de Consuelo Berges.
Sonreímos ambos. Seguía cayéndome bien, y yo empezaba a perfilar su estilo.
—¿Conoce mis libros? —aventuré.
—Algunos. Lupin, Raffles, Rocambole, Holmes, por ejemplo. O los estudios sobre Valle-Inclán, Baroja y Galdós. También Dumas: la huella de un gigante. Y su ensayo sobre El conde de Montecristo.
—¿Ha leído todos esos títulos?
—No. Que yo trabaje con libros no significa que esté obligado a leerlos.
Mentía. O exageraba, al menos, el aspecto negativo de la cuestión. Aquel individuo pertenecía al género concienzudo; antes de ir a verme le echó un vistazo a cuanto sobre mí pudo encontrar. Era uno de esos lectores compulsivos que devoran papel impreso desde la más tierna infancia; en el caso —poco probable— de que en algún momento la infancia de Corso mereciera calificarse de tierna.
—Comprendo —respondí, por decir cualquier cosa.
Frunció un momento el ceño, comprobando si olvidaba algo, y después se quitó las gafas, echó aliento a los cristales y se puso a limpiarlos con un pañuelo muy arrugado que extrajo de los insondables bolsillos del gabán. Bajo la falsa apariencia de fragilidad que le daba aquella prenda demasiado grande, con sus incisivos de roedor y el aire tranquilo, Corso era sólido como un ladrillo obstinado. Tenía unas facciones afiladas y precisas, llenas de ángulos, enmarcando unos ojos atentos, siempre dispuestos a expresar una ingenuidad peligrosa para quien se dejara seducir por ella. A veces, sobre todo cuando estaba quieto, daba la impresión de ser más desmañado y lento de lo que era en realidad. Pertenecía a esa clase de tipos desamparados a quienes los hombres ofrecen tabaco, los camareros invitan a una copa extra y las mujeres sienten deseos de adoptar en el acto. Después, cuando caías en la cuenta de lo que estaba ocurriendo, era demasiado tarde para echarle el guante. Galopaba en la distancia añadiendo muescas a su navaja.
—Volvamos a Dumas —sugirió mientras señalaba con las gafas el manuscrito—. Alguien capaz de escribir quinientas páginas sobre él debería reconocer un aire familiar ante sus originales… ¿No le parece?
Puse una mano sobre las páginas protegidas en fundas de plástico, con la unción que un sacerdote emplearía respecto a los ornamentos del oficio.
—Temo decepcionarlo, mas no siento nada.
Nos echamos a reír los dos. Corso tenía una risa peculiar, casi entre dientes: la de quien no está seguro de que su interlocutor y él rían de lo mismo. Una risa atravesada y distante, con algo de insolencia por medio; de esas que quedan flotando en el aire mucho tiempo, hasta cuando se desvanecen. Incluso cuando su propietario hace rato que se ha ido.
—Vamos por partes —precisé—… ¿Es suyo el manuscrito?
—Ya le dije que no. Un cliente acaba de adquirirlo, y le sorprende que hasta ahora nadie haya oído hablar de este capítulo original e íntegro de Los tres mosqueteros… Desea una autentificación en regla, y trabajo en eso.
—Me extraña que se ocupe con asuntos menores —era cierto; también yo había oído hablar de Corso, antes—. A fin de cuentas Dumas, hoy en día…
Lo dejé en el aire, sonriendo del modo apropiado, con amargura cómplice; mas Corso no aceptó la oferta y se mantuvo a la defensiva:
—Mi cliente es amigo —puntualizó, neutro—. Se trata de un servicio personal.
—Comprendo, pero no sé si voy a serle útil. He visto algunos originales, y éste podría ser auténtico; aunque certificarlo es otra cosa. Para eso necesita un buen perito calígrafo… Conozco uno excelente en París: Achille Replinger. Tiene una librería especializada en autógrafos y documentos históricos cerca de Saint Germain des Près… Experto en autores franceses del XIX, hombre encantador y buen amigo mío —señalé uno de los marcos colgados en la pared—. Esa carta de Balzac me la vendió él hace años. Carísima, por cierto.
Saqué la agenda a fin de copiar la dirección, y añadí una tarjeta para Corso. La guardó en una gastada billetera llena de notas y papeles, antes de extraer del gabán un bloc y un lápiz de los que tienen una goma de borrar en el extremo. La goma estaba mordisqueada, igual que la de un escolar.
—¿Puedo hacerle unas preguntas?
—Claro que sí.
—¿Conocía la existencia de algún capítulo autógrafo completo de Los tres mosqueteros?
Negué con la cabeza antes de responder, mientras volvía a ponerle el capuchón a la Montblanc.
—No. Esa obra apareció por entregas en Le Siècle, entre marzo y julio de 1844… Una vez compuesto el texto por un tipógrafo, el original manuscrito iba a la papelera. Sin embargo, quedaron algunos fragmentos; puede consultarlos en un apéndice de la edición Garnier de 1968.
—Cuatro meses es poco —Corso mordía el extremo del lápiz, pensativo—. Dumas escribió rápido.
—En esa época todos lo hacían. Stendhal compuso su Cartuja en siete semanas. De todas formas, Dumas utilizaba colaboradores: negros, en jerga del oficio. El de Los mosqueteros se llamó Augusto Maquet… Trabajaron juntos en la continuación, Veinte años después, y en El vizconde de Bragelonne, que cierra el ciclo. También en El conde de Montecristo y en algunas novelas más… Ésas sí las habrá leído usted, supongo.
—Claro. Como todo el mundo.
—Como todo el mundo en otros tiempos, querrá decir —hojeé con respeto las páginas del manuscrito—… Está lejos la época en que una firma de Dumas multiplicaba tiradas y enriquecía editores. Casi todas sus novelas aparecieron así, por entregas, con el continuará en el próximo número a pie de página, y el público se quedaba con el alma en vilo hasta el siguiente capítulo… Aunque usted ya sabe todo eso.
—No se preocupe. Continúe.
—¿Qué más quiere que le diga? En el folletín canónico, la clave del éxito es simple: el héroe, la heroína, tienen virtudes o rasgos que obligan al lector a identificarse con él… Si eso ocurre hoy con las telenovelas, imagínese el efecto, en aquella época sin radio ni televisión, sobre una burguesía ávida de sorpresas y entretenimiento, poco exigente en cuanto a calidad formal o buen gusto… Así lo comprendió el genio de Dumas, y con sabia alquimia fabricó un producto de laboratorio: unas gotas de esto, un poco de aquello, y su talento. Resultado: una droga que creaba adictos —me señalé el pecho, no sin orgullo—. Que aún los crea.
Corso tomaba notas. Puntilloso, desaprensivo y letal como una mamba negra, lo definiría después uno de sus conocidos, cuando salió el nombre a colación. Tenía un modo singular de situarse frente a otros, de mirar a través de las gafas torcidas y asentir despacio con cierta duda razonable y bienintencionada; igual que una furcia al encajar, tolerante, un soneto sobre Cupido. Como dándote oportunidad de rectificar antes de que todo aquello fuera definitivo.
Al cabo de un momento se detuvo y levantó la cabeza.
—Pero usted no limita su trabajo a la novela popular. Es un crítico conocido por otras actividades… —pareció dudar, buscando el término—. Más serias. Y el propio Dumas definía sus obras como literatura fácil… Eso suena a desdén hacia el público.
Aquella finta situaba bien a mi interlocutor; era una de sus firmas, como la sota de Rocambole en el lugar de autos. Planteaba las cosas desde lejos, en apariencia sin tomar partido, pero incomodando con pequeños golpes de guerrilla. Alguien que se irrita habla, esgrime argumentos y justificaciones, lo que equivale a más información para el adversario. Aun así, o tal vez por eso, porque no nací ayer y comprendía la táctica de Corso, me sentí irritado:
—No caiga en lugares comunes —respondí, impaciente—. El folletín produjo mucho papel deleznable, pero Dumas estaba por encima de eso… En literatura, el tiempo es un naufragio en el que Dios reconoce a los suyos; lo desafío a que cite héroes de ficción que sobrevivan con la salud de d'Artagnan y sus compañeros, salvo, quizás, el Sherlock Holmes de Conan Doyle… El ciclo de Los mosqueteros constituye una novela de capa y espada indudablemente folletinesca; encontrará ahí todos los pecados propios de su clase. Pero es también un folletín ilustre, más allá de los niveles habituales del género. Una historia de amistad y aventuras que permanece fresca a pesar del cambio de gustos y del estúpido descrédito en que ha caído la acción. Parece que, desde Joyce, debamos resignarnos a Molly Bloom y renunciar a Nausicaa tras el naufragio, en una playa… ¿Nunca leyó mi opúsculo Viernes o la aguja de marear?… Si de un Ulises se trata, me quedo con el de Homero.
Alcé un punto el tono al llegar ahí, acechando la reacción de Corso. Sonreía a medias sin soltar prenda, pero yo recordaba la expresión de sus ojos cuando cité a Scaramouche, y me sentía en buen camino.
—Sé a qué se refiere —dijo por fin—. Sus opiniones son conocidas y polémicas, señor Balkan.
—Mis opiniones son conocidas porque he procurado que lo sean. Y en cuanto a despreciar al público, como aseguraba usted hace un momento, quizá no sepa que el autor de Los tres mosqueteros se batió en la calle durante las revoluciones de 1830 y 1848 y proporcionó armas, pagándolas de su bolsillo, a Garibaldi… No olvide que el padre de Dumas era un conocido general republicano… Aquel hombre rezumaba amor al pueblo y a la libertad.
—Aunque su respeto por el rigor de los hechos fuese relativo.
—Eso es lo de menos. ¿Sabe qué respondía a quienes le acusaban de violar la Historia?… «La violo, es cierto. Pero le hago bellas criaturas.»
Puse la estilográfica sobre la mesa y me levanté, acercándome a las vitrinas llenas de libros que cubren las paredes de mi despacho. Abrí una para elegir un tomo encuadernado en piel oscura.
—Como todos los grandes fabuladores —añadí—, Dumas era un embustero… La condesa Dash, que lo conoció bien, dice en sus memorias que le bastaba contar una anécdota apócrifa para que esa mentira se diese por histórica… Fíjese en el cardenal Richelieu: fue el hombre más grande de su tiempo; pero después de pasar por las tramposas manos de Dumas, su imagen llega hasta nosotros deformada y siniestra, con la catadura de un villano… —me volví hacia Corso, el libro en las manos—. ¿Conoce esto?… Lo escribió Gatien de Courtilz de Sandras, un mosquetero que vivió a finales del siglo XVII. Son las memorias de Artagnan, el auténtico: Carlos de Batz-Castelmore, conde de Artagnan. Un gascón nacido en 1615 que, en efecto, fue mosquetero; aunque no vivió en la época de Richelieu, sino en la de Mazarino. Murió en 1673 durante el sitio de Maestrich cuando, igual que su homónimo de ficción, iba a recibir el bastón de mariscal… Como ve, las violaciones de Alejandro Dumas engendraron hermosas criaturas… Al oscuro gascón de carne y hueso, cuyo nombre había olvidado la Historia, el genio del novelista lo convirtió en gigante de leyenda.
Corso permanecía en su asiento, escuchando. Le puse en las manos el libro y lo hojeó con interés y cuidado. Pasaba despacio las páginas, rozándolas apenas con las yemas de los dedos, sin tocar más que el borde en cada hoja. De vez en cuando se detenía en un nombre, o un capítulo. Tras los cristales de sus gafas los ojos actuaban seguros y rápidos. En cierto momento se detuvo para anotar los datos en el bloc: «Memoires de M. d'Artagnan, G. de Courtilz, 1704, P. Rouge, 4 volúmenes in-12, 4.ª edición». Después cerró el libro para dedicarme una larga mirada.
—Usted lo ha dicho: era un tramposo.
—Sí —concedí mientras me sentaba de nuevo—. Pero genial. Donde otros se hubieran limitado a plagiar, él construyó un mundo novelesco que aún se sostiene hoy… «El hombre no roba, conquista», repetía a menudo… «Hace de cada provincia que toma un anexo de su imperio: le impone sus leyes, la puebla de temas y personajes, extiende su espectro sobre ella…» ¿Qué otra cosa es la creación literaria?… En su caso, la historia de Francia suministró el filón. El truco era extraordinario: respetar el marco y alterar el cuadro, saquear sin escrúpulos el tesoro que se le ofrecía… Dumas convierte a los personajes principales en secundarios, los que fueron humildes segundones se vuelven protagonistas, y llena páginas con incidentes que en la crónica real ocupan dos líneas… Jamás existió el pacto de amistad entre d'Artagnan y sus compañeros, entre otras cosas porque algunos ni se conocieron entre ellos… Tampoco hubo ningún conde de la Fère, o más bien hubo muchos, aunque ninguno se llamó Athos. Pero Athos existió; se llamaba Armando de Sillegue, señor de Athos, y murió de una estocada en un duelo antes de que d'Artagnan ingresara en los mosqueteros del rey… Aramis fue Henri de Aramitz, escudero, abate laico en la senescalía de Oloron, enrolado en 1640 en los mosqueteros que mandaba su tío. Terminó retirado en sus tierras, con mujer y cuatro hijos. En cuanto a Porthos…
—No me diga que también hubo un Porthos.
—Lo hubo. Se llamó Isaac de Portau y tuvo que conocer a Aramis, o Aramitz, porque ingresó en los mosqueteros tres años después que él, en 1643. Según la crónica murió prematuramente: enfermedad, la guerra, o un duelo como Athos.
Corso tamborileó con los dedos sobre las Memorias de d'Artagnan y movió un poco la cabeza. Sonreía.
—De un momento a otro va a decirme que también existió una Milady…
—Exacto. Mas no se llamaba Ana de Brieul, ni fue duquesa de Winter. Tampoco llevaba una flor de lis marcada en el hombro, aunque sí era agente de Richelieu. Se llamaba condesa de Carlille, y le robó, en efecto, dos herretes de diamantes en un baile al duque de Buckingham… No me mire con esa cara. Lo cuenta La Rochefoucauld en sus memorias. Y La Rochefoucauld era un hombre muy serio.
Corso me observaba con fijeza. No parecía de los que se admiran con facilidad, y mucho menos en cuestión de libros; pero se mostraba impresionado. Después, cuando lo conocí mejor, llegué a preguntarme si la admiración era sincera, o una de sus retorcidas argucias profesionales. Ahora que todo ha terminado, creo estar seguro: yo era una fuente más de información, y Corso le daba hilo a la cometa.
—Todo esto es muy interesante —dijo.
—Si va a París, Replinger podrá contarle mucho más que yo —miré el original sobre la mesa—… Aunque ignoro si compensa el gasto de un viaje… ¿Qué puede valer ese capítulo en el mercado?
Mordió de nuevo el extremo del lápiz, componiendo un gesto escéptico:
—No mucho. En realidad voy por otro asunto.
Sonreí con tristeza cómplice. Entre mis escasas posesiones se cuentan un Quijote de Ibarra y un Volkswagen. Por supuesto, el automóvil me costó más que el libro.
—Sé a qué se refiere —dije, en tono solidario.
Corso hizo un gesto que podía interpretarse como de resignación. Sus incisivos de roedor asomaban en ácida mueca:
—Hasta que los japoneses se harten de Van Gogh y Picasso —sugirió— y lo inviertan todo en libros raros.
Me eché hacia atrás en el asiento, escandalizado.
—Que Dios nos ampare cuando eso ocurra.
—Eso dígalo por usted —me miraba con sorna a través de sus lentes torcidas—. Yo pienso forrarme, señor Balkan.
Guardó el bloc en el bolsillo del gabán mientras se levantaba, colgándose al hombro la bolsa de lona. No pude menos que detenerme a considerar su aspecto equívocamente apacible, con aquellas gafas metálicas nunca estables sobre la nariz. Más tarde supe que vivía solo, entre libros propios y ajenos, y además de cazador a sueldo era experto en juegos de simulación napoleónicos, capaz de reproducir sobre un tablero, de memoria, el orden de batalla exacto en la víspera de Waterloo: una historia familiar, algo extraña, que hasta mucho después no llegué a conocer del todo. He de admitir que, evocado así, Corso parece desprovisto del menor atractivo. Y sin embargo, ateniéndonos al rigor con que narro esta historia, debo precisar que en su desmañada apariencia, justo en aquella torpeza que podía ser —ignoro cómo lo conseguía— cáustica y desamparada, ingenua y agresiva al mismo tiempo, acechaba eso que las mujeres llaman gancho y los hombres simpatía. Positivo sentimiento que se esfuma cuando nos palpamos el bolsillo para comprobar que acaban de quitarnos la cartera.
Corso recuperó el manuscrito y lo acompañé hasta la puerta. Se detuvo a estrecharme la mano en el vestíbulo, donde los retratos de Stendhal, Conrad y Valle-Inclán otean adustos la atroz litografía que la comunidad de vecinos, con mi voto en contra, decidió colgar hace unos meses en el rellano de la escalera.
Sólo entonces me animé a formular la pregunta:
—Le confieso que siento curiosidad por saber dónde encontraron eso.
Se detuvo, indeciso, antes de responder. Sin duda analizaba los pros y los contras. Pero yo lo había recibido amablemente y estaba en deuda conmigo. También podía volver a necesitarme, así que no le quedaba opción.
—Tal vez usted lo conociera —respondió por fin—. El manuscrito se lo compró mi cliente a un tal Taillefer.
Me permití una mueca de sorpresa, sin exageraciones.
—¿Enrique Taillefer?… ¿El editor?
Su mirada vagaba por el vestíbulo. Al cabo movió la cabeza una vez, de arriba abajo.
—El mismo.
Nos quedamos en silencio los dos. Corso encogió los hombros, y yo sabía muy bien por qué. La causa podía encontrarse en las páginas de sucesos de cualquier diario; Enrique Taillefer llevaba muerto una semana. Lo habían encontrado ahorcado en el salón de su casa: el cordón del batín de seda en torno al cuello y los pies girando en el vacío, sobre un libro abierto y un jarrón de porcelana hecho pedazos.
Algún tiempo después, cuando todo hubo terminado, Corso accedió a contarme el resto de la historia. Puedo así reconstruir ahora con razonable fidelidad ciertos hechos que no presencié: el encadenamiento de circunstancias que condujeron al fatal desenlace y la resolución del enigma en torno a El club Dumas. Gracias a las confidencias del cazador de libros puedo oficiar de doctor Watson en esta historia, y contarles que el siguiente acto se inició una hora después de nuestra entrevista, en el bar de Makarova. Flavio La Ponte, sacudiéndose el agua de encima, fue a acodarse en la barra, junto a Corso, y pidió una caña mientras recobraba el aliento. Después miró hacia la calle, rencoroso y satisfecho, cual si acabase de cruzar bajo fuego de francotiradores. Llovía con saña bíblica.
—La razón comercial Armengol e Hijos, Libros Antiguos y Curiosidades Bibliográficas piensa querellarse contigo —dijo, la barba rubia y rizada con espuma de cerveza en torno a la boca—. Acaba de telefonear su abogado.
—¿De qué me acusan? —preguntó Corso.
—De engañar a una viejecita y saquear su biblioteca. Juran que esa operación la tenían ellos comprometida.
—Pues que hubieran madrugado, como hice yo.
—Eso dije, pero están furiosos. Cuando fueron por el lote, habían volado el Persiles y el Fuero Real de Castilla. Además, hiciste una tasación del resto muy por encima de su valor. Ahora la propietaria se niega a vender. Pide el doble de lo que ofrecen… —bebió un trago de cerveza mientras guiñaba un ojo, risueño y cómplice—. Clavar una biblioteca, se llama esa bonita maniobra.
—Sé cómo se llama —Corso descubría el colmillo en una sonrisa malévola—. Y Armengol e Hijos lo saben también.
—Una crueldad innecesaria —precisó La Ponte, objetivo—. Pero lo que más les duele es el Fuero Real. Dicen que llevártelo fue un golpe bajo.
—Allí lo iba a dejar: glosa latina de Díaz de Montalvo, sin indicaciones tipográficas pero impreso en Sevilla, Alonso del Puerto, posiblemente 1482… —se ajustó las gafas con el índice para mirar a su amigo—. ¿Qué te parece?
—A mí, de perlas. Pero están muy nerviosos.
—Que tomen tila.
Era la hora del aperitivo. Había poco sitio libre en la barra y se apretaban hombro con hombro, entre humo de cigarrillos y rumor de conversaciones, procurando que sus codos evitaran los charquitos de espuma sobre el mostrador.
—Y por lo visto —añadió La Ponte— el Persiles es la edición príncipe. Encuadernación firmada por Trautz-Bauzonnet.
Corso negó con la cabeza.
—Por Hardy. En tafilete.
—Mejor me lo pones. De todas formas garanticé que yo no tenía nada que ver. Ya sabes que soy alérgico a los pleitos.
—Pero no a tu treinta por ciento.
El otro alzó una mano, digno.
—Alto ahí. No mezcles las churras con las merinas, Corso. Una cosa es la hermosa amistad que nos profesamos. Otra muy distinta, el pan de mis hijos.
—No tienes hijos.
La Ponte hizo una mueca guasona.
—Dame tiempo. Aún soy joven.
Era bajito, guapo, coqueto y pulcro, con el pelo escaso en la coronilla; se lo arregló un poco con la palma de la mano, estudiando su efecto en el espejo del bar. Después atisbó en torno con ojos profesionales, al acecho de eventual presencia femenina. Siempre estaba atento a ese tipo de cosas, como a construir frases breves en la conversación. Su padre, un librero muy instruido, le había enseñado a escribir dictándole textos de Azorín. Pocos recordaban ya a Azorín, pero La Ponte seguía construyendo como él. Con mucho punto y seguido. Aquello le daba cierto aplomo dialé
