Huérfanos de Brooklyn

Jonathan Lethem

Fragmento

cap-1

ENTRA UN TIPO

El contexto lo es todo. Disfrázame y verás. Soy un voceador de feria, un subastador, un artista de performances del centro de la ciudad, un experto en lenguas ignotas, un senador borracho de maniobras dilatorias. Tengo el síndrome de Tourette. Mis labios no paran, aunque sobre todo susurro y murmuro como si leyera en voz alta mientras mi nuez sube y baja y el músculo de la mandíbula late como un corazoncito escondido bajo la mejilla pero sin emitir ningún sonido; las palabras se me escapan en silencio, meros fantasmas de sí mismas, cáscaras vacías de aliento y tono. (De ser un villano de Dick Tracy, tendría que ser Mumbles.) Las palabras se precipitan fuera de la cornucopia de mi cerebro en esta forma limitada para pasearse sobre la superficie del mundo, haciéndole cosquillas a la realidad como los dedos a las teclas de un piano. Acariciando, toqueteando. Son un ejército invisible en misión de paz, una horda pacífica. No tienen malas intenciones. Apaciguan, interpretan, masajean. Por todos lados suavizan imperfecciones, devuelven pelos despeinados a su lugar, forman filas de patos y reponen terrones gastados. Cuentan y sacan brillo a la plata. Dan amables palmaditas a la espalda de las ancianas y les arrancan sonrisas. Solo —ahí está el problema— cuando se encuentran con una perfección excesiva, cuando la superficie ya ha sido pulida, los patos ordenados y las viejas damas complacidas, mi pequeño ejército se rebela y entra por la fuerza. La realidad necesita algún que otro error, la alfombra ha de tener algún defecto. Mis palabras empiezan a tirar nerviosamente de las hebras buscando asidero, un punto débil, una oreja vulnerable. Entonces llega la urgencia de gritar en la iglesia, en la guardería, en el cine abarrotado. Empieza con una comezón. Sin importancia. Pero pronto la comezón es un torrente atrapado tras un dique a punto de reventar. El diluvio universal. Mi vida entera. Ya vuelve. Anegándote las orejas. Construye un arca.

—¡A la mierda! —grito.

—Bocaena —dijo Gilbert Coney en respuesta a mi arrebato sin volver ni siquiera la cabeza. Me costó entenderle: «Tengo la boca llena», explicación y broma al mismo tiempo, aunque mala. Coney, acostumbrado a mis tics verbales, no se molestaba en comentarlos. Acercó la bolsa de White Castle a mi asiento del coche con el codo, haciendo crujir el papel—. Engüeo.

No tenía especial consideración con Coney.

—Alamierdalamierdalamierda —grité de nuevo, liberando más la presión de mi cabeza. Por fin pude concentrarme. Cogí una hamburguesa minúscula. La desenvolví y levanté la mitad superior del panecillo para examinar la retícula de agujeros de la carne y el brillo de la cebolla picada. Otra de mis compulsiones. Siempre tenía que mirar dentro de una White Castle para apreciar el contraste de la hamburguesa de máquina con los restos de pringue frito. CAOS y CONTROL. Luego hice más o menos lo que Gilbert había sugerido: engullirla de un bocado. Con el viejo eslogan «Cómpralas a bolsas» zumbándome en la cabeza y la mandíbula triturando la carne en trozos digeribles, me volví a mirar la casa desde la ventanilla del coche.

La comida me relaja.

Estábamos en una operación de vigilancia frente al ciento nueve de la calle Ochenta y ocho Este, una casa solitaria atrapada entre gigantescos edificios de apartamentos con portero por cuyos vestíbulos entraban y salían repartidores de comida china en bicicleta revoloteando como mariposas cansadas bajo la débil luz de noviembre. Gilbert Coney y yo también habíamos puesto algo de nuestra parte para unirnos al festín y nos habíamos desviado hasta el Harlem hispano para comprarnos las hamburguesas. Solo queda un White Castle en Manhattan, en la carretera 103 Este. No es tan bueno como algunas franquicias de las afueras. Ya no les ves preparar tu pedido, y la verdad es que he empezado a preguntarme si no pasarán los panecillos por el microondas en lugar de calentarlos al vapor. ¡Ay! Cogimos nuestro cargamento de hamburguesas y patatas preparadas según lo descrito y regresamos al centro, aparcamos en doble fila delante de la dirección que nos interesaba hasta que quedó un hueco libre. No nos llevó más que dos minutos, pero de todos modos eso fue lo que tardaron los porteros de ambos lados en echarnos ruidosamente de allí. Íbamos en el Lincoln, que no tenía ni la placa de licencia ni las pegatinas ni nada que lo identificara como vehículo para transporte. Y Gilbert y yo éramos dos tipos grandullones. Probablemente nos tomaron por polis. No importaba. Masticábamos y observábamos.

No sabíamos qué hacíamos en aquel lugar. Minna nos había enviado allí sin explicarnos por qué, algo bastante habitual a pesar de que la dirección no lo fuera. Las misiones de la Agencia Minna suelen limitarse a Brooklyn, de hecho rara vez vamos más allá de Court Street. Carroll Gardens y Cobble Hill forman el entramado del tablero de juegos que componen las alianzas y enemistades de Frank Minna, y Gil Coney, los demás tipos de la agencia y yo somos las fichas —como piezas del Monopoly, pensaba a veces, coches de hojalata o terriers (desde luego, no como sombreros de copa)— que se desplazan por el tablero. En el Upper East Side nos encontrábamos fuera de nuestro territorio habitual: Automóvil y Terrier en Candyland, o quizá en el estudio con el Coronel Mostaza.*

—¿Qué es esa placa? —dijo Coney. Señaló con la barbilla reluciente a la entrada de la casa. Miré.

—Zendo Yorkville. —Leí la placa de bronce de la puerta. Mi cerebro febril procesó las palabras y seleccionó con interés la más rara—. ¡A la mierda zendo! —musité entre dientes.

Gilbert se lo tomó, acertadamente, como mi manera de cavilar sobre lo que no me resultaba familiar.

—Sí, ¿qué es eso de zendo?

—A lo mejor es como zen —dije.

—¿Y eso qué es?

—Zen, como budismo. Maestro zen, ya sabes.

—¿Maestro zen?

—Sí, hombre, como maestro de kung-fu.

—Buf.

Y así, tras este pequeño desvío en la investigación, volvimos a nuestro placentero masticar. Por descontado, después de hablar mi cerebro se entretenía como mínimo con alguna versión inferior de ensalada de ecolalia: Y eso de zendo qué es, ken, como zung-fu, maestro feng shui, bastardo fúngico, masturbación zen, ¡a la mierda! Pero no hacía falta decirla, no mientras hubiera varias White Castle por desenvolver, inspeccionar y devorar. Iba por la tercera. Me metí una en la boca y luego levanté la vista hacia la puerta del ciento nueve, sacudiendo la cabeza como si el edificio hubiera estado espiándome. A Coney y los demás operativos de la Agencia Minna les encantaba salir de vigilancia conmigo porque sentía la compulsión de mirar el lugar u objetivo en cuestión cada medio minuto más o menos, así que les ahorraba el trabajo de tener que girar el cuello. Una lógica similar explicaba mi popularidad en las partidas de escucha telefónica: dadme una lista clave de palabras que detectar en una conversación y no pensaré en nada más, prácticamente saldré disparado al menor indicio de alguna de ellas mientras que a cualquier otro la misma misión acaba, invariablemente, provocándole un sueño de lo más placentero.

Mientras masticaba la número tres y vigilaba la tranquila entrada del zendo Yorkville mis manos cacheaban afanosamente la bolsa de papel de las Castle para asegurarse de que todavía me quedaban tres más. Habíamos comprado una bolsa de doce y Coney sabía muy bien no solo que yo tenía que tener seis, sino que igualando mi cantidad me hacía feliz, le hacía cosquillas a los instintos obsesivo-compulsivos de mi Tourette. Gilbert Coney era un grandullón con corazón de oro, supongo. O quizá sencillamente fuera adiestrable. Mis tics y obsesiones mantenían divertidos a los demás Hombres de Minna, pero también les agotaban, volviéndolos extrañamente dóciles y complacientes.

Una mujer se detuvo ante la escalinata de la casa y subió hasta la puerta de entrada. Pelo corto y moreno y gafas tirando a cuadradas, es todo lo que vi antes de que nos diera la espalda. Llevaba chaquetón de marinero. Se le veían ricitos morenos en la nuca, debajo del corte a lo chico. Unos veinticinco, quizá dieciocho.

—Va a entrar —dijo Coney.

—Mira, tiene llave.

—¿Qué quiere Frank que hagamos?

—Solo observar. Tomar nota. ¿Qué hora es?

Coney estrujó otro envoltorio de Castle y señaló a la guantera.

—Apunta. Son las seis cuarenta y cinco.

Abrí la guantera —el clic del pasador de plástico al soltarse produjo un ruido delicioso y hueco que sabía que querría repetir, al menos aproximadamente— y saqué una libreta pequeña. MUJER, PELO, GAFAS, LLAVE, 6.45. Las notas eran para mí, solo tendría que presentarle un informe verbal a Minna. Como mucho. Por lo que sabíamos quizá nos quería frente a aquella casa para asustar a alguien o para que esperáramos alguna entrega. Dejé la libreta en el asiento, detrás de las Castle, y volví a cerrar la guantera; luego le di seis golpecitos más para aliviar la presión cerebral reproduciendo aquel ruido hueco que tanto me gustaba. El seis era el número de la suerte esa noche, seis hamburguesas, seis cuarenta y cinco. Así que seis golpecitos.

Para mí, contar, tocar cosas y repetir palabras es todo lo mismo. El Tourette no es más que un constante etiquetar. El mundo (o mi cerebro, tanto da) me señala eso una y otra vez. Y yo lo etiqueto.

¿Podría este eso hacer otra cosa? Si alguna vez hubieras sido un eso lo sabrías.

—Chicos —llamó una voz desde el lado de la calzada, sorprendiéndonos a los dos.

—Frank —dije.

Era Minna. Llevaba el cuello de la gabardina levantado para protegerse de la brisa pero sin acabar de ocultar del todo su mueca mal afeitada a lo Robert Ryan en Grupo salvaje. Se agachó hasta el nivel de mi ventanilla, como si quisiera evitar que le vieran desde el zendo Yorkville. Los taxis saltaban chirriando sobre el bache del pavimento que había justo detrás de Minna. Bajé el cristal de la ventanilla, me asomé compulsivamente y le toqué el hombro izquierdo, un gesto habitual en el que ni siquiera se fijaba desde hacía… ¿cuánto tiempo? Pongamos que unos quince años, desde que a los trece yo empecé a manifestar la necesidad de tocarle el hombro, hombro que por entonces tenía veinticinco años y Minna cubría con una cazadora punk. Quince años de golpecitos y toques… Si Frank Minna hubiera sido una estatua en lugar de un montón de carne y huesos le habría sacado brillo hasta dejarlo reluciente, como los grupos de turistas pulen las narices y los dedos de los pies de los mártires de bronce en las iglesias italianas.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Coney. Sabía que tenía que ser algo importante para traer a Minna hasta allí y además por sus propios medios cuando podía habernos mandado a recogerle a cualquier otro lugar. Había alguna complicación y, ¡sorpresa!, nosotros, los títeres, quedábamos fuera de juego otra vez.

Susurré con la boca casi cerrada y de forma inaudible operación de vigilancia, escabullirse con audacia, emboscada subrepticia zendo.

Los señores del embosque.

—Dame un cigarrillo —dijo Minna. Coney se inclinó sobre mí con un pitillo a medio sacar del paquete de Mall para que el jefe lo cogiera. Minna se lo llevó a la boca y lo encendió, frunciendo el ceño con gesto de concentración y protegiendo la llama con el cuello de la gabardina. Dio una calada y luego expulsó el humo en nuestro espacio vital—. Vale, escuchad —dijo como si no estuviéramos ya pendientes de sus palabras. Hombres de Minna hasta la médula.

—Voy a entrar —dijo, mirando con los ojos entornados al zendo—. Me hablarán por el interfono. Abriré la puerta al máximo. Tú —señaló a Coney con la cabeza— aguantas la puerta y te cuelas dentro, solo eso, y esperas al pie de la escalera.

—¿Y si salen a tu encuentro? —preguntó Coney.

—Ya nos preocuparemos si ocurre —contestó Minna con tono tajante.

—Vale, pero y si…

Minna no le dejó acabar. Coney intentaba averiguar cuál era su función, pero tendría que esperar.

—Lionel —empezó Minna.

Lionel, mi nombre. Frank y los Hombres de Minna lo pronunciaban laionel. Lionel Essrog.

Laionel Esrock.

Espop.

Ex mod.

Etcétera.

Mi propio nombre era el chicle verbal original, estirado a estas alturas hasta formar hebras delgadas como filamentos que cubrían la cámara de ecos de mi cráneo. Flácido e insípido de tanto masticarlo.

—Ten. —Minna dejó caer en mi regazo un monitor de radio y unos auriculares, luego se palpó el bolsillo de arriba de la gabardina—. Llevo un micrófono. Me oirás en directo. Escucha con atención. Si digo, eh, «Ni que me fuera la vida», sales del coche y llamas a la puerta, Gilbert te deja entrar y los dos subís rápidamente las escaleras en mi busca, ¿de acuerdo?

Casi se me escapa con los nervios A la mierda, palurdín, pero tomé aliento y me tragué las palabras sin decir nada.

—No llevamos —dijo Coney.

—¿Qué? —preguntó Minna.

—Pipa, no llevo pipa.

—¿Qué pasa con la pipa? Di «pistola», Gilbert.

—No llevamos pistola, Frank.

—Con eso contaba. Por eso duermo por las noches. Porque no vais armados. No me gustaría que unos cabezas huecas como vosotros subieran tras de mí con una horquilla o una armónica, no digamos ya con una pistola. Yo llevo una. Vosotros solo tenéis que aparecer.

—Perdona, Frank.

—Con un cigarro apagado, con un ala de pollo del puto Buffalo.

—Perdona, Frank.

—Escucha. Si me oyes decir «Primero tendría que ir al baño», significa que vamos a salir. Recoges a Gilbert y os metéis otra vez en el coche, listos para seguirme. ¿Entendido?

Vez, vez, vez, ¡VOZ!, dijo mi cerebro. Hez, hez, hez, ¡HOZ!

—Te va la vida, disparado para el zendo —dije en voz alta—. Vas al baño, arranco el coche.

—Eres un genio, Engendro —contestó Minna. Me pellizcó la mejilla y luego tiró el cigarrillo a su espalda; el cigarro dio una voltereta, esparciendo chispas. Minna miraba al vacío.

Coney bajó del coche y me pasé rápidamente al asiento del conductor. Minna palmeó un par de veces el capó como si le diera palmaditas a un perro en la cabeza después de decirle quieto, luego pasó por delante del parachoques delantero y levantó el dedo para indicarle a Coney que aguardara un momento, cruzó la acera hacia la puerta del número ciento nueve y llamó al timbre que había bajo la placa «Zendo Yorkville». Coney se apoyó en el coche a esperar. Me coloqué los auriculares. Oí claramente el ruido del zapato de Minna rascando el pavimento, así que el aparato funcionaba. Cuando levanté la vista vi que el portero del edificio de la derecha nos observaba, pero no hacía nada más que mirar.

Oí el interfono, en directo y vía micrófono. Minna entró, abriendo la puerta del todo. Coney agarró la puerta, se coló dentro y los dos desaparecieron.

Pasos subiendo escaleras, de momento sin voces. De repente vivía en dos mundos; la vista y el cuerpo tembloroso en el asiento del conductor del Lincoln observaban estacionados el pacífico transcurrir callejero del Upper East Side —la gente que paseaba al perro, los repartidores y los jovencitos trajeados como adultos que con el despertar de la vida nocturna ponían rumbo a los bares de moda—, mientras mis oídos construían un paisaje sonoro a partir de los ecos de Minna subiendo las escaleras sin que nadie saliera a recibirle todavía, aunque él parecía saber dónde estaba. Oí las suelas de los zapatos rozando la madera, los escalones crujiendo, luego un instante de indecisión, quizá el frufrú de la ropa, y después dos golpetazos en la madera y vuelta a caminar con pasos más silenciosos. Minna se había quitado los zapatos.

¿Llamar al timbre y luego subir sigilosamente? No tenía sentido. Pero ¿qué lo tenía? Saqué otra Castle de la bolsa de papel: seis hamburguesas para restaurar el orden en un mundo sin sentido.

Frank —dijo una voz al otro lado del auricular.

He venido dijo Minna cansinamente—. Pero no debería. Deberías limpiarte tu propia basura.

Te lo agradezco —continuó la otra voz—. Pero las cosas se han complicado.

—Saben lo del contrato del edificio.

—No, no creo. —La voz sonaba extrañamente serena, apaciguadora. ¿La reconocía? Quizá no tanto como el ritmo de las réplicas de Minna: hablaba con alguien a quien él conocía bien, pero ¿con quién?—. Pasa dentro, hablemos.

—¿De qué? ¿De qué tenemos que hablar?

—Escúchate, Frank.

—¿He venido hasta aquí para escucharme a mí mismo? Eso puedo hacerlo en casa.

—Ya, pero ¿lo haces? —Oí la sonrisa que acompañó a la voz—. Me parece que no tanto ni con tanta atención como deberías.

—¿Dónde está Ullman? ¿Le tienes aquí?

—Ullman está en el centro. Irás a verle.

—Joder.

—Paciencia.

—Paciente lo serás tú, a mí esto me parece una jodienda.

—Típico, supongo.

—Sí. Bueno, pues acabemos con todo esto.

Más pasos amortiguados, una puerta que se cierra. Un golpetazo metálico, posiblemente una botella y un vaso, alguien sirve una bebida. Vino. No me habría importado beber algo. En cambio seguí mascando mi Castle y mirando el exterior por el parabrisas mientras mi cerebro repetía típico mímico místico mi tic hace clic palurdín y entonces pensé en anotar algo más, abrí la libreta y debajo de MUJER, PELO, GAFAS escribí ULLMAN CENTRO CIUDAD y pensé Fulano no está. Cuando me tragué la hamburguesa, se me tensaron la mandíbula y la garganta y me preparé para un tic de coprolalia inevitable y audible, aunque no hubiera nadie para oírlo. «¡Come mierda, Bailey!»

Bailey era un nombre arraigado en mi cerebro touréttico, pero no sabía por qué. Nunca había conocido a ningún Bailey. Quizá Bailey representara al hombre, como George Bailey en ¡Qué bello es vivir! Mi oyente imaginario tenía que sufrir la mayoría de mis insultos solitarios, por lo visto una parte de mí necesitaba un blanco de ataque. Si un afectado por el síndrome de Tourette se pone a maldecir en el bosque, donde nadie puede oírle, ¿lo hará en voz alta? Bailey parecía ser mi solución al acertijo.

Tu cara te delata, Frank. Te gustaría matar a alguien.

—No estaría mal empezar contigo.

—No deberías echarme a mí la culpa de haberla perdido, Frank.

—Será culpa tuya si a ella le falta su Rama-lama-ding-dong. Eres tú el que le llenó la cabeza con esa porquería.

—Ten, tómate esto.¿Le ofrece una bebida?

Con el estómago vacío no.

—Vaya. Se me había olvidado que lo pasas mal, Frank.

—Aj, vete a la mierda.

«¡Come mierda, Bailey!» Los tics siempre empeoraban cuando estaba nervioso, la tensión despertaba mi síndrome de Tourette. Y en aquella situación había algo que me ponía nervioso. La conversación que escuchaba por los auriculares estaba demasiado plagada de sobreentendidos, de referencias pulidas y opacas como si cada palabra escondiera años de tratos.

Además, ¿dónde estaba la chica morena del pelo corto? ¿En la habitación con Minna y su altanero contertulio, callada? ¿O en otra parte? Mi incapacidad para visualizar el espacio interior del ciento nueve me inquietaba. ¿La chica era la misma de la que hablaban? Parecía improbable.

¿Y qué era su «Rama-lama-ding-dong»? No pude darme el lujo de preocuparme por el tema. Arrinconé una hueste de tics e intenté no pensar demasiado en cosas que no entendía. Eché un vistazo a la puerta. Se suponía que Coney seguía al otro lado. Quería oír ni que me fuera la vida para poder salir escaleras arriba.

Un golpe en la ventanilla del conductor me sobresaltó. Era el portero que había estado observándonos. Me indicó por gestos que bajara la ventanilla. Dije que no con la cabeza, él dijo que sí. Al final cedí, me quité uno de los auriculares para poder escucharle.

—¿Qué? —pregunté triplemente distraído, el elevalunas eléctrico había seducido a la cotorra de mi mente, que ahora demandaba subidas y bajadas gratuitas. Intenté que no se notara.

—Su amigo le llama —dijo el portero señalando al edificio.

—¿Qué? —Resultaba de lo más confuso. Estiré el cuello para ver más allá del portero, pero no había nadie visible en la entrada del edificio. Mientras tanto, Minna seguía hablando al otro lado del auricular. Pero nada de baños ni de vidas.

—Su amigo —repitió el portero con marcado acento de Europa del Este, quizá polaco o checo—. Quiere verle. —Sonrió, mi perplejidad le divertía. Me sentí fruncir el ceño exageradamente, un tic, y quise decirle que se borrara aquella sonrisa de la cara: no podía creerse lo que veía.

—¿Qué amigo? —Minna y Coney estaban los dos dentro, si la puerta del zendo se hubiera movido me habría dado cuenta.

—Ha dicho que si le está esperando, él ya está listo —explicó el portero, asintiendo y gesticulando otra vez—. Quiere hablar. Ahora Minna decía algo de «…montar un lío en el suelo de mármol…».

—Creo que se equivoca de hombre —le dije al portero—. ¡Palurdo! —Me estremecí, le mandé que se fuera e intenté concentrarme en las voces que me llegaban a través de los auriculares.

—Eh, eh —dijo el portero con las manos en alto—, que yo me limito a traerle un mensaje, amigo.

Volví a bajar la ventanilla automática y por fin conseguí alejar mis dedos del mecanismo.

—No pasa nada —contesté, me tragué otro palurdo convirtiéndolo en un ladrido agudo de chihuahua, algo así como ¡yaip!—. Pero no puedo dejar el coche. Dígale a mi amigo que si quiere hablar conmigo que venga a verme. ¿Vale, amigo? —Me parecía que de repente tenía demasiados amigos y no conocía el nombre de ninguno. Repetí el batir impulsivo de la mano, una combinación expeditiva de tic y gesto que tenía por objeto mandar a aquel payaso de vuelta a su puerta.

—No, no. Él ha dicho entrar.

«… romper un brazo…», me pareció oírle decir a Minna.

—Pues entonces que le dé su nombre —dije, desesperado—. Vuelva y dígame cómo se llama.

—Quiere hablar con usted.

—Vale, mierdaportero, dígale que iré. —Le cerré la ventanilla en las narices. Volvió a picar en el cristal, no le hice caso.

«…primero tendría que ir al baño…»

Abrí la portezuela del coche y eché a un lado al portero, fui hasta la puerta del zendo y piqué, seis veces, con fuerza.

—Coney —siseé—. Sal de ahí.

Por los auriculares oí a Minna cerrar la puerta del baño a sus espaldas y el agua que empezaba a correr. «Espero que lo hayas oído, Engendro —le susurró al micrófono para mí—. Nos vamos en coche. No nos pierdas. Haced como si nada.»

Coney asomó por la puerta.

—Va a salir —le dije colocándome los auriculares alrededor del cuello.

—Entendido —contestó Coney con los ojos muy abiertos. Por una vez, estábamos en el centro de la acción.

—Conduce tú —le dije tocándole la nariz con el dedo. Se me quitó de encima como a una mosca. Nos metimos apresuradamente en el coche y Coney dio un acelerón. Tiré la bolsa de Castle frías y los restos de envoltorios al asiento de atrás. El portero idiota había desaparecido en el interior de su edificio. Me olvidé de él por el momento.

Estábamos sentados mirando al frente, con el coche envuelto en sus propios humos, esperando. Mi cerebro pensaba ¡Siga a ese coche! ¡Hollywood de noche! ¡Menudo fantoche! Mi mandíbula trabajaba masticando las palabras, manteniéndolas en silencio. Las manos de Gilbert se aferraban al volante, las mías tamborileaban silenciosamente en mi regazo con ligeros movimientos de picaflor.

En eso consistía hacer como si nada para nosotros.

—No le veo —dijo Coney.

—Espera. Ya saldrá, probablemente acompañado de varios tíos.

Probablemente, atropelladamente. Me coloqué uno de los auriculares en la oreja derecha. No se oía ninguna voz, solo un golpeteo, quizá fueran las escaleras.

—¿Y si se meten en un coche más atrás? —dijo Coney.

—Es una calle de sentido único —contesté preocupado y echando miraditas atrás, a los coches aparcados detrás del nuestro—. Solo hay que dejarles pasar.

—Eh.

Acababan de aparecer, escabulléndose por la puerta y corriendo por la acera delante de nosotros mientras yo estaba mirando hacia atrás: Minna y otro hombre, un gigantón con abrigo negro. Si el otro tipo no medía más de dos metros no medía nada, y tenía una espalda tan ancha que parecía que llevara protectores de fútbol americano o alas de ángel bajo el abrigo. O quizá la chica menuda del pelo corto iba hecha un ovillo allí dentro, aferrada a los hombros del tipo cual mochila humana. ¿Era ese gigante el que había hablado de manera tan insinuante? Minna corría delante de él como si tratara de darnos esquinazo en lugar de darle largas para que no perdiéramos la pista. ¿Por qué? ¿Le apuntaban con una pistola por detrás? El gigante llevaba las manos en los bolsillos. Por alguna razón me las imaginé asiendo rebanadas de pan y enormes trozos de salami, tentempiés guardados en el abrigo para alimentar a un gigante en invierno, comida para confortarle.

O quizá solo fuera una fantasía para confortarme a mí mismo: una rebanada de pan no podía ser un revólver, lo cual asignaba a Minna la única arma de fuego de la situación.

Nos quedamos como estúpidos viéndolos cruzar entre dos coches aparcados y meterse en el asiento trasero de un K negro que se había acercado desde detrás de nuestro coche, y se pusieron en marcha inmediatamente. Nerviosos como estábamos, Coney y yo habíamos coordinado nuestras reacciones para dejarles arrancar un coche aparcado y ahora se estaban alejando.

—¡Vamos! —dije.

Coney dio un volantazo para sacar el Lincoln de donde estaba, golpeando los parachoques con fuerza suficiente para abollarlos. Estábamos atrapados, claro. Retrocedió, golpeó la parte trasera con más cuidado y luego consiguió formar un arco para salir de allí, pero no antes de que nos adelantara un taxi y nos bloqueara la salida. El K dio la vuelta a la esquina para tomar la Segunda Avenida.

—¡Venga!

—Mira —dijo Coney señalando al taxi—. Ya voy. ¡Vista arriba!

—¿Vista arriba? Vista al frente. Barbilla arriba. —Le corregí como respuesta involuntaria ante la tensión.

—Sí, eso también.

—Ojos bien abiertos, clavados en la carretera y las orejas pegadas a la radio… —Lo de vista arriba me había irritado tanto que de repente tuve que recitar todas las posibilidades.

—Ya, y la boca cerrada. —Coney nos llevaba pisándole los talones al taxi; mejor que nada, ya que el taxi iba bastante rápido—. Y ya que estás ¿por qué no pegas la oreja a ver qué dice Frank?

Me coloqué los auriculares. No se oía más que el ruido de fondo del tráfico sustituyendo a los ruidos que ya había olvidado. Coney siguió al taxi por la Segunda Avenida, donde tuvimos que esperar a que cambiara el semáforo en medio de un atasco de taxis y coches. El juego estaba en marcha y nosotros con él, una idea excitante y sin embargo patética, puesto que habíamos tardado menos de una manzana en perderlos.

Viramos a la izquierda para rodear al primer taxi y colocarnos tras otro que estaba en el mismo carril que el coche donde iban Minna y el gigante. Los semáforos sincronizados situados un kilómetro por delante se pusieron en rojo. He aquí un trabajo para alguien con síntomas obsesivo-compulsivos, pensé: dirigir el tráfico. Luego nuestro semáforo se abrió y todos arrancamos, como un edredón flotante de coches particulares negros y pardos y taxis de amarillo brillante avanzando por el cruce.

—Acércate más —dije volviendo a quitarme los auriculares. Entonces un tic impresionante se abrió camino a través de mi pecho—: ¡A la mierda míster Palurdín!

—¿Míster Palurdín? —Hasta había conseguido llamar la atención de Gilbert.

A medida que los semáforos se nos iban poniendo en verde siguiendo cierta secuencia temporal, los taxis adelantaban y retrocedían temerariamente para ganar ventaja, pero la verdad es que las luces estaban cronometradas para controlar un tráfico a cuarenta kilómetros por hora y no había nada que hacer. El conductor todavía desconocido del K era tan impaciente como los taxistas y se adelantó hasta la cabecera del grupo, pero los semáforos sincronizados nos mantenían a todos a raya, al menos hasta que giraron. Nos quedamos clavados un coche más atrás. Coney no podía con la cacería, al menos de momento.

Lo mío era otra historia.

—Misterioso y ruin —dije, intentando dar con las palabras que aliviaran mis compulsiones. Era como si mi cerebro se sintiera inspirado, tratando de generar un tic nuevo y realmente original. La musa de Tourette estaba conmigo. Maldita sincronización. La tensión solía agravar los tics, pero cuando estaba enfrascado en algún trabajo la concentración los contrarrestaba. Ahora me daba cuenta de que debería haberme puesto yo al volante. La persecución producía mucha tensión y nada con qué liberarla—. Mal avenir. Mervios.

—Sí, yo también me estoy poniendo algo «mervioso» —dijo Coney con aire ausente mientras competía por un hueco libre en el carril de la derecha.

—Menvidioso…

—Perdona —gruñó Coney al tiempo que por fin nos situaba justo detrás del K. Me incliné para intentar ver el interior. Tres cabezas. Minna y el gigante en el asiento trasero y un conductor. Minna miraba al frente, como el gigante. Me coloqué los auriculares, pero tal como había supuesto nadie hablaba. Alguien sabía lo que hacían y adónde iban, pero ese alguien no éramos nosotros ni de lejos.

En la calle Cincuenta y nueve llegamos al final del ciclo de semáforos en verde, y al engorro habitual que supone la entrada al puente de Queensborough. El grupo aminoró la marcha, resignado a esperar en el semáforo. Coney se quedó un poco más atrás para que no se notara que los seguíamos y se nos coló otro taxi delante. El K salió disparado en cuanto cambió la luz, esquivando a duras penas la oleada de tráfico que subía por la Cincuenta y ocho.

—¡Mierda!

—¡Mierda!

Coney y yo nos llevamos un susto de muerte. Estábamos atascados entre dos coches, incapaces de seguirles y no habríamos podido enfrentarnos al tráfico de las calles perpendiculares ni aunque hubiéramos querido. Era como llevar una camisa de fuerza. Atrapados por nuestro destino, los Perdedores de Minna le volvíamos a fallar. Jodidos jodiéndola porque es lo que hacen los jodidos. Pero el K se encontró con otra masa de vehículos parados frente al siguiente semáforo en rojo y permaneció a la vista una manzana por delante. El tráfico estaba partido en dos. De momento habíamos tenido suerte, pero solo de momento.

Yo lo observaba, frenético. Su semáforo en rojo, el nuestro; mi vista saltaba de uno a otro. Oía la respiración de Coney y la mía, como caballos en el cajón de salida: nuestros cuerpos cargados de adrenalina imaginaban que podrían superar la distancia de una manzana. Si no teníamos cuidado, nada más ver cambiar el semáforo nuestras frentes atravesarían el parabrisas.

Nuestro semáforo cambió, pero también el de ellos y, para sacarnos de quicio, su masa de vehículos salió en tropel mientras la nuestra se arrastraba lentamente. Aquella masa era nuestra esperanza: los del K estaban a la cola del grupo y si la masa se mantenía lo bastante compacta no podrían ir muy lejos. Nosotros estábamos casi en cabeza de nuestro grupo. Golpeé la guantera seis veces. Coney aceleró impulsivamente y le dio al taxi de delante, pero no muy fuerte. Nos hicimos a un lado y vi un arañazo plateado en la pintura amarilla del parachoques del taxi. «A la mierda, sigue adelante», dije. De todos modos el taxista parecía ser de mi misma opinión. Todos cruzamos chirriando la Cincuenta y nueve en un descabellado rodeo de taxis y coches corriendo para desafiar la ley inmutable de los semáforos sincronizados. Nuestro grupo se fragmentó y alcanzó la cola del suyo, ambos se fundieron, como naves espaciales en un videojuego antiguo. El K se abría paso agresivamente de un carril a otro. Y nosotros detrás de él, sin tratar en absoluto de disimular. Dejando atrás una manzana tras otra.

—¡Cruce! —grité—. ¡Sigue! —Me aferré a la manilla de la puerta mientras Coney, metido de lleno en el espíritu de los acontecimientos, retorcía la probabilidad topológica haciéndonos cruzar tres carriles atestados entre los chirridos de los neumáticos gastados y las rascadas del cromo. Mis tics se habían apaciguado: la tensión era una cosa y el miedo animal otra. Como cuando un avión aterriza dando tumbos y a bordo todo el mundo concentra hasta el último gramo de voluntad en estabilizar el aparato, la tarea de imaginar que controlaba cosas que estaban fuera de mi control (en este caso el volante, el tráfico, Coney, la gravedad, la fricción, etcétera), imaginarlo con todas las fibras de mi ser, me mantenía suficientemente ocupado por el momento. Mi Tourette se sentía abrumado.

—Calle Treinta y seis —dijo Coney mientras avanzábamos por el lateral.

—¿Qué significa?

—No sé. Algo.

—Midtown Tunnel. Queens.

Tenía algo de reconfortante. El gigante y su conductor se acercaban a nuestro territorio, más o menos. Los barrios fuera de Manhattan. No era exactamente Brooklyn, pero serviría. Seguimos dando tumbos con el tráfico cada vez más denso, los dos carriles del túnel atestados y el K a salvo, atrapado dos coches por delante del nuestro; sus ventanas se veían ahora negras y brillantes por el reflejo de las franjas de luz que surcaban la arteria de azulejos de colores. Me relajé un poco, dejé de aguantarme la respiración y apreté los dientes musitando un a la mierda con mueca de Joker por mero placer.

—Peaje —dijo Coney.

—¿Qué?

—Hay un peaje. Del lado de Queens.

Empecé a rebuscarme en los pantalones.

—¿Cuánto?

—Tres con cincuenta, creo.

Justo acababa de reunirlo milagrosamente, tres billetes, una moneda de veinticinco, una de diez y tres de cinco, cuando se terminó el túnel y los dos carriles se ramificaron hacia seis o siete cabinas de peaje. Hice una bola con el dinero dentro del puño y se la tendí a Coney.

—No te quedes parado detrás de ellos —le dije—. Métete por un carril rápido. Cuélate delante de alguien.

—Sí. —Coney echó una mirada por el parabrisas tratando de calcular el ángulo idóneo. Cuando Coney giró a la derecha, el K se salió repentinamente de la fila y se alejó hacia la izquierda.

Los dos nos quedamos mirándolo fijamente un momento.

—¿Quééé? —exclamó Coney.

—Pase —dije—. Tienen un pase.

El K se deslizó hasta el carril vacío para los pases y de allí, directo a la cabina de cobro. Mientras, Coney nos había dejado los terceros en la fila para importe exacto o monedas.

—¡Síguelos! —dije.

—Eso intento —contestó Coney, claramente confundido por el giro que habían tomado los acontecimientos.

—¡Pásate a la izquierda! ¡Cruza!

—No tenemos pase. —Coney sonrió de manera exasperante, mostrando su talento especial para regresar rápidamente al estado de un niño.

—¡Me da igual!

—Pero nosotros…

Empecé a manosear el volante de Coney, intentando situar el coche a la izquierda, pero era demasiado tarde. El semáforo de delante de nosotros se abrió y Coney adelantó el coche y luego bajó la ventanilla de su lado. Solté el dinero en la palma abierta de Coney y él lo echó en la máquina.

Al salir del túnel por la derecha nos encontramos en Queens, frente a una maraña de calles todas iguales: Vernon Boulevard, Jackson Avenue, avenida Cincuenta y dos. Etcétera.

El K había desaparecido.

—Aparca —dije.

Coney aparcó el coche en Jackson Avenue de mala gana. Parecía noche cerrada aunque solo eran las siete. Las luces del Empire State y del edificio Chrysler brillaban del otro lado del río. Los coches salían zumbando del túnel a nuestro lado y se dirigían a la entrada de la vía rápida de Long Island, choteándose de nosotros con su clara determinación. Sin Minna no éramos nadie, estábamos perdidos en ninguna parte.

¡Mierdapase!

—Podría ser que nos hubieran dado esquinazo —dijo Coney.

—Pues, mira, yo diría que sí.

—No, oye —dijo sin energía—, quizá hayan dado la vuelta y estén otra vez en Manhattan. A lo mejor podríamos alcanzarlos…

—Shhh. —Escuché por los auriculares—. Si Frank ve que no le seguimos puede que diga algo.

Pero no había nada que escuchar. Ruidos de conducción. Minna y el gigante iban sentados en perfecto silencio. Ahora no creía que el hombre del zendo fuese el gigante: aquella voz pretenciosa y charlatana que había oído no podría haber permanecido callada tanto rato, al menos eso me parecía a mí. Ya resultaba bastante sorprendente que Minna no fuera charlataneando, riéndose de algo o señalando los lugares conocidos por los que pasaban. ¿Tendría miedo? ¿Miedo de que descubrieran que llevaba un micro? ¿Creía que todavía le seguíamos? De todos modos, ¿para qué quería que le siguiéramos?

No sabía nada.

Gruñí seis veces como un cerdo.

Nos sentamos a esperar.

Más.

Supongo que es el estilo típico de un machote polaco —dijo Minna—; guardar las distancias para que no te atufen los pierogi.

Y luego:

Urrff. —Como si el gigante le hubiera atizado en el estómago.

—¿Dónde está el barrio polaco? —le pregunté a Coney, levantando un auricular.

—¿Qué?

—¿Hay algo polaco por aquí? ¡A la mierda, pierogi!

—No sé. A mí todo me suena a chino.

—¿Al este o al oeste? Vamos, Gilbert. Piensa un poco. Frank está en algún sitio polaco.

—¿Donde fue el Papa de visita? —musitó Coney. Parecía el principio de un chiste, pero yo conocía a Coney. Era incapaz de retener un chiste—. ¿Es polaco, no? Eso está en, esto, ¿Greenpoint?

—Greenpoint está en Brooklyn, Gilbert —dije sin pensar—. Y nosotros estamos en Queens. —Entonces los dos volvimos la cabeza como ratones de dibujos animados que acabaran de descubrir al gato. El puente Pulaski. Estábamos a pocos metros del arroyo que separa Queens y Brooklyn, en concreto, Greenpoint.

Al menos nos mantendríamos ocupados.

—Vamos —dije.

—Sigue escuchando. No podemos dar vueltas por Greenpoint sin más.

Cruzamos el pequeño puente y entramos en Brooklyn.

—¿Por dónde, Lionel? —preguntó Coney como si pensara que Minna me iba pasando un flujo constante de instrucciones. Me encogí de hombros con las palmas de las manos hacia arriba. El gesto devino tic al instante y lo repetí, encogimiento de hombros, manos abiertas, mueca. Coney pasó de mí, escudriñaba las calles en busca del K y conducía todo lo despacio que podía por la margen del Pulaski, del lado de Brooklyn.

Entonces oí algo. Puertas de coche abriéndose y cerrándose, y pasos. Minna y el gigante habían llegado a su destino. Me quedé petrificado en mitad del tic, concentrado.

Harry Brainum junior —dijo Minna en tono burlesco—. Supongo que nos vamos a parar para un arreglo rapidito, ¿eh?

Nada del gigante. Más pasos.

¿Quién era Harry Brainum junior?

Mientras tanto nosotros abandonábamos el puente iluminado, donde nos habíamos permitido brevemente imaginar que a nuestros pies se extendía un distrito conocido. En cambio, tomamos el bulevar McGuinness, donde los oscuros edificios industriales a nivel de calle resultaban indistinguibles y descorazonadores. Brooklyn es muy grande, y aquella no era nuestra zona de Brooklyn.

Ya sabes: si no puedes vencerlos… ¿Verdad, Brainum? —Minna siguió pinchando. De fondo oí el claxon de un coche: todavía estaban en la calle. En medio de la calle, en algún lugar enervantemente cerca.

Entonces oí un ruido sordo, otra exhalación. Minna había recibido un segundo puñetazo.

Luego Minna otra vez:

Eh, eh… —Una refriega que no entendí—. Puto…

Recibió otro golpe, se quedó sin respiración, exhaló un suspiro largo y doloroso.

Lo que asustaba del gigante era que no hablaba, ni siquiera respiraba lo bastante fuerte como para que le oyera.

—Harry Brainum junior —le dije a Coney. Después, con miedo de que lo hubiera tomado por un tic, añadí—: No te dirá nada ese nombre, ¿verdad, Gilbert?

—¿Cómo? —preguntó lentamente.

—Harry Brainum junior —repetí, furioso de impaciencia. En ocasiones me sentía como un rayo de electricidad estática conviviendo con figuras que se movían por un mar de melaza.

—Claro —dijo, agitando el pulgar en dirección a su ventanilla—. Acabamos de pasar por delante.

—¿Qué? ¿Por dónde hemos pasado?

—Es como una empresa de herramientas o algo así. Con un cartel grande.

Me quedé sin respiración. Minna nos estaba hablando, nos guiaba.

—Da la vuelta.

—¿Qué? ¿Hacia Queens?

—No, a Brainum, donde sea que lo hayas visto —dije con ganas de estrangularle. O al menos, de encontrar su botón de avance rápido y apretarlo—. Están fuera del coche. Da la vuelta.

—Está solo a una o dos manzanas.

—Bueno, pues entonces vamos. ¡Rapidito, Junior!

Coney giró, y lo encontramos enseguida. PLACAS DE ACERO HARRY BRAINUM JR. escrito en letras de cartel circense sobre el muro de ladrillos de un edificio de dos plantas que ocupaba una manzana entera del bulevar McGuinness, nada más salir del puente.

La visión de BRAINUM en la pared desencadenó todo un desfile de asociaciones payasas. Recordé haber entendido mal Circo Barnum & Bailey de los Herm

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