1
Reflexiones contenidas en un whisky doble
James Bond, con dos bourbons dobles en el cuerpo, estaba sentado en el último saloncito de espera del aeropuerto de Miami, meditando sobre la vida y la muerte.
Matar gente formaba parte de su profesión. Nunca le había gustado hacerlo; cuando tenía que eliminar a alguien, lo hacía lo mejor posible, y enseguida se olvidaba de ello. Como agente secreto a quien se había concedido el raro prefijo del doble 0 —que en el Servicio Secreto significaba licencia para matar—, tenía el deber de mirar la muerte con la misma frialdad que un cirujano. Si ocurría, ocurría. Arrepentirse no era profesional; peor, era como una carcoma en el alma.
Y, sin embargo, el fin del mexicano había resultado curiosamente impresionante. No es que no mereciese morir. Era un malvado, uno de esos hombres a los que en México llaman «capungos». Un capungo es un bandido que mata a sueldo, hasta por la irrisoria suma de cuarenta pesos, equivalentes a unos veinticinco chelines, aunque es probable que le diesen más para que matara a Bond; por el aspecto, en toda su vida no había causado más que sufrimientos y desdichas. Sí, ciertamente, era ya hora de que muriera; pero cuando Bond le mató —hacía menos de veinticuatro horas—, la vida se le había escapado del cuerpo tan repentinamente, tan por completo, que Bond casi la había visto salir por la boca, como les sale, en forma de pájaro, a los indígenas de Haití.
¡Qué diferencia había entre un cuerpo lleno de humanidad y un cuerpo vacío! En un momento hay alguien, y al siguiente no hay nadie. Este había sido un mexicano con nombre y dirección, un visado de trabajo y tal vez un carnet de conducir. Entonces algo le había salido de dentro, de ese embalaje de carne y ropa barata, y lo había convertido en una bolsa de papel vacía esperando el camión de la basura. Y la diferencia, lo que había salido del hediondo bandido mexicano, era más grande que todo México.
Bond bajó los ojos hacia el arma que había realizado el trabajo. Tenía el borde externo de la mano derecha rojo e hinchado. Pronto aparecería la magulladura. Bond flexionó la mano y la masajeó con la izquierda. Así lo había hecho también, a intervalos, durante el viaje en avión que le alejó del lugar del suceso. Era una maniobra dolorosa, pero, si mantenía la circulación activa, la mano sanaría antes. Uno no podía adivinar si volvería a tener necesidad de aquella arma muy pronto. En las comisuras de los labios de Bond se dibujó una expresión cínica.
«National Airlines, Airline of the Stars, anuncia la salida de su vuelo NA 106 hacia el aeropuerto de La Guardia de Nueva York. Tengan los pasajeros la bondad de dirigirse hacia la entrada número 7. Todos a bordo, por favor».
El altavoz enmudeció con un chasquido reverberante. Bond miró el reloj. Otros diez minutos, por lo menos, antes de que avisaran a los pasajeros de la Transamérica. Hizo señas a una camarera y le pidió otro bourbon on the rocks doble. Cuando llegó el vaso, ancho y achatado, hizo girar el licor alrededor del hielo, para quitarle fuerza, y se bebió la mitad de un trago. Apagó la colilla del cigarrillo, apoyó el mentón en la mano y miró malhumorado por encima de los guiños del asfalto hacia el punto por donde la última mitad del sol se hundía esplendorosamente en el golfo.
La muerte del mexicano había sido la fase final de un encargo desagradable, uno de los peores: soso, peligroso y sin riesgo alguno que lo redimiese, excepto el de haberle alejado del cuartel general.
Un capo mexicano tenía unos campos de adormidera, y sus flores no servían de adorno precisamente. Las cosechaba para extraer opio, que los camareros de un cafetucho de México, llamado La Madre de Cacao, vendían prestamente y a un precio más bien bajo. El cafetucho contaba con generosa protección. Si uno necesitaba opio, iba allí y pedía lo que le conviniera, junto con la bebida. Se pagaba la consumición en caja, y el cajero establecía los ceros que debía añadir a la cuenta. Era un comercio ordenado que no le importaba nada a nadie fuera de México. Pero un día, allá en la lejana Inglaterra, el Gobierno, espoleado por las recomendaciones de las Naciones Unidas contra el narcotráfico, anunció que la heroína quedaría proscrita de Gran Bretaña. La alarma cundió en el Soho, incluso entre médicos respetables que querían ahorrar sufrimientos a sus pacientes. La prohibición es el gatillo que dispara el delito. Muy pronto, los canales habituales de contrabando procedente de China, Turquía e Italia quedaron casi secos por culpa de los acaparamientos ilegales de Inglaterra. En Ciudad de México, un hombre de suave hablar dedicado a las importaciones y exportaciones, llamado Blackwell, tenía una hermana en Inglaterra adicta a la heroína. Blackwell la quería y sufría por ella, y cuando esta le escribió que, si alguien no lo remediaba, moriría, él lo creyó así y se puso a realizar indagaciones sobre el tráfico ilícito de drogas en México. En el transcurso de sus investigaciones, por conducto de amigos y amigos de amigos, fue a parar a La Madre de Cacao, y de ahí al gran cultivador de adormidera. Durante este proceso se enteró también del aspecto económico del comercio en cuestión, y decidió que, si podía amasar una fortuna al tiempo que aliviaba los sufrimientos de la humanidad, habría descubierto el secreto de la vida. Blackwell negociaba en abonos para el campo. Tenía un almacén, una pequeña instalación y un equipo de tres personas para análisis y pruebas de suelos e investigaciones sobre plantas. Y le resultó muy fácil convencer al capo mexicano de que, tras aquella pantalla respetable, su equipo —el equipo de Blackwell— podía dedicarse a extraer heroína del opio. El buen patricio organizó prestamente el transporte de la droga a Inglaterra. Por el equivalente a mil libras esterlinas por viaje, los correos diplomáticos del Ministerio de Asuntos Exteriores británico llevaban todos los meses una maleta adicional a Londres. Era un precio razonable. El contenido de la maleta, cuando el mexicano la depositaba en la oficina de equipajes de la estación Victoria y enviaba el resguardo por correo a un hombre llamado Schwab, c/o Boox-an-Pix, Ltd. WC, valía veinte mil libras.
Por desgracia, Schwab era un tipo perverso y le importaban un comino los sufrimientos de la humanidad. Se decía que los delincuentes juveniles estadounidenses podían consumir todos los años heroína por valor de muchos millones de dólares, y lo mismo sus primos, los teddy boys y las teddy girls ingleses. En dos habitaciones de Pimlico, sus empleados mezclaban la heroína con polvos estomacales y la ponían en ruta hacia las salas de baile y los antros de diversión.
Cuando el Escuadrón Fantasma del CID dio con él, Schwab había amasado ya una fortuna. Scotland Yard decidió dejarle ganar algún dinero más, mientras ellos indagaban la fuente de la que se abastecía. Lo vigilaron de cerca, y a su debido tiempo se vieron guiados hasta la estación Victoria, y de allí al correo mexicano. En este punto, estando implicada una nación extranjera, hubo que introducir en el asunto al Servicio Secreto. Se encargó a Bond que descubriera de dónde sacaba la mercancía el correo y que destruyese el conducto en su misma fuente.
Bond así lo hizo. Voló a Ciudad de México y no tardó en dar con La Madre de Cacao. De allí, haciéndose pasar por un comprador para el mercado londinense, llegó hasta el mexicano poderoso. Este le recibió amablemente y le envió a Blackwell. Bond le había cogido simpatía. No sabía lo de su hermana, pero era evidente que Blackwell no pasaba de simple aficionado y que sus lamentos por el hecho de que la heroína hubiese sido prohibida en Inglaterra sonaban sinceros. Bond irrumpió en su almacén una noche y dejó allí una bomba incendiaria. Luego se fue a un café situado a kilómetro y medio de distancia y se quedó contemplando cómo se elevaban las llamas sobre el horizonte de tejados, mientras escuchaba la cascada de sirenas de la brigada de bomberos. A la mañana siguiente telefoneó a Blackwell y cubrió el micrófono con un pañuelo.
—Lamento que se le hundiera el negocio anoche. Me temo que la póliza de seguros no cubrirá el importe del lote de muestras de suelo que estaban analizando.
—¿Quién es? ¿Quién habla?
—Vengo de Inglaterra. Allí esa mercancía que tiene usted ha matado a un buen número de jóvenes y ha dañado a otros muchos. Santos ya no volverá más a Inglaterra con su valija diplomática. Esta noche Schwab dormirá en la cárcel. Tampoco ese Bond con quien se entrevistó usted escapará a la redada. En estos momentos la policía anda tras él. —La línea telefónica trajo unas palabras asustadas—. Bien, bien; pero no lo repita. Dedíquese únicamente a los abonos ––dijo Bond, y colgó.
Blackwell no habría sido lo bastante perspicaz. Fue el mexicano influyente, sin duda alguna, el que no se tragó la pista falsa. Bond había tenido la precaución de cambiar de hotel, pero aquella noche, cuando ya se iba a acostar, después de un último trago en el Copacabana, un hombre le salió al paso repentinamente. Llevaba un traje blanco de lino, sucio, y una gorra también blanca de chófer, demasiado grande para su cabeza. Debajo de aquellos pómulos aztecas se marcaban unas profundas sombras azules. En una comisura de la boca sostenía un palillo; en la otra, una colilla. Los ojos eran brillantes alfilerazos de marihuana.
—¿Quiere una mujer? ¿Le gustaría un bailoteo?
—No.
—¿Una chica de color? ¿Una hermosa plantita de la selva?
—No.
—¿Acaso fotografías?
El gesto de la mano al meterse en el bolsillo le era tan familiar a Bond que, cuando salió disparada y el largo dedo de plata apuntó a su garganta, él ya estaba en guardia y a punto para el contraataque.
Casi automáticamente, Bond recurrió al «movimiento esquivando una arremetida desde abajo» en su forma más ortodoxa. Los dos antebrazos se encontraron a mitad de camino entre ambos cuerpos, desviando con el golpe la trayectoria de la mano que empuñaba la navaja y abriendo la guardia del mexicano para un gancho corto y demoledor de la izquierda de Bond contra su barbilla. La muñeca tensa, curvada, de Bond no había recorrido mucho ca - mino, quizá unos sesenta centímetros, pero el canto de la mano, con los dedos estirados para mayor rigidez, se había levantado hasta colocarse bajo la barbilla del hombre con una fuerza aterradora. El golpe por poco arroja al mexicano fuera de la acera. Y acaso este hubiese muerto de resultas de ello o acaso le fracturó la nuca, pero mientras se tambaleaba, cayendo de espaldas, Bond echó la mano derecha hacia atrás y la disparó oblicuamente, como una cuchillada, contra la garganta tensa y desarmada. Fue el golpe mortal del canto de la mano a la nuez de Adán, asestado con los dedos juntos, formando una hoja, que empleaban continuamente los comandos. Si al recibirlo el mexicano vivía aún, no cabía duda de que antes de chocar contra el suelo había perecido ya.
Bond permaneció inmóvil un momento, agitado el pecho y con la mirada clavada en el arrugado fardo de ropas viejas arrojado al polvo. Luego miró hacia ambos lados de la calle. No había nadie. Pasaron unos cuantos automóviles. Quizá habían pasado otros durante la pelea, pero esta se había librado en las sombras. Bond se arrodilló junto al cuerpo. No había pulso. Los ojos que habían brillado tanto por obra de la marihuana estaban ya vidriosos. La casa en que vivía el mexicano estaba vacía. El inquilino se había marchado.
Bond levantó el cuerpo y lo recostó contra la pared, en un lugar de sombras más negras. Se frotó las manos en el traje, palpó para ver si tenía la corbata en su sitio y se encaminó hacia el hotel.
Al amanecer se levantó, se afeitó y fue al aeropuerto, donde tomó el primer avión que salía de México. Resultó que se dirigía a Caracas. Bond voló a Caracas y se entretuvo en la sala de espera hasta que saliera un aparato para Miami, un Lockheed Constellation de Transamérica que le llevaría aquella misma noche a Nueva York.
Otra vez se oyó el zumbido y el reverberar del altavoz.
«Transamérica lamenta tener que anunciar un retraso en su vuelo TR 618 a Nueva York a causa de un fallo mecánico. La nueva hora de salida será a las ocho de la mañana. Tengan la bondad los señores pasajeros de presentarse ante el mostrador de facturación, donde se tomarán las oportunas medidas para alojarlos hasta mañana. Muchas gracias».
¡Vaya! ¡Eso además! ¿Debía cambiar de vuelo o pernoctar en Miami? Se había olvidado del whisky. Cogió el vaso y, echando la cabeza hacia atrás, lo apuró hasta la última gota. El hielo tintineó alegremente contra sus dientes. ¡Eso es! Buena idea. Pasaría la noche en Miami y se emborracharía; se emborracharía como una cuba, de tal modo que la casquivana de turno tuviera que arrastrarlo hasta la cama. Hacía años que no se emborrachaba. Esa noche extra que le había caído del cielo era una noche libre, para él. Quería aprovecharla al máximo. Ya era hora de que se relajara. Estaba demasiado tenso, demasiado introspectivo.
¿Qué diablos hacía malhumorado por aquel mexicano, aquel capungo que alguien había enviado para que le matase? Había sido cuestión de matar o morir. Por lo demás, en toda la faz de la tierra unos hombres estaban matando a otros continuamente. La gente utilizaba los automóviles para matar. Propagaba enfermedades infecciosas por todas partes, arrojaba microbios a la cara de otras personas, dejaba abiertas las llaves del gas de las cocinas, inyectaba monóxido de carbono en garajes cerrados. ¿Cuánta gente, por ejemplo, intervenía en la fabricación de bombas de hidrógeno, desde los mineros que extraían el uranio hasta los accionistas dueños de las minas? ¿Había alguna persona en el mundo que no se ocupase de algún modo, quizá solo estadísticamente, de matar a su vecino?
Debajo del cielo añil las pistas de aterrizaje resplandecían de verde y amarillo y las manchas de aceite sobre el asfalto lanzaban destellos. Con un rugido ensordecedor, un DC7 llegó a la pista principal. Las ventanas de la sala del aeropuerto temblaron ligeramente. La gente se levantó para mirar. Bond trató de leer sus expresiones. ¿Tal vez esperaban que el avión se estrellara, para darles algo de que hablar, algo para llenar sus vidas vacías? ¿O deseaban que fuera bien? ¿Qué querían que les ocurriera a los sesenta pasajeros? ¿Que vivieran o que murieran?
Bond esbozó una mueca triste. Basta, deja de ser tan mórbido. Todo esto es una reacción a un encargo desagradable. Estás estancado, harto de tener que ser duro. Quieres un cambio. Has visto demasiada muerte. Quieres un respiro, algo fácil, suave, simple.
Bond advirtió unos pasos que se acercaban y se paraban a su lado. Levantó la vista; era un hombre de mediana edad, pulcro, con aire acomodado. Tenía una expresión turbada, que pedía indulgencia.
—Perdone, pero usted es, sin duda, el señor Bond… señor… hummm… James Bond, ¿no?
2
Poniéndose a la altura
A Bond le gustaba el anonimato.
—Sí, lo soy —dijo con aire desalentador.
—¡Qué rara coincidencia! —El hombre le ofreció la mano. Bond se levantó pausadamente, la estrechó y la soltó. Era una mano pulposa y desarticulada…, como un puñado de barro en forma de mano o un guante de goma hinchado—. Me llamo Du Pont. Junius Du Pont. Supongo que no me recordará, pero nos hemos visto anteriormente. ¿Le importa que me siente?
Esa cara, ese nombre... Sí, había algo que le resultaba familiar. Hacía mucho tiempo. No en Estados Unidos. Bond rebuscó en su memoria mientras escaneaba al hombre con la mirada.
El señor Du Pont tendría unos cincuenta años… Rosado, bien afeitado y vestido con el disfraz convencional con que Brooks Brothers cubre las vergüenzas de los millonarios norteamericanos. Llevaba un traje sin solapas de color canela oscuro y una camisa de seda blanca con cuello bajo. Las dobladas juntas del cuello estaban sujetas por un alfiler de oro debajo de una estrecha corbata de rayas granate y azul que casi parecía la de la Brigade of Guards. Los puños de la camisa sobresalían centímetro y medio por debajo de los de la chaqueta y lucían gemelos de cristal cabujón con unos alevines en miniatura. Los calcetines eran de seda gris carbón y los zapatos, de color caoba vieja y pulida, que hacían pensar en Peal. El hombre usaba sombrero hamburgués de paja, de ala estrecha, con una ancha cinta rosa pálido.
El señor Du Pont se sentó frente a Bond y sacó cigarrillos y un sencillo Zippo de oro. Bond advirtió que sudaba un poco, y se dijo que el señor Du Pont era exactamente lo que parecía, un estadounidense rico de verdad, un tanto turbado. Sabía que lo había visto antes, pero no tenía idea de dónde o cuándo.
—¿Fuma?
—Gracias.
Era un Parliament. Bond fingió no ver el encendedor que le ofrecía. No le gustaba que le pasaran encendedores. Sacó el suyo y encendió el cigarrillo.
—Francia, 1951, Royale les Eaux. —Du Pont miraba vivamente a Bond—. Aquel casino. Ethel, o sea, mi esposa, se sentaba junto a usted aquella noche en que disputó la tremenda partida con el francés.
La memoria de Bond galopaba hacia el pasado. Sí, claro. Los Du Pont eran los números 4 y 5 en la mesa de bacarrá. Él, Bond, el 6. Parecían gente inofensiva. A él le alegraba contar con tan sólido baluarte a su izquierda aquella fantástica noche en que hundió a Le Chiffre. Ahora Bond volvía a verlo todo: el gran charco de luz sobre el tapete verde, las rosadas manos, como pinzas de cangrejo, saliendo a cazar los naipes. Percibía el humo y el aroma áspero de su propio sudor. ¡Aquella sí que fue una gran noche! Bond levantó los ojos hacia el norteamericano y sonrió ante el recuerdo.
—Sí, naturalmente que me acuerdo. Lamento haber tardado tanto. Pero yo no pensaba casi en nada, salvo en mis naipes.
El señor Du Pont correspondió a la sonrisa, dichoso y aliviado.
—Diablos, señor Bond. Claro que lo comprendo. Y confío en que usted me perdonará la intromisión. Mire… —Chasqueó los dedos llamando a una camarera—. Pero hemos de beber un trago para celebrarlo. ¿Qué tomará usted?
—Gracias. Bourbon on the rocks.
—Para mí Haig y agua.
La camarera se alejó. El señor Du Pont se inclinó hacia delante con una ancha sonrisa. Por encima de la mesa flotó un aroma de jabón o loción para el afeitado.
—Le he reconocido apenas le he visto sentado aquí. Pero pensé para mí: «Junius, aunque casi nunca te equivocas en materia de fisonomías, asegurémonos bien, de todos modos». Vea usted, esta noche me marchaba con la Transamérica y, cuando anunciaron la demora, observé su expresión y, si me perdona, señor Bond, por lo que vi en su rostro se adivinaba perfectamente que también viajaba con la Transamérica. —Aguardó el movimiento afirmativo de Bond, y luego siguió a toda prisa—: De modo que me he precipitado hacia el mostrador y he repasado la lista. Sin duda alguna, allí estaba: «J. Bond».
El señor Du Pont se arrellanó en la butaca. Llegaron los vasos.
—A su salud, señor, a su salud. Hoy es mi día de suerte, seguro.
Bond sonrió sin soltar prenda y bebió.
El señor Du Pont volvió a inclinarse hacia él. Miró a su alrededor. En las mesas vecinas no había nadie; no obstante, bajó la voz.
—Me figuro que usted se está diciendo: «Me gusta volver a ver a Junius Du Pont, pero ¿de qué se trata? ¿Por qué se siente tan dichoso al verme precisamente esta noche?». —El señor Du Pont arqueó las cejas como interpretando el papel de Bond. Bond adoptó una expresión de educada curiosidad. El otro se inclinó todavía más sobre la mesa—. Ea, confío en que me perdonará, señor Bond. No acostumbro a fisgonear en los secre… digo, los asuntos de los demás; pero después de aquella partida en el Royale me enteré de que usted no solo era un gran jugador de naipes, sino también un… hummm… ¿cómo lo diré…? Un investigador. Ya sabe, una especie de agente secreto.
El señor Du Pont se había puesto muy colorado por su propia indiscreción. Se echó atrás de nuevo, sacó un pañuelo y se enjugó la frente. Miraba ansioso a Bond.
Este levantó los hombros. Los ojos azul grisáceo que miraban al fondo de los del señor Du Pont, que se habían vuelto duros y vigilantes a pesar de la turbación de su dueño, expresaban una mezcla de candor, ironía y pesadumbre.
—Sí, solía chapucear con esas cosas. Una especie de resaca de la guerra. Uno seguía considerando divertido el jugar a los pieles rojas. Pero en tiempos de paz eso no tiene porvenir.
—Claro, claro. —El señor Du Pont apartó el problema con un gesto de la mano que sostenía el cigarrillo. Al formular la siguiente pregunta y aguardar una nueva mentira, sus ojos evitaron los de Bond, el cual se decía: «Estas ropas de Brooks Brothers esconden a un lobo. Este hombre es astuto»—. Y ahora, ¿se ha establecido definitivamente? —Du Pont sonreía con aire paternal—. ¿Qué eligió?, si me perdona la pregunta.
—Importaciones y exportaciones. Estoy en la Universal. Tal vez los conozca usted.
El señor Du Pont continuó el juego.
—Hummm… Universal. Deje que piense. Pues sí, seguro que los he oído nombrar. No puedo decir que haya tenido tratos con ellos, pero imagino que nunca es demasiado tarde —dijo, y se rio entre dientes—. Tengo un montón de bienes dispersos por ahí. Lo único en lo que puedo decir sinceramente que no he invertido nada es en productos químicos. Quizá sea una desgracia para mí, señor Bond, pero no soy uno de los Du Pont químicos.
Bond decidió que el hombre estaba muy satisfecho de su tipo particular de Du Pont. Pero no hizo ningún comentario, y dirigió una mirada al reloj para apresurar la jugada del otro, al tiempo que tomaba nota de que debía manejar sus cartas con cuidado. El señor Du Pont tenía una cara sonrosada y bonachona de niño, con una boca turgente, más bien femenina, con labios regordetes y doblados. Parecía tan inofensivo como cualquiera de aquellos norteamericanos de mediana edad, armados de cámaras fotográficas, que se paran delante del palacio de Buckingham. Pero Bond percibía muchas cualidades duras, recias, tras aquella fachada bobalicona.
El ojo alerta del señor Du Pont captó la mirada que Bond dirigía al reloj, y consultó el suyo.
—¡Cielos, oh, cielos! Las siete, y aquí estoy yo charlando todo el rato, sin pasar al tema principal. Pues mire, señor Bond, tengo un problema sobre el que agradecería mucho su consejo. Si puede concederme el tiempo preciso y si tenía la idea de pasar la noche aquí, en Miami, yo consideraría un verdadero favor que me permitiese hospedarle. —El señor Du Pont levantó la mano—. Veamos, creo que puedo prometerle que estará a gusto. Se da el caso de que soy propietario de una parte del Floridiana. ¿Sabía, acaso, que lo inauguramos aproximadamente en Navidad? Tengo la satisfacción de decir que es un negocio floreciente. Empujando al viejecito Fountain Blue. —El señor Du Pont soltó una carcajada indulgente—. Así es como llamamos al Fontainebleau por esta zona. Bien, ¿qué dice usted, señor Bond? Tendrá las mejores habitaciones… aunque haya de costarme el echar a la calle a unos cuantos clientes de los que pagan bien. Y, además, me haría un verdadero favor.
El señor Du Pont tenía un aire de súplica. Bond ya había decidido aceptar… a ciegas. Fuera cual fuese el problema del señor Du Pont —chantaje, gángsteres, mujeres—, sería una molestia de rico. Ahí se le ofrecía un pedazo de la vida fácil que había estado pidiendo. A cogerla. Bond inició unas frases de excusa. El señor Du Pont le interrumpió:
—Se lo ruego, se lo ruego, señor Bond. Y, créame, le quedo muy agradecido; agradecido de veras.
Chasqueó los dedos llamando a la camarera. Cuando esta llegó, se volvió de espaldas a Bond y pagó la cuenta sin que este pudiera ver cuánto era. Como muchos hombres opulentos, consideraba que mostrar su dinero, dejar que otro viese qué propina daba, equivalía a una exhibición deshonesta. Volvió a meterse el fajo de billetes en el bolsillo lateral de los pantalones (el de la cadera no es el acostumbrado entre ricos) y cogió a Bond del brazo; pero al percibir la resistencia que oponía el agente al contacto, retiró la mano. Los dos hombres bajaron las escaleras y entraron en el salón principal.
—Bien, vamos a confirmar su reserva.
El señor Du Pont se dirigió al mostrador de la Transamérica y en pocas y breves frases exhibió su poder y eficacia en aquel su reino estadounidense.
—Sí, señor Du Pont. Con toda seguridad, señor Du Pont. Yo me encargaré de ello, señor Du Pont.
Fuera, un Chrysler resplandeciente se acercó al bordillo como con un suspiro. El chófer, hombre fornido y vestido de uniforme color bizcocho, se apresuró a abrir la portezuela. Bond subió y se acomodó en el blando tapizado. El interior del coche era deliciosamente fresco, casi frío. El representante de la Transamérica resoplaba con la maleta de Bond; luego la entregó al chófer y, con una leve reverencia, volvió a entrar en la terminal.
—A Bill’s on the Beach —le dijo el señor Du Pont al chófer. El espacioso coche se deslizó por el atestado aparcamiento y salió a la avenida.
El señor Du Pont se acomodó también.
—Espero que le gusten los cangrejos pedreros, señor Bond. ¿Los ha probado?
Bond dijo que sí, que le gustaban mucho.
El señor Du Pont habló del Bill’s on the Beach y de los méritos comparativos de la carne de los cangrejos pedreros y de Alaska mientras el Chrysler Imperial volaba por el centro de Miami, a lo largo de Biscayne Boulevard, cruzando Biscayne Bay por Douglas MacArthur Causeway. Bond hacía los comentarios oportunos, dejándose llevar por la agradable corriente de velocidad, comodidad y conversación amena e intrascendente.
Pararon delante de una fachada de imitación Regencia, de listones y estuco, pintada de blanco. Una caligrafía en neón rosa decía: bill’s on the beach. Mientras bajaba del coche, Bond oyó que el señor Du Pont daba instrucciones al chófer, y entendió las palabras:
—La suite Aloha, y si hay algún inconveniente, dile al señor Fairlie que me telefonee aquí. ¿De acuerdo?
Subieron las escaleras. Dentro, la espaciosa sala lucía con su decorado blanco con guirnaldas de muselina rosa sobre las ventanas. En las mesas, luces rosadas. El restaurante estaba lleno de gente disfrazada, que vestía carísimos atuendos tropicales: camisas chillonas, brillantes, tintineantes brazaletes de oro, gafas oscuras con gemas en las monturas y elegantes sombreros de paja. Se percibía una confusión de olores. Entre ellos se notaba bien el olor de los cuerpos mismos, tendidos al sol todo el día. Bill, un italiano afeminado, corrió hacia ellos.
—¡Caramba, señor Du Pont! Es un placer, señor. Un poco lleno esta noche. Pronto los tendré colocados. Por aquí, se lo ruego.
Sosteniendo sobre la cabeza un gran menú encuadernado en piel, el hombre se abrió paso entre los parroquianos hasta la mejor mesa de la sala, una mesa para seis, situada en un rincón. Apartó dos sillas, llamó con un chasquido de los dedos al maître y al camarero encargado del vino, extendió un par de menús delante de los recién llegados, intercambió unos cumplidos con el señor Du Pont y los dejó.
El señor Du Pont cerró su menú de golpe y le dijo a Bond:
—Veamos, ¿por qué no me confía este menester a mí? Si hay algo que no le guste, devuélvalo a la cocina. —Dirigiéndose al camarero, añadió—: Cangrejos pedreros. No congelados; frescos. Mantequilla derretida. Tostada gruesa. ¿De acuerdo?
—Muy bien, señor Du Pont.
El sumiller, frotándose las manos, sustituyó a su compañero.
—Dos copas de champán rosado. El Pomery 1950. Jarras de plata. ¿De acuerdo?
—Muy bien, señor Du Pont. ¿Un cóctel para empezar? —el camarero del vino arrastraba exageradamente las erres.
El señor Du Pont se volvió hacia su invitado, sonriendo y enarcando las cejas. Bond dijo:
—Martini con vodka, por favor. Con un trozo de corteza de limón.
—Traiga dos —dijo el señor Du Pont—. Dobles.
El camarero se alejó apresuradamente. El señor Du Pont se arrellanó en la silla, sacó los cigarrillos y el encendedor, paseó la mirada por
