1
¿Por qué dejaste que tus ojos se posaran en mí
y contuviste la respiración?
Por mucho tiempo que pase
ya no podremos fingir que eso no sucedió.
MARY ELIZABETH COLERIDGE, Un momento
De todas las parejas que había en el bar Rivoli del Ritz aquel jueves por la noche, la que mejor se lo estaba pasando, sin lugar a dudas, en realidad no era una pareja.
Cormoran Strike y Robin Ellacott, detectives privados, socios y mejores amigos confesos, estaban celebrando el trigésimo cumpleaños de Robin. Habían llegado algo cohibidos al bar, que parecía un joyero art déco, con esas paredes de madera oscura llenas de ornamentos dorados y los paneles decorativos de cristal Lalique, pues eran conscientes de que aquel encuentro no tenía precedente en los casi cinco años que hacía que se conocían. Era la primera vez que decidían pasar una velada juntos fuera del trabajo sin que intervinieran otros amigos o colegas y sin la excusa de una herida (hubo otra ocasión, semanas atrás, cuando Strike, sin querer, le dejó los dos ojos morados a su socia y la invitó a un curry para llevar a modo de disculpa).
Ambos habían dormido bastante bien, lo que aún era más inusual, así que tenían muy buen aspecto. Robin llevaba un vestido azul ajustado y el pelo rubio rojizo recién lavado y suelto, y su socio se había percatado de las miradas de admiración que, al pasar, había recibido de los clientes masculinos del local. Él ya había elogiado el ópalo que adornaba el hueco de la base de su cuello, un regalo de los padres de Robin por su trigésimo cumpleaños. Los diminutos brillantes que lo rodeaban formaban un halo reluciente bajo las luces cálidas del bar y, cada vez que Robin se movía, en el fondo del ópalo centelleaban chispas de un rojo intenso.
Strike llevaba su traje italiano favorito con una camisa blanca y corbata oscura. Al haberse afeitado la barba que se había dejado crecer hacía poco, su parecido con un Beethoven con la nariz rota y un poco de sobrepeso se había acentuado, pero la sonrisa cariñosa de la camarera cuando le sirvió su primer Old Fashioned le recordó a Robin lo que la nueva mujer de su ex marido, Sarah Shadlock, había dicho en una ocasión del detective: «Tiene un atractivo muy peculiar, ¿verdad? Va como desaliñado. Pero a mí eso nunca me ha importado.»
Qué mentirosa era: a Sarah le gustaban los hombres guapos y pulcros, como había demostrado con la implacable y finalmente fructífera persecución a la que había sometido a Matthew.
Sentados frente a frente en sendas sillas con estampado de leopardo en su mesa para dos, al principio Strike y Robin habían atenuado su ligera turbación hablando de trabajo. Mientras charlaban sobre los casos que en ese momento llevaba la agencia de detectives, se habían tomado cada uno un potente cóctel, y sus risas, cada vez más sonoras, habían empezado a llamar la atención tanto de los camareros como de los clientes. Al poco rato, Robin tenía los ojos brillantes y las mejillas ligeramente sonrojadas. Incluso Strike, que era mucho más corpulento que su socia y aguantaba muy bien la bebida, había ingerido suficiente bourbon como para sentirse alegre y ligero.
Después del segundo cóctel, la charla se volvió más personal. Strike, que era el hijo ilegítimo de un famoso cantante de rock al que sólo había visto dos veces, le contó a Robin que una de sus hermanastras, Prudence, quería quedar con él.
—¿Qué hermana es? —preguntó Robin. Sabía que el padre de Strike se había casado tres veces, y que su socio era el resultado de la relación de una sola noche con una mujer que la prensa solía describir como una «supergroupie», pero tenía una idea un tanto vaga del resto del árbol genealógico.
—Es la otra ilegítima —dijo Strike—. Es algo más joven que yo. Su madre era aquella actriz, Lindsey Fanthrope, ¿te suena? Una mulata. Ha salido en todas partes: EastEnders, The Bill...
—¿Y tú quieres ver a Prudence?
—No estoy seguro —admitió Strike—. No puedo evitarlo: tengo la impresión de que no doy abasto con tanta familia. Y además es terapeuta.
—¿De qué escuela?
—Junguiana.
La expresión del detective, que combinaba recelo y desagrado, hizo reír a Robin.
—¿Qué tiene de malo ser psicóloga junguiana?
—No lo sé. Me cayó bastante bien cuando leí sus mensajes, pero...
Tratando de dar con las palabras adecuadas, la mirada de Strike fue a parar al panel de bronce de la pared que Robin tenía detrás, y que representaba a Leda desnuda siendo fecundada por Zeus metamorfoseado en un cisne.
—Verás, me dijo que para ella tampoco fue fácil tenerlo de padre. Pero cuando me enteré de cómo se gana la vida...
Dejó la frase sin terminar y dio otro sorbo de bourbon.
—¿Pensaste que no era sincera?
—No, no que no fuese sincera, exactamente... —Strike soltó un suspiro—. Es que ya he tenido que aguantar que varios psicólogos de pacotilla me expliquen por qué vivo como vivo y lo atribuyan todo a mi familia, por llamarla de alguna forma. En uno de sus mensajes, Prudence decía que, para ella, perdonar a Rokeby había sido «curativo». ¡Eh, pero a la mierda! —dijo de pronto Strike—. Es tu cumpleaños, hablemos de tu familia. ¿De qué trabaja tu padre? Nunca me lo has contado.
—¿Ah, no? —Robin pareció un poco sorprendida—. Es catedrático de medicina, producción y reproducción de ovejas.
Strike se atragantó con el cóctel.
—¿Te parece gracioso? —preguntó Robin arqueando las cejas.
—Perdona —se disculpó Strike tosiendo y riendo a la vez—. Es que no me lo esperaba.
—Pues que sepas que es una eminencia —dijo Robin, ofendida.
—Catedrático de Medicina y... ¿cómo era?
—Medicina, producción y repro... ¿Por qué te hace tanta gracia? —preguntó Robin al ver que Strike se echaba a reír otra vez.
—No lo sé, a lo mejor es lo de «producción» y «reproducción». Y también lo de las ovejas.
—Detrás de su nombre hay cuarenta y seis letras. Una vez las conté, cuando era pequeña.
—Impresionante. —Strike tomó otro sorbo de bourbon e intentó ponerse serio—. ¿Y a raíz de qué se interesó por las ovejas? ¿Fue un interés temprano o lo cautivó especialmente alguna oveja a la que...?
—¡No se las folla, Strike!
Las nuevas risotadas del detective dieron pie a que se giraran varias cabezas.
—Su hermano mayor heredó la granja familiar, así que mi padre estudió veterinaria en Durham, y sí, se especializó... ¿Quieres parar de reír? También dirige una revista.
—Dime que es sobre ovejas, por favor.
—Pues sí. Gestión de ovejas —dijo Robin—. Y antes de que me lo preguntes: no, no incluye ninguna sección fotográfica del tipo «Las ovejas de nuestros lectores».
Esta vez la carcajada de Strike resonó por todo el bar.
—Contrólate —dijo Robin, sonriendo pero consciente de que mucha gente los estaba observando—. A ver si éste va a ser el segundo bar de Londres donde nos prohíben entrar.
—En el American Bar no nos han prohibido entrar, ¿no?
Los recuerdos de Strike de los momentos posteriores a su intento de darle un puñetazo a un sospechoso en el Stafford Hotel eran un tanto confusos, y no porque entonces estuviera borracho, sino porque lo había cegado la ira.
—Quizá no nos hayan prohibido la entrada explícitamente, pero atrévete a volver allí, a ver cómo te reciben.
Robin pescó una de las últimas aceitunas de los platillos que les habían servido con la primera copa. Cormoran ya se había terminado él solo las patatas fritas.
—El padre de Charlotte tenía ovejas —comentó Strike, y Robin sintió aquel leve escalofrío de curiosidad que siempre experimentaba cuando el detective mencionaba a su ex prometida, lo que no sucedía casi nunca.
—¿En serio?
—Sí, en Arran. Tenía un casoplón allí con su tercera mujer. La ganadería era un hobby para él, como te puedes imaginar. Seguro que obtenía alguna deducción de impuestos. Eran unas cabronas del demonio. Me refiero a las ovejas. No recuerdo el nombre de la raza... Eran blancas y negras. Con unos cuernos enormes y los ojos amarillos.
—Jacob, seguramente —dijo Robin y, al ver que Strike sonreía, añadió—: Crecí con una enorme pila de ejemplares de Gestión de ovejas al lado del váter, así que es evidente que conozco las diferentes razas. ¿Cómo es Arran?
En realidad, lo que había querido decir era: «¿Cómo era la familia de Charlotte?»
—Bonita, por lo que recuerdo, pero sólo estuve una vez en la casa. No volvieron a invitarme. El padre de Charlotte no quería verme ni en pintura.
—¿Por qué?
Strike se terminó el cóctel antes de contestar.
—Bueno, había varias razones, pero creo que la primera de la lista era que su mujer intentó seducirme.
Robin lanzó un grito de sorpresa mucho más alto de lo que había calculado.
—Como lo oyes. Yo debía de tener veintidós o veintitrés años. Ella, por lo menos cuarenta. Era muy guapa, si te gustan las flacas cocainómanas.
—¿Cómo...? ¿Qué...?
—Habíamos ido a Arran a pasar el fin de semana. Scheherazade, así se llamaba la madrastra, y el padre de Charlotte bebían como cosacos. La mitad de la familia también tenía problemas con las drogas, todas las hermanastras y los hermanastros.
»Después de cenar, nos quedamos los cuatro tomando copas. A su padre yo no le había caído demasiado bien ya desde el principio. Él esperaba algo más aristocrático. Nos habían puesto a Charlotte y a mí en dormitorios separados en diferentes pisos.
»Sobre las dos de la madrugada subí a mi buhardilla. Me desvestí, me desplomé en la cama bastante borracho, apagué la luz y, al cabo de un par de minutos, se abrió la puerta. Pensé que era Charlotte, como es lógico. La habitación estaba completamente a oscuras. Me aparté, ella se metió en la cama a mi lado...
Robin se dio cuenta de que tenía la boca abierta y la cerró.
—... completamente desnuda. Yo seguí sin enterarme. Ten en cuenta que me había cascado una botella de whisky casi entera. Ella... Bueno, me agarró lo que tú ya sabes...
Robin se tapó la boca con la mano.
—Nos besamos y, cuando me susurró que se había fijado en que yo le había mirado las tetas mientras se agachaba delante de la chimenea, me di cuenta de que estaba en la cama con mi anfitriona. Ya sé que no tiene importancia, pero yo no le había mirado las tetas. Estaba pendiente de ella por si se caía. Iba tan pedo que creí que iba a caerse de cabeza cuando se inclinó para echar un tronco al fuego.
—¿Y qué hiciste? —preguntó Robin sin quitar la mano de la boca.
—Salté de la cama como si me hubieran puesto un petardo en el culo. —Robin rompió a reír otra vez—. Tropecé con el aguamanil, lo tiré al suelo y rompí una gigantesca jarra victoriana. Ella se limitó a reír. Me dio la impresión de que esperaba que yo volviera inmediatamente a la cama en cuanto me hubiese recuperado del susto. Estaba buscando los calzoncillos a tientas cuando la verdadera Charlotte abrió la puerta.
—¡Dios mío!
—Sí, no le hizo mucha gracia encontrarnos a su madrastra y a mí desnudos en el mismo dormitorio. No sé a cuál de los dos quería matar primero. Los gritos despertaron a sir Anthony, que subió a toda prisa con su batín de brocado. Estaba tan borracho que no se lo había abrochado bien. Encendió la luz y se quedó allí plantado con un bastón con asiento plegable en la mano, y no se percató de que se le veía el nabo hasta que su mujer se lo señaló. «Anthony, estamos viendo a Johnny Winkle», le dijo.
Robin se echó a reír tan estrepitosamente que Strike tuvo que esperar a que se serenara para retomar su relato. No lejos de su mesa, sentado en un taburete de la barra, un hombre de pelo canoso observaba a Robin con una sonrisita en los labios.
—Y entonces, ¿qué pasó? —preguntó Robin entrecortadamente, enjugándose las lágrimas con la diminuta servilleta que le habían llevado con la bebida.
—Bueno, que yo recuerde, Scheherazade no se molestó en justificarse. De hecho, parecía encontrarlo todo muy divertido. Charlotte se abalanzó sobre ella, y yo la contuve. Sir Anthony, por lo visto, opinaba que era todo culpa mía por no haber cerrado con llave la puerta del dormitorio, y Charlotte estaba casi dispuesta a darle la razón. Pero vivir en casas ocupadas con mi madre no me había preparado para saber qué esperar de la aristocracia. En general, yo diría que la gente se comportaba mucho mejor en las casas ocupadas.
Levantó una mano para indicarle a la sonriente camarera que querían otra copa, y Robin, con las costillas doloridas de tanto reír, se levantó.
—Necesito ir al servicio —dijo sin aliento, y el hombre de pelo canoso que estaba sentado a la barra la siguió con la mirada cuando se alejó.
Los cócteles que se habían tomado eran pequeños pero muy fuertes, y Robin, que se pasaba muchas horas haciendo vigilancia en zapatillas de deporte, ya no estaba acostumbrada a llevar zapatos de tacón. Tuvo que sujetarse firmemente al pasamanos para bajar por la escalera con alfombra roja que conducía a los servicios de señoras más palaciegos que Robin había visto jamás. Estaban decorados con el rosa pálido de un macaron de fresa y tenían lavamanos redondos de mármol, un sofá de terciopelo y las paredes adornadas con murales que representaban ninfas de pie sobre los nenúfares de un lago.
Al salir del lavabo, Robin se arregló el vestido y se acercó al espejo para ver si se le había corrido el rímel de tanto reír. Se lavó las manos y pensó en la historia que acababa de contarle Strike. La había encontrado graciosísima, pero también era ligeramente intimidante. A pesar de la amplia variedad de excentricidades humanas que Robin había descubierto desde que trabajaba de detective, muchas de ellas de carácter sexual, a veces se daba cuenta de lo inexperta e ingenua que era comparada con otras chicas de su edad. Su experiencia en el ámbito de las aventuras sexuales era prácticamente nula. Sólo había tenido una pareja. Aunque también era cierto que tenía motivos de sobra —más que otras chicas de su edad— para preocuparse de con quién se metía en la cama. Un hombre maduro con una mancha de vitíligo debajo de la oreja izquierda había asegurado desde el banquillo de los acusados que, a los diecinueve años, Robin lo había invitado a mantener relaciones sexuales en el hueco oscuro de una escalera, y que la había estrangulado hasta dejarla inconsciente porque ella le había dicho que «le gustaban los hombres duros».
—Me parece que a partir de ahora voy a beber agua —dijo Robin cinco minutos más tarde, cuando volvió a sentarse enfrente de Strike—. Estos cócteles son peligrosísimos.
—Demasiado tarde —dijo Strike mientras la camarera les ponía dos copas delante—. ¿Te apetece un sándwich para llenar un poco el estómago?
Le acercó el menú. Los precios eran desorbitados.
—No, mira...
—Si no hubiese estado dispuesto a apoquinar, no te habría invitado al Ritz —dijo Strike haciendo un amplio ademán con el brazo—. Habría encargado un pastel, pero...
—Ya lo ha hecho Ilsa, para mañana por la noche, ¿no? —especuló Robin.
Al día siguiente, un grupo de amigos, incluido Strike, iban a celebrar el cumpleaños de Robin cenando juntos. Su amiga en común lo había organizado todo.
—Sí. Se suponía que no tenía que decírtelo, así que hazme el favor de hacerte la sorprendida. Por cierto, ¿sabes quién vendrá a la cena? —preguntó Strike. Sentía cierta curiosidad por saber si habría alguien a quien él no conocía, en especial algún hombre.
Robin enumeró a todas las parejas.
—Y tú y yo, concluyó.
—¿Quién es Richard?
—El nuevo novio de Max —contestó Robin. Max era su casero y compañero de piso, un actor que le alquilaba un dormitorio porque necesitaba ese ingreso para pagar la hipoteca—. Estoy empezando a pensar que tendría que marcharme de su casa, por cierto —añadió.
Apareció la camarera y Strike pidió sándwiches para los dos. Luego continuó:
—¿Por qué te lo estás planteando?
—Bueno, a Max le pagan muy bien por su trabajo en ese programa de televisión, acaban de anunciar una segunda temporada, y Richard y él parecen muy enamorados. No quiero esperar demasiado y que tengan que pedirme que me marche. Además... —Tomó un sorbo del cóctel que acababan de servirle—. Tengo treinta años. Ya va siendo hora de que viva sola, ¿no te parece?
Strike se encogió de hombros.
—Yo no creo que sea obligatorio hacer determinadas cosas a determinadas edades. Eso le va mucho más a Lucy.
Lucy era la hermanastra con la que Strike había pasado gran parte de su infancia, porque ambos eran hijos de la misma madre. Lucy y él tenían, en general, opiniones opuestas sobre lo que constituían los placeres y las prioridades de la vida. A Lucy le angustiaba que Strike, que tenía casi cuarenta años, siguiera viviendo solo en dos habitaciones de alquiler encima de su oficina, sin ninguna de las responsabilidades estabilizadoras (esposa, hijos, hipoteca, asociaciones de padres, fiestas de Navidad de compromiso con los vecinos...) que su madre también había esquivado de forma sistemática.
—No sé, yo creo que ya va siendo hora de que tenga mi propio piso —dijo Robin—. Echaré de menos a Wolfgang, pero...
—¿Quién es Wolfgang?
—El perro salchicha de Max —dijo Robin, sorprendida por el tono cortante de Strike.
—Ah, creía que era algún alemán que habías conocido y que te gustaba.
—Ja, ja. No.
Estaba bastante borracha, francamente. Confiaba en que los sándwiches sirvieran de algo.
—No —repitió—. Max no es de los que intentan que me líe con alemanes. Y la verdad es que se lo agradezco.
—¿Qué pasa, que hay mucha gente que intenta liarte con alemanes?
—No, con alemanes no, pero... Bueno, ya sabes lo que pasa. Vanessa no para de decirme que necesito hacerme una cuenta de Tinder, y mi prima Katie quiere presentarme a un amigo suyo que acaba de venir a vivir a Londres. Lo llaman «el Hacha».
—¿El Hacha? —repitió Strike.
—Sí, porque se llama... no me acuerdo, pero su nombre suena como «hacha» o algo así. —Robin hizo un gesto vago con la mano—. Se ha divorciado hace poco, y por eso Katie cree que estamos hechos el uno para el otro. Digo yo que por mucho que dos personas se hayan cargado un matrimonio anterior no tienen por qué ser compatibles. De hecho, más bien...
—Tú no te cargaste tu matrimonio —la interrumpió Strike.
—Claro que sí —lo contradijo Robin—. Nunca debí casarme con Matthew. Nuestra relación era un desastre y no hacía más que empeorar.
—El que te puso los cuernos fue él.
—Pero yo era la que no quería estar allí. Yo fui la que quiso poner fin a la relación durante la luna de miel y entonces se echó atrás...
—¿Ah, sí? —dijo Strike, para quien esa información era nueva.
—Sí. En el fondo sabía que aquello no podía funcionar.
Por un instante se transportó a las Maldivas y a aquellas noches calurosas en que paseaba sola por la playa de arena blanca preguntándose si estaba enamorada de Cormoran Strike mientras Matthew dormía en el bungalow.
Llegaron los sándwiches y Robin pidió un vaso de agua. Comieron en silencio durante un minuto hasta que Strike dijo:
—Yo no me haría una cuenta de Tinder.
—¿No te la harías tú o no debería hacérmela yo?
—Las dos cosas —dijo Strike. Ya se había terminado un sándwich y había empezado el segundo, mientras que Robin sólo había dado un par de bocados—. En nuestra profesión no es conveniente aparecer demasiado en las redes sociales.
—Eso fue lo que le dije a Vanessa. Pero ella me dijo que podía usar un nombre falso hasta que encontrase a alguien que me gustara.
—Ya, no hay nada como mentir sobre tu propio nombre para construir una base de confianza sólida —dijo Strike, y Robin volvió a reír.
Strike pidió más cócteles y Robin no protestó. En el bar ya había más gente que cuando ellos habían llegado, el murmullo de las conversaciones era más fuerte y los cristales de las arañas de luces estaban rodeados por una aureola brumosa. Robin sentía un cariño indiscriminado por todas las personas presentes en el local, desde la pareja de ancianos que hablaba en voz baja y bebía champán a los ajetreados bármanes con su chaqueta blanca y el hombre de pelo canoso que le sonrió cuando ella miró a su alrededor. Y sobre todo sentía cariño por Cormoran Strike, que le estaba regalando un cumpleaños maravilloso, memorable y carísimo.
En cuanto a Strike, que realmente no le había mirado los pechos a Scheherazade Campbell aquel día, estaba esforzándose por ser igual de cortés con su socia, pero nunca la había visto tan guapa, ruborizada por la bebida y la risa y con el pelo rubio rojizo reluciente bajo el resplandor difuso de la cúpula dorada que tenían encima. Cuando Robin se agachó para recoger algo del suelo, se reveló un profundo escote bajo el ópalo de su colgante.
—La colonia —dijo al enderezarse. Había cogido la bolsita morada de Liberty que contenía el regalo de cumpleaños de Strike—. Quiero ponerme un poco.
Deshizo el lazo, retiró el papel de regalo y extrajo la botellita cuadrada. Strike la vio aplicarse una pequeña cantidad en cada muñeca y luego, aunque se obligó a desviar la mirada, en el espacio entre sus pechos.
—Me encanta —dijo, y se acercó una muñeca a la nariz—. Gracias.
A Strike le llegó la fragancia: pese a tener el sentido del olfato ligeramente deteriorado después de haber fumado tantos años, detectó el olor a rosas y el matiz de almizcle, una combinación que le hizo pensar en piel caliente expuesta al sol.
Llegaron los cócteles.
—Creo que se le ha olvidado mi agua —dijo Robin tras dar el primer sorbo de su Manhattan—. Éste tiene que ser el último. Últimamente casi nunca llevo tacones. No me gustaría caerme de morros en medio del Ritz.
—Te pediré un taxi.
—Ya has gastado demasiado.
—No nos va mal económicamente —señaló Strike—. Por primera vez.
—Ya lo sé. ¿Verdad que es fantástico? Tenemos una cuenta bancaria saneada y no deja de entrarnos trabajo. ¡Strike, hemos triunfado! —dijo Robin sonriente, y Strike le devolvió la sonrisa.
—¿Quién lo iba a decir?
—Yo — contestó Robin.
—Cuando me conociste, estaba casi arruinado, dormía en un camastro en mi despacho y sólo tenía un cliente.
—¿Y? Me gustó que no te hubieses rendido —replicó ella—, y enseguida me di cuenta de que eras muy bueno en tu trabajo.
—¿Y cómo demonios supiste eso?
—Bueno, te vi trabajar, ¿no?
—¿Te acuerdas de cuando nos trajiste aquella bandeja con café y galletas? —dijo Strike—. ¿A mí y a John Bristow, la primera mañana? No entendía de dónde habías sacado todo aquello. Fue como si hubieras hecho un truco de magia.
Robin rió.
—Se lo pedí al vecino de abajo.
—Y te referiste a «nosotros»: «He pensado que, si le hemos ofrecido café al cliente, debemos dárselo...»
—¡Qué buena memoria! —exclamó Robin, sorprendida de que el detective hubiese reproducido sus palabras exactas casi sin pensar.
—Sí, bueno... Tú no eres una... persona normal y corriente —afirmó Strike.
Cogió su copa, casi vacía, y la alzó.
—Por la Agencia de Detectives Strike y Ellacott. Y felices treinta.
Robin cogió su copa, la entrechocó con la de Strike y se la terminó.
—Mierda, Strike, mira qué hora es —dijo de repente al ver la hora en su reloj—. Tengo que levantarme a las cinco para seguir al novio de la señorita Jones.
—Sí, vale —refunfuñó Strike, que habría podido quedarse un par de horas más en aquella cómoda silla, bajo aquella luz dorada y recibiendo aquel olor a rosas y almizcle que llegaba del otro lado de la mesa. Hizo una señal para pedir la cuenta.
Tal como ella misma había previsto, a Robin le costó caminar con los zapatos de tacón cuando se levantó de la mesa, y tardó mucho más de lo que habría sido normal en localizar la ficha del guardarropa en el fondo de su bolso.
—¿Me aguantas esto, por favor?
Le entregó a Strike la bolsa que contenía la colonia mientras hurgaba en su bolso.
Después de recuperar la chaqueta de Robin, Strike tuvo que ayudarla a ponérsela.
—Estoy pero que muy borracha... —murmuró Robin al recuperar la bolsita morada, y al cabo de unos segundos lo demostró torciéndose un tobillo al pisar el borde de la alfombra redonda roja que cubría el suelo de mármol del vestíbulo y resbalando hacia un lado. Strike la sujetó y dejó el brazo alrededor de su cintura para guiarla por una de las entradas laterales que flanqueaban la puerta giratoria, porque no confiaba en que fuese capaz de hacerlo ella sola.
—Lo siento... —dijo Robin mientras bajaban con cuidado los altos escalones de piedra de la entrada del Ritz.
Strike seguía abrazándole la cintura.
A ella le gustaba notarlo, corpulento y tibio, a su lado: casi siempre era ella quien lo sujetaba a él, cuando el muñón de su pierna derecha se negaba a seguir soportando su peso tras algún imprudente sobreesfuerzo. El detective la abrazaba tan firmemente que Robin casi tenía la cabeza apoyada en su pecho y, a pesar de su acostumbrado olor a humo de cigarrillos, podía oler la loción de afeitado que se había aplicado para aquella ocasión especial.
—¡Taxi! —dijo Strike señalando con el dedo, cuando un taxi negro se acercó a ellos reduciendo poco a poco la velocidad.
—Strike —dijo Robin, y se apoyó en él para poder mirarlo a los ojos.
Quería darle las gracias y decirle que había pasado una velada maravillosa, pero, cuando sus miradas se encontraron, le fallaron las palabras. Durante un brevísimo instante, todo lo que los rodeaba se volvió borroso, como si se hallaran en el ojo de un tornado a cámara lenta de motores ronroneantes, luces que pasaban de largo, transeúntes y cielo salpicado de nubes. Lo único real eran su tacto y su olor, los de los dos, y Strike, mirando el rostro de Robin vuelto hacia él, olvidó por un segundo todos los rígidos propósitos que lo habían refrenado durante casi cinco años e inclinó infinitesimalmente la cabeza orientando su boca hacia la de ella.
De forma inconsciente, Robin mudó la expresión de felicidad a otra de miedo. Él lo vio y se enderezó, y antes de que ninguno de los dos pudiera procesar lo que acababa de ocurrir, el rugido terrenal de la motocicleta de un mensajero anunció el regreso del mundo a su curso normal; el tornado había pasado de largo, Strike guiaba a Robin hacia la portezuela abierta del taxi, y ella se dejaba caer en el sólido asiento trasero.
—Buenas noches —dijo él.
La portezuela se había cerrado y el taxi había arrancado antes de que Robin, aturdida, pudiese decidir qué sentimiento dominaba en ella: la conmoción, la euforia o el arrepentimiento.
2
¡Ven y déjame hablar contigo, fragmento
de inmortalidad: mi propio corazón!
MARIA JANE JEWSBURY, A mi propio corazón
Los días posteriores a su velada en el Ritz estuvieron llenos de nervios y suspense para Robin. Era consciente de que Strike había formulado una pregunta tácita y de que, sorprendida con la guardia baja y llena de bourbon y vermut, ella había contestado en silencio con un contundente «no». Ahora Strike mostraba una actitud más reservada, un brío ligeramente forzado, y evitaba con firme resolución cualquier tema personal. Se diría que las barreras que habían derribado a lo largo de los cinco años que llevaban trabajando juntos volvían a separarlos. Robin temía haber herido a Strike, y no subestimaba lo que hacía falta para herir a un hombre tan sereno, seguro de sí mismo y resiliente como su socio.
Strike, por su parte, estaba sumamente disgustado consigo mismo. Había sido una estupidez dar aquel paso, aunque no lo hubiese consumado: ¿acaso no había llegado a la conclusión, meses atrás, de que era imposible mantener una relación sentimental con su socia? Pasaban demasiado tiempo juntos, estaban atados legalmente el uno al otro por el negocio, y él valoraba demasiado su amistad como para ponerla en peligro, así que, ¿por qué, bajo el dorado resplandor de aquellos cócteles de precio astronómico, había tirado por la borda todos sus buenos propósitos y había cedido a aquel poderoso impulso?
Esa autocensura se mezclaba con sentimientos aún más desagradables. El caso era que, gracias a su gran talento para interpretar a las personas, a Strike pocas veces lo había rechazado una mujer. Por primera vez, había dado un paso sin estar seguro de que sería bien recibido, y desde luego ninguna otra mujer había reaccionado como Robin: con una alarma que, en sus peores momentos, Strike interpretaba como verdadera repugnancia. Además de faltarle una pierna, tenía la nariz rota, unos kilos de más y un cabello castaño oscuro, grueso y rizado que sus compañeros de colegio siempre habían comparado con el vello púbico, aunque hasta entonces nada de todo eso le había impedido ligarse a mujeres bellísimas. De hecho, sus amigos varones, para quienes el atractivo físico del detective era del todo inexistente, le habían expresado a menudo su resentimiento y su incapacidad para comprender cómo podía llevar una vida sexual tan activa. Tal vez fuese una muestra de vanidad y arrogancia por su parte pensar que todavía conservaba el encanto que había impresionado a sus anteriores novias, ahora que su tos matutina empezaba a empeorar y que habían aparecido las primeras canas.
Peor aún era pensar que había malinterpretado por completo los sentimientos de Robin durante años. Había dado por hecho que la ligera turbación que mostraba su socia cuando se veían obligados a mantener cierta proximidad, ya fuese física o emocional, tenía el mismo origen que la suya: la determinación de no sucumbir a la tentación. En los días posteriores al silencioso rechazo de aquel beso, repasó una y otra vez los pequeños momentos que, según él, demostraban que la atracción era mutua, y se recordó incesantemente que el día de su boda Robin había interrumpido su primer baile para seguirlo, dejando a Matthew plantado en medio de la pista. Strike y ella se habían abrazado en la escalera de los jardines del hotel —Robin, vestida de novia—, y él habría jurado haber oído que la misma idea peligrosa que llenaba su cabeza llenaba la de ella: «Huyamos, y al cuerno con las consecuencias.»
¿Habían sido sólo imaginaciones suyas?
Quizá sí.
Quizá Robin había deseado huir, pero sólo de vuelta a Londres y al trabajo. Quizá ella lo viese como un mentor y un amigo, pero nada más.
Y así, en ese estado de nerviosismo y melancolía, Strike había llegado a su cuarenta cumpleaños, marcado por una cena en un restaurante organizada, igual que la cena del cumpleaños de Robin, por sus dos amigos en común, Nick e Ilsa.
Allí, por primera vez, su socia conoció al viejo amigo de Cornualles de Strike, Dave Polworth, que, tal como Cormoran había predicho en cierta ocasión, no le cayó muy bien a Robin. Polworth era bajito y parlanchín, hacía comentarios negativos sobre todos los aspectos de la vida londinense y se refería a las mujeres, incluida la camarera que les servía, como «furcias». Robin, sentada al extremo de la mesa opuesto al de Strike, se pasó gran parte de la velada esforzándose por mantener una fatigosa charla con Penny, la mujer de Polworth, cuyos principales temas de conversación eran sus dos hijos, lo caro que era todo en Londres y lo gilipollas que era su marido.
Robin le había hecho un regalo excepcional a Strike por su cumpleaños: un acetato de prueba del primer álbum de Tom Waits, Closing Time. Sabía que Waits era su músico favorito, y su mejor recuerdo de aquella cena era la cara de sincera sorpresa y alegría de Strike cuando lo desenvolvió. Le pareció notar que volvía a estar igual de cariñoso que antes cuando le dio las gracias, y confió en que aquel obsequio le transmitiera el mensaje de que una mujer que lo encontraba repugnante no se habría tomado tantas molestias para comprarle algo que estaba convencida de que le iba a gustar.
Lo que no podía imaginar era que Strike se estaba preguntando si Robin lo consideraba contemporáneo de Waits, que tenía sesenta y cinco años.
Una semana después del cumpleaños de Strike, Andy Hutchins, el colaborador externo que más tiempo llevaba trabajando para la agencia, presentó su dimisión. Aquello fue una sorpresa: a pesar de que su esclerosis múltiple estaba en fase de remisión, el trabajo le estaba pasando factura. Le montaron a Andy una fiesta de despedida a la que asistieron todos excepto el otro colaborador externo, Sam Barclay, porque le había tocado la china y estaba siguiendo a un objetivo por el West End.
Mientras Strike y Hutchins hablaban de trabajo a un lado de la mesa del pub, en el otro Robin charlaba con su última incorporación, Michelle Greenstreet, a quien sus colegas llamaban «Midge» a petición de la propia Michelle. Era una ex policía nativa de Mánchester alta, delgada y muy en forma. Una fanática del gimnasio con unos bonitos ojos grises y el pelo castaño oscuro, corto y peinado hacia atrás. Robin se había sentido ligeramente acomplejada al ver el abdomen de piedra de Midge cuando ésta se había estirado para llegar a un archivador que estaba en el estante más alto de un armario, pero le gustaban su franqueza y el hecho de que no parecía sentirse superior a ella, aunque fuera la única de la agencia que no era ex policía ni ex militar. Esa noche, Midge le confesó por primera vez que una de las razones principales por las que había querido mudarse a Londres había sido una ruptura dolorosa.
—¿Tu ex también era policía? —le preguntó Robin.
—No. Ningún empleo le duró más de dos meses —contestó Midge con una buena dosis de rencor—. Es un genio aún no descubierto que va a escribir un best-seller o a pintar un cuadro que ganará el premio Turner. Yo era la que se pasaba el día fuera trabajando para pagar las facturas, y ella se quedaba en casa ligando en redes sociales. Rompí con ella cuando encontré su perfil de Zoosk.
—Ostras, lo siento —dijo Robin—. Mi matrimonio terminó cuando encontré un pendiente con un diamante en nuestra cama.
—Ya, me lo contó Vanessa —repuso Midge. La amiga policía de Robin era quien la había recomendado en la agencia—. Y también me dijo que fuiste tan boba que no te lo quedaste.
—Yo lo habría vendido —dijo con voz ronca Pat Chauncey, la secretaria de la agencia, irrumpiendo de improviso en la conversación. Pat era una mujer de cincuenta y siete años con la voz cascada, el pelo negro como el betún y los dientes del color del marfil viejo. Fuera de la oficina fumaba un pitillo tras otro, y dentro succionaba sin parar un cigarrillo electrónico—. En una ocasión, una fresca me envió por correo los calzoncillos de mi primer marido.
—¿En serio? —preguntó Midge.
—Ya lo creo —gruñó Pat.
—¿Y qué hiciste con ellos? —terció Robin.
—Los clavé en la puerta principal para que fueran lo primero que viese cuando volviera a casa del trabajo —contestó Pat. Le dio una profunda calada al cigarrillo electrónico y continuó—: Y a ella le envié otra cosa que no debió de olvidar fácilmente.
—¿Qué? —preguntaron Robin y Midge a la vez.
—No importa —dijo Pat—. Pero digamos que no os lo habríais untado en una tostada.
Las carcajadas de las tres mujeres llamaron la atención de Strike y de Hutchins: Cormoran miró a Robin, que le sostuvo la mirada y sonrió. Él se dio la vuelta un poco más contento que hacía un rato.
La baja de Andy volvía a poner a la agencia en dificultades; en ese momento estaban llevando varios casos que exigían mucha dedicación. El primero, y del que hacía más tiempo que se ocupaban, consistía en sacarle algún trapo sucio al ex novio de una clienta a la que apodaban «señorita Jones» y que estaba enzarzada en una cruel pelea por la custodia de su hija pequeña. La señorita Jones era una guapa mujer morena que no podía disimular lo mucho que la ponía Strike. El detective habría podido obtener un chute de autoestima de la descarada persecución a la que lo sometía —algo que le habría venido muy bien en esos días—, pero aquella combinación de engreimiento y dependencia hacía que no la encontrara nada atractiva.
El segundo cliente también era el más rico: un multimillonario ruso-americano que vivía a caballo entre Moscú, Nueva York y Londres. Recientemente habían desaparecido de su casa de South Audley Street un par de objetos de gran valor, y sin embargo no había saltado la alarma. El cliente sospechaba de su hijastro, que vivía en Londres, y estaba deseando pillarlo in fraganti sin alertar a la policía ni a su mujer, propensa a considerar a su hijo desempleado y calavera un dechado de virtudes y un incomprendido. Ahora había cámaras escondidas en todos los rincones de la casa y monitorizadas por la agencia. El hijastro, a quien habían apodado Dedos Largos, también estaba bajo vigilancia por si intentaba vender el cofre de Fabergé o el busto helénico de Alejandro Magno.
En opinión de Robin, el último caso de la agencia, cuyo nombre en clave era «Depredador», era también el más desagradable. Una famosa corresponsal internacional de un canal de noticias estadounidense había roto recientemente con su novio, un productor de televisión también muy conocido, tras una relación de tres años. Poco después de su amarga separación, la periodista había descubierto que su ex novio seguía en contacto con la hija de diecisiete años de ella, a quien Midge había apodado «Patas». La chica, alta y delgada, con el pelo largo y rubio, ya aparecía en las columnas de cotilleos, en parte por su famoso apellido y en parte porque estaba haciendo sus pinitos en las pasarelas. Si bien la agencia no había podido documentar ningún contacto sexual entre Patas y Depredador, su lenguaje corporal se alejaba mucho del de las relaciones paternofiliales durante sus citas secretas. Esa situación había abocado a la madre de Patas a un estado de ira, temor y desconfianza que estaba envenenando la relación con su hija.
Para gran alivio de todos, porque tras la partida de Andy estaban desbordados, a principios de diciembre Strike había conseguido robarle a una agencia de detectives rival a un ex agente de la Metropolitana, Dev Shah. Cormoran tenía muy mala relación con Mitch Patterson, el director de la agencia en cuestión; su resentimiento se remontaba a los días en que Patterson lo había puesto a él bajo vigilancia. Cuando Shah respondió a la pregunta de «¿Por qué quieres irte de Patterson Inc.?» con las palabras «Porque estoy harto de trabajar para un capullo», Strike no se lo pensó dos veces y lo contrató.
Al igual que Barclay, Shah estaba casado y tenía un hijo pequeño. Era más bajo que sus dos nuevos colegas varones y tenía unas pestañas tan gruesas que a Robin le parecían postizas. En la agencia, todos se encariñaron con Shah: Strike, porque entendía las cosas a la primera y era metódico con la contabilidad; Robin, porque le gustaba su ácido sentido del humor y lo que, para sus adentros, definía como una falta absoluta de machirulismo; Barclay y Midge, porque Shah enseguida demostró que sabía trabajar en equipo y que no tenía ninguna necesidad de eclipsar a los otros colaboradores externos, y Pat, como admitió con su voz ronca ante Robin mientras ella le entregaba los recibos un viernes, porque no tenía «nada que envidiarle a Imran Khan, ¿verdad? ¡Qué ojazos!».
—Mmm, sí, muy guapo —dijo Robin con indiferencia mientras revisaba los recibos. Pat se había pasado los últimos doce meses confiando abiertamente en que Robin se enamorara de un colaborador externo anterior: guapísimo, sí, pero también había resultado ser un asqueroso. Robin, como era de esperar, se alegraba de que Dev Shah estuviera casado.
No había tenido más remedio que aplazar sus planes de buscar piso por culpa de los largos horarios de trabajo que estaba haciendo, y aun así se ofreció voluntaria para vigilar la casa del multimillonario en Navidad. Le venía muy bien tener una excusa para no ir a casa de sus padres, en Masham, porque estaba segura de que Matthew y Sarah se dedicarían a exhibir a su bebé recién nacido —cuyo sexo todavía no se sabía— por las calles en las que, cuando eran adolescentes, Robin y él habían paseado cogidos de la mano. Los padres de Robin estaban disgustados, y Strike se había sentido un poco incómodo al aceptar la oferta de su socia.
—No pasa nada, Cormoran —dijo Robin sin entrar en detalles—. Prefiero quedarme en Londres. Tú ya te perdiste la Navidad el año pasado.
Estaba empezando a sentirse física y mentalmente agotada. Llevaba dos años trabajando casi sin parar; dos años que habían incluido una separación y un divorcio. No se quitaba de la cabeza la creciente distancia que había entre Strike y ella, y, aunque no tenía ningunas ganas de volver a Masham, no podía negar que la perspectiva de pasarse las fiestas trabajando era de lo más deprimente.
Y entonces, a mediados de diciembre, la prima favorita de Robin, Katie, la invitó de improviso a unirse a un grupo que iba a escaparse en fin de año para ir a esquiar. Una pareja había decidido no ir en el último momento al descubrir que ella estaba embarazada, y el chalet ya estaba pagado, así que Robin sólo tenía que comprar el billete de avión. Ella no había esquiado jamás, pero como Katie y su marido se turnarían para cuidar a su hijo de tres años mientras el otro estaba en las pistas, siempre tendría a alguien con quien hablar si no quería pasarse todo el tiempo dándose trompazos por las pistas para principiantes. Robin pensó que aquel viaje quizá le daría la perspectiva y la serenidad que no encontraba en Londres. No fue hasta después de haber aceptado la invitación de su prima cuando se enteró de que, además de Katie, su marido y una pareja de amigos comunes de Masham, también viajaría con ellos Hugh Jacks, «el Hacha».
A Strike no le contó ninguno de aquellos detalles: sólo le dijo que le había salido un plan para ir a esquiar y que le apetecía, lo que significaba que tendría que cogerse unos cuantos días libres por Año Nuevo. Consciente de que Robin se merecía muchas más vacaciones de las que le estaba proponiendo tomarse, Strike aceptó sin vacilar y le deseó que se lo pasara muy bien.
3
Unos ojos con el brillo y el color del vino,
como los tuyos, son capaces de aturdir a un hombre...
EMILY PFEIFFER, Rimas para el momento
El 28 de diciembre, el ex novio de la señorita Jones, que desde hacía semanas llevaba una vida aparentemente intachable, metió por fin la pata, y por todo lo alto, al comprar una gran cantidad de cocaína delante de Dev Shah y consumirla con dos chicas de alterne antes de irse con ellas a su casa de Islington. La señorita Jones, eufórica, se empeñó en presentarse en la oficina para ver las fotografías que había tomado Shah, y una vez allí intentó abrazar a Strike. Cuando él la apartó con educación pero con firmeza, ella se mostró más intrigada que ofendida. Después de liquidar la cuenta, insistió en besar a Strike en la mejilla, le dijo sin ningún pudor que quedaba en deuda con él y que esperaba que algún día le reclamara el favor, y finalmente se marchó envuelta en una nube de Chanel n.º 5.
Al día siguiente, a la madre del caso Depredador la enviaron a Indonesia a informar sobre una catástrofe aérea. Poco después de su partida, la periodista llamó por teléfono a Strike para decirle que su hija iba a pasar la noche de fin de año en Annabel con la familia de una amiga suya del colegio. Estaba convencida de que Depredador intentaría encontrarse allí con su hija y quería que la agencia enviara a algún detective a la discoteca para vigilarlo.
Strike habría preferido pedirle ayuda a cualquier otra persona, pero llamó a la señorita Jones porque Midge y él podrían entrar con ella como invitados en la discoteca, reservada para socios. Estaba decidido a llevarse con él a Midge, no sólo porque ella podría seguir a Patas a los lavabos si era necesario, sino también porque no quería que la señorita Jones pensara que se había inventado aquella excusa con la esperanza de liarse con ella.
Experimentó un cruel sentimiento de alivio cuando la señorita Jones lo llamó por teléfono dos horas antes de la cita en la discoteca para decirle que su hija pequeña tenía mucha fiebre.
—Y la idiota de la niñera se ha puesto enferma y mis padres están en Mustique, así que lo tengo muy mal —le dijo malhumorada—. Pero podéis ir de todas formas: he dejado vuestros nombres en la puerta.
—Muchas gracias —dijo Strike—. Espero que la niña se ponga bien muy pronto.
Y colgó antes de que la señorita Jones pudiera proponerle algún plan alternativo.
A las once de la noche, Strike y Midge, que llevaba un esmoquin de terciopelo rojo oscuro, se encontraban en el sótano de la discoteca de Berkeley Square, sentados frente a frente en una mesa entre dos columnas de espejo y bajo cientos de dorados globos de helio de los que colgaban cintas relucientes. Su objetivo, la chica de diecisiete años, estaba sentada unas mesas más allá con la familia de su amiga. Patas no dejaba de lanzar miradas hacia la entrada del local, y su semblante revelaba una mezcla de esperanza y nerviosismo. En Annabel’s estaban prohibidos los teléfonos móviles, y Strike se dio cuenta de la creciente frustración de la nerviosa adolescente por verse obligada a depender tan sólo de sus sentidos para obtener información.
—Grupo de ocho a las cinco en punto —le dijo Midge a Strike en voz baja—. Te están mirando.
Strike los vio enseguida. Un hombre y una mujer sentados a una mesa de ocho se habían dado la vuelta y lo estaban mirando. La mujer, que tenía el pelo largo y del mismo tono rubio rojizo que Robin, llevaba un vestido negro muy ceñido y unos zapatos de tacón de aguja con cintas que ascendían por sus bronceadas y bien torneadas piernas hasta sus rodillas. El hombre vestía una chaqueta de esmoquin de brocado y una corbata muy cursi, y su cara le resultó ligeramente familiar, aunque no lo identificó de inmediato.
—¿Crees que te han reconocido por los periódicos? —conjeturó Midge.
—Joder, espero que no —masculló Strike—. O me quedo sin trabajo.
La fotografía que la prensa solía utilizar databa de la época en que Strike estaba en el ejército, y ahora era mayor, llevaba el pelo más largo y había engordado bastante. Siempre que había tenido que testificar ante un tribunal lo había hecho con el rostro cubierto por su poblada barba, que, por suerte, le crecía muy deprisa cuando la necesitaba.
Strike buscó el reflejo de sus observadores en uno de los pilares cercanos y vio que juntaban la cabeza y hablaban en voz baja.
La mujer era muy guapa y tal vez fuese la única de aquel local que no se había hecho nada muy obvio en la cara: su frente se arrugó cuando arqueó las cejas, no tenía unos labios artificialmente carnosos y era demasiado joven (treinta y tantos) para haberse sometido a la clase de cirugía que había dejado a la mujer de más edad que estaba sentada a su mesa con la cara convertida en una especie de máscara espeluznante.
Junto a Strike y Midge, un ruso corpulento le explicaba el argumento de Tannhäuser a su acompañante femenina, mucho más joven que él.
—... pero Mezdrich la ha actualizado —dijo—, y en esta producción Jesús aparece en una película de una orgía en la cueva de Venus...
—¿Jesús?
—Da, y como la Iglesia se ha molestado, van a despedir a Mezdrich —concluyó el ruso con tristeza, mientras se llevaba la copa de champán a los labios—. Él no da su brazo a torcer, pero va a salir malparado, te lo digo yo.
—Patas se mueve —le informó Strike a Midge cuando la adolescente se levantó junto con el resto de su grupo y el bajo de plumas de avestruz de su vestido se agitó alrededor de sus piernas.
—Pista de baile —predijo Midge.
No se equivocaba. Al cabo de diez minutos, Strike y ella habían conseguido un rincón con buenas vistas cerca de la diminuta pista de baile, desde donde veían claramente a su objetivo, que bailaba con unos zapatos que parecían demasiado altos para ella y no dejaba de echarle frecuentes ojeadas a la entrada.
—¡¿Cómo se lo estará pasando Robin en la nieve?! —le gritó Midge a Strike mientras empezaba a sonar «Uptown Funk»—. Un amigo mío se rompió la clavícula el primer día que se puso unos esquís. ¿Tú esquías?
—No —respondió Strike.
—Zermatt es una pasada —dijo Midge subiendo la voz, y a continuación añadió algo que Strike no llegó a oír.
—¿Qué? —preguntó el detective.
—He dicho que me pregunto si habrá ligado. La noche de fin de año es una buena oportunidad.
Patas estaba indicándole por señas a su amiga que iba a volver a la mesa. Abandonó la pista de baile, cogió su bolsito de noche y se marchó de la sala.
—Va al servicio a usar el móvil —predijo Midge, yéndose detrás de ella.
Strike permaneció en aquel rincón, con su botella de cerveza sin alcohol ya caliente en la mano y con la única compañía de un enorme Buda de yeso. Cerca de él, en los sofás, la gente se apretujaba, achispada, y hablaba a gritos para hacerse oír por encima de la música. Strike acababa de aflojarse la corbata y desabrocharse el primer botón de la camisa cuando vio al hombre de la chaqueta de brocado caminar hacia él, tropezando con piernas y bolsos a medida que se acercaba. Y entonces lo identificó por fin: era Valentine Longcaster, uno de los hermanastros de Charlotte.
—¡Cuánto tiempo! —gritó al llegar junto a Strike.
—Sí —dijo él estrechando la mano que le tendía—. ¿Qué tal?
Valentine levantó una mano y se retiró el largo y sudado flequillo de la cara, revelando unas pupilas muy dilatadas.
—¡Bien! —gritó para hacerse oír por encima de los fuertes bajos de la música—. No me puedo quejar. —Strike vio un resto de polvo blanco en uno de sus orificios nasales—. ¿Estás aquí por trabajo o por placer?
—Por puro placer —mintió Strike.
Valentine gritó algo indescifrable y el detective alcanzó a oír el nombre del marido de Charlotte, Jago Ross.
—¡¿Qué?! —gritó él a su vez, sin sonreír.
—Digo que Jago quiere mencionarte en el divorcio.
—Pues lo tiene claro —le respondió Strike alzando la voz—. Hace años que no la veo.
—Eso no es lo que dice Jago —replicó Valentine—. Ha encontrado una foto en el antiguo teléfono de Charlotte. Ella misma te la envió, y sale desnuda.
«Mierda.»
Valentine estiró un brazo para apoyarse en la estatua del buda. Su acompañante, la chica del pelo rubio rojizo, los observaba desde la pista de baile.
—¡Se llama Madeline! —le gritó Valentine a Strike al oído cuando vio que él la estaba mirando—. Te encuentra muy sexy.
Valentine lanzó una risita aguda. Strike siguió tomándose la cerveza en silencio.
Al final, el joven debió de pensar que no iba a sacar nada más por estar cerca de Strike, así que se enderezó, hizo una especie de saludo militar y se alejó tambaleándose; justo entonces Patas volvió a aparecer en el borde de la pista de baile y se dejó caer en un taburete de terciopelo con un revoloteo de plumas de avestruz y una palpable tristeza.
—Estaba en los lavabos —le explicó Midge cuando se reunió con Strike unos minutos después—. Me parece que no tenía cobertura.
—Mejor —dijo Strike sin piedad.
—¿Crees que él le ha dicho que va a venir?
—Eso parece.
Strike tomó otro sorbo de cerveza caliente.
—¿Tú sabes cuántas personas componen ese grupo con el que Robin se ha ido a esquiar? —preguntó alzando la voz.
—Creo que en total son seis —contestó Midge—. Ella, dos parejas y uno que va solo.
—Ah. —Strike asintió, como si aquella información apenas le importara.
—Al parecer quieren que se líe con él —continuó Midge—. Me lo contó Robin antes de Navidad. Se llama Hugh Jacks. —Miró a Strike como si esperara su reacción—. Por lo visto lo llaman «el Hacha». Tronchante, ¿verdad?
—Vaya —dijo Strike con una sonrisa forzada.
—¡Ja, ja, sí! —le gritó Midge al oído—. ¿Cómo es posible que los padres no pronuncien el nombre que le quieren poner a su hijo antes de decidirlo?
Strike asintió mientras observaba a la adolescente, que se estaba frotando la nariz con el dorso de la mano.
Eran las doce menos cuarto. Con suerte, pensó Strike, después de que dieran las doce, la familia de la amiga se llevaría de allí a su objetivo y lo devolvería sano y salvo a su casa de Chelsea. Mientras la miraba, apareció la amiga y arrastró a Patas otra vez a la pista de baile.
A las doce menos diez, Patas desapareció de nuevo en los lavabos de señoras y Midge la siguió una vez más. Strike, que tenía el muñón dolorido y estaba deseando sentarse, no tuvo más remedio que apoyarse en el gigantesco buda, porque en la mayoría de los asientos libres que tenía cerca había bolsos y chaquetas que no quería tocar. Su botella de cerveza ya estaba vacía.
—¿Qué pasa, no te gusta la noche de fin de año? —dijo a su lado una voz con acento del East End londinense.
Era la joven del pelo rubio rojizo, que ahora tenía las mejillas coloradas y estaba despeinada de tanto bailar. Su aproximación había quedado disimulada por el alboroto que había surgido en los asientos que Strike tenía delante, pues casi todo el mundo se había levantado para correr a la pequeña pista de baile. Ya faltaba muy poco para la medianoche, y la emoción iba en aumento.
—¡No es mi día favorito! —le gritó Strike.
La chica era guapísima y era evidente que estaba drogada, aunque hablaba de forma completamente coherente. Llevaba una serie de finas cadenas de oro colgadas del esbelto cuello y el vestido sin tirantes se le ceñía a los pechos. La flauta de champán medio vacía que tenía en la mano amenazaba con derramar su contenido.
—¡El mío tampoco, al menos este año! —le gritó al oído. A Strike le gustó oír un acento de clase trabajadora en medio de tantas voces de clase alta—. Eres Cormoran Strike, ¿verdad? Me lo ha dicho Valentine.
—Sí. ¿Y tú...?
—Madeline Courson-Miles. Pero esta noche no estás trabajando, ¿verdad?
—No —mintió él, aunque no tenía tanta prisa por sacársela de encima como a Valentine—. ¿Por qué no te gusta este fin de año en concreto?
—Por Gigi Cazenove.
—¿Cómo?
—Gigi Cazenove. —Subió la voz y se inclinó hacia él, y su aliento le hizo cosquillas en la oreja—. La cantante. Era clienta mía. —Al ver el gesto inexpresivo del detective, añadió—: La han encontrado ahorcada esta mañana.
—Mierda —dijo Strike.
—Sí —dijo Madeline—. Sólo tenía veintitrés años.
Dio un sorbo de champán con gesto sombrío y, a continuación, le gritó al oído:
—¡Nunca había conocido a un detective privado!
—Que tú sepas —dijo Strike, y la chica se rió—. ¿A qué te dedicas?
—¡Soy joyera! —le gritó, dándole a entender con una leve sonrisa que la mayoría de la gente habría reconocido su nombre.
Ahora la pista de baile estaba a rebosar de cuerpos acalorados. Muchos se habían puesto gorritos de fiesta con adornos relucientes. Strike vio al ruso corpulento que había estado hablando de Tannhäuser: sudaba profusamente mientras saltaba al ritmo de «Rather Be», de Clean Bandit.
Strike volvió a pensar en Robin y se la imaginó en algún lugar de los Alpes, quizá borracha de glühwein, bailando con el tipo recién divorciado que sus amigos se habían empeñado en presentarle. Se acordó de la cara que había puesto cuando él se había inclinado para besarla.
It’s easy being with you,
Sacred simplicity,
As long as we're together,
There's no place I'd rather be..., cantaba Jess Glynne.[1]
—¡Damas y caballeros, falta un minuto para 2015! —gritó el dj, y Madeline Courson-Miles miró a Strike, se terminó la copa de champán y se inclinó hacia él para volver a gritarle al oído:
—¡¿Esa chica alta del esmoquin es tu novia?!
—No, una amiga —dijo Strike—. Esta noche nos habíamos quedado los dos colgados.
—Entonces, no le importará que te bese cuando den las doce, ¿verdad?
Él miró el rostro adorable y seductor de la chica, sus dulces ojos castaños, el pelo derramado sobre sus hombros desnudos.
—No, no le importará —contestó esbozando una sonrisa.
—Pero ¿a ti sí?
—¡Preparados! —bramó el dj.
—¿Estás casada? —preguntó Strike.
—Divorciada —dijo Madeline.
—¿Sales con alguien?
—No.
—Diez...
—En ese caso... —dijo Cormoran Strike dejando su botella de cerveza vacía en el suelo.
—Ocho...
Madeline se agachó para dejar su copa en una mesa cercana, pero calculó mal y la copa cayó al suelo enmoquetado; la joven se enderezó y se encogió de hombros.
—Seis... ¡Cinco...!
Puso los brazos alrededor del cuello de Strike; él la abrazó por la cintura. Era más delgada que Robin: pudo notar sus costillas bajo la tela del vestido.
El deseo que se reflejaba en los ojos de Madeline era como un bálsamo para él. Era la noche de fin de año... «A la mierda con todo.»
—Tres... Dos... Uno...
Ella apretó su cuerpo contra el de él y hundió las manos en su pelo y la lengua en su boca. A su alrededor estallaron gritos y aplausos, y ninguno de los dos se soltó hasta que el público cantó los primeros compases estridentes de «Auld Lang Syne». Strike miró alrededor. No había ni rastro de Midge ni de Patas.
—¡Voy a tener que irme dentro de poco —gritó él—, pero quiero que me des tu número!
—Pues dame tu teléfono.
Madeline anotó su número en el teléfono de Strike y se lo devolvió. Le guiñó un ojo, se dio la vuelta y se alejó hasta desaparecer entre la multitud.
Midge tardó un cuarto de hora en volver a aparecer. Patas también se reunió con el grupo de su amiga; se le había corrido el rímel.
—¡Ha estado buscando algún sitio donde hubiese cobertura, pero no ha tenido éxito! —le gritó Midge al oído—. Luego ha vuelto al baño a llorar.
—Mala suerte —dijo Strike.
—¿Qué es eso, pintalabios? —preguntó Midge mirándolo fijamente.
El detective se pasó el dorso de la mano por la boca.
—Me he encontrado a una vieja amiga de mi madre —dijo—. Bueno... ¡Feliz 2015!
—Igualmente. —Su compañera le tendió la mano y él se la estrechó. Mientras observaba cómo la jubilosa muchedumbre se pasaba globos de un lado a otro y hacía estallar los lanzadores de confeti, Midge le gritó al oído—: ¡Es la primera vez que recibo el Año Nuevo en un lavabo. Espero que no sea un mal augurio!
4
Duerme tranquilo como la paciente rosa.
Camina osadamente sobre nieves sin pisar,
el invierno es la liberación del propio invierno.
HELEN JACKSON, Enero
En términos generales, Robin se lo pasó bien en Zermatt. Se le había olvidado lo bien que sentaba dormir ocho horas seguidas por la noche; había disfrutado de la comida, del esquí y de la compañía de sus amigos, y apenas se estremeció cuando Katie le comentó, con cara de preocupación que se tornó en alivio al ver que Robin reaccionaba con calma, que Matthew, efectivamente, había llevado a Sarah y a su hijo recién nacido a Masham por Navidad.
—Le han puesto William —dijo Katie—. Una noche nos los encontramos en el Bay Horse. Habían dejado al niño con la tía de Matthew. Qué mal me cae Sarah, de verdad. Es una creída.
—A mí tampoco me cae muy bien, te lo aseguro —repuso Robin. Se alegró de saber que había sorteado el encuentro casi inevitable en su ciudad natal y pensó que, con un poco de suerte, al año siguiente le tocaría a la familia de Sarah celebrar la Navidad con su nieto, de modo que no habría peligro de que se produjera un encuentro fortuito.
Desde el dormitorio de Robin se veía el monte Cervino cubierto de nieve, que perforaba el cielo de un azul resplandeciente como un colmillo gigante. La luz de la montaña en forma de pirámide cambiaba del dorado al melocotón, o del azul oscuro al morado, en función del ángulo del sol, y a solas en su habitación, contemplando la montaña, fue donde Robin estuvo más cerca de conseguir la serenidad y la perspectiva que esperaba encontrar cuando había decidido apuntarse al viaje.
El único aspecto de las vacaciones del que Robin habría prescindido con gusto era Hugh Jacks. Tenía un par de años más que ella y trabajaba en la industria farmacéutica. Se suponía que era bastante guapo, con una pulcra barba tirando a rubia, hombros anchos y grandes ojos azules, y no podía afirmarse que fuese antipático; sin embargo, Robin no podía evitar encontrarlo ligeramente patético. Fuera cual fuese el tema del que estuviesen hablando, él siempre se las ingeniaba para volver a llevar la conversación a su divorcio, que por lo visto lo había pillado por sorpresa. Tras seis años de matrimonio, su mujer había anunciado que no era feliz, que hacía mucho tiempo que no era feliz, y había hecho las maletas y se había largado. Hugh le contó toda la historia a Robin, dos veces, los primeros días de las vacaciones, y después del segundo recital, casi idéntico al primero, ella hizo cuanto pudo para evitar sentarse a su lado a la hora de la cena. Por desgracia, él no captó la indirecta y siguió atosigándola, animándola a contarle a su vez los detalles del fracaso de su matrimonio con un tono tan lúgubre que sólo habría resultado apropiado si ambos hubieran estado padeciendo la misma enfermedad terminal. Robin intentó adoptar una actitud positiva y le dijo que el mar estaba lleno de peces y que ella se alegraba de volver a estar soltera. Con un pálido brillo en sus azules y llorosos ojos, Hugh le dijo cuánto admiraba su espíritu luchador, y ella temió que hubiese interpretado su declaración de feliz independencia como una invitación.
—¿Verdad que es un encanto? —le preguntó Katie una noche, esperanzada. Habían ido a un bar y Robin acababa de sacarse de encima a Hugh, una vez más, después de escuchar anécdotas sobre su ex mujer durante otra hora.
—Sí, es majo —dijo Robin, que no quería ofender a su prima—, pero no es mi tipo, Katie.
—Normalmente es muy gracioso —insistió Katie, un tanto decepcionada—. No lo has conocido en su mejor momento. Ya verás cuando se haya tomado un par de copas.
Pero la noche de fin de año, con una gran cantidad de cerveza y schnapps entre pecho y espalda, Hugh se puso primero alborotado, aunque no especialmente gracioso, y después sensiblero. A medianoche, las dos parejas besaron cada una a su cónyuge, y Hugh, con la mirada desenfocada, abrió los brazos para abrazar a Robin, que dejó que la besara en la mejilla y luego intentó despegarse de él mientras Hugh, borracho, le susurraba al oído:
—Eres preciosa.
—Gracias —le dijo Robin, y a continuación añadió—: ¿Me sueltas, por favor?
Hugh la soltó, y Robin se fue a dormir poco después y cerró la puerta con llave. Cuando hacía poco que había apagado la luz, alguien llamó. Ella no se movió y fingió que dormía, y entonces oyó unos pasos que se alejaban poco a poco.
El otro aspecto no-del-todo-perfecto del viaje había sido su tendencia a comerse el coco con Strike y con lo que había ocurrido al salir del Ritz. Mientras intentaba mantenerse en posición vertical sobre los esquís, era bastante fácil no pensar en su socio, pero el resto del tiempo su mente desocupada volvía una y otra vez a preguntarse qué habría pasado si hubiese descartado sus temores y sus inhibiciones y le hubiera dejado besarla. Eso llevaba inevitablemente a otra pregunta, la misma que se había hecho cuando paseaba por las cálidas y blancas arenas de las Maldivas hacía tres años. ¿Estaba condenada a pasarse todas las vacaciones, durante el resto de su vida, preguntándose si estaba enamorada de Cormoran Strike?
«No. Cormoran te ofreció la gran oportunidad de tu vida, y a lo mejor lo quieres un poco porque es tu mejor amigo, pero no estás enamorada de él...», se dijo. Y luego, más sinceramente, añadió: «Y si lo estás, necesitas quitártelo de la cabeza. Sí, tal vez se sintiera herido cuando no le permitiste que te besara, pero es mejor eso a que piense que languideces por él. Una socia con mal de amores es lo último que Cormoran querría, eso seguro.»
Ojalá fuese la clase de mujer capaz de disfrutar de un beso en una noche de borrachera y luego reírse. Por lo que sabía sobre la vida amorosa de Strike en el pasado, eso era lo que a él le gustaba: las mujeres capaces de juguetear con una despreocupación que Robin nunca había practicado.
Regresó a la oficina la segunda semana de enero con una gran caja de bombones suizos. A todos los que se lo preguntaron, incluido Strike, les dijo que se lo había pasado estupendamente.
PRIMERA PARTE
El corazón es el órgano central del cuerpo
y está formado por un músculo hueco;
mediante su contracción, impulsa la sangre a todas
las partes del cuerpo a través de una complicada
serie de conductos...
HENRY GRAY FRS, Anatomía de Gray
5
¡Qué extraño misterio es el poder de las palabras!
En ellas hay vida y hay muerte.
Una palabra puede teñir rápidamente una mejilla,
y llenar de sentidos su color, o puede dirigir
una corriente fría y mortal hacia el corazón.
LETITIA ELIZABETH LANDON,
El poder de las palabras
14 de septiembre de 2011 De The Buzz, sitio web de noticias y entretenimiento
¡The Buzz habla con Josh Blay y Edie Ledwell, la pareja creadora de Un corazón tan negro, la exitosa serie de dibujos animados de YouTube!
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TB: |
A ver, una serie de dibujos animados sobre partes del cuerpo en descomposición, un par de esqueletos, un demonio y un fantasma... ¿Cómo explicáis su éxito? |
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Edie: |
Un momento, ¿Drek es un demonio? |
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TB: |
¡Tú lo sabes mejor que yo! |
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Edie: |
Te juro que no lo sé. |
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[Josh se ríe] |
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TB: |
Sin ánimo de ofender, pero cuando describes Un corazón tan negro a alguien que no lo ha visto, le sorprende que tenga tanto éxito. [Edie y Josh se ríen] ¿Esperabais que vuestra... seamos sinceros, grotesca serie... tuviera tan buena acogida? |
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Edie: |
No, para nada. |
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Josh: |
La hicimos para reírnos. En realidad, no es más que una sarta de bromas privadas. |
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Edie: |
Pero resultó que mucha más gente de la que creíamos captó la broma. |
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TB: |
Cuando decís «la broma»... ¡la gente le encuentra mucho significado a la historia! |
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Josh: |
Sí, y nosotros... A veces piensas: «Vale, sí, supongo que eso era lo que queríamos decir», pero otras veces... |
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Edie: |
En determinados momentos la gente ve cosas que... bueno, no es que no estén ahí, pero nosotros nunca las vimos ni pusimos a propósito. |
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TB: |
¿Podéis poner algún ejemplo? |
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Josh: |
El gusano parlante. Nos pareció gracioso porque un gusano que vive en un cementerio... se alimenta de cuerpos en descomposición, ¿no? Nos gustó la idea de que estuviera harto de su trabajo y que hablara de él como un curro duro y aburrido. Como trabajar en una fábrica. Es un gusano que está harto de todo. |
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Edie: |
Pero entonces la gente empezó a decir que era un símbolo fálico o qué sé yo. Y un grupo de padres se quejó... |
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Josh: |
...de que hacíamos chistes de penes para niños. |
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Edie: |
Y nosotros no hacemos eso. El Gusano no es un pene. |
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[Todos se ríen] |
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TB: |
¿Y a qué creéis que se debe el exitazo de Un corazón tan negro? |
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Edie: |
Pues nosotros no lo entendemos mejor que tú. Nosotros estamos dentro. No podemos verlo desde fuera. |
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Josh: |
Sólo podemos deducir que ahí fuera hay mucha más gente trastornada de lo que creíamos. |
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[Todos se ríen] |
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TB: |
¿Por qué creéis que la gente quiere tanto a Blacky, el corazón sin cuerpo, el héroe? Tú le pones la voz a Blacky, ¿verdad, Josh? |
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Josh: |
Sí. Eeeh... [piensa un buen rato] Supongo que él sabe que es malo, pero intenta ser bueno. |
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Edie: |
Pero en realidad no es malo. Si lo fuera, no estaría intentando ser bueno. |
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Josh: |
Creo que la gente se identifica un poco con él. |
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Edie: |
Le ha pasado de todo y siempre ha salido bien librado. |
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Josh: |
Concretamente, de una caja torácica, un ataúd y dos metros de tierra. |
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[Todos se ríen] |
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TB: |
¿Y qué planes tenéis para la serie? ¿Pensáis quedaros en YouTube o...? |
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Edie: |
Es que no planeamos nada, ¿verdad? |
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Josh: |
Los planes son para los smugliks. |
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TB: |
¡Pero si la serie se está haciendo famosísima! Imagino que ya estaréis ganando dinero, ¿no? |
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Josh: |
Sí, ¡quién lo iba a decir! Es una locura. |
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TB: |
¿Os ayuda alguien con todo esto? ¿Tenéis agente, o...? |
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Josh: |
Contamos con una amiga que domina estos temas y que nos ayuda, sí. |
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TB: |
Hay un par de fans que han creado un juego online basado en el juego al que juega Drek en la serie. ¿Lo habéis visto? |
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Josh: |
Sí, lo vimos el otro día. Está superbién hecho. |
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Edie: |
Pero es un poco raro, porque el juego de Drek, el de la serie... Josh: Sí... |
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Edie: |
En realidad no es un juego. Bueno, o no estaba previsto que lo fuera, ¿no? |
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[Josh niega con la cabeza] |
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Edie: |
No, tenía que ser más bien... La gracia del juego es que en realidad no es ningún juego. |
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TB: |
Entonces, cuando Drek obliga a todos a «jugar al juego»... |
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Edie: |
¿Los obliga? No sé si los obliga. Creo que los demás le siguen el rollo porque él está aburrido... |
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Josh: |
Abirrido. |
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Edie: |
Perdón. Eso: está abirrido, y por eso todos consienten en jugar, pero la cosa siempre acaba fatal para alguien. |
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Josh: |
El juego de Drek es...Ya sabes... [con la voz de Drek] «¡A jugar, chiqui!» Cumple las reglas, haz lo que se espera que hagas. |
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TB: |
Entonces, ¿es una metáfora? |
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Edie: |
Sí, pero es paradójico, porque el propio Drek nunca sigue las reglas del juego. Lo que le gusta es ver cómo todos los demás intentan seguirlas. |
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TB: |
Decís que no planeáis nada, pero ¿va a haber...? |
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Josh: |
¿Camisetas de Drek? El otro día nos preguntaron dónde podían comprar una camiseta de Drek. |
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Edie: |
Y nos quedamos en plan... ¿En serio? |
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TB: |
Entonces, ¿no va a haber merchandising? |
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Edie: |
[riendo] No, no lo tenemos previsto. |
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Josh: |
Nos gusta tal como es. Nos gusta pasarlo bien. No somos empresarios. |
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Edie: |
Somos ese tipo de gente que se tumba en un cementerio y se imagina corazones incorpóreos que van saltando de un lado para otro. [Todos se ríen] |
15 de septiembre de 2011
Fragmento del chat interno entre los cocreadores del videojuego en línea El juego de Drek
<15 septiembre 2011 20:38>
Anomia: ‘No era nuestra intención.’ Nosotros sacamos todas las reglas de su puta serie de dibujos animados, cacho zorra engreída.
Morehouse: cálmate
Anomia: Ledwell lo va a pagar caro. Esa tía se está burlando de los fans, está diciendo que son unos tarugos porque les gusta nuestro juego
Morehouse: no ha dicho eso
Anomia: claro que lo ha putodicho, ha dicho que somos un par de pirados que no entienden sus metáforas
Anomia: si el fandom se le pone en contra, la única culpable será ella
Morehouse: sí, y por cierto, será mejor que bajemos un poco el tono en Twitter
Anomia: en realidad sabes lo que pasa? Que nuestro juego se está haciendo demasiado famoso. A ella no le gusta que el fandom recurra a nosotros para distraerse entre episodio y episodio. Le da miedo que consigamos demasiado poder. Ya verás como ahora intentará hacernos cerrar.
Morehouse: No te estás emparanoiando? No somos una amenaza, no ganamos dinero con esto, es un homenaje.
Anomia: No lo olvides, conozco a esa zorra. Es una hipócrita de mierda y una avariciosa.
5 de febrero de 2013
De The Buzz, sitio web de noticias y entretenimiento
Netflix se hace con Un corazón tan negro, una serie de éxito arrollador de YouTube
La serie de dibujos animados de culto Un corazón tan negro deja YouTube para pasar a Netflix, y ya se está desarrollando una segunda temporada. Se rumorea que la pareja de animadores formada por Josh Blay y Edie Ledwell, a quienes se les ocurrió la serie en el cementerio de Highgate, han obtenido una elevada suma de seis cifras de la plataforma de streaming.
Los fans de la serie están divididos respecto a este cambio de plataforma.
Mientras que algunos están emocionados, a otros les preocupa que ahora se rompa la estrecha relación entre los creadores y los fans.
El superfán anónimo Anomia, creador del popular videojuego multijugador en línea El juego de Drek, ha dicho en Twitter:
Bueno, la venta que Ledwell llevaba tanto tiempo esperando está en marcha. Todo lo que los fans amábamos se va a sacrificar por el dinero. Preparaos para lo peor, corazones negros.
6 de febrero de 2013
Conversación del chat interno del juego entre Anomia y tres moderadores de El juego de Drek
<Canal de moderadores>
<6 febrero 2013 21:41>
<Anomia, Cora, Infernal1, Gusano28>
Anomia: Habéis visto que The Buzz me ha citado?
Cora: xd eres famoso!
Anomia: ya era famoso antes
Anomia: todo el fandom quiere saber quién es Anomia
Cora: es verdad, queremos saber!
Infernal1: todavía no entiendo por qué tus fieles moderadores no podemos saberlo
Anomia: tengo mis motivos.
Anomia: ya os dije que se irían a Netflix, o no?
Cora: Cómo lo haces para saber siempre lo que va a pasar a continuación?!
Anomia: soy un genio. En fin, creo que vamos a necesitar 2-3 moderadores más, cada vez tenemos más tráfico
Anomia: creo que se lo pediré a esa chica, Traslúcida. Parece inteligente.
Cora: LordDrek hace más tiempo que juega y me cae muy bien.
Anomia: qué significa que te cae muy bien?
Cora: bueno, parece muy simpático y es un gran fan de la serie de dibujos y del juego.
Anomia: no quiero amigos de la vida real por aquí. Regla número 14, recuerdas? Anonimato total.
Cora: no lo conozco en la vida real, sólo digo que parece buena gente!
Anomia: ok se lo pediré a él y a Traslúcida. Y quizá a Vilepechora, siempre está ahí, se lo ha currado
Cora: no tienes que hablarlo primero con Morehouse?
Anomia: por qué?
Anomia: le parecerá bien cualquier cosa que yo decida
Anomia: el famoso soy yo, no lo olvides
Cora: xd
>
>
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Cora: Por cierto, dónde está Morehouse? Hace tiempo que no entra mucho.
Anomia: Volverá, no te preocupes.
<Se ha abierto un nuevo canal privado>
<6 febrero 2013 21:43>
<Infernal1 invita a Gusano28>
<Gusano28 se une al canal>
Infernal1: qué modesta es, ¿eh? «Soy un genio»
Gusano28: quien, Anomia ?
Infernal1: quién si no?
Gusano28: siges pensando qeu Anomia es un a chica?
Infernal1: lo tengo clarísimo, por cosas que dice
Gusano28: Morehouse conoce ha Anomia en la vida real y dice qeu es un hombre
Infernal1: sólo lo dice para despistar a los demás
Gusano28: Anomia es alguien, no?
Infernal1: Todos somos alguien
Gusano28: me refiero a q ue es alguien dentro de Un corazón tan negro
Infernal1: Puede ser. No lo sé
Gusano28: ojala no se huvieran ido de YouTube. Yo no tengo Netflix. Cuando me entere me puse ha lorar
Infernal1: a mí también me dio pena, pero Anomia tiene que parar de poner a parir a L******. Si no, nos va a cancelar
Gusano28: omg no digas eso que me muero
28 de mayo de 2014
De The Buzz, sitio web de noticias y entretenimiento
El agente de Edie Ledwell confirma su hospitalización
Tras varios días de rumores, Allan Yeoman, el agente de la escritora y animadora Edie Ledwell, ha confirmado que la cocreadora de Un corazón tan negro ingresó en el hospital la noche del 24 de mayo, pero que ya ha regresado a su casa.
En su declaración, Yeoman, que dirige la agencia ayca, dijo:
«A petición de Edie Ledwell, confirmamos que ingresó en el hospital el 24 de mayo y que ya ha recibido el alta. Edie agradece a los fans su preocupación y su apoyo y pide que se respete su intimidad para que pueda concentrarse en su salud.»
Los fans no han parado de especular desde que se publicó en la prensa que la policía y una ambulancia acudieron al piso de la animadora poco después de la medianoche del día 24, y que testigos presenciales habían afirmado que Ledwell estaba inconsciente cuando la subieron en camilla a la ambulancia.
El fandom —comunidad de fans— de Un corazón tan negro, tachada de «tóxica» debido a su comportamiento en línea, estaba dividida tras saberse la noticia de la hospitalización de Ledwell. Mientras que algunos fans expresaron preocupación, hubo trolls a los que se criticó por insinuar que Ledwell había fingido un intento de suicidio para ganarse la simpatía de sus seguidores...
28 de mayo de 2014
Chats internos entre Traslúcida
(nueva moderadora de El juego de Drek), Morehouse y Anomia (cocreadores de El juego de Drek)
<Canal privado>
<28 mayo 2014 23:03>
Traslúcida: así que es verdad que L****** ha intentado suicidarse
Morehouse: eso parece
Traslúcida: joder, qué pena
Morehouse: ya
Traslúcida: has hablado con Anomia?
Morehouse: aún no
Morehouse: creo que me esquiva
Traslúcida: por qué?
Morehouse: porque le dije que dejara en paz a L****** en Twitter
Traslúcida: en serio? me estás diciendo que lo hizo por culpa de los trolls de Twitter?
Morehouse: no lo sé, pero podría haber influido que estuvieran todo el día llamándola vendida y traidora
>
Traslúcida: eres tan mono
Morehouse: Yo?!
Traslúcida: quiero decir decente
Traslúcida: ni siquiera te cabrea que Anomia se lleve todo el mérito por el juego.
Morehouse: eso no me importa
Morehouse: La vida es algo más que tener un montón de seguidores en el puto Twitter
Traslúcida: xd eres tan maduro. En serio, no es un sarcasmo. Eres muy maduro.
Traslúcida: Puedo preguntarte una cosa?
Morehouse: Claro
Traslúcida: Estás seguro de que Anomia es un tío?
Morehouse: sí claro. ¿Por qué me lo preguntas?
Traslúcida: el otro día Infernal1 me dijo que cree que Anomia es una chica
Traslúcida: insinuó que Anomia y tú estáis juntos
Morehouse: Infernal1 es un liante, no te creas nada de lo que te cuente de mí ni de Anomia.
Traslúcida: Cora me comentó que estabas peleado con Infernal1
Morehouse: sí. A veces es un gilipollas y un inmaduro.
Morehouse: espera, ha llegado Anomia
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Traslúcida: qué dice?
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Morehouse: quiere que modere mañana
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Traslúcida: temía que se hubiera enterado de que te he enviado fotos
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Morehouse: sigues ahí?
Traslúcida: sí
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Morehouse: perfecto, no tardaré mucho
Traslúcida: <3
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Morehouse: ya está
Traslúcida: te ha escuchado?
Morehouse: con Anomia nunca se sabe. Puede que haya captado algo.
Morehouse: pero no le gusta que nosotros dos hablemos.
Traslúcida: sí, y por cierto… cuándo me vas a mandar tú una foto?
Morehouse: no puedo
Morehouse: tengo la cámara del teléfono rota
Traslúcida: anda ya, Morehouse
Morehouse: XD Ok, no me gusta hacerme fotos
Traslúcida: yo no te habría mandado lo que te mandé anoche si hubiera sabido que tú no me ibas a mandar nada
Morehouse: eres muy guapa
Traslúcida: gracias
Morehouse: yo no soy guapo
Traslúcida: qué más da? Sólo quiero una foto tuya
Traslúcida: me encanta hablar contigo. Sólo quiero saber qué cara tienes!
Morehouse: imagínate a un friki normal y corriente
Traslúcida: me gustan los frikis. ¡Mándame una foto!
Morehouse: qué tal por bellas artes?
Traslúcida: guau, a eso se lo llama cambiar de tema con sutileza (…)
<Se ha abierto un canal privado>
<28 mayo 2014 23:05>
<Anomia invita a Morehouse>
Anomia: hola
<Morehouse se ha unido al canal>
Morehouse: llevo todo el día enviándote mensajes
Anomia: tenía cosas que hacer. Necesito que moderes mañana por la mañana. Yo no puedo.
Morehouse: Yo tampoco, tengo que entregar un trabajo
Anomia: pues qué haces aquí? O es que ‘entregar un trabajo’ es como llamas ahora a estar con Traslúcida?
Morehouse: ja ja
Anomia: os lleváis muy bien, no? Espero que no hayáis intercambiado fotos. Regla número 14, acuérdate.
Morehouse: Has visto las noticias?
>
Anomia: qué? Lo del ‘suicidio’? Sí, lo he visto
Morehouse: oye, tienes que dejar un poco tranquila a Ledwell, en serio
Anomia: eso díselo al resto de los fans. ¿Te crees que soy el único que está hasta los huevos de su puta hipocresía y de su ambigüedad?
Morehouse: tú eres el único que tiene cincuenta mil seguidores en Twitter a los que animas a acosarla.
Anomia: si es verdad que ha intentado suicidarse, no habrá sido por culpa de Twitter. Seguro que es un truco publicitario
Anomia: supongo que tendré que pedirle a Cora que modere por mí mañana, si tú no puedes.
Morehouse: tú por qué no puedes?
Anomia: tengo hora en el hospital
Morehouse: hostia, estás bien?
Anomia: sí, no voy para mí, sólo soy el chófer
Anomia: no vaya a ser que el capullo tenga que ir en transporte público
Anomia: bueno, te dejo con tu «trabajo»
<Morehouse ha dejado el canal>
<Anomia ha dejado el canal>
<Se ha cerrado el canal privado>
7 de enero de 2015
De The Buzz, sitio web de noticias y entretenimiento
¡Atención, fans de Un corazón tan negro!
¡Según nuestras fuentes, los de Maverick Film Studios están decididos a convertir vuestra serie favorita en un largometraje! Las conversaciones entre Maverick, Josh Blay y Edie Ledwell se encuentran «en un estadio avanzado» y el acuerdo podría llegar en cualquier momento. ¿Qué os parece pasar de la pequeña a la gran pantalla? ¡Contádnoslo en los comentarios!
7 de enero de 2015
Chats internos entre seis de los ocho moderadores de El juego de Drek
<Se ha abierto un nuevo canal privado>
<7 enero 2015 16:01>
<LordDrek invita a Vilepechora, Traslúcida, Cora, Infernal1, Gusano28>
LordDrek: ESTO ES URGENTE
<Traslúcida se ha unido al canal>
Traslúcida: es por lo de la película?
LordDrek: no, mucho más importante
<Cora se ha unido a canal>
Cora: diosss, habéis visto las noticias?
Traslúcida: lo de la película?
Cora: no, esos terroristas que han matado a los dibujantes en París
<Gusano28 se ha unido al canal>
<Vilepechora se ha unido al canal>
Traslúcida: Charlie no sé qué, sí.
LordDrek: Charlie Hebdo
LordDrek: eso es lo que deberíamos hacerle a Ledwell. Entrar ahí y pegarles un tiro a ella y a todos los capullos que tiene trabajando en la película y volver a empezar
Vilepechora: XD
Gusano28: Drek no hajas bromas con esas cosass
Traslúcida: para eso querías reunirnos a todos? para organizar un tiroteo?
LordDrek: No vas muy desencaminada
Traslúcida: por qué no has invitado a Anomia ni a Morehouse?
LordDrek: a Anomia lo verás dentro de un segundo. A Morehouse porque no me fío de que no vaya a ir corriendo a contárselo a Anomia.
Traslúcida: A contarle qué a Anomia?
LordDrek: Ya lo verás.
Gusano28: me estas poniendo del os ner vios
LordDrek: pues ya verás cuando te cuente esto
LordDrek: entonces sí que te vas a poner de los nervios
<Infernal1 se ha unido al canal>
Infernal1: perdón, tenía que cambiarme
Vilepechora: sabes muy bien que no podemos verte, no?
Infernal1: jajaja
Infernal1: llevaba ropa de deporte
Vilepechora: qué deporte?
Infernal1: fútbol
LordDrek: ok, preparaos
LordDrek: Vilepechora y yo teníamos sospechas de Anomia
LordDrek: así que rastreamos su dirección IP
Traslúcida: wtf?
Vilepechora: Y hemos encontrado/ relacionado otras cosas
Vilepechora: pero la dirección IP confirma quién es ella en realidad
Infernal1: joder, SABÍA que era una chica!
LordDrek: pues tenías razón
LordDrek: pero no es una chica cualquiera
Cora: qué quieres decir?
LordDrek: OK, allá va
LordDrek: Anomia = Edie Ledwell
>
Infernal1: no jodas!!!
Gusano28: ??????????
Traslúcida: no puede ser!!!
Vilepechora: pues es
Vilepechora: nos la han jugado
LordDrek: nos ha tomado por gilipollas
Cora: por qué iba a hacer eso?
LordDrek: porque está jugando a un juego muy retorcido, por eso
Infernal1: lo siento, pero eso es imposible
LordDrek: no lo es
LordDrek: va a «llegar a un acuerdo» con Anomia para hacer el juego oficial y empezar a cobrar
Vilepechora: sólo que Anomia no existe. El juego es de Ledwell, siempre lo ha sido
Infernal1: no me lo creo
Traslúcida: yo tampoco
Traslúcida: Morehouse no habría aceptado algo así
LordDrek: has conocido a Morehouse en persona?
Traslúcida: no
Vilepechora: ni lo has visto haciéndose una paja delante de la webcam?
Traslúcida: vete a la mierda, Vilepechora
Traslúcida: sencillamente no me creo que Morehouse esté de acuerdo en que Ledwell nos engañe así
Infernal1: qué ganaría haciéndose pasar por Anomia y troleándose a sí misma?
LordDrek: muy fácil: ‘quedar con’ Anomia y decidir que es buena gente – le preocupa la sobrecomercializacion y toda esa mierda
LordDrek: ‘vamos a monetizar el juego, Anomia puede llevarse los beneficios, se lo merece’
LordDrek: seguramente tendrá a algún lisiado interpretando a Anomia para dar pena
LordDrek: Entonces el lisiado- Anomia les explica a los fans que ahora que la ha conocido se da cuenta de que se había equivocado, de que es genial, y el fandom, que quiere el juego, margina e intimida a Blay
Vilepechora: el fandom adora a Ledwell, ella se lleva la buena prensa y las ganancias
LordDrek: y los fans apoquinan creyendo que a Anomia le llegará el dinero
LordDrek: sólo hay un problema: Ledwell necesitará a un pringado que cargue con la culpa de hackear a Anomia, o cualquiera que sea la excusa que explique que él la ponga a parir
LordDrek: y ella tiene dinero y conocimientos para tendernos una trampa
Gusano28: no lo enitenod . Ella odia ha Anomia .
Vilepechora: es todo falso, Imbécil. Ella se hace la víctima delante de la prensa y de los fans
LordDrek: si quieres pruebas, te las mando
<LordDrek quiere enviarte un archivo>
<Clica alt+y para aceptar el archivo>
>
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>
Gusano28: mierda hay mogollon
Cora: diosss cuánto tiempo lleváis trabajando en esto?
LordDrek: meses
>
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Cora: guau
Cora: aquella vez que el juego no funcionaba fue cuando Ledwell estaba en el hospital!!!!! Nunca lo había relacionado!
Traslúcida: seguro que las fechas coinciden?
Cora: diosss siempre supe que era una mentirosa pero esto es una puta locura
Infernal1: de dónde habéis sacado los emails que ella envió a su agente???
LordDrek: de una fuente amiga que tenemos dentro de su agencia y que la considera una zorra
Cora: Diosss sí! Os acordáis de cuando dijo que sólo hablaría con Anomia si él quedaba con ella cara a cara?
Vilepechora: sí, preparando el terreno
Cora: me pareció tan raro entonces! Para qué iba a quedar con él si le tenía tanto odio?
Vilepechora: exacto
LordDrek: y leed los tuits borrados. Metió la pata varias veces tuiteando por error mensajes de Anomia desde su propia cuenta
Cora: voy a vomitar
Vilepechora: y no olvidéis que llevamos mucho tiempo poniendo verde a Ledwell delante de ella
Gusano28: entonce sesto sigfinica el fin del juego? Ya no podrewmos jugar?
Traslúcida: claro que no, no seas estúpida
Traslúcida: el juego es nuestro, no suyo
Traslúcida: el juego es más importante que Blay/Ledwell
Gusano28: no useis los nombres completos , esta proibido ! Regla 14 !
LordDrek: en mi opinión, B*** tiene que enterarse de las consecuencias de su puta traición
LordDrek: está intentando joderlo a él tanto como a nosotros
Vilepechora: así que cómo se lo decimos a él?
>
Cora: si queréis, yo podría ir a verlo
Gusano28: tu no sa bes donde viv e
Cora: sí que lo sé. Seguro que querrá hablar conmigo
Traslúcida: conoces a J*** B***? en serio?
Cora: sí, se me olvidó, seguramente tú te uniste cuando ya se lo había contado a los otros. Antes era la secretaria de L****** y B***.
Traslúcida: qué me estás contando????
Cora: Drek, podríamos ir tú y yo juntos a hablar con J***.
LordDrek: uf, lo siento, no puedo, estoy ocupado ya sabes con qué
Gusano28: con que ?
LordDrek: no es asunto tuyo
Gusano28: soi la unica que nunca incumple la regla 14 ?
Cora: ok pues iré yo sola y le enseñaré este dosier
LordDrek: en serio?
Cora: pues claro, lo que está haciendo ella es horrible
Infernal1: Cora, tú la conoces… ¿de verdad la crees capaz de hacerse pasar por Anomia?
Cora: si te soy sincera, sí. Trabajar para ella no fue nada divertido. Es despiadada y sólo le importa salirse con la suya
LordDrek: seguro que no te importa ir sola?
Cora: claro que no
LordDrek: me gustaría poder ir
Vilepechora: eres lo más, Cora
Cora: cualquier cosa por el fandom
Vilepechora: Ok, recordadlo: ni una palabra en el canal de moderadores ni delante de Anomia o de Morehouse
Vilepechora: hay que tener mucho cuidado
Vilepechora: y que no se os note que actuáis diferente
Vilepechora: ni pullas, ni indirectas, ni nada
Vilepechora: porque ella está buscando a un pringado, no lo olvidéis
Gusano28: mierda , teng o que irme llego tardeal c urro
<Gusano28 ha dejado el canal>
Traslúcida: yo tendría que estar moderando. Hasta luego.
<Traslúcida ha dejado el canal>
Infernal1: yo sigo sin verlo claro, chicos
Vilepechora: lee todo el archivo y cambiarás de opinión.
<Infernal1 ha dejado el canal>
>
>
>
<Cora ha dejado el canal>
LordDrek: ya se han ido todos?
Vilepechora: me meo
Vilepechora: hostia puta, qué imbéciles son
Vilepechora: no estoy seguro de si Infernal1 se lo ha tragado del todo
LordDrek: qué más da lo que piense ese marica
LordDrek: lo único que hace falta es que Blay se lo crea
Vilepechora: cierto
LordDrek: acabo de llamar a esa foca, Cora, ‘preciosa’
Vilepechora: me meo, puto crack
LordDrek: pero me ha asegurado que no dirá de dónde ha sacado el material
Vilepechora: flipante
Vilepechora: crees que Traslúcida se lo dirá a Morehouse?
LordDrek: si tiene dos dedos de frente no
LordDrek: mecha encendida, chiqui
Vilepechora: XD si esto funciona...
<Se ha abierto un nuevo canal privado>
<7 enero 2015 16:25>
<LordDrek invita a Cora>
<Cora se ha unido a canal>
Cora: Hola! Cómo han ido hoy los ensayos?
LordDrek: Mucho curro, pero es lo que tiene Chéjov. Oye, puedes hacerme un favor, cielo?
LordDrek: No le digas a Josh de dónde has sacado el archivo.
LordDrek: si piensa que lo han recopilado dos moderadores del juego de Drek, a lo mejor no se fía
Cora: ok pero de dónde le digo que lo he sacado?
LordDrek: dile que te lo han enviado unos fans preocupados. Es creíble, tú eres una líder dentro del fandom
Cora: ok, me parece bien. Intentaré ir a ver a Josh este sábado
LordDrek: eres nuestra heroína. Ya nos contarás.
Cora: claro XOXO
Cora: ok me voy a trabajar, hablamos pronto XOXO
LordDrek: gracias, preciosa XOXO
<Cora ha dejado el canal>
<LordDrek ha dejado el canal>
<Se ha cerrado el canal privado>
6
¡Tendrás fama! ¡Oh, farsa!
¡Ofrece a los juncos de las tormentas refugio;
a la enredadera que cae algo donde enroscarse;
a la flor sedienta una gota de lluvia; y el alimento
de las dulces palabras de amor a la mujer! ¡Inútil fama!
FELICIA HEMANS, Properzia Rossi
El último viernes de enero por la tarde, Robin se encontraba sentada ante el escritorio doble de su pequeño despacho de Denmark Street, revisando el dosier del caso Depredador para matar el tiempo antes de ir a ver un piso en Acton. Fuera, en la calle, había mucho ruido: las extensas obras de construcción seguían provocando alteraciones alrededor de Charing Cross Road, y para ir y venir de la oficina había que caminar por pasarelas, entre martillos neumáticos y los silbidos de los obreros. A causa del ruido del exterior, el primer indicio que tuvo Robin de que un posible cliente acababa de entrar en la oficina no fue el sonido de la puerta de cristal al abrirse, sino el timbrazo del teléfono que tenía encima del escritorio.
Al contestar, oyó la voz de barítono de Pat.
—Mensaje del señor Strike. ¿Estás libre este sábado para ir a Gateshead?
Era un mensaje en clave. Desde que el año anterior habían resuelto con éxito un caso sobreseído, lo que le había valido a la agencia otra avalancha de cobertura mediática, dos posibles clientes considerablemente excéntricos se habían presentado en la agencia sin avisar. La primera, una mujer que padecía alguna clase de enfermedad mental, había suplicado a Barclay, el único detective que se encontraba allí en ese momento, que la ayudara a demostrar que el gobierno la estaba vigilando a través del conducto de ventilación de su piso de Gateshead. El segundo, un hombre profusamente tatuado que parecía un tanto sobreexcitado, se había puesto agresivo con Pat cuando ella le dijo que no había ningún detective disponible para tomar nota de los datos de su vecino, quien, según él, formaba parte de una célula del ISIS. Por suerte, Strike había llegado en el preciso instante en que el hombre cogía la grapadora de Pat con la aparente intención de lanzársela a la cabeza. Desde entonces, Cormoran se había empeñado en que Pat tuviera la puerta cerrada con llave cuando se quedara sola en la oficina, y todos se habían puesto de acuerdo para utilizar aquella frase que, más o menos, venía a decir: «Tengo aquí a un chiflado.»
—¿Peligroso? —preguntó Robin en voz baja al tiempo que cerraba el dosier de Depredador.
—No, no —dijo Pat con voz serena.
—¿Enfermo mental?
—Puede que un poco.
—¿Hombre?
—No.
—¿Le has pedido que se marche?
—Sí.
—¿Quiere hablar con Strike?
—No necesariamente.
—De acuerdo, Pat. Hablaré con ella. Ahora mismo salgo.
Robin colgó el teléfono, guardó el dosier de Depredador en el cajón correspondiente y salió a la recepción.
Una joven con una despeinada melenita castaña estaba sentada en el sofá frente a la mesa de Pat. A Robin la sorprendieron varios detalles extraños de su aspecto físico. La impresión general que daba era de desaliño, incluso de ir un poco sucia: calzaba unos botines viejos que casi no tenían tapas; se había pintado la raya de los ojos de un modo un tanto chapucero y probablemente lo había hecho el día anterior, y llevaba una camisa tan arrugada que parecía que hubiese dormido con ella. Y a pesar de todo, a menos que fuera falso, el bolso de Yves Saint Laurent que tenía a su lado debía de haberle costado más de mil libras y su largo abrigo de lana negro parecía nuevo y de excelente calidad. Al ver a Robin, la mujer se sobresaltó y, antes de que ella pudiera hablar, dijo:
—No me eches, por favor. Por favor. Necesito hablar contigo, por favor.
Robin vaciló unos segundos.
—De acuerdo, puedes pasar. Pat, ¿podrías decirle a Strike que sí, que puedo ir con él a Gateshead?
—Ajá —dijo Pat—. Yo habría declinado la invitación, mira por dónde.
Robin se apartó para que la joven pudiera entrar en su despacho, y sólo entonces, moviendo los labios, le dijo a Pat: «Veinte minutos.»
Cerró la puerta y se fijó en que la mujer tenía el pelo apelmazado por detrás, como si llevase días sin peinárselo; aun así, la etiqueta que asomaba en la espalda de su abrigo declaraba que provenía de Alexander McQueen.
—¿Eso era lenguaje en clave? —preguntó la joven, y se dio la vuelta para mirar a Robin—. ¿Lo de Gateshead?
—No, claro que no —mintió Robin, esbozando una sonrisa tranquilizadora—. Siéntate.
Robin se sentó al otro lado del escritorio y la mujer, que debía de tener su misma edad, en una silla frente a ella. A pesar del pelo despeinado, el maquillaje mal aplicado y el gesto tenso, era atractiva de un modo poco convencional. Su rostro era simétrico y rectangular, tenía los labios carnosos, la tez pálida y los ojos de un tono ambarino que resultaba asombroso. Su acento revelaba que era londinense. Robin se fijó en que llevaba un tatuaje pequeño y borroso en un nudillo: un corazón negro que parecía que se hubiera hecho ella misma. Tenía las uñas completamente mordidas y los dedos índice y corazón manchados de nicotina. En conjunto, la desconocida aparentaba ser alguien que pasaba una mala racha y que acababa de escapar de la casa de una mujer rica tras robarle el abrigo y el bolso.
—Supongo que no puedo fumar, ¿verdad? —preguntó.
—Me temo que no. La oficina es un entorno libre de...
—No pasa nada. Tengo chicles.
Hurgó en su bolso y lo primero que sacó fue una carpeta marrón llena de hojas de papel. Mientras intentaba extraer un chicle del paquete al mismo tiempo que impedía que el bolso se le cayera de encima de las rodillas y sujetaba la carpeta, las hojas que ésta contenía resbalaron y se esparcieron por el suelo. Por lo que Robin alcanzó a ver, eran una mezcla de tuits impresos y notas escritas a mano.
—Mierda, lo siento... —dijo la mujer. Agobiada, recogió las hojas y las guardó de cualquier manera en la carpeta. Después de ponerla otra vez en el bolso y de meterse un chicle en la boca, volvió a enderezarse, ahora aún más despeinada, con el abrigo ceñido con descuido alrededor del cuerpo y el bolso agarrado con fuerza en el regazo, como si fuese una mascota que pudiese tratar de huir en cualquier momento.
—Eres Robin Ellacott, ¿no?
—Sí.
—Confiaba en que me atendieras tú. He leído cosas sobre ti en los periódicos —dijo la mujer. Robin se sorprendió. Lo normal era que los clientes quisieran que los atendiera Strike—. Me llamo Edie Ledwell. La recepcionista me ha dicho que ya no podéis aceptar más clientes...
—Me temo que...
—Ya me imaginaba que estaríais muy solicitados, pero... puedo pagar —dijo con un extraño matiz de sorpresa—. De verdad, puedo pagar lo que sea, me lo puedo permitir. Estoy... Si quieres que te diga la verdad, estoy absolutamente desesperada.
—Lo siento, pero tenemos la agenda a tope —empezó a explicarle Robin—. La lista de espera es...
—¿Me dejas que antes te cuente de qué se trata, por favor? ¿Sólo eso? ¿Por favor? Y entonces, a lo mejor, aunque no puedas... Bueno, aunque no puedas hacerlo, a lo mejor puedes darme algún consejo sobre cómo... o decirme quién podría ayudarme. Te lo pido por favor.
—De acuerdo —cedió Robin. La insistencia de la desconocida había despertado su curiosidad.
—Vale, pues... ¿has oído hablar de Un corazón tan negro?
—Pues... sí —dijo Robin, sorprendida. En Zermatt, una noche, su prima Katie había mencionado la serie de dibujos animados. Katie había visto Un corazón tan negro durante su baja de maternidad y había quedado fascinada, aunque por lo visto no estaba muy segura de si era graciosa o simplemente rara—. Está en Netflix, ¿verdad? Me suena, pero no la he visto.
—Vale, bueno, en realidad eso no importa. El caso es que yo creé la serie con mi ex novio y ha triunfado, o como quieras llamarlo... —dijo con voz tensa—. Incluso es posible que la lleven al cine, aunque eso sólo es relevante porque... Bueno, en realidad no es relevante respecto a lo que yo necesito investigar, pero quiero que sepas que tengo dinero y puedo pagar.
Antes de que Robin pudiese intervenir, la mujer siguió hablando:
—En fin, la cuestión es que dos fans de nuestra serie, y hablo de hace unos años... Supongo que podríamos llamarlos «fans», al menos al principio, vaya... Esos dos fans crearon un videojuego en línea basado en nuestros personajes. Nadie sabe quiénes son. Se hacen llamar Anomia y Morehouse. Anomia es el que se lleva casi todo el mérito y el que tiene más seguidores en las redes. Hay quien dice que Anomia y Morehouse son la misma persona, pero no creo que sea verdad... —Respiró hondo—. Total, Anomia... Él... porque estoy segura de que es un hombre... se ha propuesto como misión... hacer... hacerme...
De pronto, soltó una risotada un tanto histérica. Habría sido lo mismo si hubiera chillado de dolor.
—Hacerme la vida tan insoportable como sea posible. Es como... Es incesante, no me da tregua. A diario. Empezó cuando a Josh y a mí nos entrevistaron y nos preguntaron si habíamos visto el juego de Anomia y si nos gustaba. Y... bueno, esto es difícil de explicar... En la serie hay un personaje que se llama Drek, ¿vale? No sabes cómo desearía que no hubiera ningún personaje llamado Drek en la serie, joder, pero ya es demasiado tarde para eso. En fin, en nuestra serie, Drek hace jugar a los otros personajes a un juego, y siempre se está inventando nuevas reglas y siempre acaba todo mal para todos excepto para Drek. Su juego en realidad no es ningún juego, no tiene ninguna lógica, sólo consiste en que él se dedica a fastidiar a los otros personajes.
»Bueno, pues en esa entrevista nos preguntaron si habíamos visto el juego de Anomia y Morehouse, y Josh y yo contestamos que sí, pero que el juego de la serie en realidad no es ningún juego. Es más bien una metáfora... Lo siento, todo esto debe de parecerte una solemne estupidez, pero es que entonces fue cuando empezó todo: cuando dije que el juego de Anomia no era exactamente lo mismo que El juego de Drek de la serie.
»Anomia se puso furioso cuando la entrevista apareció en las redes sociales, y empezó a atacarme sin parar. Dijo que ellos habían sacado todas las reglas de su juego directamente de las reglas de Drek, así que, ¿qué coño hacía yo diciendo que no era exacto? Y un montón de fans le dieron la razón y dijeron que yo estaba descalificando el juego porque era gratis y que quería cancelarlo para poder crear un juego de Drek oficial y ganar dinero con él.
»Creí que la cosa se olvidaría, pero no hizo más que empeorar. No puedes imaginar... Se intensificó muchísimo. Anomia publicó una foto de mi piso en las redes. Ha convencido a la gente de que yo trabajaba de prostituta cuando no tenía dinero. Me envió fotografías de mi difunta madre, diciendo que yo mentía sobre su muerte. Y el fandom se lo cree todo y me ataca por cosas que yo nunca he hecho, cosas que nunca he dicho y cosas en las que no creo...
Robin vio temblar los dedos con los que sujetaba las asas de su bolso de marca, y Edie continuó:
—Aunque también sabe cosas ciertas sobre mí, cosas que no debería saber... El año pasado... intenté suicidarme.
—Lo siento mu... —empezó a decir Robin, pero Edie hizo un ademán de impaciencia: era evidente que lo que buscaba no era compasión.
—Casi nadie lo sabía, pero Anomia se enteró antes de que saliera en las noticias; hasta sabía en qué hospital estaba. Tuiteó sobre ello, diciendo que todo había sido un chanchullo para que los fans se compadecieran de mí...
Se detuvo un instante, y cuando prosiguió su voz parecía más temblorosa:
—Total, que el domingo pasado, Josh, el chico con el que creé Un corazón tan negro, y que como ya he dicho era mi... éramos pareja, y rompimos, pero seguimos haciendo la serie juntos. Josh me llamó y me contó que circulaba el rumor de que Anomia soy yo, de que me ataco a mí misma en las redes y me invento mentiras sobre mí misma, sólo para obtener atención y compasión. Y le pregunté: «¿Quién lo dice?», y él no me contestó, sólo me dijo: «Es lo que he oído por ahí.» Y me dijo que, si no era verdad, quería que se lo dijera a él directamente, así que le dije: «¿Cómo coño se te ocurre pensar que eso puede ser verdad?»
Edie hablaba ahora a voz en grito.
—¡Le colgué el teléfono, pero me volvió a llamar y volvimos a discutir, y ya han pasado como dos semanas y él sigue creyéndoselo y no consigo convencerlo de que...!
Llamaron a la puerta.
—¿Sí? —dijo Robin.
—¿Alguien quiere café? —preguntó Pat. Abrió un poco la puerta y miró a Robin y a Edie. Robin sabía que Pat quería asegurarse de que todo iba bien después de oír gritar a Edie.
—Yo no, gracias, Pat —dijo Robin—. ¿Y tú, Edie?
—Eh... no, gracias.
Pat cerró la puerta.
—Vale, pues anteayer —continuó Edie como si quisiera resumir— hablé otra vez con Josh por teléfono y esta vez me dijo que tenía un dosier de «pruebas». —La joven dibujó unas comillas en el aire—. Unas pruebas que demuestran que es verdad que soy Anomia.
—¿Eso es el...? —Robin señaló el bolso que Edie tenía en el regazo y que contenía la carpeta marrón.
—No, esto sólo es lo que me ha tuiteado Anomia. Dudo mucho que ese dosier de mierda del que habla Josh exista siquiera. Le dije: «¿De dónde lo has sacado?», y no quiso contestarme. Estaba colocado —añadió—. Fuma mucha hierba. Le colgué el teléfono otra vez. Ayer me tiré todo el día paseándome arriba y abajo por mi casa y... ¿Cómo coño va a tener pruebas de que soy Anomia? ¿Qué pruebas? ¡Es ridículo, joder!
Había vuelto a subir la voz, y al final se le quebró. De sus ojos color ámbar brotaron algunas lágrimas y, al secárselas, se corrió el lápiz de ojos y aparecieron unas gruesas franjas grises en sus mejillas y sus sienes.
—Mi novio estaba trabajando y yo... me subía por las paredes, y entonces pensé: sólo hay una forma de parar esto. Tengo que demostrar quién es Anomia. Porque creo que lo sé. Se llama Seb Montgomery. Estudiaba Bellas Artes con Josh. A Josh lo echaron, pero Seb y él siguieron siendo amigos. Seb nos ayudó a animar los dos primeros episodios de Un corazón tan negro. Es un buen animador, pero una vez en marcha nosotros ya no lo necesitábamos, y estoy segura de que se molestó cuando empezamos a tener muchos seguidores, y de que me echaba la culpa a mí. La verdad es que a mí nunca me cayó muy bien, pero yo no presioné a Josh para que prescindiera de él, lo que pasó fue simplemente que ya no lo necesitábamos... Seb y Josh todavía son amigos, y Josh se lo cuenta todo a todo el mundo, no tiene filtro, y menos cuando está borracho o va ciego, que es como está la mayor parte del tiempo, y así es como Seb habría podido enterarse de todos los detalles personales que Anomia sabe sobre mí... Sea como sea, lo que demuestra que es Seb... —continuó Edie, que tenía los nudillos blancos de lo fuerte que agarraba el asa del bolso— es que Anomia sabe una cosa que yo sólo le he co
