El intercambio (La tapadera 2)

John Grisham

Fragmento

Capítulo 1

1

En el cuadragésimo octavo piso de una torre reluciente situada en el extremo sur de Manhattan, Mitch McDeere se encontraba solo en su despacho y miraba por la ventana hacia el Battery Park y las concurridas aguas del otro lado del parque. Barcos de todas las formas y tamaños surcaban el puerto. Enormes cargueros repletos de contenedores esperaban casi inmóviles. El ferry de Staten Island empezaba a dejar atrás Ellis Island. Un crucero lleno hasta los topes de turistas se adentraba en el mar. Un megayate estaba efectuando una espectacular entrada en la ciudad. Un valiente a bordo de un catamarán de cuatro metros y medio zigzagueaba por ahí, esquivándolo todo. Unos trescientos metros por encima del agua, no menos de cinco helicópteros zumbaban de un lado a otro como avispones furiosos. A lo lejos, en el puente de Verrazano, los camiones permanecían inmóviles por el embotellamiento. La estatua de la Libertad lo observaba todo desde su majestuosa atalaya. Era una vista espectacular que Mitch intentaba apreciar al menos una vez al día. De vez en cuando lo conseguía, pero la mayoría de las jornadas eran demasiado ajetreadas como para permitirle holgazanear de esa manera. Su vida, como la del resto de los cientos de abogados que trabajaban en el edificio, se regía por el reloj. Scully & Pershing tenía más de dos mil repartidos por todo el mundo y, vanidosamente, se consideraba el mejor bufete internacional del planeta. Los socios neoyorquinos, entre los que se contaba Mitch, se recompensaban con despachos más grandes en el centro del distrito financiero. El bufete tenía ya cien años de antigüedad y apestaba a prestigio, poder y dinero.

Le echó un vistazo a su reloj de pulsera y dejó de contemplar las vistas. Un par de asociados llamaron a la puerta y entraron para otra reunión. Se acomodaron en torno a una mesa pequeña mientras una secretaria les ofrecía café. Lo rechazaron y la mujer se marchó. El cliente del bufete era una naviera finlandesa con dificultades en Sudáfrica, donde las autoridades les habían embargado un carguero lleno de productos electrónicos procedentes de Taiwán. Vacío, el barco valía unos cien millones. Cargado, el doble, y los sudafricanos estaban molestos por ciertos problemas arancelarios. Mitch había viajado a Ciudad del Cabo dos veces el año anterior y no tenía ninguna gana de volver. Tras media hora, mandó a la pareja de asociados de vuelta al trabajo con una lista de instrucciones y recibió a otros dos.

A las cinco en punto de la tarde, despachó con su secretaria, que ya se marchaba, y pasó por delante de los ascensores camino de las escaleras. En los trayectos cortos de subida y bajada los evitaba para escapar de la cháchara sin sentido tanto de los abogados que conocía como de los que no. Tenía muchos amigos en el bufete y apenas un puñado de enemigos notorios, y siempre había una nueva oleada de asociados recién llegados y de socios júnior entusiastas cuyos rostro y nombre se suponía que debía reconocer. A menudo no era así y tampoco tenía tiempo de estudiar con atención el directorio del bufete e intentar memorizarlos. Habría muchos que se marcharían antes de que se aprendiera su nombre.

Subir las escaleras lo ayudaba a ejercitar las piernas y los pulmones y siempre le recordaba que ya no estaba en la facultad, que ya no jugaba al fútbol ni al baloncesto universitario y que tampoco sería capaz de hacerlo durante horas. Tenía cuarenta y un años y seguía estando más o menos en buena forma, puesto que cuidaba su dieta y se saltaba la comida al menos tres veces a la semana para hacer ejercicio en el gimnasio del bufete. Otro beneficio solo para socios.

Salió de la escalera en la planta cuadragésimo segunda y se dirigió a toda prisa hacia el despacho de Willie Backstrom, otro socio, aunque este con el privilegio de no facturar por horas. Willie ostentaba el envidiable cargo de director de los programas pro bono del bufete y, pese a que cumplía con sus horas, no enviaba facturas. No había nadie que las pagara. Los abogados de Scully ganaban mucho dinero, sobre todo los socios, y el bufete era célebre por su compromiso con el trabajo pro bono. Se ofrecía voluntario en casos difíciles del mundo entero. Todos los abogados debían donar al menos el diez por ciento de su tiempo a diversas causas aprobadas por Willie.

El bufete estaba dividido a partes iguales en cuanto al trabajo pro bono. A la mitad de los abogados les gustaba, ya que agradecían el descanso de la rutina de representar a clientes corporativos que los sometían a un estrés y a una presión enormes. Durante unas horas al mes, los abogados representaban a una persona real o a una organización sin ánimo de lucro en apuros y se despreocupaban de enviar facturas y de cobrar. La otra mitad defendía de boquilla la noble idea de servir a la comunidad, pero la consideraba un despilfarro. Esas doscientas cincuenta horas anuales estarían mucho mejor invertidas en ganar dinero y en mejorar la posición del abogado ante los distintos comités que determinaban quién ascendía, quién se convertía en socio y quién acababa de patitas en la calle.

Willie Backstrom mantenía la paz, cosa que en realidad no era tan difícil, porque ningún abogado, fuera cual fuese su grado de ambición, criticaría jamás los agresivos programas pro bono del bufete. Scully incluso otorgaba unos galardones anuales a quienes iban más allá del deber en servicio de los menos afortunados.

En aquel momento, Mitch dedicaba cuatro horas a la semana a trabajar en favor de un albergue para personas sin hogar del Bronx y representando a clientes que luchaban contra el desahucio. Era una tarea de oficina segura y limpia, justo lo que necesitaba. Siete meses antes, en Alabama, había visto a un cliente del corredor de la muerte pronunciar sus últimas palabras antes de que lo ejecutaran. Había trabajado ochocientas horas a lo largo de seis años para intentar salvar a aquel tipo en vano y verlo morir había sido desgarrador, el fracaso definitivo.

Mitch no tenía claro qué quería Willie, pero el mero hecho de que lo hubieran convocado era mala señal.

El susodicho era el único abogado con coleta de Scully, y de las malas. Era gris, a juego con su barba, y pocos años antes alguien de más categoría le habría dicho que se afeitara y se cortara el pelo. Pero el bufete estaba haciendo un gran esfuerzo por deshacerse de su imagen fosilizada de club de ejecutivos lleno de hombres blancos con traje oscuro. Uno de sus cambios radicales fue la supresión del código de vestimenta. Willie se dejó crecer el pelo y el bigote y empezó a ir a trabajar en vaqueros.

Mitch, que seguía llevando traje oscuro aunque sin corbata, se sentó al otro lado del escritorio mientras mantenían una charla trivial. Al final, aquel abordó el tema:

—Oye, Mitch, tenemos un caso en el sur al que quiero que le eches un vistazo.

—Por favor, no me digas que el acusado está en el corredor de la muerte.

—El acusado está en el corredor de la muerte.

—No, Willie, soy incapaz. Por favor. He tenido dos casos así en los últimos cinco años y a los dos acabaron poniéndoles la inyección. Mi historial no es precisamente bueno.

—Hiciste un gran trabajo, Mitch. A esos dos no podría haberlos salvado nadie.

—No puedo asumir otro caso así.

—¿Estás dispuesto a escucharme, al menos?

Él cedió y se encogió de hombros. Todo el mundo sabía que Willie sentía debilidad por los casos del corredor de la muerte y pocos abogados de Scully eran capaces de decirle que no.

—Vale, te escucho.

—Se llama Tad Kearny y le quedan noventa días. Hace un mes, tomó la extraña decisión de despedir a sus abogados, a todos, y contaba con un buen equipo.

—Menuda locura.

—Es que está loco, loco de atar, puede que incluso enajenado desde un punto de vista legal, pero, aun así, el estado de Tennessee no da su brazo a torcer. Hace diez años, disparó y mató a tres agentes encubiertos de la brigada de estupefacientes durante una redada que salió mal. Había cadáveres por todas partes, hubo un total de cinco muertos en la escena. Tad estuvo a punto de morir, pero consiguieron salvarlo para ejecutarlo posteriormente.

A Mitch se le escapó una carcajada de frustración y dijo:

—¿Y se supone que tengo que llegar montado en un caballo blanco y salvarlo? Venga ya, Willie. Dame algo con lo que trabajar.

—Salvo la enajenación mental, no hay apenas nada con lo que trabajar. Y, además, lo más probable es que no acepte verte.

—Entonces ¿por qué molestarse?

—Porque tenemos que intentarlo, Mitch, y creo que tú eres nuestra mejor baza.

—Sigo escuchando.

—Bueno, me recuerda mucho a ti.

—Caray, gracias.

—No, en serio. Es blanco, de tu edad y oriundo del condado de Dane, en Kentucky.

Durante un segundo, Mitch fue incapaz de contestar; luego logró decir:

—Genial. Seguro que somos primos.

—No creo, pero su padre trabajaba en las minas de carbón, como el tuyo. Y los dos murieron allí.

—Mi familia es un tema prohibido.

—Perdón. Tú tuviste buena suerte y la inteligencia necesaria para salir de allí. Tad no, así que terminó metiéndose en el mundo de las drogas, no solo como consumidor, sino también como traficante. Estaba haciendo una entrega importante cerca de Memphis con unos colegas cuando los agentes de estupefacientes les tendieron una emboscada. Murieron todos menos él. Parece que ahora se le ha agotado la suerte.

—¿No hay dudas respecto a su culpabilidad?

—Para el jurado no, desde luego. La cuestión no es la culpabilidad, sino la enajenación mental. La idea es que lo evalúen unos cuantos especialistas, nuestros médicos, y presentar una súplica de última hora. Sin embargo, primero hay que conseguir que alguien entre y hable con él. Ahora mismo no acepta visitas.

—¿Y crees que nos haremos amigos?

—Es una posibilidad remota, pero ¿por qué no intentarlo?

Mitch respiró hondo e intentó buscar otra salida. Para ganar tiempo, preguntó:

—¿Quién lleva el caso?

—Bueno, en teoría, nadie. Tad se ha convertido en todo un experto legal en la cárcel, presentó él mismo los papeles necesarios para cesar a sus abogados. Durante mucho tiempo lo representó Amos Patrick, uno de los mejores letrados de por allí. ¿Lo conoces?

—Coincidimos una vez en un congreso. Todo un personaje.

—La mayoría de los abogados del corredor de la muerte son auténticos personajes.

—Mira, Willie, no me apetece nada que me etiqueten de abogado del corredor de la muerte. He pasado por algo así dos veces y con eso me basta y me sobra. Estos casos te corroen la mente y acaban absorbiéndote por completo. ¿A cuántos de tus clientes has visto morir? —El aludido cerró los ojos y respiró hondo—. Perdona —susurró él.

—A demasiados, Mitch. Dejémoslo en que yo también he pasado por esto. Mira, he hablado con Amos mil veces y le gusta la idea. Te llevará en coche a la cárcel y, quién sabe, quizá Tad te encuentre lo bastante interesante como para charlar un rato contigo.

—No creo que esto tenga ningún futuro.

—Es obvio que dentro de noventa días no tendrá ningún futuro, pero, al menos, lo habremos intentado.

Mitch se levantó y se acercó a una ventana. El despacho de Willie daba al oeste, hacia el Hudson.

—Amos está en Memphis, ¿verdad?

—Sí.

—No quiero volver allí de ninguna de las maneras. Demasiados recuerdos.

—Es agua pasada, Mitch. Fue hace quince años. Escogiste el bufete equivocado y tuviste que marcharte.

—¿Que tuve que marcharme? Qué leches, intentaron matarme. Murió gente, Willie, y todos los abogados del bufete acabaron en la cárcel. Acompañados de sus clientes.

—Todos se lo merecían, ¿no?

—Supongo, pero me echaron a mí la culpa.

—Ahora ya no están allí, Mitch. Los han dispersado.

McDeere volvió a sentarse y sonrió a su amigo.

—Solo por curiosidad, Willie, ¿la gente de por aquí habla de mí y de lo que ocurrió en Memphis?

—No, nunca se menciona. Conocemos la historia, pero nadie tiene tiempo de cotillear sobre esas cosas. Hiciste lo correcto, escapaste y empezaste de nuevo. Eres una de nuestras estrellas, Mitch, y en Scully eso es lo único que importa.

—No quiero volver a Memphis.

—Necesitas las horas. Este año andas un poco flojo.

—Me pondré al día. ¿Por qué no me buscas alguna fundación que necesite asesoramiento legal gratuito? ¿Qué te parece una organización que alimente a niños hambrientos o que lleve agua potable a Haití?

—Te deprimirías. Prefieres la acción, el drama, el tictac del reloj.

—Te repito que ya he pasado por eso.

—Por favor. Te lo pido por favor. No tengo a nadie más a quien recurrir y hay muchas posibilidades de que ni siquiera pases de la puerta de la cárcel.

—De verdad que no quiero volver a Memphis.

—Échale valor. Hay un vuelo directo mañana a la una y media desde LaGuardia. Amos te está esperando. Como mínimo, disfrutarás de su compañía.

Mitch sonrió, derrotado. Al levantarse, murmuró:

—Vale, vale. —Se dirigió hacia la puerta—. El caso es que me suena una tal familia Kearny del condado de Dane.

—Así me gusta. Ve a visitar a Tad. Tienes razón, a lo mejor es un primo lejano.

—No lo bastante lejano.

2

La mayoría de los socios de Scully, junto con muchos de sus rivales de los grandes bufetes e innumerables corredores de bolsa de Wall Street, salían a toda prisa de los altos edificios hacia las seis de la tarde y se subían a su sedán negro conducido por un profesional. Las estrellas más importantes de los fondos de cobertura se sentaban en el espacioso asiento trasero de un largo coche europeo de su propiedad, pero conducido por un chófer a sueldo. Los auténticos amos del universo habían huido por completo de la ciudad y vivían y trabajaban tranquilamente en Connecticut.

Aunque podía permitirse un servicio de coches, Mitch usaba el metro, una de sus muchas concesiones a la frugalidad y a su pasado humilde. Cogió el tren de las 18.10 en South Ferry, se sentó en un banco abarrotado y, como siempre, escondió la cara detrás de un periódico. Debía evitar el contacto visual. El vagón estaba abarrotado de otros profesionales adinerados que se dirigían al norte, ninguno de los cuales tenía interés en charlar. Viajar en metro no tenía nada de malo. Era rápido, fácil, barato y, casi siempre, seguro. La desventaja era que el resto de los pasajeros eran, de un modo u otro, profesionales de Wall Street y, como tales, o ganaban mucho dinero o estaban a punto de hacerlo. El sedán privado estaba casi al alcance de la mano. Sus días en el metro estaban llegando casi a su fin.

Mitch no tenía tiempo para esas tonterías. Hojeó el periódico, se armó de paciencia cuando tuvo que apretarse aún más contra los demás pasajeros a medida que aumentaba el número de viajeros del vagón y permitió que sus pensamientos se desplazaran hacia Memphis. Nunca había dicho que no volvería. Entre Abby y él, no era necesario expresar esa promesa. Escapar de aquel lugar había sido tan aterrador que era incapaz de imaginarse volviendo por ningún motivo. No obstante, cuanto más pensaba en ello, más intrigado se sentía. Era un viaje rápido que seguramente no llevaría a ninguna parte. Le estaba haciendo un enorme favor a Willie, un favor que sin duda conllevaría una buena retribución.

Al cabo de veintidós minutos, salió del metro en la estación de Columbus Circle e inició el paseo diario hasta su apartamento. Hacía una espléndida tarde de abril, con un cielo y una temperatura agradables, uno de esos momentos de postal en los que daba la sensación de que la mitad de la población de la ciudad parecía estar al aire libre. Mitch, sin embargo, apretó el paso para llegar a casa cuanto antes.

El edificio en el que vivían estaba en la calle Sesenta y Nueve con Columbus Avenue, en el centro del Upper West Side. Habló con el portero, recogió el correo del día y subió hasta el piso catorce en el ascensor. Clark le abrió la puerta y se estiró para abrazarlo. Con ocho años, seguía siendo un niño pequeño y no le avergonzaba mostrarle algo de cariño a su padre. Carter, su gemelo, era un poco más maduro y empezaba a dejar atrás los rituales del contacto físico con su progenitor. Mitch habría abrazado y besado a Abby y le habría preguntado cómo le había ido el día, pero tenía invitados en la cocina. Un delicioso aroma impregnaba el apartamento. Estaba preparando una buena comida y la cena sería otra delicia.

Los cocineros eran los hermanos Rosario, Marco y Marcello, también gemelos. Eran de un pueblecito de Lombardía, en el norte de Italia, y dos años antes habían abierto una trattoria cerca del Lincoln Center. Había sido un éxito desde el primer día y el Times no tardó en concederle dos estrellas. Era difícil conseguir una reserva; en aquel momento, el tiempo de espera era de cuatro meses. Mitch y Abby habían descubierto el local y comían allí a menudo, siempre que querían. Ella tenía la influencia necesaria para que le dieran una mesa porque estaba editando el primer libro de cocina de los Rosario. También los animaba a utilizar su moderna cocina para experimentar con nuevas recetas y, al menos una vez a la semana, los gemelos acudían al apartamento de los McDeere con bolsas de ingredientes y una forma casi desenfrenada de entender la cocina. Abby estaba en el meollo de todo, hablando como una metralleta en perfecto italiano mientras Carter y Clark los observaban desde una distancia prudencial sentados en un par de taburetes junto a la encimera. A Marco y a Marcello les encantaba ejercer delante de los niños y les explicaban sus preparaciones en un inglés con muchísimo acento. También los retaban a repetir palabras y frases en italiano.

La escena le arrancó una ligera carcajada a Mitch mientras soltaba el maletín, se quitaba la chaqueta y se servía una copa de chianti. Les preguntó a sus hijos por los deberes y le contestaron asegurándole que ya los habían terminado, como era habitual. Marco presentó un platito de bruschetta, lo colocó en la encimera delante de los niños y lo informó de que no debía preocuparse por la tarea y cosas por el estilo, porque los chicos estaban desempeñando una importante labor como catadores. Mitch fingió sentirse mínimamente reprendido. Ya revisaría los deberes más tarde.

El nombre del restaurante, para sorpresa de nadie, era Rosario’s y los chefs lo llevaban bordado en letra negrita en los delantales rojos. Marcello le ofreció uno a Mitch, que, como siempre, lo rechazó alegando que no sabía cocinar. Cuando estaban solos en la cocina, Abby le permitía pelar y cortar las verduras, pesar las especias bajo su atenta mirada, poner la mesa y encargarse de la basura, todas ellas tareas básicas que consideraba aptas para el talento de su marido. En una ocasión, él mismo se ascendió a la categoría de ayudante del chef, pero lo degradaron sin miramientos cuando quemó una baguete.

Abby pidió una copa pequeña de vino. Marco y Marcello la rehusaron, como de costumbre. Mitch había aprendido hacía años que los italianos, a pesar de su prodigiosa producción de vino y de su presencia en prácticamente todas las comidas, en realidad bebían poco. Una jarra del tinto o blanco de la zona que más les gustara satisfaría a una familia numerosa durante una cena prolongada.

Gracias a su conocimiento de la comida y del vino italianos, Abby era redactora en Epicurean, una pequeña pero activa editorial de la ciudad. La empresa estaba especializada en libros de cocina y publicaba unos cincuenta títulos al año, casi todos ellos volúmenes gruesos y atractivos cargados de recetas de todo el mundo. Como conocía a tantos chefs y propietarios de restaurantes, Mitch y ella cenaban fuera a menudo y rara vez se molestaban en reservar. Su apartamento era el laboratorio favorito de chefs jóvenes que soñaban con triunfar en una ciudad repleta de buenos restaurantes y de importantes gourmands. La mayoría de las comidas que se preparaban allí eran extraordinarias, pero, como los cocineros tenían libertad para experimentar, de vez en cuando se producía algún fiasco. Carter y Clark eran cobayas fáciles y se estaban criando en un mundo de recetas de vanguardia. Si los chefs no eran capaces de complacerlos, lo más seguro era que los platos tuvieran algún problema. Animaban a los chicos a criticar con dureza cualquier plato que no les gustara. A menudo, sus padres bromeaban a escondidas sobre que estaban educando a un par de esnobs de la comida.

Aquella noche no habría quejas. A la bruschetta le siguió una pizza en miniatura de trufa. Abby anunció que los aperitivos habían terminado y acompañó a su familia a la mesa del comedor. Marco sirvió el primer plato, una sopa de pescado especiada llamada cacciucco, mientras Marcello tomaba asiento. Los seis se llevaron una cucharada pequeña a la boca, la saborearon y pensaron en su reacción. Eran comidas lentas y los niños no solían llevarlo bien. El plato de pasta eran cappelletti, raviolis diminutos en caldo de ternera. A Carter le encantaba la pasta y declaró que eran una delicia. Abby no lo tenía tan claro. Marco sirvió un segundo plato de pasta, risotto con azafrán. Como estaban llevando a cabo una investigación en un laboratorio, a continuación les presentaron un tercer plato de pasta: espaguetis con salsa de almejas. Las raciones eran pequeñas, apenas unos bocados, y bromearon sobre que tenían que moderarse. Los Rosario discutían sobre los ingredientes, las variaciones de las recetas, etcétera. Mitch y Abby también les ofrecían su opinión, de manera que no era raro que todos los adultos se pusieran a hablar al mismo tiempo. Después del plato de pescado, los niños empezaron a aburrirse. Les dieron permiso para levantarse de la mesa y se fueron al piso de arriba a ver la televisión. Se perdieron la carne, conejo estofado, y el postre, panforte, un denso pastel de chocolate con almendras.

Mientras tomaban café, los McDeere y los Rosario debatieron qué recetas debían incluirse en el libro de cocina y cuáles necesitaban más trabajo. Faltaban meses para que lo acabaran, así que les quedaban muchas cenas por delante.

Poco después de las ocho, los hermanos estaban listos para recoger sus cosas y marcharse. Tenían que volver rápidamente al restaurante para ver cómo iban sus comensales. Tras una limpieza rápida y la habitual ronda de abrazos, se marcharon con la firme promesa de volver la semana siguiente.

Cuando el apartamento se quedó en silencio, Mitch y Abby volvieron a la cocina. Como siempre, seguía hecha un desastre. Terminaron de cargar el lavavajillas, apilaron varias sartenes y ollas junto al fregadero y apagaron la luz. La asistenta se encargaría por la mañana.

Después de acostar a los niños, el matrimonio se retiró al estudio para tomarse una última copa de vino tinto, un barolo. Repasaron la cena, hablaron del trabajo y se relajaron.

Mitch estaba impaciente por dar la noticia.

—Mañana pasaré la noche fuera de casa —dijo.

No era nada nuevo. Por lo general, pasaba fuera unas diez noches al mes y hacía mucho tiempo que Abby había aceptado las exigencias de su trabajo.

—No está anotado en la agenda —repuso su mujer al mismo tiempo que se encogía de hombros. Los relojes y los calendarios regían su vida y eran muy cuidadosos con su planificación—. ¿Vas a algún sitio divertido?

—A Memphis.

Ella asintió, tratando sin éxito de ocultar su sorpresa.

—Vale, te escucho, y más vale que la historia sea buena.

Sonrió y le hizo un resumen de la conversación que había mantenido con Willie Backstrom.

—Por favor, Mitch, otro caso del corredor de la muerte no, me lo prometiste.

—Lo sé, lo sé, pero no he podido decirle que no a Willie. Es una situación desesperada y lo más seguro es que el viaje no sirva de nada. Le he dicho que lo intentaría.

—Creía que no íbamos a volver nunca a esa ciudad.

—Y yo, pero son solo veinticuatro horas.

Abby bebió un sorbo de vino y cerró los ojos. Cuando los abrió, dijo:

—Hace mucho que no hablamos de Memphis, ¿verdad?

—No. No ha habido necesidad de hacerlo, en realidad. Pero han pasado quince años y todo ha cambiado.

—Sigue sin gustarme.

—No me pasará nada, Abby. No me reconocerá nadie. Los malos ya no están.

—O eso esperas. Según recuerdo, Mitch, abandonamos la ciudad en plena noche, muertos de miedo, convencidos de que los malos nos perseguían.

—Y era cierto. Pero ya no están. Algunos han muerto. El bufete implosionó y todos fueron a la cárcel.

—Que era donde les correspondía estar.

—Sí, pero ya no queda ni un solo miembro del bufete en la ciudad. Entraré y saldré sin que nadie se entere.

—No me gustan los recuerdos de ese sitio.

—Mira, Abby, hace mucho tiempo que tomamos la decisión de vivir una vida normal sin estar alerta constantemente. Lo que ocurrió allí ya es agua pasada.

—Pero, si aceptas el caso, tu nombre aparecerá en las noticias, ¿no?

—Si acepto el caso, cosa bastante dudosa, no me quedaré en Memphis. La cárcel está en Nashville.

—Entonces ¿por qué vas a Memphis?

—Porque el abogado, o exabogado, trabaja allí. Lo visitaré en su despacho, me facilitará toda la información y luego me llevará en coche hasta la cárcel.

—Scully tiene como un millón de abogados. Seguro que encuentran a otro.

—No hay tiempo. Si el cliente se niega a verme, entonces me libro de todo el asunto y vuelvo a casa antes de que me eches siquiera de menos.

—¿Quién dice que vaya a echarte de menos? Pasas mucho tiempo fuera.

—Sí, y sé que lo pasáis fatal cuando estoy fuera.

—Sobrevivimos a duras penas. —Sonrió, negó con la cabeza y se recordó a sí misma que discutir con Mitch era una pérdida de tiempo—. Ten cuidado, por favor.

—Te lo prometo.

3

La primera vez que Mitch entró en el ornamentado vestíbulo del hotel Peabody, en el centro de Memphis, le faltaban dos meses para cumplir veinticinco años. Estaba cursando tercero de Derecho en Harvard y, la primavera siguiente, se graduaría como número tres de su promoción. Llevaba en el bolsillo tres espléndidas ofertas de trabajo de megabufetes, dos de Nueva York y uno de Chicago. Ninguno de sus amigos entendía por qué desperdiciaba un viaje para visitar un bufete de Memphis que no podía considerarse que se contara precisamente entre los más prestigiosos del país. Abby también se mostraba escéptica.

Se había dejado llevar por la codicia. Aunque el bufete Bendini era pequeño, formado solo por cuarenta abogados, le ofrecía más dinero y beneficios y una vía de ascen­so más rápida para convertirse en socio. Pero había racionalizado la codicia, incluso se las había ingeniado para negarla, y se había convencido a sí mismo de que un chico de pueblo se encontraría más a gusto en una ciudad de menor tamaño. El bufete tenía un aire familiar y nadie lo abandonó jamás. Al menos estando vivo. Tendría que haberse dado cuenta de que una oferta demasiado buena para ser cierta conllevaba graves ataduras y condiciones. Abby y él duraron solo siete meses y tuvieron suerte de escapar.

En aquel entonces, cruzaron el vestíbulo cogidos de la mano, contemplando boquiabiertos el rico mobiliario, las alfombras orientales, las obras de arte y la fabulosa fuente que había en el centro, con patos nadando en círculos.

Allí seguían, y Mitch se preguntó si serían los mismos patos. Pidió un refresco light en la barra y se dejó caer en un sillón mullido cerca de la fuente. Los recuerdos lo invadieron como un torrente: el vértigo de que lo reclutaran con tanto interés; el alivio de estar a punto de terminar la carrera de Derecho; la certeza sin barreras de que tendría un futuro brillante; una carrera nueva, una casa nueva, un coche de lujo, un sueldo generoso. Abby y él incluso habían hablado de formar una familia. Sí, desde luego que albergaba ciertas dudas, pero empezaron a disiparse en el momento en el que entró en el Peabody.

¿Cómo había podido ser tan tonto? ¿De verdad habían pasado quince años? Entonces no eran más que unos críos, y muy ingenuos.

Se terminó el refresco y se encaminó hacia el mostrador de recepción para registrarse. Había reservado una habitación para una sola noche a nombre de Mitchell Y. McDeere y, mientras esperaba a que la recepcionista encontrara su reserva, se le pasó brevemente por la cabeza la idea de que quizá alguien se acordara de él. No fue el caso de la recepcionista y tampoco lo sería de ningún otro. Había pasado demasiado tiempo y los conspiradores que lo perseguían habían desaparecido hacía mucho. Fue a su habitación, se puso unos vaqueros y salió del hotel para dar un paseo.

A tres manzanas de distancia, en Front Street, se quedó mirando el inmueble de cinco plantas que en su día se conocía como Edificio Bendini. Casi se estremeció al pensar en su fugaz pero complicada etapa allí. Recordó nombres y vio caras de antaño, todas ellas de personas que ya no estaban allí, que habían muerto o llevaban una vida tranquila en otro lugar. Habían renovado el edificio, lo habían rebautizado y ahora estaba repleto de apartamentos que anunciaban vistas al río. Siguió caminando y encontró la cafetería de Lansky, una vieja tradición de Memphis que no había cambiado. Entró, se sentó en un taburete junto a la barra y pidió un café. A su derecha había una hilera de reservados, todos vacíos a media tarde. Entonces Mitch estaba sentado justo en el tercero cuando un agente del FBI apareció de la nada y empezó a interrogarlo sobre su empresa. Fue el principio del fin, la primera señal clara de que las cosas no eran lo que parecían. Cerró los ojos y reprodujo toda la conversación, palabra por palabra. El agente se llamaba Wayne Tarrance, un nombre que no olvidaría jamás por mucho que lo intentara.

Cuando se acabó el café, lo pagó y se fue andando hasta Main Street, donde cogió un tranvía para dar un paseo corto. Algunos edificios habían cambiado, otros seguían iguales. Muchos de ellos le traían a la memoria sucesos que se había esforzado por eliminar de su mente. Se apeó en un parque, se sentó en un banco a la sombra de un árbol y llamó a su despacho para ver qué caos se estaba perdiendo. Llamó a Abby y le preguntó cómo estaban los niños. En casa todo iba bien. No, no había nadie siguiéndolo. Nadie se acordaba de él.

Al anochecer, regresó al Peabody y subió en el ascensor hasta el último piso. El bar de la azotea era un lugar popular para contemplar la puesta de sol sobre el río y tomar unas copas con los amigos, por lo general los viernes por la tarde después de una semana dura. Durante su primera visita con Abby, el viaje en el que lo reclutaron, los miembros más jóvenes del bufete y sus respectivas esposas los agasajaron allí. Todos los abogados eran hombres y estaban casados. Esas eran las reglas tácitas de Bendini por aquel entonces. Más tarde, cuando se quedaron solos en la azotea, se pidieron otra copa y tomaron la calamitosa decisión de aceptar el puesto.

Le sirvieron una cerveza y Mitch se apoyó en la barandilla para contemplar el serpenteante curso del río Mississippi, que dejaba atrás Memphis en su eterno viaje hacia Nueva Orleans. Unas enormes barcazas cargadas de soja avanzaban bajo el puente camino de Arkansas mientras el sol se ponía, al fin, más allá de los campos de cultivo llanos e interminables. La nostalgia le falló. Aquellos días que les habían parecido tan prometedores se desvanecieron al cabo de pocas semanas, cuando su vida se convirtió en una pesadilla increíble.

Solo había una opción para cenar. Cruzó Union Avenue, entró en un callejón y captó el olor de las costillas. El Rendez-vous era, con diferencia, el restaurante más famoso de la ciudad y Mitch había ido a comer allí muchas veces, siempre que le fue posible. De vez en cuando, quedaba con Abby después del trabajo para ir a disfrutar de sus famosas costillas ahumadas en seco y de una cerveza helada. Era martes y, aunque siempre estaba lleno, no tenía nada que ver con los fines de semana, cuando no era raro tener que esperar una hora para que te dieran una mesa. No se aceptaban reservas. Un camarero le señaló un sitio en una de las muchas salas atestadas y el abogado tomó asiento de cara a la barra principal. Las cartas eran innecesarias. Otro camarero se acercó y le preguntó:

—¿Sabe lo que quiere?

—Una ración entera, un plato pequeño de queso y una cerveza en vaso alto.

El camarero no dejó de caminar en ningún momento.

Mitch había notado muchas transformaciones en la ciudad, pero siempre habría una constante: el Rendez-vous nunca cambiaría. Las paredes estaban repletas de fotos de invitados famosos, programas de la Liberty Bowl, carteles de neón de cerveza y refrescos, bocetos del viejo Memphis y más fotos, muchas de ellas de hacía décadas. Una tradición era pegar una tarjeta de visita en la pared antes de marcharse y debía de haber alrededor de un millón. Él mismo había pegado la suya y se preguntó si quedaría alguna de los abogados de Bendini, Lambert & Locke. Como era evidente que nadie se molestaba en quitarlas, supuso que aún seguirían allí.

Diez minutos después, el camarero le sirvió una fuente con costillas, queso cheddar y ensalada de repollo como guarnición. La cerveza estaba tan fría como la recordaba. Arrancó una costilla, le dio un buen bocado, la saboreó y tuvo su primer recuerdo agradable de Memphis.

Amos Patrick fundó la CDI, la Capital Defense Initiative, en 1976, poco después de que el Tribunal Supremo levantara la prohibición de la pena máxima. Cuando esto ocurrió, los «estados de la muerte» se apresuraron a poner a punto sus sillas eléctricas y sus cámaras de

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