1

Olivia
71 días para cerrar el círculo
Siento las manos frías y húmedas mientras recorro la terminal. El nudo de mi estómago se acentúa a cada paso que doy hacia la puerta de embarque. Por eso intento aferrarme a lo que me ha dicho Sienna: no pasa nada, todo está bien, los aviones son seguros. Es una lástima que mi ansiedad no opine igual.
Qué ganas tengo de volver a Roma y, a la vez, qué mal momento para quedarme allí una semana entera. Chiara se ha empeñado en celebrar por todo lo alto sus veintiséis años en la capital italiana con sus amigas y familia y, aunque me hace mucha ilusión regresar y pasar estos días con ella, no puedo evitar pensar en lo inoportuno que me resulta. Sin saber aún dónde voy a vivir, con las gatitas todavía pequeñas y en una época de tantísima carga de trabajo en la editorial, mis ánimos están por los suelos y no sé cómo hacer para disfrutarlo.
Además, odio los aeropuertos. Mejor dicho, odio los aviones, pero los aeropuertos son el preámbulo que desencadena todas esas sensaciones horribles en mi cuerpo. Mientras camino con el piloto automático puesto, los nervios me recorren el cuerpo como una corriente eléctrica, el sudor frío me empapa la nuca y mi corazón late tan rápido que siento que se me va a salir del pecho en cualquier momento. Noto la respiración entrecortada, como si mis pulmones no se pudieran llenar.
La vibración de mi teléfono en el bolso consigue devolverme al presente. En la pantalla leo el nombre de mi amiga, Sienna Oliu. Soy de esas que tiene a todos sus contactos guardados con nombre y apellido, aunque sean mis mejores amigas desde hace años. Supongo que son cosas de ser virgo.
Descuelgo la llamada de FaceTime justo al llegar al control de seguridad del aeropuerto de Barcelona.
—¡Olivia! —grita Sienna al otro lado de la pantalla, ilusionada. Por suerte, ella sí tiene tantas ganas de emprender este viaje como la situación merece—. Veo que ya estás en el aeropuerto, ¿cómo te sientes? —me pregunta, impaciente.
—Como si fuera a desmayarme de un momento a otro. —No me escondo, con ella puedo ser vulnerable.
—Lo siento muchísimo, Liv. No sabes lo que me ha costado reestructurarlo todo para conseguir una semana entera. Me hubiera encantado volar hoy contigo, pero mi jefe me matará cuando vuelva y…
—No pasa nada, ¡de verdad! No te preocupes, voy a estar bien —y lo digo con una emoción que no siento, más para convencerme a mí misma que a ella.
Desde que terminó el máster, Sienna trabaja en una multinacional como abogada. Es buenísima en su trabajo, así que cada vez tiene más responsabilidades y menos tiempo para su vida personal. Además, ahora lo compagina con un segundo máster para especializarse en nulidad, separación y divorcios. Su jefe siempre dice que ha tenido mucha suerte de encontrarse a una persona tan resolutiva y eficiente. Aun así, eso implica priorizar el trabajo, algo que entra en conflicto con pasar tiempo de calidad con la gente a la que quiere.
—¿Seguro? ¿Puedo hacer algo, aunque sea desde la distancia? —Sabe lo muchísimo que detesto los aviones desde lo de mi padre—. Voy a buscar a Kira, es la mejor en soporte emocional.
Se levanta del escritorio y la veo dirigirse al comedor dando saltitos hasta que se planta delante de su perra, que nos mira adormilada. Le acaricia la cabeza y le pone el teléfono delante. Tan pronto como Kira me ve, se pone a mover la cola y a intentar dar lametazos al móvil mientras yo le susurro arrumacos. Sienna y yo nos reímos y, por un momento, mi cabeza deja de lado el avión y los 1400 kilómetros que me separan de Roma en este mismo instante.
«Última llamada para los pasajeros del vuelo VY6106 con destino a Roma, diríjanse por favor a la puerta de embarque», se escucha por megafonía.
—Es el mío, Sienna, tengo que irme —le digo con un hilo de voz—. Adiós, perrito bonito. —Sonrío. Después me dirijo a mi amiga, que ya ha dejado de enfocar a Kira y vuelve a aparecer en pantalla—. ¡Nos vemos mañana! Te quiero, gracias por todo.
—¡Te quiero, Olivia! Enseguida estaremos juntas en Roma. No va a pasar nada, ¿vale? Piensa en lo de la gelatina, la presión atmosférica y todo eso.
Intento esbozar una sonrisa, pero siento que los músculos de mi cara están rígidos y soy incapaz de mostrar una expresión genuinamente relajada.
Lo de la gelatina es algo que le salió a Sienna en TikTok hace un tiempo y que me mandó por todos los canales posibles (incluso por e-mail, con un artículo adjunto de un científico americano para darle credibilidad a la fuente original). Se trata de una prueba que demuestra por qué el avión no va a caer: porque la presión atmosférica es igual por los cuatro lados y esto lo sostiene, como ocurre con una bolita de papel dentro de un vaso con gelatina.
Tiene su lógica, pero no soy capaz de centrarme en eso ahora mismo.
Cuelgo y me quedo mirando el teléfono un momento mientras trato de recordar cómo se respira con normalidad. No es la primera vez que vuelo, pero sí la primera vez que vuelo sola desde el accidente en el que murió mi padre. El nudo de mi estómago se tensa y me doy cuenta de que estoy apretando los dientes con tanta fuerza que la mandíbula empieza a dolerme.
El accidente de mi padre ni siquiera sucedió en un avión comercial, pero me produce pánico el simple hecho de estar suspendida en el aire. No quiero recordarlo ahora, que me espera un vuelo de casi dos horas y me resulta imposible distraer mi mente. Lo haré sola, sin mis mejores amigas para darme la mano y compartir anécdotas graciosas.
Hago tres respiraciones lentas, procurando coger aire a conciencia y sacarlo del todo, como me han enseñado en terapia, y prosigo mi camino.
Paso el control de seguridad sin ningún percance. A pesar de mi aparente calma, siento el sudor acumulándose en la parte baja de mi espalda. Mis manos están temblando ligeramente mientras guardo mis cosas y me pongo los AirPods con dedos torpes, como si la coordinación de mi cuerpo estuviera desconectada de mi cerebro. Le doy al Play en Spotify. Espero que la música ahogue los latidos incontrolables de mi corazón que ahora retumban en mis oídos. Suena «You’re on Your Own, Kid», de Taylor Swift, una de mis favoritas de Midnights, y no puedo evitar tararearla mientras me dirijo a la puerta de embarque. Ya ha sonado la última llamada para mi vuelo y, aunque me está ganando la ansiedad, tampoco quiero quedarme en tierra, así que aumento el ritmo de mi paso.
La siguiente que suena es «The Alibi», de Dylan, y me emociono un poco. Me vengo arriba. Me concentro tanto en la canción que consigo olvidarme de dónde estoy por un momento. Empiezo a caminar más y más rápido, sin prestar atención a la gente que se mueve a mi alrededor. Estoy recordando la última vez que bailé y canté a pleno pulmón esta canción con mis amigas y de repente…
—Cazzo![1] —grita el chico con el que he impactado, poniéndose la mano en el costado y girándose hacia mí, confuso.
No solamente he llegado a la puerta de embarque, sino que mi maleta y yo hemos chocado con la última persona de la cola, que se había parado para enseñar su DNI.
—¡Dios! Perdón, perdón, perdón… —murmuro, mordiéndome el labio y contrayendo el rostro—. ¿Estás bien?
No ha sido un golpe tan fuerte, pero él sigue frotándose el costado, como si realmente le doliera.
Unos ojos azules me observan, tiene el ceño fruncido y por un segundo temo que realmente esté enfadado y vaya a gritarme aquí en medio. Lo que me faltaba. Pero entonces suspira y relaja el semblante, restándole importancia con la mano.
—Sí, no te preocupes. —Se pasa una mano por el pelo castaño claro—. Justo me has dado en una herida, pero estoy bien.
Baja la mirada hacia mis pies y se agacha para recoger algo. Este gesto da paso a una oleada de café que proviene del termo que lleva en la otra mano.
—Creo que esto es tuyo. —Me extiende la mano con el AirPod que, por lo visto, se me ha caído con el impacto. Ni siquiera me había dado cuenta de que la música había dejado de sonar en mis oídos.
—Gracias. —Le sonrío apartándome el pelo cobrizo de la oreja para confirmar que, efectivamente, se me había caído—. Lo siento, de verdad.
Esta vez esboza una media sonrisa, negando con la cabeza para quitar hierro al asunto. Aprovecho estos instantes para observarlo mejor: mandíbula marcada, ojos infinitamente azules, barba de dos o tres días, piel ligeramente tostada por el sol, más alto que yo. No puedo negar que es atractivo, tanto como para que ese pensamiento flote por mi mente durante unos cuantos segundos, justo los que tarda en apartar la vista de mí.
Acto seguido, se gira y lo veo desaparecer entre la gente con su mochila negra colgada en el hombro y su maleta azul cielo rodando junto a él.
Le enseño a la azafata mi billete y mi DNI y me apresuro a subirme al autobús, que cierra sus puertas detrás de mí. Mis manos tiemblan y el espacio a mi alrededor parece más claustrofóbico de lo normal. El aire es denso, con una mezcla de olor a combustible y perfume barato. Necesito salir de aquí cuanto antes.
Reproduzco de nuevo la música, cierro los ojos y apoyo la frente en la barra metálica que tengo cerca, intentando calmar mi respiración por segunda vez en menos de media hora. Escucho mi propio latido y eso me produce aún más ansiedad. Me siento demasiado consciente de mi propio cuerpo y me asusta tener una crisis en el avión. Me concentro en la letra y me vienen a la cabeza esos ojos infinitos de hace apenas unos minutos. Lo busco con la mirada, pero no lo veo cerca, así que me enfoco en la canción mientras tarareo las últimas frases.
Un par de notificaciones de WhatsApp me borran al chico guapo de la cabeza: mi madre y mi hermana pequeña. Las dos intentan sonar despreocupadas en el grupo que tenemos las tres. Les contesto rápidamente, sin ganas.
CENTRAL PERK
Mami, Emma, Tú
Mami
Que tengas buen vuelo! Avísanos cuando llegues, te queremos ♥
Emma
Nos vemos pronto, sister. Y tráeme algo de Roma!
Os quiero, gracias por los ánimos
También tengo otro mensaje, aunque a este no respondo.
Aarón
Hoy te vas a Roma, ¿verdad? Te echaré de menos en la oficina.
Bloqueo el móvil y al segundo me llega otro mensaje.
Aarón
Sabes que solo me importas tú, Olivia.
Lleva semanas mandándome mensajes a los que no suelo responder, pero sigue intentándolo. Pongo el modo avión, vuelvo a bloquear la pantalla y me pierdo de nuevo en la música.
Bajo del autobús distraída, siento el sol en la piel y avanzo con la vorágine de gente hasta las escaleras del avión. Asiento 29A. Genial, por lo menos tengo ventanilla. Aunque parezca contradictorio, porque implica ver el mar infinito que me recuerda lo alto que volamos, el hecho de mirar afuera reduce mi sensación de claustrofobia.
En menos de cinco minutos estoy en medio del pasillo del avión, maleta en mano. El compartimento de arriba parece burlarse de mí desde su altura imposible. Tengo muchas cualidades, pero la fuerza no es una de ellas, y menos cuando estoy nerviosa. Por otro lado, puede que mi maleta esté al límite del peso permitido en cabina. Resoplo. Agarro la maleta y, con un impulso monumental, intento levantarla por encima de mi cabeza. Parece pesar una tonelada más que cuando la metí en el maletero del taxi esta mañana. Mis brazos tiemblan bajo el esfuerzo. Me desequilibro y la maleta se me resbala. Por un segundo, me invade el terror absoluto: me veo aplastada por mi propio equipaje, haciendo el ridículo delante de todo el avión. «Lo que me faltaba», pienso.
Pero entonces, justo cuando estoy a punto de perder mi dignidad, una mano se adelanta y sostiene la maleta.
—Cuidado, muchacha, vas a hacerte daño —dice una voz profunda y amable, paternal.
Miro hacia mi derecha y me encuentro con los ojos cálidos de un hombre alto y sonriente que podría perfectamente ser mi padre. Me mira con una combinación de paciencia y humor que solo posee la gente buena.
—Oh, gracias, muchas gracias —balbuceo sintiendo cómo el color me sube a las mejillas.
—No me las des, estoy acostumbrado. Mi hija nunca puede subirla sola, para eso estamos los padres. —Me guiña un ojo y, como si no pesara nada, coloca mi maleta en el compartimento.
Me quedo observándolo con el corazón encogido. Me recuerda a mi padre y a todas esas veces que nos ayudaba a mis amigas y a mí con pequeñas cosas como bajar los cereales del estante de arriba de la cocina o quitarme la bufanda cuando se me enganchaba en los pendientes. Mi padre era el hombre más bueno que he conocido nunca y lo echo terriblemente de menos.
Ocupo mi sitio y el señor que me ha ayudado sigue avanzando hacia el final del avión. De repente me siento un poco menos asustada por el vuelo que tengo por delante, como si un pedacito de mi padre estuviera conmigo.
Me pongo los auriculares, lista para seguir escuchando a Taylor Swift mientras leo Love & Other Words e intento no tener una crisis durante las dos próximas horas.
2

Nico
84 días para volver a empezar
La veo nada más entrar al avión. Está unas cuantas filas por delante de mí, sentada en su sitio con los auriculares puestos. Voy a hacer lo mismo en cuanto llegue a mi sitio, porque ahora mismo lo que menos me apetece son dos horas de vuelo solo con mis pensamientos. Si el avión se cae durante el trayecto, casi que sería un alivio. No lo pienso en serio, pero es comprensible después de los días que he pasado.
Las últimas semanas han sido una mierda. El dolor que me han dejado los puntos en el costado ni siquiera está en la cima de mi lista de preocupaciones; aunque, gracias al choque con la pelirroja, ahora sube algunos puestos. Aun así, no es nada comparado con lo que me espera en Roma: ver a mi madre después de tanto tiempo y con estas noticias. Esto sí que es un golpe que no sé si puedo esquivar.
A medida que avanzo por el pasillo, algunas personas me miran fijamente, otras me señalan con discreción y otras me saludan como si me conocieran de algo, aunque sabemos que no es así. Sienten que me conocen, pero solo conocen la versión de mí que sale en la prensa, el Nico centrado en el hockey, que lo da todo por su equipo y que teme al compromiso. Esto último puede que sea cierto, pero eso no es lo importante. Mi fama me persigue y, aunque no soy lo suficientemente conocido como para no viajar en un vuelo comercial, cada vez la gente se me acerca más e invade mi espacio privado sin pensarlo dos veces. Por eso no suelo volar con compañías low cost y mucho menos en turista, pero dejar las cosas para el último momento implica tener que conformarse con lo que queda.
Desde que lo dejé con Ágata y se hizo viral su vídeo en TikTok contando mentiras sobre nuestra relación, la prensa rosa me tiene en el punto de mira. Ha llegado un momento en el que no solo soy conocido por ser el capitán del equipo, cosa que me permitiría tener una vida bastante corriente, sino que soy famoso por haberle roto el corazón a una chica que cayó en gracia en internet.
Cuando llego a mi sitio, me doy cuenta de que mi asiento está en la misma fila que la pelirroja. Ella tiene la nariz metida en su libro, completamente aislada del mundo que la rodea. No puedo negar que es muy guapa, con esa nariz pequeña salpicada de pecas, los labios carnosos rosados y su pelo ondulado cayendo en cascada sobre los hombros. Vista así, tan sumida en su lectura, concentrada, no parece el desastre andante que he conocido minutos antes. Tenemos solamente una persona entre nosotros, una mujer mayor que me sonríe al verme llegar. Esto se pone interesante.
Algo brilla en su regazo y me fijo en que la pelirroja tiene dos bombones Lindt sobresaliendo del bolso. Los dulces centellean a causa de la luz del sol que entra por la ventanilla. ¿Cuánto tiempo hace que no me como uno? Desde que, a los dieciocho años, empecé a regular el azúcar, no me compro chocolate y mucho menos bombones. Sin duda, los Lindt eran y siguen siendo mis favoritos.
Una de las cosas que más me fastidian últimamente es no poder comer lo que me da la gana. Cuando comencé con el hockey, fue uno de esos sacrificios que valían la pena, como levantarme a las cinco de la mañana cada día de mi vida, renunciar a salir de fiesta cuando quería, ver a mis amigos regularmente o disfrutar de cierta privacidad. Y después de tantos años, estos meses han sido el detonante para detestar mi falta de libertad.
He dedicado los últimos diez años de mi vida a este deporte. He entrenado para ser el mejor y ganar la liga, pero ya no quiero eso. Siento que, si sigo viviendo así, terminaré odiando el hockey, y no puedo permitírmelo, porque es lo único que tengo y lo que me quedará de mí mismo cuando vuelva a empezar.
Sigo absorto en mis cavilaciones y a la señora de detrás de mí se le termina la paciencia. Me grita en italiano que me siente o avance, pero que lo haga ya. Esto llama la atención de la pelirroja, que levanta la vista y me descubre con los ojos fijos en ella. Por inercia abro la boca y ella se quita un AirPod para escucharme, a la vez que coloca un marcapáginas en su libro. Parece ser de resina y tiene una margarita prensada, lo que me llama la atención porque mi abuela siempre utilizaba flores para marcar sus libros. Era algo muy característico suyo, secar las flores para darles otros usos cuando ya no quedaban tan bonitas en el jarrón. La chica está esperando a que hable, así que tengo que inventarme cualquier excusa.
—Vaya, si hubiera sabido que esta sería la disculpa, habría dejado que chocaras conmigo una segunda vez —le digo señalando los bombones. La broma me sale más seca de lo que esperaba, pero intento suavizarlo con una sonrisa.
Ella se sonroja de inmediato y pone cara de desconcierto. Luego se pone las manos en los muslos como para cubrirse y me percato de lo corta que es su falda. Mierda.
—Oh —balbucea.
—Perdona, yo… —titubeo señalando los bombones.
—Sí, los Lindt. Lo he entendido, aunque no negaré que un poco tarde. —Sus mejillas siguen coloradas y una sonrisa avergonzada asoma en sus labios.
Nos quedamos quietos unos segundos, atrapados en ese pequeño silencio tenso, hasta que, de repente, estallamos los dos en una carcajada cómplice. Es como si el aire se volviera más ligero de golpe. La tensión entre nosotros se desvanece y una inesperada sensación de alivio recorre mi cuerpo.
La gente se me da bien. Es lo que tiene haber vivido tantos años rodeado de fans, de inversores y de ruedas de prensa. Aunque no seamos el equipo más famoso de la liga, haber crecido en el mundillo del deporte me ha obligado a entender a la gente que me rodea y a saber cómo dar mi mejor cara para agradarles y evitar las críticas. Con las chicas no es distinto. Lo admito: a veces flirteo incluso sin darme cuenta.
La pelirroja no parece haberme reconocido, cosa que me gusta y me ofende a partes iguales: ¿vive debajo de una piedra o simplemente odia el deporte y no le importa tener al lado al capitán del equipo de hockey sobre hielo del momento? Su indiferencia hace que me llame aún más la atención porque no es un reto al que suela enfrentarme.
Me acomodo en mi asiento, todavía con una sonrisa dibujada en los labios, me pongo los AirPods y le doy al Play en Spotify. Apenas suenan los primeros acordes cuando la azafata se acerca y se dirige a la mujer mayor sentada a mi lado.
—Señora, al final hay un asiento libre al lado de su nieta. ¿Quiere sentarse con ella?
A la mujer se le iluminan los ojos, se levanta y se dirige hacia el fondo del avión mucho más rápido de lo que podría suponerse en alguien de su edad. La pelirroja y yo nos miramos fugazmente, atónitos por la agilidad de la señora.
Cuando ella aparta la vista, vuelvo a concentrarme en la música mientras la gente sigue embarcando en el avión. Justo antes de despegar, miro una última vez la pantalla del móvil, a la espera de un mensaje que sé que no llegará. Un poco decepcionado, pongo el modo avión y cierro los ojos. Roma me espera y en ella está todo lo que llevo meses esquivando, pero es ahora o nunca.
3

Olivia
71 días para cerrar el círculo (II)
Cuando terminan de sentarse todos los pasajeros, el avión empieza a moverse, a las 10:30 en punto. No tengo ni un minuto más de los estipulados para mentalizarme. Tan pronto como la aeronave coge carrerilla, mi corazón comienza a latir cada vez más y más rápido hasta que siento que se me va a salir del pecho. Cierro los ojos y dejo el libro sobre mis muslos. Me mareo levemente durante el despegue. Como me suele ocurrir, un sudor frío me recorre la espalda y me pone la piel de gallina.
«Piensa en tu lugar seguro, el vuelo va a valer la pena solo por volver», me digo.
Mi lugar seguro, Roma. Concretamente, ese ático pequeñito en el Trastevere donde pasamos uno de los mejores años de nuestra vida. Sienna y yo llegamos a la ciudad para hacer un Erasmus y fue gracias al azar —y a una anfitriona con muy buen ojo— que terminamos compartiendo piso con Chiara, una estudiante de arquitectura romana que, en cuanto nos abrió la puerta, decidió que las dos seríamos su familia ese año.
Vivimos juntas los doce meses que duró la estancia y nos hicimos inseparables desde la primera semana. Entre Sienna recitando leyes de derecho civil en italiano —sufriendo lo suyo—, Chiara llenando el salón de planos y maquetas, y yo enterrada entre libros de arte y literatura, convertimos ese ático en nuestro hogar.
Cuando terminó el curso y Sienna y yo tuvimos que volver a casa, no tardó mucho en llegar la gran noticia: Chiara se trasladaba a Barcelona con su novio, Víctor, que era de aquí. Chiara es medio española, por lo que no le costó nada el cambio: hablaba perfectamente el idioma y había estado en Barcelona varias veces.
Desde entonces, no hemos pasado ni una semana sin vernos.
Qué irónico pensar que ahora mismo estoy muerta de miedo dentro de un avión que me está transportando a mi lugar favorito del mundo, el que siento como casa, aunque no lo haya pisado en años.
—Ey, ¿estás bien, rossa?[2] —Una voz masculina me hace regresar a la realidad. Abro los ojos de golpe y me encuentro frente a una sonrisa ladeada que intenta desdramatizar la situación—. No quiero entrometerme, pero ese libro no tiene la culpa de nada y lo estás estrujando tanto que vas a doblarlo del todo.
Destenso un poco las manos, que efectivamente están rígidas con mi libro en ellas.
—Espera, ¿qué me has llamado? Rossa? —Caigo en que acaba de llamarme pelirroja en italiano y levanto las cejas. Si lo pienso bien, no es tan extraño: estamos en un avión lleno de italianos camino a Roma.
Creo que se piensa que me ha molestado, porque inmediatamente frunce el ceño ante mi respuesta.
—Bueno, sí, eh…
—Ja, ja, ja. No me lo he tomado a mal, no te preocupes. —Hago un movimiento con la mano para restarle importancia—. Soy pelirroja, aunque realmente creo que mi pelo es más cobrizo que rojo, pero estoy acostumbrada a que me identifiquen por el color.
—¿Cómo te llamo entonces? —Una sonrisa pícara aflora en sus labios—. Para no perder la originalidad, digo.
—Prefiero Olivia.
Le tiendo la mano sobre el asiento vacío para presentarme oficialmente y pongo mi mejor cara.
—Encantado, Olivia. —Me estrecha la mano—. Yo soy Nico. ¿Qué te lleva a Roma? ¿Vacaciones, escape emocional, ganas de perderte un poco?
Un mechón de pelo le cae en la frente y se lo aparta sin prisa mientras gira el cuerpo hacia mí recostándose en su asiento. Yo hago lo mismo para quedar de cara a él, sin pensarlo demasiado.
—Un poco de todo, supongo. Sobre todo una semana de reencuentros con mis amigas, la excusa perfecta para cambiar de aires.
—Buena elección. Roma es experta en eso: excusas, reencuentros y cambios de aire.
Asiento, divertida.
—¿Y tú? ¿Vuelves a casa o estás huyendo de algo?
Nico abre la boca para decir algo, pero se interrumpe cuando el avión se sacude bruscamente, como si hubiera tropezado con algo en pleno despegue. Suelto un pequeño chillido y me agarro con fuerza al reposabrazos del asiento.
Mi corazón late en el pecho con una intensidad demasiado alta. Se me cierra la garganta y no me entra aire suficiente en los pulmones. Mi visión se nubla y el mareo provoca que a mi alrededor el mundo se desdibuje. Cierro los ojos con fuerza para estabilizarme. Intento no hiperventilar, centrarme en mi respiración, pero lo único que consigo es que vaya aún más rápido. Doy grandes bocanadas de aire sin lograr controlarlo.
De repente, noto una mano en mi brazo, acompañada de una voz suave que me pide que imite su respiración. Me concentro en eso: el calor que irradia sobre mi piel, la suavidad de sus dedos alrededor de mi antebrazo, la presión ligera que ejerce, su tacto eléctrico.
Al final, sin entender cómo, lo consigo. Me aferro al ritmo que me marca como si fuera la única cosa que me mantiene viva en este avión. Sigo notando los músculos tensos y rígidos, pero parece que la ansiedad disminuye poco a poco. Inspiro de forma más pausada y por fin dejo de sentir que me falta el aire.
En unos minutos el avión se estabiliza. Ya no da bandazos constantes y vuela recto. Mi estómago regresa a su sitio. Ya no me noto el corazón latiendo tan fuerte, aunque prosigue el leve mareo y siento un hormigueo en las extremidades. Si ahora mismo intentara levantarme, estoy segura de que me caería al suelo.
Abro los ojos y me encuentro a mi compañero de vuelo con los suyos clavados en mí. Ahora que lo observo de cerca, por segunda vez, es incluso más guapo de lo que había pensado antes: sus ojos más azules que cualquier océano me hipnotizan en cuestión de segundos. Tiene pinta de ser el típico tío ligón con miedo al compromiso, pero aun así hay algo en su sonrisa que me atrapa.
—¿Estás mejor? —pregunta, con una mezcla de cautela y preocupación, sin apartar la mirada de mí ni un segundo.
Procuro volver a la realidad. Aún siento el eco de la ansiedad en mi cuerpo, pero sus ojos infinitos parecen anclarme a este momento.
—Eh… —Una especie de sonido sale de mi garganta, a medio camino entre un gemido y un suspiro.
No sé cómo responderle a esta pregunta. Abro la boca y la vuelvo a cerrar un par de veces, pero nada me convence. «Sí, gracias, mucho mejor». Mentira. «No, en realidad estoy hecha un desastre porque mi padre murió en un accidente de avión y, desde entonces, vuelo con el miedo incrustado en los huesos, pero no te preocupes, cuando las turbulencias pasan lo gestiono mejor». Demasiada información para alguien que no conozco. «Más o menos. No me gustan los aviones». Creo que esto puede deducirlo él solito sin que yo se lo explique.
Al ver que no respondo, me observa unos segundos más, como si intentara leerme el pensamiento. Me siento vulnerable, pero hay algo en él que me tranquiliza. Su mano sigue sobre mi brazo y no puedo evitar notar cómo el calor de su piel sigue atravesando la tela de mi blusa.
—No te gustan los aviones, vero?[3] —pregunta, esta vez con una sonrisa más suave, más cálida.
Le devuelvo una sonrisa tímida, aún avergonzada por el momento tan intenso que le he hecho pasar. Intentando aparentar normalidad, asiento levemente.
—No mucho, no… —murmuro, aunque sé que eso es quedarse corta.
Nico asiente y retira la mano lentamente de mi brazo, como si me estuviera dando espacio.
—Mi hermana solía odiarlos también —dice—. Cada vez que volábamos, yo tenía que distraerla para evitar que me clavara las uñas. —Ríe soplando por la nariz—. Mi tía le decía que los aviones eran como montañas rusas, que si te los imaginabas así, no eran tan malos. Ahora a Izzy ya no le dan tanto miedo, pero sigue poniéndose nerviosa las horas previas al vuelo.
Me río un poco, más por el esfuerzo que está haciendo por tranquilizarme que por lo que me cuenta.
—No soy muy fan de las montañas rusas tampoco —bromeo, sorprendentemente relajada—. Mi amiga Sienna los compara con gelatina, pero no me ha servido de mucho tampoco. Sigo aterrada y solo quiero que termine ya el vuelo.
—¿Ni montañas rusas ni gelatina? —Frunce el ceño, como si realmente fuera increíble lo que estoy diciendo—. Vaya, entonces va a ser complicado distraerte…
No sabemos muy bien qué viene a continuación. ¿Vuelvo a abrir mi libro como si nada? Solo está siendo amable, imagino que lo típico cuando tu compañera de avión está aterrorizada. Pero yo quiero conocer un poco más a mi salvador.
Antes de que pueda abrir la boca, Nico se recuesta en su asiento con una expresión despreocupada, pero con un brillo en los ojos que me deja claro que tiene algo en mente.
—Te propongo un trato.
—¿Un trato?
—Bueno, no es algo que te obligue a firmar un contrato ni nada así —dice, con esa sonrisa pícara que ya empiezo a identificar como parte de su personalidad—. Ya sabes, un juego tipo «conoce a tu compañero de vuelo».
—Claro, el típico juego —me burlo un poco de él, pero me pica la curiosidad.
—Exactamente —continúa—. Cuatro preguntas cada uno. Sin reglas, puedes preguntar lo que quieras. No importa si la respuesta es larga, y, si es demasiado personal, puedes pasar.
Claramente intenta distraerme, aunque también podría estar buscando una forma de continuar la conversación. Apenas sin darme cuenta, estoy asintiendo.
—De acuerdo, pero empiezo yo. —Me enderezo en mi sitio y me coloco un mechón de pelo detrás de la oreja.
Pienso un segundo antes de lanzar mi primera pregunta. Él parece relajado, casi expectante.
—¿A qué vas a Roma? ¿Negocios o placer?
Sonríe, como si hubiera estado esperando algo mucho más complicado.
—Un poco de ambos. —Entrelaza las manos detrás de la nuca y se estira un poco en el asiento, poniéndose cómodo—. Voy a ver a mi madre y a mi tía y aprovechamos para celebrar el cumpleaños de un amigo, pero también tengo un compromiso de trabajo.
La respuesta es breve, pero me quedo con la sensación de que hay algo más detrás de esas palabras. Decido no gastar mi segunda pregunta en indagar por ahora.
—Mi turno. —Sus ojos se clavan en los míos—. ¿Por qué te da tanto miedo volar?
Las palabras escapan de mi garganta sin mi permiso.
—Mi padre murió en un accidente de avión —mi voz es apenas audible— y desde entonces me da pánico subirme a uno.
—Lo siento mucho, Olivia. —Su voz suave me reconforta.
—Gracias.
Respiro profundamente antes de levantar la vista de mis manos y esforzarme en sonreír, aunque no quede muy convincente. No quiero hablar de eso ahora; por eso, cambio rápidamente el tono.
—Segunda pregunta para ti. ¿Cuál es tu mayor manía? Algo raro y que me sorprenda.
Nico suelta una risa antes de responder y el ambiente se aligera un poco.
—Esta es muy fácil. Tengo el armario más ordenado del mundo. Todas mis camisas están colocadas por colores, colgadas en degradado, de la más clara a la más oscura. —Se encoge de hombros, divertido—. Y esto no solo se aplica a camisas, también a pantalones y hasta a ropa interior.
Suelto una sonora carcajada e inmediatamente me cubro la boca con las manos.
—¿Y qué pasa si un día te confundes? ¿O si algún ligue duerme en tu casa, te coge una camisa y al devolverla no la cuelga en su sitio?
—¿Seguro que quieres gastar tu tercera pregunta en esto, Olivia? —me pregunta enarcando una ceja.
—No creo que pueda vivir sin saber qué les pasa a las pobres personas que no conocen tu orden de armario; así que sí, esta es mi tercera pregunta. —Intento sonar seria, aunque me es imposible.
¿Qué me está pasando? ¿Estoy coqueteando con un desconocido?
—Si una chica hace eso, amablemente la invito a marcharse de mi casa y a no volver —suelta sin inmutarse, y yo abro mucho los ojos—. ¡Es broma! —se apresura a añadir—. No pasa nada, la ordeno después y ya. —Levanta la mano derecha y se pone la izquierda en el corazón, como si de un juicio se tratara—. Juro solemnemente que nunca he echado a ninguna chica de mi casa por eso.
Vuelve a arrancarme otra carcajada y esta vez él también se ríe, pasándose las manos por el pelo.
—Me toca mi segunda pregunta. Si pudieras estar en cualquier lugar del mundo ahora mismo, ¿dónde estarías?
No dudo ni un segundo, lo tengo muy claro.
—En Roma. No en este avión, por supuesto. —Él finge un gesto de disgusto—. ¡Ya me entiendes! No, pero ahora en serio: estaría en Roma, en el ático donde vivía con mis amigas cuando estábamos de erasmus.
—Por suerte para ti, entiendo que se va a cumplir pronto tu deseo —responde suavemente, con esa sonrisa de lado que ya me parece su marca personal.
—La parte del ático, no; pero la de Roma, sí. Es lo único que me consuela. Bien, me toca hacerte la última pregunta. ¿Qué te ha pasado en el costado? —Nico parece sorprendido—. Cuando he chocado antes contigo, me has dicho que justo te había dado en una herida. ¿Qué te pasó?
Se queda callado, sopesando cuál es la mejor respuesta. Se lleva una mano a las costillas y aparta la vista. Por un momento temo que me haya entrometido demasiado. Su expresión se vuelve más seria y el silencio entre nosotros se hace más pesado. Finalmente, me mira de nuevo, pero hay algo distinto en su mirada.
—Nada grave —dice al fin con un tono de voz mucho más tranquilo de lo que esperaba—. Es una lesión de hockey. Me caí durante un partido hace poco y me dieron unos cuantos puntos.
No parece querer dar más detalles.
—¿Juegas al hockey? —pregunto intentando sonar despreocupada.
Nico asiente.
—Desde que era un crío. —Hace una pausa, como si no supiera cómo seguir—. Es complicado, pero sí, a eso me dedico.
Lo miro y entreveo una nota de tristeza en sus ojos. Decido no presionar. Esta vez es él quien respira lentamente para recomponerse.
—Teniendo en cuenta que has hecho una quinta pregunta y te la he respondido, creo que es justo que mi última pregunta sea un poco más profunda. —Me reta con la mirada y yo asiento, despacio—. Si pudieras cambiar algo en tu vida en este mismo instante, ¿qué sería?
Su pregunta me toma por sorpresa. ¿Qué cambiaría? Claramente, que mi padre no se hubiera subido nunca a ese avión. Aunque eso no depende de mí, así que… ¿Haber roto con Aarón? ¿O más bien todas las decisiones que nos han llevado a ello? Pienso en lo que ha pasado en los últimos meses, en la inseguridad que he sentido, en lo mucho que he evitado afrontar ciertas cosas.
Podría dar una respuesta simple, algo que cierre la conversación, pero en cambio decido ser honesta. Hay algo en el hecho de contar cosas personales a un desconocido que hace que sea más fácil, menos importante. No sabe nada de mí, así que no va a juzgarme, ni siquiera me importa lo que piense.
—Primero de todo, el accidente de mi padre, sin duda. Pero si hablamos de mí… Me gustaría aprender a no tener tanto miedo. —Mi voz es más baja de lo que esperaba—. No solo a volar, sino a todo. A lo desconocido, a los cambios, a estar sola… No sé. Es difícil de explicar. Ahora ya estoy, oficialmente, compartiendo demasiada información. —Me paso las manos por las mejillas, que siento acaloradas.
Nico acepta mi respuesta bajo mis propios términos, sin hacer preguntas de más. Respiro hondo por primera vez desde que despegamos y noto que algo dentro de mí empieza a soltarse. Se afloja esa tensión que llevaba acumulada desde el aeropuerto.
—¿Sabes qué? —dice de repente—. Por hoy ya te he sacado suficiente información, y no quiero que pienses que esto es una especie de interrogatorio ni nada por el estilo.
Suelto otra carcajada y me relajo. Le agradezco el cambio de tono. Nico se desabrocha el cinturón y se cambia de asiento para quedar a mi lado. Nuestros brazos se rozan cuando saca su móvil del bolsillo del pantalón. Acto seguido, me muestra la pantalla y abre una aplicación de sudokus.
Como si nos conociéramos de toda la vida, discutimos las posibles soluciones, entre risas y bromas sobre cuál de los dos es peor en matemáticas.
—No, no puede ser el seis —digo muy seria mientras apunto a una casilla.
—¿Por qué no? El seis encaja perfecto.
—No, fíjate bien, hay un seis en la misma fila, aquí arriba —continúo, riendo ante su expresión de incredulidad.
—Vaya, parece que eres mejor en esto de lo que pensaba —admite él haciéndose el ofendido mientras deja que yo gane esta ronda.
Pasan los minutos y, sin darme cuenta, la ansiedad que antes me había paralizado se convierte en un recuerdo lejano. Miro a mi acompañante de reojo y sonrío, porque ha conseguido hacerme olvidar que estoy a diez mil metros de altura atravesando el Mediterráneo.
4

Olivia
71 días para cerrar el círculo (III)
Antes de bajarnos del avión, nos intercambiamos los teléfonos. Después, continuamos charlando, pese a que ya no es lo mismo que hace unos minutos. Se ha roto la burbuja y parece que no tenemos claro si debemos andar juntos hacia la salida o despedirnos con alguna excusa tonta. Torpemente, parece que optamos por una mezcla de ambas: seguimos andando cerca, pero la conversación va disminuyendo hasta convertirse en un silencio espeso, aunque no incómodo.
Nos despedimos en la puerta del Fiumicino con la vaga promesa de que nos escribiremos a lo largo de la semana para ir a tomar una cerveza. Lo veo alejarse con su maleta azul cielo hacia un coche que lo espera. Justo antes de abrir la puerta del copiloto, se gira hacia mí y grita:
—¡No te atrevas a hacerme ghosting, Olivia! —Sonríe y, sin darme tiempo a responder, se da la vuelta y entra en el coche.
Me sonrojo levemente, mirando al cielo y negando con la cabeza. Ahora me arrepiento un poco de haberle dado un número falso. Me he sentido tan cómoda durante el vuelo que me ha entrado el pánico. Siempre podría escribirle yo a él, a menos que él haya tenido mi misma idea y tampoco me haya dado su número real. De todos modos, la sensación de que yo tendría que dar el primer paso me calma un poco los nervios.
Saco el móvil para ver la ubicación en tiempo real de Chiara, que ha insistido en venir a darme la bienvenida al aeropuerto. Según WhatsApp, tiene que estar a pocos metros de donde yo me encuentro, aunque miro a izquierda y derecha y no la veo por ninguna parte.
Cuando estoy a punto de llamarla, de la nada frena a pocos metros de mí un coche grande y negro impoluto del que sale mi amiga, gritando y corriendo a abrazarme. Lo último que esperaba es ver a Chiara conduciendo un coche reluciente y caro por Roma. Rectifico: lo último que esperaba es ver a Chiara conduciendo por Roma.
—Olivia, por favor, ¡qué ilusión verte! —chilla. Hace solamente cuatro días que no nos vemos, pero mi amiga es la drama queen número uno del grupo—. ¿Cómo ha ido el vuelo? ¡No aguantaba más las ganas de teneros a las dos en Roma!
Vuelve a abrazarme y esta vez la aprieto fuerte contra mí. Cuando nos separamos, le cojo las manos, feliz.
—De momento solo me tienes a mí —hago un puchero—, pero mañana por la mañana llega Sienna y volveremos a estar las tres en esta ciudad.
Chiara abre la boca para decir algo, pero vuelve a cerrarla inmediatamente y me sonríe con aire misterioso. Se queda callada unos segundos mientras yo la observo inquisitiva.
—¡No me mires así! —Empieza a reírse—. Ya sabes que si me pones esa cara no soy capaz de aguantarme. Sube al coche, anda, que tengo una sorpresa para ti. —Se da la vuelta y entra en el vehículo antes de que yo pueda hacer más preguntas.
El coche es nuevo y muy bonito. No es que yo sea una experta, pero con solo ver la pantalla del centro de control del tamaño de una tableta, y los asientos de piel negra, puedo imaginarme que cuesta muchísimo dinero. Y mucho más le costará llevarlo de vuelta a España. Mi amiga me lee la mente.
—Es un regalo de mis padres, me lo han adelantado. —Su cumpleaños no es aún hasta dentro de tres días, cuando haremos la celebración grande en el viñedo—. Y sí, debe de ser carísimo, pero… ¡no se cumplen veintiséis todos los días!
Pongo los ojos en blanco, divertida. No me sorprende que le hayan regalado un coche; sus padres ganan mucho dinero y lo gastan todo en su niñita.
—Oye, ¿y Víctor? —Cambio de tema radicalmente, pero me extraña que no haya venido con ella a recogerme—. ¿Ha llegado ya o sigue atrapado en Barcelona?
Chiara y Víctor se conocieron una noche de agosto cuando tenían diecinueve años y desde entonces han sido inseparables. Tardaron un tiempo en formalizar su relación como pareja, pero, por lo que nos cuenta ella, actuaban como tal desde la primera semana.
A nosotras él también nos gustó al instante. Sienna y yo lo conocimos en persona a la mitad del Erasmus, porque él estaba haciendo el suyo en Bielorrusia y vino a pasar el cumpleaños de Chiara a Roma. Esa primera vez que nos vimos ya habíamos mantenido incontables conversaciones con él por FaceTime. Conocíamos su vida y, de alguna forma, él formaba parte de la nuestra, por lo que, cuando nos juntamos los cuatro, fueron unos días muy intensos.
Encajó en el grupo como si perteneciera a él de toda la vida. Siempre sonriente, siempre dispuesto a ayudarnos en nuestros dramas y a abrazarnos si lo necesitábamos. Se hacen muy felices el uno al otro y para Sienna y para mí también es familia.
—Tenían hoy un evento en el hotel y no puede escaparse hasta medianoche. Al final vendrá mañana por la mañana. Al parecer, viaja en el mismo avión que Sienna.
Víctor estudió empresariales y trabaja en la cadena de hoteles de sus padres, gestionando toda la parte de posicionamiento e impacto. Suelen ser los anfitriones de algunos de los eventos nacionales más importantes y exclusivos de la ciudad. Por eso, aunque le encante lo que hace, vive semanas de mucho estrés y trabajo.
Mi amiga arranca el coche y le da al Play en Spotify. Con esto, da por finalizada la ronda de preguntas. Cualquiera que nos viera pensaría que no tenemos de qué hablar, p
