Capítulo 1
Cuando el hombre de sus sueños se pasó una mano por la cara, increíblemente atractiva, y dijo: «Tengo que decirte algo, pero no quiero que te dé un ataque», Clara Wheaton consideró, por primera vez en su vida, la alarmante posibilidad de que le diera la patada alguien con quien ni siquiera había logrado salir.
Maldijo a sus terribles antepasados mientras fulminaba con la mirada el ambientador de piña que colgaba del espejo retrovisor del jeep Wrangler de Everett Bloom.
Daba igual la de veces que les hubiera dicho a las amigas de su madre en Greenwich la mentira de que «seguía nuevas oportunidades profesionales». Se había mudado a la otra punta del país porque una parte de ella creía que cabía la posibilidad de ganarse el corazón de Everett después de catorce años suspirando por él.
—He alquilado mi habitación este verano —dijo con unas palabras firmes y a la vez amables, como le hablaría alguien a un niño al revelarle que Papá Noel no existe.
—¿Has… alquilado tu habitación? —preguntó Clara despacio, comprendiendo lo que eso quería decir mientras pronunciaba cada sílaba—. ¿La que me ofreciste hace dos semanas?
Si él no hubiera estado conduciendo y su madre no le hubiera hecho memorizar el protocolo de Emily Post en su adolescencia, habría arremetido contra él.
Había incumplido el contrato de alquiler de su apartamento para marcharse de Manhattan, había dejado a su familia y amigos y había rechazado unas prácticas de comisariado en el Guggenheim. Todo por… ¿nada?
Incluso comparándolo con generaciones de escándalos legendarios de la familia Wheaton, esta caída en picado a la desgracia batía el récord.
Las palmeras junto a las que pasaban por la autopista se burlaban de ella, un sello distintivo de los finales felices de Hollywood que se le escapaba entre los dedos.
Ni siquiera había deshecho las maletas… Una pasta salada sin digerir que había comprado en el aeropuerto aún flotaba por algún lugar de su diafragma. ¿Cómo podía estar Everett despidiéndose ya de ella?
—Oye, no, no. No he alquilado tu habitación. —Su característica sonrisa relajada apareció en su rostro, la misma de la que ella se había enamorado desde el instante en que su familia se mudó a la casa de al lado hacía todos esos años—. He alquilado el dormitorio principal. Nos han ofrecido al grupo salir de gira en el último momento. No es que sea una pasada, pero seremos los teloneros de una banda de blues de las afueras de Santa Fe con un sonido muy guapo, y Trent ha comprado una furgo chulísima para llevar el equipo…
Aquella forma de hablar la transportaba directa al instituto. ¿Cuántas veces después de su escalada social en secundaria había cancelado Everett sus planes con ella para ir a ensayar con el grupo? ¿Cuántas veces desde entonces la había mirado por encima del hombro en vez de a los ojos cuando ella intentaba hablar con él?
Era increíble que tuviera dos posgrados de universidades de la Ivy League para terminar haciendo el imbécil de esta manera.
—¿Quién ha alquilado la habitación? —Clara interrumpió la descripción detallada del guardabarros vintage de la furgoneta en la que iban a irse de gira.
—¿Qué? Ah, sí, la habitación. No te preocupes. Es un tío supermajo. Josh no sé qué. Lo encontré en internet hace unos días. Muy chill. —Movió una mano en dirección a la chica—. Te va a encantar.
Clara cerró los ojos para que no viera que los ponía en blanco. Por muchas veces que se hubiera planteado hasta dónde llegaría para por fin conseguir el cariño de Everett, jamás se había imaginado aquello.
Everett giró el coche hacia una calle que lucía con orgullo un paso de peatones arcoíris.
—Oye, te llevo a casa y te doy mis llaves y eso, pero luego me tengo que ir enseguida. Se supone que tenemos que estar en Nuevo México el viernes.
Apenas se entreveía ya una disculpa en sus palabras.
Clara se fijó en sus dedos, los que a menudo imaginaba pasando por su pelo en una tierna caricia, que retomaban el golpeteo frenético en el volante. Buscó algún rastro de su mejor amigo de la infancia bajo aquella distante apariencia, por no decir algo peor.
El dolor le quemaba el esternón. En algún momento, algún antepasado Wheaton debió de haber desafiado al destino, maldiciendo a sus descendientes, que ahora pagaban las consecuencias. Solo eso explicaba por qué la única vez que Clara se había atrevido a dar un salto de fe se había dado ese planchazo espectacular.
Inspiró hondo para llenarse los pulmones. Tenía que haber un modo de salvar aquella situación.
—¿Cuánto tiempo estarás fuera? —Si había aprendido una cosa de su familia irresponsable, era el control de daños.
—Pues no sé. —Everett aparcó el jeep junto a una casa estilo hispano que necesitaba desesperadamente una nueva capa de pintura—. Al menos unos tres meses. Tenemos conciertos hasta agosto.
—¿Seguro que no puedes esperar unos días a marcharte? —Odiaba ese tono suplicante que se colaba en su pregunta—. No conozco a nadie más en Los Ángeles.
Una cara del pasado, borrosa a través de la perspectiva del recuerdo adolescente, se le pasó por la cabeza antes de apartarla.
—Todavía no tengo trabajo aquí. Mierda, ni siquiera tengo coche.
Intentó reírse para relajar el ambiente, pero lo que le salió sonó más como un gruñido.
Everett frunció el entrecejo.
—Lo siento, Ce. Sé que te prometí que te ayudaría a instalarte, pero esto es una gran oportunidad para el grupo. Lo entiendes, ¿verdad? —Alargó la mano para apretar la de ella—. Mira, esto no tiene por qué cambiar el plan que hicimos. Todo lo que te dije por teléfono sigue siendo verdad. Este paso, venirte a California, salir del control de tu madre… Te va a ir muy bien.
Levantó la mano para chocar los cinco, un gesto familiar desde hacía mucho tiempo. También podrían haber estado en clase empollando para la selectividad. A regañadientes, Clara completó la petición sobreentendida.
—Los Ángeles son unas vacaciones de la vida real. Relájate y diviértete. Regresaré antes de que te des cuenta.
¿Que se divirtiera? Quería gritar. La diversión era un lujo para la gente que tenía menos que perder, pero como generaciones de mujeres Wheaton antes que ella, Clara se resignaba a echar humo en silencio y evitar la confrontación.
Si una amiga le hubiera dicho hacía una semana que iba a mudarse a la otra punta del país e iba a dejar una buena vida que la mayoría de la gente querría por la oportunidad de estar con un tío —aunque fuese un tío especialmente guapo—, Clara habría invertido una cantidad significativa de energía en intentar detenerla. «Es una locura», le habría dicho. Siempre es fácil verlo en la vida de los demás. Nadie en Greenwich conocía las consecuencias de un impulso desafortunado mejor que una Wheaton. Por desgracia, como el alcohol de grano, el amor no correspondido se hace más potente con el tiempo.
Everett sacó sus bolsas del maletero del Wrangler y la abrazó demasiado fuerte y demasiado rápido para proporcionarle consuelo.
—Te llamaré desde la carretera en un par de días para asegurarme de que te has instalado.
Jugueteó con su llavero.
Clara se quedó mirando su propia mano con desinterés cuando le puso la pequeña pieza de metal en la palma. Las ganas de salir corriendo, primarias y sin sentido, bullían bajo su piel.
Tenía dos opciones. Podía llamar a un taxi, reservar un asiento en el próximo vuelo de vuelta a Nueva York e intentar reconstruir su antigua vida, parte por parte.
O podía quedarse.
Quedarse en una ciudad que no conocía, vivir con un hombre que no había visto nunca, sin trabajo y sin amigos, sin la influencia que el apellido de su familia representaba en la costa este.
Los chismosos de Greenwich salivarían con su deshonra. Ya podía imaginarse el titular: DEJÓ DE «FLORECER». LA PRUDENTE CLARA AHORA VIVE CON UN DESCONOCIDO.
Ni hablar. Irguió la espalda, se alisó la falda y se pasó la lengua por los dientes por si se le habían manchado de pintalabios. Solo se tiene una oportunidad de causar una primera impresión. Las fuertes vibraciones de la música en el coche de Everett retumbaron en sus oídos mientras arrancaba, pero Clara no se dio la vuelta para ver cómo se iba.
La pintura se despegó de la puerta descolorida cuando apretó la palma contra ella. «Maldita sea». Las páginas de la sección de sociedad iban a sacarle el máximo provecho a eso.
Clara respiró hondo y entró a su nuevo hogar como lo hacían los soldados en territorio enemigo: con pasos sigilosos, examinando el terreno y con los codos bien pegados al cuerpo.
Una alfombra afelpada amortiguó sus sandalias de tacón mientras inspeccionaba el salón. El espacio dejaba mucho que desear. Pasó la yema de un dedo por la capa de polvo que cubría una estantería en el rincón. Un olor putrefacto emanaba de unos envases de comida para llevar que habían dejado sobre la mesa de centro, y Clara intentó respirar por la boca.
Algo crujió bajo sus pies. Al levantar el tacón, identificó los restos de una patata frita.
A pesar del pestazo y lo desordenado que estaba todo, la casita irradiaba una calidez retro que contrastaba directamente con la frialdad que reinaba en la enorme casa colonial de su familia en Connecticut y en el pequeño piso en el edificio sin ascensor en Morningside Heights que había alquilado cerca del campus.
El papel descolorido de las paredes rezumaba encanto kitsch, esforzándose por agradarla, pero Clara no podía librarse del peso aplastante de su desilusión. Limpió el asiento del sofá antes de sentarse.
—Supongo que así es como debe de sentirse alguien que está totalmente jodido.
—Me he sentido así muchas veces. —Se oyó una voz grave detrás de ella.
Clara se puso en pie de un salto, tan rápido que se tropezó.
—Eh… Hummm… Hola.
Se colocó con dificultad detrás de su enorme maleta de ruedas, usándola a modo de escudo de veinte kilos, entre ella y el hombre que estaba junto al umbral que separaba la cocina del salón.
Se apoyó en el marco de la puerta.
—Supongo que no me estás robando, ¿verdad?
Cuando Clara frunció el entrecejo por la confusión, él señaló el conjunto que llevaba puesto.
La chica bajó la barbilla y examinó el jersey negro de cuello alto sin mangas con los vaqueros pitillo a juego que había elegido aquella mañana. A los veintipico, había cambiado los rombos y la pata de gallo de su juventud por un armario lleno de ropa básica monótona y bien diseñada. Por desgracia, al parecer, la ropa negra, que para la mayoría de las personas en Nueva York te hacía más delgada y elegante, en Los Ángeles era el atuendo preferido de los allanadores de morada.
—Eh…, no. —Clara se tiró del cuello del jersey, y se alegró, en retrospectiva, de haber sufrido la humillación de haberse retocado el maquillaje en el minúsculo lavabo del avión mientras uno de sus compañeros de viaje aporreaba la puerta—. Soy Clara Wheaton —dijo cuando se hizo el silencio.
—Josh. —Salvó la distancia entre ellos y le ofreció un apretón de manos—. Encantado de conocerte.
Cuando sus manos se unieron, la chica se fijó en las uñas del chico como un indicador de sus hábitos de higiene personal. Cortas y bien arregladas. «¡Menos mal!».
Al cabo de cinco segundos, Josh enarcó una ceja y Clara le soltó la mano con una sonrisa avergonzada.
A pesar de su impresionante estatura y del hecho de que sus hombros abarcaban la mayor parte del hueco de la puerta, no lo encontraba intimidatorio. La ropa arrugada y la mata de rizos rubios despeinados sugerían que acababa de salir de la cama. Sus llamativas cejas oscuras podían haberle dado un aire hosco, pero el resto de su cara no era para nada siniestro.
Era mono, aunque no superguapo. No como Everett, cuya mera presencia todavía la dejaba sin habla después de todos aquellos años. Clara aceptó esa pequeña consideración por parte del universo. Siempre le había resultado imposible hablar con los hombres guapos.
—Encantada de conocerte —contestó, y añadió por si acaso—: Por favor, no me mates ni me violes.
—Por supuesto. —Levantó ambas manos en un gesto de inocencia—. Bueno… Supongo que eso significa que vamos a vivir juntos.
—De momento.
Al menos el tiempo suficiente para poder desarrollar un plan de contingencia.
Josh se asomó por la puerta abierta del baño.
—¿Dónde está Everett? ¿No se ha quedado un rato para ayudarte a instalarte?
Los hombros de Clara se deslizaron hacia las orejas.
—El grupo tenía que ponerse ya en marcha.
—Qué locura, ¿eh? Que los hayan invitado a la gira en el último momento.
—Ya. —Se esforzó por evitar que la amargura se oyera en su voz—. De locos.
—Aunque a mí me ha ido bien. No me creía lo poco que pedía Everett por un sitio como este.
Clara decidió no mencionar que Everett había heredado aquella casa, libre de cargas, de su abuelo y que probablemente solo le cobraba lo justo para cubrir los gastos. Se masajeó las sienes, intentando alejar un terrible dolor de cabeza. No tenía claro si era debido al estrés, al jet lag o a los sueños que se habían desvanecido. Cuanto más tiempo pasaba en aquella casa, más real se hacía la pesadilla. Se volvió a sentar en el sofá cuando se le nubló la vista.
—Oye, ¿estás bien?
Su nuevo compañero de piso se arrodilló delante de ella, como hacen los adultos cuando se acercan a hablar con un niño pequeño. Clara apartó la vista de donde sus muslos estiraban las costuras de los vaqueros.
Tenía el puente de la nariz salpicado de pecas, pero ella se concentró en la que tenía justo en medio y contestó:
—Estoy bien. Tan solo estoy lidiando con las consecuencias de una maldición familiar multigeneracional. Haz como si no estuviera aquí.
Se podría pensar que una familia con dinero desde hacía décadas y que había tenido el cuidado de educar bien a sus descendientes habría eliminado la desgraciadamente conocida tendencia de los Wheaton al comportamiento destructivo, pero si nos remitíamos a la reciente detención de su hermano Oliver, cuanto más aumentaba su linaje, más espantosas eran las consecuencias de sus errores de conducta.
En comparación, ella tampoco había salido tan perjudicada al terminar con el corazón roto en una casa vieja.
Josh arrugó la frente.
—Hummm, si tú lo dices… Eh, oye, espera aquí un segundo.
Como si tuviera otro lugar al que ir.
—Creo que tengo algo que podría ayudarte. —Entró en la cocina a grandes zancadas y regresó al cabo de un instante para colocarle una cerveza fría en las manos—. Siento no tener nada más fuerte.
No es que Clara fuera muy cervecera, pero a esas alturas una cerveza no iba a hacerle daño. Abrió la lata y tomó un buen trago. «¡Puaj!». ¿Por qué los hombres se empeñaban en fingir que la IPA sabía bien? Dejó caer la cabeza entre las rodillas y usó una técnica de respiración profunda que había visto una vez que acompañó a su prima a una clase de Lamaze.
—Oye…, eh… ¿No irás a echar la papilla?
La bilis le subió al fondo de la garganta al oír la insinuación. Aquel tío era más o menos igual de atento que los demás hombres que conocía.
—¿Qué tal si me dices algo tranquilizador?
Al cabo de unos segundos, soltó un resoplido.
—Tu organismo destruye y reemplaza todas sus células cada siete años.
Clara se incorporó lentamente.
—Vale, bueno. —Apretó los labios—. Lo has intentado. Gracias —dijo con rechazo.
—Lo leí en una revista en la consulta del médico. —Le dedicó una leve sonrisa—. Me pareció que estaba bien. Supongo que significa que no importa lo mucho que metamos la pata, al final hacemos borrón y cuenta nueva.
—Entonces ¿estás diciéndome que dentro de siete años me olvidaré de que he dejado toda mi vida atrás para mudarme a la otra punta del país animada por un tío que ni siquiera es mi novio y que me dijo, cito textualmente, que «persiguiera mi felicidad»?
—Exacto. Científicamente hablando, sí.
Tenía unos ojos bonitos. Grandes y castaños, pero no apagados. Parecían cálidos, como si hubiera pasado tiempo cociéndose a fuego lento. «Mono, pero no guapo», se recordó a sí misma.
—Bueno, vale. Esperaba detalles banales sobre tu trabajo, si te soy sincera. Pero no está mal para ser lo primero que te ha venido a la cabeza.
Se limpió la boca con la mano y le devolvió la cerveza.
—No creo que oír hablar de mi trabajo fuera a resultarte tranquilizador.
Él tomó un buen trago y después tiró la lata.
Se supone que eso respondía a la pregunta de si Josh sería el tipo de compañero de piso que se comería sus sobras.
—Trabajas en una funeraria, ¿no?
Negó con la cabeza.
—Trabajo en la industria del espectáculo.
«No es ninguna sorpresa». Clara de inmediato perdió el interés. Lo último que necesitaba era un aspirante a cineasta pidiéndole que leyera su guion.
Josh la miró de arriba abajo con todo el descaro.
—Tú no eres lo que yo esperaba.
«Bueno, lo mismo digo, amigo».
Ella esperaba vivir con Everett. Se había imaginado a los dos cocinando juntos, con los hombros tocándose mientras trabajaban el uno al lado del otro. Se había imaginado viendo películas de acción a altas horas de la noche, como hacían a los trece años, solo que en esta ocasión, en vez de en sofás separados, se acurrucarían juntos bajo la misma manta, con unas copas de vino. Aquella casa debería haber sido el escenario de su historia de amor. Everett debería haber escrito una canción en ese asiento junto a la ventana, inspirado por el primer beso que se hubieran dado. Pero, en lugar de eso, tenía que compartir el cuarto de baño con un desconocido.
Clara se puso de pie y se deshizo de los deseos no cumplidos.
—¿A qué te refieres?
—Me sorprende que una chica como tú —señaló su equipaje Louis Vuitton— fuera a meterse en un lugar como este con un compañero de piso.
Clara se colocó el pelo oscuro sobre un hombro y se pasó la mano por los mechones.
—El equipaje es un regalo que me hizo mi abuela. —Bajó los ojos a la alfombra—. Y cogí la habitación porque ahora mismo estoy buscando trabajo. —La mentira se le amargó en la lengua y enseguida volvió al territorio de la verdad—. Conozco a Everett de toda la vida. Cuando me gradué hace unas semanas, me ofreció la habitación que tenía de sobra.
—Oh, una graduada, ¿eh? ¿Qué has estudiado?
—Terminé hace poco mi doctorado en Historia del Arte —dijo con tanta bravuconería como pudo reunir.
De pequeña, soñaba con crear sus propias obras, pero a la larga se dio cuenta de que el arte requería exponer partes de sí misma que prefería mantener ocultas: sus miedos y esperanzas, sus pasiones y anhelos. El análisis y la conservación del arte le permitían mantenerlo a distancia mientras aprovechaba la universidad como una manera para prolongar la vía de acceso a la vida adulta.
Josh sonrió con suficiencia.
—¿Es eso un título especial que solo le dan a la gente rica?
Clara apretó los dientes con tanta fuerza que creyó oír un pequeño chasquido.
—Limitemos la charla interpersonal al mínimo, ¿vale?
Cogió el bolso y fue a buscar la lista con lo necesario para la mudanza, que encontró escondida debajo de la almohada para el avión y el botiquín. Clara había escrito en un documento de seis páginas todo tipo de preguntas e instrucciones sobre qué mirar para saber si una casa nueva estaba en regla en Los Ángeles. Con el documento en la mano, le resultaba más fácil respirar.
Al levantar la vista, Josh no se había marchado.
—Por favor, no te lo tomes a mal, pero francamente, Everett no me ha dicho que no estaría aquí hasta ahora mismo. Y no te ofendas, estoy segura de que eres majo, pero esto —señaló el espacio entre ellos— se sale un poco de mi zona de confort.
—Oye, también de la mía. —Se llevó la mano al corazón—. He visto muchos telefilmes, ¿sabes? Eres justo la típica tía pija histérica que se vuelve loca y pinta las paredes con sangre de pollo. ¿Cómo sé yo que estoy a salvo contigo?
Clara ladeó la cadera y se quedó mirando al hombre de más de metro ochenta que tenía delante. La camiseta andrajosa que llevaba puesta, con una foto antigua de Debbie Harry, apenas tapaba su pecho musculoso y aquellos anchos hombros.
—¿En serio te preocupa mi presencia?
Él clavó los ojos en la lista con lo necesario para la mudanza.
—¡Madre mía! ¿Está plastificado?
Estaba disfrutando de lo lindo.
—Mi madre me regaló la máquina las pasadas Navidades —le respondió a la defensiva mientras él le quitaba la lista de las manos para verla mejor—. El plástico evita que se manche.
Echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Un fuerte estruendo sin el más mínimo rastro de burla.
—«Comprobar la presión de todos los grifos por si acaso» —leyó—. Esto es buenísimo. ¿Lo has escrito tú sola?
—California es famosa por su propensión a los incendios forestales. Tienes que anotar las condiciones de la casa antes de mudarte para estar preparado ante las posibles reclamaciones del seguro. Tan solo el daño provocado por el humo…
Soltó otra carcajada que a ella le pareció una exageración.
Clara le quitó la lista de las manos.
—Deberíamos hablar de las normas de la casa.
A Josh le brillaron los ojos.
—Vaya… ¿Están prohibidas las fiestas en días lectivos?
—Vale, tienes razón. Lo de «normas» suena un poco agresivo. Me refiero más bien a las pautas para una convivencia armoniosa. Podríamos también sacarle provecho a esta mala situación.
Josh se puso recto.
—Por supuesto. Pero me temo que tendrás que poner tú la primera norma. Yo estoy desentrenado.
—Bueno, por ejemplo, Everett mencionó hace un tiempo que la cerradura de la puerta del baño no funciona. Así que antes de que nos la arreglen, sugiero que usemos el método de llamar tres veces.
—¿Por qué tres?
—Es fácil no oír uno o dos golpecitos… —dijo mientras lo ejemplificaba sobre la mesa de centro—. Si estás, digamos, en la ducha.
—Bien, sin duda, no queremos que suceda eso.
Clara levantó la vista para encontrarse con el cuerpo de él y su sonrisa burlona. Se le puso la carne de gallina en los brazos a pesar de la cálida tarde de junio. Josh tenía una clase de magnetismo que no había notado antes. Incluso cuando ella se colocó detrás del sofá para que hubiera una barrera física entre ambos, su cuerpo le canturreaba «más cerca, más cerca, más cerca».
—Oye, mira, no voy a poner en peligro tu virtud, ¿vale? —Josh se desprendió del encanto como el que se quita una chaqueta. Debía de haberse dado cuenta de que la energía entre ellos había pasado de la broma a algo más jugoso—. No estoy disponible, así que no tienes por qué preocuparte. Solo voy a vivir aquí hasta que convenza a mi exnovia de que me deje volver a casa. Es una cabezota, pero seguro que lo consigo en una semana o dos, y luego ya no me verás más el pelo.
Soltó la noticia con el tono suave del experto en dar esperanzas y decepcionar fácilmente.
—Ah… —dijo Clara y luego comprendió lo que él quería decir—. No. —Hizo un gesto negativo con las manos. La había entendido mal, era evidente. Ella quería estar con Everett. Llevaba enamorada de él toda la vida. Ni siquiera conocía a aquel tipo despeinado con los vaqueros rotos—. Por supuesto que no. No estaba pensando que quisieras… —Se señaló con la mano el cuerpo y sacó la lengua por el asco.
Los ojos de Josh siguieron el camino que ella había indicado.
—Espera un segundo. No he querido decir que no lo quisiera hacer si estuviéramos bajo otras circunstancias. Eres muy… —Puso las manos delante de su pecho como si estuviera calculando el peso de un par de melones maduros.
Clara abrió unos ojos como platos.
—¡Ay, Dios! No puedo creer que haya hecho eso. Perdona. Lo que quería decir es que tú… Hummm… ¿Cómo se dice de manera respetuosa que…? —Volvió a subir las manos.
—Lo he pillado —dijo ella mientras la sangre le subía a la cara.
—Claro, disculpa de nuevo. —Sacudió el cuerpo como un perro mojado—. Además, estaba seguro de que entre Everett y tú había algo. Por cómo hablaba de ti, sonaba sin duda como que teníais un pasado.
Al oír mencionar a su amado, las magulladuras casi desaparecidas de su corazón estallaron de nuevo y le dolieron. No sabía cuánto contarle sin resultar patética. Desde luego que Everett y ella tenían un pasado, aunque la parte romántica fuera unilateral.
Algo en la sinceridad de las cejas de Josh le daba a Clara la impresión de que él podía aguantar más que la versión edulcorada de su historia con Everett, más que las milongas que les había soltado a sus amigos y familiares de la costa este para que no la juzgaran ni se preocuparan por la decisión precipitada de mudarse.
Por alguna razón, se encontró soltándolo todo ante aquel desconocido desaliñado.
—Everett y yo nos criamos juntos. A pesar de vivir cada uno en una punta del país durante casi diez años, mantuvimos el contacto con visitas y llamadas de teléfono. No sé si le has podido conocer un poco, pero tiene esa mezcla increíble de dulzura, inteligencia y diversión…
—¿Y te animó a que lo dejaras todo y te mudaras aquí solo para abandonarte en cuanto tuvo la oportunidad? —Josh arqueó una ceja.
Clara retrocedió un paso. La verdad escocía.
—Eso no es lo que ha pasado exactamente. Sé lo que parece. —Bajó la voz, avergonzada por cómo había subido el volumen—. Pero cuando Everett me llamó hace un par de semanas y me describió la vida en Los Ángeles, los atardeceres, la brisa marina y la gente que no tenía que llevar férulas dentales por la noche para evitar apretar los dientes por el estrés…
Un hoyuelo apareció en la mejilla izquierda de Josh.
—Sé que parece una tontería, pero fue como una señal o algo por el estilo, era como mi oportunidad. Para el amor, la aventura, el felices para siempre, todo lo de esas pelis de Hallmark.
—A ver si lo entiendo bien. Tú, una mujer que ha plastificado su lista de lo necesario para una mudanza, ¿tomó una decisión importantísima que le iba a cambiar la vida basándose en una vaga señal del universo?
Clara se encogió de hombros.
—¿Es que tú no has hecho nunca nada estúpido para impresionar a alguien que te gustaba?
Josh se dejó caer en el sofá, puso los pies sobre la mesa de centro y los cruzó a la altura de los tobillos.
—No. Nunca.
—Creo que lo que quieres decir es «Aún no». —Clara cogió las asas de sus maletas de ruedas—. Bueno, ¿cuál de estas dos habitaciones es la mía?
Capítulo 2
A la mañana siguiente, Clara había conseguido aislarse en el mar de sus pertenencias. Como las tenía todas tiradas por el suelo de su nueva habitación, ahora estaba sobre la silla de madera del escritorio intentando decidir por dónde empezar.
Se suponía que deshacer el equipaje la iba a ayudar a sentirse mejor. Más instalada. Lo había leído en un estudio sobre cómo los humanos se adaptan a un nuevo entorno.
Pero había abierto una maleta con recuerdos que compartir con Everett y ahora estaban esparcidos por toda su descolorida gloria adolescente y se turnaban para golpearla en el estómago.
Las tiras de fotomatón dobladas por los bordes, la caja de cartón hundida del triste intento de crear su propio juego de mesa en séptimo, y hasta había llevado de su ciudad natal sus bagels favoritos —antes congelados— en una bolsa de plástico, que ahora chorreaba encima de su albornoz.
Todo le hacía daño. Clara bajó la barbilla al pecho.
Llamaron una sola vez a la puerta que había a su espalda.
—Pasa.
El caos en la alfombra reflejaba el desastre que era ahora su vida. Qué poético.
—¿Qué tal vas con el equipaje? —Josh le ofreció una taza descascarillada llena de café humeante.
Clara creó una visera con la mano y se dio la vuelta, pero no sin antes echar un vistazo para confirmar que el vello que le subía a Josh al ombligo hacía juego con las cejas castaño oscuras y no con los rizos rubios de la cabeza.
—¿Qué coño estás haciendo?
—No dejaba de oír esos suspiritos tristes desde el pasillo y he pensado que el café te animaría. —Se fijó en dónde estaba—. ¿Te has subido a esa silla para evitar una araña?
Clara se bajó con cuidado.
—No llevas mucha ropa encima.
Cerró los ojos, pero los músculos fibrosos de su pecho se le grabaron en las retinas.
—¿Qué quieres decir?
—¿Acaso no viste la lista de normas que te pasé por debajo de tu puerta anoche?
Había pasado una hora y media después de cenar pasando a limpio las normas en papel pautado. Hasta había incluido unos espacios destinados a sus firmas.
—Creía que habías dicho que eran pautas.
—Y son pautas. —Intentó introducir la paciencia en su tono—. Y las pautas dicen que todas las partes implicadas deberán llevar al menos tres prendas de ropa cuando entren en zonas comunes de la casa y/o durante la interacción directa con el compañero de piso y/o invitados.
Josh clavó la vista en sus pies descalzos.
—¿Qué hay de los calcetines?
—¿A qué te refieres con «¿Qué hay de los calcetines?»?
—¿Cuentan como una prenda de ropa o como dos?
Clara se puso las manos en las caderas.
—Los calcetines no cuentan.
Josh aspiró el aire entre los dientes.
—Por desgracia, eso no queda claro en el papel.
—Un calcetín no es una prenda esencial.
La miró con ojos traviesos.
—A no ser que estés jugando al strip poker.
—Gracias por traerme café.
Clara aceptó la taza sobre todo para que dejase de hablar.
—De nada. No sabía cómo lo tomas…, pero tampoco tenemos leche. Ni azúcar. —Puso una mueca—. Pero, oye, te llevaré al supermercado en cuanto termines de… —recorrió con la vista el caos que había armado en su habitación— redecorar.
Harta del contacto visual con sus pelillos dorados del pecho, Clara cogió la primera prenda de ropa que encontró —una vieja sudadera enorme tirada sobre el respaldo de la silla del escritorio— y la lanzó con la mano libre a sus pectorales ondulantes.
Mientras se la ponía, ella fue a buscar su copia de las pautas.
En cuanto Clara entró en el dormitorio principal, tuvo que obligarse a no mirar la cama. La cama de Everett. La almohada probablemente todavía olería a él. Olisqueó de manera furtiva desde la puerta. Sí, aquella habitación olía a Everett. A Irish Spring y al vinilo de cientos de discos.
Sacudió la cabeza y buscó el papel de libreta, que finalmente encontró en la mesilla de noche. Josh ya se las había apañado para salpicar de café la esquina del documento. Ojalá se le hubiera ocurrido llevarse la plastificadora.
Cuando regresó a su habitación, Josh había conseguido taparse. Las mangas de la sudadera con capucha de Columbia le terminaban en los codos y ella se negó a encontrarle encantador.
—Me imagino que las habrás escrito como punto de partida. —Señaló su hoja—. Deberíamos escribir las definitivas entre los dos, ¿no?
La pelea con la sudadera había empeorado su pelo ya despeinado.
Se le pasó por la cabeza una inoportuna imagen de él, enredado en las sábanas, calientes por la temperatura de su cuerpo. Le dio un buen sorbo al café y usó el sabor amargo para deshacerse de la perturbadora imagen.
—Sí, claro.
Le pasó el papel. Sinceramente, había dado por sentado que a él no le importaría tanto como para pelearse con ella por ninguna de las propuestas.
Josh se sentó en la cama de Clara y se llevó la mano a su desgreñada mata de pelo. De algún lugar en las profundidades de su melena, sacó unas gafas con montura de carey y se las puso.
—Algunas de las cosas que has puesto aquí están bien.
Clara se mordió el interior de la mejilla. Josh tenía un poderoso toque de atracción, y la empollona que llevaba dentro empezó a suspirar al verle con las gafas para leer.
—Compartir los gastos comunes. Muy bien. Una tabla con las responsabilidades de limpieza semanales. Muy organizado. Tenemos que ir a buscar algunos de estos artículos que mencionas. No creo que tengamos cera orgánica para los muebles. —Asomó la lengua entre los dientes mientras examinaba el resto de la página, asintiendo de vez en cuando—. Veo que me has confiado los cambios de bombillas.
Josh miró hacia donde ella estaba, incómoda junto a la puerta, y le pegó un repaso de arriba abajo a su cuerpecillo.
—Tiene sentido.
Le dio la vuelta a la hoja.
—Silencio desde la medianoche hasta las cinco de la mañana. Vale. Es razonable… Pero estás olvidándote de un montón de cosas.
Clara se cruzó de brazos.
—¿Como qué?
—Como el sexo.
El pulso se le disparó.
—Bueno, ¿qué plan hay si estamos…? Ya sabes. —Hizo un gesto de bombeo con el puño.
Clara se tragó el nudo en la garganta.
—¿Te refieres a poner un coletero en el pomo de la puerta?
Las cejas se le subieron al nacimiento del pelo.
—¿Qué coño es un coletero?
Para contestarle, sacó uno de su neceser y se lo lanzó como un tirachinas.
Sostuvo aquella tela suave frente al pecho y comprobó la durabilidad de la goma del pelo entre sus dedos.
Clara volvió a apartar la vista. «Así que tiene las manos bonitas. Pues vaya».
—¿Es que no has visto ninguna de esas comedias de los ochenta con sexo?
—Ah, vale —dijo Josh—. Creía que usaban calcetines.
—A lo mejor los tíos usan calcetines. Supongamos que cualquier cosa que decore el pomo significa «no molestar».
Normalmente habría insistido en no utilizar una señal hortera, pero su falta de actividad sexual le evitaría tener que aplicar esa norma en concreto.
—Vale, guay. Aunque tengo que advertirte de que estas paredes son finas. Cuando me mudé aquí el domingo, oí a Everett haciéndolo con esa fantasía de tía que trajo a casa como si tuviera una entrada en primera línea.
Clara inhaló con fuerza. Por supuesto, sabía que Everett no había sido célibe en los últimos diez años, pero no había tenido motivos para imaginárselo con otras mujeres… y en la cama donde ella había dormido la noche anterior. ¿Le bastaría con quemar las sábanas y comprar unas nuevas?
—¡Ay, mierda! Perdona —se disculpó Josh.
Clara debía de haber puesto una mueca, pero enseguida sus rasgos volvieron a estar en calma.
—Si te ayuda en algo, cuando la tía se corrió hizo un ruido estridente supermolesto.
Clara contuvo las ganas de vomitar.
—Pasemos a otro tema.
Josh miró al techo con los ojos entrecerrados.
—Hummm… —Chascó los dedos—. ¿De qué tienes miedo?
—¿Perdona?
—Si tuvieras miedo a las serpientes, a los perros grandes o a las bolas de algodón y lo supiera, podría protegerte.
Le miró con los ojos entrecerrados.
—¿Eres consciente de que una de esas tres cosas no es como las demás? ¿Qué hay de los ratones, las cucarachas o las zarigüeyas?
—¿Exactamente cuántas plagas crees que puede haber por aquí?
Josh movió los hombros.
—Estoy tratando de prepararme como tu compañero de piso.
Clara entendía por qué lo decía. Se quedó mirando la alfombra.
—Me da miedo conducir.
—Pero… ¿te has mudado a Los Ángeles?
Se le sonrojaron las mejillas.
—Sí. Todo esto es una gran estupidez. He arruinado mi vida. ¿Y tú de qué tienes miedo?
Su mirada, que evitaba más preguntas, debía de haber funcionado.
Josh puso una mueca.
—Al kétchup.
—¿No te gusta el kétchup?
—Nooo —alargó la vocal para darle más énfasis—. No me gustan los rábanos. El kétchup me da miedo.
—No me hace gracia. Dime algo de verdad.
—¡No estoy de broma! Hay gente que se caga cuando ve bichos, y a mí me pasa lo mismo si veo kétchup. Es por la viscosidad o algo así. —Se tapó la boca con el dorso de la mano—. Puaj, en serio, es que no puedo ni hablar de eso. Se me hiela la sangre.
Le enseñó el antebrazo para que viera cómo se le habían puesto los pelos de punta.
—Vale, pero si alguien te desafiara a comer kétchup, ¿te atreverías?
—¿Por qué iba nadie a desafiarme a comer kétchup? —Negó con la cabeza.
Clara se encogió de hombros.
—Porque estáis jugando a uno de esos juegos. Verdad o reto.
—¿Alguna vez has jugado a verdad o reto?
—Pues claro. —Se echó el pelo por encima del hombro.
—Sí… Pero seguro que siempre eliges verdad.
—No, muchas veces he elegido reto.
Josh torció la boca.
—¿Ah, sí? Cuéntame alguno que hayas hecho.
A pesar del prolongado sorbo de café que aprovechó para ganar tiempo, no le vino nada a la cabeza.
—Bueno, ahora no se me ocurre ninguno. Hace ya mucho.
—Qué pena. —Se le encendió una lucecita en los ojos—. Los desafíos son divertidos.
—¿Divertidos para quién exactamente?
¿Por qué le sonaba la voz tan insegura?
—¿Para todo el mundo?
Una explosión de encanto acompañó a sus palabras.
«Lo dice como alguien de quien nunca se han burlado».
—No, son divertidos para la persona que lanza el reto y para varios espectadores. Quien lleva a cabo la prueba se muere de vergüenza en el peor de los casos o se siente incómodo en el mejor.
—Entonces los retos van en contra de las normas, ¿eh?
—Pautas —dijo automáticamente antes de aclararse la garganta—. Creo que estaría bien decir que a partir de ahora sí.
Se oyó un tintineo agudo que provenía de la mesilla de noche.
Clara cogió su móvil. «Mierda». Se obligó a poner un tono de voz alegre.
—Hola, mamá… Sí, todo va bien… Ajá, estaba deshaciendo el equipaje. —Miró por encima del hombro y se encontró a Josh observándola con un interés evidente—. ¿Everett? —Clara cambió el peso de una pierna a otra—. Hummm…, no. No está aquí ahora mismo. Ha ido a por café. —Bajó la voz—. Claro, le saludaré de tu parte. —No estaba preparada para contarle aquella humillación a su madre perfecta—. Oye, mamá, tengo que dejarte. Tengo una olla en el fuego… Sí, estoy cocinando… Eh…, sopa. Y se está quemando… Vale, yo también te quiero. Adiós.
Josh entrecerró los ojos.
—No le has contado a tu madre que Everett se ha pirado. —Al menos podría haber hecho como si no hubiese oído nada—. Se preocupará.
—Ya.
El silencio entre ambos rebosaba incomodidad.
—Bueno, ¿vamos al supermercado? —Josh señaló su taza abandonada—. No puedo vivir a base de café solo.
—Espera. ¿Has hecho café, te has dado cuenta de que no había leche y me has endosado lo que no querías?
Una sonrisita culpable apareció en su cara.
—¿No puede un hombre tener un bonito detalle y reutilizar sus recursos responsablemente? Venga, yo conduzco.
—Vale. —Le siguió por el pasillo—. Creo que voy a comprar al menos tres botes de kétchup.
Clara apartó los ojos del trasero bien formado de Josh para fijarse en los artículos que en esos momentos ocupaban el carrito de la compra que él había insistido en compartir.
Cereales con más contenido en azúcar que la mayoría de los caramelos, suficientes burritos congelados como para alimentar a una familia de cinco personas durante una semana y una bolsa gigante de patatas fritas picantes con queso. ¿Cómo podía alguien comerse todo eso y aun así tener ese aspecto? No le cuadraban las cuentas.
Clavó la vista en el único envase de yogur desnatado del carrito, su única aportación hasta el momento. Clara se sentía mejor cuando evitaba comer cosas con demasiado azúcar o demasiada sal, pero ni toda la verdura de hoja verde del mundo le daría el aspecto esbelto y tonificado de las madres de aquel supermercado de Los Ángeles. Daba igual lo que comiera, sus enormes tetas se negaban a encogerse. Al menos había conseguido que en los últimos cinco años su pompis guardara cierto equilibrio.
Cuando levantó la mirada, Josh se las había apañado para añadir a su botín unas galletas rellenas de algo horrible. Parecía circular por el supermercado basándose en antojos espontáneos, ignorando por completo la disposición creada minuciosamente en este tipo de establecimientos.
Clara aparcó el carro a su lado.
—¿Te puedo hacer una pregunta impertinente?
Josh bajó los gofres congelados que tenía en la mano.
—Solo si yo puedo hacerte otra luego.
—Supongo que es justo. —¿Por qué había permitido que se le descontrolara tanto la vida?—. ¿Cómo es que comiendo tanta comida basura estás tan… —«apetecible», le sugirió su cerebro sin ayudar nada— delgado?
Encogió un solo hombro.
—¿Porque follo mucho?
Clara sucumbió a un alarmante ataque de tos y tuvo que tranquilizar con un gesto de la mano a varios compradores que la miraban preocupados. Eso le pasaba por preguntar.
Josh, al parecer impertérrito, abrió el camino hasta la zona de la frutería y se sirvió una muestra de uvas no autorizada.
—Vale. Me toca. ¿Cuál es tu plan?
Clara levantó la sandía que acababa de coger.
—Estaba pensando en hacer una ensalada de verano.
—No, no me refiero a tu plan con la fruta. ¿Cuál es tu plan en Los Ángeles?
Se ajustó el vestido de tirantes para no tener que mirarle a los ojos.
