I
La maldición de un pueblo
El 25 de septiembre de 1981 apareció en la prensa local alavesa una curiosa noticia: un joven telefonista de la Caja de Ahorros Provincial de Álava había conseguido fotografiar un ovni en el enclave burgalés de Treviño. Junto al texto podía verse la imagen de lo que parecía ser una gran esfera incandescente que caía envuelta en un halo luminoso (véase fig. A0).
Prudencio Muguruza, el autor de la fotografía, aseguró que aquella tarde se encontraba paseando con su perra por las inmediaciones de la localidad de Ochate cuando observó un extraño destello...
«A eso de las nueve de la noche, más o menos, mi perra comenzó a gemir y a tocarme el pantalón con las patas. Estaba inquieta. Algo le pasaba. Algo había visto y le había asustado. De eso estoy seguro. Miré a mi alrededor, pero no vi nada de particular... Pero no habían transcurrido ni dos minutos desde que Panchita había empezado a dar señales de nerviosismo cuando, a mi espalda, noté una especie de fogonazo. Me volví intrigado y vi aquello... Allí, a unos 150 o 200 metros de mí, había una gran esfera, quieta por completo y como a unos 50 o 60 metros del suelo. Estaba sobre los árboles que yo acababa de dejar atrás en mi paseo. Era como de un color azul oscuro, con luz a su alrededor y una enorme estela, también de luz, que subía en vertical hacia el cielo. Me quedé asombrado. Y ocurrió algo muy raro: empecé a escuchar una especie de zumbido en mis oídos. Casi como un autómata, desenfundé la cámara que llevaba en mi mano derecha y le hice una foto».
Esta descripción de Prudencio Muguruza apareció en el número 67 de la revista Mundo Desconocido y su fotografía fue reproducida incansablemente en periódicos, revistas y carteles. A lo largo de más de dos décadas, la imagen del supuesto ovni ha sido objeto de polémica y controversia entre los investigadores y aficionados al mundo de la ufología y los sucesos extraordinarios. Sobre ella se ha llegado a decir que se trata de cierta formación atmosférica o meteorológica: un mammatocúmulo[1]; también se ha sugerido que no es más que un truco fotográfico y no falta quien haya supuesto que se trata de la imagen de un meteorito gigantesco cruzando el cielo e, incluso, que pudo ser una imagen tomada en Sudamérica algunos años antes.
Una de las primeras personas en interesarse por el asunto fue el famoso periodista Juan José Benítez, que publicó un artículo titulado «El ovni de Treviño» en la desaparecida revista Mundo Desconocido. En él J. J. Benítez atestiguaba la autenticidad de la imagen, basándose en un análisis realizado por el fotógrafo catalán Joan Minguell y en la opinión de varios especialistas en imagen de la Universidad de Deusto.
Benítez afirmó incluso que se trataba de una nave tripulada y se embarcó en una verdadera cruzada personal con el fin de demostrar la veracidad de sus afirmaciones. Al parecer, llegó a solicitar un análisis a la NASA; dicho estudio habría sido realizado por el ufólogo y militar húngaro Colman Von Keviczky, que dictaminó que se trataba de un «objeto físico de naturaleza desconocida». Por desgracia, ni los hipotéticos informes de la NASA ni los análisis de supuestos especialistas se hicieron públicos jamás[2].
Pero la polémica no acabó ahí, ya que el negativo de la fotografía se acabó vendiendo a un desconocido por medio millón de pesetas de la época.
Pocos meses después reapareció el protagonista de aquel avistamiento: Prudencio Muguruza. Convertido en todo un experto historiador e investigador científico, Muguruza publicó un famoso artículo titulado «Luces en la puerta secreta» en el número 70 de la revista Mundo Desconocido, donde revelaba el resultado de una investigación propia que representó el verdadero inicio de la «leyenda negra» de Ochate.
Lo más llamativo de su relato era la hipótesis según la cual el pueblo habría desaparecido por completo sin dejar rastro en dos ocasiones: la primera, en el siglo XII, sin causa conocida, y la segunda, en el siglo XIX y en trágicas circunstancias. En realidad, no se trataba sino de ciertos despoblamientos más o menos sorprendentes. En 1860, según Prudencio Muguruza, una epidemia de viruela acabó con la vida de gran parte de sus habitantes; cuatro años más tarde, el tifus arrasó la aldea; y, finalmente, en 1870, el cólera se ciñó sobre el pueblo como una plaga mortal, excepto para tres aldeanos que pudieron huir a tiempo. De acuerdo con la descripción histórica de Muguruza, las numerosas víctimas habrían sido enterradas precipitadamente en una ladera cercana, convirtiendo el viejo pueblo en un gran cementerio abandonado. Lo extraño es que todas esas plagas presuntamente documentadas se habrían cebado exclusivamente en la localidad de Ochate, como si de una maldición bíblica se tratase, sin afectar a otras poblaciones cercanas con las que compartía agua y alimentos.
A partir de fotografías sorprendentes y relatos más o menos ingeniosos, la imaginación popular se desató y se reprodujeron viejas historias y antiguas leyendas. Por ejemplo, se contó que el párroco del pueblo, Antonio Villegas, desapareció inexplicablemente en 1868, en el camino que va desde el pueblo a la ermita de Burgondo. Varios vecinos le vieron subir y confirmaron que su intención era recoger unas herramientas, pero el cura jamás llegó a su destino. A esa rara desaparición le seguirían otras, también incomprensibles, que afectaron al parecer a personas y animales.
Cuando los aficionados al mundo del misterio comenzaron a ocuparse de Ochate, surgieron otros relatos y casos sorprendentes. Un episodio llamativo se refería a un agricultor cuyo cuerpo apareció carbonizado a principios de los años setenta. Desde luego, no faltó quien certificara que aquel pobre hombre había muerto tras un episodio de combustión espontánea, porque al parecer no se halló resto alguno de sustancias inflamables ni otros materiales aceleradores junto al cadáver. Todo ello se relacionó con una serie de luces extrañas, apariciones y ruidos misteriosos que han sido recurrentes entre las ruinas del pueblo abandonado.
A partir de ese momento, Ochate se convirtió en un punto de referencia ineludible para los amantes del misterio. Durante los años ochenta se vivió una auténtica fiebre de Ochate: decenas de
