Nadie se salva solo

Margaret Mazzantini

Fragmento

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—¿Quieres un poco de vino?

Ella mueve apenas la barbilla, un gesto vago, hastiado. Ausente. Debe de estar lejos, presente en algún otro sitio, en algo que le interesa y que naturalmente no puede ser él.

Los han apretujado en esa mesita con mantelitos de papel de estraza, en medio del jaleo. Delia sigue con el bolso colgado del hombro.

Observa a la pareja anciana, sentada unas mesas más allá. Es allí donde le hubiera gustado estar, en ese rincón más apartado. Con la espalda protegida, al abrigo de la pared.

Gaetano le sirve bebida. Hace un gesto amplio, algo ridículo. Lo ha aprendido de ese sumiller al que ve por las noches en la televisión cuando no consigue conciliar el sueño. Ella observa cómo cae el vino. Ese ruido maravilloso que esta noche parece completamente inútil. No se adereza el desamor con un buen vino, son gestos y dinero malgastados.

Tal vez no hubiera debido llevarla a un restaurante, a ella no le interesa comer, aguardar los platos. Sus mejores momentos siempre llegaron al azar, con un kebab, con un cucurucho de castañas, escupiendo las cáscaras al suelo.

En los restaurantes nunca les ha ido demasiado bien. Empezaron a ir cuando ya tenían algo de dinero, cuando su idilio ya rechinaba como una mecedora que ha dejado de cumplir su cometido.

La camarera suelta la carta sobre la mesa.

—¿Qué tomamos? ¿Qué te apetece?

Delia señala un plato vegetariano, una tartaleta, una chorrada. Él, en cambio, se ha sentado con toda la intención de comer, para consolarse a lo bruto.

 

 

Delia levanta su vaso, una de esas copas demasiado abombadas que él le ha llenado a medias. Lo toca con los labios, sin llegar a beber realmente, después se lo apoya contra la mejilla. Es casi más grande que su rostro.

Ha perdido peso. Toda esa inestabilidad la ha hecho adelgazar. Gae teme por un momento que haya vuelto a empezar con los viejos problemas.

Cuando se conocieron, ella acababa de salir de la anorexia. En sus primeros besos con lengua, le había hecho notar sus dientes erosionados por la acidez del vómito. Eran como los que acaban de salirle a un niño, que apenas han rasgado las encías. A él le causó cierta impresión, por más que le pareciera una señal de gran intimidad. Era hermoso intercambiarse los dolores, volverlos familiares. Él también llevaba a hombros una notable carga de mierda y no veía la hora de soltarla a los pies de una muchacha como ella.

Hasta ese momento, sólo había mantenido relaciones más bien superficiales. Se ocultaba detrás de una apariencia flexuosa y también algo cruel, de jaguar de arrabal. Tocaba la batería y eso lo convertía en objetivo de lameculos. Tenía los ojos hundidos y el resto de la cara levemente retirado respecto a la frente, como un cavernícola, y podía permitirse parecer misterioso, por más que no lo fuera en absoluto. En realidad, era muy sentimental e iba desesperadamente en busca de un amor. Sus padres eran jóvenes y poco de fiar, pero, a pesar de todo, seguían juntos. De modo que cultivaba una suerte de ideal. Y se sentía más puro que la mayor parte de las personas a las que conocía. Ese ideal algo ridículo en su mundo de ketamina y sexo duro hacía que se sintiera a menudo como un Frankenstein cualquiera, un pringado compuesto de trozos de cadáveres recosidos que no se llevaban bien entre sí.

Delia lo había atraído hacia ella. Le había abierto los brazos y las puertas de una relación profunda. Se metía en su boca. Aquellos dientes roídos por la carencia de estima en sí misma lo hacían enloquecer de dolor y de amor.

La camarera les deja la cestita del pan.

 

 

—Me gustaría hacer un viaje.

Es un derecho sacrosanto el que se vaya de viaje. Debe de estar realmente cansada. Los dos están cansados.

—Me gustaría irme a Calcuta.

Es una vieja obsesión suya eso de Calcuta. La ciudad de Tagore, su escritor preferido. El dolor es transitorio, mientras que el olvido es permanente..., cuántas veces le habrá hinchado las pelotas con Tagore.

—Tal vez no sea la temporada más adecuada...

—A lo mejor acabo encerrada en una habitación de hotel, con fiebre, disentería...

Ahora sonríen un poco.

—Sí, no es lo que se dice una gran idea.

—Necesito estar sola, separarme de los niños. Pero no puedo irme tan lejos.

Tiene miedo a dejarlos solos.

A menudo los deja en el suelo, moviéndose a su alrededor como conejos, jugando con cosas poco apropiadas, el sacacorchos, el teléfono descolgado con su tu-tu-tu-tu. Los mira llena de amor, pero sin auténtica vida. Ensartada en una abstracción. Un planeta reflejo. Donde el amor no pide nada y no hace sufrir. Y los niños son apariciones bondadosas, sin necesidades reales. No exigen comida, no se hacen caca.

Hace poco que han cerrado los colegios. Han empezado las vacaciones, el enorme campo de tres meses vacantes.

—Vete a algún sitio más alegre.

—No tiene sentido ir en dirección contraria a tu estado de ánimo.

Gae toma un trago de vino. La conoce, le hace falta una sacudida en lo más profundo. La vacuidad del bienestar la aburre, la apaga.

Ha vivido casi diez años con ella. Y ella se los ha pasado criticando a los demás por cómo se gastan el dinero y corren después a ganarlo, por cómo se afanan inútilmente sólo para pillar sentimientos menores, melancolías imprecisas, microdepresiones.

—¿Sabes cuál es el problema? Que nadie se atreve ya a hacer lo más sencillo, a enfocar bien sus propias vidas. Lo que los hombres llevan haciendo desde siempre como único camino posible, luchando, arriesgándolo todo, a nosotros nos parece un esfuerzo inútil.

Gaetano asiente. Ha localizado la chuleta primavera en el menú, grasienta, maciza, pero con esos trocitos de tomate por encima que la vuelven veraniega, que lo absuelven. Busca a la camarera con la mirada, su culo en los vaqueros rasgados.

—No creemos necesario conocernos a nosotros mismos.

Tras condenas semejantes, Delia parece sentirse mejor. Más inteligente que la media de las personas.

Se lleva otra vez la copa a los labios.

—Somos unos deprimidos. Unos imbéciles deprimidos.

Gae baja la cabeza, arranca un trozo de pan. Naturalmente, es él el objetivo del planeo. Se ha sentado con esa intención: demolerlo. Hacer que se sienta un ser despreciable. Una de esas personas que no saben enfocar bien sus propias vidas.

—No es de mucho consuelo...

—No te he pedido yo que saliéramos a cenar.

Sabe que no es exactamente un buen arranque de la velada. Es guionista. Sería un rasgo de honradez arrancar la página y empezar otra vez desde el principio.

 

 

Delia se ha lavado el pelo, se ha maquillado. Para darle a entender que se las apaña perfectamente. Para levantar un muro de dignidad. Lleva un vestido que él no conoce, o no recuerda.

—¿Es nuevo?

—Ya lo tenía.

Está satisfecho de que ella se haya puesto ese vestido de escote barco. Está satisfecho de haberla sacado de su madriguera. Se la imagina mientras se viste, mientras se calza las sandalias de tacón.

Él también se ha puesto una camisa nueva, blanca. Se ha peinado delante del espejo en el apartotel. Se ha colgado de la barra fija y ha hecho cincuenta flexiones.

Se siente feliz por estar ahí. Lejos de los chándales, del olor de la cena de los niños. En esa tierra de nadie en la acera.

 

 

Es uno de esos sitios de moda, una casa de comidas de buena calidad, con platos sencillos revisitados y una notable carta de vinos. Ha sido Gae quien ha elegido ese restaurante más bien alegre e informal. Las mesitas bailan un poco sobre el asfalto irregular.

Confiaba en que esa precariedad pudiera ayudarlos a ser más leves, menos rígidos. Como queriendo decir estamos aquí por casualidad, tomemos algo, mejor dicho, piquemos algo, pero, si quieres, hasta podemos levantarnos y dar un paseo en la oscuridad. Quería que se sintiera cómoda, nada más. Por una noche, al menos. Despojar de peso el estar juntos, como antes.

Se pregunta cuándo se cargaron con ese peso. Cuándo produjo la fusión de sus energías descompensadas aquella aleación de plomo.

 

 

Parece como si estuvieran mirando lo mismo, los trozos de papel color saco bajo los platos anchos. Delia acaricia el suyo, junto al tenedor, arranca una esquina con la uña.

A él no le gusta ver esa diminuta porquería. Era todo tan decente y bonito. Le basta ese pequeño gesto, casi invisible, para que se tuerzan las cosas. Si siguiera su instinto, bastaría con aquello para mandarlo todo al garete. Le entran ganas de cogerla por la muñeca y retorcérsela.

Delia hace una pelotita con el trozo de papel, lo acerca a la vela, lo deja caer en la cera blanda como un insecto muerto.

 

 

La camarera se acerca, les pregunta si han elegido. Es una chica mona, son todas monas allí, y muy jóvenes.

—Yo quiero una chuleta primavera.

La camarera garabatea en su libreta, sorbe con la nariz, tiene prisa:

—¿Y tú?

Delia se retrae con el cuerpo. No le gusta ese tú. Aún no ha elegido nada, no tiene hambre. Mira a la camarera, su tripa al aire apoyada en su mesa.

Gae no está contento con esa situación, le gustaría decirle a la chica que diera un paso atrás. Cuando se ha inclinado sobre la mesa de la pareja anciana para tomar nota, se ha estirado como un gato, exhibiendo un trasero firme, y él no ha podido dejar de pensar que estaba ya en la posición adecuada. Y quién sabe qué clase de chica es. Son ese tipo de ideas las que persiguen a los hombres, y esa chica, como es natural, no podía no saberlo.

Se da golpecitos en el labio con un dedo sin mirar a Delia. Se siente pillado en falta, aunque todo sea bastante inocente. Hace pocos meses que ha vuelto a pensar en el sexo, desde aquella tarde en la fiesta de cumpleaños de su hijo. Antes de ese momento, cuando se encontraba realmente mal, podría haber pasado a su lado Megan Fox desnuda y él le hubiera dicho disculpa, terroncito, tengo cosas que hacer, me estoy muriendo y no tengo especiales ganas de follar antes de morir.

 

 

Delia renuncia a la tartaleta. Pide potaje de arroz con verduras de temporada, pregunta qué verduras incluye, pregunta si lleva jengibre. Es alérgica al jengibre, pero ahora se lo añaden a todo por esa sed de Oriente que parece hacer más leve este sombrío Occidente. Ha descubierto que todo jengibre importado proviene de China y que, como se trata de una raíz, absorbe lo peor de esos cultivos tan dañinos impregnados de sustancias químicas.

Cuando puede, Gae devora jengibre, en los restaurantes japoneses se lo echa a quintales. Es una forma de terrorismo, contra Delia, contra Daruma. O tal vez sea simplemente que le gusta.

Algún día le gustaría volver a vivir así, sin pensar en lo que se lleva a la boca, tal como lo hacía antes, diez años antes.

Pero esta noche se dice que quizá no sea ya posible disfrutar de las cosas sin estar en guardia ni colocar los puños delante de la cara.

En todas las cosas, no será nada fácil. Ha cambiado para siempre. En lo más profundo. A fin de cuentas, ¿no era eso lo que quería cuando empezó a salir con Delia? Llegar a ser una persona más consciente de sí misma, más atenta. Uno de esos tipos que se ven en las películas, que saben tomar decisiones, echándose su propia vida y a su propia mujer sobre los hombros. Y ella parecía increíblemente dispuesta, de verdad. Una muchacha capaz de abandonarlo todo para formar una familia, para encargarse de él, para ayudarlo a llegar a ser el hombre que nunca había esperado poder llegar a ser.

En un mundo que no invitaba desde luego a la rectitud, Delia le había parecido un faro, un gigante. Le gustaban las chicas con faldas arrugadas, zapatillas de deporte y extraños cabellos, de esas que van siempre con un libro bajo el brazo. Delia era exactamente así. Una criatura a la vanguardia, impregnada de dolores contemporáneos, pero con un corazón sosegado en algún lugar bajo sus jerséis amplios. Un corazón remoto, inmóvil y, a pesar de ello, siempre agitado por los movimientos del mar, como un ancla.

 

 

—A lo mejor me voy a Escocia.

De Calcuta a Escocia hay un buen salto. Gae se ha tomado ya un vaso de vino y asiente ahora con mayor facilidad. Abre mucho los ojos, con esa típica expresión obtusa que pone cuando quiere mostrarse interesado por algo que en cambio se le escapa de manera natural.

Delia está seria, sumida en una de sus habituales expresiones dramáticas. Con la frente tensa como la de un patrón del New Zealand.

—No llegamos a ir Nueva Zelanda, y ahora ya no iremos nunca.

Gae exhibe una sonrisilla de las suyas, tierna y despreciativa a la vez. No le dice que él también está pensando en Nueva Zelanda. En ese largo viaje que pretendían hacer con los niños, kilómetros de tierras vírgenes y un montón de ovejas.

Ésa es una de las cosas que más rabia le da, porque lo impresiona. Cuando piensan simultáneamente en lo mismo. Algo sin relación alguna con el presente o con lo que están hablando, que viene rebotado desde lejos y les entra en la cabeza a la vez.

En otros tiempos se reían, unían sus meñiques, chispa, y expresaban un deseo, tan estúpido que no volvían a preocuparse por saber si se cumplía. La última vez que sucedió, con su meñique anudado al de Delia, el deseo de Gae fue esperemos ser capaces de seguir juntos.

Ahora le importan un pimiento esos jueguecitos a los que no volverán a jugar y que no les han traído suerte, como otro montón de cosas.

Tampoco los hijos les han traído suerte. Pero ésa es una idea que él realmente se avergüenza de pensar.

 

 

Si no fuera por los hijos, no estaría ahí, delante de ella. Pero ¿quién es ella? Cuántas veces se le ha ocurrido pensarlo, ¿por qué se mete uno en un bolsillo en vez de en otro? Sólo para acabar así de mal.

Cuántas veces se le ha ocurrido pensarlo, ¿quién te conoce? ¿Quién eres? ¿Por qué me toca aguantar todo lo tuyo? Tus olores más íntimos y todo lo demás. Tu cara desilusionada sentada delante de mí.

 

 

Mira hacia delante, al vacío. Pasa una chuleta que no es para él. Es para el viejo de la mesa de al lado de la pared. Ve una mano anciana y bronceada que se alza para dar las gracias. Debe de ser un viejo viveur..., uno de esos clientes con el apellido en la mesa. Sujeta a la camarera de un brazo, provoca su risa. Finge estar tocando el violín.

Hay una academia musical en alguna parte por ahí detrás. Gae recuerda haber oído, un día, notas de instrumentos que salían a su encuentro desde un patio. Tuvo la tentación de asomar la nariz y pedir información. Le gustaría volver a tocar. Nunca estudió, avanzaba por instinto.

Es un error avanzar por instinto. Te lleva hasta determinado punto y después te abandona. Cuando empiezas a endurecerte, ya no te queda nada, el instinto muere joven. Se transforma en sospecha. Y tú no pasas de ser un simple ignorante a merced de tus menoscabos.

 

 

Llegaron a hacer el amor a distancia, más de una vez. Sin decírselo, se vieron sudando, doblándose en medio de un parque, en un autobús. Los pensamientos eran tan fuertes, eran brazos que abrían las costillas. Como si el otro estuviera buscándote el corazón por el lado opuesto de la ciudad, a través de muros de coches y de cemento.

—Hoy he pensado que hacía el amor contigo.

—Yo también.

—¿Dónde? ¿A qué hora?

Se exaltaban (eran realmente unos exaltados en aquella época), era un exceso que sólo los místicos conocían, gente que se ejercitaba durante años para ser capaz de fundirse en una dimensión extracorpórea. Para ellos, en cambio, era fácil, necesario.

Pero Gae ya no se lo cree, no recuerda si llegó a ocurrir realmente.

Si Delia no estuviera delante de él. Para recordarle que llegó a ocurrir realmente.

No, era sólo un calentón en busca de un vestido rosa para la fiesta del amor.

Poluciones fuera de programa a causa de sueños húmedos.

 

 

Delia ahora está pensando.

Cada vez que tiene de nuevo a Gae delante, sus hombros, ese triángulo de piel que le entra en la camisa, se pregunta por qué no se detuvo, por qué no retrocedió. Ante ese umbral.

Bastaba marcharse con su amiga Micol, como tenía programado aquel verano de vacío tras acabar la carrera. Londres era tan estimulante, a la vanguardia en el campo de la macrobiótica, de los cultivos biodinámicos. Allí habría podido intentar sacar adelante su carrera de nutricionista. Camarera de noche y de día aventura.

Micol aún la sigue llamando, de vez en cuando. Se quedó allí, en un piso de South Kensington. Trabaja como escenógrafa en el teatro y está cabreada con los labours como una perfecta británica progresista. Ella también tiene un hijo y un compañero-marido. Que le ha sido infiel y a quien ella ha traicionado. Pero están muy unidos. Delia no entiende cómo pueden estar tan unidos y agitar sus pelvis en camas ajenas.

O tal vez lo entienda. Ahora entiende muchas cosas que hubiera preferido no entender jamás. Conoce todos los matices del gris.

El negro es un color que ha visto y que ha rehuido. Y, sin embargo, sigue allí.

En cuanto al blanco, a estas alturas ya sólo pertenece a los niños. A sus cuellos cuando no se sienten bien, a las hojas en las que dibujan.

Podía haberse ido ella también, lejos de ese barrio, de ese parque donde de joven fumaba porros y ahora lleva a sus hijos y recoge los papelajos que otros tiran.

Podía haber llevado otra vida, más desinhibida. Una de esas vidas solitarias y egoístas en las que puedes decidir irte a Calcuta o a Aberdeen, perderte. Encontrarte.

Acabó encontrándose, de todas formas.

Una vez le dijo a Gae las personas llegan a ser simplemente lo que son.

Pero ella no era eso.

Era realmente mucho más pura. Y si la vida ha de consistir en esa estafa...

De modo que ella era eso.

A sus treinta y cinco años, con una puerta cerrada a sus espaldas, abatida, rota.

A sus treinta y cinco años, aún quieta en el umbral.

 

 

Bastaba con mirar atentamente a Gaetano para darse cuenta de que no era adecuado para ella, de que no eran adecuados. No estaban a la altura de la empresa que pretendían realizar. Dos inconstantes repletos de agujeros emocionales. Se habían husmeado a base de bien en el transcurso de unas cuantas horas. Convencidos de poder rellenar cada hueco con la mera fuerza del pensamiento. El germen de la destrucción se albergaba ya en aquella exaltación. Dos tímidos empedrados de desquites que peloteaban con una sola mitomanía, la de su unión. Un mortal ejemplo de pareja contemporánea.

 

 

—En Escocia hará fresco, por lo menos.

Claro, ella no soporta bien el calor y él, como es natural, está al corriente. Todo está demasiado cerca como para obtener la gracia de olvidar algo que la atañe.

—No lo sé. Tal vez no me vaya, me quede. Me encerraré en casa, me pondré a leer.

Gae no se pregunta qué libro estará leyendo ella o le apetecerá leer.

—Sí, tal vez sea una idea mejor.

Era algo que cuando vivían bajo el mismo techo le interesaba. Él se daba atracones de porquerías, autobiografías de cantantes rock o de jóvenes neonazis tatuados hasta las córneas, manuales para aspirantes a escritores. Ningún año podía reprimir su vieja costumbre de regalarse el libraco de los récords Guinness. Se partía de risa ante el hombre de la piel más extensible del mundo asaetada por el mayor número de piercings. Lo exaltaban las deformidades, los gigantismos, los embarazos múltiples en los que los fetos parecen hormigas en sus agujeros.

—Deberías preguntarte por qué te gustan las cosas anormales y repugnantes...

—Me divierten. Me estimulan.

—Te alejan de la realidad.

—Eso es lo que quiero.

A él lo que le repugnaba era más bien la normalidad, no quería permanecer en ella hundido hasta el cuello. Adoraba el terror de serie B, el género fantástico psicodélico.

—Eso es lo que los libros, las películas deberían hacer..., darte una patada y alejarte lo más posible de tu propia mierda.

Se había adaptado a vivir en la salmuera de los anticipos por las series televisivas. Pero el fardo que tenía desde hacía años en el archivo del Mac era eso, una pesadilla de alucine químico, una fábula urbana con enanos y hadas furcias. En sus mejores veladas, le leía algunas páginas a Delia y se conmovían un montón.

Delia adoraba las historias sin auténtica trama, sólo sensaciones que se difunden, seres humanos que se rozan sin alcanzarse jamás. Polvos sin eyaculación.

Sí, la misma historia que cuando se iban a la cama. Él hubiera querido descargarse mucho antes, y ella, en cambio, se quedaba allí al acecho mirándolo fijamente, en espera de quién sabe qué eternidad.

Ella pillaba siempre los mejores libros. Escritores africanos, autores menores, desconocidos. Se los proporcionaban en una pequeña librería y tenía cierto olfato. Como señal colocaba una horquilla del pelo entre las páginas. Tal vez fuera simplemente el hecho de que ella los hubiera escogido lo que hacía

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