LA PROPUESTA

Marcos, ¡hacés bien en alejarte de las malas ondas! Te irritan los timbales mortuorios. Querés escribir sobre cosas buenas, aunque sabemos que es más fácil referirse a las malas. No te achiques, no te sometas a la corriente. Atragantarse con lo malo corrompe la vida. De todo corazón, te acompaño en el desafío.
Sabemos que hay guerras, atentados, crímenes, corrupción, mezquindad, prejuicios, terrorismo, perversidades, genocidios, gobiernos incapaces, consumo de drogas, contaminación ecológica y estupidez a la centésima potencia. Por todas partes se escuchan cosas horribles del pasado, como si tuviésemos los ojos en la nuca. Y también hechos atroces del presente, como si nos tironeasen imanes diabólicos. ¿Te hace falta conocer más maldades?
No. Estás bastante enterado. Aquí van otros tristes bocadillos de uso frecuente para cerrar los párrafos de las espantosas ondas.
Avanza el efecto invernadero. Sí, tenga o no la humanidad la culpa. ¿Sabías que ya existen unos veinticinco millones de “refugiados climáticos” en el mundo, pero que no son reconocidos por el Derecho Internacional debido a que sólo se ocupa de las víctimas provocadas por guerras o persecuciones? Además, asusta la desaparición de especies animales y vegetales. Millones de seres humanos carecen de agua potable. Se extiende como un sudario la desertificación. Los huracanes, los ciclones y los maremotos aplican letales dentelladas en los cinco continentes. ¿Que siempre hubo desastres?, ¿que infinitas especies vienen desapareciendo desde la prehistoria? Es verdad. Son noticias macabras.
Agrego más datos de la misma cloaca… Ciento veintiocho millones de latinoamericanos viven en tugurios, rodeados por tierras que se han infectado. Muchas plagas no están en vías de desaparición, sino incrementándose.
La población mundial se mueve hacia las ciudades. En 2007, por primera vez en la historia, empezó a predominar la gente que vive en zonas urbanas, donde se multiplican y expanden las villas miseria.
En contraste, y para no deprimirte, mi tensado Marcos, antes de levantar el telón sobre el tema que te quiero proponer, voy a desplegar delante de tus ojos, como una alfombra, algunas buenas noticias. ¡Buenas noticias, mi amigo! Siempre querés mencionarlas.
Fijate. La mortalidad infantil del mundo llegó a su mínimo histórico. Sí, no te asombres. Tan sólo en América Latina es ahora la mitad de lo que alcanzaba en 1990. En África y Asia el progreso sanitario resulta formidable. ¿A qué se debe? Se debe a la mayor disponibilidad de vacunas, alimentos y atención médica, pero también a otra buena causa: el número de personas que viven en la pobreza extrema declina. ¡No me hagas esa incrédula mueca, porque es cierto! Declina en el mundo, pese a que en algunos países tan queridos sucede lo opuesto.
Gracias a una rápida expansión, mercados emergentes como China, India, Rusia (más otros países de la ex Unión Soviética) y casi todos sus antiguos satélites ya constituyen la mitad de la economía mundial y progresan al galope. La masa de pobres que pellizca al mundo va dejando de estar compuesta por meros supervivientes económicos: se transforman en consumidores que pueden gastar. ¡En serio! Son más débiles que los consumidores estadounidenses o europeos, claro. Pero suman cifras aluvionales. ¡Atajate! China, India, Indonesia, Tailandia, Malasia, Vietnam y otros países han incorporado millones de consumidores que no existían como tales hace sólo una década. La clase más consumidora de China, por ejemplo, ha llegado a un volumen superior a toda la población de los Estados Unidos. Si cambiás tus lentes y mirás mejor, llegarás a la conclusión pasmosa de que ahora son los viejos pobres y desheredados quienes inyectan a la economía zangoloteada del planeta el vigor que requiere.
Llegado a este punto, corro a ponerte algunas cosas en limpio. Te asombrarás. No vayas a creer que todo lo que pensabas era exacto.
Soy terrible, Marcos, me divierto estrujándote las neuronas. Y quiero molestarte con una irrefrenable impertinencia. Soy quien te exigirá escribir sobre un tema engorroso, aunque me digas que tu inspiración se ha ido de vacaciones. No es cierto, no mientas. Estás esperando: tu trasero calienta la silla, tus ojos enrojecen de cansancio y tus dedos están listos para ejecutar el piano de tu computadora. Yo te voy a inspirar.
Inicié tu texto mencionando hechos negativos y positivos para que tus lectores no te acusen de ingenuo. Pero ahora viene lo importante. Viene mi propuesta.
Deseo que escribas sobre un tema difícil. Sí, repito, difícil.
Y que lo desarrolles con prosa fluida, con lenguaje elevado y coloquial al mismo tiempo, provisto de imágenes, anécdotas, metáforas y una eficiente adjetivación. Pretendo que te mojes en las aguas del placer.
Sí, del placer, nada menos. ¿Te asusta?
Hace unos días hurgabas en los estantes de una librería de Buenos Aires, ¿te acordás? Sonó la voz de una mujer joven que pedía una obra para salir de sus problemas. La miraste; no tanto para ayudarla, sino atraído por su belleza. ¡Te conozco, varón! No hiciste nada. Se le acercó una vendedora de cabellos negros y ojos azules, a la que también miraste de arriba abajo. Era atractiva y reveló su pertenencia a la heroica estirpe de los buenos libreros, porque condujo rápido a la mujer hacia el rincón donde podría encontrar lo que buscaba. Debía ser un ángulo cargado de magia en ese bosque de papel. Tuviste el impulso de seguirlas, cuando te agarré del brazo: tu impertinencia podía frustrarles la investigación. Te brotaron gotas en la frente y la nariz, no lo niegues. No por esas mujeres en particular, sino por la idea que en ese momento soplé dentro de tu cabeza. Te negaste a aceptarla, fue tu primera reacción. Te dije —acordate— que esa compradora, más que un libro, necesitaba mirar lo que pasaba alrededor y pensar. Lo mismo te pedí a vos. Que mirases en torno y pensaras... en el placer.
¡En el placer!
¿Seguís dudando? ¿Opinás que el tema es demasiado complejo? ¿Que es enorme? ¡Claro que sí! Pero es tu oficio meterte en el fuego, ¿o no? Como escritor vivís pisando brasas. ¿Te avergüenza escribir sobre el placer mientras el mundo carga dolores? No todo es atroz, como insististe en varias obras. Ya te expuse algunos hechos positivos. Podría echarte en cara otros. El placer es un tema grande, creéme. Mueve al hombre. ¡Qué digo! ¡Mueve al mundo, mueve la vida!
MÁS ALLÁ DEL PECADO, MÁS ACÁ DEL HUMOR

El pecado —en su interpretación radical— fue un enloquecido perseguidor del placer. Date tiempo y echale otra mirada a El jardín de las delicias de Hieronymus Bosch, que recurre al sadomasoquismo gráfico para castigar las transgresiones que eran —¡vaya obviedad!— los placeres. Ese jardín es un tríptico del año 1510. Cerrado, brinda un panorama de la Creación. Abierto, dedica el panel de la izquierda y el central al bucólico Paraíso. El panel de la derecha se refiere al Infierno. ¡Qué pintura, qué fuerza! Ahí el artista vomitó su imaginación impiadosa. Sus pinceles rodaron desde lo alto hacia una atmósfera de oscuridad y fuego. Abundan motivos de pánico y humillación. Nada de bromas, nada de alegría. Cada individuo es arrastrado por objetos, seres o símbolos de una crueldad indescifrable. ¡El pecado era, justamente, el placer! ¡El placer sobre el que te estoy obligando a escribir, mi vacilante Marcos!
Según Deuteronomio XXX, 15, el hombre puede elegir entre la vida y la felicidad o entre la desgracia y la muerte. Ese texto, que autorizaría a disfrutar del placer, no manifiesta con vigor que el hombre tiene necesidades y conflictos lógicos, algunos conscientes y otros no. Entre sus necesidades, una es fundamental. Y sobre ella te estoy reclamando ideas: ¡el placer, mi amigo! El placer no es irrelevante. Es concreto, cotidiano y alcanzable. Es una necesidad. Sin su titánico motor se detendría el mundo.
No obstante, ha predominado la tendencia a condenarlo como si fuese una herramienta del mal. ¿Por eso te costaba incursionar en su laberinto? ¿Lo seguís considerando una herramienta del mal? Veo que te acosan las dudas, Marcos, porque venís de una cultura que, por lo menos en tu infancia y adolescencia, era represiva. ¡No voy a aflojar! Mirá bien: desde la Antigüedad el placer fue vinculado con la transgresión y hasta con el crimen. Un ejemplo es la mítica anécdota del Paraíso. Allí Dios brindó a la pareja humana todas las delicias, salvo comer de un solo árbol. No obstante, el placer irrefrenable que brindaría probar también su fruto —o rebelarse contra el autoritario Creador— desembocó en el primer gran quilombo de la teología.
En el siglo IV empezaron a sistematizarse los pecados. ¡Qué tarea! Para arrancarlos de sus escondites se recurrió a un ardid: olfatear el placer. Donde había placer, había pecado. Así de simple. En un comienzo se marcaron ocho pecados bastante horribles para la mentalidad de la época. A continuación, discusiones fogosas aconsejaron varios ajustes. Gregorio Magno los cerró dos siglos más tarde en una lista de siete “pecados capitales”. Siete es un número magnético en las páginas de la Biblia. En la cumbre de ese catálogo horripilante figuró la soberbia, que se visualizaba como la raíz más gruesa de todos los males. Se fijó también entre los pecados capitales a la envidia, una excepción que confirma la regla porque es el único vicio que no genera placer, como señala El Quijote. Notable, ¿verdad? Los otros cinco pecados que fueron untados con la brea de la inmortalidad se llaman avaricia, cólera, gula, lujuria y pereza. Quedaba prohibida, de forma tácita, la sexualidad. Era una veda que se remontaba a los tiempos antiguos, donde coexistió con los excesos. Avatares de la historia.
Por suerte no se incluyó el humor, pese a que ya solía ser brutal y hasta sacrílego. Tampoco se condenó en forma directa el placer —no les faltó inteligencia a esos proto-inquisidores—, porque también hay placer (¡y mucho!) en la oración, en escuchar buenos discursos, en la obediencia que brinda contención a los instintos, en asistir a los oficios religiosos, en seguir consejos altruistas. El placer no siempre es diabólico. Condenar al placer in toto era condenar la usina que mueve al mundo, como acabo de decirte. Habrían tenido que dividirlo entre los placeres aceptables y los inaceptables, los edificantes y los destructivos, los fraternales y los perversos. ¡Demasiado complicado para una feligresía en expansión, pero aún ignorante!
Volviendo al humor, se produjo un lento y complejo afinamiento que le permitió sobrevivir, crecer y prosperar en medio del pecado y las confusiones que enredaban los placeres lícitos e ilícitos, aconsejables y desaconsejables. Pudo haberse llegado a juzgar cierto humor como legal y otro como su contracara oscura, ilegal; uno celeste y otro clandestino. Las historias de caballería producían placer, a menudo sonrisas, y los represores acabaron por censurarlas pese a su fuerte ingenuidad. Eran “dañinas” para la moral, decían. Sin embargo, no consiguieron impedir la escritura del Decamerón ni frenar el éxito de las jocundas páginas perpetradas por Rabelais.
La bella hilaridad ya se había manifestado en los tiempos antiguos. No se me borra, por ejemplo, una afirmación del ingenioso Heinrich Heine, cuando dijo —él, que era agnóstico—: “¡Dios existe y se llama Aristófanes!”. Las manifestaciones del humor antiguo (Aristófanes, la misma Biblia) fueron asordinadas por el ubicuo temor al pecado.
Contra los represores de la risa y el placer entablaron una creativa guerra Cervantes, Lope de Vega, Shakespeare y otros genios. Arriaron la comicidad desde las alturas divinas hasta la fragilidad humana, desde las fijaciones teocéntricas hasta la antropocéntrica marisma de los vicios. Se las arreglaron —aunque no siempre con éxito, hay que decirlo— para que no censurasen la farsa, la caricatura, las alusiones picarescas y hasta el drama, y contribuyeron a convertirnos en un espectáculo que ayudaba a comprender mejor nuestra laberíntica naturaleza. Creció la sátira y se multiplicó la ironía. Irrumpió la comedia. Molière se infiltró en el palacio. Varios autores urdieron fábulas cuyas moralejas no siempre edificaban santos. ¡Vaya insolencia! Muchas invenciones daban miedo al poder vigente. Se irguió el vodevil con mentón grotesco. Todo respondía al motor del placer, más placer, mucho e imprescindible placer en un mundo infectado de miserias, abusos e injusticias, pero con una paulatina contención de los excesos. Me explico…
En la Antigüedad, la Edad Media y gran parte de la Edad Moderna no se concebía el goce en una fiesta si faltaban libaciones interminables o banquetes condimentados con riñas y desvergüenza. Esas prácticas fueron moderándose, debido a que poco a poco el gourment fue reemplazado por el gourmet. Llegamos a la era industrial, en la que se comprendió que no hace falta desbarrancarse en la embriaguez comatosa ni llenarse el estómago hasta su explosión. En las grandes festividades contemporáneas, aunque se estremezcle la alegría, se compartan emociones, vibren fuerte los motivos de la celebración y hasta circule la droga, se fueron reduciendo los excesos. La efervescencia se ha modificado un poco y con más o menos fortuna armoniza con ciertas normas de respeto y conciencia de los límites. La razón dionisíaca ha cedido ante la razón distractiva. La primitiva subversión elige con más frecuencia un placer sin delito, o por lo menos con escaso delito.
Señalo otro progreso: el placer humorístico se ha tornado un atributo de la subjetividad. Se lo puede gozar sin que debamos comunicárselo a nadie. Fue como el salto de la lectura en voz alta a la lectura en silencio. Esa revolución añadió fuerza y colores al placer. El humor puede ser ejercitado por y para uno mismo.
El filósofo judeo-francés Henri Bergson aseguraba que los cultivadores del humor “son moralistas disfrazados de sabios”, porque no cesan de predicar. O de criticar con mirada inteligente y recursos insólitos. No son pecadores en el sentido antiguo del término. Pero Bergson olvidó enfatizar que su éxito se debe a que usan la magia del placer. Consuelan, animan y agradan. Proliferan orondos en el espacio. Muchos no dejan títere con cabeza. Tampoco hay periódico, ni revista, ni producción cibernética que se olvide de consagrarles un lugar. Los programas de radio intercalan anécdotas, voces e interjecciones (algunas demasiado obvias o estúpidas, por desgracia). Porque el humor se ha convertido en un protagonista elocuente que predica, denuncia y alegra.
En círculos íntimos ciertos chistes aún recurren a fobias, prejuicios étnicos, sexuales y hasta discapacidades. ¿Exclamaste ¡puaj!? De acuerdo, es repugnante. La agresividad —que también da placer— ignora fronteras, como lo has enfatizado en tu libro Las redes del odio (cuando lo escribiste —debés recordarlo— tenías la secreta ilusión de que el odio disminuiría en algunos puntos; pero sabías que era una ilusión y no se lo contaste a nadie… ¡Fuiste ingenuo!). ¿Te deprimo? No me interesa. Sigo adelante, pese a que me objetás que el humor a menudo descarrilla hacia las zanjas del mal gusto, porque inventa sobrenombres disparatados, urde historias carentes de gracia, fabrica onomatopeyas ridículas. Sí, pero hace reír. Da placer, a unos más, a otros menos. La risa a menudo es inexplicable y, por cierto, su intensidad varía según el carácter o la circunstancia de quien escucha o de quien ve. No volvamos al estigma del pecado, por favor te lo pido.
Woody Allen convirtió su fealdad y su neurosis en la materia esencial de sus mejores filmes. Confiesa que su maestro fue el desopilante Groucho Marx, una de cuyas burdas cotidianidades insiste en que “peor que una piedra en el zapato... es un granito de arena en el preservativo”.
¿Y qué decís del placer que genera el humor negro? No me vengas con el argumento de que lo rechazás, porque estarías mintiendo. Lo has usado en varias ocasiones, sin ponerte colorado. Es provocador, insolente, bordea lo vulgar y se regodea mediante la pulverización del lenguaje, la mofa de la muerte, de la enfermedad y de las tragedias. ¿Aspira a desdramatizar lo terrible? Sí, pero también da curso a tentaciones sádicas. ¡Tomá! No sos un santo. Según el filósofo y sociólogo Gilles Lipovetsky es “el aspecto duro del narcisismo que se deleita con la negación estética”. En este caso el humor muestra una fisonomía destructiva y macabra. La risa que produce el humor negro debería darnos vergüenza. A veces, mucha vergüenza. ¿No realizó el gobierno de Irán un concurso vomitivo de caricaturas sobre el Holocausto?
Cerca del humor negro respiran las tragedias teatrales. Es frecuente preguntarnos las razones del placer que brinda emocionarse con el infortunio que se despliega en el escenario. El romano Lucrecio señaló que la clave es comprobar que ese infortunio, que podría ser nuestro, no nos afecta: “Nos complace advertir los males de los que nos hemos librado”. Por esa vía apreciamos mejor nuestra saludable realidad, parecida pero no idéntica o equivalente a la representada.

El humor… ¿No es un cofre desbordante de alhajas? Te fascina, Marcos. Te gusta escuchar y contar chistes. Casi nunca dejás de compartirlos con el público a lo largo de tus disertaciones. Aprendiste a respirar el humor como si fuese un polen fecundante. Sabés que regala salud. Claro que sí. El género humano lo descubrió antes de inventar la palabra, cuando debía guarecerse en cuevas e impedir que se apagase un fuego difícil de volver a encender. Fue la primera hazaña de la cultura. La comicidad sin palabras, luego el chiste con palabras, más adelante el humor. El humor a menudo es suave, encubierto, fugaz. Hasta suele abrirse camino entre los calambres de la tragedia o el término de la vida. Balzac escribió que “por el hecho de envejecer no se deja de reír; pero dejar de reír te hace envejecer”.
Conozco tus estudios sobre los vericuetos psicológicos del humor. Sólo quiero que te valgas de él para introducirte en el mundo del placer que lo convoca. Al humor lo descubriste siendo muy joven, incluso entre los severos versículos de la Biblia. No estuviste de acuerdo con el amargo Ciorán cuando escribió que “todas las religiones eran Cruzadas contra el sentido del humor”. Equívoco grueso. Has dicho en varias ocasiones que el humor puede irritar a los sacerdotes, no a Dios. Testimonios antiguos informan que el placer del humor se paseaba entre las agrupaciones nómades y después alegró a los primeros sedentarios, consoló a los siervos y brindó alegría a la soldadesca bruta. Siempre, desde sus inicios, fue un bálsamo para las desdichas, el hastío y el terror.
Por eso, Marcos, no disimulás tu cariño por los humoristas y tu gratitud hacia quienes saben producirlo y regalarlo.
Pero algunos lo desdeñan y hasta odian. El hum
